Laudato si’ (I): Consideraciones colaterales

Pocas imágenes reflejan con tanta autenticidad y poesía la relación entre Dios y los hombres como el pastoreo. “Yo soy el Buen Pastor. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen” (Jo 10, 14.27). Inolvidables palabras del Pastor Eterno que llenan de confianza y seguridad a sus ovejas a lo largo de los siglos. Sí, en todos los siglos, pues el “eco” de la voz del Pastor se hace siempre oír de distintas maneras a los fieles. Una forma privilegiada es, sin duda, el Magisterio de la Iglesia que a través del munus de enseñar prolonga la voz del Divino Maestro por todos los tiempos, conduciendo su rebaño a praderas fértiles y defendiéndolo contra los lobos feroces. Y hasta hoy las “ovejas” saben reconocer quién les habla…

No hace muchos días el Papa Francisco publicó su segunda encíclica. La expectativa que la precedió es clarísimo síntoma del mencionado anhelo por encontrar allí el “eco” de la voz de Jesucristo cuidando su rebaño en los agitados días que vivimos. Venida a luz, “Laudato si’” –que Francisco desea incorporar a la doctrina social de la Iglesia– ha despertado una tan profusa como efímera reacción en los más diversos ámbitos, desde grupos ambientales radicales, hasta dirigentes políticos y sectores religiosos: simpatías, reservas, preocupaciones…

Así pues, delante de la importancia de este documento, el Denzinger-Bergoglio presenta un estudio más minucioso que los habituales, con una estructura conforme su presentación de siempre, pero con algunos elementos nuevos que ayuden al lector a conocer mejor los meandros poco comentados de la Encíclica y a emitir un juicio de valor razonable sobre el mismo, siempre de acuerdo con la doctrina inmutable de la Santa Iglesia.

En esta primera entrega, pareció oportuno hacer unas consideraciones colaterales, pues muchos no tiene claro algunos presupuestos esenciales al leer un documento pontificio, máxime como el que será objeto de nuestro análisis.Los católicos, ¿cómo debemos considerar esta encíclica? ¿Encontraremos en ella un auténtico eco de la voz del Buen Pastor para aclarar las cuestiones sociales de la actualidad? Dejemos que el mismo Magisterio nos responda. Entra aquí ⇒

El anhelo de una Iglesia horizontal

Al ojear escritos eclesiásticos de diferentes épocas llama la atención la frecuencia con que encontramos afirmaciones de pontífices, obispos y santos varones lamentándose de las adversidades por las cuales pasaba la Iglesia en su tiempo. Las tempestades que ataques de enemigos externos e internos levantaron contra la Barca de San Pedro son una constante durante sus dos milenios de victoriosa navegación, por lo que su impertérrito avanzar por todas las eras sólo se explica si tenemos en cuenta que la Iglesia no es una institución humana, sino divina. Nacida del lado abierto de Cristo pendiente en la Cruz y regada por su Sangre la Iglesia en sus elementos visibles debe, por consiguiente, buscar la realización de los deseos de su divino Fundador en lo referente a su constitución, santidad, misión e incluso gobierno.

En días en que muchos sectores cuestionan la forma de gobierno de la Iglesia una pregunta nos parece esencial, tan esencial cuanto, quizá, olvidada: ¿Cómo concibió Jesucristo esa Iglesia que es su propio Cuerpo Místico? Al llamar a los Doce y colocar San Pedro a su cabeza, ¿la quiso jerárquica? ¿O más bien “horizontal”? La respuesta está fácilmente al alcance de todos en las páginas del Magisterio, aunque algunos parezcan querer disimularlo… ¡Continúa leyendo!⇒

Quo vadis, Francisce?

