69 – Todos somos iguales – ¡todos! Cuando no se ve esto, esa sociedad es injusta

“Seréis como Dios” (Gn 3, 5). Cayendo Eva en la tentación que la serpiente le propuso en el Jardín del Edén, las consecuencias fueron inmediatas y desastrosas para nuestros primeros padres: expulsión del paraíso, pérdida de los dones sobrenaturales y preternaturales y una vida de sufrimientos. La pretensión de ser “igual que Dios” fue la causa de todos los males que existen en el mundo. Esa misma tentación se repite en el interior de los hombres aún hoy. La ilusión de no tener superiores incita al hombre a creer que la tranquilidad proviene de la total igualdad de medios, posición y responsabilidades.

Delante de las necesidades de los más pobres la Iglesia como Madre que es, nunca quedó indiferente. De sus inagotables fuentes, nacieron institutos de caridad dedicados no sólo a dar de comer a las personas, sino, mucho más a hacerlos sentirse amados y queridos. Ella supo también instruir a los más favorecidos a practicar la generosidad y retirar de lo suyo para dárselo al prójimo. Este desvelo del superior hacia el inferior creaba la mutua estima y armonía entre las diversas clases sociales, clases que no eran compartimentos estanques entre sí, sino que vivían en constante comunicación. El beneficiado queda agradecido por la ayuda recibida y desea el bien al otro, que por el afecto y gratitud del primero es movido a conceder siempre más favores. Conclusión: donde reina el amor fraterno, hay justicia pues cada uno recibe naturalmente lo que merece. Y donde hay justicia, se establece una sólida paz. Pero un amor fraterno donde unos se sacrifican a favor del prójimo sólo puede nacer del amor a Dios. Al contrario, cuando todos quieren ser iguales reina el egoísmo y nos preguntamos: ¿cuál es la verdadera causa de injusticia? ¿Cuál es la enseñanza de la Iglesia sobre la igualdad social? ¿Es ésta realmente la solución para lograr la paz?

Francisco

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

ContenidoAutores

I- La desigualdad es un bien querido por Dios
II-
La caridad cristiana florece en la desigualdad
III-
Los frutos de la igualdad forzada

I- La desigualdad es un bien querido por Dios

Sagrada Escrituras

Dios quiso las diversidades entre los hombres

Pues en la Iglesia Dios puso en primer lugar a los apóstoles; en segundo lugar, a los profetas, en el tercero, a los maestros, después, los milagros, después el carisma de curaciones, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan? (1 Cor 12, 28-30)

Pobres siempre tenéis

Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis. (Jn 12, 8)

El cuerpo humano es símbolo del orden social

Todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de unturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor. (Ef 4, 16)

Santo Tomás de Aquino

La diversidad y desigualdad proviene del querer divino

No debe faltar a la obra de un artífice consumado una suma perfección. Y así, siendo el bien del orden de diversos seres mejor que cualquiera de los ordenados tomado en si —por ser el elemento formal respecto a los singulares como la perfección del todo a sus partes—, no debió faltar el bien del orden a la obra de Dios. Mas este bien no podría existir sin la diversidad y desigualdad de las criaturas.
Luego la diversidad y desigualdad entre las criaturas no procede del acaso, ni de la diversidad de la materia, ni de la intervención de algunas causas o méritos, sino del propio querer divino, que quiso dar a la criatura la perfección que le era posible tener
De aquí que se diga en el Génesis: “Vio Dios que todo lo que había hecho era bueno sobremanera; habiendo dicho de cada cosa solamente que era buena”. Como queriendo decir que cada cosa de por sí es buena, pero todas juntas son muy buenas, por razón del orden del universo, que es la última y más noble perfección de las cosas. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. II, c. 45)

Toda sociedad perfecta es desigual

Un todo perfecto en las realidades naturales se halla constituido por partes diversas según la especie, como el hombre, que lo es de carne, huesos y niervos. Por el todo que se compone de partes de la misma especie es imperfecto en el género de lo natural […]. De ahí es evidente que, como la ciudad [sociedad] es un todo perfecto, es necesario que consista de partes dispares según la especie. (Santo Tomás de Aquino. Comentário a la Política de Aristóteles, lib. I, lec. 1, n. 12)

