¿Locura o megalomanía?

En los campos de concentración surgidos a lo largo de toda la tierra en los últimos tiempos, hemos podido constatar el innumerable “ingenio” de la humanidad para engendrar sufrimientos inhumanos a los presos, que más parecen surgidos de la mente del Maligno. Malos tratos físicos y presiones psicológicas de todo tipo podían hacer que en poco tiempo la víctima se encontrase en un estado no muy lejano al fallecimiento. Continue Reading

¿El anuncio del Evangelio ya no conlleva acentos doctrinales y morales?

Los preceptos negativos tienen gran papel en la formación moral del hombre. Sirven para recordarle que es finito, contingente y pecador, hecho para obedecer amorosamente a un Ser absoluto que lo creó y gobierna según designios insondables. El humilde reconocimiento de esta condición evita al hombre cualquier sobresalto cuando una autoridad religiosa o aquellos que le son superiores le indican en nombre de Dios normas que deben ser cumplidas, lo cual es natural para quien comprende esta verdad y se sabe necesitado de auxilio para no caer en errores.Continue Reading

A vuelta con la “Amoris Lætitia”, ¿qué trato merecen los pecadores públicos?

El pasado 27 de febrero, durante una rápida audiencia que no duró ni siquiera treinta minutos, Francisco recibió al actual Presidente de Argentina Mauricio Macri, acompañado de su concubina, Juliana Awada, y otros políticos de su partido. Ya tuvimos oportunidad de comentar varios aspectos colaterales sobre esta visita (aquí), pero en la audiencia sucedió algo de mucha más gravedad y que despertó preocupación en numerosos católicos. Continue Reading

¿Dios no condena, sólo ama y salva? ¿Seguro?

“El misterio de la cruz es la respuesta de Dios al mal del mundo”. Con estas palabras Francisco encerraba su primer Via Crucis en el Coliseo como Obispo de Roma, durante un breve discurso que prenunciaba sus futuras predicaciones centradas en el perdón y la misericordia. El pontífice explicó de manera novedosa el significado de la inmolación del Cordero de Dios, que habría ofrecido su vida en la cruz para decirnos una palabra de amor más fuerte que de justicia.

El sentido de esta frase de acuerdo con la doctrina católica es que en el Madero Sagrado el Hijo de Dios sacrificó su vida por el género humano privado de la vida de la gracia e impedido de gozar la eterna bienaventuranza a causa de sus culpas. Su ofrenda reparó junto al Padre el abismo insuperable que nos separaba de Él, abriéndonos las puertas del cielo. Por lo tanto, fue un acto de suma justicia.

Entre la justificación del hombre y su salvación eterna hay un largo camino de perseverancia que debe ser recorrido, y que consiste en el abandono del pecado con la ayuda divina. Enseña San Hilario que “El mismo Padre que preparó para los justos el reino al que su Hijo hace entrar a quienes son dignos, así también preparó el horno de fuego para quienes por mandato del Señor serán arrojados en él por los ángeles que enviará el Hijo del Hombre”. Todo dependerá de las disposiciones de cada cual y de su correspondencia a los designios de Dios. Lo cierto es que la problemática del juicio, de la gravedad del pecado y de la condenación eterna persiste después del sacrificio del Calvario, por mucho que se quiera quitarle importancia.

Sin embargo, cuando escuchamos que “El misterio de la cruz es la respuesta de Dios al mal del mundo” y la interpretación que se siguió a este bello enunciado, ¿podemos estar seguros de la ortodoxia de lo que nos es transmitido? ¿No serían más bien palabras que preparaban un pontificado que “no responde al mal” y que prefiere “permanecer en silencio” cuanto a este tema? ¿Cómo entender esta confusión en medio de un Jubileo de la Misericordia cuyo sentido no le ha quedado claro a casi nadie? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio →

Cuando los pobres expulsaron a Cristo…

Del corazón brota el amor, del corazón brota la compasión, del corazón fluye la vida. En un hogar, los hijos son la preocupación principal de la familia, pero el corazón es la madre. Sin la madre, ¿qué son los hijos?

