Más novedades cristológicas: ¿Jesús vino al mundo para aprender a ser hombre o para salvar los hombres?

Después de la desobediencia de Adán y Eva en el Paraíso, solamente el mismo Dios podía reparar el ultraje que fuera infringido por el pecado del hombre. Esa ofensa Dios la quiso reparar con la venida al mundo de su Hijo Unigénito, hecho Hombre en el seno de María. La Encarnación del Hijo de Dios es uno de los más grandes misterios de nuestra fe, misterio de la sabiduría divina que se esconde bajo la humanidad.

El Creador quiso encarnarse para manifestar junto a los hombres la gloria del Padre e indicar el verdadero camino de santidad hacia Él. Por eso no dudó en humillarse a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2, 8). Veamos qué nos dice la Iglesia acerca de este trecho de la epístola a los Filipenses contrastadas con las enseñanzas novedosas del innovador predicador de Santa Marta. Entra aquí

¿Seguir los mandamientos es un deber o una opción?

Entre las muchas comunicaciones que recibimos del mundo entero, dándonos apoyo o incluso ofreciendo utilísimas colaboraciones, nos llegó hace un tiempo, de un hermano sacerdote, una propuesta de estudio de unas palabras pronunciadas por Francisco en una Audiencia General, de aquella serie preparatoria para el Sínodo de los Obispos sobre el tema de la familia. Ya el pedido contenía unas excelentes pautas de análisis y, por eso, queremos ofrecer su lectura a nuestros seguidores. Obviamente, hemos cortado aquellas partes de la carta que pueden revelar la identidad de este presbítero.Continue Reading

Si no existen sectas… ¿Todo es Iglesia?

A camino de Damasco Saulo no pensaba más que en perseguir a los seguidores del Mesías. Su odio por aquel al que llamaban Cristo no se limitaba a despreciarlo, sino que necesitaba alimentarse de hechos positivos que contribuyeran a eliminar de Israel lo que le parecía el peor de los desvíos nascidos del judaísmo. En su afán, pocas horas después de su partida desde Jerusalén, él, el último que podría imaginarse, “loco” de amor por el crucificado, pasa a creer y a predicar a favor del mismo al que antes perseguía.

Los años pasaron y todo pasó al revés: ahora Pablo, sin tregua, necesitaba defender la sana doctrina de los múltiples errores que pululaban en el seno de la primitiva Iglesia según el capricho de algunos. De esta forma, mereció Pablo el epíteto de Apóstol de las gentes, no solo por predicar la palabra de Dios a los gentíos, sino también por defenderla entre ellos contra los errores que ya levantaban la cabeza desvergonzadamente. Contra las sectas de su tiempo explicitó la doctrina del cuerpo místico de Cristo. Un solo rebaño, un solo pastor, una sola Iglesia Esposa de Jesucristo. Entra en el Denzinger-Bergoglio y te sorprenderás →

¿Los divorciados vueltos a casar son amigos de Dios?

¿Quién no ha pasado por la dolorosa situación de asistir a un ser querido en sus últimos momentos de vida? Cuando se produce el desenlace final, sufrimos al velar su cadáver, inerte pero todavía tan amado…. la muerte es cruel, pues no se sacia con arrancar la vida… si no enterramos el cadáver, una peligrosa podredumbre se extenderá a su alrededor poniendo en riesgo la salud de los demás. Continue Reading

Laudato si’ (II): Los olvidos de Francisco

Anuncios, noticias, mensajes de redes sociales… nos bombardean por todos los lados. Y muchas veces las informaciones que nos dan se contradicen unas con otras. ¿A quién escuchamos? ¿Qué rumbo seguir? ¿Con quién está la verdad certera?

Es lanzada una encíclica y, como católicos, la leemos sedientos en busca de orientaciones que den sentido a nuestra vida; que marquen los pasos que debemos dar para vivir nuestra santa religión con autenticidad en medio de una sociedad devastada por el pecado. Esperábamos palabras claras que nos fortalecieran en la fe de la Iglesia tan vilipendiada en el actual momento histórico. Pero… encontramos advertencias sobre el cuidado de la naturaleza. Los ecologistas se sintieron estimulados, los agoreros del cambio climático estimulados, las personas de otras religiones respetadas y nosotros los católicos… olvidados, desamparados y, ¿por qué no decirlo? Un tanto perplejos… ¿No es Jesucristo el centro de nuestra fe? ¿Por qué este documento se refiere a Él y a su Iglesia de una forma tan difusa y secundaria? ¿Es realmente el cuidado de la creación lo más importante en la vida de un cristiano, sobretodo en estos tiempos? ¿Conquistaremos el cielo simplemente cuidando y amando criaturas irracionales?

