Quien vive pública e impenitentemente en pecado no puede custodiar la fe de nadie

Desde el principio Dios estableció el matrimonio como una alianza indisoluble y le concedió “la única bendición que no fue abolida ni por la pena del pecado original, ni por el castigo del diluvio”. Jesucristo, elevando el matrimonio a la dignidad de sacramento no solamente hizo con que esta unión fuera más indisoluble y santa, como también quiso que se convirtiera en el reflejo de su misma fidelidad a la Iglesia.

Si analizamos las páginas de la Historia, constatamos que en diversas épocas el divorcio y el repudio fueron actitudes reconocidas y vigentes. La Iglesia, no obstante, desde siempre tuvo el divorcio como un pecado grave y los Papas nunca se cansaron de amonestar a los cristianos para que no se dejaran contaminar con estas costumbres paganas.

Es tradición en la Iglesia que el neófito tenga un padrino. Este encargo lejos de ser apenas un compromiso social —como tristemente muchos creen hoy día—, conlleva graves obligaciones como la de educar en la fe o ser ejemplo en la observancia de los mandamientos y en la virtud. “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí —dijo Jesús—, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!” (Mt 18, 6-7). Por eso la Iglesia con la sabiduría que la caracteriza —sabiduría esta conferida por su Divino Esposo—, desde tiempos inmemoriales decretó que solamente pueden ser admitidos como padrinos de bautismo personas católicas y que lleven una vida congruente con la fe. Por lo tanto, aquellos que viven pública e impenitentemente en pecado grave no pueden ser admitidos a la especial misión de custodiar la fe de nadie. Leer más ⇒

Ley divina e inversión humana

“Desde tu morada riegas los montes, y la tierra se sacia de tu acción fecunda” (Sal 104, 13). Esta simple realidad material presentada por el texto sagrado, de las lluvias que irrigan las montañas de las cuales manan las fuentes y ríos que irán fecundar la tierra, fue elegida por el Doctor Angélico para su lección inaugural en la Universidad de París. Con su habitual vuelo de águila, de ella Santo Tomás saca una importante ley del orden espiritual: “El Rey y Señor de los cielos, estableció desde la eternidad la siguiente norma: que sus dones llegasen a las criaturas inferiores a través de otras intermedias” (Principium Rigans montes, prólogo).

De hecho, Dios estableció en la creación una cascada de mediadores, y le gusta conceder sus gracias a través de ellos. Lo comprobamos en la propia Escritura, por ejemplo, en las innumerables veces en que Moisés intercede por el pueblo elegido, librándolo de castigos y hasta del exterminio, y alcanzándole el perdón divino; o en la insuperable oración sacerdotal de Jesús, cuando Él ruega al Padre por sus Apóstoles y por todos los que creerían a través de ellos. También en nuestro día a día esas mediaciones se hacen presentes, sea a través de los sacerdotes, instrumentos elegidos por Cristo para dispensar a los fieles los preciosos frutos de la Redención por medio de los sacramentos, o incluso de los padres que, en virtud del sacerdocio común recibido en el bautismo, bendicen a sus hijos.

Son estas algunas consideraciones que nos sobrevienen al recordar aquel 13 de marzo de 2013, cuándo la Iglesia universal, con el corazón puesto en la Ciudad Eterna, esperaba ansiosa la bendición de su nuevo Pastor Supremo. Al balcón sale el Obispo de Roma que, inclinado, desea recibir la bendición divina impetrada por el pueblo. ¿Qué pasó? ¿Puede la tierra irrigar las montañas? ¿Se habrá invertido la disposición de la Sabiduría Eterna? Veamos qué nos dice el Magisterio. Entra aquí ⇒

Los curiosos criterios para elegir a un pastor

“Y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz” (Jn 10, 4). La sugerente imagen del pastor al frente de su rebaño es casi un sinónimo del ministerio episcopal en la Iglesia. Los fieles que escuchan la voz de su obispo y le obedecen son las ovejas buenas, dóciles a la acción de Dios que se hace presente en medio de ellas en la persona del prelado. En espantoso contrapunto, las ovejas rebeldes simbolizan aquellos que prefieren seguir sus propios caprichos antes que someterse a la autoridad eclesiástica. Al pastor, por su parte, le cabe la responsabilidad de conducir el rebaño a los buenos prados, defenderlo de los lobos voraces y protegerlo contra los salteadores. Así debe proceder el obispo con su rebaño, enseñando, gobernando, santificando y, muy especialmente, siendo el perfecto ejemplo de virtud.