Benedicto XV

Para el bien de la sociedad hay grandes y pequeños

Quienes son de inferior posición social y fortuna, entienden perfectamente esto: que la variedad de categorías existente en la sociedad civil proviene de la naturaleza y de la voluntad de Dios. En conclusión, debe repetirse: “porque Él mismo hizo al pequeño y al grande” (Sb 6, 8), sin duda para mayor provecho de cada uno y de la comunidad. Que ellos mismos se persuadan de que, por más que mediante su esfuerzo y favorecidos por la fortuna hayan alcanzado situaciones mejores, siempre restará para ellos, como para todos los hombres, una parcela no pequeña de padecimientos; por lo cual, si son juiciosos, no aspirarán en vano a cosas más altas que las que puedan, y soportarán con paz y constancia los inevitables males, en la esperanza de los bienes eternos.  (Benedicto XV. Carta Soliti nos, 11 de marzo de 1920)

Pío XI

En una sociedad ordenada hay desigualdades sociales

Para lograr precisamente este orden tranquilo por medio de la colaboración de todos, la doctrina católica reivindica para el Estarlo toda la dignidad y toda la autoridad necesarias para defender con vigilante solicitud, como frecuentemente enseñan la Sagrada Escritura y los Santos Padres, todos los derechos divinos y humanos. Y aquí se hace necesaria una advertencia: es errónea la afirmación de que todos los ciudadanos tienen derechos iguales en la sociedad civil y no existe en el Estado jerarquía legítima alguna. Bástenos recordar a este propósito las encíclicas de León XIII antes citadas, especialmente las referentes a la autoridad política y a la constitución cristiana del Estado. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, n. 32, 19 de marzo de 1937)

El verdadero orden social viene de un vínculo fuerte entre los distintos miembros

Ahora bien, siendo el orden, como egregiamente enseña Santo Tomás (cf. Contra Gentes III, 71; Sum. Theol. I, q. 65, a. 2), una unidad que surge de la conveniente disposición de muchas cosas, el verdadero y genuino orden social postula que los distintos miembros de la sociedad se unan entre sí por algún vínculo fuerte.
Y ese vínculo se encuentra ya tanto en los mismos bienes a producir o en los servicios a prestar, en cuya aportación trabajan de común acuerdo patronos y obreros de un mismo “ramo”, cuanto en ese bien común a que debe colaborar en amigable unión, cada cual dentro de su propio campo, los diferentes “ramos”. Unión que será tanto más fuerte y eficaz cuanto con mayor exactitud tratan, así los individuos como los “ramos” mismos, de ejercer su profesión y de distinguirse en ella. (Pío XI. Encíclica Quadragesimo anno, n. 84, 15 de mayo de 1931)

Pío X

Mantener la diversidad de clases es característica de una sociedad bien constituida

Mas sobre esta materia [el mejoramiento y regeneración de las clases obreras] están ya fijados los principios de la doctrina católica, y ahí está la historia de la civilización cristiana para atestiguar su bienhechora fecundidad. Nuestro Predecesor [León XIII], de feliz memoria, los recordó en páginas magistrales, que los católicos aplicados a las cuestiones sociales deben estudiar y tener siempre presentes. Él ensenó especialmente que la democracia cristiana debe “mantener la diversidad de clases, propias ciertamente de una sociedad bien constituida, y querer para la sociedad humana aquella forma y condición que Dios, su Autor, le señaló” (Encíclica Graves de Communi). Anatematizó una “cierta democracia cuya perversidad llega al extremo de atribuir a la sociedad las soberanía del pueblo y procurar la supresión y nivelación de las clases”. Al propio tiempo, León XIII imponía a los católicos el único programa de acción capaz de restablecer y mantener a la sociedad en sus bases cristianas seculares. […] Además de esto, desechando la doctrina recordada por León XIII acerca de los principios esenciales de la sociedad, colocan la autoridad en el pueblo o casi la suprimen, y tienen por ideal realizable la nivelación de clases. Van, pues, al revés de la doctrina católica, hacia un ideal condenado. (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n. 9, 23 de agosto de 1910)

