La obra del Espíritu Santo, ¿componenda con cualquier doctrina o unidad en la verdad?

Inmutable y eterno en su divina naturaleza, el propio Jesucristo declaró sobre su misión en la tierra no haber venido a abolir da ley y los profetas, sino a darles pleno cumplimiento (cf. Mt 5, 15-17). No obstante, es indiscutible que esta “plenitud” trajo consigo la mayor novedad que la historia ha conocido, pues bajo todos los aspectos, la predicación del Redentor significó una completa renovación para el hombre, sea en su relación con Dios sea en la convivencia con los demás. Baste pensar, por ejemplo, en la revelación de la trinidad de Personas en el Dios Único, la invitación a participar de la vida divina por la gracia, o el “giro copernicano” habido en las relaciones humanas con el mandamiento nuevo del amor. E incluso en aspectos ya presentes desde siempre en la vida de los hombres, Jesucristo colocó una perspectiva nueva. Así, ofrece la anhelada paz, pero no la que da el mundo sino “su” paz (cf. Jn 14, 27); y promete la felicidad, pero como recompensa a los justos y los que sufren por su nombre (cf. Mt 5, 3-12).

Lo mismo ocurre con la unión que debe reinar entre sus seguidores: la unidad, que constituye una de las notas de su Iglesia —“un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4, 5)— no es obra del espíritu humano sino del “Espíritu de la verdad” (Jn 14, 17). El tan pregonado —y cuantas veces mal comprendido— “ut unum sint” no incluye el “hijo de la perdición” ni los que “son del mundo”, sino que está asociado a una santificación “en la verdad” (cf. Jn 17, 11-15). Por eso, causa sobresalto oír ciertas afirmaciones que parecen fomentar una unión indiscriminada, cuyo precio —no podría ser diferente— acabaría siendo un acuerdo entre bien y mal, verdad y error, belleza y feura. ¿Es ésta la unidad deseada por Cristo y realizada por el Espíritu Santo? Una vez más, nos será útil aclarar algunos conceptos. Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio →.

¿Dudar de Dios es el mejor camino para encontrarlo?

Ya los griegos filosofaban a respecto del deseo de conocer la verdad, inherente al corazón del hombre. “La duda es el principio del saber”, decían ellos; “el saber es la parte principal de la felicidad”, enseñaba la mayéutica socrática. Esta búsqueda de la verdad, de hecho, es una de las más vivas inquietudes del alma humana, pero no es la razón quien da el reposo y la felicidad al espíritu, como pensaban los griegos, y sí la gracia, que lleva al encuentro con Dios, la Verdad Suprema. Inmortales en este sentido son las palabras de San Agustín dirigidas al Señor, en sus Confesiones: “nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (L.I, c.1, n.1). Este reposo viene de la certeza entera de haber encontrado al Señor, ―“el camino la verdad y la vida”― y trae consigo la fuerza de la fe, que disipa cualquier duda, y el deseo generoso de llevar a todos hacia Él, en su Iglesia, depositaria de la verdad. No es otro el ejemplo de los grandes guías del pueblo, en las Sagradas Escrituras, y dudar después de haber encontrado el Señor es ofender a la verdad y serle infiel. Veamos el Magisterio →

¿Cuál es la prioridad absoluta de la Iglesia?

San Pío X alertaba contra los pastores dedicados “a hacer el bien, sobre todo en los problemas del pueblo” pero que se preocupan “mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana”. Esta advertencia, realizada en una época en que la sociedad era incomparablemente más cristiana que en nuestros días, nos hace recordar las palabras del Divino Maestro: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt 8, 3). ¿Qué pensar delante del agravamiento de esa situación en nuestros días? Surge la pregunta de si las palabras del Pontífice deberían pesar más en otro camino o si, más bien, convendría que insistieran con más fuerza en el mismo sentido. En un mundo donde valores familiares tienden a desaparecer, donde el amor a Dios es puesto en un plano secundario, cuando no enteramente de lado, y donde los preceptos divinos son tomados con indiferencia general y obedecidos tan sólo por una minoría, ¿cuál debe ser la preocupación más urgente de la Iglesia? A primera vista, debe ser la formación catequética intachable, la transmisión de su santa doctrina a sus hijos desorientados y perdidos en un mundo materialista y ateo… ¿O quizá sea el foco de atención deba ponerse en el desempleo, la soledad de los ancianos, pobreza y corrupción? ¿Acaso estos males no son fruto de una sociedad sin fe y sin Dios? ¿Tenemos que ir a la raíz de los males, o calmar apenas los síntomas? La Santa Iglesia tiene respuestas. Veamos →

Las familias numerosas, ¿una irresponsabilidad?