Pues bien, quien fuera un propietario de numerosos rebaños de ovejas y necesitara elegir diversos pastores para cuidarlos, sin duda contrataría los más experimentados y celosos… Sólo un loco preferiría a los que no tienen más que unas nociones básicas del oficio o ni eso, y no tienen ganas de aprender más, sino que consideran suficiente estar despreocupados al lado del rebaño sin precaverse contra los peligros que lo amenazan. Y en el gran redil de Cristo que es la Iglesia, ¿cuáles son los criterios para elegir los pastores, máxime en este tiempo en que la demagogia y el populismo campan a sus anchas en tantos lugares? Entra y verás →

Laudato si’(III): ¿Una espiritualidad ecológica interconfesional universal?

Por ser un documento magisterial de alto escalafón, una encíclica debe caracterizarse por ideas claras y definidas, a fin de definir el rumbo a respecto del tema tratado para la conducta de la Jerarquía y de los fieles, como también,  de forma colateral, la de los hombres de buena voluntad, pues la Iglesia no deja de ser un referente moral incluso para aquellos que no la siguen. Por ello, uno se pregunta cómo es posible que “Laudato si’” asuma una posición que, en ciertos puntos, contradice la enseñanza magisterial de la Iglesia sobre la cuestión ecológica , mientras que en otras resalta esta misma enseñanza… Nos duele decir, pero es propiamente una ensalada, lo que parece apropiado para una encíclica tan verde. Eso lo podemos comprobar en muchos párrafos que dicen no aprobar pensamientos y principios de una ecología fundamentalista y radical, llegando a citar documentos del Magisterio precedente sobre el tema, mientras que en otros el texto deja amplio margen a ambigüedades e irenismos. Por ejemplo, cuando cita Teilhard de Chardin o la “Carta de la Tierra”, documentos de cuño dudoso o francamente panteísta y que no se armonizan con la doctrina de la Iglesia en muchos puntos, o aun absteniéndose de la mediación de Jesucristo en una oración pública y oficial de su Vicario en la tierra. Todo eso abre las puertas de la Iglesia a la concepción de una religión interconfesional, neopagana y universal, pues hace caso omiso de la doctrina católica en su integridad, ocultando de ella aspectos importantes y definidos, para amalgamarse con el mundo. Vale la pena analizar estos puntos y desvelar estos aspectos, pues más que el planeta, la casa común de todos los católicos es la Santa Iglesia, como afirmó tan acertadamente Juan Pablo II: “En las aguas bautismales naciste a una nueva vida, injertándote en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, arca de salvación y casa común de cuantos invocan a Dios como Padre.” (Mensaje del Santo Padre a los pueblos de América, 12 de octubre 1992)

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Laudato si’ (II): Los olvidos de Francisco

Anuncios, noticias, mensajes de redes sociales… nos bombardean por todos los lados. Y muchas veces las informaciones que nos dan se contradicen unas con otras. ¿A quién escuchamos? ¿Qué rumbo seguir? ¿Con quién está la verdad certera?

Es lanzada una encíclica y, como católicos, la leemos sedientos en busca de orientaciones que den sentido a nuestra vida; que marquen los pasos que debemos dar para vivir nuestra santa religión con autenticidad en medio de una sociedad devastada por el pecado. Esperábamos palabras claras que nos fortalecieran en la fe de la Iglesia tan vilipendiada en el actual momento histórico. Pero… encontramos advertencias sobre el cuidado de la naturaleza. Los ecologistas se sintieron estimulados, los agoreros del cambio climático estimulados, las personas de otras religiones respetadas y nosotros los católicos… olvidados, desamparados y, ¿por qué no decirlo? Un tanto perplejos… ¿No es Jesucristo el centro de nuestra fe? ¿Por qué este documento se refiere a Él y a su Iglesia de una forma tan difusa y secundaria? ¿Es realmente el cuidado de la creación lo más importante en la vida de un cristiano, sobretodo en estos tiempos? ¿Conquistaremos el cielo simplemente cuidando y amando criaturas irracionales?

Delante de estas inquietudes, parece que nos cabe fijar la atención en aquella Luz que jamás cesa de brillar, en la fuente de toda Verdad, en la voz infalible de los Papas y del Magisterio de la Iglesia. Y ver qué nos tiene que decir –¡muchas cosas!– sobre los temas tratados en esta Encíclica ¿Cuál debe ser la postura de un fiel delante de toda la obra de la creación?

