60 – Yo rezo todos los días el oficio divino. Mi oración es judía, y luego tengo la eucaristía

Una verdad que aprendemos desde niños es que las Sagradas Escrituras tienen por Autor a Dios mismo y que después de la venida de Cristo la Santa Iglesia Católica es la depositaria sagrada de tesoro tan incomparable. Para mejor entender esto, es inmensamente conocida la metáfora del escritor y la pluma. Dios sería el genial escritor que concibe el texto, mientras que la función del autor material de cada uno de los libros santos –se llame David, Moisés, o Lucas– no pasaría de ser la pluma en manos de ese genio magnífico que es el propio Dios, único y verdadero autor de la Biblia Sagrada. De libros tan divinamente inspirados toma la Iglesia los elementos para su culto de alabanza. Esto se aplica de forma particular a los salmos, con los cuales se constituye la Liturgia de las Horas y en cuyos versos la Iglesia reconoce la misma voz de Dios guiándola para una oración que le sea agradable.

Francisco

Cita ACita BCita C
Es para mí una gran alegría dirigir a Usted y a toda la comunidad de Roma mis saludos más calurosos con ocasión de la gran fiesta de la Peash. El Omnipotente, que libertó su pueblo de la esclavitud de Egipto para conducirlo hacia la tierra prometida, continúe a libertarlos de todo mal e acompañarlos con su bendición. Les pido que recen por mí. (Telegrama para el rabino de la comunidad judía de Roma con ocasión de la pascua hebraica, 26 de marzo de 2016)[/su_animate]

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – Cristo ha venido perfeccionar la Ley Antigua
II – ¿Se pueden interpretar los libros sagrados de modo diferente al sentir de la Iglesia?
III – El verdadero inspirador de los Salmos es el Espíritu Santo
IV – Oración católica por excelencia

 I – Cristo ha venido perfeccionar la Ley Antigua

Sagrada Escritura

Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo
Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió por medio de Cristo. (2 Cor 5, 17)
Cristo declara que ha venido dar plenitud a la ley
No creáis que he venido abolir la ley y los profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud. (Mt 5, 17)
El Señor canta los Salmos después de la Última Cena
Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos. (Mc 14, 26)

San Agustín

Nuestro ácimo no tiene el fermento de la vetustez

Hay que combatir el error tan suyo de creer que no nos pertenecen a nosotros los libros del Antiguo Testamento porque ya no observamos los sacramentos antiguos, sino otros nuevos. En efecto, nos dicen: “¿De qué os sirve a vosotros la lectura de la Ley y los Profetas, cuyos preceptos no queréis observar?” Porque no circuncidamos la carne masculina del prepucio y comemos carnes que la Ley llama inmundas; no guardamos carnalmente los sábados, los novilunios y los días festivos; no sacrificamos a Dios con víctimas de animales ni celebramos la Pascua igualmente con el cordero y los panes ácimos. Incluso, si algunos otros sacramentos antiguos los llama en general el Apóstol sombras de las cosas futuras, porque significaban en su tiempo lo que iba a revelarse, y que nosotros recibimos ya revelado para que, removidas las sombras, disfrutemos de su luz desnuda. […] También nuestra Pascua es Cristo, y nuestro ácimo es la sinceridad de la verdad, que no tiene el fermento de la vetustez, y si quedan algunas otras cosas en las que no hay necesidad de detenerse ahora, las cuales están esbozadas en aquellos signos antiguos, tienen su cumplimiento en Aquel cuyo reino no tendrá fin. Ciertamente convenía que todas las causas se cumpliesen en Aquel que vino no a deshacer la ley y los profetas, sino a dar plenitud. (San Agustín. Tratado contra los judíos, cap. II, n. 3)

