¿La gracia divina es cierta acción desconocida semejante a una cantidad de luz? Francisco y sus nuevas concepciones teológicas

Un hecho célebre de la vida de Santa Juana de Arco es que al ser interrogada por la inquisición sobre si estaba o no en la gracia de Dios, formuló una respuesta llena de sabiduría, de verdad y de fe: “Si no estoy pido que Dios me quiera poner en ella; si estoy, que Dios me quiera conservar en ella”.

Seis siglos después casi la misma pregunta ha sido hecha pero de esta vez no a una santa sino al hombre que ocupa de silla de Pedro. Las dos son frases cortas, pero con una diferencia doctrinal verdaderamente sorprendente.

Sabemos por la enseñanza católica que la gracia es un don sobrenatural infundido por Dios en nuestra alma que nos hace partícipes de su vida y herederos del cielo. Nadie puede saber con entera certeza si está en gracia, pero la Revelación, la buena conciencia y muchos otros indicios nos dejan entrever su acción en nosotros, según los testimonios de varios santos. “El árbol se conoce por su fruto…” (Mt 12, 33). Ahora bien, ¿qué pensar de las comparaciones de dudosa ortodoxia que escuchamos por boca del Obispo de Roma? ¿Se puede sacrificar la precisión teológica conversando en público con un ateo militante? Veamos lo que nos enseña el Magisterio de siempre en el Denzinger-Bergoglio aquí→.

Si no existen sectas… ¿Todo es Iglesia?

A camino de Damasco Saulo no pensaba más que en perseguir a los seguidores del Mesías. Su odio por aquel al que llamaban Cristo no se limitaba a despreciarlo, sino que necesitaba alimentarse de hechos positivos que contribuyeran a eliminar de Israel lo que le parecía el peor de los desvíos nascidos del judaísmo. En su afán, pocas horas después de su partida desde Jerusalén, él, el último que podría imaginarse, “loco” de amor por el crucificado, pasa a creer y a predicar a favor del mismo al que antes perseguía.

Los años pasaron y todo pasó al revés: ahora Pablo, sin tregua, necesitaba defender la sana doctrina de los múltiples errores que pululaban en el seno de la primitiva Iglesia según el capricho de algunos. De esta forma, mereció Pablo el epíteto de Apóstol de las gentes, no solo por predicar la palabra de Dios a los gentíos, sino también por defenderla entre ellos contra los errores que ya levantaban la cabeza desvergonzadamente. Contra las sectas de su tiempo explicitó la doctrina del cuerpo místico de Cristo. Un solo rebaño, un solo pastor, una sola Iglesia Esposa de Jesucristo. Entra en el Denzinger-Bergoglio y te sorprenderás →