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Laudato si’ (I): Consideraciones colaterales

Pocas imágenes reflejan con tanta autenticidad y poesía la relación entre Dios y los hombres como el pastoreo. “Yo soy el Buen Pastor. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen” (Jo 10, 14.27). Inolvidables palabras del Pastor Eterno que llenan de confianza y seguridad a sus ovejas a lo largo de los siglos. Sí, en todos los siglos, pues el “eco” de la voz del Pastor se hace siempre oír de distintas maneras a los fieles. Una forma privilegiada es, sin duda, el Magisterio de la Iglesia que a través del munus de enseñar prolonga la voz del Divino Maestro por todos los tiempos, conduciendo su rebaño a praderas fértiles y defendiéndolo contra los lobos feroces. Y hasta hoy las “ovejas” saben reconocer quién les habla…

No hace muchos días el Papa Francisco publicó su segunda encíclica. La expectativa que la precedió es clarísimo síntoma del mencionado anhelo por encontrar allí el “eco” de la voz de Jesucristo cuidando su rebaño en los agitados días que vivimos. Venida a luz, “Laudato si’” –que Francisco desea incorporar a la doctrina social de la Iglesia– ha despertado una tan profusa como efímera reacción en los más diversos ámbitos, desde grupos ambientales radicales, hasta dirigentes políticos y sectores religiosos: simpatías, reservas, preocupaciones…

Así pues, delante de la importancia de este documento, el Denzinger-Bergoglio presenta un estudio más minucioso que los habituales, con una estructura conforme su presentación de siempre, pero con algunos elementos nuevos que ayuden al lector a conocer mejor los meandros poco comentados de la Encíclica y a emitir un juicio de valor razonable sobre el mismo, siempre de acuerdo con la doctrina inmutable de la Santa Iglesia.

En esta primera entrega, pareció oportuno hacer unas consideraciones colaterales, pues muchos no tiene claro algunos presupuestos esenciales al leer un documento pontificio, máxime como el que será objeto de nuestro análisis.Los católicos, ¿cómo debemos considerar esta encíclica? ¿Encontraremos en ella un auténtico eco de la voz del Buen Pastor para aclarar las cuestiones sociales de la actualidad? Dejemos que el mismo Magisterio nos responda. Entra aquí ⇒

El anhelo de una Iglesia horizontal

Al ojear escritos eclesiásticos de diferentes épocas llama la atención la frecuencia con que encontramos afirmaciones de pontífices, obispos y santos varones lamentándose de las adversidades por las cuales pasaba la Iglesia en su tiempo. Las tempestades que ataques de enemigos externos e internos levantaron contra la Barca de San Pedro son una constante durante sus dos milenios de victoriosa navegación, por lo que su impertérrito avanzar por todas las eras sólo se explica si tenemos en cuenta que la Iglesia no es una institución humana, sino divina. Nacida del lado abierto de Cristo pendiente en la Cruz y regada por su Sangre la Iglesia en sus elementos visibles debe, por consiguiente, buscar la realización de los deseos de su divino Fundador en lo referente a su constitución, santidad, misión e incluso gobierno.

En días en que muchos sectores cuestionan la forma de gobierno de la Iglesia una pregunta nos parece esencial, tan esencial cuanto, quizá, olvidada: ¿Cómo concibió Jesucristo esa Iglesia que es su propio Cuerpo Místico? Al llamar a los Doce y colocar San Pedro a su cabeza, ¿la quiso jerárquica? ¿O más bien “horizontal”? La respuesta está fácilmente al alcance de todos en las páginas del Magisterio, aunque algunos parezcan querer disimularlo… ¡Continúa leyendo!⇒

¿Rezar el rosario? ¿Sí, pero sin pasarse? Francisco y los ramilletes de oraciones

¡Qué alegría para una madre ver su hijito acercarse y ofrecerle una flor! La alegría, sin duda, sería más grande si el chiquillo le ofreciera no una rosa sino un hermoso ramo. ¿Qué decir si en un día muy especial todos sus hijos juntos adornasen la casa con más de 175 mil flores?

Así es el rosario, esta ofrenda que los católicos dedicamos todos los días a la Virgen María para alabarla y encomendar nuestras necesidades a su intercesión mientras meditamos la vida de Nuestro Señor Jesucristo bajo un prisma mariano. Además, cuando queremos a alguien y queremos que el cielo lo favorezca ponemos sus intenciones en numerosos rosarios y le ofrecemos una coronilla, como muestra de nuestro afecto en el Señor.

