47 – Ser una minoría es incluso una fuerza. Debemos ser levadura en una cantidad infinitamente más pequeña que la masa. Nuestro objetivo no es el proselitismo, sino la escucha de las necesidades

Las realidades espirituales superan las naturales y con frecuencia no están al alcance de nuestra inteligencia. Por eso el divino Maestro solía valerse de analogías para explicar a sus seguidores las maravillas del Reino. Entre ellas está la parábola de la levadura: “El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta” (Mt 13, 33). Con variados matices, los Padres, Doctores y el Magisterio de la Iglesia siempre han visto en esta imagen un símbolo del dinamismo de la predicación apostólica que, en obediencia al mandato del Redentor —“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19)— debería alcanzar al mundo entero y transformar la redondez de la tierra. ¿Se habrían equivocado los Apóstoles en lo referente a la extensión y el objeto de su misión? Veamos lo que nos dice el Magisterio.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – La levadura evangélica transforma el mundo en que penetra
II – Por mandato divino la Iglesia debe evangelizarPío XPío XII
III – Todos los hombres deben pertenecer a la Iglesia por una sincera conversión
IV- Evangelizar es la mejor ayuda que la Iglesia puede ofrecer a la humanidad

I – La levadura evangélica transforma el mundo en que penetra

Pablo VI

No se puede desear que la Iglesia vuelva a sus proporciones iniciales

Si puede hablarse de reforma [en la Iglesia], no se debe entender cambio, sino más bien confirmación en el empeño de conservar la fisonomía que Cristo ha dado a su Iglesia, más aún, de querer devolverle siempre su forma perfecta que, por una parte, corresponda a su diseño primitivo y que, por otra, sea reconocida como coherente y aprobada en aquel desarrollo necesario que, como árbol de la semilla, ha dado a la Iglesia, partiendo de aquel diseño, su legítima forma histórica y concreta. No nos engañe el criterio de reducir el edificio de la Iglesia, que se ha hecho amplio y majestuoso para la gloria de Dios, como magnífico templo suyo, a sus iniciales proporciones mínimas, como si aquellas fuesen las únicas verdaderas, las únicas buenas. (Pablo VI. Carta encíclica Ecclesiam suam, n. 17, 6 de agosto de 1964)

San Cirilo de Alejandría

La levadura comunica a la masa sus propiedades

La levadura es pequeña en cantidad, sin embargo inmediatamente fermenta toda la masa y rápidamente le comunica sus mismas propiedades. La palabra de Dios se comporta de manera similar en nosotros. […] Comprendemos que por medio de esta preciosa, pura y santa levadura, seremos encontrados libres de toda malicia y levadura del mundo. (San Cirilo de Alejandría. Comentario al Evangelio de Lucas, c. XIII, v. 21: PG 72, 774-775)

San Juan Crisóstomo

Si la levadura no transforma la masa, no es fermento

Si la levadura, mezclada con la harina, no transforma toda la masa en una misma calidad, ¿habrá sido en realidad un fermento? […] No digas que no puedes arrastrar a los otros; efectivamente, si eres un cristiano auténtico, es imposible que no suceda esto. (San Juan Crisóstomo. In Acta Apostolorum. Homilía 20, 4: PG 60, 163)

Como la levadura fermenta la harina, doce hombres convirtieron el mundo

“Es semejante el reino de los cielos al fermento que una mujer toma y pone en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta”. Pues así como el fermento penetra la mucha harina, así vosotros convertiréis a todo el mundo. […] Es Él [Cristo] quien dio su fuerza al fermento. Para esto mezcló con las multitudes a los que ya creían en Él: para que mutuamente nos comuniquemos nuestros conocimientos. Que nadie, en consecuencia, acuse su propia debilidad: mucha es la fuerza de la predicación; y lo que una vez ha sido fermentado, se convierte en fermento para los demás. Lo mismo que una chispita de fuego si cae sobre los leños, al quemarlos los convierte en llama y por este medio inflama otros maderos: así sucede con la predicación.
Sin embargo, Cristo no dijo llama, sino fermento. ¿Por qué? Porque en la llama no todo brota de solo el fuego, sino que también algo nace de los leños encendidos, mientras que acá todo lo hace por sí solo el fermento. Y si doce hombres fermentaron todo el orbe, piensa cuán grande sea nuestra perversidad, pues siendo en tan gran número no podemos, a pesar de eso, enmendar a los hombres que pecan, cuando deberíamos bastar para fermentar a mil mundos que hubiera. (San Juan Crisóstomo. Comentario a Mateo. Homilía 46)

Concilio Vaticano II

La Iglesia debe crecer hasta la venida del Señor, renovando la sociedad

Nacida del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor, reunida en el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el mundo futuro podrá alcanzar plenamente. Está presente ya aquí en la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena que tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del Señor. […] Y su razón de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios. (Concilio Vaticano II. Constitución Gaudium et spes, n. 40, 7 de diciembre de 1975)

Pío XII

La Iglesia posee una imperecedera energía, capaz de regenerar todos los pueblos

Mientras todas las obras e instituciones terrenas, por el hecho de apoyarse solamente en la fuerza y en el ingenio humano, al correr de los tiempos nacen las unas de las otras, llegan a su apogeo, y luego por su misma naturaleza pierden lastimosamente su vigor y se desploman desmoronadas; Nuestro divino Redentor ha concedido a la sociedad por Él fundada, que goce siempre de una vida divina, y que posea una imperecedera energía; con el cual sostén robustamente fortalecida, de tal manera sale siempre vencedora de las persecuciones, con que a través de los tiempos la combaten los hombres, que de las destrozadas ruinas de sus perseguidores puede sacar, a base de su doctrina y espíritu cristiano, una nueva y más dichosa generación, y constituir sabiamente una nueva sociedad de ciudadanos, pueblos y naciones. (Pío XII. Carta encíclica Fulgens radiatur, 21 de marzo de 1947)

II – Por mandato divino la Iglesia debe evangelizar

Pablo VI

Por su origen la Iglesia está vinculada a la evangelización

Quien lee en el Nuevo Testamento los orígenes de la Iglesia y sigue paso a paso su historia, quien la ve vivir y actuar, se da cuenta de que ella está vinculada a la evangelización de la manera más íntima: La Iglesia nace de la acción evangelizadora de Jesús y de los Doce. Es un fruto normal, deseado, el más inmediato y el más visible “Id pues, enseñad a todas las gentes” (Mt 28, 19). “Ellos recibieron la gracia y se bautizaron, siendo incorporadas (a la Iglesia) aquel día unas tres mil personas… Cada día el Señor iba incorporando a los que habían de ser salvos” (Act 2, 41-47). Nacida, por consiguiente, de la misión de Jesucristo, la Iglesia es a su vez enviada por Él. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 15, 8 de diciembre de 1975)

La evangelización es congénita al patrimonio recibido de Cristo

Si verdaderamente la Iglesia, como decíamos, tiene conciencia de lo que el Señor quiere que ella sea, surge en ella una singular plenitud y una necesidad de efusión, con la clara advertencia de una misión que la trasciende y de un anuncio que debe difundir. Es el deber de la evangelización. Es el mandato misionero. Es el ministerio apostólico. […] El deber congénito al patrimonio recibido de Cristo es la difusión, es el ofrecimiento, es el anuncio, bien lo sabemos: Id, pues, enseñad a todas las gentes (Mat 28, 19) es el supremo mandato de Cristo a sus Apóstoles. Estos con el nombre mismo de Apóstoles definen su propia e indeclinable misión. (Pablo VI. Carta encíclica Ecclesiam suam, n. 26, 6 de agosto de 1964)

Benedicto XVI

La primera tarea de la Iglesia es la evangelización

La Iglesia es misionera por naturaleza y su primera tarea es la evangelización, que tiene como fin anunciar y testimoniar a Cristo y promover en todos los ambientes y culturas su Evangelio de paz y amor. […] La Iglesia está llamada a ser “sal”, “luz” y “levadura”, según las imágenes que utiliza Jesús mismo, para que las mentalidades y las estructuras estén cada vez más plenamente orientadas a la construcción de la paz, es decir, del “orden diseñado y querido por el amor de Dios”. (Benedicto XVI. Discurso a los participantes en el V Congreso Internacional de los Ordinarios Militares, 26 de octubre de 2006)

Concilio Vaticano II

La Iglesia tiene el deber y el derecho sagrado de evangelizar

La Iglesia tiene el deber, a la par que el derecho sagrado de evangelizar, y, por tanto, la actividad misional conserva íntegra, hoy como siempre, su eficacia y su necesidad. Por ella el Cuerpo místico de Cristo reúne y ordena indefectiblemente sus energías para su propio crecimiento. (Concilio Vaticano II. Decreto Ad gentes, n. 7, 7 de diciembre de 1975)

La Iglesia debe anunciar la salvación hasta los confines de la tierra

Como el Hijo fue enviado por el Padre, así también Él envió a los Apóstoles (cf. Jn 20, 21) diciendo: “Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 19- 20). Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles con orden de realizarlo hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1, 8). […] El Espíritu Santo la impulsa a cooperar para que se cumpla el designio de Dios, quien constituyó a Cristo principio de salvación para todo el mundo. (Concilio Vaticano II. Constitución Lumen gentium, n. 17, 21 de noviembre de 1964)

Juan Pablo II

Dimensión universal del mandato misionero

Las diversas formas del “mandato misionero” tienen puntos comunes y también acentuaciones características. Dos elementos, sin embargo, se hallan en todas las versiones. Ante todo, la dimensión universal de la tarea confiada a los Apóstoles: “A todas las gentes” (Mt 28, 19); “por todo el mundo… a toda la creación” (Mc 16, 15); “a todas las naciones” (Act 1, 8). (Carta encíclica Redemptoris missio, n. 23, 7 de diciembre de 1990)

León XIII

La Iglesia debe llevar la salvación a todos los hombres, sin excepción

¿Qué ha buscado, qué ha querido Jesucristo nuestro Señor en el establecimiento y conservación de la Iglesia? Una sola cosa: transmitir a la Iglesia la continuación de la misma misión del mismo mandato que El recibió de su Padre. Esto es lo que había decretado hacer y esto es lo que realmente hizo: “Como mi Padre me envió, os envío a vosotros” (Jn 20, 21). “Como tú me enviaste al mundo, los he enviado también al mundo” (Jn 17, 18). En la misión de Cristo entraba rescatar de la muerte y salvar “lo que había perecido”; esto es, no solamente algunas naciones o algunas ciudades, sino la universalidad del género humano, sin ninguna excepción en el espacio ni en el tiempo. “El Hijo del hombre ha venido… para que el mundo sea salvado por El” (Jn 3, 17). “Pues ningún otro nombre ha sido dado a los hombres por el que podamos ser salvados” (Hch 4, 12). La misión, pues, de la Iglesia es repartir entre los hombres y extender a todas las edades la salvación operada por Jesucristo y todos los beneficios que de ella se siguen. (León XIIII. Carta encíclica Satis cognitum, n. 7, 29 de junio de 1896)


Que todas las regiones del mundo sean dominadas por el nombre de Jesús

Movidos por la caridad que acude con mayor premura allá donde mayor es la necesidad, Nuestro espíritu vuela primero hacia los pueblos más desgraciados de todos, esto es, a los que o nunca recibieron la luz del Evangelio o, si la recibieron, llegaron a perderla, ya por la propia inercia, ya por las vicisitudes de los tiempos, de suerte que ignoran plenamente a Dios. Y porque toda salvación viene de Cristo Jesús, pues no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el que debamos ser salvos (Ac 4,12). Nuestro máximo deseo es que todas las regiones del mundo puedan muy pronto ser penetradas y dominadas por el sacro nombre de Jesús. Y en ello nunca la Iglesia dejo de cumplir su deber. (León XIII. Encíclica Praeclara gratulationis, n. 3, 20 de junio de 1894)

Concilio Vaticano II

El miembro que no contribuye para el crecimiento de la Iglesia es inútil

La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras; porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado. Como en la complexión de un cuerpo vivo ningún miembro se comporta de una forma meramente pasiva, sino que participa también en la actividad y en la vida del cuerpo, así en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, “todo el cuerpo crece según la operación propia, de cada uno de sus miembros” (Ef 4, 16). Y por cierto, es tanta la conexión y trabazón de los miembros en este Cuerpo (cf. Ef 4,16), que el miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo. […] Por consiguiente, se impone a todos los fieles cristianos la noble obligación de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra. (Concilio Vaticano II. Decreto Apostolicam actuositatem, n. 2-3, 18 de noviembre de 1965)

Los fieles tienen el deber de cooperar a la expansión de la Iglesia

Todos los fieles, como miembros de Cristo viviente, incorporados y asemejados a El por el bautismo, por la confirmación y por la Eucaristía, tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación de su Cuerpo para llevarlo cuanto antes a la plenitud (cf. Ef 4,13). (Concilio Vaticano II. Decreto Ad gentes, n. 36, 7 de diciembre de 1975)

Pío X

El principal ministerio de la Jerarquía es la predicación

Conviene averiguar hora a quién compete preservar a las almas de aquella perniciosa ignorancia [de la religión] e instruirlas en ciencia tan indispensable. Lo cual, Venerables Hermanos, no ofrece dificultad alguna, porque ese gravísimo deber corresponde a los pastores de almas que, efectivamente, se hallan obligados por mandato del mismo Cristo a conocer y apacentar las ovejas, que les están encomendadas. Apacentar es, ante todo, adoctrinar: Os daré pastores según mi corazón, que os apacentarán con la ciencia y con la doctrina (Jr 3, 15). […] El principal ministerio de cuantos ejercen de alguna manera el gobierno de la Iglesia consiste en enseñar a los fieles en las cosas sagradas. (Pío X. Carta encíclica Acerbo nimis, n. 7, 15 de abril de 1905)

Juan Pablo II

Anunciar el Evangelio es, a título especial, deber de los obispos

Jesús resucitado confió a sus apóstoles la misión de “hacer discípulos” a todas las gentes, enseñándoles a guardar todo lo que Él mismo había mandado. Así pues, se ha encomendado solemnemente a la Iglesia, comunidad de los discípulos del Señor crucificado y resucitado, la tarea de predicar el Evangelio a todas las criaturas. Es un cometido que durará hasta al final de los tiempos. Desde aquel primer momento, ya no es posible pensar en la Iglesia sin esta misión evangelizadora. […] Aunque el deber de anunciar el Evangelio es propio de toda la Iglesia y de cada uno de sus hijos, lo es por un título especial de los Obispos que, en el día de la sagrada Ordenación, la cual los introduce en la sucesión apostólica, asumen como compromiso principal predicar el Evangelio a los hombres. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores gregis, n. 26, 16 de octubre de 2003)

Benedicto XV

La misión confiada a los Apóstoles se perpetúa en sus sucesores

La grande y santísima misión confiada a sus discípulos por Nuestro Señor Jesucristo, al tiempo de su partida hacia el Padre, por aquellas palabras: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las naciones” (Mc 16, 15), no había de limitarse ciertamente a la vida de los apóstoles, sino que se debía perpetuar en sus sucesores hasta el fin de los tiempos, mientras hubiera en la tierra hombres para salvar la verdad. (Benedicto XV. Carta apostólica Maximum illud, n. 1, 30 de noviembre de 1919)

Concilio Vaticano II

Los sucesores de los Apóstoles deben establecer el reino de Dios en toda la tierra

La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser “el sacramento universal de la salvación”, obedeciendo el mandato de su Fundador (cf. Mc 16, 15), por exigencias íntimas de su misma catolicidad, se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres. Porque los Apóstoles mismos, en quienes está fundada la Iglesia, siguiendo las huellas de Cristo, “predicaron la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias”. Obligación de sus sucesores es dar perpetuidad a esta obra para que “la palabra de Dios sea difundida y glorificada” (2 Tes, 3,1), y se anuncie y establezca el reino de Dios en toda la tierra. (Decreto Ad gentes, n. 1, 7 de diciembre de 1975)

Los obispos son consagrados para la salvación del mundo entero

Todos los Obispos, como miembros del cuerpo episcopal, sucesor del Colegio de los Apóstoles, están consagrados no sólo para una diócesis, sino para la salvación de todo el mundo. A ellos afecta primaria e inmediatamente, con Pedro y bajo la autoridad de Pedro, el mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura. (Decreto Ad gentes, n. 38, 7 de diciembre de 1975)

Pío XII

El Papa tiene la misión de enseñar la verdad a las naciones

Predicar el Evangelio no es para mí un título de gloria —decía el Apóstol de las Gentes—, es una necesidad que me incumbe. ¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!” (1Co 9, 16). Estas enérgicas palabras, ¿cómo Nos, Vicario de Jesucristo, no habremos de aplicarlas a Nos mismo, que, por nuestro oficio apostólico hemos sido establecido en “calidad de heraldo y de apóstol… con la misión de enseñar a las naciones paganas la fe y la verdad?” (1Tim 2, 7). (Pío XII. Encíclica Fidei donum, n. 19, 21 de abril de 1957)

Pío XI

Falta a su obligación el Papa que no procura atraer fieles a Cristo

La Iglesia misma no tiene otra razón de existir sino la de hacer partícipes a todos los hombres de la Redención salvadora, por medio de la dilatación por todo el mundo del Reino de Cristo. Por donde se ve que quien, por la divina gracia, tiene en el mundo las veces de Jesucristo, Príncipe de Pastores, no sólo no debe contentarse con defender y conservar la grey del Señor ya a él confiada, sino que faltaría a una de sus más graves obligaciones si no procurase con todo empeño ganar y atraer a Cristo las ovejas aún apartadas de El. (Pío XI. Encíclica Rerum Ecclesiae, n. 2-3, 28 de febrero de 1926)

Pío XII

No ama a la Iglesia quien no desea su expansión

El espíritu misional y el espíritu católico, decíamos hace ya algún tiempo, son una misma cosa. La catolicidad es una nota esencial de la verdadera Iglesia: hasta tal punto que un cristiano no es verdaderamente afecto y devoto a la Iglesia si no se siente igualmente apegado y devoto de su universalidad, deseando que eche raíces y florezca en todos los lugares de la tierra. (Pío XII. Encíclica Fidei donum, n. 12, 21 de abril de 1957)

León XIII

Callar la fe es cobardía e injuria a Dios

Es de advertir que en este orden de cosas que pertenecen a la fe cristiana hay deberes cuya exacta y fiel observancia, si siempre fue necesaria para la salvación, lo es incomparablemente más en estos tiempos. Porque en tan grande y universal extravió de opiniones, deber es de la Iglesia tomar el patrocinio de la verdad y extirpar de los ánimos el error; deber que esta obligada a cumplir siempre e inviolablemente, porque a su tutela ha sido confiado el honor de Dios y la salvación de las almas. Pero cuando la necesidad apremia, no solo deben guardar incólume la fe los que mandan, sino que cada uno esté obligado a propagar la fe delante de los otros, ya para instruir y confirmar a los demás fieles, ya para reprimir la audacia de los infieles (Ga 2,20). Ceder el puesto al enemigo, o callar cuando de todas partes se levanta incesante clamoreo para oprimir a la verdad, propio es, o de hombre cobarde, o de quien duda estar en posesión de las verdades que profesa. Lo uno y lo otro es vergonzoso e injurioso a Dios; lo uno y lo otro, contrario a la salvación del individuo y de la sociedad: ello aprovecha únicamente a los enemigos del nombre cristiano, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. (León XIII. Encíclica Sapientiae christianae, n. 12, 10 de enero de 1890)

III – Todos los hombres deben pertenecer a la Iglesia por una sincera conversión

Juan Pablo II

No basta ayudar a los hombres; es preciso llamarlos a la conversión

El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la fe. […] Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de “proselitismo”; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la “Buena Nueva” de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación. (Juan Pablo II. Carta encíclica Redemptoris missio, n. 46, 7 de diciembre de 1990)

La buena nueva dispone a la vida según el Espíritu

La “buena nueva” tiende a suscitar en el corazón y en la vida del hombre la conversión y la adhesión personal a Jesucristo Salvador y Señor; dispone al Bautismo y a la Eucaristía y se consolida en el propósito y en la realización de la nueva vida según el Espíritu. En verdad, el imperativo de Jesús: “Id y predicad el Evangelio” mantiene siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que no puede decaer. Sin embargo, la actual situación, no sólo del mundo, sino también de tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la palabra de Cristo reciba una obediencia más rápida y generosa. Cada discípulo es llamado en primera persona; ningún discípulo puede escamotear su propia respuesta: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9, 16). (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 33, 30 de diciembre de 1988)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Necesidad de la conversión y el bautismo

La Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad, debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 22, 6 de agosto de 2000)

Pablo VI

No hay humanidad nueva sin la novedad del bautismo

Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: “He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio. La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior y, si hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 18, 8 de diciembre de 1975)

