131 – Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación

Imaginemos un navío de la era de los descubrimientos que partió para una noble misión: llevar a tierras lejanas e inhóspitas el tesoro de la fe y de la civilización por las manos de hombres valientes que se cubrirán de gloria terrena con esa gesta, pero que, sobre todo, serán premiados en el Cielo por abrir a innumerables almas las puertas de la Redención.

Cuando la carabela ya están muy lejos del puerto de partida, una violenta tempestad amenaza gravemente la continuidad de la expedición y la vida de los tripulantes. Desesperados, todos esperan del experimentado capitán unas ágiles y acertadas decisiones que puedan resolver la dramática situación. Éste no tiene mejor idea que ignorar la sabiduría que los navegantes acumularon a lo largo de los años, y comienza a probar nuevas técnicas cuya eficacia todavía no está probada. Y si fueran razonables… ¡pero es que manda cosas insólitas! ¡Lanzar las velas al mar, dialogar con las olas, abandonar los puestos de mando! Por más buena voluntad que tuviera el responsable de la expedición, las consecuencias son desastrosas e irremediables…

Fundada por Jesús, la Santa Iglesia fue creciendo y desarrollándose sobre roca firme, pues sus costumbres, estilos, horarios, lenguaje y, sobre todo, sus estructuras, se constituyeron bajo la inspiración del Espíritu Santo a lo largo de veinte siglos.

En nuestros días, no es la primera vez que atraviesa crisis y tempestades y nunca necesitó reformar y cambiar sus estructuras ni, sobre todo, el objetivo de su misión de llevar la Buena Nueva a todas las naciones. Para ello, nada como formar un clero sabio y santo, a fin de conducir el rebaño hacia la santidad de vida. De esta forma, triunfó debajo de todas las tempestades, convirtió multitudes y alcanzó la transformación del mundo.

Dejando de lado esta evidencia certificada por la Historia, otros planes son pensados y puestos en práctica. ¿Cuáles son ya las consecuencias y cuáles todavía podremos ver?

 

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – La estructura y las costumbres de la Iglesia surgieron bajo la acción del Espíritu Santo y deben ser orientadas según la verdad de la fe
II – La reforma debe conservar la fisionomía que Cristo ha dado a su Iglesia. El apostolado no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la fe
III – El objetivo de la Iglesia no puede ser otro sino la alabanza divina y la salvación de las almas
IV – Dos preguntas realistas, pero incómodas

I – La estructura y las costumbres de la Iglesia surgieron bajo la acción del Espíritu Santo y deben ser orientadas según la verdad de la fe

San Ireneo de Lyon

Es necesario amar con afecto todo cuanto pertenece a la Iglesia y evitar a los ladrones y bandidos

No es preciso buscar en otros la verdad que tan fácil es recibir de la Iglesia, ya que los Apóstoles depositaron en ella, como en un rico almacén, todo lo referente a la verdad, a fin de que “cuantos lo quieran saquen de ella el agua de la vida” (Ap 22,17). Esta es la entrada a la vida. “Todos los demás son ladrones y bandidos” (Jn 10,1 Jn 8-9). Por eso es necesario evitarlos, y en cambio amar con todo afecto cuanto pertenece a la Iglesia y mantener la Tradición de la verdad. Entonces, si se halla alguna divergencia aun en alguna cosa mínima, ¿no sería conveniente volver los ojos a las Iglesias más antiguas, en las cuales los Apóstoles vivieron, a fin de tomar de ellas la doctrina para resolver la cuestión, lo que es más claro y seguro? Incluso si los Apóstoles no nos hubiesen dejado sus escritos, ¿no hubiera sido necesario seguir el orden de la Tradición que ellos legaron a aquellos a quienes confiaron las Iglesias? Muchos pueblos bárbaros dan su asentimiento a esta ordenación, y creen en Cristo, sin papel ni tinta (cf. 2 Jn 12) en su corazón tienen escrita la salvación por el Espíritu Santo. (San Ireneo de Lyon. Tratado contra los herejes, L. 3, cap. 4, n. 4,1-4,2)

Juan Pablo II

Las estructuras de la Iglesia se formaron a partir del patrimonio apostólico

El camino de la Iglesia se inició en Jerusalén el día de Pentecostés y todo su desarrollo original en la oikoumene de entonces se concentraba alrededor de Pedro y de los Once (cf. Hch 2, 14). Las estructuras de la Iglesia en Oriente y en Occidente se formaban por tanto en relación con aquel patrimonio apostólico. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 55, 25 de mayo de 1995)

Benedicto XVI

La estructura de la Iglesia debe orientarse según la verdad de la fe…

Naturalmente, en la Iglesia también es necesaria una planificación institucional y estructural. Instituciones eclesiales, programaciones pastorales y otras estructuras jurídicas son, hasta cierto punto, sencillamente necesarias. Pero a veces se presentan como lo esencial, impidiendo así ver lo que es verdaderamente esencial. Sólo corresponden a su auténtico significado si se miden y orientan según el criterio de la verdad de la fe. En definitiva, debe ser y será la fe misma la que marcará, en toda su grandeza, claridad y belleza, el ritmo de la reforma que es fundamental y que necesitamos. […] Debéis aprobar solamente las reformas estructurales que estén en plena sintonía con la enseñanza de la Iglesia. (Benedicto XVI. Discurso al segundo grupo de obispos de Alemania en visita ad limina, 18 de noviembre de 2008)

Juan Pablo II

…y la búsqueda de la santidad

La vida de cada cristiano y todas las estructuras de la Iglesia deben estar claramente ordenadas a la búsqueda de la santidad. (Juan Pablo II. Discurso al segundo grupo de obispos de Estados Unidos en visita ad limina, n. 2, 29 de abril de 2004)

Pío XII

Mediante la sagrada liturgia, la Iglesia continúa el oficio sacerdotal de Jesucristo

