No todo el que dice “yo creo en la Sangre de Cristo” entrará en el Reino de los Cielos

Cuando en una jarra de agua mineral se añade una minúscula gota de veneno, ya no se puede decir que este agua es apta para beber. Algo parecido ocurre en nuestra vida espiritual, en la que no es razonable elegir el camino de la mediocridad , o sea, establecer una componenda entre el agua pura de la virtud y el veneno del pecado. La santidad es un don de Dios que no se puede sin su ayuda, pero también es verdad que para alcanzarla es imprescindible la cooperación de nuestra voluntad, como tan acertadamente nos dice San Agustín: “quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti. Así, pues, creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él” (Sermón 169, 11). Por tanto, no basta creer y reconocerse pecador, es necesario hacer todo esfuerzo para entrar por la puerta estrecha (cf. Mt 7, 13). Veamos el Magisterio.

¿La Iglesia debe aprender del pueblo la voluntad de Dios?

No es novedad que los textos del Concilio Vaticano II se manipulen con los fines más variados, y por eso es necesario leerlos dentro de su contexto y a la luz de un magisterio que comenzó a guiar la humanidad hace casi 2000 años.

Uno de los documentos que más ha sufrido tergiversaciones es la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, de la cual no es raro encontrar ciertos enunciados entresacados para justificar las más variadas posiciones. Leamos esta idea: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (Gaudium et Spes, n. 1). Con esas palabras, el documento conciliar presenta el papel de la Iglesia como Madre compasiva que educa a sus hijos en el auténtico amor a Dios y al prójimo. Todo lo que esté a su alcance para aliviar los sufrimientos de los hombres, Ella lo hace con solicitud y sabiduría.

Entre las “tristezas y angustias” que azotan el corazón humano está la sed de verdad, el deseo de salir del mar de las incertidumbres y reposar el espíritu en la certeza. Al sanar esta carencia la Iglesia, además de Madre, se hace Maestra de los pueblos puesto que ha “recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (ibídem). Eso es lo que hace la Iglesia sentirse “íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (ibídem), concluyen los padres conciliares. Sin embargo, a partir de esta afirmación, leída a secas, pueden sacarse otras interpretaciones. El objetivo de esta entrada es leer el citado pensamiento a la luz del Magisterio. Entra aquí→.

No hay mal que por bien no venga… pero el bien sobrevenido no hace bueno al mal

Es normal tener miedo de ser picado por una serpiente cuyo veneno puede llevar a la muerte en pocos minutos, especialmente en aquellos lugares donde este peligro es una realidad y no apenas una posibilidad remota. Al andar por donde se sabe que habitan estos astutos animales, las alarmas se encienden, se redoblan las atenciones ante cualquier movimiento sospechoso y, en la medida de lo posible, se procura evitar ese lugar cuanto antes. Sin embargo, pocos temen una serpiente incomparablemente más letal que cualquier especie asesina, pues su picadura causa una muerte mucho más profunda; la muerte del alma que nos separa eternamente de Dios. Estamos hablando del pecado. Asunto de tanta gravedad motivó que innumerables santos y autores espirituales lo trataran con suma precisión, evitando a toda costa un lenguaje nebuloso que posibilitara vías de escape para la tendencia de nuestra miserable naturaleza humana a relativizar los negocios del más allá. Por eso, no parece sin cabida recordar algunas importantes precisiones del Magisterio de la Santa Madre Iglesia sobre este tema que nos aclaren las ideas. Veamos →

La Sagrada Eucaristía, ¿factor de comunión con los herejes?

Pocas escenas son tan conmovedoras y nos hacen volver tanto a los tiempos de nuestra inocencia como la de un grupo de niños que hace su primera comunión. Pocos días antes, el sacramento de la penitencia, tomado a veces con más seriedad que muchos adultos, purificaba, si es que era necesario, sus almas y las dejaba blancas como en el día del bautismo para que Jesús las encontrase más semejantes a Él. Cuando han sido bien preparados, la llegada de ese día crea una enorme expectativa entre los pequeñuelos que trasparece en sus ojos atentos, en su sorprendente recogimiento y en las oraciones que formulan en el silencio de su inocente corazón.

Finalmente, los inocentes se presentan ante el altar para recibir en el más grande de los sacramentos a su Rey y Señor que viene a habitar sus almas e iniciar con ellos una profunda relación de amistad que, con la gracia, podrá extenderse por toda la vida y culminará en la eternidad.

