95 – Vivir la fe cristiana significa servir al hombre, a todo el hombre y a todos los hombres, a partir de las periferias de la Historia

La fe católica que recibimos el día del bautismo está centrada en la persona de Jesucristo, Unigénito del Padre, Señor de toda creación y Redentor de la humanidad. A primera vista, nadie se atrevería a contestar esta sencilla afirmación tan evidente para quien recita el Credo con devoción. Inundado sinceramente por esta fe, el cristiano vive según los mandamientos y no se asusta con los sufrimientos y dificultades de la vida. Al encontrarse con alguien que necesita ayuda no ahorra esfuerzos para aliviarlo; recordando mientras tanto que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3).

Vivir la fe en nuestros días exige una actitud permanente de coraje y heroísmo, pues son muchos los que no comprenden, no apoyan y hasta llegan a perseguir a los que se apartan radicalmente del pecado, se confiesan con frecuencia, asisten la misa dominical y buscan conformar su mente y corazón a los de Jesús. A estos héroes de lo cotidiano les sorprenderá que alguien diga que no es necesario entrar en choque con las costumbres del mundo, pues para vivir la fe basta ayudar a los demás, sin distinciones. O sea, más que vivir para Cristo, basta dedicarse al hombre ¿Es así de sencillo? ¿Cómo nos enseña el Magisterio a vivir la fe teniendo en vista la salvación de nuestras almas?

Francisco

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Cita A

La Iglesia, de hecho, está llamada a esparcir la levadura y la sal del Evangelio, es decir, el amor y la misericordia de Dios, que son para todos los hombres, indicando la meta ultraterrena y definitiva de nuestro destino, mientras que a la sociedad civil y política le corresponde la ardua tarea de organizar y encarnar en la justicia y en la solidaridad, en el derecho y en la paz, una vida cada vez más humana. Vivir la fe cristiana no significa huir del mundo o buscar una cierta hegemonía, sino servir al hombre, a todo el hombre y a todos los hombres, a partir de las periferias de la historia, teniendo despierto el sentido de la esperanza, que impulsa a hacer el bien a pesar de todo y mirando siempre más allá. (Carta a Eugenio Scalfari, 4 de septiembre de 2013)

Cita B

Esta entrevista acontece en plena crisis de refugiados. Santo Padre, ¿cómo vive esta situación?
-Es la punta de un iceberg. Vemos estos refugiados, esta pobre gente, que escapa de la guerra, que escapa del hambre, pero esa es la punta del iceberg. Pero debajo de eso, está la causa, y la causa es un sistema socioeconómico y malo, injusto, porque dentro de un sistema económico, dentro de todo, dentro del mundo, hablando del problema ecológico, dentro de la sociedad socioeconómica, dentro de la política, el centro siempre tiene que ser la persona. Y el sistema económico dominante hoy día descentró a la persona y al centro está el dios dinero, es el ídolo de moda. O sea, hay estadísticas, yo no me acuerdo bien, pero –esto no es exacto y me puedo equivocar- que el 17% de la población del mundo tiene el 80% de las riquezas. (Entrevista Radio Renascença, ACI, 14 de septiembre de 2015)

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I – La fe está centrada en Cristo, no en el hombre
II – La fe cristiana se vive mediante la práctica de la virtud y de los mandamientos
III – No basta servir a los pobres para vivir la fe cristiana
IV – Servir a los hombres de las periferias no es la única forma de vivir la fe


I – La fe está centrada en Cristo, no en el hombre


Sagradas Escrituras
-Cristo resucitado es la razón de nuestra fe

Benedicto XVI
-Los Papas del siglo XX proclaman a Jesucristo centro del cosmos, de la Historia y de la fe
-En el Corazón traspasado de Cristo depositemos nuestra fe y esperanza

Juan Pablo II
-Los jóvenes deben fundamentar su fe sobre la roca que es Cristo
-Nuestra fe se consolida viendo el amor con que Cristo asumió nuestra naturaleza
-La fe cristiana se mantiene creyendo en la resurrección de Cristo
-Un pueblo profundamente cristiano está anclado en Cristo