Concilio Vaticano II

En la cruz, Cristo ha atraído todos a sí

La Iglesia o reino de Cristo, presente actualmente en misterio, por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo. Este comienzo y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado (cf. Jn 19, 34) y están profetizados en las palabras de Cristo acerca de su muerte en la cruz: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a mí” (Jn 12, 32). (Concilio Vaticano II. Constitución Lumen gentium, n. 3, 21 de noviembre de 1964)

Es necesario que todos se conviertan a Cristo
 

La razón de esta actividad misional se basa en la voluntad de Dios, que “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos”, “y en ningún otro hay salvación”. Es, pues, necesario que todos se conviertan a El, una vez conocido por la predicación del Evangelio, y a El y a la Iglesia, que es su Cuerpo, se incorporen por el bautismo. […] Dondequiera que Dios abre la puerta de la palabra para anunciar el misterio de Cristo a todos los hombres, confiada y constantemente hay que anunciar al Dios vivo y a Jesucristo enviado por Él para salvar a todos, a fin de que los no cristianos abriéndoles el corazón el Espíritu Santo, creyendo se conviertan libremente al Señor y se unan a Él con sinceridad, quien por ser “camino, verdad y vida” satisface todas sus exigencias espirituales, más aún, las colma hasta el infinito. (Concilio Vaticano II. Decreto Ad gentes, n. 7.13, 7 de diciembre de 1975)

Todos los hombres están llamados a la Iglesia

Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos, determinó luego congregarlos (cf. Jn 11,52). Para esto envió Dios a su Hijo, a quien constituyó en heredero de todo (cf. Hb 1,2), para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios. (Concilio Vaticano II. Constitución Lumen gentium, n. 13, 21 de noviembre de 1964)

La Iglesia ora y trabaja para que la totalidad del mundo se integre a ella

Predicando el Evangelio, la Iglesia atrae a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los prepara al bautismo, los libra de la servidumbre del error y los incorpora a Cristo para que por la caridad crezcan en Él hasta la plenitud. […] Así, pues, la Iglesia ora y trabaja para que la totalidad del mundo se integre en el Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y templo del Espíritu Santo, y en Cristo, Cabeza de todos, se rinda al Creador universal y Padre todo honor y gloria. (Concilio Vaticano II. Constitución Lumen gentium, n. 17, 21 de noviembre de 1964)

Pablo VI

El Señor ha querido su Iglesia universal

Los primeros cristianos manifestaban gustosamente su fe profunda en la Iglesia, indicándola como extendida por todo el universo. Tenían plena conciencia de pertenecer a una gran comunidad que ni el espacio ni el tiempo podían limitar: “Desde el justo Abel hasta el último elegido” (85), “hasta los extremos de la tierra” (86), “hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20.). Así ha querido el Señor a su Iglesia: universal, árbol grande cuyas ramas dan cobijo a las aves del cielo (cf. Mt 13, 32), red que recoge toda clase de peces (cf. Mt 13, 47) o que Pedro saca cargada de 153 grandes peces (cf. Jn 21, 11), rebaño que un solo pastor conduce a los pastos (cf. Jn 10, 1-16). Iglesia universal sin límites ni fronteras, salvo, por desgracia, las del corazón y del espíritu del hombre pecador. [Nota 85: S. Gregorio Magno, Homil. in Evangelia 19, 1: PL 76, 1154. Nota 86: Act 1, 8; cf. Didaché, 9, 1: Funk, Patres Apostolici, 1, 22.] (Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 61, 8 de diciembre de 1975)

León XIII

Cristo llamó todos los hombres a seguirlo

Jesucristo llamó a todos los hombres sin excepción, a los que existían en su tiempo y a los que debían de existir en adelante, para que le siguiesen como a Jefe y Salvador, y no aislada e individualmente, sino todos en conjunto, unidos en una asociación de personas, de corazones, para que de esta multitud resultase un solo pueblo, legítimamente constituido en sociedad; un pueblo verdaderamente uno por la comunidad de fe, de fin y de medios apropiados a éste; un pueblo sometido a un solo y mismo poder. (León XIII. Carta encíclica Satis cognitum, n. 23, 29 de junio de 1896)