En la vida cristiana, también tenemos un corazón que ama, que compadece, que da vida, pero no es un corazón de una madre sino un Divino Corazón: es Jesús. Él mismo es el corazón que vela por sus hijos, que cuida de los pobres, tanto los de bienes materiales como de espirituales. Jesús es el Corazón de la Buena Nueva, que anuncia a todos sin excepción el mensaje de salvación. Es el proprio redentor que nos estimula en el camino de conversión con palabras de compasión: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Tenemos cuidado en no atribuir a los hijos, objeto del desvelo de la madre, el corazón, que es de ella. Sin Jesús, ¿que sería de los pobres? El Evangelio es sobre todo el anuncio de Jesús Cristo y su amor por nosotros. Veamos lo que el Magisterio bimilenario de la Iglesia tiene para enseñarnos. Entra aquí→

¿Quiénes son los guías auténticos que los fieles deben seguir?

Un estudiante universitario serio se prepara con diligencia para los exámenes finales. Del buen éxito de los mismos dependerá su futuro profesional. Además de asistir a las aulas, consultará varias fuentes, pedirá consejo a personas que ya han estudiado las mismas asignaturas, recogerá opiniones de gente capacitada, pero… de todas formas su atención principal se centrará en las enseñanzas recibidas de los maestros. Nadie estudia para los exámenes poniendo su seguridad en los consejos que recibió de los compañeros. La seguridad le viene cuando sigue las orientaciones que recibió de quienes tenían el encargo de enseñar.

Del mismo modo, nuestra vida espiritual es una continua preparación para el examen final que es el juicio del que dependerá nuestra vida eterna. Aunque recibimos con alegría y gratitud, incluso como una verdadera necesidad, los consejos de nuestros amigos, es imprescindible apoyarse esencialmente en la dirección de los auténticos maestros que el proprio Redentor designó con la misión de enseñar, guiar y santificar a su grey. Nuestro destino eterno es demasiado serio para que nos apoyemos solamente en los hermanos o hermanas mayores. Veamos lo que nos enseña el Denzinger-Bergoglio→

¿Qué testimonio los religiosos deben dar al mundo? ¿De virtud o de pecado?

Imaginemos una persona que se pone gravemente enferma y después de muchas tentativas de curarse encuentra por fin un médico que le receta un medicamento eficaz. Después de algunos días de tratamiento, está curada. Naturalmente, la gratitud le hará dar a conocer a tantos cuantos pueda la competencia del facultativo y la eficacia de la fórmula que éste le prescribió, resaltando lo grave que era la enfermedad de la cual la han salvado. Su testimonio, además de ensalzar al médico, servirá para experiencias ulteriores sobre esa molestia y animará a cuantos la padezcan a esperar la curación. ¡Evidentemente, nadie pensará que esta propaganda acarrea una apología de la triste condición de enfermo…

Algo parecido pasa en el plano espiritual. Todos los hombres estamos contagiados de una misma enfermedad ―el pecado― y tenemos necesidad de ejemplos vivos que nos incentiven a alcanzar la perfección, pues aunque parezca difícil, basta con que recurramos al Divino Médico y nos beneficiemos de su gracia que esto será posible. El mismo Dios cuidó de designar a algunos hombres y mujeres con la especial vocación de servir como testimonio de santidad para los demás. Son aquellos que abrazan los consejos evangélicos como medio de conquistar la perfección de la caridad. Su vida debe ser una continua manifestación del poder del Dios amoroso, que se hizo hombre como nosotros para librarnos del pecado. ¿Qué pensar, pues, de un religioso que no refleja en su vida ese poder divino, contentándose en enorgullecerse de que es pecador como los demás? Veamos lo que nos dice el Magisterio →

Quién es el centro de la fe cristiana, ¿Jesús o el hombre?

La fe católica que recibimos el día del bautismo está centrada en la persona de Jesucristo, Unigénito del Padre, Señor de toda creación y Redentor de la humanidad. A primera vista, nadie se atrevería a contestar esta sencilla afirmación tan evidente para quien recita el Credo con devoción. Inundado sinceramente por esta fe, el cristiano vive según los mandamientos y no se asusta con los sufrimientos y dificultades de la vida. Al encontrarse con alguien que necesita ayuda no ahorra esfuerzos para aliviarlo; recordando mientras tanto que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3).