Catecismo de la Iglesia Católica
-El Hijo de Dios vivo siempre fue el centro de la fe

Congregación para el Clero
-Sólo con una plena adhesión a la Persona de Jesucristo se vive la fe cristiana


II – La fe cristiana se vive mediante la práctica de la virtud y de los mandamientos


Benedicto XVI
-Vivir la fe implica cargar la cruz del sufrimiento

Juan Pablo II
-Cumplir los mandamientos y confesar con frecuencia para alcanzar el cielo
-La santidad consiste en la heroicidad de la práctica de la virtud

Pío XII
-Quien no lucha, no es un cristiano de verdad

Concilio Vaticano II
-Se requiere virtud para vivir la vocación cristiana

Congregación para el Clero
-La fe transforma la mente y el corazón y da una adhesión a Jesucristo


III – No basta servir a los pobres para vivir la fe cristiana


Sagradas Escrituras
-No será recompensado él que da limosna para ser honrado

Concilio Vaticano II
-La pureza de intención es requisito para practicar la verdadera caridad

Pío XI
-Cuidado con la caridad que no procura la salvación de la almas

Pío XII
-Debemos arder en caridad para con nuestros hermanos cegados por el error

León XIII
-Los enemigos de la Iglesia alegan constantemente su amor hacia los más humildes

Congregación para la Doctrina de la Fe
-Los pastores corren el riesgo de ser desviados hacia empresas tan ruinosas como la miseria que ellas mismas combaten

San Basilio Magno
-De la envidia resulta una caridad hipócrita

San Francisco de Sales
-No basta practicar la caridad para ser un buen cristiano


IV – Servir a los hombres de las periferias no es la única forma de vivir la fe


Sagradas Escrituras
-La contemplación de María es más laudable que la caridad de Marta

Benedicto XVI
-Todos los caminos de santidad agradan a Dios
-La santidad es un himno a Dios con mil tonalidades diversas
-Cada uno recibe del Padre una vocación particular

Juan Pablo II
-Todos se benefician de las diversas formas de espiritualidad

Pablo VI
-La ilusión del falso bienestar hace considerar solamente la aflicción y la pobreza

Pío XII
-El Espíritu Santo inspira en la Iglesia varios caminos para el cielo

Santo Tomás de Aquino
-La caridad para con Dios es más meritoria que la caridad para con el prójimo


I – La fe está centrada en Cristo, no en el hombre


Sagradas Escrituras

  • Cristo resucitado es la razón de nuestra fe

Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe. (1 Cor 15, 14)

Benedicto XVI

  • Los Papas del siglo XX proclaman a Jesucristo centro del cosmos, de la Historia y de la fe

El Año de la Fe que hoy inauguramos está vinculado coherentemente con todo el camino de la Iglesia en los últimos 50 años: desde el Concilio, mediante el magisterio del Siervo de Dios Pablo VI, que convocó un Año de la Fe en 1967, hasta el Gran Jubileo del 2000, con el que el Beato Juan Pablo II propuso de nuevo a toda la humanidad a Jesucristo como único Salvador, ayer, hoy y siempre. Estos dos Pontífices, Pablo VI y Juan Pablo II, convergieron profunda y plenamente en poner a Cristo como centro del cosmos y de la Historia, y en el anhelo apostólico de anunciarlo al mundo. Jesús es el centro de la fe cristiana. El cristiano cree en Dios por medio de Jesucristo, que ha revelado su rostro. Él es el cumplimiento de las Escrituras y su intérprete definitivo. Jesucristo no es solamente el objeto de la fe, sino, como dice la Carta a los Hebreos, “el que inició y completa nuestra fe” (12, 2). (Benedicto XVI. Homilía en la Misa de apertura del Año de la Fe, 11 de octubre de 2012)

  • En el Corazón traspasado de Cristo depositemos nuestra fe y esperanza

En mi primera encíclica, sobre el tema del amor, el punto de partida fue precisamente la mirada puesta en el costado traspasado de Cristo, del que habla San Juan en su Evangelio (cf. Jn 19, 37; Encíclica Deus caritas est, n. 12). Y este centro de la fe es también la fuente de la esperanza en la que hemos sido salvados, esperanza que fue objeto de mi segunda encíclica. (Benedicto XVI. Ángelus, 1 de junio de 2008)