Quiso, pues, el Divino Redentor que la vida sacerdotal por Él iniciada en su cuerpo mortal con sus oraciones y su sacrificio, en el transcurso de los siglos, no cesase en su Cuerpo místico, que es la Iglesia; y por esto instituyó un sacerdocio visible, para ofrecer en todas partes la oblación pura, a fin de que todos los hombres, del Oriente al Occidente, liberados del pecado, sirviesen espontáneamente y de buen grado a Dios por deber de conciencia. La Iglesia, pues, fiel al mandato recibido de su Fundador, continúa el oficio sacerdotal de Jesucristo, sobre todo mediante la sagrada liturgia. Esto lo hace, en primer lugar, en el altar, donde se representa perpetuamente el sacrificio de la cruz y se renueva, con la sola diferencia del modo de ser ofrecido; en segundo lugar, mediante los sacramentos, que son instrumentos peculiares, por medio de los cuales los hombres participan de la vida sobrenatural; y por último, con el cotidiano tributo de alabanzas ofrecido a Dios Optimo Máximo. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 5, 20 de enero de 1947)

Los ritos litúrgicos han surgido bajo el influjo del Espíritu Santo

Los ritos litúrgicos […] han surgido bajo el influjo del Espíritu Santo, que está con la Iglesia siempre, hasta la consumación de los siglos, y son medios de los que la ínclita Esposa de Jesucristo se sirve para estimular y procurar la santidad de los hombres. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 78, 20 de enero de 1947)

La sagrada disciplina debe conformarse con las santísimas enseñanzas de la Iglesia

Por una parte, vemos con dolor que en algunas regiones el sentido, el conocimiento y el estudio de la liturgia son a veces escasos o casi nulos, por otra observamos con gran preocupación que en otras hay algunos, demasiado ávidos de novedades, que se alejan del camino de la sana doctrina y de la prudencia; pues con la intención y el deseo de una renovación litúrgica mezclan frecuentemente principios que en la teoría o en la práctica comprometen esta causa santísima y la contaminan también muchas veces con errores que afectan a la fe católica y a la doctrina ascética. La pureza de la fe y de la moral debe ser la norma característica de esta sagrada disciplina, que tiene que conformarse absolutamente con las sapientísimas enseñanzas de la Iglesia. Es, por tanto, deber nuestro alabar y aprobar todo lo que está bien hecho, y reprimir o reprobar todo lo que se desvía del verdadero y justo camino. (Pío XII. Encíclica Mediator Dei, n. 11-12, 20 de enero de 1947)

Santo Tomás de Aquino

Las ceremonias son profesiones de fe

Son las ceremonias otras tantas profesiones de la fe, en qué consiste el culto interior; y tal es la profesión que el hombre hace con las obras cual es la que hace con las palabras. Y, si en una y otra profesa el hombre alguna falsedad, peca mortalmente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 103, a. 4)

II – La reforma debe conservar la fisionomía que Cristo ha dado a su Iglesia. El apostolado no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la fe

Pablo VI

Reforma no es cambio de la forma perfecta de la Iglesia

Ante todo, hemos de recordar algunos criterios que nos advierten sobre las orientaciones con que ha de procurarse esta reforma. La cual no puede referirse ni a la concepción esencial, ni a las estructuras fundamentales de la Iglesia Católica. La palabra “reforma” estaría mal empleada, si la usáramos en ese sentido. […] De modo que en este punto, si puede hablarse de reforma, no se debe entender cambio, sino más bien confirmación en el empeño de conservar la fisonomía que Cristo ha dado a su Iglesia, más aún, de querer devolverle siempre su forma perfecta que, por una parte, corresponda a su diseño primitivo y que, por otra, sea reconocida como coherente y aprobada en aquel desarrollo necesario que, como árbol de la semilla, ha dado a la Iglesia, partiendo de aquel diseño, su legítima forma histórica y concreta. No […] nos ilusione el deseo de renovar la estructura de la Iglesia por vía carismática, como si fuese nueva y verdadera aquella expresión eclesial que surgiera de ideas particulares —fervorosas sin duda y tal vez persuadidas de que gozan de la divina inspiración—, introduciendo así arbitrarios sueños de artificiosas renovaciones en el diseño constitutivo de la Iglesia. Hemos de servir a la Iglesia, tal como es, y debemos amarla con sentido inteligente de la Historia y buscando humildemente la voluntad de Dios, que asiste y guía a la Iglesia, aunque permite que la debilidad humana obscurezca algo la pureza de sus líneas y la belleza de su acción. Esta pureza y esta belleza son las que estamos buscando y queremos promover. (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 17, 6 de agosto de 1964)

El apostolado no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe

¿Hasta qué punto debe la Iglesia acomodarse a las circunstancias históricas y locales en que desarrolla su misión? ¿Cómo debe precaverse del peligro de un relativismo que llegue a afectar su fidelidad dogmática y moral? Pero ¿cómo hacerse al mismo tiempo capaz de acercarse a todos para salvarlos a todos, según el ejemplo del Apóstol: Me hago todo para todos, a fin de salvar a todos? […] El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que han de señalar nuestra cristiana profesión. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado contra el contagio de los errores con los que se pone en contacto. (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 33, 6 de agosto de 1964)

El que no está arraigado en la fe quiere adaptarse a la concepción profana de la vida

