Santo Tomás de Aquino…

… juzga la idea herética de Joviniano que defiende Francisco

  • El error de Joviniano consistió en mantener que la virginidad no era superior al matrimonio

Objeción: por lo que parece la virginidad no es más excelente que el matrimonio.Contra esto: está lo que dice San Agustín en su obra De Virginit.: Mediante el proceso de la razón, y con la autoridad de las Santas Escrituras, demostramos que el matrimonio no es pecado, sin poder igualarlo al bien de la continencia de la virginidad, ni siquiera de la viudez.

Respondo: San Jerónimo, en Contra lovin., afirma que el error de Jovino consistió en mantener que la virginidad no era superior al matrimonio. Este error queda rechazado, en primer lugar, por el ejemplo de Cristo, que eligió a su madre virgen y él mismo se mantuvo virgen, y según la doctrina del Apóstol en 1 Cor 7,25ss, aconsejó la virginidad como un bien mejor. También lo rechaza la razón. En primer lugar, porque el bien divino es mejor que el humano. En segundo lugar, porque el bien del alma es más excelente que el del cuerpo. En tercer lugar, porque el bien de la vida contemplativa es más excelente que el de la activa. Ahora bien: la virginidad se ordena al bien del alma en la vida contemplativa, que consiste en pensar en las cosas de Dios, mientras que el matrimonio se ordena al bien del cuerpo, que es la multiplicación del género humano, y pertenece a la vida activa, puesto que el hombre y la mujer casados tienen que pensar en las cosas del mundo, tal como dice el Apóstol en 1 Cor 7,33-34. Por consiguiente, sin lugar a duda, la virginidad es mejor que la continencia conyugal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica. II-IIae, q.152, a.4)

  • La herejía de Joviniano igualaba el valor de la virginidad consagrada con el matrimonio

El diablo, envidioso de la perfección de los hombres, hizo surgir variedad de charlatanes y maestros de seducción que impugnasen las señaladas vías de perfección. La primera vía de perfección la impugnó Vigilancio. (…)

La segunda vía de perfección fue impugnada por Joviniano que igualaba el matrimonio con la virginidad. Su error fue refutado con toda evidencia por San Jerónimo en un libro que escribió contra él. Acerca del mismo error dice Agustín: La herejía de Joviniano, que igualaba el valor de la virginidad consagrada con la pureza conyugal, cobró tanta fuerza en Roma que cierto número de monjas, de cuya pureza jamás había habido la menor duda, contrajeron matrimonio. A este monstruo la Iglesia le resistió por todos los medios, con la máxima fidelidad y firmeza. Por ello, un autor que acaba de ser citado, dice: Igualar el matrimonio con la virginidad consagrada a Dios o decir que quienes practican la penitencia corporal de renunciar al vino y a la carne no tienen, por ello, mérito alguno, es cosa no del Cristiano, sino de Joviniano. (Santo Tomás de Aquino. Sobre la Perfección de la Vida Espiritual. Cap. XII)

…juzga la idea de Francisco de afirmaciones rígidas dentro de la moral familiar

  • El adulterio da muerte al alma

Mas debe saberse que el adulterio y la fornicación se prohíben por muchas razones. En efecto, primeramente dan muerte al alma. “El adúltero pierde el alma por pobreza del espíritu” (Prov 6, 32). Y dice “por pobreza del espíritu”, lo que ocurre cuando la carne domina al espíritu. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 161)

… juzga la idea de Judas que tiene Francisco

  • El arrepentimiento viene de la esperanza y la desesperación del vicio opuesto

La falsa apreciación de Dios, en cambio, es pensar que niega el perdón a quien se arrepiente, o que no convierta a sí a los pecadores por la gracia santificante. Por eso, de la misma manera que es laudable y virtuoso el movimiento de la esperanza conforme con la verdadera apreciación de Dios, es vicioso y pecado el movimiento opuesto de desesperación y acorde con la estimación falsa de Él. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 20, a. 1)

  • La desesperación es un pecado contra la esperanza y hace descender al infierno

Los pecados opuestos a las virtudes teologales son, por su género, más graves que los demás. […] Ahora bien, a las virtudes teologales se oponen la infidelidad, la desesperación y el odio a Dios. […] Por eso mismo, perdida la esperanza, los hombres se lanzan sin freno en el vicio y abandonan todas las buenas obras. Por eso, exponiendo la Glosa las palabras si, caído, desesperas en el día de la angustia, se amenguará tu fortaleza (Pr 24, 10), escribe: No hay cosa más execrable que la desesperación; quien la padece pierde la constancia no sólo en los trabajos corrientes de esta vida, sino también, mucho peor, en el certamen de la fe. Y San Isidoro, por su parte en el libro De summa bono, escribe: Perpetrar pecado es muerte para el alma; mas desesperar es descender al infierno. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 20, a. 3)

  • La desesperación hace creer que nunca podrá aspirar a ningún bien

Por otra parte, el hombre llega a no considerar como posible de alcanzar por sí mismo o por otro el bien arduo cuando llega a gran abatimiento, ya que cuando éste establece su dominio en el afecto del hombre, le hace creer que nunca podrá aspirar a ningún bien. Y como la acidia es un tipo de tristeza que abate al espíritu, engendra, por lo mismo, la desesperación, dado que lo específico de la esperanza radica en que su objeto sea algo posible; lo bueno y lo arduo pertenecen también a otras pasiones. Por eso, la desesperación nace sobre todo de la acidia, si bien puede nacer igualmente de la lujuria, como hemos dicho. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 20, a. 4)

… juzga la idea que tiene Francisco de que los ortodoxos tienen la misión de predicar el Evangelio de Cristo

  • Se llama pecado de cisma el que directa y esencialmente se opone a la unidad de la Iglesia

Según expone San Isidoro en el libro Etymol., la palabra cisma se ha tomado de la escisión de pareceres. Pues bien, la escisión se opone a la unidad, y por eso se llama pecado de cisma el que directa y esencialmente se opone a la unidad. En efecto, así como en el orden natural no constituye especie lo que es accidental, así tampoco en el orden moral, en el que lo intencional es esencial, mientras que lo que cae fuera de la intención es, por así decirlo, accidental. Por eso el pecado de herejía es propiamente pecado especial, por el hecho de que intenta separar de la unidad realizada por la caridad. Esta no solamente une a las personas entre sí por el vínculo especial del amor espiritual, sino que une a toda la Iglesia en la unidad del Espíritu. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 39, a. 1)

  • El cisma consiste en no obedecer a los preceptos en espíritu de rebelión

El cisma consiste esencialmente en no obedecer a los preceptos en un espíritu de rebelión. Y digo con rebelión, subrayando con ello tanto el desprecio pertinaz hacia los preceptos de la Iglesia como la negativa a someterse a su juicio, y esto no lo hace el pecador. Por eso no todo pecado es cisma. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 39, a. 1, sol. 2)

  • Cismáticos son todos los que no quieren someterse al Romano Pontífice

Por tanto, se considerará como cismáticos en sentido estricto a quienes espontánea e intencionadamente se apartan de la unidad de la Iglesia, que es la unidad principal. En efecto, la unión particular de unos con otros está ordenada a la unidad de la Iglesia, del mismo modo que la organización de los miembros en el cuerpo natural está ordenada a la unidad de todo el cuerpo. Por otra parte, la unidad de la Iglesia radica en dos cosas, es decir, en la conexión o comunicación de los miembros de la Iglesia entre sí y en la ordenación de todos ellos a una misma cabeza, a tenor de lo que escribe el Apóstol: Vanamente hinchado por su mente carnal, sin mantenerse unido a la Cabeza, de la cual todo el Cuerpo, por medio de junturas y ligamentos, recibe nutrición y cohesión para realizar su crecimiento en Dios (Col 2, 18-19). Pues bien, esa Cabeza es Cristo mismo, cuyas veces desempeña en la Iglesia el Sumo Pontífice. Por eso se llama cismáticos a quienes rehúsan someterse al Romano Pontífice y a los que se niegan a comunicar con los miembros de la Iglesia a él sometidos.(Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 39, a. 1)

  • El cisma se opone a la caridad y es camino hacia la herejía

La diferencia entre la herejía y el cisma hay que considerarla en función de aquello a lo que cada una se opone esencial y directamente. La herejía, en efecto, se opone directamente a la fe; el cisma, en cambio, se opone a la unidad eclesiástica de la caridad. De ahí que, siendo la fe y la caridad virtudes diferentes, aunque quien carece de fe carece de caridad, el cisma y la herejía son también pecados distintos, aunque todo hereje es también cismático, pero no al contrario. Así lo dice San Jerónimo en Epist. ad Gal.: “Entre el cisma y la herejía creo que hay esta diferencia: la herejía cree en dogmas alterados, mientras que el cisma separa de la Iglesia”. Sin embargo, del mismo modo que la pérdida de la caridad es camino que lleva a la pérdida de la fe, según el testimonio del Apóstol: De las cuales —de la caridad y demás— algunos se desvían, viniendo a dar en vaciedades (1 Tim 1,6), el cisma es también, por su parte, camino hacia la herejía. Por eso San Jerónimo, en el mismo lugar, añade: “El cisma, en un principio y en parte, puede entenderse como distinto de la herejía; mas no hay cisma en que no se forje herejía, para convencerse de que ha obrado rectamente apartándose de la Iglesia”. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, 39, a. 1, sol. 3)

  • …pero los greco-cismáticos afirman que el Espíritu Santo no procede del Hijo

Así pues, también en este tiempo se dice que hay algunos que intentan destruir a Cristo disminuyendo cuanto les es posible su dignidad. Pues al afirmar que el Espíritu Santo no procede del Hijo, menguan la dignidad de aquel que es junto con el Padre espirador del Espíritu Santo. (Santo Tomás de Aquino. Tratado contra los errores de los griegos, Parte II, Prologo)

  • Si el Espíritu no procediera del Hijo, no podría distinguirse personalmente de Él

Es obligatorio decir que el Espíritu procede del Hijo. Pues, si no procediera de Él, de ninguna manera podría distinguirse personalmente de Él. Esto resulta evidente por lo dicho antes (q. 28, a. 3; q. 30, a.2). Hay que tener presente que no hay algo absoluto por lo que las personas divinas se distingan entre sí. De lo contrario, no se seguiría que una fuera la esencia de las tres; pues todo lo que de Dios se dice con sentido absoluto pertenece a la unidad de esencia. Por lo tanto, hay que concluir que las personas divinas se distinguen entre sí sólo por las relaciones. Las relaciones personales no pueden distinguirse más que como opuestas. Esto es así por lo siguiente: Porque el Padre tiene dos relaciones, una de las cuales va referida al Hijo, y la otra al Espíritu Santo. Sin embargo, dichas relaciones, por no ser opuestas, no constituyen dos personas, pues le corresponden a la persona del Padre. Por lo tanto, si en el Hijo y en el Espíritu Santo no se encontraran más que dos relaciones con las que cada uno se relacionara con el Padre, dichas relaciones no serían opuestas entre sí; como tampoco lo serían aquellas con las que el Padre se relaciona con ellas. Por eso, así como la persona del Padre es una, así también se seguiría que la persona del Hijo y del Espíritu Santo sería una, teniendo dos relaciones opuestas a las dos relaciones del Padre. Esto es herético y anula el contenido de la fe en la Trinidad. Por lo tanto, es necesario que el Hijo y el Espíritu Santo estén relacionados entre sí con relaciones opuestas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 2 sol)

  • Es necesario que el Amor proceda de la Palabra; nada amamos si antes no lo hemos albergado en nuestra mente

Por otra parte, y como ya se demostró (q. 28, a. 4), en Dios no puede haber más relaciones opuestas que las relaciones de origen. Y las relaciones opuestas de origen lo son por el principio y por lo que emana del principio. Por lo tanto, hay que decir o que el Hijo procede del Espíritu Santo, y esto no lo sostiene nadie; o que el Espíritu Santo procede del Hijo, y esto es lo que nosotros confesamos. Esto está en armonía con el concepto de procesión de ambos. Se dijo (q. 27, a. 2 y 4; q. 28, a. 4), que el Hijo procede intelectualmente como Palabra. El Espíritu Santo procede voluntariamente como amor. Y es necesario que el amor proceda de la Palabra; pues nada amamos si antes no lo hemos albergado en nuestra mente concibiéndolo. Resulta evidente así y por eso que el Espíritu Santo procede del Hijo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 2, sol)

  • Si el Espíritu Santo no procediera también del Hijo habría distinción material entre los dos, y esto es imposible

Esto también nos lo enseña el mismo orden de las cosas. Pues nunca encontramos que de uno surjan muchos sin relación, a no ser que se trate sólo de diferencia material. Ejemplo: Un fabricante produce muchos cuchillos materialmente distintos entre sí, no guardando entre sí ninguna relación. Pero en aquellas cosas entre las que no hay sólo distinción material, siempre se encuentra algún tipo de relación. Por eso, también en el orden de lo producido por las criaturas se manifiesta la belleza de la sabiduría divina. Por lo tanto, si de la persona del Padre proceden dos personas, esto es, el Hijo y el Espíritu Santo, es necesario que guarden alguna relación entre sí. Y no se le puede asignar más relación que la natural por la que uno procede del otro. Así, pues, no es posible sostener que el Hijo y el Espíritu Santo procedan del Padre de tal manera que ninguno de los dos proceda del otro, a no ser que alguien les atribuyera una distinción material. Esto es imposible. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I. q. 36, a. 2 sol)

  • Los mismos griegos admiten que el Espíritu guarda relación con el Hijo, pero por insolencia no admiten que procede de Él

De aquí que los mismos griegos entiendan que la procesión del Espíritu Santo guarde alguna relación con el Hijo. Pues admiten que el Espíritu Santo es Espíritu del Hijo y que procede del Padre por el Hijo. Algunos de ellos admiten incluso que es del Hijo y que emana de El: sin embargo, no admiten que proceda. Y esto se debe, al parecer, o a la ignorancia o a la insolencia. Porque, si se pensara correctamente, se podría dar uno cuenta de que entre todas las palabras que indican origen, la más extendida es procesión. Pues la utilizamos para indicar, cualquier origen: como del punto procede la línea; del sol, el rayo; de la fuente, el arroyo. Y lo mismo en otras muchas cosas. Concluyendo: De cualquier palabra referida al origen, puede deducirse que el Espíritu Santo procede del Hijo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 2 sol)

  • El primero que negó la procedencia del Espíritu Santo del Hijo fue Nestorio

El primero que introdujo que el Espíritu Santo no procede del Hijo fue Nestorio. Esto nos consta por el mismo credo nestoriano condenado en el Concilio de Éfeso. Este mismo error lo sostuvo Teodoreto, el Nestoriano. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 2, ad 3)

  • El Romano Pontífice declara como hay que pronunciarse contra los herejes que niegan la procedencia del Espíritu Santo del Padre y del Hijo

En cada concilio fue instituido algún símbolo por algún error que se condenaba en dicho concilio. Por eso, en el siguiente concilio no se hacía un símbolo distinto al primero; sino que lo implícitamente contenido en el primer símbolo, se explicaba con algunos añadidos para hacer frente a los nuevos herejes. Por eso, en la determinación del Concilio de Calcedonia se dice que los congregados en el Concilio de Constantinopla transmitieron la doctrina sobre el Espíritu Santo, no porque faltase algo a lo transmitido por los anteriores (los congregados en Nicea), sino para entender cómo debían pronunciarse contra los herejes. Así, pues, porque en la época de los antiguos concilios todavía no se daba el error de decir que el Espíritu Santo no procede del Hijo, no fue necesario declararlo explícitamente. Pero más tarde, al darse dicho error por parte de algunos, fue necesario que, en un concilio congregado en Occidente, aquello fuera declarado expresamente por la autoridad del Romano Pontífice, con cuya autoridad también eran congregados y confirmados los antiguos concilios. Sin embargo, implícitamente estaba contenido en la misma declaración en la que se dice que el Hijo procede del Padre. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 2, ad 2)

  • En que sentido es legítimo decir que el Padre espira al Espíritu Santo por el Hijo

En todas las expresiones en las cuales se dice que alguien obra por otro, la preposición “por” indica causalidad, refiriéndose a la causa o principio de aquel acto. Pero como la acción es el medio entre el agente y el efecto, algunas veces el sentido causal al que se le añade la preposición “por”, se refiere a la causa de la acción en cuanto que procede del agente. En este caso concreto, es causa de que el agente actúe, bien se trate de una causa final, bien formal, bien efectiva, o motriz. Causa final, como si decimos que el artista obra por afán de lucro. Formal, como si decimos que obra por su arte. Motriz, como si decimos que obra por mandato de otro. Otras veces, la frase causal a la que se le añade la preposición “por”, es causa de la acción en cuanto que termina en el hecho. Como cuando decimos que el artista trabaja por el martillo. Pues no significa que el martillo sea la causa de que el artista realice su obra, sino que es la causa de que el efecto proceda del artista, y el hecho de serlo lo recibe del mismo artista. Por eso, algunos dicen que la preposición “por”, a veces indica directamente autoridad, como cuando decimos que el rey obra “por el bailío; otras veces, indirectamente, como cuando se dice que el bailío obra “por” el rey. Así, pues, porque el Hijo tiene del Padre el hecho que de El proceda el Espíritu Santo, puede decirse que el Padre espira al Espíritu Santo por el Hijo. O que, y es lo mismo, el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 3 sol)

  • El Espíritu Santo procede del Padre directamente, en cuanto que proviene de Él. Y de forma mediata, en cuanto que procede del Hijo. En este sentido decimos que procede del Padre por el Hijo

En cualquier acción hay que tener presente dos aspectos. Esto es, el supuesto agente, y el poder con que actúa. Ejemplo: El fuego calienta con el calor. Así, pues, si en el Padre y en el Hijo se analiza el poder con el que espiran al Espíritu Santo, no hay cabida para ningún medio, porque este poder es sólo uno e idéntico en ambos. No obstante, si se consideran las mismas personas que espiran, puesto que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo conjuntamente, nos encontramos con que procede del Padre directamente, en cuanto que proviene de Él. Y de forma mediata, en cuanto que procede del Hijo. En este sentido decimos que procede del Padre por el Hijo. También decimos que Abel procedió directamente de Adán en cuanto que Adán fue su padre, y de forma mediata en cuanto que Eva fue su madre, que procedía de Adán. Ponemos este ejemplo aun cuando una procesión material no parece ser la más adecuada para indicar la procesión inmaterial de las personas divinas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 36, a. 3, ad 1)

  • No aceptan la autoridad de la Iglesia de Roma

Al negar que la iglesia Romana es la única cabeza de la Iglesia, destruyen de modo manifiesto la unidad del Cuerpo místico; no podría haber un cuerpo si no hubiese una cabeza, ni una comunidad (de fieles) sin alguien que (los) rija; por eso en Jn 10,16 se dice: Habrá un solo rebaño y un solo pastor. (Santo Tomás de Aquino. Tratado contra los errores de los griegos. Parte II, Prólogo)

  • El purgatorio no existe para los ortodoxos

Lesionan la virtud de este sacramento [la eucaristía], que se consagra comúnmente por los vivos y por los muertos, al negar el purgatorio, pues suprimido éste no podría tener ninguna eficacia para los difuntos; pues no aprovecha a los que están en el infierno donde no hay redención posible, ni a los que están en la gloria, que no necesitan de nuestros sufragios. (Santo Tomás de Aquino. Tratado contra los errores de los griegos. Parte II, Prólogo)

  • Quién niega sólo un punto de la fe, aceptando ciertas cosas y rechazando otras, no tiene la virtud de la fe, pues rechaza la autoridad del propio Dios, y acepta su propia razón

El hereje que rechaza un sólo artículo de fe no tiene el hábito ni de la fe formada ni de la fe informe. Y la razón de ello está en el hecho de que la especie de cualquier hábito depende de la razón formal del objeto, y si ésta desaparece, desaparece también la especie del hábito. Pues bien, el objeto formal de la fe es la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de la Iglesia. Por eso, quien no se adhiere, como regla infalible y divina, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura, no posee el hábito de la fe, sino que retiene las cosas de la fe por otro medio distinto. Como el que tiene en su mente una conclusión sin conocer el medio de demostración, es evidente que no posee la ciencia de esa conclusión, sino tan sólo opinión. Ahora bien, es evidente que quien se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible presta su asentimiento a todo cuanto enseña la Iglesia. De lo contrario, si de las cosas que enseña la Iglesia admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible, sino a su propia voluntad. Así, es del todo evidente que el hereje que de manera pertinaz rechaza un solo artículo no está preparado para seguir en su totalidad la enseñanza de la Iglesia (estaría, en realidad, en error y no sería hereje si no lo rechaza con pertinacia). Es, pues, evidente que el hereje que niega un sólo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 5, a. 3)


… juzga el papel del sincretismo religioso en la misericordia que tiene Francisco

  • La misericordia divina no se extiende a aquellos que se hicieron indignos de ella

Dios, en cuanto depende del mismo, se compadece de todos. Mas, por cuanto su misericordia se regula por el orden de su sabiduría, de aquí es que no se extiende a ciertos que se hicieron indignos de misericordia, como los demonios y los condenados que están obstinados en la malicia. Sin embargo, puede decirse que aún en ellos tiene lugar misericordia, en cuanto son castigados menos de lo condigno, no que sean absueltos totalmente de la pena. (Santo Tomás de Aquino. Suplemento de la Suma Teológica, q. 99, a. 2, ad 1)

  • Después de la Pasión de Cristo es pecado mortal observar los ritos antiguos

Está la sentencia del Apóstol, que dice a los Gálatas 5, 2: “Si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará de nada”. Pero nada excluye el fruto de la redención de Cristo, fuera del pecado mortal; luego el circuncidarse y observar los otros ritos legales después de la pasión de Cristo es pecado mortal. Son las ceremonias otras tantas profesiones de la fe, en qué consiste el culto interior; y tal es la profesión que el hombre hace con las obras cual es la que hace con las palabras. Y, si en una y otra profesa el hombre alguna falsedad, peca mortalmente. Y, aunque sea una misma la fe que los antiguos patriarcas tenían de Cristo y la que nosotros tenemos, como ellos precedieron a Cristo y nosotros le seguimos, la misma fe debe declararse con diversas palabras por ellos y por nosotros […]. Las ceremonias antiguas significaban a Cristo, que nacería y padecería; pero nuestros sacramentos lo significan como nacido y muerto. Y como pecaría quien ahora hiciera profesión de su fe diciendo que Cristo había de nacer, lo que los antiguos con piedad y verdad decían, así pecaría mortalmente el que ahora observase los ritos que los antiguos patriarcas observaban piadosa y fielmente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 103, a. 4)

  • Los preceptos judiciales de la Antigua Ley fueron abrogados después de Cristo

Los preceptos judiciales no tuvieron valor perpetuo y cesaron con la venida de Cristo. Pero de diferente manera que los ceremoniales. Porque éstos de tal suerte fueron abrogados que no sólo son cosa muerta, sino mortífera para quienes los observan después de Cristo, y más después de divulgado el Evangelio. Los preceptos judiciales están muertos, porque no tienen fuerza de obligar; pero no son mortíferos, y si un príncipe ordenase en su reino la observancia de aquellos preceptos, no pecaría, como no fuera que los observasen o impusiesen su observancia considerándolos como obligatorios en virtud de la institución de la ley antigua. Tal intención en la observación de estos preceptos sería mortífera. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 104, a. 1.3)

  • La misericordia que se dará en virtud de la Nueva Alianza

Lo tercero muestra el modo de la salvación, diciendo: “Y mi Alianza”, es claro que Nueva, “será con ellos cuando Yo quitare sus pecados”. Porque la Antigua Alianza no quitaba los pecados, pues, como se dice en Hebreos 10, 4: “Imposible es que la sangre de toros y de machos cabríos quite pecados”. Por lo cual, en atención a la imperfección de la Antigua Alianza se les promete la Nueva Alianza. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Romanos, lec. 4, Rom 11, 25-32)

  • ¿Cómo amar al prójimo? No por encima de Dios, ni para pecar, porque así se pierde a Dios

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. […] A propósito de estas palabras podemos considerar cinco cosas, que debemos observar en el amor al prójimo. 1) Lo primero es que debemos amarlo verdaderamente como a nosotros mismos: así lo hacemos si lo amamos por él mismo, no por nosotros. Por lo cual es de observar que hay tres amores, de los cuales dos no son verdaderos, y el tercero sí lo es. El primero es por motivo de utilidad. […] En efecto, desaparece al desaparecer el provecho. Y así no queremos el bien para el prójimo, sino que más bien queremos un bien que sea de utilidad para nosotros. Y hay otro amor que procede de lo deleitable. Y tampoco este es verdadero, porque falta al faltar lo deleitable. Y así, con este amor, no queremos principalmente el bien para el prójimo, sino que más bien queremos su bien para nosotros. El tercero es amor porque su motivo es la virtud. Y sólo éste es verdadero. En efecto, de esa manera no amamos al prójimo por nuestro propio bien, sino por el suyo. Lo segundo es que debemos amar ordenadamente, o sea, que no lo amemos más que a Dios o tanto como a Dios, sino que debes amarlo como a ti mismo. Cant 2, 4: “Él ha ordenado en mí la caridad”. Este orden lo enseñó el Señor en Mt 10, 37, diciendo: “El que ama a su padre o a su madre más que a Mí no es digno de Mí, y el que ama a su hijo o a su hija más que a Mí, no es digno de Mí”. […] 5) Lo quinto es que debemos amarlo justa y santamente, de suerte que no lo amemos para pecar, porque ni a ti has de amarte así, porque así perderías a Dios. Por lo cual dice Jn 15, 9: “Permaneced en mi caridad”, caridad de la que dice el Eclo, 24, 24: “Yo soy la madre del amor hermoso”. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 49-51.55)

  • El amor al prójimo implica odiar el pecado que él comete

Pero es necesario notar que aun en esto se halla cierta contrariedad. En efecto, los santos odiaron a algunos. Dice el Sal 138, 22: “Los odio con el más perfecto odio”; y el Evangelio en Lc 14, 26: “Si alguno no aborrece a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo”. Y por eso es de saberse que en todos nuestros actos los hechos de Cristo deben ser nuestro modelo. En efecto, Dios ama y odia. Porque en todo hombre se deben considerar dos cosas: a saber, la naturaleza y el pecado. Indudablemente, se debe amar en los hombres su naturaleza, pero odiar el pecado. Por lo cual sí alguien quiere que el hombre esté en el infierno, odiará su naturaleza; pero si alguien quiere que el hombre sea bueno, odiará el pecado, que siempre debe ser odiado. “Odiaste a todos los operadores de iniquidad” (Sal 5, 7). “Amas [Señor] todo cuanto existe y nada aborreces de cuanto has hecho” (Sab 11, 25). He aquí, pues, que Dios ama y odia: ama la naturaleza y odia el pecado. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 57-58)

  • Por la culpa que sitúa los pecadores en oposición a Dios, han de ser odiados todos

En los pecadores se pueden considerar dos cosas; a saber: la naturaleza y la culpa. Por su naturaleza, recibida de Dios, son en verdad capaces de la bienaventuranza, en cuya comunicación está fundada la caridad, como hemos visto (a. 3; q.23 a.1 y 5). Desde este punto de vista, pues, deben ser amados con caridad. Su culpa, en cambio, es contraria a Dios y constituye también un obstáculo para la bienaventuranza. Por eso, por la culpa que les sitúa en oposición a Dios, han de ser odiados todos, incluso el padre, la madre y los parientes, como se lee en la Escritura (Lv 14, 26). Debemos, pues, odiar en los pecadores el serlo y amarlos como capaces de la bienaventuranza. Esto es verdaderamente amarles en caridad por Dios. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 6)

  • Disimular las injurias que los malos cometen contra Dios es demasiado impío

Los malos son tolerados por los buenos en lo de soportar pacientemente, como conviene que sea, las injurias propias; pero no así las injurias contra Dios o contra el prójimo. Pues dice, a este propósito, el Crisóstomo en Super Mt.: Ser paciente en las injurias propias es digno de alabanza; pero disimular las injurias contra Dios es demasiado impío. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 108, a. 1, ad 2)

… juzga la idea de Francisco de que la Iglesia tiene defectos

  • Al pecador, no queriendo enmendarse, se le debe obligar castigándole

Como queda expuesto (a. 3), hay dos clases de corrección del delincuente. La primera compete, en realidad, a los superiores, ya que se ordena al bien común y tiene fuerza coactiva. Esta corrección no debe pasar en silencio por temor a la turbación que pudiera ocasionar al que es objeto de ella, ya que, si no quiere enmendarse por propia voluntad, se le debe obligar, castigándole, a contenerse de su pecado, o también porque, si resulta incorregible, se mira por el bien común guardando el orden de la justicia e inspirando con ello un ejemplo de escarmiento para los demás. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 33, a. 6)

… juzga la idea de Francisco de que el anuncio del Evangelio se hace sin acentos doctrinales ni morales

  • Es doble el orden de los divinos mandatos: son afirmativos y prohibitivos

Lo segundo que opera la caridad es la observancia de los divinos mandatos. San Gregorio: “Nunca está inactivo el amor de Dios: si existe, grandes cosas opera; pero si se niega a obrar, no es amor”. Por lo cual el signo evidente de la caridad es la prontitud en cumplir los preceptos divinos. Vemos, en efecto, que el amante realiza cosas grandes y difíciles por el amado. Juan 14, 23: “El que me ama guardará mi palabra”. Pero se debe considerar que quien observa el mandato y la ley del amor divino cumple con toda la ley. Pues bien, es doble el orden de los divinos mandatos. En efecto, algunos son afirmativos, y la caridad los cumple, porque la plenitud de la ley que consiste en los mandamientos, es el amor, por el cual se les observa. Otros son prohibitivos, y también éstos los cumple la caridad, porque, como dice el Apóstol en I Cor 13, 4, no obra ella falsamente. (Santo Tomas de Aquino. De los dos preceptos de la caridad y de los diez mandamientos de la Ley, Prólogo, 14, 15)

  • Evitar totalmente el pecado: así se cumple el precepto del amor

Pero para poder cumplir perfectamente con este precepto del amor, cuatro cosas se requieren: La cuarta es el evitar totalmente el pecado. En efecto, nadie que viva en pecado puede amar a Dios. Mt 6, 24: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Así es que si vivís en pecado, no amáis a Dios. En cambio, le amaba el que le decía —Isaías 38, 3—: “Acuérdate de que he andado fielmente delante de ti y con perfecto corazón”. Y Elías decía —3 Reyes 18, 21—: “¿Hasta cuándo claudicaréis de un lado y de otro?” Así como el que cojea, se inclina ya de un lado, ya del otro; así el pecador, ora peca, ora se esfuerza por buscar a Dios. Por lo cual Dios le dice —Joel 2—, Convertíos a mí con todo vuestro corazón. (Santo Tomas de Aquino. De los dos preceptos de la caridad y de los diez mandamientos de la Ley, Prólogo, 37)

  • Es necesario que todos los actos que repugnan a la justicia hayan de ser prohibidos en el Evangelio del reino

El reino de Dios consiste principalmente en los actos interiores, pero también, y como consecuencia, en todo aquello sin lo cual no pueden existir dichos actos. Por ejemplo, si el reino de Dios es justicia interior, y paz, y gozo espiritual, necesario es que todos los actos exteriores que repugnan a la justicia, a la paz o al gozo espiritual repugnen también el reino de Dios y, por tanto, hayan de ser prohibidos en el Evangelio del reino. En cambio, aquellas cosas que son indiferentes a esa justicia, paz o gozo, v.gr., comer estos o aquellos alimentos, no constituyen el reino de Dios. Por lo cual, San Pablo dice antes: El reino de Dios no consiste en comida o bebida. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 108, a. 1)

  • La caridad es susceptible de ser perdida por el pecado

Por la caridad habita en nosotros el Espíritu Santo, como se deduce de lo que dejamos expuesto (II-II 24, 2; II-II 23, 2). Partiendo de ahí podemos considerar la caridad de tres maneras. La primera, de parte del Espíritu Santo, que mueve al alma a amar a Dios. Por esta parte, la caridad goza de impecabilidad por virtud del Espíritu Santo, que realiza infaliblemente lo que quiere. Resulta, por lo mismo, imposible que sean al mismo tiempo verdad estas dos cosas: que el Espíritu Santo quiera mover a uno al acto de caridad, y que éste pierda la caridad pecando, ya que el don de perseverancia se encuentra entre los beneficios de Dios, gracias a los cuales, quienes son librados, lo son ciertísimamente, como escribe San Agustín en el libro De praedest. Sanct. En segundo lugar se puede considerar la caridad en su propia esencia. Bajo este aspecto, la caridad no puede sino lo que corresponde a su esencia. Por eso no puede pecar, lo mismo que ni el calor puede enfriar ni la injusticia hacer bien, como se expresa San Agustín en el libro De Serm. Dom. Se puede, finalmente, considerar la caridad por parte del sujeto, que es voluble, según la libertad del libre albedrío. Esta relación de la caridad con el sujeto se puede, sin embargo, considerar de dos maneras: bajo la razón formal de la relación de la forma con la materia, y bajo la especial razón de las relaciones entre el hábito y la potencia. Corresponde, en primer lugar, a la forma existir en el sujeto de manera amisible cuando no informa toda la potencialidad de la materia, como se ve en las formas de los seres susceptibles de generación y de corrupción. En estos casos, la materia recibe una forma, quedándole todavía potencia para otra, como si la potencialidad de la materia no estuviera llena con su forma; por eso puede perderse una forma con la recepción de otra. Pero la forma del cuerpo celeste se recibe de manera inamisible, porque llena la potencialidad de la materia, de suerte que no le queda potencia para otra. Es lo que sucede con la caridad de la patria: es inamisible porque llena de manera total la potencialidad de la mente racional en cuanto que todos sus movimientos se dirigen continuamente a Dios. La caridad de la presente vida, en cambio, no llena de esta manera la potencialidad de su sujeto, porque no tiende siempre en acto a Dios. Por eso, cuando no tiende actualmente a Dios, la caridad es susceptible de ser perdida. Por otra parte, lo propio del hábito es inclinar la potencia a obrar en la forma a él adecuada, haciendo parecer bueno lo que le es conforme, y malo lo que le es contrario. Pues lo mismo que el gusto aprecia los sabores según su disposición, la mente del hombre juzga también lo que debe hacer según su habitual disposición. Por eso en III Ethic. Dice el Filósofo que cada uno aprecia el fin según es él mismo. En consecuencia, será inamisible la caridad donde lo que armonice con ella no puede ser sino bueno, o sea en la patria, en donde se ve a Dios en su esencia, que es la bondad misma por esencia. Por eso la caridad de la patria no puede perderse. Puede perderse, empero, la caridad de la vida presente, puesto que se encuentra en un estado en el que no se ve la esencia de Dios.