Juan Pablo II

  • Los jóvenes deben fundamentar su fe sobre la roca que es Cristo

La finalidad principal de las Jornadas es la de colocar a Jesucristo en el centro de la fe y de la vida de cada joven, para que sea el punto de referencia constante y la luz verdadera de cada iniciativa y de toda tarea educativa de las nuevas generaciones. Es el “estribillo” de cada Jornada Mundial. Y todas juntas, a lo largo de este decenio, aparecen como una continua y apremiante invitación a fundamentar la vida y la fe sobre la roca que es Cristo. (Juan Pablo II. Carta con motivo del seminario de estudio sobre las Jornadas Mundiales de la Juventud, n. 1, 8 de mayo de 1996)

  • Nuestra fe se consolida viendo el amor con que Cristo asumió nuestra naturaleza

Jesucristo, el Verbo eterno de Dios que está en el seno del Padre desde siempre (cf. Jn 1, 18), es nuestra esperanza porque nos ha amado hasta el punto de asumir en todo nuestra naturaleza humana, excepto el pecado, participando de nuestra vida para salvarnos. La confesión de esta verdad está en el corazón mismo de nuestra fe. La pérdida de la verdad sobre Jesucristo, o su incomprensión, impiden ahondar en el misterio mismo del amor de Dios y de la comunión trinitaria.
Jesucristo es nuestra esperanza porque revela el misterio de la Trinidad. Éste es el centro de la fe cristiana, que puede ofrecer todavía una gran aportación, como lo ha hecho hasta ahora, a la edificación de estructuras que, inspirándose en los grandes valores evangélicos o confrontándose con ellos, promuevan la vida, la Historia y la cultura de los diversos pueblos del Continente. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, n. 19, 28 de junio de 2003)

  • La fe cristiana se mantiene creyendo en la resurrección de Cristo

La Pascua es el centro del año litúrgico y el centro de la vida del cristiano, precisamente porque es recuerdo vivo del misterio central de la salvación: la muerte y resurrección del Señor. […] Un conocido estudioso de nuestro siglo, Romano Guardini, meditando en el misterio pascual y en sus consecuencias para la vida del creyente y de la Iglesia, afirma que “la fe cristiana se mantiene o se pierde en la medida en que se cree o no se cree en la resurrección del Señor. La resurrección no es un fenómeno marginal de esta fe, y mucho menos un desarrollo mitológico, que la fe hubiera tomado de la historia y que más tarde pudo desaparecer sin perder su contenido: es su centro” (El Señor, parte VI, 1).
El anuncio de la muerte y resurrección de Cristo es el centro de la fe. De la adhesión dócil y alegre a este misterio brota el auténtico seguimiento del Señor y la misión salvífica confiada al pueblo de Dios, peregrino en la tierra a la espera de la vuelta gloriosa de Jesús. A la luz de esta verdad evangélica tan fundamental, se comprende plenamente que Jesucristo, y sólo Jesucristo, es realmente camino, verdad y vida, Él que es luz del mundo e imagen humana del Padre.  (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1.3, 14 de abril de 1993)

  • Un pueblo profundamente cristiano está anclado en Cristo

Han pasado muchos siglos desde Cristo. La heredad de Dios ha ido creciendo maravillosamente —no sin que se repitan los rechazos, las incomprensiones y luchassobre la piedra angular: Cristo muerto y resucitado. Cada día son más los hombres y pueblos que lo aceptan con fe y con amor, que buscan en Él el fundamento sólido para construir un mundo mejor y más unido, donde se sientan a salvo bajo la mirada bondadosa de un solo Dios y Padre. Entre todos esos pueblos que no rechazaron, sino que hicieron de la fe en Jesús el centro de su historia, está la querida España, profundamente cristiana; entre esos hombres, herederos de Dios por el bautismo que asimila al Hijo muerto y resucitado, os contáis también vosotros, hermanos y hermanas de esta parroquia madrileña de Orcasitas, reunidos junto al altar del mismo Cristo. A todos os siento muy dentro de mí y os acojo como miembros queridísimos de su Iglesia. (Juan Pablo II. Homilía en la Iglesia de San Bartolomé de Orcasitas, n. 2, 3 de noviembre de 1982)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El Hijo de Dios vivo siempre fue el centro de la fe