León XIII

Dios es el autor de las igualdades y desigualdades entre los hombres

Según las enseñanzas del Evangelio, la igualdad de los hombres consiste en que, habiéndoles a todos cabido en suerte la misma naturaleza, todos son llamados a la dignidad altísima de hijos de Dios, y juntamente en que, habiéndose señalado a todos un sólo mismo fin, todos han de ser juzgados por la misma ley para conseguir, según sus merecimientos, el castigo o la recompensa.
Sin embargo, la desigualdad de derecho y poder dimana del autor mismo de la naturaleza, de quien toda paternidad recibe su nombre en el cielo y en la tierra (Ep 3, 15). Ahora bien, de tal manera se enlazan entre sí por mutuos deberes y derechos, según la doctrina y preceptos católicos, las mentes de los príncipes y de los súbditos que por una parte se templa la ambición de mando, y por otra se hace fácil, firme y nobilísima la razón de la obediencia. (Denzinger-Hünermann 3130-3131. León XIII, Encíclica Quod Apostolici muneris, 28 de diciembre de 1878)

Los socialistas proclaman la igualdad total de los hombres, la Iglesia reconoce las desigualdades naturales

Más la sabiduría católica, apoyada en los preceptos de la ley divina y natural, ha provisto también prudentísimamente a la tranquilidad pública y doméstica por su sentir y doctrina acerca del derecho de propiedad y la repartición de los bienes que han sido adquiridos para lo necesario o útil a la vida. Porque mientras los socialistas acusan al derecho de propiedad como invención que repugna a la igualdad natural de los hombres y, procurando la comunidad de bienes, piensan que no debe sufrirse con paciencia la pobreza y que pueden impunemente violarse las posesiones y derechos de los ricos; la Iglesia, con más acierto y utilidad, reconoce la desigualdad entre los hombres —naturalmente desemejantes en fuerzas de cuerpo y de espíritu— aun en la posesión de los bienes, y manda que cada uno tenga, intacto e inviolado, el derecho de propiedad y dominio, que viene de la misma naturaleza. Porque sabe la Iglesia que el hurto y la rapiña de tal modo están prohibidos por Dios, autor y vengador de todo derecho, que no es lícito ni aun desear lo ajeno, y que los ladrones rapaces, no menos que los adúlteros e idólatras, están excluidos del reino de los cielos (1 Co 6, 9s). (Denzinger-Hünermann 3133. León XIII, Encíclica Quod Apostolici muneris, 28 de diciembre de 1878)

Nada más repugnante a la razón que una vida civil de rigurosa igualdad

Todos los hombres son, ciertamente, iguales: nadie duda de ello, si se consideran bien la comunidad igual de origen y naturaleza, el fin último cuya consecuencia se ha señalado a cada uno, y finalmente los derechos y deberes que de ellos nacen necesariamente. Mas como no pueden ser iguales las capacidades de los hombres, y distan mucho uno de otro por razón de las fuerzas corporales o del espíritu, y son tantas las diferencias de costumbres, voluntades y temperamentos, nada más repugnante a la razón que el pretender abarcarlo y confundirlo todo y llevar a las leyes de la vida civil tan rigurosa igualdad. Así como la perfecta constitución del cuerpo humano resulta de la juntura y composición de miembros diversos, que, diferentes en forma y funciones, atados y puestos en sus propios lugares, constituyen un organismo hermoso a la vista, vigoroso y apto para bien funcionar, así en la humana sociedad son casi infinitas las diferencias de los individuos que la forman; y si todos fueran iguales y cada uno se rigiera a su arbitrio, nada habría más deforme que semejante sociedad; mientras que si todos, en distinto grado de dignidad, oficios y aptitudes, armoniosamente conspiran al bien común, retrataran la imagen de una ciudad bien constituida y según pide la naturaleza. (León XIII. Encíclica Humanum genus, n. 11, 29 de abril de 1884)

