Las comunidades contemplativas, ¿explosión de vitalidad o enfermedad eclesial?

Desde el principio del Cristianismo hubo hombres y mujeres que, deseosos de mayor entrega a Dios, se apartaron del mundo y dedicaron sus vidas a la oración, el ayuno y la penitencia en intimidad con el Señor. Muchos alcanzaron tal fama de santidad que acabaron por atraer muchedumbres a su alrededor y el ejemplo de sus vidas despertó en muchos el deseo de imitarlos en las vías de la perfección. Surgieron de esta manera pequeñas comunidades que fueron el germen de las órdenes religiosas.

Desgraciadamente, no es raro encontrar quien, afectado por una visión despojada de todo cariz sobrenatural, tenga este santo aislamiento por cobardía egoísta. Ignoran éstos el valor que tiene la oblación de las almas contemplativas para la acción evangelizadora de la Santa Iglesia. Ella sabe muy bien que la inacción del misionero sería tan culposa como el abandono de la contemplación por parte de aquellos que fueron llamados a esa vocación. En vista de estos presupuestos, ¿tienen cabida ciertas generalizaciones? Veamos aquí…→

¿Las almas de los malos serán aniquiladas o eternamente castigadas?

¿Qué pasará después de la muerte? ¿Adónde iremos? He aquí, una de las grandes inquietudes del hombre, cristiano o no. Cuántas veces, a lo largo de la historia, se buscó una respuesta a la misma que no exigiese una moral consecuente con la creencia de una vida eterna y un Dios que premia y castiga. Las enseñanzas escatológicas de la Iglesia, fundadas en la revelación y en la tradición, y recogidas a lo largo de los siglos por el magisterio responden a estos interrogantes con autoridad y sabiduría. Y por ser depositaria de la verdad, tiene un afán misionero que emana del mandato de Cristo para anunciar el Evangelio a todos los pueblos y busca atraer todas las almas a su verdad perenne. Pero, ¿cuál es la verdad sobre este tema? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio→

¿Dios es indiferente a las obras buenas o malas?

¿Qué opinaríamos de un libro de cocina que esconde cuáles son los principales ingredientes de sus recetas y, para colmo, explica de forma confusa los pasos para preparar cada plato? Ahora bien, cualquier manjar terreno, por exquisito que sea, pierde toda su importancia delante de un asunto tan delicado como nuestro destino eterno. Pues bien, al interpretar ciertas palabras del Papa Francisco en su entrevista a Antonio Spadaro, poco menos que algunos han querido reducir esta problemática esencial a un simple axioma que se podría resumir así: “Dime con quien andas y te diré si estás salvado o condenado”. En efecto, si nuestra salvación eterna no depende de lo individual y sí exclusivamente de nuestra pertenencia al pueblo de Dios, es indiferente que nuestras obras sean buenas o malas. Pero si esto es verdad, ¿para qué esforzarse en practicar la virtud y permanecer en el estado de gracia? ¿Nuestro destino eterno no estaría dependiendo más de las comunidades humanas y las dinámicas populares que de nosotros mismos? Para evitar juicios confusos, nunca será excesivo recordar la doctrina católica verdadera sobre la conquista de la eterna bienaventuranza. Veamos lo que nos dice el Magisterio de la Iglesia →

¿Qué son las obras de misericordia y cuáles son las más importantes?

Al hablar de caridad casi siempre pensamos en auxilios materiales ofrecidos a los más necesitados, lo que no deja de ser correcto. Dar limosna es un hábito laudable que siempre fue incentivado por la Santa Madre Iglesia. Sin embargo, no podemos olvidar que las obras de misericordia espirituales —instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia (Catecismo de la Iglesia Católica, 2447)—, son más importantes que las corporales —dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, y enterrar los muertos.