Cuando el Papa Francisco asumió el pontificado le llegaron, como es natural, mensajes de todo el orbe católico. Un grupo, atendiendo al constante pedido del Obispo de Roma de que se rece por él, le envió un tesoro espiritual de 3525 rosarios. Sin embargo, parece que no le gustó mucho… Cuando esta circunstancia llegó al conocimiento general provocó perplejidad… y no es para menos, pues el hecho de que se quite importancia a esta piadosa costumbre hace pensar. ¿Cuál es el grado de importancia que el Papa Francisco da a una oración que varias veces ha recomendado? ¿Ve en su asidua recitación un valioso auxilio en el plan sobrenatural, como lo demuestra la doctrina católica?

Sabemos los privilegios y sobre todo la eficacia vinculados a esta práctica desde hace siglos. La repetición del Ave María, parte primordial, hace profundizar en el alma de quien ora la comprensión de los misterios de la vida de Cristo. La Iglesia no ve en esa reiteración una costumbre pre-conciliar sino, muy al contrario, la considera una perenne y fervorosa manifestación de amor.

A los que afirman que rezar muchos rosarios es una exageración y que disminuir su frecuencia es lo más indicado, cabe recordar la frase de Lacordaire: “el amor sólo tiene una palabra y decirla siempre nunca es repetirla”. Continúa leyendo⇒

Quo vadis, Francisce?

En todos los tiempos, las historias -reales o idealizadas- de héroes nacionales han hecho vibrar los corazones de los jóvenes. En la adolescencia se sueña con grandes realizaciones fruto de aquel brío desinteresado y del amor al ideal que esta edad suscita. A tales corazones, ardientes e deseosos de épico, la Iglesia siempre presentó modelos que estimulasen la verdadera valentía, el heroísmo por antonomasia, el desinterés más genuino, en una palabra, la santidad. ¿Quién no se emociona con la vida arrojada de jóvenes como Santa Inés, San Luis Gonzaga o Santa María Goretti? ¿O con los propósitos juveniles, llevados con determinación hasta años más maduros, de un San Ignacio o de un San Francisco? ¿Cuál de ellos no enfrentó riesgos con una valentía heroica? Estos santos son ejemplo para los jóvenes y adultos de todos los tiempos. Lucharon y conquistaran la mayor de las batallas, la lucha contra sí mismo, contra sus pasiones y debilidades con las armas de la oración, del sacrificio y de la virtud.

En cierto momento de la historia apareció súbitamente otro tipo de “heroísmo” caracterizado por una dudosa abnegación en función de peligrosas utopías para cuya difícil consecución, si inciertos eran los medios que se usarían, mucho más lo eran los frutos que arrojarían. El historiador suele revelar que, muchas veces, por detrás de ese supuesto desinterés se movían espurios intereses personales o el deseo de saciar las más bajas pasiones. Es que, en el fondo, en esos “héroes” de marioneta no había verdadera entrega por un ideal, sino el egoísmo manipulado por manos ocultas con intereses ideológicos muy concretos. El grito de “revolución”, sea bajo los estruendos de la pica y la guillotina, bajo la hoz y el martillo, o bajo las mil y una facetas que adquirió sobretodo en los últimos siglos, fue la excusa perfecta para manejar los más bajos instintos, cuántas y cuántas veces con la finalidad de destruir la Iglesia Católica, las sanas costumbres o instituciones venerables y milenarias. Por todo eso, la palabra “revolución” viene acompañada de unas connotaciones que ningún católico puede aceptar… y cabe preguntarse, ¿alguien puede imaginar a los jóvenes que mencionamos al inicio enarbolando la bandera de alguna revolución? ¿puede ser ese el grito de guerra de la santidad?

Últimamente vemos otra derivación de la palabra “revolución”. Ahora se dice “hacer lío”. Dentro de la Iglesia se incentiva el “lío” a todo vapor. Lío en las calles, en las diócesis, en las familias, en la sociedad. Lío, lío, lío. ¿Ese fue el designio de Jesucristo para su Iglesia? ¿Qué pensar de todo esto? Y lo más sorprendente, es cuando hace dos días, como término de su viaje al Continente de la Esperanza, se oye al mismo que debería ser el Dulce Cristo en la Tierra: “Ayúdenme para que siga haciendo lío” (Paraguay, 11 de julio de 2015).    ¡Continúa leyendo!⇒