No ocurre así con Pedro cuando confiesa a Jesús como “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16) porque Jesús le responde con solemnidad “no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17). Paralelamente Pablo dirá a propósito de su conversión en el camino de Damasco: “Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo para que le anunciase entre los gentiles…” (Gal 1,15-16). “Y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios” (Hch 9, 20). Este será, desde el principio (cf. 1 Tes 1, 10), el centro de la fe apostólica (cf. Jn 20, 31) profesada en primer lugar por Pedro como cimiento de la Iglesia (cf. Mt 16, 18). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 442)

Congregación para el Clero

  • Sólo con una plena adhesión a la Persona de Jesucristo se vive la fe cristiana

La fe cristiana es, ante todo, conversión a Jesucristo, adhesión plena y sincera a su persona y decisión de caminar en su seguimiento. La fe es un encuentro personal con Jesucristo, es hacerse discípulo suyo. Esto exige el compromiso permanente de pensar como El, de juzgar como El y de vivir como Él lo hizo. Así, el creyente se une a la comunidad de los discípulos y hace suya la fe de la Iglesia. (Directorio General para la Catequesis, n. 53)


II – La fe cristiana se vive mediante la práctica de la virtud y de los mandamientos


Benedicto XVI

  • Vivir la fe implica cargar la cruz del sufrimiento

La teología de la cruz no es una teoría; es la realidad de la vida cristiana. Vivir en la fe en Jesucristo, vivir la verdad y el amor implica renuncias todos los días, implica sufrimientos. El cristianismo no es el camino de la comodidad; más bien, es una escalada exigente, pero iluminada por la luz de Cristo y por la gran esperanza que nace de él. San Agustín dice: a los cristianos no se les ahorra el sufrimiento; al contrario, les toca un poco más, porque vivir la fe expresa el valor de afrontar la vida y la historia más en profundidad. Con todo, sólo así, experimentando el sufrimiento, conocemos la vida en su profundidad, en su belleza, en la gran esperanza suscitada por Cristo crucificado y resucitado. (Benedicto XVI. Audiencia general, 5 de noviembre de 2008)

Juan Pablo II

  • Cumplir los mandamientos y confesar con frecuencia para alcanzar el cielo

Conocéis bien la respuesta. Sabéis que para alcanzar la vida eterna es preciso cumplir los mandamientos, es preciso vivir de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, que nos son transmitidas continuamente por su Iglesia. Por eso, queridos hermanos, os animo a comportaros siempre como buenos cristianos, a cumplir los mandamientos, a asistir a misa los domingos, a cuidar vuestra formación cristiana acudiendo a las catequesis que vuestros pastores imparten, a confesaros con frecuencia, a trabajar, a ser buenos padres y esposos fieles, a ser buenos hijos. No caigáis en la seducción de los vicios, como el abuso del alcohol, que tantos estragos causa: ni prestéis vuestra colaboración al narcotráfico, causa de la destrucción de tantas personas en el mundo. (Juan Pablo II. Homilía en la Colonia Patria Nueva en México, n. 5, 11 de mayo de 1990)

  • La santidad consiste en la heroicidad de la práctica de la virtud

Es natural recordar aquí la solemne proclamación de algunos fieles laicos, hombres y mujeres, como beatos y santos, durante el mes en el que se celebró el Sínodo. Todo el Pueblo de Dios, y los fieles laicos en particular, pueden encontrar ahora nuevos modelos de santidad y nuevos testimonios de virtudes heroicas vividas en las condiciones comunes y ordinarias de la existencia humana. Como han dicho los Padres sinodales: “Las Iglesias locales, y sobre todo las llamadas Iglesias jóvenes, deben reconocer atentamente entre los propios miembros, aquellos hombres y mujeres que ofrecieron en estas condiciones (las condiciones ordinarias de vida en el mundo y el estado conyugal) el testimonio de una vida santa, y que pueden ser ejemplo para los demás, con objeto de que, si se diera el caso, los propongan para la beatificación y canonización”. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Chistifideles laici, n. 17, 30 de diciembre de 1988)

