¿Los herejes nos van a enseñar la fidelidad al Evangelio?

Acababa la última cena y ya el traidor se había retirado para ejecutar su crimen. Jesús, en la sola compañía de sus Apóstoles, elevó al Padre celestial la conocida oración sacerdotal, en la que pide por sus discípulos y en ellos por todos los que formarían parte de su rebaño, o sea, de su única Iglesia, la católica. Los apóstoles, para poder transmitir la doctrina y la fe verdadera, tuvieron que pasar tres años de intensa convivencia con el Divino Maestro. Prueba de ello es que en el colegio apostólico no había discrepancias religiosas: todos poseían la misma fe, la misma doctrina, las mismas enseñanzas.Continue Reading

¿La unidad pluriforme bergogliana tiene a Cristo en el centro?

Entre los extraños principios rectores de la filosofía bergogliana, está el que dice que “la unidad prevalece sobre el conflicto”.  Las consecuencias extraídas de este predicado las explica un tanto en su la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, presentada como el eje programático de su pontificado. Continue Reading

¿La unidad de doctrina y de praxis en la Iglesia permite desobedecer a la ley eterna?

En los primeros párrafos de Amoris laetitia encontramos una afirmación que delinea el espíritu de todo lo que Francisco quiere transmitir en este documento: es hora de desarrollar “diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina”  con vistas a “buscar soluciones más inculturadas” en la pastoral familiar.Continue Reading

La Iglesia es como la Virgen: Madre santa y perfecta

“¿Amamos a la Iglesia como se ama a la propia mamá, sabiendo incluso comprender sus defectos?” Esta interrogación de Francisco demuestra el alto concepto que tiene de la institución que gobierna. ¿Los defectos de la Iglesia? ¿A qué se refiere? ¿San Pablo no la proclamó “sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5, 27)? Es posible que el Obispo de Roma no sepa hacer la distinción entre la Iglesia como institución divina y sus hijos pecadores… pero en ese caso, el defecto estará en él, no en la Iglesia.Continue Reading

Cambiar a Cristo por el interconfessionalismo, ¿es honestidad en el diálogo ecuménico?

Hemos todos acompañado a lo largo de estos últimos tres años el constante empeño de Francisco en tender la mano a los creyentes de todas las religiones para fomentar el diálogo ecuménico en su más sorprendente y novedosa acepción. Esta invariable preocupación de su pontificado, para la cual dedica mucho más tiempo que a otras atenciones pastorales, a que los anteriores Papas nos tenían acostumbrados, lo hace invocando la necesidad de “cooperación con los hombres de buena voluntad” para así abrir “oportunidades para el diálogo que es esencial si queremos conocer, comprender y respetar a los demás”.Continue Reading

¿El católico debe creer con integridad en la verdad de la Iglesia? ¿O debe dudar como Pilato al exclamar: “¿Qué es la verdad?”?

Cuando Pilato, con temor reverencial, pregunta a Cristo, en el pretorio, a respecto de su realeza, este proclama: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”. (Jn 18, 37) ¿Sería Nuestro Señor Jesucristo un fundamentalista al afirmar esto con tanta convicción y propiedad? Continue Reading

Los sacramentos, ¿cuestión de interpretación?

Después de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz un soldado perforó su lado con una lanza y de allí salió sangre y agua, símbolo de los sacramentos que serían instituidos por Él para edificación de su Iglesia, la única verdadera.

¿Qué diferencia hay entre la Iglesia Católica y las demás sectas y religiones? ¿Es correcto afirmar que los que profesan otra religión reciben la virtud de la fe? ¿Participamos, de verdad, en la misma fe porque recibimos el mismo bautismo? ¿Puede una persona que no forma parte de la verdadera Iglesia recibir la Cena del Señor?

Frente a “nuevas doctrinas” que emanan del Magisterio y afrontan gravemente nuestra fe y los sacramentos, levantemos nuestra mirada a la Virgen de los Cielos, rezando aquella bella antífona: “Gaude, Maria Virgo, cunctas haereses sola interemisti in universo mundo – Alegraos, Virgen María, porque sólo Vos destruisteis las herejías en el mundo entero”. Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio.

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La misericordia, hermenéutica de la veleta

“Voluble como una veleta”, o directamente “es un veleta”, es lo que solemos decir de una persona que cambia constantemente de opinión o actitud al sabor del momento, tal como la veleta al capricho de los vientos.

En el extremo opuesto está la brújula. Fiel a sí misma, señala siempre el norte, indicando el rumbo con la firmeza propia de las cosas que se rigen por leyes perennes e inmutables. Por eso, puede guiar al navegante en mar tranquilo o tempestuoso, en borrasca o bonanza.

Si tuviéramos que comparar la Iglesia con uno de esos instrumentos, ¿cuál de los dos elegiríamos? La respuesta no es tan simple cuanto parecería a primera vista. Ya el Papa Benedicto XVI alertaba contra una “hermenéutica de la discontinuidad” y ahora parece nacer otra que no quedaría mal llamarla “hermenéutica de la veleta”…

Así, a las puertas del Jubileo de la Misericordia no parece muy exagerado preguntar: ¿Qué es la misericordia para la Iglesia de siempre? ¿Es la misma que propaga Francisco? Más aun: qué es la Iglesia para Francisco, ¿brújula o veleta? Entra y verás.

Si la Iglesia, como el Señor, “alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes” (Sl 112, 7-8), que no se degraden los príncipes herederos del Cielo

La Iglesia siempre ejerció de forma consumada su misión de cuidar de los más necesitados. Cambian los tiempos y las dificultades de siempre se presentan bajo nuevos ropajes. El vicio degradante, que antes era el juego o el alcohol, hoy son las drogas. Y así, una lista interminable. La Iglesia ha hecho verdaderas maravillas en sus trabajos a favor de estos desafortunados ofreciendo múltiples oportunidades para mejorar a sus vidas. Pero sobre todo la Iglesia siempre se ha preocupado con aquello que el hombre más necesita: encontrar a Dios en su vida y vivir según sus mandamientos. Es una hermosa labor hacer compañía a un anciano, pero sacar a alguien de las tinieblas del error para vivir la vida de la gracia merece más nuestra admiración. Así ha hecho la Iglesia con innumerables almas beneficiadas por sus obras verdaderamente caritativas. Venerable Matt Talbot, un alcohólico irlandés rescatado del vicio y Santa Bakita, pobre esclava africana, liberada del yugo de la opresión, son dos ejemplos de este triunfo llevado hasta la gloria de los altares. La Iglesia no sólo los liberó de la miseria física, sino del peor de los males, la esclavitud al pecado. Las obras de misericordia siempre deben ser orientadas por la advertencia de Nuestro Señor: “Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” (Mt 16, 26). ¿Es este el cuidado que Francisco propone que se tenga en relación a los más desfavorecidos? ¿Procura incentivar un “apostolado” que meramente sacia la naturaleza humana, o quiere él una transformación más profunda, la santificación de las almas? Veamos lo que nos dice el Magisterio→.

Francisco y el discurso del “Pan de vida”. Graves omisiones y novedosas interpretaciones.

En el pasado mes de agosto Francisco comentó el famoso discurso del “Pan de vida” relatado en el sexto capítulo del Evangelio de San Juan.

La rica sustancia teológica de este pasaje siempre alimentó la fe de los adoradores eucarísticos e inspiró en las almas un mayor reconocimiento hacia el grande don que Cristo nos dejó en el sacramento del Altar. Y no sólo, la profundidad de sus palabras fue el punto de partida para importantísimas consideraciones doctrinales sobre la Eucaristía. La unánime consideración de este anuncio como figura del sacramento del altar propició un tesoro de comentarios de papas, santos y doctores que se fundamentan en las palabras claras y arrebatadoras de Jesús: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo”.

Del lado de los protestantes, sin embargo… al analizar este pasaje se hace todo tipo de esfuerzo para interpretar las palabras pronunciadas por nuestro Redentor en la sinagoga de Cafarnaún como una “metáfora” que alude a su muerte próxima. ¿Será porque no quieren alimentarse y adorar a Jesús realmente presente en el augusto Sacramento? A nosotros no nos cabe profundizar tal problema en este estudio, aunque mucho habría que decir sobre la infelicidad de los que cierran los ojos para no reconocer que Cristo está realmente presente en la hostia consagrada.

