Francisco, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si viene a perder su alma?

“La caridad comienza por la propia casa”. Este dicho popular expresa de forma sencilla y clara la actitud que debe tener un apóstol del Evangelio. De hecho, nadie puede dar lo que no tiene por lo que, en primer lugar, a un misionero le es necesario llenar su alma de la gracia para, sólo después, poder transmitir de forma efectiva la luz de Cristo y el perfume de las virtudes cristianas. Sí, para evangelizar no se puede mezclar el agua cristalina de la santidad con el barro del pecado, es decir, se debe buscar, ante todo la salvación de los demás, pero siempre evitando que, bajo el pretexto del apostolado, adecuemos nuestras almas a las malas influencias del mundo, poniendo en grave riesgo nuestro destino eterno. ¿De qué servirán obras y más obras si quien las hace se termina condenando por haber adoptado una estrategia apostólica imprudente? La Iglesia pone por delante de todo la eterna salvación de sus hijos, y por eso siempre fue vigilante a la hora de indicar el verdadero camino de la evangelización.  Leer más ⇒

Cuando el lobo ataca a las ovejas, ¿qué debe hacer el Pastor?

La figura del Buen Pastor dispuesto a enfrentar al lobo a costa de su vida para proteger y salvar a sus ovejas (Jn 10,11-12) es una imagen elocuente y conmovedora. Elaborada por Nuestro Señor Jesucristo para definirse a sí mismo, expresa entre otros atributos, el celo pastoral que todo Obispo, en colaboración con su presbiterio y bajo la autoridad del Sumo Pontífice, debe poseer para el ejercicio competente de su misión “de enseñar, de santificar y de regir” al pueblo de Dios (Decreto del Concilio Vaticano II, Christus Dominus, n. 11).Continue Reading

Abajarse ante los demás. ¿Cuándo, cómo y a qué aplicar esta enseñanza de Jesús?

Al recorrer las páginas de la Historia de la humanidad, en las épocas más distantes, en los pueblos más lejanos entre sí y con las culturas más dispares, sobresale un rasgo en común: el egoísmo, la disputa por el poder, la ganancia y todos los demás vicios relacionados con el orgullo. No es de admirar, pues los padres de todos ellos, Adán y Eva, cayeron en la trampa del maligno por juzgar que por una desobediencia serían “como dioses” (cf. Gn 3, 5). Hete aquí la fuente del orgullo humano.

Jesucristo, en cambio, cuando vino al mundo, no hizo otra cosa sino enseñar a los hombres la maldad del orgullo, y toda su vida fue un profundo ejemplo de humildad: quiso hacerse hombre, nacer en el pesebre, morir en la Cruz… E indicó a sus discípulos el camino a seguir: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 26-28).

Sin embargo, la humildad de Jesús que todos somos invitados a imitar es, muchas veces, confundida con una falsa modestia que lleva a olvidar la grandeza de la vocación cristiana, con una actitud apocada de rendición frente a los enemigos de la Iglesia o hasta con una simulada atenuación de la doctrina y moral católica para no “herir” los sentimientos de los que piensan de forma diferente. Por eso, como no podía ser diferente, no faltan los que se aprovechan de ciertas afirmaciones de la Jerarquía eclesiástica para propagar esta visión distorsionada..

Tal vez algo semejante haya ocurrido con el Papa Francisco en una de sus homilías matutinas al tratar sobre este tema. ¿Sus palabras habrán sido bien comprendidas? ¿O más bien cabe preguntarse cuál fue su intención al pronunciarlas? El Magisterio, los Padres y Doctores de la Iglesia pueden ayudarnos a responder. Entra aquí →

¿Rezar el rosario? ¿Sí, pero sin pasarse? Francisco y los ramilletes de oraciones

¡Qué alegría para una madre ver su hijito acercarse y ofrecerle una flor! La alegría, sin duda, sería más grande si el chiquillo le ofreciera no una rosa sino un hermoso ramo. ¿Qué decir si en un día muy especial todos sus hijos juntos adornasen la casa con más de 175 mil flores?

Así es el rosario, esta ofrenda que los católicos dedicamos todos los días a la Virgen María para alabarla y encomendar nuestras necesidades a su intercesión mientras meditamos la vida de Nuestro Señor Jesucristo bajo un prisma mariano. Además, cuando queremos a alguien y queremos que el cielo lo favorezca ponemos sus intenciones en numerosos rosarios y le ofrecemos una coronilla, como muestra de nuestro afecto en el Señor.

Cuando el Papa Francisco asumió el pontificado le llegaron, como es natural, mensajes de todo el orbe católico. Un grupo, atendiendo al constante pedido del Obispo de Roma de que se rece por él, le envió un tesoro espiritual de 3525 rosarios. Sin embargo, parece que no le gustó mucho… Cuando esta circunstancia llegó al conocimiento general provocó perplejidad… y no es para menos, pues el hecho de que se quite importancia a esta piadosa costumbre hace pensar. ¿Cuál es el grado de importancia que el Papa Francisco da a una oración que varias veces ha recomendado? ¿Ve en su asidua recitación un valioso auxilio en el plan sobrenatural, como lo demuestra la doctrina católica?

