La formación de las conciencias, ¿actuación materna de la Iglesia o alarde de fariseísmo eclesial?

La conciencia es aquel lugar sagrado en cuyo interior nos encontramos a solas con Dios y nos jugamos el negocio más importante de la existencia: la salvación o la perdición nuestras almas. Y tenemos obligación de orientarla siempre en el mejor sentido, pues, de lo contrario, podemos comprometer culpablemente en un fugaz instante la amistad con Él y la vida de la gracia que nos concede. Sin embargo, tan errante es la condición humana, que tan sólo en la enseñanza inmortal de la Iglesia podemos encontrar esa seguridad.

La educación de las conciencias es una de las más bellas misiones confiadas por el Redentor a la Santa Madre Iglesia. Misión que llamaríamos angélica, sino fuera porque es divina… ¡Ojalá todos pensaran así! Entra y sorpréndete…

Las comunidades contemplativas, ¿explosión de vitalidad o enfermedad eclesial?

Desde el principio del Cristianismo hubo hombres y mujeres que, deseosos de mayor entrega a Dios, se apartaron del mundo y dedicaron sus vidas a la oración, el ayuno y la penitencia en intimidad con el Señor. Muchos alcanzaron tal fama de santidad que acabaron por atraer muchedumbres a su alrededor y el ejemplo de sus vidas despertó en muchos el deseo de imitarlos en las vías de la perfección. Surgieron de esta manera pequeñas comunidades que fueron el germen de las órdenes religiosas.

Desgraciadamente, no es raro encontrar quien, afectado por una visión despojada de todo cariz sobrenatural, tenga este santo aislamiento por cobardía egoísta. Ignoran éstos el valor que tiene la oblación de las almas contemplativas para la acción evangelizadora de la Santa Iglesia. Ella sabe muy bien que la inacción del misionero sería tan culposa como el abandono de la contemplación por parte de aquellos que fueron llamados a esa vocación. En vista de estos presupuestos, ¿tienen cabida ciertas generalizaciones? Veamos aquí…→

¿Las almas de los malos serán aniquiladas o eternamente castigadas?

¿Qué pasará después de la muerte? ¿Adónde iremos? He aquí, una de las grandes inquietudes del hombre, cristiano o no. Cuántas veces, a lo largo de la historia, se buscó una respuesta a la misma que no exigiese una moral consecuente con la creencia de una vida eterna y un Dios que premia y castiga. Las enseñanzas escatológicas de la Iglesia, fundadas en la revelación y en la tradición, y recogidas a lo largo de los siglos por el magisterio responden a estos interrogantes con autoridad y sabiduría. Y por ser depositaria de la verdad, tiene un afán misionero que emana del mandato de Cristo para anunciar el Evangelio a todos los pueblos y busca atraer todas las almas a su verdad perenne. Pero, ¿cuál es la verdad sobre este tema? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio→

¿Dios es indiferente a las obras buenas o malas?

¿Qué opinaríamos de un libro de cocina que esconde cuáles son los principales ingredientes de sus recetas y, para colmo, explica de forma confusa los pasos para preparar cada plato? Ahora bien, cualquier manjar terreno, por exquisito que sea, pierde toda su importancia delante de un asunto tan delicado como nuestro destino eterno. Pues bien, al interpretar ciertas palabras del Papa Francisco en su entrevista a Antonio Spadaro, poco menos que algunos han querido reducir esta problemática esencial a un simple axioma que se podría resumir así: “Dime con quien andas y te diré si estás salvado o condenado”. En efecto, si nuestra salvación eterna no depende de lo individual y sí exclusivamente de nuestra pertenencia al pueblo de Dios, es indiferente que nuestras obras sean buenas o malas. Pero si esto es verdad, ¿para qué esforzarse en practicar la virtud y permanecer en el estado de gracia? ¿Nuestro destino eterno no estaría dependiendo más de las comunidades humanas y las dinámicas populares que de nosotros mismos? Para evitar juicios confusos, nunca será excesivo recordar la doctrina católica verdadera sobre la conquista de la eterna bienaventuranza. Veamos lo que nos dice el Magisterio de la Iglesia →

“Señor ¿son pocos los que se salvan?”