Ese día que todos los católicos recordamos con verdadera emoción es acompañado por abundantes gracias del cielo marcando profundamente la presencia inefable del propio Dios por primera vez en nuestro interior.

¿Será posible interpretar esta incomparable manifestación de la misericordia de Dios con un extraño sentido, aparentemente lejano al que tiene de verdad, adulterando el concepto de la recepción del cuerpo y de la sangre del Señor? Estemos atentos para no olvidar ni desvirtuar el verdadero sentido de lo que pasó el día de nuestra primera comunión… y se repite todos los días que estamos preparados y lo deseamos. Veamos lo que nos recuerda el Magisterio →

Las familias numerosas, ¿una irresponsabilidad?

No existe una sociedad cuyos miembros no encuentren dificultades para llevar adelante sus negocios pues, en mayor o menor grado, las diferencias de criterio suelen exigir que alguno de ellos ceda frente al otro para que todo camine bien, sean vencidos los obstáculos y se llegue al objetivo común. Como tal, el matrimonio también exige grandes renuncias en aras de un bien mayor. Continue Reading

Felicidad… ¿dónde encontrarla?

El fin supremo del hombre es la felicidad. No estamos seguros si era necesario que Aristóteles formulara este principio para tenerlo tan claro, pero de lo que no cabe la menor duda es de que pocas cosas hay tan universales cuanto el natural deseo de felicidad que brota del corazón humano: no hay hombre que no desee ser feliz. La cuestión es dónde encontrarla… Y la oferta es variada. En la sociedad secularizada –e infeliz– en que vivimos no faltan propuestas al más puro estilo “manual de autoayuda” que presentan caminos de lo más variado, sean basados en un despojamiento abúlico, en una ética agnóstica o en una dudosa filantropía sin Dios. Al contrario, ya los Padres de la Iglesia en los primeros tiempos del Cristianismo y, por supuesto, el Magisterio apuntaron la conveniencia de trascender las legítimas pero efímeras alegrías de este valle de lágrimas, y buscar las perennes “donde no hay polilla ni carcoma […], ni ladrones que abren boquetes y roban” (Mt 6, 20). Siempre… ¿hasta hoy es así? Veamos aquí →

¿La corrección fraterna es un bien o un mal?

Imaginemos un mendigo enfermo que aparece pidiendo ayuda a las puertas de un hospital atendido por religiosos. De inmediato es atendido por ellos con palabras de compresión: “Como no, hijo mío, aquí las puertas están abiertas para todos”. Al analizar su estado de salud, se descubre que el pobre hombre tiene una enfermedad contagiosa y mortal, aunque, gracias a Dios, aún está a tiempo de ser curado. ¿Qué hacer? Por su bien, el de los demás enfermos y el de todo el entorno, hay que aislarlo convenientemente y empezar un tratamiento quizá largo y doloroso. Sin embargo, el enfermo no quiere someterse a la necesaria cuarentena y mucho menos al duro proceso…, por eso llora, se queja de que está siendo puesto de lado, y grita que no tiene fuerzas para una vida tan dura, pues creía que en el hospital encontraría amor y cariño…

Tantos son sus gritos que llegan a oídos de los demás pacientes y hasta del director de la casa de salud. ¿Qué reacción cabe esperar del director? ¿Sería “un acto de caridad” conducir el enfermo a un cuarto colectivo dejándolo sin tratamiento alguno y exponiendo los demás internos al contagio? ¿Alguien se atrevería a acusar este director de injusto y poco comprensivo por exigirle que acepte el tratamiento para poder permanecer en el hospital? Es esta una parábola que Jesús podría contar hoy a ciertos fariseos del tercer milenio, pues el cargar a los hombros al enfermo, no exime de la necesidad de aplicar la necesaria medicina. Veamos lo que nos enseña el Magisterio de la Iglesia →

La ascesis, silencio y penitencia… ¿un desvío o un camino que conduce al verdadero objetivo?

“Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos” (Mt 7, 18), dice Jesús en el Evangelio. Seguramente sería señalado como loco el botánico se atreviera a decir que un árbol es malo mientras ve que da frutos excelentes, sabrosos y de comprobado valor nutritivo. Le tomarían por un charlatán, por exponer semejante opinión sin fundamento.

