125 – Se impone una evangelización que ilumine los nuevos modos de relación con Dios, con los otros y con el espacio. La Iglesia está llamada a ser servidora de un difícil diálogo

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen” (Jn 10, 27). Nadie deja de encantarse al depararse con un rebaño guiado por el pastor; sobre todo, nos sorprende la obediencia con que las ovejas le siguen. Podemos creer con toda seguridad que Dios propició el surgimiento del pastoreo para ser imagen de una realidad más alta: la Santa Iglesia Católica, constituida por Cristo en dos órdenes de fieles: los Pastores —que representan al Buen Pastor— y las ovejas. Los Pastores de la Santa Iglesia son los luceros puestos por Cristo en el mundo, para guiar los fieles por el camino del bien, de la virtud y de la santidad, hasta las moradas eternas.

¿Qué ocurre cuando los Pastores dejan de ser la luz y la guía de los pueblos, y se adaptan a sus ovejas, no según el Evangelio, sino según los estilos del mundo?

Francisco

eg

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I –En la evangelización, quién debe adaptarse a quién: ¿el Evangelio a los estilos de vida del mundo? ¿O éstos de acuerdo con la Palabra de Dios?
II – ¿Cuál es la verdadera solución para los problemas de hoy?
III – ¿Por qué la sociedad está tan lejos de Dios?

I –En la evangelización, quién debe adaptarse a quién: ¿el Evangelio a los estilos de vida del mundo? ¿O éstos de acuerdo con la Palabra de Dios?

Sagradas Escrituras

Quién desea hacer la voluntad de Dios no puede tomar el mundo como modelo

Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto. (Rom 12, 2)

León XIII

La Iglesia no debe adecuar sus enseñanzas conforme al espíritu de la época

El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe adecuar sus enseñanzas mas conforme con el espíritu de la época, aflojar algo de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a opiniones nuevas. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no solo en asuntos de disciplina, sino también en las doctrinas pertenecientes al “depósito de la fe”. Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar a aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos del Magisterio de la Iglesia que son de menor importancia, y de esta manera moderarlos para que no porten el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado. […] Tal política tendería a separar a los católicos de la Iglesia en vez de atraer a los que disienten. No hay nada más cercano a nuestro corazón que tener de vuelta en el rebaño de Cristo a los que se han separado de Él, pero no por un camino distinto al señalado por Cristo. […] La historia prueba claramente que la Sede Apostólica, a la cual ha sido confiada la misión no solo de enseñar, sino también de gobernar toda la Iglesia, se ha mantenido “en una misma doctrina, en un mismo sentido y en una misma sentencia” (Constitutio de Fide Catholica, cap. IV). […] En este asunto la Iglesia debe ser el juez, y no los individuos particulares, que a menudo se engañan con la apariencia de bien. (León XIII. Carta Testem Benevolentiae al Card. James Gibbons, 22 de enero de 1899)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

Los presbíteros deben vivir en el mundo, pero no conformarse con él

Su mismo ministerio [de los presbíteros] les exige de una forma especial que no se conformen a este mundo (cf. Rom 12, 2); pero, al mismo tiempo, requiere que vivan en este mundo entre los hombres, y, como buenos pastores, conozcan a sus ovejas, y busquen incluso atraer a las que no pertenecen todavía a este redil, para que también ellas oigan la voz de Cristo y se forme un solo rebaño y un solo Pastor (cf. Jn 10, 14-16). (Concilio Vaticano II. Decreto Presbyterorum ordinis, n. 3, 7 de diciembre de 1965)

Código de Derecho Canónico

La Iglesia no se adapta al mundo. Ella tiene el derecho a proclamar la verdad y los principios morales

La Iglesia, a la cual Cristo Nuestro Señor encomendó el depósito de la fe, para que, con la asistencia del Espíritu Santo, custodiase santamente la verdad revelada, profundizase en ella y la anunciase y expusiese fielmente, tiene el deber y el derecho originario, independiente de cualquier poder humano, de predicar el Evangelio a todas las gentes, utilizando incluso sus propios medios de comunicación social. Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas. (Código de Derecho Canónico 747, §1 y 2)

Catecismo de la Iglesia Católica

La misión del Magisterio es proteger el Pueblo de Cristo de los desvíos

La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 889-890)

Pío X

Se equivocan los que, dedicándose a hacer el bien, silencian las gravísimas obligaciones de la fe cristiana