En toda sociedad siempre hay ciudadanos superiores a los otros

Aunque todos los ciudadanos, sin excepción alguna, deban contribuir necesariamente a la totalidad del bien común, del cual deriva una parte no pequeña a los individuos, no todos, sin embargo, pueden aportar lo mismo ni en igual cantidad. Cualesquiera que sean las vicisitudes en las distintas formas de gobierno, siempre existirá en el estado de los ciudadanos aquella diferencia sin la cual no puede existir ni concebirse sociedad alguna. Es necesario en absoluto que haya quienes se dediquen a las funciones de gobierno, quienes legislen, quienes juzguen y, finalmente, quienes con su dictamen y autoridad administren los asuntos civiles y militares. Aportaciones de tales hombres que nadie dejará de ver que son principales y que ellos deben ser considerados como superiores en toda sociedad por el hecho de que contribuyen al bien común más de cerca y con más altas razones. (León XIII, Encíclica Rerum novarum, n. 25, 15 de mayo de 1891)

Catecismo de la Iglesia Católica

Los “talentos” no fueran distribuidos por igual a todos

Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas (GS 29). Los “talentos” no están distribuidos por igual (cf Mt 25, 14-30, Lc 19, 11-27).
Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de “talentos” particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1936-1937)

Santa Teresa del Niño Jesús

La perfección consiste no en la igualdad sino en ser lo que Dios quiere

Durante mucho tiempo me he preguntado por qué tenía Dios preferencias, por qué no recibían todas las almas las gracias en igual medida. […] Jesús ha querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su perfume ni a la margarita su encantadora sencillez… Comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florecillas… Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos… (Santa Teresa del Niño Jesús. Manuscritos autobiográficos, Manuscrito “A” dedicado a la Madre Inés de Jesús, cap. 1)

II- La caridad cristiana florece en la desigualdad

Benedicto XVI

Es erróneo reprochar la caridad en nombre de la “justicia”

Desde el siglo XIX se ha planteado una objeción contra la actividad caritativa de la Iglesia, desarrollada después con insistencia sobre todo por el pensamiento marxista. Los pobres, se dice, no necesitan obras de caridad, sino de justicia. Las obras de caridad —la limosna— serían en realidad un modo para que los ricos eludan la instauración de la justicia y acallen su conciencia, conservando su propia posición social y despojando a los pobres de sus derechos. En vez de contribuir con obras aisladas de caridad a mantener las condiciones existentes, haría falta crear un orden justo, en el que todos reciban su parte de los bienes del mundo y, por lo tanto, no necesiten ya las obras de caridad. Se debe reconocer que en esta argumentación hay algo de verdad, pero también bastantes errores. Es cierto que una norma fundamental del Estado debe ser perseguir la justicia y que el objetivo de un orden social justo es garantizar a cada uno, respetando el principio de subsidiaridad, su parte de los bienes comunes. Eso es lo que ha subrayado también la doctrina cristiana sobre el Estado y la doctrina social de la Iglesia. (Benedicto XVI. Encíclica Deus caritas est, n. 26, 25 de diciembre de 2005)

Juan Pablo II

El amor une las diversidades y de ella nace la justicia

Aprendí que un hombre cristiano deja de ser joven y no será buen cristiano, cuando se deja seducir por doctrinas e ideologías que predican el odio y la violencia. Pues no se construye una sociedad justa sobre la injusticia. No se construye una sociedad que merezca el título de humana, dejando de respetar y, peor todavía, destruyendo la libertad humana, negando a los individuos las libertades más fundamentales. […] aprendí que un joven comienza peligrosamente a envejecer cuando se deja engañar por el principio, fácil y cómodo, de que “el fin justifica los medios”; cuando llega a creer que la única esperanza para mejorar la sociedad está en promover la lucha y el odio entre los grupos sociales, en la utopía de una sociedad sin clases, que se revela muy pronto como creadora de nuevas clases. Me convencí de que sólo el amor aproxima lo que es diferente y realiza la unión en la diversidad. Las palabras de Cristo “Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 13, 34), me parecían entonces, por encima de su inigualable profundidad teológica, como germen y principio de la única transformación lo suficientemente radical como para ser apreciada por un joven. Germen y principio de la única revolución que no traiciona al hombre. Sólo el amor verdadero construye. (Juan Pablo II. Homilía para los jóvenes, n. 5, 1 de julio de 1980)

