24 – Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos

A pesar del indiferentismo de nuestros días, con frecuencia aflora en las almas aquella misma pregunta que alguien, quizá afligido con la perspectiva de la condenación eterna, le hizo en su día al Redentor: “Señor ¿son pocos los que se salvan?” (Lc 13, 23). Y aunque casi nadie quiera efectivamente reconocerlo, sabemos que la problemática de la felicidad eterna se relaciona con la práctica de los mandamientos, la perseverancia en el estado de gracia y la firme adhesión a la única Iglesia verdadera. Hoy algunos, contaminados por falsas teorías, plantean la cuestión en términos simplificadores que buscan, equivocadamente, mostrar el camino hacia el Cielo acado tan espacioso como el de la condenación eterna (cf. Mt 7, 13), pero la verdad siempre ejercerá sobre los rectos de corazón el mismo poder de atracción y la misma fuerza de conversión de siempre. Son esos los que descubren que el “yugo del Señor es suave y su carga ligera” (cf. Mt 11, 30) pero que el Cielo sólo “los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12).

Francisco

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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Autores

Sagradas Escrituras

Mt 19, 17

Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos (Mt 19,17).

Concilio de Trento

Sólo son justificados aquellos a quienes se comunica el mérito de la Pasión

Mas, aun cuando El murió por todos (2Co 5, 15), no todos, sin embargo, reciben el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión. En efecto […], si no renacieran en Cristo, nunca serían justificados [Can. 2 y 10], como quiera que, con ese renacer se les da, por el mérito de la pasión de Aquél, la gracia que los hace justos. (Denzinger-Hünermann, 1523. Concilio de Trento, sesión sexta, cap. 3, 13 de enero de 1547: decretos sobre la justificación)

Sínodo de Constantinopla

Quien no cree que existe el castigo eterno, sea anatema

Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema. (Denzinger-Hünermann, 411. Sínodo de Constantinopla, confirmado por el Papa Vigilio. Cánones contra Orígenes, del emperador Justiniano, 543)

Credo llamado “Atanasiano”

Para salvarse es necesaria la fe católica

Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre. (Denzinger-Hünermann, 75. Símbolo Quicumque)

Inocencio III

Creemos en una sola Iglesia, no de herejes sino la Católica

De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la Santa, Romana, Católica y Apostólica, fuera de la cual creemos que nadie se salva. (Denzinger-Hünermann, 792. Inocencio III, Profeción de fe propuesta a Durando de Huesca y a sus compañeros valdenses)

Clemente VI

Nadie puede salvarse fuera de la obediencia a los Papas

En segundo lugar preguntamos si creéis […] que ningún hombre viador podrá finalmente salvarse fuera de la fe de la misma Iglesia y de la obediencia de los Pontífices Romanos. (Denzinger-Hünermann, 1051. Clemente VI. Super Quibusdam a Consolador, 29 de septiembre de 1351)

Concilio de Florencia

Irán al fuego eterno los que no se unen a la Iglesia

Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y, sus ángeles (Mt 25, 41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica. (Denzinger-Hünermann, 1351. Concilio de Florencia. Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1442)

San Agustín

Para alcanzar el cielo es menester vivir santamente

Sabiendo, pues, que han tomado ocasión más que inicuamente de algunas frases difíciles del apóstol Pablo para no preocuparse de vivir bien, como muy seguros de la salvación que consiste en la fe, [Pedro] recordó que en sus cartas hay pasajes difíciles de entender, que interpretan mal los hombres, como también otras Escrituras, para su propia perdición, diciendo el gran Apóstol lo mismo que los demás apóstoles acerca de la salvación eterna; que no se otorga sino a los que vivan bien. (San Agustín. De fide et operibus, 14, 22)