Juan Pablo II

Cristo envuelve toda la humanidad ayer, hoy y siempre

La Iglesia perdura desde hace 2000 años. Como el evangélico grano de mostaza, ella crece hasta llegar a ser un gran árbol, capaz de cubrir con sus ramas la humanidad entera (cf. Mt 13, 31-32). El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, considerando la cuestión de la pertenencia a la Iglesia y de la ordenación al Pueblo de Dios, dice así: “Todos los hombres están invitados a esta unidad católica del Pueblo de Dios” […]. A la luz de este planteamiento se puede comprender aún mejor el significado de la parábola de la levadura (cf. Mt 13, 33): Cristo, como levadura divina, penetra siempre más profundamente en el presente de la vida de la humanidad difundiendo la obra de la salvación realizada en el Misterio pascual. Él envuelve además en su dominio salvífico todo el pasado del género humano, comenzando desde el primer Adán. A El pertenece el futuro: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8). (Juan Pablo II. Carta apostólica Tertio millennio adveniente, n. 56, 10 de noviembre de 1994)

IV – Evangelizar es la mejor ayuda que la Iglesia puede ofrecer a la humanidad

Juan Pablo II

Tentación de reducir el cristianismo a una ciencia del vivir bien

Lo que más me mueve a proclamar la urgencia de la evangelización misionera es que ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia. […] La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humanas, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina. (Juan Pablo II. Carta encíclica Redemptoris missio, n. 2.11, 7 de diciembre de 1990)

Concepciones erradas de la misión de la Iglesia, porque silencian a Cristo

Hoy se habla mucho del Reino, pero no siempre en sintonía con el sentir de la Iglesia. […] Se describe el cometido de la Iglesia, como si debiera proceder en una doble dirección; por un lado, promoviendo los llamados “valores del Reino”, cuales son la paz, la justicia, la libertad, la fraternidad; por otro, favoreciendo el diálogo entre los pueblos, las culturas, las religiones, para que, enriqueciéndose mutuamente, ayuden al mundo a renovarse y a caminar cada vez más hacia el Reino. Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo. (Juan Pablo II. Carta encíclica Redemptoris missio, n. 17, 7 de diciembre de 1990)

Pío XII

No hay necesidad más urgente que la de dar a conocer a Cristo

No hay necesidad más urgente, venerables hermanos, que la de dar a conocer las inconmensurables riquezas de Cristo (Ef 3, 8) a los hombres de nuestra época. No hay empresa más noble que la de levantar y desplegar al viento las banderas de nuestro Rey ante aquellos que han seguido banderas falaces y la de reconquistar para la cruz victoriosa a los que de ella, por desgracia, se han separado. ¿Quién, a la vista de una tan gran multitud de hermanos y hermanas que, cegados por el error, enredados por las pasiones, desviados por los prejuicios, se han alejado de la verdadera fe en Dios y del salvador mensaje de Jesucristo; quién, decimos, no arderá en caridad y dejará de prestar gustosamente su ayuda? (Pío XII. Carta encíclica Summi Pontificatus, n. 5, 20 de octubre de 1939)

Pío X

Nada puede ser más grato a Jesucristo que la evangelización

Cierto es que Dios alaba grandemente la piedad que nos mueve a procurar el alivio de las humanas miserias: mas, ¿quién negará que mayor alabanza merecen el celo y el trabajo consagrados a procurar los bienes celestiales a los hombres, y no ya las transitorias ventajas materiales? Nada puede ser más grato —según sus propios deseos— a Jesucristo, Salvador de las almas, que dijo de Sí mismo por el profeta Isaías: Me ha enviado a evangelizar a los pobres (Lc 4, 18). Importa mucho, Venerables Hermanos, asentar bien aquí —e insistir en ello— que para todo sacerdote éste es el deber más grave, más estricto, que le obliga. […] Porque el pueblo cristiano espera recibir de los sacerdotes la enseñanza de la divina ley, y porque Dios les destina para propagarla. (Pío X. Carta encíclica Acerbo nimis, n. 8-9, 15 de abril de 1905)

Se equivocan los que cuidan del cuerpo y silencian la salvación del alma

Se equivocan por completo los que, dedicándose a hacer el bien, sobre todo en los problemas del pueblo, se preocupan mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana. (Pío X. Encíclica Iucunda sane, n. 26, 12 de marzo de 1904)