Pío XII

  • Quien no lucha, no es un cristiano de verdad

¿Por qué no ha de sentirse excitado a una mayor vigilancia, a una defensa más enérgica de nuestra causa viendo cómo ve crecer temerosamente sin cesar la turba de los enemigos de Cristo y viendo a los pregoneros de una doctrina engañosa que, de la misma manera que niegan la eficacia y la saludable verdad de la fe cristiana o impiden que ésta se lleve a la práctica, parecen romper con impiedad suma las tablas de los mandamientos de Dios, para sustituirlas con otras normas de las que están desterrados los principios morales de la revelación del Sinaí y el divino espíritu que ha brotado del sermón de la montaña y de la cruz de Cristo? Todos, sin duda, saben muy bien, no sin hondo dolor, que los gérmenes de estos errores producen una trágica cosecha en aquellos que, si bien en los días de calma y seguridad se confesaban seguidores de Cristo, sin embargo, cuando es necesario resistir con energía, luchar, padecer y soportar persecuciones ocultas y abiertas, cristianos sólo de nombre, se muestran vacilantes, débiles, impotentes, y, rechazando los sacrificios que la profesión de su religión implica, no son capaces de seguir los pasos sangrientos del Divino Redentor. (Pío XII. Encíclica Summi pontificatus, n. 5, 20 de octubre de 1939)

Concilio Vaticano II

  • Se requiere virtud para vivir la vocación cristiana

Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocación cristiana [del matrimonio] se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 49, 7 de diciembre de 1965)

Congregación para el Clero

  • La fe transforma la mente y el corazón y da una adhesión a Jesucristo

La fe lleva consigo un cambio de vida, una metanoia, es decir, una transformación profunda de la mente y del corazón: hace así que el creyente viva esa nueva manera de ser, de vivir, de vivir juntos, que inaugura el Evangelio. Y este cambio de vida se manifiesta en todos los niveles de la existencia del cristiano: en su vida interior de adoración y acogida de la voluntad divina; en su participación activa en la misión de la Iglesia; en su vida matrimonial y familiar; en el ejercicio de la vida profesional; en el desempeño de las actividades económicas y sociales.
La fe y la conversión brotan del corazón, es decir, de lo más profundo de la persona humana, afectándola por entero. Al encontrar a Jesucristo, y al adherirse a Él, el ser humano ve colmadas sus aspiraciones más hondas: encuentra lo que siempre buscó y además de manera sobreabundante. (Directorio General para la Catequesis, n. 55)


III – No basta servir a los pobres para vivir la fe cristiana


Sagradas Escrituras

  • No será recompensado él que da limosna para ser honrado

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. (Mt 6, 1-2)

Concilio Vaticano II

  • La pureza de intención es requisito para practicar la verdadera caridad

Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente extraordinario y aparezca como tal, es necesario que se vea en el prójimo la imagen de Dios según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor a quien en realidad se ofrece lo que se da al necesitado; se considere con la máxima delicadeza la libertad y dignidad de la persona que recibe el auxilio; que no se manche la pureza de intención con ningún interés de la propia utilidad o por el deseo de dominar; se satisfaga ante todo a las exigencias de la justicia, y no se brinde como ofrenda de caridad lo que ya se debe por título de justicia; se quiten las causas de los males, no sólo los defectos, y se ordene el auxilio de forma que quienes lo reciben se vayan liberando poco a poco de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos. (Concilio Vaticano II. Decreto Apostolicam actuositatem, 18 de noviembre de 1965)

