¿Las buenas voluntades de todos los hombres remplazan las investigaciones teológicas?

“La verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas.” Sabias palabras de la Declaración Dignitatis Humanae, del Concilio Vaticano II. ¿Y qué es la teología sino la búsqueda y la explicitación de la verdad divina? En efecto, la reflexión teológica reaviva la fe, pues aquella verdad que es ofrecida por la Revelación sobrepasa las capacidades de conocimiento del hombre, pero no se opone a su razón. Una teología que no se funde en la especulación y en los estudios no existe. Por eso la vocación del teólogo es suscitada por el Espíritu Santo y su función es lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la Palabra de Dios contenida en la Escritura, inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia. No pueden los teólogos presentar una reflexión teológica que contradiga estos elementos. Por esta razón, su discurso acerca de la unidad de los cristianos y del ecumenismo no debe ser distinto de lo que enseña la Santa Iglesia, como ya hemos visto en otras materias y ahora recordaremos. Tampoco el Papa, cabeza visible del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, puede ser “uno más” entre los pastores de sectas protestantes… Veamos lo que nos dice el Magisterio de siempre→

¿Católicos y musulmanes adoramos al mismo Dios?

Algunas de las páginas más hermosas de la Historia de la Iglesia son, sin duda, las que fueron escritas con la sangre de los mártires que, despreciando su propia vida por amor a Jesucristo, encontraron en las manos de los verdugos a la vez la muerte corporal y la gloria incorruptible de inmolarse por Aquel que les había rescatado en lo alto de la Cruz. Niños indefensos, heroicas vírgenes, varones robustos, venerables ancianos, en todas las épocas y en los más variados lugares, acudieron a su cita para dar este testimonio arrebatador y majestoso de la fuerza del Evangelio.Continue Reading

¿El clericalismo es una postura ajena al cristianismo?

Al instituir ministros ordenados en su Iglesia Nuestro Señor Jesucristo inauguraba “la más elevada dignidad entre todas las jerarquías de la tierra”, una nueva categoría de hombres llamados a actuar in persona de Él mismo y a dispensar los tesoros de la redención a la humanidad pecadora, como auténticos mediadores entre el cielo y este mundo. Estos varones elegidos por el mismo Cristo son participantes de la autoridad con que Él forma, santifica y rige su Cuerpo Místico, y su dignidad es incluso mayor que la de los ángeles.

El pueblo cristiano dedica desde siempre al presbítero una admiración entrañada por el simple hecho de ser quién es, por presentar a Dios sus intenciones y obtener de Él el auxilio que necesita. Nadie ignora que el sacerdote como todo mortal tiene también sus defectos, pero este religioso reconocimiento no puede estar ausente de los cristianos bien intencionados.

Los términos “clericalismo” y “anticlericalismo” utilizados por el Papa Francisco para externar su aprecio por la clase sacerdotal no son recientes. Fueron normalmente empleados por partidarios de diferentes corrientes, en su mayoría enemigos convencidos de la religión. Aquí los utilizamos del modo más genuino posible, sin las manchas que les añadieron los antiguos políticos conservadores o liberales, estos últimos siempre dispuestos a burlarse de la clase sacerdotal y posicionarse públicamente en contra ella. Mucho más importante que esto es entender el sacerdocio en conformidad a la enseñanza de la Santa Madre Iglesia, que no puede aprobar las teorías que minimizan la grandeza del ministerio ordenado, una de las mayores glorias del catolicismo y verdadero honor del género humano.

En lo que se refiere a las intenciones del Papa Francisco al declarase anticlerical y etiquetar de la misma forma el Apóstol Pablo ―¡imaginemos su sorpresa al enterarse de eso desde lo más alto de los cielos!― es difícil descubrirlas con exactitud y, más todavía, interpretar sus palabras como amablemente clericales. Lo que es seguro es que es un poco optimista querer que quien escucha pueda encontrarles fácilmente un sentido benévolo. Si realmente lo tuviera, se agradecería más claridad.