Santo Tomás de Aquino

La Ley Antigua es un ayo de niños mientras la Nueva es Ley de perfección

Toda ley ordena la vida humana a la consecución de un fin. […] Así pues, se pueden distinguir dos leyes: de un modo, en cuanto son totalmente diversas, como ordenadas a diversos fines. […] De otro modo pueden diferenciarse dos leyes, en cuanto que la una mira más de cerca el fin y la otra lo mira más de lejos. […] Así pues, hay que decir que del primer modo la Ley Nueva no es distinta de la Antigua, pues ambas tienen un mismo fin, a saber: someter a los hombres a Dios. Ahora bien, uno mismo es el Dios del Nuevo y del Antiguo Testamento, según aquello de Rom 3, 30: “Uno mismo es el Dios que justifica la circuncisión por la fe y el prepucio mediante la fe.” De otro modo, la Ley Nueva es diferente de la Antigua, porque la Antigua es como un ayo de niños, según el Apóstol dice (Gal 3, 24); en cambio, la Nueva es ley de perfección. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 107, a. 1)

Cristo perfeccionó la Ley Antigua con las obras y con la doctrina

Todo lo perfecto suple lo que a lo imperfecto falta; y, según esto, la Ley Nueva perfecciona a la antigua en cuanto suple lo que faltaba a la Antigua. En la Antigua Ley pueden considerarse dos cosas: el fin y los preceptos contenidos en ella. […] El fin de la Antigua Ley era la justificación de los hombres, lo cual la ley no podía llevar a cabo, y sólo la representaba con ciertas ceremonias, y con palabras la prometía. En cuanto a esto, la Ley Nueva perfecciona a la Antigua justificando por la virtud de la pasión de Cristo. Esto es lo que da el Apóstol a entender cuando dice en Rom 8, 3: “Lo que era imposible a la ley, Dios, enviando a su Hijo en la semejanza de la carne del pecado, condenó al pecado en la carne, para que se cumpliese en nosotros la justificación de la ley.’ Y, en cuanto a esto, la Nueva Ley realiza lo que la Antigua prometía, según aquello de 2 Cor 1, 20: ‘Cuantas son las promesas de Dios, están en él’, esto es, en Cristo. Y, asimismo, en esto también realiza lo que la Antigua Ley representaba. Por lo cual, en Col 2, 17, se dice de los preceptos ceremoniales que eran sombra de las cosas futuras, pero la realidad es Cristo’; esto es, la verdad pertenece a Cristo. Y por eso la Ley Nueva se llama ‘ley de verdad’, mientras que la Antigua es ‘ley de sombra o figura’. Ahora bien, Cristo perfeccionó los preceptos de la Antigua Ley con la obra y con la doctrina. […] Con su doctrina perfeccionó los preceptos de la Ley de tres maneras: en primer lugar, declarando el verdadero sentido de la ley. […] En segundo lugar, el Señor perfeccionó los preceptos de la Ley ordenando el modo de observar con mayor seguridad lo que había mandado la Antigua Ley. […] En tercer lugar, perfeccionó el Señor los preceptos de la Ley añadiendo ciertos consejos de perfección. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I-II, q. 107, a. 2)

San Agustín

Los cristianos poseen las nuevas promesas

El Salmo 79 va precedido con igual título: En defensa de las cosas que serán cambiadas. En ese Salmo está escrito entre otras cosas: Observa desde el cielo, mira, y visita esta viña; y perfecciónala, porque la plantó tu diestra; y mira sobre el Hijo del hombre a quien fortaleciste para ti. Ella es la viña de la que se dice: Trasplantaste la viña de Egipto. En efecto, Cristo no plantó otra nueva, sino que, cuando vino, la cambió en mejor. Lo mismo se lee en el Evangelio: Perderá a los malos malamente y arrendará su viña a otros labradores. No dice: la arrancará y plantará otra viña, sino arrendará la misma viña a otros agricultores. […] La predicción de este cambio, ciertamente, no está significada en los títulos de los Salmos, que pocos entienden, sino que está expresada por el pregón claro de la voz profética. Viene prometido abiertamente un testamento nuevo, no como el testamento hecho para el pueblo, cuando fue sacado de Egipto. Como en aquel Antiguo Testamento están mandadas estas cosas que no estamos obligados a observar nosotros que pertenecemos al Nuevo, ¿por qué no reconocen los judíos que ellos se han quedado anclados en la antigüedad superflua, en vez de echarnos en cara a nosotros, que poseemos las promesas nuevas, el que no cumplimos las antiguas? Porque, como está escrito en el Cantar de los Cantares: Ha llegado el día, huyan las tinieblas, que brille ya la significación espiritual y que calle ya la celebración carnal. (San Agustín. Tratado contra los judíos, cap. VI, n. 7-8)

