38 – Ser Papa no es ser más importante en la Iglesia; todos somos iguales. Soy medio inconsciente

La veneración de los fieles hacia el Santo Padre ha sido una constante del catolicismo a lo largo de su historia dos veces milenaria; nada más comprensible si se considera su dignidad de Vicario de Cristo en la tierra y sucesor de Pedro, que “preside la Iglesia en la caridad” con el poder de atar y desatar entregado en sus manos por el mismo Redentor.

Sin embargo, en nuestros días, algunas ovejas del rebaño pretenden tener con el pastor una extraña relación, ya no fundada en el respeto admirativo y la devoción que su elevada figura inspira, sino en un trato de igual a igual en el que la persona del Sumo Pontífice sería rebajada a la de un líder popular, simultánea y paradójicamente una especie de portavoz y esclavo de las masas de nuestro tiempo. A primera vista, se diría que este cambio radical de “imagen” no tiene cabida sin alterar profundamente algunos de los fundamentos doctrinales de nuestra santa religión, pues ¿acaso esta novedad tiene antecedentes en la tradición cristiana? Conozcamos un poco de nuestra historia.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
 

I – Pedro, el primero entre los Doce
II – El Romano Pontífice, guía del pueblo de Dios

 I – Pedro, el primero entre los Doce

Sagradas Escrituras

Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo

Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús le respondió: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. (Mt 16, 16-19) 

Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. (Mt 10, 1-4)

Y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto. (1 Cor 15, 4-6)     

Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, y permanecí quince días con él. Después, transcurridos catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito. Subí por una revelación. Y les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles, aunque en privado, a los más cualificados, no fuera que caminara o hubiera caminado en vano. (Gal 1, 18; 2, 1-2)

Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo: “Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho” (Hch 1, 15-16) 

Estaban todos estupefactos y desconcertados, diciéndose unos a otros: “¿Qué será esto?” Otros, en cambio, decían en son de burla: “Están borrachos”. Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos: “Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras”. (Hch 2, 12-14)

San Ambrosio

El Papa es el único antepuesto a todos

Porque él solo, entre los demás Apóstoles, hace la profesión de fe, él solo es antepuesto a todos. (San Ambrosio. Citado por el Catecismo Romano, Cap. IX, III, A)

Concilio de Trento

Afirmar que los cristianos gozan de igual potestad espiritual es confundir la jerarquía eclesiástica

Porque cualquiera que afirmase que todos los cristianos son promiscuamente sacerdotes del Nuevo Testamento, o que todos gozan entre sí de igual potestad espiritual; no haría más que confundir la jerarquía eclesiástica, que es en sí como un ejército ordenado en la campaña; y sería lo mismo que si contra la doctrina del bienaventurado San Pablo, todos fuesen Apóstoles, todos Profetas, todos Evangelistas, todos Pastores y todos Doctores. (Concilio de Trento. Sección XXIII, Doctrina del Sacramento del Orden, cap. IV, De la jerarquía eclesiástica, y de la ordenación, 15 de julio de 1563)

Pío X

La Iglesia es una sociedad en la cual unos presiden a otros

La Escritura nos enseña, y la tradición de los Padres nos confirma, que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, Cuerpo dirigido por pastores e doctores (Ef 4, 11), sociedad de hombres en la cual algunos presiden a otros con pleno y perfecto poder de gobernar, enseñar, juzgar (Mt, 28, 18-20 ; 16, 18-19 ; 18, 17 ; Tt 2, 15 ; 2Cor 10, 6 ; 13, 10, etc.). Resulta, por tanto, que la Iglesia, por su naturaleza es una sociedad desigual, que comprende una dupla orden: los pastores y la grey; aquellos que están colgados en los diferentes grados de la jerarquía, y la multitud de los fieles. Estas dos órdenes son de tal manera desemejantes entre sí, que solamente en la Jerarquía reside el derecho y la autoridad para dirigir todos sus miembros al fin de la sociedad. (San Pio X. Encíclica Vehementer Nos, 11 de febrero de 1906)

Siricio

A nosotros incumbe celo mayor que a todos por la religión cristiana

No negamos la conveniente respuesta a tu consulta, pues en consideración de nuestro deber no tenemos posibilidad de desatender ni callar, nosotros a quienes incumbe celo mayor que a todos por la religión cristiana. Llevamos los pesos de todos los que están cargados; o, más bien, en nosotros los lleva el bienaventurado Pedro Apóstol que, como confiamos, nos protege y defiende en todo como herederos de su administración. (Denzinger-Hünermann 181. San Siricio, Carta Directa ad decessorem al obispo Himerio de Tarragona, 10 de febrero de 385)