Observar los mandamientos es condición para la salvación

La tercera cuestión es la más peligrosa, de la cual, por haber sido poco estudiada e investigada, no según la divina palabra, me parece a mí que ha salido toda esta opinión, en la que se promete a los que viven perversísima y perdidamente, que aunque perseveren en ese modo de vivir, y con tal de que crean solamente en Cristo, y reciban sus sacramentos, que van a llegar a la salvación y a la vida eterna, contra la sentencia clarísima del Señor que responde al que desea la vida eterna: Si quieres llegar a la vida, guarda los mandamientos; y recordó qué mandamientos, a saber: aquellos que evitan los pecados, a quienes no sé cómo se les promete la salvación eterna por la fe, que sin obras es muerta. (San Agustín. De fide et operibus, 27, 49)

Santo Tomás de Aquino

Aquellos que obran con malícia no merecen la vida futura

Los efectos de los contrarios son contrarios entre sí: A las obras de la virtud se oponen la obras de la malicia y, por consiguiente, la desdicha a que se llega por las obras de la malicia es contraria a la felicidad que merecen las obras virtuosas. Los contrarios son de un mismo género, y como la dicha suprema, que se alcanza por las obras virtuosas, es un bien de la vida futura y no de la vida presente, es necesario que la desdicha suma, a donde conduce la malicia, sea un mal de la vida futura.
Mas aún, todos los bienes o males de esta vida están ordenados a un fin. Los bienes exteriores, y aun los bienes corporales, sirven orgánicamente para adquirir la virtud, que es el camino recto para que lleguen a la felicidad los que usan bien de las cosas. En cambio, para aquellos que usan mal de esos bienes, son instrumento de la malicia, a través de la cual llegan a la desgracia. Los males que se oponen, como las enfermedades, la pobreza y otras cosas semejantes, son para unos, medios de adquirir la virtud, y para otros, incrementos de malicia, según el diferente uso que de ellos hacen. Lo que tiende a otro fin no es el fin último, porque no es ni el último premio ni la última pena; luego la dicha suprema no consiste en los bienes de esta vida, ni la infelicidad suprema, en los males. (Santo Tomás de Aquino. Compendio de Teología, 173, 342-343)

Es acto de justicia condenar a los empedernidos

No es contrario a la Justicia divina que el pecador sufra una pena eterna, porque ni aun las mismas leyes humanas exigen que la pena sea medida de la falta en el tiempo. En efecto: los pecados de adulterio y de homicidio, para cuya comisión basta poco tiempo, son penados por la ley humana, o por el destierro, o por la muerte, que excluyen para siempre de la sociedad al hombre. El destierro no tiene una duración perpetua, más que por accidente, porque la vida del hombre no es perpetua, y la intención del juez parece ser imponer una pena perpetua. Por consiguiente, no es una injusticia el que Dios castigue con una pena eterna el pecado de un momento. Debemos considerar también que la pena eterna se impone al pecador que no se arrepiente de su pecado, perseverando en él hasta la muerte; y como está en la disposición de pecar eternamente, con razón Dios le castiga eternamente. Además, todo pecado contra Dios tiene cierta infinidad respecto a Dios. Es evidente que cuanto más elevada es la persona ofendida, tanto más grave es la falta, como el que da una bofetada a un militar causa una ofensa más grave que si la diera a un paisano, y aun sería mucho más grave la ofensa si fuera inferida a un príncipe o a un rey. Siendo Dios infinitamente grande, el pecado cometido contra Él es en cierto modo infinito, y por eso digno en cierto modo de una pena infinita. Como la pena no puede ser intensivamente infinita, porque nada creado puede ser infinito de esta manera, se deduce que el pecado mortal debe ser castigado con una pena infinita en duración. Además, la pena temporal se impone al que puede corregirse, para que se enmiende y purifique; luego si el pecador no puede corregirse, y si la voluntad está obstinadamente adherida al pecado, como se ha dicho antes, hablando de los condenados, claro es que su pena no debe tener fin. (Santo Tomás de Aquino. Compendio de Teología, 173, 438)

Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

Todos fueron redimidos pero no todos acceden a la redención

La sangre de Cristo “redime a todos” pero no todos acceden esta redención.
La expresión “por muchos”, mientras que se mantiene abierta a la inclusión de cada persona humana, refleja también el hecho que esta salvación no ocurre en una forma mecánica sin la participación o voluntad propia de cada persona; más bien, se invita al creyente a aceptar en la fe el don que se ofrece y a recibir la vida sobrenatural que se da a aquellos que participan en este misterio y a vivir así su vida para que sean contados entre los “por muchos”, a quienes se refiere el texto. (Carta del Cardenal Francis Arinze sobre la traducción del “pro multis”, 17 de octubre de 2006)

Gregorio XVI

No están con Cristo los que buscan la vida eterna en cualquier religión

Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar de vuestra grey error tan execrable. Si dice el Apóstol que hay “un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo” (Ef 4, 5), entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, “están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo” (Lc 11, 23) y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es “indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha[Symbl. S. Athanasii]; oigan a San Jerónimo que –estando la Iglesia dividida en tres partes por el cisma –, nos cuenta cómo cuando alguno intentaba atraerle a su causa, decía siempre con entereza: “Si alguno está unido con la Cátedra de Pedro, yo estoy con él” [Ep. 58]. No se hagan ilusiones porque están bautizados; a esto les responde San Agustín que no pierde su forma el sarmiento cuando está separado de la vid; pero, ¿de qué le sirve tal forma, si ya no vive de la raíz? (Gregorio XVI. Carta Encíclica Mirari Vos, n. 9, 15 de agosto de 1832)

Pío IX

La fe católica es necesaria para alcanzar la salvación eterna

En particular hay que procurar que los fieles tengan profundamente impreso en sus almas el dogma de nuestra santa Religión de que es necesaria la fe católica para obtener la eterna salvación. Con este fin, será gran beneficio en las oraciones de los fieles laicos, junto con las del clero, una que otra vez rendir especiales gracias al Señor por el inestimable beneficio de la fé catolica, beneficio recibido de su mano clementísima; supliquen humildemente al mismo Padre de las misericordias, que se digne defender y conservar intacta en nuestras regiones la profesión de esa misma fe, y mantenerla en su integridad. (Pío IX. Noscitis et Nobiscum, A los Obispos de Italia sobre los Estados Pontificios, 8 de diciembre de 1849)

Nadie será castigado si no es reo de culpa voluntaria

Y aquí, queridos Hijos nuestros y Venerables Hermanos, es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la eterna salvación. Lo que ciertamente se opone en sumo grado a la doctrina católica.
Notoria cosa es a Nos y a vosotros que aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta, pueden conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina y de la gracia; pues Dios, que manifiestamente ve, escudriña y sabe la mente, ánimo, pensamientos y costumbres de todos, no consiente en modo alguno, según su suma bondad y clemencia, que nadie sea castigado con eternos suplicios, si no es reo de culpa voluntaria.
Pero bien conocido es también el dogma católico, a saber, que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica, y que los contumaces contra la autoridad y definiciones de la misma Iglesia, y los pertinazmente divididos de la unidad de la misma Iglesia y del Romano Pontífice, sucesor de Pedro, “a quien fué encomendada por el Salvador la guarda de la viña”, no pueden alcanzar la eterna salvación. (Denzinger-Hünermann, 2865-2867. Pío IX, Quanto conficiamur moerore, a los obispos de Italia, de 10 de agosto de l863)

La salvación no se encuentra en el culto que se considera mejor

[Errores condenados:] Todo hombre es libre en abrazar y profesar la religión que, guiado por la luz de la razón, tuviere por verdadera.
Los hombres pueden, dentro de cualquier culto religioso, encontrar el camino de su salvación y alcanzar la vida eterna.
Por lo menos deben tenerse fundadas esperanzas acerca de la eterna salvación de todos aquellos que no se hallan de modo alguno en la verdadera Iglesia de Cristo. (Denzinger-Hünermann, 1103. Pío IX. Syllabus: Catálogo que comprende los principales errores de nuestra época. III Indiferentismo, latitudinarismo, 15-17)