Delante de estas inquietudes, parece que nos cabe fijar la atención en aquella Luz que jamás cesa de brillar, en la fuente de toda Verdad, en la voz infalible de los Papas y del Magisterio de la Iglesia. Y ver qué nos tiene que decir –¡muchas cosas!– sobre los temas tratados en esta Encíclica ¿Cuál debe ser la postura de un fiel delante de toda la obra de la creación?

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No todo el que dice “yo creo en la Sangre de Cristo” entrará en el Reino de los Cielos

Cuando en una jarra de agua mineral se añade una minúscula gota de veneno, ya no se puede decir que este agua es apta para beber. Algo parecido ocurre en nuestra vida espiritual, en la que no es razonable elegir el camino de la mediocridad , o sea, establecer una componenda entre el agua pura de la virtud y el veneno del pecado. La santidad es un don de Dios que no se puede sin su ayuda, pero también es verdad que para alcanzarla es imprescindible la cooperación de nuestra voluntad, como tan acertadamente nos dice San Agustín: “quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti. Así, pues, creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él” (Sermón 169, 11). Por tanto, no basta creer y reconocerse pecador, es necesario hacer todo esfuerzo para entrar por la puerta estrecha (cf. Mt 7, 13). Veamos el Magisterio.

¿La Iglesia debe aprender del pueblo la voluntad de Dios?

No es novedad que los textos del Concilio Vaticano II se manipulen con los fines más variados, y por eso es necesario leerlos dentro de su contexto y a la luz de un magisterio que comenzó a guiar la humanidad hace casi 2000 años.

Uno de los documentos que más ha sufrido tergiversaciones es la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, de la cual no es raro encontrar ciertos enunciados entresacados para justificar las más variadas posiciones. Leamos esta idea: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (Gaudium et Spes, n. 1). Con esas palabras, el documento conciliar presenta el papel de la Iglesia como Madre compasiva que educa a sus hijos en el auténtico amor a Dios y al prójimo. Todo lo que esté a su alcance para aliviar los sufrimientos de los hombres, Ella lo hace con solicitud y sabiduría.

Entre las “tristezas y angustias” que azotan el corazón humano está la sed de verdad, el deseo de salir del mar de las incertidumbres y reposar el espíritu en la certeza. Al sanar esta carencia la Iglesia, además de Madre, se hace Maestra de los pueblos puesto que ha “recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (ibídem). Eso es lo que hace la Iglesia sentirse “íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (ibídem), concluyen los padres conciliares. Sin embargo, a partir de esta afirmación, leída a secas, pueden sacarse otras interpretaciones. El objetivo de esta entrada es leer el citado pensamiento a la luz del Magisterio. Entra aquí→.

Dios… que fortalece los débiles para glorificarse a sí mismo. Pero… ¿enorgullecernos de nuestros pecados?

“Para una recta interpretación de la Sagrada Escritura es necesario investigar con atención qué quisieron afirmar verdaderamente los hagiógrafos y qué quiso manifestar Dios mediante palabras humanas”; sabio consejo que el hoy ya Papa Emérito Benedicto XVI dio en los días de su luminoso reinado a los participantes de la Pontificia Comisión Bíblica. De hecho, el griego, lengua extremamente rica, exige una labor interpretativa de ciertos pasajes de la Revelación que supone un verdadero arte pues, además del conocimiento de este idioma, se presume en el buen exegeta una total sumisión al Espíritu Santo para no oscurecer con ideas propias aquello que realmente es Palabra de Dios. Las cartas paulinas son el mejor ejemplo de lo dicho y, por eso, nos pareció imprescindible la elaboración de esta entrada. Entra aquí →

¿Dudar de Dios es el mejor camino para encontrarlo?

Ya los griegos filosofaban a respecto del deseo de conocer la verdad, inherente al corazón del hombre. “La duda es el principio del saber”, decían ellos; “el saber es la parte principal de la felicidad”, enseñaba la mayéutica socrática. Esta búsqueda de la verdad, de hecho, es una de las más vivas inquietudes del alma humana, pero no es la razón quien da el reposo y la felicidad al espíritu, como pensaban los griegos, y sí la gracia, que lleva al encuentro con Dios, la Verdad Suprema. Inmortales en este sentido son las palabras de San Agustín dirigidas al Señor, en sus Confesiones: “nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (L.I, c.1, n.1). Este reposo viene de la certeza entera de haber encontrado al Señor, ―“el camino la verdad y la vida”― y trae consigo la fuerza de la fe, que disipa cualquier duda, y el deseo generoso de llevar a todos hacia Él, en su Iglesia, depositaria de la verdad. No es otro el ejemplo de los grandes guías del pueblo, en las Sagradas Escrituras, y dudar después de haber encontrado el Señor es ofender a la verdad y serle infiel. Veamos el Magisterio →

Quietismo vs. Oración: ¿Debemos buscar a Dios o esperar que Él nos encuentre?

Todo cristiano sabe, sobretodo cuando pasa por momentos de duda y aflicción, donde y como encontrar a Dios a fin de obtener alivio para el alma. La oración, sea mental o vocal, es el lugar donde tenemos la seguridad de poder encontrar a Dios, puesto que Él mismo nos ha prometido que “donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). El Altísimo está siempre dispuesto a escucharnos y atender nuestras necesidades, a cualquier hora podemos colocar nuestro espíritu en contacto con Él, basta recogernos del bullicio y dirigirle una plegaria para que misteriosamente nos hable en el fondo del corazón y de la conciencia. A primera vista, esta concepción, que tan natural suena a nuestros oídos, parece chocar con la afirmación de que a Dios “jamás se sabe dónde y cómo encontrarlo” porque “no eres tú el que fija el tiempo ni el lugar para encontrarte con Él”. ¿Dios ha cambiado su manera de obrar ante nuestras súplicas? ¿Hay una nueva manera de encontrarnos con Dios? Conviene aclarar conceptos. Veamos lo que nos enseña el Magisterio →

¿La corrección fraterna es un bien o un mal?

Imaginemos un mendigo enfermo que aparece pidiendo ayuda a las puertas de un hospital atendido por religiosos. De inmediato es atendido por ellos con palabras de compresión: “Como no, hijo mío, aquí las puertas están abiertas para todos”. Al analizar su estado de salud, se descubre que el pobre hombre tiene una enfermedad contagiosa y mortal, aunque, gracias a Dios, aún está a tiempo de ser curado. ¿Qué hacer? Por su bien, el de los demás enfermos y el de todo el entorno, hay que aislarlo convenientemente y empezar un tratamiento quizá largo y doloroso. Sin embargo, el enfermo no quiere someterse a la necesaria cuarentena y mucho menos al duro proceso…, por eso llora, se queja de que está siendo puesto de lado, y grita que no tiene fuerzas para una vida tan dura, pues creía que en el hospital encontraría amor y cariño…

Tantos son sus gritos que llegan a oídos de los demás pacientes y hasta del director de la casa de salud. ¿Qué reacción cabe esperar del director? ¿Sería “un acto de caridad” conducir el enfermo a un cuarto colectivo dejándolo sin tratamiento alguno y exponiendo los demás internos al contagio? ¿Alguien se atrevería a acusar este director de injusto y poco comprensivo por exigirle que acepte el tratamiento para poder permanecer en el hospital? Es esta una parábola que Jesús podría contar hoy a ciertos fariseos del tercer milenio, pues el cargar a los hombros al enfermo, no exime de la necesidad de aplicar la necesaria medicina. Veamos lo que nos enseña el Magisterio de la Iglesia →

¿La Curia Romana, cortesanos aduladores o servidores del Papa?

Narcisos… así, sin muchos tapujos, etiqueta el Papa Francisco a frecuentes de los anteriores “jefes de la Iglesia” y miembros de la Curia Romana. Supondremos, por deferencia, que el Obispo de Roma considere que en dos mil años de historia no sean su augusta persona y la de sus colaboradores inmediatos las únicas que se libren de epíteto tan caritativo que, a primera vista, parecería menospreciar toda la obra de los Papas anteriores. El caso concreto es que, al hablar de la Curia Romana o al encontrarse con ella, Francisco nunca pierde oportunidad de señalar defectos, como lo hizo el pasado mes de diciembre –¡ni más ni menos que durante las felicitaciones navideñas oficiales!– invitando cada uno de sus miembros a un profundo examen de consciencia. Y, sin embargo, lo que llama la atención es que con otras personas o grupos no hace lo mismo, incluso cuando están lejos de cumplir los preceptos divinos, siquiera públicamente. ¿Qué lo mueve entonces? ¿Una extraña antipatía por la jerarquía eclesiástica de la que forma parte? ¿Un oculto deseo de cambiar estructuras que considera obsoletas? ¿Escasa consideración o acaso desconocimiento del primado de la Iglesia de Roma? Nada de esto podemos afirmar, aunque sí mostrar cierta perplejidad. La Curia, como todo organismo constituido por seres humanos está sujeta, evidentemente, a errores, defectos y, sobretodo, a los efectos de los pecados de sus miembros; pero no por esto deja de tener un importante papel en la Iglesia, entre los cuales, la “diaconía” del ministerio petrino. Veamos lo que nos dice el Magisterio de la Iglesia sobre este importante asunto →