A las objeciones:

Soluciones:

  1. San Juan, en el texto citado, habla del poder del Espíritu Santo, con cuya protección vuelve inmune del pecado a quienes mueve a su placer.
  2. No es verdadera caridad la que por su misma esencia puede abandonarse. Equivaldría esto a amar a tiempos y luego dejar de amar, lo cual no sería propio del verdadero amor. Pero si se pierde la caridad por volubilidad del sujeto, eso acontece contra la tendencia que entraña el acto de caridad. Y esto no repunga a la esencia de la caridad.
  3. El amor de Dios se propone siempre realizar grandes cosas, porque corresponde a la naturaleza misma de la caridad. Pero no siempre llega a realizar esas grandes cosas por la condición del sujeto.
  4. La caridad, por la naturaleza misma de su acto, excluye cuanto puede inducir a pecar. Pero sucede que a veces no está en acto, y entonces puede sobrevenir algún motivo para pecar, y, si se consiente, se pierde la caridad.(Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, q. 24, a. 11)
  • Es esencial a la caridad amar a Dios de tal manera que se le quiera estar sujeto y seguir en todo la regla de sus mandamientos

El objeto de la virtud teologal es el último fin. Pues bien, las otras virtudes teologales, o sea, la fe y la esperanza, no se pierden por un solo pecado mortal; tan sólo quedan informes. Puede, pues, permanecer también la caridad informe, aun perpetrado un pecado mortal.

Contra esto: está el hecho de que por el pecado mortal se hace el hombre digno de muerte eterna, según el Apóstol: Estipendio del pecado es la muerte (Rom 6, 23). Ahora bien, quien tiene caridad, tiene mérito de vida eterna, según San Juan (14, 21). Si uno me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré y me mostraré a él, y en esa manifestación consiste en realidad la vida eterna, a tenor de estas palabras: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo (Jn 17, 3). Pero nadie puede ser a la vez digno de vida y de muerte eterna. En conclusión, es imposible que nadie tenga caridad con pecado mortal. La caridad, pues, se pierde por un solo acto de pecado mortal.

Respondo: Un contrario desaparece cuando sobreviene el otro. Ahora bien, cualquier acto de pecado mortal es contrario a la naturaleza propia de la caridad, que consiste en amar a Dios sobre todo, y que el hombre le esté sometido por completo, refiriendo todas las cosas a Él. Es, por lo mismo, esencial a la caridad amar a Dios de tal manera que se quiera estarle sujeto en todo y seguir en todo la regla de sus mandamientos, ya que contraría a la caridad lo que sea contrario a sus preceptos, y por eso puede excluirla. En el caso de que la caridad fuera hábito adquirido, fruto de la actividad del sujeto, su pérdida no resultaría necesariamente de un solo acto contrario, ya que un acto no va directamente contra el hábito, sino contra el acto, y la conservación del hábito en el sujeto no implica la continuidad del acto; por consiguiente, cuando sobreviene un acto contrario, no desaparece automáticamente el hábito adquirido. La caridad, en cambio, por ser hábito infuso, depende de la acción de Dios que la infunde, y en su infusión y conservación se comporta Dios como el sol en la iluminación del aire, como ya hemos expuesto (a. 10 arg. 3; q.4 a.4 ad 3). Y así como la luz cesaría al instante en el aire por la interposición de algún obstáculo a la iluminación del sol, igualmente cesa de estar la caridad en el alma al instante cuando se interpone algún obstáculo a la influencia divina de la caridad. Es evidente, por otra parte, que cualquier pecado mortal que va contra los mandamientos divinos constituye un obstáculo a esa infusión de Dios. Efectivamente, del solo hecho de que el hombre, al elegir, prefiera el pecado a la amistad divina, que exige el cumplimiento de su voluntad, se sigue que, inmediatamente, por un solo pecado mortal, se pierda el hábito de la caridad. A este propósito escribe San Agustín en VIII Super Genesim ad litt.: El hombre es iluminado estándole Dios presente; ausente Dios, al punto se entenebrece; de Él se apartan no por distancias locales, sino por aversión de la voluntad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, q. 24, a. 12)

… juzga la idea de Francisco de no ser necesario decir los pecados en la confesión

  • Es incompatible con la penitencia ocultar el pecado cometido

Los pecados pueden ocultarse de dos maneras. Primera, mientras se está cometiendo el pecado. […] Segunda, uno puede ocultar el pecado cometido no diciéndolo en confesión. Lo cual es incompatible con la penitencia. En este caso, ocultar el pecado no es una segunda tabla de salvación, sino que es más bien lo contrario de esta tabla, ya que se dice en Pr 28, 13: El que encubre sus faltas no prosperará. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 84, a. 6, ad. 1)

  • La confesión de los pecados debe hacerse por la palabra

Tan obligado está el hombre a la confesión de los pecados, como a la confesión de la fe. Pero la confesión de la fe debe hacerse de boca, como consta (Rom 10). Luego también la confesión de los pecados. Además, el que pecó por sí mismo, por sí mismo debe arrepentirse. Es así que la confesión es una parte de la penitencia. Luego el penitente debe confesarse con su propia voz o palabra. Conclusión. La confesión de los pecados como parte del sacramento, debe hacerse por la propia boca, a no estovarlo algún impedimento natural. La confesión no solamente es acto de virtud, sino también parte del sacramento. […] Sin embargo, según que es parte del sacramento, tiene un acto determinado, como los otros sacramentos tienen una materia determinada; así como en el bautismo para significar la interior ablución, se toma aquel elemento cuyo uso principal consiste en la ablución, así en el acto del sacramento para manifestar nuestro pensamiento se emplea ordinariamente aquel acto por el que acostumbramos sobre todo a manifestarle, a saber, la palabra propia. Sin embargo, los otros medios son empleados para suplir este. (Santo Tomás de Aquino. Suplemento de la Suma Teológica, q. 9, a. 4)

  • Ni siquiera los que no pueden hablar están dispensados de la acusación de las faltas, aunque sea por escrito

Así como en el bautismo no basta hacer la ablución de una manera cualquiera, sino por medio de un elemento determinado, así tampoco en la penitencia basta manifestar de cualquier modo los pecados, sino que es preciso que se manifiesten por medio de un acto determinado. En el que no tiene el uso de la lengua, basta que confiese por escrito, por señas o por interprete puesto que no se exige del hombre más que lo que pueda. (Santo Tomás de Aquino. Suplemento de la Suma Teológica, q. 9, a. 3)

  • El Señor indicó de modo concreto los actos requeridos para el sacramento de la penitencia

Como se acaba de exponer (a. 1 ad 1.2; a. 2), en este sacramento los actos del penitente hacen de materia, y lo que pertenece al sacerdote que actúa como ministro de Cristo, constituye lo formal y perfectivo del sacramento. Ahora bien, la materia, también la de los otros sacramentos, tiene ya una preexistencia, sea en la naturaleza, como el agua, sea por combinación artificial, como el pan. Pero para que esta materia sirva para el sacramento se necesita la institución que lo determine. Sin embargo, la forma del sacramento y su virtud operativa dependen íntegramente de la institución de Cristo, de cuya pasión reciben los sacramentos toda su eficacia. Así pues, la materia de este sacramento preexiste en la naturaleza, ya que la razón natural mueve al hombre a hacer penitencia de los males que ha cometido. Pero que el hombre haga penitencia de este o aquel modo ya depende de la institución divina. Por esto el Señor exhortaba a los hombres, al principio de su predicación, no sólo a arrepentirse, sino también a hacer penitencia indicándoles de modo concreto los actos requeridos para este sacramento. Pero lo que pertenece al oficio de los ministros lo determinó en Mt 16, 19, donde dijo a Pedro: A ti te daré las llaves del reino de los cielos, etc. Y la eficacia de este sacramento, así como el origen de su virtud, la manifestó después de la resurrección cuando dijo, según Lc 24, 47, que había que predicar en su nombre la penitencia y la remisión de los pecados a todas las gentes, después de haber hablado de la pasión y de la resurrección, porque este sacramento tiene eficacia para perdonar los pecados en virtud del nombre de Cristo, que murió y resucitó. Y así queda clara la oportunidad de instituir este sacramento en la nueva ley. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 84, a. 7)

  • El sacramento de la penitencia debe tener tres partes: contrición, confesión e satisfacción

En la penitencia la reparación de la ofensa se hace según la voluntad del pecador y el arbitrio de Dios, contra el cual se peca. Porque la penitencia no busca solamente el restablecimiento de la justa igualdad, como ocurre en la justicia vindicativa, sino más bien la reconciliación de la amistad, verificada cuando el ofensor dé la compensación que pide el ofendido. Así pues, se requiere, por parte del penitente, en primer lugar, voluntad de reparar, cosa que hace con la contrición; segundo, sometimiento al arbitrio del sacerdote en lugar de Dios, cosa que hace por la confesión; y tercero, reparación fijada por el arbitrio del ministro de Dios, cosa que hace con la satisfacción. Por tanto, la contrición, la confesión y la satisfacción son partes de la penitencia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 90, a. 2)

  • Es preciso que la confesión sea accusans por parte del que confiesa

De las condiciones dichas las unas son de necesidad de la confesión y las otras solo del buen ser de la misma. De las dichas condiciones unas son de necesidad de la confesión y otras tienen por objeto su perfección. Más las que son de necesidad de la confesión o la competen, según que es acto de virtud o según es parte de sacramento. […] Según la naturaleza propia de este acto que es la confesión, cuya manifestación puede impedirse de cuatro maneras: […] cuarto, por la sustracción, de modo que no omita algunas de las cosas que debe manifestarse, y contra esto se dice íntegra. […] Por consiguiente, es preciso que sea accusans, por parte del que confiesa. (Santo Tomás de Aquino. Suplemento de la Suma Teológica, q. 9, a. 4)

  • Es quitado el pecado por la virtud de la pasión de Cristo, que actúa por la absolución del sacerdote en simultaneidad con los actos del penitente

El pecado, una vez consumado, engendra la muerte, como se dice en Jc 1, 15. Por tanto, es indispensable para la salvación del pecador que le sea quitado el pecado. Lo cual no se puede conseguir sin el sacramento de la penitencia, en el cual actúa la virtud de la pasión de Cristo por la absolución del sacerdote en simultaneidad con los actos del penitente, el cual coopera con la gracia en la destrucción del pecado, puesto que, como dice San Agustín en Super Io: El que te creó sin ti no te salvará sin ti. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 84, a. 5)

  • Los actos externos del penitente son la causa de la remisión del pecado

En la penitencia hay algo que es sacramentum tantum, es decir, los actos externos tanto del penitente como del sacerdote que le absuelve. La res et sacramentum es la penitencia interior del penitente. Y la res tantum, y no el sacramentum, es la remisión del pecado. De estas tres cosas, la primera, tomada en su totalidad, es causa de la segunda, y la primera y la segunda son causa de la tercera. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 84, a. 1, ad. 3)

  • Las tres partes antedichas concurren a la realización integral de la penitencia

Se llaman partes integrales las que concurren a la realización integral del todo. Pero las tres partes antedichas concurren a la realización integral de la penitencia. Luego son partes integrales de la penitencia. Algunos afirmaron que estos tres actos eran partes subjetivas de la penitencia. Pero esto es imposible, porque en cada una de las partes subjetivas se encuentra simultáneamente y por igual toda la virtud del todo, como toda la virtud del animal, en cuanto animal, está en cada una de las especies animales en que se divide el género animal. Pero en el caso presente no ocurre así. Por eso otros dijeron que son partes potenciales. Pero también esto es imposible, porque el todo está presente con toda su esencia en cada una de las partes potenciales, como toda la esencia del alma está presente en cada una de sus potencias. Pero esto tampoco ocurre aquí. Queda como solución, por tanto, que los tres actos antedichos sean partes integrales de la penitencia, para lo cual se requiere que el todo no esté presente en cada una de las partes ni con toda su virtud ni con toda su esencia, sino en todas colectivamente consideradas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 90, a. 3)

  • Si el hombre pierde la integridad por el pecado, que la recupere por la penitencia

La penitencia ocupa un segundo lugar con respecto al estado de integridad que se confiere y se conserva por los referidos sacramentos. Por eso se la llama metafóricamente segunda tabla de salvación después del naufrago. Porque el primer remedio para los navegantes es conservarse en la nave íntegra, y el segundo, después del hundimiento de la nave, es agarrarse a una tabla. Pues, de la misma manera, el primer remedio en el mar de esta vida es que el hombre conserve la integridad, y el segundo es, si pierde la integridad por el pecado, que la recupere por la penitencia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 84, a. 6)

  • La confesión debe ser íntegra para que el confesor conozca las enfermedades del alma

Del mismo modo que el médico corporal necesita conocer la naturaleza del enfermo para medicinarle convenientemente, así también el espiritual debe conocer las enfermedades del alma, para lo cual es necesario que se haga una confesión integra. (Santo Tomás de Aquino. Suplemento de la Suma Teológica, q. 9, a. 2)

  • Los que no confiesan todos los pecados, pecan, porque intentan engañar a Dios

Hay algunos que confiesan unos pecados y otros no, o dividen la confesión (en varias), según los diversos pecados. Pero éstos no ganan mérito; por el contrario, pecan en todas, porque intentan engañar a Dios y cometen una división en el sacramento. En cuanto a los primeros, alguien ha dicho: “Es impío esperar de Dios la mitad del perdón”. En cuanto a los segundos, dice el 2 Ps 61, 9: “Derramad ante Él vuestros corazones”, porque es claro que en la confesión se debe revelar todo. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 38, Prólogo)

… juzga las actitudes de Francisco con los pecadores públicos, cambiando el protocolo Vaticano

  • Los más virtuosos deben ser amados más que los menos virtuosos

¿Ha de ser más amado un prójimo que otro? […] No todos los prójimos se relacionan con Dios de la misma manera, ya que algunos están más cerca de Él por su mayor bondad. A los que están más cerca [de Dios] se les debe amar más con caridad que a los que están menos cerca. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 26, a. 6)

  • Obligación de evitar el contacto con los pecadores

Se debe evitar la convivencia con los pecadores en un consorcio de pecado. Así dice el Apóstol: “Salid de en medio de ellos y no toquéis nada inmundo” (2 Co 6,17), o sea, el consentimiento en el pecado. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 6, ad. 5)

  • Es acto de justicia condenar a los empedernidos

No es contrario a la Justicia divina que el pecador sufra una pena eterna, porque ni aun las mismas leyes humanas exigen que la pena sea medida de la falta en el tiempo. En efecto: los pecados de adulterio y de homicidio, para cuya comisión basta poco tiempo, son penados por la ley humana, o por el destierro, o por la muerte, que excluyen para siempre de la sociedad al hombre. El destierro no tiene una duración perpetua, más que por accidente, porque la vida del hombre no es perpetua, y la intención del juez parece ser imponer una pena perpetua. Por consiguiente, no es una injusticia el que Dios castigue con una pena eterna el pecado de un momento. Debemos considerar también que la pena eterna se impone al pecador que no se arrepiente de su pecado, perseverando en él hasta la muerte; y como está en la disposición de pecar eternamente, con razón Dios le castiga eternamente. Además, todo pecado contra Dios tiene cierta infinidad respecto a Dios. Es evidente que cuanto más elevada es la persona ofendida, tanto más grave es la falta, como el que da una bofetada a un militar causa una ofensa más grave que si la diera a un paisano, y aun sería mucho más grave la ofensa si fuera inferida a un príncipe o a un rey. Siendo Dios infinitamente grande, el pecado cometido contra Él es en cierto modo infinito, y por eso digno en cierto modo de una pena infinita. Como la pena no puede ser intensivamente infinita, porque nada creado puede ser infinito de esta manera, se deduce que el pecado mortal debe ser castigado con una pena infinita en duración. Además, la pena temporal se impone al que puede corregirse, para que se enmiende y purifique; luego si el pecador no puede corregirse, y si la voluntad está obstinadamente adherida al pecado, como se ha dicho antes, hablando de los condenados, claro es que su pena no debe tener fin. (Santo Tomás de Aquino. Compendio de Teología, cap. 183)

… juzga la idea de que Cristo se manchó por el pecado, que tiene Francisco

  • “Se hizo pecado” significa “Se hizo sacrificio por el pecado”

La primera, porque según la costumbre del Antiguo Testamento al sacrificio por el pecado se le llama pecado. Comen los pecados de mi pueblo (Os 4, 8), esto es, las oblaciones por los pecados. Y entonces el sentido es éste: lo hizo pecado, esto es, hostia, o bien sacrificio por el pecado. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Epístola a los Corintios, 22)

  • “Lo hizo pecado”: en semejanza de pecado condenó al pecado

De otro modo, porque pecado se toma a veces por semejanza del pecado, o bien por pena del pecado. Envió Dios a su Hijo en semejanza de pecado (Rom 8, 8), o sea, que en semejanza de pecado condenó al pecado. Y entonces el sentido es éste: Lo hizo pecado, esto es, hizo que El asumiera la carne mortal y pasible. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Epístola a los Corintios, 22)

  • Cristo hizo que se le tomara por pecador

De un tercer modo, porque a veces se dice que una cosa es esto o lo otro, no porque lo sea, sino porque los hombres opinan que así es. Y entonces el sentido es éste: Lo hizo pecado, esto es, hizo que se le tomara por pecador. Ha sido confundido con los facinerosos (Is 53, 12) (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Epístola a los Corintios, 22)

  • En Cristo no hubo siquiera inclinación para el mal, mucho menos al pecado

Cristo asumió los defectos humanos para satisfacer por el pecado de la naturaleza humana, para lo que era necesario que su alma poseyese la perfección de la ciencia y de la gracia. Por consiguiente, Cristo debió asumir aquellos defectos derivados del pecado común a toda la naturaleza humana, a condición, sin embargo, de que no fuesen incompatibles con la perfección de la ciencia y de la gracia. Así pues, no fue conveniente que asumiese todos los defectos o flaquezas humanos, pues hay algunos que son incompatibles con la perfección de la ciencia y de la gracia, como son: la ignorancia, la inclinación al mal y la dificultad para el bien. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 14, a. 4, sol)

… juzga la idea de “conversión del papado” que tiene Francisco

  • La Iglesia requiere un jefe universal…

La unidad de la Iglesia requiere la unidad de todos los fieles en la fe. Pero en torno a las cosas de fe suelen suscitarse problemas. Y la Iglesia se dividiría por la diversidad de opiniones de no existir uno que con su dictamen la conservara en la unidad. Luego para conservar la unidad de la Iglesia es preciso que haya un jefe universal que la presida. (Santo Tomás de Aquino. Summa contra los gentiles, lib. IV, c. 76)

… juzga la idea de Francisco de que en el confesionario el sacerdote actúa en nombre del Padre

  • Los sacerdotes son llamados cabezas en cuanto hacen las veces de Cristo

La cabeza influye en los otros miembros de dos maneras: una, por un influjo intrínseco, en cuanto que de ella se deriva a los demás miembros la virtud motriz y sensitiva. Otra, mediante un cierto gobierno exterior, en cuanto que el hombre se orienta en sus actos externos por la vista y los demás sentidos que se asientan en la cabeza. El fluido interior de la gracia sólo proviene de Cristo, cuya humanidad, por estar unida a la divinidad, tiene el poder de justificar. En cambio, el influjo sobre los miembros de la Iglesia en lo que se refiere al gobierno exterior puede ser compartido por otros. […] Pero lo son de modo distinto de la manera en que lo es Cristo. Primero, porque Cristo es cabeza de todos los que pertenecen a la Iglesia en todo lugar, tiempo y estado; mientras que los otros hombres reciben el título de cabezas en determinados lugares. […] Cristo es cabeza de la Iglesia por su propio poder y por su propia autoridad, mientras que los otros son llamados cabezas en cuanto hacen las veces de Cristo, según 2Co 2,10: Pues también yo, lo que perdoné, si algo perdoné, por amor vuestro lo hice, en la persona de Cristo. Y en 2Co 5,20 se lee: Somos embajadores de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 8, a. 6)

… juzga el modo de reformar la Iglesia que defiende Francisco

  • Las ceremonias son profesiones de fe

Son las ceremonias otras tantas profesiones de la fe, en qué consiste el culto interior; y tal es la profesión que el hombre hace con las obras cual es la que hace con las palabras. Y, si en una y otra profesa el hombre alguna falsedad, peca mortalmente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 103, a. 4)

… juzga la idea de moral que tiene Francisco

  • ¿Por qué el sábado fue introducido en el Decálogo?

Entre los beneficios futuros que debían ser prefigurados, el principal y el término de todos es el descanso de la mente en Dios, en la presente vida por la gracia y en la futura por la gloria, lo cual era figurado por el descanso sabático. Por lo cual se dice en Is 58,13: “Si te abstienes de viajar en sábado y de hacer tu voluntad en el día santo, si miras como delicioso el sábado y lo santificas alabando al Señor…”. Estos son los beneficios que principalmente están grabados en la mente de los hombres, y más de los fieles. Cuanto a las otras solemnidades, se celebraban en memoria de algunos beneficios particulares y pasajeros, como la Pascua en recordación de la pasada liberación egipcia y de la futura pasión de Cristo, que pasó, y nos introduce en el descanso del sábado espiritual. Por esto, omitidas todas las demás solemnidades y sacrificios, de sólo el sábado se hace mención en los preceptos del decálogo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.100, a.5, ad 2)

  • El precepto del sábado se refiere a la obligación moral de honrar a Deus: en cuanto a la fijación del tiempo, es mero aspecto ceremonial

El precepto de la observancia del sábado es en parte moral, a saber, en cuanto en él se prescribe que el hombre vaque algún tiempo a las cosas divinas, según lo que se dice en Sal 45,11: “Vacad y ved que yo soy Dios”. Según esto se cuenta entre los preceptos del decálogo, no en lo que mira a la fijación del tiempo, pues bajo este aspecto es ceremonial. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.100, a.3, ad 2)

  • El precepto del sábado como ceremonial es cambiado al domingo, Día del Señor, pues la prefigura da lugar al figurado: Cristo

Todos los preceptos ceremoniales de la ley antigua se ordenaban al culto de Dios, según hemos dicho (q.101 a.1.2). El culto exterior debe estar en armonía con el interior, que consiste en la fe, la esperanza y la caridad. Luego, según la diversidad del culto interior, debe variar el exterior. Podemos distinguir tres grados en el culto interior: el primero, en que se tiene la fe y la esperanza de los bienes celestiales y de aquellos que nos introducen en estos bienes, como de cosas futuras; y tal fue el estado de la fe y de la esperanza en el Viejo Testamento. El segundo es aquel en que tenemos la fe y la esperanza de los bienes celestiales como de cosas futuras; pero de las cosas que nos introducen en aquellos bienes las tenemos como de cosas presentes o pasadas, y éste es el estado de la ley nueva. El tercer estado es aquel en que unas y otras son ya presentes y nada de lo que se cree es ausente ni se espera para el futuro, y éste es el estado de los bienaventurados.
El sábado, que recordaba la primera creación, se mudó en el domingo, en el cual se conmemora la nueva criatura, incoada en la resurrección de Cristo. Asimismo, a las otras solemnidades de la ley antigua suceden nuevas solemnidades, porque los beneficios otorgados a aquel pueblo significan los beneficios a nosotros concedidos por Cristo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.103, a.3, sol/ ad 4)

  • ¿Cómo debe el cristiano guardar el sábado?

“Acuérdate de santificar el día del sábado”. Ya se dijo que así como los judíos celebran el sábado, así nosotros los cristianos celebramos el domingo y otras fiestas importantes. Veamos, pues, cómo debemos guardarlos. Y es de saberse que Dios no dice: Guarda el sábado, sino “acuérdate de santificar el sábado”.

Ahora bien, la palabra santo se toma en dos acepciones diferentes. En efecto, a veces santo es lo mismo que puro. Dice el Apóstol en 1Cor 6, 11: “Pero habéis sido lavados, pero habéis sido santificados”. A veces se llama santa a una cosa consagrada al culto de Dios, como un lugar, un tiempo, vestiduras y vasos sagrados. Así es que de estas dos maneras debemos celebrar las fiestas. O sea, con pureza de corazón y entregándonos al servicio divino.

Por lo mismo hay que considerar dos cosas en este precepto. Primeramente, en verdad, qué se debe evitar en día festivo; en segundo lugar, qué debe hacerse. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 98-100)

  • ¿Qué se debe evitar en el sábado?

Ahora bien, debemos evitar tres cosas. a) Primeramente el trabajo corporal. Jer 17, 22: “Santificaréis el sábado, no haciendo en ese día obra servil”, por lo cual también en la ley se dice —Lev 23, 25—: “Ninguna obra servil haréis ese día”. Obra servil es el trabajo corporal, porque una obra libre es un acto del alma, como entender y otros semejantes; y a esos actos ningún hombre puede ser constreñido.

Pero es de saberse que las obras corporales pueden hacerse en sábado por cuatro motivos. En primer lugar por necesidad. Por lo cual el Señor excusó a sus discípulos que habían cortado espigas en día sábado, como se dice en Mt 12, 3-7. En segundo lugar por la utilidad de la Iglesia. Por lo cual se dice en el mismo Evangelio (Mt 12, 5) que los sacerdotes hacían todas las cosas que eran necesarias en el templo en día sábado. En tercer lugar por la utilidad del prójimo. Por lo cual el Señor curó en sábado al hombre de la mano seca, y confundió a los judíos —que lo censuraban— con el ejemplo de la oveja, Mt 12, 11-12. En cuarto lugar por la autoridad de un superior. Por lo cual el Señor ordenó a los judíos que circuncidaran en día sábado, como se dice en Jn 7, 23.

  1. b) En segundo lugar debemos evitar el pecado. Jer 17, 21: “Guardad vuestras almas, y no llevéis cargas en día de sábado”. Ahora bien, el peso del alma, o sea, el peso malvado es el pecado: Sal 37, 5: “Pesan sobre mí como pesada carga”. Ahora bien, el pecado es una obra servil: en verdad, como se dice en Jn 8, 34: “El que comete pecado es siervo del pecado”. Por lo cual, cuando se dice: “Ninguna obra servil hagáis en ese día”, esto puede entenderse del pecado. Por lo cual obra contra este precepto el que peca en día de sábado, porque se ofende a Dios trabajando y pecando [en ese día], Is 1, 13-14: “El sábado y vuestras otras fiestas no las soportaré”. ¿Y por qué? Porque “son inicuas vuestras asambleas. Mi alma odia vuestras neomenias y vuestras festividades: se me han hecho molestas”.
  2. c) En tercer lugar debemos evitar la ociosidad. Eclo 33, 29: “La ociosidad enseña muchas maldades. San Jerónimo le dice a Rústico: “Ocúpate continuamente en cualquier obra buena, para que el diablo te encuentre ocupado”.(Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 100-103)
  • ¿Qué se debe hacer en sábado?

Ahora debemos decir en qué cosas hemos de ocuparnos: y son tres. a) Primeramente se deben hacer sacrificios. Por lo cual, en Num 28, 3-10, se dice que Dios ordenó que diariamente se ofreciera un cordero en la mañana, y otro en la tarde, pero que en sábado deberían duplicarse. Lo cual significa que en sábado debemos ofrecerle a Dios el sacrificio de todo lo que tenemos. 1Crón 29, 14: “Tuyas son todas las cosas, y lo que hemos recibido de tus manos, te lo damos”.

Por lo cual primero debemos ofrecer espontáneamente el alma doliéndonos de nuestros pecados: Sal 50, 19: “El sacrificio (agradable) a Dios es un corazón contrito”, y pidiendo beneficios (divinos): Sal 140, 2: “Señor, que mi oración se eleve como el incienso en tu presencia”. En efecto, el día de fiesta fue establecido para tener el gozo espiritual que produce la oración, por lo cual en ese día deben multiplicarse las oraciones.

En segundo lugar debemos mortificar nuestro cuerpo, y esto ayunando; Rom 12, I: “Os ruego, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos a Dios como hostia viva y santa”; alabando: Sal 49, 23: “El que me ofrezca un sacrificio de alabanza me honrará”; por lo cual en ese día deben multiplicarse los cantos (de alabanza).
En tercer lugar, debes sacrificar tus bienes, y esto dando limosnas. Heb 13, 16: “De la beneficencia y de la mutua asistencia no os olvidéis: con tales sacrificios se obliga a Dios”; y esto dos veces más que en otros días, porque entonces la alegría es general. Neh 8, 10: “Enviad partes a los que no prepararon para ellos, porque este es el santo día del Señor”.

  1. b) En segundo lugar en el estudio de las palabras del Señor, como los judíos mismos lo hacen ahora. Hch 13, 27: “Las palabras de los profetas que se leen cada sábado”. Por lo cual también los cristianos, cuya justicia debe ser más perfecta, deben concurrir a la predicación y al oficio de la Iglesia. Jn 8, 47: “El que es de Dios, oye las palabras de Dios”; además, hablan cosas de provecho: dice el Apóstol en Ef 4, 29: “No salga de vuestra boca palabra mala, sino que sea buena, para edificación”. En efecto, estas dos cosas son de provecho para el espíritu del pecador, porque cambian su corazón en mejor. Jer 23, 29: “Mis palabras son como fuego ardiente, dice el Señor, y como martillo que rompe una piedra”.

Ahora bien, lo contrario les ocurre aun a los perfectos si no dicen o no escuchan cosas de provecho. Dice el Apóstol en 1Cor 15, 33-34: “Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Vigilad, justos, y no pequéis”; y Sal 118, 11: “En mi corazón guardé tus palabras”. En efecto, la palabra (de Dios) instruye al ignorante: Sal 118, 105: “Tu palabra es para mis pies una lámpara”; e inflama al tibio: Sal 104, 19: “La palabra del Señor lo inflamó”.

  1. c) En tercer lugar, en divinos ejercicios. Por otra parte, esto es propio de los perfectos. Sal 33, 9: “Gustad y ved cuan dulce es el Señor”. Y esto por el descanso del espíritu. En efecto, así como el cuerpo fatigado desea el descanso, así también el alma. Ahora bien, el lugar del alma es Dios: Sal 30, 3: “Sed para mí un Dios protector y un lugar de refugio”. Heb 4, 9-10: “Así queda un descanso para el pueblo de Dios: porque el que ha entrado en su descanso, también descansará de sus obras, como Dios descansó de las suyas”. Sab 8, 16: “Entrando en mi casa descansaré en ella”.

Pero antes de que el alma alcance ese reposo, es necesario que le precedan tres descansos. El primero, de la turbación del pecado. Is 57, 20: “El corazón del impío es como un mar impetuoso, que no se puede apaciguar”. El segundo, de las pasiones de la carne; porque la carne apetece contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, como se dice en Gal 5, 27. El tercero, de las ocupaciones del mundo. Lc 10, 41: “Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas”. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 104-108)

  • No se puede dispensar precepto alguno del Decálogo en nombre del “bien común”

Según se dijo atrás (q.96 a.6; q.97 a.4) hay lugar a la dispensa cuando se presenta un caso particular en el cual la observancia literal de la ley resultase contraria a la intención del legislador. Ahora bien, la intención del legislador mira primero y principalmente al bien común; luego, a conservar el orden de la justicia y de la virtud, por el cual se conserva el bien común y se llega a él. Si, pues, se dan algunos preceptos que encierran la misma conservación de ese bien común y el orden mismo de la justicia y de la virtud, tales preceptos contienen la intención del legislador y no admiten dispensa alguna. Por ejemplo, si en la comunidad se diera un decreto de que nadie destruyese el Estado ni entregase la ciudad a los enemigos, que nadie ejecutase cosa mala o injusta, tales preceptos no serían dispensables. Pero si se diesen algunos preceptos ordenados al logro de estos fines, en los que se determinasen algunas especiales medidas, tales preceptos serían dispensables, por cuanto en algunos casos la no observancia de estos preceptos no traería ningún perjuicio a los que contienen la intención del legislador. Por ejemplo, si para la conservación del Estado se estableciese en una ciudad que, de cada barrio, algunos ciudadanos hiciesen guardia para la defensa de la ciudad asediada, se podría dispensar a algunos mirando a mayor utilidad.Pues bien, los preceptos del decálogo contienen la misma intención del legislador, esto es, de Dios, pues los preceptos de la primera tabla que se refieren a Dios, contienen el mismo orden al bien común y final, que es Dios.
Los preceptos de la segunda tabla contienen el orden de la justicia que se debe observar entre los hombres, a saber, que a ninguno se haga perjuicio y que se dé a cada uno lo que le es debido. En este sentido se han de entender los preceptos del decálogo. De donde se sigue que absolutamente excluyen la dispensa. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.100, a.8)

  • ¿La dispensa del sábado entre los Macabeos prueba que los preceptos del Decálogo pueden ser dispensados?

Entre los preceptos del decálogo está la observancia del sábado. Pero este precepto lo hallamos dispensado ya en el libro 1Mac, 2,41: “Y tomaron aquel día esta resolución: Todo hombre, quienquiera que sea, que en día de sábado viniera a pelear con nosotros, será de nosotros combatido”. Luego son dispensables los preceptos del decálogo.
[…] Aquella resolución fue más bien una interpretación del precepto que una dispensa. No se puede decir que viole el sábado el que ejecuta una obra necesaria para la salud de los hombres, como el Señor lo prueba en Mt 12, 3ss. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.100, a. 8, obj. 4.ad 4)

  • Los actos humanos son voluntarios, por eso tienen dimensión moral, sean los actos exteriores o su finalidad interior

Unos actos se llaman humanos porque son voluntarios, como se dijo (q.1 a.1). Ahora bien, en un acto voluntario se da un acto doble: un acto interior de la voluntad y un acto exterior; y cada uno de ellos tiene su objeto propio. Pero el objeto del acto interior voluntario es propiamente el fin, mientras que el objeto de la acción exterior es aquello sobre lo que versa. Pues bien, lo mismo que el acto exterior recibe la especie del objeto sobre el que versa, el acto interior de la voluntad recibe su especie del fin, como de su propio objeto. Ahora bien, igual que lo que procede de la voluntad se comporta como formal con respecto a lo que procede del acto exterior, porque la voluntad utiliza para obrar los miembros como instrumentos, también los actos exteriores sólo tienen razón de moralidad en cuanto que son voluntarios. Por tanto, la especie de un acto humano se considera formalmente según el fin, y materialmente según el objeto del acto exterior. Por eso dice el Filósofo en el V Ethic. que quien roba para cometer adulterio es, hablando propiamente, más adúltero que ladrón. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 18, a. 6)

  • Todo acto del hombre que procede de la razón deliberativa, considerado individualmente, es bueno o malo

A veces un acto es indiferente según la especie y, sin embargo, es bueno o malo considerado individualmente; precisamente porque el acto moral, como se dijo (a.3), no recibe la bondad sólo de su objeto, sino también de las circunstancias, que son como accidentes. Igual que algo conviene a un hombre individual en virtud de accidentes individuales, que no le conviene al hombre bajo la razón de especie. Y es necesario que todo acto individual tenga alguna circunstancia que lo acerque al bien o al mal, al menos desde la intención del fin; porque, como es propio de la razón ordenar, el acto que procede de la razón deliberativa, si no está ordenado al fin debido, por eso mismo se opone a la razón y tiene razón de mal; en cambio, si se ordena al fin debido, conviene con el orden de la razón, por lo que tiene razón de bien. Ahora bien, es necesario que se ordene o no al fin debido. Por consiguiente, es necesario que todo acto del hombre que procede de la razón deliberativa, considerado individualmente, sea bueno o malo.
[…] Todo fin pretendido por la razón deliberativa pertenece al bien de alguna virtud o al mal de algún vicio, pues todo lo que uno hace ordenadamente para sostenimiento o reposo de su cuerpo, se ordena al bien de la virtud en quien ordena su cuerpo al bien de la virtud. Y lo mismo vale en los otros casos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 18, a. 9; ad 3)

  • El pecado se da porque uno hace voluntariamente lo que no debe, o por no hacer lo que debe

Para el bien se requieren más cosas que para el mal: porque el bien resulta de la perfecta integridad de la causa; mas el mal, de cualquier defecto singular, como dice Dionisio, en el capítulo 4 De div. nom. Y así el pecado puede acontecer ya por hacer uno lo que no debe, ya por no hacer lo que debe. Mas el mérito no puede darse a no ser que uno haga voluntariamente lo que debe. Por eso el mérito no puede darse sin (algún) acto; mientras el pecado, sí.

Una cosa se dice voluntaria, no sólo porque recae sobre ella un acto de la voluntad, sino porque está en nuestra facultad el que se haga o no, como se dice en el libro III de los Éticos. De donde también se sigue que el mismo querer puede decirse voluntario, en cuanto está en la facultad del hombre querer y no querer. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 71, a. 5, ad 1-2)

  • Pecado es el acto humano que hiere la regla de la voluntad humana, es decir, la ley eterna, que rige la razón humana

Como es claro por lo dicho (a.l), el pecado no es otra cosa que un acto humano malo. Mas que un acto sea humano, le viene por ser voluntario, según consta por lo dicho anteriormente (q.1 a.1): ya sea voluntario, como elegido de la voluntad; ya (lo sea) como imperado por la misma, cual los actos exteriores, bien del hablar, o del obrar. Y al acto humano le viene el ser malo por carecer de la debida medida. Ahora bien; toda medida de cualquier cosa se toma por referencia a una regla, de la cual, si se separa, se dice desarreglado.
Mas la regla de la voluntad humana es doble: una próxima y homogénea, esto es, la misma razón humana; y otra, la regla primera, esto es, la ley eterna, que es como la razón de Dios. Y por eso Agustín, en la definición del pecado, puso dos cosas: una que pertenece a la sustancia del acto humano, lo cual es como material en el pecado: cuando dijo dicho, hecho o deseo; y otra que pertenece a la razón de mal, lo cual es como formal en el pecado: cuando dijo contra la ley eterna. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 71, a. 6)

… juzga la idea que tiene Francisco sobre la culpa de la Iglesia del cisma anglicano

  • El hereje que rechaza un solo artículo de fe no tiene el hábito de la fe

El hereje que rechaza un solo artículo de fe no tiene el hábito ni de la fe formada ni de la fe informe. Y la razón de ello está en el hecho de que la especie de cualquier hábito depende de la razón formal del objeto, y si ésta desaparece, desaparece también la especie del hábito. Pues bien, el objeto formal de la fe es la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de la Iglesia. Por eso, quien no se adhiere, como regla infalible y divina, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura, no posee el hábito de la fe, sino que retiene las cosas de la fe por otro medio distinto. Como el que tiene en su mente una conclusión sin conocer el medio de demostración, es evidente que no posee la ciencia de esa conclusión, sino tan sólo opinión.
Ahora bien, es evidente que quien se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible presta su asentimiento a todo cuanto enseña la Iglesia. De lo contrario, si de las cosas que enseña la Iglesia admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible, sino a su propia voluntad. Así, es del todo evidente que el hereje que de manera pertinaz rechaza un solo artículo no está preparado para seguir en su totalidad la enseñanza de la Iglesia (estaría, en realidad, en error y no sería hereje si no lo rechaza con pertinacia). Es, pues, evidente que el hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad.(Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 5, a. 3)

Por lo tanto, la negación pertinaz de un dogma la herejía es querer negar el asentimiento a Cristo
  • Dos maneras de desviar la rectitud de la fe cristiana

El que cree, asiente a las palabras de otro, parece que lo principal y como fin de cualquier acto de creer es aquel en cuya aserción se cree; son, en cambio, secundarias las verdades a las que se asiente creyendo en él. En consecuencia, quien profesa la fe cristiana tiene voluntad de asentir a Cristo en lo que realmente constituye su enseñanza. Pues bien, de la rectitud de la fe cristiana se puede uno desviar de dos maneras. La primera: porque no quiere prestar su asentimiento a Cristo, en cuyo caso tiene mala voluntad respecto del fin mismo. La segunda: porque tiene la intención de prestar su asentimiento a Cristo, pero falla en la elección de los medios para asentir, porque no elige lo que en realidad enseñó Cristo, sino lo que le sugiere su propio pensamiento. De este modo es la herejía una especie de infidelidad, propia de quienes profesan la fe de Cristo, pero corrompiendo sus dogmas.(Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.11, a.1)

Por lo que la herejía es pecado gravísimo, mayor que los demás
  • La infidelidad es el mayor pecado

Todo pecado, como hemos expuesto (I-II, q.71, a.6; q.73, a.3, ad 3), consiste en la aversión a Dios. De ahí que tanto más grave es el pecado cuanto más aleja al hombre de Dios. Ahora bien, la infidelidad es la que más aleja a los hombres de Dios, ya que les priva hasta de su auténtico conocimiento, y ese conocimiento falso de Dios no le acerca a Él, sino que le aleja. Ni siquiera puede darse que conozca a Dios en cuanto a algún aspecto quien tiene de Él una opinión falsa, ya que lo que piensa no es Dios. Es, pues, evidente que la infidelidad es el mayor pecado de cuantos pervierten la vida normal, cosa distinta a lo que ocurre con los pecados que se oponen a las otras virtudes teologales, como se verá después. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 3)

La herejía es además peor que el pecado de los judíos o de los paganos
  • Los herejes cometen un pecado más grave que los infieles que no conocen la fe

Está el testimonio de San Pedro: “Más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás (2 Pe 2,21)”. Ahora bien, los gentiles no conocieron el camino de la justicia; los herejes, en cambio, y los judíos, que de alguna manera lo conocieron, lo abandonaron. Su pecado es, por lo mismo, más grave.
En la infidelidad se pueden considerar dos cosas. Una de ellas, su relación con la fe.
Bajo este aspecto, peca más gravemente contra la fe quien hace frente a la fe recibida que quien se opone a la fe aún no recibida; de la misma manera que quien no cumple lo que prometió peca más gravemente que si no cumple lo que nunca prometió. Según esto, en su infidelidad, los herejes, que profesan la fe del Evangelio y la rechazan corrompiéndola, pecan más gravemente que los judíos que nunca la recibieron. Mas porque éstos la recibieron en figura en la ley antigua, y la corrompieron interpretándola mal, su infidelidad es por eso pecado más grave que la de los gentiles que de ningún modo recibieron la ley del Evangelio. Otra de las cosas a considerar en la infidelidad es la corrupción de lo que concierne a la fe. En este sentido, dado que los gentiles yerran en más cosas que los judíos, y éstos, a su vez, yerran en más cosas que los herejes, es más grave la infidelidad de los gentiles que la de los judíos, y la de éstos mayor aún que la de los herejes; si bien, quizás, haya que exceptuar a algunos de éstos, por ejemplo, a los maniqueos, quienes, aun en las cosas de fe, yerran más que los gentiles. De estos modos de gravedad en cuanto a la culpa debe anteponerse la primera a la segunda, puesto que, como hemos expuesto [a.1], la infidelidad tiene razón de culpa más por su resistencia a la fe que por su carencia de ella; esto, como hemos dicho (a.1), parece que atañe más a la pena. Así, pues, hablando en términos absolutos, la infidelidad de los herejes es la peor. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 6)

… juzga la idea de que nadie se salva solo que tiene Francisco

  • Para practicar el bien el hombre necesita el auxilio divino

Así, pues, en el estado de naturaleza íntegra el hombre sólo necesita una fuerza sobreañadida gratuitamente a sus fuerzas naturales para obrar y querer el bien sobrenatural. En el estado de naturaleza caída, la necesita a doble título: primero, para ser curado, y luego, para obrar el bien de la virtud sobrenatural, que es el bien meritorio. Además, en ambos estados necesita el hombre un auxilio divino que le impulse al bien obrar. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 2)

  • El hombre necesita el auxilio de la gracia para amar a Dios

Mas en el estado de naturaleza caída el hombre flaquea en este terreno, porque el apetito de la voluntad racional, debido a la corrupción de la naturaleza, se inclina al bien privado, mientras no sea curado por la gracia divina. Debemos, pues, concluir que el hombre, en estado de integridad, no necesitaba un don gratuito añadido a los bienes de su naturaleza para amar a Dios sobre todas las cosas, aunque sí necesitaba el impulso de la moción divina. Pero en el estado de corrupción necesita el hombre, incluso para lograr este amor, el auxilio de la gracia que cure su naturaleza. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 3)

… juzga la idea de Francisco de que dentro de otros cultos se obtienen beneficios espirituales y se da gloria a Dios

  • Se toleran los ritos de los infieles sólo para evitar algún mal mayor

No hay, en cambio, razón alguna para tolerar los ritos de los infieles, que no nos aportan ni verdad ni utilidad, a no ser para evitar algún mal, como es el escándalo, o la discordia que ello pudiera originar, o la oposición a la salvación de aquellos que, poco a poco, tolerados de esa manera, se van convirtiendo a la fe. Por eso mismo, en alguna ocasión, toleró también la Iglesia los ritos de los herejes y paganos: cuando era grande la muchedumbre de infieles. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.10, a. 11)

  • Si no hay distancia entre la oveja sarnosa y el aprisco, se pierde todo el ganado

En los herejes hay que considerar dos aspectos: uno, por parte de ellos; otro, por parte de la Iglesia. Por parte de ellos hay en realidad pecado por el que merecieron no solamente la separación de la Iglesia por la excomunión, sino también la exclusión del mundo con la muerte. En realidad, es mucho más grave corromper la fe, vida del alma, que falsificar moneda con que se sustenta la vida temporal. Por eso, si quienes falsifican moneda, u otro tipo de malhechores, justamente son entregados, sin más, a la muerte por los príncipes seculares, con mayor razón los herejes convictos de herejía podrían no solamente ser excomulgados, sino también entregados con toda justicia a la pena de muerte. Mas por parte de la Iglesia está la misericordia en favor de la conversión de los que yerran, y por eso no se les condena, sin más, sino después de una primera y segunda amonestación (Tit 3,10), como enseña el Apóstol. Pero después de esto, si sigue todavía pertinaz, la Iglesia, sin esperanza ya de su conversión, mira por la salvación de los demás, y los separa de sí por sentencia de excomunión. Y aún va más allá relajándolos al juicio secular para su exterminio del mundo con la muerte. A este propósito afirma San Jerónimo y se lee en el Decreto: Hay que remondar las carnes podridas, y a la oveja sarnosa hay que separarla del aprisco, no sea que toda la casa arda, la masa se corrompa, la carne se pudra y el ganado se pierda. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.11, a. 3)

  • El ayuno sirve para frenar la concupiscencia, elevar la mente y expiar los pecados

Se considera que un acto es virtuoso cuando se ordena, guiado por la razón, hacia un bien honesto. Esto se da en el ayuno, porque cumple tres fines principales. En primer lugar, sirve para frenar la concupiscencia. Por eso dice el Apóstol en el texto ya aducido (2 Cor 6, 5-6): En ayunos, en castidad, dado que el ayuno ayuda a conservar la castidad. En efecto, como dice San Jerónimo, sin Ceres y sin Baco languidece Venus, es decir, la lujuria se enfría mediante la abstinencia de comida y bebida. En segundo lugar, el ayuno hace que la mente se eleve a la contemplación de lo sublime. Por ello leemos, en Da 10,3ss, que recibió de Dios la revelación después de haber ayunado tres semanas. En tercer lugar, es bueno para satisfacer por los pecados. De ahí que se diga en Jl 2,12: Convertíos a mí de todo corazón, en ayuno, en llanto y en gemido. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II, q. 147, a. 1)

… juzga la idea de diálogo ecuménico que tiene Francisco

  • Es conveniente que la excomunión sea la pena del cismático

Cada cual debe ser castigado por lo que peca, como dice la Escritura (Sl 2, 17). Ahora bien, según hemos visto (a. 1), el cismático peca en dos cosas. La primera, por separarse de los miembros de la Iglesia. Bajo este aspecto es conveniente que la excomunión sea la pena del cismático. La segunda cosa en que peca es por resistirse a someterse a la cabeza de la Iglesia. Por eso, dado que se resiste a dejarse corregir por la potestad espiritual, es justo que lo sea por el poder temporal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.37, a.4)

  • Así como el que bebe el cáliz del Señor se hace uno con Él, El que bebe el cáliz de los demonios se hace uno con ellos

Así es, que efectivamente somos una sola cosa [con Cristo] en su Cuerpo Místico. […] Es, pues, su razonamiento de este tenor: así como el que bebe el cáliz del Señor se hace uno con Él, de la misma manera el que bebe el cáliz de los demonios se hace uno con ellos. Pero si hay cosa que más deba huirse es la unidad con los demonios. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Primera Epístola a los Corintios, 1 Cor 10, 14-17, lec.4)

  • El diálogo con los no católicos debe ser hecho sólo por quien es firme en la fe y con el fin de la conversión de aquellos

Si se trata, efectivamente, de cristianos firmes en la fe, hasta el punto de que de su comunicación con los infieles se pueda esperar más bien la conversión de éstos que el alejamiento de aquéllos de la fe, no debe impedírseles el comunicar con los infieles que nunca recibieron la fe, es decir, con los paganos y judíos, sobre todo cuando la necesidad apremia. Si, por el contrario, se trata de fieles sencillos y débiles en la fe, cuya perversión se pueda temer como probable, se les debe prohibir el trato con los infieles; sobre todo se les debe prohibir que tengan con ellos una familiaridad excesiva y una comunicación innecesaria. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.10, a.9)

… juzga la idea modernista de Francisco de que la fe se construye y no se recibe

  • Esta es la causa de la fe: Dios revela la verdad, y mueve interiormente a aceptarla

Para que se dé la fe se requieren dos condiciones. Primera: que se le propongan al hombre cosas para creer; esto se requiere para creer algo de manera explícita. Segunda: el asentimiento del que cree a lo que se le propone. En cuanto a la primera condición, es necesario que la fe venga de Dios, porque las verdades de fe exceden la razón humana. Por eso no caen dentro de la contemplación del hombre si Dios no las revela. A algunos les son reveladas de manera inmediata por Dios, como sucede en el caso de los apóstoles y profetas; a otros, en cambio, se las propone Dios mediante los predicadores de la fe por El enviados, a tenor de las palabras del Apóstol: ¿Cómo oirán sin que se les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? (Rom 10, 15). En cuanto a la segunda condición, es decir, el asentimiento del creyente a las verdades de fe, se puede considerar doble causa. Una de ellas induce exteriormente, como el milagro presenciado o la persuasión del hombre que induce a la fe. Pero ninguno de esos motivos es causa suficiente, pues entre quienes ven un mismo milagro y oyen la misma predicación, unos creen y otros no. Por eso es preciso asignar otra causa interna que desde dentro mueva al hombre a asentir a la verdad de fe. Según los pelagianos, esa causa sería únicamente el libre albedrío, y por eso decían: el comienzo de la fe radica en nosotros, que estamos dispuestos a asentir a las cosas de fe; la consumación, en cambio, viene de Dios, que nos propone lo que debemos creer. Pero esto es falso, porque, para asentir a las verdades de fe, el hombre es elevado sobre su propia naturaleza, y por eso es necesario que haya en él un principio sobrenatural que le mueva desde dentro, y ese principio es Dios. Por lo tanto, la fe, para prestar ese asentimiento, que es su acto principal, proviene de Dios, que desde dentro mueve al hombre por la gracia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 6, a. 1)

… juzga la idea de Francisco de que Dios no condena nunca

  • Aquellos que obran con malicia no merecen la vida futura

Los efectos de los contrarios son contrarios entre sí: A las obras de la virtud se oponen la obras de la malicia y, por consiguiente, la desdicha a que se llega por las obras de la malicia es contraria a la felicidad que merecen las obras virtuosas. Los contrarios son de un mismo género, y como la dicha suprema, que se alcanza por las obras virtuosas, es un bien de la vida futura y no de la vida presente, es necesario que la desdicha suma, a donde conduce la malicia, sea un mal de la vida futura. (Santo Tomás de Aquino. Compendio de Teología, cap. 173)

  • El que no persevera en la disciplina o corrección no es hijo de Dios

Acerca de lo primero hace este raciocinio: todos los santos, que agradaron a Dios, pasaron por muchas tribulaciones, para llegar a hijos de Dios. Luego el que no persevera en la disciplina o corrección no es hijo, sino bastardo, esto es, nacido de adulterio. De este razonamiento pone solamente la conclusión: “si estáis fuera de la corrección de que todos los justos participaron, bien se ve que sois bastardos, y no hijos legítimos”; pues “todos los que quieren vivir virtuosamente, según Jesucristo, han de padecer persecución” (2 Tim 3, 12; Jud 8). Ni es preciso que las tribulaciones que padecen los santos hayan de ser siempre exteriores, cuando no faltan las interiores ocasionadas del trato y mal ejemplo de los hombres perversos; como el justo Lot “a quien estos hombres abominables [de Sodoma y Gomorra] afligían y perseguían con su vida infame” (2 Pe 2, 7). (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta de San Pablo a los Hebreos, lec. 2, Heb 12, 511)

… juzga la idea de gracia que tiene Francisco

  • El hombre para vivir rectamente necesita un doble auxilio de la gracia de Dios

El hombre para vivir rectamente necesita un doble auxilio de la gracia de Dios. El primero es el de un don habitual por el cual la naturaleza caída sea curada y, una vez curada, sea además elevada, de modo que pueda realizar obras meritorias para la vida eterna, superiores a las facultades de la naturaleza. El segundo es un auxilio de gracia por el cual Dios mueve a la acción. Ahora bien, el hombre que está en gracia no necesita otro auxilio de la gracia, en el sentido de un nuevo hábito infuso. Pero sí necesita un nuevo auxilio en el segundo sentido, es decir, necesita ser movido por Dios a obrar rectamente. Y lo necesita por dos razones. La primera, de orden general, es que, como ya dijimos (a. 1), ninguna cosa creada puede producir acto alguno a no ser en virtud de la moción divina. La segunda es una razón específica, basada en la condición presente de la naturaleza humana. Porque, si bien esta naturaleza ha sido restaurada por la gracia en cuanto a la mente, aún queda en nosotros la corrupción y la infección de la carne, la cual sirve a la ley del pecado. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 9)

  • Quien niega que necesitamos la gracia de Dios debe ser anatematizado por todos

A quien niega que necesitemos orar para no caer en la tentación (y lo niega quien sostiene que no se necesita la ayuda de la gracia de Dios para no pecar, sino que, supuesto el conocimiento de la ley, basta la voluntad humana), no dudo en afirmar que nadie debe prestarle oídos y que debe ser anatematizado por todos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 8)

  • El hombre necesita el auxilio divino que es la gracia para conseguir el último fin

Ningún instrumento puede llegar a la perfección última en virtud de su propia forma, sino sólo en virtud del agente principal, aunque por propia virtud pueda disponer de algún modo a la última perfección. Por ejemplo, el cortar la madera procede de la sierra en razón de su propia forma, pero la figura de escaño procede del arte, que se sirve del instrumento; análogamente, la disolución y la corrupción en el cuerpo del animal proceden del calor del fuego, pero la generación de la carne, la determinación del aumento y otras cosas por el estilo proceden del alma vegetativa, que se sirve del calor del fuego como de un instrumento. Ahora bien, todos los entendimientos y todas las voluntades se clasifican bajo Dios —que es el primer entendimiento y la primera voluntad— como instrumentos bajo el agente principal. Luego es preciso que sus operaciones no tengan eficacia en orden a la perfección última, que es la consecución de la bienaventuranza final, si no es por virtud divina. En consecuencia, la naturaleza racional necesita el auxilio divino para conseguir el último fin. […] Tal auxilio es dado al hombre gratuitamente; por lo cual recibe oportunísimamente el nombre de gracia. Por eso dice el Apóstol: “Pero si por gracia, ya no es por las obras, porque entonces la gracia ya no sería gracia”. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, L. III, c. 147.150)

  • No se puede obtener la vida eterna sino por la gracia de Dios

La gracia de Dios es vida eterna. Porque habiendo dicho que los justos tendrán vida eterna, la cual ciertamente no se puede obtener sino por la gracia, por eso el hecho mismo de que obremos el bien y de que nuestras obras merecen la vida eterna, es por la gracia de Dios. Por eso también se dice en el Salmo 83,12: “La gracia y la gloria dará el Señor”. Y así, nuestras obras si se consideran en su naturaleza y en cuanto que proceden del libre albedrío del hombre, no merecen de condigno la vida eterna, sino tan sólo en cuanto que proceden de la gracia del Espíritu Santo. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Romanos, lec. 4, Rom 6, 19-23)

  • El hombre no puede producir obras meritorias proporcionadas a la vida eterna, necesita de la fuerza de la gracia

Para que nuestros actos nos conduzcan a un fin tienen que ser proporcionados a este fin. Por otra parte, ningún acto sobrepasa la medida de su principio activo. Y así vemos en las cosas naturales que ninguna alcanza a producir con su propia operación un efecto superior a su capacidad activa, sino únicamente efectos proporcionados a esta capacidad. Ahora bien, la vida eterna es un fin que sobrepasa la naturaleza humana y que no guarda proporción con ella, como consta por lo ya dicho (q. 5, a. 5). Luego el hombre, con sus recursos naturales, no puede producir obras meritorias proporcionadas a la vida eterna. Para esto necesita una fuerza superior, que es la fuerza de la gracia. Sin la gracia, pues, no puede el hombre merecer la vida eterna. […] Es cierto que la vida eterna se consigue con buenas obras, pero estas obras se deben, a su vez, a la gracia de Dios, ya que, como queda dicho (a. 4), para cumplir los mandatos de la ley según el modo que se requiere para que sea meritorio, se necesita la gracia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 5)

  • El hombre no puede levantarse del pecado sin el auxilio de la gracia

Si el hombre tiene una naturaleza que por sí misma puede alcanzar la justicia, también Cristo “murió en vano” o innecesariamente. Pero esta conclusión es inadmisible. Luego el hombre no puede justificarse por sí mismo, es decir, no puede volver del estado de culpa al estado de justicia. El hombre no puede en modo alguno levantarse por sí mismo del pecado sin el auxilio de la gracia. Porque, aunque el pecado es un acto transitorio, deja la huella permanente del reato, como vimos arriba (q. 87, a. 6), y por eso, para levantarse del pecado, no basta cesar en el acto de pecar, sino que se ha de reponer en el hombre aquello que perdió pecando. Ahora bien, por el pecado incurre el hombre en un triple detrimento, como consta por lo dicho arriba, a saber, la mancha, el deterioro de la bondad natural y el reato de pena. En efecto, incurre en la mancha, porque es privado de la belleza de la gracia por la deformidad del pecado. Se deteriora la bondad de su naturaleza, porque ésta cae en el desorden al no someterse su voluntad a la de Dios, ya que, si falta esta sumisión, toda la naturaleza del hombre que peca queda desordenada. Finalmente, el reato de pena sobreviene porque el hombre, al pecar mortalmente, se hace merecedor de la condenación eterna. Ahora bien, es manifiesto que cada uno de estos tres males no puede ser reparado sino por la acción de Dios. En primer lugar, la belleza de la gracia proviene de la luz de la iluminación divina, y no puede recuperarse más que si Dios ilumina de nuevo el alma. Se requiere, por tanto, un don habitual, que es la luz de la gracia. A su vez, el orden natural por el que el hombre se somete a Dios no puede restablecerse más que atrayendo Dios hacia sí la voluntad del hombre, como ya dijimos (a. 6). En tercer lugar, el reato de la pena eterna no puede ser perdonado sino por Dios, ya que contra Él se cometió la ofensa y Él es el juez de los hombres. Por consiguiente, para que el hombre resurja del pecado se requiere el auxilio de la gracia, como don habitual y como moción interior divina. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 7)

  • Sin la gracia no hay remisión de la culpa

El hombre que peca ofende a Dios, como ya vimos (q. 71, a. 6; q. 87, a. 3). Más para que una ofensa se perdone es necesario que el ánimo del ofendido se apacigüe con respecto al culpable. Y así decimos que nuestros pecados son perdonados cuando Dios se apacigua hacia nosotros. Pues bien, esta paz consiste en el amor que Dios nos tiene. Y este amor, en cuanto acto divino, es eterno e inmutable; pero en cuanto al efecto que produce en nosotros es susceptible de interrupción, puesto que a veces lo perdemos y luego lo recobramos de nuevo. Ahora bien, el efecto que el amor divino produce en nosotros, y que el pecado destruye, es la gracia, que nos hace dignos de la vida eterna, cuyas puertas nos cierra el pecado mortal. En consecuencia, es imposible entender la remisión de la culpa sin la infusión de la gracia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 113, a. 2)

  • Sin la gracia no hacen los hombres absolutamente ningún bien sobrenatural

No puede el hombre observar los preceptos legales ni en el estado de naturaleza íntegra ni en el de naturaleza corrupta. De aquí que San Agustín, habiendo dicho en el libro De corrept. et gratia que sin la gracia no hacen los hombres absolutamente ningún bien, añade: porque necesitan de ella no sólo para que, bajo su dirección, sepan lo que deben obrar, sino también para que, con su ayuda, cumplan por amor lo que saben. En ambos estados, para observar los mandamientos, necesitan además el impulso motor de Dios, como ya queda dicho (a. 2.3). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 4)

  • No consigue la gracia quien por su culpa se sujeta a la servidumbre del pecado

Quien se sujeta a los sacramentos de Cristo consigue la gracia por la propia virtud de ellos, para no estar bajo la Ley sino bajo la gracia, a no ser que por su culpa se sujete a la servidumbre del pecado. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Romanos, lec. 3, Rom 6, 11-18)

  • Por revelación o por indicios se puede saber que sí se tiene la gracia

De tres maneras podemos conocer una cosa. En primer lugar, por revelación. Y de este modo se puede saber que se tiene la gracia. Porque Dios se lo revela a veces a algunos por un especial privilegio, para que ya en esta vida empiecen a disfrutar del gozo de la seguridad, para que emprendan grandes obras con más confianza y energía y para que soporten con más valor los males de la vida presente, de acuerdo con aquello que se le dijo a San Pablo según 2 Cor 12, 9: “Te basta mi gracia”. En segundo lugar, puede conocerse una cosa por sí misma y con certeza. Y de este modo nadie puede saber que tiene la gracia. Porque para conocer algo con certeza hay que estar en condiciones de verificarlo a la luz de su principio propio. Pues es así como se obtiene un conocimiento cierto de las conclusiones demostrables partiendo de principios indemostrables, y nadie puede saber que posee la ciencia de una conclusión si ignora los principios de la misma. Ahora bien, el principio de la gracia, como también su objeto, es Dios mismo, que por su propia excelencia nos es desconocido, según aquello de Job 36, 26: “Dios es tan grande que rebasa nuestra ciencia.” Y así, su presencia en nosotros, lo mismo que su ausencia, no puede ser conocida con certeza, como lo señala también Job 9,11: Si viene a mí no le veo; si se aleja de mí no lo advierto. De aquí que el hombre no puede juzgar con certeza si posee la gracia, de acuerdo con aquello de 1 Cor 4, 3: Ni aun a mí mismo me juzgo; quien me juzga es el Señor. En tercer lugar, una cosa puede ser conocida de manera conjetural por medio de indicios. Y de esta suerte sí puede el hombre conocer que posee la gracia, porque advierte que su gozo se encuentra en Dios y menosprecia los placeres del mundo, y porque no tiene conciencia de haber cometido pecado mortal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 112, a. 5)

… juzga la idea de Francisco de que las diferencias entre católicos y protestantes son meramente de interpretación

  • Los sacramentos existen para edificar la Iglesia de Cristo. No está permitido usarlos para fundar otra Iglesia o transmitir otra fe

Los Apóstoles y sus sucesores son vicarios de Dios en el gobierno de la Iglesia, constituida sobre la fe y los sacramentos de la fe. Por tanto, de la misma manera que a ellos no les es permitido fundar otra Iglesia, tampoco les es permitido transmitir otra fe, ni instituir otros sacramentos, pues se dice que la Iglesia de Cristo ha sido construida por los sacramentos que brotaron del costado de Cristo pendiente de la cruz. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, a. 64, a. 2, ad. 3)

  • El bautismo existe para que los hombres se incorporen a Cristo. Luego todo bautizado tiene el deber grave de incorporarse plenamente a su Cuerpo Místico

Los hombres están obligados a todo aquello sin lo cual no pueden conseguir la salvación. Ahora bien, está claro que nadie puede conseguir la salvación más que por Cristo, por lo que el Apóstol en Rm 5, 18 dice: “Como por el delito de uno solo llegó la condenación a todos los hombres, así por la justicia de uno solo llega a todos los hombres la justificación de la vida”. Pero el bautismo se da precisamente para esto, para que el hombre regenerado por Cristo se incorpore a él y se convierta en un miembro suyo; por lo que se dice en Ga 3, 17: “Los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de él”. Luego es claro que todos están obligados a recibir el bautismo y que sin él no hay salvación para los hombres. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 68, a. 1)

  • Dos modos de recibir la Eucaristía

Hay dos modos de comer este Sagrado Manjar: sacramental y espiritual. Hay unos, pues, que lo comen de ambos modos, es a saber, son aquellos que toman el sacramento de tal suerte que de su esencia participan, esto es, de la caridad, por la cual hay unidad en la Iglesia; y de éstos se entiende lo de San Juan.
Otros solo sacramentalmente, es a saber, aquellos que lo comen de tal suerte que no tocan el meollo, esto es, no tienen la caridad, y de los tales se entiende lo que aquí dice San Pablo: “quien lo come y lo bebe indignamente se traga y bebe su propia condenación”.
Además de estos dos modos, hay otro tercero de tomar el Sacramento, por accidente llamado, esto es, cuando se toma no tal como sacramento, lo que acaece de tres modos:
a) como cuando un fiel toma por no consagrada una hostia consagrada. El tal ya tiene costumbre de usar de este Sacramento, mas no como sacramento lo usa en el dicho momento.
b) como cuando un infiel, que fe no tiene ninguna acerca del Sacramento, toma la hostia consagrada.(Santo Tomás de Aquino. Comentario a la primera epístola a los Corintios, lec. 7, 1 Cor 11, 27-34)

  • Quien recibe este Sacramento está unido a Cristo e incorporado a sus miembros

En este sacramento, como en los otros, lo que es sacramento es signo de lo que es la cosa producida por el sacramento. Ahora bien, la cosa producida por este sacramento es doble, como se ha dicho ya. Una, significada y contenida en el sacramento, y que es el mismo Cristo. Otra, significada y no contenida, y que es el cuerpo místico de Cristo: la sociedad de los santos. Por tanto, quienquiera que recibe este sacramento, por el mero hecho de hacerlo, significa que está unido a Cristo e incorporado a sus miembros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 80, a. 4)

  • La fe eucarística hace que los hijos de la Iglesia se unan mutuamente

Este sacramento tiene un triple significado. Uno, con respecto al pasado, en cuanto que es conmemoración de la pasión del Señor, que fue un verdadero sacrificio, como se ha dicho ya. En este sentido se le llama sacrificio. El segundo, con respecto al presente, y es la unidad eclesial, en la que los hombres quedan congregados por este sacramento. Y, en este sentido, se le denomina communio o synaxis. Y así, dice San Juan Damasceno en el IV libro que se la llama comunión porque por ella comulgamos con Cristo, por ella participamos de su carne y de su divinidad, y por ella comulgamos y nos unimos mutuamente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 73, a. 4)

Tomada como hábito, la fe se puede considerar de dos maneras. La primera, por parte del objeto. Así considerada, la fe es una, porque su objeto formal es la Verdad primera, y adhiriéndonos a ella creemos las verdades que contiene la fe. [ …] Y aunque las verdades de fe que todos comúnmente creen son diversas, todas ellas pueden reducirse a unidad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 4, a. 6)

El hereje que rechaza un solo artículo de fe no tiene el hábito ni de la fe formada ni de la fe informe. Y la razón de ello está en el hecho de que la especie de cualquier hábito depende de la razón formal del objeto, y si ésta desaparece, desaparece también la especie del hábito. Pues bien, el objeto formal de la fe es la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura y en la enseñanza de la Iglesia. Por eso, quien no se adhiere, como regla infalible y divina, a la enseñanza de la Iglesia, que procede de la Verdad primera revelada en la Sagrada Escritura, no posee el hábito de la fe, sino que retiene las cosas de la fe por otro medio distinto. Como el que tiene en su mente una conclusión sin conocer el medio de demostración, es evidente que no posee la ciencia de esa conclusión, sino tan sólo opinión.
Ahora bien, es evidente que quien se adhiere a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible presta su asentimiento a todo cuanto enseña la Iglesia. De lo contrario, si de las cosas que enseña la Iglesia admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible, sino a su propia voluntad. Así, es del todo evidente que el hereje que de manera pertinaz rechaza un solo artículo no está preparado para seguir en su totalidad la enseñanza de la Iglesia (estaría, en realidad, en error y no sería hereje si no lo rechaza con pertinacia). Es, pues, evidente que el hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 5, a. 3)

El que cree, asiente a las palabras de otro, parece que lo principal y como fin de cualquier acto de creer es aquel en cuya aserción se cree; son, en cambio, secundarias las verdades a las que se asiente creyendo en él. En consecuencia, quien profesa la fe cristiana tiene voluntad de asentir a Cristo en lo que realmente constituye su enseñanza. Pues bien, de la rectitud de la fe cristiana se puede uno desviar de dos maneras. La primera: porque no quiere prestar su asentimiento a Cristo, en cuyo caso tiene mala voluntad respecto del fin mismo. La segunda: porque tiene la intención de prestar su asentimiento a Cristo, pero falla en la elección de los medios para asentir, porque no elige lo que en realidad enseñó Cristo, sino lo que le sugiere su propio pensamiento. De este modo es la herejía una especie de infidelidad, propia de quienes profesan la fe de Cristo, pero corrompiendo sus dogmas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.11, a.1)

Todo pecado, como hemos expuesto (I-II, q.71, a.6; q.73, a.3, ad 3), consiste en la aversión a Dios. De ahí que tanto más grave es el pecado cuanto más aleja al hombre de Dios. Ahora bien, la infidelidad es la que más aleja a los hombres de Dios, ya que les priva hasta de su auténtico conocimiento, y ese conocimiento falso de Dios no le acerca a Él, sino que le aleja. Ni siquiera puede darse que conozca a Dios en cuanto a algún aspecto quien tiene de Él una opinión falsa, ya que lo que piensa no es Dios. Es, pues, evidente que la infidelidad es el mayor pecado de cuantos pervierten la vida normal, cosa distinta a lo que ocurre con los pecados que se oponen a las otras virtudes teologales, como se verá después. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 3)

Está el testimonio de San Pedro: ‘Más les hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás (2 Pe 2,21)’. Ahora bien, los gentiles no conocieron el camino de la justicia; los herejes, en cambio, y los judíos, que de alguna manera lo conocieron, lo abandonaron. Su pecado es, por lo mismo, más grave.
En la infidelidad se pueden considerar dos cosas. Una de ellas, su relación con la fe.
Bajo este aspecto, peca más gravemente contra la fe quien hace frente a la fe recibida que quien se opone a la fe aún no recibida; de la misma manera que quien no cumple lo que prometió peca más gravemente que si no cumple lo que nunca prometió. Según esto, en su infidelidad, los herejes, que profesan la fe del Evangelio y la rechazan corrompiéndola, pecan más gravemente que los judíos que nunca la recibieron. Mas porque éstos la recibieron en figura en la ley antigua, y la corrompieron interpretándola mal, su infidelidad es por eso pecado más grave que la de los gentiles que de ningún modo recibieron la ley del Evangelio. Otra de las cosas a considerar en la infidelidad es la corrupción de lo que concierne a la fe. En este sentido, dado que los gentiles yerran en más cosas que los judíos, y éstos, a su vez, yerran en más cosas que los herejes, es más grave la infidelidad de los gentiles que la de los judíos, y la de éstos mayor aún que la de los herejes; si bien, quizás, haya que exceptuar a algunos de éstos, por ejemplo, a los maniqueos, quienes, aun en las cosas de fe, yerran más que los gentiles. De estos modos de gravedad en cuanto a la culpa debe anteponerse la primera a la segunda, puesto que, como hemos expuesto (a.1), la infidelidad tiene razón de culpa más por su resistencia a la fe que por su carencia de ella; esto, como hemos dicho (a.1), parece que atañe más a la pena. Así, pues, hablando en términos absolutos, la infidelidad de los herejes es la peor. (Santo Tomás de Aquino, II-II, q.10, a.6)

… juzga la idea de Francisco de que Dios ama al pecador sin condiciones

  • La blasfemia es la negación de alguna bondad divina e impide el honor divino

El concepto de blasfemia parece implicar cierta negación de alguna bondad excelente, y sobre todo de la divina. Pero Dios, como afirma Dionisio en De div. nom., es la esencia misma de la bondad, y por eso, lo que compete a Dios pertenece a su bondad; lo que no le compete, en cambio, queda lejos de la razón perfecta de bondad, que constituye su esencia. Por lo tanto, todo el que o niega algo que compete a Dios o afirma de él lo que no le pertenece, deroga la bondad divina. […] Si se manifiesta al exterior por el lenguaje, es la blasfemia verbal. En este segundo sentido se opone la blasfemia a la confesión de fe. […] Quien habla contra Dios con intención de inferirle un insulto, deroga la bondad divina no sólo en la verdad del entendimiento, sino también según la perversidad de la voluntad, que detesta e impide, en cuanto puede, el honor divino. Esta es la blasfemia consumada. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 13, a. 1)

  • La blasfemia se opone a la caridad divina

Está el testimonio del Levítico: “Quien blasfemare el nombre de Yahveh, será muerto” (Lv 24,16). Ahora bien, la pena de muerte no se aplica sino por pecado mortal. En consecuencia, la blasfemia es pecado mortal. Según hemos expuesto (I-II 72, 5), por el pecado mortal se aparta el hombre del primer principio de la vida espiritual, que es la caridad de Dios. De ahí que lo que es contrario a la caridad es en su género pecado mortal. La blasfemia, por su género, se opone a la caridad divina, ya que, como hemos dicho (a. 1), deroga la bondad divina, objeto de la caridad. En consecuencia, la blasfemia es, por su género, pecado mortal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 13, a. 2)

  • La blasfemia conlleva la gravedad de la infidelidad

Está el comentario de la Glosa al texto de Isaías al pueblo terrible (Is 18, 2), que dice: Todo pecado, comparado con la blasfemia, es leve. Como ya hemos expuesto (a. 1), la blasfemia se opone a la confesión de fe; por eso conlleva la gravedad de la infidelidad. Y el pecado se agrava si sobreviene la repulsa de la voluntad, y todavía más si prorrumpe en palabras; de la misma manera que la alabanza de la fe se acrecienta por el amor y la confesión. Por eso, siendo la infidelidad el máximo pecado en su género, como hemos dicho (II-II 10, 3), también lo es la blasfemia, que pertenece a su género y lo agrava. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 13, a. 3)

  • Al condenado, detestando la justicia divina, se le agrega la blasfemia

Los condenados conservarán la voluntad perversa apartada de la justicia de Dios, ya que aman aquello por lo que están castigados y querrían disfrutar de ello, si pudieran, odiando las penas que se les infligen por sus pecados. Se duelen, sin embargo, de los pecados cometidos, no porque los detesten, sino porque son castigados por ellos. Por lo tanto, esa detestación de la justicia de Dios constituye en ellos la blasfemia interior del corazón, y es creíble que, después de la resurrección, proferirán también la blasfemia oral, lo mismo que los santos la alabanza vocal de Dios. […] Quien muere en pecado mortal, lleva consigo una voluntad en situación de detestar la justicia divina en algún aspecto. Por ese motivo podrá agregársele la blasfemia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 13, a. 4)

… juzga la idea de Francisco de que solamente se puede evangelizar con dulzura

  • Quien predica la verdad siempre es importuno para los malos

Digamos que el predicador ha de predicar siempre oportunamente, si se ajusta a la regla de la verdad, mas no si se rige por la falsa estimación de los oyentes, que juzgarán la verdad como importunidad; porque el que predica la verdad siempre es para los buenos oportuno, para los malos importuno. “Quien es de Dios escucha la palabra de Dios; por eso vosotros no la escucháis, porque no sois de Dios” (Jn 8, 47). “¡Oh, cuan sumamente áspera es la sabiduría para los hombres necios!” (Eclo 6, 21). Si el hombre tuviese que aguardar coyuntura para hablar solamente a los que quieren escuchar, aprovecharía sólo a los justos; mas es menester que a sus tiempos predique también a los malos para que se conviertan. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Epístola a Timoteo, cap. 4, lec. 1)

  • Los mal dispuestos han de ser conducidos por la fuerza y el miedo

El hombre tiene por naturaleza una cierta disposición para la virtud; pero la perfección de esta virtud no la puede alcanzar sino merced a la disciplina. Es lo que pasa con las necesidades primarias, tales como las del alimento y el vestido, a las que el hombre ha de subvenir con su personal industria. Pues aunque la naturaleza le dotó para ello de los primeros medios, que son la razón y las manos, no le dio el trabajo ya hecho, como a los demás animales, bien surtidos por naturaleza de abrigo y comida. Ahora bien, no es fácil que cada uno de los individuos humanos se baste a sí mismo para imponerse aquella disciplina. Porque la perfección de la virtud consiste ante todo en retraer al hombre de los placeres indebidos, a los que se siente más inclinado, particularmente en la edad juvenil en que la disciplina es también más eficaz. De ahí que esta disciplina conducente a la virtud ha de serle impuesta al hombre por los demás. Pero con cierta diferencia. Porque para los jóvenes que, por su buena disposición, por la costumbre adquirida o, sobre todo, por un don divino, son inclinados a las obras de virtud, basta la disciplina paterna, que se ejerce mediante admoniciones. Mas como hay también individuos rebeldes y propensos al vicio, a los que no es fácil persuadir con palabras, a éstos era necesario retraerlos del mal mediante la fuerza y el miedo, para que así, desistiendo, cuando menos, de cometer sus desmanes, dejasen en paz a los demás, y ellos mismos, acostumbrándose a esto, acabaran haciendo voluntariamente lo que antes hacían por miedo al castigo, llegando así a hacerse virtuosos. […] A los hombres bien dispuestos se les induce más eficazmente a la virtud recurriendo a la libre persuasión que a la coacción. Pero entre los mal dispuestos hay quienes sólo por la coacción pueden ser conducidos a la virtud. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 95, a. 1)

… juzga la idea de anunciar el Evangelio que tiene Francisco

  • La verdad del intelecto divino —criterio de que todo lo demás sea verdadero— es inmutable

La verdad hay que analizarla con respecto al entendimiento, cuya verdad consiste en que tenga conformidad con las cosas conocidas. Y dicha conformidad puede cambiar de dos maneras, lo mismo que cualquier otra semejanza, según el cambio de uno de los términos de la comparación. Una manera, por parte del entendimiento, que se tenga una u otra opinión de una misma cosa. La otra manera, si, manteniendo la misma opinión de una cosa, esa cosa no cambia. Por lo tanto, si hay algún entendimiento en el que no pueda darse un cambio de opinión, o al que no se le escape nada, en él la verdad es inmutable. Como se demostró (q.14, a.15), un entendimiento así lo es el divino. Por eso, la verdad del entendimiento divino es inmutable. […] La verdad del entendimiento divino, criterio de que todo lo demás sea o no sea verdadero, es completamente inmutable. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 16, a. 7)

  • La Iglesia no puede incurrir en error para que necesite cambiar de actitud

La Iglesia universal no puede incurrir en error, ya que está gobernada por el Espíritu Santo, Espíritu de verdad. Así lo prometió el Señor a sus discípulos diciendo: “Cuando venga El, el Espíritu de verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16, 13). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 1, a. 9)

… juzga la idea de “Pan de Vida” que tiene Francisco

  • Jesús nos une en este sacramento por la realidad de su cuerpo y de su sangre

Mientras tanto, sin embargo, no ha querido privarnos de su presencia corporal en el tiempo de la peregrinación, sino que nos une con él en este sacramento [de la Eucaristía] por la realidad de su cuerpo y de su sangre. Por eso dice en Jn 6, 57: Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Por tanto, este sacramento es signo de la más grande caridad y aliento de nuestra esperanza, por la unión tan familiar de Cristo con nosotros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 75, a. 1)

  • En la Eucaristía está todo el cuerpo de Cristo

En virtud del sacramento [de la Eucaristía], en este sacramento se contiene, en lo que se refiere a los alimentos del pan, no solamente la carne, sino todo el cuerpo de Cristo, o sea, los huesos, los nervios, etc. Y esto se deduce por la forma de este sacramento, en la que no se dice ésta es mi carne, sino esto es mi cuerpo. Y, por eso, cuando dice el Señor en Jn 6, 56: Mi carne es verdadera comida, la palabra carne se toma allí por todo el cuerpo, ya que, hablando de comer, parece que la palabra carne se acomoda mejor al uso humano. De hecho, los hombres comen de ordinario carne de animales, no huesos ni partes semejantes. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 76, a. 1, sol. 2)

… juzga la idea de Francisco de que Jesús es solamente misericordia

  • En todo lo que Dios hace es necesario que esté presente la justicia

Es necesario que en todas las obras de Dios se encuentre misericordia y verdad. Misericordia, si se toma como destierro de algún defecto; pues no todo defecto puede ser llamado misericordia, sino sólo los defectos de la naturaleza racional, a la que le corresponde ser feliz; ya que la miseria se opone a la felicidad. La razón de esto se debe a que, lo debido por la justicia divina o se da a Dios o se da a las criaturas; y nada de esto puede ser omitido en el obrar de Dios. Pues Dios no puede hacer nada que no responda a lo dictado por su sabiduría y bondad, según el modo en que algo es debido a Dios, como ya dijimos (a.1, ad 3). De forma parecida también, lo que hace en las cosas creadas lo hace con el conveniente orden y proporción; y en esto consiste la razón de justicia. Por lo tanto, es necesario que en todo lo que Dios hace haya justicia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 21, a. 4)

  • En Dios, la misericordia es querer desterrar la miseria ajena

La misericordia hay que atribuirla a Dios en grado sumo. Pero como efecto, no como pasión. Para demostrarlo, hay que tener presente que misericordioso es como decir que alguien tiene miseria en el corazón, en el sentido de que le entristece la miseria ajena como si fuera propia. Por eso quiere desterrar la miseria ajena como si fuera propia. Este es el efecto de la misericordia. Entristecerse por la miseria ajena no lo hace Dios; pero sí, y en grado sumo, desterrar la miseria ajena, siempre que por miseria entendamos cualquier defecto. Y los defectos no desaparecen si no es por la perfección de alguna bondad. Y como ya se demostró (q.6, a.4), el origen primero de la bondad es Dios. Pero hay que tener presente que otorgar perfecciones a las cosas pertenece a la bondad divina y a la justicia, liberalidad y misericordia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 21, a. 3)

  • La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra

La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra. La justicia sin misericordia es crueldad y la misericordia sin justicia es disipación. (Glosa citada por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 5, 7)

  • En el servicio del hombre a Dios se incluye la justicia

La definición de la justicia antes dicha es correcta si se la entiende bien [“La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho”]. […] El acto de la justicia, referido a la propia materia y al sujeto, se expresa cuando se dice que da su derecho a cada uno; porque, como dice Isidoro en el libro Etymol., llamase justo porque guarda el derecho. […] Así como en el amor de Dios se incluye el amor al prójimo, como se ha dicho anteriormente (II-II 25,1), así también, en el servicio del hombre a Dios, se incluye que dé a cada uno lo que debe. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 58, a. 1)

  • La justicia ordena el hombre en relación al otro y a la comunidad

La justicia, como se ha dicho (a. 2), ordena al hombre con relación a otro. Esto puede ser de dos maneras: primera, a otro considerado individualmente; segunda, a otro en común, es decir, en cuanto que el que sirve a una comunidad sirve a todos los hombres que en ella se contienen. A ambos modos puede referirse la justicia, según su propia naturaleza. Sin embargo, es evidente que todos los que integran alguna comunidad se relacionan con la misma, del mismo modo que las partes con el todo; y como la parte, en cuanto tal, es del todo, de ahí se sigue también que cualquier bien de la parte es ordenable al bien del todo. Según esto, pues, el bien de cada virtud, ora ordene al hombre hacia sí mismo, ora lo ordene hacia otras personas singulares, es susceptible de ser referido al bien común, al que ordena la justicia. Y así el acto de cualquier virtud puede pertenecer a la justicia, en cuanto que ésta ordena al hombre al bien común. Y en este sentido se llama a la justicia virtud general. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 58, a. 5)

  • La misericordia es la compasión ante la miseria de otro

La misericordia es la compasión que experimenta nuestro corazón ante la miseria de otro, sentimiento que nos compele, en realidad, a socorrer, si podemos. La palabra misericordia significa, efectivamente, tener el corazón compasivo por la miseria de otro. Pues bien, la miseria se opone a la felicidad, y es esencia de la bienaventuranza o felicidad tener lo que se desea, ya que, en expresión de San Agustín, en XIII De Trin., es bienaventurado el que posee lo que quiere y nada malo quiere. La miseria, empero, consiste en sufrir lo que no se quiere. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 30, a. 1)

  • El efecto de la misericordia es querer desterrar la miseria ajena como si fuera propia

Hay que tener presente que misericordioso es como decir que alguien tiene miseria en el corazón, en el sentido de que le entristece la miseria ajena como si fuera propia. Por eso quiere desterrar la miseria ajena como si fuera propia. Este es el efecto de la misericordia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 21, a. 3)

  • La misericordia es un movimiento intelectivo cuando siente repulsión por el infortunio ajeno

La misericordia entraña dolor por la miseria ajena. Pero a este dolor se le puede denominar, por una parte, movimiento del apetito sensitivo, en cuyo caso la misericordia es pasión, no virtud. Se le puede denominar también movimiento del apetito intelectivo, en cuanto siente repulsión por el infortunio ajeno. Tal afección puede ser regida por la razón, y, regida por la razón, puede quedar encauzado, a su vez, el movimiento del apetito inferior. Por eso escribe San Agustín en IX De civ. Dei: Este movimiento del alma —es decir, la misericordia— sirve a la razón cuando de tal modo se practica la misericordia que queda a salvo la justicia, sea socorriendo al indigente, sea perdonando al arrepentido. Y dado que la esencia de la virtud está en regular los movimientos del alma por la razón, como queda expuesto (I-II 56,), hay que afirmar que la misericordia es virtud. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 30, a. 3)

… juzga la idea de Francisco de que el Corán es un libro de paz

  • La paz entraña la unión de tendencias afectivas de diferentes personas e implica la unión de apetitos en un mismo apetente

La paz implica concordia y añade algo más. De ahí que, donde hay paz, hay concordia, pero no al revés, si entendemos en su verdadera acepción la palabra paz. La concordia propiamente dicha implica, es verdad, una relación a otro en el sentido de que las voluntades de varias personas se unen en un mismo consenso. Pero ocurre igualmente que el corazón de la misma persona tiende a cosas diferentes de dos modos. Primero: según las potencias apetitivas; y así, el apetito sensitivo las más de las veces tiende a lo contrario del apetito racional, según se expresa el Apóstol en Gal 5,17: La carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu. El otro modo, en cuanto la misma potencia apetitiva, se dirige a distintos objetos apetecibles, que no puede alcanzar a la vez, y esto conlleva necesariamente contrariedad entre los movimientos del apetito. Ahora bien, la paz implica, por esencia, la unión de esos impulsos, ya que el corazón del hombre, aun teniendo satisfechos algunos de sus deseos, no tiene paz en tanto desee otra cosa que no puede tener a la vez. Esa unión, empero, no es de la esencia de la concordia. De ahí que la concordia entraña la unión de tendencias afectivas de diferentes personas, mientras que la paz, además de esa unión, implica la unión de apetitos en un mismo apetente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 29, a. 1)

  • A la paz se opone la disensión del hombre consigo mismo y con los demás

Si uno está de acuerdo con otro en lo mismo, no se sigue de ello que lo esté consigo mismo, a menos que todos sus impulsos apetitivos estén acordes entre sí. A la paz se oponen dos tipos de disensiones: la del hombre consigo mismo y la del hombre con otro. A la concordia se opone solamente la segunda disensión. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 29, a. 1, ad 2-3)

  • La verdadera paz consiste en el goce perfecto de bien sumo, que unifica y aquieta todos los apetitos

La paz consiste en la quietud y unión del apetito. Y así como puede haber apetito tanto del bien verdadero como del bien aparente, puede darse igualmente una paz verdadera y una paz aparente. La paz verdadera no puede darse, ciertamente, sino en el apetito del bien verdadero, pues todo mal, aunque en algún aspecto parezca bien y por eso aquiete el apetito, tiene, sin embargo, muchos defectos, fuente de inquietud y de turbación. De ahí que la verdadera paz no puede darse sino en bienes y entre buenos. La paz, empero, de los malos es paz aparente, no verdadera. Por eso se dice en Sab 14, 22: Viven en la gran guerra de la ignorancia; a tantos y tan grandes males llamaron paz.
La verdadera paz no puede tener por objeto sino el bien, y como un verdadero bien se puede poseer de dos maneras, es decir, perfecta o imperfectamente, igualmente hay doble paz verdadera. La verdadera consiste en el goce perfecto de bien sumo, y que unifica y aquieta todos los apetitos.
Éste es el fin último de la criatura racional, según lo que leemos en Sal 147, 3: Puso en tus confines la paz. La paz imperfecta se da en este mundo, en donde, aunque la tendencia principal del alma repose en Dios, hay, no obstante, dentro y fuera, cosas que contradicen y perturban esa paz. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 29, a. 2, ad 3-4)

  • La paz es importante elemento de la amistad

La paz, como queda dicho (a. 1), implica esencialmente doble unión: la que resulta de la ordenación de los propios apetitos en uno mismo, y la que se realiza por la concordia del apetito propio con el ajeno. Tanto una como otra unión la produce la caridad. Produce la primera por el hecho de que Dios es amado con todo el corazón, de tal manera que todo lo refiramos a Él, y de esta manera todos nuestros deseos convergen en el mismo fin. Produce también la segunda en cuanto amamos al prójimo como a nosotros mismos; por eso quiere cumplir el hombre la voluntad del prójimo como la suya. Por esta razón, entre los elementos de la amistad ha puesto el Filósofo, en IX Ethic., la identidad de gustos, y Tulio, en el libro De Amicitia, expone que entre amigos hay un mismo querer y un mismo no querer. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 29, a. 3)

  • La paz es obra de la caridad y de la justicia

La paz es indirectamente obra de la justicia, es decir, en cuanto elimina obstáculos. Pero es directamente obra de la caridad, porque la caridad, por su propia razón específica, causa la paz. Como afirma Dionisio en el capítulo 4 De div. nom., el amor es una fuerza unificante; la paz es la unión realizada en las inclinaciones apetitivas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 29, a. 3, ad 3)

  • El gozo de la paz es acto proprio de la caridad

Dado que, como queda expuesto (a. 3), la paz es efecto de la caridad por la razón específica de amor de Dios y del prójimo, no hay otra virtud distinta de la caridad que tenga como acto propio la paz, como dijimos también del gozo (II-II, 28, 4). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 29, a. 4)

  • Paz: fruto del acto perfecto de la virtud de la caridad

Se da el precepto de tener paz precisamente por ser acto de caridad. Por eso mismo es también meritorio. De ahí que se cuente entre las bienaventuranzas, que, como ya expusimos (I-II, 69, 1; I-II, 69, 3), son actos de virtud perfecta. Se la cuenta también entre los frutos, por ser cierto bien final que contiene dulzura espiritual. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 29, a. 4, ad 1)

  • Para la práctica de la caridad no bastan las fuerzas naturales

Para cumplir el precepto del amor de Dios, si ha de hacerse por caridad, no bastan las solas fuerzas naturales, como consta por lo ya dicho (a.3). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 4, ad 3)

  • El hombre necesita un auxilio divino que le impulse al bien obrar

Así, pues, en el estado de naturaleza íntegra el hombre sólo necesita una fuerza sobreañadida gratuitamente a sus fuerzas naturales para obrar y querer el bien sobrenatural. En el estado de naturaleza caída, la necesita a doble título: primero, para ser curado, y luego, para obrar el bien de la virtud sobrenatural, que es el bien meritorio. Además, en ambos estados necesita el hombre un auxilio divino que le impulse al bien obrar. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 2)

  • En el estado de corrupción el hombre necesita el auxilio de la gracia para curar su naturaleza

Mas en el estado de naturaleza caída el hombre flaquea en este terreno, porque el apetito de la voluntad racional, debido a la corrupción de la naturaleza, se inclina al bien privado, mientras no sea curado por la gracia divina. Debemos, pues, concluir que el hombre, en estado de integridad, no necesitaba un don gratuito añadido a los bienes de su naturaleza para amar a Dios sobre todas las cosas, aunque sí necesitaba el impulso de la moción divina. Pero en el estado de corrupción necesita el hombre, incluso para lograr este amor, el auxilio de la gracia que cure su naturaleza. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 3)

  • El hombre no puede guardar los mandamientos sin la gracia

En el estado de naturaleza caída no puede el hombre guardar todos los preceptos divinos sin ser previamente curado por la gracia.
El otro modo consiste en cumplir los preceptos de la ley no sólo en cuanto a la sustancia de las obras, sino además según un modo conveniente, es decir, por caridad. Y de esta forma no puede el hombre observar los preceptos legales ni en el estado de naturaleza íntegra ni en el de naturaleza corrupta. De aquí que San Agustín, habiendo dicho en el libro “De corrept. et gratia” que sin la gracia no hacen los hombres absolutamente ningún bien, añade: porque necesitan de ella no sólo para que, bajo su dirección, sepan lo que deben obrar, sino también para que, con su ayuda, cumplan por amor lo que saben. En ambos estados, para observar los mandamientos, necesitan además el impulso motor de Dios, como ya queda dicho (a.2.3). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 4)

  • La ley escrita fue dada para corrección de la corrupción del corazón del hombre que llegó a considerar como bueno lo que es malo por naturaleza

Se dice que la ley escrita fue dada para corrección de la ley natural, bien porque viene a completar lo que faltaba a la ley natural, bien porque la ley natural se había corrompido parcialmente en el corazón de algunos, que llegaron a considerar como bueno lo que es malo por naturaleza, y tal corrupción necesitaba corrección. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 94, a. 5, ad 1)

  • En preceptos secundarios la ley natural puede ser borrada del corazón de los hombres por malas persuasiones o por costumbres depravadas y hábitos corrompidos

Como ya expusimos (a. 4.5), a la ley natural pertenecen, en primer lugar, ciertos preceptos comunísimos que son conocidos de todos, y luego, ciertos preceptos secundarios y menos comunes que son como conclusiones muy próximas a aquellos principios. Pues bien, en cuanto a los principios más comunes, la ley natural no puede en modo alguno ser borrada de los corazones de los hombres si se la considera en universal. Puede ser abolida, sin embargo, en algún caso concreto cuando, por efecto de la concupiscencia o de otra pasión, la razón se encuentra impedida para aplicar el principio general a un asunto particular, según ya expusimos (q. 77, a. 2). Mas en lo que toca a los preceptos secundarios, la ley natural puede ser borrada del corazón de los hombres o por malas persuasiones, a la manera en que también ocurren errores en las conclusiones necesarias del orden especulativo, o por costumbres depravadas y hábitos corrompidos, como en el caso de aquellos que no consideraban pecado el robo (cf. a. 4) ni siquiera los vicios contra la naturaleza, como también dice el Apóstol en Rom 1, 24s. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 94, a. 6)

  • El pecado expulsa la gracia santificante y sin ella no hay paz

Nadie pierde la gracia santificante si no es por el pecado, que aparta al hombre del fin debido, prefiriendo sobre él un fin malo. En este sentido, su apetito, de hecho, no se adhiere principalmente al bien final verdadero, sino al aparente. Por eso, sin gracia santificante no puede haber paz verdadera, sino sólo aparente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 29, a. 3, ad 1)

  • El bien de la virtud y la gracia es totalmente eliminado por el pecado mortal

Hay también un bien de la virtud y la gracia, que tiene asimismo su medida, belleza y orden: y éste es totalmente eliminado por el pecado mortal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 85, a. 4)

  • Después del pecado el alma es privada de la unión con la luz divina

Después del acto pecaminoso positivamente no queda nada en el alma a no ser la disposición o el hábito; pero queda algo privativamente, a saber: la privación de la unión con la luz divina. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 86, a. 2, ad 1)

  • El sacramento es signo manifestativo de la gracia

El sacramento propiamente hablando se ordena a significar nuestra santificación, en la que pueden ser considerados tres aspectos: la causa de nuestra santificación, que es la pasión de Cristo; la forma de nuestra santificación, que consiste en la gracia y las virtudes; y el fin último de nuestra santificación, que es la vida eterna. Pues bien, todas estas cosas están significadas en los sacramentos. Por tanto, el sacramento es signo conmemorativo del pasado, o sea, de la pasión de Cristo; es signo manifestativo del efecto producido en nosotros por la pasión de Cristo, que es la gracia; y es signo profetice, o sea, prenunciativo de la gloria futura. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 60, a. 3)

  • Exigir la concordia por coacción, bajo el temor, no entraña la paz

Si uno concuerda con otro no por espontánea voluntad, sino coaccionado bajo el temor de algún mal inminente, esa concordia no entraña realmente paz, ya que no se guarda el orden entre las partes, sino que más bien está perturbada por quien ha provocado el temor. Por eso escribe antes San Agustín que la paz es tranquilidad del orden. Y esa tranquilidad consiste realmente en que el hombre tenga apaciguados todos los impulsos apetitivos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.29, a.1, ad 1)

… juzga la idea de Francisco de que Jesús vino al mundo para aprender a ser hombre

  • Manifestar la verdad y salvar a los pecadores

El género de vida de Cristo debió ser tal que concordase con el fin de la encarnación, por la que vino a este mundo. Y vino al mundo, primero, para manifestar la verdad, como El mismo dijo en Jn 18, 37: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”. Por tal motivo, no debía ocultarse, llevando una vida solitaria, sino manifestarse en público, predicando a la luz del día. De donde, en Lc 4, 42-43, dice a los que trataban de retenerle: “También a otras ciudades tengo que anunciar el evangelio del Reino de Dios, pues para esto he sido enviado.” Segundo, vino para liberar a los hombres del pecado, conforme a lo que se lee en 1 Tm 1, 15: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 40, a. 1)

  • Humildad en la cual refleja la majestad

“El cual, teniendo la naturaleza de Dios”. Propone el ejemplo de Cristo, y para dar mayor realce a su humildad, la hace preceder de su majestad y seguir de su exaltación. […] Enaltece, en segundo lugar, la humildad de Cristo, por lo que hace al misterio de su Pasión, al decir: “humillóse a Sí mismo”; y muestra con la humildad el modo: “hecho obediente”. Es pues hombre, mas fuera de lo común, porque es Dios y hombre, y, no obstante eso, se humilló. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Filipenses, lec. 2, Fil 2, 5-8)


… juzga la idea de Francisco de que católicos y musulmanes comparten la misma fe

  • Las virtudes sobrenaturales exceden la naturaleza del hombre y lo hacen partícipe de la naturaleza divina

Pero hay una doble bienaventuranza o felicidad del hombre, según se ha dicho anteriormente (q. 5, a. 5). Una es proporcionada a la naturaleza humana, es decir, que el hombre puede llegar a ella por los principios de su naturaleza. Otra es la bienaventuranza que excede la naturaleza del hombre, a la cual no puede llegar el hombre si no es con la ayuda divina mediante una cierta participación de la divinidad, conforme a aquello que se dice en 2 P 1,4, que por Cristo hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina. Y como esta bienaventuranza excede la proporción de la naturaleza humana, los principios naturales del hombre que le sirven para obrar bien proporcionalmente a su naturaleza, no son suficientes para ordenar al hombre a dicha bienaventuranza.
De ahí que sea necesario que se le sobreañadan al hombre algunos principios divinos
por los cuales se ordene a la bienaventuranza sobrenatural, al modo como por los principios naturales se ordena al fin connatural, aunque sea con la indispensable ayuda divina. Y estos principios se llaman virtudes teológicas. […] Una naturaleza puede ser atribuida a una cosa de dos modos. Uno, por esencia; y en este sentido las virtudes teológicas exceden la naturaleza del hombre. De otro modo, por participación, al modo como el leño ardiendo participa la naturaleza del fuego; y en este sentido el hombre se hace de algún modo partícipe de la naturaleza divina, según queda dicho. Y así estas virtudes convienen al hombre según la naturaleza participada. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 62, a. 1)

  • La virtud infusa de la fe está encima de la naturaleza del hombre…

Lo que está por encima de la naturaleza del hombre se distingue de lo que es conforme a ella. Pero las virtudes teológicas están por encima de la naturaleza del hombre, a la que corresponden, según la naturaleza, las virtudes intelectuales y morales, según consta por lo dicho anteriormente (q. 58, a. 3). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, q. 62, a. 2, sed contra)

  • …y basada en Dios, Verdad Primera

El objeto de la fe es, en cierto modo, la verdad primera, en el sentido de que nada cae bajo la fe sino por la relación que tiene con Dios, del mismo modo que la salud es el objeto de la medicina, ya que la función de ésta se encuentra en relación con aquélla. […] Las verdades que se refieren a la humanidad de Cristo y a los sacramentos de la Iglesia o a cualquiera otra criatura caen bajo la fe en cuanto que nos ordenan a Dios. También a ellas les prestamos nuestro asentimiento en nombre de la verdad divina. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 1, a.1)

  • Basado en la Verdad Primera, la virtud infusa de la fe no puede recaer en la falsedad

La razón formal del acto de la fe es la verdad primera. De ahí que en el ámbito de la fe no puede caer nada que no se encuentre bajo la luz de la verdad primera, bajo la cual no puede recaer la falsedad, al igual que tampoco recae el no ser sobre el ser, ni el mal bajo la bondad. En consecuencia, bajo la luz de la fe no puede recaer nada falso. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 1, a.3)

  • La virtud infusa de la fe es más cierta que las cosas humanas

“Al oír, por la fe, la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, cual en verdad es” (1 Th 2, 13). Ahora bien, nada hay más meritorio que la palabra de Dios. Luego ni la ciencia ni ninguna otra cosa es más cierta que la fe. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 4, a.8)

  • La falta de fe es un pecado cuando nace no sólo de la ignorancia, sino en oposición a la fe y a causa del orgullo

La infidelidad [falta de fe] puede tener doble sentido. Uno consiste en la pura negación, y así se dice que es infiel quien no tiene fe. Puede entenderse también la infidelidad por la oposición a la fe: o porque se niega a prestarle atención, o porque la desprecia, a tenor del testimonio de Isaías: ¿Quién dio crédito a nuestra noticia? (Is 53, 1). En esto propiamente consiste la infidelidad, y bajo este aspecto es pecado.
Pero si tomamos la infidelidad en sentido puramente negativo, como es el caso de quien jamás oyó hablar de la fe, no es pecado, sino más bien castigo, ya que esa ignorancia de las realidades divinas es consecuencia del pecado del primer hombre. […] En cuanto pecado, la infidelidad tiene su origen en la soberbia, que hace que el hombre no quiera someter su entendimiento a las reglas de fe y a las sanas enseñanzas de los Padres. Por eso dice San Gregorio en XXXI Moral, que de la vanagloria proviene la presunción de novedades. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 1)

  • La falta de fe es el mayor de los pecados

Todo pecado, como hemos expuesto (I-II, q. 71, a. 6; I-II, q. 73, a. 3, ad 3), consiste en la aversión a Dios. De ahí que tanto más grave es el pecado cuanto más aleja al hombre de Dios. Ahora bien, la infidelidad es la que más aleja a los hombres de Dios, ya que les priva hasta de su auténtico conocimiento, y ese conocimiento falso de Dios no le acerca a Él, sino que le aleja. (Santo Tomas de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 3)

  • El resultado de la falta de fe es una opinión falsa de Dios

Ni siquiera puede darse que conozca a Dios en cuanto a algún aspecto quien tiene de Él una opinión falsa, ya que lo que piensa no es Dios. Es, pues, evidente que la infidelidad es el mayor pecado de cuantos pervierten la vida normal, cosa distinta a lo que ocurre con los pecados que se oponen a las otras virtudes teologales, como se verá después. (Santo Tomas de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 3)

  • Los que no tienen fe no pueden hacer actos meritorios para la vida eterna, aunque puedan hacer actos naturales buenos

El infiel puede realizar alguna acción buena en las cosas que no tengan relación con el fin de la infidelidad. […] [Soluciones:] 2. La fe dirige la intención respecto al último fin sobrenatural. Mas también la luz natural de la razón puede dirigir la intención respecto de algún bien connatural. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica II-II, q. 10, a. 4, sol./ad 2, 3) (primeira parte antes de Cornélio)

  • La oración no es meritoria sin la gracia santificante

Sin la gracia santificante no es meritoria la oración, lo mismo que no lo es ningún otro acto virtuoso. Y es que aun la misma oración con que se impetra la gracia santificante procede de una cierta gracia como de don gratuito, pues incluso el mismo orar es don de Dios, como dice San Agustín en el libro De Perseverantia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 83, a. 15)

  • Mahoma deformó el Antiguo y Nuevo Testamento y prohibió su lectura

Ningún oráculo divino de los profetas que le precedieron da testimonio de él (Mahoma); antes bien, desfigura totalmente los documentos del Antiguo y Nuevo Testamento, haciéndolos un relato fabuloso, como se ve en sus escritos. Por esto prohibió astutamente a sus secundes la lectura de los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, para que no fueran convencidos por ellos de su falsedad. Y así, dando fe a sus palabras, creen con facilidad. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, Lib I, cap. 6)

  • De los males que nos oprimen, Dios saca un bien

También en el hecho que los justos sufran en este mundo aparece la justicia y la misericordia. Pues por tales sufrimientos se les limpian pequeñas manchas, y el corazón, dejando lo terreno, se orienta más a Dios. Dice Gregorio: “Los males que en este mundo nos oprimen, nos empujan a ir a Dios.” (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 21, a. 4, ad 3)

  • El Islam permite todo tipo de impureza

Así sucede con Mahoma, que sedujo a los pueblos prometiéndoles los deleites carnales, a cuyo deseo los incita la misma concupiscencia. En conformidad con las promesas, les dió sus preceptos, que los hombres carnales son prontos a obedecer, soltando las riendas al deleite de la carne. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. I, cap. 6)

  • Uno de los erros de los sarracenos es creer que las cosas responden a un querer no razonado de Dios

Y con esto excluimos dos errores, a saber: el error de quienes creen que todas las cosas responden a un simple querer no razonado, que es el error de los habladores en la ley de los sarracenos, como dice rabí Moisés, según los cuales no hay diferencia alguna en que el fuego caliente o enfríe, sino porque Dios lo quiere así. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. III, cap. 98)

… juzga la idea de Francisco de que la buena voluntad suple la Teología

  • La fe confiesa la verdad y la razón investiga la verdad

Lo que está por encima de la razón humana, no lo creemos sino revelándolo Dios. Hay empero, para manifestar esta verdad, algunas razones verosímiles que pueden ser expuestas ciertamente para ejercicio y solaz de los fieles […]. Procurando, pues, proceder del modo propuesto, primero nos consagraremos a manifestar aquella verdad que la fe confiesa y la razón investiga, trayendo las razones demostrativas y probables, algunas de las cuales las hemos tomado de los libros de los filósofos y de los santos, por las cuales sea confirmada la verdad y quede convencido el adversario. Después, para que el proceso se haga de las cosas más manifiestas a nosotros a las que lo son menos, pasaremos a la manifestación de aquella verdad que excede a la razón, resolviendo las dificultades de los adversarios y declarando con autoridades, en cuanto Dios lo permite, la verdad de la fe. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, l. I, c. 9, n. 4-6)

  • Sólo el conocimiento divino aquieta el deseo natural del hombre de conocer su fin

El hombre desea naturalmente saber la causa de todo efecto conocido. Y el entendimiento humano conoce el ente universal. Luego, desea naturalmente conocer su causa, que es sólo Dios, como se ha probado (lib. II, cap. 15). Y no ha alcanzado alguno al fin último mientras no se aquiete su deseo natural. No basta, pues, para la felicidad humana, que es el último fin, el conocimiento de cualquier otro ser inteligible, si falta el conocimiento divino, que aquieta el deseo natural como último fin. Es pues, el fin último del hombre el conocimiento mismo de Dios. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, l. III, c. 25, n. 12)

  • La teología o doctrina sagrada es una ciencia de revelación divina

Para la salvación humana fue necesario que, además de las materias filosóficas, cuyo campo analiza la razón humana, hubiera alguna ciencia cuyo criterio fuera la revelación divina. Y esto es así porque Dios, como fin al que se dirige el hombre, excede la comprensión a la que puede llegar sólo la razón. Dice (Is 64, 4): ¡Dios! Nadie ha visto lo que tienes preparado para los que te aman. Sólo Tú. El fin tiene que ser conocido por el hombre para que hacia Él pueda dirigir su pensar y su obrar. Por eso fue necesario que el hombre, para su salvación, conociera por revelación divina lo que no podía alcanzar por su exclusiva razón humana. Más aún. Lo que de Dios puede comprender la sola razón humana, también precisa la revelación divina, ya que, con sola la razón humana, la verdad de Dios sería conocida por pocos, después de muchos análisis y con resultados plagados de errores. Y, sin embargo, del exacto conocimiento de la verdad de Dios depende la total salvación del hombre, pues en Dios está la salvación. Así, pues, para que la salvación llegara a los hombres de forma más fácil y segura, fue necesario que los hombres fueran instruidos, acerca de lo divino, por revelación divina. Por todo ello se deduce la necesidad de que, además de las materias filosóficas, resultado de la razón, hubiera una doctrina sagrada, resultado de la revelación. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 1. a. 1)

  • La doctrina sagrada es una ciencia más especulativa que práctica

La doctrina sagrada, tal como quedó indicado, siendo una abarca todo lo que concierne a las ciencias filosóficas por el aspecto formal bajo el que lo considera, esto es, en cuanto puede ser conocido por la luz divina. De ahí que, aun cuando las ciencias filosóficas unas sean especulativas y otras prácticas, sin embargo, la doctrina sagrada las abarca todas de la misma forma que Dios se conoce a sí mismo y su obrar con la misma ciencia. Por otra parte, estamos ante una ciencia más especulativa que práctica porque trata principalmente más de lo divino que de lo humano; pues cuando trata de lo humano lo hace en cuanto que el hombre, por su obrar, se encamina al perfecto conocimiento de Dios, puesto que en ese conocer consiste la felicidad eterna. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 1, a. 4)

  • Teología: ciencia especulativa fundada en la luz de la ciencia divina

Como quiera que esta ciencia con respecto a algo es especulativa, y con respecto a algo es práctica, está por encima de todas las demás ciencias tanto especulativas como prácticas. De entre las ciencias especulativas se dice que una es superior a otra según la certeza que contiene, o según la dignidad de la materia que trata. En ambos aspectos, la doctrina sagrada está por encima de las otras ciencias especulativas. Con respecto a la certeza de las ciencias especulativas, fundada en la razón natural, que puede equivocarse, contrapone la certeza que se funda en la luz de la ciencia divina, que no puede fallar. Con respecto a la dignidad de la materia, porque la doctrina sagrada trata principalmente de algo que por su sublimidad sobrepasa la razón humana. Las otras ciencias sólo consideran lo que está sometido a la razón. De entre las ciencias prácticas es más digna la que se orienta a un fin más alto, como lo civil a lo militar, puesto que el bien del ejército tiene por fin el bien del pueblo. El fin de la doctrina sagrada como ciencia práctica es la felicidad eterna que es el fin al que se orientan todos los objetivos de las ciencias prácticas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 1, a. 5)

… juzga la idea de familia que tiene Francisco

  • El sacramento es un bien del matrimonio

Los bienes del matrimonio son tres: el primero lo constituyen los hijos, que han de ser aceptados y educados para el servicio de Dios; el segundo es la fe o lealtad que cada uno de los cónyuges debe guardar al otro; el tercer bien es el sacramento, esto es, la indisolubilidad del matrimonio, por ser signo de la unión indisoluble de Cristo con la Iglesia. (Santo Tomás de Aquino. Artículos de La fe y de los sacramentos de la Iglesia, II)

… juzga la idea que tiene Francisco de que Jesucristo fingía sus enfados

  • La simulación es una forma de mentira

Es propio de la virtud de la verdad el que uno se manifieste, por medio de signos exteriores, tal cual es. Pero signos exteriores son no sólo las palabras, sino también las obras. Luego así como se opone a la verdad el que uno diga una cosa y piense otra, que es lo que constituye la mentira, así también se le opone el que uno dé a entender con acciones u otras cosas acerca de su persona lo contrario de lo que hay, que es a lo que propiamente llamamos simulación. Luego la simulación, propiamente hablando, es una mentira expresada con hechos o cosas. Ahora bien: lo de menos es el que se mienta con palabras o con otro hecho cualquiera, como antes dijimos (q. 110 a.1 ad 2). Luego como toda mentira es pecado. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.111, a.1)

  • Severidad y mansedumbre no se oponen

La mansedumbre no se opone directamente a la severidad, ya que la mansedumbre se ocupa de la ira, mientras que el objeto de la severidad es la imposición externa de un castigo. Según esto, parecería que se opone más bien a la clemencia, que también se ocupa del castigo externo, como dijimos antes. Pero no se opone a ella, porque ambas se relacionan con la recta razón. En efecto, la severidad se muestra inflexible en la imposición de castigos cuando lo exige la recta razón, mientras que la clemencia tiende a aminorar los castigos, también según la recta razón, es decir, cuando y como conviene. Por eso no se oponen, porque no tienen el mismo objeto. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 157, a. 2, ad. 1)

  • La ira, cuando no es por pasión, es un bien; y la falta de ira puede ser un pecado

Podemos entender la ira de dos modos. Primero, como un simple movimiento de la voluntad por el que se inflige una pena no por pasión, sino por un juicio de la razón. Tomada así, la falta de ira es ciertamente pecado, y éste es el sentido que da a la ira San Juan Crisóstomo cuando dice en el mismo pasaje: La ira que tiene causa no es ira, sino juicio, ya que se entiende por ira una conmoción pasional; pero la ira del que se irrita con causa no procede de una pasión. Por eso decimos que juzga, no que se irrita. Otro modo de considerar la ira es tomarla como un movimiento del apetito sensitivo, que se da con pasión y excitación del cuerpo. Este movimiento, en el hombre, sigue necesariamente a un movimiento de la voluntad, porque el apetito inferior acompaña necesariamente al movimiento del superior, si no lo impide algún obstáculo. Por eso no puede faltar totalmente el movimiento de la ira en el apetito sensitivo, a no ser por sustracción o debilitamiento del movimiento voluntario. Y, como consecuencia, también es viciosa la falta de pasión, como la falta de movimiento voluntario para castigar según el juicio de la razón. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 158, a. 8)

  • Toda disolución es resultado de misericordia sin justicia

Justicia sin misericordia es crueldad, misericordia sin justicia es madre da la disolución. (Santo Tomás de Aquino. Comentario al Evangelio de San Mateo, cap. 5, lec. 2)

  • Dios castiga para incitarnos al arrepentimiento

En este mundo, el Señor nos castiga, a fin de enmendarnos, quiere decir, para que por la pena cada uno se aparte del pecado. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Primera Epístola de San Pablo a los Corintios, lec. 7, 1 Cor 11, 27-34)

… juzga la idea de Francisco de que católicos y musulmanes adoran al mismo Dios

  • Dios es tres personas

La esencia divina no sólo es realmente idéntica a una persona, sino a las tres. Por eso, una persona, dos, tres, puede ser dicho de la esencia. Ejemplo: La esencia es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y porque la palabra Dios, en cuanto tal, puede sustituir a la esencia, como dijimos (a. 4 ad 3), del mismo modo, así como la expresión: La esencia es tres personas, es verdadera, así también lo es la expresión: Dios es tres personas. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 39, a. 6)

  • Los musulmanes escarnecen la Trinidad y juzgan insensatez confesar que hay tres personas en Dios

La fe cristiana consiste principalmente en la confesión de la Santísima Trinidad, y en gloriarse de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. […] Éstas son por tanto las cosas que, como afirmas, son impugnadas y escarnecidas por los infieles. Se burlan pues los sarracenos de que, como dices, afirmamos que Cristo es Hijo de Dios, una vez que Dios no tiene esposa; y nos juzgan insensatos porque confesamos que hay tres personas en Dios, estimando por eso que profesamos tres dioses. (Santo Tomás de Aquino. Tratado sobre las razones de la fe, cap. 1)

  • La verdadera adoración requiere la verdad de la fe

De esto que dice “en espíritu y en verdad” [“Se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad” (Jn 4, 23)], se muestra la condición de la verdadera adoración. En efecto, para que la adoración sea verdadera, se requieren dos cosas. Una, que sea espiritual […]. Otra, que sea en verdad, primero la de la fe, porque ningún fervor de deseo espiritual es idóneo para merecer si no está presente la verdad de la fe […]. Así, entonces, para esa oración se requiere el fervor de la caridad en cuanto a lo primero y la verdad de la fe en cuanto a lo segundo. (Santo Tomás de Aquino. Comentario al Evangelio de San Juan, cap. 4, lect. 2)

  • No se puede tener un conocimiento falso de Dios; quien niega que Dios es Uno y Trino no conoce a Dios ni le adora

En cuanto a aquello que dice “vosotros adoráis [lo que desconocéis” (Jo 4, 22)], hay que saber que el Filósofo dice que uno es el conocimiento en las cosas compuestas y otro en las simples. Pues las compuestas ciertamente pueden ser conocidas en cuanto a algo, de modo que permanezcan desconocidas en ellas en cuanto a algo: por ende, se puede tener de las un conocimiento falso. Como si alguien que tiene verdadero conocimiento de un animal en cuanto a su sustancia, sin embargo puede equivocarse acerca del conocimiento de un accidente —a saber, si es blanco o negro—, o de una diferencia —a saber, si es alado o cuadrúpedo. En las simples, en cambio, de ningún modo puede ser falso el conocimiento, porque o son conocidas perfectamente, en cuanto se sabe la quidditas de ellas, o no son conocidas de ningún modo, si no se puede llegar a ella. Entonces, como Dios es totalmente simple, no se puede tener de Él un falso conocimiento porque se sepa algo de Él y algo se desconozca, sino por el hecho de que no se llega. Por ende, cualquiera que cree que Dios es algo que no es, por ejemplo cuerpo o algo de ese tipo, no adora a Dios porque no lo conoce a Él sino otra cosa. (Santo Tomás de Aquino. Comentario al Evangelio de San Juan, cap. 4, lect. 2, n. 603)

  • No basta creer que hay un sólo Dios; es necesario creer que Dios es Padre y que Jesucristo es Hijo de Dios

No sólo es necesario para los cristianos creer que hay un solo Dios, y que éste es el creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas; sino que también es necesario creer que Dios es Padre y que Jesucristo es verdadero Hijo de Dios. Esto, como dice el bienaventurado Pedro en su segunda carta canónica, capítulo 1, no es una fábula, sino cosa cierta y probada por la palabra de Dios en el monte. Por donde dice 2 Pe 1, 16-18: Pues no es que, siguiendo doctas fábulas, os hayamos notificado el poder y la presencia de Nuestro Señor Jesucristo; sino que nos fue dado contemplar su grandeza. Pues, recibiendo de Dios Padre honor y gloria, bajó a él de la magnifica gloria una voz de este modo: Éste es mi Hijo, en el que me he complacido: escuchadle. Y nosotros oímos esta voz bajada del cielo, estando con él en el monte santo. (Santo Tomás de Aquino. Exposición del Símbolo de los Apóstoles, a. 2)

  • Los musulmanes no comprenden la filiación divina porque son hombres carnales

En primer lugar, se debe considerar que el motivo por el que se burlan de nosotros, según el cual colocamos a Cristo como Hijo de Dios como si tuviera esposa, es irrisorio. Siendo carnales, son pueden pensar sino las cosas que son de la carne y de la sangre. Ahora bien, cualquier sabio puede considerar que no hay un solo y mismo modo de engendrar en todas las cosas, sino que en cada cosa se encuentra la generación según la propiedad de su naturaleza. […] Se debe, pues, entender la generación en Él, según lo que conviene a la naturaleza intelectual. (Santo Tomás de Aquino. Tratado sobre las razones de la fe, cap. 3)

  • Dios es el sumo bien…

El bien universal es superior a cualquier bien particular, como el bien del pueblo es superior al bien del individuo; porque la bondad y la perfección del todo es más excelente que la bondad y la perfección de la parte. Mas la bondad divina, comparada con las otras, es como el bien universal comparado con el particular; pues Dios es el bien de todo bien, como se demostró. Según esto, Dios es el sumo bien. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. I, cap. 41, n. 2)

  • …y actúa en conformidad con su naturaleza

Dios hace algo porque quiere; sin embargo, no puede porque quiera, sino porque así es su naturaleza. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 25, a. 5, ad 1)

  • Dios no es voluntarista. La bondad divina es la causa de su querer

El fin es causa de que la voluntad quiera. Y el fin de la voluntad divina es su bondad. Esta es, pues, la causa de querer Dios, que es también su mismo querer. […] Todo lo dicho descarta el error de quienes afirman que todo procede de Dios en virtud de su simple voluntad, de tal manera que no hay otra razón que el que Dios lo quiere.
Mas esta doctrina es también contraria a la divina Escritura, que nos enseña que Dios “creó todas las cosas según el orden de su sabiduría”; y en el Eclesiástico: “Dios derramó su sabiduría sobre todas sus obras”. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. I, cap. 87, n.2.5-6)

  • Por lo tanto, Dios no puede querer el mal

La virtud de un sujeto es principio de bien obrar. Pero todo obrar de Dios es un obrar virtuoso, al ser su virtud su esencia, como ya se probó. Luego no puede querer el mal.
La voluntad nunca tiende al mal sino cuando hay algún error en la razón
, al menos cuando se trata de una elección particular; pues como el objeto de la voluntad es el bien aprehendido, no puede inclinarse la voluntad al mal sino en cuanto se le propone de algún modo como bien, cosa que no puede ocurrir sin error. Pero en el conocimiento divino no es posible el error, según se ha probado ya. No puede, por tanto, su voluntad tender al mal.
Se ha demostrado que Dios es el sumo bien. Mas el sumo bien excluye todo consorcio con el mal, como el sumo calor la mezcla de frío. En consecuencia, la voluntad divina no puede inclinarse al mal.
Como el bien tiene razón de fin, el mal no puede caer bajo la voluntad sino por aversión del fin. Pero la voluntad divina no puede apartarse del fin, puesto que, como ya se probó, nada puede querer sino queriéndose a sí mismo. No puede, pues, querer el mal. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. I, cap. 95, n. 2-5)

  • Ni lo que contraría la razón

Dios, queriendo su propio ser, que es su bondad, quiere todos los otros seres, en cuanto tienen su semejanza. Pero en lo que una cosa repugna a la razón de ser en cuanto tal, no puede salvarse la semejanza del primer ser, es decir, del ser divino, fuente del ser. Dios, pues, no puede querer algo que repugna a la razón de ser en cuanto tal. Ahora bien, como a la razón de hombre en cuanto tal repugna el ser irracional, así a la razón de ser como ser repugna que una cosa sea ser y no ser a la vez. Dios no puede hacer, por lo tanto, que la afirmación y la negación sean verdaderas al mismo tiempo. Y esto incluye precisamente todo lo que de suyo es imposible, que repugna a sí mismo en cuanto implica contradicción. La voluntad de Dios, en consecuencia, no puede querer lo que de suyo es imposible. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. I, cap. 84, n. 3)

  • El bien que Dios saca del mal siempre es mayor que el bien privado por el mal

Y es imposible que algún mal, en cuanto tal, sea apetecido ni por el apetito natural, ni por el animal, ni por el intelectual que es la voluntad. Pero algún mal es apetecido accidentalmente, en cuanto que reporta algún bien. […] El mal que va unido a un bien, conlleva privación de otro bien. Así pues, nunca será apetecido el mal, ni siquiera por accidente, a no ser que el bien que conlleva el mal sea más apetecido que el bien del que se ve privado por el mal.
Dios no quiere ningún bien más que su bondad; sin embargo, quiere algún bien más que algún otro bien. Por eso, Dios no quiere, de ninguna manera, el mal de culpa, que conlleva la privación de orden al bien divino. Pero quiere el mal como defecto natural, o el mal de pena, puesto que quiere algún bien que conlleva dicho mal. Ejemplo: Queriendo justicia, quiere el castigo; queriendo conservar el orden de la naturaleza, quiere la destrucción de algo de la naturaleza. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 19, a. 9)

  • Para salvar al cuerpo es preciso amputar el miembro gangrenado

Si fuera necesaria para la salud de todo el cuerpo humano la amputación de algún miembro, por ejemplo, si está podrido y puede inficionar a los demás, tal amputación sería laudable y saludable. Pues bien: cada persona singular se compara a toda la comunidad como la parte al todo; y, por tanto, si un hombre es peligroso a la sociedad y la corrompe por algún pecado, laudable y saludablemente se le quita la vida para la conservación del bien común; pues, como afirma 1 Cor 5, 6, un poco de levadura corrompe a toda la masa. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 64, a. 2)

  • Dios odia los malos y los castiga por amor al bien y la justicia

Se dice, sin embargo, que Dios odia algunas cosas en razón de la semejanza. Y esto de dos modos: Primero, en cuanto que Dios, al amar las cosas y querer que exista su bien, quiere que no exista el mal contrario. De donde se dice que tiene odio a los males (pues nosotros decimos que aquellas cosas que no queremos las odiamos); conforme a aquello de Zacarías: “No piense ninguno de vosotros mal de su amigo en vuestros corazones y no améis el juramento falso, porque todas éstas son cosas que aborrezco, dice el Señor”. Por más que estas cosas no son efectos realmente subsistentes, que son las que propiamente se odian o aman. El otro modo de decir que Dios odia, siendo así que más bien ama, se funda en la privación de un bien menor, que va implicada en el hecho de querer un bien mayor. Así, pues, en cuanto quiere el bien que es la justicia o el orden del universo, que no pueden darse sin el castigo o la corrupción de algunas cosas, se dice que odia aquellas cosas que quiere se castiguen o corrompan, según aquello de Malaquías: “Aborrecí a Esaú”; y lo del Salmo: “Aborreces a todos los que obran iniquidad, perderás a todos los que hablan mentira. Al varón sanguinario y fraudulento abominará el Señor”. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. I, cap. 96, n. 7)

… juzga los métodos educativos de la juventud que tiene Francisco

  • Sólo Dios puede llenar la voluntad del hombre

Es imposible que la bienaventuranza del hombre esté en algún bien creado. Porque la bienaventuranza es el bien perfecto que calma totalmente el apetito, de lo contrario no sería fin último si aún quedara algo apetecible. Pero el objeto de la voluntad, que es el apetito humano, es el bien universal. Por eso está claro que sólo el bien universal puede calmar la voluntad del hombre. Ahora bien, esto no se encuentra en algo creado, sino sólo en Dios, porque toda criatura tiene una bondad participada. Por tanto, sólo Dios puede llenar la voluntad del hombre, como se dice en Ps 102, 5: “El que colma de bienes tu deseo”. Luego la bienaventuranza del hombre consiste en Dios solo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 2, a. 5)

  • Dios no puede mandar el pecado

Toda la sabiduría y bondad del hombre se derivan de la sabiduría y bondad divinas, como cierta semejanza de Él. Si repugna, pues, a la sabiduría y bondad humanas hacer pecar a uno, mucho más a la divina. […] De aquí que se diga en el Eclesiástico: “No digas que Él te empujó al pecado, pues no necesita de gente mala”. Y más abajo: “A ninguno manda obrar impíamente, a ninguno da permiso para pecar”. Y se dice: “Nadie diga en la tentación: ‘Soy tentado por Dios’. Porque Dios no puede tentar al pecador”. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. III, cap. 162, n. 4.6)

  • Es propio de la Providencia respetar el orden natural

Además, pertenece a la providencia no destruir sino respetar el orden de las cosas. En eso se manifiesta en el más alto grado la sabiduría de Dios, que conserva intacto el orden de la naturaleza y la justicia. (Santo Tomás de Aquino. Tratado sobre las razones de la fe, cap. 7)

  • Frente a la voluntad incontenible de Alá, ¿qué le resta al hombre? El fatalismo

Acerca del mérito que depende del libre albedrío, afirmas que los sarracenos y otros pueblos atribuyen necesidad a los actos humanos en virtud de la presciencia u ordenación divina, diciendo que el hombre no puede morir ni pecar a menos que Dios así lo haya ordenado de él, y que uno tiene su destino escrito en la frente. (Santo Tomás de Aquino. Tratado sobre las razones de la fe, cap. 1)

  • Dios no es caprichoso; su voluntad es inmutable

La voluntad de Dios es completamente inmutable. […] La voluntad cambiaría si alguien comenzara a querer lo que antes no quiso, o deja de querer lo que quiso. Lo cual no puede suceder si no se presupone un cambio de conocimiento o de disposición sustancial por parte del que quiere. Como quiera que la voluntad mira el bien, alguien puede empezar a querer nuevamente de dos maneras. Una, que de nuevo aquello comience a ser para él un bien. Lo cual no se da sin un cambio. Ejemplo: Llegando el frío, empieza a ser bueno estar sentado junto al fuego, algo que antes no lo era.
Otra, que de nuevo empiece a conocer lo que es un bien para él, cosa que antes ignoraba. Y para eso nos aconsejamos: para saber qué es bueno para nosotros.
Ya quedó demostrado anteriormente (q. 9, a. l; q. 14, a. 15) que tanto la sustancia de Dios como su ciencia son completamente inmutables. Por lo tanto, también lo es su voluntad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 19, a. 7)

  • La felicidad humana no está en los deleites carnales que los seguidores de Mahoma buscan como recompensa eterna

La perfección suma del hombre no puede consistir en su unión con las cosas más bajas que él, sino en su unión con alguna más alta, porque el fin siempre es mejor que lo ordenado al fin. Como tales delectaciones consisten en que el hombre se une mediante el sentirlo con las cosas más bajas que él, es decir, con ciertos objetos sensibles, síguese que la felicidad no puede establecerse en ellas. […] El fin último de todas las cosas es Dios, según consta por lo dicho. Así, pues, el último fin del hombre deberá establecerse en lo que más le aproxime a Dios. Ahora bien, por estas delectaciones es impedido el hombre de la máxima aproximación a Dios, que se logra por la contemplación, que ellas estorban grandemente, puesto que principalmente arrastran al hombre hacia las cosas sensibles y, en consecuencia, le apartan de las inteligibles. Por lo tanto, la felicidad humana no puede establecerse en las delectaciones corporales. […] [Con eso] se rechazan también las fábulas de judíos y sarracenos, que ponen en dichos deleites la recompensa de los justos, puesto que la felicidad es el premio de la virtud. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. III, cap. 27, n. 6.10-11)

… juzga la idea de que el hombre es el centro de la vida cristiana que tiene Francisco

  • La caridad para con Dios es más meritoria que la caridad para con el prójimo

¿Es la vida activa más meritoria que la contemplativa?
Respondo: La raíz de todo merecimiento es la caridad, como dijimos antes (II-II 83,15 I-II 114,4). Dado que la caridad consiste en el amor a Dios y al prójimo, como ya se dijo (I-II 25,1), es más meritorio amar a Dios en sí mismo que amar al prójimo, según ya dijimos (I-II 27,1). Por ello, lo que dice relación directa con el amor a Dios es más meritorio en sí mismo que aquello que pertenece directamente al amor del prójimo por Dios. […] En cambio, la vida activa se dedica más directamente al amor al prójimo, porque se afana en los muchos cuidados del servicio, como se dice en Lc 10, 40. Por eso, en sí misma, la vida contemplativa es más meritoria que la activa. Y esto es lo que dice San Gregorio en III Hom. Ez.: La contemplativa es más meritoria que la activa, porque ésta se consagra a las obras presentes, es decir, a socorrer las necesidades del prójimo, mientras que aquélla gusta ya en el descanso venidero, es decir, en la contemplación de Dios. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 182, a. 2)

… juzga la idea de una Iglesia pobre para los pobres que tiene Francisco

  • La perfección no consiste en la pobreza, sino en seguir a Cristo

La perfección no consiste esencialmente en la pobreza, sino en seguir a Cristo, según lo que dice San Jerónimo en Super Mt.: Dado que no es suficiente con dejar todo, Pedro añadió lo que es perfecto, a saber: Te hemos seguido. Ahora bien: la pobreza es una especie de instrumento o ejercicio para llegar a la perfección. Por eso dice el abad Moisés, en las Colaciones de los Padres: Los ayunos, vigilias, meditación de las Escrituras, desnudez, privación de todas las posesiones, no son la perfección, sino instrumentos de la misma. Ahora bien: la privación de toda posesión, o pobreza, es un instrumento de la perfección en cuanto que el estar libre de riquezas lleva consigo la supresión de algunos obstáculos para la caridad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 188, a. 7)

  • La suma perfección puede coexistir con una gran opulencia: el ejemplo de Abrahán

La perfección cristiana no consiste esencialmente en la pobreza voluntaria, sino que esta pobreza es sólo un medio para dicha perfección. De ahí que no se siga que, donde hay mayor pobreza, haya mayor perfección, e incluso pueden coexistir una gran opulencia y la suma perfección. Así, Abrahán, al que se dijo en Gn 17,1: Anda en mi presencia y sé perfecto, sabemos que fue rico. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 185, a. 6, ad 1)

  • Nada impide que de la pobreza nazca un vicio

Porque ni las riquezas ni la pobreza ni ninguna otra cosa exterior es por sí misma un bien del hombre, sino sólo según que se ordena al bien de la razón, nada impide que de cualquier de ellas nazca algún vicio, cuando el hombre no usa de ellas según la regla de la razón; y sin embargo no por esto han de juzgarse simplemente malas, sino malo su uso. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, L. III, c. 134, n. 6)

… juzga la visión de la Iglesia hacia los divorciados en segunda unión que tiene Francisco

  • El adulterio siempre es pecado mortal

Además, algunos pecados son mortales por su propio género, como el homicidio y el adulterio. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 72, a. 5)

  • El pecado mortal excluye totalmente el hábito de la gracia

Un pecado venial no excluye cualquier acto de la gracia, por el que todos los pecados veniales pueden quedar perdonados. Pero el pecado mortal excluye totalmente el hábito de la gracia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 87, a. 4)

  • El adulterio mata el alma

Mas debe saberse que el adulterio y la fornicación se prohíben por muchas razones. En efecto, primeramente dan muerte al alma. “El adúltero pierde el alma por pobreza del espíritu” (Pr 6, 32). Y dice “por pobreza del espíritu”, lo que ocurre cuando la carne domina al espíritu. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 161)

  • La oración no es meritoria sin la gracia santificante

Sin la gracia santificante no es meritoria la oración, lo mismo que no lo es ningún otro acto virtuoso. Y es que aun la misma oración con que se impetra la gracia santificante procede de una cierta gracia como de don gratuito, pues incluso el mismo orar es don de Dios, como dice San Agustín en el libro De Perseverantia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 83, a. 15)

  • La corrección fraterna es el más importante acto de la caridad

Hay, por lo mismo, doble corrección del delincuente. La primera: aportar remedio al pecado como mal de quien peca. Esta es propiamente la corrección fraterna, cuyo objetivo es corregir al culpable. Ahora bien, remover el mal de uno es de la misma naturaleza que procurar su bien. Pero esto último es acto de caridad que nos impulsa a querer y trabajar por el bien de la persona a la que amamos. Por lo mismo, la corrección fraterna es también acto de caridad, ya que con ella rechazamos el mal del hermano, es decir, el pecado. La remoción del pecado —tenemos que añadir— incumbe a la caridad más que la de un daño exterior, e incluso más que la del mismo mal corporal, por cuanto su contrario, el bien de la virtud, es más afín a la caridad que el bien corporal o el de las cosas exteriores. De ahí que la corrección fraterna es acto más esencial de la caridad que el cuidado de la enfermedad del cuerpo o la atención que remedia la necesidad externa. La otra corrección remedia el pecado del delincuente en cuanto revierte en perjuicio de los demás y, sobre todo, en perjuicio del bien común. Este tipo de corrección es acto de justicia, cuyo cometido es conservar la equidad de unos con otros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 33, a. 1)

  • El buen médico arranca el mal de raíz

El buen médico no sólo suprime el mal que aparece sino que también arranca la raíz del mal, no sea que retoñe: por lo cual quiere que nos abstengamos de las causas de los pecados. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 149)

  • El no ser castigado redunda en mal para el proprio pecador

En segundo lugar priva de la vida: en efecto, el adúltero debe morir según la ley, como se dice en el Lv 20 y en Dt 22. Y que a veces no sea castigado corporalmente es para su mal; porqué la pena corporal que se sufre con paciencia es para la remisión de los pecados; pero será castigado en seguida en la vida futura. (Santo Tomás de Aquino. El Decálogo, n. 161)

  • Los más virtuosos deben ser amados más que los menos virtuosos

¿Ha de ser más amado un prójimo que otro? […]
No todos los prójimos se relacionan con Dios de la misma manera, ya que algunos están más cerca de El por su mayor bondad. A los que están más cerca [de Dios] se les debe amar más con caridad que a los que están menos cerca. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 26, a. 6)

… juzga la idea de Iglesia cerrada y enferma que tiene Francisco

  • Se debe evitar la convivencia con los pecadores en un consorcio de pecado

Por la culpa que les sitúa en oposición a Dios, [los pecadores] han de ser odiados todos, incluso el padre, la madre y los parientes, como se lee en la Escritura (Lv 14, 26). […] A los amigos que incurren en pecado, según el Filósofo en IX Ethic., no se les debe privar de los beneficios de la amistad en tanto haya esperanza de su curación. Al contrario, mayor auxilio se les debe prestar para recuperar la virtud que para recuperar el dinero, si lo hubieran perdido, dado que la virtud es más afín a la amistad que el dinero. Mas cuando incurren en redomada malicia y se tornan incorregibles, no se les debe dispensar la familiaridad de amistad. Por eso, esta clase de pecadores, de quienes se supone que son más perniciosos para los demás que susceptibles de enmienda, la ley divina y humana prescriben su muerte. Esto, sin embargo, lo sentencia el juez, no por odio hacia ellos, sino por el amor de caridad, que antepone el bien público a la vida de una persona privada. No obstante, la muerte infligida por el juez aprovecha al pecador: si se convierte, como expiación de su culpa; si no se convierte, para poner término a su culpa, ya que con eso se le priva de la posibilidad de pecar más. […] Por caridad amamos a los pecadores, no para querer lo que quieren ellos, o gozarnos de lo que ellos gozan, sino para llevarlos a querer lo que queremos nosotros y a gozarse de lo que nos gozamos. De ahí estas palabras de Jeremías (15, 19): Ellos se convertirán a ti y tú no te convertirás a ellos. Se debe evitar, ciertamente, que los débiles convivan con los pecadores por el peligro que corren de verse pervertidos por ellos. En cuanto a los perfectos, en cambio, cuya corrupción no se teme, es laudable que mantengan relaciones con los pecadores para convertirlos. Así el Señor comía y bebía con ellos, como consta en la Escritura (Mt 9, 10-11). Sin embargo, se debe evitar la convivencia con los pecadores en un consorcio de pecado. Así dice el Apóstol: Salid de en medio de ellos y no toquéis nada inmundo (2 Co 6, 17), o sea, el consentimiento en el pecado. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 6)

… juzga la idea que Francisco tiene sobre el sufrimiento humano

  • Los males corporales son castigo del pecado

Una cosa es causa indirecta de otra, si es causa que remueve los obstáculos: así se dice en el libro VIII de los Físicos 12 que quien retira una columna, indirectamente remueve la piedra superpuesta (a la misma). Y de este modo el pecado del primer padre es la causa de la muerte y de todos los males de la naturaleza humana […]. Por esto, sustraída esta justicia original por el pecado del primer padre, así como fue vulnerada la naturaleza humana en cuanto al alma por el desorden de sus potencias […], así también se hizo corruptible por el desorden el cuerpo mismo. Mas la sustracción de la justicia original tiene razón de castigo, como también la sustracción de la gracia. Por consiguiente, la muerte y todos los males corporales consecuentes son ciertos castigos del pecado original. Y aunque estos males no fueran intentados por el pecador, sin embargo, han sido ordenados por la justicia de Dios, que castiga [por el pecado]. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 85, a. 5)

… juzga la oración hecha por Francisco en el encuentro ecuménico e interreligioso de Sarajevo

  • Unir los hombres con Dios de manera perfecta compete a Cristo

La misión propia del mediador es unir a aquellos entre los que ejerce la mediación, porque los extremos se juntan en el medio. Pero unir a los hombres con Dios de manera perfecta compete en verdad a Cristo, por medio del cual los hombres son reconciliados con Dios, según estas palabras de 2 Co 5, 19: Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo. Y, por tanto, sólo Cristo es el perfecto mediador entre Dios y los hombres, en cuanto que por medio de su muerte reconcilió al género humano con Dios. Por eso, habiendo dicho el Apóstol que el hombre Cristo Jesús es el mediador entre Dios y los hombres, añade en el v. 6: que se entregó a sí mismo para redención de todos (1 Tm 2, 5-6). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 26, a.1)

  • La tristeza o el dolor no pueden ser el sumo mal del hombre

El dolor o tristeza que es por un verdadero mal, no puede ser el sumo mal, pues hay algo peor que él, esto es, o no juzgar como, mal lo que es verdadero mal, o también no rechazarlo. Y la tristeza o dolor por un mal aparente que es verdadero bien, no puede ser el sumo mal, porque sería peor separarse por completo del verdadero bien. Por lo tanto, es imposible que alguna tristeza o dolor sea el sumo mal del hombre. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 39, a. 4)

  • En la Cruz está Cristo, modelo de todas las virtudes

En la Cruz no falta ningún ejemplo de virtud. Si buscas un ejemplo de caridad, “nadie tiene mayor caridad que dar uno su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Esto lo hizo Cristo en la Cruz. Por consiguiente, si dio por nosotros su vida, no debe resultarnos gravoso soportar por Él cualquier mal. “¿Cómo pagaré al Señor todo lo que me ha dado?” (Ps 115, 12). Si buscas un ejemplo de paciencia, extraordinaria es la que aparece en la Cruz. Por dos cosas puede ser grande la paciencia: o por soportar uno pacientemente grandes sufrimientos, o por soportar sin evitar los que podría evitar. (Santo Tomás de Aquino. Exposición del símbolo de los Apóstoles, cap. 4, a. 4, B)

  • Plenitud de toda gracia y de toda ciencia

La plenitud de toda gracia y de toda ciencia le era absolutamente debida al alma de Cristo por el hecho de haber sido asumida por el Verbo de Dios. Y por tanto, Cristo asumió, de forma absoluta, toda la plenitud de sabiduría y de gracia. En cambio asumió nuestros defectos a manera de administrador, para satisfacer por nuestro pecado, no porque le correspondiesen por su propia naturaleza. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 14, a. 4, ad 2)

… juzga la idea de equiparar la catequesis al yoga o zen que tiene Francisco

  • La instrucción acerca de lo divino es necesaria para la salvación

Del exacto conocimiento de la verdad de Dios depende la total salvación del hombre, pues en Dios está la salvación. Así, pues, para que la salvación llegara a los hombres de forma más fácil y segura, fue necesario que los hombres fueran instruidos, acerca de lo divino, por revelación divina. Por todo ello se deduce la necesidad de que, además de las materias filosóficas, resultado de la razón, hubiera una doctrina sagrada, resultado de la revelación. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 1, a. 1)

… juzga la idea de divorciados para padrinos que tiene Francisco

  • El bautizado queda obligado a través de otro en cosas indispensables a la salvación

Quien responde creo por el niño bautizado, no predice que el niño creerá cuando llegue a la madurez adecuada. Si así fuera, respondería creerá. Lo que hace es profesar la fe de la Iglesia en nombre del niño, al que se comunica la fe, recibe el sacramento de esta fe, y queda obligado a ella a través de otro. De hecho, nada impide que uno quede obligado a través de otro en las cosas que son indispensables para la salvación. De igual modo, el padrino que responde por el niño, promete que él hará todo lo que pueda para que el niño crea. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 71, a. 1)

  • Incumbencia de enseñar a vivir cristianamente

La instrucción tiene muchas etapas. […]. La tercera enseña a vivir cristianamente. Y ésta incumbe a los padrinos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 71, a. 4)

… juzga la idea de pedir oraciones a no católicos y ateos que tiene Francisco

  • El Señor apoya las súplicas que hacen los que están en la unidad de la Iglesia

El Señor apoya, no sólo la excomunión, sino también las súplicas que hacen los que están unidos en la unidad de la Iglesia, cuando añade: “Dígoos además que si dos de vosotros se convinieren sobre la tierra”, o recibiendo a un penitente, o rechazando a un soberbio, o sobre cualquier otro asunto de que trataren, pero que no sea opuesto a la unidad de la Iglesia, “les será hecho por mi Padre, que está en los cielos”. Por las palabras: “Que está en los cielos”, manifiesta que está sobre todas las cosas y que de esta manera puede conceder lo que se le pide. O también: “Está en los cielos”, es decir, en los santos; lo que prueba que El concederá a los santos lo que le pidieren porque tienen ellos en sí mismos a Aquel a quien piden; de aquí resulta confirmada la sentencia de los que convienen porque Dios habita con ellos y por eso sigue: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos”. (Glosa citada por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 18, 18-20)

  • La oración no es meritoria sin la gracia santificante

Sin la gracia santificante no es meritoria la oración, lo mismo que no lo es ningún otro acto virtuoso. Y es que aun la misma oración con que se impetra la gracia santificante procede de una cierta gracia como de don gratuito, pues incluso el mismo orar es don de Dios, como dice San Agustín en el libro De Perseverantia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 83, a. 15)

… juzga los criterios para ser obispo que tiene Francisco

  • El que elige para el episcopado al que más le gusta y no al que sea más útil a la Iglesia, peca gravemente

Por eso San Jerónimo habla contra algunos, diciendo que algunos no procuran erigir en columnas de la Iglesia a los que saben que son más útiles para ella, sino a los que más les gustan o a quienes están obligados con sus regalos, o han sido recomendados o, callando otras cosas peores, han conseguido, mediante presentes, ser promovidos a la clericatura. Esto es una acepción de personas y, en estos casos, es pecado grave. Por eso, a propósito de Jc 2, 11 dice la Glosa de San Agustín: Hermanos míos, no caigáis en la acepción de personas. Si aplicamos a las dignidades estas diferencias de estar sentado o de pie, no ha de creerse que es un pecado leve fijarse en la acepción de personas para administración de lo que se refiere a la gracia de Dios, pues ¿quién podrá tolerar que sea elegido un rico para ocupar un puesto de honor en la Iglesia despreciando a un pobre más instruido y más santo? […] Esa autoridad ha de entenderse como deber de aquel que se halla constituido en dignidad, pues debe tratar de mostrarse tal que supere a los demás en ciencia y en santidad. Por eso dice San Gregorio en su Pastoral: La conducta del obispo debe destacar sobre la del pueblo tanto como la vida del pastor sobre la del rebaño. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 185, a. 3)

  • Para el obispo la doctrina es prioridad

Dice pues: ya que por la edad eres joven, “muéstrate en todas cosas dechado de buenas obras”; porque el prelado debe ser como un ejemplo viviente para sus discípulos. “Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo” “porque os he dado ejemplo, para que, como Yo lo he hecho, así también lo hagáis” (1 Co 11, Jn 13, 15). Al decir luego: “en la doctrina”, reseña en qué cosas, de modo especial, se ha de mostrar dechado. La doctrina es lo primero, porque es lo propio del prelado: “apacentar con la ciencia y doctrina” (Jr 3) […]. Enseña luego cuáles hayan de ser su doctrina y sus palabras, y dice que sanas, no corrompidas con falsedades (2 Tm 1): “en boca del príncipe no dice bien la mentira”. También cuanto al modo, que sean “irreprensibles”, esto es, que se digan a tiempo, con toda decencia e induzcan a corregirse. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a Tito, cap. 2, lec. 2)

  • Conocer la doctrina para guardar al rebaño de las insidias de los herejes

La materia del estudio no han de ser las fábulas ni las bagatelas temporales, sino la palabra fiel, esto es, verdadera (Ps 144), o de la Fe, en la que es necesario que el obispo esté versado e instruido. Mas algunos estudian sólo para aprender y para llevar a efecto lo que aprendieron; pero esto no es suficiente para el obispo, sino que es necesario que comunique a otros lo que aprendió; por eso dice: “según se le han enseñado a él”. […] La utilidad es la facultad de cumplir con su oficio, y el oficio del prelado es como el del pastor (Jn 21), que tiene que apacentar el rebaño (1 P 5) y alejar al lobo; así también el obispo debe apacentar con la doctrina verdadera a su rebaño (Jr 3); por eso dice: “a fin de que sea capaz de instruir en la sana doctrina”. No dice que exhorte o instruya, sino que sea capaz de hacerlo, que es cuando, siendo necesario exhortar e instruir, tenga la puerta abierta para proveer de lo que cada uno quisiere, y la botillería de par en par. […] También para guardar su rebaño de los herejes; por eso dice: “y redargüir a los que contradijeren”, esto es, convencer, que, como dice en 2 Tm 3, se logra por el estudio de las Sagradas Escrituras (Jb 6): dos cosas que, en sentir del Filósofo, pertenecen al trabajo del sabio, a saber, de lo que conoce no echar mentiras, y al que las echa poder quitarle la máscara. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a Tito, cap. 1, lec. 3)

  • El mal ejemplo de un obispo lo hace acreedor de la perdición de los súbditos

Dice San Gregorio: deben saber los prelados que a tantas muertes se hacen acreedores cuantos ejemplos de perdición dan a sus súbditos. […] Mas no parece que alguno tenga obligación de rendir cuentas sino sólo por sí, según aquello: “es forzoso que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo para que cada uno reciba el pago debido a las buenas o malas acciones que habrá hecho mientras ha estado revestido de su cuerpo” (2Co 5, 10). —Respondo: cierto, cada uno ha de dar cuenta principalmente de sus propias acciones; pero, tanto cuanto éstas tienen que ver con otras, también de las ajenas. Ahora bien, las acciones de los prelados tienen mucho que ver con los súbditos, conforme a lo que dice Ezequiel: “hijo de hombre, Yo te he puesto por centinela en la casa de 1srael, y de mi boca oirás mis palabras, y se las anunciarás a ellos de mi parte” (3, 17). De donde se sigue que si el prelado —entendido aquí por centinela— no le intima al impío que morirá sin remedio, aquel impío morirá en su pecado, pero al centinela se le exigirá cuenta de su sangre. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Hebreos, lec. 3, Hb 13, 17-25)

… juzga la idea de que los cristianos deben abajarse siempre que tiene Francisco

  • Humildad tanto más admirable cuanto más sublime es su majestad

Aunque la virtud de la humildad no convenga a Cristo según su naturaleza divina, le pertenece, sin embargo, según su naturaleza humana, haciéndose dicha humildad más laudable por su divinidad; pues la dignidad de la persona engrandece la alabanza de la humildad, como sucede cuando algún magnate se ve por cierta necesidad en trance de padecer bajezas. Mas en el hombre no puede haber dignidad más alta que la de ser Dios. Por eso, la humildad del Hombre Dios es la más grande humildad, pues soportó las bajezas que convenía padeciera para salvar a los hombres. Porque los hombres, inducidos por la soberbia, eran amadores de la gloria mundana. Así, pues, para que la afición humana de amar la gloria mundana se trocara en amor de la gloria divina, quiso padecer la muerte, no una cualquiera, sino la más afrentosa. […] Por lo cual, aunque se hallasen muchos ejemplos de humildad en otros hombres, no obstante, fue conveniente que fueran impulsados a ello por el ejemplo del Dios Hombre quien sabemos que no pudo errar y cuya humildad es tanto más admirable cuanto más sublime es su majestad. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, L. IV, c. 55, n. 19-20)

  • El simple rebajamiento externo es gran soberbia

La humildad, en cuanto virtud, lleva consigo cierto laudable rebajamiento de sí mismo. Esto se hace, a veces, sólo con signos externos y es fingido, constituyendo la falsa humildad, de la cual dice San Agustín, en una carta, que es gran soberbia, porque parece que busca la excelencia de la gloria. Pero a veces se hace por un movimiento interno del alma, en cuyo caso la humildad se considera como virtud propiamente dicha, porque la virtud no consiste en manifestaciones externas, sino principalmente en la decisión interna de la mente, como afirma el Filósofo en Ethic. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 161, a. 1, ad 2)

… juzga la idea de hacer teología que tiene Francisco

  • En razón de la doctrina que enseñan los doctores deben despreciar las cosas terrenas

En razón de la elevación de esta doctrina se requiere dignidad también en quienes la enseñan, lo que se significa en los montes, cuando dice: riegas los montes. Y esto por tres motivos. Primero, por la elevación de los montes. Están elevados sobre la tierra y cercanos al cielo. Así también los doctores sagrados, despreciando las cosas terrenas se adhieren solo a las celestiales. Fil 3: Nuestra ciudadania está en los cielos. Por lo que del mismo Cristo, doctor de los doctores, se dice en Is. 2: Se elevará sobre la cima de los mones y hacia él confluirán todos los pueblos. (Santo Tomás de Aquino. Princripium Ringans Montes)

  • Los doctores son los primeros a recebir el resplendor de las luces divinas

Los montes son iluminados primero por los rayos de la luz. Y de modo semejante las mentes de los doctores sagrados reciben primero el resplandor. Pues del mismo modo que los montes, los doctores son iluminados en primer lugar por los rayos de la divina sabiduría. Por eso se dice en el Salmo: Cuando iluminas con tu resplandor desde los montes eternos, es decir, los doctores que participan de la eternidad, de los que se dice en Fil 2: entre los que brillais como antorchas en el mundo. (Santo Tomás de Aquino. Princripium Ringans Montes)

  • Los doctores deben estar en defensa de la fe contra los errores

[…] los doctores de la Iglesia deben estar en defensa de la fe contra todos los errores. Los hijos de Israel no confiaban en la lanza ni en las flechas, sino que los montes los defendían. Y por eso algunos fueron recriminados en Ez 13: No subisteis al frente en la adversidad ni pusisteis un muro de defensa para la casa de Israel, a fin de oponerles resistencia en el dia del peligro, en el dia del Señor. Porque todos los doctores de la Sagrada Escritura deben ser elevados por la eminencia de su vida, para ser idóneos para predicar eficazmente. Como dice Gregorio en su Regla Pastoral, si la vida de uno es despreciada, también será despreciada necesariamente su predicación. Porque los corazones no pueden ser estimulados a mantenerse en el temor de Dios si no son por la elevación de la vida. Deben ser iluminados, para que puedan enseñar eficazmente con sus comentarios, como se lee en Ef. 3: A mi, el menos de todos los santos, se me ha concedido esta gracia: anunciar a los paganos las insondables riquezas de Cristo e iluminar a todos con la dispensación del misterio que estaba escondido desde todos los siglos en Dios. Deben estar preparados para confrontar los errores en las disputas. Lc 21: Os daré una boca y una sabiduría que vuestros adversarios no podrán resistir ni contradecir. Y de estos tres oficios, es decir, predicar, comentar y disputar se dice en Tit 1: para que capaz de exhortar, esto en en cuanto a la predicación, de enseñar la doctrina sagrada, en cuanto a los comentarios, y de vencer a quienes te contradigan, en cuanto a la disputa. (Santo Tomás de Aquino. Princripium Ringans Montes)

  • Dios es el sujeto de la ciencia sagrada

Contra esto: es sujeto de una ciencia aquello en torno a lo cual gira todo el quehacer de tal ciencia. La ciencia sagrada gira en torno a Dios, tanto que se la llama Teología, que es casi como decir Tratado sobre Dios. Por lo tanto, Dios es el sujeto de esta ciencia. (Santo Tomás de Aquino. STh. I, q. 1, a.7)

  • En la ciencia sagrada todo debe estar referido a Dios

Esto mismo queda patente por los principios de esta ciencia, que son los artículos de fe, y que proviene de Dios. El sujeto de los principios es el mismo que de toda la ciencia, pues toda la ciencia virtualmente está contenida en los principios. Es verdad que ha habido quienes, considerando lo que se trata en esta ciencia y no el aspecto bajo el que se trata, le han asignado a la doctrina sagrada otro sujeto. Por ejemplo, los hechos y los signos, o la obra de la reparación, o el Cristo total, esto es, la cabeza y los miembros. Cierto que en esta ciencia se trata de todo esto, pero siempre en cuanto referido a Dios. (Santo Tomás de Aquino. STh. I, q. 1, a.7)

… juzga las ideas presentes en la Laudato Sí´

  • La justificación del impío es una obra más excelente que la creación del cielo y la tierra

La grandeza de una obra puede ser determinada desde dos puntos de vista. En primer lugar, por el modo de obrar. Y en este sentido la obra más grande es la de la creación, en la que se hace algo de la nada. En segundo lugar, por la magnitud del resultado obtenido. Y bajo este aspecto, la justificación del impío, que tiene por término el bien eterno de la participación divina, es una obra más excelente que la creación del cielo y la tierra, cuyo término es el bien de la naturaleza mudable. De aquí que San Agustín, tras afirmar que es más hacer un justo de un pecador que crear el cielo y la tierra, añade: Porque el cielo y la tierra pasarán; mas la salud y la justificación de los predestinados permanecerán para siempre. (Santo Tomás de Aquino. Suma teológica. I-II, q. 113, a. 9)

  • El bien de la gracia de un solo individuo es superior al bien natural de todo el universo

El bien de la gracia de un solo individuo es superior al bien natural de todo el universo. (Santo Tomás de Aquino. Suma teológica. I-II, q. 113, a. 9, ad 2)

  • La Divina Providencia gobierna lo inferior mediante lo superior. Como el hombre ha sido creado a imagen de Dios, está por encima de los demás animales, que le están sometidos

Todo animal está por naturaleza sometido al hombre. […]. Pues, así como en la generación de las cosas se detecta un orden que va de lo imperfecto a la perfecto, la materia se ordena a la forma, y la forma inferior a la superior, así también sucede en el uso de las cosas naturales, en el que las imperfectas están al servicio de las perfectas: las plantas viven de la tierra; los animales, de las plantas; los hombres, de las plantas y animales.  De donde se deduce que este dominio de los animales es natural al hombre. […] La Divina Providencia gobierna lo inferior por lo superior. Como el hombre ha sido creado a imagen de Dios, está por encima de los restantes animales, que le están sometidos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 95, a. 3)

  • La armonía entre los seres hace natural que el hombre los domine

Y así, las plantas viven de la tierra; los animales de las plantas, y los hombres de las plantas y animales. De donde se infiere que este dominio sobre los animales es natural al hombre, porque si bien animales y hombres participan de la prudencia, en los animales se refiere sólo a sus actos particulares, mientras que en el hombre se encuentra la prudencia “universal” que informa todo dinamismo posible. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I, q. 96, a. 1)

  • La diversidad y la desigualdad provienen del querer divino

No debe faltar a la obra de un artífice consumado una suma perfección. Y así, siendo el bien del orden de diversos seres mejor que cualquiera de los ordenados tomado en si —por ser el elemento formal respecto a los singulares como la perfección del todo a sus partes—, no debió faltar el bien del orden a la obra de Dios. Mas este bien no podría existir sin la diversidad y desigualdad de las criaturas. Luego la diversidad y desigualdad entre las criaturas no procede del acaso, ni de la diversidad de la materia, ni de la intervención de algunas causas o méritos, sino del propio querer divino, que quiso dar a la criatura la perfección que le era posible tener. De aquí que se diga en el Génesis: “Vio Dios que todo lo que había hecho era bueno sobremanera; habiendo dicho de cada cosa solamente que era buena”. Como queriendo decir que cada cosa de por sí es buena, pero todas juntas son muy buenas, por razón del orden del universo, que es la última y más noble perfección de las cosas. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. II, c. 45)

  • La perfección del universo se encuentra en sus desigualdades

En conclusión: que así como la divina sabiduría es la causa de la distinción de las cosas con miras a la perfección del universo, así lo es también de la desigualdad, porque no será perfecto el universo si en las cosas hubiese un solo grado de bondad. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, a. 47, q. 2)

… juga la idea de igualdad como fuente de justicia y felicidad que tiene Francisco

  • La diversidad y desigualdad proviene del querer divino

No debe faltar a la obra de un artífice consumado una suma perfección. Y así, siendo el bien del orden de diversos seres mejor que cualquiera de los ordenados tomado en si —por ser el elemento formal respecto a los singulares como la perfección del todo a sus partes—, no debió faltar el bien del orden a la obra de Dios. Mas este bien no podría existir sin la diversidad y desigualdad de las criaturas.
Luego la diversidad y desigualdad entre las criaturas no procede del acaso, ni de la diversidad de la materia, ni de la intervención de algunas causas o méritos, sino del propio querer divino, que quiso dar a la criatura la perfección que le era posible tener
De aquí que se diga en el Génesis: “Vio Dios que todo lo que había hecho era bueno sobremanera; habiendo dicho de cada cosa solamente que era buena”. Como queriendo decir que cada cosa de por sí es buena, pero todas juntas son muy buenas, por razón del orden del universo, que es la última y más noble perfección de las cosas. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, lib. II, c. 45)

  • Toda sociedad perfecta es desigual

Un todo perfecto en las realidades naturales se halla constituido por partes diversas según la especie, como el hombre, que lo es de carne, huesos y niervos. Por el todo que se compone de partes de la misma especie es imperfecto en el género de lo natural […]. De ahí es evidente que, como la ciudad [sociedad] es un todo perfecto, es necesario que consista de partes dispares según la especie. (Santo Tomás de Aquino. Comentário a la Política de Aristóteles, lib. I, lec. 1, n. 12)

  • Los necesitados son más bien atendidos en una sociedad desigual

La ciudad se cuidará mejor a sí misma en la medida que se encuentre en ella más diversidad entre los hombres. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Política de Aristóteles, lib. I, lec. 1, n. 16)

  • Afirmar que el bien de la sociedad consiste en la igualdad es destruir la sociedad

Luego es evidente, que la ciudad no es apta para ser unitaria de modo que todos sean semejantes, como dicen algunos. Lo que se sostiene como bien más de las ciudades, a saber, la unidad máxima destruye a la ciudad. De lo cual se desprende que la unidad no puede ser el bien de la cuidad. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Política de Aristóteles, lib. I, lec, 1, n. 11)

… juzga la interpretación del milagro de la multiplicación de los panes y peces que tiene Francisco

  • Cristo hizo milagros para confirmar su doctrina y manifestar su divinidad

Dios concede al hombre el poder de hacer milagros por dos motivos. Primero, y principalmente, para confirmar la verdad que uno enseña. […] Segundo, para mostrar la presencia de Dios en el hombre por la gracia del Espíritu Santo, de modo que, al realizar el hombre las obras de Dios, se crea que el propio Dios habita en él por la gracia. Por esto se dice en Ga 3, 5: El que os otorga el Espíritu y obra milagros entre vosotros. Y ambas cosas debían ser manifestadas a los hombres acerca de Cristo, a saber: Que Dios estaba en Él por la gracia no de adopción sino de unión, y que su doctrina sobrenatural provenía de Dios. Y por estos motivos fue convenientísimo que hiciera milagros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 43, a. 1)

  • Cristo no creó los panes, sino que los multiplicó a partir de los pocos que había

La multiplicación de los panes no se hizo en forma de creación, sino por adición de una materia extraña convertida en pan. Por esto dice Agustín In Ioann: Como multiplica las mieses a base de pocos granos, así multiplicó en sus manos los cinco panes. Porque es evidente que los granos se multiplican en las mieses por conversión. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 43, a.4, ad. 4)

… juzga la idea de que nuestros pecados nos aproximan de Jesucristo que tiene Francisco

  • La fe no puede coexistir con el pecado

La fe por la que somos purificados de los pecados no es la fe informe, que puede coexistir con el pecado, sino la fe informada por la caridad, para que, de esta manera, se nos aplique la pasión de Cristo no sólo en cuanto al entendimiento, sino asimismo en cuanto a la voluntad. Y también por este medio se perdonan los pecados en virtud de la pasión de Cristo. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 49, a.1, ad 5)

  • El vicio y la virtud se excluyen

El vicio es contrario a la virtud directamente, así como el pecado al acto virtuoso. Y por eso el vicio excluye la virtud, como el pecado excluye el acto de la virtud. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teologica, I-II, q. 71, a. 4)

  • El pecado mortal excluye totalmente el hábito de la gracia

Un pecado venial no excluye cualquier acto de la gracia, por el que todos los pecados veniales pueden quedar perdonados. Pero el pecado mortal excluye totalmente el hábito de la gracia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teologica, III, q. 87, a. 4)

  • La caridad y la sabiduría no pueden coexistir con el pecado mortal

Según hemos expuesto (a. 2 et 3), la sabiduría, que es don del Espíritu Santo, permite juzgar rectamente las cosas divinas, y las demás cosas en conformidad con las razones divinas, en virtud de cierta connaturalidad o unión con lo divino. Esto, como hemos visto, es efecto de la caridad. Por eso la sabiduría de que hablamos presupone la caridad, y la caridad no coexiste con el pecado mortal, como hemos expuesto (II-II 24,12). En consecuencia, tampoco la sabiduría de que hablamos puede coexistir con el pecado mortal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 45, a. 2)

  • Dos modos de recibir la Eucaristía

Hay dos modos de comer este Sagrado Manjar: sacramental y espiritual. Hay unos, pues, que lo comen de ambos modos, es a saber, son aquellos que toman el sacramento de tal suerte que de su esencia participan, esto es, de la caridad, por la cual hay unidad en la Iglesia; y de éstos se entiende lo de San Juan. Otros solo sacramentalmente, es a saber, aquellos que lo comen de tal suerte que no tocan el meollo, esto es, no tienen la caridad, y de los tales se entiende lo que aquí dice San Pablo: “quien lo come y lo bebe indignamente se traga y bebe su propia condenación”. Además de estos dos modos, hay otro tercero de tomar el Sacramento, por accidente llamado, esto es, cuando se toma no tal como sacramento, lo que acaece de tres modos: a) como cuando un fiel toma por no consagrada una hostia consagrada. El tal ya tiene costumbre de usar de este Sacramento, mas no como sacramento lo usa en el dicho momento. b) como cuando un infiel, que fe no tiene ninguna acerca del Sacramento, toma la hostia consagrada. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Primera Epístola a los Corintios, lec. 7, 1 Cor 11, 27-34)

… juzga la idea de que el clamor del pueblo expresa la voluntad de Dios que tiene Francisco

  • Quien predica la verdad siempre es importuno para los malos

Digamos que el predicador ha de predicar siempre oportunamente, si se ajusta a la regla de la verdad, mas no si se rige por la falsa estimación de los oyentes, que juzgarán la verdad como importunidad; porque el que predica la verdad siempre es para los buenos oportuno, para los malos importuno. “Quien es de Dios escucha la palabra de Dios; por eso vosotros no la escucháis, porque no sois de Dios” (Jn 8, 47). “¡Oh, cuan sumamente áspera es la sabiduría para los hombres necios!” (Si 6, 21). Si el hombre tuviese que aguardar coyuntura para hablar solamente a los que quieren escuchar, aprovecharía sólo a los justos; mas es menester que a sus tiempos predique también a los malos para que se conviertan. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Epístola a Timoteo, cap. 4, lec. 1)

… juzga la idea de que podemos enorgullecernos de nuestros pecados que tiene Francisco

  • La flaqueza es materia de la virtud

Y esta expresión: “la fuerza se perfecciona en la flaqueza” se puede entender de dos maneras: materialmente u ocasionalmente. Si se entiende materialmente, el sentido es éste: la fuerza se perfecciona en la flaqueza, esto es, la flaqueza es la materia de la virtud que se ha de ejercer. Y primeramente de la humildad, como arriba se dijo; y luego de la paciencia (La prueba de la fe produce la paciencia: Sant. 1, 3); tercero, de la templanza, porque por la flaqueza se debilita el fomes y se hace uno moderado.
Y si se entiende ocasionalmente, entonces la fuerza se perfecciona en la flaqueza, o sea, es la ocasión de alcanzar la virtud perfecta, porque sabiéndose débil el hombre, más se esfuerza por resistir, y por el hecho de resistir y luchar se hace más esforzado, y consiguientemente más fuerte. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios, lec. 3: 2 Cor 12, 7-10)

  • Las flaquezas nos son dadas para nuestro provecho espiritual

En seguida expresa el Apóstol el efecto de la respuesta del Señor, diciendo: con sumo gusto me gloriaré, etc. E indica un doble efecto. El uno es el de la glorificación, por lo cual dice: Como mi fuerza se perfecciona en las flaquezas, por lo tanto con sumo gusto me gloriaré en mis flaquezas, las que se me han dado para mi provecho. Y eso porque más me uno a Cristo. A mí líbreme Dios de gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gal 6, 14). […] Y la razón de que con gusto me gloríe es para que la fuerza de Cristo habite en mí, para que por las flaquezas inhabite y se consume en mí la gracia de Cristo. Él es el que robustece al débil (Is 40, 29). Otro efecto es de gozo. Por lo cual dice: Por cuya causa me complazco, etc. Y acerca de esto hace dos cosas. Primero indica el tal efecto; luego indica su razón de ser: Porque cuando soy débil, etc. Así es que indica el efecto del gozo y la materia del gozo. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios, lec. 3: 2 Cor 12, 7-10)

  • Que no se padezcan tribulaciones por obrar mal

La fuerza de Cristo habita en mí en todas las flaquezas y tribulaciones, por lo cual me complazco, o sea, mucho me deleito y gozo con las dichas flaquezas mías. Tened, hermanos, por sumo gozo el caer en varias tribulaciones (Sant. 1, 2). […] Pero la materia de todas estas cosas que son para gozo es que son por Cristo; como si dijera: Me complazco porque por Cristo padezco. Jamás venga el caso en que alguno de vosotros padezca por homicidio, o ladrón, o maldiciente, o codiciador de lo ajeno (1P 4,15). […] O sea, que cuando por lo que ocurre en mí o por la persecución de los demás incurro en algo de las cosas predichas, se me concede el auxilio divino, con el cual soy fortalecido. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Carta de San Pablo a los Corintios, lec. 3: 2 Cor 12, 7-10)

… juzga la idea de origen de los Salmos que tiene Francisco

  • La Ley Antigua es un ayo de niños mientras la Nueva es Ley de perfección

Toda ley ordena la vida humana a la consecución de un fin. […] Así pues, se pueden distinguir dos leyes: de un modo, en cuanto son totalmente diversas, como ordenadas a diversos fines. […] De otro modo pueden diferenciarse dos leyes, en cuanto que la una mira más de cerca el fin y la otra lo mira más de lejos. […] Así pues, hay que decir que del primer modo la Ley Nueva no es distinta de la Antigua, pues ambas tienen un mismo fin, a saber: someter a los hombres a Dios. Ahora bien, uno mismo es el Dios del Nuevo y del Antiguo Testamento, según aquello de Rom 3, 30: “Uno mismo es el Dios que justifica la circuncisión por la fe y el prepucio mediante la fe.” De otro modo, la Ley Nueva es diferente de la Antigua, porque la Antigua es como un ayo de niños, según el Apóstol dice (Gal 3, 24); en cambio, la Nueva es ley de perfección. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 107, a. 1)

  • Cristo perfeccionó la Ley Antigua con las obras y con la doctrina

Todo lo perfecto suple lo que a lo imperfecto falta; y, según esto, la Ley Nueva perfecciona a la antigua en cuanto suple lo que faltaba a la Antigua. En la Antigua Ley pueden considerarse dos cosas: el fin y los preceptos contenidos en ella. […] El fin de la Antigua Ley era la justificación de los hombres, lo cual la ley no podía llevar a cabo, y sólo la representaba con ciertas ceremonias, y con palabras la prometía. En cuanto a esto, la Ley Nueva perfecciona a la Antigua justificando por la virtud de la pasión de Cristo. Esto es lo que da el Apóstol a entender cuando dice en Rom 8, 3: “Lo que era imposible a la ley, Dios, enviando a su Hijo en la semejanza de la carne del pecado, condenó al pecado en la carne, para que se cumpliese en nosotros la justificación de la ley.’ Y, en cuanto a esto, la Nueva Ley realiza lo que la Antigua prometía, según aquello de 2 Cor 1, 20: ‘Cuantas son las promesas de Dios, están en él’, esto es, en Cristo. Y, asimismo, en esto también realiza lo que la Antigua Ley representaba. Por lo cual, en Col 2, 17, se dice de los preceptos ceremoniales que eran sombra de las cosas futuras, pero la realidad es Cristo’; esto es, la verdad pertenece a Cristo. Y por eso la Ley Nueva se llama ‘ley de verdad’, mientras que la Antigua es ‘ley de sombra o figura’. Ahora bien, Cristo perfeccionó los preceptos de la Antigua Ley con la obra y con la doctrina. […] Con su doctrina perfeccionó los preceptos de la Ley de tres maneras: en primer lugar, declarando el verdadero sentido de la ley. […] En segundo lugar, el Señor perfeccionó los preceptos de la Ley ordenando el modo de observar con mayor seguridad lo que había mandado la Antigua Ley. […] En tercer lugar, perfeccionó el Señor los preceptos de la Ley añadiendo ciertos consejos de perfección. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica I-II, q. 107, a. 2)

  • Es infiel quien desprecia la fe

La infidelidad puede tener doble sentido. Uno consiste en la pura negación, y así se dice que es infiel quien no tiene fe. Puede entenderse también la infidelidad por la oposición a la fe: o porque se niega a prestarle atención, o porque la desprecia, a tenor del testimonio de Isaías: ¿Quién dio crédito a nuestra noticia? (Is 53,1). En esto propiamente consiste la infidelidad, y bajo este aspecto es pecado. […] En cuanto pecado, la infidelidad tiene su origen en la soberbia, que hace que el hombre no quiera someter su entendimiento a las reglas de fe y a las sanas enseñanzas de los Padres. Por eso dice San Gregorio en XXXI Moral, que de la vanagloria proviene la presunción de novedades. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 1)

… juzga la idea de que el Papa no debe juzgar que tiene Francisco

  • El escándalo puede inducir a la ruina espiritual por falta de rectitud

Según expone allí mismo San Jerónimo, lo que en griego se llama “escándalo” lo podemos traducir por tropiezo, ruina o lesión del pie. Sucede, en efecto, que en el camino material se pone a veces un obstáculo, y quien tropieza en él corre el riesgo de caer; ese obstáculo se llama escándalo. Acontece igualmente en la vida espiritual que las palabras y acciones de otro inducen a ruina espiritual en cuanto que con su amonestación, solicitación o ejemplo arrastran al pecado. Esto es propiamente escándalo. Ahora bien, no hay nada que por su propia naturaleza induzca a ruina espiritual, a no ser que tenga algún defecto de rectitud. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.43, a.1)

  • Es muy grave obrar contra lo que viene determinado por la naturaleza

En cualquier orden de cosas, la corrupción de los principios es pésima, porque de ellos dependen las consecuencias. Ahora bien: los principios de la razón son los naturales, ya que la razón, presupuestos los principios determinados por la naturaleza, dispone los demás elementos de la manera más conveniente. Esto se nota tanto en el orden especulativo como en el operativo. Por ello, así como en el orden especulativo un error sobre las cosas cuyo conocimiento es connatural al hombre es sumamente grave y torpe, así es también muy grave y torpe, en el orden operativo, obrar contra aquello que ya viene determinado por la naturaleza. Así, pues, dado que en los vicios contra la naturaleza el hombre obra contra lo que la misma naturaleza ha establecido sobre el uso del placer venéreo, síguese que un pecado en tal materia es gravísimo. […] Así como el orden de la recta razón procede del hombre, así el orden natural procede de Dios. Por eso en los pecados contra la naturaleza, en los que se viola el orden natural, se comete una injuria contra Dios, ordenador de la naturaleza. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 154, a. 12; ad 1)


… juzga el hecho de pedir la bendición a herejes y cismáticos

  • La Iglesia prohíbe el trato con los herejes

Prohíbe la Iglesia a los fieles el trato con los infieles que se apartan de la fe recibida, sea corrompiéndola, como los herejes, sea abandonándola totalmente, como los apóstatas. Contra unos y otros, en efecto, dicta la Iglesia sentencia de excomunión. (San Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 9)

… juzga la idea de pecado y misericordia que tiene Francisco

  • Para el perdón de los pecados veniales también es necesario hacer penitencia

La remisión de la culpa, como se acaba de exponer, se realiza mediante la unión con Dios, de quien, en cierto modo, separa la culpa. Ahora bien, esta separación es completa con el pecado mortal, y es incompleta con el pecado venial. Porque con el pecado mortal el alma se aparta totalmente de Dios, puesto que obra en contra de la caridad. Mientras que el pecado venial enfría el afecto del hombre impidiéndole dirigirse a Dios con presteza. Por eso, ambos pecados se perdonan con la penitencia, ya que por el uno y por el otro queda la voluntad del hombre desordenada por la inmoderada inclinación del hombre a los bienes creados. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 87, a. 1)

  • La verdadera penitencia es el abandono del pecado

El pecado mortal no puede ser perdonado sin una verdadera penitencia, a la cual corresponde el abandono del pecado en cuanto ofensa de Dios, lo cual es común a todos los pecados mortales. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 86, a. 3)

  • Aversión a Dios que merece la pena de daño

El castigo es proporcionado al pecado. Mas en el pecado hay dos cosas. Una de ellas es la aversión con respecto al bien inmutable, que es infinito; y así, por esta parte, el pecado es infinito. La otra cosa que hay en el pecado es la conversión desordenada al bien transitorio. Y por esta parte el pecado es finito, ya porque el mismo bien transitorio es finito, ya porque la misma conversión (a él) es finita, pues los actos de una criatura no pueden ser infinitos. Por razón, pues, de la aversión al pecado le corresponde la pena de daño, que también es infinita, pues es la pérdida del bien infinito, es a saber, de Dios. Más por razón de la conversión (a las criaturas, finitas) le corresponde la pena de sentido, que también es finita. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 87, a. 4)

  • Pena irreparable de duración perpetua

La duración de la pena corresponde a la duración de la culpa, no ciertamente por parte del acto, sino por parte de la mancha, perdurando la cual, perdura el reato de la pena. Mas el rigor de la pena corresponde a la gravedad de la culpa. Pero la culpa que es irreparable, lleva consigo durar perpetuamente: y por eso incurre en una pena eterna. Mas no es infinita por parte de la conversión (a las criaturas); y por ello no incurre por esta parte en una pena cuantitativamente infinita. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 87, a. 4)

 … juzga la idea de que no se puede encontrar a Dios que tiene Francisco

  • De la conformidad de la vida con la ley divina viene la rectitud

La verdad de la vida es aquella por la que una cosa es verdadera, no por la que uno dice la verdad. De la vida, como de las otras cosas, decimos que son verdaderas en tanto en cuanto se atienen a su regla o medida; en este caso, a la ley divina, pues de su conformidad con ella le viene la rectitud. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.109, a.2, ad 3)

  • La verdad de fe es fuerte en sí misma y no cede a ninguna impugnación

Porque la verdad es fuerte en sí misma y no cede a ninguna impugnación, es preciso pasar a demostrar que la verdad de la fe no puede ser superada por la razón. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, l. IV, c. 10, n. 15) 

… juzga la idea de Primera Comunión que tiene Francisco

  • El más importante de los sacrificios

¿Por qué fue oportuna la institución de la Eucaristía?
Fue oportuna la institución de este sacramento en la cena en que Cristo se reunió por última vez con sus discípulos. Primero, por el contenido de este sacramento. Porque en la Eucaristía está contenido sacramentalmente el mismo Cristo. […] Segundo, porque sin la fe en la pasión de Cristo no pudo haber nunca salvación, como se dice en Rm 3, 25: A quien Dios puso como propiciador por la fe en su sangre. De ahí que en todo tiempo haya habido entre los hombres alguna cosa que representase esta pasión del Señor. […] Así pues, porque, como dice el Papa Alejandro, entre todos los sacrificios ninguno puede haber más importante que el del cuerpo y la sangre de Cristo, ni ninguna oblación mejor que ésta, por eso y para que le tengamos en mayor veneración, el Señor instituyó este sacramento en el momento de separarse de sus discípulos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 73, a. 5)

  • Sacramento confirmado por las palabras del Salvador

No hay lugar a dudas sobre la realidad de la carne y de la sangre de Cristo. Nuestro Señor enseña y nuestra fe acepta que ahora su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida. Y San Ambrosio en el VI De Sacramentes afirma: Como el Señor Jesucristo es verdadero Hijo de Dios, así es verdadera carne de Cristo la que nosotros recibimos y es verdadera su sangre. Que en este sacramento está el verdadero cuerpo de Cristo y su sangre, no lo pueden verificar los sentidos, sino la sola fe, que se funda en la autoridad divina. Por lo que acerca de las palabras de Lc 22,19: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros, dice San Cirilo: No dudes de que esto sea verdad, sino recibe con fe las palabras del Salvador, ya que, siendo la verdad, no miente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 75, a. 1) 

  • Quién recibe este Sacramento está unido a Cristo e incorporado a sus miembros

En este sacramento, como en los otros, lo que es sacramento es signo de lo que es la cosa producida por el sacramento. Ahora bien, la cosa producida por este sacramento es doble, como se ha dicho ya. Una, significada y contenida en el sacramento, y que es el mismo Cristo. Otra, significada y no contenida, y que es el cuerpo místico de Cristo: la sociedad de los santos. Por tanto, quienquiera que recibe este sacramento, por el mero hecho de hacerlo, significa que está unido a Cristo e incorporado a sus miembros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 80, a. 4)

  • La fe eucarística hace que los hijos de la Iglesia se unan mutuamente

Este sacramento tiene un triple significado. Uno, con respecto al pasado, en cuanto que es conmemoración de la pasión del Señor, que fue un verdadero sacrificio, como se ha dicho ya. En este sentido se le llama sacrificio. El segundo, con respecto al presente, y es la unidad eclesial, en la que los hombres quedan congregados por este sacramento. Y, en este sentido, se le denomina communio o synaxis. Y así, dice San Juan Damasceno en el IV libro que se la llama comunión porque por ella comulgamos con Cristo, por ella participamos de su carne y de su divinidad, y por ella comulgamos y nos unimos mutuamente. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica III, q. 73, a. 4)

… juzga la idea de vender las iglesias para dar a los pobres que tiene Francisco

  • No se deben emplear los bienes eclesiásticos sólo para socorrer a los pobres

Pero los bienes eclesiásticos deben emplearse no sólo para ayudar a los pobres, sino también en el culto divino y en las necesidades de los ministros. Por eso se dice en XII q. 2: De los réditos de la Iglesia o de las ofrendas de los fieles destínese al obispo una sola parte; destínense dos a la conservación de los edificios eclesiásticos y para ayudar a los pobres, y lo hará el presbítero, bajo pena de ser depuesto; y la última parte divídase entre los clérigos, proporcionalmente a sus méritos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 185, a. 7) 

… juzga la idea de felicidad que tiene Francisco

  • Sólo el bien universal puede llenar la voluntad humana

Es imposible que la bienaventuranza del hombre esté en algún bien creado. Porque la bienaventuranza es el bien perfecto que calma totalmente el apetito, de lo contrario no sería fin último si aún quedara algo apetecible. Pero el objeto de la voluntad, que es el apetito humano, es el bien universal. Por eso está claro que sólo el bien universal puede calmar la voluntad del hombre. Ahora bien, esto no se encuentra en algo creado, sino sólo en Dios, porque toda criatura tiene una bondad participada. Por tanto, sólo Dios puede llenar la voluntad del hombre, como se dice en Ps 102, 5: El que colma de bienes tu deseo. Luego la bienaventuranza del hombre consiste en Dios solo. (Santo Tomás de Aquino. S. Th. I-II, q. 2, a. 8) 

… juzga la idea de amor fraterno que tiene Francisco

  • La corrección fraterna es el más importante acto de la caridad

Hay, por lo mismo, doble corrección del delincuente. La primera: aportar remedio al pecado como mal de quien peca. Esta es propiamente la corrección fraterna, cuyo objetivo es corregir al culpable. Ahora bien, remover el mal de uno es de la misma naturaleza que procurar su bien. Pero esto último es acto de caridad que nos impulsa a querer y trabajar por el bien de la persona a la que amamos. Por lo mismo, la corrección fraterna es también acto de caridad, ya que con ella rechazamos el mal del hermano, es decir, el pecado. La remoción del pecado —tenemos que añadir— incumbe a la caridad más que la de un daño exterior, e incluso más que la del mismo mal corporal, por cuanto su contrario, el bien de la virtud, es más afín a la caridad que el bien corporal o el de las cosas exteriores. De ahí que la corrección fraterna es acto más esencial de la caridad que el cuidado de la enfermedad del cuerpo o la atención que remedia la necesidad externa. La otra corrección remedia el pecado del delincuente en cuanto revierte en perjuicio de los demás y, sobre todo, en perjuicio del bien común. Este tipo de corrección es acto de justicia, cuyo cometido es conservar la equidad de unos con otros. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 33, a. 1)

… juzga la idea de Curia Romana que tiene Francisco

  • La diversidad de oficios en la Iglesia y su razón de ser

La diversidad de estados y oficios en la Iglesia obedece a tres razones. En primer lugar, para la perfección de la misma Iglesia, dado que, del mismo modo que, en el orden natural, la perfección, que se halla en Dios de un modo esencial y uniforme, no puede encontrarse en las cosas de un modo disforme y múltiple, así también la plenitud de la gracia, que está unificada en Cristo como cabeza, se reparte de diversos modos en sus miembros para que el cuerpo de la Iglesia sea perfecto. Esto es lo que dice el Apóstol en Ef 4,11-12: “El constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y doctores, para la perfección consumada de los santos”. En segundo lugar, parala realización de las acciones necesarias en la Iglesia es preciso emplear personas distintas si se quiere que todo salga bien y sin confusión. Esto mismo dice el Apóstol en Rom 12,4-5: “Asi como en un mismo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros realizan las mismas acciones, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo”. En tercer lugar, esto es necesario para la dignidad y belleza de la Iglesia, la cual consiste en un cierto orden. Por eso leemos en 3 Re 10, 4-5 que la reina de Saba, al ver toda la sabiduría de Salomón, las habitaciones de sus servidores y el orden de sus oficios, quedó fuera de sí. Y el Apóstol dice, en 2 Tim 2, 20, que en una casa grande no sólo hay vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 183, a. 2) 

… juzgan la idea de vigencia de la Antigua Alianza que tiene Francisco

  • La Ley Antigua poseía tres géneros de preceptos: morales, ceremoniales y judiciales

Conforme a esto, debemos poner en la Ley tres géneros de preceptos: los morales, que son los dictámenes de la ley natural; los ceremoniales, que son las determinaciones sobre el culto divino, y los judiciales, o sea, las determinaciones de la justicia que entre los hombres se ha de observar. Por donde el Apóstol, después de afirmar que ‘la ley es santa’, añade que ‘el mandato es justo, y bueno, y santo’. Lo justo mira a los preceptos judiciales; lo santo, a los ceremoniales, pues santo se dice cuanto está a Dios consagrado; lo bueno, esto es, lo honesto, mira a los morales. (Santo Tomás de Aquino, S.Th. I-II, q.99, a.4, co.) 

  • Los preceptos morales: partes de los preceptos del Decálogo 

Los preceptos morales se distinguen de los ceremoniales y judiciales. Los morales versan directamente sobre las buenas costumbres (Santo Tomás de Aquino, S.Th. I-II, q.100, a.1, co.)
Los preceptos [morales] de la Ley son partes de los preceptos del Decálogo (Santo Tomás de Aquino, S.Th. I-II, q.100, a.2, s.c.)

  • Los preceptos ceremoniales: pertenecen al culto de Dios 

Los preceptos ceremoniales determinan el sentido de los morales en lo que dice relación con Dios, como los judiciales determinan el de los preceptos morales en lo que mira a las relaciones con el prójimo. Pero el hombre se ordena a Dios por el debido culto, y así los preceptos ceremoniales, propiamente hablando, son los que pertenecen al culto de Dios. (Santo Tomás de Aquino, S.Th. I-II, q.101, a.1, co.)

  • Los preceptos ceremoniales no podían purificar del pecado porque no encerraban en sí la gracia

La impureza de la mente, que es la impureza del pecado, no tenían virtud de limpiarla las ceremonias de la ley, porque la expiación de los pecados nunca se pudo hacer sino por Cristo, ‘que quita los pecados del mundo’, como se dice en Jn 1,29. […] No podían purificar del pecado, como el Apóstol dice en Heb 10,4: ‘Imposible era con la sangre de los toros o de los machos cabríos quitar los pecados.’ Por esto el Apóstol llama a estas ceremonias en Gál 4,9 elementos pobres y flacos: flacos, porque no pueden limpiar del pecado. Pero esta flaqueza les viene de su pobreza, porque no encierran en sí la gracia. […] Así pues, está claro que las ceremonias de la ley no tenían virtud de justificar. (Santo Tomás de Aquino, S.Th. I-II, q.103, a.2, co.)

  • Los preceptos ceremoniales debieron desaparecer para instituir las ceremonias de la Ley Nueva

El culto exterior debe estar en armonía con el interior, que consiste en la fe, la esperanza y la caridad. Luego, según la diversidad del culto interior, debe variar el exterior. Podemos distinguir tres grados en el culto interior: el primero, en que se tiene la fe y la esperanza de los bienes celestiales y de aquellos que nos introducen en estos bienes, como de cosas futuras; y tal fue el estado de la fe y de la esperanza en el Viejo Testamento. El segundo es aquel en que tenemos la fe y la esperanza de los bienes celestiales como de cosas futuras; pero de las cosas que nos introducen en aquellos bienes las tenemos como de cosas presentes o pasadas, y éste es el estado de la Ley Nueva. El tercer estado es aquel en que unas y otras son ya presentes y nada de lo que se cree es ausente ni se espera para el futuro, y éste es el estado de los bienaventurados. En este estado de los bienaventurados, nada habrá figurativo de cuanto pertenece al culto divino; todo será acción de gracias y voces de alabanza (Is 51,3); por lo cual se dice en el Apocalipsis (21,22) que en la ciudad de los bienaventurados no se ve templo; porque el Señor Dios omnipotente es su templo junto al Cordero. Pero, por la misma razón, las ceremonias del primer estado, figurativo del segundo y del tercero, llegado el segundo estado, debieron desaparecer, para instituir otras ceremonias que se armonizasen con el estado del culto divino en aquel tiempo en que los bienes celestiales son futuros, pero los beneficios de Dios, que nos introducen en el cielo, son presentes.
El misterio de la redención del género humano se consumó en la pasión de Cristo. Por esto dijo el Señor: ‘Acabado es’, según leemos en Jn 19,30, y entonces debieron cesar totalmente los ritos legales, como que ya estaba consumada su razón de ser. En señal de esto se lee que se rasgó el velo del templo (Mt 27,51). (Santo Tomás de Aquino, S.Th. I-II, q.103, a.3, co./ad2)

  • Es pecado mortal observar los ritos antiguos después de la Pasión de Cristo

Está la sentencia del Apóstol, que dice a los Gálatas 5,2: ‘Si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará de nada.’ Pero nada excluye el fruto de la redención de Cristo, fuera del pecado mortal; luego el circuncidarse y observar los otros ritos legales después de la pasión de Cristo es pecado mortal.
Son las ceremonias otras tantas profesiones de la fe, en qué consiste el culto interior; y tal es la profesión que el hombre hace con las obras cual es la que hace con las palabras. Y, si en una y otra profesa el hombre alguna falsedad, peca mortalmente. Y,aunque sea una misma la fe que los antiguos patriarcas tenían de Cristo y la que nosotros tenemos, como ellos precedieron a Cristo y nosotros le seguimos, la misma fe debe declararse con diversas palabras por ellos y por nosotros, pues ellos decían: ‘He aquí que la virgen concebirá y parirá un hijo,’ que es expresión de tiempo futuro; mientras que nosotros expresamos la misma fe por palabras de tiempo pasado: que la Virgen ‘concibió y parió.’ De igual modo las ceremonias antiguas significaban a Cristo, que nacería y padecería; pero nuestros sacramentos lo significan como nacido y muerto. Y como pecaría quien ahora hiciera profesión de su fe diciendo que Cristo había de nacer, lo que los antiguos con piedad y verdad decían, así pecaría mortalmente el que ahora observase los ritos que los antiguos patriarcas observaban piadosa y fielmente. Esto es lo que dice San Agustín en Contra Faustum: ‘Ya no se promete que nacerá Cristo, que padecerá, que resucitará, como los antiguos ritos pregonaban; ahora se anuncia que nació, que padeció, que resucitó, y esto es lo que pregonan los sacramentos que practican los cristianos.’ (Santo Tomás de Aquino, S.Th. I-II, q.103, a.4, s.c./co.)

  • Los preceptos judiciales, que regulan las relaciones humanas en el pueblo hebreo, cesaron con la venida de Cristo

Los preceptos judiciales – estos preceptos implican, pues, un doble concepto: que miran a regular las relaciones de los hombres y que no tienen fuerza de obligar de sola la razón, sino de institución divina o humana (S.Th. I-II, q.104, a.1, co.)

Los preceptos judiciales no tuvieron valor perpetuo y cesaron con la venida de Cristo. Pero de diferente manera que los ceremoniales. Porque éstos de tal suerte fueron abrogados que no sólo son cosa muerta, sino mortífera para quienes los observan después de Cristo, y más después de divulgado el Evangelio. Los preceptos judiciales están muertos, porque no tienen fuerza de obligar; pero no son mortíferos, y si un príncipe ordenase en su reino la observancia de aquellos preceptos, no pecaría, como no fuera que los observasen o impusiesen su observancia considerándolos como obligatorios en virtud de la institución de la ley antigua. Tal intención en la observación de estos preceptos sería mortífera. (Santo Tomás de Aquino, S.Th. I-II, q.104, a.3, co.)

  • Cristo cumplió la Ley, y la perfeccionó con obras y doctrina; y dio la gracia para cumplir la Ley

Dice el Señor (Mt 5,17): ‘No he venido a anular la ley, sino a cumplirla; y después añade (Mt 5,18): ‘Ni una ‘jota’ o ápice pasará de la ley hasta que todo se cumpla.’
Todo lo perfecto suple lo que a lo imperfecto falta; y, según esto, la Ley Nueva perfecciona a la antigua en cuanto suple lo que faltaba a la Antigua. En la Antigua Ley pueden considerarse dos cosas: el fin y los preceptos contenidos en ella. […] El fin de la Antigua Ley era la justificación de los hombres, lo cual la ley no podía llevar a cabo, y sólo la representaba con ciertas ceremonias, y con palabras la prometía. En cuanto a esto, la Ley Nueva perfecciona a la Antigua justificando por la virtud de la pasión de Cristo. Esto es lo que da el Apóstol a entender cuando dice en Rom 8,3: ‘Lo que era imposible a la ley, Dios, enviando a su Hijo en la semejanza de la carne del pecado, condenó al pecado en la carne, para que se cumpliese en nosotros la justificación de la ley.’ Y, en cuanto a esto, la Nueva Ley realiza lo que la Antigua prometía, según aquello de 2 Cor 1,20: ‘Cuantas son las promesas de Dios, están en él,’ esto es, en Cristo. Y, asimismo, en esto también realiza lo que la Antigua Ley representaba. Por lo cual, en Col 2,17, se dice de los preceptos ceremoniales que eran ‘sombra de las cosas futuras, pero la realidad es Cristo;’ esto es, la verdad pertenece a Cristo. Y por eso la Ley Nueva se llama ‘ley de verdad,’ mientras que la Antigua es ‘ley de sombra o figura’. Ahora bien, Cristo perfeccionó los preceptos de la Antigua Ley con la obra y con la doctrina; con la obra, porque quiso ser circuncidado y observar las otras cosas que debían observarse en aquel tiempo, según aquello de Gal 4,4: ‘Hecho bajo la ley.’ Con su doctrina perfeccionó los preceptos de la Ley de tres maneras: en primer lugar, declarando el verdadero sentido de la ley, como consta en el homicidio y adulterio, en cuya prohibición los escribas y fariseos no entendían prohibido sino el acto exterior; por lo cual el Señor perfeccionó la Ley enseñando que también caían bajo la prohibición los actos interiores de los pecados (Mt 5,20). En segundo lugar, el Señor perfeccionó los preceptos de la Ley ordenando el modo de observar con mayor seguridad lo que había mandado la Antigua Ley. Por ejemplo: estaba mandado que nadie perjurase, lo cual se observará mejor si el hombre se abstiene totalmente del juramento, a no ser en caso de necesidad (Mt 5,33). En tercer lugar, perfeccionó el Señor los preceptos de la Ley añadiendo ciertos consejos de perfección, como aparece por Mt 19,21 en la respuesta al que dijo que había cumplido los preceptos de la Ley Antigua: ‘Aún te falta una cosa; si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes,’ etc. (cf. Mc 10,21; Lc 18,22). (Santo Tomás de Aquino, S.Th. I-II, q.107, a.2, s.c./co.)  

  • La Ley Nueva perfecciona la Ley Antigua

Toda ley ordena la vida humana a la consecución de un fin. […] Así pues, se pueden distinguir dos leyes: de un modo, en cuanto son totalmente diversas, como ordenadas a diversos fines. […] De otro modo pueden diferenciarse dos leyes, en cuanto que la una mira más de cerca el fin y la otra lo mira más de lejos. […] Así pues, hay que decir que del primer modo la Ley Nueva no es distinta de la Antigua, pues ambas tienen un mismo fin, a saber: someter a los hombres a Dios. Ahora bien, uno mismo es el Dios del Nuevo y del Antiguo Testamento, según aquello de Rom 3,30: ‘Uno mismo es el Dios que justifica la circuncisión por la fe y el prepucio mediante la fe.’ De otro modo, la Ley Nueva es diferente de la Antigua, porque la Antigua es como un ayo de niños, según el Apóstol dice (Gal 3,24); en cambio, la Nueva es ley de perfección, porque es ley de caridad, y de ésta dice el Apóstol en Col 3,14 que es ‘vínculo de perfección’.
Todas las diferencias señaladas entre la Nueva y la Antigua Ley están tomadas de su perfección o imperfección, pues los preceptos de la ley se dan acerca de los actos de las virtudes. […] Por esto la Ley Antigua, que se daba a los imperfectos, esto es, a los que no habían conseguido aún la gracia espiritual, se llamaba ‘ley de temor’, en cuanto que inducía a la observancia de los preceptos mediante la conminación de ciertas penas. De ella se dice que tenía también ciertas promesas temporales. En cambio, los que tienen el hábito de la virtud se inclinan a obrar los actos de virtud por amor de ésta, no por alguna pena o remuneración extrínseca. Por eso la Ley Nueva, que principalmente consiste en la misma gracia infundida en los corazones, se llama ‘ley de amor’, y se dice que tiene promesas espirituales y eternas, las cuales son objeto de la virtud, principalmente de la caridad; y por sí mismos se inclinan a ellas, no como cosas extrañas, sino como propias. Por eso también se dice que la Ley Antigua ‘cohibía la mano y no el ánimo,’ pues el que por temor del castigo se abstiene de algún pecado, no se aparta totalmente del pecado con la voluntad, como se aparta el que por amor de la justicia se abstiene del pecado. Por eso se dice que la Ley Nueva, que es la ley del amor, ‘cohíbe el ánimo’(Santo Tomás de Aquino, S.Th. I-II, q.107, a.1, co./ad 2)

  • En la observancia de los ritos judíos, un testimonio de nuestra fe 

Del hecho de observar los judíos sus ritos, en los que estaba prefigurada la verdad de fe que tenemos, proviene la ventaja de que tengamos en nuestros enemigos un testimonio de nuestra fe y cómo, en figura, está representado lo que nosotros creemos. (Santo Tomás de Aquino, S.Th. II-II, q.10, a.11, co.) 

  • La obcecación de los Judíos fue permitida para bien de los gentiles

Primero en cuanto a la particular caída de los Judíos, diciendo: ‘El endurecimiento ha venido sobre Israel,’ no universalmente, sino ‘de una parte,’ como arriba quedó manifiesto. ‘Embota el corazón de ese pueblo’ (Is 6,10). Segundo, indica el término de tal ceguera, diciendo: ‘hasta que haya entrado’ a la fe ‘la plenitud de los Gentiles,’ esto es, no solamente algunos en especial de los Gentiles, como entonces se convertían, sino que o bien totalmente, o bien que en su mayor parte en todas las naciones se establezca la Iglesia. ‘Del Señor es la tierra y cuanto ella contiene’ (Ps 23,1). […] Y es de notarse que el adverbiodonec -hasta que- puede designar la causa de la obcecación de los Judíos. Porque Dios la permitió para que entrara la plenitud de los Gentiles, como es manifiesto por lo arriba dicho. Puede también designar el término, porque es claro que la obcecación de los Judíos durará hasta que la plenitud de los Gentiles haya entrado a la fe. Y con esto concuerda lo que abajo agrega acerca del futuro remedio de los Judíos, al decir ‘y de esta manera’, cuando la plenitud de los Gentiles haya entrado, todo Israel será salvo, no en lo particular como otras veces, sino universalmente todos. ‘Y los salvaré por medio del Señor su Dios’ (Oseas 1,7). ‘Se volverá hacia nosotros, y nos tendrá compasión’ (Miqueas 7,19). (Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Epístola a los Romanos, cap. 11, lectio 4)

  • La misericordia con los judíos se dará en virtud de la Nueva Alianza

Lo tercero muestra el modo de la salvación, diciendo: ‘Y mi Alianza’, es claro que Nueva, ‘será con ellos cuando Yo quitare sus pecados’. Porque la Antigua Alianza no quitaba los pecados, pues, como se dice en Hebreos 10,4: ‘Imposible es que la sangre de toros y de machos cabríos quite pecados.’ Por lo cual, en atención a la imperfección de la Antigua Alianza se les promete la Nueva Alianza. ‘Yo haré una Nueva Alianza con la casa de Israel y con la casa de Judá’ (Jer 31,31), la cual tendrá eficacia para el perdón de los pecados por la sangre de Cristo. ‘Esta es la sangre mía de la nueva Alianza, la cual por muchos se derrama para la remisión de los pecados’ (Mt 26,28). ‘Sepultará nuestras maldades y arrojará a lo más profundo del mar todos nuestros pecados’ (Miqueas 7,19).
(Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Epístola a los Romanos, cap. 11, lectio 4)

  • La enemistad de los judíos hacia el Evangelio redundó en la difusión del mismo

‘Respecto del Evangelio, ellos son enemigos,’ esto es, en cuanto pertenece a la doctrina del Evangelio, la cual impugnan, ‘para vuestro bien’, o sea, que redunda en utilidad vuestra, como se dijo arriba. De aquí que se dice en Lucas 19,27: ‘En cuanto a mis enemigos, los que no hayan querido que Yo reine sobre ellos, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia.’ Y en Jn 15,24, leemos: ‘Ahora han visto, y me han odiado, lo mismo que a mi Padre.’ O bien ‘respecto del Evangelio’ quiere decir que el odio de ellos es para bien del Evangelio, cuya predicación se difunde por todas partes con ocasión de tal odio. Por la palabra de la verdad del Evangelio, que ‘ha llegado hasta vosotros, y que también en todo el mundo está fructificando y creciendo’ (Col 1,5-6). (Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Epístola a los Romanos, cap. 11, lectio 4)

  • Los judíos conseguirán misericordia en función de las promesas hechas a sus padres

Pero ‘son amados por Dios a causa de los padres’, y esto ‘según la elección’, porque a causa de los padres eligió a su descendencia. ‘Por cuanto amó a tus padres, y eligió para sí su descendencia después de ellos’ (Deut 4,37), lo cual no se debe entender como si los méritos participados a los padres fueran la causa de la eterna elección de los hijos; sino queab aeterno Dios eligió gratuitamente tanto a los padres como a los hijos, aunque dentro del orden de que los hijos consiguieran por los padres la salud, no como si los méritos dé los padres bastaran para la salvación de los hijos, sino que lo dice por cierta abundancia de la divina gracia y misericordia, la cual de tan gran manera se les ha manifestado a los padres, que por las promesas a ellos hechas, también los hijos se salvarán. […] En seguida, cuando dice: Porque son irrevocables los dones, etc., excluye la objeción. Porque podría alguien objetar diciendo que los Judíos, aun cuando antiguamente fueran amadísimos en atención a los padres, sin embargo la enemistad que cultivan contra el Evangelio les impide en lo futuro la salvación; pero el Apóstol asegura que esto es falso, diciendo: ‘Porque son irrevocables los dones y la vocación de Dios’, como si dijera: que Dios dé algo a algunos, o bien que llame a algunos, es sin arrepentimiento, sin revocación, porque de esto no se arrepiente Dios, según 1 Reyes 15,29: ‘Y aquel a quien se debe el tributo en Israel no se arrepentirá, porque no es El un hombre para que tenga que arrepentirse.’ Y en el Salmo 109,4, leemos: ‘Juró el Señor, y no se arrepentirá.’ (Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Epístola a los Romanos, cap. 11, lectio 4) 

  • Dios quiere que por su misericordia todos se salven

Por lo cual Dios quiere que todos por su misericordia se salven, para que por esto mismo se humillen, y no se atribuyan a sí mismos su salvación sino a sólo Dios. ‘Tu perdición ¡oh Israel! viene de ti mismo, y sólo de Mí tu socorro’ (Oseas 13,9). ‘Que toda boca enmudezca y el mundo entero se reconozca reo ante Dios’ (Rm 3,19). (Santo Tomás de Aquino, Comentario a la Epístola a los Romanos, cap. 11, lectio 4) 

… juzga la idea de obediencia religiosa que tiene Francisco

  • Los superiores actúan en virtud de la autoridad establecida por Dios

Lo normal en la naturaleza es que los seres superiores muevan a los inferiores a realizar sus acciones mediante el poder natural superior que Dios les dio. Por lo que es normal tambiénque en la actividad humana los superiores muevan a los inferiores mediante su voluntad,en virtud de la autoridad establecida por Dios. Ahora bien: mover por medio de la razón y voluntad es mandar. Y, en consecuencia, así como en virtud del mismo orden natural establecido por Dios los seres naturales inferiores se someten necesariamente a la moción de los superiores, así también en los asuntos humanos, según el orden del derecho natural, los súbditos deben obedecer a los superiores. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 104, a. 1)

  • El oficio de los pastores es enseñar sobre la fe y las buenas costumbres

El oficio propio de los pastores eclesiásticos es la enseñanza de lo que toca a la fe y a las buenas costumbres. (Santo Tomás de Aquino. Comentarios a la Epístola de San Pablo a los Efesios. Lec. 4: Ef 4, 11-13, n. 24)

  • El orden de la justicia exige nuestra obediencia

Toda persona está sujeta a las potestades superiores. Y se llama aquí potestades superioresa los hombres constituidos en autoridad, a quienes debemos sujetarnos según el orden de la justicia. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Epístola a los Romanos, II, cap. 13)

… juzga la idea de omnipotencia de Dios que que tiene Francisco

  • Dios puede absolutamente todo lo posible

Hay que decir que Dios es llamado omnipotente porque puede absolutamente todo lo posible, que es la otra manera de entender lo posible. […] El ser divino, sobre el que se fundamenta la razón del poder divino, es el ser infinito no limitado por ningún género de ser, sino que contiene de antemano la perfección de todo ser. Por eso, todo lo que puede tener razón de ser cabe entre los posibles absolutos, con respecto a los que decimos que Dios es omnipotente. (Santo Tomás de Aquino, Suma Teologica, I, q. 25 a. 3)

  • Crear corresponde sólo a Dios

Es evidente que la creación es acción propia del mismo Dios.[…] Algunos opinaron que, aun cuando la creación sea acción propia de la causa universal, sin embargo, alguna de las causas inferiores puede crear en cuanto que obra por poder de la causa primera. Así, Avicena sostuvo que la primera sustancia separada, creada por Dios, crea después otra y la sustancia del orbe y su alma, y que la sustancia del orbe crea la materia de los cuerpos inferiores.
Asimismo, el Maestro en 5 d. IV Sent. dice que Dios puede comunicar a alguna criatura poder creador, de forma que pueda crear por función, no por propio poder. Pero esto es imposible. Porque la causa segunda instrumental no participa en la acción de la causa superior a no ser en cuanto que aquella, por alguna virtud suya, lo dispone. Pues si no contribuyese nada con su propio poder, la causa principal haría un uso inútil de ella y no sería necesario elegir determinados instrumentos para determinadas acciones. Podemos observar que la sierra, al cortar la madera, cosa que hace por su forma dentada, produce la forma del banco, que es el efecto propio del carpintero como causa principal. Ahora bien, al crear, el efecto propio de Dios es algo que se supone anterior a toda otra acción, es decir, al ser en absoluto. Por lo tanto, ninguna causa puede obrar dispositiva e instrumentalmente en la producción de este efecto, ya que en la creación no se presupone ninguna materia que pueda disponerse por el agente instrumental. Así, pues, es imposible que el crear corresponda a alguna criatura ni por virtud propia ni instrumentalmente o por función. (Santo Tomás de Aquino, Suma Teologica I, q. 45, a.5) 

… juzga la idea de que la Iglesia no debe ser un punto de referencia que tiene Francisco

  • La excomunión es conveniente a quien se separa de la Iglesia por el cisma

Cada cual debe ser castigado por lo que peca, como dice la Escritura (Ps 2, 17). Ahora bien, según hemos visto (a. 1), el cismático peca en dos cosas. La primera, por separarse de los miembros de la Iglesia. Bajo este aspecto es conveniente que la excomunión sea la pena del cismático. La segunda cosa en que peca es por resistirse a someterse a la cabeza de la Iglesia. Por eso, dado que se resiste a dejarse corregir por la potestad espiritual, es justo que lo sea por el poder temporal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 37, a. 4)

… juzga la idea de libertad religiosa que tiene Francisco

  • El que bebe el cáliz de los demonios se hace uno con ellos

Alega el primer motivo para que tengan cuidado de guardarse de comer de las ofrendas inmoladas a los ídolos: la Sagrada Comunión; donde, lo que va a decir lo sujeta a juicio de ellos; muestra, en segundo lugar, qué quiere decir eso de hacernos una cosa con Cristo por medio de la Comunión eucarística, y en tercero, prueba que así es, que efectivamente somos una sola cosa en su Cuerpo Místico. […] Es, pues, su razonamiento de este tenor: así como el que bebe el cáliz del Señor se hace uno con Él, de la misma manera el que bebe el cáliz de los demonios se hace uno con ellos. Pero si hay cosa que más deba huirse es la unidad con los demonios. (Primera Corintios 36) 

… juzga la idea de disminuir los preceptos de la Iglesia que tiene Francisco

  • Contexto de la primera citación del Aquinate: sus palabras se refieren estrictamente al campo ontológico, no al lógico, ideológico, filosófico o teológico

A un agente óptimo le corresponde producir todo su efecto de forma óptima. Sin embargo, no en el sentido de que cada una de las partes del todo que hace sea absolutamente óptima, sino que es óptima en cuanto proporcionada al todo. Ejemplo: Si toda la perfección del animal estuviera en el ojo, que es una parte, se anularía la bondad que tiene todo el animal.Así pues, Dios hizo todo el universo óptimo, atendiendo al modo de ser de las criaturas, no a cada una en particular, sino en cuanto una es mejor que otra. Así, de cada una de las criaturas se dice en Gen 1,4: Vio Dios que la luz era buena. Lo mismo se dice de las demás cosas. Pero de todas en conjunto se dice (v.31): Vio Dios todo lo que había hecho, y era bueno. (I, q. 47, a.2, ad 2; cf. I, q. 47, art. 1 y I, q. 47, art. 3)

  • El motivo por el cual el sentido ontológico de la palabras de Santo Tomás no se deben aplicar al campo teológico, ni siquiera mediante una analogía, es que el criterio de la doctrina sagrada no es lo humano y sí lo divino

Para la salvación humana fue necesario que, además de las materias filosóficas, cuyo campo analiza la razón humana, hubiera alguna ciencia cuyo criterio fuera lo divino. […] El fin tiene que ser conocido por el hombre para que hacia Él pueda dirigir su pensar y su obrar. Por eso fue necesario que el hombre, para su salvación, conociera por revelación divina lo que no podía alcanzar por su exclusiva razón humana. Más aún, lo que de Dios puede comprender la sola razón humana, también precisa la revelación divina, ya que, con la sola razón humana, la verdad de Dios sería conocida por pocos, después de mucho análisis y con resultados plagados de errores. Y, sin embargo, del exacto conocimiento de la verdad de Dios depende la total salvación del hombre, pues en Dios está la salvación.
Así, pues, para que la salvación llegara a los hombres de forma más fácil y segura, fue necesario que los hombres fueran instruidos, acerca de lo divino, por revelación divina. Por todo ello se deduce la necesidad de que, además de las materias filosóficas, resultado de la razón, hubiera una doctrina sagrada, resultado de la revelación. (I, q. 1, a.1)

  • No se pueden armonizar diferentes líneas de pensamiento porque no puede haber en la teología, que es la mayor de todas las sabidurías, la insensatez de mezclar la verdad con el error

Es razonable […] que la verdad sea el último fin del universo y que la sabiduría tenga como deber principal su estudio. Por esto, la Sabiduría divina encarnada declara que vino al mundo para manifestar la verdad: “Yo para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”. Y el Filósofo determina que la primera filosofía es “la ciencia de la verdad”, y no de cualquier verdad, sino de aquella que es origen de toda otra, de la que pertenece al primer principio del ser de todas las cosas. Por eso su verdad es principio de toda verdad, porque la disposición de las cosas respecto de la verdad es la misma que respecto al ser. A ella pertenece aceptar uno de los contrarios y rechazar el otro; como sucede con la medicina, que sana y echa fuera a la enfermedad. Luego así como propio del sabio es contemplar, principalmente, la verdad del primer principio y juzgar de las otras verdades, así también lo es luchar contra el error. Por boca, pues, de la Sabiduría se señala convenientemente, en las palabras propuestas, el doble deber del sabio: exponer la verdad divina, meditada, verdad por antonomasia, que alcanza cuando dice: “Mi boca. dice la verdad”, y atacar el error contrario, al decir: “Pues aborrezco los labios impíos”. (Suma contra los gentiles, libro primero, cap. I)

  • Contrariamente a ciertas tendencias relativistas de nuestros días, Santo Tomás fue firme en contrastar y rechazar una línea de pensamiento que no estuviese inspirada en la Revelación y no fuese fiel a la misma

La divina Sabiduría, que todo lo conoce perfectamente, se dignó revelar a los hombres “sus propios secretos” y manifestó su presencia y la verdad de doctrina y de inspiración con señales claras, dejando ver sensiblemente, con el fin de confirmar dichas verdades, obras que excediesen el poder de toda la naturaleza. […] En vista de esto, por la eficacia de esta prueba, una innumerable multitud, no sólo de gente sencilla, sino también de hombres sapientísimos, corrió a la fe católica, no por la violencia de las armas ni por la promesa de deleites, sino en medio de grandes tormentos, en donde se da a conocer lo que está sobre todo entendimiento humano, y se coartan los deseos de la carne, y se estima todo lo que el mundo desprecia. Es el mayor de los milagros y obra manifiesta de la inspiración divina el que el alma humana asienta a estas verdades, deseando únicamente los bienes espirituales y despreciando lo sensible. […] Siguieron, en cambio, un camino contrario los fundadores de falsas sectas. Así sucede con Mahoma, que sedujo a los pueblos prometiéndoles los deleites carnales, a cuyo deseo los incita la misma concupiscencia. En conformidad con las promesas, les dio sus preceptos, que los hombres carnales son prontos a obedecer, soltando las riendas al deleite de la carne. No presentó más testimonios de verdad que los que fácilmente y por cualquiera medianamente sabio pueden ser conocidos con solo la capacidad natural. Introdujo entre lo verdadero muchas fábulas y falsísimas doctrinas. No adujo prodigios sobrenaturales, único testimonio adecuado de inspiración divina, ya que las obras sensibles, que no pueden ser más que divinas, manifiestan que el maestro de la verdad está interiormente inspirado. En cambio, afirmó que era enviado por las armas, señales que no faltan a los ladrones y tiranos. Más aún, ya desde el principio, no le creyeron los hombres sabios, conocedores de las cosas divinas y humanas, sino gente incivilizada, habitantes del desierto, ignorantes totalmente de lo divino, con cuyas huestes obligó a otros, por la violencia de las armas, a admitir su ley. Ningún oráculo divino de los profetas que le precedieron da testimonio de él; antes bien, desfigura totalmente los documentos del Antiguo y Nuevo Testamento, haciéndolos un relato fabuloso, como se ve en sus escritos. (Suma contra los gentiles, libro primero, cap. VI)

  • Procurar armonizar diferentes líneas de pensamiento, las cuales necesariamente son contrarias entre sí en al menos un aspecto para que de hecho sean diversas, es impedirse la facultad de captar la verdad

Las verdades que poseemos por revelación divina no pueden ser contrarias al conocimiento natural. Nuestro entendimiento no puede alcanzar el conocimiento de la verdad cuando está sujeto por razones contrarias. Si Dios infundiera los conocimientos contrarios, nuestro entendimiento se encontraría impedido para la captación de la verdad. Esto no es posible en Dios. Permaneciendo intacta la naturaleza, no puede ser cambiado lo natural; y es imposible que haya a la vez en un mismo sujeto opiniones contrarias de una misma cosa. (Suma contra los gentiles, libro primero, cap. VII)

  • Contexto de la segunda citación del Aquinate: se sitúa en una comparación entre la ley nueva y la antigua, no se trata de una reivindicación de mayores derechos y menos deberes. Lo que Tomás de Aquino explica es que la ley nueva es menos pesada que la antigua porque añadió pocos preceptos a la ley natural

Acerca de las obras de virtud, de las que se dan los preceptos de la ley, puede considerarse una doble dificultad: la primera, de parte de las obras exteriores, que por sí mismas tienen cierta dificultad y gravedad. Por este capítulo, la antigua ley es mucho más grave que la nueva, pues aquélla obligaba a múltiples ceremonias, a muchos más actos que la ley nueva. Esta, a los preceptos de la ley natural sólo añadió muy reducidas cosas en la doctrina de Cristo y de los apóstoles, aunque algunas más se añadieron después por determinación de los Santos Padres, y aun en estas cosas dice San Agustín que ha de haber moderación, para no hacer a los fíeles pesada la vida. Habla, en efecto, en Ad Inquisitiones lanuarii de algunos que abruman con serviles cargas nuestra religión, la cual quiso la misericordia de Dios que fuera libre; y esto lo hacen en tal grado, que sería más tolerable la condición de los judíos, que estaban sometidos a las cargas legales y no a humanas presunciones.
La otra dificultad versa sobre las obras de virtudes en los actos interiores; por ejemplo, el que uno ejecute los actos de virtud pronta y deleitablemente. En esto es la virtud cosa difícil, pues resulta muy difícil al que no tiene la virtud; mas con la virtud se hace fácil. Por este capítulo, los preceptos de la nueva ley son más pesados que los de la antigua, pues en la nueva se prohíben incluso los movimientos interiores del alma, que no se prohibían expresamente en la antigua en todos los casos, aunque sí en algunos, en cuya prohibición, sin embargo, no se añadía castigo. Y esto es dificilísimo al que no tiene virtud, como también dice el Filósofo, en V Ethic., que hacer las cosas que el justo hace es cosa fácil, pero ejecutarlas deleitablemente, es cosa muy difícil al que no tiene la justicia. Y en este sentido se dice también en 1 Jn 5,3 que sus mandamientos no son pesados; exponiendo lo cual, dice San Agustín que no son pesados para el que ama, pero sí para el que no ama. (I-II, q. 107, a. 4)

  • La intención del Aquinate, al recoger la doctrina de Agustín, es señalar la esencia de la ley nueva, que consiste principalmente en la gracia y secundariamente en los preceptos ordenados para recibirla y hacer uso de ella

Dice el Filósofo en IX Ethic. que cada cosa se denomina por aquello que en ella es principal. Ahora bien, lo principal en la ley del Nuevo Testamento y en lo que está toda su virtud es la gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe en Cristo. Por consiguiente, la ley nueva principalmente es la misma gracia del Espíritu Santo, que se da a los fíeles de Cristo. Y esto lo declara bien el Apóstol en Rom 3,27: ¿Dónde está, pues, tu jactancia? Ha quedado excluida. ¿Por qué ley? ¿Por la ley de las obras? No, sino por la ley de la fe. Y llama ley a la gracia de la fe. Y más explícitamente dice en Rom 8,2: Porque la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús me libró de la ley del pecado y de la muerte. De donde dice San Agustín, en De spiritu et littera, que, como la ley de las obras fue escrita en tablas de piedra, así la ley de la fe está escrita en los corazones de los fieles. Y añade en otro lugar de la misma obra: ¿Cuáles son las leyes de Dios escritas por El mismo en los corazones, sino la misma presencia del Espíritu Santo?
Tiene, sin embargo, la ley nueva ciertos preceptos como dispositivos para recibir la gracia del Espíritu Santo y ordenados al uso de la misma gracia, que son como secundarios en la ley nueva, de los cuales ha sido necesario que fueran instruidos los fieles de Cristo, tanto de palabra como por escrito, ya sobre lo que se ha de creer como sobre lo que se ha de obrar. Y así conviene decir que la ley nueva es principalmente ley infusa; secundariamente es ley escrita. (I-II, q.106, a.2)

  • Ni Agustín de Hipona ni tampoco Tomás de Aquino están disminuyendo la importancia de los preceptos de la ley nueva, apenas están procurando demostrar que éstos no son su esencia porque no tienen la capacidad de justificar al hombre

Dos cosas abarca la ley nueva: una, la principal, es la gracia del Espíritu Santo, comunicada interiormente, y en cuanto tal justifica la ley nueva. Por donde dice San Agustín en De spiritu et littera: Allí, es decir, en el Viejo Testamento, fue dada por defuera una ley que infundía terror a los injustos; aquí, en el Nuevo Testamento, fue dada interiormente otra ley que nos justifica. Como elementos secundarios de la ley evangélica están los documentos de la fe y los preceptos, que ordenan los afectos y actos humanos, y en cuanto a esto, la ley nueva no justifica. Por esto dice el Apóstol en 2 Cor 3,6: La letra mata, el espíritu es el que da vida. Y San Agustín, exponiendo esta sentencia en la misma obra, dice que por letra se entiende cualquiera escritura que está fuera del hombre, aunque sea de preceptos morales, cuales se contienen en el Evangelio, por donde también la letra del Evangelio mataría si no tuviera la gracia interior de la fe, que sana. (I-II, q. 106, a. 1)

  • Que la esencia de la ley nueva sea la gracia, la cual sí justifica al hombre, no significa que no se deban mandar o prohibir ciertos actos exteriores para el bien de los fieles

La principalidad de la nueva ley está en la gracia del Espíritu Santo. Ésta se manifiesta en la fe, que obra por el amor. Ahora bien, los hombres consiguen esta gracia por el Hijo de Dios hecho hombre, cuya humanidad llenó Dios de gracia, y de ella se derivó en nosotros. Por eso se dice en Jn 1,14: El Verbo se hizo carne;y luego añade: Llena de gracia y de verdad; y más abajo (v.17): De su plenitud recibimos todos nosotros, y gracia por gracia. Por eso añade que la gracia y la verdad fueron hechas por Jesucristo. Y así conviene que la gracia, que se deriva del Verbo encarnado, llegue a nosotros mediante algunos signos sensibles y exteriores, y que de la gracia interior, por la cual es sometida la carne al espíritu, emanen algunas obras sensibles.
Así, pues, las obras exteriores pueden pertenecer a la gracia de dos modos: uno, como causadoras de la gracia, y tales son las obras de los sacramentos que han sido instituidos en la nueva ley, como es el bautismo, la eucaristía y los demás.
Pero hay otras obras exteriores que son producidas por el instinto de la gracia. Mas, aun en éstas, hay alguna diferencia; pues algunas tienen una necesaria conveniencia o contrariedad con la gracia interior, que consiste en la fe que obra mediante la caridad, y tales obras exteriores son las mandadas o prohibidas en la nueva ley, como, por ejemplo, está mandada la confesión de la fe y prohibida su negación, pues en Mt 10,32s se dice: Al que me confesare ante los hombres, yo le reconoceré ante mi Padre; pero al que me niegue ante los hombres, también yo le negaré ante mi Padre. Pero hay otras obras que no tienen esa necesaria contrariedad o conveniencia con la fe que obra mediante la caridad, y tales obras no están mandadas o prohibidas en la nueva ley desde la primera promulgación de la ley, sino que han sido dejadas por el legislador, que es Cristo, a cada uno en la medida en que cada cual debe tener cuidado de otro. En este sentido, cada cual es libre para determinar lo que le conviene hacer o evitar en tales casos, y lo mismo cualquier prelado para ordenar a sus súbditos en esta materia lo que han de hacer o evitar.  (I-II, q. 108, a.1)

  • Por lo tanto, los preceptos eclesiásticos añadidos a la ley nueva no sólo son convenientes, sino que es deber de los prelados exigir el cumplimiento de estas leyes referentes al orden espiritual

Del mismo modo que incumbe a los gobernantes de este mundo establecer preceptos legales que determinen el derecho natural sobre materias de utilidad común en cosas temporales, así también los prelados eclesiásticos pueden exigir, mediante leyes, el cumplimiento de aquellas cosas que pertenecen al bien común en el orden espiritual. (II-II, q. 147, a.3)

… juzga la idea de inmortalidad del alma que tiene Francisco

  • El alma separada es parte de la especie humana…

El alma es parte de la especie humana. Así, aun cuando esté separada, porque, sin embargo, conserva capacidad de unión, no puede ser llamada sustancia individual, que es la hipóstasis o la sustancia primera. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 29, a. 1, ad 5)

  • …es inmortal y perpetua…

En nuestra alma sólo éste [el entendimiento en acto] es separado, y no usa de órgano, lo que pertenece al entendimiento en acto, y que abarca el posible y el agente. Y por eso añade que sólo esto (del alma) es inmortal y perpetuo, como no dependiente del cuerpo, puesto que es separado. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, l. II, c. 78, n. 12) 

  • …y ha de resucitar

Pues se ha demostrado que las almas de los hombres son inmortales; permanecen, pues, después de los cuerpos, al deshacerse éstos. Es manifiesto también, por lo que se ha dicho, que el alma se une al cuerpo naturalmente; pues es según su esencia forma del cuerpo; es, pues, contra la naturaleza que el alma exista sin el cuerpo. Y nada de lo que es contra la naturaleza puede ser perpetuo; por lo tanto no perpetuamente estará el alma sin el cuerpo. Y así, como permanece perpetuamente, es preciso que nuevamente se una al cuerpo, lo cual es resucitar. Por lo tanto, la inmortalidad de las almas parece exigir la resurrección futura de los cuerpos. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles, l. IV, c.79, n.10)

  • El alma es subsistente y producida por creación divina

El alma intelectiva tiene operaciones vitales incorpóreas, y es subsistente, como ya dijimos (q. 75, a. 2). Consecuentemente, le compete por sí misma el ser y el hacerse. Por ser sustancia inmaterial, no puede ser producida por generación, sino sólo por creación divina.Por lo tanto, decir que el alma intelectiva es producida por el que engendra, equivale a negar su subsistencia y a admitir que se corrompe con el cuerpo. Por eso es herético decir que el alma intelectiva se propaga por generación. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 118, a.2) 

… juzga la idea de Caritas material que tiene Francisco

  • Las limosnas corporales no son superiores a las espirituales

Hay dos maneras de comparar estas limosnas. En primer lugar, considerándolas como son en sí mismas. Desde este punto de vista, las espirituales son superiores a las corporalespor tres razones: Primera, porque lo que se da es en sí mismo de mayor valor, ya que se trata de un don espiritual, siempre mayor que un don corporal, según leemos en Pr 4, 2: Os daré un buen don: no olvidéis mi ley. Segunda: la atención a quien recibe el beneficio: el alma es más noble que el cuerpo. Por donde, como el hombre debe mirar por sí mismo más en cuanto al espíritu que en cuanto al cuerpo, otro tanto debe hacer con el prójimo, a quien está obligado a amar como a sí mismo. Tercera, por las acciones mismas con que se auxilia al prójimo: las acciones espirituales son más nobles que las corporales, que en cierto modo son serviles. (São Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 32, a.3) 

  • La doctrina sagrada es la principal ciencia

Como quiera que esta ciencia [teológica] con respecto a algo es especulativa, y con respecto a algo es práctica, está por encima de todas las demás ciencias tanto especulativas como prácticas. De entre las ciencias especulativas se dice que una es superior a otra según la certeza que contiene, o según la dignidad de la materia que trata. En ambos aspectos, la doctrina sagrada está por encima de las otras ciencias especulativas. Con respecto a la certeza de las ciencias especulativas, fundada en la razón natural, que puede equivocarse, contrapone la certeza que se funda en la luz de la ciencia divina, que no puede fallar. Con respecto a la dignidad de la materia, porque la doctrina sagrada trata principalmente de algo que por su sublimidad sobrepasa la razón humana. Las otras ciencias sólo consideran lo que está sometido a la razón.  De entre las ciencias prácticas es más digna la que se orienta a un fin más alto, como lo civil a lo militar, puesto que el bien del ejército tiene por fin el bien del pueblo. El fin de la doctrina sagrada como ciencia práctica es la felicidad eterna que es el fin al que se orientan todos los objetivos de las ciencias prácticas. Queda patente, bajo cualquier aspecto, que la doctrina sagrada es superior a las otras ciencias. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I, q. 1, a.5)

… juzga la idea de que Dios nunca condena que tiene Francisco

  • La penitencia requiere la contrición, la confesión y la satisfacción

Mientras que en la penitencia la reparación de la ofensa se hace según la voluntad del pecador y el arbitrio de Dios, contra el cual se peca. Porque la penitencia no buscasolamente el restablecimiento de la justa igualdad, como ocurre en la justicia vindicativa, sino más bien la reconciliación de la amistad, verificada cuando el ofensor dé la compensación que pide el ofendido. Así pues, se requiere, por parte del penitente, en primer lugar, voluntad de reparar, cosa que hace con la contrición; segundo, sometimiento al arbitrio del sacerdote en lugar de Dios, cosa que hace por la confesión; y tercero, reparación fijada por el arbitrio del ministro de Dios, cosa que hace con la satisfacción. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 90 a. 2, resp.) 

… juzga la idea de que todos se salvan que tiene Francisco

  • Aquellos que obran con malícia no merecen la vida futura

Los efectos de los contrarios son contrarios entre sí: A las obras de la virtud se oponen la obras de la malicia y, por consiguiente, la desdicha a que se llega por las obras de la malicia es contraria a la felicidad que merecen las obras virtuosas. Los contrarios son de un mismo género, y como la dicha suprema, que se alcanza por las obras virtuosas, es un bien de la vida futura y no de la vida presente, es necesario que la desdicha suma, a donde conduce la malicia, sea un mal de la vida futura.
Mas aún, todos los bienes o males de esta vida están ordenados a un fin. Los bienes exteriores, y aun los bienes corporales, sirven orgánicamente para adquirir la virtud,que es el camino recto para que lleguen a la felicidad los que usan bien de las cosas. En cambio, para aquellos que usan mal de esos bienes, son instrumento de la malicia, a través de la cual llegan a la desgracia. Los males que se oponen, como las enfermedades, la pobreza y otras cosas semejantes, son para unos, medios de adquirir la virtud, y para otros, incrementos de malicia, según el diferente uso que de ellos hacen. Lo que tiende a otro fin no es el fin último, porque no es ni el último premio ni la última pena; luego la dicha suprema no consiste en los bienes de esta vida, ni la infelicidad suprema, en los males. (Santo Tomás de Aquino. Compendio de Teología, 173, 342-343)

  • Es acto de justicia condenar a los empedernidos

No es contrario a la Justicia divina que el pecador sufra una pena eterna, porque ni aun las mismas leyes humanas exigen que la pena sea medida de la falta en el tiempo. En efecto: los pecados de adulterio y de homicidio, para cuya comisión basta poco tiempo, son penados por la ley humana, o por el destierro, o por la muerte, que excluyen para siempre de la sociedad al hombre. El destierro no tiene una duración perpetua, más que por accidente, porque la vida del hombre no es perpetua, y la intención del juez parece ser imponer una pena perpetua. Por consiguiente, no es una injusticia el que Dios castigue con una pena eterna el pecado de un momento. Debemos considerar también que la pena eterna se impone al pecador que no se arrepiente de su pecado, perseverando en él hasta la muerte; y como está en la disposición de pecar eternamente, con razón Dios le castiga eternamente. Además, todo pecado contra Dios tiene cierta infinidad respecto a Dios. Es evidente que cuanto más elevada es la persona ofendida, tanto más grave es la falta, como el que da una bofetada a un militar causa una ofensa más grave que si la diera a un paisano, y aun sería mucho más grave la ofensa si fuera inferida a un príncipe o a un rey. Siendo Dios infinitamente grande, el pecado cometido contra Él es en cierto modo infinito, y por eso digno en cierto modo de una pena infinita. Como la pena no puede ser intensivamente infinita, porque nada creado puede ser infinito de esta manera, se deduce que el pecado mortal debe ser castigado con una pena infinita en duración. Además, la pena temporal se impone al que puede corregirse, para que se enmiende y purifique; luego si el pecador no puede corregirse, y si la voluntad está obstinadamente adherida al pecado, como se ha dicho antes, hablando de los condenados, claro es que su pena no debe tener fin. (Santo Tomás de Aquino. Compendio de Teología, 173, 438)

… juzga la idea de filiación divina que tiene Francisco

  • Todos están obligados a recibir el bautismo

Los hombres están obligados a todo aquello sin lo cual no pueden conseguir la salvación. Ahora bien, está claro que nadie puede conseguir la salvación más que por Cristo, por lo que el Apóstol en Rm 5, 18 dice: “Como por el delito de uno solo llegó la condenación a todos los hombres, así por la justicia de uno solo llega a todos los hombres la justificación de la vida”. Pero el bautismo se da precisamente para esto, para que el hombre regenerado por Cristo se incorpore a él y se convierta en un miembro suyo; por lo que se dice en Ga 3, 17: “Los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de él”. Luego es claro que todos están obligados a recibir el bautismo y que sin él no hay salvación para los hombres. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 68, a. 1)

… juzga la idea de esencia de la divinidad que tiene Francisco

  • Dios es el Padre y Cristo es el verdadero Hijo de Dios

No sólo es necesario para los cristianos creer en un solo Dios, Creador del cielo y de la tierra, y de todas las cosas, pero también creer que Dios es el Padre y Cristo es el verdadero Hijo de Dios. […] El Símbolo de los Padres dice ‘Dios de Dios, Luz de Luz’, es decir, debemos creer que es Dios Hijo de Dios Padre y que el Hijo es luz de la luz del Padre. (Santo Tomás de Aquino. In Symbolum Apostolorum, a. 2)

  • Creemos por la fe en lo que veremos en la vida eterna

Debemos creer que Cristo es el Hijo unigénito de Dios, el verdadero Hijo de Dios, que siempre fue con el Padre, y que existe una persona del Hijo y otra del Padre, y que tienen la misma naturaleza divina. Todo esto creemos ahora por la fe, pero lo veremos un día por la perfecta visión, en la vida eterna. (Santo Tomás de Aquino. In Symbolum Apostolorum, a. 2)

  • Grave error de pensar que Dios es el ser formal de todo

Dios no es el ser formal de todo. Con esto se refuta el error de algunos que dijeron queDios no era otra cosa que el ser formal de toda cosa. […] El cuarto motivo que los pudo inducir a esto es el modo de hablar con que decimos que Dios está en todas las cosas; sin comprender que no está en las cosas como algo de la cosa, sino como causa de la cosa, causa que de ningún modo cesa en su efecto. (Suma contra Gentiles, l. I, c. 26, n. 13)

… juzga la idea de paz que tiene Francisco

  • La paz es fruto de la caridad, por lo cual, sin la gracia no puede haber paz verdadera

La paz, como queda dicho, implica esencialmente doble unión: la que resulta de la ordenación de los propios apetitos en uno mismo, y la que se realiza por la concordia del apetito propio con el ajeno. Tanto una como otra unión la produce la caridad.Produce la primera por el hecho de que Dios es amado con todo el corazón, de tal manera que todo lo refiramos a Él, y de esta manera todos nuestros deseos convergen en el mismo fin. Produce también la segunda en cuanto amamos al prójimo como a nosotros mismos; por eso quiere cumplir el hombre la voluntad del prójimo como la suya. […] (ad 1:) Nadie pierde la gracia santificante si no es por el pecado, que aparta al hombre del fin debido, prefiriendo sobre él un fin malo. En este sentido, su apetito, de hecho, no se adhiere principalmente al bien final verdadero, sino al aparente. Por eso, sin gracia santificante no puede haber paz verdadera, sino sólo aparente. (Santo Tomás de Aquino, S.Th. II-II, q.29, a.3, co. /ad1. En latín) 

  • Los fieles sencillos no deben tratar con los infieles por temer su propia perversión

A los fieles se les prohíbe el trato con alguna persona por dos razones: la primera, en castigo de aquel a quien se le sustrae la comunicación con los fieles; la segunda, por precaución hacia quienes se les prohíbe el trato con ella. Ambas razones pueden deducirse de las palabras del Apóstol. […] En cuanto al segundo título, hay que distinguir, de acuerdo con las condiciones diversas de personas, ocupaciones y tiempos. Si se trata, efectivamente, de cristianos firmes en la fe, hasta el punto de que de su comunicación con los infieles se pueda esperar más bien la conversión de éstos que el alejamiento de aquéllos de la fe, no debe impedírseles el comunicar con los infieles que nunca recibieron la fe, es decir, con los paganos y judíos, sobre todo cuando la necesidad apremia. Si, por el contrario, se trata de fieles sencillos y débiles en la fe, cuya perversión se pueda temer como probable, se les debe prohibir el trato con los infieles; sobre todo se les debe prohibir que tengan con ellos una familiaridad excesiva y una comunicación innecesaria. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.10, a.9, co.) 

… juzga la idea de carne de Cristo y la pobreza como categoría teológica que tiene Francisco:

  • La riqueza es buena si lleva a la virtud y la pobreza laudable si libra al hombre de vicios

En tanto son buenas las riquezas en cuanto aprovechan al ejercicio de la virtud. Mas si excede este modo de manera que se impida el ejercicio de la virtud, ya no han de computarse las riquezas entre las cosas buenas, sino entre las malas. […] Por lo tanto la pobreza es laudable en cuanto libra al hombre de aquellos vicios en que algunos caen por las riquezas. Y en cuanto quita la solicitud que resulta de las riquezas es útil para algunos, a saber, para los que están dispuestos a ocuparse de cosas mejores. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles. L. III, c. 133, n. 1; 3)

  • Pobreza o riqueza son malas si es malo su uso

Porque ni las riquezas ni la pobreza ni ninguna otra cosa exterior es por sí misma un bien del hombre, sino sólo según que se ordena al bien de la razón, nada impide que de cualquier de ellas nazca algún vicio, cuando el hombre no usa de ellas según la regla de la razón; y sin embargo no por esto han de juzgarse simplemente malas, sino malo su uso. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra Gentiles. L. III, c. 134, n. 6)

  • Los sacramentos de la Iglesia comunican la virtud de Cristo

Los sacramentos de la Iglesia reciben su virtud especialmente de la pasión de Cristo, cuya virtud se nos comunica a nosotros cuando los recibimos, en signo de lo cual, del costado de Cristo pendiente en la cruz manó agua y sangre (cf. Jn 19,34; 5,6): una, refiriéndose al bautismo; la otra, a la Eucaristía, que son los sacramentos principales. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q.62, a.5) 

  • Los miembros forman una sola persona mística con su Cabeza

La cabeza y los miembros son como una sola persona mística. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q.48, a.2, ad 1)

… juzga la idea de enseñar asuntos de moral que tiene Francisco

  • La fe se confiesa públicamente, pese la turbación de los infieles

Pero si espera alguna utilidad, debe el hombre confesar públicamente su fe, no importándole la turbación de los infieles. Así respondió el Señor cuando le dijeron los discípulos que los fariseos se habían escandalizado al oír sus palabras: “Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos” (Mt 15,14)”. (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 3, a 2, ad 3) 

… juzga la idea de Cristo en el Juicio que tiene Francisco

  • Todo cae bajo el poder judicial de Cristo

A todo el que se le encarga lo principal, se le encomienda también lo accesorio. Pero todas las cosas humanas se ordenan al fin de la bienaventuranza, que es la salvación eterna, a lo cual los hombres son admitidos o también rechazados por el juicio de Cristo, como es manifiesto por Mt 25,31ss. Y por tanto resulta evidente que todas las cosas humanas caen bajo el poder judicial de Cristo. (Santo Tomás de Aquino, S. Th. III, q. 59 a.4, resp.)

… juzga la idea de condenación eterna que que tiene Francisco

  • La condenación de los réprobos es una venganza de Dios

Cuando vendrá con flamas de fuego”. Quiere decir, a castigar a malos y premiar a buenos, pues trata de las dos retribuciones; mas en el castigo de los malos de estas llamas hará una demostración acerba, justa, inacabable. Dice pues: “a tomar venganza”, esto es, a condenar a los réprobos con llamas de fuego, que reducirá a cenizas la faz de la tierra, y envolverá a los condenados y los arrojará al infierno para siempre (Ps 96). […] Este castigo no tendrá fin, porque “sufrirán la pena de una eterna condenación […] de donde se dice que estarán siempre como muñéndose. “La muerte se cebará en ellos” (Ps 48,15); “su gusano no morirá jamás” (Is 66, 24) “y su fuego jamás se apagará”. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Segunda Epístola a los Tesalonicenses. Leción 2: 2 Tesalonisenses 1, 6-12)

… juzga la idea de martirio que tiene Francisco

  • El hereje que rechaza un solo artículo de fe no tiene el hábito de la fe

El hereje que rechaza un solo artículo de fe no tiene el hábito ni de la fe formada ni de la fe informe. […] Si [alguien], de las cosas que enseña la Iglesia admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible, sino a su propia voluntad. […] Los demás artículos de la fe en los que no yerra el hereje no los acepta del mismo modo que el fiel, es decir, por adhesión a la Verdad primera, para lo cual necesita el hombre la ayuda del hábito de la fe. El hereje los retiene por propia voluntad y por propio juicio. (Santo Tomás de Aquino, S.Th. II-II, q.5, a.3, co. /ad1) 

… juzga la idea de pena de muerte que tiene Francisco:

  • Matar a los malhechores no es homicidio

Se prohíbe en el decálogo el homicidio en cuanto implica una injuria, y, así entendido, el precepto contiene la misma razón de la justicia. La ley humana no puede autorizar que lícitamente se dé muerte a un hombre indebidamente. Pero matar a los malhechores, a los enemigos de la república, eso no es cosa indebida. Por tanto, no es contrario al precepto del decálogo, ni tal muerte es el homicidio que se prohíbe en el precepto del decálogo, como dice San Agustín en I De lib. arb.” (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q.100, a.8, ad 3).

  • Se debe aplicar la pena de muerte para la conservación del bien común

Pues toda parte se ordena al todo como lo imperfecto a lo perfecto, y por ello cada parte existe naturalmente para el todo. Y por esto vemos que, si fuera necesaria para la salud de todo el cuerpo humano la amputación de algún miembro, por ejemplo, si está podrido y puede inficionar a los demás, tal amputación sería laudable y saludable. Pues bien: cada persona singular se compara a toda la comunidad como la parte al todo; y, por tanto, si un hombre es peligroso a la sociedad y la corrompe por algún pecado, laudable y saludablemente se le quita la vida para la conservación del bien común; pues, como afirma 1Co 5,6, un poco de levadura corrompe a toda la masa. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.64, a.2)

  • La justicia humana debe conformarse a la justicia divina

Dios, según el orden de su sabiduría, arrebata, algunas veces inmediatamente, la vida de los pecadores para liberar a los buenos; pero otras veces les concede tiempo de arrepentirse, si prevé que es conveniente para sus elegidos. También en esto le imita la justicia humana según su posibilidad, pues hace morir a los que son funestos para los demás, pero reserva a los que pecan sin perjudicar gravemente a otros, para que hagan penitencia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.64, a.2, ad 2)

  • Es por caridad que el juez sentencia el malhechor pernicioso a los demás

Esta clase de pecadores, de quienes se supone que son más perniciosos para los demás que susceptibles de enmienda, la ley divina y humana prescriben su muerte. Esto, sin embargo, lo sentencia el juez, no por odio hacia ellos, sino por el amor de caridad, que antepone el bien público a la vida de una persona privada. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q.25, a.6, ad 2)

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