Juan Pablo II

San Gregorio Magno y la conciencia de la dignidad del Papado

“Servus servorum Dei”: es sabido que este título, escogido por él [Gregorio Magno] desde que era diácono y usado en muchas de sus cartas, se convirtió a continuación en un título tradicional y casi una definición de la persona del Obispo de Roma. Y también es cierto que por sincera humildad él lo hizo lema de su ministerio y que, precisamente por razón de su función universal en la Iglesia de Cristo, siempre se consideró y se mostró como el máximo y primer siervo, siervo de los siervos de Dios, siervo de todos a ejemplo de Cristo mismo, quien había afirmado explícitamente que “no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28). Profundísima fue, por tanto, la conciencia de la dignidad del Papado, que aceptó con gran temor tras haber intentado en vano evitarla permaneciendo escondido; pero, al mismo tiempo, fue clarísima la conciencia de su deber de servir, pues estaba convencido de que toda autoridad, sobre todo en la Iglesia, es esencialmente un servicio; convicción que trató de infundir a los demás. Esa concepción de su propia función pontificia y, por analogía, de todo ministerio pastoral se resume en la palabra responsabilidad: quien desempeña algún ministerio eclesiástico debe responder de lo que hace no sólo ante los hombres, no sólo ante las almas que le fueron confiadas, sino también y en primer lugar ante Dios y ante su Hijo, en cuyo nombre actúa cada vez que distribuye los tesoros sobrenaturales de la gracia, anuncia las verdades del Evangelio y realiza actividades directivas o de gobierno. (Juan Pablo II. Carta Plurimum Significans, en el XVI centenario de la elevación de San Gregorio Magno al Pontificado, 29 del junio de 1990)

El Obispo de Roma está más obligado que los otros a procurar el bien de la Iglesia Universal

El Pastor Bueno, Nuestro Señor Jesucristo (cf. Jn 10, 11.14), confirió a los obispos, sucesores de los Apóstoles, y de modo especial al Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, la misión de hacer discípulos en todos los pueblos y de predicar el Evangelio a toda criatura.
[…] Esto se refiere a cada uno de los obispos en su propia Iglesia particular; pero se refiere mucho más al Obispo de Roma, cuyo ministerio petrino está para procurar el bien y utilidad de la iglesia universal: En efecto, la iglesia romana preside “la asamblea universal de la caridad”, y por lo tanto está al servicio de la caridad. Precisamente de este principio surgieron aquellas antiguas palabras “siervo de los siervos de Dios”. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Pastor Bonus, n. 1-2, 28 del junio 1998)

Sixto V

El Papa lleva el peso de la solicitud por todas las Iglesias

El Romano Pontífice, a quien Cristo el Señor constituyó como Cabeza visible de su Cuerpo, que es la Iglesia, y quiso que llevara el peso de la solicitud de todas las Iglesias, llama y asume a muchos colaboradores para una responsabilidad inmensa… para que, compartiendo con ellos (a saber, los cardenales) y con los demás dirigentes de la Curia Romana la mole ingente de los afanes y asuntos, él, detentor de la gran potestad de las llaves, con la ayuda de la gracia divina, no desfallezca. (Sixto V. Constitución Immensa Aeterni, 11 de febrero del 1588)

Bonifacio I

Nunca se osó establecer a nadie por encima de Pedro

La institución de la naciente Iglesia universal tomó origen del ministerio del Beato Pedro, en el cual hay su dirección y su culmen. En efecto, de su manantial fluyó, a medida que crecía el cultivo de la religión, la disciplina eclesiástica en todas las Iglesias. Las disposiciones del Concilio de Nicea no testimonian otra cosa: hasta tal punto que no se osó establecer a nadie por encima de él, constatando que no se puede poner a nadie por encima de su servicio; se sabía además que todo le había sido concedido por la palabra del Señor. Es cierto que esta iglesia romana es para las iglesias esparcidas por todo el orbe como la cabeza de sus miembros. (Denzinger-Hünermann 233. Carta Institutio a los obispos de Tesalia, 11 de marzo del 422)

II Concilio de Lyon (1274)

La Iglesia Romana ha recibido del Señor la plenitud de la potestad

La misma Iglesia Romana tiene el sumo y pleno primado y principado sobre toda la Iglesia Católica que verdadera y humildemente reconoce haber recibido con la plenitud de potestad, de manos del mismo Señor en la persona del bienaventurado Pedro, príncipe o cabeza de los Apóstoles, cuyo sucesor es el Romano Pontífice. Y como está obligada más que las demás a defender la verdad de la fe, así también, por su juicio deben ser definidas las cuestiones que acerca de la fe surgieren. (Denzinger-Hünermann 861. II Concilio de Lyon, IV Sesión, Carta del emperador Miguel al Papa Gregorio, 6 de julio de 1274)