Pío XI

  • Cuidado con la caridad que no procura la salvación de la almas

Por otra parte, la formación espiritual y la vida interior que fomentéis en estos vuestros colaboradores les pondrán en guardia contra los peligros y posibles extravíos. Teniendo presente el fin último de la Acción Católica que es la santificación de las almas, según el precepto evangélico: Quaerite primum regnum Dei (Lc 12, 32) no se correrá el peligro de satisfacer los principios a fines inmediatos o secundarios y no se olvidara jamás que a ese fin último se deben subordinar las obras sociales y económicas y las iniciativas de caridad. (Pío XI. Encíclica Firmissiman constantiam, n. 14, 28 de marzo de 1937)

Pío XII

  • Debemos arder en caridad para con nuestros hermanos cegados por el error

No hay necesidad más urgente, venerables hermanos, que la de dar a conocer las inconmensurables riquezas de Cristo (Ef 3, 8) a los hombres de nuestra época. No hay empresa más noble que la de levantar y desplegar al viento las banderas de nuestro Rey ante aquellos que han seguido banderas falaces y la de reconquistar para la cruz victoriosa a los que de ella, por desgracia, se han separado. ¿Quién, a la vista de una tan gran multitud de hermanos y hermanas que, cegados por el error, enredados por las pasiones, desviados por los prejuicios, se han alejado de la verdadera fe en Dios y del salvador mensaje de Jesucristo; quién, decimos, no arderá en caridad y dejará de prestar gustosamente su ayuda? (Pío XII. Encíclica Summi pontificatus, n. 5, 20 de octubre de 1939)

León XIII

  • Los enemigos de la Iglesia alegan constantemente su amor hacia los más humildes

Con estas mentidas apariencias y arte constante de fingimiento, procuran los masones con todo empeño, como en otro tiempo los maniqueos, ocultarse y no tener otros testigos que los suyos. Celebran reuniones muy ocultas, simulando sociedades eruditas de literatos y sabios, hablan continuamente de su entusiasmo por la civilización, y de su amor hacia los más humildes: dicen que su único deseo es mejorar la condición de los pueblos y comunicar a cuantos más puedan las ventajas de la sociedad civil. (León XIII. Encíclica Humanum genus, n. 9, 20 de abril de1884)

Congregación para la Doctrina de la Fe

  • Los pastores corren el riesgo de ser desviados hacia empresas tan ruinosas como la miseria que ellas mismas combaten

El celo y la compasión que deben estar presentes en el corazón de todos los pastores corren el riesgo de ser desviados y proyectados hacia empresas tan ruinosas para el hombre y su dignidad como la miseria que se combate, si no se presta suficiente atención a ciertas tentaciones.
El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al Tentador (Mt 4, 4): “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). Así, ante la urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar el pan, la Palabra para más tarde. Es un error mortal el separar ambas cosas hasta oponerlas entre sí. Por otra parte, el sentido cristiano sugiere espontáneamente lo mucho que hay que hacer en uno y otro sentido.
Para otros, parece que la lucha necesaria por la justicia y la libertad humanas, entendidas en su sentido económico y político, constituye lo esencial y el todo de la salvación. Para éstos, el Evangelio se reduce a un evangelio puramente terrestre. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, VI, n. 2-4, 6 de agosto de 1984)

San Basilio Magno

  • De la envidia resulta una caridad hipócrita

¿No ves tú qué gran mal es la hipocresía? Pues también es fruto de la envidia. Porque la doble cara del carácter, nace en los hombres, principalmente de la envidia, puesto que teniendo el odio escondido dentro del corazón, muestran exteriormente una falsa capa de caridad. Son semejantes a los escollos del mar, que cubiertos con poca agua son un mal imprevisto para los incautos navegantes. (San Basilio Magno. Descripción de la envidia)