Es menester asegurar en nosotros estas convicciones a fin de evitar otro peligro que el deseo de reforma podría engendrar, no tanto en nosotros, pastores — defendidos por un vivo sentido de responsabilidad —, cuanto en la opinión de muchos fieles que piensan que la reforma de la Iglesia debe consistir principalmente en la adaptación de sus sentimientos y de sus costumbres a las de los mundanos. […] El que no está bien arraigado en la fe y en la práctica de la ley eclesiástica, fácilmente piensa que ha llegado el momento de adaptarse a la concepción profana de la vida, como si ésta fuese la mejor, la que un cristiano puede y debe apropiarse. Este fenómeno de adaptación se manifiesta así en el campo filosófico (¡cuánto puede la moda aun en el reino del pensamiento, que debería ser autónomo y libre y sólo ávido y dócil ante la verdad y la autoridad de reconocidos maestros!) como en el campo práctico, donde cada vez resulta más incierto y difícil señalar la línea de la rectitud moral y de la recta conducta práctica. El naturalismo amenaza vaciar la concepción original del cristianismo; el relativismo, que todo lo justifica y todo lo califica como de igual valor, atenta al carácter absoluto de los principios cristianos; la costumbre de suprimir todo esfuerzo y toda molestia en la práctica ordinaria de la vida, acusa de inutilidad fastidiosa a la disciplina y a la “ascesis” cristiana; más aún, a veces el deseo apostólico de acercarse a los ambientes profanos o de hacerse acoger por los espíritus modernos —de los juveniles especialmente— se traduce en una renuncia a las formas propias de la vida cristiana y a aquel mismo estilo de conducta que debe dar a tal empeño de acercamiento y de influjo educativo su sentido y su vigor. ¿No es acaso verdad que a veces el clero joven, o también algún celoso religioso guiado por la buena intención de penetrar en la masa popular o en grupos particulares, trata de confundirse con ellos en vez de distinguirse, renunciando con inútil mimetismo a la eficacia genuina de su apostolado? (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 18, 6 de agosto de 1964)

La Iglesia volverá a su juventud obedeciendo a Cristo

La Iglesia volverá a hallar su renaciente juventud, no tanto cambiando sus leyes exteriores cuanto poniendo interiormente su espíritu en actitud de obedecer a Cristo, y, por consiguiente, de guardar las leyes que ella, en el intento de seguir el camino de Cristo, se prescribe a sí misma: he ahí el secreto de su renovación, esa es su metanoia, ese su ejercicio de perfección. Aunque la observancia de la norma eclesiástica pueda hacerse más fácil por la simplificación de algún precepto y por la confianza concedida a la libertad del cristiano de hoy, más conocedor de sus deberes y más maduro y más prudente en la elección del modo de cumplirlos, la norma, sin embargo, permanece en su esencial exigencia: la vida cristiana, que la Iglesia va interpretando y codificando en prudentes disposiciones, exigirá siempre fidelidad, empeño, mortificación y sacrificio; estará siempre marcada por el “camino estrecho” del que nos habla nuestro Señor. (Pablo VI. Encíclica Ecclesiam suam, n. 20, 6 de agosto de 1964)

San Vicente de Lérins

Progresos sí, pero a condición de no modificar

Quizá alguien diga: ¿ningún progreso de la religión es entonces posible en la Iglesia de Cristo? Ciertamente que debe haber progreso, ¡Y grandísimo! ¿Quién podría ser tan hostil a los hombres y tan contrario a Dios que intentara impedirlo? Pero a condición de que se trate verdaderamente de progreso por la fe, no de modificación. Es característica del progreso el que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; es propio, en cambio, de la modificación que una cosa se transforme en otra. […] Estas mismas leyes de crecimiento debe seguir el dogma cristiano, de modo que con el paso de los años se vaya consolidando, se vaya desarrollando en el tiempo, se vaya haciendo más majestuoso con la edad, pero de tal manera que siga siempre incorrupto e incontaminado, integro y perfecto en todas sus partes y, por así decir, en todos sus miembros y sentidos, sin admitir ninguna alteración, ninguna pérdida de sus propiedades, ninguna variación en lo que está definido. (San Vicente de Lérins. Commonitorio, El progreso del dogma y sus condiciones, n. 23)

Ante el depósito de la fe, somos apenas custodios

Pero, ¿qué es un depósito? El depósito es lo que te ha sido confiado, no encontrado por ti; tú lo has recibido, no lo has excogitado con tus propias fuerzas. No es el fruto de tu ingenio personal, sino de la doctrina; no está reservado para un uso privado, sino que pertenece a una tradición pública. No salió de ti, sino que a ti vino: a su respecto tú no puedes comportarte como si fueras su autor, sino como su simple custodio. No eres tú quien lo ha iniciado, sino que eres su discípulo; no te corresponderá dirigirlo, sino que tu deber es seguirlo. Guarda el depósito, dice; es decir, conserva inviolado y sin mancha el talento de la fe católica. Lo que te ha sido confiado es lo que debes custodiar junto a ti y transmitir. Has recibido oro, devuelve, pues, oro. No puedo admitir que sustituyas una cosa por otra. No, tú no puedes desvergonzadamente sustituir el oro por plomo, o tratar de engañar dando bronce en lugar de metal precioso. Quiero oro puro, y no algo que solo tenga su apariencia. (San Vicente de Lérins. Commonitorio, Iglesia custodio fiel del Depósito de la Fe, n. 22)

Recibir novedades profanas es costumbre de herejes

El Apóstol nos hablaba de novedades profanas en las expresiones. Ahora bien, profano es lo que no tiene nada de sagrado ni religioso, y es totalmente extraño al santuario de la Iglesia, templo de Dios. Las novedades profanas en las expresiones son, pues, las novedades concernientes a los dogmas, cosas y opiniones en contraste con la tradición y la antigüedad; su aceptación implicaría necesariamente la violación poco menos que total de la fe de los Santos Padres. Llevaría necesariamente a decir que todos los fieles de todos los tiempos, todos los santos, los castos, los continentes, las vírgenes, todos los clérigos, los levitas y los obispos, los millares de confesores, los ejércitos de mártires, un número tan grande de ciudades y de pueblos, de islas y provincias, de reyes, de gentes, de reinos y de naciones, en una palabra, el mundo entero incorporado a Cristo Cabeza mediante la fe católica, durante un gran número de siglos ha ignorado, errado, blasfemado, sin saber lo que debía creer. Evita, pues, las novedades profanas en las expresiones, ya que recibirlas y seguirlas no fue nunca costumbre de los católicos, y si de los herejes. (San Vicente de Lérins. Commonitorio, Estar en guardia ante los herejes, n. 24)

Lo que está fuera de lo que la Iglesia siempre ha creído no tiene nada que ver con la religión

El verdadero y auténtico católico es el que ama la verdad de Dios y a la Iglesia, cuerpo de Cristo; aquel que no antepone nada a la religión divina y a la fe católica: ni la autoridad de un hombre, ni el amor, ni el genio, ni la elocuencia, ni la filosofía; sino que despreciando todas estas cosas y permaneciendo sólidamente firme en la fe, está dispuesto a admitir y a creer solamente lo que la Iglesia siempre y universalmente ha creído. Sabe que toda doctrina nueva y nunca antes oída, insinuada por una sola persona, fuera o contra la doctrina común de los fieles, no tiene nada que ver con la religión, sino que más bien constituye una tentación. (San Vicente de Lérins. Commonitorio, El verdadero católico y el hereje, n. 20)

Pío XI

La verdad revelada por Dios no puede rendirse y entrar en transacciones

¿Y habremos Nos de sufrir –cosa que sería por todo extremo injusta– que la verdad revelada por Dios, se rindiese y entrase en transacciones? Porque de lo que ahora se trata es de defender la verdad revelada. Para instruir en la fe evangélica a todas las naciones envió Cristo por el mundo todo a los Apóstoles; y para que éstos no errasen en nada, quiso que el Espíritu Santo les ensenase previamente toda la verdad (Jn 16,13) ¿y acaso esta doctrina de los Apóstoles ha descaecido del todo, o siquiera se ha debilitado alguna vez en la Iglesia, a quien Dios mismo asiste dirigiéndola y custodiándola? Y si nuestro Redentor manifestó expresamente que su Evangelio no solo era para los tiempos apostólicos, sino también para las edades futuras, ¿habrá podido hacerse tan obscura e incierta la doctrina de la Fe, que sea hoy conveniente tolerar en ella hasta las opiniones contrarias entre sí? Si esto fuese verdad, habría que decir también que el Espíritu Santo infundido en los apóstoles, y la perpetua permanencia del mismo Espíritu en la Iglesia, y hasta la misma predicación de Jesucristo, habría perdido hace muchos siglos toda utilidad y eficacia; afirmación que sería ciertamente blasfema. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 11, 6 de enero de 1928)

III – El objetivo de la Iglesia no puede ser otro sino la alabanza divina y la salvación de las almas

Pablo VI

La evangelización pierde su significado si se desvía del eje religioso

No hay por qué ocultar, en efecto, que muchos cristianos generosos, sensibles a las cuestiones dramáticas que lleva consigo el problema de la liberación, al querer comprometer a la Iglesia en el esfuerzo de liberación han sentido con frecuencia la tentación de reducir su misión a las dimensiones de un proyecto puramente temporal; de reducir sus objetivos, a una perspectiva antropocéntrica; la salvación, de la cual ella es mensajera y sacramento, a un bienestar material; su actividad —olvidando toda preocupación espiritual y religiosa— a iniciativas de orden político o social. Si esto fuera así, la Iglesia perdería su significación más profunda. Su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos. No tendría autoridad para anunciar, de parte de Dios, la liberación. Por eso quisimos subrayar en la misma alocución de la apertura del Sínodo “la necesidad de reafirmar claramente la finalidad específicamente religiosa de la evangelización. Esta última perdería su razón de ser si se desviara del eje religioso que la dirige: ante todo el reino de Dios, en su sentido plenamente teológico”. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 32, 8 de diciembre de 1975)

La Iglesia rechaza la substitución del anuncio del reino por la proclamación de las liberaciones humanas

Acerca de la liberación que la evangelización anuncia y se esfuerza por poner en práctica, más bien hay que decir: no puede reducirse a la simple y estrecha dimensión económica, política, social o cultural, sino que debe abarcar al hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al Absoluto, que es Dios; va por tanto unida a una cierta concepción del hombre, a un antropología que no puede nunca sacrificarse a las exigencias de una estrategia cualquiera, de una praxis o de un éxito a corto plazo. Por eso, al predicar la liberación y al asociarse a aquellos que actúan y sufren por ella, la Iglesia no admite el circunscribir su misión al solo terreno religioso, desinteresándose de los problemas temporales del hombre; sino que reafirma la primacía de su vocación espiritual, rechaza la substitución del anuncio del reino por la proclamación de las liberaciones humanas, y proclama también que su contribución a la liberación no sería completa si descuidara anunciar la salvación en Jesucristo. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 33-34, 8 de diciembre de 1975)

Juan Pablo II

Hoy se siente la necesidad de un anuncio fuerte del Evangelio, con sólida y profunda formación cristiana

En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se siente, entonces, con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del milenio. Vosotros sois esta respuesta providencial. […] En los movimientos y en las nuevas comunidades habéis aprendido que la fe no es un discurso abstracto ni un vago sentimiento religioso, sino vida nueva en Cristo, suscitada por el Espíritu Santo. (Juan Pablo II. Discurso durante el Encuentro con los Movimientos Eclesiales, n. 7, 30 de mayo de 1998)

Hay que elegir la auténtica verdad, no las verdades a medias

No olvidéis jamás que cualquier proyecto de vida que no sea conforme al designio de Dios sobre el hombre está destinado, antes o después, al fracaso. En efecto, sólo con Dios y en Dios el hombre puede realizarse completamente y alcanzar la plenitud a la que aspira en lo más íntimo de su corazón. […] Es decisivo elegir los verdaderos valores, y no los efímeros; la auténtica verdad, y no las verdades a medias o las pseudoverdades. (Juan Pablo II. Discurso durante el Encuentro con los Catequistas y los Movimientos Eclesiales, n. 6, 4 de octubre de 1998)