Sabemos los privilegios y sobre todo la eficacia vinculados a esta práctica desde hace siglos. La repetición del Ave María, parte primordial, hace profundizar en el alma de quien ora la comprensión de los misterios de la vida de Cristo. La Iglesia no ve en esa reiteración una costumbre pre-conciliar sino, muy al contrario, la considera una perenne y fervorosa manifestación de amor.

A los que afirman que rezar muchos rosarios es una exageración y que disminuir su frecuencia es lo más indicado, cabe recordar la frase de Lacordaire: “el amor sólo tiene una palabra y decirla siempre nunca es repetirla”. Continúa leyendo⇒

Derechos e igualdad, ¿fuente de justicia y paz?

“Seréis como Dios” (Gn 3, 5). Cayendo Eva en la tentación que la serpiente le propuso en el Jardín del Edén, las consecuencias fueron inmediatas y desastrosas para nuestros primeros padres: expulsión del paraíso, pérdida de los dones sobrenaturales y preternaturales y una vida de sufrimientos. La pretensión de ser “igual que Dios” fue la causa de todos los males que existen en el mundo. Esa misma tentación se repite en el interior de los hombres aún hoy. La ilusión de no tener superiores incita al hombre a creer que la tranquilidad proviene de la total igualdad de medios, posición y responsabilidades.Continue Reading

Francisco y el curioso milagro de la «no multiplicación» de los panes …

Probablemente, muchos de nuestros lectores recibieron sus clases de catecismo en los movidos años 70 y, cierto día, abrieron como platos sus pequeños ojos, escandalizados al oír que el milagro evangélico de la multiplicación de los panes no pasaba de una metáfora para simbolizar el poder de compartir con los demás. Era un tiempo en el que valía todo… y muchas inocencias se perdieron…

En sentido contrario a tales imaginaciones, este milagro es, en la primera de las dos veces que fue realizado, el único contado por los cuatro evangelistas. Por esa razón, no es difícil formar un cuadro bastante completo de las circunstancias que lo rodearon. Por conocer, conocimos hasta la cualidad de los panes y su procedencia exacta: eran de cebada, y fueron proveídos por un muchacho, según nos cuenta San Juan. En los cuatro Evangelios consta cuidadosamente el número de los beneficiados: más o menos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Por lo tanto, un milagro comprobado por una multitud de testigos, que sintieron hambre, sabían que no tenían nada que comer, pero se saciaron de panes y peces y, además, pudieron comprobar la realidad del milagro con las sobras recogidas por los discípulos.

Lo mismo ocurre con la segunda multiplicación, narrada en los sinópticos. Esta vez, con siete panes y algunos pececillos, Jesús dio de comer a unas cuatro mil personas.

Ante esa narración tan clara, ¿sería lícito para un católico dudar del poder de Cristo? El mismo que caminó sobre las aguas y convirtió el agua en vino ¿no tendría poder para multiplicar los panes y incluso para sacarlos de la nada?

Tal como ocurrió con los que buscaban a Jesús ansiosos por aprender su doctrina, a nosotros la Iglesia nos transmite una enseñanza muy firme y accesible a propósito del poder divino de nuestro Redentor, de esos episodios específicos y de cómo deben ser interpretados los demás hechos narrados en el Evangelio. Entra en el Denzinger-Bergoglio →

100 millones de muertos… ¿en favor de los pobres?

Hace un siglo el mundo se vio sumergido en el más terrible caos. Todas las batallas vividas hasta entonces por la humanidad parecían de juguete en comparación con la dinámica bélica del siglo XX. Y no apenas por el aparato militar, sino también por la saña doctrinal utilizada para oprimir la humanidad.Continue Reading

«Quién soy yo para juzgar». El Sumo Pontífice y la suprema potestad de juzgar bajo el yugo de la dictadura del relativismo

Desde la Antigüedad, al constituirse el hombre en sociedad, la potestad de juicio ha sido atribuida a personas o grupos cualificados para juzgar las cuestiones o delitos que suele haber en la convivencia humana. En el Antiguo Testamento Moisés manda que sean elegidos hombres sabios, prudentes y expertos de entre el pueblo para guiar y juzgar las tribus en sus asuntos y pleitos, pues él solo ya no podía más (cf. Dt 1,12-17). Desgraciadamente, la miseria humana fue corrompiendo muchos de los que tenían tal encargo y, ya en su tiempo, Jesús fue muy severo con los que, en su hipocresía, apuntaban la “mota del ojo” de sus hermanos para juzgarlos y no arrancaban la “viga” del suyo (cf. Mt 7, 3). Por eso advirtió en el Sermón de la Montaña: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros” (Mt 7, 1-2).Continue Reading

La obra del Espíritu Santo, ¿componenda con cualquier doctrina o unidad en la verdad?

