Las familias numerosas, ¿una irresponsabilidad?

No existe una sociedad cuyos miembros no encuentren dificultades para llevar adelante sus negocios pues, en mayor o menor grado, las diferencias de criterio suelen exigir que alguno de ellos ceda frente al otro para que todo camine bien, sean vencidos los obstáculos y se llegue al objetivo común. Como tal, el matrimonio también exige grandes renuncias en aras de un bien mayor. Continue Reading

“Id al mundo entero…” ¿para hacer discípulos o para qué?

Las realidades espirituales superan las naturales y con frecuencia no están al alcance de nuestra inteligencia. Por eso el divino Maestro solía valerse de analogías para explicar a sus seguidores las maravillas del Reino. Entre ellas está la parábola de la levadura: “El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta” (Mt 13, 33). Con variados matices, los Padres, Doctores y el Magisterio de la Iglesia siempre han visto en esta imagen un símbolo del dinamismo de la predicación apostólica que, en obediencia al mandato del Redentor —“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19)— debería alcanzar al mundo entero y transformar la redondez de la tierra. ¿Se habrían equivocado los Apóstoles en lo referente a la extensión y el objeto de su misión? Veamos lo que nos dice el Magisterio →

La autodenominada “arzobispo de Uppsala», “querida hermana”: ¿Hasta dónde puede llegar el diálogo ecuménico?

“Un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16)… No fue otro el deseo de Cristo al dejar a los Apóstoles el mandato de “evangelizar a toda criatura” (Mc 16, 15). Sin embargo, a lo largo de la historia, se desgarraron algunas ovejas de su rebaño y, “separándose de la plena comunión de la Iglesia no pocas comunidades” (Unitatis redintegratio, n. 3), rasgaron la unidad de la túnica inconsútil de Cristo. La Iglesia Católica ―universal y necesaria para la salvación―, a ejemplo del Buen Pastor, no deja de acoger a las ovejas que quieren volver a la unidad de su redil, dialogando con ellas. ¿Pero, puede en este diálogo la Iglesia dejar de ser ella misma y ocultar su doctrina y la identidad de su fe a los cristianos separados, en nombre de un mal entendido ecumenismo? ¿Airear sin sonrojarse cordiales relaciones con quien ostenta el pseudosacerdocio femenino de algunas confesiones cristianas es verdadero ecumenismo o un sincretismo manifiestamente peligroso para la fe? ¿No sería como mínimo una inconveniente indiferencia en relación al episcopado católico hablar de “promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades en todo el mundo”, equiparándolo tendenciosamente a un pseudoepiscopado femenino? Recordemos un poco la enseñanza católica acerca de estos temas. Entrar en el Denzinger-Bergoglio

¿Qué vale más, el pan que quita el hambre o la palabra que alimenta el alma?

San Juan Crisóstomo compara la educación de un niño con la elaboración de una maravillosa estatua para Dios. Según el Doctor de la Iglesia la misión confiada a los padres de manera inmediata y privilegiada es llevarlo a la práctica de la virtud, enseñándole a amar el verdadero Dios y “a marcar todo lo que diga y haga con el signo de la cruz”.

La omisión en este campo, sin duda una de las más importantes, deja los tristes resultados que la sociedad de nuestros días nos permite comprobar y, por eso, los Papas no dudaron en calificarla peligrosa, perjudicial, injusta e incluso gravemente culposa.

Por tanto, aunque se escuche que lo importante es no dejarlos pasar hambre y darles escuela ¿es verdad que podemos ser indiferentes en relación a la educación religiosa de los niños? ¿Basta darles el alimento corporal para cumplir la misión confiada por el Señor a los padres? ¿Si ellos reciben la educación de cualquier confesión religiosa, llegarán a ser buenos cristianos?

Todas estas preguntas ya fueron respondidas por el sabio Magisterio de la Iglesia y aunque se hagan afirmaciones para agradar a propios y extraños, tenemos elementos para elegir lo correcto. Veamos aquí →

La ascesis, silencio y penitencia… ¿un desvío o un camino que conduce al verdadero objetivo?

“Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos” (Mt 7, 18), dice Jesús en el Evangelio. Seguramente sería señalado como loco el botánico se atreviera a decir que un árbol es malo mientras ve que da frutos excelentes, sabrosos y de comprobado valor nutritivo. Le tomarían por un charlatán, por exponer semejante opinión sin fundamento.