Dentro de la Iglesia florecieron como en un jardín exuberante las más diversas órdenes religiosas dedicadas a la asistencia material del prójimo, pero ¿alguna vez se consideraron dispensadas de la obligación de instruir en la verdadera doctrina a aquellos desventurados que yacen en las tinieblas del error? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio →

Para ser perdonado ¿hace falta algo más que ser pecador?

“La segunda tabla después del naufragio de la gracia perdida”. Así era definido, ya en los primeros siglos del Cristianismo, el sacramento de la penitencia (cf. Dz 1542). Imagen viva y elocuente pues, en efecto, cuando el alma pierde la inocencia bautismal cometiendo una falta grave, queda como náufraga en medio de las olas tenebrosas del pecado. Para no perecer eternamente y recobrar el tesoro perdido, hay que recurrir a la confesión, segura tabla de salvación para los bautizados que no quieren perecer. Pero este divino recurso tiene sus condiciones ¿Dios perdona siempre? ¿Incluso a los que no desean escapar del mar del pecado? Un tema tan importante requiere ser expuesto en su integridad. Entra para conocerlo →

“Señor ¿son pocos los que se salvan?”

A pesar del indiferentismo de nuestros días, con frecuencia aflora en las almas aquella misma pregunta que alguien, quizá afligido con la perspectiva de la condenación eterna, le hizo en su día al Redentor: “Señor ¿son pocos los que se salvan?” (Lc 13, 23). Y aunque casi nadie quiera efectivamente reconocerlo, sabemos que la problemática de la felicidad eterna se relaciona con la práctica de los mandamientos, la perseverancia en el estado de gracia y la firme adhesión a la única Iglesia verdadera. Hoy algunos, contaminados por falsas teorías, plantean la cuestión en términos simplificadores que buscan, equivocadamente, mostrar el camino hacia el Cielo tan espacioso como el de la condenación eterna (cf. Mt 7, 13), pero la verdad siempre ejercerá sobre los rectos de corazón el mismo poder de atracción y la misma fuerza de conversión de siempre. Son esos los que descubren que el  (cf. Mt 11, 30) pero que el Cielo sólo “los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12). Entremos en el Denzinger-Bergoglio y veamos lo que nos dice el Magisterio.

¿Sin Jesucristo puede existir la verdadera paz?

Esperábamos paz, y nada va bien; tiempo de curación, y llega el terror” (Jer 8, 15). ¿Quién no quiere la paz? Pero… ¿cómo alcanzarla en un mundo agitado por numerosas e intricados problemas? Siglos antes de su nacimiento, el Señor fue profetizado por Isaías como ‘Príncipe de la Paz’ (Is 9,6). Siguiendo su Maestro, los apóstoles – sobretodo san Pablo – siempre ofrecían la paz a sus oyentes y a los destinatarios de sus cartas. Y la Santa Madre Iglesia, tutelada por el Espíritu Santo, supo orientar a los pueblos que se acogieron bajo su manto en las sendas de la paz, según la definición clásica del gran san Agustín: pax tranquillitas ordinis — la paz es la tranquilidad del orden (De Civ. Dei, XIX, 13). Sí, “tranquilidad del orden”, porque el orden es la recta disposición de las cosas según su fin, y el fin de toda criatura humana es volver a Dios, del cual salió. Por lo tanto, cualquier esfuerzo por la paz que se olvide de Dios… vano será, y como decía el profeta, sólo servirá para que nada continúe yendo bien y aumente el terror… Mientras no paran de levantarse voces –¡y qué voces!– a favor de una paz que olvida el lugar que le corresponde a Dios, nos será de enorme provecho saborear la enseñanza perenne de la Iglesia sobre la verdadera paz.  (Ver más→)

¿Caridad exclusiva y excluyente?

Por más que algunos se empeñen en presentarlo así, el amor hacia los pobres no es una novedad nacida de la Iglesia de Cristo durante los últimos años. Fue el Divino Redentor quien dio el ejemplo y dejó esa sorprendente ley de la caridad, que hace que sus seguidores encuentren en los que sufren la imagen del mismo Jesús que los inspiró a socorrerlos.