A pesar del indiferentismo de nuestros días, con frecuencia aflora en las almas aquella misma pregunta que alguien, quizá afligido con la perspectiva de la condenación eterna, le hizo en su día al Redentor: “Señor ¿son pocos los que se salvan?” (Lc 13, 23). Y aunque casi nadie quiera efectivamente reconocerlo, sabemos que la problemática de la felicidad eterna se relaciona con la práctica de los mandamientos, la perseverancia en el estado de gracia y la firme adhesión a la única Iglesia verdadera. Hoy algunos, contaminados por falsas teorías, plantean la cuestión en términos simplificadores que buscan, equivocadamente, mostrar el camino hacia el Cielo tan espacioso como el de la condenación eterna (cf. Mt 7, 13), pero la verdad siempre ejercerá sobre los rectos de corazón el mismo poder de atracción y la misma fuerza de conversión de siempre. Son esos los que descubren que el  (cf. Mt 11, 30) pero que el Cielo sólo “los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12). Entremos en el Denzinger-Bergoglio y veamos lo que nos dice el Magisterio.

¿Hechos hijos de Dios sin el bautismo?

Cuando nos enteramos del nacimiento de un niño, no es raro que digamos o escuchemos que acaba de nacer un nuevo hijo de Dios. Sin embargo, este modo de expresarse en el lenguaje corriente, sin cualquier tipo de maldad, esconde una profunda imprecisión. De hecho, ¿quién puede llamar hijo suyo a quién? ¿Puede uno decir con propiedad que el hijo de su vecino es su hijo? ¿O que lo es su perro? ¿O siquiera un cuadro que pintó? En realidad, para ser hijo, real y propiamente hijo, es necesario haber recibido del padre su propia naturaleza. Por eso llamamos padres a los que nos transmitieron la vida humana. También hay un Padre insuperable, el Padre del Cielo, que desea transmitirnos una vida mucho más elevada, la valiosísima vida divina, porque desea poder llamarnos hijos suyos de verdad. Este magnífico don nos es dado a través de la gracia santificante. Pero ésta, después del pecado original, no viene automáticamente con el nacimiento… y por eso, al nacer, aún no podemos decir que somos hijos de Dios, ¡tenemos que nacer de nuevo! De cualquier modo, nada más perdonable que esa inexactitud teológica popular… Perdonable, claro está, para quien no tiene ex officio la misión de enseñar la Verdad… Veamos lo que nos dice el Magisterio

“El todo será todo en todos” ¿Una inmanencia teológico-panteísta?

Cuando un niño llega a la edad de los porqués y le pide a su padre que le explique quién es Dios, la respuesta siempre remite a alguien, un Ser perfecto, inconmensurable, todopoderoso, que gobierna la creación con sabiduría y nos acompaña a todos para llevarnos al cielo, su eterna y maravillosa casa. Afirmaciones sencillas que son aceptadas con toda naturalidad por quien recibió el don de la fe en el bautismo. Tanto es así que, sin entrar en menudencias teológicas, suenan raras a los oídos de un católico ciertas verdades extrañas a esa misma fe.

Más allá de aquello que es capaz de captar un niño en su sencillez, están los dogmas acerca de la esencia divina. Entenderlos de un modo diferente al que la Iglesia enseña supone aventurarse por sendas escabrosas, y enseñarlos de modo confuso, puede significar un grandísimo error pastoral. Entra en el Denzinger-Bergoglio y descubre esto →

¿Caridad exclusiva y excluyente?

Por más que algunos se empeñen en presentarlo así, el amor hacia los pobres no es una novedad nacida de la Iglesia de Cristo durante los últimos años. Fue el Divino Redentor quien dio el ejemplo y dejó esa sorprendente ley de la caridad, que hace que sus seguidores encuentren en los que sufren la imagen del mismo Jesús que los inspiró a socorrerlos.

Sin embargo, el llamado divino a la conversión fue dirigido a todos, pobres o ricos, y la pobreza que mereció el título de bienaventuranza fue la del espíritu: el desapego de las cosas de este mundo y la humildad. Por eso, delante de algunas visualizaciones sesgadas, cabe preguntarse, ¿habrá pobres que son ricos en espíritu y ricos que son desapegados? ¿Es la “opción por los pobres” exclusiva y excluyente?