Inmutable y eterno en su divina naturaleza, el propio Jesucristo declaró sobre su misión en la tierra no haber venido a abolir da ley y los profetas, sino a darles pleno cumplimiento (cf. Mt 5, 15-17). No obstante, es indiscutible que esta “plenitud” trajo consigo la mayor novedad que la historia ha conocido, pues bajo todos los aspectos, la predicación del Redentor significó una completa renovación para el hombre, sea en su relación con Dios sea en la convivencia con los demás. Baste pensar, por ejemplo, en la revelación de la trinidad de Personas en el Dios Único, la invitación a participar de la vida divina por la gracia, o el “giro copernicano” habido en las relaciones humanas con el mandamiento nuevo del amor. E incluso en aspectos ya presentes desde siempre en la vida de los hombres, Jesucristo colocó una perspectiva nueva. Así, ofrece la anhelada paz, pero no la que da el mundo sino “su” paz (cf. Jn 14, 27); y promete la felicidad, pero como recompensa a los justos y los que sufren por su nombre (cf. Mt 5, 3-12).

Lo mismo ocurre con la unión que debe reinar entre sus seguidores: la unidad, que constituye una de las notas de su Iglesia —“un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4, 5)— no es obra del espíritu humano sino del “Espíritu de la verdad” (Jn 14, 17). El tan pregonado —y cuantas veces mal comprendido— “ut unum sint” no incluye el “hijo de la perdición” ni los que “son del mundo”, sino que está asociado a una santificación “en la verdad” (cf. Jn 17, 11-15). Por eso, causa sobresalto oír ciertas afirmaciones que parecen fomentar una unión indiscriminada, cuyo precio —no podría ser diferente— acabaría siendo un acuerdo entre bien y mal, verdad y error, belleza y feura. ¿Es ésta la unidad deseada por Cristo y realizada por el Espíritu Santo? Una vez más, nos será útil aclarar algunos conceptos. Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio →.

La llamada cultura del encuentro frente a la perennidad del Evangelio

Europa es, sin lugar a dudas, el único continente cuyos límites no son definidos por criterios geográficos, pues según éstos no es más que una península de Asia. A Europa la define una civilización común. Ésta fue modelada en sus orígenes por la Santa Iglesia Católica y mientras los valores verdaderamente cristianos regularon la vida de los pueblos europeos, su influencia a nivel mundial fue hegemónica y su progreso en todos los aspectos –no sólo los materiales– imparable. En sentido opuesto, es consecuencia evidente que cuánto más se apartan de ellos, su horizonte se tiñe de un color cada vez más oscuro. León XIII, al comparar la agitada época que le tocó vivir con los “afortunadísimos tiempos en los que la Iglesia era respetada como madre”, señalaba como la paz, tranquilidad y riqueza de una sociedad es fruto de la Iglesia, y que las mejores instituciones y hasta la verdadera cultura surgían cuando los pueblos eran sumisos a sus leyes. Nosotros ponemos el problema: ¿para mejorar la situación trágica de los días en que vivimos, debemos buscar un intercambio de valores con religiones o ideologías que jamás producirán los frutos que la Santa Iglesia engendró? ¿Acaso el mandato de Jesús de “ir al mundo entero y proclamar el Evangelio” (cf. Mc 16, 15) cambió por: “ir al mundo entero y aprender con los infieles”? Veamos la respuesta →

“Id al mundo entero…” ¿para hacer discípulos o para qué?

Las realidades espirituales superan las naturales y con frecuencia no están al alcance de nuestra inteligencia. Por eso el divino Maestro solía valerse de analogías para explicar a sus seguidores las maravillas del Reino. Entre ellas está la parábola de la levadura: “El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta” (Mt 13, 33). Con variados matices, los Padres, Doctores y el Magisterio de la Iglesia siempre han visto en esta imagen un símbolo del dinamismo de la predicación apostólica que, en obediencia al mandato del Redentor —“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19)— debería alcanzar al mundo entero y transformar la redondez de la tierra. ¿Se habrían equivocado los Apóstoles en lo referente a la extensión y el objeto de su misión? Veamos lo que nos dice el Magisterio →

¿Más vale hacer u obedecer? o ¿la obediencia religiosa fue abolida?

Para conocer a una persona es necesario observarla en sus múltiples aspectos. Nosotros los católicos revelamos el valor moral que tenemos en diferentes circunstancias: en los momentos de sufrimiento físico o espiritual, cuando nos cabe perdonar al prójimo, desapegarnos de los bienes materiales y en tantas otras pruebas es que la caridad efectivamente se comprueba.

Para los religiosos eso se nota bajo un aspecto muy definido: la virtud de la obediencia. La sinceridad de la entrega de sus vidas a la Iglesia puede ser comprobada por la capacidad que tienen de renunciar a sí mismos y cumplir la voluntad de los que son para ellos los representantes del Señor. Sabemos que el religioso obediente es amado por el Señor, mientras que el que hace su propia voluntad se aleja de la virtud.

Esta es la enseñanza más segura de la Iglesia que han seguido innumerables generaciones de consagrados hasta nuestros días. Aceptar la rebeldía como una característica de la vida religiosa es consentir en la transgresión de los principios más sagrados, sobre todo si eso se hace para, supuestamente, mejor servir a Dios. Recordemos lo que nos enseña el Magisterio →