Sin embargo, el llamado divino a la conversión fue dirigido a todos, pobres o ricos, y la pobreza que mereció el título de bienaventuranza fue la del espíritu: el desapego de las cosas de este mundo y la humildad. Por eso, delante de algunas visualizaciones sesgadas, cabe preguntarse, ¿habrá pobres que son ricos en espíritu y ricos que son desapegados? ¿Es la “opción por los pobres” exclusiva y excluyente?

Si la idea de “carne de Cristo” tiene relación con la de Cuerpo Místico, ¿es la pobreza de las periferias lo que hace el hombre parte de este Cuerpo? El Magisterio nos enseña qué es el Cuerpo Místico de Cristo y cuáles son sus verdaderos miembros. Ver más…→

¿Cuáles son las ovejas que Jesús recibe en su redil?

Ante el mandato divino de evangelizar todas las naciones y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la Santa Iglesia siempre traspasó fronteras para llevar a todos, sin excluir a nadie, el anuncio de la buena noticia. Sin embargo, ya desde los tiempos apostólicos, todo evangelizador se vio obligado a aliar la audacia con la prudencia, para no dejarse contaminar, en su debilidad, por aquellos que rechazan la universal invitación a la conversión realizada por el Redentor.

En nuestros días, frente a la creciente pérdida de identidad de los católicos, muchos entienden que este anuncio debe hacerse reconociendo los diferentes credos, entre los cuales el nuestro es considerado uno más, y sin ningún tipo de cuidado por la preservación de la propia fe y de las buenas costumbres.

Los sucesores de San Pedro dejaron a lo largo de los siglos orientaciones muy precisas que indican como conciliar la intrepidez apostólica con la vigilancia. Es oportuno recordarlos para aclarar conceptos y valorar debidamente la fe que profesamos, la única que puede llevar los hombres a la eterna bienaventuranza. Leer más →

La obligación de predicar la verdad contraría al mundo

El bien espiritual del pueblo de Dios depende del anuncio del Evangelio confiado por el mismo Jesucristo a San Pedro y los Apóstoles. Los verdaderos fieles esperan de sus pastores la transmisión íntegra de las verdades eternas, incluso cuando estas chocan con el mundo. Otros, muy al contrario, desearían que esto cambiase para vivir con la conciencia más tranquila. De este modo, la fidelidad de la Jerarquía a su misión implica proclamar “con ocasión o sin ella” la palabra de salvación y enfrentar no pocas enemistades entre los que viven apartados de la verdad.  Leer más aquí →.

¿El Juicio sin Juez?

El impresionante drama del Juicio universal siempre ha sido provechoso para los fieles y aun en nuestros días su consideración es eficaz para despertar las consciencias y llamar a la conversión. Tema muy pastoral y accesible para todos, aparece con gran claridad y frecuencia en la Sagrada Escritura.

La Iglesia resume esa verdad de fe en las terminantes y sencillas palabras que los católicos todos los días rezamos en el Credo: Cristo ha de venir de los Cielos “a juzgar a vivos y a muertos”. Pero… ¿vendrá como juez o vendrá cómo qué? Entra y encuentra la respuesta

¿Los ateos hacen el bien tal como los católicos?

Hacer el bien y evitar el mal… sin duda una obligación para todos, pues nadie consigue apagar aquella voz que, en el fondo de cada corazón, recuerda constantemente esta obligación. Pero… ¿todos pueden hacerlo por igual, con la misma lucidez y análogos efectos? Tema complejo y lleno de matices, que no puede ser tratado a la ligera y conviene tener claro para no confundir realidades primordiales para nuestra salvación… La doctrina católica siempre nos ilumina en medio de la penumbra… Entre en el Denzinger-Bergoglio →