Siempre y en todo lugar es ofrecido el sacrificio de los cristianos

Abrid los ojos de una vez y ved que, desde el sol naciente hasta el poniente, no en un solo lugar, como a vosotros os fue establecido, sino en todo lugar es ofrecido el sacrificio de los cristianos; y no a un dios cualquiera, sino a Aquel que ha predicho eso, al Dios de Israel. (San Agustín. Tratado contra los judíos, cap. IX, n. 13)

San Melitón de Sardes

Lo que antes era valioso, ha quedado ahora sin valor

La salvación del Señor y la realidad fueron prefiguradas en el pueblo [judío], y las prescripciones del Evangelio fueron prenunciadas por la ley. De esta suerte, el pueblo era como el esbozo de un plan, y la ley, la letra de una parábola; pero el Evangelio es la explicación de la ley y su cumplimiento, y la Iglesia el lugar donde aquello se realiza. Lo que era figura era valioso antes de que se diera la realidad, y la parábola era maravillosa antes de que se diera la explicación. Es decir, el pueblo [judío] tenía un valor antes de que se estableciera la Iglesia, y la ley era maravillosa antes de que resplandeciera la luz del Evangelio. Pero cuando surgió la Iglesia y se presentó el Evangelio, se hizo vano lo que era figura, y su fuerza pasó a la realidad; la ley llegó a su cumplimiento, y traspasó su fuerza al Evangelio. El pueblo [de Israel] perdió su razón de ser, así que se estableció la Iglesia, la figura fue abolida, así que apareció el Señor. Lo que antes era valioso, ha quedado ahora sin valor, pues se ha manifestado lo que realmente era valioso por naturaleza. (Melitón de Sardes. Homilía sobre la Pascua, n. 3)

II – ¿Se pueden interpretar los libros sagrados de modo diferente al sentir de la Iglesia?

Concilio de Trento

Nadie sea osado en interpretar la Sagrada Escritura contra el sentir de la Iglesia

Para reprimir los ingenios petulantes, [el Concilio] decreta que nadie, apoyado en su prudencia, sea osado a interpretar la Escritura Sagrada, en materias de fe y costumbres, que pertenecen a la edificación de la doctrina cristiana, retorciendo la misma Sagrada Escritura conforme al propio sentir, contra aquel sentido que sostuvo y sostiene la Santa Madre Iglesia, a quien atañe juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras Santas, o también contra el unánime sentir de los Padres, aun cuando tales interpretaciones no hubieren de salir a luz en tiempo alguno. (Denzinger-Hünermann 1507. Concilio de Trento, Sección IV, 8 de abril de 1546)

San Francisco de Sales

La Sagrada Escritura es regla de la fe cristiana

La Sagrada Escritura es de tal manera regla de nuestra fe cristiana, que quien no cree todo lo que ella contiene o creyere algo que de alguna manera la contradijera es considerado como infiel. […] Pero estoy perdiendo el tiempo; todos estamos de acuerdo sobre esto, y si alguien estuviera tan desesperado que llegara a contradecirnos, no sabiendo apoyar su propia contradicción nada más que en las mismas Escrituras, se contradice a sí mismo, antes que contradecir las Escrituras, sirviéndose de ellas al mismo tiempo que protesta no quererse servir de las mismas. (San Francisco de Sales. Meditaciones sobre la Iglesia, Parte II, cap. 1, a. 1. Madrid, BAC, 1985, p. 171)

Pío XII

La Iglesia defiende los libros sagrados de toda falsa interpretación

Inspirados por el Divino Espíritu, escribieron los escritores sagrados los libros que Dios, en su amor paternal hacia el género humano, quiso dar a éste para enseñar, para argüir, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté pertrechado para toda obra buena. Nada, pues, de admirar si la Santa Iglesia ha guardado con suma solicitud un tal tesoro a ella venido del cielo y que ella tiene por fuente preciosísima y norma divina del dogma y de la moral; como lo recibió incontaminado de mano de los Apóstoles, así lo conservó con todo cuidado, lo defendió de toda falsa y perversa interpretación y con toda diligencia lo empleó en su ministerio de comunicar a las almas la vida sobrenatural. (Pío XII. Constitución Apostólica Divino Afflante Spiritus, n. 1, 30 de septiembre de 1943)

