Si el Papa es igual que todos, ¿quién gobierna la Iglesia?

La veneración de los fieles hacia el Santo Padre ha sido una constante del catolicismo a lo largo de su historia dos veces milenaria; nada más comprensible si se considera su dignidad de Vicario de Cristo en la tierra y sucesor de Pedro, que “preside la Iglesia en la caridad” con el poder de atar y desatar entregado en sus manos por el mismo Redentor.

Sin embargo, en nuestros días, algunas ovejas del rebaño pretenden tener con el pastor una extraña relación, ya no fundada en el respeto admirativo y la devoción que su elevada figura inspira, sino en un trato de igual a igual en el que la persona del Sumo Pontífice sería rebajada a la de un líder popular, simultánea y paradójicamente una especie de portavoz y esclavo de las masas de nuestro tiempo. A primera vista, se diría que este cambio radical de “imagen” no tiene cabida sin alterar profundamente algunos de los fundamentos doctrinales de nuestra santa religión, pues ¿acaso esta novedad tiene antecedentes en la tradición cristiana? Conozcamos un poco de nuestra historia. Entra aquí →

¿Qué son las obras de misericordia y cuáles son las más importantes?

Al hablar de caridad casi siempre pensamos en auxilios materiales ofrecidos a los más necesitados, lo que no deja de ser correcto. Dar limosna es un hábito laudable que siempre fue incentivado por la Santa Madre Iglesia. Sin embargo, no podemos olvidar que las obras de misericordia espirituales —instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia (Catecismo de la Iglesia Católica, 2447)—, son más importantes que las corporales —dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, y enterrar los muertos.

Dentro de la Iglesia florecieron como en un jardín exuberante las más diversas órdenes religiosas dedicadas a la asistencia material del prójimo, pero ¿alguna vez se consideraron dispensadas de la obligación de instruir en la verdadera doctrina a aquellos desventurados que yacen en las tinieblas del error? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio →