42 – Si la gente está herida, ¿qué hace Jesús? ¿Le reprocha porque esté herida? No, viene y la lleva sobre sus hombros

Imaginemos un mendigo enfermo que aparece pidiendo ayuda a las puertas de un hospital atendido por religiosos. De inmediato es atendido por ellos con palabras de compresión: “Como no, hijo mío, aquí las puertas están abiertas para todos”. Al analizar su estado de salud, se descubre que el pobre hombre tiene una enfermedad contagiosa y mortal, aunque, gracias a Dios, aún está a tiempo de ser curado. ¿Qué hacer? Por su bien, el de los demás enfermos y el de todo el entorno, hay que aislarlo convenientemente y empezar un tratamiento quizá largo y doloroso. Sin embargo, el enfermo no quiere someterse a la necesaria cuarentena y mucho menos al duro proceso…, por eso llora, se queja de que está siendo puesto de lado, y grita que no tiene fuerzas para una vida tan dura, pues creía que en el hospital encontraría amor y cariño…

Tantos son sus gritos que llegan a oídos de los demás pacientes y hasta del director de la casa de salud. ¿Qué reacción cabe esperar del director? ¿Sería “un acto de caridad” conducir el enfermo a un cuarto colectivo dejándolo sin tratamiento alguno y exponiendo los demás internos al contagio? ¿Alguien se atrevería a acusar este director de injusto y poco comprensivo por exigirle que acepte el tratamiento para poder permanecer en el hospital? Es esta una parábola que Jesús podría contar hoy a ciertos fariseos del tercer milenio, pues el cargar a los hombros al enfermo, no exime de la necesidad de aplicar la necesaria medicina.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

Benedicto XVI
-La corrección fraterna cura la herida
-Frente al mal no hay que callar, pues corregir es una obra de misericordia
-Dios concede el perdón para que en adelante no pequemos más
-Costumbres vinculadas al pecado no hacen un mundo nuevo

Juan Pablo II
-Las palabras de Jesús no pueden ser pasadas por alto: “No peques más”
-Las puertas están abiertas, pero son estrechas
-Reintegrar al penitente amonestándolo paternalmente

Pío XI
-El que no tiene virtudes interiores no es apto para el apostolado

Pío X
-Hace daño a los hermanos quien se queda sólo en palabras complacientes
-Tolerar el error no es caridad
-Conviene cortar un miembro para salvar al cuerpo
-Se equivocan los que silencian las gravísimas obligaciones de la fe cristiana
-Dios pide cuentas a quien omite la corrección
-Si los llamados a dedicarse a la Iglesia no dan buen ejemplo, no arrastran a otros

León XIII
-Hay que defender la sal para que no se pierda todo sabor

Congregación para el Clero
-La finalidad del cristiano es la santidad

Catecismo Romano
-Las puertas están abiertas a los que hacen propósito de no pecar más

San Juan Crisóstomo
-Imitemos a Jesús amonestando y amenazando

San Ireneo de Lyon
-Un consejo de Dios Misericordioso: “Enderezad vuestra conducta”

San Agustín
-Jesús quiere que cambiemos de vida

Santo Tomás de Aquino
-La corrección fraterna es el más importante acto de la caridad

Sagrada Escrituras
-No ayudes al pecador empedernido

Benedicto XVI

  • La corrección fraterna cura la herida

El texto del Evangelio […] nos dice que el amor fraterno comporta también un sentido de responsabilidad recíproca, por lo cual, si mi hermano comete una falta contra mí, yo debo actuar con caridad hacia él y, ante todo, hablar con él personalmente, haciéndole presente que aquello que ha dicho o hecho no está bien. Esta forma de actuar se llama corrección fraterna: no es una reacción a una ofensa recibida, sino que está animada por el amor al hermano. Comenta San Agustín: “Quien te ha ofendido, ofendiéndote, ha inferido a sí mismo una grave herida, ¿y tú no te preocupas de la herida de tu hermano? Tú debes olvidar la ofensa recibida, no la herida de tu hermano” (Discursos 82, 7).
¿Y si el hermano no me escucha? Jesús en el Evangelio de hoy indica una gradualidad: ante todo vuelve a hablarle junto a dos o tres personas, para ayudarle mejor a darse cuenta de lo que ha hecho; si, a pesar de esto, él rechaza la observación, es necesario decirlo a la comunidad; y si tampoco no escucha a la comunidad, es preciso hacerle notar el distanciamiento que él mismo ha provocado, separándose de la comunión de la Iglesia. Todo esto indica que existe una corresponsabilidad en el camino de la vida cristiana: cada uno, consciente de sus propios límites y defectos, está llamado a acoger la corrección fraterna y ayudar a los demás con este servicio particular. (Benedicto XVI. Ángelus, 4 de septiembre de 2011)

  • Frente al mal no hay que callar, pues corregir es una obra de misericordia

En la Sagrada Escritura leemos: “Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina” (Pr 9, 8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18, 15). […] La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de “corregir al que se equivoca”. Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: “Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado” (Ga 6, 1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. […] El apóstol Pablo invita a buscar lo que “fomente la paz y la mutua edificación” (Rm 14, 19), tratando de “agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación” (ib. 15, 2), sin buscar el propio beneficio ‘sino el de la mayoría, para que se salven’ (1 Cor 10, 33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana. (Benedicto XVI. Mensaje para la cuaresma de 2012, n. 1-2, 3 de noviembre de 2011)

  • Dios concede el perdón para que en adelante no pequemos más

San Agustín, en su comentario, observa: “El Señor condena el pecado, no al pecador. En efecto, si hubiera tolerado el pecado, habría dicho:Tampoco yo te condeno; vete y vive como quieras… Por grandes que sean tus pecados, yo te libraré de todo castigo y de todo sufrimiento’. Pero no dijo eso (In Io. Ev. tract. 33, 6). Dice: ‘Vete y no peques más’”.
[…] Por tanto, también en este episodio comprendemos que nuestro verdadero enemigo es el apego al pecado, que puede llevarnos al fracaso de nuestra existencia. Jesús despide a la mujer adúltera con esta consigna: ‘Vete, y en adelante no peques más’. Le concede el perdón, para que “en adelante” no peque más. (Benedicto XVI. Visita Pastoral a la Parroquia Romana de Santa Felicidad e hijos, 25 de marzo de 2007)

  • Costumbres vinculadas al pecado no hacen un mundo nuevo

San Lucas observa ante todo que el pueblo estaba ‘a la espera’ (Lc 3, 15). Así subraya la espera de Israel; en esas personas, que habían dejado sus casas y sus compromisos habituales, percibe el profundo deseo de un mundo diferente y de palabras nuevas, que parecen encontrar respuesta precisamente en las palabras severas, comprometedoras, pero llenas de esperanza, del Precursor. Su bautismo es un bautismo de penitencia, un signo que invita a la conversión, a cambiar de vida, pues se acerca Aquel que ‘bautizará en Espíritu Santo y fuego’ (Lc 3, 16). De hecho, no se puede aspirar a un mundo nuevo permaneciendo sumergidos en el egoísmo y en las costumbres vinculadas al pecado. (Benedicto XVI. Homilía en la Fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010) 

Juan Pablo II

  • Las palabras de Jesús no pueden ser pasadas por alto: “No peques más”

Comprometeos con todas las fuerzas a que los criterios y normas inviolables del actuar cristiano adquieran validez en la vida del creyente de manera clara y persuasiva.
Entre las costumbres de una sociedad secularizada y las exigencias del Evangelio, media un profundo abismo. Hay muchos que querrían participar en la vida eclesial, pero ya no encuentran ninguna relación entre su propio mundo y los principios cristianos. Se cree que la Iglesia, sólo por rigidez, mantiene sus normas, y que ello choca contra la misericordia que nos enseña Jesús en el Evangelio. Las duras exigencias de Jesús, su palabra: ‘Vete y no peques más’ (Jn 8, 11), son pasadas por alto. A menudo se habla de recurso a la conciencia personal, olvidando, sin embargo, que esta conciencia es como el ojo que no posee por sí mismo la luz, sino solamente cuando mira hacia su auténtica fuente. (Juan Pablo II. Alocución a la Conferencia Episcopal Alemana, n. 6, 17 de noviembre de 1980) 

  • Las puertas están abiertas, pero son estrechas

La Cuaresma invita a los creyentes a tomar en serio la exhortación de Jesús: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición y son muchos lo que entran por ella” (Mt 7, 13).
¿Cuál es la puerta ancha y cuál la senda espaciosa de que habla Jesús? Es la puerta de la autonomía moral, la senda del orgullo intelectual. ¡Cuántas personas, incluso cristianas, viven en la indiferencia, acomodándose a la mentalidad del mundo y cediendo a los halagos del pecado!
La Cuaresma es el tiempo propicio para analizar la propia vida, para reanudar con mayor decisión la participación en los sacramentos, para formular propósitos más firmes de vida nueva, aceptando, como enseña Jesús, pasar por la puerta estrecha y por la senda angosta, que conducen a la vida eterna (cf. Mt 7, 14). (Juan Pablo II. Audiencia General, n. 3, 16 de febrero 1994)

  • Reintegrar al penitente amonestándolo paternalmente

Ante la conciencia del fiel, que se abre al confesor con una mezcla de miedo y de confianza, éste está llamado a una alta tarea que es servicio a la penitencia y a la reconciliación humana: conocer las debilidades y caídas de aquel fiel, valorar su deseo de recuperación y los esfuerzos para obtenerla, discernir la acción del Espíritu santificador en su corazón, comunicarle un perdón que sólo Dios puede conceder, “celebrar” su reconciliación con el Padre representada en la parábola del hijo pródigo, reintegrar a aquel pecador rescatado en la comunión eclesial con los hermanos, amonestar paternalmente a aquel penitente con un firme, alentador y amigable “vete y no peques más”. (Juan Pablo II. Exortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 29, 2 de diciembre de 1984) 

Pío XI

  • El que no tiene virtudes interiores no es apto para el apostolado

Los que están privados o no practican las virtudes interiores no podemos considerarlos suficientemente idóneos y armados contra los peligros y las luchas de la vida, ni capaces de dedicarse al apostolado, sino que al igual que “un metal que resuena o un címbalo que resuena”, o no benefician en nada, o quizá perjudiquen la misma causa a la cual pretenden sostener y defender, como claramente ya ha ocurrido más de una vez en el pasado. (Pío XI. Carta Apóstolica Singulare Illud, 13 de junio de 1926) 

Pío X

  • Hace daño a los hermanos quien se queda sólo en palabras complacientes

Otra manera de hacer daño es la de quienes hablan de las cosas de la religión como si hubiesen de ser medidas según los cánones y las conveniencias de esta vida que pasa, dando al olvido la vida eterna futura: hablan brillantemente de los beneficios que la religión cristiana ha aportado a la humanidad, pero silencian las obligaciones que impone; pregonan la caridad de Jesucristo nuestro Salvador, pero nada dicen de la justicia. El fruto que esta predicación produce es exiguo, ya que, después de oírla, cualquier profano llega a persuadirse de que, sin necesidad de cambiar de vida, él es un buen cristiano con tal de decir: Creo en Jesucristo.
¿Qué clase de fruto quieren obtener estos predicadores? No tienen ciertamente ningún otro propósito más que el de buscar por todos los medios ganarse adeptos halagándoles los oídos, con tal de ver el templo lleno a rebosar, no les importa que las almas queden vacías. Por eso es por lo que ni mencionan el pecado, los novísimos, ni ninguna otra cosa importante, sino que se quedan solo en palabras complacientes, con una elocuencia más propia de un arenga profana que de un sermón apostólico y sagrado, para conseguir el clamor y el aplauso; contra estos oradores escribía San Jerónimo: “Cuando enseñes en la Iglesia, debes provocar no el clamor del pueblo, sino su compunción: las lágrimas de quienes te oigan deben ser tu alabanza.” (Pío X. Motu Proprio Sacrorum Antistitum, 1 de septiembre de 1910)

  • Tolerar el error no es caridad

La doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o practica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material. Esta misma doctrina católica nos enseña también que común de toda la familia humana, y en el amor de Jesucristo, cuyos miembros somos, hasta el punto de que aliviar a un desgraciado es hacer un bien al mismo Jesucristo. (Pío X. Encíclica Notre Charge Apostolique, n. 22, 15 de agosto de 1910)

  • Conviene cortar un miembro para salvar al cuerpo

Porque, si Jesús ha sido bueno para los extraviados y los pecadores, no ha respetado sus convicciones erróneas, por muy sinceras que pareciesen; los ha amado a todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si ha llamado hacia sí, para aliviarlos, a los que padecen y sufren, no ha sido para predicarles el celo por una del igualdad quimérica. Si ha levantado a los humildes, no ha sido para inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la obediencia. Si su corazón desbordaba mansedumbre para las almas de buena voluntad, ha sabido igualmente armarse de una santa indignación contra los profanadores de la casa de Dios, contra los miserables que escandalizan a los pequeños, contra las autoridades que agobian al pueblo bajo el peso de onerosas cargas sin poner en ellas ni un dedo para aliviarlas. Ha sido tan enérgico como dulce; ha reprendido, amenazado, castigado, sabiendo y enseñándonos que con frecuencia el temor es el comienzo de la sabiduría y que conviene a veces cortar un miembro para salvar al cuerpo. (Pío X. Encíclica Notre Charge Apostolique, n. 38, 15 de Agosto de 1910)

  • Se equivocan los que silencian las gravísimas obligaciones de la fe cristiana

Cuanto se equivocan los que estiman que serán más dignos de la Iglesia y trabajaran con más fruto para la salvación eterna de los hombres si, movidos por una prudencia humana, […] movidos por la vana esperanza de que así pueden ayudar mejor a los equivocados, cuando en realidad los hacen compañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (He 13, 8).
También se equivocan por completo los que, dedicándose a hacer el bien, sobre todo en los problemas del pueblo, se preocupan mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana. Tampoco les importa ocultar, como con un velo, algunos de los principales preceptos evangélicos, temiendo que se les haga menos caso, e incluso se les abandone. (Pío X. Encíclica Iucunda sane, n. 25-26, 12 de marzo de 1904)

  • Dios pide cuentas a quien omite la corrección

Debemos inculcar también aquel otro dicho de Anselmo tan noble y tan paternal: “Cuando oigo alguna cosa de vosotros que no agrada a Dios ni os es provechosa, si me descuido en avisaros, ni temo a Dios, ni os amo como debo”. […] Entonces, imitando a Anselmo, debemos nuevamente rogar, aconsejar y avisar “que consideréis con diligencia todas estas cosas, y si vuestra conciencia os manifiesta que debéis corregiros en algo os dispongáis a hacerlo”. Porque no debe descuidarse nada que pueda corregirse, porque Dios pide cuenta no solo de las malas obras, sino también de haber omitido corregir aquellos males que podían enmendarse. Y cuanto mayor es el poder que tienen para corregirlos, con tanto mayor rigor les exige Dios que según la potestad que misericordiosamente les ha sido comunicada, quieran hacerlo y lo pongan en práctica como es debido. (Pío X. Encíclica Communium rerum, n. 26, 21 de abril de 1909 

  • Si los llamados a dedicarse a la Iglesia no dan buen ejemplo, no arrastran a otros

Por lo tanto, todos los que están llamados a dirigir o dedicarse personalmente a la causa católica deben ser buenos católicos, firmes en la fe, sólidamente instruidos en materias religiosas, verdaderamente sumisos a la Iglesia y especialmente a la Sede Apostólica y al Vicario de Jesucristo. Deben ser hombres de piedad auténtica, de virtudes varoniles y de una vida tan casta e intrépida que puedan ser ejemplo para guiar a todos los demás. Si no son formados así, será difícil que arrastren otros a hacer el bien y prácticamente imposible que actúen con buenas intenciones. (Pío X. Encíclica Il Fermo Proposito, n. 11, 11 de junio de 1905)

León XIII

  • Hay que defender la sal para que no se pierda todo sabor

Sin duda, la sal debe estar mezclada con la masa para preservarla de la corrupción, pero debe a su vez guardarse a sí misma contra la masa, so pena de perder el sabor y perder toda utilidad salvo la de ser lanzada fuera y pisoteada (Mt 5, 13). (León XIII. Encíclica Depuis le jour, n. 38, 8 de septiembre de 1899) 

Congregación para el Clero

  • La finalidad del cristiano es la santidad

Este conformarse con Cristo es la sustancia de la santificación, y constituye la finalidad específica de la existencia cristiana. Para alcanzarla, todo cristiano necesita la ayuda de la Iglesia, mater et magistra. La pedagogía de la santidad es un desafío, tan exigente como atrayente, para todos aquellos que detengan en la Iglesia una responsabilidad de guía y de formación. […] En la sociedad de hoy, marcada por el pluralismo cultural, religioso y étnico, y parcialmente caracterizada por el relativismo, el indiferentismo, el irenismo y el sincretismo, parece que algunos cristianos casi se han habituado a una suerte de “cristianismo” carente de referencias reales a Cristo y a su Iglesia; se tiende así a reducir el proyecto pastoral a temáticas sociales abordadas desde una perspectiva exclusivamente antropológica, dentro de un reclamo genérico al pacifismo, al universalismo y a una referencia no bien precisada a los “valores”. (Congregación para el Clero. El Presbítero, Pastor y Guía de la Comunidad Parroquial n. 28-29, 23 de noviembre de 2001)

Catecismo Romano

  • Las puertas están abiertas a los que hacen propósito de no pecar más

Quien pretendiera acercarse al sacramento sin estas disposiciones [verdadero arrepentimiento de los pecados cometidos en la vida pasada con propósito sincero de no volver a cometerlos], debe ser absolutamente rechazado. Nada, en efecto, más opuesto a la virtud y gracia del bautismo que la aptitud y disposición de quien no quiere proponer una seria renuncia a la vida de pecado. Debiendo desearse este sacramento para revestirnos de Cristo e incorporarnos a Él, es evidente que debe ser excluido de su recepción quien persista en su intención de pecar. No se puede abusar de la gracia de Cristo y de los sacramentos de su Iglesia. (Catecismo Romano. Parte II, Cap. 1, VIII, C, 3)

San Juan Crisóstomo

  • Imitemos a Jesús amonestando y amenazando

Sabiendo esto nosotros, pongamos todos los medios para convertir a los pecadores y a los tibios, amonestándolos, adoctrinándolos, rogándoles, exhortándolos, aconsejándolos, aun cuando nada aventajemos. Sabía Jesús de antemano que Judas jamás se enmendaría; y sin embargo no cesaba de poner lo que estaba de su parte, amonestándolo, amenazándolo, llamándolo infeliz. (San Juan Crisóstomo. Homilía LXXX sobre el Evangelio de San Mateo)

San Ireneo de Lyon

  • Un consejo de Dios Misericordioso: “Enderezad vuestra conducta”

Esto mismo dice Isaías: “¿Para qué quiero ese montón de sacrificios vuestros? dice el Señor. Estoy harto” (Is 1, 10). Y, una vez que ha rechazado los holocaustos, oblaciones y sacrificios, así como las fiestas, los sábados, las solemnidades y todas las costumbres que las acompañaban, les indica qué cosas son aceptables para la salvación: “Lavaos, purificaos, quitad de mi vista la maldad de vuestros corazones; dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien; buscad el derecho, salvad al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda. Entonces venid y disputemos, dice el Señor” (Is 1, 16-18). […] Mas, como Dios está lleno de misericordia, no los privó de un buen consejo. Pues, aunque dijo por Jeremías: “¿Para qué me ofrecéis incienso de Saba y canela de tierras lejanas? No me agradan vuestros holocaustos y sacrificios” (Jr 6, 20); en seguida añadió: “Escuchad la Palabra del Señor, todos los hombres de Judá. Esto dice el Señor Dios de Israel: Enderezad vuestros caminos y vuestra conducta, y os haré habitar en este lugar. No os fijéis de palabras mentirosas, porque no os serán de ningún provecho, cuando decís: ¡Templo del Señor! ¡Templo del Señor!’” (Jr 7, 2-4). (San Ireneo. Contra los herejes, Lib. 4, c. 17, 2-3)

San Agustín

  • Jesús quiere que cambiemos de vida

Tampoco te condenaré yo. ¿Qué significa, Señor? ¿Fomentas, pues, los pecados? Simple y llanamente, no es así. Observa lo que sigue: Vete, en adelante no peques ya. El Señor, pues, ha condenado, pero el pecado, no al hombre. Efectivamente, si fuese fautor de pecados diría: ‘Tampoco te condenaré yo; vete, vive como vives; está segura de mi absolución; por mucho que peques, yo te libraré de todo castigo, hasta de los tormentos del quemadero y del infierno’. No dijo esto. (San Agustín. Tratados sobre el Evangelio de San Juan, 33, 6)

Santo Tomás de Aquino

  • La corrección fraterna es el más importante acto de la caridad

Hay, por lo mismo, doble corrección del delincuente. La primera: aportar remedio al pecado como mal de quien peca. Esta es propiamente la corrección fraterna, cuyo objetivo es corregir al culpable. Ahora bien, remover el mal de uno es de la misma naturaleza que procurar su bien. Pero esto último es acto de caridad que nos impulsa a querer y trabajar por el bien de la persona a la que amamos. Por lo mismo, la corrección fraterna es también acto de caridad, ya que con ella rechazamos el mal del hermano, es decir, el pecado. La remoción del pecado —tenemos que añadir— incumbe a la caridad más que la de un daño exterior, e incluso más que la del mismo mal corporal, por cuanto su contrario, el bien de la virtud, es más afín a la caridad que el bien corporal o el de las cosas exteriores. De ahí que la corrección fraterna es acto más esencial de la caridad que el cuidado de la enfermedad del cuerpo o la atención que remedia la necesidad externa. La otra corrección remedia el pecado del delincuente en cuanto revierte en perjuicio de los demás y, sobre todo, en perjuicio del bien común. Este tipo de corrección es acto de justicia, cuyo cometido es conservar la equidad de unos con otros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 33, a. 1)

Sagrada Escrituras

  • No ayudes al pecador empedernido

Si haces el bien, mira a quién, y sacarás provecho de tus favores. Haz bien al piadoso y obtendrás recompensa, si no de él mismo, al menos del Altísimo. Ningún beneficio para el que persiste en el mal, ni para quien se niega a hacer limosna. Da al que es piadoso, pero no ayudes al pecador. Haz el bien al humilde, pero no des nada al malvado; niégale el pan, no se lo des, porque podría utilizarlo para dominarte, y tú recibirías el doble de mal por el bien que le habrías hecho. Que también el Altísimo odia a los pecadores, y se vengará de los malvados: los protege en vistas al día de su castigo. Da al que es bueno, pero no ayudes al pecador. (Eclo 12, 1-7)


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