Vivir la fe en nuestros días exige una actitud permanente de coraje y heroísmo, pues son muchos los que no comprenden, no apoyan y hasta llegan a perseguir a los que se apartan radicalmente del pecado, se confiesan con frecuencia, asisten la misa dominical y buscan conformar su mente y corazón a los de Jesús. A estos héroes de lo cotidiano les sorprenderá que alguien diga que no es necesario entrar en choque con las costumbres del mundo, pues para vivir la fe basta ayudar a los demás, sin distinciones. O sea, más que vivir para Cristo, basta dedicarse al hombre ¿Es así de sencillo? ¿Cómo nos enseña el Magisterio a vivir la fe teniendo en vista la salvación de nuestras almas? Entra aquí para descubrirlo

Dos mil años de Redención… ¡puestos de lado!

“¡Señor Dios todopoderoso, Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia! ¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos en que voy a ocupar un sitio entre tus mártires y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo! ¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre tus mártires, y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea laudable! ¡Yo te alabo y te bendigo y te glorifico por todo ello, por medio del Sacerdote eterno, Jesucristo, tu amado Hijo, con quien a ti y al Espíritu sea dada toda gloria ahora y siempre! Amén.”

Esta conmovedora oración hecha por San Policarpo ante un estadio repleto de paganos fue su último acto antes de que los verdugos prendieran las llamas que lo llevarían a la muerte. Terminadas esas palabras que dejaba como testimonio de fidelidad a Cristo para los fieles de Esmirna, el fuego lo consumió milagrosamente como una hostia pura. El avance suave de las llamas, que como que los respetaban, fue comprobado por la multitud asombrada. Su sacrificio ocupa un lugar de honor en el martirologio.

Hecha en el siglo II en un contexto dramático, esta oración muestra la principal característica de cómo debemos nos dirigir a Dios Todopoderoso: presentada al Padre por medio de su Hijo Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo. Toda la Iglesia reza de esta manera desde los primeros siglos y así seguirá haciéndolo hasta el juicio final.

No cabe duda que hoy incontables cristianos son martirizados por profesar públicamente la fe, o que el deber de cada bautizado es declarar ante las multitudes, si es el caso, su adhesión a Jesucristo. Mutatis mutandis la situación de ese Padre Apostólico se repite en la Iglesia del siglo XXI, máxime si el Obispo de Roma es invitado a rezar públicamente. Sin embargo, el Papa Francisco prefiere omitir el nombre de Cristo para unirse más a los miembros de otras confesiones religiosas que, parece ser su juicio, adoran el mismo y único Dios. Pero surgen algunas preguntas: ¿Adoramos realmente el mismo Dios? ¿Judíos, musulmanes y cristianos podemos invocarlo en igualdad de términos e intenciones, esperando obtener idénticos frutos? Entra y verás… ⇒

La catequesis, ¿un camino privilegiado para la actuación del Espíritu Santo o método comparable al yoga o zen?

En los Hechos de los Apóstoles encontramos la interesante historia de un etíope, ministro de la reina Candaces, que había viajado a Jerusalén para adorar al Dios verdadero. Sin embargo, este alto funcionario de la corte regresaba a su patria lleno de inquietudes con respecto a las Escrituras, que meditaba sin alcanzar su verdadero sentido. Dentro de una carroza, leyendo el rollo del profeta Isaías, se detenía en esta parte: “Como cordero fue llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, así no abre su boca. En su humillación no se le hizo justicia. ¿Quién podrá contar su descendencia? Pues su vida ha sido arrancada de la tierra.” (Is 53, 7-8)

El mismo Espíritu Santo que le inspiraba el deseo de conocer la buena nueva sobre el Hijo, también preparaba una maravillosa respuesta a sus preguntas: envió el Diácono Felipe para instruirle en la fe, mandando que se acercara y se pegara a la carroza. He aquí la descripción de los Hechos: “Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó: ‘¿Entiendes lo que estás leyendo?’ Contestó: ‘¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?’ E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él.” (Hch 8, 30-31)

Entonces le explicó la verdad sobre Jesucristo y sus palabras abrieron el alma del hombre para la fe, tanto que pidió el bautismo en aquel mismo instante. Tras cumplir con su misión el Espíritu arrebató a Felipe para evangelizar la ciudad de Azot, mientras “el eunuco continuó su camino lleno de alegría.” (Hch 8, 39)

Este episodio de la Iglesia naciente indica el modo de obrar de Dios: Él inspira las almas para que unas instruyan a otras y así mueve los corazones para la realización de sus planes. Este modo habitual del obrar divino explica la necesidad irrenunciable que tiene la Iglesia de la predicación y de la catequesis.