Echar de las mentes de los hombres la opinión impía

De acuerdo con el deber de Nuestro oficio Apostólico, queremos excitar vuestra preocupación y vuestra vigilancia episcopal, para que en toda la medida de vuestras fuerzas, arranqueis de mente de los hombres esta opinión impía y perniciosa de que el camino de la salvación eterna puede ser encontrado en todas las religiones. (Pío IX, Singulari Quadam, 9 diciembre de 1854)

Pío XII

Hay dones que sólo en la Iglesia se puede gozar

También aquellos que no pertenecen al organismo visible de la Iglesia Católica […] se esfuercen por salir de ese estado, en el que no pueden estar seguros de su propia salvación eterna; pues, aunque por cierto inconsciente deseo y aspiración están ordenados al Cuerpo místico del Redentor, carecen, sin embargo, de tantos y tan grandes dones y socorros celestiales, como sólo en la Iglesia Católica es posible gozar. (Pío XII. Carta Encíclica Mystici Corporis Christi, 29 de junio de 1943)

Concilio Vaticano II

Los que se niegan a entrar en la Iglesia no pueden salvarse

El sagrado Concilio fija su atención en primer lugar en los fieles católicos. Y enseña, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de salvación es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. El mismo, al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el bautismo (cf. Mc 16, 16; Jn 3, 5), confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o a perseverar en ella. (Concilio Vaticano II. Lumen gentium, n. 14)

Es necesario velar constantemente para ser contados entre los elegidos

Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cf. Hb 9, 27), merezcamos entrar con El a las bodas y ser contados entre los elegidos (cf. Mt 25, 31-46), y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (cf. Mt 25, 26), ir al fuego eterno (cf. Mt 25, 41), a las tinieblas exteriores, donde «habrá llanto y rechinar de dientes» (Mt 22, 13 y 25, 30). (Concilio Vaticano II. Lumen gentium, n. 48)

Juan Pablo II

El hombre cuando utiliza mal su libertad, se condena

Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. (Juan Pablo II. Audiencia, 28 de julio de 1999)

Las palabras de Cristo sobre la condenación son claras

Desde siempre el problema del infierno ha turbado a los grandes pensadores de la Iglesia […]. En verdad que los antiguos concilios rechazaron la teoría de la llamada apocatástasis final, según la cual el mundo sería regenerado después de la destrucción, y toda criatura se salvaría; una teoría que indirectamente abolía el infierno. Pero el problema permanece. ¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que éste Lo rechace hasta el punto de querer ser condenado a perennes tormentos? Y, sin embargo, las palabras de Cristo son unívocas. En Mateo habla claramente de los que irán al suplicio eterno (cf. 25, 46). (Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza, p.186-187)

Benedicto XVI

“Dios será bueno con todos”, hermosa esperanza pero… ¿y la justicia?

Como dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la carne, que él considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta resurrección de la carne, en la que no todos serán iguales. Hoy se suele pensar:  “¿Qué es el pecado? Dios es grande y nos conoce; por tanto, el pecado no cuenta; al final Dios será bueno con todos”. Es una hermosa esperanza. Pero está la justicia y está también la verdadera culpa. Los que han destruido al hombre y la tierra, no pueden sentarse inmediatamente a la mesa de Dios juntamente con sus víctimas. Dios crea justicia. (Benedicto XVI. Discurso a los párrocos, sacerdotes y diáconos de la diócesis de Roma, 7 de febrero de 2008)

Catecismo de la Iglesia Católica

Morir en pecado mortal es separarse de Dios por libre elección

Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si no omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. (Catecismo de la Iglesia Catolica, n. 1033)


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