El anhelo de una Iglesia horizontal

Al ojear escritos eclesiásticos de diferentes épocas llama la atención la frecuencia con que encontramos afirmaciones de pontífices, obispos y santos varones lamentándose de las adversidades por las cuales pasaba la Iglesia en su tiempo. Las tempestades que ataques de enemigos externos e internos levantaron contra la Barca de San Pedro son una constante durante sus dos milenios de victoriosa navegación, por lo que su impertérrito avanzar por todas las eras sólo se explica si tenemos en cuenta que la Iglesia no es una institución humana, sino divina. Nacida del lado abierto de Cristo pendiente en la Cruz y regada por su Sangre la Iglesia en sus elementos visibles debe, por consiguiente, buscar la realización de los deseos de su divino Fundador en lo referente a su constitución, santidad, misión e incluso gobierno.

En días en que muchos sectores cuestionan la forma de gobierno de la Iglesia una pregunta nos parece esencial, tan esencial cuanto, quizá, olvidada: ¿Cómo concibió Jesucristo esa Iglesia que es su propio Cuerpo Místico? Al llamar a los Doce y colocar San Pedro a su cabeza, ¿la quiso jerárquica? ¿O más bien “horizontal”? La respuesta está fácilmente al alcance de todos en las páginas del Magisterio, aunque algunos parezcan querer disimularlo… ¡Continúa leyendo!⇒

¿Las normas legislativas de la Iglesia configuran un régimen dictatorial?

Cuando la reina de Saba oyó hablar de la gran sabiduría de Salomón, no hubo obstáculos que le impidieran emprender un penoso viaje para conocer a ese gran monarca, a pesar de que los desplazamientos largos en la época constituían una verdadera aventura. Todo por encontrarse y comprobar la sabiduría de un rey terreno. Impresionada con todo lo que vio y escuchó en Jerusalén, colmó al rey de Israel de los más ricos presentes y volvió a su patria llena de admiración (cf. IICr 9, 1-12).

También cada uno de nosotros, diariamente, tenemos la oportunidad de encontrarnos con un Rey “que es más que Salomón” (Mt 12, 42), mucho más poderoso y sabio, pues es el Rey de reyes. ¿Qué podríamos sufrir por Él que no lo haya padecido antes en medida infinitamente superior por nosotros? Por eso, la Santa Madre Iglesia, que jamás promulga leyes por encima de nuestras fuerzas, estableció a lo largo de los siglos diversas normas para presentarse más dignamente a este encuentro con Rey tan augusto y, así, manifestar nuestro respeto y veneración por Él. Estos preceptos que la Santa Madre Iglesia supo adaptar según las conveniencias de cada época, ¿serían acaso una imposición dictatorial? ¿O, más bien, una forma didáctica de formar a los fieles en el respeto al Sacramento del Altar? Continúa leyendo ⇒