Hay quien defiende, no sin razón, la actuación directa del Espíritu Santo en las almas, prescindiendo de la enseñanza doctrinal. No cabe duda que eso puede pasar, pero lo extraordinario no abole lo normal, que, por cierto, no puede ser infelizmente equiparado, ni siquiera por una licencia coloquial, con otros métodos gravemente contrarios a la religión cristiana. Por todo ello, conviene que estudiemos bien ese tema y encontremos en la doctrina magisterial las respuestas que necesitamos. Leer más ⇒

Laudato si’ (II): Los olvidos de Francisco

Anuncios, noticias, mensajes de redes sociales… nos bombardean por todos los lados. Y muchas veces las informaciones que nos dan se contradicen unas con otras. ¿A quién escuchamos? ¿Qué rumbo seguir? ¿Con quién está la verdad certera?

Es lanzada una encíclica y, como católicos, la leemos sedientos en busca de orientaciones que den sentido a nuestra vida; que marquen los pasos que debemos dar para vivir nuestra santa religión con autenticidad en medio de una sociedad devastada por el pecado. Esperábamos palabras claras que nos fortalecieran en la fe de la Iglesia tan vilipendiada en el actual momento histórico. Pero… encontramos advertencias sobre el cuidado de la naturaleza. Los ecologistas se sintieron estimulados, los agoreros del cambio climático estimulados, las personas de otras religiones respetadas y nosotros los católicos… olvidados, desamparados y, ¿por qué no decirlo? Un tanto perplejos… ¿No es Jesucristo el centro de nuestra fe? ¿Por qué este documento se refiere a Él y a su Iglesia de una forma tan difusa y secundaria? ¿Es realmente el cuidado de la creación lo más importante en la vida de un cristiano, sobretodo en estos tiempos? ¿Conquistaremos el cielo simplemente cuidando y amando criaturas irracionales?

Delante de estas inquietudes, parece que nos cabe fijar la atención en aquella Luz que jamás cesa de brillar, en la fuente de toda Verdad, en la voz infalible de los Papas y del Magisterio de la Iglesia. Y ver qué nos tiene que decir –¡muchas cosas!– sobre los temas tratados en esta Encíclica ¿Cuál debe ser la postura de un fiel delante de toda la obra de la creación?

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¿Qué vale más, el pan que quita el hambre o la palabra que alimenta el alma?

San Juan Crisóstomo compara la educación de un niño con la elaboración de una maravillosa estatua para Dios. Según el Doctor de la Iglesia la misión confiada a los padres de manera inmediata y privilegiada es llevarlo a la práctica de la virtud, enseñándole a amar el verdadero Dios y “a marcar todo lo que diga y haga con el signo de la cruz”.

La omisión en este campo, sin duda una de las más importantes, deja los tristes resultados que la sociedad de nuestros días nos permite comprobar y, por eso, los Papas no dudaron en calificarla peligrosa, perjudicial, injusta e incluso gravemente culposa.

Por tanto, aunque se escuche que lo importante es no dejarlos pasar hambre y darles escuela ¿es verdad que podemos ser indiferentes en relación a la educación religiosa de los niños? ¿Basta darles el alimento corporal para cumplir la misión confiada por el Señor a los padres? ¿Si ellos reciben la educación de cualquier confesión religiosa, llegarán a ser buenos cristianos?

Todas estas preguntas ya fueron respondidas por el sabio Magisterio de la Iglesia y aunque se hagan afirmaciones para agradar a propios y extraños, tenemos elementos para elegir lo correcto. Veamos aquí →