Cuanto se equivocan los que estiman que serán más dignos de la Iglesia y trabajaran con más fruto para la salvación eterna de los hombres si, movidos por una prudencia humana, […] movidos por la vana esperanza de que así pueden ayudar mejor a los equivocados, cuando en realidad los hacen compañeros de su propio descarrío. Pero la verdad es única y no puede dividirse; permanece eterna, sin doblegarse a los tiempos: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb 13, 8). También se equivocan por completo los que, dedicándose a hacer el bien, sobre todo en los problemas del pueblo, se preocupan mucho del alimento y del cuidado del cuerpo, y silencian la salvación del alma y las gravísimas obligaciones de la fe cristiana. Tampoco les importa ocultar, como con un velo, algunos de los principales preceptos evangélicos, temiendo que se les haga menos caso, e incluso se les abandone. (Pío X. Encíclica Iucunda sane, n. 25-26, 12 de marzo de 1904)

La predicación que silencia las obligaciones de nuestra fe es exigua

Otra manera de hacer daño es la de quienes hablan de las cosas de la religión como si hubiesen de ser medidas según los cánones y las conveniencias de esta vida que pasa, dando al olvido la vida eterna futura: hablan brillantemente de los beneficios que la religión cristiana ha aportado a la humanidad, pero silencian las obligaciones que impone; pregonan la caridad de Jesucristo nuestro Salvador, pero nada dicen de la justicia. El fruto que esta predicación produce es exiguo, ya que, después de oírla, cualquier profano llega a persuadirse de que, sin necesidad de cambiar de vida, él es un buen cristiano con tal de decir: Creo en Jesucristo. ¿Qué clase de fruto quieren obtener estos predicadores? No tienen ciertamente ningún otro propósito más que el de buscar por todos los medios ganarse adeptos halagándoles los oídos, con tal de ver el templo lleno a rebosar, no les importa que las almas queden vacías. (Pío X. Motu proprio Sacrorum antistitum, 1 de septiembre de 1910)

León XIII

La ciencia y la sabiduría humana no tienen calor ni fuerza para mover las almas en lo tocante a la religión

Obran, pues, con torpeza e imprevisión los que hablan de la religión y anuncian los preceptos divinos sin invocar apenas otra autoridad que las de la ciencia y de la sabiduría humana, apoyándose más en sus propios argumentos que en los argumentos divinos. Su discurso, aunque brillante, será necesariamente lánguido y frío, como privado que está del fuego de la palabra de Dios (cf. Jer 23, 29), y está muy lejos de la virtud que posee el lenguaje divino: “Pues la palabra de Dios es viva y eficaz y más penetrante que una espada de dos filos y llega hasta la división del alma y del espíritu” (Heb 4, 12). (León XIII. Encíclica Providentissimus Deus, n. 7, 18 de noviembre de 1893)

San Ireneo de Lyon

Los Apóstoles no buscaron la opinión del momento, sino manifestar la verdad

Los Apóstoles, enviados a buscar a los errantes, a devolver la vista a los ciegos y a llevar la salud a los enfermos, ciertamente no les hablaban según la opinión del momento, sino manifestando la verdad. Pues si, cuando unos ciegos estuvieran a punto de caer en el precipicio, un hombre cualquiera los indujera a continuar por tan peligroso camino como si fuese el correcto y los llevara hasta su término, ciertamente no obraría con rectitud. ¿Qué médico, si quiere curar al enfermo, le da la medicina que a éste le gusta y no la adecuada para devolverle la salud? Y que el Señor vino como médico de los enfermos, él mismo lo dijo: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se arrepientan” (Lc 5, 31-32, Mt 9,12-13). ¿Cómo se aliviarán estos enfermos? ¿Y cómo se arrepentirán los pecadores? ¿Acaso manteniéndose en su estado? ¿No será más bien por un cambio a fondo y alejándose de su anterior modo de vivir en la transgresión, que provocó en ellos esa grave enfermedad y tantos pecados? (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, lib. 3, cap. 5, n. 2)

Benedicto XVI

El predicador debe anunciar la voluntad de Dios en su totalidad

Esto es importante: el Apóstol no predica un cristianismo “a la carta”, según sus gustos; no predica un Evangelio según sus ideas teológicas preferidas; no se sustrae al compromiso de anunciar toda la voluntad de Dios, también la voluntad incómoda, incluidos los temas que personalmente no le agradan tanto. Nuestra misión es anunciar toda la voluntad de Dios, en su totalidad y sencillez última. Pero es importante el hecho de que debemos predicar y enseñar —como dice San Pablo—, y proponer realmente toda la voluntad de Dios. […] Así pues, deberíamos dar a conocer y comprender —en la medida de lo posible— el contenido del Credo de la Iglesia, desde la creación hasta la vuelta del Señor, hasta el mundo nuevo. La doctrina, la liturgia, la moral y la oración —las cuatro partes del Catecismo de la Iglesia Católica— indican esta totalidad de la voluntad de Dios. (Benedicto XVI. Lectio Divina en el encuentro con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma, 10 de marzo de 2011)