No existe una sociedad cuyos miembros no encuentren dificultades para llevar adelante sus negocios pues, en mayor o menor grado, las diferencias de criterio suelen exigir que alguno de ellos ceda frente al otro para que todo camine bien, sean vencidos los obstáculos y se llegue al objetivo común. Como tal, el matrimonio también exige grandes renuncias en aras de un bien mayor. Continue Reading

“Id al mundo entero…” ¿para hacer discípulos o para qué?

Las realidades espirituales superan las naturales y con frecuencia no están al alcance de nuestra inteligencia. Por eso el divino Maestro solía valerse de analogías para explicar a sus seguidores las maravillas del Reino. Entre ellas está la parábola de la levadura: “El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta” (Mt 13, 33). Con variados matices, los Padres, Doctores y el Magisterio de la Iglesia siempre han visto en esta imagen un símbolo del dinamismo de la predicación apostólica que, en obediencia al mandato del Redentor —“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19)— debería alcanzar al mundo entero y transformar la redondez de la tierra. ¿Se habrían equivocado los Apóstoles en lo referente a la extensión y el objeto de su misión? Veamos lo que nos dice el Magisterio →

La autodenominada “arzobispo de Uppsala», “querida hermana”: ¿Hasta dónde puede llegar el diálogo ecuménico?

“Un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16)… No fue otro el deseo de Cristo al dejar a los Apóstoles el mandato de “evangelizar a toda criatura” (Mc 16, 15). Sin embargo, a lo largo de la historia, se desgarraron algunas ovejas de su rebaño y, “separándose de la plena comunión de la Iglesia no pocas comunidades” (Unitatis redintegratio, n. 3), rasgaron la unidad de la túnica inconsútil de Cristo. La Iglesia Católica ―universal y necesaria para la salvación―, a ejemplo del Buen Pastor, no deja de acoger a las ovejas que quieren volver a la unidad de su redil, dialogando con ellas. ¿Pero, puede en este diálogo la Iglesia dejar de ser ella misma y ocultar su doctrina y la identidad de su fe a los cristianos separados, en nombre de un mal entendido ecumenismo? ¿Airear sin sonrojarse cordiales relaciones con quien ostenta el pseudosacerdocio femenino de algunas confesiones cristianas es verdadero ecumenismo o un sincretismo manifiestamente peligroso para la fe? ¿No sería como mínimo una inconveniente indiferencia en relación al episcopado católico hablar de “promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades en todo el mundo”, equiparándolo tendenciosamente a un pseudoepiscopado femenino? Recordemos un poco la enseñanza católica acerca de estos temas. Entrar en el Denzinger-Bergoglio

Quietismo vs. Oración: ¿Debemos buscar a Dios o esperar que Él nos encuentre?

Todo cristiano sabe, sobretodo cuando pasa por momentos de duda y aflicción, donde y como encontrar a Dios a fin de obtener alivio para el alma. La oración, sea mental o vocal, es el lugar donde tenemos la seguridad de poder encontrar a Dios, puesto que Él mismo nos ha prometido que “donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). El Altísimo está siempre dispuesto a escucharnos y atender nuestras necesidades, a cualquier hora podemos colocar nuestro espíritu en contacto con Él, basta recogernos del bullicio y dirigirle una plegaria para que misteriosamente nos hable en el fondo del corazón y de la conciencia. A primera vista, esta concepción, que tan natural suena a nuestros oídos, parece chocar con la afirmación de que a Dios “jamás se sabe dónde y cómo encontrarlo” porque “no eres tú el que fija el tiempo ni el lugar para encontrarte con Él”. ¿Dios ha cambiado su manera de obrar ante nuestras súplicas? ¿Hay una nueva manera de encontrarnos con Dios? Conviene aclarar conceptos. Veamos lo que nos enseña el Magisterio →

¿Qué vale más, el pan que quita el hambre o la palabra que alimenta el alma?

San Juan Crisóstomo compara la educación de un niño con la elaboración de una maravillosa estatua para Dios. Según el Doctor de la Iglesia la misión confiada a los padres de manera inmediata y privilegiada es llevarlo a la práctica de la virtud, enseñándole a amar el verdadero Dios y “a marcar todo lo que diga y haga con el signo de la cruz”.

La omisión en este campo, sin duda una de las más importantes, deja los tristes resultados que la sociedad de nuestros días nos permite comprobar y, por eso, los Papas no dudaron en calificarla peligrosa, perjudicial, injusta e incluso gravemente culposa.

Por tanto, aunque se escuche que lo importante es no dejarlos pasar hambre y darles escuela ¿es verdad que podemos ser indiferentes en relación a la educación religiosa de los niños? ¿Basta darles el alimento corporal para cumplir la misión confiada por el Señor a los padres? ¿Si ellos reciben la educación de cualquier confesión religiosa, llegarán a ser buenos cristianos?

Todas estas preguntas ya fueron respondidas por el sabio Magisterio de la Iglesia y aunque se hagan afirmaciones para agradar a propios y extraños, tenemos elementos para elegir lo correcto. Veamos aquí →

¿La laicidad del Estado es un beneficio para la única Religión verdadera?