Para ayudar nuestros lectores ofrecemos a continuación un estudio que puede arrojar luz sobre la inquietud provocadas por estas declaraciones en las personas de fe sincera: la doctrina católica más autorizada en la que podemos creer sin temor ni dudas y que nos llevará a reafirmar nuestro clericalismo, como seguidores fieles que queremos ser de Cristo, el verdadero y sumo Sacerdote.

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Laudato si’ (II): Los olvidos de Francisco

Anuncios, noticias, mensajes de redes sociales… nos bombardean por todos los lados. Y muchas veces las informaciones que nos dan se contradicen unas con otras. ¿A quién escuchamos? ¿Qué rumbo seguir? ¿Con quién está la verdad certera?

Es lanzada una encíclica y, como católicos, la leemos sedientos en busca de orientaciones que den sentido a nuestra vida; que marquen los pasos que debemos dar para vivir nuestra santa religión con autenticidad en medio de una sociedad devastada por el pecado. Esperábamos palabras claras que nos fortalecieran en la fe de la Iglesia tan vilipendiada en el actual momento histórico. Pero… encontramos advertencias sobre el cuidado de la naturaleza. Los ecologistas se sintieron estimulados, los agoreros del cambio climático estimulados, las personas de otras religiones respetadas y nosotros los católicos… olvidados, desamparados y, ¿por qué no decirlo? Un tanto perplejos… ¿No es Jesucristo el centro de nuestra fe? ¿Por qué este documento se refiere a Él y a su Iglesia de una forma tan difusa y secundaria? ¿Es realmente el cuidado de la creación lo más importante en la vida de un cristiano, sobretodo en estos tiempos? ¿Conquistaremos el cielo simplemente cuidando y amando criaturas irracionales?

Delante de estas inquietudes, parece que nos cabe fijar la atención en aquella Luz que jamás cesa de brillar, en la fuente de toda Verdad, en la voz infalible de los Papas y del Magisterio de la Iglesia. Y ver qué nos tiene que decir –¡muchas cosas!– sobre los temas tratados en esta Encíclica ¿Cuál debe ser la postura de un fiel delante de toda la obra de la creación?

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El anhelo de una Iglesia horizontal

Al ojear escritos eclesiásticos de diferentes épocas llama la atención la frecuencia con que encontramos afirmaciones de pontífices, obispos y santos varones lamentándose de las adversidades por las cuales pasaba la Iglesia en su tiempo. Las tempestades que ataques de enemigos externos e internos levantaron contra la Barca de San Pedro son una constante durante sus dos milenios de victoriosa navegación, por lo que su impertérrito avanzar por todas las eras sólo se explica si tenemos en cuenta que la Iglesia no es una institución humana, sino divina. Nacida del lado abierto de Cristo pendiente en la Cruz y regada por su Sangre la Iglesia en sus elementos visibles debe, por consiguiente, buscar la realización de los deseos de su divino Fundador en lo referente a su constitución, santidad, misión e incluso gobierno.

En días en que muchos sectores cuestionan la forma de gobierno de la Iglesia una pregunta nos parece esencial, tan esencial cuanto, quizá, olvidada: ¿Cómo concibió Jesucristo esa Iglesia que es su propio Cuerpo Místico? Al llamar a los Doce y colocar San Pedro a su cabeza, ¿la quiso jerárquica? ¿O más bien “horizontal”? La respuesta está fácilmente al alcance de todos en las páginas del Magisterio, aunque algunos parezcan querer disimularlo… ¡Continúa leyendo!⇒

Francisco y el curioso milagro de la «no multiplicación» de los panes …

Probablemente, muchos de nuestros lectores recibieron sus clases de catecismo en los movidos años 70 y, cierto día, abrieron como platos sus pequeños ojos, escandalizados al oír que el milagro evangélico de la multiplicación de los panes no pasaba de una metáfora para simbolizar el poder de compartir con los demás. Era un tiempo en el que valía todo… y muchas inocencias se perdieron…

