Derechos e igualdad, ¿fuente de justicia y paz?

“Seréis como Dios” (Gn 3, 5). Cayendo Eva en la tentación que la serpiente le propuso en el Jardín del Edén, las consecuencias fueron inmediatas y desastrosas para nuestros primeros padres: expulsión del paraíso, pérdida de los dones sobrenaturales y preternaturales y una vida de sufrimientos. La pretensión de ser “igual que Dios” fue la causa de todos los males que existen en el mundo. Esa misma tentación se repite en el interior de los hombres aún hoy. La ilusión de no tener superiores incita al hombre a creer que la tranquilidad proviene de la total igualdad de medios, posición y responsabilidades.Continue Reading

100 millones de muertos… ¿en favor de los pobres?

Hace un siglo el mundo se vio sumergido en el más terrible caos. Todas las batallas vividas hasta entonces por la humanidad parecían de juguete en comparación con la dinámica bélica del siglo XX. Y no apenas por el aparato militar, sino también por la saña doctrinal utilizada para oprimir la humanidad.Continue Reading

¿Las normas legislativas de la Iglesia configuran un régimen dictatorial?

Cuando la reina de Saba oyó hablar de la gran sabiduría de Salomón, no hubo obstáculos que le impidieran emprender un penoso viaje para conocer a ese gran monarca, a pesar de que los desplazamientos largos en la época constituían una verdadera aventura. Todo por encontrarse y comprobar la sabiduría de un rey terreno. Impresionada con todo lo que vio y escuchó en Jerusalén, colmó al rey de Israel de los más ricos presentes y volvió a su patria llena de admiración (cf. IICr 9, 1-12).

También cada uno de nosotros, diariamente, tenemos la oportunidad de encontrarnos con un Rey “que es más que Salomón” (Mt 12, 42), mucho más poderoso y sabio, pues es el Rey de reyes. ¿Qué podríamos sufrir por Él que no lo haya padecido antes en medida infinitamente superior por nosotros? Por eso, la Santa Madre Iglesia, que jamás promulga leyes por encima de nuestras fuerzas, estableció a lo largo de los siglos diversas normas para presentarse más dignamente a este encuentro con Rey tan augusto y, así, manifestar nuestro respeto y veneración por Él. Estos preceptos que la Santa Madre Iglesia supo adaptar según las conveniencias de cada época, ¿serían acaso una imposición dictatorial? ¿O, más bien, una forma didáctica de formar a los fieles en el respeto al Sacramento del Altar? Continúa leyendo ⇒

No todo el que dice “yo creo en la Sangre de Cristo” entrará en el Reino de los Cielos

Cuando en una jarra de agua mineral se añade una minúscula gota de veneno, ya no se puede decir que este agua es apta para beber. Algo parecido ocurre en nuestra vida espiritual, en la que no es razonable elegir el camino de la mediocridad , o sea, establecer una componenda entre el agua pura de la virtud y el veneno del pecado. La santidad es un don de Dios que no se puede sin su ayuda, pero también es verdad que para alcanzarla es imprescindible la cooperación de nuestra voluntad, como tan acertadamente nos dice San Agustín: “quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti. Así, pues, creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él” (Sermón 169, 11). Por tanto, no basta creer y reconocerse pecador, es necesario hacer todo esfuerzo para entrar por la puerta estrecha (cf. Mt 7, 13). Veamos el Magisterio.

¿La Iglesia debe aprender del pueblo la voluntad de Dios?

No es novedad que los textos del Concilio Vaticano II se manipulen con los fines más variados, y por eso es necesario leerlos dentro de su contexto y a la luz de un magisterio que comenzó a guiar la humanidad hace casi 2000 años.

Uno de los documentos que más ha sufrido tergiversaciones es la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, de la cual no es raro encontrar ciertos enunciados entresacados para justificar las más variadas posiciones. Leamos esta idea: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (Gaudium et Spes, n. 1). Con esas palabras, el documento conciliar presenta el papel de la Iglesia como Madre compasiva que educa a sus hijos en el auténtico amor a Dios y al prójimo. Todo lo que esté a su alcance para aliviar los sufrimientos de los hombres, Ella lo hace con solicitud y sabiduría.

Entre las “tristezas y angustias” que azotan el corazón humano está la sed de verdad, el deseo de salir del mar de las incertidumbres y reposar el espíritu en la certeza. Al sanar esta carencia la Iglesia, además de Madre, se hace Maestra de los pueblos puesto que ha “recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (ibídem). Eso es lo que hace la Iglesia sentirse “íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (ibídem), concluyen los padres conciliares. Sin embargo, a partir de esta afirmación, leída a secas, pueden sacarse otras interpretaciones. El objetivo de esta entrada es leer el citado pensamiento a la luz del Magisterio. Entra aquí→.

La Virgen Dolorosa de pie ante la cruz, ¿en rebelión contra Dios?