Juan Pablo II

El obispo tiene el deber de mostrar a los fieles que la solución para los problemas se encuentra en la vuelta sincera al Evangelio de Cristo

El obispo, como Maestro de la fe, promueve todo aquello que hay de bueno y positivo en la grey que se le ha confiado, sostiene y guía a los débiles en la fe (cf. Rom 14, 1), e interviene para desenmascarar las falsificaciones y combatir los abusos.
Es importante que el obispo tenga conciencia de los desafíos que hoy la fe en Cristo encuentra a causa de una mentalidad basada en criterios humanos que, a veces, relativizan la ley y el designio de Dios. Sobre todo, debe tener valentía para anunciar y defender la sana doctrina, aunque ello implique sufrimientos. En efecto, el obispo, en comunión con el Colegio apostólico y con el Sucesor de Pedro, tiene el deber de proteger a los fieles de toda clase de insidias, mostrando que una vuelta sincera al Evangelio de Cristo es la solución verdadera para los complejos problemas que afligen a la humanidad. (Juan Pablo II. Homilía durante la misa de clausura de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, n. 4, 27 de octubre de 2001)

León XIII

Cristo constituyó el Magisterio de la Iglesia para conservar a los hombres en la verdad

El Hijo Unigénito del Eterno Padre, que apareció sobre la tierra para traer al humano linaje la salvación y la luz de la divina sabiduría hizo ciertamente un grande y admirable beneficio al mundo cuando, habiendo de subir nuevamente a los cielos, mandó a los apóstoles que “fuesen a enseñar a todas las gentes” (Mt 28, 19), y dejó a la Iglesia por él fundada por común y suprema maestra de los pueblos. Pues los hombres, a quien la verdad había libertado debían ser conservados por la verdad; ni hubieran durado por largo tiempo los frutos de las celestiales doctrinas, por los que adquirió el hombre la salud, si Cristo Nuestro Señor no hubiese constituido un Magisterio perenne para instruir los entendimientos en la fe. Pero la Iglesia, ora animada con las promesas de su divino autor, ora imitando su caridad, de tal suerte cumplió sus preceptos, que tuvo siempre por mira y fue su principal deseo enseñar la religión y luchar perpetuamente con los errores. (León XIII. Encíclica Aeterni Patris, 4 de agosto de 1879)

Pío XII

Cristo ha dejado las verdades de la revelación sobrenatural en manos de la Iglesia, para que las transmita sin contaminación ni error

El divino Salvador ha traído al hombre ignorante y débil su verdad y su gracia: la verdad, para indicarle el camino que conduce a su meta; la gracia, para conferirle la fuerza de poder alcanzarla. Recorrer este camino significa, en la práctica, aceptar la voluntad y los mandamientos de Cristo y conformar a ellos su vida. […] Todo esto —así la ley escrita en el corazón, o ley natural, como las verdades y los preceptos de la revelación sobrenatural— lo ha dejado Jesús Redentor, cual tesoro moral de la humanidad, en manos de su Iglesia, de suerte que ésta lo predique a todas las criaturas, lo explique y lo transmita, de generación en generación, intacto y libre de toda contaminación y error. (Pío XII. “La famiglia”, radiomensaje sobre la consciencia y la moral, n. 4; 6-7; 9; 10-11, 23 de marzo de 1952)

La Iglesia no puede renunciar a proclamar las normas fundamentales e inquebrantables

La Iglesia, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15) y guardiana, por voluntad de Dios y por misión de Cristo, del orden natural y sobrenatural, no puede renunciar a proclamar ante sus hijos y ante el mundo entero las normas fundamentales e inquebrantables, salvándolas de toda tergiversación, oscuridad, impureza, falsa interpretación y error; tanto más cuanto que de su observancia, y no simplemente del esfuerzo de una voluntad noble e intrépida, depende la estabilidad definitiva de todo orden nuevo, nacional e internacional, invocado con tan ardiente anhelo por todos los pueblos. (Pío XII. Radiomensaje de Navidad, n. 3, 24 de diciembre de 1942)