San Vicente de Lerins

Que la interpretación se haga siguiendo la pauta del sentir católico

Sin embargo, alguno podría objetar: Puesto que el Canon de las Escrituras es de por sí más que suficientemente perfecto para todo, ¿qué necesidad hay de que se le añada la autoridad de la interpretación de la Iglesia? Precisamente porque la Escritura, a causa de su misma sublimidad, no es entendida por todos de modo idéntico y universal. De hecho, las mismas palabras son interpretadas de manera diferente por unos y por otros. Se podría decir que tantas son las interpretaciones como los lectores. […] Es, pues, sumamente necesario, ante las múltiples y enrevesadas tortuosidades del error, que la interpretación de los Profetas y de los Apóstoles se haga siguiendo la pauta del sentir católico. En la Iglesia Católica hay que poner el mayor cuidado para mantener lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos. Esto es lo verdadera y propiamente católico, según la idea de universalidad que se encierra en la misma etimología de la palabra. Pero esto se conseguirá si nosotros seguimos la universalidad, la antigüedad, el consenso general. Seguiremos la universalidad, si confesamos como verdadera y única fe la que la Iglesia entera profesa en todo el mundo; la antigüedad, si no nos separamos de ninguna forma de los sentimientos que notoriamente proclamaron nuestros santos predecesores y padres; el consenso general, por último, si, en esta misma antigüedad, abrazamos las definiciones y las doctrinas de todos, o de casi todos, los Obispos y Maestros. (San Vicente de Lérins. El Conmonitorio, n. 2)

Recibir novedades profanas es costumbre de herejes

El Apóstol nos hablaba de novedades profanas en las expresiones. Ahora bien, profano es lo que no tiene nada de sagrado ni religioso, y es totalmente extraño al santuario de la Iglesia, templo de Dios. Las novedades profanas en las expresiones son, pues, las novedades concernientes a los dogmas, cosas y opiniones en contraste con la tradición y la antigüedad; su aceptación implicaría necesariamente la violación poco menos que total de la fe de los Santos Padres. Llevaría necesariamente a decir que todos los fieles de todos los tiempos, todos los santos, los castos, los continentes, las vírgenes, todos los clérigos, los levitas y los obispos, los millares de confesores, los ejércitos de mártires, un número tan grande de ciudades y de pueblos, de islas y provincias, de reyes, de gentes, de reinos y de naciones, en una palabra, el mundo entero incorporado a Cristo Cabeza mediante la fe católica, durante un gran número de siglos ha ignorado, errado, blasfemado, sin saber lo que debía creer. Evita, pues, las novedades profanas en las expresiones, ya que recibirlas y seguirlas no fue nunca costumbre de los católicos, y si de los herejes. (San Vicente de Lérins. El Conmonitorio, n. 24)

Reglas para distinguir la verdad católica del error

Después de todo lo que llevamos dicho, es lógico preguntar: si el diablo y sus discípulos —pseudo-apóstoles, pseudo-profetas, pseudo-maestros y herejes en general— acostumbran a utilizar las palabras, las sentencias, las profecías de la Escritura, ¿cómo deberán comportarse los católicos, los hijos de la Madre Iglesia? ¿Qué deberán hacer para distinguir en las Sagradas Escrituras la verdad del error? Tendrán verdadera preocupación por seguir las normas que, al comienzo de estos apuntes, he escrito que han sido transmitidas por doctos y piadosos hombres; es decir, interpretaran el Canon divino de las Escrituras según las tradiciones de la Iglesia universal y las reglas del dogma católico; en la misma Iglesia Católica y Apostólica deberán seguir la universalidad, la antigüedad y la unanimidad de consenso. Por consiguiente si sucediese que una fracción se rebelase contra la universalidad, que la novedad se levantase contra la antigüedad, que la disensión de uno o de pocos equivocados se elevase contra el consenso de todos o al menos de un número muy grande de católicos, se deberá preferir la integridad de la totalidad a la corrupción de una parte; dentro de la misma universalidad, será preciso preferir la religión antigua a la novedad profana; y, en la antigüedad, hay que anteponer a la temeridad de poquísimos los decretos generales, si los hay, de un concilio universal; en el caso de que no los haya, se deberá seguir lo que más cerca esté de ellos, o sea, las opiniones concordes de muchos y grandes maestros. Si, con la ayuda del Señor, observamos con fidelidad y solicitud estas reglas, conseguiremos descubrir sin gran dificultad, y desde su misma fuente, los errores nocivos de los herejes. (San Vicente de Lérins. El Conmonitorio, n. 27)