La advocación de la Virgen Dolorosa es la referencia más significativa para el pueblo cristiano cuando reza delante de la cruz. En ella contemplamos a la que, como nos dice la Escritura, permaneció de pie al lado de Cristo mientras los Apóstoles huían y lo traicionaban, por lo lejos que estaban de comprender la profundidad del misterio del Gólgota. Esa presencia de María, plenamente unida a la Pasión de su Hijo para consolarlo, adorarlo y reparar el desprecio de los que más deberían darle muestras de fidelidad en esa hora suprema, conmovió a las almas verdaderamente cristianas a lo largo de los siglos.

Estas consideraciones tienen un fondo teológico que las justifica: la Santísima Virgen está unida a la obra de la redención en los planes de Dios. El sacrificio de Jesús y su misión salvífica estuvieron desde el principio asociados a la figura de María, a quien la Trinidad miró con predilección.

Por eso, atribuir a la Madre Dolorosa reacciones incompatibles con la perfección de su caridad agrede nuestra piedad mariana y contradice la propia doctrina católica que debería guiar las consideraciones a respecto de la Madre de Dios. Por eso, nos parece indispensable recordar el Magisterio Pontificio y la doctrina de los Padres y Doctores. Entra aquí → .

Consideraciones (evidentes) sobre la autoría del Divino Salterio; o la metáfora del escritor y la pluma

Una verdad que aprendemos desde niños es que las Sagradas Escrituras tienen por Autor a Dios mismo y que después de la venida de Cristo la Santa Iglesia Católica es la depositaria sagrada de tesoro tan incomparable. Para mejor entender esto, es inmensamente conocida la metáfora del escritor y la pluma. Dios sería el genial escritor que concibe el texto, mientras que la función del autor material de cada uno de los libros santos, –se llame David, Moisés o Lucas– no pasaría de ser la pluma en manos de ese genio magnífico que es el propio Dios, único y verdadero autor de la Biblia Sagrada. De libros tan divinamente inspirados toma la Iglesia los elementos para su culto de alabanza. Esto se aplica de forma particular a los salmos, con los cuales se constituye la Liturgia de las Horas y en cuyos versos la Iglesia reconoce la misma voz de Dios guiándola para una oración que le sea agradable. Veamos las enseñanzas del Magisterio →

Una imagen vale más que mil palabras, ciertos gestos más que un documento…

Con razón se dice que una imagen vale más que mil palabras. Por eso, el elocuente mensaje mudo que nos envían ciertos gestos merece muchas veces nuestra atención tanto como ciertas declaraciones o documentos, a fortiori en la persona de aquel que tiene ex officio la misión de representar a Jesucristo, de ser su Vicario en la tierra. Para comprender mejor lo que nos “dicen” las imágenes que acompañan esta entrada, puede ayudarnos recordar algo de la doctrina de la Iglesia acerca de la bendición.
Según el Catecismo es un sacramental, “una alabanza de Dios y oración para obtener sus dones” (n. 1671). Algunas bendiciones más solemnes están reservadas a los obispos, otras corresponden a los sacerdotes y otras a los diáconos, en cuanto “administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4, 1). También a los fieles, en virtud del sacerdocio común recibido en el bautismo, les corresponden algunas bendiciones específicas como, por ejemplo, las que tradicionalmente dan los padres a sus hijos.
Algunas “bendiciones”, sin embargo, causan inquietud… ¿Es válida la bendición dada por un hereje? ¿Es lícito pedírsela? ¿Qué significado tiene un gesto así? El Magisterio, los Padres y los Doctores nos responden con la precisión acostumbrada. Veamos →

La obra del Espíritu Santo, ¿componenda con cualquier doctrina o unidad en la verdad?

Inmutable y eterno en su divina naturaleza, el propio Jesucristo declaró sobre su misión en la tierra no haber venido a abolir da ley y los profetas, sino a darles pleno cumplimiento (cf. Mt 5, 15-17). No obstante, es indiscutible que esta “plenitud” trajo consigo la mayor novedad que la historia ha conocido, pues bajo todos los aspectos, la predicación del Redentor significó una completa renovación para el hombre, sea en su relación con Dios sea en la convivencia con los demás. Baste pensar, por ejemplo, en la revelación de la trinidad de Personas en el Dios Único, la invitación a participar de la vida divina por la gracia, o el “giro copernicano” habido en las relaciones humanas con el mandamiento nuevo del amor. E incluso en aspectos ya presentes desde siempre en la vida de los hombres, Jesucristo colocó una perspectiva nueva. Así, ofrece la anhelada paz, pero no la que da el mundo sino “su” paz (cf. Jn 14, 27); y promete la felicidad, pero como recompensa a los justos y los que sufren por su nombre (cf. Mt 5, 3-12).