Concilio de Florencia (XVII ecuménico)

Los concilios y los sagrados cánones confirman la autoridad de la Sede Apostólica

Asimismo definimos que la santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre todo el orbe y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que al mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por nuestro Señor Jesucristo plena potestad como se contiene hasta en las actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones. (Denzinger-Hünermann 1307. Concilio de Florencia (XVII ecuménico), Bula Laetentur caeli sobre la unión con los griegos, 6 de julio del 1439)

León XIII

El papel de Pedro, jefe supremo al que todos deben sumisión y obediencia

Y pues es imposible imaginar una sociedad humana verdadera y perfecta que no esté gobernada por un poder soberano cualquiera, Jesucristo debe haber puesto a la cabeza de la Iglesia un jefe supremo, a quien toda la multitud de los cristianos fuese sometida y obediente. […] Seguramente Cristo es el Rey eterno, y eternamente, desde lo alto del cielo, continúa dirigiendo y protegiendo invisiblemente su reino; pero como ha querido que este reino fuera visible, ha debido designar a alguien que ocupe su lugar en la tierra después que él mismo subió a los cielos. […] Es evidente que, por voluntad y orden de Dios, la Iglesia está establecida sobre el bienaventurado Pedro, como el edificio sobre los cimientos. Y pues la naturaleza y la virtud propia de los cimientos es dar cohesión al edificio por la conexión íntima de sus diferentes partes y servir de vínculo necesario para la seguridad y solidez de toda la obra, si el cimiento desaparece, todo el edificio se derrumba. El papel de Pedro es, pues, el de soportar a la Iglesia y mantener en ella la conexión y la solidez de una cohesión indisoluble. Pero ¿cómo podría desempeñar ese papel si no tuviera el poder de mandar, defender y juzgar; en una palabra: un poder de jurisdicción propio y verdadero? (León XIII. Encíclica Satis Cognitum, n. 24-25, 29 de junio del 1896)

Juan XXIII

Poder de atar y desatar sin restricción

Y además, como está a la vista de todos, hay en la Iglesia católica unidad de régimen. Porque, así como los fieles cristianos están sujetos a los sacerdotes, y los sacerdotes a los Obispos, a quienes “el Espíritu Santo puso… para regir la Iglesia de Dios”, así también todos los sagrados Pastores y cada uno de ellos se hallan sometidos al Romano Pontífice, como a quien se le ha de reconocer por el sucesor de Pedro. A él, Cristo Nuestro Señor lo constituyó piedra fundamental de su Iglesia y a él sólo, peculiarmente, le concedió la potestad de atar y de desatar, sin restricción, sobre la tierra, de confirmar a sus hermanos y de apacentar el rebaño todo. (Juan XXIII. Encíclica Ad Petri Cathedram, 29 de junio del 1959)

Código de Derecho Canónico

El Papa tiene potestad suprema, plena, inmediata y universal

El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente. (Código de Derecho Canónico, n. 331)

II – El Romano Pontífice, guía del pueblo de Dios

Nicolás I

Los privilegios firmados por Cristo en Pedro nada ni nadie los puede alterar

Ahora bien, si a nosotros no nos oís, solo resta que necesariamente seáis para nosotros cuales Nuestro Señor Jesucristo mandó que fueran tenidos los que se niegan a oír a la Iglesia de Dios, sobre todo cuando los privilegios de la Iglesia romana, afirmados por la boca de Cristo en el bienaventurado Pedro, dispuestos en la Iglesia misma, de antiguo observados, por los santos Concilios universales celebrados y constantemente venerados por toda la Iglesia, en modo alguno pueden disminuirse, en modo alguno infringirse, en modo alguno conmutarse, puesto que el fundamento que Dios puso, no puede removerlo conato alguno humano y lo que Dios asienta, firme y fuerte se mantiene… Así, pues, estos privilegios fueron por Cristo dados a esta santa Iglesia, no por los sínodos, que solamente los celebraron y veneraron… Nos obligan y nos empujan “a tener la solicitud de todas las Iglesias de Dios” (cf. 2 Cor 11, 28).  (Denzinger-Hünermann 640. Nicolás I, Carta Proposueramus quidem al emperador Miguel, 28 de septiembre del 865)