Santo Tomás de Aquino

Es infiel quien desprecia la fe

La infidelidad puede tener doble sentido. Uno consiste en la pura negación, y así se dice que es infiel quien no tiene fe. Puede entenderse también la infidelidad por la oposición a la fe: o porque se niega a prestarle atención, o porque la desprecia, a tenor del testimonio de Isaías: ¿Quién dio crédito a nuestra noticia? (Is 53,1). En esto propiamente consiste la infidelidad, y bajo este aspecto es pecado. […] En cuanto pecado, la infidelidad tiene su origen en la soberbia, que hace que el hombre no quiera someter su entendimiento a las reglas de fe y a las sanas enseñanzas de los Padres. Por eso dice San Gregorio en XXXI Moral, que de la vanagloria proviene la presunción de novedades. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 1)

III – El verdadero inspirador de los Salmos es el Espíritu Santo

Juan Pablo II

La tradición cristiana no se limitó a perpetuar la judía

La tradición cristiana no se limitó a perpetuar la judía, sino que innovó algunas cosas, que acabaron por caracterizar de forma diversa toda la experiencia de oración que vivieron los discípulos de Jesús. En efecto, además de rezar, por la mañana y por la tarde, el padrenuestro, los cristianos escogieron con libertad los Salmos para celebrar con ellos su oración diaria. A lo largo de la historia, este proceso sugirió la utilización de determinados Salmos para algunos momentos de fe particularmente significativos. […] La oración cristiana nace, se alimenta y se desarrolla en torno al evento por excelencia de la fe: el misterio pascual de Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4-5, 4 de abril de 2001)

Sintonía entre el Espíritu de las Escrituras y el Espíritu que habita los bautizados

Antes de comenzar el comentario de los Salmos y cánticos de las Laudes, completamos hoy la reflexión introductoria que iniciamos en la anterior catequesis. Y lo hacemos tomando como punto de partida un aspecto muy arraigado en la tradición espiritual: al cantar los Salmos, el cristiano experimenta una especie de sintonía entre el Espíritu presente en las Escrituras y el Espíritu que habita en él por la gracia bautismal. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 4 de abril de 2001)

León XIII

Para interpretar los Salmos es necesaria la presencia del Espíritu Santo

“Vela con atención sobre ti y sobre la doctrina, insiste en estas cosas; pues obrando así, te salvarás a ti mismo y salvarás a tus oyentes” (1 Tim 4, 16). Y ciertamente, para la propia y ajena santificación, se encuentran preciosas ayudas en los libros santos, y abundan sobre todo en los Salmos; pero sólo para aquellos que presten a la divina palabra no solamente un espíritu dócil y atento, sino además una perfecta y piadosa disposición de la voluntad. Porque la condición de estos libros no es común, sino que, por haber sido dictados por el mismo Espíritu Santo, contienen verdades muy importantes, ocultas y difíciles de interpretar en muchos puntos; y por ello, para comprenderlos y explicarlos, tenemos siempre necesidad de la presencia de este mismo Espíritu, esto es, de su luz y de su gracia, que, como frecuentemente nos advierte la autoridad del divino salmista, deben ser imploradas por medio de la oración humilde y conservadas por la santidad de vida. (León XIII. Encíclica Providentissimus Deus, n. 9, 18 de noviembre de 1893)