Pablo VI

Reducir la misión de la Iglesia a un proyecto puramente temporal es perder su significación más profunda

No hay por qué ocultar, en efecto, que muchos cristianos generosos, sensibles a las cuestiones dramáticas que lleva consigo el problema de la liberación, al querer comprometer a la Iglesia en el esfuerzo de liberación han sentido con frecuencia la tentación de reducir su misión a las dimensiones de un proyecto puramente temporal; de reducir sus objetivos, a una perspectiva antropocéntrica; la salvación, de la cual ella es mensajera y sacramento, a un bienestar material; su actividad —olvidando toda preocupación espiritual y religiosa— a iniciativas de orden político o social. Si esto fuera así, la Iglesia perdería su significación más profunda. Su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos. No tendría autoridad para anunciar, de parte de Dios, la liberación. Por eso quisimos subrayar en la misma alocución de la apertura del Sínodo “la necesidad de reafirmar claramente la finalidad específicamente religiosa de la evangelización. Esta última perdería su razón de ser si se desviara del eje religioso que la dirige: ante todo el reino de Dios, en su sentido plenamente teológico”. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 32, 8 de diciembre de 1975)

II – ¿Cuál es la verdadera solución para los problemas de hoy?

Pablo VI

La finalidad de la evangelización es el cambio interior del hombre y la transformación de su vida según el Evangelio

Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5; cf. 2 Cor 5, 17; Gal 6, 15). Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo (cf. Rom 6, 4) y de la vida según el Evangelio (cf. Ef 4, 23-24; Col 3, 9-10). La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior y, si hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del mensaje que proclama (cf. Rom 1, 16; 1 Cor 1, 18; 2, 4), trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos. (Pablo VI. Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 18, 8 de diciembre de 1975)

La evangelización no puede reducirse a la simple y estrecha dimensión económica, política, social o cultural, sino que debe abarcar al hombre entero

Acerca de la liberación que la evangelización anuncia y se esfuerza por poner en práctica, más bien hay que decir: no puede reducirse a la simple y estrecha dimensión económica, política, social o cultural, sino que debe abarcar al hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al Absoluto, que es Dios; va por tanto unida a una cierta concepción del hombre, a un antropología que no puede nunca sacrificarse a las exigencias de una estrategia cualquiera, de una praxis o de un éxito a corto plazo. Por eso, al predicar la liberación y al asociarse a aquellos que actúan y sufren por ella, la Iglesia no admite el circunscribir su misión al solo terreno religioso, desinteresándose de los problemas temporales del hombre; sino que reafirma la primacía de su vocación espiritual, rechaza la substitución del anuncio del reino por la proclamación de las liberaciones humanas, y proclama también que su contribución a la liberación no sería completa si descuidara anunciar la salvación en Jesucristo. (Pablo VI. Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, n. 33-34, 8 de diciembre de 1975)

Benedicto XVI

Las personas necesitan ser llamadas continuamente a cultivar una relación con Cristo

Las personas necesitan hoy ser llamadas de nuevo al objetivo último de su existencia. Necesitan reconocer que en su interior hay una profunda sed de Dios. Necesitan tener la oportunidad de enriquecerse del pozo de su amor infinito. Es fácil ser atraídas por las posibilidades casi ilimitadas que la ciencia y la técnica nos ofrecen; es fácil cometer el error de creer que se puede conseguir con nuestros propios esfuerzos saciar las necesidades más profundas. Ésta es una ilusión. Sin Dios, el cual nos da lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar, nuestras vidas están realmente vacías. Las personas necesitan ser llamadas continuamente a cultivar una relación con Cristo, que ha venido para que tuviéramos la vida en abundancia (cf. Jn 10,10). La meta de toda nuestra actividad pastoral y catequética, el objeto de nuestra predicación, el centro mismo de nuestro ministerio sacramental ha de ser ayudar a las personas a establecer y alimentar semejante relación vital con “Jesucristo nuestra esperanza” (1 Tm 1, 1). (Benedicto XVI. Discurso en la celebración de las Vísperas y encuentro con los Obispos de Estados Unidos, 16 de abril de 2008)