San Francisco de Sales

  • No basta practicar la caridad para ser un buen cristiano

Los pecadores no vuelan hacia Dios por las buenas acciones, pero son terrenos y rastreros; las personas buenas, pero que todavía no han alcanzado la devoción, vuelan hacia Dios por las buenas oraciones, pero poco, lenta y pesadamente; las personas devotas vuelan hacia Dios, con frecuencia con prontitud y por las alturas. En una palabra, la devoción no es más que una agilidad y una viveza espiritual, por cuyo medio la caridad hace sus obras en nosotros, o nosotros por ella, pronta y afectuosamente, y, así como corresponde a la caridad el hacernos cumplir general y universalmente todos los mandamientos de Dios, corresponde también a la devoción hacer que los cumplamos con ánimo pronto y resuelto.
Por esta causa, el que no guarda todos los mandamientos de Dios, no puede ser tenido por bueno ni devoto, porque, para ser bueno es menester tener caridad y, para ser devoto, además de la caridad se requiere una gran diligencia y presteza en los actos de esta virtud. (San Francisco de Sales. Introducción a la vida devota, parte I, cap. 1)


IV – Servir a los hombres de las periferias no es la única forma de vivir la fe


Sagradas Escrituras

  • La contemplación de María es más laudable que la caridad de Marta

Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, no le será quitada. (Lc 10, 41-42)

Benedicto XVI

  • Todos los caminos de santidad agradan a Dios

Por tanto, Dios tiene una voluntad fundamental para todos nosotros, que es idéntica para todos nosotros. Pero su aplicación es distinta en cada vida, porque Dios tiene un proyecto preciso para cada hombre. San Francisco de Sales dijo una vez: la perfección —es decir, ser buenos, vivir la fe y el amor— es substancialmente una, pero con formas muy distintas. Son muy distintas la santidad de un monje cartujo y la de un hombre político, la de un científico o la de un campesino, etc. Así, para cada hombre Dios tiene su proyecto y yo debo encontrar, en mis circunstancias, mi modo de vivir esta voluntad única y común de Dios, cuyas grandes reglas están indicadas en estas explicitaciones del amor. […] Así cada uno encontrará, en su vida, las distintas posibilidades: comprometerse en el voluntariado, en una comunidad de oración, en un movimiento, en la acción de su parroquia, en la propia profesión. Encontrar mi vocación y vivirla en todo lugar es importante y fundamental, tanto si soy un gran científico como si soy un campesino. Todo es importante a los ojos de Dios: es bello si se vive a fondo con el amor que realmente redime al mundo. (Benedicto XVI. Discurso para el encuentro preparatorio de la XXV Jornada Mundial de la Juventud, 25 de marzo de 2010)

  • La santidad es un himno a Dios con mil tonalidades diversas

En la encíclica publicada el miércoles pasado, refiriéndome a la primacía de la caridad en la vida del cristiano y de la Iglesia, quise recordar que los testigos privilegiados de esta primacía son los santos, que han hecho de su existencia un himno a Dios Amor, con mil tonalidades diversas. La liturgia nos invita a celebrarlos cada día del año. Pienso, por ejemplo, en los que hemos conmemorado estos días: el Apóstol San Pablo, con sus discípulos Timoteo y Tito, Santa Ángela de Mérici, Santo Tomás de Aquino y San Juan Bosco. Son santos muy diferentes entre sí: los primeros pertenecen a los comienzos de la Iglesia, y son misioneros de la primera evangelización; en la Edad Media, Santo Tomás de Aquino es el modelo del teólogo católico, que encuentra en Cristo la suprema síntesis de la verdad y del amor; en el Renacimiento, Santa Ángela de Mérici propone un camino de santidad también para quien vive en un ámbito laico; en la época moderna, Don Bosco, inflamado por la caridad de Jesús buen Pastor, se preocupa de los niños más necesitados, y se convierte en su padre y maestro.
En realidad, toda la Historia de la Iglesia es historia de santidad, animada por el único amor que tiene su fuente en Dios. En efecto, sólo la caridad sobrenatural, como la que brota siempre nueva del Corazón de Cristo, puede explicar el prodigioso florecimiento, a lo largo de los siglos, de órdenes, institutos religiosos masculinos y femeninos y de otras formas de vida consagrada. (Benedicto XVI. Ángelus, 29 de enero de 2006)

