La división entre católicos y anglicanos, ¿escándalo o necesidad?

Catalina de Aragón, princesa española desposada con el rey inglés Enrique VIII, después de ser repudiada por este monarca bien podría exclamar: “¡Nuestra división es un escándalo!” Y el mundo católico, al enterarse del concubinato del rey con Ana Bolena podría también afirmar: “¡Vuestra unión es un escándalo!” La historia de la “Iglesia Anglicana” es una mezcla de uniones y divisiones escandalosas. En el momento actual sigue habiendo escándalo… Escándalo de división, pues muchos de ellos no quieren reconocer sus errores y volver a la plena comunión con la Iglesia, retorno que tanto propiciaron por todos los medios los pontífices romanos a lo largo de una Historia de casi cinco siglos.Continue Reading

¿Hemos recibido una instrucción válida sobre el episodio de la pérdida del Niño Jesús en el Templo?

Todo sacerdote que ama de la Palabra de Dios medita sobre el Evangelio que será proclamado y por él explicado a los fieles. Sobre el conocimiento dado por su reflexión, es normal que el Espíritu Santo le inspire nociones más profundas sobre los hechos de la vida del Redentor y lo ilumine en relación al mensaje de salvación que se encuentra escondido en las entrelíneas.Continue Reading

¿Dios no condena, sólo ama y salva? ¿Seguro?

“El misterio de la cruz es la respuesta de Dios al mal del mundo”. Con estas palabras Francisco encerraba su primer Via Crucis en el Coliseo como Obispo de Roma, durante un breve discurso que prenunciaba sus futuras predicaciones centradas en el perdón y la misericordia. El pontífice explicó de manera novedosa el significado de la inmolación del Cordero de Dios, que habría ofrecido su vida en la cruz para decirnos una palabra de amor más fuerte que de justicia.

El sentido de esta frase de acuerdo con la doctrina católica es que en el Madero Sagrado el Hijo de Dios sacrificó su vida por el género humano privado de la vida de la gracia e impedido de gozar la eterna bienaventuranza a causa de sus culpas. Su ofrenda reparó junto al Padre el abismo insuperable que nos separaba de Él, abriéndonos las puertas del cielo. Por lo tanto, fue un acto de suma justicia.

Entre la justificación del hombre y su salvación eterna hay un largo camino de perseverancia que debe ser recorrido, y que consiste en el abandono del pecado con la ayuda divina. Enseña San Hilario que “El mismo Padre que preparó para los justos el reino al que su Hijo hace entrar a quienes son dignos, así también preparó el horno de fuego para quienes por mandato del Señor serán arrojados en él por los ángeles que enviará el Hijo del Hombre”. Todo dependerá de las disposiciones de cada cual y de su correspondencia a los designios de Dios. Lo cierto es que la problemática del juicio, de la gravedad del pecado y de la condenación eterna persiste después del sacrificio del Calvario, por mucho que se quiera quitarle importancia.

Sin embargo, cuando escuchamos que “El misterio de la cruz es la respuesta de Dios al mal del mundo” y la interpretación que se siguió a este bello enunciado, ¿podemos estar seguros de la ortodoxia de lo que nos es transmitido? ¿No serían más bien palabras que preparaban un pontificado que “no responde al mal” y que prefiere “permanecer en silencio” cuanto a este tema? ¿Cómo entender esta confusión en medio de un Jubileo de la Misericordia cuyo sentido no le ha quedado claro a casi nadie? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio →

«Dios ama los malos y blasfemos»… ¿hasta cuándo? El buen y el mal ladrón…

El Evangelio de San Lucas relata que fueron crucificados dos ladrones con Jesús: uno a su derecha y otro a su izquierda. Uno de ellos estaba empedernido en sus pecados y blasfemaba mientras el otro, arrepentido, rogaba: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (Lc 23, 42). Uno recibió el perdón y el Paraíso; el otro recibió el rechazo de Jesús y el infierno. Dios manifiesta en estos dos ladrones los límites de su amor y misericordia por los hombres.

¿Es exacto decir que Dios ama siempre al pecador, incluso si es obstinado y blasfemo? ¿Que necesita el pecador para recibir el amor y la misericordia divinas? Maticemos…→

Francisco y el problema del sufrimiento; cómo entender el “valle de lágrimas”

En el año 1930 nació en Roma Antonietta Meo, cuarta hija de padres honrados y creyentes. En su hogar aprendió las primeras verdades de la fe, aunque la atmósfera de catolicidad que en aquel entonces caracterizaba en la Ciudad Eterna también colaboró favorablemente para su formación religiosa.

A los cuatro años, a causa de una inflamación en la rodilla de apariencia poco preocupante, los médicos descubrieron en la niña un mal terrible: osteosarcoma. Los padecimientos que desde entonces afectaron Antonieta seguramente harían estremecer los varones adultos más valientes: tratamientos dolorosos y prácticamente inútiles hasta la amputación de la pierna izquierda, al que se siguió el avance del mal, que llegó incluso a comprometer los pulmones. Los médicos se sorprendían al comprobar como un cuerpo tan pequeño podía padecer males tan grandes.

Pero lo más impresionante del caso es sin duda la reacción de Antonieta ante estos infortunios, pues a medida que aprendía los pasajes de la vida de Jesús identificaba su estado con el de Cristo Padeciente y descubría en la Pasión el verdadero motivo por el que sufría: “Querido Jesús crucificado, te quiero mucho y te amo mucho, quiero estar en el Calvario contigo y sufro con alegría porque sé que estoy en el Calvario. Querido Jesús, te agradezco que me hayas mandado esta enfermedad, que es un medio para que llegue al Paraíso. Querido Jesús, dile a Dios Padre que le amo mucho también a Él. Querido Jesús, dame fuerzas para soportar los dolores que te ofrezco por los pecadores…”

Esta niña murió a los seis años y su cuerpo hoy se encuentra en su parroquia, la Basílica de San Juan de Letrán. Muchos aguardan con esperanza el reconocimiento de la heroicidad de sus virtudes y elevación al honor los altares.

En la misma ciudad de los Papas una escena transcurrida el pasado mes de mayo nos hace recordar el ejemplo de “Nennolina”: el Papa recibe niños afectados por enfermedades graves acompañados por sus padres. Estos infelices en el cuerpo pero bautizados y con sus almas amparadas por las bendiciones de la Iglesia esperaban de Francisco una palabra de aliento, que el Pontífice les indicara un sentido en medio al infortunio atroz, como padre que es de la Iglesia especialmente atento a todo lo que concierne los necesitados.

Sin embargo, manifestando una vez más su extraña concepción de esta problemática ya tratada en el viaje apostólico a Filipinas, Francisco vuelve a decir que es una situación para la que no hay explicaciones, que el único remedio para los niños y sus padres es llorar.

Para colmo de perplejidades, Francisco proyecta esta reacción de sentido enteramente naturalista en la Santísima Virgen María y su Divino Hijo. Según él, Nuestra Señora tampoco comprendió lo que pasaba en el Calvario, y su Hijo tampoco tenía claro el alcance de nuestros dramas hasta el momento en que lloró.

Sobran más palabras… pues si la enseñanza de la Iglesia explica esta cuestión, ¿no se esperaría otra respuesta del Vicario de Cristo? Leer más ⇒