Francisco y el curioso milagro de la «no multiplicación» de los panes …

Probablemente, muchos de nuestros lectores recibieron sus clases de catecismo en los movidos años 70 y, cierto día, abrieron como platos sus pequeños ojos, escandalizados al oír que el milagro evangélico de la multiplicación de los panes no pasaba de una metáfora para simbolizar el poder de compartir con los demás. Era un tiempo en el que valía todo… y muchas inocencias se perdieron…

En sentido contrario a tales imaginaciones, este milagro es, en la primera de las dos veces que fue realizado, el único contado por los cuatro evangelistas. Por esa razón, no es difícil formar un cuadro bastante completo de las circunstancias que lo rodearon. Por conocer, conocimos hasta la cualidad de los panes y su procedencia exacta: eran de cebada, y fueron proveídos por un muchacho, según nos cuenta San Juan. En los cuatro Evangelios consta cuidadosamente el número de los beneficiados: más o menos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Por lo tanto, un milagro comprobado por una multitud de testigos, que sintieron hambre, sabían que no tenían nada que comer, pero se saciaron de panes y peces y, además, pudieron comprobar la realidad del milagro con las sobras recogidas por los discípulos.

Lo mismo ocurre con la segunda multiplicación, narrada en los sinópticos. Esta vez, con siete panes y algunos pececillos, Jesús dio de comer a unas cuatro mil personas.

Ante esa narración tan clara, ¿sería lícito para un católico dudar del poder de Cristo? El mismo que caminó sobre las aguas y convirtió el agua en vino ¿no tendría poder para multiplicar los panes y incluso para sacarlos de la nada?

Tal como ocurrió con los que buscaban a Jesús ansiosos por aprender su doctrina, a nosotros la Iglesia nos transmite una enseñanza muy firme y accesible a propósito del poder divino de nuestro Redentor, de esos episodios específicos y de cómo deben ser interpretados los demás hechos narrados en el Evangelio. Entra en el Denzinger-Bergoglio →

¿La Iglesia debe aprender del pueblo la voluntad de Dios?

No es novedad que los textos del Concilio Vaticano II se manipulen con los fines más variados, y por eso es necesario leerlos dentro de su contexto y a la luz de un magisterio que comenzó a guiar la humanidad hace casi 2000 años.

Uno de los documentos que más ha sufrido tergiversaciones es la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, de la cual no es raro encontrar ciertos enunciados entresacados para justificar las más variadas posiciones. Leamos esta idea: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (Gaudium et Spes, n. 1). Con esas palabras, el documento conciliar presenta el papel de la Iglesia como Madre compasiva que educa a sus hijos en el auténtico amor a Dios y al prójimo. Todo lo que esté a su alcance para aliviar los sufrimientos de los hombres, Ella lo hace con solicitud y sabiduría.

Entre las “tristezas y angustias” que azotan el corazón humano está la sed de verdad, el deseo de salir del mar de las incertidumbres y reposar el espíritu en la certeza. Al sanar esta carencia la Iglesia, además de Madre, se hace Maestra de los pueblos puesto que ha “recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (ibídem). Eso es lo que hace la Iglesia sentirse “íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (ibídem), concluyen los padres conciliares. Sin embargo, a partir de esta afirmación, leída a secas, pueden sacarse otras interpretaciones. El objetivo de esta entrada es leer el citado pensamiento a la luz del Magisterio. Entra aquí→.

La Virgen Dolorosa de pie ante la cruz, ¿en rebelión contra Dios?

La advocación de la Virgen Dolorosa es la referencia más significativa para el pueblo cristiano cuando reza delante de la cruz. En ella contemplamos a la que, como nos dice la Escritura, permaneció de pie al lado de Cristo mientras los Apóstoles huían y lo traicionaban, por lo lejos que estaban de comprender la profundidad del misterio del Gólgota. Esa presencia de María, plenamente unida a la Pasión de su Hijo para consolarlo, adorarlo y reparar el desprecio de los que más deberían darle muestras de fidelidad en esa hora suprema, conmovió a las almas verdaderamente cristianas a lo largo de los siglos.

Estas consideraciones tienen un fondo teológico que las justifica: la Santísima Virgen está unida a la obra de la redención en los planes de Dios. El sacrificio de Jesús y su misión salvífica estuvieron desde el principio asociados a la figura de María, a quien la Trinidad miró con predilección.

Por eso, atribuir a la Madre Dolorosa reacciones incompatibles con la perfección de su caridad agrede nuestra piedad mariana y contradice la propia doctrina católica que debería guiar las consideraciones a respecto de la Madre de Dios. Por eso, nos parece indispensable recordar el Magisterio Pontificio y la doctrina de los Padres y Doctores. Entra aquí → .