Pío XII

Se ejercita en la caridad quien busca expandir el Reino de Cristo

Verdaderamente que vuestra caridad en ninguna otra obra puede ejercitarse más fructuosamente que en ésta [de las misiones], ya que se trata de extender más y más el Reino de Cristo y de procurar la salvación de tantos que carecen de la fe; toda vez que el mismo Señor “encargó a cada uno tener cuidado de su prójimo” (Eclo 17,12). (Pío XII. Encíclica Evangelii praecones, n. 69, 2 de junio de 1951)

Benedicto XV

Evangelizar es practicar el amor al prójimo

Mandó (Dios) a cada uno de ellos el amor de su prójimo” (Eclo 17, 12); mandamiento que urge con tanta mayor gravedad cuanta mayor es la necesidad que pesa sobre el prójimo. ¿Y qué clase de hombres más acreedores a nuestra ayuda fraternal que los infieles, quienes, desconocedores de Dios y presa de la ceguera y de las pasiones desordenadas, yacen en la más abyecta servidumbre del demonio? Por eso, cuantos contribuyeren, en la medida de sus posibilidades, a llevarles la luz de la fe, principalmente ayudando a la obra de los misioneros, habrán cumplido su deber en cuestión tan importante y habrán agradecido a Dios de la manera más delicada el beneficio de la fe. (Carta apostólica Maximum illud, n. 79-81, 30 de noviembre de 1919)

Pío XI

La evangelización supera las demás obras de caridad

El deber de nuestro amor exige, sin duda, no sólo que procuremos aumentar cuanto podamos el número de aquellos que le conocen y adoran ya “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 24), sino también que sometamos al imperio de nuestro amantísimo Redentor cuanto más y más podamos […] Y si Cristo puso como nota característica de sus discípulos el amarse mutuamente (Jn 13, 35;15, 12), ¿qué mayor ni más perfecta caridad podremos mostrar a nuestros hermanos que el procurar sacarlos de las tinieblas de la superstición e iluminarlos con la verdadera fe de Jesucristo? Este beneficio, no lo dudéis, supera a las demás obras y demostraciones de caridad tanto cuando aventaja el alma al cuerpo, el cielo a la tierra y lo eterno a lo temporal. (Pío XI. Encíclica Rerum Ecclesiae, n. 19-21, 28 de febrero de 1926)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La promoción del bien temporal es consecuencia natural de la misión salvífica de la Iglesia

La misión esencial de la Iglesia, siguiendo la de Cristo, es una misión evangelizadora y salvífica. Saca su impulso de la caridad divina. La evangelización es anuncio de salvación, don de Dios. […] Pero el amor que impulsa a la Iglesia a comunicar a todos la participación en la vida divina mediante la gracia, le hace también alcanzar por la acción eficaz de sus miembros el verdadero bien temporal de los hombres, atender a sus necesidades, proveer a su cultura y promover una liberación integral de todo lo que impide el desarrollo de las personas. La Iglesia quiere el bien del hombre en todas sus dimensiones; en primer lugar como miembro de la ciudad de Dios y luego como miembro de la ciudad terrena. (Instrucción Libertatis conscientia, n. 63, 22 de marzo de 1986)

Pablo VI

Sin conversión no es posible una sociedad más justa y fraterna

La Iglesia considera ciertamente importante y urgente la edificación de estructuras más humanas, más justas, más respetuosas de los derechos de la persona, menos opresivas y menos avasalladoras; pero es consciente de que aun las mejores estructuras, los sistemas más idealizados se convierten pronto en inhumanos si las inclinaciones inhumanas del hombre no son saneadas si no hay una conversión de corazón y de mente por parte de quienes viven en esas estructuras o las rigen. […] Dicho esto, nos alegramos de que la Iglesia tome una conciencia cada vez más viva de la propia forma, esencialmente evangélica, de colaborar a la liberación de los hombres. Y ¿qué hace? Trata de suscitar cada vez más numerosos cristianos que se dediquen a la liberación de los demás. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 36.38, 8 de diciembre de 1975)

Concilio Vaticano II

El mensaje de salvación da sentido a la historia humana

Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no sólo comunica la vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo mundo, en cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la dignidad de la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho más profundos. Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido más humano al hombre a su historia. (Concilio Vaticano II. Gaudium et spes, n. 40, 7 de diciembre de 1975)

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