Pío XI

El mundo enfermo necesita el sostén y la dirección de una auténtica cristiandad

Una cristiandad en la que todos los miembros vigilen sobre sí mismos, que deseche toda tendencia a lo puramente exterior y mundano, que se atenga seriamente a los preceptos de Dios y de la Iglesia y se mantenga, por consiguiente, en el amor de Dios y en la solícita caridad para el prójimo, podrá y deberá ser ejemplo y guía para el mundo profundamente enfermo, que busca sostén y dirección, si es que no se quiere que sobrevenga una enorme catástrofe o una decadencia indescriptible. (Pío XI. Encíclica Mit brennender sorge, n. 22, 14 de marzo de 1937)

Catecismo Romano

La predicación de la verdad revelada nunca fue tan necesaria como en el mundo actual

Y si siempre fue misión y deber esencial de la Iglesia el predicar la verdad revelada, hoy más que nunca representa una necesidad urgente, a la que debe dedicarse todo el posible interés y cele, porque los fieles necesitan, como nunca, nutrirse con auténtica y sana doctrina, que les dé fuerzas y vida. Nuestro mundo conoce demasiados maestros del error, falsos profetas, de quienes un día dijo Dios: Yo no he enviado a los profetas, y ellos corrían; no les hablaba, y ellos profetizaban (Jer 23, 21). Pseudoprofetas que envenenan las almas con extrañas y falsas doctrinas (Ph 2, 12; 2Co 7, 15; Ep 6, 5). La propaganda de su impiedad, montada con la ayuda de artes diabólicas, ha penetrado hasta los más apartados rincones. […] Sin referirnos al caso de naciones enteras que hoy, separadas del verdadero camino, viven en el error y hasta blasonan de poseer un cristianismo, tanto más perfecto cuanto más distante de la doctrina tradicional de la Iglesia y de sus antepasados, es fácil constatar que en nuestros días las doctrinas erróneas se han infiltrado y se siguen infiltrando subrepticiamente en los más insospechados rincones de la catolicidad. (Catecismo Romano. Prologo, cap. III)

Congregación para los Obispos

Que el Obispo gobierne según la sabiduría divina

Al apacentar la grey que se le ha confiado, es de gran ayuda al Obispo la virtud de la prudencia, que es sabiduría práctica y arte de buen gobierno, que requiere actos oportunos e idóneos para la realización del plan divino de salvación y para obtener el bien de las almas y de la Iglesia, posponiendo toda consideración puramente humana. Es por eso necesario que el Obispo modele su modo de gobernar tanto según la sabiduría divina, que le enseña a considerar los aspectos eternos de las cosas, como según la prudencia evangélica, que le hace tener siempre presentes, con habilidad de arquitecto (cf. 1 Cor 3, 10), las cambiantes exigencias del Cuerpo de Cristo. […] La prudencia le hará conservar las legítimas tradiciones de su Iglesia particular, pero, al mismo tiempo, lo hará promotor de laudable progreso y celoso buscador de nuevas iniciativas, salvaguardando sin embargo la necesaria unidad. (Congregación para los Obispos. Apostolorum sucessores: directorio para el ministerio pastoral de los Obispos, cap. III, n. 41, 22 de febrero de 2004)

Juan Pablo II

Quiénes reciben la misión de guiar y santificar al pueblo cristiano deben reforzar su vida espiritual

Para renovar continuamente y conservar la alegría de la misión, es importante ante todo que los ministros del Señor refuercen su vida espiritual, en particular a través de la oración diaria, “remedio de la salvación” y del encuentro íntimo con el Señor en la Eucaristía, que ocupan el centro de la jornada sacerdotal. Del mismo modo, la recepción frecuente del sacramento de la reconciliación, que devuelve al pecador la gracia y la amistad con Dios, ayuda al sacerdote a transmitir el perdón a sus hermanos. Estos alimentos son indispensables para los discípulos de Cristo y, más aún, para cuantos reciben la tarea de guiar y santificar al pueblo cristiano. Deseo insistir también en la necesidad de celebrar dignamente la Liturgia de las Horas, que contribuye, “por una misteriosa fecundidad apostólica, a acrecentar al pueblo de Dios”, y en el tiempo de la oración diaria. Por ellas, el sacerdote reaviva en él el don de Dios, se prepara para la misión, modela su identidad sacerdotal y edifica la Iglesia. En efecto, el sacerdote toma conciencia ante Dios de la llamada que recibió, y renueva su disponibilidad a la misión particular que el obispo le confió en nombre del Señor, manifestando así su disponibilidad a la obra del Espíritu Santo, que es quien da el crecimiento. Los sacerdotes están llamados a ser testigos alegres de Cristo, con su enseñanza y su testimonio de una vida santa, en sintonía con el compromiso asumido el día de su ordenación. Son para vosotros “hijos y amigos”. Debéis estar atentos a sus necesidades espirituales e intelectuales, recordándoles que, aunque viven en medio de los hombres y teniendo en cuenta la modernidad, como todos los fieles, no deben tomar como modelo el mundo presente, sino que han de adecuar su vida a la Palabra que anuncian y a los sacramentos que celebran; así manifestarán “el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia”. Animadlos a orar personalmente y a sostenerse recíprocamente en este ámbito. Invitadlos también a profundizar incesantemente sus conocimientos teológicos, necesarios para la vida espiritual y pastoral. En efecto, ¿cómo podrán anunciar el Evangelio y “ser administradores de una vida diferente de la de esta tierra”, si no permanecen cerca del corazón de Cristo, como el Apóstol a quien él amaba, y si no se dedican, mediante la formación permanente, a una verdadera comprensión de la fe? (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de los Países Bajos en visita ad limina, n. 2, 18 de junio de 1998)