En sentido contrario a tales imaginaciones, este milagro es, en la primera de las dos veces que fue realizado, el único contado por los cuatro evangelistas. Por esa razón, no es difícil formar un cuadro bastante completo de las circunstancias que lo rodearon. Por conocer, conocimos hasta la cualidad de los panes y su procedencia exacta: eran de cebada, y fueron proveídos por un muchacho, según nos cuenta San Juan. En los cuatro Evangelios consta cuidadosamente el número de los beneficiados: más o menos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Por lo tanto, un milagro comprobado por una multitud de testigos, que sintieron hambre, sabían que no tenían nada que comer, pero se saciaron de panes y peces y, además, pudieron comprobar la realidad del milagro con las sobras recogidas por los discípulos.

Lo mismo ocurre con la segunda multiplicación, narrada en los sinópticos. Esta vez, con siete panes y algunos pececillos, Jesús dio de comer a unas cuatro mil personas.

Ante esa narración tan clara, ¿sería lícito para un católico dudar del poder de Cristo? El mismo que caminó sobre las aguas y convirtió el agua en vino ¿no tendría poder para multiplicar los panes y incluso para sacarlos de la nada?

Tal como ocurrió con los que buscaban a Jesús ansiosos por aprender su doctrina, a nosotros la Iglesia nos transmite una enseñanza muy firme y accesible a propósito del poder divino de nuestro Redentor, de esos episodios específicos y de cómo deben ser interpretados los demás hechos narrados en el Evangelio. Entra en el Denzinger-Bergoglio →

¿La laicidad del Estado es un beneficio para la única Religión verdadera?

Enseña San Agustín que si desaparece la justicia de los gobiernos temporales, éstos se convierten en “bandas de ladrones a gran escala”… vigorosa expresión que, sin embargo, no suena tan descabellada a los oídos contemporáneos; ¿por qué será?

La religión católica inspiró en los estados que se acogieron bajo su manto los más sólidos fundamentos de estabilidad, justicia y orden que conocieron los siglos y, en contrapartida, cuando aquéllos dejaron que esta influencia se desvaneciera, los valores morales se fueron evaporando de la sociedad, dejando vía libre a aquellos errores que atraen la muerte del alma para las multitudes. Por eso, cabe preguntarse hasta qué punto es posible mantener la verdadera justicia en un Estado no sólo laico, sino indiferente en relación a la Iglesia Católica, equiparándola a todas las otras confesiones religiosas y dejando plena libertad a cualquier error. ¿Qué ha enseñado la Iglesia a lo largo de dos mil años a respecto de su relación con el Estado? Veamos aquí→

¿Un Dios Omnipotente sería incapaz de crear el universo en un solo instante?

“Creo en Dios Padre Todopoderoso…” Así empieza el Credo, así lo rezamos todos los días, así lo creen los cristianos con base en la Revelación.

La maravillosa obra de la creación supera nuestra capacidad de comprensión y nos lleva sin mucho esfuerzo a atribuirla a una inteligencia superior, propia de Alguien mucho más grande que ella misma y que, seguramente, mostró su gran magnificencia en ese acto de crear. Descrito brevemente en el Génesis, nosotros lo contemplamos apenas en la penumbra del misterio. Entretanto, al reconocer que el universo fue hecho por Dios, no ponemos en duda de que así fue según su sabia disposición, sea de modo instantáneo o no. Podemos admitir que la obra de los seis días se extendió por miles de años al igual que duró un minuto. Lo que no podemos es poner límites al atributo de la omnipotencia de Dios la cual, con permiso del pleonasmo, lo puede todo…

Veamos lo que nos enseña el Magisterio →

¿La Iglesia, un sol que ya no debe iluminar?