Enseña San Agustín que si desaparece la justicia de los gobiernos temporales, éstos se convierten en “bandas de ladrones a gran escala”… vigorosa expresión que, sin embargo, no suena tan descabellada a los oídos contemporáneos; ¿por qué será?

La religión católica inspiró en los estados que se acogieron bajo su manto los más sólidos fundamentos de estabilidad, justicia y orden que conocieron los siglos y, en contrapartida, cuando aquéllos dejaron que esta influencia se desvaneciera, los valores morales se fueron evaporando de la sociedad, dejando vía libre a aquellos errores que atraen la muerte del alma para las multitudes. Por eso, cabe preguntarse hasta qué punto es posible mantener la verdadera justicia en un Estado no sólo laico, sino indiferente en relación a la Iglesia Católica, equiparándola a todas las otras confesiones religiosas y dejando plena libertad a cualquier error. ¿Qué ha enseñado la Iglesia a lo largo de dos mil años a respecto de su relación con el Estado? Veamos aquí→

¿La Curia Romana, cortesanos aduladores o servidores del Papa?

Narcisos… así, sin muchos tapujos, etiqueta el Papa Francisco a frecuentes de los anteriores “jefes de la Iglesia” y miembros de la Curia Romana. Supondremos, por deferencia, que el Obispo de Roma considere que en dos mil años de historia no sean su augusta persona y la de sus colaboradores inmediatos las únicas que se libren de epíteto tan caritativo que, a primera vista, parecería menospreciar toda la obra de los Papas anteriores. El caso concreto es que, al hablar de la Curia Romana o al encontrarse con ella, Francisco nunca pierde oportunidad de señalar defectos, como lo hizo el pasado mes de diciembre –¡ni más ni menos que durante las felicitaciones navideñas oficiales!– invitando cada uno de sus miembros a un profundo examen de consciencia. Y, sin embargo, lo que llama la atención es que con otras personas o grupos no hace lo mismo, incluso cuando están lejos de cumplir los preceptos divinos, siquiera públicamente. ¿Qué lo mueve entonces? ¿Una extraña antipatía por la jerarquía eclesiástica de la que forma parte? ¿Un oculto deseo de cambiar estructuras que considera obsoletas? ¿Escasa consideración o acaso desconocimiento del primado de la Iglesia de Roma? Nada de esto podemos afirmar, aunque sí mostrar cierta perplejidad. La Curia, como todo organismo constituido por seres humanos está sujeta, evidentemente, a errores, defectos y, sobretodo, a los efectos de los pecados de sus miembros; pero no por esto deja de tener un importante papel en la Iglesia, entre los cuales, la “diaconía” del ministerio petrino. Veamos lo que nos dice el Magisterio de la Iglesia sobre este importante asunto →

¿Más vale hacer u obedecer? o ¿la obediencia religiosa fue abolida?

Para conocer a una persona es necesario observarla en sus múltiples aspectos. Nosotros los católicos revelamos el valor moral que tenemos en diferentes circunstancias: en los momentos de sufrimiento físico o espiritual, cuando nos cabe perdonar al prójimo, desapegarnos de los bienes materiales y en tantas otras pruebas es que la caridad efectivamente se comprueba.

Para los religiosos eso se nota bajo un aspecto muy definido: la virtud de la obediencia. La sinceridad de la entrega de sus vidas a la Iglesia puede ser comprobada por la capacidad que tienen de renunciar a sí mismos y cumplir la voluntad de los que son para ellos los representantes del Señor. Sabemos que el religioso obediente es amado por el Señor, mientras que el que hace su propia voluntad se aleja de la virtud.

Esta es la enseñanza más segura de la Iglesia que han seguido innumerables generaciones de consagrados hasta nuestros días. Aceptar la rebeldía como una característica de la vida religiosa es consentir en la transgresión de los principios más sagrados, sobre todo si eso se hace para, supuestamente, mejor servir a Dios. Recordemos lo que nos enseña el Magisterio →

¿La Iglesia, un sol que ya no debe iluminar?

“De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello”, dijo Santa Juana de Arco con la impresionante precisión teológica que, incluso no siendo letrada, le daba su gran unión con el Divino Salvador. Jesucristo confió a su Iglesia la misión de iluminar a todos los pueblos, anunciándoles la Buena Noticia de la salvación. Esa misma luz, sin embargo, alegra a unos y molesta a otros, pues “el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras” (Jn 3, 20). Ser lumen Christi en el mundo significa poner de manifiesto la verdad, pero también denunciar el error. ¿Qué pensaríamos, entonces, si alguien acusase a la luz de una especie de narcisismo espiritual por cumplir precisamente aquello que es propio a su condición de luz? Entra aquí y descubre lo que nos enseña el Denzinger-Bergoglio →