Es más o menos lo que pasa en el jardín espiritual de la Iglesia. A lo largo de los siglos, muchos árboles –las distintas escuelas de espiritualidad– fueron plantados en su suelo y produjeron magníficos y variados frutos. Algunos de ellos, además de alimentar a los miembros de las respectivas fundaciones, extendieron sus beneficios a otras familias religiosas o incluso a los fieles laicos, que así pudieron beneficiarse de la savia sagrada de la gracia, la cual, en cualquiera de sus variadas presentaciones, estimula los hombres a buscar la perfección de la caridad, esto es, la santidad.

Uno de esos árboles generosos, especialmente privilegiado, es el que plantó en su día San Ignacio de Loyola con los Ejercicios Espirituales. Basta dar una ojeada en el santoral de los últimos cinco siglos para ver cuáles fueron los frutos de ese método que le valió al fundador de la Compañía de Jesús el título de Patrono de los Ejercicios Espirituales.

Ahora bien, ¿qué debemos pensar de las palabras de Francisco acerca del modo tradicional y consagrado de hacer los Ejercicios espirituales? Veamos aquí

¿Más vale hacer u obedecer? o ¿la obediencia religiosa fue abolida?

Para conocer a una persona es necesario observarla en sus múltiples aspectos. Nosotros los católicos revelamos el valor moral que tenemos en diferentes circunstancias: en los momentos de sufrimiento físico o espiritual, cuando nos cabe perdonar al prójimo, desapegarnos de los bienes materiales y en tantas otras pruebas es que la caridad efectivamente se comprueba.

Para los religiosos eso se nota bajo un aspecto muy definido: la virtud de la obediencia. La sinceridad de la entrega de sus vidas a la Iglesia puede ser comprobada por la capacidad que tienen de renunciar a sí mismos y cumplir la voluntad de los que son para ellos los representantes del Señor. Sabemos que el religioso obediente es amado por el Señor, mientras que el que hace su propia voluntad se aleja de la virtud.

Esta es la enseñanza más segura de la Iglesia que han seguido innumerables generaciones de consagrados hasta nuestros días. Aceptar la rebeldía como una característica de la vida religiosa es consentir en la transgresión de los principios más sagrados, sobre todo si eso se hace para, supuestamente, mejor servir a Dios. Recordemos lo que nos enseña el Magisterio →

¿Un Dios Omnipotente sería incapaz de crear el universo en un solo instante?

“Creo en Dios Padre Todopoderoso…” Así empieza el Credo, así lo rezamos todos los días, así lo creen los cristianos con base en la Revelación.

La maravillosa obra de la creación supera nuestra capacidad de comprensión y nos lleva sin mucho esfuerzo a atribuirla a una inteligencia superior, propia de Alguien mucho más grande que ella misma y que, seguramente, mostró su gran magnificencia en ese acto de crear. Descrito brevemente en el Génesis, nosotros lo contemplamos apenas en la penumbra del misterio. Entretanto, al reconocer que el universo fue hecho por Dios, no ponemos en duda de que así fue según su sabia disposición, sea de modo instantáneo o no. Podemos admitir que la obra de los seis días se extendió por miles de años al igual que duró un minuto. Lo que no podemos es poner límites al atributo de la omnipotencia de Dios la cual, con permiso del pleonasmo, lo puede todo…

Veamos lo que nos enseña el Magisterio →

Para ser perdonado ¿hace falta algo más que ser pecador?

“La segunda tabla después del naufragio de la gracia perdida”. Así era definido, ya en los primeros siglos del Cristianismo, el sacramento de la penitencia (cf. Dz 1542). Imagen viva y elocuente pues, en efecto, cuando el alma pierde la inocencia bautismal cometiendo una falta grave, queda como náufraga en medio de las olas tenebrosas del pecado. Para no perecer eternamente y recobrar el tesoro perdido, hay que recurrir a la confesión, segura tabla de salvación para los bautizados que no quieren perecer. Pero este divino recurso tiene sus condiciones ¿Dios perdona siempre? ¿Incluso a los que no desean escapar del mar del pecado? Un tema tan importante requiere ser expuesto en su integridad. Entra para conocerlo →

¿El Juicio sin Juez?

El impresionante drama del Juicio universal siempre ha sido provechoso para los fieles y aun en nuestros días su consideración es eficaz para despertar las consciencias y llamar a la conversión. Tema muy pastoral y accesible para todos, aparece con gran claridad y frecuencia en la Sagrada Escritura.

La Iglesia resume esa verdad de fe en las terminantes y sencillas palabras que los católicos todos los días rezamos en el Credo: Cristo ha de venir de los Cielos “a juzgar a vivos y a muertos”. Pero… ¿vendrá como juez o vendrá cómo qué? Entra y encuentra la respuesta