Benedicto XVI

El impulso misionero debe iluminar con la luz de Cristo la oscuridad del mundo

A vosotros, queridos amigos de los movimientos, os digo: haced que sean siempre escuelas de comunión, compañías en camino, en las que se aprenda a vivir en la verdad y en el amor que Cristo nos reveló y comunicó por medio del testimonio de los Apóstoles, dentro de la gran familia de sus discípulos. Que resuene siempre en vuestro corazón la exhortación de Jesús: “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16). Llevad la luz de Cristo a todos los ambientes sociales y culturales en los que vivís. El impulso misionero es una confirmación del radicalismo de una experiencia de fidelidad, siempre renovada, al propio carisma, que lleva a superar cualquier encerramiento, cansado y egoísta, en sí mismos. Iluminad la oscuridad de un mundo trastornado por los mensajes contradictorios de las ideologías. No hay belleza que valga si no hay una verdad que reconocer y seguir, si el amor se reduce a un sentimiento pasajero, si la felicidad se convierte en un espejismo inalcanzable, si la libertad degenera en instintividad. (Benedicto XVI. Mensaje a los participantes en el II Congreso mundial de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades, 22 de mayo de 2006)

Cardenal Angelo Sodano

El misionero no da más de lo que él mismo ha recibido

Como buenos discípulos, los movimientos y comunidades están llamados a ser igualmente testigos y misioneros del mensaje recibido, tendiendo una mano amiga a otras personas, para que también ellas descubran a Cristo; a quienes aún no lo conocen y a quienes viven su cristianismo de manera superficial, a los que se debe proporcionar también el apoyo necesario para robustecer cada día más su fe y formarla rectamente, ante las acechanzas de una mentalidad secularizada o que promueve la indiferencia religiosa en muchos ambientes latinoamericanos. En esta tarea, el misionero no deja de ser discípulo, no da más de lo que él mismo ha recibido y sigue recibiendo, sin anteponer sus propias ideas o pretender el provecho propio. (Cardenal Angelo Sodano. Mensaje al Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos con ocasión del primer encuentro de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades en América Latina, 24 de febrero de 2006)

Benedicto XV

Ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar

Quienes deseen hacerse aptos para el apostolado tienen que concentrar necesariamente sus energías en lo que antes hemos indicado, y que es de suma importancia y trascendencia, a saber: la santidad de la vida. Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar, como ha de huir del pecado quien a los demás exhorta que lo detesten. De una manera especial tiene esto explicación tratándose de quien ha de vivir entre gentiles, que se guían más por lo que ven que por la razón, y para quienes el ejemplo de la vida, en punto a convertirles a la fe, es más elocuente que las palabras. (Benedicto XV. Carta apostólica Maximum illud, n. 64-65, 30 de noviembre de 1919)

IV – Dos preguntas realistas, pero incómodas

1- Lloramos por la esterilidad apostólica, pero… ¿se hace hoy lo que hacían los grandes reformadores de la Iglesia?

San Vicente de Paúl

Para reformar el mundo se necesitan buenos sacerdotes…

Se engañaría, y mucho, el que no quisiese dedicarse a formar buenos sacerdotes. […] La necesidad que la Iglesia tiene de buenos sacerdotes para reparar tanta ignorancia y tantos vicios como cubren la tierra y arrancar a la Iglesia de ese lamentable estado, que debe hacer llorar lágrimas de sangre a las almas buenas. Se duda si habrían de atribuirse a los sacerdotes todos cuantos desórdenes vemos. Esto podrá escandalizar a algunos, pero el tema requiere que yo demuestre, por la extensión del mal, la importancia del remedio. […] Ha quedado demostrado que los peores enemigos de la Iglesia son los sacerdotes; testigos de ello dos heresiarcas, Lutero y Calvino, que eran sacerdotes; y si herejes han prevalecido, si el vicio ha reinado y la ignorancia ha establecido su trono entre la gente humilde, es por culpa de los sacerdotes, por su propio desorden y por no haberse opuesto con todas sus fuerzas y como era su deber a estos tres torrentes que han inundado la tierra. ¡Qué sacrificio no ofrecen ustedes, señores, a Dios trabajando en su reforma, para que vivan conforme a la altura y dignidad de su condición y la Iglesia se vea libre por este medio del oprobio y desolación en que se halla! (José Herrera. Obras y escritos de San Vicente de Paúl. 2a. edición. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1955, p. 808)

San Alfonso de Ligorio

…buenos predicadores y buenos confesores

Si todos los predicadores y todos los confesores desempeñasen su ministerio debidamente, todo el mundo sería santo. Los malos predicadores y los malos confesores son la ruina del mundo; y por los malos entiendo a los que no cumplen debidamente su ministerio. […] Por la predicación se ha propagado la fe y por ella quiere el Señor que se conserve. […] Mas no le basta al cristiano saber lo que tiene que hacer, sino que necesita también, oyendo de vez en cuando la divina palabra, recordar la importancia de la eterna salvación y los medios que ha de emplear para alcanzarla. (San Alfonso de Ligorio. Selva de materias predicables e instructivas. Parte II, Instrucción IV, n. 1-2)

San Antonio María Claret

El remedio para el mundo es la formación de un buen clero. Con él, los impíos pierden su atrevimiento

[Los sacerdotes católicos] no estudian ni enseñan la moral y se consagran a la satisfacción de sus ambiciones y apetitos desenfrenados. No predican el Evangelio. […] Los curas de todo abusan; nada es para ellos sagrado. Todo lo han profanado y envilecido: el púlpito, el confesionario, la conciencia, la familia, y la sociedad entera, todo lo han echado a perder. […] Ellos deberían ser la luz del mundo, pero lo llenan de tinieblas con su ignorancia. […] Conclusión: Huye de ellos; son dos veces impostores; son lobos devoradores en vez de buenos pastores. […] Pienso qué remedio se puede aplicar a tan gran mal, y después de haber discurrido mucho, veo que el remedio es la formación de buen clero, sabio, virtuoso, celoso y de oración, por una parte, y por otra catequizar y predicar a los niños y demás gentes y hacer circular libros buenos y hojas sueltas. […] A la vista de la virtud y firmeza de los buenos sacerdotes, los impíos pierden su osadía y atrevimiento. (San Antonio María Claret. Autobiografía y escritos, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1959, p. 394-395)

¡Ay de nosotros si ahuyentamos a los fieles!