En todos los tiempos, las historias -reales o idealizadas- de héroes nacionales han hecho vibrar los corazones de los jóvenes. En la adolescencia se sueña con grandes realizaciones fruto de aquel brío desinteresado y del amor al ideal que esta edad suscita. A tales corazones, ardientes e deseosos de épico, la Iglesia siempre presentó modelos que estimulasen la verdadera valentía, el heroísmo por antonomasia, el desinterés más genuino, en una palabra, la santidad. ¿Quién no se emociona con la vida arrojada de jóvenes como Santa Inés, San Luis Gonzaga o Santa María Goretti? ¿O con los propósitos juveniles, llevados con determinación hasta años más maduros, de un San Ignacio o de un San Francisco? ¿Cuál de ellos no enfrentó riesgos con una valentía heroica? Estos santos son ejemplo para los jóvenes y adultos de todos los tiempos. Lucharon y conquistaran la mayor de las batallas, la lucha contra sí mismo, contra sus pasiones y debilidades con las armas de la oración, del sacrificio y de la virtud.

En cierto momento de la historia apareció súbitamente otro tipo de “heroísmo” caracterizado por una dudosa abnegación en función de peligrosas utopías para cuya difícil consecución, si inciertos eran los medios que se usarían, mucho más lo eran los frutos que arrojarían. El historiador suele revelar que, muchas veces, por detrás de ese supuesto desinterés se movían espurios intereses personales o el deseo de saciar las más bajas pasiones. Es que, en el fondo, en esos “héroes” de marioneta no había verdadera entrega por un ideal, sino el egoísmo manipulado por manos ocultas con intereses ideológicos muy concretos. El grito de “revolución”, sea bajo los estruendos de la pica y la guillotina, bajo la hoz y el martillo, o bajo las mil y una facetas que adquirió sobretodo en los últimos siglos, fue la excusa perfecta para manejar los más bajos instintos, cuántas y cuántas veces con la finalidad de destruir la Iglesia Católica, las sanas costumbres o instituciones venerables y milenarias. Por todo eso, la palabra “revolución” viene acompañada de unas connotaciones que ningún católico puede aceptar… y cabe preguntarse, ¿alguien puede imaginar a los jóvenes que mencionamos al inicio enarbolando la bandera de alguna revolución? ¿puede ser ese el grito de guerra de la santidad?

Últimamente vemos otra derivación de la palabra “revolución”. Ahora se dice “hacer lío”. Dentro de la Iglesia se incentiva el “lío” a todo vapor. Lío en las calles, en las diócesis, en las familias, en la sociedad. Lío, lío, lío. ¿Ese fue el designio de Jesucristo para su Iglesia? ¿Qué pensar de todo esto? Y lo más sorprendente, es cuando hace dos días, como término de su viaje al Continente de la Esperanza, se oye al mismo que debería ser el Dulce Cristo en la Tierra: “Ayúdenme para que siga haciendo lío” (Paraguay, 11 de julio de 2015).    ¡Continúa leyendo!⇒

100 millones de muertos… ¿en favor de los pobres?

Hace un siglo el mundo se vio sumergido en el más terrible caos. Todas las batallas vividas hasta entonces por la humanidad parecían de juguete en comparación con la dinámica bélica del siglo XX. Y no apenas por el aparato militar, sino también por la saña doctrinal utilizada para oprimir la humanidad.Continue Reading

«Quién soy yo para juzgar». El Sumo Pontífice y la suprema potestad de juzgar bajo el yugo de la dictadura del relativismo

Desde la Antigüedad, al constituirse el hombre en sociedad, la potestad de juicio ha sido atribuida a personas o grupos cualificados para juzgar las cuestiones o delitos que suele haber en la convivencia humana. En el Antiguo Testamento Moisés manda que sean elegidos hombres sabios, prudentes y expertos de entre el pueblo para guiar y juzgar las tribus en sus asuntos y pleitos, pues él solo ya no podía más (cf. Dt 1,12-17). Desgraciadamente, la miseria humana fue corrompiendo muchos de los que tenían tal encargo y, ya en su tiempo, Jesús fue muy severo con los que, en su hipocresía, apuntaban la “mota del ojo” de sus hermanos para juzgarlos y no arrancaban la “viga” del suyo (cf. Mt 7, 3). Por eso advirtió en el Sermón de la Montaña: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros” (Mt 7, 1-2).Continue Reading