  • Cada uno recibe del Padre una vocación particular

Por el sacramento del Bautismo hoy los consagra y los llama a seguir a Jesús, mediante la realización de su vocación personal según el particular designio de amor que el Padre tiene pensado para cada uno de ellos; meta de esta peregrinación terrena será la plena comunión con él en la felicidad eterna. (Benedicto XVI. Homilía en la Fiesta del Bautismo del Señor, 9 de enero de 2011)

Juan Pablo II

  • Todos se benefician de las diversas formas de espiritualidad

En esta importante tarea hay que ayudarles siempre a fortalecer su consagración al Señor viviendo día a día los consejos evangélicos. “Quienes han abrazado la vida consagrada están llamados a convertirse en guías en la búsqueda de Dios, una búsqueda que siempre ha apasionado al corazón humano y es particularmente visible en las diversas formas de espiritualidad y ascetismo de Asia” (Ecclesia in Asia, n. 44). Por esta razón, los religiosos pueden desempeñar un papel esencial en el compromiso general de la Iglesia en favor de la evangelización. (Juan Pablo II. Discurso a la Conferencia Episcopal de Indonesia con ocasión de la visita ad limina, n. 6, 29 de marzo de 2003)

Pablo VI

  • La ilusión del falso bienestar hace considerar solamente la aflicción y la pobreza

De ahí la condición del cristiano, y en primer lugar del apóstol que debe convertirse en el “modelo del rebaño” (1 Pe 5, 3) y asociarse libremente a la pasión del Redentor. […] Desafortunadamente no nos faltan ocasiones para comprobar, en nuestro siglo tan amenazado por la ilusión del falso bienestar, la incapacidad “psíquica” del hombre para acoger “lo que es del Espíritu de Dios: es una locura y no lo puede conocer, porque es con el espíritu como hay que juzgarla” (1 Cor 2, 14). El mundo —que es incapaz de recibir el Espíritu de Verdad, que no le ve ni le conoce— no percibe más que una cara de las cosas. Considera solamente la aflicción y la pobreza del espíritu, mientras éste en lo más profundo de sí mismo siente siempre alegría porque está en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. (Pablo VI. Exhortación apostólica Gaudete in Domino, n. 31-32, 9 de mayo de 1975)

Pío XII

  • El Espíritu Santo inspira en la Iglesia varios caminos para el cielo

En cuanto a las diversas forma con que tales ejercicios piadosos suelen practicarse, tengan todos presente que en la Iglesia terrena, no de otra suerte que en la celestial, hay muchas moradas, y que la ascética no puede ser monopolio de nadie. Uno solo es el Espíritu, el cual, sin embargo, “sopla donde quiere”, y por varios dones y varios caminos dirige a la santidad a las almas por él iluminadas. Téngase por algo sagrado su libertad y la acción sobrenatural del Espíritu Santo, que a nadie es lícito, por ningún título, perturbar o conculcar. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 223, 20 de noviembre de 2011)

Santo Tomás de Aquino

  • La caridad para con Dios es más meritoria que la caridad para con el prójimo

¿Es la vida activa más meritoria que la contemplativa?
Respondo: La raíz de todo merecimiento es la caridad, como dijimos antes (II-II 83,15 I-II 114,4). Dado que la caridad consiste en el amor a Dios y al prójimo, como ya se dijo (I-II 25,1), es más meritorio amar a Dios en sí mismo que amar al prójimo, según ya dijimos (I-II 27,1). Por ello, lo que dice relación directa con el amor a Dios es más meritorio en sí mismo que aquello que pertenece directamente al amor del prójimo por Dios. […] En cambio, la vida activa se dedica más directamente al amor al prójimo, porque se afana en los muchos cuidados del servicio, como se dice en Lc 10, 40. Por eso, en sí misma, la vida contemplativa es más meritoria que la activa. Y esto es lo que dice San Gregorio en III Hom. Ez.: La contemplativa es más meritoria que la activa, porque ésta se consagra a las obras presentes, es decir, a socorrer las necesidades del prójimo, mientras que aquélla gusta ya en el descanso venidero, es decir, en la contemplación de Dios. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 182, a. 2)


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