¡Ay de nosotros si, en lugar de atraer a los fieles con buenas costumbres, los ahuyentamos con modos groseros y pasiones desenfrenadas! ¡Ay de nosotros si, en lugar de ser buen olor de Cristo en todo lugar, como dice el Apóstol, somos las pestes que los espante! (San Antonio María Claret. Autobiografía y escritos, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1959, p. 410)

“Aunque supiera que de mí han de hacer pedazos, no quiero callar”

¡Oh Inmaculada Virgen y Madre de Dios, Reina y Señora de la gracia! Dignaos por caridad dar una compasiva mirada a este mundo perdido. Reparad como todos han abandonado el camino que se dignó enseñarles vuestro Santísimo Hijo; se han olvidado de sus santas leyes y se han pervertido tanto, que se puede decir: “Non est qui faciat bonum, non est usque ad unum. Se ha extinguido en ellos la santa virtud de la fe, de suerte que apenas se encuentra sobre la tierra. ¡Ay! Extinguida esta divina luz, todo es obscuridad y tinieblas, y no saben donde caen. Sin embargo, agolpados van con paso apresurado por el ancho camino que les conduce a la eterna perdición. ¿Y queréis Vos, Madre mía, que yo, siendo un hermano de estos infelices, mire con indiferencia su total ruina? ¡Ah no! Ni el amor que tengo a Dios ni el que tengo al prójimo lo pueden tolerar. […] ¿Cómo tendré caridad, si, sabiendo que los carnívoros lobos están degollando a las ovejas de mi amo, callo? ¡Ah!, no es posible callar, Madre mía, en tales ocasiones; no, no callaré, aunque supiera que de mí han de hacer pedazos; no quiero callar; llamaré, gritaré, daré voces al cielo y la tierra a fin de que se remedie tan gran mal; no callaré; y si de tanto gritar se vuelven roncas o mudas mis fauces, levantaré las manos al cielo, se espeluznarán mis cabellos, y los golpes que con los pies daré en el suelo suplirán la falta de mi lengua. (San Antonio María Claret. Autobiografía y escritos. BAC, Madrid, 1959, p. 236-237)

Las personas oyen con afán la palabra de Dios

Además de las predicaciones hemos repartido muchos miles de hojas sueltas, opúsculos y libros; al efecto, en cada uno de los puntos adonde llegábamos ya hallábamos una gran caja que había pedido de antemano. No es posible explicar el afán con que venían a oír la divina palabra todas las gentes, el efecto que les causaba y a avidez con que pedían algún recuerdo y el amor con guardaban lo que dábamos, aunque no fuese más que una hojita. Hubo grandes conversiones. […] Muchísimos son los casos que me sucedido desde que soy sacerdote, aunque indigno, y que no he escrito por estar siempre muy ocupado. […] Hoy, día 15 de abril de 1864, me han dicho que en la parroquia de San Andrés, en la que yo había hecho la Misión en Cuaresma, habían cumplido con los preceptos de la Iglesia 4.000 almas más que en los años anteriores. Bendito sea Dios. Gloria sea a Dios. Se han confesado hombres que hacía cuarenta años y mujeres que hacía treinta años que no se habían confesado. (San Antonio María Claret. Autobiografía y escritos. BAC, Madrid, 1959, p. 386-387.408)

San Juan de Ávila

En sermones que duraban dos horas, convertía las multitudes

Los sermones que hacía duraban las más veces dos horas, y era tanta la afluencia y multitud de especies que se le proponían, que le era muy dificultoso ocupar menos tiempo. Predicaba con tanta claridad que todos le entendían y nunca cansaban de oírle… El principal fin a que se dirigía su predicación era sacar las almas del infeliz estado de culpa, manifestando la fealdad del pecado, la indignación de Dios y el horrendo castigo que tiene preparado contra los pecadores impenitentes y el premio ofrecido a los verdaderamente contritos y arrepentidos. […] Cuando salían de oír al Venerable Ávila, iban todos con las cabezas bajas, callando, sin decirse una palabra unos a otros, encogidos y compungidos, a pura fuerza de la verdad y de la virtud y excelencia de la predicación. Con una razón que decía y un grito que daba, conmovía y abrasaba los corazones y entrañas de los oyentes. (San Juan de Ávila comentado por San Antonio María Claret. Autobiografía y escritos. BAC, Madrid, 1959, p. 255.277)

J.M.S Daurignac

San Ignacio predica a causa de los desórdenes de las costumbres y la indiferencia

“Mi buen hermano, por todas partes, veo un gran relajamiento de costumbres y mucha indiferencia en el cumplimento de los deberes del cristianismo. Encuentro la causa de este desorden en la ignorancia de los pueblos y estoy firmemente resuelto a predicar en toda parte donde me encuentre, mientras me sea posible, para mayor gloria de Dios, nuestro Maestro y Señor”. […]

