¿La Curia Romana, cortesanos aduladores o servidores del Papa?

Narcisos… así, sin muchos tapujos, etiqueta el Papa Francisco a frecuentes de los anteriores “jefes de la Iglesia” y miembros de la Curia Romana. Supondremos, por deferencia, que el Obispo de Roma considere que en dos mil años de historia no sean su augusta persona y la de sus colaboradores inmediatos las únicas que se libren de epíteto tan caritativo que, a primera vista, parecería menospreciar toda la obra de los Papas anteriores. El caso concreto es que, al hablar de la Curia Romana o al encontrarse con ella, Francisco nunca pierde oportunidad de señalar defectos, como lo hizo el pasado mes de diciembre –¡ni más ni menos que durante las felicitaciones navideñas oficiales!– invitando cada uno de sus miembros a un profundo examen de consciencia. Y, sin embargo, lo que llama la atención es que con otras personas o grupos no hace lo mismo, incluso cuando están lejos de cumplir los preceptos divinos, siquiera públicamente. ¿Qué lo mueve entonces? ¿Una extraña antipatía por la jerarquía eclesiástica de la que forma parte? ¿Un oculto deseo de cambiar estructuras que considera obsoletas? ¿Escasa consideración o acaso desconocimiento del primado de la Iglesia de Roma? Nada de esto podemos afirmar, aunque sí mostrar cierta perplejidad. La Curia, como todo organismo constituido por seres humanos está sujeta, evidentemente, a errores, defectos y, sobretodo, a los efectos de los pecados de sus miembros; pero no por esto deja de tener un importante papel en la Iglesia, entre los cuales, la “diaconía” del ministerio petrino. Veamos lo que nos dice el Magisterio de la Iglesia sobre este importante asunto →

¿Más vale hacer u obedecer? o ¿la obediencia religiosa fue abolida?

Para conocer a una persona es necesario observarla en sus múltiples aspectos. Nosotros los católicos revelamos el valor moral que tenemos en diferentes circunstancias: en los momentos de sufrimiento físico o espiritual, cuando nos cabe perdonar al prójimo, desapegarnos de los bienes materiales y en tantas otras pruebas es que la caridad efectivamente se comprueba.

Para los religiosos eso se nota bajo un aspecto muy definido: la virtud de la obediencia. La sinceridad de la entrega de sus vidas a la Iglesia puede ser comprobada por la capacidad que tienen de renunciar a sí mismos y cumplir la voluntad de los que son para ellos los representantes del Señor. Sabemos que el religioso obediente es amado por el Señor, mientras que el que hace su propia voluntad se aleja de la virtud.

Esta es la enseñanza más segura de la Iglesia que han seguido innumerables generaciones de consagrados hasta nuestros días. Aceptar la rebeldía como una característica de la vida religiosa es consentir en la transgresión de los principios más sagrados, sobre todo si eso se hace para, supuestamente, mejor servir a Dios. Recordemos lo que nos enseña el Magisterio →