Juan XXIII

Cuando hay concordia entre las clases, hay un justo equilibrio

Esta concorde unión entre pueblos y naciones es menester promoverla cada vez más entre las clases sociales de ciudadanos, porque si esto no se logra puede haber —como estamos viendo— mutuos odios y discordias y de aquí nacerán tumultos, perniciosas revoluciones y a veces muertes, así como también el progresivo debilitamiento de la riqueza y la crisis de la economía pública y privada. A este respecto, justamente observaba nuestro mismo predecesor: “[Dios] quiere que en la comunidad de las relaciones humanas haya desigualdad de clases, pero juntamente una cierta igualdad por amistosas intenciones” (Epístola Encíclica Permoti Nos). En efecto, “como en el cuerpo los diversos miembros se combinan y constituyen el temperamento armónico que se llama simetría, del mismo modo la naturaleza exige que en la convivencia civil… las clases se integren mutuamente y, colaborando entre sí, lleguen a un justo equilibrio. Absolutamente la una tiene necesidad de la otra: no puede subsistir el capital sin el trabajo, ni éste sin el capital. La concordia engendra la belleza y el orden de las cosas” (Encíclica Rerum novarum). Quien se atreve, por tanto, a negar la desigualdad de las clases sociales va contra las leyes de la misma naturaleza. Pero quien es contrario a esta amigable e imprescindible cooperación entre las mismas clases tiende, sin duda, a perturbar y dividir la sociedad humana, con grave peligro y daño del bien público y privado. (Juan XXIII. Encíclica Ad Petre cathedram, 29 de junio de 1959)

Independiente de la clase social todos deben vivir según la fraternidad cristiana

Por último, trabajadores y empresarios deben regular sus relaciones mutuas inspirándose en los principios de solidaridad humana y cristiana fraternidad, ya qué tanto la libre competencia ilimitada que el liberalismo propugna como la lucha de clases que el marxismo predica son totalmente contrarias a la naturaleza humana y a la concepción cristiana de la vida. (San Juan XXIII. Encíclica Mater et Magistra, n. 23, 15 de mayo de 1961)

Benedicto XV

La eficacia del amor fraterno no consiste en hacer desaparecer las clases sociales

Suelto, pues, o aflojado aquel doble vínculo de cohesión de todo cuerpo social, a saber, la unión de los miembros entre sí, por la mutua caridad, y de los miembros con la cabeza, por el acatamiento de la autoridad ¿quién se maravillará con razón, Venerables Hermanos, de que la actual sociedad humana aparezca dividida en dos grandes bandos que luchan entre sí despiadadamente y sin descanso? […] Naturalmente una vez infatuados como están por las falacias de los agitadores, a cuyo influjo por entero suelen someterse, ¿quién será capaz de persuadirlos que no por que los hombres sean iguales en naturaleza, han de ocupar el mismo puesto en la vida social; sino que cada cual tendrá aquél que adquirió con su conducta, si las circunstancias no le son adversas? Así, pues, los pobres que luchan contra los ricos como si éstos hubieran usurpado ajenos bienes, obran no solamente contra la justicia y la caridad, sino también contra la razón; sobre todo, pudiendo ellos, si quieren, con una honrada perseverancia en el trabajo, mejorar su propia fortuna. Cuáles y cuantos perjuicios acarree esta lucha de clases, tanto a los individuos en particular como a la sociedad en general, no hay necesidad de declararlo. […] Procuraremos con toda suerte de argumentos suministrados por el Evangelio, por la misma naturaleza del hombre, y los intereses públicos y privados, exhortar a todos a que, ajustándose a la ley divina de la caridad, se amen unos a otros como hermanos. La eficacia de este fraterno amor no consiste en hacer que desaparezca la diversidad de condiciones y de clases, cosa tan imposible como el que en un cuerpo animado todos y cada uno de los miembros tengan el mismo ejercicio y dignidad, sino en que los que estén más altos se abajen, en cierto modo, hasta los inferiores y se porten con ellos, no sólo con toda justicia, como es su obligación, sino también benigna, afable, pacientemente; los humildes a su vez se alegren de la prosperidad y confíen en el apoyo de los poderosos, no, de otra suerte que el hijo menor de una familia se pone bajo la protección y el amparo del de mayor edad. (Benedicto XV. Encíclica Ad beatissimi, n. 9-10, 1 de noviembre de 1914)

Pío XII

Las desigualdades no son obstáculo para un auténtico espíritu de fraternidad

En un pueblo digno de este nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su propia libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás. En un pueblo digno de este nombre, todas las desigualdades, derivadas no del capricho, sino de la naturaleza misma de las cosas, desigualdades de cultura, de riquezas, de posición social —sin perjuicio, naturalmente, de la justicia y de la mutua caridad—, no son, en realidad, obstáculo alguno para que exista y predomine un auténtico espíritu de comunidad y de fraternidad. Más aun, esas desigualdades naturales, lejos de menoscabar en modo alguno la igualdad civil, confieren a ésta su legítimo significado, esto es, que, frente al Estado, cada ciudadano tiene el derecho de vivir honradamente su propia vida personal en el puesto y en las condiciones en que los designios y las disposiciones de la Providencia le han colocado. (Pío XII. Radiomensaje Benignitas et Humanitas, 24 de diciembre de 1944)

Las diferencias entre los hombres se ordenan cuando hay fidelidad a Dios

Si la vida social exige de por sí unidad interior, no excluye, sin embargo, las diferencias causadas por la realidad y la naturaleza. Pero, cuando se mantiene fiel a Dios, supremo regulador de todo cuanto al hombre se refiere, tanto las semejanzas como las diferencias de los hombres encuentran su lugar adecuado en el orden absoluto del ser, de los valores y, por consiguiente, también de la moralidad. Si, por el contrario, se sacude aquel fundamento, abrese entre los diversos campos de la cultura una peligrosa discontinuidad, aparece una incertidumbre y variabilidad en los contornos, límites y valores tan grande que sólo meros factores externos, y con frecuencia ciegos instintos, vienen a determinar más tarde, según la tendencia dominante del momento, a quién habrá de pertenecer el predominio de una de las dos orientaciones. (Pío XII. Radiomensaje de navidad, n. 11, 24 de diciembre de 1942)

Pío X

Considerar la “desigualdad” como sinónimo de “injusticia” no es un concepto católico

Le Sillon se esfuerza, así lo dice, por realizar una era de igualdad, que sería, por esto mismo, una era de justicia mejor. ¡Por esto, para él, toda desigualdad de condición es una injusticia o, al menos, una justicia menor! Principio totalmente contrario a la naturaleza de las cosas, productor de envidias y de injusticias y subversivo de todo orden social. ¡[…] Al enseñar, pues, que la justicia es compatible con las tres formas de gobierno conocidas, ensenaba que, en este aspecto, la democracia no goza de un privilegio especial. Los sillonistas, que pretenden lo contrario o bien rehúsan oir a la Iglesia o bien se forman de la justicia y de la igualdad un concepto que no es católico. (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n. 21, 23 de agosto de 1910)

Santa Catalina de Siena

La desigualdad de bienes obliga a la práctica de la caridad

¿Es que acaso distribuyo yo las diversas [virtudes] dándole a uno todas o dándole a éste una y al otro otra particular? […] A uno la caridad, a otro la justicia, a éste la humildad, a aquél una fe viva […] En cuanto a los bienes temporales, las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario, para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros […] He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí. (Santa Catalina de Siena. El Diálogo, c. 6, 7)

Santo Tomás de Aquino

Los necesitados son más bien atendidos en una sociedad desigual

La ciudad se cuidará mejor a sí misma en la medida que se encuentre en ella más diversidad entre los hombres. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Política de Aristóteles, lib. I, lec. 1, n. 16)

