132 – Tú, sacerdote, que estás ahí en el confesonario, tú estás ahí en el lugar del Padre

El Evangelio nos muestra claramente que Cristo eligió a doce Apóstoles y les dio poderes especiales en orden a la Eucaristía, al perdón de los pecados y a la administración de los demás sacramentos. Para que estos dones se perpetuasen en la Iglesia hasta el final de los siglos, en la Última Cena con sus Apóstoles Jesucristo instituyó, junto con la Eucaristía, el sacramento del Orden, a través de las palabras: “Haced esto en conmemoración mía”.

El mismo Cristo también les ordenó que transmitieran a sus sucesores este sacramento, con sus poderes, para gobernar y santificar a los pueblos, como también custodiar la doctrina. Imponiendo las manos, así lo hicieron los primeros hasta nuestros días.

Formando así la estirpe de los ministros del Señor, ellos no actúan por sí mismos, sino en el nombre y en la persona de Cristo: in persona Christi capitis.

A pedido de una lectora del Denzinger-Bergoglio, aclaramos en este estudio una duda que Francisco colocó a muchas personas en su reciente audiencia del día 3 de febrero: ¿El sacerdote ocupa el lugar del Padre o de Jesús en el confesionario?

Y aprovechamos para preguntar: ¿dónde está el rigor teológico en sus afirmaciones? ¿por qué esa falta de seriedad al transmitir las verdades de la fe?

Francisco

AudienciaGeneralD

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Enseñanzas del Magisterio

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Autores

El sacerdote en el confesionario actúa in persona Christi Capitis

San Alfonso de Ligorio

En el confesionario no hay diferencia entre Cristo y el sacerdote

Si descendiese el Redentor a una Iglesia, y si pusiera en el confesionario a administrar el sacramento de la penitencia, y en otro se sentase un sacerdote, Jesús diría: “Ego absolvo”; y el sacerdote en la propia forma diría: “Ego absolvo”; y del uno y del otro los penitentes quedarían igualmente absueltos. […] El mismo lugar del Salvador ocupa el sacerdote cuando absuelve los pecados, diciendo: “Ego absolvo”. (San Alfonso María de Ligorio. Selva de materias predicables e instructivas. Parte I, Capítulo I, n. 8)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

Los sacerdotes son los vicarios de Cristo al pronunciar la sentencia de remisión o retención de los pecados

De la institución del sacramento de la penitencia ya explicada, entendió siempre la Iglesia universal que fue también instituida por el Señor la confesión integra de los pecados [cf. Sant 5, 16; 1 Jn 1, 9; Lc 5, 14; 17, 14], y que es por derecho divino necesaria a todos los caídos después del bautismo [can. 7]; en efecto, nuestro Señor Jesucristo, estando para subir de la tierra a los cielos, dejo por vicarios suyos a los sacerdotes [cf. Mt 16, 19; 18, 18; Jn 20, 23], como presidentes y jueces, ante quienes se acusen de todos los pecados mortales en que hubieren caído los fieles de Cristo, y quienes por la potestad de las llaves, pronuncien la sentencia de remisión o retención de los pecados. (Denzinger-Hünermann 1679. Concilio de Trento, Sesión XIV, Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, cap. 5, 25 de noviembre de 1551)

Hasta los sacerdotes en pecado mortal son ministros de Cristo al remitir los pecados

Enseña también, que aún los sacerdotes que están en pecado mortal, ejercen como ministros de Cristo la función de remitir los pecados por la virtud del Espíritu Santo, conferida en la ordenación, y que sienten equivocadamente quienes pretenden que en los malos sacerdotes no se da esta potestad. (Denzinger-Hünermann 1684. Concilio de Trento, Sesión XIV, Doctrina sobre el sacramento de la penitencia, cap. 6, 25 de noviembre de 1551)

Pío X

Función ejercida no en nombre propio, sino en nombre de Jesucristo

Nosotros, los sacerdotes, no ejercermos la función sacerdotal en nombre propio, sino en nombre de Jesucristo. Dice el Apóstol: “que todo hombre nos considere como ministros de Cristo dispensadores de los misterios de Dios”: somos embajadores de Cristo. Por esta razón Jesucristo mismo nos trató como amigos y no como siervos. (Pío X. Exhortación Haerent animo, n. 4, 4 de agosto de 1908)

Pío XII

El sacerdote presta a Cristo su lengua y le alarga la mano

En virtud de la consagración sacerdotal que ha recibido, se asemeja al Sumo Sacerdote y tiene el poder de obrar en virtud y en persona del mismo Cristo; por eso, con su acción sacerdotal, en cierto modo, “presta a Cristo su lengua y le alarga su mano”. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 57, 20 de noviembre de 1947)