De la vida de San Ignacio

Predicaba todos los domingos, todos los días de fiesta y tres veces entre semana, aparte del catecismo que enseñaba a los niños. La primera vez que predicó, había una inmensa multitud para oírlo. […] Ignacio, lejos de excitar el desprecio del pueblo, inspiraba profunda veneración por la santidad de su vida, y atraía a sí todos los corazones por la simplicidad de sus maneras, por la dulzura de sus palabras, por la benevolencia de su mirada y por la amable bondad de que daba a todos testimonio. […] Acorrían de todas las villas, castillos y ciudades de la provincia para consultar al santo, para escucharlo, verlo y pedirle oraciones. Por no haber iglesia que pudiera contener la muchedumbre que se agolpaba a su alrededor, se vio forzado a hablar al aire libre, y a pesar de que su voz era muy débil, se oía a gran distancia. Llegaron a subirse a árboles para escucharlo. El clero de la provincia jamás había visto tan gran número de penitentes invadir los confesionarios; porque todos, con prisa de reformar sus vidas y de poner en práctica la santa palabra que habían escuchado, querían empezar purificando su conciencia. (J. M. S. Daurignac. Vie de Saint Ignace de Loyola. Paris, 1861, p. 155-157)

San Francisco Javier: nada impedía su celo sin límites por la gloria de Dios

Javier […] partía para las misiones más lejanas y peligrosas; su celo por la gloria de Dios no veía otra cosa, no tenía otro fin. […] Vuelve a sus predicaciones, a sus clases, a sus fatigas habituales de población en población, sin que lo detengan las lluvias, los calores u otro obstáculo. Su celo no conoce límites. (J. M. S. Daurignac. Vie de Saint François de Xavier. Paris, 1858, p. 70)

Con su celo y predicación, triunfaba la Cruz sobre el imperio de satanás

Cuando Francisco Javier, acompañado tan sólo por Vaz Fernandes, entró en las tierras del reino de Travancor, la población corrió a rodearlo… no para masacrarlo, como temían los cristianos, sino para verlo y oírlo… […] Toda la costa de Travancor se sometió a la obediencia del Evangelio a medida que Javier la recorrió, y habiendo el rey, a su pedido, autorizado a sus vasallos a profesar abiertamente el Cristianismo, fueron inmediatamente levantadas cuarenta y cinco iglesias para la piedad de los neófitos; ¡en un mes apenas, bautizó diez mil paganos! En cada aldea que visitaba, reunía todos los habitantes, hombres, mujeres y niños; los conducía a un campo y allí colocaba los hombres de un lado, las mujeres de otro, y para ser oído por todos, subía a un árbol para anunciarles las verdades cristianas. Era tal el entusiasmo de los paganos cuando le oían, que inmediatamente después de la instrucción corrían a sus templos y los destruían completamente. “No puedo describiros la alegría que experimento”, escribía nuestro santo, “viendo caer bajo el martillo de mis nuevos cristianos aquellos templos y aquellos ídolos que era hace poco objeto de su culto… Tales son, pues, las conquistas de la Cruz sobre el imperio de Satanás… Una vez más, mi alegría y mi felicidad superan toda expresión posible: ¡la boca y la pluma no pueden describir mi admiración!” (J. M. S. Daurignac. Vie de Saint François de Xavier. Paris, 1858, p. 132-133)

2 – ¿Qué hay de novedad en el divorcio, la homosexualidad y tantas otras cosas “del mundo actual”? Un aporte de la Historia

Guy Bedouelle, Jean-Louis Bruguès y Philippe Becquart

Las prácticas homosexuales siempre estuvieron presentes en la historia de la humanidad, y la Iglesia nunca dejó de pronunciarse contra tales aberraciones

Siguiendo al Nuevo Testamento ha quedado claro que en los tres primeros siglos cristianos se describe la homosexualidad como contraria a la ley divina. San Agustín vuelve a este concepto al hablar de un pecado que atenta a la relación de la persona con Dios. El obispo de Hipona asocia los conceptos de voluntad divina y practicas contra natura, herencia de la filosofía griega: “Si todos los pueblos imitaran a Sodoma, todos caerían bajo el peso de la misma culpa, en unos de otros. Esto es violar la sociedad que debe existir entre Dios y nosotros, y ensuciar con las depravaciones del libertinaje la naturaleza de la que Él es autor.” (Confesiones, III, 8) San Juan Crisóstomo (344-407) condena igualmente la práctica homosexual, pues ve en ella un acto que no está de acuerdo con la naturaleza. […] “La peor entre todas las pasiones es la concupiscencia entre hombres […] No hay nada tan insensato y nocivo como esta perversión.” (Comentario de las cartas de Pablo a los Romanos, hom. IV: PG 47) El papa San Gregorio el Magno ilustra, sin ambages, esta condenación de las prácticas homosexuales, viendo en ellas una injusticia. Estas prácticas no son justas por no estar conformes con la ley divina: “Por estar llenos de deseos perversos, nacidos de una carne fétida […]” (Moralia in Job III, I, libro XIV, 23) El Papa San Pío V, en su constitución Cum primum (1-4-1566), condena con vehemencia la práctica de los actos contra natura. […] Como Dios castiga tales infidelidades, la Iglesia debe castigarlas canónicamente. Las penas no son solamente canónicas — excomunión, exclusión de los sacramentos… — , sino además las determinadas por el poder secular. Se confirma esta decisión en la constitución Horrendum illud scelus (1568), que afirma: “los clérigos culpables de tan nefasto crimen […] sean castigados por la autoridad secular, vengadora de la ley civil”. Se trata de una viva reacción del Soberano Pontífice en una época en la que se estaba extendiendo la práctica homosexual bajo la influencia del humanismo paganizante. (BEDOUELLE, Guy; BRUGUÈS, Jean-Louis; BECQUART, Philippe. La Iglesia y la sexualidad, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2007, p. 175-178)

San Justino Romano

Reúnen rebaños de niños con el fin de usar torpemente de ellos

Al modo como de los antiguos se cuenta que mantenían rebaños de bueyes, cabras, ovejas o de caballos de pasto, así se reúnen ahora rebaños de niños con el único fin de usar torpemente de ellos, y una muchedumbre, lo mismo de afeminados que de andróginos y pervertidos, está preparada por cada provincia para semejante abominación. Por ello perciben ustedes tasas, contribuciones y tributos, siendo así que el deber de ustedes sería extirparlos de raíz de su imperio. […] Hay también quienes prostituyen a sus propios hijos y mujeres; otros se mutilan públicamente para la sodomía. (San Justino Romano. Apología Prima)