“De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello”, dijo Santa Juana de Arco con la impresionante precisión teológica que, incluso no siendo letrada, le daba su gran unión con el Divino Salvador. Jesucristo confió a su Iglesia la misión de iluminar a todos los pueblos, anunciándoles la Buena Noticia de la salvación. Esa misma luz, sin embargo, alegra a unos y molesta a otros, pues “el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras” (Jn 3, 20). Ser lumen Christi en el mundo significa poner de manifiesto la verdad, pero también denunciar el error. ¿Qué pensaríamos, entonces, si alguien acusase a la luz de una especie de narcisismo espiritual por cumplir precisamente aquello que es propio a su condición de luz? Entra aquí y descubre lo que nos enseña el Denzinger-Bergoglio →

Si todas las religiones llevan a Dios, ¿para qué sirven, entonces, Jesucristo y la Iglesia?

El delicado tema del diálogo interreligioso conlleva, sin duda, importantes matices. Una verdad presentada de forma parcial o acaso un tanto destorcida puede fácilmente conducir al indiferentismo, según el cual todas las religiones serían caminos hacia Dios y se complementarían mutuamente. Ante semejante concepción, ¿qué necesidad habría de Jesucristo y la Iglesia para la salvación? ¿A la Esposa de Cristo le falta algo que deba recibir de las otras religiones? Veamos qué dicen Francisco y el Magisterio al respecto →

“El todo será todo en todos” ¿Una inmanencia teológico-panteísta?

Cuando un niño llega a la edad de los porqués y le pide a su padre que le explique quién es Dios, la respuesta siempre remite a alguien, un Ser perfecto, inconmensurable, todopoderoso, que gobierna la creación con sabiduría y nos acompaña a todos para llevarnos al cielo, su eterna y maravillosa casa. Afirmaciones sencillas que son aceptadas con toda naturalidad por quien recibió el don de la fe en el bautismo. Tanto es así que, sin entrar en menudencias teológicas, suenan raras a los oídos de un católico ciertas verdades extrañas a esa misma fe.

Más allá de aquello que es capaz de captar un niño en su sencillez, están los dogmas acerca de la esencia divina. Entenderlos de un modo diferente al que la Iglesia enseña supone aventurarse por sendas escabrosas, y enseñarlos de modo confuso, puede significar un grandísimo error pastoral. Entra en el Denzinger-Bergoglio y descubre esto →

¿Sin Jesucristo puede existir la verdadera paz?

Esperábamos paz, y nada va bien; tiempo de curación, y llega el terror” (Jer 8, 15). ¿Quién no quiere la paz? Pero… ¿cómo alcanzarla en un mundo agitado por numerosas e intricados problemas? Siglos antes de su nacimiento, el Señor fue profetizado por Isaías como ‘Príncipe de la Paz’ (Is 9,6). Siguiendo su Maestro, los apóstoles – sobretodo san Pablo – siempre ofrecían la paz a sus oyentes y a los destinatarios de sus cartas. Y la Santa Madre Iglesia, tutelada por el Espíritu Santo, supo orientar a los pueblos que se acogieron bajo su manto en las sendas de la paz, según la definición clásica del gran san Agustín: pax tranquillitas ordinis — la paz es la tranquilidad del orden (De Civ. Dei, XIX, 13). Sí, “tranquilidad del orden”, porque el orden es la recta disposición de las cosas según su fin, y el fin de toda criatura humana es volver a Dios, del cual salió. Por lo tanto, cualquier esfuerzo por la paz que se olvide de Dios… vano será, y como decía el profeta, sólo servirá para que nada continúe yendo bien y aumente el terror… Mientras no paran de levantarse voces –¡y qué voces!– a favor de una paz que olvida el lugar que le corresponde a Dios, nos será de enorme provecho saborear la enseñanza perenne de la Iglesia sobre la verdadera paz.  (Ver más→)