Benedicto XVI

El sacerdote habla en la persona de Otro, de Cristo

En la administración de los sacramentos el sacerdote actúa y habla ya in persona Christi. En los sagrados misterios el sacerdote no se representa a sí mismo y no habla expresándose a sí mismo, sino que habla en la persona de Otro, de Cristo. (Benedicto XVI. Homilía en la Santa Misa Crismal, 5 de abril de 2007)

En el sacerdote, Cristo hace lo que él no puede hacer: la absolución de los pecados

Para comprender lo que significa que el sacerdote actúa in persona Christi capitis — en la persona de Cristo Cabeza —, y para entender también las consecuencias que derivan de la tarea de representar al Señor, especialmente en el ejercicio de estos tres oficios, es necesario aclarar ante todo lo que se entiende por “representar”. El sacerdote representa a Cristo. ¿Qué quiere decir “representar” a alguien? En el lenguaje común generalmente quiere decir recibir una delegación de una persona para estar presente en su lugar, para hablar y actuar en su lugar, porque aquel que es representado está ausente de la acción concreta. Nos preguntamos: ¿El sacerdote representa al Señor de la misma forma? La respuesta es no, porque en la Iglesia Cristo no está nunca ausente; la Iglesia es su cuerpo vivo y la Cabeza de la Iglesia es él, presente y operante en ella. […] Por lo tanto, el sacerdote que actúa in persona Christi capitis y en representación del Señor, no actúa nunca en nombre de un ausente, sino en la Persona misma de Cristo resucitado, que se hace presente con su acción realmente eficaz. Actúa realmente y realiza lo que el sacerdote no podría hacer: la consagración del vino y del pan para que sean realmente presencia del Señor, y la absolución de los pecados. (Benedicto XVI. Audiencia general, 14 de abril de 2010)

Juan Pablo II

Cuando el sacerdote alza la mano que bendice, actúa el Señor Jesús

[El sacerdote], cuando alza la mano que bendice y pronuncia las palabras de la absolución, actúa “in persona Christi”: no sólo como “representante”, sino también y, sobre todo, como “instrumento” humano en el que está presente, de modo arcano y real, y actúa el Señor Jesús, el “Dios-con-nosotros”, muerto y resucitado y que vive para nuestra salvación. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 22 de febrero de 1984)

Dentro de la realidad humana del sacerdote, se oculta el mismo Jesús

El Señor Jesús se ha convertido así en “nuestra reconciliación” (cf. Rom 5, 11) y en nuestra “paz” (cf. Ef 2, 14). La Iglesia, pues, por medio del sacerdote de manera singular, no actúa como si fuese una realidad autónoma: estructuralmente depende del Señor Jesús que la ha fundado, la habita y actúa en ella, de tal modo que hace presente en los diversos tiempos y en los diversos ambientes el misterio de la redención. La palabra evangélica esclarece este “ser enviada” de la Iglesia a través de sus Apóstoles por parte de Cristo para la remisión de los pecados. “Como me envió mi Padre —afirma el Señor Jesús resucitado—, así os envío yo”. Y después de decir esto, soplando sobre ello añadió: “Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos” (Jn 20, 21-22). Así, pues, detrás — o dentro — de la realidad humana del sacerdote, se oculta y actúa el mismo Señor que “tiene el poder de perdonar los pecados” (cf. Lc 5, 24) y que con esta finalidad “mereció” (cf. Jn 7, 39) y “envió” (cf. Jn 20, 22) “su Espíritu” (cf. Rom 8, 9) después del Sacrificio del Calvario y de la victoria de la Pascua. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 28 de marzo de 1984)

Congregación para la Doctrina de la Fe

El sacerdote es para la comunidad la imagen del mismo Cristo que perdona

El obispo o el sacerdote, en el ejercicio de su ministerio, no actúa en nombre propio, en persona propia, sino que representa a Cristo que obra a través de él: “El sacerdote tiene verdaderamente el puesto de Cristo”, escribía ya San Cipriano en el siglo III. Este valor de representación de Cristo es lo que San Pablo consideraba como característico de su función apostólica (cf. 2 Cor 5, 20; Gal 4, 14). […] Si se tiene en cuenta el valor de estas reflexiones, se comprenderá mejor el valido fundamento en el que se basa la práctica de la Iglesia; y se podrá concluir que las controversias suscitadas en nuestros días […] son para todos los cristianos una acuciante invitación a profundizar más en el sentido del episcopado y del presbiterado, a descubrir de nuevo el lugar original del sacerdote dentro de la comunidad de los bautizados, de la que él es, ciertamente, parte, pero de la que se distingue, ya que en las acciones que exigen el carácter de la ordenación el es para la comunidad, con toda la eficacia que el sacramento comporta, la imagen, el símbolo del mismo Cristo que llama, perdona y realiza el sacrificio de la alianza. (Denzinger-Hünermann 4602. Congragación para la Doctrina de la Fe, Declaración Inter insignioris, cap. V, 15 de octubre de 1976)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