Una imagen vale más que mil palabras, ciertos gestos más que un documento…

Con razón se dice que una imagen vale más que mil palabras. Por eso, el elocuente mensaje mudo que nos envían ciertos gestos merece muchas veces nuestra atención tanto como ciertas declaraciones o documentos, a fortiori en la persona de aquel que tiene ex officio la misión de representar a Jesucristo, de ser su Vicario en la tierra. Para comprender mejor lo que nos “dicen” las imágenes que acompañan esta entrada, puede ayudarnos recordar algo de la doctrina de la Iglesia acerca de la bendición.
Según el Catecismo es un sacramental, “una alabanza de Dios y oración para obtener sus dones” (n. 1671). Algunas bendiciones más solemnes están reservadas a los obispos, otras corresponden a los sacerdotes y otras a los diáconos, en cuanto “administradores de los misterios de Dios” (1 Cor 4, 1). También a los fieles, en virtud del sacerdocio común recibido en el bautismo, les corresponden algunas bendiciones específicas como, por ejemplo, las que tradicionalmente dan los padres a sus hijos.
Algunas “bendiciones”, sin embargo, causan inquietud… ¿Es válida la bendición dada por un hereje? ¿Es lícito pedírsela? ¿Qué significado tiene un gesto así? El Magisterio, los Padres y los Doctores nos responden con la precisión acostumbrada. Veamos →

¿Cuál es la prioridad absoluta de la Iglesia?

San Pío X alertaba contra los pastores dedicados “a hacer el bien, sobre todo en los problemas del pueblo” pero que se preocupan “mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana”. Esta advertencia, realizada en una época en que la sociedad era incomparablemente más cristiana que en nuestros días, nos hace recordar las palabras del Divino Maestro: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). ¿Qué pensar delante del agravamiento de esa situación en nuestros días? Surge la pregunta de si las palabras del Pontífice deberían pesar más en otro camino o si, más bien, convendría que insistieran con más fuerza en el mismo sentido. En un mundo donde valores familiares tienden a desaparecer, donde el amor a Dios es puesto en un plano secundario, cuando no enteramente de lado, y donde los preceptos divinos son tomados con indiferencia general y obedecidos tan sólo por una minoría, ¿cuál debe ser la preocupación más urgente de la Iglesia? A primera vista, debe ser la formación catequética intachable, la transmisión de su santa doctrina a sus hijos desorientados y perdidos en un mundo materialista y ateo… ¿O quizá sea el foco de atención deba ponerse en el desempleo, la soledad de los ancianos, pobreza y corrupción? ¿Acaso estos males no son fruto de una sociedad sin fe y sin Dios? ¿Tenemos que ir a la raíz de los males, o calmar apenas los síntomas? La Santa Iglesia tiene respuestas. Veamos →

Las cosas claras y el chocolate espeso… ¡no! Hay que abrir nuevos espacios

Santo Tomás de Aquino desveló en cierta ocasión uno de los secretos que permite entender mejor la unicidad y el brillo de su obra intelectual. Adaptando un poco los términos, él explicaba que nunca avanzaba en el desarrollo de un pensamiento, en la búsqueda de una respuesta, si no tenía plena seguridad de que sus pasos anteriores estaban fundamentados en verdades incuestionables. En este sentido, no es difícil encontrar elogios del magisterio de la Iglesia a los grandes doctores por su claridad e seguridad, características que permitieron a la Iglesia explicitar su doctrina sobre terreno firme y, a continuación, ponerla al alcance de todos los fieles con facilidad y sin misterios. Así son las enseñanzas de los Papas desde hace dos mil años, cumpliendo una exigencia del Salvador al traer la buena nueva: “Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno” (Mt 5, 37). Tampoco supone novedad el método de la Iglesia al exponer con claridad sus normas disciplinares para orientar sus fieles en el camino de la salvación.

Pues bien, ¿sería este un camino que no lleva a encontrar nada, una visión estática e involutiva que transforma la fe en una ideología cualquiera? Veamos lo que a este respecto nos dice hace 2000 años la Iglesia.

“Id al mundo entero…” ¿para hacer discípulos o para qué?