San Clemente de Alejandría

Los hombres debían imitar los actos inmorales de los “dioses”

El hijo de Zeus, Heracles, […] en una sola noche violó a las cincuenta hijas de Testio, convirtiéndose al mismo tiempo en adúltero y esposo de tan numerosas vírgenes. Ciertamente no sin razón los poetas le llaman [Heracles] pernicioso y malvado (Homero, Ilíada, V, 403). Pero sería mucho relatar sus adulterios de todo género y las pederastias. En efecto, sus dioses ni siquiera se mantuvieron alejados de los niños: uno fue amante de Hile, otro de Jacinto, otro de Pélope, otro de Crisipo y otro de Ganimedes. Sus mujeres deberían adorar a estos dioses y pedirles que los maridos fueran como ellos, así de moderados, para que fueran semejantes a los dioses emulando las mismas cosas; sus hijos deberían acostumbrarse a venerarlos, para también llegar a ser hombres formados, tomando a los dioses como claros ejemplos de adulterio. (San Clemente de Alejandría. Protréptico)

San Juan Crisóstomo

En las leyes paganas la pederastía era honrada y había casas para sus prácticas

Los paganos cayeron en el vicio del amor a los jóvenes, y uno de sus sabios llegó a hacer una ley que prohibía la pederastia a los esclavos, como si fuera algo honroso. Ellos tenían casas para esa finalidad, en las cuales era practicada abiertamente. Si fuera contado todo lo que hacían, habría quedado claro que ellos ofendían abiertamente a la naturaleza, sin que nadie los refrenase. Y en cuanto a su pasión por los jóvenes, a los que llamaban sus paedica, no conviene ni siquiera mencionarla. (San Juan Crisóstomo. Homilía V sobre la Carta de San Pablo a Tito)

El pecado contra natura es digno de rayos y del infierno

[Determinados hombres] entran a la iglesia deteniéndose en la belleza de las mujeres; otros, curiosos, en el frescor de la juventud de los muchachos. Después de eso, ¿es de extrañar que caiga fuego [del Cielo] y que todas las cosas sean destruidas hasta los fundamentos? Dignas de rayos y del infierno son esas cosas que fueron practicadas; pero Dios, que soporta pacientemente y con gran misericordia, pone de lado su furor durante un tiempo, llamándoos al arrepentimiento y a la enmienda. (San Juan Crisóstomo. Homilía III sobre el Evangelio de San Mateo)

Atenágoras de Atenas

Los que no rechazan la prostitución deshonran la belleza hecha por Dios

Los que no rechazan la prostitución masculina, cometiendo varones con varones actos torpes; los que ultrajan de mil modos los cuerpos más respetables y más hermosos, deshonrando la belleza hecha por Dios —pues la belleza no nace espontáneamente de la tierra, sino que es producida por la mano y el designio de Dios—; que nos acusan de actos que tienen (en su misma) conciencia, que afirman también ser (las acciones) de sus propios dioses, que se ufanan como si se tratara de cosas augustas y dignas de los dioses. Son ellos los que nos acusan a nosotros, los adúlteros y pederastas insultando a los célibes y monógamos; ellos que viven a modo de peces —pues éstos devoran todo lo que cae en su boca, dando caza el más fuerte al más débil. Esto sí que es alimentarse de carnes humanas, y que, habiendo leyes establecidas, que sus antecesores instituyeron tras maduro examen para toda justicia, se violenta contra ellas a los hombres, de suerte que no bastan los gobernadores por ustedes mandados para llevar adelante los procesos. (Atenágoras de Atenas. La súplica a propósito de los cristianos, n. 34)

Javier Ramos

El divorcio, ampliamente extendido en Roma

El acto del divorcio romano era tan informal como el matrimonio porque bastaba con que el marido se levantase aquel día con el pie izquierdo. La esposa, divorciada por mutuo consentimiento o repudiada, abandonaba el domicilio conyugal llevándose su dote. Los hijos permanecían con el padre. En caso de esterilidad, situación que siempre se adjudicaba a la mujer, el marido tenía derecho a separarse.
Igualmente fácil resultaba para la mujer deshacerse de un marido molesto, aunque perdía cierta consideración social.
En la época imperial la circulación de mujeres, debida a la escasez de su género, fue tan intensa que algunas de ellas podían cambiar de marido cada año. La forma de matrimonio más arcaica, el usus, contemplaba una forma de divorcio inmediato en caso de que la esposa pasara tres noches seguidas fuera del hogar. (Javier Ramos. Matrimonio y divorcio en la Roma Antigua, La separación o divorcio romano)

Basilio Sebastián Castellanos

¿Qué sería de los pueblos paganos sin la severidad de la Iglesia?

Al decir Séneca, [las mujeres] contaban los años, no por la sucesión de los cónsules, sino por el número de maridos que cambian; aquellas mujeres sin rastro de pudor, entregadas a disolución más asquerosa: aquella sociedad en fin tan depravada, en dónde el vicio hacía reír, y la corrupción no era siquiera disfrazada con el manto de la moda. […] Si quisiéramos discurrir sobre las costumbres de los pueblos del Norte, si fundados en sólidos y robustos testimonios quisiéramos demostrar que los bretones, por ejemplo, de diez en diez años o de doce en doce, tenían las mujeres comunes, y hermanos con hermanos mayormente y padres con hijos, de modo que para distinguir las familias tenían que andar a tientas, atribuyendo los hijos al primero que había tomado y cohabitado con la doncella, cual nos refiere el citado Julio César en su obra mencionada De Bello Gallorum. Libro IV […] [que serían de estés pueblos] si la Iglesia católica no hubiera prevenido tan grave mal con su inflexible severidad? (Basilio Sebastián Castellanos. Biografía Eclesiástica, p. 605-607)


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