Francisco y el problema del sufrimiento; cómo entender el “valle de lágrimas”

En el año 1930 nació en Roma Antonietta Meo, cuarta hija de padres honrados y creyentes. En su hogar aprendió las primeras verdades de la fe, aunque la atmósfera de catolicidad que en aquel entonces caracterizaba en la Ciudad Eterna también colaboró favorablemente para su formación religiosa.

A los cuatro años, a causa de una inflamación en la rodilla de apariencia poco preocupante, los médicos descubrieron en la niña un mal terrible: osteosarcoma. Los padecimientos que desde entonces afectaron Antonieta seguramente harían estremecer los varones adultos más valientes: tratamientos dolorosos y prácticamente inútiles hasta la amputación de la pierna izquierda, al que se siguió el avance del mal, que llegó incluso a comprometer los pulmones. Los médicos se sorprendían al comprobar como un cuerpo tan pequeño podía padecer males tan grandes.

Pero lo más impresionante del caso es sin duda la reacción de Antonieta ante estos infortunios, pues a medida que aprendía los pasajes de la vida de Jesús identificaba su estado con el de Cristo Padeciente y descubría en la Pasión el verdadero motivo por el que sufría: “Querido Jesús crucificado, te quiero mucho y te amo mucho, quiero estar en el Calvario contigo y sufro con alegría porque sé que estoy en el Calvario. Querido Jesús, te agradezco que me hayas mandado esta enfermedad, que es un medio para que llegue al Paraíso. Querido Jesús, dile a Dios Padre que le amo mucho también a Él. Querido Jesús, dame fuerzas para soportar los dolores que te ofrezco por los pecadores…”

Esta niña murió a los seis años y su cuerpo hoy se encuentra en su parroquia, la Basílica de San Juan de Letrán. Muchos aguardan con esperanza el reconocimiento de la heroicidad de sus virtudes y elevación al honor los altares.

En la misma ciudad de los Papas una escena transcurrida el pasado mes de mayo nos hace recordar el ejemplo de “Nennolina”: el Papa recibe niños afectados por enfermedades graves acompañados por sus padres. Estos infelices en el cuerpo pero bautizados y con sus almas amparadas por las bendiciones de la Iglesia esperaban de Francisco una palabra de aliento, que el Pontífice les indicara un sentido en medio al infortunio atroz, como padre que es de la Iglesia especialmente atento a todo lo que concierne los necesitados.

Sin embargo, manifestando una vez más su extraña concepción de esta problemática ya tratada en el viaje apostólico a Filipinas, Francisco vuelve a decir que es una situación para la que no hay explicaciones, que el único remedio para los niños y sus padres es llorar.

Para colmo de perplejidades, Francisco proyecta esta reacción de sentido enteramente naturalista en la Santísima Virgen María y su Divino Hijo. Según él, Nuestra Señora tampoco comprendió lo que pasaba en el Calvario, y su Hijo tampoco tenía claro el alcance de nuestros dramas hasta el momento en que lloró.

Sobran más palabras… pues si la enseñanza de la Iglesia explica esta cuestión, ¿no se esperaría otra respuesta del Vicario de Cristo? Leer más ⇒

Dos mil años de Redención… ¡puestos de lado!

“¡Señor Dios todopoderoso, Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia! ¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos en que voy a ocupar un sitio entre tus mártires y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo! ¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre tus mártires, y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea laudable! ¡Yo te alabo y te bendigo y te glorifico por todo ello, por medio del Sacerdote eterno, Jesucristo, tu amado Hijo, con quien a ti y al Espíritu sea dada toda gloria ahora y siempre! Amén.”

Esta conmovedora oración hecha por San Policarpo ante un estadio repleto de paganos fue su último acto antes de que los verdugos prendieran las llamas que lo llevarían a la muerte. Terminadas esas palabras que dejaba como testimonio de fidelidad a Cristo para los fieles de Esmirna, el fuego lo consumió milagrosamente como una hostia pura. El avance suave de las llamas, que como que los respetaban, fue comprobado por la multitud asombrada. Su sacrificio ocupa un lugar de honor en el martirologio.

Hecha en el siglo II en un contexto dramático, esta oración muestra la principal característica de cómo debemos nos dirigir a Dios Todopoderoso: presentada al Padre por medio de su Hijo Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo. Toda la Iglesia reza de esta manera desde los primeros siglos y así seguirá haciéndolo hasta el juicio final.

No cabe duda que hoy incontables cristianos son martirizados por profesar públicamente la fe, o que el deber de cada bautizado es declarar ante las multitudes, si es el caso, su adhesión a Jesucristo. Mutatis mutandis la situación de ese Padre Apostólico se repite en la Iglesia del siglo XXI, máxime si el Obispo de Roma es invitado a rezar públicamente. Sin embargo, el Papa Francisco prefiere omitir el nombre de Cristo para unirse más a los miembros de otras confesiones religiosas que, parece ser su juicio, adoran el mismo y único Dios. Pero surgen algunas preguntas: ¿Adoramos realmente el mismo Dios? ¿Judíos, musulmanes y cristianos podemos invocarlo en igualdad de términos e intenciones, esperando obtener idénticos frutos? Entra y verás… ⇒

Una imagen vale más que mil palabras, ciertos gestos más que un documento…

Con razón se dice que una imagen vale más que mil palabras. Por eso, el elocuente mensaje mudo que nos envían ciertos gestos merece muchas veces nuestra atención tanto como ciertas declaraciones o documentos, a fortiori en la persona de aquel que tiene ex officio la misión de representar a Jesucristo, de ser su Vicario en la tierra. Para comprender mejor lo que nos “dicen” las imágenes que acompañan esta entrada, puede ayudarnos recordar algo de la doctrina de la Iglesia acerca de la bendición.
Según el Catecismo es un sacramental, “una alabanza de Dios y oración para obtener sus dones” (n. 1671). Algunas bendiciones más solemnes están reservadas a los obispos, otras corresponden a los sacerdotes y otras a los diáconos, en cuanto “administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4, 1). También a los fieles, en virtud del sacerdocio común recibido en el bautismo, les corresponden algunas bendiciones específicas como, por ejemplo, las que tradicionalmente dan los padres a sus hijos.
Algunas “bendiciones”, sin embargo, causan inquietud… ¿Es válida la bendición dada por un hereje? ¿Es lícito pedírsela? ¿Qué significado tiene un gesto así? El Magisterio, los Padres y los Doctores nos responden con la precisión acostumbrada. Veamos →