En esta entrada la pregunta es todavía más inquietante. ¿Por qué Francisco, el hombre que debe instruir la grey del Señor, omite cualquier referencia a la Eucaristía cuando comenta este discurso? ¿Será posible desarrollar un tema más necesario para el bien de los fieles que el de la presencia real en las Sagradas Especies, sobre todo en el contexto del evangelista San Juan?

¿Por qué rompe la tradición de la Iglesia Católica cuando, como veremos, hace suyas las interpretaciones de los protestantes? ¿Será porque a su juicio faltan argumentos sólidos en la innumerable extensión de autores católicos que expliquen la verdadera doctrina de estos versículos? Sin embargo éstos existen, son muy claros y nuestros lectores los pueden apreciar aquí para mejor juzgar esta importante cuestión. Entrar aquí→

Francisco, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si viene a perder su alma?

“La caridad comienza por la propia casa”. Este dicho popular expresa de forma sencilla y clara la actitud que debe tener un apóstol del Evangelio. De hecho, nadie puede dar lo que no tiene por lo que, en primer lugar, a un misionero le es necesario llenar su alma de la gracia para, sólo después, poder transmitir de forma efectiva la luz de Cristo y el perfume de las virtudes cristianas. Sí, para evangelizar no se puede mezclar el agua cristalina de la santidad con el barro del pecado, es decir, se debe buscar, ante todo la salvación de los demás, pero siempre evitando que, bajo el pretexto del apostolado, adecuemos nuestras almas a las malas influencias del mundo, poniendo en grave riesgo nuestro destino eterno. ¿De qué servirán obras y más obras si quien las hace se termina condenando por haber adoptado una estrategia apostólica imprudente? La Iglesia pone por delante de todo la eterna salvación de sus hijos, y por eso siempre fue vigilante a la hora de indicar el verdadero camino de la evangelización.  Leer más ⇒

Dos mil años de Redención… ¡puestos de lado!

“¡Señor Dios todopoderoso, Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia! ¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos en que voy a ocupar un sitio entre tus mártires y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo! ¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre tus mártires, y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea laudable! ¡Yo te alabo y te bendigo y te glorifico por todo ello, por medio del Sacerdote eterno, Jesucristo, tu amado Hijo, con quien a ti y al Espíritu sea dada toda gloria ahora y siempre! Amén.”

Esta conmovedora oración hecha por San Policarpo ante un estadio repleto de paganos fue su último acto antes de que los verdugos prendieran las llamas que lo llevarían a la muerte. Terminadas esas palabras que dejaba como testimonio de fidelidad a Cristo para los fieles de Esmirna, el fuego lo consumió milagrosamente como una hostia pura. El avance suave de las llamas, que como que los respetaban, fue comprobado por la multitud asombrada. Su sacrificio ocupa un lugar de honor en el martirologio.

Hecha en el siglo II en un contexto dramático, esta oración muestra la principal característica de cómo debemos nos dirigir a Dios Todopoderoso: presentada al Padre por medio de su Hijo Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo. Toda la Iglesia reza de esta manera desde los primeros siglos y así seguirá haciéndolo hasta el juicio final.

No cabe duda que hoy incontables cristianos son martirizados por profesar públicamente la fe, o que el deber de cada bautizado es declarar ante las multitudes, si es el caso, su adhesión a Jesucristo. Mutatis mutandis la situación de ese Padre Apostólico se repite en la Iglesia del siglo XXI, máxime si el Obispo de Roma es invitado a rezar públicamente. Sin embargo, el Papa Francisco prefiere omitir el nombre de Cristo para unirse más a los miembros de otras confesiones religiosas que, parece ser su juicio, adoran el mismo y único Dios. Pero surgen algunas preguntas: ¿Adoramos realmente el mismo Dios? ¿Judíos, musulmanes y cristianos podemos invocarlo en igualdad de términos e intenciones, esperando obtener idénticos frutos? Entra y verás… ⇒