Las realidades espirituales superan las naturales y con frecuencia no están al alcance de nuestra inteligencia. Por eso el divino Maestro solía valerse de analogías para explicar a sus seguidores las maravillas del Reino. Entre ellas está la parábola de la levadura: “El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta” (Mt 13, 33). Con variados matices, los Padres, Doctores y el Magisterio de la Iglesia siempre han visto en esta imagen un símbolo del dinamismo de la predicación apostólica que, en obediencia al mandato del Redentor —“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19)— debería alcanzar al mundo entero y transformar la redondez de la tierra. ¿Se habrían equivocado los Apóstoles en lo referente a la extensión y el objeto de su misión? Veamos lo que nos dice el Magisterio →

La autodenominada “arzobispo de Uppsala», “querida hermana”: ¿Hasta dónde puede llegar el diálogo ecuménico?

“Un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16)… No fue otro el deseo de Cristo al dejar a los Apóstoles el mandato de “evangelizar a toda criatura” (Mc 16, 15). Sin embargo, a lo largo de la historia, se desgarraron algunas ovejas de su rebaño y, “separándose de la plena comunión de la Iglesia no pocas comunidades” (Unitatis redintegratio, n. 3), rasgaron la unidad de la túnica inconsútil de Cristo. La Iglesia Católica ―universal y necesaria para la salvación―, a ejemplo del Buen Pastor, no deja de acoger a las ovejas que quieren volver a la unidad de su redil, dialogando con ellas. ¿Pero, puede en este diálogo la Iglesia dejar de ser ella misma y ocultar su doctrina y la identidad de su fe a los cristianos separados, en nombre de un mal entendido ecumenismo? ¿Airear sin sonrojarse cordiales relaciones con quien ostenta el pseudosacerdocio femenino de algunas confesiones cristianas es verdadero ecumenismo o un sincretismo manifiestamente peligroso para la fe? ¿No sería como mínimo una inconveniente indiferencia en relación al episcopado católico hablar de “promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades en todo el mundo”, equiparándolo tendenciosamente a un pseudoepiscopado femenino? Recordemos un poco la enseñanza católica acerca de estos temas. Entrar en el Denzinger-Bergoglio

La ascesis, silencio y penitencia… ¿un desvío o un camino que conduce al verdadero objetivo?

“Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos” (Mt 7, 18), dice Jesús en el Evangelio. Seguramente sería señalado como loco el botánico se atreviera a decir que un árbol es malo mientras ve que da frutos excelentes, sabrosos y de comprobado valor nutritivo. Le tomarían por un charlatán, por exponer semejante opinión sin fundamento.

Es más o menos lo que pasa en el jardín espiritual de la Iglesia. A lo largo de los siglos, muchos árboles –las distintas escuelas de espiritualidad– fueron plantados en su suelo y produjeron magníficos y variados frutos. Algunos de ellos, además de alimentar a los miembros de las respectivas fundaciones, extendieron sus beneficios a otras familias religiosas o incluso a los fieles laicos, que así pudieron beneficiarse de la savia sagrada de la gracia, la cual, en cualquiera de sus variadas presentaciones, estimula los hombres a buscar la perfección de la caridad, esto es, la santidad.

Uno de esos árboles generosos, especialmente privilegiado, es el que plantó en su día San Ignacio de Loyola con los Ejercicios Espirituales. Basta dar una ojeada en el santoral de los últimos cinco siglos para ver cuáles fueron los frutos de ese método que le valió al fundador de la Compañía de Jesús el título de Patrono de los Ejercicios Espirituales.

Ahora bien, ¿qué debemos pensar de las palabras de Francisco acerca del modo tradicional y consagrado de hacer los Ejercicios espirituales? Veamos aquí

¿La Iglesia, un sol que ya no debe iluminar?

“De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello”, dijo Santa Juana de Arco con la impresionante precisión teológica que, incluso no siendo letrada, le daba su gran unión con el Divino Salvador. Jesucristo confió a su Iglesia la misión de iluminar a todos los pueblos, anunciándoles la Buena Noticia de la salvación. Esa misma luz, sin embargo, alegra a unos y molesta a otros, pues “el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras” (Jn 3, 20). Ser lumen Christi en el mundo significa poner de manifiesto la verdad, pero también denunciar el error. ¿Qué pensaríamos, entonces, si alguien acusase a la luz de una especie de narcisismo espiritual por cumplir precisamente aquello que es propio a su condición de luz? Entra aquí y descubre lo que nos enseña el Denzinger-Bergoglio →