Los sacerdotes se unen a la intención de Cristo

Como ministros sagrados, sobre todo en el Sacrificio de la Misa, los presbíteros ocupan especialmente el lugar de Cristo. […] De igual forma se unen con la intención y con la caridad de Cristo en la administración de los sacramentos, especialmente cuando para la administración del sacramento de la penitencia se muestran enteramente dispuestos, siempre que los fieles lo piden razonablemente. (Concilio Vaticano II. Decreto Presbyterorum ordinis, n. 13, 7 de diciembre de 1965)

Catecismo de la Iglesia Católica

En virtud de su autoridad divina, Jesús confiere poder a los hombres

Sólo Dios perdona los pecados (cf. Mc 2, 7). Porque Jesús es el Hijo de Dios, dice de sí mismo: “El Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra” (Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: “Tus pecados están perdonados” (Mc 2, 5; Lc 7, 48). Más aún, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf. Jn 20, 21-23) para que lo ejerzan en su nombre. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1441)

Catecismo Romano

Los sacerdotes son meros instrumentos de Cristo. Es Él quién perdona por virtud propia en el sacramento

Cristo puso limitaciones, en cambio, respecto a los ministros de esta divina potestad. No quiso concederla a todos, sino solamente a los obispos y sacerdotes. Y dígase lo mismo en cuanto al modo de ejercerla: sólo puede ejercerse por medio de los sacramentos y usando la fórmula prescrita. Ni la misma Iglesia tiene derecho de remitir de otro modo. De donde se sigue que, tanto los sacerdotes como los sacramentos, son meros instrumentos para la remisión de los pecados; por medio de ellos, Cristo nuestro Señor, autor y dador de la salvación, obra en nosotros el perdón de las culpas y la justificación. […] Este admirable poder no fue concedido jamás a ninguna criatura antes de Cristo. Por primera vez lo recibió Él, en cuanto hombre, de su Padre: “Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados, dijo al paralítico: Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa (Mt. 9,6 Mc. 2,9)”. Y, habiéndose hecho hombre para otorgar a los hombres el perdón de sus pecados, el Redentor, antes de ascender a los cielos para sentarse eternamente a la diestra del Padre, transmitió este poder a los obispos y sacerdotes en la Iglesia. Mas notemos de nuevo que Cristo perdona los pecados por propia virtud, mientras que los sacerdotes lo hacen sólo como ministros suyos. Es claro que, si todos los prodigios obrados por la divina omnipotencia son grandes y admirables, éste es, entre todos, el más precioso concedido a la Iglesia por la misericordia de Jesucristo. (Catecismo Romano, I, II, IV-V)

Santo Tomás de Aquino

Los sacerdotes son llamados cabezas en cuanto hacen las veces de Cristo

La cabeza influye en los otros miembros de dos maneras: una, por un influjo intrínseco, en cuanto que de ella se deriva a los demás miembros la virtud motriz y sensitiva. Otra, mediante un cierto gobierno exterior, en cuanto que el hombre se orienta en sus actos externos por la vista y los demás sentidos que se asientan en la cabeza. El fluido interior de la gracia sólo proviene de Cristo, cuya humanidad, por estar unida a la divinidad, tiene el poder de justificar. En cambio, el influjo sobre los miembros de la Iglesia en lo que se refiere al gobierno exterior puede ser compartido por otros. […] Pero lo son de modo distinto de la manera en que lo es Cristo. Primero, porque Cristo es cabeza de todos los que pertenecen a la Iglesia en todo lugar, tiempo y estado; mientras que los otros hombres reciben el título de cabezas en determinados lugares. […] Cristo es cabeza de la Iglesia por su propio poder y por su propia autoridad, mientras que los otros son llamados cabezas en cuanto hacen las veces de Cristo, según 2Co 2,10: Pues también yo, lo que perdoné, si algo perdoné, por amor vuestro lo hice, en la persona de Cristo. Y en 2Co 5,20 se lee: Somos embajadores de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 8, a. 6)

Santa Catalina de Siena

“Ellos son mis ungidos, y los llamo mis Cristos”

¡O querida hija! he dicho todo esto para que conozcas mejor la dignidad en que yo he puesto a mis Ministros, y te duelas más de sus miserias. […] En la vida presente no pueden subir a mayor dignidad. Ellos son mis ungidos, y los llamo mis Cristos, porque me he dado a ellos para que me suministren a vosotros, y los he puesto como flores olorosas en el cuerpo místico de la Santa Iglesia. No he concedido esta dignidad a los ángeles, y sí a los hombres que he elegido por mis ministros, los cuales he puesto como ángeles, y deben ser ángeles terrenos en esta vida. (Santa Catalina de Siena. Diálogo, 3ª resp., cap. IV)

 


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