III- Los frutos de la igualdad forzada

Benedicto XVI

La socialización de producción dejó una destrucción desoladora en la sociedad

[Marx] suponía simplemente que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén. [Solucionaría las terribles situaciones de trabajo] En efecto, entonces se anularían todas las contradicciones, por fin el hombre y el mundo habrían visto claramente en sí mismos. Entonces todo podría proceder por sí mismo por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y todos querrían lo mejor unos para otros. […] Había hablado ciertamente de la fase intermedia de la dictadura del proletariado como de una necesidad que, sin embargo, en un segundo momento se habría demostrado caduca por sí misma. Esta “fase intermedia” la conocemos muy bien y también sabemos cuál ha sido su desarrollo posterior: en lugar de alumbrar un mundo sano, ha dejado tras de sí una destrucción desoladora. El error de Marx no consiste sólo en no haber ideado los ordenamientos necesarios para el nuevo mundo; […] Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables. (Benedicto XVI. Encíclica Spe salvi, n. 21, 30 de noviembre de 2007)

Juan Pablo II

El colectivismo aumenta las perturbaciones en la sociedad

El marxismo ha criticado las sociedades burguesas y capitalistas, reprochándoles la mercantilización y la alienación de la existencia humana. Ciertamente, este reproche está basado sobre una concepción equivocada e inadecuada de la alienación, según la cual ésta depende únicamente de la esfera de las relaciones de producción y propiedad, esto es, atribuyéndole un fundamento materialista y negando, además, la legitimidad y la positividad de las relaciones de mercado incluso en su propio ámbito. El marxismo acaba afirmando así que sólo en una sociedad de tipo colectivista podría erradicarse la alienación. Ahora bien, la experiencia histórica de los países socialistas ha demostrado tristemente que el colectivismo no acaba con la alienación, sino que más bien la incrementa, al añadirle la penuria de las cosas necesarias y la ineficacia económica. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 41, 1 de mayo de 1991)

Juan XXIII

Cuidado con las ideologías que siembran discordia entre las clases sociales

Queridos hijos e hijas. Es aquí, en este esplendor que proviene del celestial modelo, donde hay que ver cuál ha de ser la actitud y la disposición para ejecutar y entregarse al trabajo, peso y honor de la vida de cada hombre. Erradas ideologías, exaltando por un lado la libertad desenfrenada y por otro la supresión de la personalidad, procuran despojar de su grandeza al trabajador reduciéndolo a un instrumento de lucha o abandonándolo a sí mismo; se procura sembrar la lucha y la discordia, contraponiendo a las diversas clases sociales; se intenta, por último, separar a las masas trabajadoras de aquél Dios que es el único protector y defensor de los humildes y de quien recibimos la vida, el movimiento y la existencia, como si la condición de los trabajadores haya de eximirles del deber de conocerle, de honrarle y servirle. […] Queridos hijos e hijas, mirad confiadamente de frente, sobre los caminos que se abren a vuestro paso. La Iglesia cuenta con vosotros para difundir desde el campo del trabajo la doctrina y la paz de Cristo. Sea siempre el trabajo para vosotros una noble misión de la que solo Dios pueda ser el inspirador y premio. Reine en las relaciones recíprocas de la vida social la verdadera caridad, el respeto mutuo, y deseo de colaboración, un clima familiar y fraterno según las luminosas enseñanzas de la Epístola de San Pablo leídas en la misa de hoy: “Cualquier cosa que hagáis o digáis hacedlo todo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo dando por Él gracias a Dios Padre. Que todo lo que hagáis sea hecho de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor obtendréis la merced de la herencia. Servid a Cristo Señor”. (Juan XXIII. Radiomensaje a los trabajadores en la festividad de San José Obrero, 1 de mayo de 1960)

Santo Tomás de Aquino

Afirmar que el bien de la sociedad consiste en la igualdad es destruir la sociedad

Luego es evidente, que la ciudad no es apta para ser unitaria de modo que todos sean semejantes, como dicen algunos. Lo que se sostiene como bien más de las ciudades, a saber, la unidad máxima destruye a la ciudad. De lo cual se desprende que la unidad no puede ser el bien de la cuidad. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Política de Aristóteles, lib. I, lec, 1, n. 11)


Print Friendly, PDF & Email