Benedicto XV

El éxito del apostolado corresponderá al grado de unión con Dios

Quienes deseen hacerse aptos para el apostolado tienen que concentrar necesariamente sus energías en lo que antes hemos indicado, y que es de suma importancia y trascendencia, a saber: la santidad de la vida. Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar, como ha de huir del pecado quien a los demás exhorta que lo detesten. De una manera especial tiene esto explicación tratándose de quien ha de vivir entre gentiles, que se guían más por lo que ven que por la razón, y para quienes el ejemplo de la vida, en punto a convertirles a la fe, es más elocuente que las palabras. El misionero deber ser dechado de todos por su humildad, obediencia, pureza de costumbres, señalándose sobre todo por su piedad y por su espíritu de unión y continuo trato con Dios, de quien ha de procurar a menudo recabar el éxito de sus negocios espirituales, convencido de que la medida de la gracia y ayuda divina en sus empresas corresponderá al grado de su unión con Dios. […] Con el auxilio de estas virtudes caerán todos los estorbos y quedará llana y patente a la Verdad la entrada en los corazones de los hombres; porque no hay ninguna voluntad tan contumaz que pueda resistirles fácilmente. (Benedicto XV. Carta apostólica Maximum illud, 64-68, 30 de noviembre de 1919)

Juan Pablo II

Lanzad las redes de los sacramentos

Amadísimos hermanos en el episcopado, Cristo nos repite hoy: “Duc in altum, Rema mar adentro” (Lc 5, 4). A la luz de esta invitación suya, podemos releer el triple munus que se nos ha confiado en la Iglesia: munus docendi, sanctificandi et regendi. Duc in docendo. “Proclama la palabra —diremos con el Apóstol—, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Tm 4, 2). Duc in sanctificando. Las “redes” que estamos llamados a echar entre los hombres son ante todo los sacramentos, de los cuales somos los principales dispensadores, reguladores, custodios y promotores. (Juan Pablo II. Homilía de apertura de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de Obispos, n. 6, 30 de septiembre de 2001)

III – ¿Por qué la sociedad está tan lejos de Dios?

Sagrada Escritura

El pueblo perece por culpa de los sacerdotes que rechazan las enseñanzas del Señor

¡Escuchad la palabra del Señor, hijos de Israel! El Señor tiene un proceso contra los habitantes del país, porque falta fidelidad y falta amor, falta el conocimiento de Dios en el país. Se multiplican juramento y mentira, asesinato, robo y adulterio, y el crimen limita con el crimen. […] Pero que nadie acuse, nadie critique. ¡Contra ti va mi pleito, sacerdote! Tropiezas de día, y también tropieza el profeta contigo de noche. […] Perece mi pueblo por falta de conocimiento. Ya que tú rechazaste el conocimiento, yo te rechazo de mi sacerdocio; ya que olvidaste la enseñanza de tu Dios, también yo me olvido de tus hijos. Cuantos más eran, más pecaban contra mí, cambiaré su gloria en ignominia. Se alimentan del pecado de mi pueblo, ansían el fruto de su pecado. ¡Como el pueblo, así el sacerdote! Le pediré cuentas de sus andanzas, le retribuiré según sus obras. (Os 4, 1-10)

Gregorio I, Magno

A la ineptitud de los pastores suceden los pecados de los fieles

Puesto que la dirección de las almas es el arte de las artes, ¡qué grande es la temeridad de los que reciben el magisterio pastoral carentes de sabiduría! Pues, ¿quién no sabe que las heridas del alma están más ocultas que las de la carne? Los que no conocen la fuerza curativa de los medicamentos se avergüenzan de ser tenidos por médicos del cuerpo, en cambio, los que no han conocido en absoluto las leyes del espíritu, no temen hacer de médicos del alma. Dentro de la Santa Iglesia hay algunos que codician la gloria de este honor, bajo apariencia de ministerio […]. En la medida que éstos llegaron sólo por orgullo a esta cátedra de humildad, en esa misma medida, son incapaces de desempeñar dignamente el ministerio de la solicitud pastoral que han recibido. Se cae en contradicción cuando se enseña una cosa y se vive otra. […] La voz misma de la Verdad echa en cara la ineptitud de los pastores, al decir por el profeta: Los mismos pastores están faltos de inteligencia. Una vez más el Señor los detesta, diciendo: Ni los depositarios de la Ley me conocieron. La Verdad se lamenta de que por culpa de éstos no le hayan conocido y da fe de que no reconoce la autoridad de los faltos de inteligencia. De lo cual da testimonio San Pablo diciendo: Si alguien la ignora, será ignorado. Porque ciertamente esos que ignoran lo que es del Señor, son ignorados por el Señor. […] La ineptitud de los pastores está en proporción con los méritos de los fieles: porque en rigor, aunque carecen de la luz de la ciencia —sin total culpa propia— sin embargo, sucede que por la ignorancia de aquéllos, también pecan estos. De ahí que la misma Verdad diga en el Evangelio: Si un ciego guía otro ciego, los dos caen en el hoyo. (Gregorio I, Magno. De la Regla Pastoral, I, I: PL 77, 14-15)

Cuando el pastor se encamina por despeñaderos, el rebaño lo sigue al precipicio

Hay también algunos que, con mucha curiosidad sondean las leyes del espíritu, pero desprecian con su vida lo que penetran con el entendimiento. Enseñan a la ligera lo que aprendieron no con sus obras sino solo en el estudio; y lo que predican con sus palabras lo contradicen con sus acciones. De ahí que, cuando el pastor se encamina por despeñaderos, el rebaño lo sigue al precipicio. […] En realidad, nadie hace más daño a la Iglesia que quien, teniendo nombre y puesto de santidad, actúa perversamente. Porque a este, cuando obra mal, nadie se atreve a reprenderlo; y así, cuando se honra el pecador por respeto a la jerarquía, ese pecado se extiende con vehemencia convirtiéndose en ejemplo. […] si quien ha llegado a este punto de santidad escandaliza a los demás con su palabra o con su ejemplo, preferible le hubiera sido que las acciones mundanas la realizara como seglar hasta la muerte, antes de mover a los demás a imitarle en la culpa a causa de su sagrado ministerio. Porque si sólo cae él, la pena del infierno —sea como fuese— le atormentará de modo más soportable. (Gregorio I, Magno. De la Regla Pastoral, I, I: PL 77, 15-16)

San Alfonso de Ligorio

Los buenos sacerdotes son el fundamento del edificio que es la Santa Iglesia, si ellos faltan, el edificio se desploma

Jesucristo instituyó en la Iglesia a dos órdenes de fieles, uno de legos y otro de eclesiásticos. Los primeros son los discípulos y las ovejas, y los segundos los maestros y los pastores. […] Con sobrado motivo por lo tanto dice San Agustín: Nihil difficilius, nihil periculosius officio presbyteri. Y esto por la obligación que tiene el presbítero de vivir santamente, no solo en cuanto a los actos internos, sino también a los actos externos, a fin de que con su ejemplo enseñe el buen camino a los demás fieles: Bonus si fuerit, son palabras del mismo santo, qui tibi praeest, nutritor tuus est; malus si fuerit; tentator tuus est (Serm. 12. E. B). Es imponderable el bien que producía el ejemplo de un buen sacerdote, dice la Escritura. […] Según el Tridentino: Integritas praesidentium salus est subditorum (Sess. 6. de Ref. c. 1). Al contrario, ¡qué daño no ocasiona y qué tentación no da el mal ejemplo de un sacerdote! […] Manifiesta San Bernardo que los seglares, viendo la vida desreglada de los sacerdotes, no piensan en enmendarse, y llegan al punto de despreciar los sacramentos y las recompensas y los castigos eternos. […] Dijo el Señor a Santa Brígida: Viso exemplo pravo sacerdotum, peccator fiduciam peccandi sumit, et incipit de peccato, quod prius putabat erubescibile, gloriari (Revel. l. 4. c. 132). Sacerdotes in Ecclesia, bases in templo (In Evang. hom. 17). Faltando el fundamento, se desploma el edificio. […] Entre la multitud de los fieles ha escogido el Señor a los sacerdotes, no solo para que ofrezcan sacrificios, sino que edifiquen a los demás con el buen olor de sus virtudes. (San Alfonso de Ligorio. Selva de materias predicables e instructivas. Parte II, Instrucción II, n. 1-2)

Si la luz se convierte en tinieblas, el mundo estará también en tinieblas

Son los sacerdotes sal de la tierra: Vos estis sal terrae (Mt 5, 13). Por esto deben, según la Glosa, condimentar a los otros para hacerlos agradables a Dios, enseñándoles la práctica de las virtudes, no solo de viva voz, sino principalmente dándoles ejemplo de una vida arreglada. […] Son también los sacerdotes luz del mundo: Vos estis lux mundi (Mt 5, 14). Es consiguiente por lo tanto, como nos enseña nuestro divino Maestro, que sus virtudes resplandezcan con un brillo particular entre todos los demás del pueblo, honrando de este modo a Dios que tanto les ha distinguido y ensalzado. […] Pero para iluminar no basta solo la voz del sacerdote, es también indispensable que ilumine con su buen ejemplo; porque, como dice San Carlos Borromeo, la vida del sacerdote es el faro al cual se dirigen para no naufragar los navegantes, esto es, los seglares, envueltos en el peligro y en las tinieblas de este mundo. […] Siendo pues el sacerdote la luz del mundo, ¡qué será del mundo si su luz se convierte en tinieblas! (San Alfonso de Ligorio. Selva de materias predicables e instructivas. Parte II, Instrucción II, n. 3)

San Agustín de Hipona

La vida de las ovejas depende del ejemplo de los pastores

Después de haber indicado lo que aman estos pastores, señala también lo que descuidan. Los males de las ovejas están a la vista: las sanas y gordas, es decir, las que se mantienen firmes en el alimento de la verdad y usan bien de los pastos, don del Señor, son poquísimas. Pero aquellos malos pastores no las perdonan. Les parece poco no preocuparse de las enfermas, débiles, descarriadas y perdidas; en cuanto depende de ellos, matan también a estas fuertes y gordas. Estas viven por la misericordia de Dios; con todo, por lo que se refiere a los malos pastores, las matan. “¿Cómo —dices— las matan?” Viviendo mal, dándoles mal ejemplo. ¿O acaso se dijo en vano a un siervo de Dios, eminente entre los miembros del supremo pastor: Sé para todos dechado de buenas obras (Tit 2, 7) y: Sé un modelo para los fieles (1 Tim 4, 12)? Una oveja, aunque sea de las fuertes, ve frecuentemente que vive mal el que está al frente de ella; si aparta sus ojos de las normas del Señor y los pone en el hombre, comienza a decir en su corazón: “Si el que está al frente de mí vive de esta forma, ¿quién soy yo para no hacer lo que él hace?” Mata a la oveja fuerte. Si, pues, mata a la oveja fuerte, ¿qué hará con las otras, él, que con su mala vida mató a la que él no había robustecido, sino que la había encontrado ya fuerte o robusta? Digo y repito a vuestra caridad: aunque las ovejas estén vivas, aunque se mantengan firmes en la palabra del Señor y cumplan lo que oyeron a su Señor: Haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen (Mt 23, 3), con todo, quien en presencia del pueblo vive mal, en cuanto de él depende, da muerte al que le ve. No se lisonjee pensando que ese no está muerto. Aunque el otro viva, él es un homicida. Sucede lo mismo que cuando un lascivo mira a una mujer casada deseándola: ésta se mantiene casta, pero él es ya un adúltero. La afirmación del Señor es verdadera y rotunda: Quien mire a una mujer casada deseándola, ya cometió adulterio en su corazón (Mt 5, 28). No llegó al lecho de ella, pero ya se solaza en el suyo interior. De igual manera, quien vive malvadamente en presencia de aquellos a cuyo frente está, en cuanto de él depende, mató también a las ovejas fuertes. Quien le imita, muere; quien no le imita, sigue con vida. Sin embargo, en cuanto depende de él, ha dado muerte a uno y otro. Habéis sacrificado la gorda, y no apacentáis a mis ovejas (Ez 34, 4). (San Agustín de Hipona. Sermón 46 sobre los pastores, n. 9)

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