Sínodo de los Obispos

Los Salmos manifiestan el carácter divino-humano de la Escritura

Importante para toda la Iglesia, pero sobre todo para la vida consagrada, es, dentro de la relación Palabra-liturgia, la oración del Oficio Divino. La Liturgia de las Horas ha de ser asumida como lugar privilegiado de formación a la oración, especialmente gracias a los Salmos, en los cuales se manifiesta en modo evidente el carácter divino-humano de la Escritura. Los Salmos enseñan a rezar conduciendo quien los canta o recita a escuchar, interiorizar e interpretar la Palabra de Dios. Acoger la Palabra de Dios en la oración litúrgica, además de hacerlo en la oración personal y comunitaria, es un objetivo ineludible para todos los cristianos, por lo cual ellos están llamados a tener una nueva visión de la Sagrada Escritura. (Sínodo de los Obispos. XII Asamblea general ordinaria, La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, Instrumentum laboris, cap. V, n. 34, 11 de mayo de 2008)

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

Cristo está presente cuando la Iglesia suplica y canta Salmos

La obra de la redención de los hombres y de la perfecta glorificación de Dios es realizada por Cristo en el Espíritu Santo por medio de su Iglesia, no solo en la celebración de la Eucaristía y en la administración de los sacramentos, sino también con preferencia a los modos restantes, cuando se desarrolla la Liturgia de las Horas. En ella Cristo está presente en la asamblea congregada, en la Palabra de Dios que se proclama y “cuando la Iglesia suplica y canta Salmos”. (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. La Liturgia de las Horas u Oficio Divino, cap. III, n. 13, 1 de noviembre de 1970)

IV – Oración católica por excelencia

Pío XII

Es necesario orar con la misma intención del Redentor

Es necesario que el sacerdote ore [la Liturgia de las Horas] con la misma intención del Redentor. (Pío XII. Exhortación apostólica Menti Nostrae, n. 1, 23 de septiembre de 1950)

Canto que Cristo trajo al mundo

Al tomar el Verbo de Dios la naturaleza humana, trajo a este destierro terrenal el canto que se entona en los cielos por toda la eternidad. Él une a sí mismo toda la comunidad de los hombres, y la asocia consigo en el canto de este himno de alabanza. (Pío XII. Carta Encíclica Mediator Dei, n. 177-178, 20 de noviembre de 1947)

San Ambrosio

Los Salmos son la voz de la Iglesia

¿Qué hay más agradable que los Salmos? […] De hecho, los Salmos son bendición del pueblo, alabanza de Dios, elogio de los fieles, aplauso de todo el mundo, lenguaje universal, voz de la Iglesia, profesión armoniosa de nuestra fe, expresión de nuestra entrega total, gozo de nuestra libertad, clamor de nuestra desbordante alegría. Los Salmos calman nuestra ira, alejan nuestras preocupaciones, nos consuelan en nuestras tristezas. De noche son un arma, de día una enseñanza. (San Ambrosio. Comentario a los Salmos 1, n. 9)

Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice

Oración esencialmente cristocéntrica y profundamente eclesial

La Liturgia de las Horas, ya que es esencialmente cristocéntrica, es profundamente eclesial. Esto implica que, en cuanto culto público de la Iglesia, a la Liturgia de las Horas es sustraída del arbitrio del individuo y es regulada por la jerarquía eclesiástica. Además, es una lectura eclesial de la Sagrada Escritura, porque los Salmos y las lecturas bíblicas son interpretadas por los textos de los Padres, de los Doctores y de los Concilios, y por las oraciones litúrgicas compuestas por la Iglesia. […] Cantando las alabanzas de Dios, la Iglesia terrena se une a la celestial y se prepara para reunirse con ella. (Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice. Cuando celebrar 4: La Liturgia de las Horas)

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

El Cuerpo de Cristo participa del honor de la Esposa de Cristo

En la Liturgia de las Horas la Iglesia, desempeñando la función sacerdotal de Cristo su Cabeza, ofrece a Dios, “sin interrupción”, el sacrificio de alabanza, es decir, la primicia de los labios que cantan su nombre. Esta oración es “la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; mas aun: es la oración de Cristo, con su Cuerpo al Padre”. “Por tanto, todos aquellos que ejercen esta función, por una parte cumplen la obligación de la Iglesia y por otra participan del altísimo honor de la Esposa de Cristo, ya que, mientras alaban a Dios, están ante su trono en nombre de la Madre Iglesia.” (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. La Liturgia de las horas u oficio divino, cap. III, n. 15, 1 de noviembre de 1970)