Es más o menos lo que pasa en el jardín espiritual de la Iglesia. A lo largo de los siglos, muchos árboles –las distintas escuelas de espiritualidad– fueron plantados en su suelo y produjeron magníficos y variados frutos. Algunos de ellos, además de alimentar a los miembros de las respectivas fundaciones, extendieron sus beneficios a otras familias religiosas o incluso a los fieles laicos, que así pudieron beneficiarse de la savia sagrada de la gracia, la cual, en cualquiera de sus variadas presentaciones, estimula los hombres a buscar la perfección de la caridad, esto es, la santidad.

Uno de esos árboles generosos, especialmente privilegiado, es el que plantó en su día San Ignacio de Loyola con los Ejercicios Espirituales. Basta dar una ojeada en el santoral de los últimos cinco siglos para ver cuáles fueron los frutos de ese método que le valió al fundador de la Compañía de Jesús el título de Patrono de los Ejercicios Espirituales.

Ahora bien, ¿qué debemos pensar de las palabras de Francisco acerca del modo tradicional y consagrado de hacer los Ejercicios espirituales? Veamos aquí

¿La Curia Romana, cortesanos aduladores o servidores del Papa?

Narcisos… así, sin muchos tapujos, etiqueta el Papa Francisco a frecuentes de los anteriores “jefes de la Iglesia” y miembros de la Curia Romana. Supondremos, por deferencia, que el Obispo de Roma considere que en dos mil años de historia no sean su augusta persona y la de sus colaboradores inmediatos las únicas que se libren de epíteto tan caritativo que, a primera vista, parecería menospreciar toda la obra de los Papas anteriores. El caso concreto es que, al hablar de la Curia Romana o al encontrarse con ella, Francisco nunca pierde oportunidad de señalar defectos, como lo hizo el pasado mes de diciembre –¡ni más ni menos que durante las felicitaciones navideñas oficiales!– invitando cada uno de sus miembros a un profundo examen de consciencia. Y, sin embargo, lo que llama la atención es que con otras personas o grupos no hace lo mismo, incluso cuando están lejos de cumplir los preceptos divinos, siquiera públicamente. ¿Qué lo mueve entonces? ¿Una extraña antipatía por la jerarquía eclesiástica de la que forma parte? ¿Un oculto deseo de cambiar estructuras que considera obsoletas? ¿Escasa consideración o acaso desconocimiento del primado de la Iglesia de Roma? Nada de esto podemos afirmar, aunque sí mostrar cierta perplejidad. La Curia, como todo organismo constituido por seres humanos está sujeta, evidentemente, a errores, defectos y, sobretodo, a los efectos de los pecados de sus miembros; pero no por esto deja de tener un importante papel en la Iglesia, entre los cuales, la “diaconía” del ministerio petrino. Veamos lo que nos dice el Magisterio de la Iglesia sobre este importante asunto →

¿La Iglesia, un sol que ya no debe iluminar?

“De Jesucristo y de la Iglesia, me parece que es todo uno y que no es necesario hacer una dificultad de ello”, dijo Santa Juana de Arco con la impresionante precisión teológica que, incluso no siendo letrada, le daba su gran unión con el Divino Salvador. Jesucristo confió a su Iglesia la misión de iluminar a todos los pueblos, anunciándoles la Buena Noticia de la salvación. Esa misma luz, sin embargo, alegra a unos y molesta a otros, pues “el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras” (Jn 3, 20). Ser lumen Christi en el mundo significa poner de manifiesto la verdad, pero también denunciar el error. ¿Qué pensaríamos, entonces, si alguien acusase a la luz de una especie de narcisismo espiritual por cumplir precisamente aquello que es propio a su condición de luz? Entra aquí y descubre lo que nos enseña el Denzinger-Bergoglio →

Si todas las religiones llevan a Dios, ¿para qué sirven, entonces, Jesucristo y la Iglesia?

El delicado tema del diálogo interreligioso conlleva, sin duda, importantes matices. Una verdad presentada de forma parcial o acaso un tanto destorcida puede fácilmente conducir al indiferentismo, según el cual todas las religiones serían caminos hacia Dios y se complementarían mutuamente. Ante semejante concepción, ¿qué necesidad habría de Jesucristo y la Iglesia para la salvación? ¿A la Esposa de Cristo le falta algo que deba recibir de las otras religiones? Veamos qué dicen Francisco y el Magisterio al respecto →

¿Las almas de los malos serán aniquiladas o eternamente castigadas?