Si la idea de “carne de Cristo” tiene relación con la de Cuerpo Místico, ¿es la pobreza de las periferias lo que hace el hombre parte de este Cuerpo? El Magisterio nos enseña qué es el Cuerpo Místico de Cristo y cuáles son sus verdaderos miembros. Ver más…→

La obligación de predicar la verdad contraría al mundo

El bien espiritual del pueblo de Dios depende del anuncio del Evangelio confiado por el mismo Jesucristo a San Pedro y los Apóstoles. Los verdaderos fieles esperan de sus pastores la transmisión íntegra de las verdades eternas, incluso cuando estas chocan con el mundo. Otros, muy al contrario, desearían que esto cambiase para vivir con la conciencia más tranquila. De este modo, la fidelidad de la Jerarquía a su misión implica proclamar “con ocasión o sin ella” la palabra de salvación y enfrentar no pocas enemistades entre los que viven apartados de la verdad.  Leer más aquí →.

¿La Iglesia ha cerrado las puertas del infierno?

Hay verdades incómodas que quisiéramos olvidar… por comodidad. Aunque esto no nos convenga lo más mínimo, algunos, sin embargo, hacen todo lo posible, pensando que a fuerza de negar una verdad, ésta dejará de serlo.

Hace poco más de un mes leíamos en algunos noticiarios de dudosa religiosidad titulares como estos: “El Papa Francisco revisa la teología del infierno”[1]; “¿Existe el infierno eterno? Papa Francisco estaría abierto a revisar esta idea”[2]; “Papa Francisco revisa dogma del castigo eterno en el infierno”[3]. Para sustentar tesis tan irrisoria en artículos carentes de toda honestidad intelectual, se basaban en una afirmación realizada por el Papa Francisco en la misa con los cardenales recién creados en el último Consistorio.

Como son precisamente estas verdades las que los verdaderos pastores debemos predicar con mayor empeño si, de hecho, queremos trabajar por la salvación de las almas, conviene hacerse algunas preguntas ¿acaso podría el Papa cambiar una verdad revelada? La Iglesia quizá no pueda condenar eternamente pero ¿y Dios? ¿Debe dejarse de predicar el infierno? Veamos lo que nos enseña el Denzinger-Bergoglio →

Evangelio o mundo contemporáneo, ¿quién debe iluminar?

Otra afirmación reciente de Francisco vuelve a levantar  un problema que ya analizamos. ¿Debe el Evangelio amoldarse al mundo o es el mundo que debe ser iluminado a la luz del Evangelio?

«La celebración de los 100 años de la Facultad de Teología de la Universidad Católica es un momento importante para la Iglesia en Argentina. El aniversario coincide con el de los cincuenta años de la clausura del Concilio Vaticano II, que ha sido una puesta al día, una relectura del Evangelio en la perspectiva de la cultura contemporánea.» (Lettera del Santo Padre al Gran Cancelliere della «Pontificia Universidad Católica Argentina» nel centesimo anniversario della Facoltà di Teologia, 09 de marzo de 2015)

¿Qué nos dice el Magisterio sobre este profundo problema? Veamos…

El valor de la claridad en una época de confusión

No es ninguna novedad que los enemigos de la Santa Iglesia intenten manipular las palabras de la Jerarquía Eclesiástica a favor de sus espurios intereses. Aún en nuestros días la influencias de los pastores sobre las almas es demasiada como para que aquellos que querrían un mundo sin Dios no intenten desviarla de su recta finalidad . En las últimas décadas, no ha sido raro que esto se haga inclusive con las enseñanzas de los Papas, pero, con la ayuda de Dios, la verdad siempre ha triunfado.

Mucho han ayudado en este sentido las palabras claras que iluminan una época donde la distinción entre el bien y el mal parecería ser cada vez más difuso, palabras contracorriente que no temen el desprecio del mundo, como las del Beato Pablo VI, San Juan Pablo II o, más recientemente, Benedicto XVI. Y se agradece… porque los católicos necesitamos certezas firmes como rocas fundamentadas en la Fe inmortal de la Iglesia.

Uno de los temas que más necesita esta claridad es la moral familiar, tan vapuleada por todos los lados. Por eso, nada mejor que conocer evitar las expresiones dudosas… Veamos que ejemplo nos da al respecto tanto el Papa Francisco como los Pontífices anteriores. Entra aquí →