Pío XII

Cristo encomendó el cuidado del Cuerpo Místico al Príncipe de los Apóstoles

Ni se ha de creer que su gobierno se ejerce solamente de un modo invisible y extraordinario, siendo así que también de una manera patente y ordinaria gobierna el Divino Redentor, por su Vicario en la tierra, a su Cuerpo Místico. Porque ya sabéis, Venerables Hermanos, que Cristo Nuestro Señor, después de haber gobernado por sí mismo durante su mortal peregrinación a su pequeña grey, cuando estaba para dejar este mundo y volver a su Padre, encomendó el régimen visible de la sociedad por Él fundada al Príncipe de los Apóstoles. (Pío XII. Encíclica Mystici Corporis Christi, n. 17, 29 de junio de 1943)

Bonifacio VIII

La potestad de Pedro no es humana, sino divina

Ahora bien, esta potestad, aunque se ha dado a un hombre y se ejerce por un hombre, no es humana, sino antes bien divina, por boca divina dada a Pedro, y a él y a sus sucesores confirmada en Aquel mismo a quien confesó, y por ello fue piedra, cuando dijo el Señor al mismo Pedro: “Cuanto ligares” etc. (Mt 16, 19). (Denzinger-Hünermann 874. Bonifacio VIII. De la Bula Unam sanctam, 18 de noviembre de 1302)

Concilio de Éfeso (III ecuménico 431)

Pedro vive y juzga hasta el presente y siempre

A nadie es dudoso, antes bien, por todos los siglos fue conocido que el santo y muy bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de manos de nuestro Señor Jesucristo, salvador y redentor del género humano, y a él le ha sido dada potestad de atar y desatar los pecados; y él, en sus sucesores, vive y juzga hasta el presente y siempre. (Denzinger 112. Concilio de Éfeso, III ecuménico (431), III Sesión, Sobre la primacía del Romano Pontífice, del discurso de Felipe, Legado del Romano Pontífice)

San Basilio Magno

Cristo concede a sus siervos lo que es suyo

Pedro ha sido colocado como fundamento. Él había dicho: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Y en retorno escuchó que él era piedra, aunque no de la misma manera que Cristo. Cristo es piedra inmóvil por naturaleza. Pedro, en cambio, lo es en virtud de aquella piedra divina. Jesús da a otros sus poderes: es Sacerdote, y constituye a los sacerdotes; es Piedra, y hace a otro piedra; concede a sus siervos lo que es propiamente suyo. (San Basilio Magno. Citado por el Catecismo Romano, Cap. IX, III, A)

Bonifacio I

El gobierno de la Iglesia no deja el Papa libre de responsabilidades

Por disposición del Señor, es competencia del bienaventurado Apóstol Pedro la misión recibida de Aquél, de tener cuidado de la Iglesia Universal. Y en efecto, Pedro sabe, por testimonio del Evangelio (Mt 16, 18), que la Iglesia ha sido fundada sobre él. Y jamás su honor puede sentirse libre de responsabilidades por ser cosa cierta que el gobierno de aquélla está pendiente de sus decisiones. (Denzinger-Hünermann 234. San Bonifacio I, Carta Manet beatum a Rufo y a los demás obispos de Macedonia, 11 de marzo de 422)

Pío IX

Misión de apartar el rebaño de los pastos envenenados

Todos saben, todos ven y vosotros como nadie, Venerables Hermanos, sabéis y veis con cuánta solicitud y pastoral vigilancia los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, han llenado el ministerio y han cumplido la misión a ellos confiada por el mismo Cristo Nuestro Señor, en la persona de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles de apacentar los corderos y a las ovejas; de tal suerte, que nunca han cesado de alimentar cuidadosamente con las palabras de la fe, de imbuir en la doctrina de salvación a todo el rebaño del Señor, apartándole de los pastos envenenados. (Pío IX. Encíclica Quanta Cura, n. 1, 8 de diciembre del 1864)

Pablo VI

Ésta es la hora en que la Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma

Podemos deciros ya, Venerables Hermanos, que tres son los pensamientos que agitan Nuestro espíritu cuando consideramos el altísimo oficio que la Providencia —contra Nuestros deseos y méritos— Nos ha querido confiar, de regir la Iglesia de Cristo en Nuestra función de Obispo de Roma y por lo mismo, también, de Sucesor del bienaventurado Apóstol Pedro, administrador de las supremas llaves del reino de Dios y Vicario de aquel Cristo que le constituyo como pastor primero de su grey universal; el pensamiento, decimos, de que ésta es la hora en que la Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio, debe explorar, para propia instrucción y edificación, la doctrina que le es bien conocida, —en este último siglo investigada y difundida— acerca de su propio origen, de su propia naturaleza, de su propia misión, de su propio destino final. (Pablo VI. Encíclica Eclesiam Suam, n. 3, 6 de agosto de 1964)


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