¿Qué pasará después de la muerte? ¿Adónde iremos? He aquí, una de las grandes inquietudes del hombre, cristiano o no. Cuántas veces, a lo largo de la historia, se buscó una respuesta a la misma que no exigiese una moral consecuente con la creencia de una vida eterna y un Dios que premia y castiga. Las enseñanzas escatológicas de la Iglesia, fundadas en la revelación y en la tradición, y recogidas a lo largo de los siglos por el magisterio responden a estos interrogantes con autoridad y sabiduría. Y por ser depositaria de la verdad, tiene un afán misionero que emana del mandato de Cristo para anunciar el Evangelio a todos los pueblos y busca atraer todas las almas a su verdad perenne. Pero, ¿cuál es la verdad sobre este tema? Veamos lo que nos dice el Denzinger-Bergoglio→

Para ser perdonado ¿hace falta algo más que ser pecador?

“La segunda tabla después del naufragio de la gracia perdida”. Así era definido, ya en los primeros siglos del Cristianismo, el sacramento de la penitencia (cf. Dz 1542). Imagen viva y elocuente pues, en efecto, cuando el alma pierde la inocencia bautismal cometiendo una falta grave, queda como náufraga en medio de las olas tenebrosas del pecado. Para no perecer eternamente y recobrar el tesoro perdido, hay que recurrir a la confesión, segura tabla de salvación para los bautizados que no quieren perecer. Pero este divino recurso tiene sus condiciones ¿Dios perdona siempre? ¿Incluso a los que no desean escapar del mar del pecado? Un tema tan importante requiere ser expuesto en su integridad. Entra para conocerlo →

“El todo será todo en todos” ¿Una inmanencia teológico-panteísta?

Cuando un niño llega a la edad de los porqués y le pide a su padre que le explique quién es Dios, la respuesta siempre remite a alguien, un Ser perfecto, inconmensurable, todopoderoso, que gobierna la creación con sabiduría y nos acompaña a todos para llevarnos al cielo, su eterna y maravillosa casa. Afirmaciones sencillas que son aceptadas con toda naturalidad por quien recibió el don de la fe en el bautismo. Tanto es así que, sin entrar en menudencias teológicas, suenan raras a los oídos de un católico ciertas verdades extrañas a esa misma fe.

Más allá de aquello que es capaz de captar un niño en su sencillez, están los dogmas acerca de la esencia divina. Entenderlos de un modo diferente al que la Iglesia enseña supone aventurarse por sendas escabrosas, y enseñarlos de modo confuso, puede significar un grandísimo error pastoral. Entra en el Denzinger-Bergoglio y descubre esto →

¿Sin Jesucristo puede existir la verdadera paz?

Esperábamos paz, y nada va bien; tiempo de curación, y llega el terror” (Jer 8, 15). ¿Quién no quiere la paz? Pero… ¿cómo alcanzarla en un mundo agitado por numerosas e intricados problemas? Siglos antes de su nacimiento, el Señor fue profetizado por Isaías como ‘Príncipe de la Paz’ (Is 9,6). Siguiendo su Maestro, los apóstoles – sobretodo san Pablo – siempre ofrecían la paz a sus oyentes y a los destinatarios de sus cartas. Y la Santa Madre Iglesia, tutelada por el Espíritu Santo, supo orientar a los pueblos que se acogieron bajo su manto en las sendas de la paz, según la definición clásica del gran san Agustín: pax tranquillitas ordinis — la paz es la tranquilidad del orden (De Civ. Dei, XIX, 13). Sí, “tranquilidad del orden”, porque el orden es la recta disposición de las cosas según su fin, y el fin de toda criatura humana es volver a Dios, del cual salió. Por lo tanto, cualquier esfuerzo por la paz que se olvide de Dios… vano será, y como decía el profeta, sólo servirá para que nada continúe yendo bien y aumente el terror… Mientras no paran de levantarse voces –¡y qué voces!– a favor de una paz que olvida el lugar que le corresponde a Dios, nos será de enorme provecho saborear la enseñanza perenne de la Iglesia sobre la verdadera paz.  (Ver más→)