La evangelización de América, ¿motivo de arrepentimiento o de acción de gracias?

“Lo que pasó volverá a pasar; lo que ocurrió volverá a ocurrir: nada hay nuevo bajo el sol” (Ecl 1, 9). Quién vivió los años previos a las conmemoraciones del V Centenario del Descubrimiento de América, tal vez no se sorprenda con ciertas voces que, a día de hoy, se levantan en contra de la evangelización de este continente. En aquellos años afloró una corriente contraria a la obra evangelizadora y civilizadora que España y Portugal emprendieron en América a partir de 1492, acusando a la Iglesia de masacres y ambición. Durante meses pulularon, a propósito de cualquier acto conmemorativo, unos misteriosos indios contestatarios… misteriosos más que nada por el claro color de su piel que delataba a cualquier observador más atento lo dudoso de su legítima pertenencia a los tan cacareados “pueblos originarios”…

Este modo de concebir y deformar la verdad acerca de la evangelización de América, en aquel entonces, parecía ser la preparación de terreno para algo que, cada vez más, vemos tomar cuerpo en el “continente de la esperanza”: una singular adaptación del rancio comunismo de toda la vida a las condiciones socio-culturales de aquella prometedora región.

No queremos juzgar las posibles buenas intenciones de quienes apoyan estas corrientes de protesta. Es muy posible que les falte cierto conocimiento de la Historia de América tanto en estos 500 años de evangelización como en los siglos anteriores y, por eso, no se hayan informado bien sobre las angelicales costumbres (sic) de los pueblos originarios y sobre la obra que fue realizada en el vasto territorio americano. Tan sólo queremos aclarar a nuestros hermanos los beneficios globales de esta colosal obra evangelizadora como la elogiaron a lo largo de los siglos las voces más autorizadas de la Iglesia.

Además, nos gustaría recordar que la Iglesia, aunque formada en su parte visible por miembros sujetos al error, es santa e indefectible. Por eso, si no se pueden atribuir los errores de un individuo a la institución a la cual pertenece, mucho menos se puede hacer esto con una institución divina, como lo es la Iglesia Católica. Continúa leyendo →

«Quién soy yo para juzgar». El Sumo Pontífice y la suprema potestad de juzgar bajo el yugo de la dictadura del relativismo

Desde la Antigüedad, al constituirse el hombre en sociedad, la potestad de juicio ha sido atribuida a personas o grupos cualificados para juzgar las cuestiones o delitos que suele haber en la convivencia humana. En el Antiguo Testamento Moisés manda que sean elegidos hombres sabios, prudentes y expertos de entre el pueblo para guiar y juzgar las tribus en sus asuntos y pleitos, pues él solo ya no podía más (cf. Dt 1,12-17). Desgraciadamente, la miseria humana fue corrompiendo muchos de los que tenían tal encargo y, ya en su tiempo, Jesús fue muy severo con los que, en su hipocresía, apuntaban la “mota del ojo” de sus hermanos para juzgarlos y no arrancaban la “viga” del suyo (cf. Mt 7, 3). Por eso advirtió en el Sermón de la Montaña: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros” (Mt 7, 1-2).Continue Reading