Oración hecha por todo el cuerpo de la Iglesia

La Liturgia de las Horas, como las demás acciones litúrgicas, no es una acción privada, sino que pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia, lo manifiesta e influye en él. Su celebración eclesial alcanza el mayor esplendor, y por lo mismo es recomendable en grado sumo, cuando con su obispo, rodeado de los presbíteros y ministros, la realiza una Iglesia particular, en que verdaderamente esta y obra la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica. (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. La Liturgia de las Horas u Oficio Divino, cap. IV, n. 21, 1 de noviembre de 1970)

La fe se alimenta no sólo de las palabras de los Salmos sino también del espíritu de la Iglesia presente en ellos

No solo cuando se lee lo que “fue escrito para nuestra enseñanza” (Rm 15, 4), sino también cuando la Iglesia ora y canta, se alimenta la fe de cuantos participan y las mentes se dirigen a Dios presentándole la ofrenda espiritual y recibiendo de él su gracia con mayor abundancia. (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. La Liturgia de las Horas u Oficio Divino, cap. III, n. 14, 1 de noviembre de 1970)

Congregados en una misma Iglesia y asociados al himno celestial

Con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta asociándose al himno de alabanza que perpetuamente resuena en las moradas celestiales; y siente ya el sabor de aquella alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y del Cordero, como Juan la describe en el Apocalipsis. Porque la estrecha unión que se da entre nosotros y la Iglesia celestial, se lleva a cabo cuando “celebramos juntos, con fraterna alegría, la alabanza de la Divina Majestad, y todos los redimidos por la sangre de Cristo de toda tribu, lengua, pueblo y nación (Ap 5,9), congregados en una misma Iglesia, ensalzamos con un mismo cántico de alabanza al Dios Uno y Trino.” (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. La Liturgia de las Horas u Oficio Divino, cap. III, n. 16, 1 de noviembre de 1970)

Juan XXIII

Páginas que respiran una atmósfera de catolicidad

Gran alegría es para todo sacerdote sentirse, recitando el oficio divino dulcemente elevado por esta atmósfera de catolicidad, de universalidad que respiran sus páginas, donde todo brilla y todo canta. Pues con los Salmos —que son un verdadero placer, un sabio consejo y un suave descanso del espíritu— se mezclan pasajes de otros libros del Antiguo Testamento, y, también, la fértil doctrina de los cuatro evangelios, la incomparable sublimidad de las cartas paulinas y de otros escritos del Nuevo Testamento. Todo esto está contenido en el Breviario, fuente inexhausta e inagotable de luz y de gracia. (Juan XXIII. Exhortación Apostólica Sacrae Laudis, 6 de enero de 1962)

San Alfonso de Ligorio

El oficio mal rezado perjudica la Iglesia

¡Ah! Si los sacerdotes y los religiosos tuvieran empeño en rezar el oficio como se debe, no se vería a la Iglesia en el deplorable estado en que se la ve. ¡Cuántos pecadores saldrían de la esclavitud del demonio, cuantas almas amarían a Dios con más fervoroso amor! Hasta los propios sacerdotes no se verían tan imperfectos como se ven, irascibles, glotones, ávidos de intereses terrenos y deseosos de vanos honores. (San Alfonso María de Ligorio. Obras ascéticas, Madrid, BAC, 1954, vol. 2, p. 428)

Los eclesiásticos que rezan los Salmos con negligencia no son atendidos en sus pedidos

¿Cómo se explica que el sacerdote haga mil y mil oraciones al día en sólo el rezo del Oficio Divino y no sea oído? Siempre la misma debilidad y la misma facilidad en las recaídas, no sólo en materia leve, en que ya está habituado y de cuyas faltas no tiene el más mínimo cuidado de corregirse, sino en materia grave contra la caridad, la justicia o la castidad. De aquí que el desgraciado, al recitar las horas, llega a maldecirse a sí mismo cuando dice a Dios: Son malditos los que de tus mandatos se desvían. Para colmo de males, desaparecen los remordimientos con la excusa de que es tan de carne como los demás y que no tiene fuerza para resistir. (San Alfonso María de Ligorio. Obras ascéticas, Madrid, BAC, 1954, vol. 2, p. 429)


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