Lo mismo ocurre con la unión que debe reinar entre sus seguidores: la unidad, que constituye una de las notas de su Iglesia —“un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4, 5)— no es obra del espíritu humano sino del “Espíritu de la verdad” (Jn 14, 17). El tan pregonado —y cuantas veces mal comprendido— “ut unum sint” no incluye el “hijo de la perdición” ni los que “son del mundo”, sino que está asociado a una santificación “en la verdad” (cf. Jn 17, 11-15). Por eso, causa sobresalto oír ciertas afirmaciones que parecen fomentar una unión indiscriminada, cuyo precio —no podría ser diferente— acabaría siendo un acuerdo entre bien y mal, verdad y error, belleza y feura. ¿Es ésta la unidad deseada por Cristo y realizada por el Espíritu Santo? Una vez más, nos será útil aclarar algunos conceptos. Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio →.

¿Cuál es la prioridad absoluta de la Iglesia?

San Pío X alertaba contra los pastores dedicados “a hacer el bien, sobre todo en los problemas del pueblo” pero que se preocupan “mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana”. Esta advertencia, realizada en una época en que la sociedad era incomparablemente más cristiana que en nuestros días, nos hace recordar las palabras del Divino Maestro: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). ¿Qué pensar delante del agravamiento de esa situación en nuestros días? Surge la pregunta de si las palabras del Pontífice deberían pesar más en otro camino o si, más bien, convendría que insistieran con más fuerza en el mismo sentido. En un mundo donde valores familiares tienden a desaparecer, donde el amor a Dios es puesto en un plano secundario, cuando no enteramente de lado, y donde los preceptos divinos son tomados con indiferencia general y obedecidos tan sólo por una minoría, ¿cuál debe ser la preocupación más urgente de la Iglesia? A primera vista, debe ser la formación catequética intachable, la transmisión de su santa doctrina a sus hijos desorientados y perdidos en un mundo materialista y ateo… ¿O quizá sea el foco de atención deba ponerse en el desempleo, la soledad de los ancianos, pobreza y corrupción? ¿Acaso estos males no son fruto de una sociedad sin fe y sin Dios? ¿Tenemos que ir a la raíz de los males, o calmar apenas los síntomas? La Santa Iglesia tiene respuestas. Veamos →

La Sagrada Eucaristía, ¿factor de comunión con los herejes?

Pocas escenas son tan conmovedoras y nos hacen volver tanto a los tiempos de nuestra inocencia como la de un grupo de niños que hace su primera comunión. Pocos días antes, el sacramento de la penitencia, tomado a veces con más seriedad que muchos adultos, purificaba, si es que era necesario, sus almas y las dejaba blancas como en el día del bautismo para que Jesús las encontrase más semejantes a Él. Cuando han sido bien preparados, la llegada de ese día crea una enorme expectativa entre los pequeñuelos que trasparece en sus ojos atentos, en su sorprendente recogimiento y en las oraciones que formulan en el silencio de su inocente corazón.

Finalmente, los inocentes se presentan ante el altar para recibir en el más grande de los sacramentos a su Rey y Señor que viene a habitar sus almas e iniciar con ellos una profunda relación de amistad que, con la gracia, podrá extenderse por toda la vida y culminará en la eternidad.

Ese día que todos los católicos recordamos con verdadera emoción es acompañado por abundantes gracias del cielo marcando profundamente la presencia inefable del propio Dios por primera vez en nuestro interior.

¿Será posible interpretar esta incomparable manifestación de la misericordia de Dios con un extraño sentido, aparentemente lejano al que tiene de verdad, adulterando el concepto de la recepción del cuerpo y de la sangre del Señor? Estemos atentos para no olvidar ni desvirtuar el verdadero sentido de lo que pasó el día de nuestra primera comunión… y se repite todos los días que estamos preparados y lo deseamos. Veamos lo que nos recuerda el Magisterio →

Las cosas claras y el chocolate espeso… ¡no! Hay que abrir nuevos espacios

Santo Tomás de Aquino desveló en cierta ocasión uno de los secretos que permite entender mejor la unicidad y el brillo de su obra intelectual. Adaptando un poco los términos, él explicaba que nunca avanzaba en el desarrollo de un pensamiento, en la búsqueda de una respuesta, si no tenía plena seguridad de que sus pasos anteriores estaban fundamentados en verdades incuestionables. En este sentido, no es difícil encontrar elogios del magisterio de la Iglesia a los grandes doctores por su claridad e seguridad, características que permitieron a la Iglesia explicitar su doctrina sobre terreno firme y, a continuación, ponerla al alcance de todos los fieles con facilidad y sin misterios. Así son las enseñanzas de los Papas desde hace dos mil años, cumpliendo una exigencia del Salvador al traer la buena nueva: “Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno” (Mt 5, 37). Tampoco supone novedad el método de la Iglesia al exponer con claridad sus normas disciplinares para orientar sus fieles en el camino de la salvación.

Pues bien, ¿sería este un camino que no lleva a encontrar nada, una visión estática e involutiva que transforma la fe en una ideología cualquiera? Veamos lo que a este respecto nos dice hace 2000 años la Iglesia.