¿Dios no condena, sólo ama y salva? ¿Seguro?

“El misterio de la cruz es la respuesta de Dios al mal del mundo”. Con estas palabras Francisco encerraba su primer Via Crucis en el Coliseo como Obispo de Roma, durante un breve discurso que prenunciaba sus futuras predicaciones centradas en el perdón y la misericordia. El pontífice explicó de manera novedosa el significado de la inmolación del Cordero de Dios, que habría ofrecido su vida en la cruz para decirnos una palabra de amor más fuerte que de justicia.

El sentido de esta frase de acuerdo con la doctrina católica es que en el Madero Sagrado el Hijo de Dios sacrificó su vida por el género humano privado de la vida de la gracia e impedido de gozar la eterna bienaventuranza a causa de sus culpas. Su ofrenda reparó junto al Padre el abismo insuperable que nos separaba de Él, abriéndonos las puertas del cielo. Por lo tanto, fue un acto de suma justicia.

Entre la justificación del hombre y su salvación eterna hay un largo camino de perseverancia que debe ser recorrido, y que consiste en el abandono del pecado con la ayuda divina. Enseña San Hilario que “El mismo Padre que preparó para los justos el reino al que su Hijo hace entrar a quienes son dignos, así también preparó el horno de fuego para quienes por mandato del Señor serán arrojados en él por los ángeles que enviará el Hijo del Hombre”. Todo dependerá de las disposiciones de cada cual y de su correspondencia a los designios de Dios. Lo cierto es que la problemática del juicio, de la gravedad del pecado y de la condenación eterna persiste después del sacrificio del Calvario, por mucho que se quiera quitarle importancia.

Sin embargo, cuando escuchamos que “El misterio de la cruz es la respuesta de Dios al mal del mundo” y la interpretación que se siguió a este bello enunciado, ¿podemos estar seguros de la ortodoxia de lo que nos es transmitido? ¿No serían más bien palabras que preparaban un pontificado que “no responde al mal” y que prefiere “permanecer en silencio” cuanto a este tema? ¿Cómo entender esta confusión en medio de un Jubileo de la Misericordia cuyo sentido no le ha quedado claro a casi nadie? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio →

¿Católicos y musulmanes adoramos al mismo Dios?

Algunas de las páginas más hermosas de la Historia de la Iglesia son, sin duda, las que fueron escritas con la sangre de los mártires que, despreciando su propia vida por amor a Jesucristo, encontraron en las manos de los verdugos a la vez la muerte corporal y la gloria incorruptible de inmolarse por Aquel que les había rescatado en lo alto de la Cruz. Niños indefensos, heroicas vírgenes, varones robustos, venerables ancianos, en todas las épocas y en los más variados lugares, acudieron a su cita para dar este testimonio arrebatador y majestoso de la fuerza del Evangelio.Continue Reading

¿La Curia Romana, cortesanos aduladores o servidores del Papa?

Narcisos… así, sin muchos tapujos, etiqueta el Papa Francisco a frecuentes de los anteriores “jefes de la Iglesia” y miembros de la Curia Romana. Supondremos, por deferencia, que el Obispo de Roma considere que en dos mil años de historia no sean su augusta persona y la de sus colaboradores inmediatos las únicas que se libren de epíteto tan caritativo que, a primera vista, parecería menospreciar toda la obra de los Papas anteriores. El caso concreto es que, al hablar de la Curia Romana o al encontrarse con ella, Francisco nunca pierde oportunidad de señalar defectos, como lo hizo el pasado mes de diciembre –¡ni más ni menos que durante las felicitaciones navideñas oficiales!– invitando cada uno de sus miembros a un profundo examen de consciencia. Y, sin embargo, lo que llama la atención es que con otras personas o grupos no hace lo mismo, incluso cuando están lejos de cumplir los preceptos divinos, siquiera públicamente. ¿Qué lo mueve entonces? ¿Una extraña antipatía por la jerarquía eclesiástica de la que forma parte? ¿Un oculto deseo de cambiar estructuras que considera obsoletas? ¿Escasa consideración o acaso desconocimiento del primado de la Iglesia de Roma? Nada de esto podemos afirmar, aunque sí mostrar cierta perplejidad. La Curia, como todo organismo constituido por seres humanos está sujeta, evidentemente, a errores, defectos y, sobretodo, a los efectos de los pecados de sus miembros; pero no por esto deja de tener un importante papel en la Iglesia, entre los cuales, la “diaconía” del ministerio petrino. Veamos lo que nos dice el Magisterio de la Iglesia sobre este importante asunto →

Si todas las religiones llevan a Dios, ¿para qué sirven, entonces, Jesucristo y la Iglesia?

El delicado tema del diálogo interreligioso conlleva, sin duda, importantes matices. Una verdad presentada de forma parcial o acaso un tanto destorcida puede fácilmente conducir al indiferentismo, según el cual todas las religiones serían caminos hacia Dios y se complementarían mutuamente. Ante semejante concepción, ¿qué necesidad habría de Jesucristo y la Iglesia para la salvación? ¿A la Esposa de Cristo le falta algo que deba recibir de las otras religiones? Veamos qué dicen Francisco y el Magisterio al respecto →

¿Las almas de los malos serán aniquiladas o eternamente castigadas?

¿Qué pasará después de la muerte? ¿Adónde iremos? He aquí, una de las grandes inquietudes del hombre, cristiano o no. Cuántas veces, a lo largo de la historia, se buscó una respuesta a la misma que no exigiese una moral consecuente con la creencia de una vida eterna y un Dios que premia y castiga. Las enseñanzas escatológicas de la Iglesia, fundadas en la revelación y en la tradición, y recogidas a lo largo de los siglos por el magisterio responden a estos interrogantes con autoridad y sabiduría. Y por ser depositaria de la verdad, tiene un afán misionero que emana del mandato de Cristo para anunciar el Evangelio a todos los pueblos y busca atraer todas las almas a su verdad perenne. Pero, ¿cuál es la verdad sobre este tema? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio→