Juan Pablo II…

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INICIO DEL PONTIFICADO 16,22.X.1978 – FIN DEL PONTIFICADO 2.IV.2005

… juzga la idea de la Iglesia como una ONG que tiene Francisco

  • La Iglesia no predica el bien vivir, sino la salvación de las almas y la filiación divina

La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 11, 7 de diciembre de 1990)

  • La misión de la Iglesia consiste en despertar las conciencias a través del Evangelio, y no en actuar directamente en lo económico o técnico

En la Encíclica Sollicitudo rei socialis he afirmado que “la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo en cuanto tal”, sino que “da su primera contribución a la solución del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre, aplicándola a una situación concreta”. La Conferencia de los Obispos latinoamericanos en Puebla afirmó que “el mejor servicio al hermano es la evangelización, que lo prepara a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente”. La misión de la Iglesia no es actuar directamente en el plano económico, técnico, político o contribuir materialmente al desarrollo, sino que consiste esencialmente en ofrecer a los pueblos no un “tener más”, sino un “ser más”, despertando las conciencias con el Evangelio. El desarrollo humano auténtico debe echar sus raíces en una evangelización cada vez más profunda. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 58, 7 de diciembre de 1990)

  • La educación moral es una exigencia prioritaria

Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría” (Gaudium et spes, n. 15). La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad original, se convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable. Es la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más profundamente reconstituida en la cultura actual. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 8, 22 de noviembre de 1981)

  • Los pastores son la voz de Cristo que llama a la fidelidad a la ley de Dios

En toda época, los hombres y las mujeres necesitan escuchar a Cristo, el buen Pastor, que los llama a la fe y a la conversión de vida (cf. Mc 1, 15). Como pastores de almas, debéis ser la voz de Cristo hoy, animando a vuestro pueblo a redescubrir “la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicional a todas las exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más difíciles” (Veritatis splendor, n. 107). (Juan Pablo II. Discurso al noveno grupo de obispos de Estados Unidos en visita ad limina apostolorum, n. 1, 27 de junio de 1998)

  • Radicalidad y perfección en la obediencia a la verdad que es Cristo

En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección. (Juan Pablo II. Encíclica Familiaris consortio, n. 33, 22 de noviembre de 1981)

  • Cuanto mayor la oposición al Evangelio, tanto más necesario es su anuncio

Jesucristo es principio estable y centro permanente de la misión que Dios mismo ha confiado al hombre. En esta misión debemos participar todos, en ella debemos concentrar todas nuestras fuerzas, siendo ella necesaria más que nunca al hombre de nuestro tiempo. Y si tal misión parece encontrar en nuestra época oposiciones más grandes que en cualquier otro tiempo, tal circunstancia demuestra también que es en nuestra época aún más necesaria y —no obstante las oposiciones— es más esperada que nunca. Aquí tocamos indirectamente el misterio de la economía divina que ha unido la salvación y la gracia con la Cruz. No en vano Jesucristo dijo que el “reino de los cielos está en tensión, y los esforzados lo arrebatan” (Mt 11, 12). (Juan Pablo II. Encíclica Redemptor hominis, n. 11, 4 de marzo de 1979)

… juzga la idea del uso de la internet para la educación católica que tiene Francisco

  • Los mass-media difieren profundamente de lo que la familia debe transmitir a los niños

Es necesario al respecto subrayar la influencia creciente que los mass-media, especialmente la televisión, ejercen en el proceso de socialización de los muchachos, facilitando una visión del hombre, del mundo y de las relaciones con los demás que, a menudo, difiere profundamente de aquella que la familia trata de transmitir. A veces los padres no se cuidan suficientemente de esto. Preocupados en general de vigilar las amistades que mantienen sus hijos, no lo están igualmente respecto de los mensajes que la radio, la televisión, los discos, la prensa y las historietas gráficas llevan a la intimidad “protegida” y “segura” de su casa. Es así como los mass-media entran a menudo en la vida de los jóvenes; sin la necesaria mediación orientadora de los padres y educadores, que podría neutralizar los posibles elementos negativos y valorizar en cambio debidamente las no pequeñas aportaciones positivas, capaces de servir al desarrollo armonioso del proceso educativo. (Juan Pablo II. Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las comunicaciones sociales, 18 de mayo de 1980)

  • Nadie se debe dejar avasallar por los mass-media, sino que ha de usarlos de manera responsable y autónoma

Corresponde a los padres educarse a sí mismos, y al mismo tiempo a los hijos, a entender el valor de la comunicación, a saber elegir entre los varios mensajes vinculados a la misma, a recibirlos con selección y sin dejarse avasallar sino más bien reaccionando de manera responsable y autónoma. Cuando esto se cumple bien, los medios de comunicación dejan de interferirse en la vida de familia a modo de competencia peligrosa que insidia las funciones fundamentales, y se muestran, en cambio, como ocasión preciosa de confrontación razonada con la realidad y como útiles componentes del proceso gradual de maduración humana que exige la introducción de la juventud en la vida. (Juan Pablo II. Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las comunicaciones sociales, 18 de mayo de 1980)

  • Las formas de comunicación esconden insidias y peligros contra la cohesión familiar

Este año, en sintonía con el tema del próximo Sínodo de los Obispos, que considerará las cuestiones referentes a la familia en las cambiantes circunstancias de los tiempos modernos, se nos invita a prestar atención a las relaciones entre mass-media y familia. Un fenómeno que afecta a todas las familias, incluso en su intimidad, es precisamente el de la amplia difusión de los medios de comunicación social: prensa, cine, radio y televisión. Es ya difícil encontrar una casa en la que no haya entrado al menos uno de tales medios. Mientras, hasta hace pocos años, la familia estaba compuesta de padres, hijos y por alguna otra persona unida por vínculos de parentesco o trabajo doméstico, hoy, en cierto sentido, el círculo se ha abierto a la “compañía”, más o menos habitual, de anunciadores, actores, comentadores políticos y deportivos, y también a la visita de personajes importantes y famosos, pertenecientes a profesiones, ideologías y nacionalidades diversas. Es éste un dato de hecho que si bien ofrece oportunidades extraordinarias, no deja de esconder también insidias y peligros a los que no hay que quitar importancia. La familia se resiente hoy de las fuertes tensiones y de la desorientación creciente que caracterizan el conjunto de la vida social. Han venido a faltar algunos factores de estabilidad que aseguraban, en el pasado, una sólida cohesión interna y —gracias a la completa comunidad de intereses y necesidades y a una convivencia que, con frecuencia, ni siquiera el trabajo interrumpía— consentían a la familia el desarrollo de un papel primordial en la función educativa y socializante. En esta situación de dificultad y, a veces, de crisis, los medios de comunicación social intervienen, a menudo, como factores de ulterior malestar. Los mensajes que llevan presentan, no raramente, una visión deformada de la naturaleza de la familia, de su fisonomía, de su papel educativo. Además, pueden introducir entre sus componentes ciertos hábitos negativos de fruición distraída y superficial de los programas, de pasividad acrítica ante sus contenidos, de renuncia a la mutua confrontación y al diálogo constructivo. En particular, mediante los modelos de vida que presentan, con la sugestiva eficacia de la imagen, de las palabras y de los sonidos, los medios de comunicación social tienden a sustituir a la familia en el papel de preparación a la percepción y a la asimilación de los valores existenciales. (Juan Pablo II. Mensaje para la XIV Jornada Mundial de las comunicaciones sociales, 18 de mayo de 1980)

  • Todo discípulo de Cristo tiene el derecho a recibir la palabra de la fe no mutilada

Todo discípulo de Cristo tiene el derecho a recibir la palabra de la fe no mutilada, falsificada o disminuida, sino completa e integral, en todo su rigor y su vigor. (Juan Pablo II. Discurso a los profesores, alumnos y exalumnos de los colegios Massimo y Santa María de Roma, n. 3, 9 de febrero de 1980)

… juzga la idea de Francisco de que se puede interpretar la verdad en contra del Magisterio infalible

  • En obediencia a Cristo, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres

En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección. (Juan Pablo II. Encíclica Familiaris consortio, n. 33, 22 de noviembre de 1981)

  • Es necesario que los fieles encuentren en los pastores la luz de la fe y de la enseñanza

Vosotros, en virtud del oficio episcopal, sois testigos auténticos del Evangelio y maestros […] de la Verdad contenida en la Revelación, de la que se nutre y debe siempre nutrirse vuestro magisterio. Para poder hacer frente a los desafíos del presente, es necesario que la Iglesia aparezca, a todo nivel, como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3, 15). El servicio de la Verdad, que es Cristo, es nuestra tarea prioritaria. Esta Verdad es revelada. No nace de la simple experiencia humana. Es Dios mismo, que en Jesucristo, por medio del Espíritu Santo, se da a conocer al hombre. Por ello ese servicio a la Verdad revelada debe nacer del estudio y de la contemplación, y ha de acrecentarse mediante la exploración continua de ella. Nuestra firmeza vendrá de ese sólido fundamento, ya que la Iglesia hoy, a pesar de todas las dificultades del ambiente, no puede hablar de manera diversa a como Cristo habló. (Juan Pablo II. Discurso a segundo grupo de obispos de Chile en visita ad limina Apostolorum, n. 2, 8 de noviembre 1984)

  • Los pastores son la voz de Cristo que llama a la fidelidad a la ley de Dios

En toda época, los hombres y las mujeres necesitan escuchar a Cristo, el buen Pastor, que los llama a la fe y a la conversión de vida (cf. Mc 1, 15). Como pastores de almas, debéis ser la voz de Cristo hoy, animando a vuestro pueblo a redescubrir “la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicional a todas las exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más difíciles” (Veritatis splendor, n. 107). (Juan Pablo II. Discurso al noveno grupo de obispos de Estados Unidos en visita ad limina, n. 1, 27 de junio de 1998)

  • Cabe al Papa vigilar para que la verdadera voz de Cristo se escuche en toda la Iglesia

La misión del obispo de Roma en el grupo de todos los pastores consiste precisamente en “vigilar” (episkopein) como un centinela, de modo que, gracias a los pastores, se escuche en todas las Iglesias particulares la verdadera voz de Cristo-Pastor. Así, en cada una de estas Iglesias particulares confiadas a ellos se realiza la Iglesia una, santa, católica y apostólica. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 94, 25 de mayo de 1995)

  • La doctrina moral cristiana debe constituir uno de los principales ámbitos de la vigilancia pastoral de los obispos

Nuestro común deber, y antes aún nuestra común gracia, es enseñar a los fieles, como pastores y obispos de la Iglesia, lo que los conduce por el camino de Dios, de la misma manera que el Señor Jesús hizo un día con el joven del Evangelio. Respondiendo a su pregunta: “¿Qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?”, Jesús remitió a Dios, Señor de la creación y de la Alianza; recordó los mandamientos morales, ya revelados en el Antiguo Testamento; indicó su espíritu y su radicalidad, invitando a su seguimiento en la pobreza, la humildad y el amor: “Ven, y sígueme”. La verdad de esta doctrina tuvo su culmen en la cruz con la sangre de Cristo: se convirtió, por el Espíritu Santo, en la ley nueva de la Iglesia y de todo cristiano. Esta respuesta a la pregunta moral Jesucristo la confía de modo particular a nosotros, pastores de la Iglesia, llamados a hacerla objeto de nuestra enseñanza, mediante el cumplimiento de nuestro munus propheticum. Al mismo tiempo, nuestra responsabilidad de pastores, ante la doctrina moral cristiana, debe ejercerse también bajo la forma del munus sacerdotale: esto ocurre cuando dispensamos a los fieles los dones de gracia y santificación como medios para obedecer a la ley santa de Dios, y cuando con nuestra oración constante y confiada sostenemos a los creyentes para que sean fieles a las exigencias de la fe y vivan según el Evangelio (cf. Col 1, 9-12). La doctrina moral cristiana debe constituir, sobre todo hoy, uno de los ámbitos privilegiados de nuestra vigilancia pastoral, del ejercicio de nuestro munus regale. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 114, 6 de agosto de 1993)

  • El obispo necesita valentía para anunciar y defender la sana doctrina

El obispo, como Maestro de la fe, promueve todo aquello que hay de bueno y positivo en la grey que se le ha confiado, sostiene y guía a los débiles en la fe (cf. Rom 14, 1), e interviene para desenmascarar las falsificaciones y combatir los abusos. Es importante que el obispo tenga conciencia de los desafíos que hoy la fe en Cristo encuentra a causa de una mentalidad basada en criterios humanos que, a veces, relativizan la ley y el designio de Dios. Sobre todo, debe tener valentía para anunciar y defender la sana doctrina, aunque ello implique sufrimientos. En efecto, el obispo, en comunión con el Colegio Apostólico y con el Sucesor de Pedro, tiene el deber de proteger a los fieles de toda clase de insidias, mostrando que una vuelta sincera al Evangelio de Cristo es la solución verdadera para los complejos problemas que afligen a la humanidad. (Juan Pablo II. Homilía durante la Misa de clausura de la X Asamblea General ordinaria del Sínodo de los Obispos, n. 4, 27 de octubre de 2001)

  • No se puede inventar la fe sobre la marcha o a gusto de cada uno

Dos puntos desearía poner particularmente de relieve acerca de la transmisión de la fe. Ante todo hemos de decir que la catequesis responde a unos contenidos objetivos bien determinados. No se puede inventar la fe sobre la marcha o a gusto de cada uno. Hemos de recibirla en y de la comunidad de fe completa, que es la Iglesia a la que el mismo Cristo ha confiado el ministerio de enseñar bajo la guía del Espíritu de Verdad. (Juan Pablo II. Discurso a la comunidad católica hispana de los Estados Unidos y Canadá, n. 4, 13 de septiembre de 1987)

  • Frente al neopaganismo, la Iglesia ha de responder con un decidido esfuerzo evangelizador que sepa crear una nueva síntesis cultural capaz de transformar con la fuerza del Evangelio

Entre vosotros se está produciendo, por desgracia, un preocupante fenómeno de descristianización. Las graves consecuencias de este cambio de mentalidad y costumbres no se ocultan a vuestra solicitud de Pastores. La primera de ellas es la constatación de un ambiente “en el que el bienestar económico y el consumismo inspiran y sostienen una existencia vivida como si no hubiera Dios” (Christifideles laici, 34). Con frecuencia, la indiferencia religiosa se instala en la conciencia personal y colectiva, y Dios deja de ser para muchos el origen y la meta, el sentido y la explicación última de la vida. Por otra parte, no faltan quienes en aras de un malentendido progresismo pretenden identificar a la Iglesia con posturas inmovilistas del pasado. Éstos no tienen dificultad en tolerarla como resto de una vieja cultura, pero estiman irrelevante su mensaje y su palabra, negándole audiencia y descalificándola como algo ya superado. […] Frente a este neopaganismo, la Iglesia en España ha de responder con un testimonio renovado y un decidido esfuerzo evangelizador que sepa crear una nueva síntesis cultural capaz de transformar con la fuerza del Evangelio “los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad” (Evangelii nuntiandi, 19). (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de las provincias de Valladolid y Valencia en visita ad limina, n.4.5, 23 de septiembre de 1991)

  • Un modelo de inculturación

Los hermanos de Salónica eran herederos no sólo de la fe, sino también de la cultura de la antigua Grecia, continuada por Bizancio. Todos saben la importancia que esta herencia tiene para toda la cultura europea y, directa o indirectamente, para la cultura universal. En la obra de evangelización que ellos llevaron a cabo como pioneros en los territorios habitados por los pueblos eslavos, está contenido, al mismo tiempo, un modelo de lo que hoy lleva el nombre de “inculturación” —encarnación del evangelio en las culturas autóctonas. […] Al encarnarse el Evangelio en la peculiar cultura de los pueblos que evangelizaban, los santos Cirilo y Metodio tuvieron un mérito particular en la formación y desarrollo de aquella misma cultura, o mejor, de muchas culturas. En efecto, todas las culturas de las naciones eslavas deben el propio “comienzo” o desarrollo a la obra de los hermanos de Salónica. (Juan Pablo II. Encíclica Slavorum Apostoli, n.21, 2 de junio de 1985)

  • La fe ha logrado impregnar la cultura y el comportamiento de los pueblos católicos

La arraigada fe en Dios ha logrado impregnar, a lo largo de una acción multisecular, la concepción de la vida, los criterios de comportamiento personal y social, los modos de expresión y, en una palabra, la cultura propia de cada una de vuestras regiones. Y este logro no es una simple herencia del pasado sin virtualidades activas para el presente. Gran parte de los hombres y mujeres de vuestras tierras siguen encontrando en la fe el sentido fundamental de su vida, por eso recurren a Dios en los momentos cruciales de la misma. Una rica religiosidad popular traduce al lenguaje de los sencillos las grandes verdades y valores del Evangelio, los encarna en la idiosincrasia peculiar de vuestra cultura y convierte los grandes símbolos cristianos en otros tantos signos identificadores de la colectividad. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de las provincias de Valladolid y Valencia en visita ad limina, n.3, 23 de septiembre de 1991)

… juzga la idea de Francisco de que el adulterio realiza en parte el ideal familiar

  • Concubinato no es familia, sólo el matrimonio indisoluble forma una comunidad familiar

Por ello, es necesario hacer bien presente que no puede existir amor pleno en aquellas uniones que, como el concubinato, son contrarias a la ley de Dios. Pienso particularmente en los hijos nacidos fuera del matrimonio, con la secuela de sufrimientos, irresponsabilidad y marginación que ello conlleva. Como habéis puesto de manifiesto repetidas veces, sólo el matrimonio indisoluble, asumido plenamente en fidelidad y siempre abierto a la vida, puede ser la base firme y duradera de una comunidad familiar que cumpla su vocación como centro de manifestación y difusión del verdadero amor. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de El Salvador en la visita ad liminia, 10 de enero de 1994)

  • La familia no puede ser presentada inadecuadamente

Por otra parte, con demasiada frecuencia los medios de comunicación presentan a la familia y la vida familiar de modo inadecuado. La infidelidad, la actividad sexual fuera del matrimonio y la ausencia de una visión moral y espiritual del pacto matrimonial se presentan de modo acrítico, y a veces, al mismo tiempo, apoyan el divorcio, la anticoncepción, el aborto y la homosexualidad. Esas presentaciones, al promover causas contrarias al matrimonio y a la familia, perjudican al bien común de la sociedad. (Juan Pablo II. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para las Comunicaciones Sociales, 23 de mayo de 2004)

  • Los preceptos negativos expresan las exigencias del Evangelio

Los mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor [el joven rico], están destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares. El “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio”, son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama. Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 13, 6 de agosto de 1993)

  • No hay diferentes formas del precepto divino para los diversos hombres y situaciones

Ellos, [los esposos] sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. “Por ello la llamada ‘ley de gradualidad’ o camino gradual no puede identificarse con la ‘gradualidad de la ley’, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y n la propia voluntad”. (Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, 8,25 de octubre de 1980) (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 34, 22 de noviembre de 1981)

  • Fuera del matrimonio las uniones carnales son inmorales

Describiendo la unión sexual entre marido y mujer como una expresión especial de su alianza de amor, habéis dicho justamente: “La relación sexual es un bien humano y moral solamente en el ámbito del matrimonio; fuera del matrimonio es inmoral”.

Como hombres que tienen “palabras de veracidad en el poder de Dios” (2 Cor 6, 7), como auténticos maestros de la ley de Dios y Pastores compasivos, habéis dicho también justamente: “El comportamiento homosexual…, en cuanto diverso de la tendencia homosexual, es moralmente deshonesto”. Con la claridad de esta verdad habéis ejemplificado la efectiva caridad de Cristo; no habéis traicionado a aquellos a quienes por razones de homosexualidad se hallan frente a difíciles problemas morales, como hubiera sucedido si, en nombre de la comprensión o por otros motivos, hubierais suscitado una falsa esperanza entre algún hermano o hermana. Más bien, con vuestro testimonio en favor de la verdad de la humanidad según el plan de Dios, habéis manifestado realmente amor fraterno, alentando la verdadera dignidad, la verdadera dignidad humana de aquéllos que miran a la Iglesia de Cristo por la norma que viene de la Palabra de Dios. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos estadounidenses, 5 de octubre de 1979)

  • Los católicos unidos sólo por un contrato civil deben ser incentivados a regularizar su situación

Es cada vez más frecuente el caso de católicos que, por motivos ideológicos y prácticos, prefieren contraer sólo matrimonio civil, rechazando o, por lo menos, difiriendo el religioso. Su situación no puede equipararse sin más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya que hay en ellos al menos un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá estable, aunque a veces no es extraña a esta situación la perspectiva de un eventual divorcio. Buscando el reconocimiento público del vínculo por parte del Estado, tales parejas demuestran una disposición a asumir, junto con las ventajas, también las obligaciones. A pesar de todo, tampoco esta situación es aceptable para la Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer comprender la necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa, e intentará hacer lo posible para convencer a estas personas a regular su propia situación a la luz de los principios cristianos. Aun tratándoles con gran caridad e interesándoles en la vida de las respectivas comunidades, los pastores de la Iglesia no podrán admitirles al uso de los sacramentos. (Juan Pablo II. Encíclica Familiaris consortio, n. 82, 22 de noviembre de 1981)

  • La crisis en la familia demanda claridad doctrinal

Una propuesta pastoral para la familia en crisis supone, como exigencia preliminar, claridad doctrinal, enseñada efectivamente en el campo de la teología moral, sobre la sexualidad y la valoración de la vida. Las opiniones opuestas de teólogos, sacerdotes y religiosos, divulgadas incluso por los medios de comunicación social, sobre las relaciones prematrimoniales, el control de la natalidad, la admisión de los divorciados a los sacramentos, la homosexualidad y el lesbianismo, la fecundación artificial, el uso de prácticas abortivas o la eutanasia, muestran el grado de incertidumbre y la confusión que turban y llegan a adormecer la conciencia de muchos fieles. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de Brasil en visita ad limina, n. 6, 16 de noviembre de 2002)

  • Sin la claridad de la verdad, falsas esperanzas son suscitados en los que viven fuera de la ley de Dios

Como hombres que tienen “palabras de veracidad en el poder de Dios” (2 Cor 6, 7), como auténticos maestros de la ley de Dios y Pastores compasivos, habéis dicho también justamente: “El comportamiento homosexual…, en cuanto diverso de la tendencia homosexual, es moralmente deshonesto”. Con la claridad de esta verdad habéis ejemplificado la efectiva caridad de Cristo; no habéis traicionado a aquellos a quienes por razones de homosexualidad se hallan frente a difíciles problemas morales, como hubiera sucedido si, en nombre de la comprensión o por otros motivos, hubierais suscitado una falsa esperanza entre algún hermano o hermana. Más bien, con vuestro testimonio en favor de la verdad de la humanidad según el plan de Dios, habéis manifestado realmente amor fraterno, alentando la verdadera dignidad, la verdadera dignidad humana de aquéllos que miran a la Iglesia de Cristo por la norma que viene de la Palabra de Dios. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos estadounidenses, 5 de octubre de 1979)

  • Es una grave omisión no proclamar la verdad sobre el matrimonio

Tanto en la opinión pública como en la legislación civil no faltan intentos de equiparar meras uniones de hecho a la familia, o de reconocer como tal la unión de personas del mismo sexo. Estas y otras anomalías nos llevan a proclamar, con firmeza pastoral, la verdad sobre el matrimonio y la familia. Dejar de hacerlo sería una grave omisión pastoral, que induciría a las personas al error, especialmente a las que tienen la importante responsabilidad de tomar decisiones sobre el bien común de la nación. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de Brasil en visita ad limina, n. 4, 16 de noviembre de 2002)

  • En una época donde hay una profunda incertidumbre sobre la verdad, la doctrina tiene que ser enseñada con claridad

La Iglesia está llamada a proclamar una verdad absoluta y universal al mundo en una época en la que en muchas culturas hay una profunda incertidumbre sobre si existe o no esa verdad. Por consiguiente, la Iglesia debe hablar con la fuerza del testimonio auténtico. Al considerar lo que esto entraña, el Papa Pablo VI identificó cuatro cualidades, que llamó perspicuitas, lenitas, fiducia, prudentia: claridad, afabilidad, confianza y prudencia (cf. Ecclesiam suam, n. 38). Hablar con claridad significa que es preciso explicar de forma comprensible la verdad de la Revelación y las enseñanzas de la Iglesia que provienen de ella. Lo que enseñamos no siempre es accesible inmediata o fácilmente a los hombres de nuestro tiempo. Por eso, hay que explicar, no sólo repetir.  (Juan Pablo II. Discurso a la conferencia episcopal de Antillas en visita ad limina, 7 de mayo de 2002)

… juzga la idea humanística que Francisco tiene de la familia

  • La Sagrada Familia es modelo incomparable de toda familia cristiana

Y a vosotros recién casados, va mi felicitación afectuosa. Os habéis unido en el sacramento del matrimonio en este tiempo navideño en el que la Iglesia celebra y honra con devoción particular a la “Santa Familia de Jesús, María y José”. A esta Familia Santa, modelo incomparable de toda comunidad familiar humana y cristiana, confío el compromiso sagrado que habéis asumido ante Dios, la Iglesia y la sociedad, así como también vuestros propósitos, ideales y proyectos. La bendición apostólica que os imparto con cordialidad sincera, os sea demostración de mi amor. (Juan Pablo II. Audiencia general, 7 de enero de 1981)

  • La familia fundada en la caridad tiene como modelo la Sagrada Familia

La familia se redescubre como comunión de amor entre personas, fundada en la verdad, en la caridad, en la fidelidad indisoluble de los esposos y en la acogida de la vida. A la luz de la Navidad, la familia comprende su vocación a ser una comunidad de proyectos, de solidaridad, de perdón y de fe donde la persona no pierde su identidad, sino que, aportando sus dones específicos, contribuye al crecimiento de todos. Así sucedió en la Sagrada Familia, que la fe presenta como inicio y modelo de las familias iluminadas por Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 29 de diciembre de 1999)

  • ¿Qué diría Juan Pablo II de Amoris laetitia?

Por desgracia, se deben registrar, precisamente en este Año de la Familia, iniciativas difundidas por una parte notable de los medios de comunicación, que, en su sustancia, son anti-familiares. Son iniciativas que dan la prioridad a lo que decide de la descomposición de las familias y de la derrota del ser humano, hombre, mujer o hijos. En efecto se llama bien lo que en realidad es mal: las separaciones, decididas con ligereza; las infidelidades conyugales, no sólo toleradas sino incluso exaltadas; los divorcios; y el amor libre, son propuestos a veces como modelos que imitar. ¿A quién beneficia esta propaganda? ¿De qué fuentes nace? (Juan Pablo II. Ángelus, 20 de febrero de 1994)

  • La familia debe desempeñar el papel de su altísima dignidad

¿Se puede hablar también hoy de un modelo de familia? La Iglesia está convencida de que, en el contexto actual, es más necesario que nunca reafirmar las instituciones del matrimonio y la familia como realidades que derivan de la sabia voluntad de Dios y revelan plenamente su significado y valor dentro de su designio creativo y salvífico (cf. ib.; Gaudium et spes, n. 48; Familiaris consortio, n. 11-16). […] En este método os estáis inspirando durante el actual simposio con referencia al contexto europeo. Deseo que esta oportuna iniciativa contribuya a hacer que en la Europa de hoy y del futuro la familia desempeñe adecuadamente el papel que le corresponde por su altísima dignidad. Con este fin, os aseguro un especial recuerdo en la oración e invoco la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, modelo de toda familia. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en el segundo simposio europeo de profesores universitarios, n. 3-4, 25 de junio de 2004)

  • Es deber fundamental reafirmar con fuerza la doctrina de la indisolubilidad matrimonial

Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza. Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 20, 22 de noviembre de 1981)

  • El pueblo húngaro llamado a seguir el ejemplo de su historia y formar familias santas

Es una historia [la de Hungría] que comienza con un rey santo, más aún, con una “familia santa”: Esteban con su esposa, la Beata Gisela, y su hijo San Emerico, constituyen la primera familia santa húngara. Será una semilla que brotará y suscitará una multitud de nobles figuras que ilustrarán la Pannonia sacra: ¡basta pensar en San Ladislao, Santa Isabel y Santa Margarita! (Juan Pablo II. Mensaje al Pueblo Húngaro, n. 1, 21 de agosto de 2000)

  • Es un contrasentido contentarse con una vida mediocre

En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, “¿quieres recibir el bautismo?”, significa al mismo tiempo preguntarle, “¿quieres ser santo?” Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48).
[…] Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. (Juan Pablo II. Carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 31, 6 de enero de 2001)

… juzga la idea herética de Joviniano que defiende Francisco

  • Jesús, aconsejando la “continencia” por “amor al reino de los cielos” y renunciando al matrimonio, provoca una “revolución” en cierto sentido, de toda la tradición del Antiguo Testamento.

El matrimonio era tan común, que sólo una impotencia física podía ser una excepción para el mismo. La respuesta dada a los discípulos en Mateo (19, 10-12) es a la vez una revolución, en cierto sentido, de toda la tradición del Antiguo Testamento. Lo confirma un solo ejemplo, tomado del Libro de los Jueces, al que nos referimos aquí no tanto por motivo del desarrollo del hecho, cuanto por las palabras significativas que lo acompañan, «Déjame que… vaya… llorando mi virginidad» (Jue 11, 37), dice la hija de Jefté a su padre, después de haber sabido por él que estaba destinada a la inmolación a causa de un voto hecho al Señor. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.2, 17 de marzo de 1982)

  • Jesús convoca a una continencia voluntaria que se elige “por el Reino de los Cielos”

Las palabras de Cristo señalan en este ámbito un cambio decisivo. Cuando habla a sus discípulos, por primera vez, sobre la continencia por el reino de los cielos, se da cuenta claramente de que ellos, como hijos de la tradición de la Ley antigua, deben asociar el celibato y la virginidad a la situación de los individuos, especialmente del sexo masculino, que a causa de los defectos de naturaleza física no pueden casarse («los eunucos»), y por esto, se refiere a ellos directamente. Esta referencia tiene un fondo múltiple: tanto histórico como psicológico, tanto ético como religioso. Con esta referencia Jesús toca —en cierto sentido— todos estos fondos, como si quisiera hacer notar: Sé que todo lo que os voy a decir ahora, suscitará gran dificultad en vuestra conciencia, en vuestro modo de entender el significado del cuerpo; de hecho, os voy a hablar de la continencia, y esto, sin duda, se asociará a vosotros al estado de deficiencia física, tanto innata como adquirida por causa humana. Yo, en cambio, quiero deciros que la continencia también puede ser voluntaria, y el hombre puede elegirla «por el reino de los cielos». (Juan Pablo II. Audiencia General, n.4, 17 de marzo de 1982)

  • La revelación de la continencia por el “Reino de los Cielos” son “palabras de cambio” con respecto a la tradición del Antiguo Testamento

Las palabras de Cristo señalan en este ámbito un cambio decisivo. Cuando habla a sus discípulos, por primera vez, sobre la continencia por el reino de los cielos, se da cuenta claramente de que ellos, como hijos de la tradición de la Ley antigua, deben asociar el celibato y la virginidad a la situación de los individuos, especialmente del sexo masculino, que a causa de los defectos de naturaleza física no pueden casarse («los eunucos»), y por esto, se refiere a ellos directamente. (…)

Mateo en el cap. 19 no anota ninguna reacción inmediata de los discípulos a estas palabras. Sólo la encontramos más tarde en los escritos de los Apóstoles, sobre todo en Pablo 1Cor 7, 25-40; cf. también Apoc 14, 4.]. Esto confirma que tales palabras se habían grabado en la conciencia de la primera generación de los discípulos de Cristo, y fructificaron luego repetidamente y de múltiples modos en las generaciones de sus confesores en la Iglesia (y quizá también fuera de ella). Desde el punto de vista, pues, de la teología —esto es, de la revelación del significado del cuerpo, totalmente nuevo respecto a la tradición del Antiguo Testamento—, estas son palabras de cambio. Su análisis demuestra cuán precisas y sustanciales son, a pesar de su concisión. (Lo constataremos todavía mejor cuando hagamos el análisis del texto paulino de la primera Carta a los Corintios, capítulo 7). (Juan Pablo II. Audiencia General, nn.4-5a, 17 de marzo de 1982)

  • San Pablo al igual que el Evangelio enseña que la virginidad es un “consejo” y no un “mandamiento”

El Apóstol subraya, con gran claridad, que la virginidad, o sea, la continencia voluntaria, deriva exclusivamente de un consejo y no de un mandamiento: «Acerca de las vírgenes no tengo precepto del Señor; pero puedo daros consejo» Pablo da este consejo «como quien ha obtenido del Señor la gracia de ser fiel» (1Cor 7, 25). Como se ve por las palabras citadas, el Apóstol distingue, lo mismo que el Evangelio (cf. Mt 19, 11-12), entre consejo y mandamiento. Él, sobre la base de la regla «doctrinal» de la comprensión de la enseñanza proclamada, quiere aconsejar, desea dar consejos personales a los hombres que se dirigen a él. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.3, 23 de junio de 1982)

  • San Pablo explica que entre matrimonio y continencia no entra el discernimiento entre «bien» y «mal», sino solamente entre «bien» y «mejor».

Ahora bien, el Apóstol enseña que la virginidad, es decir, la continencia voluntaria, el que una joven se abstenga del matrimonio, deriva exclusivamente de un consejo y es «mejor» que el matrimonio si se dan las oportunas condiciones. En cambio, con ello no tiene que ver en modo alguno la cuestión del pecado: «¿Estás ligado a mujer? No busques la separación. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer. Si te casares, no pecas; y si la doncella se casa, no peca» (1 Cor 7, 27-28). A base sólo de estas palabras, no podemos ciertamente formular juicio alguno sobre lo que pensaba y enseñaba el Apóstol acerca del matrimonio. Este tema quedará explicado en parte en el contexto de la Carta a los Corintios (cap. 7) y con más plenitud en la Carta a los Efesios (5, 21-33). En nuestro caso, se trata probablemente de la respuesta a la pregunta sobre si el matrimonio es pecado; y podría pensarse incluso que esta pregunta refleje el influjo de corrientes dualistas pregnósticas que se transformaron más tarde en encratismo y maniqueísmo. Pablo responde que de ninguna manera entra en juego aquí la cuestión del pecado. No se trata del discernimiento entre «bien» y «mal», sino solamente entre «bien» y «mejor». A continuación pasa a motivar por qué quien elige el matrimonio «hace bien» y quien elige la virginidad, o sea, la continencia voluntaria, «hace mejor». (Juan Pablo II. Audiencia General, n.6, 23 de junio de 1982)

  • La continencia, aún cuando elegida conscientemente y decidida personalmente, sin ser motivada por “el Reino de los cielos” no entra en el contenido sobrenatural enunciado por Cristo

Cristo habla de la continencia «por» el reino de los cielos. De este modo quiere subrayar que este estado, elegido conscientemente por el hombre en la vida temporal, donde de ordinario los hombres «toman mujer o marido», tiene una singular finalidad sobrenatural. La continencia, aún cuando elegida conscientemente y decidida personalmente, pero sin esa finalidad, no entra en el contenido de este enunciado de Cristo. Al hablar de los que han elegido conscientemente el celibato o la virginidad por el reino de los cielos (esto es, «se han hecho a sí mismos eunucos»), Cristo pone de relieve —al menos de modo indirecto— que esta opción, en la vida terrena, va unida a la renuncia y también a un determinado esfuerzo espiritual. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.5b, 17 de marzo de 1982)

  • La virginidad signo del primado de Dios sobre toda realidad y como anticipación profética de la vida futura

¡Cuántas mujeres jóvenes, en la historia de la Iglesia, contemplando la nobleza y la belleza del corazón virginal de la Madre del Señor, se han sentido alentadas a responder generosamente a la llamada de Dios, abrazando el ideal de la virginidad! “Precisamente esta virginidad ―como he recordado en la encíclica Redemptoris Mater―, siguiendo el ejemplo de la Virgen de Nazaret, es fuente de una especial fecundidad espiritual: es fuente de la maternidad en el Espíritu Santo” (n. 43).

La vida virginal de María suscita en todo el pueblo cristiano la estima por el don de la virginidad y el deseo de que se multiplique en la Iglesia como signo del primado de Dios sobre toda realidad y como anticipación profética de la vida futura. Demos gracias juntos al Señor por quienes aún hoy consagran generosamente su vida mediante la virginidad, al servicio del reino de Dios. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.4, 7 de agosto de 1996)

  •  La virginidad de María inspirará en la historia de la Iglesia a muchas mujeres a seguir el camino de la consagración virginal

María, “llena de gracia” (Lc 1, 28), fue enriquecida con una perfección de santidad que, según la interpretación de la Iglesia, se remonta al primer instante de su existencia: el privilegio único de su Inmaculada Concepción influyó en todo el desarrollo de la vida espiritual de la joven de Nazaret.

Así pues, se debe afirmar que lo que guió a María hacia el ideal de la virginidad fue una inspiración excepcional del mismo Espíritu Santo que, en el decurso de la historia de la Iglesia, impulsaría a tantas mujeres a seguir el camino de la consagración virginal.

La presencia singular de la gracia en la vida de María lleva a la conclusión de que la joven tenía un compromiso de virginidad. Colmada de dones excepcionales del Señor desde el inicio de su existencia, está orientada a una entrega total, en alma y cuerpo, a Dios en el ofrecimiento de su virginidad. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.4, 24 de julio de 1996)

  • La decisión de optar por el celibato o la virginidad, más que renunciar a valores humanos, es la elección de valores más grandes

Las maravillas que Dios hace, también hoy, en el corazón y en la vida de tantos muchachos y muchachas, las hizo, ante todo, en el alma de María. También en nuestro mundo, aunque esté tan distraído por la fascinación de una cultura a menudo superficial y consumista, muchos adolescentes aceptan la invitación que proviene del ejemplo de María y consagran su juventud al Señor y al servicio de sus hermanos.

Esta decisión, más que renuncia a valores humanos, es elección de valores más grandes. A este respecto, mi venerado predecesor Pablo VI, en la exhortación apostólica Marialis cultus, subrayaba cómo quien mira con espíritu abierto el testimonio del Evangelio “se dará cuenta de que la opción del estado virginal por parte de María (…) no fue un acto de cerrarse a algunos de los valores del estado matrimonial, sino que constituyó una opción valiente, llevada a cabo para consagrarse totalmente al amor de Dios” (n. 37). (Juan Pablo II. Audiencia General, n.3, 7 de agosto de 1996)

  • La virginidad consagrada es fuente de especial fecundidad espiritual

¡Cuántas mujeres jóvenes, en la historia de la Iglesia, contemplando la nobleza y la belleza del corazón virginal de la Madre del Señor, se han sentido alentadas a responder generosamente a la llamada de Dios, abrazando el ideal de la virginidad! “Precisamente esta virginidad ―como he recordado en la encíclica Redemptoris Mater―, siguiendo el ejemplo de la Virgen de Nazaret, es fuente de una especial fecundidad espiritual: es fuente de la maternidad en el Espíritu Santo” (n. 43).

La vida virginal de María suscita en todo el pueblo cristiano la estima por el don de la virginidad y el deseo de que se multiplique en la Iglesia como signo del primado de Dios sobre toda realidad y como anticipación profética de la vida futura. Demos gracias juntos al Señor por quienes aún hoy consagran generosamente su vida mediante la virginidad, al servicio del reino de Dios.

Al mismo tiempo, mientras en diversas zonas de antigua evangelización el hedonismo y el consumismo parecen disuadir a los jóvenes de abrazar la vida consagrada, es preciso pedir incesantemente a Dios, por intercesión de María, un nuevo florecimiento de vocaciones religiosas. Así, el rostro de la Madre de Cristo, reflejado en muchas vírgenes que se esfuerzan por seguir al divino Maestro, seguirá siendo para la humanidad el signo de la misericordia y de la ternura divinas. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.4, 7 de agosto de 1996)

  • La virginidad de María impulsaría a muchas mujeres en la Historia de la iglesia a consagrar su virginidad a Dios

En particular, no debemos olvidar que María había recibido, desde el inicio de su vida, una gracia sorprendente, que el ángel le reconoció en el momento de la Anunciación. María, “llena de gracia” (Lc 1, 28), fue enriquecida con una perfección de santidad que, según la interpretación de la Iglesia, se remonta al primer instante de su existencia: el privilegio único de su Inmaculada Concepción influyó en todo el desarrollo de la vida espiritual de la joven de Nazaret.

Así pues, se debe afirmar que lo que guió a María hacia el ideal de la virginidad fue una inspiración excepcional del mismo Espíritu Santo que, en el decurso de la historia de la Iglesia, impulsaría a tantas mujeres a seguir el camino de la consagración virginal.

La presencia singular de la gracia en la vida de María lleva a la conclusión de que la joven tenía un compromiso de virginidad. Colmada de dones excepcionales del Señor desde el inicio de su existencia, está orientada a una entrega total, en alma y cuerpo, a Dios en el ofrecimiento de su virginidad. (Juan Pablo II. Audiencia General, n.4, 24 de julio de 1996)

  • La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado

Es particularmente importante que el sacerdote comprenda la motivación teológica de la ley eclesiástica sobre el celibato. En cuanto ley, ella expresa la voluntad de la Iglesia, antes aún que la voluntad que el sujeto manifiesta con su disponibilidad. Pero esta voluntad de la Iglesia encuentra su motivación última en la relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado. Por eso el celibato sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en y con el Señor. (Juan Pablo II. Exhortación postsinodal Pastores Dabo Vobis, 29, 25 de marzo de 1992)

… juzga la actitud de Francisco sobre Ucrania

  • El gran cisma de Oriente empezó con la negación de la procedencia del Espíritu Santo del Padre y del Hijo…

En verdad, la cuestión del “origen” del Espíritu Santo, en la vida trinitaria del Dios único, ha sido objeto de una larga y múltiple reflexión teológica, basada en la Sagrada Escritura. En Occidente, San Ambrosio en su De Spiritu Sancto y San Agustín en la obra De Trinitate dieron una gran aportación al esclarecimiento de este problema. […] Con todo, los hermanos orientales se atenían a la fórmula pura y simple del Concilio de Constantinopla (381), tanto más que el Concilio de Calcedonia (451) había confirmado su carácter “ecuménico” (aunque de hecho habían tomado parte en él casi sólo obispos de Oriente). Así, el Filioque occidental y latino se convirtió, los siglos siguientes, en una ocasión del cisma, ya llevado a cabo por Focio (882), pero consumado y extendido a casi todo el Oriente cristiano el año 1054. Las Iglesias orientales separadas de Roma aún hoy profesan en el símbolo de la fe “en el Espíritu Santo que procede del Padre” sin hacer mención del Filioque, mientras en Occidente decimos expresamente que el Espíritu Santo “procede del Padre y del Hijo”. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 7 de noviembre de 1990)

  • Frecuentes e intensos esfuerzos de Roma para restablecer la comunión

Desde el tiempo de la división que rompió la unidad entre el Occidente y el Oriente bizantino, fueron frecuentes e intensos los esfuerzos realizados por restablecer la comunión plena. Quiero recordar dos acontecimientos especialmente significativos: el Concilio de Lyon, en 1274, y sobre todo el Concilio de Florencia, en 1439, cuando se firmaron protocolos de unión con las iglesias orientales. Por desgracia, varias causas impidieron que las potencialidades contenidas en esos acuerdos dieran el fruto esperado. (Juan Pablo II. Carta apostólica con ocasión del cuarto centenario de la Unión de Brest, n. 2, 12 de noviembre de 1995)

  • La fidelidad de la Iglesia en Ucrania fue testimoniada durante los Concilios de Lyon y Florencia

La fidelidad de vuestra Iglesia a esta Santa Sede fue testimoniada en un tiempo por vuestros antepasados, así durante el Concilio de Lyon, como después en Florencia, por boca de vuestro metropolita, el futuro Cardenal Isidoro. Esta fidelidad fue prometida, en nombre de toda vuestra jerarquía de ese tiempo, por los obispos Ipacio Pozio y Cirilo Terleckyj, al Papa Clemente VIII, y lo que cuenta más, por esta fidelidad no pocos de vuestros hermanos y hermanas han dado su vida. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos del sínodo ucraniano, 1 de diciembre de 1980)

  • Isidoro de Kiev: fiel intérprete y defensor de las decisiones conciliares

Los obispos de la Metropolía de Kiev, al restablecer la comunión con Roma, se refirieron explícitamente a las decisiones del Concilio de Florencia, es decir, a un concilio que contó con la participación directa, entre otros, de los representantes del Patriarcado de Constantinopla. En este marco, resplandece la figura del metropolita Isidoro de Kiev que, fiel intérprete y defensor de las decisiones de ese concilio, tuvo que soportar el destierro por sus convicciones. (Juan Pablo II. Carta apostólica con ocasión del cuarto centenario de la Unión de Brest, n. 2, 12 de noviembre de 1995)

  • El deseo de volver a la comunión con la Sede Apostólica nunca desapareció entre los obispos rutenos

Sin embargo, terminado el Concilio, consta que el mismo Isidoro Metropolita, a quien el Sumo Pontífice, mientras tanto, había designado su Legado a latere en Lituania, Livonia, Rusia y había elevado a la dignidad de padre cardenal y a quien su pueblo había alabado grandemente por la conseguida unión de las Iglesias, tuvo que padecer mucho por su diligente actividad ecuménica, incluso fue llevado a la cárcel en Moscú; huyendo de allí finalmente regresó a Roma, donde dirigiría toda la causa de la unidad. Pero las difíciles condiciones que prevalecían en su patria hicieron que se anulasen por fin las mejores esperanzas de unión propuestas en el Concilio de Florencia. Sin embargo, el deseo de volver a la comunión con la Sede Apostólica nunca desapareció entre los obispos rutenos, que en el mes de diciembre de 1594 y en julio de 1595 manifestaron que estaban dispuestos a emprender el camino de la unión con Roma. (Juan Pablo II. Carta al Cardenal Josyf Slipyj en el primer milenio del bautismo de la región de Rus, n. 4, 16 de junio de 1979)

  • La Iglesia jamás quedó tranquila en el triste estado de su unidad rota

Todos estos hechos y acontecimientos dan testimonio de que la Iglesia jamás quedó tranquila en el triste estado de su unidad rota, y lo juzgó siempre contrario a la voluntad de Cristo Señor. (Juan Pablo II. Carta al Cardenal Josyf Slipyj en el primer milenio del bautismo de la región de Rus, n. 4, 16 de junio de 1979)

  • La Unión de Brest alcanzó la filiación oficial de la Iglesia de Ucrania con Roma

Se acerca el día en que la Iglesia greco-católica de Ucrania celebrará el cuarto centenario de la unión entre los obispos de la Metropolía de la Rus’ de Kiev y la Sede Apostólica. La unión se concertó en el encuentro de los representantes de la Metropolía de Kiev con el Papa, que tuvo lugar el 23 de diciembre de 1595 y se proclamó solemnemente en Brest-Litovsk sobre el río Bug, el 16 de octubre de 1596. El Papa Clemente VIII, con la Constitución apostólica Magnus Dominus et laudabilis nimis, lo anunció a la Iglesia entera y con la Carta apostólica Benedictus sit pastor se dirigió a los obispos de la Metropolía, comunicándoles la unión alcanzada. (Juan Pablo II. Carta apostólica con ocasión del cuarto centenario de la Unión de Brest, n. 1, 12 de noviembre de 1995)

  • Alabanza a la fidelidad del Cardenal Josyf Slipyj

También tú, venerable hermano nuestro, [Cardenal Slipyi] has participado en esta misma cruz y también muchos hermanos tuyos en el Episcopado que, sufriendo dolores e injurias por Cristo, guardaron fidelidad a la cruz hasta el último aliento de su vida. Lo mismo hay que decir de otros muchos sacerdotes y religiosos, varones y mujeres, y de fieles laicos de vuestra Iglesia. Así pues, la fidelidad a la cruz y a la Iglesia resulta un testimonio peculiar por el que los fieles cristianos de vuestra nación se disponen en este mismo tiempo a celebrar el primer milenio de la religión cristiana en Rus. (Juan Pablo II. Carta al Cardenal Josyf Slipyj en el primer milenio del bautismo de la región de Rus, n. 5, 16 de junio de 1979)

  • El auténtico espíritu ecuménico debe probarse por la especial consideración hacia la Iglesia Católica de rito ucraniano

La actividad ecuménica de nuestros días, esto es, la propensión al acercamiento mutuo y a la comunión —sobre todo entre las Iglesias de Occidente y Oriente— no puede ni abandonar ni disminuir la importancia y utilidad de cada uno de los esfuerzos para restaurar la unidad de la Iglesia, que se hicieron en los siglos anteriores y que tuvieron un resultado feliz, aunque sólo parcialmente. Como ejemplo de esta verdad, figura vuestra Iglesia entre las otras iglesias católicas orientales, que gozan de propio rito. Sin duda el auténtico espíritu ecuménico —de acuerdo con el significado más actual de la palabra— debe manifestarse y probarse por la especial consideración hacia vuestra Iglesia, así como hacia las demás Iglesias Católicas de Oriente, que tienen ritos diversos. […] En virtud de ese principio que la Sede Apostólica ha invocado y predicado muchas veces, le es lícito a cada uno de los hombres creyentes, confesar la propia fe y participar en la comunidad de la Iglesia a la que pertenece. Pero la observancia de este principio de la libertad religiosa pide que en la vida y en la práctica se reconozcan los derechos de la Iglesia, a la que pertenece cada uno de los habitantes del Estado. (Juan Pablo II. Carta al Cardenal Josyf Slipyj en el primer milenio del bautismo de la región de Rus, n. 6, 16 de junio de 1979)

…juzga la idea de Francisco de afirmaciones rígidas dentro de la moral familiar

  • El matrimonio sacramental rato y consumado no puede ser disuelto ni siquiera por el Romano Pontífice

Frente a las dudas y turbaciones de espíritu que podrían surgir, es necesario reafirmar que el matrimonio sacramental rato y consumado nunca puede ser disuelto, ni siquiera por la potestad del Romano Pontífice. La afirmación opuesta implicaría la tesis de que no existe ningún matrimonio absolutamente indisoluble, lo cual sería contrario al sentido en que la Iglesia ha enseñado y enseña la indisolubilidad del vínculo matrimonial. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 6, 21 de enero de 2000)

  • Es doctrina definitiva la no extensión de la potestad del Romano Pontífice a los matrimonios sacramentales ratos y consumados

El Magisterio de la Iglesia enseña la no extensión de la potestad del Romano Pontífice a los matrimonios sacramentales ratos y consumados como doctrina que se ha de considerar definitiva, aunque no haya sido declarada de forma solemne mediante un acto de definición. En efecto, esa doctrina ha sido propuesta explícitamente por los Romanos Pontífices en términos categóricos, de modo constante y en un arco de tiempo suficientemente largo. Ha sido hecha propia y enseñada por todos los obispos en comunión con la Sede de Pedro, con la convicción de que los fieles la han de mantener y aceptar. En este sentido la ha vuelto a proponer el Catecismo de la Iglesia Católica. Por lo demás, se trata de una doctrina confirmada por la praxis multisecular de la Iglesia, mantenida con plena fidelidad y heroísmo, a veces incluso frente a graves presiones de los poderosos de este mundo. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 8, 21 de enero de 2000)

  • Los divorciados arrepentidos deben estar dispuestos a salir del adulterio

La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, “asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos”. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

  • Una acción verdaderamente pastoral trata de hacer comprender la necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa

Es cada vez más frecuente el caso de católicos que, por motivos ideológicos y prácticos, prefieren contraer sólo matrimonio civil, rechazando o, por lo menos, difiriendo el religioso. Su situación no puede equipararse sin más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya que hay en ellos al menos un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá estable, aunque a veces no es extraña a esta situación la perspectiva de un eventual divorcio. Buscando el reconocimiento público del vínculo por parte del Estado, tales parejas demuestran una disposición a asumir, junto con las ventajas, también las obligaciones. A pesar de todo, tampoco esta situación es aceptable para la Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer comprender la necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa, e intentará hacer lo posible para convencer a estas personas a regular su propia situación a la luz de los principios cristianos. Aun tratándoles con gran caridad e interesándoles en la vida de las respectivas comunidades, los pastores de la Iglesia no podrán admitirles al uso de los sacramentos. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 82, 22 de noviembre de 1981)

  • En casos de separación como remedio extremo, es preciso conservar la fidelidad matrimonial

Motivos diversos, como incomprensiones recíprocas, incapacidad de abrirse a las relaciones interpersonales, etc., pueden conducir dolorosamente el matrimonio válido a una ruptura con frecuencia irreparable. Obviamente la separación debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil. La soledad y otras dificultades son a veces patrimonio del cónyuge separado, especialmente si es inocente. En este caso la comunidad eclesial debe particularmente sostenerlo, procurarle estima, solidaridad, comprensión y ayuda concreta, de manera que le sea posible conservar la fidelidad, incluso en la difícil situación en la que se encuentra; ayudarle a cultivar la exigencia del perdón, propio del amor cristiano y la disponibilidad a reanudar eventualmente la vida conyugal anterior. Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el divorcio, pero que —conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido— no se deja implicar en una nueva unión, empeñándose en cambio en el cumplimiento prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida cristiana. En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume un particular valor de testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo todavía más necesaria, por parte de ésta, una acción continua de amor y de ayuda, sin que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 83, 22 de noviembre de 1981)

  • Si se admitieran los divorciados a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio

En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza. La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

  • La Iglesia prohíbe a todo pastor, aun por pretexto pastoral, efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse

Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a los mismos esposos y sus familiares, así como a la comunidad de los fieles, prohíbe a todo pastor —por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral— efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto, tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído. Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge legítimo. La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

  • La Iglesia confirma la indisolubilidad del matrimonio y no admite a la comunión eucarística a los divorciados

Por eso, el Sínodo, al tratar del ministerio pastoral referente a los que han contraído nuevo matrimonio, después del divorcio, alaba con razón a aquellos esposos que, aunque encuentran graves dificultades, sin embargo, testimonian en la propia vida la indisolubilidad del matrimonio; pues en su vida se aprecia la buena nueva de la fidelidad al amor, que tiene en Cristo su fuerza y su fundamento. Además, los padres sinodales, confirmando de nuevo la indisolubilidad del matrimonio y la “praxis” de la Iglesia de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que, contra las normas establecidas, han contraído nuevo matrimonio, exhortan, al mismo tiempo, a los Pastores y a toda la comunidad cristiana a ayudar a estos hermanos y hermanas para que no se sientan separados de la Iglesia, ya que, en virtud del bautismo, pueden y deben participar en la vida de la Iglesia orando, escuchando la Palabra, asistiendo a la celebración eucarística de la comunidad y promoviendo la caridad y la justicia. (Juan Pablo II. Alocución en la clausura de la V Asamblea general del Sínodo de los Obispos, n. 7, 25 de octubre de 1980)

  • Sólo no se niega el sacramento de la penitencia y después la comunión eucarística a los divorciados que vuelven a casarse si se comprometen a vivir en continencia y no se da escándalo

Aunque no se debe negar que esas personas pueden recibir, si se presenta el caso, el sacramento de la penitencia y después la comunión eucarística, cuando con corazón sincero abrazan una forma de vida que no esté en contradicción con la indisolubilidad del matrimonio, es decir, cuando el hombre y la mujer, que no pueden cumplir la obligación de separarse, se comprometen a vivir en continencia total, esto es, absteniéndose de los actos propios sólo de los esposos y al mismo tiempo no se da escándalo; sin embargo, la privación de la reconciliación sacramental con Dios no debe alejarlos lo más mínimo de la perseverancia en la oración, en la penitencia y en el ejercicio de la caridad, para que puedan conseguir finalmente la gracia de la conversión y de la salvación. Conviene que la Iglesia se muestre como madre misericordiosa orando por ellos y fortaleciéndolos en la fe y en la esperanza. (Juan Pablo II. Alocución en la clausura de la V Asamblea general del Sínodo de los Obispos, n. 7, 25 de octubre de 1980)

  • La puerta estrecha de Jesús en el Evangelio es la puerta de la autonomía moral

La Cuaresma invita a los creyentes a tomar en serio la exhortación de Jesús: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición y son muchos los que entran por ella” (Mt 7, 13). ¿Cuál es la puerta ancha y cuál la senda espaciosa de que habla Jesús? Es la puerta de la autonomía moral, la senda del orgullo intelectual. ¡Cuántas personas, incluso cristianas, viven en la indiferencia, acomodándose a la mentalidad del mundo y cediendo a los halagos del pecado! La Cuaresma es el tiempo propicio para analizar la propia vida, para reanudar con mayor decisión la participación en los sacramentos, para formular propósitos más firmes de vida nueva, aceptando, como enseña Jesús, pasar por la puerta estrecha y por la senda angosta, que conducen a la vida eterna (cf. Mt 7, 14). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 16 de febrero 1994)

  • No se debe pasar por alto las duras exigencias de Jesús: “Vete y no peques más”

Entre las costumbres de una sociedad secularizada y las exigencias del Evangelio, media un profundo abismo. Hay muchos que querrían participar en la vida eclesial, pero ya no encuentran ninguna relación entre su propio mundo y los principios cristianos. Se cree que la Iglesia, sólo por rigidez, mantiene sus normas, y que ello choca contra la misericordia que nos enseña Jesús en el Evangelio. Las duras exigencias de Jesús, su palabra: “Vete y no peques más” (Jn 8, 11), son pasadas por alto. A menudo se habla de recurso a la conciencia personal, olvidando, sin embargo, que esta conciencia es como el ojo que no posee por sí mismo la luz, sino solamente cuando mira hacia su auténtica fuente. (Juan Pablo II. Alocución a la Conferencia Episcopal Alemana, n. 6, 17 de noviembre de 1980)

  • Una acción pastoral debe empeñarse en corregir la situación de uniones ilegítimas

Se trata de uniones sin algún vínculo institucional públicamente reconocido, ni civil ni religioso. Este fenómeno, cada vez más frecuente, ha de llamar la atención de los pastores de almas, ya que en el mismo puede haber elementos varios, actuando sobre los cuales será quizá posible limitar sus consecuencias. En efecto, algunos se consideran como obligados por difíciles situaciones —económicas, culturales y religiosas— en cuanto que, contrayendo matrimonio regular, quedarían expuestos a daños, a la pérdida de ventajas económicas, a discriminaciones, etc. En otros, por el contrario, se encuentra una actitud de desprecio, contestación o rechazo de la sociedad, de la institución familiar, de la organización socio-política o de la mera búsqueda del placer. Otros, finalmente, son empujados por la extrema ignorancia y pobreza, a veces por condicionamientos debidos a situaciones de verdadera injusticia, o también por una cierta inmadurez psicológica que les hace sentir la incertidumbre o el temor de atarse con un vínculo estable y definitivo. En algunos países las costumbres tradicionales prevén el matrimonio verdadero y propio solamente después de un período de cohabitación y después del nacimiento del primer hijo. Cada uno de estos elementos pone a la Iglesia serios problemas pastorales, por las graves consecuencias religiosas y morales que de ellos derivan (pérdida del sentido religioso del matrimonio visto a la luz de la Alianza de Dios con su pueblo, privación de la gracia del sacramento, grave escándalo), así como también por las consecuencias sociales (destrucción del concepto de familia, atenuación del sentido de fidelidad incluso hacia la sociedad, posibles traumas psicológicos en los hijos y afirmación del egoísmo). Los pastores y la comunidad eclesial se preocuparán por conocer tales situaciones y sus causas concretas, caso por caso; se acercarán a los que conviven, con discreción y respeto; se empeñarán en una acción de iluminación paciente, de corrección caritativa y de testimonio familiar cristiano que pueda allanarles el camino hacia la regularización de su situación. Pero, sobre todo, adelántense enseñándoles a cultivar el sentido de la fidelidad en la educación moral y religiosa de los jóvenes; instruyéndoles sobre las condiciones y estructuras que favorecen tal fidelidad, sin la cual no se da verdadera libertad; ayudándoles a madurar espiritualmente y haciéndoles comprender la rica realidad humana y sobrenatural del matrimonio-sacramento. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 81, 22 de noviembre de 1981)

… juzga la idea de Judas que tiene Francisco

  • La actitud correcta del arrepentido es ponerse en el camino del retorno a Dios

En realidad, reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído. Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia en el sentido más completo del término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento, tomar la actitud concreta de arrepentido, que es la de quien se pone en el camino del retorno al Padre. Esta es una ley general que cada cual ha de seguir en la situación particular en que se halla. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 13, 2 de diciembre de 1984)

  • Cristo no acepta la interpretación que ellos daban a la ley

Veámoslo por de pronto desde el punto de vista de los oyentes directos del sermón de la montaña, de los que escucharon las palabras de Cristo. Son hijos e hijas del pueblo elegido, pueblo que había recibido la “ley” del propio Dios-Jahvé, había recibido también a los “Profetas”, los cuales, repetidamente, a través de los siglos, habían lamentado precisamente la relación mantenida con esa Ley, las múltiples transgresiones de la misma. También Cristo habla de tales transgresiones. Más aún, habla de cierta interpretación humana de la Ley, en que se borra y desaparece el justo significado del bien y del mal, específicamente querido por el divino Legislador. La ley, efectivamente, es sobre todo, un medio, un medio indispensable para que “sobreabunde la justicia” (palabras de Mt 5, 20, en la antigua versión). Cristo quiere que esa justicia “supere a la de los escribas y fariseos”. No acepta la interpretación que a lo largo de los siglos han dado ellos al auténtico contenido de la Ley, en cuanto que han sometido en cierto modo tal contenido, o sea el designio y la voluntad del Legislador, a las diversas debilidades y a los límites de la voluntad humana, derivada precisamente de la triple concupiscencia. Era esa una interpretación casuística, que se había superpuesto a la originaria visión del bien y del mal, enlazada con la ley del Decálogo. Si Cristo tiende a la transformación del ethos, lo hace sobre todo para recuperar la fundamental claridad de la interpretación: “No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a hacer que se cumpla” (Mt 5, 17). Condición para el cumplimiento de la ley es la justa comprensión. Y esto se aplica, entre otras cosas, al mandamiento “no cometer adulterio. (Juan Pablo II. Audiencia general, 13 de agosto de 1980)

… juzga la idea que tiene Francisco de que los ortodoxos tienen la misión de predicar el Evangelio de Cristo

  • Los greco-cismáticos no aceptan que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo

Así, el “Filioque” occidental y latino se convirtió, los siglos siguientes, en una ocasión del cisma, ya llevado a cabo por Focio (882), pero consumado y extendido a casi todo el Oriente cristiano el año 1054. Las Iglesias orientales separadas de Roma aún hoy profesan en el símbolo de la fe “en el Espíritu Santo que procede del Padre” sin hacer mención del “Filioque, mientras en Occidente decimos expresamente que el Espíritu Santo “procede del Padre y del Hijo”. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 7 de noviembre de 1990)

… juzga el papel del sincretismo religioso en la misericordia que tiene Francisco

  • Dios es juez justo: premia el bien y castiga el mal

Al mal moral del pecado corresponde el castigo, que garantiza el orden moral en el mismo sentido trascendente, en el que este orden es establecido por la voluntad del Creador y Supremo Legislador. De ahí deriva también una de las verdades fundamentales de la fe religiosa, basada asimismo en la Revelación: o sea que Dios es un juez justo, que premia el bien y castiga el mal. (Juan Pablo II. Carta apostólica Salvifici doloris, n. 10, 11 de febrero de 1984)

  • Dios castiga aquellos que se hicieron sordos a sus llamadas

Dios recurre al castigo como medio para llamar al recto camino a los pecadores sordos a otras llamadas. Sin embargo, la última palabra del Dios justo sigue siendo la del amor y el perdón; su deseo profundo es poder abrazar de nuevo a los hijos rebeldes que vuelven a él con corazón arrepentido. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 13 de agosto de 2003)

  • Para la indulgencia son necesarias nuestra aceptación y nuestra correspondencia

El punto de partida para comprender la indulgencia es la abundancia de la misericordia de Dios, manifestada en la cruz de Cristo. Jesús crucificado es la gran “indulgencia” que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas y la posibilidad de la vida filial (cf. Jn 1, 12-13) en el Espíritu Santo (cf. Gal 4, 6; Rom 5, 5; 8, 15-16). Ahora bien, este don, en la lógica de la alianza que es el núcleo de toda la economía de la salvación, no nos llega sin nuestra aceptación y nuestra correspondencia. A la luz de este principio, no es difícil comprender que la reconciliación con Dios, aunque está fundada en un ofrecimiento gratuito y abundante de misericordia, implica al mismo tiempo un proceso laborioso, en el que participan el hombre, con su compromiso personal, y la Iglesia, con su ministerio sacramental. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 29 de septiembre de 1999)

  • Las indulgencias no son un descuento con respecto al compromiso de conversión

El sentido de las indulgencias se ha de comprender en este horizonte de renovación total del hombre en virtud de la gracia de Cristo Redentor mediante el ministerio de la Iglesia. […] Se ve entonces cómo las indulgencias, lejos de ser una especie de “descuento” con respecto al compromiso de conversión, son más bien una ayuda para un compromiso más firme, generoso y radical. Este compromiso se exige de tal manera, que para recibir la indulgencia plenaria se requiere como condición espiritual la exclusión “de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial” (Enchiridion indulgentiarum, p. 25). Por eso, erraría quien pensara que puede recibir este don simplemente realizando algunas actividades exteriores. Al contrario, se requieren como expresión y apoyo del camino de conversión. En particular manifiestan la fe en la abundancia de la misericordia de Dios y en la maravillosa realidad de la comunión que Cristo ha realizado, uniendo indisolublemente la Iglesia a sí mismo como su Cuerpo y su Esposa. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4-5, 29 de septiembre de 1999)

  • Para vivir bien un Año Santo hay que reconciliarse con Dios

Estando en el Año Santo, os invito a todos […] a reconciliaros con Dios, a romper las cadenas del pecado y vivir en la amistad con El. Cristo pagó por nuestras culpas mediante el sacrificio de su vida. Ello debe impulsarnos a amar profundamente a Dios, que antes nos amó en Cristo y nos rescató con su sangre. (Juan Pablo II. Audiencia general, 13 de abril de 1983)

  • El Año jubilar es un tiempo de sincera conversión

Que por tu gracia, Padre, el Año jubilar  sea un tiempo de conversión profunda y de gozoso retorno a ti. […] Concede, Padre, que los discípulos de tu Hijo,  purificada la memoria y reconocidas las propias culpas, sean una sola cosa para que el mundo crea. (Juan Pablo II. Oración para la celebración del Gran Jubileo del año 2000, n.2.4, 1 de junio de 1999)

  • El Año Santo es una llamada a la conversión

El Año Santo es por su naturaleza un momento de llamada a la conversión. Esta es la primera palabra de la predicación de Jesús que, significativamente, está relacionada con la disponibilidad a creer: “Convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). […] Así pues, el examen de conciencia es uno de los momentos más determinantes de la existencia personal. En efecto, en él todo hombre se pone ante la verdad de su propia vida, descubriendo así la distancia que separa sus acciones del ideal que se ha propuesto. La historia de la Iglesia es una historia de santidad. El Nuevo Testamento afirma con fuerza esta característica de los bautizados: son «santos » en la medida en que, separados del mundo que está sujeto al Maligno, se consagran al culto del único y verdadero Dios. (João Paulo II. Bula Incarnationis mysterium, n. 11, 29 de noviembre de 1998)

  • El arrepentimiento es necesario para participar en la gracia de la Redención

El Año Santo es una llamada al arrepentimiento y a la conversión, como disposición necesaria para participar en la gracia de la Redención. (Juan Pablo II. Discurso al Sacro Colegio y la Curia Romana con motivo de las felicitaciones navideñas, 23 de diciembre de 1982)

  • Tiempo de purificación

El Año santo es tiempo de purificación: la Iglesia es santa porque Cristo es su Cabeza y su Esposo, el Espíritu es su alma vivificante, y la Virgen María y los santos son su manifestación más auténtica. Sin embargo, los hijos de la Iglesia conocen la experiencia del pecado, cuyas sombras se reflejan en ella, oscureciendo su belleza. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 1, 12 de marzo de 2000)

… juzga la idea de Francisco de mundanidad dentro de la Iglesia

  • En la liturgia los fieles encuentran la fuente de la gracia

Puede decirse que la vida espiritual de la Iglesia pasa por la liturgia, donde los fieles encuentran la fuente siempre desbordante de la gracia y la escuela concreta y convincente de las virtudes, por medio de los cuales pueden dar a Dios ante los hermanos. (Juan Pablo II. Discurso por ocasión de la conmemoración da la constitución Sacrosanctum concilium, 27 de octubre de 1984)

  • Sed conscientes de vuestra dignidad de ministros de Cristo y formad a los demás

Toda actitud de jactancia o de mundanidad, de crítica o de tibieza, hace banal la vida del sacerdote y la vacía de su valor de testimonio. Sed siempre conscientes de vuestra dignidad de ministros de Cristo, y con la ayuda de jóvenes ya maduros y formados, sabed crear otro tipo de mentalidad que espiritualice y eleve el ambiente. (Juan Pablo II. Discurso a los capellanes castrenses de Italia, 24 de enero de 1980)

  • La obra de San Vicente de Paúl, fruto de organización y estructuración ejemplares

Para mejor servir a los pobres, Vicente quiso “asociarse eclesiásticos libres de cualquier beneficio, para poder dedicarse enteramente, con el beneplácito de los obispos, a la salvación del pobre pueblo de los campos, por la predicación, los catecismos y las confesiones generales, sin percibir por ello retribución de ninguna clase”. Este grupo de sacerdotes, muy pronto denominados “lazaristas”, a causa del nombre del célebre Priorato de San Lázaro, adquirido hacia 1632, se desarrolló rápidamente y se estableció en unas quince diócesis, para dar misiones parroquiales y fundar en ellas “Caridades”. La Congregación de la Misión se extendió también en Italia, Irlanda, Polonia, Argelia y Madagascar. Vicente no cesa de inculcar a sus compañeros “el espíritu de Nuestro Señor”; […] En el transcurso de las misiones, Vicente de Paúl obtuvo igualmente la evidencia de que este método de evangelización no lograría sus frutos si no hubiese en el sitio mismo un clero instruido y celoso. […] En fin, otro aspecto del dinamismo y del realismo de Vicente de Paúl fue dar a las “Caridades”, que se habían multiplicado, una estructura de unidad y eficacia. Luisa de Marillac, viuda de Antonio Le Gras, primeramente iniciada a la vida espiritual por Francisco de Sales, guiada después por el mismo Vicente de Paúl, fue encargada por él de la inspección y el sostén de las “Caridades”. Siguiendo a Luisa de Marillac, millares y millares de mujeres han gastado su vida entera en el servicio humildísimo de los que sufren, de los mendigos, prisioneros, marginados, minusválidos, analfabetos, niños abandonados. Las Hijas de San Vicente, después de él y como él, son el corazón de Cristo en el mundo de los pobres y también de los ricos a quienes ellas tratan de hacer bondadosos con los pobres. (Juan Pablo II. Mensaje por el IV centenario del nacimiento de San Vicente de Paúl, 24 de julio de 1981)

  • Los planes apostólicos adecuados dan buenos frutos

Durante el quinquenio pasado, la celebración de los sínodos de la archidiócesis de Minsk y de las diócesis de Pinsk y Vitebsk os ha ofrecido la oportunidad de discernir mejor las prioridades pastorales, elaborando planes apostólicos adecuados a las diversas exigencias del territorio. Esta vez habéis venido a informarme de los frutos de vuestro generoso trabajo pastoral y, juntamente con vosotros, doy gracias por ellos al Señor, siempre misericordioso y providente. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal de Bielorrusia en visita ad limina, n. 2, 10 de febrero de 2003)

  • En la historia de la Iglesia el impulso misionero ha sido signo de vitalidad

En efecto, en la historia de la Iglesia, este impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad, así como su disminución es signo de una crisis de fe. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 2, 1990)

… juzga la idea de Francisco de que la Iglesia tiene defectos

  • La Iglesia es guiada por el Espíritu de la verdad…

La Iglesia, en su reflexión moral, siempre ha tenido presentes las palabras que Jesús dirigió al joven rico. En efecto, la Sagrada Escritura es la fuente siempre viva y fecunda de la doctrina moral de la Iglesia, como ha recordado el Concilio Vaticano II: “El Evangelio es fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta” (Dei Verbum, n. 7). La Iglesia ha custodiado fielmente lo que la palabra de Dios enseña no sólo sobre las verdades de fe, sino también sobre el comportamiento moral, es decir, el comportamiento que agrada a Dios (cf. 1 Ts 4, 1), llevando a cabo un desarrollo doctrinal análogo al que se ha dado en el ámbito de las verdades de fe. La Iglesia, asistida por el Espíritu Santo que la guía hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13), no ha dejado, ni puede dejar nunca de escrutar el “misterio del Verbo encarnado”, pues sólo en él “se esclarece el misterio del hombre” (Gaudium et spes, n. 22). (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 28, 6 de agosto del año 1993)

  • La Iglesia tiene como característica la santidad

La santidad constituye la identidad profunda de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, vivificado y partícipe de su Espíritu. La santidad da la salud espiritual al Cuerpo. La santidad determina también su belleza espiritual; la belleza que supera toda belleza de la naturaleza y del arte; una belleza sobrenatural, en la que se refleja la belleza de Dios mismo de un modo más esencial y directo que en toda la belleza de la creación, precisamente porque se trata del Corpus Christi. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 28 de noviembre de 1990)

  • Los pastores de la Iglesia han denunciado a aquellos que proceden mal

Ninguna laceración debe atentar contra la armonía entre la fe y la vida: la unidad de la Iglesia es herida no sólo por los cristianos que rechazan o falsean la verdad de la fe, sino también por aquellos que desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio (cf. 1 Co 5, 9-13). Los Apóstoles rechazaron con decisión toda disociación entre el compromiso del corazón y las acciones que lo expresan y demuestran (cf. 1 Jn 2, 3-6). Y desde los tiempos apostólicos, los pastores de la Iglesia han denunciado con claridad los modos de actuar de aquellos que eran instigadores de divisiones con sus enseñanzas o sus comportamientos. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 26, 6 de agosto de 1993)

  • La Iglesia repite la palabra de Cristo: ¡no!

La Iglesia ha enseñado siempre que nunca se deben escoger comportamientos prohibidos por los mandamientos morales, expresados de manera negativa en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Como se ha visto, Jesús mismo afirma la inderogabilidad de estas prohibiciones: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos…: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso” (Mt 19, 17-18). (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 52, 6 de agosto de 1993)

… juzga la idea de Francisco de que el anuncio del Evangelio se hace sin acentos doctrinales ni morales

  • Los mandamientos son normas formuladas en términos de prohibición pero constituyen la primera etapa en el camino hacia la libertad

Los mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor [el joven rico], están destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares. El “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio”, son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama. Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 13, 6 de agosto de 1993)

  • La heredad de Dios crece con rechazos, incomprensiones y luchas

Han pasado muchos siglos desde Cristo. La heredad de Dios ha ido creciendo maravillosamente —no sin que se repitan los rechazos, las incomprensiones y luchas— sobre la piedra angular: Cristo muerto y resucitado. (Juan Pablo II. Homilía en la iglesia de San Bartolomé de Orcasitas, n. 2, 3 de noviembre de 1982)

  • Fuente de serenidad es el cumplimiento de los mandamientos del Señor

A pesar de todo [el sufrimiento y las dificultades], el justo conserva intacta su fidelidad: “Lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos […]. No olvido tu voluntad […]. No me desvié de tus decretos” (Sal 118, 106.109.110). La paz de la conciencia es la fuerza del creyente; su constancia en cumplir los mandamientos divinos es la fuente de la serenidad. Por tanto, es coherente la declaración final: “Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón” (v. 111). Esta es la realidad más valiosa, la “herencia”, la “recompensa” (v. 112), que el salmista conserva con gran esmero y amor ardiente: las enseñanzas y los mandamientos del Señor. Quiere ser totalmente fiel a la voluntad de su Dios. Por esta senda encontrará la paz del alma y logrará atravesar el túnel oscuro de las pruebas, llegando a la alegría verdadera. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 21 de junio 2004)

…juzga la idea del papel de la mujer en la Iglesia que tiene Francisco

  • La Iglesia es un reflejo de la belleza de Dios

La santidad constituye la identidad profunda de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, vivificado y partícipe de su Espíritu. La santidad da la salud espiritual al Cuerpo. La santidad determina también su belleza espiritual; la belleza que supera toda belleza de la naturaleza y del arte; una belleza sobrenatural, en la que se refleja la belleza de Dios mismo de un modo más esencial y directo que en toda la belleza de la creación, precisamente porque se trata del Corpus Christi. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 28 de noviembre de 1990)

  • Viña elegida, santificada por el Espíritu Santo

[La Iglesia] es la Viña elegida, por medio de la cual los sarmientos viven y crecen con la misma linfa santa y santificante de Cristo; es el Cuerpo místico, cuyos miembros participan de la misma vida de santidad de su Cabeza, que es Cristo; es la Esposa amada del Señor Jesús, por quien Él se ha entregado para santificarla (cf. Ef 5, 25 ss). El Espíritu que santificó la naturaleza humana de Jesús en el seno virginal de María (cf. Lc 1, 35), es el mismo Espíritu que vive y obra en la Iglesia, con el fin de comunicarle la santidad del Hijo de Dios hecho hombre. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 16, 30 de diciembre de 1988)

  • Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir

Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19) y “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19; cf. 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 1, 25 de marzo de 1992)

  • María es el miembro más noble de la Iglesia

La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación, porque “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4, 4-6). Con estas palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al comienzo de la exposición sobre la bienaventurada Virgen María, deseo iniciar también mi reflexión sobre el significado que María tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia. […] En la liturgia, en efecto, la Iglesia saluda a María de Nazaret como a su exordio, ya que en la Concepción inmaculada ve la proyección, anticipada en su miembro más noble, de la gracia salvadora de la Pascua y, sobre todo, porque en el hecho de la Encarnación encuentra unidos indisolublemente a Cristo y a María: al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer fiat de la Nueva Alianza, prefigura su condición de esposa y madre. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris mater, n. 1, 25 de marzo de 1987)

  • María por estar vinculada al misterio de Cristo está presente en el misterio de la Iglesia

Este culto es del todo particular: contiene en sí y expresa aquel profundo vínculo existente entre la Madre de Cristo y la Iglesia. Como virgen y madre, María es para la Iglesia un “modelo perenne”. Se puede decir, pues, que, sobre todo según este aspecto, es decir como modelo o, más bien como “figura”, María, presente en el misterio de Cristo, está también constantemente presente en el misterio de la Iglesia. En efecto, también la Iglesia “es llamada madre y virgen”, y estos nombres tienen una profunda justificación bíblica y teológica. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris mater, n. 42, 25 de marzo de 1987)

  • La humidad y servicio de María es modelo del papel de la mujer en la Iglesia

Aquí se realiza el modelo más alto de colaboración responsable de la mujer en la redención del hombre —de todo el hombre—, que constituye la referencia trascendente para toda afirmación sobre el papel y la función de la mujer en la historia. María, realizando esa forma de cooperación tan sublime, indica también el estilo mediante el cual la mujer debe cumplir concretamente su misión. Ante el anuncio del ángel, la Virgen no manifiesta una actitud de reivindicación orgullosa, ni busca satisfacer ambiciones personales. San Lucas nos la presenta como una persona que sólo deseaba brindar su humilde servicio con total y confiada disponibilidad al plan divino de salvación. Este es el sentido de la respuesta: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra” (Lc 1, 38). En efecto, no se trata de una acogida puramente pasiva, pues da su consentimiento sólo después de haber manifestado la dificultad que nace de su propósito de virginidad, inspirado por su voluntad de pertenecer más totalmente al Señor. Después de haber recibido la respuesta del ángel, María expresa inmediatamente su disponibilidad, conservando una actitud de humilde servicio. Se trata del humilde y valioso servicio que tantas mujeres, siguiendo el ejemplo de María, han prestado y siguen prestando en la Iglesia para el desarrollo del reino de Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 6 de diciembre de 1995)

  • Las mujeres desempeñan su papel a través de una laboriosidad humilde y escondida

Aunque no hayan sido llamadas al apostolado de los Doce y por tanto al sacerdocio ministerial, muchas mujeres acompañan a Jesús en su ministerio y asisten al grupo de los Apóstoles (cf. Lc 8, 2-3 ); están presentes al pie de la Cruz (cf. Lc 23, 49); ayudan al entierro de Jesús (cf. Lc 23, 55) y la mañana de Pascua reciben y transmiten el anuncio de la resurrección (cf. Lc 24, 1-10); rezan con los Apóstoles en el Cenáculo a la espera de Pentecostés (cf. Hch 1, 14). Siguiendo el rumbo trazado por el Evangelio, la Iglesia de los orígenes se separa de la cultura de la época y llama a la mujer a desempeñar tareas conectadas con la evangelización. En sus Cartas, Pablo recuerda, también por su propio nombre, a numerosas mujeres por sus varias funciones dentro y al servicio de las primeras comunidades eclesiales (cf. Rm 16, 1-15; Flp 4, 2-3; Col 4, 15; 1 Co 11, 5; 1 Tm 5, 16). […] Y, como en los orígenes, así también en su desarrollo sucesivo la Iglesia siempre ha conocido —si bien en modos diversos y con distintos acentos— mujeres que han desempeñado un papel quizá decisivo y que han ejercido funciones de considerable valor para la misma Iglesia. Es una historia de inmensa laboriosidad, humilde y escondida la mayor parte de las veces, pero no por eso menos decisiva para el crecimiento y para la santidad de la Iglesia. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 49, 30 de diciembre de 1988)

  • A ejemplo de María, la donación de sí mismo es lo mejor que la mujer puede ofrecer a la Iglesia

Esta dimensión mariana en la vida cristiana adquiere un acento peculiar respecto a la mujer y a su condición. […] Se puede afirmar que la mujer, al mirar a María, encuentra en ella el secreto para vivir dignamente su feminidad y para llevar a cabo su verdadera promoción. A la luz de María, la Iglesia lee en el rostro de la mujer los reflejos de una belleza, que es espejo de los más altos sentimientos, de que es capaz el corazón humano: la oblación total del amor, la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores, la fidelidad sin límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Mater, n. 46, 25 de marzo de 1987)

  • La dignidad de los fieles laicos, hombres y mujeres se encuentra en la santidad

La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad. El santo es el testimonio más espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 16, 30 de diciembre de 1988)

  • Cristo otorgó a la mujer su verdadera dignidad

Es algo universalmente admitido —incluso por parte de quienes se ponen en actitud crítica ante el mensaje cristiano— que Cristo fue ante sus contemporáneos el promotor de la verdadera dignidad de la mujer y de la vocación correspondiente a esta dignidad. […] En las enseñanzas de Jesús, así como en su modo de comportarse, no se encuentra nada que refleje la habitual discriminación de la mujer, propia del tiempo; por el contrario, sus palabras y sus obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer. […] Este modo de hablar sobre las mujeres y a las mujeres, y el modo de tratarlas, constituye una clara “novedad” respecto a las costumbres dominantes entonces. (Juan Pablo II. Carta apostólica Mulieris dignitatem, n. 12-13, 15 de agosto de 1988)

  • Santa Catalina de Siena brilla por su constante cultivo de la unión con Cristo

Una de las dos mujeres, honradas por Pablo VI con el título de Doctora de la Iglesia —junto a Santa Teresa de Ávila—, es precisamente ella: Catalina de Siena. Catalina cultivó constantemente una profunda unión con el Esposo divino, aun en medio de las ocupaciones agobiantes de su vida tan agitada. Lo pudo gracias a la “celda interior”, que había llegado a construir en su intimidad. “Haceos una celda en la mente, de la cual no podáis jamás salir”, aconsejará más tarde a sus discípulos, basándose en la experiencia personal [Legenda maior, I, IV]. Efectivamente, en ella “encontramos el manjar angélico del ardiente deseo de Dios hacia nosotros” (Carta 26). (Juan Pablo II. Homilía en la visita pastoral a Siena, n. 2, 14 de setiembre de 1980)

  • Santa Teresa de Ávila, mujer excepcional, envuelta de humildad, de penitencia y de sencillez

Para honrar, juntamente con el Papa, a Santa Teresa, esa mujer excepcional, Doctora de la Iglesia, y sin embargo “envuelta toda ella de humildad, de penitencia y de sencillez”, como dijera mi predecesor Pablo VI (Homilía del 27 de septiembre de 1970]. (Juan Pablo II. Discurso a las religiosas de clausura del Monasterio de la Encarnación de Ávila , 1 de noviembre de 1982)

  • Eclesiología errónea, que lleva a falsas reivindicaciones

El respeto de los derechos de la mujer representa un paso esencial hacia una sociedad más justa y madura, y la Iglesia no puede menos de hacer suyo este digno objetivo. […]. Sin embargo, en algunos círculos sigue existiendo un clima de insatisfacción con respecto a la posición de la Iglesia, especialmente donde no se comprende con claridad la distinción entre los derechos humanos y civiles de la persona y los derechos, deberes, ministerios y funciones que los fieles tienen o desempeñan en el seno de la Iglesia. Una eclesiología errónea puede llevar fácilmente a presentar falsas reivindicaciones y crear falsas expectativas. […] La igualdad de los bautizados, una de las grandes afirmaciones del cristianismo, existe en un cuerpo variado en el que los hombres y las mujeres no desempeñan meramente papeles funcionales, sino arraigados profundamente en la antropología cristiana y en los sacramentos. La distinción de funciones no implica en absoluto la superioridad de unos sobre otros: el único don superior al que podemos y debemos aspirar es el amor (cf. 1Co 12-13). En el reino de los cielos los más grandes no son los ministros, sino los santos (cf. Inter insigniores, n. 6). (Juan Pablo II. Discurso al VI grupo de obispos estadounidenses en visita “ad limina apostolorum”, n. 5-6, 2 de julio de 1993)

  •  El papel de la mujer en la Iglesia debe ser visto a la luz de Cristo

La Iglesia “cree que la clave, el centro y el fin” del hombre, así como “de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro” y afirma que “bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre” (Gaudium et spes, n. 10). Con estas palabras la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual nos indica el camino a seguir al asumir las tareas relativas a la dignidad de la mujer y a su vocación, bajo el trasfondo de los cambios significativos de nuestra época. Podemos afrontar tales cambios de modo correcto y adecuado solamente si volvemos de nuevo a la base que se encuentra en Cristo, aquellas verdades y aquellos valores “inmutables” de los que él mismo es “Testigo fiel” (cf. Ap 1, 5) y Maestro. Un modo diverso de actuar conduciría a resultados dudosos, por no decir erróneos y falaces. (Juan Pablo II. Carta apostólica Mulieris dignitatem, n. 28, 15 de agosto de 1988)

  • No podemos imaginar que Cristo estaba siguiendo la mentalidad de la época al elegir sólo varones por ser sus Apóstoles

Cristo, llamando como apóstoles suyos sólo a hombres, lo hizo de un modo totalmente libre y soberano. Y lo hizo con la misma libertad con que en todo su comportamiento puso en evidencia la dignidad y la vocación de la mujer, sin amoldarse al uso dominante y a la tradición avalada por la legislación de su tiempo. Por lo tanto, la hipótesis de que haya llamado como apóstoles a unos hombres, siguiendo la mentalidad difundida en su tiempo, no refleja completamente el modo de obrar de Cristo. […] Todos ellos estaban con Cristo durante la última Cena y sólo ellos recibieron el mandato sacramental: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24), que está unido a la institución de la Eucaristía. Ellos, la tarde del día de la resurrección, recibieron el Espíritu Santo para perdonar los pecados: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23). (Juan Pablo II. Carta apostólica Mulieris dignitatem, n. 26, 15 de agosto de 1988)

  • Algunas funciones fueron confiadas a los Doce y no a las mujeres

Los evangelios muestran que Jesús no envió jamás a las mujeres en misiones de predicación, como hizo con el grupo de los Doce, que eran todos varones (cf. Lc 9,1-6), y también con los 72, entre los que no se menciona la presencia de ninguna mujer (cf. Lc 10,1-20). Sólo a los Doce Jesús da la autoridad sobre el reino: “Dispongo un reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí” (Lc 22, 29). Sólo a los Doce confiere la misión y el poder de celebrar la eucaristía en su nombre (cf. Lc 22, 19): esencia del sacerdocio ministerial. Sólo a los Apóstoles, después de su resurrección, da el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20, 22-23) y de emprender la obra de evangelización universal (cf. Mt 28, 18-20 Mc 16, 16-18). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 27 de julio de 1994)

  • Necesidad de discernir lo que contribuye a la consolidación de los verdaderos valores y lo que puede ocasionar degradación moral

Mientras lleve a cabo su compromiso de evangelizar, la mujer sentirá más vivamente la necesidad de ser evangelizada. Así, con los ojos iluminados por la fe (cf. Ef 1, 18), la mujer podrá distinguir lo que verdaderamente responde a su dignidad personal y a su vocación, de todo aquello que —quizás con el pretexto de esta “dignidad” y en nombre de la “libertad” y del “progreso”—hace que la mujer no sirva a la consolidación de los verdaderos valores, sino que, al contrario, se haga responsable de la degradación moral de las personas, de los ambientes y de la sociedad. Llevar a cabo un “discernimiento” semejante es una urgencia histórica impostergable; y, al mismo tiempo, es una posibilidad y una exigencia que derivan de la participación, por parte de la mujer cristiana, en el oficio profético de Cristo y de su Iglesia. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 51, 30 de diciembre de 1988)

… juzga la idea de Francisco de no ser necesario decir los pecados en la confesión

  • Desde los primeros tiempos la Iglesia ha incluido en el signo sacramental de la penitencia la acusación de los pecados

La tercera convicción, que quiero acentuar se refiere a las realidades o partes que componen el signo sacramental del perdón y de la reconciliación. Algunas de estas realidades son actos del penitente, de diversa importancia, pero indispensable cada uno o para la validez e integridad del signo, o para que éste sea fructuoso. […] Se comprende, pues, que desde los primeros tiempos cristianos, siguiendo a los Apóstoles y a Cristo, la Iglesia ha incluido en el signo sacramental de la penitencia la acusación de los pecados. Esta aparece tan importante que, desde hace siglos, el nombre usual del sacramento ha sido y es todavía el de confesión. Acusar los pecados propios es exigido ante todo por la necesidad de que el pecador sea conocido por aquel que en el sacramento ejerce el papel de juez —el cual debe valorar tanto la gravedad de los pecados, como el arrepentimiento del penitente— y a la vez hace el papel de médico, que debe conocer el estado del enfermo para ayudarlo y curarlo. […] Se comprende entonces por qué la acusación de los pecados debe ser ordinariamente individual y no colectiva, ya que el pecado es un hecho profundamente personal. Pero, al mismo tiempo, esta acusación arranca en cierto modo el pecado del secreto del corazón y, por tanto, del ámbito de la pura individualidad, poniendo de relieve también su carácter social, porque mediante el ministro de la penitencia es la Comunidad eclesial, dañada por el pecado, la que acoge de nuevo al pecador arrepentido y perdonado. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 31, III, 2 de diciembre de 1984)

… juzga las actitudes de Francisco con los pecadores públicos, cambiando el protocolo Vaticano

  • Las palabras de Jesús no pueden ser pasadas por alto: “No peques más”

Entre las costumbres de una sociedad secularizada y las exigencias del Evangelio, media un profundo abismo. Hay muchos que querrían participar en la vida eclesial, pero ya no encuentran ninguna relación entre su propio mundo y los principios cristianos. Se cree que la Iglesia, sólo por rigidez, mantiene sus normas, y que ello choca contra la misericordia que nos enseña Jesús en el Evangelio. Las duras exigencias de Jesús, su palabra: “Vete y no peques más” (Jn 8, 11), son pasadas por alto. A menudo se habla de recurso a la conciencia personal, olvidando, sin embargo, que esta conciencia es como el ojo que no posee por sí mismo la luz, sino solamente cuando mira hacia su auténtica fuente. (Juan Pablo II. Alocución a la Conferencia Episcopal Alemana, n. 6, 17 de noviembre de 1980)

  • La Iglesia jamás debe esconder la verdadera moral

La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición maternal de la Iglesia. Ésta —se dice— no muestra comprensión y compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo, que es la verdad en persona: “Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral… De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección”. En realidad, la verdadera comprensión y la genuina compasión deben significar amor a la persona, a su verdadero bien, a su libertad auténtica. Y esto no se da, ciertamente, escondiendo o debilitando la verdad moral, sino proponiéndola con su profundo significado de irradiación de la sabiduría eterna de Dios, recibida por medio de Cristo, y de servicio al hombre, al crecimiento de su libertad y a la búsqueda de su felicidad. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 95, 6 de agosto de 1993)

  • El ministerio de la reconciliación tiene como finalidad la reforma interior

Reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído. Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia en el sentido más completo del término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento, tomar la actitud concreta de arrepentido, que es la de quien se pone en el camino del retorno al Padre. Esta es una ley general que cada cual ha de seguir en la situación particular en que se halla. En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la conversión solamente en términos abstractos. En la condición concreta del hombre pecador, donde no puede existir conversión sin el reconocimiento del propio pecado, el ministerio de reconciliación de la Iglesia interviene en cada caso con una finalidad claramente penitencial, esto es, la de conducir al hombre al “conocimiento de sí mismo” según la expresión de Santa Catalina de Siena; a apartarse del mal, al restablecimiento de la amistad con Dios, a la reforma interior, a la nueva conversión eclesial. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 13.31, 2 de diciembre de 1984)

… juzga la idea de que Cristo se manchó por el pecado, que tiene Francisco

  • La serpiente de bronce simboliza la victoria de Cristo sobre el pecado

Esta serpiente se convirtió en la figura de Cristo levantado en la cruz. Los exegetas encuentran en ella el anuncio simbólico del hombre, que al contemplar con fe la cruz, queda con vida… y la vida significa victoria sobre el pecado y el estado de gracia en el alma humana. (Juan Pablo II. Homilía, n. 3, 30 de marzo de 1982)

  • Asumiendo la condición de siervo, Cristo se hizo semejante a los hombres en todo, menos el pecado

Así, pues, Jesús se ha hecho verdaderamente semejante a los hombres, asumiendo la condición de siervo, como proclama la Carta a los Filipenses (cf. 2, 7). Pero la Epístola a los Hebreos, al hablar de Él como “Pontífice de los bienes futuros” (9, 11), confirma y precisa que “no es nuestro Pontífice tal que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue tentado en todo a semejanza nuestra, fuera del pecado” (4, 15). Verdaderamente “no había conocido el pecado”, aunque San Pablo dirá que Dios, “a quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros para que en Él fuéramos justicia de Dios” (2 Cor 5, 21). El mismo Jesús pudo lanzar el desafío: “¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?” (Jn 8, 46). Y he aquí la fe de la Iglesia: “Sine peccato conceptus, natus et mortuus”. Lo proclama en armonía con toda la Tradición el Concilio de Florencia (Decreto pro Iacob.: DS 1347): Jesús “fue concebido, nació y murió sin mancha de pecado”. Él es el hombre verdaderamente justo y santo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 9, 3 de febrero de 1988)

  • La frase “se hizo pecado por nosotros” expresa la justicia absoluta de Cristo

Cristo, en cuanto hombre que sufre realmente y de modo terrible en el Huerto de los Olivos y en el Calvario, se dirige al Padre, a aquel Padre, cuyo amor ha predicado a los hombres, cuya misericordia ha testimoniado con todas sus obras. Pero no le es ahorrado —precisamente a él— el tremendo sufrimiento de la muerte en cruz: “a quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros” (2 Cor 5, 21), escribía San Pablo, resumiendo en pocas palabras toda la profundidad del misterio de la cruz y a la vez la dimensión divina de la realidad de la redención. Justamente esta redención es la revelación última y definitiva de la santidad de Dios, que es la plenitud absoluta de la perfección: plenitud de la justicia y del amor, ya que la justicia se funda sobre el amor, mana de él y tiende hacia él. En la pasión y muerte de Cristo —en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que lo “hizo pecado por nosotros (2 Cor 5, 21)”— se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad. Esto es incluso una “sobreabundancia” de la justicia, ya que los pecados del hombre son “compensados” por el sacrificio del Hombre-Dios. (Juan Pablo II. Encíclica Dives in misericordia, n. 7, 30 de noviembre de 1980)

  • El pecado no es de ninguna manera un enriquecimiento del hombre

Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre por el hecho de que Él “no había conocido el pecado”. Puesto que el pecado no es de ninguna manera un enriquecimiento del hombre. Todo lo contrario: lo deprecia, lo disminuye, lo priva de la plenitud que le es propia. La recuperación, la salvación del hombre caído es la respuesta fundamental a la pregunta sobre el porqué de la Encarnación. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 10, 3 de febrero de 1988)

  • El pecado es una violación de la ley de Dios y un rechazo de su proyecto

El pecado no es una mera cuestión psicológica o social; es un acontecimiento que afecta a la relación con Dios, violando su ley, rechazando su proyecto en la Historia, alterando la escala de valores y “confundiendo las tinieblas con la luz y la luz con las tinieblas”, es decir, “llamando bien al mal y mal al bien” (cf. Is 5, 20). El pecado, antes de ser una posible injusticia contra el hombre, es una traición a Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 8 de mayo de 2002)

  • La muerte de Cristo nos hace comprender la gravedad de nuestras ofensas

La muerte en cruz, penosa y desgarradora, fue también “sacrificio de expiación”, que nos hace comprender tanto la gravedad del pecado, que es rebelión contra Dios y rechazo de su amor, como la maravillosa obra redentora de Cristo, que al expiar por la humanidad nos ha devuelto la gracia, es decir, la participación en la misma vida trinitaria de Dios y la herencia de su felicidad eterna. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 22 de marzo de 1989)

… juzga la idea de “conversión del papado” que tiene Francisco

  • La Iglesia Católica conserva fielmente el ministerio petrino

La Iglesia Católica es consciente de haber conservado, en fidelidad a la tradición apostólica y a la fe de los Padres, el ministerio del Sucesor de Pedro. (Juan Pablo II. Carta al Cardenal Ratzinger citada por la Congregación para la Doctrina de la Fe. El primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia, 31 de octubre de 1998)

  • Hubo quien intentase reducir la potestad del Romano Pontífice a un cargo de inspección o de dirección

Habían existido intentos de reducir la potestad del Romano Pontífice a un cargo de inspección o de dirección. Algunos habían propuesto que el Papa fuese simplemente un árbitro en los conflictos entre las Iglesias locales, o diese solamente una dirección general a las actividades autónomas de las Iglesias y de los cristianos, con consejos y exhortaciones. Pero esta limitación no estaba conforme con la misión conferida por Cristo a Pedro. Por ello el Concilio Vaticano I subraya la plenitud del poder papal, y define que no basta reconocer que el Romano Pontífice tiene la parte principal: se debe admitir en cambio que él “tiene toda la plenitud de esa potestad suprema” (DS 3064). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 24 de febrero de 1993)

  • El colegio apostólico extiende la fe, pero el Sucesor de Pedro la confirma

Los sucesores del colegio apostólico han extendido incansablemente la fe, y los Papas, como Sucesores de Pedro, la han confirmado y animado, defendido y propagado. Y aquí está con vosotros, queridos hermanos y hermanas, el Papa, Sucesor de Pedro, para confirmaros en vuestra fe, en vuestra entrega total y en vuestra misión sin fronteras. (Juan Pablo II. Homilía en Tumaco, Colombia, n. 3, 4 de julio de 1986)

  • El Papa posee la plenitud de potestad a título personal, mientras el cuerpo episcopal la posee colegialmente

A este propósito, es bueno precisar enseguida que esta plenitud de potestad atribuida al Papa no quita nada a la plenitud que pertenece también al cuerpo episcopal. Más aún, se debe afirmar que ambos, el Papa y el cuerpo episcopal, tienen toda la plenitud de la potestad. El Papa posee esta plenitud a título personal, mientras el cuerpo episcopal la posee colegialmente, estando unido bajo la autoridad del Papa. El poder del Papa no es el resultado de una simple adición numérica, sino el principio de unidad y de conexión del cuerpo episcopal. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 24 de febrero de 1993)

… juzga la idea que Francisco tiene de San Juan Bautista

  • San Juan Batista inmoló su vida por la verdad

“El mayor entre los nacidos de mujer”, según el elogio del Mesías mismo (cf. Lc 7, 28). Ofreció a Dios el supremo testimonio de la sangre, inmolando su existencia por la verdad y la justicia; en efecto, fue decapitado por orden de Herodes, al que había osado decir que no le era lícito tener la mujer de su hermano (cf. Mc 6, 17-29).  (Juan Pablo II. Angelus, n.1, 29 de agosto de 2004)

  • Todavía hoy, Juan Bautista es “lámpara que arde e ilumina”

Con la festividad de san Juan Bautista, que se celebra hoy, la Iglesia nos presenta la figura de un testigo excepcional de Cristo. […] eliminado por Herodes en la oscura prisión de Maqueronte, él es honrado hoy en todas partes del mundo. La humillación de su aparente derrota ha dejado paso a la gloria del triunfo. (Juan Pablo II. Ángelus, n.1-2, 24 de junio de 1990)

  • Todos los aspectos de la vida de Juan Bautista que nos son narrados por los evangelistas son prueba del llamado especial que recibió de Dios

He aquí que el que viene al mundo en circunstancias tan insólitas, trae ya consigo la llamada divina. Esta llamada proviene del designio de Dios mismo, de su amor salvífico, y está inscrita en la historia del hombre desde el primer momento de la concepción en el seno materno. Todas las circunstancias de esta concepción, como después las del nacimiento de Juan en Ain-Karim, indican una llamada insólita.
“Praebis ante faciem Domini parare vias eius: Irás delante del Señor para preparar sus caminos” (Lc 1, 76).
Sabemos que Juan Bautista respondió a esta llamada con toda su vida. Sabemos que permaneció fiel a ella hasta el último aliento. Y este aliento lo consumó en la cárcel por orden de Herodes, secundando el deseo de Salomé que actuaba bajo la instigación de su vengativa madre Herodías. (Juan Pablo II. Homilía, n.1, 24 de junio de 1979)

… juzga la idea de Francisco de que en el confesionario el sacerdote actúa en nombre del Padre

  • Cuando el sacerdote alza la mano que bendice, actúa el Señor Jesús

[El sacerdote], cuando alza la mano que bendice y pronuncia las palabras de la absolución, actúa “in persona Christi”: no sólo como “representante”, sino también y, sobre todo, como “instrumento” humano en el que está presente, de modo arcano y real, y actúa el Señor Jesús, el “Dios-con-nosotros”, muerto y resucitado y que vive para nuestra salvación. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 22 de febrero de 1984)

  • Dentro de la realidad humana del sacerdote, se oculta el mismo Jesús

El Señor Jesús se ha convertido así en “nuestra reconciliación” (cf. Rom 5, 11) y en nuestra “paz” (cf. Ef 2, 14). La Iglesia, pues, por medio del sacerdote de manera singular, no actúa como si fuese una realidad autónoma: estructuralmente depende del Señor Jesús que la ha fundado, la habita y actúa en ella, de tal modo que hace presente en los diversos tiempos y en los diversos ambientes el misterio de la redención. La palabra evangélica esclarece este “ser enviada” de la Iglesia a través de sus Apóstoles por parte de Cristo para la remisión de los pecados. “Como me envió mi Padre —afirma el Señor Jesús resucitado—, así os envío yo”. Y después de decir esto, soplando sobre ello añadió: “Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos” (Jn 20, 21-22). Así, pues, detrás — o dentro — de la realidad humana del sacerdote, se oculta y actúa el mismo Señor que “tiene el poder de perdonar los pecados” (cf. Lc 5, 24) y que con esta finalidad “mereció” (cf. Jn 7, 39) y “envió” (cf. Jn 20, 22) “su Espíritu” (cf. Rom 8, 9) después del Sacrificio del Calvario y de la victoria de la Pascua. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 28 de marzo de 1984)

… juzga el modo de reformar la Iglesia que defiende Francisco

  • Las estructuras de la Iglesia se formaron a partir del patrimonio apostólico

El camino de la Iglesia se inició en Jerusalén el día de Pentecostés y todo su desarrollo original en la oikoumene de entonces se concentraba alrededor de Pedro y de los Once (cf. Hch 2, 14). Las estructuras de la Iglesia en Oriente y en Occidente se formaban por tanto en relación con aquel patrimonio apostólico. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 55, 25 de mayo de 1995)

  • …y la búsqueda de la santidad

La vida de cada cristiano y todas las estructuras de la Iglesia deben estar claramente ordenadas a la búsqueda de la santidad. (Juan Pablo II. Discurso al segundo grupo de obispos de Estados Unidos en visita ad limina, n. 2, 29 de abril de 2004)

  • Hoy se siente la necesidad de un anuncio fuerte del Evangelio, con sólida y profunda formación cristiana

En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se siente, entonces, con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del milenio. Vosotros sois esta respuesta providencial. […] En los movimientos y en las nuevas comunidades habéis aprendido que la fe no es un discurso abstracto ni un vago sentimiento religioso, sino vida nueva en Cristo, suscitada por el Espíritu Santo. (Juan Pablo II. Discurso durante el Encuentro con los Movimientos Eclesiales, n. 7, 30 de mayo de 1998)

  • Hay que elegir la auténtica verdad, no las verdades a medias

No olvidéis jamás que cualquier proyecto de vida que no sea conforme al designio de Dios sobre el hombre está destinado, antes o después, al fracaso. En efecto, sólo con Dios y en Dios el hombre puede realizarse completamente y alcanzar la plenitud a la que aspira en lo más íntimo de su corazón. […] Es decisivo elegir los verdaderos valores, y no los efímeros; la auténtica verdad, y no las verdades a medias o las pseudoverdades. (Juan Pablo II. Discurso durante el Encuentro con los Catequistas y los Movimientos Eclesiales, n. 6, 4 de octubre de 1998)

… juzga la idea de moral que tiene Francisco

  • En cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa

El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto libre de la persona individual, y no precisamente de un grupo o una comunidad. Este hombre puede estar condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves factores externos; así como puede estar sujeto también a tendencias, taras y costumbres unidas a su condición personal. En no pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto, su responsabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada también por nuestra experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas —las estructuras, los sistemas, los demás— el pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan —aunque sea de modo tan negativo y desastroso— también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa.
Por ser el pecado una acción de la persona, tiene sus primeras y más importantes consecuencias en el pecador mismo, o sea, en la relación de éste con Dios —que es el fundamento mismo de la vida humana— y en su espíritu, debilitando su voluntad y oscureciendo su inteligencia. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia, n. 16, 2 de diciembre de 1984)

  • La repercusión que tiene todo pecado en el conjunto eclesial y en la familia humana es lo que da al pecado individual un carácter social

Llegados a este punto hemos de preguntarnos a qué realidad se referían los que, en la preparación del Sínodo y durante los trabajos sinodales, mencionaron con cierta frecuencia el pecado social.
La expresión y el concepto que a ella está unido, tienen, en verdad, diversos significados.
Hablar de pecado social quiere decir, ante todo, reconocer que, en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás. Es ésta la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos, merced a la cual se ha podido decir que “toda alma que se eleva, eleva al mundo”. A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana. Según esta primera acepción, se puede atribuir indiscutiblemente a cada pecado el carácter de pecado social. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia, n. 16, 2 de diciembre de 1984)

  • No es legítimo ni aceptable un significado de pecado social que al oponerlo al pecado personal casi lo borra para admitir únicamente culpas y responsabilidades sociales

En todo caso hablar de pecados sociales, aunque sea en sentido analógico, no debe inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino que quiere ser una llamada a las conciencias de todos para que cada uno tome su responsabilidad, con el fin de cambiar seria y valientemente esas nefastas realidades y situaciones intolerables.
Dado por sentado todo esto en el modo más claro e inequívoco hay que añadir inmediatamente que no es legítimo ni aceptable un significado de pecado social —por muy usual que sea hoy en algunos ambientes—, que al oponer, no sin ambigüedad, pecado social y pecado personal, lleva más o menos inconscientemente a difuminar y casi a borrar lo personal, para admitir únicamente culpas y responsabilidades sociales. Según este significado, que revela fácilmente su derivación de ideologías y sistemas no cristianos —tal vez abandonados hoy por aquellos mismos que han sido sus paladines—, prácticamente todo pecado sería social, en el sentido de ser imputable no tanto a la conciencia moral de una persona, cuanto a una vaga entidad y colectividad anónima, que podría ser la situación, el sistema, la sociedad, las estructuras, la institución. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia, n. 16, 2 de diciembre de 1984)

  • La Iglesia, cuando denuncia situaciones de pecados sociales, sabe y proclama que estos casos son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales

Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios, o hasta de enteras Naciones y bloques de Naciones, sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. Se trata de pecados muy personales de quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo por evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el mundo; y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las personas. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia, n. 16, 2 de diciembre de 1984)

  • No existe verdadera solución para la “cuestión social” fuera del Evangelio

Hay que repetir que no existe verdadera solución para la “cuestión social” fuera del Evangelio y que, por otra parte, las “cosas nuevas” pueden hallar en él su propio espacio de verdad y el debido planteamiento oral. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Centesimus annus, n. 5, 1 de mayo de 1991)

  • El Magisterio siempre ha propuesto una enseñanza moral sobre los múltiples y diferentes ámbitos de la vida humana, sea a nivel personal o social

Siempre, pero sobre todo en los dos últimos siglos, los Sumos Pontífices, ya sea personalmente o junto con el Colegio episcopal, han desarrollado y propuesto una enseñanza moral sobre los múltiples y diferentes ámbitos de la vida humana. En nombre y con la autoridad de Jesucristo, han exhortado, denunciado, explicado; por fidelidad a su misión, y comprometiéndose en la causa del hombre, han confirmado, sostenido, consolado; con la garantía de la asistencia del Espíritu de verdad han contribuido a una mejor comprensión de las exigencias morales en los ámbitos de la sexualidad humana, de la familia, de la vida social, económica y política. Su enseñanza, dentro de la tradición de la Iglesia y de la historia de la humanidad, representa una continua profundización del conocimiento moral. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 4, 6 de agosto de 1993)

  • Hoy se creó una nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana que se opone a la verdad de constituir la ley moral los cimientos de las relaciones humanas y la vida social

Sin embargo, hoy se hace necesario reflexionar sobre el conjunto de la enseñanza moral de la Iglesia, con el fin preciso de recordar algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas. En efecto, ha venido a crearse una nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana, en la que se difunden muchas dudas y objeciones de orden humano y psicológico, social y cultural, religioso e incluso específicamente teológico, sobre las enseñanzas morales de la Iglesia. Ya no se trata de contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo de determinadas concepciones antropológicas y éticas, se pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio moral. En la base se encuentra el influjo, más o menos velado, de corrientes de pensamiento que terminan por erradicar la libertad humana de su relación esencial y constitutiva con la verdad. Y así, se rechaza la doctrina tradicional sobre la ley natural y sobre la universalidad y permanente validez de sus preceptos; se consideran simplemente inaceptables algunas enseñanzas morales de la Iglesia; se opina que el mismo Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales más que para “exhortar a las conciencias” y “proponer los valores” en los que cada uno basará después autónomamente sus decisiones y opciones de vida. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 4, 6 de agosto de 1993)

  • Los mandamientos están destinados a tutelar el bien de la persona humana, y sus relaciones sociales: sin su observancia no se ama a Dios ni al prójimo

Los mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor, están destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares. El “no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio”, son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama.
Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. “La primera libertad —dice san Agustín— consiste en estar exentos de crímenes…, como serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta…” (In Iohannis Evangelium Tractatus, 41, 9-10).
Todo ello no significa que Cristo pretenda dar la precedencia al amor al prójimo o separarlo del amor a Dios. Esto lo confirma su diálogo con el doctor de la ley, el cual hace una pregunta muy parecida a la del joven. Jesús le remite a los dos mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo (cf. Lc 10, 25-27) y le invita a recordar que sólo su observancia lleva a la vida eterna: “Haz eso y vivirás” (Lc 10, 28). Es, pues, significativo que sea precisamente el segundo de estos mandamientos el que suscite la curiosidad y la pregunta del doctor de la ley: “¿Quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29). El Maestro responde con la parábola del buen samaritano, la parábola-clave para la plena comprensión del mandamiento del amor al prójimo (cf. Lc 10, 30-37).
Los dos mandamientos, de los cuales “penden toda la Ley y los profetas” (Mt 22, 40), están profundamente unidos entre sí y se compenetran recíprocamente. De su unidad inseparable da testimonio Jesús con sus palabras y su vida: su misión culmina en la cruz que redime (cf. Jn 3, 14-15), signo de su amor indivisible al Padre y a la humanidad (cf. Jn 13, 1).
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son explícitos en afirmar que sin el amor al prójimo, que se concreta en la observancia de los mandamientos, no es posible el auténtico amor a Dios. San Juan lo afirma con extraordinario vigor: “Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (Jn 4, 20). El evangelista se hace eco de la predicación moral de Cristo, expresada de modo admirable e inequívoco en la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 30-37) y en el “discurso” sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46). (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 13-14, 6 de agosto de 1993)

… juzga la idea de Francisco de renunciar a la propia cultura en beneficio de los refugiados

  • La cultura y la civilización europea tienen sus raíces en la fe cristiana

Doy las gracias, en particular, a los Jefes de Estado y a las Autoridades civiles por el apoyo que han dado a la iniciativa, que ciertamente ha favorecido una mayor aproximación de las naciones del continente sobre la base de aquellos valores fundamentales de la cultura y de la civilización europea, que hunden sus raíces en la fe cristiana. […] Ha sido una peregrinación hacia los comienzos del cristianismo y de la Iglesia en la Europa Septentrional. Dicho inicio se vincula, ya desde el siglo IX, con la misión de San Oscar (Ansgar), el cual procedente de la Galia, se trasladó al Norte con el mensaje evangélico. Su obra preparó las fases sucesivas de la evangelización, primero en Dinamarca y después en las otras partes de Escandinavia.
Este proceso está en conexión con las figuras de santos reyes y de obispos que, en el corazón de las naciones del Norte europeo, se convirtieron en pilares de la Iglesia. Su recuerdo, lleno de veneración, une las sociedades de estos países. Además, al recuerdo de San Oscar, va particularmente unido el de San Olav, Patrono de Noruega; San Thorlak Thorhallsson, obispo de Skalholt, Islandia, que se afanó incansablemente por fortalecer la vida cristiana de su pueblo; San Enrique, Patrono de Finlandia, hombre valiente y de gran fe en la presencia activa de Dios en la vida de los hombres; San Canuto, Rey de Dinamarca, y Niels Stensen (Stenone), beatificado recientemente; el Santo Rey Erik IX, Patrono de Suecia y símbolo de la unidad nacional del país; y, por último Santa Brígida, que vino a Roma, donde trabajó con energía por la unidad de la Iglesia, y cuya memoria va unida al santuario de Vadstena, en Suecia. Durante la peregrinación a través de los países escandinavos, un punto esencial de referencia han sido las antiguas catedrales de Trondheim, Noruega; de Turku, la primera capital de Finlandia; de Roskilde, Dinamarca; y finalmente de Upsala, Suecia. Aquí reposan el católico San Erik […]. En esta serie hay que incluir también Thingvellir, Islandia, el lugar en el que se tomó la decisión de introducir el cristianismo en la isla nórdica […]. El recuerdo de los santos, hombres y mujeres, que han vivido en aquellas tierras y han testimoniado en ellas su fe en Cristo en los comienzos de la evangelización de las respectivas circunscripciones, debe incitar a los cristianos de hoy a la renovación espiritual […]. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-4, 14 de junio de 1989)

  • Responsabilidad de revitalizar las raíces cristianas europeas

Europa ha sido impregnada amplia y profundamente por el cristianismo […] El interés que la Iglesia tiene por Europa deriva de su misma naturaleza y misión. En efecto, a lo largo de los siglos, la Iglesia ha mantenido lazos muy estrechos con nuestro Continente, de tal modo que la fisonomía espiritual de Europa se ha ido formando gracias a los esfuerzos de grandes misioneros y al testimonio de santos y mártires, a la labor asidua de monjes, religiosos y pastores. De la concepción bíblica del hombre, Europa ha tomado lo mejor de su cultura humanista, ha encontrado inspiración para sus creaciones intelectuales y artísticas, ha elaborado normas de derecho y, sobre todo, ha promovido la dignidad de la persona, fuente de derechos inalienables. De este modo la Iglesia, en cuanto depositaria del Evangelio, ha contribuido a difundir y a consolidar los valores que han hecho universal la cultura europea. Al recordar todo esto, la Iglesia de hoy siente, con nueva responsabilidad, el deber apremiante de no disipar este patrimonio precioso y ayudar a Europa a construirse a sí misma, revitalizando las raíces cristianas que le han dado origen. (Juan Pablo II. Ecclesia in Europa, n. 24, 28 de junio de 2003)

  • En Polonia la cultura está marcada por su raíz católica

El conocimiento de la historia de Polonia nos dirá todavía más: no sólo en el año 1000 quedó inscrito de forma decisiva en la historia de la nación el orden jerárquico de la Iglesia, sino también la historia de la nación ha quedado de modo providencial enraizada en la estructura de la Iglesia en Polonia, estructura que debemos a la reunión de Gniezno. Esta afirmación encuentra su confirmación en los diversos períodos de la historia de Polonia y especialmente en los períodos más difíciles. Cuando han faltado las estructuras nacionales y estatales, la sociedad, en gran mayoría católica, ha encontrado su apoyo en la estructura jerárquica de la Iglesia; y esto la ha ayudado a superar los tiempos de la división del país y de la ocupación, la ha ayudado a mantener, e incluso a profundizar, la conciencia de la propia identidad. Quizás algún extraño considerará esta situación “atípica”, sin embargo para los polacos encierra una elocuencia inconfundible. Esta es simplemente una parte de la verdad de la historia de la propia patria. […] Sabemos bien que este enraizarse de la Iglesia en Polonia en su catolicidad —desde el momento del bautismo v de la reunión en Gniezno, a través de toda la historia— tiene un significado singular para la vida espiritual de la nación. Y tiene también un significado para su cultura, que está marcada no sólo por la tradición de vínculos visibles con Roma, sino que posee también las características de la universalidad propias del catolicismo y de la apertura hacia todo lo que en el intercambio universal de los bienes se hace porción de cada uno de los que toman parte. Esta afirmación podría ser convalidada por innumerables testimonios tomados de nuestra historia. Uno de ellos podría ser también el hecho que hoy estamos juntos, es decir, que con el Episcopado polaco se encuentra hoy un Papa-polaco. (Juan Pablo II. Discurso a la Conferencia Episcopal Polaca, n. 2-3, 5 de junio de 1979)

  • Juan Pablo II deseaba que Polonia, bien como toda Europa, permaneciera siempre fiel a sus raíces cristinas

Adalberto nos ha recordado el deber de construir una Polonia fiel a sus raíces. También nos lo recordó el jubileo de la fundación de la Universidad Jaguellónica de Cracovia, y especialmente de su facultad de teología. La fidelidad a las raíces no significa una duplicación mecánica de los modelos del pasado. […] Se manifiesta también en la solicitud por el desarrollo de la cultura nativa, en la que el elemento cristiano ha estado presente desde el principio. La fidelidad a las raíces significa, sobre todo, la capacidad de construir una síntesis orgánica entre los valores perennes, que tantas veces se han confirmado en la historia, y el desafío del mundo actual, entre la fe y la cultura, entre el Evangelio y la vida. A mis compatriotas, a Polonia les deseo que sepa ser, precisamente así, fiel a sí misma y a las raíces de las que ha crecido. Polonia, fiel a sus raíces. Europa, fiel a sus raíces. (Juan Pablo II. Discurso en la ceremonia de despedida. Aeropuerto de Cracovia, n.4. 10 de junio de 1997)

  • Europa, a pesar de sus divisiones de ideologías y de los sistemas económico-políticos, tiene que buscar la unidad en sus raíces cristianas

Europa, que durante su historia ha estado dividida varias veces; Europa, que hacia la mitad de nuestro siglo estuvo trágicamente dividida por la horrible guerra mundial; Europa que, a pesar de sus actuales y duraderas divisiones de los regímenes, de las ideologías y de los sistemas económico-políticos, no puede cesar de buscar su unidad fundamental, debe mirar al cristianismo. A pesar de las distintas tradiciones que existen en el territorio europeo, en su parte Oriental y Occidental, encontramos allí el mismo cristianismo que tiene su origen en el mismo y único Cristo, que acepta la misma Palabra de Dios, que conecta con los mismos doce Apóstoles. Precisamente esto está en las raíces de la historia de Europa. Esto forma su genealogía espiritual. (Juan Pablo II. Discurso a la Conferencia Episcopal Polaca, n. 5, 5 de junio de 1979)

  • La búsqueda de unidad entre los pueblos europeos debe partir de la conciencia de las raíces cristianas de este continente

Nosotros queremos pedir aquí por esta paz de Cristo; y si miramos toda la búsqueda actual de una mayor unidad entre los pueblos europeos, esperamos que ésta lleve también a una conciencia más profunda de las raíces —raíces espirituales, raíces cristianas—, porque, si se debe construir una casa común, se debe construir también un fundamento más profundo. No basta un fundamento superficial.
Y ese fundamento más profundo —lo hemos visto también en nuestro análisis— quiere decir siempre “espiritual”.
Pedimos que la búsqueda de una Europa más unida se base sobre el fundamento espiritual de la tradición benedictina, de la tradición cristiana, católica, que quiere decir universal.
Solamente en el nombre de esta tradición es posible que ahora, a este lugar, hoy, venga como Obispo de Roma el hijo de un pueblo diverso en lengua y en historia, pero arraigado en el mismo fundamento, en la misma tradición espiritual, en la misma cristiandad con un pasado tan cristiano, que él puede estar entre vosotros no sólo como uno de casa, sino como vuestro Pastor. (Juan Pablo II. Alocución en la Abadia de Montecassino, 18 de mayo de 1979)

  • El cristianismo siempre ha dado importante contribución para la formación del patrimonio cultural

Quisiera utilizar esta circunstancia para reflexionar junto con vosotros, sobre la contribución específica que los cristianos, como hombres de cultura y de ciencia, están llamados a dar para el ulterior crecimiento de un verdadero humanismo en vuestra patria, en el seno de la gran familia de los pueblos. En efecto, el cristiano tiene la misión de transmitir a las diversas instancias de la vida social y, portanto, también al mundo de la cultura, la luz del Evangelio.
De hecho, a lo largo de los siglos, el cristianismo ha dado una importante contribución a la formación del patrimonio cultural de vuestro pueblo. Por consiguiente, en el umbral del tercer milenio no pueden faltar nuevas fuerzas vivas que den renovado impulso a la promoción y al desarrollo de la herencia cultural de la nación, con plena fidelidad a sus raíces cristianas. (Juan Pablo II. Mensaje del Santo Padre al mundo de la cultura y de la ciencia en la sede de la nunciatura, Zagreb, 3 de octubre de 1998)

  • El cristianismo no se puede reducir a ninguna cultura particular. Él dialoga con cada una y las lleva a sacar lo mejor de sí. Las raíces cristianas de Europa son garantía de su futuro.

La “buena nueva” ha sido y sigue siendo fuente de vida para Europa. Si es verdad que el cristianismo no se puede reducir a ninguna cultura particular, sino que dialoga con cada una para llevarlas a todas a expresar lo mejor de sí en cada campo del saber y del obrar humano, las raíces cristianas son para Europa la principal garantía de su futuro. ¿Podría vivir y desarrollarse un árbol sin raíces? Europa, ¡no olvides tu historia! (Juan Pablo II. Homilia, n. 3, 28 de junio de 2003)

  • La historia de la formación de las naciones europeas va a la par con su evangelización, por eso la identidad europea no es comprensible sin el cristianismo. Él es la causa de su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión, y de todo lo que constituye su gloria

Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la «memoria» de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuará que la conciencia de Europa ha nacido peregrinando.
La peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes, como los latinos, los germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La peregrinación acercaba, relacionaba y unía entre sí a aquellas gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la predicación de los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio y contemporáneamente, se puede afirmar, surgían como pueblos y naciones.
La historia de la formación de las naciones europeas va a la par con su evangelización; hasta el punto de que las fronteras europeas coinciden con las de la penetración del Evangelio. Después de veinte siglos de historia, no obstante los conflictos sangrientos que han enfrentado a los pueblos de Europa, y a pesar de las crisis espirituales que han marcado la vida del continente — hasta poner a la conciencia de nuestro tiempo graves interrogantes sobre su suerte futura— se debe afirmar que la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y que precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria.
Y todavía en nuestros días, el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos. (Juan Pablo II. Acto europeo en Santiago de Compostela, n.2-3, 9 de noviembre de 1982)

  • Europa: descubre tus orígenes. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia. Así el futuro no estará dominado por la incertidumbre y el temor, antes bien se abrirá para ti un nuevo período

Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. […] No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: “lo puedo”.
[…] sí Europa vuelve a actuar, en la vida específicamente religiosa, con el debido conocimiento y respeto a Dios, en el que se basa todo el derecho y toda la justicia; si Europa abre nuevamente las puertas a Cristo y no tiene miedo de abrir a su poder salvífico los confines de los estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo (Cf. Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978) 35 ss), su futuro no estará dominado por la incertidumbre y el temor, antes bien se abrirá a un nuevo período de vida, tanto interior como exterior, benéfico y determinante para el mundo, amenazado constantemente por las nubes de la guerra y por un posible ciclón de holocausto atómico. (Juan Pablo II. Acto europeo en Santiago de Compostela, n.4-5, 9 de noviembre de 1982)

  • Sin el Cristianismo no se puede comprender la historia y el destino de Europa

Así como esta singular ciudad está ligada indisolublemente a la Iglesia de Cristo desde la presencia y muerte martirial de los dos Príncipes de los Apóstoles, Pedro y Pablo, a orillas del Tíber, de la misma manera no se puede comprender la historia y el destino de Europa, su pasado y su misión en el presente y en el futuro, sin el cristianismo y su esencial aportación a la cultura occidental. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en la 76 Asamblea de dialogo de Bergedorf, 17 de diciembre de 1984)

  • El cristianismo es el elemento central y determinante de la compleja historia de Europa. La fe católica ha plasmado la cultura de ese continente de tal manera que no se puede estudiar la historia de Europa sin conocer el período de la evangelización y todos los siglos que le sucedieron. El camino hacia el futuro no puede relegar este dato, y los cristianos están llamados a tomar una renovada conciencia de todo ello para mostrar sus capacidades permanente

No cabe duda de que, en la compleja historia de Europa, el cristianismo representa un elemento central y determinante, que se ha consolidado sobre la base firme de la herencia clásica y de las numerosas aportaciones que han dado los diversos flujos étnicos y culturales que se han sucedido a lo largo de los siglos. La fe cristiana ha plasmado la cultura del continente y se ha entrelazado indisolublemente con su historia, hasta el punto de que ésta no se podría entender sin hacer referencia a las vicisitudes que han caracterizado, primero, el largo período de la evangelización y, después, tantos siglos en los que el cristianismo, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, se ha afirmado como la religión de los europeos. También en el período moderno y contemporáneo, cuando se ha ido fragmentando progresivamente la unidad religiosa, bien por las posteriores divisiones entre los cristianos, bien por los procesos que han alejado la cultura del horizonte de la fe, el papel de ésta ha seguido teniendo una importancia notable.
El camino hacia el futuro no puede relegar este dato, y los cristianos están llamados a tomar una renovada conciencia de todo ello para mostrar sus capacidades permanentes. Tienen el deber de dar una contribución específica a la construcción de Europa, que será tanto más válida y eficaz cuanto más capaces sean de renovarse a la luz del Evangelio. De este modo se harán continuadores de esa larga historia de santidad que ha impregnado las diversas regiones de Europa en el curso de estos dos milenios, en los cuales los santos oficialmente reconocidos son, en realidad, los casos más destacados, propuestos como modelos para todos. (Juan Pablo II. Carta apostólica Spes Aedificando en forma de “Motu Proprio” para la proclamación de Santa Brígida de Suecia, Santa Catalina de Siena y Santa Teresa Benedicta de la Cruz copatronas de Europa, 1 de octubre de 1999)

  • Toda Europa atestigua la relación que existe entre cultura y cristianismo

Ciertamente no será exagerado afirmar en particular que, a través de una multitud de hechos, Europa toda entera —del Atlántico a los Urales— atestigua, en la historia de cada nación y en la de la comunidad entera, la relación entre la cultura y el cristianismo. (Juan Pablo II. Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la educación, la ciencia y la cultura – UNESCO, 2 de junio de 1980)

  • El mundo necesita que Europa tome conciencia de su fundamento cristiano y que esté dispuesta a configurar el presente y el futuro a partir de ahí

La historia de Europa, y la de cada uno de sus pueblos, está marcada por la fe cristiana y el respeto a la dignidad del hombre, creado a imagen de Dios y redimido por la sangre de Cristo. La responsabilidad personal, el respeto de la libertad, la veneración a la vida, la máxima estima del matrimonio y de la familia eran así los principios normativos. La comprensión cristiana del hombre ha configurado la tradición europea de los derechos humanos, que ha quedado plasmada en las constituciones modernas y en las Declaraciones de los Derechos Humanos del Consejo de Europa y de las Naciones Unidas. De acuerdo con el pensamiento cristiano, el hombre está en el centro de la vida social, económica y estatal, tal como yo mismo lo he subrayado especialmente en mi última Encíclica Laborem exercens. El mundo necesita una Europa que tome nuevamente conciencia de su fundamento cristiano y de su identidad y que, a la vez, esté dispuesta a configurar su propio presente y futuro a partir de ahí. Europa fue el primer continente con el que el cristianismo se familiarizó profundamente y el que, a partir de ello, experimentó un empuje espiritual y material inconmensurable. ¿No es posible crear también hoy nuevos impulsos y fuerzas para una amplia renovación espiritual-moral y política de Europa a partir del mismo fundamento ideal, mediante una seria toma de conciencia, de manera que Europa pueda llevar a cabo, responsable y efectivamente, en el marco de la actual comunidad de pueblos, la misión espiritual que le corresponde? Así, pues, honorables señoras y señores, tomen conciencia en sus reflexiones de que la misión de Europa es la de los europeos y la misión de éstos es la de los cristianos de Europa. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes de un congreso sobre la crisis de Occidente y la misión espiritual de Europa, 12 de noviembre de 1981)

  • Europa es una tierra regada por la fe cristiana milenaria

Europa entera se interroga sobre su futuro, cuando el derrumbamiento de los sistemas totalitarios reclama una profunda renovación de las políticas y provoca un retorno vigoroso de las aspiraciones espirituales de los pueblos. Europa, por necesidad, busca redefinir su identidad más allá de los sistemas políticos y de las alianzas militares. Y se descubre como un continente de cultura, una tierra regada por la fe cristiana milenaria. (Juan Pablo II. Discurso a los miembros del Consejo Pontificio de la Cultura, n. 3, 12 de enero de 1990)

  • El cristianismo ha modelado la identidad histórico-cultural de Latinoamérica. En ese continente la cultura popular, el arte, etc., reflejan la fe que desde el principio le ha marcado

[…] la primera evangelización –cuyo inicio pronto cumplirá 500 años– modeló la identidad histórico-cultural de vuestro pueblo (cf. Puebla, 412. 445-446); y el substrato cultural católico, sellado particularmente por el corazón y su intuición, se expresa en la plasmación artística, de la que vuestros templos, vuestras pinturas tradicionales, vuestro arte popular, constituyen una muestra tan valiosa. Se expresa también, con caracteres no pocas veces conmovedores, la piedad hecha vida de las manifestaciones populares de devoción.
Si bien es cierto que la fe trasciende toda cultura, dado que pone de manifiesto un acontecimiento que tiene su origen en Dios y no en el hombre, ello no quiere decir que esté al margen de la cultura. Hay una íntima vinculación entre el Evangelio y las realizaciones del hombre. Este vínculo es creador de cultura. (Juan Pablo II. Encuentro con el mundo de la cultura y de la empresa en el seminario Santo Toríbio, n. 5-6, 15 de mayo de 1988)

  • Los pueblos latinoamericanos fueron engendrados en la fe cristiana

[…] la expansión de la cristiandad ibérica trajo a los nuevos pueblos el don que estaba en los orígenes y gestación de Europa —la fe cristiana —con su poder de humanidad y salvación, de dignidad y fraternidad, de justicia y amor para el Nuevo Mundo.
Esto provocó el extraordinario despliegue misionero, desde la transparencia e incisividad de la fe cristiana, en los diversos pueblos y etnias, culturas y lenguas indígenas.
Los hombres y pueblos del nuevo mestizaje americano, fueron engendrados también por la novedad de la fe cristiana. Y en el rostro de Nuestra Señora de Guadalupe está simbolizada la potencia y arraigo de esa primera evangelización. (Juan Pablo II. Homilia, n.3, 12 de octubre de 1984)

  • La primera evangelización de América Latina marcó profundamente su identidad histórico-cultural

Un dato consignado por la historia es que la primera evangelización marcó esencialmente la identidad histórico-cultural de América Latina (Puebla, 412). Prueba de ello es que la fe católica no fue desarraigada del corazón de sus pueblos, a pesar del vacío pastoral creado en el período de la independencia o del hostigamiento y persecuciones posteriores. (Juan Pablo II. Homilia, n.5, 12 de octubre de 1984)

  • La Iglesia dejó huellas profundas en la historia del pueblo americano

Llego a un continente donde la Iglesia ha ido dejando huellas profundas, que penetran muy adentro en la historia y carácter de cada pueblo. Vengo a esta porción viva eclesial, la más numerosa, parte vital para el futuro de la Iglesia católica, que entre hermosas realizaciones no exentas de sombras, entre dificultades y sacrificios, da testimonio de Cristo y quiere hoy responder al reto del momento actual, proponiendo una luz de esperanza, para el aquí y para el más allá, a través de su obra de anuncio de la Buena Nueva, que se concreta en el Cristo Salvador, Hijo de Dios y Hermano mayor de los hombres. (Juan Pablo II. Discurso al Presidente de la República Dominicana, 25 de enero de 1979)

  • Es necesario a los católicos permanecer en la coherencia de la fe y no temer asumir su identidad cristiana y católica

Los cristianos de hoy deben ser formados para vivir en un mundo que ampliamente ignora a Dios o que, en materia religiosa, en lugar de un diálogo exigente y fraterno, estimulante para todos, cae muy a menudo en un indiferentismo nivelador, cuando no se queda en una actitud menospreciativa de “suspicacia” en nombre de sus progresos en materia de “explicaciones” científicas. Para “entrar” en este mundo, para ofrecer a todos un “diálogo de salvación” donde cada uno se siente respetado en su dignidad fundamental, la de buscador de Dios, tenemos necesidad de una catequesis que enseñe a los jóvenes y a los adultos de nuestras comunidades a permanecer lúcidos y coherentes en su fe, a afirmar serenamente su identidad cristiana y católica, a “ver lo invisible” y a adherirse de tal manera al absoluto de Dios que puedan dar testimonio de Él en una civilización materialista que lo niega. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Catechesi tradendae, n. 57, 16 de octubre 1979)

  • Iglesia y Europa: realidades íntimamente unidas en el ser y en el destino. Europa no puede abandonar el cristianismo como alguien que abandona un compañero de viaje que se le hace extraño. El secularismo que Europa hoy difunde por el mundo es un peligro para los demás países.

Iglesia y Europa son dos realidades íntimamente unidas en su ser y en su destino. Han realizado juntas un recorrido de siglos y permanecen marcadas por la misma historia. Europa fue bautizada por el cristianismo; y las naciones europeas, en su diversidad, han dado cuerpo a la existencia cristiana. En su encuentro se han enriquecido mutuamente con valores que, no sólo han venido a ser el alma de la civilización europea, sino también patrimonio de toda la humanidad. Si en el curso de crisis sucesivas la cultura europea ha intentado tomar sus distancias de la fe y de la Iglesia eso que entonces fue proclamado como un deseo de emancipación y de autonomía, era en realidad una crisis interior en la misma conciencia europea, puesta a prueba y tentada en su identidad profunda, en sus opciones fundamentales y en su destino histórico. Europa no podría abandonar el cristianismo como compañero de viaje que se le ha hecho extraño, lo mismo que un hombre no puede abandonar sus razones de vivir y de esperar, sin caer en una crisis dramática. Por esto, las transformaciones de la conciencia europea, impulsadas hasta las más radicales negaciones de la heredad cristiana, sólo siguen siendo comprensibles con referencia esencial al cristianismo. Las crisis del hombre europeo son las crisis del hombre cristiano. Las crisis de la cultura europea son las crisis de la cultura cristiana. Resulta sumamente significativo examinar la metamorfosis sufrida por el espíritu europeo en este último siglo. Europa está hoy cruzada por corrientes, ideologías, ambiciones que se querría fuesen extrañas a la fe, cuando no incluso directamente opuestas al cristianismo. Pero es interesante poner de relieve cómo, partiendo de sistemas y de opciones que pretendían absolutizar al hombre y sus conquistas terrenas, se ha llegado hoy a poner en discusión precisamente al hombre mismo, su dignidad y sus valores intrínsecos, sus certezas eternas y su sed de absoluto. ¿Dónde quedan hoy las solemnes proclamas de cierto cientificismo que prometía abrir al hombre espacios indefinidos de progreso y bienestar? ¿Dónde están las esperanzas de que el hombre, una vez proclamada la muerte de Dios, se colocaría finalmente en el lugar de Dios en el mundo y en la historia, comenzando una era nueva en la que vencería por sí solo todos los males propios?
[…] A luz del cristianismo se puede descubrir en la aventura del espíritu europeo las tentaciones, las infidelidades y los riesgos que son propios del hombre en su relación esencial con Dios en Cristo. Aún más profundamente podemos afirmar que estas pruebas, estas tentaciones y este resultado del drama europeo no y sólo interpelan al cristianismo y a la Iglesia desde fuera, como una dificultad o un obstáculo externo que debe superar en la tarea de evangelización, sino que en un sentido verdadero son internos al cristianismo y a la Iglesia. El ateísmo europeo es un desafío que está comprendido en el horizonte de una conciencia cristiana; se trata más de una rebelión contra Dios y de una infidelidad a Dios, que de una simple negación de Dios. El secularismo, que Europa ha difundido por el mundo con peligro de agotar lozanas culturas de los pueblos de otros continentes, se ha alimentado y se alimenta en la concepción bíblica de la creación y de la relación hombre-cosmos. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes del V Simposio del consejo de la conferencia episcopal de Europa, n. 3-4, 5 de octubre de 1982)

  • San Benito dio inicio al gigantesco trabajo del cual nació Europa

El año 1980, que comienza hoy, nos recordará la figura de San Benito, a quien Pablo VI proclamó patrono de Europa. Este año se cumplen quince siglos de su nacimiento. ¿Acaso será suficiente un simple recuerdo, tal como se conmemoran diversos aniversarios incluso importantes? Pienso que no basta; esta fecha y esta figura tienen una elocuencia tal, que no bastará una conmemoración ordinaria, sino que será necesario volver a leer e interpretar a su luz el mundo contemporáneo. En efecto, ¿de qué habla San Benito de Nursia? Habla del comienzo de ese trabajo gigantesco, del que nació Europa. (Juan Pablo II. Homilia, n.3, 1 de enero de 1980)

  • San Benito, San Cirilo y San Metodio, tres santos que fundaron su obra civilizadora sobre el anuncio del Evangelio

San Benito, gigante de la fe y de la civilización, en una sociedad sacudida por una tremenda crisis de valores y de instituciones, afirmó con la fuerza de su obra formativa la primacía del espíritu, defendiendo así la dignidad personal del hombre en cuanto hijo de Dios, y la dignidad del trabajo entendido como servicio a los hermanos.
Partiendo de tal afirmación de las exigencias superiores del hombre, San Benito, mediante la obra silenciosa y eficaz de sus monjes, llenó de sentido cristiano la vida y la cultura de los pueblos europeos. […] Empujados por los mismos ideales y animados por las idénticas finalidades del Patriarca de Occidente, actuaron en la historia y en la cultura de los pueblos eslavos, hacia mediados del siglo IX, los dos grandes hermanos Cirilo y Metodio, procedentes de Oriente. Ellos, formados en Constantinopla, aportaron la contribución de la antigua cultura griega y de la tradición de la Iglesia oriental, la cual de esa manera se introdujo profundamente en la formación religiosa y civil de pueblos que han colaborado de manera relevante en la construcción de la Europa moderna.
Cirilo y Metodio, como Benito, testigos de diferentes culturas que en ellos idealmente se encuentran e integran, fundaron su obra civilizadora sobre el anuncio del Evangelio y de los valores que emanan de él. Este idéntico anuncio ha sido instrumento de recíproco conocimiento y de unión entre los diferentes pueblos de Europa, asegurándole un patrimonio espiritual y cultural común. (Juan Pablo II. Discurso a los peregrinos de Croacia y Eslovenia, n.3-4, 21 de marzo de 1981)

  • En el imperio de Carlomagno hubo la feliz unión de la cultura clásica, la fe cristiana y las tradiciones de diversos pueblos. Esta es una herencia espiritual que marcó el continente europeo

[…] el rey de los francos, que constituyó a Aquisgrán como capital de su reino, dio una contribución esencial a los fundamentos políticos y culturales de Europa y, por tanto, mereció recibir ya de sus contemporáneos el nombre de pater Europae. La feliz unión de la cultura clásica y de la fe cristiana con las tradiciones de diversos pueblos se realizó en el imperio de Carlomagno y se ha desarrollado de varias formas como herencia espiritual y cultural de Europa a lo largo de los siglos. Aunque la Europa moderna presenta, en muchos aspectos, una realidad nueva, en la figura histórica de Carlomagno se puede ver un elevado valor simbólico. […] Doy las gracias en particular a todos los que han puesto sus fuerzas al servicio de la construcción de la casa común europea sobre la base de los valores transmitidos por la fe cristiana, como también sobre la base de la cultura occidental. (Juan Pablo II. Discurso durante la ceremonia de entrega del premio internacional Carlomagno, n.2.3, 24 de marzo de 2004)

  • San Cirilo y San Metodio fueron siempre reconocidos como padres del cristianismo y de la cultura eslava

Los santos Cirilo y Metodio fueron muy pronto reconocidos por la familia de los pueblos eslavos como padres, tanto de su cristianismo como de su cultura. En muchos de los territorios ya mencionados, si bien habían sido visitados por diversos misioneros, la mayoría de la población eslava conservaba, todavía en el siglo IX, costumbres y creencias paganas. Solamente en el terreno cultivado por nuestros santos, o al menos preparado por ellos para su cultivo, el cristianismo entró de modo definitivo en la historia de los eslavos durante el siglo siguiente.
Su obra constituye una contribución eminente para la formación de las comunes raíces cristianas de Europa; raíces que, por su solidez y vitalidad, constituyen uno de los más firmes puntos de referencia del que no puede prescindir todo intento serio por recomponer de modo nuevo y actual la unidad del continente. (Juan Pablo II. Carta enciclica Slavorum Apostoli, n.25, 2 de junio de 1985)

  • La obra de san Cirilo y san Metodio hincó las raíces cristianas en Europa y todavía hoy constituyen un ponto de referencia del cual no se puede prescindir

La obra de san Cirilo y san Metodio constituye una contribución eminente a la formación de las raíces cristianas comunes de Europa, las raíces que por su profundidad y vitalidad configuran uno de los puntos de referencia cultural más sólidos. Cualquier intento serio de restablecer de modo nuevo y actual la unidad del continente no puede prescindir de esas raíces. El criterio inspirador de la ingente obra llevada a cabo por san Cirilo y san Metodio fue la fe cristiana. En efecto, la cultura y la fe no sólo no se oponen, sino que mantienen entre sí relaciones semejantes a las que existen entre el fruto y el árbol. (Juan Pablo II. Discurso en el encuentro con el mundo de la cultura, n.3.4, 24 de mayo de 2002)

  • San Benito fue un hombre fundamental en la historia de Europa

Hoy, en Subiaco, son los representantes de los Episcopados de Europa quienes se congregan para testimoniar, en presencia de los obispos del mundo entero reunidos en el Sínodo, hasta qué punto San Benito de Nursia se halla inserto profunda y orgánicamente en la historia de Europa y, en particular, cómo le son deudoras las sociedades y las Iglesias de nuestro continente y cómo, en nuestra época crítica, vuelven sus miradas hacia quien ha sido designado por la Iglesia su Patrono común. (Juan Pablo II. Discurso a los representantes de las conferencias episcopales europeas reunidos en la basilica alta de Subiaco, n.1, 20 de septiembre de 1980)

  • Europa es fruto de la tradición cristiana

De hecho, Europa, considerada geográficamente y en su conjunto, es de algún modo el fruto de la acción de dos corrientes de tradición cristiana, a las que hay que añadir dos formas de cultura diversas, pero al mismo tiempo profundamente complementarias. San Benito, con su influencia, abarcó en un primer momento la Europa Occidental y Central. Pero, a través de los centros benedictinos, llegó también a otras partes de la tierra. Se sitúa, pues, en el centro mismo de la corriente que parte de Roma, de la Sede de los Sucesores de San Pedro. Por su parte, los Santos hermanos de Tesalónica ponen de relieve no sólo la aportación de la antigua cultura griega, sino la irradiación de la Iglesia de Constantinopla y de la tradición oriental, tan profundamente enraizada en la espiritualidad y en la cultura de tantos pueblos y naciones de la parte oriental del continente europeo. (Juan Pablo II. Carta apostólica Egregiae virtutis, n.3, 31 de diciembre de 1980)

  • La fe ha logrado impregnar la concepción de vida, criterios y comportamiento de los pueblos católicos

[…] la arraigada fe en Dios ha logrado impregnar, a lo largo de una acción multisecular, la concepción de la vida, los criterios de comportamiento personal y social, los modos de expresión y, en una palabra, la cultura propia de cada una de vuestras regiones. Y este logro no es una simple herencia del pasado sin virtualidades activas para el presente. Gran parte de los hombres y mujeres de vuestras tierras siguen encontrando en la fe el sentido fundamental de su vida, por eso recurren a Dios en los momentos cruciales de la misma. Una rica religiosidad popular traduce al lenguaje de los sencillos las grandes verdades y valores del Evangelio, los encarna en la idiosincrasia peculiar de vuestra cultura y convierte los grandes símbolos cristianos en otros tantos signos identificadores de la colectividad. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de las provincias de Valladolid y Valencia en visita ad limina, n.3, 23 de septiembre de 1991)

  • La Iglesia no constituye una cultura del pasado o algo superado

[…] también entre vosotros se está produciendo, por desgracia, un preocupante fenómeno de descristianización. Las graves consecuencias de este cambio de mentalidad y costumbres no se ocultan a vuestra solicitud de Pastores. La primera de ellas es la constatación de un ambiente “en el que el bienestar económico y el consumismo inspiran y sostienen una existencia vivida como si no hubiera Dios” (Christifideles laici, 34). Con frecuencia, la indiferencia religiosa se instala en la conciencia personal y colectiva, y Dios deja de ser para muchos el origen y la meta, el sentido y la explicación última de la vida. Por otra parte, no faltan quienes en aras de un malentendido progresismo pretenden identificar a la Iglesia con posturas inmovilistas del pasado. Éstos no tienen dificultad en tolerarla como resto de una vieja cultura, pero estiman irrelevante su mensaje y su palabra, negándole audiencia y descalificándola como algo ya superado. […] Frente a este neopaganismo, la Iglesia en España ha de responder con un testimonio renovado y un decidido esfuerzo evangelizador que sepa crear una nueva síntesis cultural capaz de transformar con la fuerza del Evangelio “los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad” (Evangelii nuntiandi, 19). (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de las provincias de Valladolid y Valencia en visita ad limina, n.4.5, 23 de septiembre de 1991)

  • En América Latina la cultura está impregnada de la fe cristiana heredada de Europa, pero con una marca propia. Evangelizar la cultura es un reto que siempre ha estado presente en la Iglesia, pues sólo la fe puede proporcionar una auténtica cultura

Las raíces de la cultura de vuestro país están impregnadas del mensaje cristiano. La historia del Perú se ha ido forjando al calor de la fe, que ha inspirado y a la vez ha impreso una marca propia a su vida y sus costumbres. A la luz de ella se modeló una nueva síntesis cultural mestiza que une en sí el legado autóctono americano y el aporte europeo. […] Dentro de la inmensa tarea de evangelización a la que estamos llamados como Iglesia, la evangelización de la cultura ocupa un lugar preferencial (cf. Puebla, 365 ss.). Ella debe alcanzar a todo el hombre y a todas las manifestaciones del hombre, llegando hasta la raíz misma de su ser, costumbres y tradiciones. (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 20) […] Evangelizar la cultura es promover al hombre en su dimensión más profunda. Por ello, se hace a veces necesario poner en evidencia todo aquello que a la luz del Evangelio atenta contra la dignidad de la persona. Por otra parte, la fe es fermento para una auténtica cultura, porque su dinamismo promueve la realización de una síntesis cultural en una visión equilibrada, que sólo se puede conseguir a la luz superior de que ella es portadora. La fe ofrece la respuesta de aquella sabiduría “siempre antigua y siempre nueva” que puede ayudar al hombre a adecuar, con criterios de verdad, los medios a los fines, los proyectos a los ideales, las acciones a los patrones morales que permitan restablecer en nuestro hoy el alterado equilibrio de valores. En una palabra, la fe, lejos de ser un obstáculo, es fuerza fecunda para la creación de la cultura. (Juan Pablo II. Encuentro con el mundo de la cultura y de la empresa en el seminario Santo Toríbio, n.2-5, 15 de mayo de 1988)

  • En la historia las instituciones “creadoras” de cultura están enraizadas en el cristianismo

La historia de Europa muestra cómo, en diversos momentos, hubo instituciones creadoras de cultura y de civilización, en una síntesis fecunda de cristianismo y humanismo. Baste pensar en el papel de los monasterios benedictinos y en las universidades que surgieron por toda Europa, desde París a Oxford, desde Bolonia a Cracovia, desde Praga a Salamanca. La institución familiar, ya que está llamada en el proyecto salvífico de Dios a ser la institución educativa original y primera, debe reforzar siempre su presencia en estas instituciones creadoras de verdadera cultura. (Juan Pablo II . Discurso a los participantes de un simposio sobre la pastoral familiar en Europa. 26 de noviembre de 1982)

  • El diálogo interreligioso debe ser llevado a término con la convicción de que la Iglesia es el camino de salvación

A la luz de la economía de la salvación, la Iglesia no ve un contraste entre el anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso; sin embargo siente la necesidad de compaginarlos en el ámbito de su misión ad gentes. En efecto, conviene que estos dos elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos, ni instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes, como si fueran intercambiables. […] El diálogo debe ser conducido y llevado a término con la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 55, 7 de diciembre de 1990)

  • En el diálogo es necesario evitar todo reduccionismo de la doctrina para “estar de acuerdo” con aquellos que no profesan la fe católica

Una vez más el Concilio Vaticano II nos ayuda. Se puede decir que todo el Decreto sobre el ecumenismo está lleno del espíritu de conversión. El diálogo ecuménico presenta en este documento un carácter propio; se transforma en “diálogo de la conversión”, y por tanto, según la expresión de Pablo VI, en auténtico “diálogo de salvación”. El diálogo no puede desarrollarse siguiendo una trayectoria exclusivamente horizontal, limitándose al encuentro, al intercambio de puntos de vista, o incluso de dones propios de cada Comunidad. Tiende también y sobre todo a una dimensión vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor del mundo y Señor de la historia, que es nuestra reconciliación. […] En relación al estudio de las divergencias, el Concilio pide que se presente toda la doctrina con claridad. Al mismo tiempo, exige que el modo y el método de enunciar la fe católica no sea un obstáculo para el diálogo con los hermanos. Ciertamente es posible testimoniar la propia fe y explicar la doctrina de un modo correcto, leal y comprensible, y tener presente contemporáneamente tanto las categorías mentales como la experiencia histórica concreta del otro. Obviamente, la plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de reduccionismo o de fácil “estar de acuerdo”. Las cuestiones serias deben resolverse, porque de lo contrario resurgirían en otros momentos, con idéntica configuración o bajo otro aspecto. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 35-36, 25 de mayo de 1995)

  • Toda persona tiene el derecho a escuchar la “Buena Nueva”

La conversión significa aceptar, con decisión personal, la soberanía de Cristo y hacerse discípulos suyos. […] Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de “proselitismo”; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la “Buena Nueva” de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación. La grandeza de este acontecimiento resuena en las palabras de Jesús a la Samaritana: “Si conocieras el don de Dios” y en el deseo inconsciente, pero ardiente de la mujer: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed” (Jn 4, 10.15). (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 46, 7 de diciembre de 1990)

  • La presencia de estos hermanos en los países de antigua tradición cristiana es un desafío para las comunidades eclesiales

Más numerosos son los ciudadanos de países de misión y los que pertenecen a regiones no cristianas, que van a establecerse en otras naciones por motivos de trabajo, de estudio, o bien obligados por las condiciones políticas o económicas de sus lugares de origen. La presencia de estos hermanos en los países de antigua tradición cristiana es un desafío para las comunidades eclesiales […]. De hecho, también en los países cristianos se forman grupos humanos y culturales que exigen la misión ad gentes. Las Iglesias locales, con la ayuda de personas provenientes de los países de los emigrantes y de misioneros que hayan regresado, deben ocuparse generosamente de estas situaciones. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 82, 7 de diciembre de 1990)

  • En los países de antigua tradición cristiana la presencia de inmigrantes no cristianos es un desafío. Los católicos deben tener muy claro que más allá de cualquier gesto de generosa solidaridad está el anuncio de Jesucristo

La presencia de inmigrantes no cristianos en los países de antigua tradición cristiana representa un desafío para las comunidades eclesiales. Es un fenómeno que fomenta en la Iglesia la caridad, por lo que se refiere a la acogida y ayuda a estos hermanos y hermanas en la búsqueda de trabajo y de vivienda. Se trata, en cierto modo, de una acción bastante semejante a la que muchos misioneros realizan en tierra de misiones, atendiendo a los enfermos, a los pobres y a los analfabetas. He aquí el estilo del discípulo: va al encuentro de las expectativas y exigencias del prójimo necesitado. Objetivo fundamental de su misión es, de todos modos, el anuncio de Cristo y de su Evangelio. Él sabe que el anuncio de Jesucristo es el primer acto de caridad hacia el hombre, más allá de cualquier gesto de generosa solidaridad. No existe una verdadera evangelización, en efecto, “mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios”. A veces, debido a un ambiente dominado por un indiferentismo y relativismo religioso siempre más difundido, la dimensión espiritual del compromiso caritativo se manifiesta con dificultad. Surge, además, en algunos, el temor de que el ejercicio de la caridad, con miras a la evangelización, pueda estar expuesto a la acusa de proselitismo. Anunciar y testimoniar el evangelio de la caridad constituye el tejido conectivo de la misión con los emigrantes […]. El anuncio del evangelio de la caridad al amplio y diversificado mundo de los emigrantes comporta, hoy, una atención especial al ámbito de la cultura […]. La misión de la Iglesia, hoy, consiste precisamente en hacer posible, de modo concreto, a todo ser humano, sin diferencias de cultura o de raza, el encuentro con Cristo. Deseo de todo corazón que sea ofrecida esta posibilidad a todos los emigrantes y me comprometo a orar por esto. (Juan Pablo II. Mensaje para la LXXXVII Jornada Mundial de las Migraciones, n.7-9, 2 de febrero de 2001)

  • Las corrientes inmigratorias y el turismo han afectado ciertas diócesis europeas

Vuestras Iglesias particulares están situadas geográficamente en distintas regiones españolas con sus propias características y tradiciones. Las diócesis de la provincia eclesiástica de Valladolid, en tierras de Castilla la Vieja y León, son Iglesias de antigua tradición cristiana, que conservan un buen índice de práctica religiosa, aunque vienen sufriendo un descenso demográfico notable, lo que no deja de reflejarse también en la media de edad del clero. Las diócesis de la provincia eclesiástica de Valencia, en el levante español, están abiertas al Mar Mediterráneo, a excepción de Albacete, que pertenece a la hidalga región manchega. Estas diócesis tienen también profundas raíces y tradiciones cristianas, si bien las corrientes inmigratorias y el fenómeno del turismo han afectado en cierta medida la vida de vuestras gentes. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de las provincias eclesiásticas de Valladolid y Valencia en visita ad limina, n.1, 23 de septiembre de 1991)

  • El patrimonio cristiano corre riesgo bajo la secularización

En otras regiones o naciones todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas. Sólo una nueva evangelización puede asegurar el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad. Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales que viven en estos países o naciones. Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 34, 30 de diciembre de 1988)

  • El fenómeno de las migraciones plantea interrogantes y desafíos. La Iglesia se preocupa de que no falte a los emigrantes la luz y el apoyo del Evangelio

Fiel a su tarea al servicio del Evangelio, la Iglesia no deja de dirigirse a los hombres de todas las nacionalidades para anunciarles la buena noticia de la salvación. Con el presente Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones, quisiera detenerme a reflexionar sobre la misión evangelizadora de la Iglesia respecto a los fenómenos amplios y complejos de la emigración y de la movilidad […]. Con el término de “emigrantes” se hace referencia, en primer lugar, a los prófugos y exiliados en busca de libertad y de seguridad fuera de las fronteras de la propia patria, pero igualmente a los jóvenes que estudian en el exterior y a todos aquellos que dejan el propio país para buscar en otro lugar mejores condiciones de vida. El fenómeno de las migraciones está en continua expansión; esto plantea interrogantes y desafíos para la acción pastoral de la comunidad eclesial. Ya el Concilio Ecuménico Vaticano II, en el Decreto Christus Dominus, invitaba a que se tuviera una “solicitud particular por los fieles que, por la condición de su vida, no pueden gozar suficientemente del cuidado pastoral, común y ordinario de los párrocos o carecen totalmente de él, como son la mayor parte de los emigrantes, los exiliados y prófugos”. […]. Aunque en distintos grados y formas, la movilidad ha llegado a ser una característica general de la humanidad, que abarca directamente a muchas personas y se refleja en otras. La amplitud y la complejidad del fenómeno invitan a un profundo análisis de los cambios estructurales que se han producido, como la globalización de la economía y de la vida social. La convergencia de razas, civilizaciones y culturas, en los mismos ordenamientos jurídicos y sociales, plantea un problema urgente de convivencia […]. Estamos asistiendo a un cambio profundo de la manera de pensar y de vivir, que no deja de presentar, junto a elementos positivos, también aspectos ambiguos. […]. En este clima, el hombre puede verse llevado a profundizar las propias convicciones, pero también a caer en un fácil relativismo. […] La Iglesia, a través de su actividad pastoral, se preocupa porque no falte a los emigrantes la luz y el apoyo del Evangelio. (Juan Pablo II. Mensaje para la LXXXVII Jornada Mundial de las Migraciones, n. 4, 2 de febrero de 2001)

… juzga la idea de ecumenismo que tiene Francisco

  • La cooperación interreligiosa que no lleva al bautismo es vana

La conversión a Cristo, además, está relacionada con el bautismo, no sólo por la praxis de la Iglesia, sino por voluntad del mismo Cristo, que envió a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas (cf. Mt 28, 19); está relacionada también por la exigencia intrínseca de recibir la plenitud de la nueva vida en él: “En verdad, en verdad te digo: — enseña Jesús a Nicodemo — el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3, 5). (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Ecclesia in Africa, n. 73, 14 de septiembre de 1995)

  • La conversión se expresa desde el principio con una fe total y radical en Cristo

El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la fe. […] a fin de que los hombres puedan creer en el Señor y “confesarlo” (cf. 1 Cor 12, 3). […] La conversión se expresa desde el principio con una fe total y radical, que no pone límites ni obstáculos al don de Dios. Al mismo tiempo, sin embargo, determina un proceso dinámico y permanente que dura toda la existencia, exigiendo un esfuerzo continuo por pasar de la vida “según la carne” a la “vida según el Espíritu” (cf. Rom 8, 3-13). La conversión significa aceptar, con decisión personal, la soberanía de Cristo y hacerse discípulos suyos.(Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 46, 7 de diciembre de 1990)

  • La sociedad solo será renovada por la confesión y la Eucaristía

El camino hacia la renovación de la sociedad pasa por la renovación del corazón del hombre. En este proceso no puede faltar el testimonio de una metanoia interior de los hijos de la Iglesia. Cristo mismo nos ha dejado los medios eficaces para realizarlo: los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía. (Juan Pablo II. Discurso al primer grupo de obispos polacos en visita ad limina, 16 de enero de 1998)

… juzga la idea que tiene Francisco de dialogar con el mundo

  • El obispo tiene el deber de mostrar a los fieles que la solución para los problemas se encuentra en la vuelta sincera al Evangelio de Cristo

El obispo, como Maestro de la fe, promueve todo aquello que hay de bueno y positivo en la grey que se le ha confiado, sostiene y guía a los débiles en la fe (cf. Rom 14, 1), e interviene para desenmascarar las falsificaciones y combatir los abusos.
Es importante que el obispo tenga conciencia de los desafíos que hoy la fe en Cristo encuentra a causa de una mentalidad basada en criterios humanos que, a veces, relativizan la ley y el designio de Dios. Sobre todo, debe tener valentía para anunciar y defender la sana doctrina, aunque ello implique sufrimientos. En efecto, el obispo, en comunión con el Colegio apostólico y con el Sucesor de Pedro, tiene el deber de proteger a los fieles de toda clase de insidias, mostrando que una vuelta sincera al Evangelio de Cristo es la solución verdadera para los complejos problemas que afligen a la humanidad. (Juan Pablo II. Homilía durante la misa de clausura de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, n. 4, 27 de octubre de 2001)

  • Quiénes reciben la misión de guiar y santificar al pueblo cristiano deben reforzar su vida espiritual

Para renovar continuamente y conservar la alegría de la misión, es importante ante todo que los ministros del Señor refuercen su vida espiritual, en particular a través de la oración diaria, “remedio de la salvación” y del encuentro íntimo con el Señor en la Eucaristía, que ocupan el centro de la jornada sacerdotal. Del mismo modo, la recepción frecuente del sacramento de la reconciliación, que devuelve al pecador la gracia y la amistad con Dios, ayuda al sacerdote a transmitir el perdón a sus hermanos. Estos alimentos son indispensables para los discípulos de Cristo y, más aún, para cuantos reciben la tarea de guiar y santificar al pueblo cristiano. Deseo insistir también en la necesidad de celebrar dignamente la Liturgia de las Horas, que contribuye, “por una misteriosa fecundidad apostólica, a acrecentar al pueblo de Dios”, y en el tiempo de la oración diaria. Por ellas, el sacerdote reaviva en él el don de Dios, se prepara para la misión, modela su identidad sacerdotal y edifica la Iglesia. En efecto, el sacerdote toma conciencia ante Dios de la llamada que recibió, y renueva su disponibilidad a la misión particular que el obispo le confió en nombre del Señor, manifestando así su disponibilidad a la obra del Espíritu Santo, que es quien da el crecimiento. Los sacerdotes están llamados a ser testigos alegres de Cristo, con su enseñanza y su testimonio de una vida santa, en sintonía con el compromiso asumido el día de su ordenación. Son para vosotros “hijos y amigos”. Debéis estar atentos a sus necesidades espirituales e intelectuales, recordándoles que, aunque viven en medio de los hombres y teniendo en cuenta la modernidad, como todos los fieles, no deben tomar como modelo el mundo presente, sino que han de adecuar su vida a la Palabra que anuncian y a los sacramentos que celebran; así manifestarán “el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia”. Animadlos a orar personalmente y a sostenerse recíprocamente en este ámbito. Invitadlos también a profundizar incesantemente sus conocimientos teológicos, necesarios para la vida espiritual y pastoral. En efecto, ¿cómo podrán anunciar el Evangelio y “ser administradores de una vida diferente de la de esta tierra”, si no permanecen cerca del corazón de Cristo, como el Apóstol a quien él amaba, y si no se dedican, mediante la formación permanente, a una verdadera comprensión de la fe? (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de los Países Bajos en visita ad limina, n. 2, 18 de junio de 1998)

  • Lanzad las redes de los sacramentos

Amadísimos hermanos en el episcopado, Cristo nos repite hoy: “Duc in altum, Rema mar adentro” (Lc 5, 4). A la luz de esta invitación suya, podemos releer el triple munus que se nos ha confiado en la Iglesia: munus docendi, sanctificandi et regendi. Duc in docendo. “Proclama la palabra —diremos con el Apóstol—, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Tm 4, 2). Duc in sanctificando. Las “redes” que estamos llamados a echar entre los hombres son ante todo los sacramentos, de los cuales somos los principales dispensadores, reguladores, custodios y promotores. (Juan Pablo II. Homilía de apertura de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de Obispos, n. 6, 30 de septiembre de 2001)

… juzga la idea de Francisco de que dentro de otros cultos se obtienen beneficios espirituales y se da gloria a Dios

  • La mediación de Cristo entre Dios y los hombres es única y universal

Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. […] Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la vía establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris misio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

  • Sabiduría católica que conlleva lo divino y lo humano

La religiosidad del pueblo, en su núcleo, es un acervo de valores que responde con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la existencia. La sapiencia popular católica tiene una capacidad de síntesis vital; así conlleva creadoramente lo divino y lo humano; Cristo y María, espíritu y cuerpo; comunión e institución; persona y comunidad; fe y patria, inteligencia y afecto. Esa sabiduría es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como hijo de Dios, establece una fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo y proporciona las razones para la alegría y el humor, aun en medio de una vida muy dura. (Juan Pablo II. Documento de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, 13 de febrero de 1979, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, n.1676)

  • La oración, la limosna y el ayuno son aspectos esenciales de la vida cristiana

La tradición espiritual nos enseña que las principales obras del tiempo cuaresmal son tres: la oración, la limosna y el ayuno. La oración nos llama a una relación más intensa con Dios. La limosna significa una atención más generosa a los hermanos necesitados. El ayuno representa un firme propósito de disciplina moral y de purificación interior.
Se trata
evidentemente de aspectos esenciales de la vida cristiana y —como tales— necesarios en todo tiempo. Hay, sin embargo, los tiempos “fuertes”, que nos va presentando el desarrollo del año litúrgico: momentos en los que se nos exhorta a un compromiso más intenso y —con esta finalidad—, los ritos y textos sagrados nos ofrecen una mayor luz y una gracia más abundante. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 12 de febrero de 1986)

  • La limosna tiene un valor decisivo para la conversión

En la Sagrada Escritura y según las categorías evangélicas, “limosna” significa, ante todo, don interior. Significa la actitud de apertura “hacia el otro”. Precisamente tal actitud es un factor indispensable de la metanoia, esto es, de la conversión, así como son también indispensables la oración y el ayuno. […] El Evangelio traza claramente este cuadro cuando nos habla de la penitencia, de la metanoia. Sólo con una actitud total —en relación con Dios, consigo mismo y con el prójimo— el hombre alcanza la conversión y permanece en estado de conversión. La “limosna” así entendida tiene un significado, en cierto sentido, decisivo para tal conversión. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3-4, 28 de marzo de 1979)

… juzga la idea de diálogo ecuménico que tiene Francisco

  • El Concilio Vaticano II quiere un diálogo lleno del espíritu de conversión: el diálogo no puede ser exclusivamente horizontal sin orientar hacia Jesucristo

Una vez más el Concilio Vaticano II nos ayuda. Se puede decir que todo el Decreto sobre el ecumenismo está lleno del espíritu de conversión. El diálogo ecuménico presenta en este documento un carácter propio; se transforma en “diálogo de la conversión”, y por tanto, según la expresión de Pablo VI, en auténtico “diálogo de salvación”. El diálogo no puede desarrollarse siguiendo una trayectoria exclusivamente horizontal, limitándose al encuentro, al intercambio de puntos de vista, o incluso de dones propios de cada Comunidad. Tiende también y sobre todo a una dimensión vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor del mundo y Señor de la historia, que es nuestra reconciliación. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 35-36, 25 de mayo de 1995)

  • Nos urge siempre la unidad en la verdad y no solamente en la caridad: la pureza de la doctrina es base en la edificación de la comunidad cristiana

Vigilar por la pureza de la doctrina, base en la edificación de la comunidad cristiana, es pues, junto con el anuncio del Evangelio, el deber primero e insustituible del Pastor, del Maestro de la fe. Con cuánta frecuencia ponía esto de relieve San Pablo, convencido de la gravedad en el cumplimiento de este deber (cf. 1 Tim 1, 3-7; 18-20; 11, 16; 2 Tim 1, 4-14). Además de la unidad en la caridad, nos urge siempre la unidad en la verdad. (Juan Pablo II. Discurso en la inauguración de la III Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, I, n. 1, en Puebla, 28 de enero de 1979)

  • Es erróneo decir que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión. Tampoco basta formar comunidades trabajando por la paz

Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de “proselitismo”; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la “Buena Nueva” de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación. La grandeza de este acontecimiento resuena en las palabras de Jesús a la Samaritana: “Si conocieras el don de Dios” y en el deseo inconsciente, pero ardiente de la mujer: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed” (Jn 4, 10.15). (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 46, 7 de diciembre de 1990)

… juzga la idea de la pérdida del Niño Dios en el Templo que tiene Francisco

  • La pérdida de Jesús en el Templo muestra cómo Él vivía su misión mesiánica

El Evangelio de hoy es un comentario sobre cómo vivía Jesús esa misión mesiánica. Nos muestra que, cuando Jesús tenía doce años —vosotros tenéis más edad que él—, ya era consciente de su destino. Cansada por la larga búsqueda de su Hijo, María le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando”. Y él respondió: “Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 48-49). Esa conciencia se ahondaba y crecía en Jesús con el paso de los años, hasta que se manifestó con toda su fuerza cuando comenzó su predicación pública. El poder del Padre que actuaba en él se fue revelando poco a poco en sus palabras y sus obras. Y se reveló de modo definitivo cuando se entregó completamente al Padre en la cruz. En Getsemaní, la víspera de su pasión, Jesús renovó su obediencia: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Permaneció fiel a lo que había dicho cuando tenía doce años: “Debo ocuparme de las cosas de mi Padre. Debo hacer su voluntad”. (Juan Pablo II. Homilía en Manila, n. 2, 15 de enero de 1995)

  • Jesús preparaba María para el misterio de la Redención

A través de este episodio, Jesús prepara a su madre para el misterio de la Redención. María, al igual que José, vive en esos tres dramáticos días, en que su Hijo se separa de ellos para permanecer en el templo, la anticipación del triduo de su pasión, muerte y resurrección. Al dejar partir a su madre y a José hacia Galilea, sin avisarles de su intención de permanecer en Jerusalén, Jesús los introduce en el misterio del sufrimiento que lleva a la alegría, anticipando lo que realizaría más tarde con los discípulos mediante el anuncio de su Pascua. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 15 de enero de 1997)

… juzga la idea de Francisco de que Dios no condena nunca

  • Conversión: pasar de la vida “según la carne” a la “vida según el Espíritu”

La conversión se expresa desde el principio con una fe total y radical, que no pone límites ni obstáculos al don de Dios. Al mismo tiempo, sin embargo, determina un proceso dinámico y permanente que dura toda la existencia, exigiendo un esfuerzo continuo por pasar de la vida “según la carne” a la “vida según el Espíritu” (cf. Rom 8, 3-13). (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 46, 7 de diciembre de 1990)

  • El hombre se condena cuando utiliza mal su libertad

Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 28 de julio de 1999)

… juzga la idea de gracia que tiene Francisco

  • A través de la gracia, el hombre está llamado a la amistad con Dios

Recordemos el catecismo: la gracia es el don sobrenatural de Dios por el que llegamos a ser hijos de Dios y herederos del cielo. […] En este don al hombre, Dios no se limitó a “darle” el mundo visible —esto está claro desde el principio—, sino que al dar al hombre el mundo visible, Dios quiere darse también a Sí mismo, tal como el hombre es capaz de darse, tal como “se da a sí mismo” a otro hombre: de persona a persona, es decir, darse a Sí mismo a él, admitiéndolo a la participación en sus misterios o, mejor aún, a la participación en su vida. […] El hombre está llamado a la familiaridad con Dios, a la intimidad y amistad con Él. Dios quiere ser cercano a él. Quiere hacerle partícipe de sus designios. Quiere hacerle partícipe de su vida. Quiere hacerle feliz con su misma felicidad [con su mismo Ser]. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2-3, 13 de diciembre de 1978)

  • La gracia eleva el hombre al nivel sobrenatural por la vida divina

Mediante el don de la gracia que viene del Espíritu el hombre entra en “una nueva vida”, es introducido en la realidad sobrenatural de la misma vida divina y llega a ser “santuario del Espíritu Santo”, “templo vivo de Dios”. En efecto, por el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo vienen al hombre y ponen en él su morada. En la comunión de gracia con la Trinidad se dilata el “área vital” del hombre, elevada a nivel sobrenatural por la vida divina. El hombre vive en Dios y de Dios: vive “según el Espíritu” y “desea lo espiritual”. (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et vivificantem, n.58, 18 de mayo de 1986)

  • Con la gracia proceden las virtudes que constituyen la vida sobrenatural

Toda la vida cristiana se desarrolla en la fe y en la caridad, en la práctica de todas las virtudes, según la acción íntima de este Espíritu renovador, del que procede la gracia que justifica, vivifica y santifica, y con la gracia proceden las nuevas virtudes que constituyen el entramado de la vida sobrenatural. Se trata de la vida que se desarrolla no sólo por las facultades naturales del hombre —entendimiento, voluntad, sensibilidad—, sino también por las nuevas capacidades adquiridas (superadditae) mediante la gracia, como explica Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, I-II, q. 62,a. 1; I-II, q. 62, a. 3). Ellas dan a la inteligencia la posibilidad de adherirse a Dios-Verdad mediante la fe; al corazón, la posibilidad de amarlo mediante la caridad, que es en el hombre como “una participación del mismo amor divino, el Espíritu Santo” (II-II, q. 23, a. 3, ad. 3); y a todas las potencias del alma y de algún modo también del cuerpo, la posibilidad de participar en la nueva vida con actos dignos de la condición de hombres elevados a la participación de la naturaleza y de la vida de Dios mediante la gracia: “consortes divinae naturae”, como dice San Pedro (2 Pe 1, 4). Es como un nuevo organismo interior, en el que se manifiesta la ley de la gracia: ley escrita en los corazones, más que en tablas de piedra o en códices de papel; ley a la que San Pablo llama, como hemos visto, “ley del espíritu que da vida en Cristo Jesús”. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 3 de abril de 1991)

  • Después del pecado la Redención se convirtió en la fuente de la gratificación del hombre

Antes del pecado, el hombre llevaba en su alma el fruto de la elección eterna en Cristo, Hijo eterno del Padre. Mediante la gracia de esta elección, el hombre, varón y mujer, era “santo e inmaculado” ante Dios. Esa primordial (u originaria) santidad y pureza se expresaba también en el hecho de que, aunque los dos estuviesen “desnudos… no se avergonzaban de ello” (Gen 2, 25) […]. Hay que deducir que la realidad de la creación del hombre estaba ya impregnada por la perenne elección del hombre en Cristo: llamada a la santidad a través de la gracia de adopción como hijos (“nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para la alabanza del esplendor de su gracia, que nos otorgó gratuitamente en el Amado”: Ef 1, 5-6). El hombre, varón y mujer, desde el “principio” es hecho partícipe de este don sobrenatural. Esta gratificación ha sido dada en consideración a Aquel que, desde la eternidad, era “amado” como Hijo, aunque —según las dimensiones del tiempo y de la historia— la gratificación haya precedido a la encarnación de este “Hijo amado” y también a la “redención” que tenemos en Él “por su sangre” (Ef 1, 7). La redención debía convertirse en la fuente de la gratificación sobrenatural del hombre después del pecado y, en cierto sentido, a pesar del pecado. Esta gratificación sobrenatural, que tuvo lugar antes del pecado original, esto es, la gracia de la justicia y de la inocencia originarias —gratificación que fue fruto de la elección del hombre en Cristo antes de los siglos—, se realizó precisamente por relación a Él, a ese único Amado, incluso anticipando cronológicamente su venida en el cuerpo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4-5, 6 de octubre de 1982)

  • La Iglesia es la dispensadora visible de los signos sagrados, mientras el Espíritu Santo es el dispensador invisible

Los Sacramentos significan la gracia y confieren la gracia; significan la vida y dan la vida. La Iglesia es la dispensadora visible de los signos sagrados, mientras el Espíritu Santo actúa en ellos como dispensador invisible de la vida que significan. Junto con el Espíritu está y actúa en ellos Cristo Jesús. (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et vivificantem, n. 63, 18 de mayo de 1986)

  • Es menester orar para obtener y cooperar con la gracia de Dios

En la liturgia de este domingo nos habla el Apóstol Pablo y sus palabras merecen una reflexión de parte nuestra. “Muy a gusto presumo de mis debilidades porque así residirá en mí la fuerza de Cristo… Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 9-10). Así escribe de sí mismo un hombre que experimentó personalmente y de modo particular el poder de la gracia de Dios. Orando en medio de las dificultades de la vida, oyó estas palabras del Señor: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor 12, 9). La oración es la primera y fundamental condición de la colaboración con la gracia de Dios. Es menester orar para obtener la gracia de Dios y se necesita orar para poder cooperar con la gracia de Dios. Este es el ritmo auténtico de la vida interior del cristiano. El Señor nos habla a cada uno como habló al Apóstol: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”. Cuando rezamos el Ángelus, meditamos sobre el momento supremo de la colaboración con la gracia de Dios en la historia del hombre. María, al decir: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38) y aceptar la maternidad del Verbo encarnado une de modo particularísimo su debilidad humana con el poder de la gracia. Por ello, cuando manifiesta sus temores humanos, oye estas palabras: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). (Juan Pablo II. Ángelus, n. 2-3, 4 de julio de 1982)

… juzga la idea de Francisco de que las diferencias entre católicos y protestantes son meramente de interpretación

  • La rebeldía contra el Cuerpo de Cristo no puede ser fruto del bautismo bien recibido

Regenerados como “hijos en el Hijo”, los bautizados son inseparablemente “miembros de Cristo y miembros del cuerpo de la Iglesia”, como enseña el Concilio de Florencia. El bautismo significa y produce una incorporación mística pero real al cuerpo crucificado y glorioso de Jesús. […] Jesús, nos ha revelado la misteriosa unidad de sus discípulos con Él y entre sí, presentándola como imagen y prolongación de aquella arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al Padre en el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn 17,21). (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Christifideles Laici, n. 11-12)

  • Una comunión que traiciona la verdad es injuriosa a Dios

No se trata en este contexto de modificar el depósito de la fe, de cambiar el significado de los dogmas, de suprimir en ellos palabras esenciales, de adaptar la verdad a los gustos de una época, de quitar ciertos artículos del Credo con el falso pretexto de que ya no son comprensibles hoy. La unidad querida por Dios sólo se puede realizar en la adhesión común al contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una solución de compromiso está en contradicción con Dios que es la Verdad. En el Cuerpo de Cristo que es “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6), ¿quién consideraría legítima una reconciliación lograda a costa de la verdad? […] Por tanto, un “estar juntos” que traicionase la verdad estaría en oposición con la naturaleza de Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia de verdad que está en lo más profundo de cada corazón humano. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 18, 25 de mayo de 1995)

  • Se debe evitar un fácil “estar de acuerdo”

El amor a la verdad es la dimensión más profunda de una auténtica búsqueda de la plena comunión entre los cristianos. […] La plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de reduccionismo o de fácil “estar de acuerdo”. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 36, 25 de mayo de 1995)

… juzga la idea de Francisco de que solamente se puede evangelizar con dulzura

  • El cristianismo no es una ciencia del vivir bien y la misión es un problema de fe

La misión es un problema de fe, es el índice exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros. La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina.(Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Missio, cap. I, n. 11)

  • El principal deber de los Pastores es el de ser maestros de la verdad

Como Pastores tenéis la viva conciencia de que vuestro deber principal es el de ser maestros de la verdad. No de una verdad humana y racional, sino de la Verdad que viene de Dios; que trae consigo el principio de la auténtica liberación del hombre: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32); esa verdad que es la única en ofrecer una base sólida para una “praxis” adecuada. Vigilar por la pureza de la doctrina, base en la edificación de la comunidad cristiana, es pues, junto con el enuncio del Evangelio, el deber primero e insustituible del Pastor, del Maestro de la fe. Con cuánta frecuencia ponía esto de relieve San Pablo, convencido de la gravedad en el cumplimiento de este deber. Además de la unidad en la caridad, nos urge siempre la unidad en la verdad.(Juan Pablo II. Discurso a la inauguración de la III Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, cap. I, n. 1)

  • Es necesario que los fieles encuentren en los pastores la luz de la fe y de la enseñanza

Vosotros, en virtud del oficio episcopal, sois testigos auténticos del Evangelio y maestros […] de la Verdad contenida en la Revelación, de la que se nutre y debe siempre nutrirse vuestro magisterio. Para poder hacer frente a los desafíos del presente, es necesario que la Iglesia aparezca, a todo nivel, como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3, 15). El servicio de la Verdad, que es Cristo, es nuestra tarea prioritaria. Esta Verdad es revelada. No nace de la simple experiencia humana. Es Dios mismo, que en Jesucristo, por medio del Espíritu Santo, se da a conocer al hombre. Por ello ese servicio a la Verdad revelada debe nacer del estudio y de la contemplación, y ha de acrecentarse mediante la exploración continua de ella. Nuestra firmeza vendrá de ese sólido fundamento, ya que la Iglesia hoy, a pesar de todas las dificultades del ambiente, no puede hablar de manera diversa a como Cristo habló. (Juan Pablo II. Discurso a segundo grupo de obispos de Chile en visita ad limina Apostolorum, n. 2, 8 de noviembre 1984)

  • La verdad encierra la fuerza para atraer el corazón humano

Los sucesores de los Apóstoles jamás deberían tener miedo de proclamar la verdad plena sobre Jesucristo, con toda su realidad y sus exigencias estimulantes, puesto que la verdad encierra en sí la fuerza para atraer el corazón humano hacia todo lo que es bueno, noble y hermoso. (Juan Pablo II. Discurso a los miembros de la conferencia episcopal de Corea en visita ad limina apostolorum, n. 2, 24 de marzo de 2001)

… juzga la idea de anunciar el Evangelio que tiene Francisco

  • Para hacer frente a los desafíos del presente la Iglesia necesita anunciar la Verdad Absoluta que es Dios en toda su integridad y pureza

Para poder hacer frente a los desafíos del presente, es necesario que la Iglesia aparezca, a todo nivel, como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3, 15).
El servicio de la Verdad, que es Cristo, es nuestra tarea prioritaria. Esta Verdad es revelada. No nace de la simple experiencia humana. Es Dios mismo, que en Jesucristo, por medio del Espíritu Santo, se da a conocer al hombre. […] Nuestra firmeza vendrá de ese sólido fundamento, ya que la Iglesia hoy, a pesar de todas las dificultades del ambiente, no puede hablar de manera diversa a como Cristo habló. Por ello la Iglesia, y ante todo sus Pastores, habrán de encontrarse unidos en torno a la Verdad Absoluta que es Dios, y anunciarla en toda su integridad y pureza. (Juan Pablo II. Discurso al segundo grupo de obispos de Chile en visita ad limina apostolorum, n. 2, 8 de noviembre de 1984)

  • Por la acción profética del Espíritu Santo, la Iglesia debe proteger al pueblo de la influencia de los falsos profetas

Tarea del profeta, como hombre de la palabra de Dios, es combatir el “espíritu de mentira” que se encuentra en la boca de los falsos profetas (cf. 1 Re 22, 23), para proteger al pueblo de su influencia. Es una misión recibida de Dios […]. La acción profética del Espíritu Santo se ha manifestado continuamente en la Iglesia para darle luz y aliento. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4.6, 14 de febrero de 1990)

  • El Evangelio de la mansedumbre va al paso del Evangelio de las exigencias morales y severas amenazas

El Evangelio de la mansedumbre y de la humildad va al mismo paso que el Evangelio de las exigencias morales y hasta de las severas amenazas a quienes no quieren convertirse. No hay contradicción entre el uno y el otro. Jesús vive de la verdad que anuncia y del amor que revela y es éste un amor exigente como la verdad de la que deriva. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 8, 8 de junio de 1988)

  • La mansedumbre no significa debilidad frente al mal; Jesús vino traer la espada

“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29). […] Pero esta “mansedumbre y humildad de corazón” en modo alguno significa debilidad. Al contrario, Jesús es exigente. Su Evangelio es exigente. […] Es una especie de radicalismo no sólo en el lenguaje evangélico, sino en las exigencias reales del seguimiento de Cristo, de las que no duda en reafirmar con frecuencia toda su amplitud: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10, 34). Es un modo fuerte de decir que el Evangelio es también una fuente de “inquietud” para el hombre. Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio es exigente y que exigir quiere decir también agitar las conciencias, no permitir que se recuesten en una falsa “paz”. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 8, 8 de junio de 1988)

… juzga la idea de pastor que tiene Francisco

  • La elocuencia del ejemplo de la vida sacerdotal santa

También os exhorto a dotar vuestros seminarios de sacerdotes ejemplares, aunque esto signifique sacrificios en otras áreas, pues en la tarea de formar candidatos al sacerdocio nada es más elocuente que el ejemplo de una vida sacerdotal santa y comprometida. (Juan Pablo II. Discurso a la Conferencia Episcopal de Ghana en visita ad limina, 20 de febrero de 1999)

  • Lucidez y coherencia con la fe

Para ofrecer a todos un “diálogo de salvación” donde cada uno se siente respetado en su dignidad fundamental, la de buscador de Dios, tenemos necesidad de una catequesis que enseñe a los jóvenes y a los adultos de nuestras comunidades a permanecer lúcidos y coherentes en su fe, a afirmar serenamente su identidad cristiana y católica, a “ver lo invisible” y a adherirse de tal manera al absoluto de Dios que puedan dar testimonio de Él en una civilización materialista que lo niega. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Catechesi tradendae, n. 57, 16 de octubre de 1979)

  • Liberdad de adhesión, pero no indiferentismo

Precisamente, gracias a esta libertad, la fe —lo que expresamos con la palabra “creo”— posee su autenticidad y originalidad humana, además de divina. En efecto, ella expresa la convicción y la certeza sobre la verdad de la Revelación, en virtud de un acto de libre voluntad. Esta voluntariedad estructural de la fe no significa en modo alguno que el creer sea “facultativo”, y que por lo tanto, sea justificable una actitud de indiferentismo fundamental; sólo significa que el hombre está llamado a responder a la invitación y al don de Dios con la adhesión libre y total de sí mismo. (Juan Pablo II. Audiencia general, 17 de abril de 1985)

… juzga la idea de marginados que tiene Francisco

  • El amor hacia los pobres no es novedad en la Iglesia

Entre dichos temas quiero señalar aquí la opción o amor preferencial por los pobres. Esta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia. (Juan Pablo II. Encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 42, 30 de diciembre de 1987)

  • Durante siglos la Iglesia ha cuidado de los más necesitados

Como también el mismo Episcopado italiano ha expresado su preocupación de que sean suprimidas o, de cualquier modo no suficiente y eficazmente garantizadas, obras beneméritas que, durante siglos, bajo el impulso de la caridad cristiana, han cuidado de los huérfanos, de los ciegos, de los sordomudos, de los ancianos, de toda clase de necesitados, gracias a la generosidad de bienhechores y al sacrificio personal, a veces heroico, de religiosas y religiosos, y que, en virtud de disposiciones legislativas habían tenido que aceptar, muy a pesar suyo, la figura jurídica de instituciones públicas de asistencia y beneficencia, con una cierta garantía, por lo demás, para sus fines institucionales. (Juan Pablo II. Discurso a la Unión de Juristas Católicos italianos, 25 de noviembre de 1978)

  • La Iglesia también educa las conciencias demostrando la grandeza del hombre creado a imagen de Dios

La Iglesia y los misioneros son también promotores de desarrollo con sus escuelas, hospitales, tipografías, universidades, granjas agrícolas experimentales. Pero el desarrollo de un pueblo no deriva primariamente ni del dinero, ni de las ayudas materiales, ni de las estructuras técnicas, sino más bien de la formación de las conciencias, de la madurez de la mentalidad y de las costumbres. Es el hombre el protagonista del desarrollo, no el dinero ni la técnica. La Iglesia educa las conciencias revelando a los pueblos al Dios que buscan, pero que no conocen; la grandeza del hombre creado a imagen de Dios y amado por él; la igualdad de todos los hombres como hijos de Dios; el dominio sobre la naturaleza creada y puesta al servicio del hombre; el deber de trabajar para el desarrollo del hombre entero y de todos los hombres. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris misio, n. 58, 7 de diciembre de 1990)

  • Además del cuidado de las almas la Iglesia no se olvida de la vida terrena

No se ha de pensar, sin embargo, que todos los desvelos de la Iglesia estén tan fijos en el cuidado de las almas, que se olvide de lo que atañe a la vida mortal y terrena. En relación con los proletarios concretamente, quiere y se esfuerza en que salgan de su misérrimo estado y logren una mejor situación. Y a ello contribuye con su aportación, no pequeña, llamando y guiando a los hombres hacia la virtud. Dado que, dondequiera que se observen íntegramente, las virtudes cristianas aportan una parte de la prosperidad a las cosas externas, en cuanto que aproximan a Dios, principio y fuente de todos los bienes. (León XIII. Encíclica Rerum novarum, n. 22, 15 de mayo de 1891)

  • El mejor servicio al hermano es la evangelización

En la Encíclica Sollicitudo rei socialis he afirmado que “la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo en cuanto tal”, sino que “da su primera contribución a la solución del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el hombre, aplicándola a una situación concreta”. La Conferencia de los Obispos latinoamericanos en Puebla afirmó que “el mejor servicio al hermano es la evangelización, que lo prepara a realizarse como hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente”. La misión de la Iglesia no es actuar directamente en el plano económico, técnico, político o contribuir materialmente al desarrollo, sino que consiste esencialmente en ofrecer a los pueblos no un “tener más”, sino un “ser más”, despertando las conciencias con el Evangelio. El desarrollo humano auténtico debe echar sus raíces en una evangelización cada vez más profunda. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris misio, n. 58, 7 de diciembre de 1990)

… juzga la idea de “Pan de Vida” que tiene Francisco

  • La Eucaristía no es una metáfora: “Mi carne es verdadera comida” (Jn 6, 55)

La Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. Cuando Jesús anuncia por primera vez esta comida, los oyentes se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad objetiva de sus palabras: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6, 53). No se trata de un alimento metafórico: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 55). (Juan Pablo II. Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 16, 17 de abril de 2003)

  • Cristo habla de manera que nadie puede dudar: Él mismo se dará como alimento

A todos los aquí presentes, a todos los uruguayos, Jesús dice esta tarde: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo” (Jn 6, 51). Después de veinte siglos de historia, la Iglesia sigue y siempre seguirá custodiando el tesoro de la Eucaristía como su don más precioso, como la fuente de donde brota toda su vida y su proyección en la historia humana. Con estas palabras pronunciadas en Cafarnaúm, Jesús promete a quien coma su pan que vivirá para siempre. (Juan Pablo II. Homilía en Montevideo, n. 2, 7 de mayo de 1988)

  • La Iglesia se alimenta del “Pan vivo”, la Eucaristía

No puedo dejar pasar este Jueves Santo de 2003 sin detenerme ante el “rostro eucarístico” de Cristo, señalando con nueva fuerza a la Iglesia la centralidad de la Eucaristía. De ella vive la Iglesia. De este “pan vivo” se alimenta. ¿Cómo no sentir la necesidad de exhortar a todos a que hagan de ella siempre una renovada experiencia? (Juan Pablo II. Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 7, 17 de abril de 2003)

… juzga la idea de Francisco de que Jesús es solamente misericordia

  • El Señor justo y santo no puede tolerar la impiedad

El Señor justo y santo no puede tolerar la impiedad, la corrupción y la injusticia. Como “fuego devorador” y “hoguera perpetua” (cf. Is 33,14), acomete el mal para aniquilarlo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 30 de octubre de 2002)

  • Jesús es exigente, fuerte y sin equívocos cuando llama a alguien a vivir en la verdad

Esta “mansedumbre y humildad de corazón” en modo alguno significa debilidad. Al contrario, Jesús es exigente. Su Evangelio es exigente. […] Es una especie de radicalismo no sólo en el lenguaje evangélico, sino en las exigencias reales del seguimiento de Cristo, de las que no duda en reafirmar con frecuencia toda su amplitud: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10, 34). Es un modo fuerte de decir que el Evangelio es también una fuente de “inquietud” para el hombre. Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio es exigente y que exigir quiere decir también agitar las conciencias, no permitir que se recuesten en una falsa “paz”, en la cual se hacen cada vez más insensibles y obtusas, en la medida en que en ellas se vacían de valor las realidades espirituales, perdiendo toda resonancia. […] Jesús es exigente. No duro o inexorablemente severo: pero fuerte y sin equívocos cuando llama a alguien a vivir en la verdad. […] Al exhortar a la conversión, no duda en reprobar a las mismas ciudades donde la gente rechaza creerle: “¡Ay de ti, Corozain! ¡Ay de ti, Betsaida!” (Lc 10, 13). Mientras amonesta a todos y cada uno: “…si no os convertís, todos pereceréis” (Lc 13, 3). El Evangelio de la mansedumbre y de la humildad va al mismo paso que el Evangelio de las exigencias morales y hasta de las severas amenazas a quienes no quieren convertirse. No hay contradicción entre el uno y el otro. Jesús vive de la verdad que anuncia y del amor que revela y es éste un amor exigente como la verdad de la que deriva. (Juan Pablo II. Audiencia general, 8 de junio de 1988)

  • Promover la justicia con en el poder de la Palabra de Dios

En el poder de la Palabra de Dios encontramos energía para promover la justicia […] La parábola del trigo y la cizaña es siempre actual. Por todo ello, nosotros, ante todo nosotros, los Pastores, debemos profesar alta y claramente la fe, la doctrina de la Iglesia, toda la doctrina de la Iglesia. Por ello también, debemos atraernos y ganarnos denodadamente la adhesión de los fieles a la disciplina sacramental de la Iglesia, garantía de la continuidad y autenticidad de la acción salvadora de Cristo, garantía de la dignidad y unidad del culto cristiano y, finalmente, garantía de la vitalidad auténtica del Pueblo de Dios. (Juan Pablo II. Discursos a los obispos de Canadá en visita ad limina, 17 de noviembre 1978)

  • No existe amor sin justicia

Cristo nos ha dado el mandamiento del amor al prójimo. En este mandamiento está comprendido todo cuanto se refiere a la justicia. No puede existir amor sin justicia. El amor “rebasa” la justicia, pero al mismo tiempo encuentra su verificación en la justicia. Hasta el padre y la madre al amar a su hijo, deben ser justos con él. Si se tambalea la justicia, también el amor corre peligro. Ser justo significa dar a cada uno cuanto le es debido. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 8 de noviembre de 1978)

… juzga la idea de Francisco de que los pobres son el centro del Evangelio

  • Jesús es el Evangelio

Jesús no sólo anunciaba el Evangelio, sino que Él mismo era el Evangelio. Los que creyeron en Él siguieron la palabra de su predicación, pero mucho más a Aquel que la predicaba. Siguieron a Jesús porque Él ofrecía “palabras de vida”, como confesó Pedro después del discurso que tuvo el Maestro en la sinagoga de Cafarnaúm: “Señor, donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Esta identificación de la palabra y la vida, del predicador y el Evangelio predicado, se realiza de manera perfecta sólo en Jesús. He aquí la razón por la que también nosotros creemos y lo seguimos, cuando se nos manifiesta como el “único Maestro” (cf. Mt 23, 8.10). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 9, 20 de marzo de 1988)

  • La palabra principal del Evangelio es la venida del Hijo del Hombre

¿Cuál es, pues, la palabra principal [del Evangelio]? La hemos leído hace poco: la venida del Hijo del Hombre. La palabra principal del Evangelio no es “la separación”, “la ausencia”, sino “la venida” y “la presencia”. Ni siquiera es la “muerte”, sino la “vida”. El Evangelio es la Buena Noticia, porque pronuncia la verdad sobre la vida en el contexto de la muerte. (Juan Pablo II. Homilía en la parroquia romana de San Leonardo de Porto Mauricio, n. 2, 30 de noviembre de 1980)

  • Si no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar para el hombre

En toda nuestra planificación no podemos olvidar que Cristo es la Buena Nueva. No tenemos otra cosa que ofrecer que Jesús, el único mediador entre Dios y el hombre (cf. 1 Tim 2, 5). Evangelizar es simplemente permitir que lo vean y lo escuchen, pues sabemos que si no hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar para el hombre. (Juan Pablo II. Discurso al consejo para las comunicaciones sociales, 1 de marzo de 2002)

  • La predicación íntegra de Jesucristo debe ser una prioridad

Para poder anunciar el Evangelio de la esperanza hace falta una sólida fidelidad al Evangelio mismo. Por tanto, la predicación de la Iglesia en todas sus formas, se ha de centrar siempre en la persona de Jesús y debe conducir cada vez más a Él. Es preciso vigilar que se le presente en su integridad: no sólo como modelo ético, sino ante todo como el Hijo de Dios, el Salvador único y necesario para todos, que vive y actúa en su Iglesia. Para que la esperanza sea verdadera e indestructible, la predicación íntegra, clara y renovada de Jesucristo resucitado, de la resurrección y de la vida eterna debe ser una prioridad en la acción pastoral de los próximos años. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, n. 48, 28 de junio de 2003)

  • La Iglesia debe predicar la verdad que Dios nos ha dado a conocer

La revelación de Dios se hace definitiva y completa por medio de su Hijo unigénito: ‘Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos’ (Heb 1, 1-2; cf. Jn 14, 6). En esta Palabra definitiva de su revelación, Dios se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris misio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

  • Evangelio quiere decir Buena Nueva y la Buena Nueva es Jesús

Queridos muchachos y muchachas, os lo digo para anticiparos la entrega de esta Palabra. Os entrego a vosotros, es decir, os “transmito” el Evangelio de San Marcos. Evangelio quiere decir Buena Nueva y la Buena Nueva es Jesús, el Hijo de Dios, que se hizo hombre para salvar al mundo. El corazón del Evangelio es, precisamente, la predicación de Jesús, sus gestos, su muerte y resurrección; es Jesucristo; es el mismo, Jesucristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado por todos. (Juan Pablo II. Discurso en el encuentro con los jóvenes de Roma como preparación para a la XII Jornada Mundial de la Juventud, n. 2, 20 de marzo de 1997)

  • El programa de evangelización del tercer milenio es el mismo de siempre: Cristo

El tema del anuncio del Evangelio predominó en las intervenciones de los Padres sinodales, que en repetidas ocasiones y de varios modos afirmaron cómo el centro vivo del anuncio del Evangelio es Cristo crucificado y resucitado para la salvación de todos los hombres.
En efecto, Cristo es el corazón de la evangelización, cuyo programa se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene en cuenta el tiempo y la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este programa de siempre es el nuestro para el tercer milenio. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastor gregis, n. 27, 16 de octubre de 2003)

  • El Evangelio es el libro de la vida eterna

En el Nuevo Testamento esta Pascua histórica se ha cumplido en Cristo durante los tres días: del jueves por la tarde a la mañana del domingo. Y significa el paso a través de la muerte hacia la resurrección, y a la vez el éxodo de la esclavitud del pecado a la participación en la vida de Dios mediante la gracia. Cristo dice en el Evangelio de hoy: “Si alguno guardare mi palabra, jamás verá la muerte” (Jn 8, 51). Estas palabras indican al mismo tiempo lo que es el Evangelio. Es el libro de la vida eterna, hacia la que corren los innumerables caminos de la peregrinación terrena del hombre. (Juan Pablo II. Homilía, Celebración de la Pascua con los universitarios de Roma, n, 2, 5 de abril de 1979)

  • En el centro de la Buena Nueva se halla la persona del Redentor

En el centro de la Buena Nueva que estamos llamados a proclamar se halla el gran misterio de la redención y, en especial, la persona del Redentor. Todos nuestros afanes de Pastores de la Iglesia van dirigidos a conseguir que sea más conocido y amado el Redentor. (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de Sri Lanka en visita “Ad Limina Apostolorum” 28 de abril de 1979)

  • La Buena Nueva de Cristo indica conversión

¿Cuál es el contenido esencial de la enseñanza de Jesús? Se puede responder con una palabra: el Evangelio, es decir, Buena Nueva. En efecto, Jesús comienza su predicación con estas palabras: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 20 de marzo de 1988)

  • En lo más íntimo del corazón del Evangelio está la cruz

Sin embargo el Evangelio no agrada siempre a los hombres. […] Pues esta verdad divina, esta buena noticia encierra de hecho una fuerte tensión en su interior. En ella se condensa la oposición entre aquello que viene de Dios y aquello que viene del mundo. Cristo dice: “Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece” (Jn 15, 19). Y también: “Sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros” (Jn 15, 18).
En lo más íntimo del corazón del Evangelio, de la buena noticia, está impresa la cruz. En ella se entrecruzan las dos grandes corrientes: la una, que partiendo de Dios se dirige hacia el mundo, hacia los hombres que están en el mundo, una corriente de amor y de verdad; la segunda, que discurre a través del mundo: “concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y orgullo de la vida” (1 Jn 2, 16). Todo esto no viene “del Padre”. (Juan Pablo II. Homilía para las asociaciones y consejos de los laicos, n. 4, 18 de noviembre de 1980)

  • Todos los hombres son pobres de espíritu

Vosotros sabéis que la opción preferencia por los pobres, vivamente proclamada por Puebla, no es una invitación a exclusivismos, ni justificaría que un obispo dejara de anunciar la palabra de conversión y salvación a tal o cual grupo de personas so pretexto de que no son pobres —por lo demás, ¿cuál es el contenido que se da a este término?—, pues su deber es proclamar todo el Evangelio a todos los hombres, que todos sean pobres en espíritu. Pero es una invitación a una especial solidaridad con los pequeños y débiles, los que sufren y lloran, los que son humillados y dejados al margen de la vida y de la sociedad, para ayudarlos a conquistar con plenitud cada vez mayor la propia dignidad de persona humana y de hijos de Dios. (Juan Pablo II. Alocución a los obispos de Brasil, n. 6.9, 10 de julio de 1980)

  • Jesús manda amar al otro, no sólo al pobre

La unión filial de Jesús con el Padre se expresa en el amor, que Él ha constituido además en mandamiento principal del Evangelio: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento” (Mt 22, 37 s.). Como sabéis, a este mandamiento Jesús une un segundo “semejante al primero”: el del amor al prójimo (cf. Mt 22, 39). Y Él se propone como ejemplo de este amor: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34). Jesús enseña y entrega a sus seguidores un amor ejemplarizado en el modelo de su amor. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 31 de agosto de 1988)

  • El Evangelio es mensaje universal de salvación

Hoy, en situaciones sociales ciertamente diversas, los hijos e hijas espirituales de monseñor Scalabrini, a los que se han unido sucesivamente, como herederos del mismo carisma, las Misioneras laicas escalabrinianas, siguen sus huellas, testimoniando el amor de Cristo a los emigrantes y proponiéndoles su Evangelio, mensaje universal de salvación. Que monseñor Scalabrini sostenga con su ejemplo y con su intercesión a todos los que, en cualquier parte del mundo, trabajan al servicio de los emigrantes y los refugiados. (Juan Pablo II. Mensaje para a LXXXIV Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, n. 5, 9 de noviembre de 1997)

  • La Buena Nueva es destinada a todos los hombres en todos los tiempos

“Estos (signos) se han escrito para que, […] creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31). La buena nueva es un mensaje universal destinado a los hombres de todos los tiempos. Se dirige personalmente a cada uno, y exige que se haga realidad en la vida ordinaria. Cuando los cristianos llegan a ser “evangelios vivientes”, se transforman en “signos” elocuentes de la misericordia del Señor, y su testimonio llega más fácilmente al corazón de las personas. Como dóciles instrumentos en las manos de la divina Providencia, influyen profundamente en la historia. Así sucedió con estos seis nuevos beatos, que provienen de la querida Italia, tierra fecunda en santos. (Juan Pablo II. Homilía durante la Santa Misa de beatificación, n. 2, 27 de abril de 2003)

  • Los pobres de espíritu son los que acogen la verdad y la gracia

Efectivamente, en el centro de la “Buena Nueva” está el programa de las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 3-11), […] Él dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. […] Aquí se puede vislumbrar también la perspectiva escatológica y eterna de la felicidad revelada y anunciada por el Evangelio. La bienaventuranza de la pobreza nos remonta al comienzo de la actividad mesiánica de Jesús, cuando, hablando en la sinagoga de Nazaret, dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva” (Lc 4, 18). Se trata aquí de los que son pobres no sólo, y no tanto, en sentido económico-social (de “clase”), sino de los que están espiritualmente abiertos a acoger la verdad y la gracia, que provienen del Padre, como don de su amor, don gratuito (gratis dato), porque, interiormente, se sienten libres del apego a los bienes de la tierra y dispuestos a usarlos y compartirlos según las exigencias de la justicia y de la caridad. Por esta condición de los pobres según Dios (anawim), Jesús “da gracias al Padre”, ya que “ha escondido estas cosas (= las grandes cosas de Dios) a los sabios y entendidos y se las ha revelado a la gente sencilla” (cf. Lc 10, 21). Pero esto no significa que Jesús aleja de Sí a las personas que se encuentran en mejor situación económica, como el publicano Zaqueo que había subido a un árbol para verlo pasar (cf. Lc 19, 2-9), o aquellos otros amigos de Jesús, cuyos nombres no nos transmiten los Evangelios. Según las palabras de Jesús son “bienaventurados” los “pobres de espíritu” (cf. Mt 5, 3) y “quienes oyen la Palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 28). (Juan Pablo II. Audiencia general, n.5-6, 20 de marzo de 1980)

… juzga la idea de propiedad privada que tiene Francisco

  • La propiedad de los medios de producción agrícolas o industriales es justa y legítima. Cuando impide el trabajo de los demás u obtiene ganancias ilícitas será injusta

A la luz de las “cosas nuevas” de hoy ha sido considerada nuevamente la relación entre la propiedad individual o privada y el destino universal de los bienes. El hombre se realiza a sí mismo por medio de su inteligencia y su libertad y, obrando así, asume como objeto e instrumento las cosas del mundo, a la vez que se apropia de ellas. En este modo de actuar se encuentra el fundamento del derecho a la iniciativa y a la propiedad individual. Mediante su trabajo el hombre se compromete no sólo en favor suyo, sino también en favor de los demás y con los demás: cada uno colabora en el trabajo y en el bien de los otros. El hombre trabaja para cubrir las necesidades de su familia, de la comunidad de la que forma parte, de la nación y, en definitiva, de toda la humanidad. Colabora, asimismo, en la actividad de los que trabajan en la misma empresa e igualmente en el trabajo de los proveedores o en el consumo de los clientes, en una cadena de solidaridad que se extiende progresivamente. La propiedad de los medios de producción, tanto en el campo industrial como agrícola, es justa y legítima cuando se emplea para un trabajo útil; pero resulta ilegítima cuando no es valorada o sirve para impedir el trabajo de los demás u obtener unas ganancias que no son fruto de la expansión global del trabajo y de la riqueza social, sino más bien de su compresión, de la explotación ilícita, de la especulación y de la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral. Este tipo de propiedad no tiene ninguna justificación y constituye un abuso ante Dios y los hombres. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.43, 1 de mayo de 1991)

  • La propiedad privada nace de la obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente

La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social. Así como la persona se realiza plenamente en la libre donación de sí misma, así también la propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para todos. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.43, 1 de mayo de 1991)

  • El sabio equilibrio del Papa Juan Pablo II: la legitimad del capitalismo basado en la propiedad privada y el libre mercado. La ilegitimidad del capitalismo ajeno a los valores éticos y religiosos

Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?
La respuesta obviamente es compleja. Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía de mercado”, o simplemente de “economía libre”. Pero si por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.42, 1 de mayo de 1991)

  • La Iglesia reconoce la positivad del mercado y de la empresa en función del bien común

La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales que se relacionan entre sí. Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual —como queda dicho— reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común. Esta doctrina reconoce también la legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad y espacios más amplios de participación en la vida de la empresa, de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo la dirección de otros, puedan considerar en cierto sentido que “trabajan en algo propio”, al ejercitar su inteligencia y libertad. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.43, 1 de mayo de 1991)

  • La lucidez de León XIII al defender la propiedad privada

Es necesario subrayar aquí dos cosas: por una parte, la gran lucidez en percibir, en toda su crudeza, la verdadera condición de los proletarios, hombres, mujeres y niños; por otra, la no menor claridad en intuir los males de una solución que, bajo la apariencia de una inversión de posiciones entre pobres y ricos, en realidad perjudicaba a quienes se proponía ayudar. De este modo el remedio venía a ser peor que el mal. Al poner de manifiesto que la naturaleza del socialismo de su tiempo estaba en la supresión de la propiedad privada, León XIII llegaba de veras al núcleo de la cuestión.
Merecen ser leídas con atención sus palabras: “Para solucionar este mal (la injusta distribución de las riquezas junto con la miseria de los proletarios) los socialistas instigan a los pobres al odio contra los ricos y tratan de acabar con la propiedad privada estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes…; pero esta teoría es tan inadecuada para resolver la cuestión, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es además sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión del Estado y perturba fundamentalmente todo el orden social”.
No se podían indicar mejor los males acarreados por la instauración de este tipo de socialismo como sistema de Estado, que sería llamado más adelante “socialismo real”. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.43, 1 de mayo de 1991)

  • Si el hombre no tiene algo que sea suyo pierde el sentido de la vida

Ahondando ahora en esta reflexión y haciendo referencia a lo que ya se ha dicho en las encíclicas Laborem exercens y Sollicitudo rei socialis, hay que añadir aquí que el error fundamental del socialismo es de carácter antropológico. Efectivamente, considera a todo hombre como un simple elemento y una molécula del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo económico-social. Por otra parte, considera que este mismo bien puede ser alcanzado al margen de su opción autónoma, de su responsabilidad asumida, única y exclusiva, ante el bien o el mal. El hombre queda reducido así a una serie de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral, que es quien edifica el orden social, mediante tal decisión. De esta errónea concepción de la persona provienen la distorsión del derecho, que define el ámbito del ejercicio de la libertad, y la oposición a la propiedad privada. El hombre, en efecto, cuando carece de algo que pueda llamar “suyo” y no tiene posibilidad de ganar para vivir por su propia iniciativa, pasa a depender de la máquina social y de quienes la controlan, lo cual le crea dificultades mayores para reconocer su dignidad de persona y entorpece su camino para la constitución de una auténtica comunidad humana.
Por el contrario, de la concepción cristiana de la persona se sigue necesariamente una justa visión de la sociedad. Según la Rerum novarum y la doctrina social de la Iglesia, la socialidad del hombre no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común. Es a esto a lo que he llamado “subjetividad de la sociedad” la cual, junto con la subjetividad del individuo, ha sido anulada por el socialismo real. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.13, 1 de mayo de 1991)

  • El principio de la propiedad privada como recordó León XIII en la “Rerum novarum” y como todavía lo enseña la Iglesia, se aparta radicalmente del programa del colectivismo, proclamado por el marxismo

La Encíclica Rerum Novarum, que tiene como tema la cuestión social, pone el acento también sobre este problema, recordando y confirmando la doctrina de la Iglesia sobre la propiedad, sobre el derecho a la propiedad privada, incluso cuando se trata de los medios de producción. Lo mismo ha hecho la Encíclica Mater et Magistra.
El citado principio [de la propiedad privada], tal y como se recordó entonces y como todavía es enseñado por la Iglesia, se aparta radicalmente del programa del colectivismo, proclamado por el marxismo y realizado en diversos Países del mundo en los decenios siguientes a la época de la Encíclica de León XIII. Tal principio se diferencia al mismo tiempo, del programa del capitalismo, practicado por el liberalismo y por los sistemas políticos, que se refieren a él. (Juan Pablo II. Encíclica Laborem excercens, n. 14, 14 de septiembre de 1981)

  • Cuando los primeros cristianos tenían todo en común no significa que rechazaran la propiedad privada

Dicen también los Hechos: “Acudían al templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón” (Hch 2, 46). Aunque también en ese tiempo el templo de Jerusalén era el lugar de oración, celebraban la Eucaristía “por las casas”, uniéndola a una alegre comida en común.
El sentido de la comunión era tan intenso que impulsaba a cada uno a poner sus propios bienes materiales al servicio de las necesidades de todos: “Nadie consideraba como propiedad suya lo que le pertenecía, sino que todo era común entre ellos”. Eso no significa que tuviesen como principio el rechazo de la propiedad personal (privada); sólo indica una gran sensibilidad fraterna frente a las necesidades de los demás, como lo demuestran las palabras de Pedro en el incidente con Ananías y Safira (cf. Hch 5, 4).
Lo que se deduce claramente de los Hechos, y de otras fuentes neotestamentarias, es que la Iglesia primitiva era una comunidad que impulsaba a sus miembros a compartir unos con otros los bienes de que disponían, especialmente en favor de los más pobres.
Eso vale aún más con respecto al tesoro de verdad recibido y poseído. Se trata de bienes espirituales que debían compartir, es decir, comunicar, difundir, predicar, como enseñan los Apóstoles con el testimonio de su palabra y ejemplo: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20). Por eso hablan, y el Señor confirma su testimonio. En efecto, “por mano de los Apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo” (Hch 5, 12). (Juan Pablo II. Audiencia General, nn. 2-3, 5 de febrero de 1992)

… juzga la idea de Francisco de que el Corán es un libro de paz

  • No hay paz si no se da un auténtico cambio del corazón

El restablecimiento de la paz sería también de corta duración y totalmente ilusoria si no se diera un auténtico cambio del corazón. (Juan Pablo II. Mensaje para la celebración de la XVII Jornada Mundial de la Paz, n. 2, 1 de enero de 1984)

  • Quien no vive en paz con Dios difícilmente puede vivir en paz con el prójimo

Para dar al mundo la paz que desea la humanidad, no bastan las conferencias de los políticos; no bastan los acuerdos, las políticas de distensión obtenidas por los hombres, por más importantes y necesarios que puedan ser. El mundo afligido por la discordia precisa antes de todo de la paz de Cristo. Y esta é más que la paz política, pura y sencilla. La paz de Cristo puede afirmarse sólo adonde los hombres estén dispuestos a alejarse del pecado. La causa más profunda de todo conflicto en el mundo es el abandono de Dios por parte del hombre. Quien no vive en paz con Dios difícilmente puede vivir en paz con el prójimo. (Juan Pablo II. Homilía en Kevalaer, n. 5, 2 de mayo de 1987)

  • El joven rico del evangelio se muestra incapaz de crecer moralmente sólo con sus fuerzas: es preciso el don divino de la gracia

No sabemos hasta qué punto el joven del evangelio comprendió el contenido profundo y exigente de la primera respuesta dada por Jesús: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”; sin embargo, es cierto que la afirmación manifestada por el joven de haber respetado todas las exigencias morales de los mandamientos constituye el terreno indispensable sobre el que puede brotar y madurar el deseo de la perfección, es decir, la realización de su significado mediante el seguimiento de Cristo. El coloquio de Jesús con el joven nos ayuda a comprender las condiciones para el crecimiento moral del hombre llamado a la perfección: el joven, que ha observado todos los mandamientos, se muestra incapaz de dar el paso siguiente sólo con sus fuerzas. Para hacerlo se necesita una libertad madura (“si quieres”) y el don divino de la gracia (“ven, y sígueme”). (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 17, 6 de agosto de 1993)

  • La paz en la tierra es siempre un desafío por la presencia del pecado en el corazón del hombre

Para el cristiano, la paz en la tierra es siempre un desafío, a causa de la presencia del pecado en el corazón del hombre. (Juan Pablo II. Mensaje para la celebración de la XV Jornada Mundial de la Paz, n. 12, 1 de enero de 1982)

  • La guerra nace verdaderamente en el corazón del hombre que peca

Sí, la guerra nace verdaderamente en el corazón del hombre que peca, desde que la envidia y la violencia invadieron el corazón de Caín contra su hermano Abel, según la antigua narración bíblica. ¿No se produce en realidad una ruptura aún más profunda, cuando los hombres se hacen incapaces de ponerse de acuerdo sobre la distinción entre el bien y el mal, y sobre los valores de la vida de los que Dios es autor y garante? ¿No explica esto quizá que el “corazón” del hombre vaya a la deriva sin llegar a hacer la paz con sus semejantes sobre la base de la verdad, con genuina rectitud y benevolencia? (Juan Pablo II. Mensaje para la celebración de la XVII Jornada Mundial de la Paz, n. 2, 1 de enero de 1984)

  • El sacrificio de Cristo en la cruz es el precio de la paz, con victoria sobre el pecado

Cristo es nuestra paz (cf. Ef 2, 14): es Él quien nos reconcilió con el Padre; es Él quien, re-pacificando el hombre de todos los tiempos con Dios, ha reconciliado la humanidad, marcada con la herencia del pecado original. Asumiendo la culpa del primer Adán, por medio de su muerte en la cruz, Jesús ha abolido el antiguo pecado y, así, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20). Su sacrificio es el precio de esta paz. (Juan Pablo II. Homilía en la Jornada Mundial de Oración por la Paz en los Balcanes, n. 3, 23 de enero de 1994)

  • Cuando se logre la transformación interior de las almas se abrirá paso en el mundo a la “civilización de la paz”

La Iglesia ha recordado incesantemente que el Evangelio de la paz llegará a las instituciones pasando por el corazón de las personas, y no pacificará la sociedad si antes no ha pacificado las conciencias, liberándolas del pecado y de sus consecuencias sociales. Cuando se logre esa transformación interior en el alma de cada uno, se engendrarán con la fuerza misma de la vida, nuevas formas de relaciones sociales y culturales, y se abrirá paso en el mundo a la “civilización de la paz”. (Juan Pablo II. Homilía en Mendoza, Argentina, 7 de abril 1987)

  • Otras comunidades no poseen la plenitud de la Iglesia Católica

Los elementos de esta Iglesia ya dada existen, juntos en plenitud, en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras comunidades. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 14, 25 de mayo de 1995)

  • Falta de libertad religiosa: una hipoteca negativa para la paz

Perjudican además, y de manera muy grave, a la causa de la paz todas las formas —manifiestas o solapadas—de violación de la libertad religiosa, al igual que las violaciones que afectan a los demás derechos fundamentales de la persona. A cuarenta años de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, cuya conmemoración tendrá lugar en diciembre del año próximo, debemos constatar que, en diversas partes del mundo, millones de personas sufren todavía a causa de sus convicciones religiosas, siendo víctimas de legislaciones represivas y opresoras, estando sometidas a veces a una persecución abierta o, más a menudo, a una sutil acción discriminadora de los creyentes y de sus comunidades. Este estado de cosas, de por sí intolerable, constituye también una hipoteca negativa para la paz. (Juan Pablo II. Mensaje para la celebración de la XXI Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1988)

… juzga la idea de Francisco de que Jesús vino al mundo para aprender a ser hombre

  • Vino para restablecer la verdad en la relación entre el hombre y Dios…

Pero debemos reflexionar también sobre el motivo de la Encarnación: ¿por qué el Hijo asumió la naturaleza humana, insertándose —Él, que es la trascendencia infinita— en nuestra historia y sometiéndose a todos los límites del tiempo y del espacio? La respuesta la da Jesús mismo en la conversación con Pilato: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 37). En efecto, a la verdad se opone el pecado, cuya raíz más profunda es la mentira (cf. Jn 8, 44), por tanto la redención del pecado se obtiene con el restablecimiento de la verdad en la relación entre el hombre y Dios. Y Jesús vino al mundo para restablecer esta verdad esencial. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 2, 22 de diciembre de 1991)

  • …liberar de la esclavitud del pecado, del mal, de la muerte

“Algo nuevo”: los cristianos sabemos que el Antiguo Testamento, cuando habla de “realidades nuevas”, se refiere en última instancia a la verdadera gran “novedad” de la historia: Cristo, que vino al mundo para liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado, del mal y de la muerte. (Juan Pablo II. Visita pastoral a la parroquia romana de Nuestra Señora del Sufragio y San Agustín de Canterbury, n. 1, 1 de abril de 2001)

  • Elevar la humanidad al nivel de Dios y abrirle pleno acceso a la familiaridad divina

En la dignidad conferida de modo singularísimo a María, se manifiesta la dignidad que el misterio del Verbo hecho carne quiere conferir a toda la humanidad. Cuando el Hijo de Dios se abajó para hacerse hombre, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, elevó la humanidad al nivel de Dios. En la reconciliación realizada entre Dios y la humanidad, Él no quería restablecer simplemente la integridad y la pureza de la vida humana, herida por el pecado. Quería comunicar al hombre la vida divina y abrirle el pleno acceso a la familiaridad con Dios.
De este modo María nos hace comprender la grandeza del amor divino, no sólo para con Ella, sino para con nosotros. Ella nos introduce en la obra grandiosa, con la que Dios no se ha limitado a curar a la humanidad de las llagas del pecado, sino que le ha asignado un destino superior de íntima unión con Él. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 4 de enero de 1984)

  • Con el sufrimiento en la cruz ha vuelto el amor traicionado por Adán

La humanidad, sometida al pecado en los descendientes del primer Adán, en Jesucristo ha sido sometida perfectamente a Dios y unida a él y, al mismo tiempo, está llena de misericordia hacia los hombres. Se tiene así una nueva humanidad, que en Jesucristo por medio del sufrimiento de la cruz ha vuelto al amor, traicionado por Adán con su pecado. (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et vivificantem, n. 40, 18 de mayo de 1986)

  • Misterio de la Encarnación y de la Redención expresado en Flp 2, 8

“Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 5-8). Se describe aquí el misterio de la Encarnación y de la Redención, como despojamiento total de sí, que lleva a Cristo a vivir plenamente la condición humana y a obedecer hasta el final el designio del Padre. Se trata de un anonadamiento que, no obstante, está impregnado de amor y expresa el amor. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Missio, n. 88, 7 de diciembre de 1990)

… juzga la idea de Francisco de que la dirección espiritual es un carisma de laicos

  • El pueblo de Dios necesita guías autorizados

El pueblo de Dios necesita hoy, más que nunca, guías autorizados y alimento espiritual abundante, para acoger y vivir el grado alto de la vida cristiana ordinaria, mediante una oportuna pedagogía de la santidad. (Juan Pablo II. Mensaje a los Clérigos Regulares de San Pablo en el V centenario del nacimiento de San Antonio María Zaccaría, n. 2, 6 de julio de 2002)

  • El sacerdote está llamado a guiar la comunidad eclesial

Por último, el sacerdote está llamado a revivir la autoridad y el servicio de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, animando y guiando la comunidad eclesial, o sea, reuniendo “la familia de Dios, como una fraternidad animada en la unidad” y conduciéndola “al Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo”. Este munus regendi es una misión muy delicada y compleja, que incluye, además de la atención a cada una de las personas y a las diversas vocaciones, la capacidad de coordinar todos los dones y carismas que el Espíritu suscita en la comunidad, examinándolos y valorándolos para la edificación de la Iglesia, siempre en unión con los Obispos. Se trata de un ministerio que pide al sacerdote una vida espiritual intensa, rica de aquellas cualidades y virtudes que son típicas de la persona que preside y guía una comunidad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 26, 25 de marzo de 1992)

  • La dirección espiritual es función propia del sacerdote

A estas motivaciones de orden teológico, quisiera añadir otra de orden pastoral.
Ciertamente, la dirección espiritual (o el consejo espiritual, o el diálogo espiritual, como a veces se prefiere decir), puede llevarse también fuera del contexto del sacramento de la penitencia e incluso por quien no tiene el orden sagrado. Pero no se puede negar que esta función —insuficiente, si se realiza sólo dentro de un grupo, sin una relación personal— de hecho está vinculada frecuente y felizmente al sacramento de la reconciliación y es ejercida por un maestro de vida (cf. Ef 4, 11), por un spiritualis senior (Regla de San Benito, c. 4, 50-51), por un médico (cf. S. Th., Supplementum, q. 18), por un guía en las cosas de Dios (ib., q. 36, a. 1) que es el sacerdote, el cual ha sido hecho idóneo para funciones especiales en la Iglesia por un don singular de gracia (ib., q. 35, a. 1). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 11 de abril de 1984)

  • El Magisterio ayuda los fieles a formar sus conciencias

Los cristianos tienen —como afirma el Concilio— en la Iglesia y en su Magisterio una gran ayuda para la formación de la conciencia: ‘Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana’. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis Splendor, n. 64, 6 de agosto 1993)

  • Sin el ministerio sacerdotal no hay auténtico apostolado laico

Las vocaciones son también la condición de la vitalidad de la Iglesia. No hay duda de que ésta depende del conjunto de los miembros de cada comunidad, del apostolado común, en particular del apostolado de los laicos. Sin embargo, es igualmente cierto que para el desarrollo de este apostolado es indispensable precisamente el ministerio sacerdotal. Por lo demás, esto lo saben muy bien los mismos laicos. El apostolado auténtico de los laicos se basa sobre el ministerio sacerdotal y, a su vez, manifiesta la propia autenticidad logrando, entre otras cosas, hacer brotar nuevas vocaciones en el propio ambiente. (Juan Pablo II. Homilía en el Congreso internacional para las vocaciones, n. 3, 10 de mayo de 1981)


… juzga la idea de familias irregulares que tiene Francisco

  • El mandato de la indisolubilidad del matrimonio está destinado a todos los hombres y mujeres

Es importante la presentación positiva de la unión indisoluble, para redescubrir su bien y su belleza. Ante todo, es preciso superar la visión de la indisolubilidad como un límite a la libertad de los contrayentes, y por tanto como un peso, que a veces puede resultar insoportable. En esta concepción, la indisolubilidad se ve como ley extrínseca al matrimonio, como “imposición” de una norma contra las “legítimas” expectativas de una ulterior realización de la persona. A esto se añade la idea, bastante difundida, según la cual el matrimonio indisoluble sería propio de los creyentes, por lo cual ellos no pueden pretender “imponerlo” a la sociedad civil en su conjunto. Para dar una respuesta válida y exhaustiva a este problema es necesario partir de la palabra de Dios. […] Jesús supera radicalmente las discusiones de entonces sobre los motivos que podían autorizar el divorcio, afirmando: “Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así” (Mt 19, 8). […] Esta verdad sobre la indisolubilidad del matrimonio, como todo el mensaje cristiano, está destinada a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos y lugares. Para que eso se realice, es necesario que esta verdad sea testimoniada por la Iglesia y, en particular, por cada familia como “iglesia doméstica”, en la que el esposo y la esposa se reconocen mutuamente unidos para siempre, con un vínculo que exige un amor siempre renovado, generoso y dispuesto al sacrificio. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores, defensores del vínculo y abogados de la Rota Romana, n. 2-3.5, 28 de enero de 2002)

  • Los cristianos tienen que vivir una vida coherente con la fe

En la sociedad actual están en juego muchos valores que afectan a la dignidad del hombre. La defensa y promoción de los mismos depende en gran parte de la vida de fe y de la coherencia de los cristianos con las verdades que profesan. Entre estos valores cabe destacar el respeto por la vida desde la concepción hasta la muerte natural; la garantía efectiva de los derechos fundamentales de la persona; la santidad e indisolubilidad del matrimonio cristiano, así como la estabilidad y dignidad de la familia. Éstas son unas exigencias apremiantes para hacer posible la ansiada paz social. (Juan Pablo II. Carta al arzobispo de México, D. Norberto Rivera Carrera, n. 4, 29 de septiembre 1995)

  • Jesús radicaliza la exigencia de cumplir los mandamientos

Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios —en particular, el mandamiento del amor al prójimo—, interiorizando y radicalizando sus exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las mayores exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cf. Col 3, 14). […] el precepto que prohíbe el adulterio, se convierte en la invitación a una mirada pura, capaz de respetar el significado esponsal del cuerpo: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal… Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 21-22. 27-28). Jesús mismo es el “cumplimiento” vivo de la Ley, ya que él realiza su auténtico significado con el don total de sí mismo; él mismo se hace Ley viviente y personal, que invita a su seguimiento, da, mediante el Espíritu, la gracia de compartir su misma vida y su amor, e infunde la fuerza para dar testimonio del amor en las decisiones y en las obras (cf. Jn 13, 34-35). (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 15, 6 de agosto de 1993)

  • Aunque el Evangelio es “signo de contradicción” no faltan gracias para el hombre cumplir sus mandatos

La Iglesia tiene conciencia de ser en el mundo, con esta enseñanza, [no admitir a divorciados en segunda unión a la comunión eucarística] “signo de contradicción”. Las palabras proféticas que Simeón pronunció sobre el Niño, se aplican a Cristo en su vida, y también a la Iglesia en su historia. Muchas veces Cristo, su Evangelio y su Iglesia se convierten en “signo de contradicción” ante aquello que en el hombre no es “de Dios”, sino del mundo o incluso del “príncipe de las tinieblas”.
Llamando incluso el mal por su nombre y enfrentándose a él decididamente, Cristo sale siempre al encuentro de la debilidad humana. Busca la oveja descarriada. Cura las heridas de las almas. Conforta al hombre con su cruz. En el Evangelio no propone exigencias que el hombre no pueda cumplir con la gracia de Dios y con su propia voluntad. Por el contrario, sus exigencias tienen como finalidad el bien del hombre: su verdadera dignidad. (Juan Pablo II. Homilía en Sameiro, Portugal, n. 7, 15 de mayo de 1982)

  • No hay diferentes formas del precepto divino para los diversos hombres y situaciones

Ellos, [los esposos] sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. “Por ello la llamada ‘ley de gradualidad’ o camino gradual no puede identificarse con la ‘gradualidad de la ley’, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y en la propia voluntad” [Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, 8, 25 de octubre de 1980]. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 34, 22 de noviembre de 1981)

  • Incluso en los momentos duros de la vida no dejáis de cumplir los mandamientos

Hermanos míos, puede haber momentos duros en vuestra vida: puede haber incluso épocas más o menos prolongadas en las que os consideráis olvidados por Dios. Pero si alguna vez surge dentro de vosotros la tentación del desaliento, recordad esas palabras de la Escritura: aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, Dios no se olvida de nosotros”. […] “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”. (Mt 6, 33) ¿Qué quiere decir el Señor con estas palabras? ¿En qué consiste este objetivo primordial? ¿Qué hemos de hacer para buscar, en primer lugar, el Reino de Dios? Conocéis bien la respuesta. Sabéis que para alcanzar la vida eterna es preciso cumplir los mandamientos, es preciso vivir de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, que nos son transmitidas continuamente por su Iglesia. Por eso, queridos hermanos, os animo a comportaros siempre como buenos cristianos, a cumplir los mandamientos, a asistir a misa los domingos, a cuidar vuestra formación cristiana acudiendo a las catequesis que vuestros pastores imparten, a confesaros con frecuencia, a trabajar, a ser buenos padres y esposos fieles, a ser buenos hijos. (Juan Pablo II. Homilía en la Colonia Patria Nueva en México, n. 3.5, 11 de mayo de 1990)

  • Los “frutos indispensables” que el cristiano tiene que dar, se dan cumpliendo los mandamientos

Como vid lozana, Jesús tiene sarmientos: están constituidos por aquellos que, mediante la fe y el amor, están vitalmente injertados en Él. Con ellos se establece una circulación de savia vital, que, si, por una parte, es indispensable para dar frutos (“sin mí no podéis hacer nada” Jn 15, 5), por otra, comporta la exigencia de manifestarse en frutos fecundos: todo sarmiento que no da fruto es echado fuera y quemado (cf. Jn 15, 6). De aquí, el imperativo: “Permaneced en mí y yo en vosotros… El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto(Jn 15, 4-5). Jesús mismo se preocupa de aclarar en qué consiste este “permanecer en Él”: consiste en el amor; pero un amor que no se agota en sentimentalismo, sino que se traduce en el testimonio concreto de cumplir los mandamientos. Este es, pues, en síntesis el contenido del denso pasaje evangélico propuesto para esta liturgia. Pero se impone una segunda pregunta: si este sentido es válido para todos. […] Todos sois discípulos de Cristo. (Juan Pablo II. Homilía para la inauguración del año académico de los centros de estudio eclesiásticos de Roma, n. 1-2, 23 de octubre de 1981)

  • Todos los fieles son llamados al cumplimiento generoso de los preceptos de Cristo

Todos los fieles, de cualquier estado o condición —ha recordado el Concilio—, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen gentium, n. 40). El camino de acercamiento a esa meta pasa a través del cumplimiento generoso de la ley de Dios (cf. Mt 7, 21). En la reciente Encíclica Veritatis splendor recordé que “los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor” (Veritatis splendor, n. 15). El cristiano es esencialmente un llamado a la santidad y la norma de su vida es Cristo mismo: “El modo de actuar de Jesús y sus palabras, sus acciones y sus preceptos constituyen la regla moral de la vida cristiana” (ib., 20). (Juan Pablo II. Ángelus, n. 2, 1 de noviembre de 1993)

  • La única vía para edificarse una vida bien lograda es el cumplimiento de los mandamientos

Queridos jóvenes, la enseñanza que se desprende de este diálogo es evidente: para entrar en la Vida, para llegar al cielo, hay que cumplir los mandamientos. “No todo el que dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre, ése entrará” (Mt 7, 21). No bastan pues las palabras: Cristo os pide que lo améis de obra. “El que ha recibido mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre: y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 4, 21). “La fe y el amor —como os decía con motivo de la III Jornada Mundial de la Juventud, celebrada este año en Roma— no se reducen a palabras o a sentimientos vagos. Creer en Dios y amar a Dios significa vivir toda la vida con coherencia, a la luz del Evangelio…, y esto no es fácil. ¡Sí! Muchas veces se necesita mucho coraje para ir contra la corriente de la moda o la mentalidad de este mundo. Pero, lo repito, ésta es la única vía para edificarse una vida bien lograda y plena” (Homilía durante la celebración de la III Jornada Mundial de la Juventud, n. 3, 27 de marzo de 1988). (Juan Pablo II. Encuentro con los jóvenes en el campo Ñu Guazú, Paraguay, n. 2, 18 de mayo de 1988)

  • Los sufrimientos no son razón para apartarse de la voluntad de Dios

El salmista continúa su oración evocando los sufrimientos y los peligros de la vida que debe llevar y que necesita ser iluminada y sostenida: “¡Estoy tan afligido, Señor! Dame vida según tu promesa. […] Mi vida está en peligro; pero no olvido tu voluntad” (Sal 118, 107.109).
Toda la estrofa está marcada por un sentimiento de angustia: “Los malvados me tendieron un lazo” (v. 110), confiesa el orante, recurriendo a una imagen del ámbito de la caza, frecuente en el Salterio. El fiel sabe que avanza por las sendas del mundo en medio de peligros, afanes y persecuciones. Sabe que las pruebas siempre están al acecho. El cristiano, por su parte, sabe que cada día debe llevar la cruz a lo largo de la subida a su Calvario (cf. Lc 9, 23). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 21 de junio 2004)

  • La alegría verdadera y la serenidad se encuentran en el cumplimiento de los preceptos divinos

A pesar de todo [el sufrimiento y las dificultades], el justo conserva intacta su fidelidad: “Lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos […]. No olvido tu voluntad […]. No me desvié de tus decretos” (Sal 118, 106.109.110). La paz de la conciencia es la fuerza del creyente; su constancia en cumplir los mandamientos divinos es la fuente de la serenidad. Por tanto, es coherente la declaración final: “Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón” (v. 111). Esta es la realidad más valiosa, la “herencia”, la “recompensa” (v. 112), que el salmista conserva con gran esmero y amor ardiente: las enseñanzas y los mandamientos del Señor. Quiere ser totalmente fiel a la voluntad de su Dios. Por esta senda encontrará la paz del alma y logrará atravesar el túnel oscuro de las pruebas, llegando a la alegría verdadera. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 21 de junio 2004)

  • Felicidad fuera de la fidelidad matrimonial es una mentira del mundo

Por desgracia, hoy se está difundiendo en el mundo un engañoso mensaje de felicidad imposible e inconsistente, que conlleva sólo desolación y amargura. La felicidad no se consigue por el camino de la libertad sin la verdad, porque se trata del camino del egoísmo irresponsable, que divide y corroe a la familia y a la sociedad. ¡No es verdad que los esposos, como si fueran esclavos condenados a su propia fragilidad, no pueden permanecer fieles a su entrega total, hasta la muerte! El Señor, que os llama a vivir en la unidad de “una sola carne”, unidad de cuerpo y alma, unidad de la vida entera, os da la fuerza para una fidelidad que ennoblece y hace que vuestra unión no corra el peligro de una traición, que priva de la dignidad y de la felicidad e introduce en el hogar división y amargura, cuyas principales víctimas son los hijos. La mejor defensa del hogar está en la fidelidad, que es un don de Dios, fiel y misericordioso, en un amor redimido por él. (Juan Pablo II. Discurso a las familias en Rio de Janeiro, n. 2, 4 de octubre de 1997)

… juzga la idea de Francisco de que católicos y musulmanes comparten la misma fe

  • No hay camino de salvación en una religión diferente de la fundada por Cristo

No ha faltado quien ha querido interpretar la acción misionera [de la Iglesia] como un intento de imponer a otros las propias convicciones y opciones, en contraste con un determinado espíritu moderno, que se jacta, como si fuera una conquista definitiva, de la absoluta libertad de pensamiento y de conciencia personal. Según esa perspectiva, la actividad evangelizadora debería sustituirse con un diálogo interreligioso, que consistiría en un intercambio de opiniones y de informaciones, con las que cada una de las partes da a conocer el propio credo y se enriquece con el pensamiento de los otros, sin ninguna preocupación por llegar a una conclusión. […] Así se respetaría el camino de salvación que cada uno sigue según la propia educación y tradición religiosa (cf. Redemptoris missio, n. 4). Pero esta concepción es irreconciliable con el mandato de Cristo a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20, Mc 16, 15), transmitido a la Iglesia […] [El Concilio] confirmó al mismo tiempo el papel de la Iglesia, en la que es necesario que el hombre entre y persevere, si quiere salvarse (cf. Ad gentes, 7). […] Esta doctrina tradicional de la Iglesia pone al descubierto la inconsistencia y la superficialidad de una actitud relativista e irenista acerca del camino de la salvación, en una religión diferente de la fundada en la fe en Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 10 de mayo de 1995)

  • La teología y la antropología del Islam están muy lejos de la cristiana

Cualquiera que, conociendo el Antiguo y el Nuevo Testamento, lee el Corán, ve con claridad el proceso de reducción de la Divina Revelación que en él se lleva a cabo. Es imposible no advertir el alejamiento de lo que Dios ha dicho de Sí mismo, primero en el Antiguo Testamento por medio de los profetas y luego de modo definitivo en el Nuevo Testamento por medio de Su Hijo. Toda esa riqueza de la autorrevelación de Dios, que constituye el patrimonio del Antiguo y del Nuevo Testamento, en el Islamismo ha sido de hecho abandonada. Al Dios del Corán se le dan unos nombres que están entre los más bellos que conoce el lenguaje humano, pero en definitiva es un Dios que está fuera del mundo, un Dios que es sólo Majestad, nunca el Emmanuel, Dios-con-nosotros. El Islamismo no es una religión de redención. No hay sitio en él para la Cruz y la Resurrección. Jesús es mencionado, pero sólo como profeta preparador del último profeta, Mahoma. También María es recordada, Su Madre virginal; pero está completamente ausente el drama de la Redención. Por eso, no solamente la teología, sino también la antropología del Islam, están muy lejos de la cristiana. (Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza, p. 39)

  • Los hombres no pueden entrar en comunión con Dios sino por medio de Cristo

Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. […] Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la vía establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

  • El verdadero nombre de Dios es Padre

Así, aprendemos que el verdadero nombre de Dios es Padre. El nombre que es superior a todos los demás nombres: Abbá (cf. Gal 4,6). Jesús nos enseña que nuestro verdadero nombre es hijo o hija. Aprendemos que el Dios del Éxodo y de la Alianza libra a su pueblo, porque está formado por sus hijos e hijas, que no fueron creados para la esclavitud, sino para “la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 21). (Juan Pablo II. Homilía, n. 4, 26 de febrero de 2000)

  • Dios ama a todos los hombres y mujeres de la tierra

Este mensaje de esperanza que viene de la gruta de Belén lo queremos volver a proponer al inicio del nuevo Milenio. Dios ama a todos los hombres y mujeres de la tierra y les concede la esperanza de un tiempo nuevo, un tiempo de paz. Su amor, revelado plenamente en el Hijo hecho carne, es el fundamento de la paz universal; acogido profundamente en el corazón, reconcilia a cada uno con Dios y consigo mismo, renueva las relaciones entre los hombres y suscita la sed de fraternidad capaz de alejar la tentación de la violencia y la guerra. (Juan Pablo II. Mensaje para la XXXIII Jornada Mundial de la Paz, n. 1, 1 de enero de 2000)

… juzga la idea de Francisco de que la buena voluntad suple la Teología

  • Es obligación moral grave buscar y seguir la verdad

Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 34, 6 de agosto de 1993)

  • El teólogo debe rechazar las opiniones que no se compaginan con la fe

Así, pues, está claro cuánta importancia tiene el estudio de los que, de acuerdo con la ciencia más alta, investigan este misterio de Cristo. Esta es vuestra misión, ésta la importancia de vuestra presencia en la Iglesia. La teología casi desde los comienzos de la Iglesia se desarrolló juntamente con la práctica pastoral y siempre le dio y le sigue dando gran fuerza. Como a la catequesis. Sin embargo, es conveniente que este trabajo vuestro de investigación vaya por varios caminos: es sabido que desde antiguo existían muchas escuelas teológicas; y también en esta época se reconocen diversas opiniones y sentencias legítimas, de tal manera que se puede hablar de un sano pluralismo. Sin embargo, siempre se ha de procurar que permanezca íntegro el “depósito de la fe” y que el teólogo rechace aquellas opiniones filosóficas que no puedan compaginarse con la misma fe. (Juan Pablo II. Discurso a la Comisión Teológica Internacional, n. 5, 26 de octubre de 1979)

  • El trabajo de los teólogos debe ser animado por el temor del Señor

El esfuerzo de muchos teólogos, alentados por el Concilio, ya ha dado sus frutos con interesantes y útiles reflexiones sobre las verdades de fe que hay que creer y aplicar en la vida, presentadas de manera más adecuada a la sensibilidad y a los interrogantes de los hombres de nuestro tiempo. La Iglesia y particularmente los obispos, a los cuales Cristo ha confiado ante todo el servicio de enseñar, acogen con gratitud este esfuerzo y alientan a los teólogos a un ulterior trabajo, animado por un profundo y auténtico temor del Señor, que es el principio de la sabiduría (cf. Prov 1, 7). (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 29, 6 de agosto de 1993)

  • El teólogo tiene su función inserta en la misión profética de la Iglesia

Entre las vocaciones suscitadas por el Espíritu en la Iglesia —leemos en la Instrucción Donum veritatis— se distingue la del teólogo, que tiene la función especial de lograr, en comunión con el Magisterio, una comprensión cada vez más profunda de la palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia. Por su propia naturaleza, la fe interpela la inteligencia, porque descubre al hombre la verdad sobre su destino y el camino para alcanzarlo. Aunque la verdad revelada supere nuestro modo de hablar y nuestros conceptos sean imperfectos frente a su insondable grandeza (cf. Ef 3, 19), sin embargo, invita a nuestra razón —don de Dios otorgado para captar la verdad— a entrar en el ámbito de su luz, capacitándola así para comprender en cierta medida lo que ha creído. La ciencia teológica, que busca la inteligencia de la fe respondiendo a la invitación de la voz de la verdad, ayuda al pueblo de Dios, según el mandamiento del apóstol (cf. 1 Pe 3, 15), a dar cuenta de su esperanza a aquellos que se lo piden.” Para definir la identidad misma y, por consiguiente, realizar la misión propia de la teología, es fundamental reconocer su íntimo y vivo nexo con la Iglesia, su misterio, su vida y misión: “La teología es ciencia eclesial, porque crece en la Iglesia y actúa en la Iglesia… Está al servicio de la Iglesia y por lo tanto debe sentirse dinámicamente inserta en la misión de la Iglesia, especialmente en su misión profética.” Por su naturaleza y dinamismo, la teología auténtica sólo puede florecer y desarrollarse mediante una convencida y responsable participación y pertenencia a la Iglesia, como comunidad de fe, de la misma manera que el fruto de la investigación y la profundización teológica vuelve a esta misma Iglesia y a su vida de fe. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 109, 6 de agosto de 1993)

  • La fe es de algún modo “ejercicio de pensamiento”

La fe, por tanto, no teme la razón, sino que la busca y confía en ella. Como la gracia supone la naturaleza y la perfecciona, así la fe supone y perfecciona la razón. Esta última, iluminada por la fe, es liberada de la fragilidad y de los límites que derivan de la desobediencia del pecado y encuentra la fuerza necesaria para elevarse al conocimiento del misterio de Dios Uno y Trino. Aun señalando con fuerza el carácter sobrenatural de la fe, el Doctor Angélico no ha olvidado el valor de su carácter racional; sino que ha sabido profundizar y precisar este sentido. En efecto, la fe es de algún modo “ejercicio del pensamiento”; la razón del hombre no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe, que en todo caso se alcanzan mediante una opción libre y consciente. Precisamente por este motivo la Iglesia ha propuesto siempre a santo Tomás como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Fides et ratio, n. 43, 14 de septiembre de 1998)

  • El teólogo católico no puede obviar la Tradición para unir la Escritura y las preocupaciones del presente

Concentración en Dios y en su salvación dirigida a los hombres, significa orden interno de las verdades teológicas. En el centro se encuentran Dios Padre, Jesucristo y el Espíritu Santo. La Palabra de la Escritura, la Iglesia y los Sacramentos constituyen los grandes fundamentos históricos de la salvación ofrecida al mundo; pero la “jerarquía en las verdades” solicitada por el Concilio Vaticano II, no significa una simple reducción de la amplitud de la fe católica a unas pocas verdades básicas, como algunos han pensado. Cuanto más profunda y radicalmente se capta el centro, tanto más claras y convincentes resultan las líneas que enlazan el centro divino con aquellas verdades que parecen más bien estar situadas al margen. La profundidad de la concentración se manifiesta también en el alcance de su irradiación a toda la teología. […] El teólogo católico no puede tender el puente entre la Escritura y las preocupaciones de nuestro presente sin tener en cuenta la mediación de la Tradición. Esta no reemplaza a la Palabra de Dios en la Biblia; más bien da testimonio de ella, en el transcurso de épocas históricas, mediante nuevas interpretaciones. Permaneced siempre en diálogo con la Tradición viva de la Iglesia. Extraed de ella los tesoros a menudo no descubiertos aún. Haced ver a los hombres de la Iglesia que, obrando así, no os abandonáis a reliquias del pasado, sino que nuestra gran herencia, que se extiende desde los Apóstoles hasta nuestros días, encierra en sí un rico potencial capaz de dar respuesta a los interrogantes actuales. Si somos capaces de descubrir el valor de la Sagrada Escritura y de percibir el eco que ha dejado en la Tradición viva de la Iglesia, podremos entonces transmitir mejor el Evangelio de Dios. Nos haremos más críticos y sensibles de cara a nuestro propio presente. Este no constituye ni la única ni la última medida del conocimiento teológico. (Juan Pablo II. Alocución a los profesores de teología en el convento de los capuchinos de Altötting, n. 1-2, 18 de noviembre de 1980)

  • El ecumenismo no consiste en renunciar a los tesoros de la Iglesia

La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptor Hominis, n. 6, 4 de marzo de 1979)

  • La acción universal del Espíritu Santo es inseparable de la Iglesia verdadera

Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones tiene un papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo encarnado por obra del Espíritu, “para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. La acción universal del Espíritu no hay que separarla tampoco de la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Missio, n. 29, 7 de diciembre de 1990)

  • El anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso no deben ser confundidos

A la luz de la economía de la salvación, la Iglesia no ve un contraste entre el anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso; sin embargo siente la necesidad de compaginarlos en el ámbito de su misión ad gentes. En efecto, conviene que estos dos elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos, ni instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes, como si fueran intercambiables. […] El diálogo debe ser conducido y llevado a término con la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación [Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14; cf. Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 7]. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptoris Missio, n. 55, 7 de diciembre de 1990)

  • Otras comunidades no poseen la plenitud de la Iglesia Católica

Los elementos de esta Iglesia ya dada existen, juntos en plenitud, en la Iglesia católica, y sin esta plenitud en las otras comunidades. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 14, 25 de marzo de 1995)

  • El diálogo debe llamar a la conversión, enunciando la fe católica con claridad

Una vez más el Concilio Vaticano II nos ayuda. Se puede decir que todo el Decreto sobre el ecumenismo está lleno del espíritu de conversión. El diálogo ecuménico presenta en este documento un carácter propio; se transforma en “diálogo de la conversión”, y por tanto, según la expresión de Pablo VI, en auténtico “diálogo de salvación”. El diálogo no puede desarrollarse siguiendo una trayectoria exclusivamente horizontal, limitándose al encuentro, al intercambio de puntos de vista, o incluso de dones propios de cada Comunidad. Tiende también y sobre todo a una dimensión vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor del mundo y Señor de la historia, que es nuestra reconciliación. La dimensión vertical del diálogo está en el común y recíproco reconocimiento de nuestra condición de hombres y mujeres que han pecado. Precisamente esto abre en los hermanos que viven en comunidades que no están en plena comunión entre ellas, un espacio interior en donde Cristo, fuente de unidad de la Iglesia, puede obrar eficazmente, con toda la potencia de su Espíritu Paráclito. […] En relación al estudio de las divergencias, el Concilio pide que se presente toda la doctrina con claridad. Al mismo tiempo, exige que el modo y el método de enunciar la fe católica no sea un obstáculo para el diálogo con los hermanos. Ciertamente es posible testimoniar la propia fe y explicar la doctrina de un modo correcto, leal y comprensible, y tener presente contemporáneamente tanto las categorías mentales como la experiencia histórica concreta del otro. Obviamente, la plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de reduccionismo o de fácil “estar de acuerdo”. Las cuestiones serias deben resolverse, porque de lo contrario resurgirían en otros momentos, con idéntica configuración o bajo otro aspecto. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 35-36, 25 de mayo de 1995)

  • Los cristianos hoy se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados…

Hoy, para un trabajo eficaz en el campo de la predicación, es necesario ante todo conocer bien la realidad espiritual y sicológica de los cristianos que viven en la sociedad, moderna. Es necesario admitir con realismo, y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cristianos hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos e incluso desilusionados; se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre; se han propalado verdaderas y propias herejías, en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones, se ha manipulado incluso la liturgia; inmersos en el “relativismo” intelectual y moral, y por esto, en el permisivismo, los cristianos se ven tentados por el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en el Congreso Nacional Italiano sobre el tema “Misiones al Pueblo para los años 80”, n. 2, 6 de febrero de 1981)

  • Por sincera humildad tener conciencia de la dignidad del Papado

“Servus servorum Dei”: es sabido que este título, escogido por él [Gregorio Magno] desde que era diácono y usado en muchas de sus cartas, se convirtió a continuación en un título tradicional y casi una definición de la persona del Obispo de Roma. Y también es cierto que por sincera humildad él lo hizo lema de su ministerio y que, precisamente por razón de su función universal en la Iglesia de Cristo, siempre se consideró y se mostró como el máximo y primer siervo, siervo de los siervos de Dios, siervo de todos a ejemplo de Cristo mismo, quien había afirmado explícitamente que “no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28). Profundísima fue, por tanto, la conciencia de la dignidad del Papado, que aceptó con gran temor tras haber intentado en vano evitarla permaneciendo escondido; pero, al mismo tiempo, fue clarísima la conciencia de su deber de servir, pues estaba convencido de que toda autoridad, sobre todo en la Iglesia, es esencialmente un servicio; convicción que trató de infundir a los demás. Esa concepción de su propia función pontificia y, por analogía, de todo ministerio pastoral se resume en la palabra responsabilidad: quien desempeña algún ministerio eclesiástico debe responder de lo que hace no sólo ante los hombres, no sólo ante las almas que le fueron confiadas, sino también y en primer lugar ante Dios y ante su Hijo, en cuyo nombre actúa cada vez que distribuye los tesoros sobrenaturales de la gracia, anuncia las verdades del Evangelio y realiza actividades directivas o de gobierno. (Juan Pablo II. Carta Plurimum Significans, en el XVI centenario de la elevación de San Gregorio Magno al Pontificado, 29 del junio de 1990)

… juzga la idea de familia que tiene Francisco

  • La familia es una realidad que deriva de la voluntad de Dios

Pero la cuestión central es precisamente esta: ¿se puede hablar también hoy de un modelo de familia? La Iglesia está convencida de que, en el contexto actual, es más necesario que nunca reafirmar las instituciones del matrimonio y la familia como realidades que derivan de la sabia voluntad de Dios y revelan plenamente su significado y valor dentro de su designio creativo y salvífico. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en el segundo simposio europeo de profesores universitarios, n. 3, 25 de junio de 2004)

  • La familia como pacto de amor duradero es de origen divina

La familia tiene su origen en Dios. Fue el Creador quien predispuso el pacto entre un hombre y una mujer. Él bendijo su amor y lo ha hecho fuente de amor mutuo. Lo hizo fecundo y estableció su duración hasta la muerte. En los planes del Creador la familia es una comunidad de personas. Por lo tanto la forma fundamental de la vida y del amor en la familia es el respeto dedicado a cada persona, a cada uno de los miembros de la familia. Que los esposos se estimen y respeten mutuamente. Padres, respetad la personalidad individual de vuestros hijos. Hijos, dedicad a vuestros padres obediente respeto. Todos los miembros de la familia deben sentirse acogidos y respetados porque deben sentirse amados. En especial los ancianos y los enfermos. (Juan Pablo II. Homilía en la misa para las familias de Nigeria, n. 2, 13 de febrero de 1982)

  • Los cónyuges cristianos están llamados a participar en la indisolubilidad que une a Cristo con la Iglesia

Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un “corazón nuevo”: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la “dureza de corazón”, sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el “testigo fiel”, es el “sí” de las promesas de Dios y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin.
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 20, 22 de noviembre de 1981)

  • Comprometidos a una comunión de vida

Y podrás formar una familia, fundada en el matrimonio como pacto de amor entre un hombre y una mujer que se comprometen a una comunión de vida estable y fiel. Podrás afirmar con tu testimonio personal que, a pesar de las dificultades y los obstáculos, se puede vivir en plenitud el matrimonio cristiano como experiencia llena de sentido y como buena nueva para todas las familias. (Juan Pablo II. Discurso durante el encuentro con los jóvenes en el palacio de deportes de Berna, n. 5, 5 de junio de 2004)

  • La indisolubilidad del matrimonio es signo del amor absolutamente fiel de Dios

Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza.
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Familiaris consortio, n. 20, 22 de noviembre de 1981)

  • El matrimonio cristiano es un sí total a los planes de Dios

El cristiano cree en la vida y en el amor. Por eso dirá sí al amor indisoluble del matrimonio; sí a la vida responsablemente suscitada en el matrimonio legítimo; sí a la protección de la vida; sí a la estabilidad de la familia; sí a la convivencia legítima que fomenta la comunión y favorece la educación equilibrada de los hijos, al amparo de un amor paterno y materno que se complementan y se realizan en la formación de hombres nuevos.
El sí del Creador, asumido por los hijos de Dios, es un sí al hombre. Nace de la fe en el proyecto original de Dios. Es una auténtica aportación a la construcción de una sociedad donde prevalezca la civilización del amor sobre el consumismo egoísta, la cultura de la vida sobre la capitulación ante la muerte. (Juan Pablo II. Homilía en el encuentro con las familias cristianas de Panamá, n. 8, 5 de marzo de 1983)

  • Jesús, María y José, modelos para las familias

La familia está llamada también a educar a sus hijos. El proceso educativo de un joven comienza en la casa paterna. Cada niño tiene el derecho natural, inalienable, a tener una familia, unos padres, hermanos y hermanas, entre los que pueda reconocer que es una persona necesitada de amor y capaz de dar ese mismo sentimiento a otros, a sus seres queridos. Tomad como ejemplo a la Sagrada Familia de Nazaret, en la que creció Cristo con su madre, María, y su padre putativo, José. Los padres, por dar la vida a sus hijos, tienen derecho a ser reconocidos como los primeros y principales educadores. A la vez, tienen el deber de crear un clima familiar impregnado de amor y respeto a Dios y a los hombres, favoreciendo la educación personal y social de sus hijos. ¡Qué gran tarea tiene la madre! Gracias al vínculo tan profundo que la une a su hijo, puede acercarlo eficazmente a Cristo y a la Iglesia. Sin embargo, en esa tarea le ha de ayudar siempre su esposo, el padre de familia. (Juan Pablo II. Homilía en Lowicz, n. 2, 14 de junio de 1999)

  • Hoy presenciamos una oposición a Dios por lo que se refiere a la esfera del matrimonio

En la época contemporánea, la vida de la sociedad (quizás sobre todo en los países ricos y desarrollados) está llena de episodios y de acontecimientos que atestiguan la oposición a Dios, a sus planes de amor y de santidad, a sus mandamientos, por lo que se refiere a la esfera del matrimonio y de la familia. Dice el Concilio Vaticano II: “La dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecido por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación” (Gaudiurn et spes, n. 47). Y la Exhortación Familiaris consortio, […] enumera los signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales: “una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí, las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos, las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores, el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional” (n. 6). Así se puede decir que a través de la civilización contemporánea pasa una vasta ola de discordia con el Creador mismo y con Cristo-Redentor: la discusión sobre la unidad e indisolubilidad del matrimonio, la discordia sobre la santidad e inviolabilidad de la vida humana, las controversias sobre la esencia misma de la libertad, de la dignidad y del amor del hombre. (Juan Pablo II. Homilía por ocasión del jubileo de las familias, 25 de marzo de 1984)

  • Todo lo que no incentiva la fidelidad conyugal es anti-familia

Por desgracia, se deben registrar, precisamente en este Año de la Familia, iniciativas difundidas por una parte notable de los medios de comunicación, que, en su sustancia, son anti-familiares. Son iniciativas que dan la prioridad a lo que decide de la descomposición de las familias y de la derrota del ser humano, hombre, mujer o hijos. En efecto se llama bien lo que en realidad es mal: las separaciones, decididas con ligereza; las infidelidades conyugales, no sólo toleradas sino incluso exaltadas; los divorcios; y el amor libre, son propuestos a veces como modelos que imitar. ¿A quién beneficia esta propaganda? ¿De qué fuentes nace? (Juan Pablo II. Ángelus, 20 de febrero de 1994)

  • Las ideologías sobre el género y uniones de hecho no corresponden al concepto de “familia”

Se han presentado algunos proyectos de ley que no corresponden al verdadero bien de la familia fundada en el matrimonio monogámico y con la protección de la inviolabilidad de la vida humana, favoreciendo la infiltración de peligrosas sombras de la cultura de muerte en el hogar. También suscita preocupación la creciente divulgación en los foros internacionales de concepciones erróneas de la sexualidad y de la dignidad y misión de la mujer, ocultas en determinadas ideologías sobre el “género” (gender).
Y ¿qué decir de la crisis de tantas familias separadas, de las personas solas y de la situación de las así llamadas uniones de hecho? Entre las peligrosas estrategias contra la familia existe también el intento de negar dignidad humana al embrión antes de la implantación en el seno materno y de atentar contra su existencia con diversos métodos.
Cuando se habla de la familia, no se puede por menos de aludir a los hijos, que de diversos modos son víctimas inocentes de las comunidades familiares desarticuladas. (Juan Pablo II. Mensaje por ocasión del 20 aniversario de la Familiaris consortio, n. 3, 22 de noviembre de 2001)

  • El vínculo entre personas del mismo sexo nunca constituirá familia

No puede constituir una verdadera familia el vínculo de dos hombres o dos mujeres, y mucho menos se puede a esa unión atribuir el derecho de adoptar niños privados de familia. A esos niños se les produce un daño grave, pues en esa “familia suplente” no encuentran un padre y una madre, sino “dos padres” o “dos madres”. (Juan Pablo II. Ángelus, 20 de febrero de 1994)

  • La Iglesia ha de luchar contra el reconocimiento de uniones ilegítimas

Esta célula básica de la vida social [la familia] está expuesta hoy a un gran peligro a causa de una tendencia, presente en el mundo, que pretende debilitar su naturaleza, por sí misma duradera, sustituyéndola con uniones informales e, incluso, queriendo reconocer como familia uniones entre personas del mismo sexo. También constituyen amenazas mortales contra la familia la negación del derecho a la vida de los niños por nacer y los ataques contra la educación de los jóvenes en el espíritu de los valores cristianos perennes. […] Hace falta un trabajo intenso en el cambio de la mentalidad de la sociedad sobre el papel fundamental de la familia y de la vida del hombre en la sociedad. Es preciso aunar aquí los esfuerzos de la Iglesia, de la escuela y de otros ambientes, para reconstruir el respeto a los valores tradicionales de la familia y cultivarlos en el proceso educativo, en el que todos deberían colaborar, incluso los medios de comunicación social, que ejercen hoy un enorme influjo en la formación de los comportamientos humanos. […] Haced todo lo posible para que la familia en Polonia no se sienta sola en su esfuerzo por conservar su identidad, defended sus derechos y sus valores fundamentales, y ayudadla en la realización de su misión y de sus tareas. […] El bien de la sociedad y de la Iglesia va unido al bien de la familia. Por tanto, es necesario que la familia encuentre un fuerte apoyo en la Iglesia. Os lo pido encarecidamente, porque la cuestión de la familia y de su destino en el mundo de hoy me preocupa mucho. (Juan Pablo II. Discurso al segundo grupo de obispos polacos en visita ad limina, n. 4, 2 de febrero de 1998)

  • Un legislador cristiano no puede contribuir a crear leyes que perjudican la familia

Esto significa que las leyes, sean cuales fueren los campos en que interviene o se ve obligado a intervenir el legislador, tienen que respetar y promover siempre a las personas humanas en sus diversas exigencias espirituales y materiales, individuales, familiares y sociales. […] Así pues, un legislador cristiano no puede contribuir a formularla ni aprobarla en sede parlamentaria, aun cuando, durante las discusiones parlamentarias allí dónde ya existe, le es lícito proponer enmiendas que atenúen su carácter nocivo. Lo mismo puede decirse de toda ley que perjudique a la familia y atente contra su unidad e indisolubilidad, o bien otorgue validez legal a uniones entre personas, incluso del mismo sexo, que pretendan suplantar, con los mismos derechos, a la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer. (Juan Pablo II. Discurso por el jubileo de los gobernantes, parlamentarios y político, n. 4, 4 de noviembre de 2000)

… juzga la idea que tiene Francisco de que Jesucristo fingía sus enfados

  • No hay amor sin justicia

Cristo nos ha dado el mandamiento del amor al prójimo. En este mandamiento está comprendido todo cuanto se refiere a la justicia. No puede existir amor sin justicia. El amor “rebasa” la justicia, pero al mismo tiempo encuentra su verificación en la justicia. Hasta el padre y la madre al amar a su hijo, deben ser justos con él. Si se tambalea la justicia, también el amor corre peligro. Ser justo significa dar a cada uno cuanto le es debido. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 8 de noviembre de 1978)

… juzga la idea de Francisco de que el pecado hace parte de la vida religiosa

  • El pecado es contrario a la dignidad humana

Es precisamente el pecado el que desde el principio hace que el hombre esté en cierto modo desheredado de su propia humanidad. El pecado quita al hombre, de diversos modos, lo que decide su verdadera dignidad: la de imagen y semejanza de Dios. ¡Cada pecado en cierto modo reduce esta dignidad! Cuanto más “esclavo del pecado se hace el hombre” (Jn 8, 34), tanto menos goza de la libertad de los hijos de Dios. Deja de ser dueño de sí, tal como exigiría la estructura misma de su ser persona, es decir, de criatura racional, libre, responsable. […] Al ser racional compete tender a la verdad y existir en la verdad. En lugar de la verdad sobre el bien, el pecado introduce la no verdad: el verdadero bien es eliminado por el pecado en favor de un bien aparente, que no es un bien verdadero, habiendo sido eliminado el verdadero bien en favor del falso. La alienación que acontece con el pecado toca la esfera cognoscitiva, pero a través de la conciencia afecta a la voluntad. […] Como vemos, la real alienación del hombre ―la alienación de un ser hecho a imagen de Dios, racional y libre― no es más que “la esclavitud del pecado” (Rom 3, 9). Y este aspecto del pecado lo pone de relieve con toda fuerza la Sagrada Escritura. El pecado es no sólo contra Dios, es al mismo tiempo contra el hombre. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 9-10, 12 de noviembre de 1986)

  • Reconocerse pecador es el primer paso para volver a Dios

Reconocer el propio pecado, es más, —yendo aún más a fondo en la consideración de la propia personalidad— reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. […] En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la conversión solamente en términos abstractos. En la condición concreta del hombre pecador, donde no puede existir conversión sin el reconocimiento del propio pecado, el ministerio de reconciliación de la Iglesia interviene en cada caso con una finalidad claramente penitencial, esto es, la de conducir al hombre al “conocimiento de sí mismo” según la expresión de Santa Catalina de Siena; a apartarse del mal, al restablecimiento de la amistad con Dios, a la reforma interior, a la nueva conversión eclesial. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 13, 2 de diciembre de 1984)

  • La vocación del hombre es ser divinizado

La Iglesia, al anunciar a Jesús de Nazaret, verdadero Dios y Hombre perfecto, abre a cada ser humano la perspectiva de ser “divinizado” y, por tanto, de hacerse así más hombre. Éste es el único medio por el cual el mundo puede descubrir la alta vocación a la que está llamado y llevarla a cabo en la salvación realizada por Dios. (Juan Pablo II. Bula Incarnationis mysterium, n. 2, 30 de noviembre de 1998)

  • Para el cristiano, no pecar es un mandato, no una invitación

Al respecto podemos afirmar también con San Pablo que “es grande el misterio de la piedad”. También en este sentido la piedad, como fuerza de conversión y reconciliación, afronta la iniquidad y el pecado. Además en este caso los aspectos esenciales del misterio de Cristo son objeto de la piedad en el sentido de que el cristiano acoge el misterio, lo contempla y saca de él la fuerza espiritual necesaria para vivir según el Evangelio. También se debe decir aquí que “el que ha nacido de Dios, no comete pecado”; pero la expresión tiene un sentido imperativo: sostenido por el misterio de Cristo, como manantial interior de energía espiritual, el cristiano es invitado a no pecar; más aún, recibe el mandato de no pecar, y de comportarse dignamente “en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente” (1 Tim 3, 15), siendo un “hijo de Dios”. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 21, 2 de diciembre de 1984)

  • La impecabilidad no es connatural al hombre, pero se puede obtener por la acción de Dios

Refiriéndose sin duda a este misterio, también San Juan, con su lenguaje característico diferente del de San Pablo, pudo escribir que “todo el nacido de Dios no peca, sino que el nacido de Dios le guarda, y el maligno no le toca” (1 Jn 5, 18s). En esta afirmación de San Juan hay una indicación de esperanza, basada en las promesas divinas: el cristiano ha recibido la garantía y las fuerzas necesarias para no pecar. No se trata, por consiguiente, de una impecabilidad adquirida por virtud propia o incluso connatural al hombre, como pensaban los gnósticos. Es un resultado de la acción de Dios. Para no pecar el cristiano dispone del conocimiento de Dios, recuerda San Juan en este mismo texto. Pero poco antes escribía: “Quien ha nacido de Dios no comete pecado, porque la simiente de Dios permanece en él” (1 Jn 3, 9). Si por esta “simiente de Dios” nos referimos —como proponen algunos comentaristas— a Jesús, el Hijo de Dios, entonces podemos decir que para no pecar —o para liberarse del pecado— el cristiano dispone de la presencia en su interior del mismo Cristo y del misterio de Cristo, que es misterio de piedad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 20, 2 de diciembre de 1984)

  • La vida religiosa es camino expreso de una perfección que es preciso lograr

Camino de perfección significa, evidentemente, camino de una perfección que es preciso lograr, y no de una perfección ya alcanzada, como explica con claridad Santo Tomás de Aquino (cf. Summa Theol., II-II, q. 184, a. 5.7). Los que se hallan comprometidos a la práctica de los consejos evangélicos no creen haber alcanzado ya la perfección. Se reconocen pecadores, como todos los demás hombres: pecadores salvados. Pero se sienten y están llamados más expresamente a tender hacia la perfección, que consiste esencialmente en la caridad (cf. Summa Theol., II-II, q. 184, aa. 1.3). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 9 de noviembre de 1994)

  • La más completa realización de la misión de santificar

Como expresión de la santidad de la Iglesia, se debe reconocer una excelencia objetiva a la vida consagrada, que refleja el mismo modo de vivir de Cristo. Precisamente por esto, ella es una manifestación particularmente rica de los bienes evangélicos y una realización más completa del fin de la Iglesia que es la santificación de la humanidad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Vita consecrata, n. 32, 25 de marzo de 1996)

  • Seguir a Cristo con todo el corazón y conformar con Él toda la existencia

Por tanto, en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo “más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija” (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión “conformadora” con Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica.
En efecto, mediante la profesión de los consejos evangélicos la persona consagrada no sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en sí mismo, en cuanto es posible, “aquella forma de vida que escogió el Hijo de Dios al venir al mundo” (Lumen Gentium, n. 44). (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Vita consecrata, n. 16, 25 de marzo de 1996)

  • Testimonio de valor incalculable para la Iglesia y de eficacia inigualable para los que buscan a Dios

El estado religioso tiende a poner en práctica y ayuda a descubrir y amar las bienaventuranzas evangélicas, mostrando la felicidad profunda que se obtiene mediante renuncias y sacrificios. Se trata de un testimonio preclaro, como dice el Concilio, porque refleja algo de la luz divina que encierra la palabra, la llamada, los consejos de Jesús. Además, se trata de un testimonio inestimable, porque los consejos evangélicos, como el celibato voluntario o la pobreza evangélica, constituyen un estilo particular de vida, que tiene un valor incalculable para la Iglesia y una eficacia inigualable para todos los que en el mundo, más o menos directa o conscientemente, buscan el reino de Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 8 de febrero de 1995)

  • El estado religioso siempre ha dado sabrosos frutos de santidad

Queridísimos, vosotros representáis en la Iglesia un estado de vida que se remonta a los primeros siglos de su historia y que ha dado siempre, una y otra vez, abundantes y sabrosos frutos de santidad, de incisivo testimonio cristiano, de apostolado eficaz, e incluso de aportación notable a la formación de un rico patrimonio de cultura y civilización en el ámbito de las diversas familias religiosas. Pues bien, todo esto ha sido y es siempre posible en virtud de esa total y fiel unión con Cristo, de la que habla el Concilio y que no sólo se os pide, sino que incluso es fácilmente realizable por la condición especial de religiosos consagrados al Señor. (Juan Pablo II. Discurso al Consejo de de la Unión de Superiores Generales, n. 2, 26 de noviembre de 1979)

  • Los religiosos avivan en la conciencia de los fieles la llamada a la santidad

De este modo la vida consagrada aviva continuamente en la conciencia del Pueblo de Dios la exigencia de responder con la santidad de la vida al amor de Dios derramado en los corazones por el Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5), reflejando en la conducta la consagración sacramental obrada por Dios en el Bautismo, la Confirmación o el Orden. En efecto, se debe pasar de la santidad comunicada por los sacramentos a la santidad de la vida cotidiana. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Vita Consecrata, n. 33, 25 de marzo de 1996)

… juzga la idea de Francisco de que católicos y musulmanes adoran al mismo Dios

  • Los hombres no pueden entrar en comunión con Dios sino por medio de Cristo

Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. […] Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la vía establecida por Dios mismo. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

  • Es la Trinidad quien garantiza el orden inteligible y racional de todas las cosas

El mismo e idéntico Dios, que fundamenta y garantiza que sea inteligible y racional el orden natural de las cosas […], es el mismo que se revela como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta unidad de la verdad, natural y revelada, tiene su identificación viva y personal en Cristo, como nos recuerda el Apóstol: “Habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús” (Ef 4, 21; cf. Col 1, 15-20). Él es la Palabra eterna, en quien todo ha sido creado, y a la vez es la Palabra encarnada, que en toda su persona revela al Padre (cf. Jn 1, 14.18). (Juan Pablo II. Encíclica Fides et ratio, n. 34, 14 de septiembre de 1998)

… juzga la idea de Francisco de que las sectas hacen parte de la Iglesia

  • La unicidad de la Iglesia está en conexión con la mediación única de Cristo

En conexión con la unicidad de la mediación salvífica de Cristo está la unicidad de la Iglesia que él fundó. En efecto, el Señor Jesús constituyó su Iglesia como realidad salvífica: como su Cuerpo, mediante el cual él mismo actúa en la historia de la salvación. Como sólo hay un Cristo, así existe un solo cuerpo suyo: “una sola Iglesia católica y apostólica” (cf. Símbolo de fe, DS 48). El Concilio Vaticano II dice al respecto: “El santo Concilio […], basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación” (Lumen gentium, n. 14). (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, n. 4, 28 de enero de 2000)

  • Es erróneo considerar a la Iglesia como un camino de salvación al lado de los que constituyen otras religiones

Por consiguiente, es erróneo considerar a la Iglesia como un camino de salvación al lado de los que constituyen otras religiones, las cuales serían complementarias con respecto a la Iglesia, encaminándose juntamente con ella hacia el reino escatológico de Dios. Así pues, se ha de excluir cierta mentalidad de indiferentismo “marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que una religión vale la otra” (Redemptoris missio, n. 36). (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, n. 4, 28 de enero de 2000)

  • Desviaciones de perspectiva sincretista

Hay que tener presente, sin embargo, que no faltan desviaciones que han dado origen a sectas y movimientos gnósticos o pseudorreligiosos, configurando una moda cultural de vastos alcances que, a veces, encuentra eco en amplios sectores de la sociedad y llega incluso a tener influencia en ambientes católicos. Por eso, algunos de ellos, en una perspectiva sincretista, amalgaman elementos bíblicos y cristianos con otros extraídos de filosofías y religiones orientales, de la magia y de técnicas psicológicas. Esta expansión de las sectas y de nuevos grupos religiosos que atraen a muchos fieles y siembran confusión e incertidumbre entre los católicos es motivo de inquietud pastoral. (Juan Pablo II. Discurso a un grupo de obispos argentinos en visita ad limina, 7 de febrero de 1995)

… juzga los métodos educativos de la juventud que tiene Francisco

  • Sin Dios, los valores creados quedan vacíos

Cristo responde a su joven interlocutor del Evangelio. Él le dice: “Nadie es bueno sino sólo Dios”. Hemos oído ya lo que el otro preguntaba. “Maestro bueno ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?” ¿Cómo actuar, a fin de que mi vida tenga sentido, pleno sentido y valor? Nosotros podemos traducir así su pregunta en el lenguaje de nuestro tiempo. En este contexto la respuesta de Cristo quiere decir: sólo Dios es el último fundamento de todos los valores; sólo Él da sentido definitivo a nuestra existencia humana. Sólo Dios es bueno, lo cual significa: en Él y sólo en Él todos los valores tienen su primera fuente y su cumplimiento final; en Él “el alfa y la omega, el principio y el fin” (Ap 21, 6). Solamente en Él hallan su autenticidad y confirmación definitiva. Sin Él —sin la referencia a Dios— todo el mundo de los valores creados queda como suspendido en un vacío absoluto, pierde su transparencia y expresividad. El mal se presenta como bien y el bien es descartado. ¿No nos indica esto mismo la experiencia de nuestro tiempo, donde quiera que Dios ha sido eliminado del horizonte de las valoraciones, de los criterios, de los actos? […] Ruego insistentemente, a fin de que vosotros, jóvenes amigos, escuchéis esta respuesta de Cristo de modo verdaderamente personal, para que encontréis el camino interior que os ayude a comprenderla, para aceptarla y hacerla realidad. […] El hombre sin Dios no puede comprenderse a sí mismo ni puede tampoco realizarse sin Dios. Jesucristo ha venido al mundo ante todo para hacer a cada uno de nosotros conscientes de ello. Sin Él esta dimensión fundamental de la verdad sobre el hombre caería fácilmente en la oscuridad. Sin embargo, “vino la luz al mundo” (Jn 3, 19; cf. 1, 9), “pero las tinieblas no la acogieron” (Jn 1, 5). (Juan Pablo II. Carta apostólica Dilecti amici, n. 4, 31 de marzo1985)

  • Cristo os llama a comprometeros en favor del bien

Sé que con frecuencia os preguntáis acerca de cómo vivir vuestra vida de manera que valga la pena; cómo comportaros de modo que vuestra existencia esté llena y no caiga en un vacío; cómo hacer algo para mejorar la sociedad en la que vivís, saliendo al paso de los graves males que sufre y que repugnan a vuestra sed de sinceridad, de fraternidad, de justicia, de paz, de solidaridad. […] Cristo os llama a comprometeros en favor del bien, de la destrucción del egoísmo y del pecado en todas sus formas. Quiere que construyáis una sociedad en la que se cultiven los valores morales que Dios desea ver en el corazón y en la vida del hombre. Cristo os invita a ser hijos fieles de Dios, operadores de bien, de justicia, de hermandad, de amor, de honestidad y concordia. Cristo os alienta a llevar siempre en vuestro espíritu y en vuestras acciones la esencia del Evangelio: el amor a Dios y el amor al hombre. (Juan Pablo II. Discurso a los jóvenes, n. 2, 3 de marzo de 1983)

  • Buscar la santidad en el estudio y en el trabajo

Ahora ya podemos captar cuál es el significado más profundo del estudio y del trabajo al mismo tiempo: la búsqueda de la santidad. La tarea que se abre ante vosotros, que os proponéis dar testimonio cristiano en el trabajo universitario, puede encerrarse en una palabra llena de contenido: santidad. Santidad en el estudio y por medio del estudio. El mundo del trabajo tiene necesidad de vuestra vida santa. […] Y como el pecado que deteriora las obras del hombre y perturba los ambientes de su actividad transformándolos en lugares de lucha y odios, es obstáculo del amor de Dios, resulta evidente que el cristiano estará al servicio del mundo del trabajo solamente si lucha contra el pecado que anida en su alma. (Juan Pablo II. Discurso al Congreso Internacional UNIV 83, n. 3, 29 de marzo de 1983)

… juzga la idea de que el hombre es el centro de la vida cristiana que tiene Francisco

  • Los jóvenes deben fundamentar su fe sobre la roca que es Cristo

La finalidad principal de las Jornadas es la de colocar a Jesucristo en el centro de la fe y de la vida de cada joven, para que sea el punto de referencia constante y la luz verdadera de cada iniciativa y de toda tarea educativa de las nuevas generaciones. Es el “estribillo” de cada Jornada Mundial. Y todas juntas, a lo largo de este decenio, aparecen como una continua y apremiante invitación a fundamentar la vida y la fe sobre la roca que es Cristo. (Juan Pablo II. Carta con motivo del seminario de estudio sobre las Jornadas Mundiales de la Juventud, n. 1, 8 de mayo de 1996)

  • Cumplir los mandamientos y confesar con frecuencia para alcanzar el cielo

Conocéis bien la respuesta. Sabéis que para alcanzar la vida eterna es preciso cumplir los mandamientos, es preciso vivir de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, que nos son transmitidas continuamente por su Iglesia. Por eso, queridos hermanos, os animo a comportaros siempre como buenos cristianos, a cumplir los mandamientos, a asistir a misa los domingos, a cuidar vuestra formación cristiana acudiendo a las catequesis que vuestros pastores imparten, a confesaros con frecuencia, a trabajar, a ser buenos padres y esposos fieles, a ser buenos hijos. No caigáis en la seducción de los vicios, como el abuso del alcohol, que tantos estragos causa: ni prestéis vuestra colaboración al narcotráfico, causa de la destrucción de tantas personas en el mundo. (Juan Pablo II. Homilía en la Colonia Patria Nueva en México, n. 5, 11 de mayo de 1990)

  • La santidad consiste en la heroicidad de la práctica de la virtud

Es natural recordar aquí la solemne proclamación de algunos fieles laicos, hombres y mujeres, como beatos y santos, durante el mes en el que se celebró el Sínodo. Todo el Pueblo de Dios, y los fieles laicos en particular, pueden encontrar ahora nuevos modelos de santidad y nuevos testimonios de virtudes heroicas vividas en las condiciones comunes y ordinarias de la existencia humana. Como han dicho los Padres sinodales: “Las Iglesias locales, y sobre todo las llamadas Iglesias jóvenes, deben reconocer atentamente entre los propios miembros, aquellos hombres y mujeres que ofrecieron en estas condiciones (las condiciones ordinarias de vida en el mundo y el estado conyugal) el testimonio de una vida santa, y que pueden ser ejemplo para los demás, con objeto de que, si se diera el caso, los propongan para la beatificación y canonización”. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Chistifideles laici, n. 17, 30 de diciembre de 1988)

  • Nuestra fe se consolida viendo el amor con que Cristo asumió nuestra naturaleza

Jesucristo, el Verbo eterno de Dios que está en el seno del Padre desde siempre (cf. Jn 1, 18), es nuestra esperanza porque nos ha amado hasta el punto de asumir en todo nuestra naturaleza humana, excepto el pecado, participando de nuestra vida para salvarnos. La confesión de esta verdad está en el corazón mismo de nuestra fe. La pérdida de la verdad sobre Jesucristo, o su incomprensión, impiden ahondar en el misterio mismo del amor de Dios y de la comunión trinitaria.
Jesucristo es nuestra esperanza porque revela el misterio de la Trinidad. Éste es el centro de la fe cristiana, que puede ofrecer todavía una gran aportación, como lo ha hecho hasta ahora, a la edificación de estructuras que, inspirándose en los grandes valores evangélicos o confrontándose con ellos, promuevan la vida, la Historia y la cultura de los diversos pueblos del Continente. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, n. 19, 28 de junio de 2003)

  • La fe cristiana se mantiene creyendo en la resurrección de Cristo

La Pascua es el centro del año litúrgico y el centro de la vida del cristiano, precisamente porque es recuerdo vivo del misterio central de la salvación: la muerte y resurrección del Señor. […] Un conocido estudioso de nuestro siglo, Romano Guardini, meditando en el misterio pascual y en sus consecuencias para la vida del creyente y de la Iglesia, afirma que “la fe cristiana se mantiene o se pierde en la medida en que se cree o no se cree en la resurrección del Señor. La resurrección no es un fenómeno marginal de esta fe, y mucho menos un desarrollo mitológico, que la fe hubiera tomado de la historia y que más tarde pudo desaparecer sin perder su contenido: es su centro” (El Señor, parte VI, 1).
El anuncio de la muerte y resurrección de Cristo es el centro de la fe. De la adhesión dócil y alegre a este misterio brota el auténtico seguimiento del Señor y la misión salvífica confiada al pueblo de Dios, peregrino en la tierra a la espera de la vuelta gloriosa de Jesús. A la luz de esta verdad evangélica tan fundamental, se comprende plenamente que Jesucristo, y sólo Jesucristo, es realmente camino, verdad y vida, Él que es luz del mundo e imagen humana del Padre. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1.3, 14 de abril de 1993)

  • Un pueblo profundamente cristiano está anclado en Cristo

Han pasado muchos siglos desde Cristo. La heredad de Dios ha ido creciendo maravillosamente —no sin que se repitan los rechazos, las incomprensiones y luchassobre la piedra angular: Cristo muerto y resucitado. Cada día son más los hombres y pueblos que lo aceptan con fe y con amor, que buscan en Él el fundamento sólido para construir un mundo mejor y más unido, donde se sientan a salvo bajo la mirada bondadosa de un solo Dios y Padre. Entre todos esos pueblos que no rechazaron, sino que hicieron de la fe en Jesús el centro de su historia, está la querida España, profundamente cristiana; entre esos hombres, herederos de Dios por el bautismo que asimila al Hijo muerto y resucitado, os contáis también vosotros, hermanos y hermanas de esta parroquia madrileña de Orcasitas, reunidos junto al altar del mismo Cristo. A todos os siento muy dentro de mí y os acojo como miembros queridísimos de su Iglesia. (Juan Pablo II. Homilía en la Iglesia de San Bartolomé de Orcasitas, n. 2, 3 de noviembre de 1982)

  • Todos se benefician de las diversas formas de espiritualidad

En esta importante tarea hay que ayudarles siempre a fortalecer su consagración al Señor viviendo día a día los consejos evangélicos. “Quienes han abrazado la vida consagrada están llamados a convertirse en guías en la búsqueda de Dios, una búsqueda que siempre ha apasionado al corazón humano y es particularmente visible en las diversas formas de espiritualidad y ascetismo de Asia” (Ecclesia in Asia, n. 44). Por esta razón, los religiosos pueden desempeñar un papel esencial en el compromiso general de la Iglesia en favor de la evangelización. (Juan Pablo II. Discurso a la Conferencia Episcopal de Indonesia con ocasión de la visita ad limina, n. 6, 29 de marzo de 2003)

… juzga las ideas pro-comunistas de Francisco pronunciadas con los Movimientos Populares

  • Algunas interpretaciones de la “opción por los pobres” han convergido en una “politización” de la vida consagrada generando conflictos, violencias y partidismos

No han faltado casos en los que esta opción [por los pobres] ha llevado a una politización de la vida consagrada, no exenta de opciones partidistas y violentas, con la instrumentalización de personas e instituciones religiosas para fines ajenos a la misión de la Iglesia. Es necesario, pues, recordar lo dicho en la Instrucción Libertatis conscientia: «La opción preferencial por los pobres, lejos de ser un signo de particularismo o de sectarismo, manifiesta la universalidad del ser y de la misión de la Iglesia. Dicha opción no es exclusiva. Esta es la razón por la que la Iglesia no puede expresarla mediante categorías sociológicas e ideológicas reductivas, que harían de esta preferencia una opción partidista y de naturaleza conflictiva» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, Libertatis conscientia, 68). (Juan Pablo II. Carta Apostólica a los religiosos y religiosas de América Latina en el V centenario de la evangelización del Nuevo Mundo, n. 20, 29 de junio de 1990)

  • El comunismo es una utopía fracasada. El capitalismo al nivel de principios básicos es conforme con la ley natural

A los polacos usted les ha dicho una vez “buscad una vía hasta ahora inexplorada”. ¿Es un llamado para la búsqueda de una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo?
“Temo que esta tercera vía sea otra utopía. Por una parte, tenemos el comunismo que es una utopía que puesta en práctica ha demostrado trágicamente fracasar. Por otra parte está el capitalismo que en su dimensión práctica, al nivel de sus principios básicos sería aceptable desde el punto de vista de la doctrina social de la Iglesia, siendo en varios aspectos conforme a la ley natural. Es la opinión ya expresada por el Papa León XIII. Desafortunadamente suceden abusos – diversas formas de injusticia, la explotación, la violencia y la arrogancia – que algunos hacen de esta práctica en sí aceptable, y luego llegamos a las formas de un capitalismo salvaje. Son los abusos del capitalismo que debe ser condenados. (Juan Pablo II. Entrevista al periodista Jas Gawronski publicada en el periódico “La Stampa”, 2 de noviembre de 1993)

  • El marxismo en nombre de la justicia y la igualdad violó la libertad y la dignidad de los individuos y de la sociedad civil: convirtió al hombre en esclavo

Tenemos detrás de nosotros un historia larga y dolorosa, y sentimos la necesidad irrefrenable de mirar hacia el futuro. La memoria histórica, sin embargo nos debe acompañar, porque podemos hacer que la experiencia de estas décadas interminables, en que incluso vuestro país [Lituania] ha sentido el peso de una férrea dictadura que, en nombre de la justicia y la igualdad, violó la libertad y la dignidad de los individuos y de la sociedad civil. ¿Cómo pudo suceder esto?
El análisis sería complejo. Me parece, sin embargo, poder decir que entre las razones no menos importantes es el ateísmo militante en el que el marxismo se inspiró: un ateísmo ofensivo incluso del hombre cuya dignidad sustraía el fundamento y la garantía más sólida. A este error se añadirán otros, como la concepción materialista de la historia, la visión duramente conflictiva de la sociedad, el papel “mesiánico” atribuido al partido único, señor del Estado. Todo convergerá para que este sistema, nacido con la presunción de liberar al hombre, termine por hacerlo esclavo. (Juan Pablo II. Discurso al mundo académico e intelectuales de Lituania, 5 de septiembre de 1993)

  • El fracaso económico del comunismo demostró ser una utopía trágica

Aquello que durante años era imposible, hoy se ha convertido en realidad. ¿Cuáles coordinantes han contribuido y contribuyen para explicar el punto donde estamos? “Varsovia, Moscú, Budapest, Berlín, Praga, Sofía, Bucarest, para nombrar sólo las Capitales, que se han convertido prácticamente en las etapas de una peregrinación hacia la libertad” (Discurso al Cuerpo Diplomático 13 de enero de 1990). Aparentemente, todo comenzó con el colapso de la economía. Era este el terreno elegido para construir un mundo nuevo, un hombre nuevo, guiado por la perspectiva del bienestar; pero con un proyecto existencial rigurosamente limitado al horizonte terreno. Esta esperanza resultó una utopía trágica, porque eran desatendidos y negados algunos aspectos esenciales de la persona humana: su unicidad, el hecho de ser irrepetible, su anhelo incontenible para la libertad y la verdad, su incapacidad de sentirse feliz excluyendo la relación trascendente con Dios. Esta dimensión de la persona puede ser por un cierto tiempo negada, pero no perennemente rechazada. La pretensión de construir un mundo sin Dios se ha demostrado ilusoria. No podía ser de otra manera. Permanecía misteriosa sólo el momento y la modalidad. El sufrimiento de los perseguidos por la justicia (cf. Mt 5,10), la solidaridad de cuantos se han unido en el compromiso por la dignidad del hombre, el ansia del sobrenatural inherente al alma humana, la oración de los justos contribuyó para ayudarles a volver a la senda de la libertad en la verdad. (Juan Pablo II. Discurso en el aeropuerto internacional de Praga, 21 de abril de 1990)

  • La historia del mundo ha puesto de manifiesto la falacia del marxismo como sistema teórico y práctico para resolver las cuestiones humanas

El mismo curso de la historia mundial está poniendo de manifiesto la falacia de las soluciones propuestas por el marxismo. Este sistema teórico y práctico exacerba metódicamente las divisiones entre los hombres, y pretende resolver las cuestiones humanas dentro de un horizonte cerrado a la trascendencia. En la orilla opuesta, la experiencia contemporánea de los países más desarrollados pone de manifiesto otras graves deficiencias: una visión de la vida basada sólo en el bienestar material y en una libertad egoísta que se autoconsidera ilimitada. Estas consideraciones ofrecen, por contraste, orientaciones claras para vuestro futuro. No existe verdadero progreso al margen de la verdad integral sobre el hombre, que los cristianos sabemos que sólo se encuentra en Cristo. Anheláis, ciertamente, la prosperidad junto con la tan necesaria superación de diferencias económicas y culturales y con la plena integración de todas las regiones de vuestra extensa geografía en un amplio programa de progreso y desarrollo. Sin embargo, todo esto será frágil y precario si no va unido a una cristianización más profunda de vuestra tierra. (Juan Pablo II. Discurso al Presidente de la República de Chile, 22 de abril de 1991)

  • Existe una creencia engañosa: la única esperanza para mejorar la sociedad está en promover la lucha y el odio entre los grupos sociales, en la utopía de una sociedad sin clases

Participando, como sacerdote, obispo y cardenal, en la vida de innumerables jóvenes en la universidad, en los grupos juveniles, en las excursiones por las montañas, en los círculos de reflexión y oración, aprendí que un joven comienza peligrosamente a envejecer cuando se deja engañar por el principio, fácil y cómodo, de que “el fin justifica los medios”; cuando llega a creer que la única esperanza para mejorar la sociedad está en promover la lucha y el odio entre los grupos sociales, en la utopía de una sociedad sin clases, que se revela muy pronto como creadora de nuevas clases. Me convencí de que sólo el amor aproxima lo que es diferente y realiza la unión en la diversidad. Las palabras de Cristo “Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 13, 34), me parecían entonces, por encima de su inigualable profundidad teológica, como germen y principio de la única transformación lo suficientemente radical como para ser apreciada por un joven. Germen y principio de la única revolución que no traiciona al hombre. Sólo el amor verdadero construye. (Juan Pablo II. Homilía durante la misa para los jóvenes, Belo Horizonte, Brasil, 1 de julio de 1980)

  • El error de interpretar el problema de los pobres en clave marxista: ideologías engañosas, utopías que llevan a la violencia

Sin embargo, se han dado casos en los que una interpretación errónea del problema de los pobres en clave marxista ha llevado a un falso concepto y a una praxis anómala de la opción por los pobres y del voto de pobreza, desvirtuado por falta de referencia a la pobreza de Cristo y desconectado de su medida que es la vida teologal. La vida consagrada tiene que estar, pues, firmemente afianzada en las virtudes teologales, para que la fe no ceda al espejismo de las ideologías; la esperanza cristiana no se confunda con las utopías; la caridad universal, que llega hasta el límite del amor a los enemigos, no sucumba ante la tentación de la violencia. (Juan Pablo II. Carta Apostólica a los religiosos y religiosas de América Latina en el V centenario de la evangelización del Nuevo Mundo, n. 20, 29 de junio de 1990)

  • La utopía comunista lanzó a muchos en una mentira que ha herido profundamente la naturaleza humana: sacrificaron familia, energías y su propia dignidad

El reflujo del marxismo-leninismo ateo como sistema político totalitario en Europa está lejos de solucionar los dramas que ha provocado en estos tres cuartos de siglo. Todos los que han sido afectados por este sistema totalitario de un modo u otro, sus responsables y sus partidarios, como sus más extremos opositores, se han convertido en sus víctimas. Quienes han sacrificado por la utopía comunista su familia, sus energías y su dignidad comienzan a tomar conciencia de haber sido arrastrados en una mentira que ha herido profundamente la naturaleza humana. Los demás encuentran una libertad para la cual no estaban preparados y cuyo uso permanece hipotético, pues viven en condiciones políticas, sociales y económicas precarias, y experimentan una situación cultural confusa, con el despertar sangriento de los antagonismos nacionalistas. En su conclusión el Simposio pre-sinodal os preguntaba ¿hacia dónde y hacia quién se dirigirán aquellos cuyas esperanzas utópicas acaban de desvanecerse? El vacío espiritual que mina la sociedad es, ante todo, un vacío cultural. Y es la conciencia moral, renovada por el Evangelio de Cristo, que puede llenarlo verdaderamente. (Juan Pablo II. Discurso a la Asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Cultura, 10 de enero de 1992)

  • Las utopías, las ideologías y la tentación de realizar transformaciones sociales que conducen a la lucha de clases, no forman parte de la Revelación ni del Magisterio de la Iglesia

El Concilio Vaticano II, recordando el texto de la primera carta de san Juan que mencionamos aquí, nos muestra todo el dinamismo de la evangelización en las palabras de San Agustín, que subrayan que el amor debe guiar todo el proceso de la evangelización, de manera que el mundo entero, a través de la proclamación de la salvación, escuchando crea, creyendo espere, y esperando ame (cf. Dei Verbum, 1).
La fe que se basa sobre la Revelación y sobre el Magisterio de la Iglesia preserva la evangelización de la tentación de las utopías humanas: la esperanza cristiana no confunde la salvación con ideologías de ningún tipo; la caridad que debe animar la obra de la evangelización, preserva el anuncio evangélico de la tentación de la pura estrategia de una transformación social o de la violencia súbita que conduce a la lucha de clases. (Juan Pablo II. Carta por ocasión de la XV Asamblea General Ordinaria de la Conferencia de los Religiosos de Brasil, 11 de julio de 1989)

  • El comunismo: grandísima injusticia, gran utopía destructiva que no realizó el “paraíso” de la justicia en la tierra

Este mensaje de la Divina Misericordia, el mensaje de Cristo misericordioso, salió de esta tierra, pasó también a través de vuestra ciudad, y se fue difundiendo por todo el mundo. Este mensaje ha preparado generaciones enteras para que puedan hacer frente a la grandísima injusticia organizada en nombre de una gran utopía destructiva, que habría de haber realizado en la tierra “el paraíso de la justicia absoluta.” (Juan Pablo II. Homilía durante la beatificación de la Madre Boleslawa Lament, 5 de junio de 1991)

  • Sistemas que se dicen científicos para la renovación social, se convirtieron en trágicas utopías: la Fe en Cristo demostró que la religión no es el opio del pueblo

Un sentimiento común parece dominar hoy a la gran familia humana. Todos se preguntan qué futuro hay que construir en paz y solidaridad, en este paso de una época cultural a otra. Las grandes ideologías han mostrado su fracaso ante la dura prueba de los acontecimientos. Sistemas, que se dicen científicos de renovación social, incluso de redención del hombre por sí mismo, mitos de la realización revolucionaria del hombre, se han revelado a los ojos del mundo entero como lo que eran: trágicas utopías que han producido una regresión sin precedentes en la historia atormentada de la humanidad. En medio de sus hermanos, la resistencia heroica de las comunidades cristianas contra el totalitarismo inhumano ha suscitado la admiración. El mundo actual redescubre que la fe en Cristo, lejos de ser el opio de los pueblos, es la mejor garantía y el estímulo de su libertad. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Cultura, n.2, 12 de enero de 1990)

… juzga la idea de posibilidad de ruptura del vínculo matrimonial que tiene Francisco

  • Si el Romano Pontífice pudiese disolver el vínculo matrimonial, éste no sería indisoluble

Este encuentro con vosotros, miembros del Tribunal de la Rota Romana, es un contexto adecuado para hablar también a toda la Iglesia sobre el límite de la potestad del Sumo Pontífice con respecto al matrimonio rato y consumado, que “no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa, fuera de la muerte” (Código de Derecho Canónico, c. 1141; Código de Cánones de las Iglesias Orientales, c. 853). Esta formulación del Derecho Canónico no es sólo de naturaleza disciplinaria o prudencial, sino que corresponde a una verdad doctrinal mantenida desde siempre en la Iglesia.
Con todo, se va difundiendo la idea según la cual la potestad del Romano Pontífice, al ser vicaria de la potestad divina de Cristo, no sería una de las potestades humanas a las que se refieren los cánones citados y, por consiguiente, tal vez en algunos casos podría extenderse también a la disolución de los matrimonios ratos y consumados. Frente a las dudas y turbaciones de espíritu que podrían surgir, es necesario reafirmar que el matrimonio sacramental rato y consumado nunca puede ser disuelto, ni siquiera por la potestad del Romano Pontífice. La afirmación opuesta implicaría la tesis de que no existe ningún matrimonio absolutamente indisoluble, lo cual sería contrario al sentido en que la Iglesia ha enseñado y enseña la indisolubilidad del vínculo matrimonial. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 6, 21 de enero de 2000)

  • Ni la Escritura, ni la Tradición, ni el Magisterio conocen una facultad del Romano Pontífice para la disolución del matrimonio

En efecto, el Romano Pontífice tiene la “potestad sagrada” de enseñar la verdad del Evangelio, administrar los sacramentos y gobernar pastoralmente la Iglesia en nombre y con la autoridad de Cristo, pero esa potestad no incluye en sí misma ningún poder sobre la ley divina, natural o positiva. Ni la Escritura ni la Tradición conocen una facultad del Romano Pontífice para la disolución del matrimonio rato y consumado; más aún, la praxis constante de la Iglesia demuestra la convicción firme de la Tradición según la cual esa potestad no existe. Las fuertes expresiones de los Romanos Pontífices son sólo el eco fiel y la interpretación auténtica de la convicción permanente de la Iglesia.
Así pues, se deduce claramente que el Magisterio de la Iglesia enseña la no extensión de la potestad del Romano Pontífice a los matrimonios sacramentales ratos y consumados como doctrina que se ha de considerar definitiva, aunque no haya sido declarada de forma solemne mediante un acto de definición. En efecto, esa doctrina ha sido propuesta explícitamente por los Romanos Pontífices en términos categóricos, de modo constante y en un arco de tiempo suficientemente largo. Ha sido hecha propia y enseñada por todos los obispos en comunión con la Sede de Pedro, con la convicción de que los fieles la han de mantener y aceptar. En este sentido la ha vuelto a proponer el Catecismo de la Iglesia Católica. Por lo demás, se trata de una doctrina confirmada por la praxis multisecular de la Iglesia, mantenida con plena fidelidad y heroísmo, a veces incluso frente a graves presiones de los poderosos de este mundo. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 8, 21 de enero de 2000)

  • Es un testimonio de gran valor el cónyuge que sufrió un divorcio y sigue respetando la indisolubilidad del vínculo matrimonial

Parecido es el caso del cónyuge que ha tenido que sufrir el divorcio, pero que —conociendo bien la indisolubilidad del vínculo matrimonial válido— no se deja implicar en una nueva unión, empeñándose en cambio en el cumplimiento prioritario de sus deberes familiares y de las responsabilidades de la vida cristiana. En tal caso su ejemplo de fidelidad y de coherencia cristiana asume un particular valor de testimonio frente al mundo y a la Iglesia, haciendo todavía más necesaria, por parte de ésta, una acción continua de amor y de ayuda, sin que exista obstáculo alguno para la admisión a los sacramentos. (Exhortación Aspotólica Familiaris Consortio,83)

  • Declarar nulo a un matrimonio es lo mismo que decir que el matrimonio no ha existido

Ciertamente, “la Iglesia, tras examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar ‘la nulidad del matrimonio’, es decir, que el matrimonio no ha existido”, y, en este caso, los contrayentes “quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión anterior” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1629). Sin embargo, las declaraciones de nulidad por los motivos establecidos por las normas canónicas, especialmente por el defecto y los vicios del consentimiento matrimonial (cf. Código de Derecho Canónico, c. 1095-1107), no pueden estar en contraste con el principio de la indisolubilidad. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 4, 21 de enero de 2000)

  • La declaración de nulidad no es un divorcio con otro nombre

La indisolubilidad del matrimonio es una enseñanza que proviene de Cristo mismo, y los pastores y los agentes pastorales tienen como primer deber ayudar a las parejas a superar cualquier dificultad que pueda surgir. Remitir las causas matrimoniales al tribunal debería ser el último recurso. Hay que ser muy prudentes al explicar a los fieles lo que significa una declaración de nulidad, para evitar el peligro de que la consideren como un divorcio con nombre diferente. El tribunal ejerce un ministerio de verdad: su finalidad es “comprobar si existen factores que por ley natural, divina o eclesiástica, invalidan el matrimonio; y llegar a emanar una sentencia verdadera y justa sobre la pretendida inexistencia del vínculo conyugal” (Discurso a la Rota Romana, 4 de febrero de 1980, n. 2). El proceso que lleva a una decisión judicial acerca de la presunta nulidad del matrimonio debería demostrar dos aspectos de la misión pastoral de la Iglesia. En primer lugar, tendría que manifestar claramente el deseo de ser fieles a la enseñanza del Señor sobre la naturaleza permanente del matrimonio sacramental. En segundo lugar, debería inspirarse en una auténtica solicitud pastoral para con los que recurren al ministerio del tribunal a fin de que aclarar su situación en la Iglesia. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de Colorado, Wyoming, Utah, Arizona y Nuevo México en vista ad limina, n. 4, 17 de octubre de 1998)

  • Las declaraciones de nulidad matrimonial deben presentarse y actuarse en un ámbito eclesial profundamente a favor del matrimonio indisoluble

Más aún, la actitud de la Iglesia es favorable a convalidar, si es posible, los matrimonios nulos (cf. Código de Derecho Canónico, c. 1676; Código de Cánones de las Iglesias Orientales, c. 1362). Es verdad que la declaración de nulidad matrimonial, según la verdad adquirida a través del proceso legítimo, devuelve la paz a las conciencias, pero esa declaración —y lo mismo vale para la disolución del matrimonio rato y no consumado y para el privilegio de la fe— debe presentarse y actuarse en un ámbito eclesial profundamente a favor del matrimonio indisoluble y de la familia fundada en él. Los esposos mismos deben ser los primeros en comprender que sólo en la búsqueda leal de la verdad se encuentra su verdadero bien, sin excluir a priori la posible convalidación de una unión que, aun sin ser todavía matrimonial, contiene elementos de bien, para ellos y para los hijos, que se han de valorar atentamente en conciencia antes de tomar una decisión diferente. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores defensores del vínculo y abogados de la Rota Romana, n. 6, 28 de enero de 2002)

  • Un matrimonio fracasado no es sinónimo de matrimonio inválido

¿Qué decir, entonces, de la tesis según la cual el fracaso mismo de la vida conyugal debería hacer presumir la invalidez del matrimonio? Por desgracia, la fuerza de este planteamiento erróneo es a veces tan grande, que se transforma en un prejuicio generalizado, el cual lleva a buscar las pruebas de nulidad como meras justificaciones formales de un pronunciamiento que, en realidad, se apoya en el hecho empírico del fracaso matrimonial. Este formalismo injusto de quienes se oponen al favor matrimonii tradicional puede llegar a olvidar que, según la experiencia humana marcada por el pecado, un matrimonio válido puede fracasar a causa del uso equivocado de la libertad de los mismos cónyuges. (Juan Pablo II. Discurso a los miembros del Tribunal de la Rota Romana, n. 5, 29 de enero de 2004)

  • Los casos del privilegio paulino son relativamente poco frecuentes

Quisiera citar, en particular, una afirmación del Papa Pío XII: “El matrimonio rato y consumado es, por derecho divino, indisoluble, puesto que no puede ser disuelto por ninguna autoridad humana (cf. Código de Derecho Canónico, c. 1118). Sin embargo, los demás matrimonios, aunque sean intrínsecamente indisolubles, no tienen una indisolubilidad extrínseca absoluta, sino que, dados ciertos presupuestos necesarios, pueden ser disueltos (se trata, como es sabido, de casos relativamente muy raros), no sólo en virtud del privilegio paulino, sino también por el Romano Pontífice en virtud de su potestad ministerial” (Discurso a la Rota Romana, 3 de octubre de 1941: AAS 33 [1941] 424-425). Con estas palabras, Pío XII interpretaba explícitamente el canon 1118, que corresponde al actual canon 1141 del Código de Derecho Canónico y al canon 853 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales, en el sentido de que la expresión “potestad humana” incluye también la potestad ministerial o vicaria del Papa, y presentaba esta doctrina como pacíficamente sostenida por todos los expertos en la materia. En este contexto, conviene citar también el Catecismo de la Iglesia Católica, con la gran autoridad doctrinal que le confiere la intervención de todo el Episcopado en su redacción y mi aprobación especial. En él se lee: “Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás. Este vínculo, que resulta del acto humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio, es una realidad ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada por la fidelidad de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina” (n. 1640).
(Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 6, 21 de enero de 2000)

… juzga la idea de una Iglesia pobre para los pobres que tiene Francisco

  • El pobre de la bienaventuranza no es el indigente

Hay que recordar que ya en el antiguo Testamento se había hablado de los “pobres del Señor” (cf. Sal 74, 19; 149, 4s), objeto de la benevolencia divina (cf. Is 49, 13; 66, 2). No se trataba simplemente de personas que se hallaban en un estado de indigencia, sino más bien de personas humildes que buscaban a Dios y se ponían con confianza bajo su protección. Estas disposiciones de humildad y confianza aclaran la expresión que emplea el evangelista Mateo en la versión de las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres de espíritu” (Mt 5, 3). Son pobres de espíritu todos los que no ponen su confianza en el dinero o en los bienes materiales, sino que, por el contrario, se abren al reino de Dios. Pero es precisamente éste el valor de la pobreza que Jesús alaba y aconseja como opción de vida, que puede incluir una renuncia voluntaria a los bienes, y precisamente en favor de los pobres. Es un privilegio de algunos ser elegidos y llamados por él para seguir este camino. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 30 de noviembre de 1994)

  • Son bienaventurados los ricos de Dios, tengan o no bienes materiales

Pobres de espíritu son aquellos que, careciendo de bienes terrenales, saben vivir con dignidad humana los valores de una pobreza espiritual rica de Dios; y aquellos que, poseyendo los bienes materiales, viven el desprendimiento interior y la comunicación de bienes con los que sufren necesidad. De los pobres de espíritu es el reino de los cielos. Esta es la recompensa que Jesús les promete. No se puede prometer más. (Juan Pablo II. Homilía en la Misa para los jóvenes en el Hipódromo de Monterrico, n. 10, 2 de febrero de 1985)

  • La salvación no puede venir más que de Jesucristo

Remontándonos a los orígenes de la Iglesia, vemos afirmado claramente que Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. A las autoridades religiosas judías que interrogan a los Apóstoles sobre la curación del tullido realizada por Pedro, éste responde: “Por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros… Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Act 4, 10. 12). Esta afirmación, dirigida al Sanedrín, asume un valor universal, ya que para todos —judíos y gentiles— la salvación no puede venir más que de Jesucristo. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

  • Sólo el que sufre en unión con Cristo y la Iglesia puede tener parte en el sufrimiento redentor

El que sufre en unión con Cristo —como en unión con Cristo soporta sus “tribulaciones” el apóstol Pablo— no sólo saca de Cristo aquella fuerza, de la que se ha hablado precedentemente, sino que “completa” con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos de Cristo. […] El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo. Este bien es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada. Pero, a la vez, en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. […] Sólo en este marco y en esta dimensión de la Iglesia cuerpo de Cristo, que se desarrolla continuamente en el espacio y en el tiempo, se puede pensar y hablar de “lo que falta a los padecimientos de Cristo”. El Apóstol, por lo demás, lo pone claramente de relieve, cuando habla de completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia. Precisamente la Iglesia, que aprovecha sin cesar los infinitos recursos de la redención, introduciéndola en la vida de la humanidad, es la dimensión en la que el sufrimiento redentor de Cristo puede ser completado constantemente por el sufrimiento del hombre. (Juan Pablo II. Carta apostólica Salvifici doloris, n. 24, 11 de febrero de 1984)

  • El amor de la Iglesia por los pobres pertenece a su constante tradición

Para la Iglesia el mensaje social del Evangelio no debe considerarse como una teoría, sino, por encima de todo, un fundamento y un estímulo para la acción. Impulsados por este mensaje, algunos de los primeros cristianos distribuían sus bienes a los pobres, dando testimonio de que, no obstante las diversas proveniencias sociales, era posible una convivencia pacífica y solidaria. Con la fuerza del Evangelio, en el curso de los siglos, los monjes cultivaron las tierras; los religiosos y las religiosas fundaron hospitales y asilos para los pobres; las cofradías, así como hombres y mujeres de todas las clases sociales, se comprometieron en favor de los necesitados y marginados, convencidos de que las palabras de Cristo: “Cuantas veces hagáis estas cosas a uno de mis hermanos más pequeños, lo habéis hecho a mí” (Mt 25, 40) no deben quedarse en un piadoso deseo, sino convertirse en compromiso concreto de vida. […] El amor de la Iglesia por los pobres […] pertenece a su constante tradición. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 57, 1 de mayo de 1991)

  • Primacía en la atención a la pobreza espiritual

El verdadero celo evangelizador se compadece sobre todo de la situación de necesidad espiritual –a veces extrema– en la que se debaten tantos hombres y mujeres. Pensad en cuantos todavía no conocen a Cristo, o bien tienen una imagen deformada de El, o han abandonado su seguimiento, buscando el propio bienestar en los atractivos de la sociedad secularizada o a través del odioso enfrentamiento de las luchas ideológicas. Ante esa pobreza del espíritu, el cristiano no puede permanecer pasivo: ha de orar, dar testimonio de su fe en todo momento, y hablar de Cristo, su gran amor, con valentía y caridad. Y debe procurar que esos hermanos se acerquen o retornen al Señor y a su Cuerpo místico, que es la Iglesia, mediante una profunda y gozosa conversión de sus vidas, que dé sentido y valor de eternidad a todo su caminar terreno. La primacía de esta atención a las formas espirituales de la pobreza humana, impedirá que el amor preferencial de Cristo por los pobres –del que participa la Iglesia– sea interpretado con categorías meramente socio-económicas, y alejará todo peligro de injusta discriminación en la acción pastoral. (Juan Pablo II. Homilía en la celebración con los fieles de Viedma, n. 3, 7 de abril de 1987)

  • El mayor bien que podemos dar a los pobres es el Evangelio

Que sea ésta también la nota especial de vuestro ministerio: preocupación por los pobres, por aquellos que se encuentran en necesidad material o espiritual. De aquí vuestro amor pastoral abarcará a quienes están necesitados, a los afligidos, a los que están en pecado. Y recordemos siempre que el mayor bien que podemos darles es la Palabra de Dios. Esto no quiere decir que no les asistamos en sus necesidades físicas, sino que ellos necesitan algo más, y que nosotros tenemos algo más que darles; el Evangelio de Jesucristo. (Juan Pablo II. Discurso al episcopado filipino y a otros obispos de Asia, n. 4, 17 de febrero de 1981)

  • Los deberes para con los pobres se radican en su dignidad de hijos de Dios

En la Iglesia, queridos hermanos y hermanas, experimentáis de modo especial la dignidad de hijos de Dios, que es el título más noble y hermoso a que puede aspirar el ser humano. Mantened siempre viva y operante dicha dignidad; en ella rende la grandeza que la Iglesia, Cuerpo de Cristo, cuida, tutela y promueve. Nadie tiene tantas razones para amar, respetar y hacer respetar a los pobres como la Iglesia, que es depositaria de la verdad revelada sobre el hombre, imagen de Dios, redimido por Cristo. El anuncio de la Buena Nueva del reino da razón de esta alegría que hoy compartimos, a pesar de las particulares dificultades de vuestra existencia. […] En su dignidad de hijo de Dios es donde radican los derechos de todo hombre, cuyo garante es Dios mismo. Por eso la Iglesia, obediente al mandato recibido, urge los deberes de solidaridad, de justicia y de caridad para con todos, particularmente para con los más necesitados. (Juan Pablo II. Encuentro con los habitantes de los barrios populares de Medellín, n. 2-3, 5 de julio de 1986)

  • No se trata de añadir pobreza a la de los pobres, sino de enriquecer a los demás

Santo Tomás comenta: Jesús “defendió la pobreza material para darnos a nosotros las riquezas espirituales” (Summa Theol, III, q. 40, a. 3). Todos los que, acogiendo su invitación, siguen voluntariamente el camino de la pobreza, que él inauguró, son llevados a enriquecer espiritualmente la humanidad. Lejos de añadir simplemente su pobreza a la de los otros pobres que viven en el mundo, están llamados a proporcionarles la verdadera riqueza, que es de orden espiritual. Como he escrito en la exhortación apostólica Redemptionis donum, Cristo “es el maestro y el portavoz de la pobreza que enriquece” (n. 12). Si contemplamos a este Maestro, aprendemos de él el verdadero sentido de la pobreza evangélica y la grandeza de la vocación a seguirlo por el camino de esa pobreza. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2-3, 30 de noviembre de 1994)

  • La pobreza evangélica es la submisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios

De la pobreza evangélica los Padres sinodales han dado una descripción muy concisa y profunda, presentándola como “sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino”. En realidad, sólo el que contempla y vive el misterio de Dios como único y sumo Bien, como verdadera y definitiva Riqueza, puede comprender y vivir la pobreza, que no es ciertamente desprecio y rechazo de los bienes materiales, sino el uso agradecido y cordial de estos bienes y, a la vez, la gozosa renuncia a ellos con gran libertad interior, esto es, hecha por Dios y obedeciendo sus designios. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 30, 25 de marzo de 1992)

  • Es derecho de la Iglesia poseer y admnistrar bienes temporales

La Iglesia siempre ha reivindicado el derecho a poseer y administrar bienes temporales. Pero no pide privilegios en este campo, sino la posibilidad de emplear los medios de que dispone para una triple finalidad: “Sostener el culto divino, sustentar honradamente al clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados” (Código de Derecho Canónico, c. 1254, § 2). (Juan Pablo II. Discurso a la delegación de Croacia, 15 de diciembre de 1998)

  • La Iglesia no teme “derrochar” en el culto a Dios

Quien lee el relato de la institución eucarística en los Evangelios sinópticos queda impresionado por la sencillez y, al mismo tiempo, la “gravedad”, con la cual Jesús, la tarde de la Última Cena, instituye el gran Sacramento. Hay un episodio que, en cierto sentido, hace de preludio: la unción de Betania. Una mujer, que Juan identifica con María, hermana de Lázaro, derrama sobre la cabeza de Jesús un frasco de perfume precioso, provocando en los discípulos –en particular en Judas (cf. Mt 26, 8; Mc 14, 4; Jn 12, 4)– una reacción de protesta, como si este gesto fuera un “derroche” intolerable, considerando las exigencias de los pobres. Pero la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos –“pobres tendréis siempre con vosotros” (Mt 26, 11; Mc 14, 7; cf. Jn 12, 8)–, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona. […] Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de “derrochar”, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía. (Juan Pablo II. Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 47-48, 17 de abril de 2003)

  • La Iglesia es universal y no de una sola clase

“Bienaventurados los pobres de espíritu”. Son “pobres de espíritu” también los “ricos” que, en proporción de su propia riqueza, no dejan de “darse a sí mismos” y de “servir a los demás”. Así, pues, la Iglesia de los pobres habla en primer lugar y por encima de todo al hombre. A cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres. Es la Iglesia universal. La Iglesia del misterio de la Encarnación. No es la Iglesia de una clase o de una sola casta. Y habla en nombre de la propia verdad. (Juan Pablo II. Discurso en la visita a la favela Vidigal en Río de Janeiro, n. 4-5, 2 de julio de 1980)

  • La unión con Cristo es la que nos hace evangelizadores

Miembros de la Iglesia en virtud del bautismo, todos los cristianos son corresponsables de la actividad misionera. […] Tal cooperación se fundamenta y se vive, ante todo, mediante la unión personal con Cristo: sólo si se está unido a él, como el sarmiento a la viña (cf. Jn 15, 5), se pueden producir buenos frutos. La santidad de vida permite a cada cristiano ser fecundo en la misión de la Iglesia: “El Concilio invita a todos a una profunda renovación interior, a fin de que, teniendo viva conciencia de la propia responsabilidad en la difusión del Evangelio, acepten su participación en la obra misionera entre los gentiles”. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 77, 7 de diciembre de 1990)

  • La santidad es el presupuesto fundamental de la misión salvífica de la Iglesia

La vocación a la santidad está ligada íntimamente a la misión. […] La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. La santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. Sólo en la medida en que la Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar por Él y Le corresponde, llega a ser una Madre llena de fecundidad en el Espíritu. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 17, 30 de diciembre de 1988)

… juzga la visión de la Iglesia hacia los divorciados en segunda unión que tiene Francisco

  • El pecado mortal es un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación

Se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de “opción fundamental” —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 17, 2 de diciembre de 1984)

  • El pecado tiene doble consecuencia

El pecado, por su carácter de ofensa a la santidad y a la justicia de Dios, como también de desprecio a la amistad personal de Dios con el hombre, tiene una doble consecuencia. En primer lugar, si es grave, comporta la privación de la comunión con Dios y, por consiguiente, la exclusión de la participación en la vida eterna. […] En segundo lugar, “todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la “pena temporal del pecado” con cuya expiación se cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos. (Juan Pablo II. Bula Incarnationis mysterium, n. 10, 29 de noviembre de 1998)

  • La verdadera acción pastoral trata de incitar una vida de coherencia con la fe

Es cada vez más frecuente el caso de católicos que, por motivos ideológicos y prácticos, prefieren contraer sólo matrimonio civil, rechazando o, por lo menos, difiriendo el religioso. Su situación no puede equipararse sin más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya que hay en ellos al menos un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá estable, aunque a veces no es extraña a esta situación la perspectiva de un eventual divorcio. Buscando el reconocimiento público del vínculo por parte del Estado, tales parejas demuestran una disposición a asumir, junto con las ventajas, también las obligaciones. A pesar de todo, tampoco esta situación es aceptable para la Iglesia. La acción pastoral tratará de hacer comprender la necesidad de coherencia entre la elección de vida y la fe que se profesa, e intentará hacer lo posible para convencer a estas personas a regular su propia situación a la luz de los principios cristianos. Aun tratándoles con gran caridad e interesándoles en la vida de las respectivas comunidades, los pastores de la Iglesia no podrán admitirles al uso de los sacramentos. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 82, 22 de noviembre de 1981)

  • Las puertas están abiertas para todos, pero son estrechas

La Cuaresma invita a los creyentes a tomar en serio la exhortación de Jesús: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición y son muchos lo que entran por ella” (Mt 7, 13).
¿Cuál es la puerta ancha y cuál la senda espaciosa de que habla Jesús? Es la puerta de la autonomía moral, la senda del orgullo intelectual. ¡Cuántas personas, incluso cristianas, viven en la indiferencia, acomodándose a la mentalidad del mundo y cediendo a los halagos del pecado!
La Cuaresma es el tiempo propicio para analizar la propia vida, para reanudar con mayor decisión la participación en los sacramentos, para formular propósitos más firmes de vida nueva, aceptando, como enseña Jesús, pasar por la puerta estrecha y por la senda angosta, que conducen a la vida eterna (cf. Mt 7, 14). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 16 de febrero 1994)

  • El pecado exige reparación

El sacrificio expiatorio de la cruz nos hace comprender la gravedad del pecado. A los ojos de Dios el pecado nunca es un hecho sin importancia. El Padre ama a los hombres y le ofenden profundamente sus transgresiones o rebeliones. Aunque está dispuesto a perdonar, Él, por el bien y el honor del hombre mismo, pide una reparación. Pero precisamente en esto la generosidad divina se demuestra del modo más sorprendente. El Padre dona a la humanidad el propio Hijo, para que ofrezca esta reparación. Con esto muestra la abismal gravedad del pecado, puesto que reclama la reparación más alta posible, la que viene de su mismo Hijo. A la vez, revela la grandeza infinita de su amor, ya que Él es el primero que lleva el peso de la reparación con el don del Hijo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 20 de abril de 1983)

  • Las palabras de Jesús no pueden ser pasadas por alto: “No peques más”

Entre las costumbres de una sociedad secularizada y las exigencias del Evangelio, media un profundo abismo. Hay muchos que querrían participar en la vida eclesial, pero ya no encuentran ninguna relación entre su propio mundo y los principios cristianos. Se cree que la Iglesia, sólo por rigidez, mantiene sus normas, y que ello choca contra la misericordia que nos enseña Jesús en el Evangelio. Las duras exigencias de Jesús, su palabra: “Vete y no peques más” (Jn 8, 11), son pasadas por alto. A menudo se habla de recurso a la conciencia personal, olvidando, sin embargo, que esta conciencia es como el ojo que no posee por sí mismo la luz, sino solamente cuando mira hacia su auténtica fuente. (Juan Pablo II. Alocución a la Conferencia Episcopal Alemana, n. 6, 17 de noviembre de 1980)

… juzga la idea de Iglesia cerrada y enferma que tiene Francisco

  • ¿Cómo podrán evangelizar los que no tienen la verdadera comprensión de la fe?

Para renovar continuamente y conservar la alegría de la misión, es importante ante todo que los ministros del Señor refuercen su vida espiritual, en particular a través de la oración diaria, “remedio de la salvación” y del encuentro íntimo con el Señor en la Eucaristía, que ocupan el centro de la jornada sacerdotal. Del mismo modo, la recepción frecuente del sacramento de la reconciliación, que devuelve al pecador la gracia y la amistad con Dios, ayuda al sacerdote a transmitir el perdón a sus hermanos. Estos alimentos son indispensables para los discípulos de Cristo y, más aún, para cuantos reciben la tarea de guiar y santificar al pueblo cristiano. Deseo insistir también en la necesidad de celebrar dignamente la Liturgia de las Horas, que contribuye, “por una misteriosa fecundidad apostólica, a acrecentar al pueblo de Dios”, y en el tiempo de la oración diaria. Por ellas, el sacerdote reaviva en él el don de Dios, se prepara para la misión, modela su identidad sacerdotal y edifica la Iglesia. En efecto, el sacerdote toma conciencia ante Dios de la llamada que recibió, y renueva su disponibilidad a la misión particular que el obispo le confió en nombre del Señor, manifestando así su disponibilidad a la obra del Espíritu Santo, que es quien da el crecimiento. Los sacerdotes están llamados a ser testigos alegres de Cristo, con su enseñanza y su testimonio de una vida santa, en sintonía con el compromiso asumido el día de su ordenación. Son para vosotros “hijos y amigos”. Debéis estar atentos a sus necesidades espirituales e intelectuales, recordándoles que, aunque viven en medio de los hombres y teniendo en cuenta la modernidad, como todos los fieles, no deben tomar como modelo el mundo presente, sino que han de adecuar su vida a la Palabra que anuncian y a los sacramentos que celebran; así manifestarán “el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia”. Animadlos a orar personalmente y a sostenerse recíprocamente en este ámbito. Invitadlos también a profundizar incesantemente sus conocimientos teológicos, necesarios para la vida espiritual y pastoral. En efecto, ¿cómo podrán anunciar el Evangelio y “ser administradores de una vida diferente de la de esta tierra”, si no permanecen cerca del corazón de Cristo, como el Apóstol a quien él amaba, y si no se dedican, mediante la formación permanente, a una verdadera comprensión de la fe? (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de los Países Bajos en visita “Ad limina”, n. 2, 18 de junio de 1998)

  • El mundo tiene urgente necesidad de un anuncio fuerte del Evangelio

En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se siente, entonces, con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del milenio. Vosotros sois esta respuesta providencial. […] En los movimientos y en las nuevas comunidades habéis aprendido que la fe no es un discurso abstracto ni un vago sentimiento religioso, sino vida nueva en Cristo, suscitada por el Espíritu Santo. (Juan Pablo II. Discurso durante el Encuentro con los Movimientos Eclesiales, n. 7, 30 de mayo de 1998)

  • La misión episcopal es anunciar con audacia la fe

La misión de enseñar propia de los Obispos consiste en conservar santamente y anunciar con audacia la fe. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Pastores Gregis, n. 31, 16 de octubre de 2003)

  • Lanzad las redes de los sacramentos

Amadísimos hermanos en el episcopado, Cristo nos repite hoy: “Duc in altum, Rema mar adentro” (Lc 5, 4). A la luz de esta invitación suya, podemos releer el triple munus que se nos ha confiado en la Iglesia: munus docendi, sanctificandi et regendi. Duc in docendo. “Proclama la palabra —diremos con el Apóstol—, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Tm 4, 2). Duc in sanctificando. Las “redes” que estamos llamados a echar entre los hombres son ante todo los sacramentos, de los cuales somos los principales dispensadores, reguladores, custodios y promotores. (Juan Pablo II. Homilía de apertura de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de Obispos, n. 6, 30 de septiembre de 2001)

  • Misión y testimonio de la vida son inseparables

El ministerio del Obispo, como pregonero del Evangelio y custodio de la fe en el Pueblo de Dios, no quedaría completamente descrito si faltara una referencia al deber de la coherencia personal: su enseñanza ha de proseguir con el testimonio y con el ejemplo de una auténtica vida de fe. Si el Obispo, que enseña a la comunidad la Palabra escuchada con una autoridad ejercida en el nombre de Jesucristo, no vive lo que enseña, transmite a la comunidad misma un mensaje contradictorio. […] El testimonio de vida es para el Obispo como un nuevo título de autoridad, que se añade al título objetivo recibido en la consagración. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Pastores gregis, n. 31, 16 de octubre de 2003)

  • La acción pastoral debe restablecer la primacía de la gracia

El Obispo debe ser el primero en mostrar, con el ejemplo de su vida, que es preciso restablecer la primacía del “ser” sobre el “hacer” y, más aún, la primacía de la gracia, que en la visión cristiana de la vida es también principio esencial para una “programación” del ministerio pastoral. Sólo cuando camina en la presencia del Señor, el Obispo puede considerarse verdaderamente ministro de la comunión y de la esperanza para el pueblo santo de Dios. En efecto, no es posible estar al servicio de los hombres sin ser antes “siervo de Dios”. Y no se puede ser siervo de Dios si antes no se es “hombre de Dios”. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Pastores Gregis, n. 11-13, 16 de octubre de 2003)

… juzga la idea que Francisco tiene sobre el sufrimiento humano

  • Los inocentes encuentran consuelo en la cruz de Cristo

Desde que Cristo escogió la cruz y murió en el Gólgota, todos los que sufren, particularmente los que sufren sin culpa, pueden encontrarse con el rostro del “Santo que sufre”, y hallar en su pasión la verdad total sobre el sufrimiento, su sentido pleno, su importancia. A la luz de esta verdad, todos los que sufren pueden sentirse llamados a participar en la obra de la redención realizada por medio de la cruz. Participar en la cruz de Cristo quiere decir creer en la potencia salvífica del sacrificio que todo creyente puede ofrecer junto al Redentor. Entonces el sufrimiento se libera de la sombra del absurdo, que parece recubrirlo, y adquiere una dimensión profunda, revela su significado y valor creativo. Se diría, entonces, que cambia el escenario de la existencia, del que se aleja cada vez más la potencia destructiva del mal, precisamente porque el sufrimiento produce frutos copiosos. Jesús mismo nos lo revela y promete, cuando dice: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto” (Jn 12, 23-24). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 6-7, 9 de noviembre de 1988)

  • El sufrimiento del inocente es especialmente valioso a los ojos del Señor

A los ojos del Señor es especialmente valioso precisamente el sufrimiento del justo y del inocente, más que el del pecador, porque éste, realmente, sufre sólo por sí mismo, por una autoexpiación, mientras que el inocente capitaliza con su dolor la redención de los demás. (Juan Pablo II. Discurso a 500 niños minusválidos y sus asistentes, 24 de septiembre de 1979)

  • Ante la perplejidad el inocente debe decir: “Sé que eres Todopoderoso”

El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a prueba. ¿Cómo no oír el gemido universal del hombre en la meditación del libro de Job? El inocente aplastado por el sufrimiento se pregunta comprensiblemente: “¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un tesoro?” (3, 20-21). Pero también en la más densa oscuridad la fe orienta hacia el reconocimiento confiado y adorador del “misterio”: “Sé que eres Todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable” (Job 42, 2). (Juan Pablo II. Encíclica Evangelium vitae, n. 31, 25 de marzo de 1995)

  • Aceptación amorosa de la cruz

El Cristo que sufre es, como ha cantado un poeta moderno, “el Santo que sufre”, el Inocente que sufre, y, precisamente por ello, su sufrimiento tiene una profundidad mucho mayor en relación con la de todos los otros hombres, incluso de todos los Job, es decir de todos los que sufren en el mundo sin culpa propia. Ya que Cristo es el único que verdaderamente no tiene pecado, y que, más aún, ni siquiera puede pecar. Es, por tanto, Aquél ―el único― que no merece absolutamente el sufrimiento. Y sin embargo es también el que lo ha aceptado en la forma más plena y decidida, lo ha aceptado voluntariamente y con amor. Esto significa ese deseo suyo, esa especie de tensión interior de beber totalmente el cáliz del dolor (cf. Jn 18, 11), y esto “por nuestros pecados, no sólo por los nuestros sino también por los de todo el mundo”, como explica el Apóstol San Juan (1 Jn 2, 2). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 9 de noviembre de 1988)

  • Jesús fue al encuentro de la muerte

¿Previó Jesús su muerte y la entendió como muerte por los hombres? ¿La aceptó y la quiso como tal? De los Evangelios resulta claro que Jesús fue al encuentro de la muerte voluntariamente. […] Jesús aceptó su muerte voluntariamente. De hecho sabemos que la predijo en repetidas ocasiones; la anunció tres veces […] No hay duda de que Jesús concibió su vida y su muerte como medio de rescate (lytron) de los hombres. (Juan Pablo II. Audiencia general, 14 de septiembre de 1983)

  • La muerte en la cruz, meta del camino de su existencia

Cumpliendo el mandato recibido de su Padre, Jesús se entrego libremente a la muerte en la cruz, meta del camino de su existencia. El portador de la libertad y del gozo del reino de Dios quiso ser la victima decisiva de la injusticia y del mal de este mundo. El dolor de la creación es asumido por el Crucificado que ofrece su vida en sacrificio por todos: Sumo Sacerdote que puede compartir nuestras debilidades, Victima Pascual que nos redime de nuestros pecados; Hijo obediente que encama ante la justicia salvadora de su Padre el clamor de liberación y redención de todos los hombres. (Denzinger-Hünermann 4615. Juan Pablo II, Documento de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla “La evangelización”, 13 de febrero de 1979)

  • Ofrecimiento continuo por la humanidad

Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la cruz y se ofrece continuamente en la celebración eucarística por la salvación de la humanidad para gloria del Padre. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 14, 30 de diciembre de 1988)

  • Libre entrega en la Pasión

Jesús es víctima voluntaria, porque se ofreció libremente a su Pasión, como víctima de expiación por los pecados de los hombres que consumió en el fuego de su amor. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 2, 10 de septiembre de 1989)

… juzga la oración hecha por Francisco en el encuentro ecuménico e interreligioso de Sarajevo

  • Aprender la lógica trinitaria de la oración cristiana es el secreto de un cristianismo realmente vital

Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. […] “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15, 4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre. Aprender esta lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial, pero también de la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas. (Juan Pablo II. Carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 32, 6 de enero de 2001)

  • Jesús es el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios

Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. […] Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la vía establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris misio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

  • Urgente necesidad de profundizar la verdad sobre Cristo como único Mediador

Otro Sínodo de carácter continental será oportuno en Asia, donde está más acentuado el tema del encuentro del cristianismo con las antiguas culturas y religiones locales. Este es un gran desafío para la evangelización, dado que sistemas religiosos como el budismo o el hinduismo se presentan con un claro carácter soteriológico. Existe pues la urgente necesidad de un Sínodo, con ocasión del Gran Jubileo, que ilustre y profundice la verdad sobre Cristo como único Mediador entre Dios y los hombres, y como único Redentor del mundo, distinguiéndolo bien de los fundadores de otras grandes religiones. (Juan Pablo II. Carta Apostólica Tertio millennio adveniente, n. 38, 10 de octubre de 1994)

  • La fe cristiana es la respuesta del hombre a la auto-revelación de Dios

Reanudamos el tema sobre la fe. Según la doctrina contenida en la Constitución Dei Verbum, la fe cristiana es la respuesta consciente y libre del hombre a la auto-revelación de Dios, que llegó a su plenitud en Jesucristo. Mediante lo que San Pablo llama “la obediencia de la fe” (cf. Rom 16, 26; 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), todo el hombre se abandona a Dios, aceptando como verdad lo que se contiene en la palabra divina de la Revelación. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 19 de junio de 1985)

… juzga la idea de anticlericalismo que tiene Francisco

  • Ministerio de apacentar la grey de Dios

Él, “el gran Pastor de las ovejas” (Heb 13, 20), encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 1, 25 de marzo de 1992)

  • El que posee la autoridad profética de Cristo y de la Iglesia

El sacerdote […] anuncia la Palabra en su calidad de ministro, partícipe de la autoridad profética de Cristo y de la Iglesia. (San Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 26, 25 de marzo de 1992)

  • Ministro que conduce los creyentes al conocimiento del misterio de Dios

El sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 26, 25 de marzo de 1992)

  • Indispensables en el cumplimiento de la misión de la Iglesia

Sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19) y “Haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19; cf. 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por la vida del mundo. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores dabo vobis, n. 1, 25 de marzo de 1992)

  • La herida puede convertirse en fuente de vida

El sufrimiento puede mostrar la bondad de Dios: la herida puede convertirse en fuente de vida. (Juan Pablo II. Alocución a la Asociación The across trust, 29 de octubre de 1998)

  • El dolor esconde una fuerza que acerca a Cristo

A través de los siglos y generaciones se ha constatado que en el sufrimiento se esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia especial. A ella deben su profunda conversión muchos santos, como por ejemplo San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, etc. Fruto de esta conversión es no sólo el hecho de que el hombre descubre el sentido salvífico del sufrimiento, sino sobre todo que en el sufrimiento llega a ser un hombre completamente nuevo. (Juan Pablo II. Carta Apostólica Salvifici doloris, n. 26, 11 de febrero de 1984)

  • Camino para la transformación de las almas

En el cuerpo de Cristo, que crece incesantemente desde la cruz del Redentor, precisamente el sufrimiento, penetrado por el espíritu del sacrificio de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención. (Juan Pablo II. Carta Apostólica Salvifici doloris, n. 27, 11 de febrero de 1984)

  • La cruz de Cristo da sentido a nuestros padecimientos

La redención realizada por Cristo al precio de la pasión y muerte de cruz, es un acontecimiento decisivo y determinante en la historia de la humanidad, no sólo porque cumple el supremo designio divino de justicia y misericordia, sino también porque revela a la conciencia del hombre un nuevo significado del sufrimiento. […] La cruz de Cristo ―la pasión― arroja una luz completamente nueva sobre este problema, dando otro sentido al sufrimiento humano en general. […] Todo sufrimiento humano, unido al de Cristo, completa “lo que falta a las tribulaciones de Cristo en la persona que sufre, en favor de su Cuerpo” (cf. Col 1, 24): el Cuerpo es la Iglesia como comunidad salvífica universal. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 9 de noviembre de 1988)

  • Respuesta personal del hombre a Dios

A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. El hombre no descubre este sentido a nivel humano, sino a nivel del sufrimiento de Cristo. Pero al mismo tiempo, de este nivel de Cristo aquel sentido salvífico del sufrimiento desciende al nivel humano y se hace, en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual. (Juan Pablo II. Carta Apostólica Salvifici doloris, n. 26, 11 de febrero de 1984)

  • La redención permanece abierta al amor que se expresa en el sufrimiento humano

El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo. Este bien es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada. Pero, a la vez, en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. En cuanto el hombre se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo —en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia—, en tanto a su manera completa aquel sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo. ¿Esto quiere decir que la redención realizada por Cristo no es completa? No. Esto significa únicamente que la redención, obrada en virtud del amor satisfactorio, permanece constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano. (Juan Pablo II. Carta Apostólica Salvifici doloris, n. 24, 11 de febrero de 1984)

  • Aceptación plena a las palabras de Ángel Gabriel

María, al aceptar con plena disponibilidad las palabras del Ángel Gabriel, que le anunciaba que sería la madre del Mesías, comenzó a tomar parte en el drama de la Redención. Su participación en el sacrificio de su Hijo, revelado por Simeón durante la presentación en el templo, prosigue no sólo en el episodio de Jesús perdido y hallado a la edad de doce años, sino también durante toda su vida pública. Sin embargo, la asociación de la Virgen a la misión de Cristo culmina en Jerusalén, en el momento de la pasión y muerte del Redentor. […] El Concilio subraya la dimensión profunda de la presencia de la Virgen en el Calvario, recordando que “mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz”, y afirma que esa unión “en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte”. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 2 de abril de 1997)

  • ¡Feliz la que ha creído!

¡Sí, verdaderamente “feliz la que ha creído”! Estas palabras, pronunciadas por Isabel después de la Anunciación, aquí, a los pies de la Cruz, parecen resonar con una elocuencia suprema y se hace penetrante la fuerza contenida en ellas. Desde la Cruz, es decir, desde el interior mismo del misterio de la redención, se extiende el radio de acción y se dilata la perspectiva de aquella bendición de fe. Se remonta “hasta el comienzo” y, como participación en el sacrificio de Cristo, nuevo Adán, en cierto sentido, se convierte en el contrapeso de la desobediencia y de la incredulidad contenidas en el pecado de los primeros padres. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Mater, n. 19, 25 de marzo de 1987)

  • Ejemplo para todos los que se asocian al sufrimiento redentor

San Juan en su Evangelio recuerda que “junto a la cruz de Jesús estaba su Madre” (Jn 19, 25). Era la presencia de una mujer ―ya viuda desde hace años, según lo hace pensar todo― que iba a perder a su Hijo. Todas las fibras de su ser estaban sacudidas por lo que había visto en los días culminantes de la pasión y de la que sentía y presentía ahora junto al patíbulo. ¿Cómo impedir que sufriera y llorara? La tradición cristiana ha percibido la experiencia dramática de aquella Mujer llena de dignidad y decoro, pero con el corazón traspasado, y se ha parado a contemplarla participando profundamente en su dolor: “Stabat Mater dolorosa/ iuxta Crucem lacrimosa/ dum pendebat Filius”. […] La presencia de María junto a la cruz muestra su compromiso de participar totalmente en el sacrificio redentor de su Hijo. María quiso participar plenamente en los sufrimientos de Jesús, ya que no rechazó la espada anunciada por Simeón (cf. Lc 2, 35), sino que aceptó con Cristo el designio misterioso del Padre. Ella era la primera partícipe de aquel sacrificio, y permanecería para siempre como modelo perfecto de todos los que aceptaran asociarse sin reservas a la ofrenda redentora. Por otra parte, la compasión materna que se expresaba en esa presencia, contribuía a hacer más denso y profundo el drama de aquella muerte en cruz. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 23 de noviembre de 1988)

  • El consentimiento de María es auténtico acto de amor

El Concilio nos recuerda la “compasión de María”, en cuyo corazón repercute todo lo que Jesús padece en el alma y en el cuerpo, subrayando su voluntad de participar en el sacrificio redentor y unir su sufrimiento materno a la ofrenda sacerdotal de su Hijo. Además, el texto conciliar pone de relieve que el consentimiento que da a la inmolación de Jesús no constituye una aceptación pasiva, sino un auténtico acto de amor, con el que ofrece a su Hijo como víctima de expiación por los pecados de toda la humanidad. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 2 de abril de 1997)

  • Participación directa en la obra de la redención

¡Qué desconcertante es el misterio de la cruz! Después de haber meditado largamente en él San Pablo escribió a los cristianos de Galacia “En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo” (Ga 6, 14). También la Santísima Virgen podría haber repetido —¡y con mayor verdad!— esas mismas palabras. Contemplando a su Hijo moribundo en el Calvario había comprendido que la “gloria” de su maternidad divina alcanzaba en aquel momento su ápice, participando directamente en la obra de la redención. Además, había comprendido que a partir de aquel momento el dolor humano, hecho suyo por el Hijo crucificado, adquiría un valor inestimable. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 1, 15 de septiembre de 1991)

  • Modelo de valentía para afrontar los padecimientos

En el cuarto evangelio, San Juan narra que “junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19, 25). Con el verbo “estar”, que etimológicamente significa “estar de pie”, “estar erguido”, el evangelista tal vez quiere presentar la dignidad y la fortaleza que María y las demás mujeres manifiestan en su dolor. En particular, el hecho de “estar erguida” la Virgen junto a la cruz recuerda su inquebrantable firmeza y su extraordinaria valentía para afrontar los padecimientos. En el drama del Calvario, a María la sostiene la fe, que se robusteció durante los acontecimientos de su existencia y, sobre todo, durante la vida pública de Jesús. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 2 de abril de 1997)

  • La primera que supo y quiso tomar parte en el misterio salvífico

La Virgen de los Dolores, firme junto a la cruz, con la elocuencia muda del ejemplo, nos habla del significado del sufrimiento en el plan divino de la redención.
Ella fue la primera que supo y quiso participar en el misterio salvífico
“asociándose con entrañas de madre a su sacrificio consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (Lumen Gentium, n. 58). Íntimamente enriquecida por esta experiencia inefable, se acerca a quien sufre, lo toma de la mano y lo invita a subir con ella al Calvario y a detenerse ante el Crucificado. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 2, 15 de septiembre de 1991)

  • Junto a la Cruz, una presencia intrépida

En esta hora de la plegaria mariana hemos contemplado el Corazón de Jesús víctima de nuestros pecados; pero antes que todos y más profundamente que todos lo contempló su Madre dolorosa, de la que la liturgia canta: “Por los pecados del pueblo Ella vio a Jesús en los tormentos del duro suplicio” (Secuencia Stabat Mater, estrofa 7). En la proximidad de la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María Dolorosa, recordemos esta presencia intrépida e intercesora de la Virgen bajo la cruz del Calvario, y pensemos con inmensa gratitud que, en aquel momento, Cristo, que estaba para morir, víctima de los pecados del mundo, nos la confió como Madre: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19, 27). (Juan Pablo II. Ángelus, n. 3, 9 de septiembre de 1989)

  • A diferencia de los Apóstoles María era una antorcha de fe

Es ésta tal vez la más profunda kénosis de la fe en la historia de la humanidad. Por medio de la fe la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora; pero a diferencia de la de los discípulos que huían, era una fe mucho más iluminada. Jesús en el Gólgota, a través de la Cruz, ha confirmado definitivamente ser el “signo de contradicción”, predicho por Simeón. Al mismo tiempo, se han cumplido las palabras dirigidas por él a María: “¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!” (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris Mater, n. 18, 25 de marzo de 1987)

  • La que estaba unida al Hijo por vínculos de amor materno, allí vivía la unión en el sufrimiento

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19, 25). Aquella que estaba unida al Hijo de Dios por vínculos de sangre y de amor materno, allí, al pie de la cruz, vivía esa unión en el sufrimiento. Ella sola, a pesar del dolor del corazón de madre, sabía que ese sufrimiento tenía un sentido. Tenía confianza -confianza a pesar de todo- en que se estaba cumpliendo la antigua promesa: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras tú acechas su calcañar” (Gn 3, 15). (Juan Pablo II. Homilía en el Santuario Kalwaria Zebrzydowska, 18 de agosto de 2002)

… juzga la idea de equiparar la catequesis al yoga o zen que tiene Francisco

  • El Espíritu Santo es el maestro interior de la catequesis

Al final de esta Exhortación Apostólica, la mirada se vuelve hacia Aquél que es el principio inspirador de toda la obra catequética y de los que la realizan: el Espíritu del Padre y del Hijo: el Espíritu Santo. Al exponer la misión que tendría este Espíritu en la Iglesia, Cristo utiliza estas palabras significativas: “Él os lo enseñará y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26), y añade: “Cuando viniere Aquél, el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa…, os comunicará las cosas venideras” (Jn 16, 13). El Espíritu es, pues, prometido a la Iglesia y a cada fiel como un Maestro interior que, en la intimidad de la conciencia y del corazón, hace comprender lo que se había entendido pero que no se había sido capaz de captar plenamente. La catequesis, que es crecimiento en la fe y maduración de la vida cristiana hacia la plenitud, es por consiguiente una obra del Espíritu Santo, obra que sólo Él puede suscitar y alimentar en la Iglesia. […] Ante todo está claro que la Iglesia, cuando ejerce su misión catequética —como también cada cristiano que la ejerce en la Iglesia y en nombre de la Iglesia— debe ser muy consciente de que actúa como instrumento vivo y dócil del Espíritu Santo. Invocar constantemente este Espíritu, estar en comunión con Él, esforzarse en conocer sus auténticas inspiraciones debe ser la actitud de la Iglesia docente y de todo catequista. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Catechesis Tradendae, n. 72, 16 de octubre de 1979)

  • Catequesis, hacer crecer lo que el Espíritu Santo ha sembrado en el bautismo

La finalidad específica de la catequesis no consiste únicamente en desarrollar, con la ayuda de Dios, una fe aún inicial, en promover en plenitud y alimentar diariamente la vida cristiana de los fieles de todas las edades. Se trata en efecto de hacer crecer, a nivel de conocimiento y de vida, el germen de la fe sembrado por el Espíritu Santo con el primer anuncio y transmitido eficazmente a través del bautismo. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Catechesis Tradendae, n. 20, 16 de octubre de 1979)

  • La catequesis es una de las tareas primordiales de la Iglesia

La catequesis ha sido siempre considerada por la Iglesia como una de sus tareas primordiales, ya que Cristo resucitado, antes de volver al Padre, dio a los Apóstoles esta última consigna: hacer discípulos a todas las gentes, enseñándoles a observar todo lo que Él había mandado. Él les confiaba de este modo la misión y el poder de anunciar a los hombres lo que ellos mismos habían oído, visto con sus ojos, contemplado y palpado con sus manos, acerca del Verbo de vida. Al mismo tiempo les confiaba la misión y el poder de explicar con autoridad lo que Él les había enseñado, sus palabras y sus actos, sus signos y sus mandamientos. Y les daba el Espíritu para cumplir esta misión. Muy pronto se llamó catequesis al conjunto de esfuerzos realizados por la Iglesia para hacer discípulos, para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios, a fin de que, mediante la fe, ellos tengan la vida en su nombre, para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo. La Iglesia no ha dejado de dedicar sus energías a esa tarea. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Catechesis Tradendae, n. 1, 16 de octubre de 1979)

  • Deber sagrado y derecho imprescriptible

Es evidente, ante todo, que la catequesis ha sido siempre para la Iglesia un deber sagrado y un derecho imprescriptible. Por una parte, es sin duda un deber que tiene su origen en un mandato del Señor e incumbe sobre todo a los que en la Nueva Alianza reciben la llamada al ministerio de Pastores. Por otra parte, puede hablarse igualmente de derecho: desde el punto de vista teológico, todo bautizado por el hecho mismo de su bautismo, tiene el derecho de recibir de la Iglesia una enseñanza y una formación que le permitan iniciar una vida verdaderamente cristiana. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Catechesis Tradendae, n. 14, 16 de octubre de 1979)

  • Prácticas gnósticas: una moda cultural que siembra confusión e incertidumbre entre los católicos

Otro fenómeno de nuestra cultura contemporánea es que, mientras continúa avanzando la secularización de muchos aspectos de la vida, se percibe también una nueva demanda de espiritualidad, expresión de la condición religiosa del hombre y signo de su búsqueda de respuestas a la crisis de valores de la sociedad occidental. A este esperanzador panorama hemos de responder ofreciendo con entusiasmo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo las riquezas de las que somos ministros y dispensadores, contribuyendo así a saciar “en lo más profundo de su corazón la nostalgia de la verdad absoluta y la sed de alcanzar la plenitud de su conocimiento”. Hay que tener presente, sin embargo, que no faltan desviaciones que han dado origen a sectas y movimientos gnósticos o pseudorreligiosos, configurando una moda cultural de vastos alcances que, a veces, encuentra eco en amplios sectores de la sociedad y llega incluso a tener influencia en ambientes católicos. Por eso, algunos de ellos, en una perspectiva sincretista, amalgaman elementos bíblicos y cristianos con otros extraídos de filosofías y religiones orientales, de la magia y de técnicas psicológicas. Esta expansión de las sectas y de nuevos grupos religiosos que atraen a muchos fieles y siembran confusión e incertidumbre entre los católicos es motivo de inquietud pastoral. En este campo, es necesario analizar profundamente el problema y encontrar líneas pastorales para afrontarlo. […] Además de pensar en la influencia negativa de dichos grupos religiosos fundamentalistas, habría que preocuparse de ver cómo se pueden contrarrestar las causas que empujan a muchos fieles a abandonar la Iglesia. (Juan Pablo II. Discurso a obispos argentinos en visita “Ad limina”, n. 5, 7 de febrero de 1995)

  • El objeto esencial y primordial de la catequesis es el misterio de Cristo

El objeto esencial y primordial de la catequesis es, empleando una expresión muy familiar a San Pablo y a la teología contemporánea, “el misterio de Cristo”. Catequizar es, en cierto modo, llevar a uno a escrutar ese Misterio en toda su dimensión. […] En la catequesis, el cristocentrismo significa también que, a través de ella se transmite no la propia doctrina o la de otro maestro, sino la enseñanza de Jesucristo, la Verdad que Él comunica o, más exactamente, la Verdad que Él es. Así pues hay que decir que en la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca. La constante preocupación de todo catequista, cualquiera que sea su responsabilidad en la Iglesia, debe ser la de comunicar, a través de su enseñanza y su comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús. No tratará de fijar en sí mismo, en sus opiniones y actitudes personales, la atención y la adhesión de aquel a quien catequiza; no tratará de inculcar sus opiniones y opciones personales como si éstas expresaran la doctrina y las lecciones de vida de Cristo. […] Esta doctrina no es un cúmulo de verdades abstractas, es la comunicación del Misterio vivo de Dios. La calidad de Aquel que enseña en el Evangelio y la naturaleza de su enseñanza superan en todo a las de los “maestros” en Israel, merced a la unión única existente entre lo que Él dice, hace y lo que es. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Catechesis Tradendae, n. 5-7, 16 de octubre de 1979)

… juzga la idea de divorciados para padrinos que tiene Francisco

  • Los niños deben encontrar en sus padrinos apoyo, guía y ejemplo

De este modo, estaréis más preparados para realizar la tarea de primeros educadores de vuestros hijos en la fe. Estos niños deberán encontrar en vosotros, así como en sus padrinos y madrinas, un apoyo y una guía en su camino de fidelidad a Cristo y al Evangelio. Sed para ellos ejemplos de fe sólida, de profunda oración y de compromiso activo en la vida eclesial. (Juan Pablo II. Homilía en misa de administración del sacramento del bautismo, n. 3, 9 de enero de 2000)

  • Que los padrinos asuman sus graves deberes

La Iglesia se complace en dar la bienvenida a estos nuevos bautizados; pero desea que los padres, los padrinos y madrinas, y también toda la comunidad, asuman los graves deberes del buen ejemplo, la recta enseñanza y auténtica formación cristiana, para que el niño, en el desarrollo gradual de su existencia, sea fiel a sus compromisos bautismales. (Juan Pablo II. Homilía en la solemnidad del bautismo del Señor, n. 3, 9 de enero de 1983)

  • Los padrinos deben apoyar a los padres en la educación según las enseñanzas del Evangelio

La vela encendida en el cirio pascual es símbolo de la luz de la fe que los padres, los padrinos y las madrinas deberán custodiar y alimentar continuamente, con la gracia vivificadora del Espíritu. […] También de vosotros, padrinos y madrinas, Dios espera una cooperación singular, que se expresa en el apoyo que debéis dar a los padres en la educación de estos recién nacidos según las enseñanzas del Evangelio. (Juan Pablo II. Homilía en la fiesta del bautismo del Señor, 7 de enero de 2001)

  • El encargo de los padrinos tiene importancia eminente para la catequesis

Los padres solicitan el bautismo para sus hijos recién nacidos, comprometiéndose a educarlos cristianamente. Para dar una expresión todavía más completa a este compromiso, piden a otras personas, los llamados padrinos, que se comprometan a ayudarles —y en caso de necesidad sustituirles— a educar en la fe de la Iglesia al recién bautizado. Este uso, practicado corrientemente, tiene una importancia eminente para el problema de la catequesis. No puede llevarse a cabo la educación de un niño bautizado en la fe de la Iglesia sin que haya una catequesis sistemática. […] Los compromisos que asumen los padres y padrinos durante el bautismo de un recién nacido, se refieren en primer lugar al tiempo de la infancia y de la adolescencia. (Juan Pablo II. Audiencia general, 19 de diciembre de 1984)

  • No rompáis vosotros lo que Dios ha unido

Luchad contra la plaga del divorcio que arruina a las familias e incide tan negativamente en la educación de los hijos. No rompáis vosotros lo que Dios ha unido. (Juan Pablo II. Homilía en la Celebración Eucarística en Caracas, 27 de enero de 1985)

  • Hijos condenados a ser huérfanos de padres vivos

Conviene, pues, que la sociedad humana, y en ella las familias, que a menudo viven en un contexto de lucha entre la civilización del amor y sus antítesis, busquen su fundamento estable en una justa visión del hombre y de lo que determina la plena “realización” de su humanidad. Ciertamente contrario a la civilización del amor es el llamado “amor libre”, tanto o más peligroso porque es presentado frecuentemente como fruto de un sentimiento “verdadero”, mientras de hecho destruye el amor. ¡Cuántas familias se han disgregado precisamente por el “amor libre”! En cualquier caso, seguir el “verdadero” impulso afectivo, en nombre de un amor “libre” de condicionamientos, en realidad significa hacer al hombre esclavo de aquellos instintos humanos, que Santo Tomás llama “pasiones del alma”. El “amor libre” explota las debilidades humanas dándoles un cierto “marco” de nobleza con la ayuda de la seducción y con el apoyo de la opinión pública. Se trata así de “tranquilizar” las conciencias, creando una “coartada moral”. Sin embargo, no se toman en consideración todas sus consecuencias, especialmente cuando, además del cónyuge, sufren los hijos, privados del padre o de la madre y condenados a ser de hecho huérfanos de padres vivos. (Juan Pablo II. Carta a las Familias, n. 14, 2 de febrero de 1994)

  • Contradicción con la naturaleza del sacramento

Una segunda unión está en contradicción con la naturaleza del sacramento del matrimonio, en el cual se expresa el amor indefectible de Cristo por su Iglesia. (Juan Pablo II. Discurso a los obispo de Bélgica en visita “ad limina”, n. 6, 3 de julio de 1992)

  • Admitir los divorciados a la comunión eucarística es inducir los fieles a la confusión

La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

  • No existen ceremonias válidas para divorciados que vuelven a casarse

Prohíbe a todo pastor —por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral— efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto, tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído. Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge legítimo. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

… juzga las palabras de Francisco en su primera aparición pública

  • La Sede Romana tiene una misión universal

El nuevo Obispo de Roma comienza hoy solemnemente su ministerio y la misión de Pedro. Efectivamente, en esta ciudad desplegó y cumplió Pedro la misión que le había confiado el Señor. […] Sí, hermanos e hijos, Roma es la Sede de Pedro. A lo largo de los siglos le han sucedido siempre en esta sede nuevos Obispos. Hoy, un nuevo Obispo sube a la Cátedra Romana de Pedro, un Obispo lleno de temblor, consciente de su indignidad. ¡Y, cómo no temblar ante la grandeza de tal llamada y ante la misión universal de esta Sede Romana! (Juan Pablo II. Homilía en el comienzo de su pontificado, n. 3, 22 de octubre de 1978)

  • El Obispo de Roma está más obligado que los otros a procurar el bien de la Iglesia universal

El Pastor Bueno, Nuestro Señor Jesucristo (cf. Jn 10, 11.14), confirió a los obispos, sucesores de los Apóstoles, y de modo especial al Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, la misión de hacer discípulos en todos los pueblos y de predicar el Evangelio a toda criatura. […] Esto se refiere a cada uno de los obispos en su propia Iglesia particular; pero se refiere mucho más al Obispo de Roma, cuyo ministerio petrino está para procurar el bien y utilidad de la iglesia universal: En efecto, la iglesia romana preside “la asamblea universal de la caridad”, y por lo tanto está al servicio de la caridad. Precisamente de este principio surgieron aquellas antiguas palabras “siervo de los siervos de Dios”. (Juan Pablo II. Constitución apostólica Pastor Bonus, n. 1-2, 28 del junio 1998)

  • Al ministerio petrino están confiados las ovejas y los pastores

El ministerio de Pedro, como a “siervo de los siervos de Dios”, se ejerce respecto a la iglesia universal y respecto a los obispos de toda la Iglesia. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Pastor Bonus, n. 7, 28 de junio de 1988)

… juzga el hecho de Francisco no haberse ofendido con la Cruz en forma de símbolo comunista

  • El marxismo: máxima expresión de la resistencia al Espíritu Santo

Por desgracia, la resistencia al Espíritu Santo, que San Pablo subraya en la dimensión interior y subjetiva como tensión, lucha y rebelión que tiene lugar en el corazón humano, encuentra en las diversas épocas históricas y, especialmente, en la época moderna su dimensión externa, concentrándose como contenido de la cultura y de la civilización, como sistema filosófico, como ideología, como programa de acción y formación de los comportamientos humanos. Encuentra su máxima expresión en el materialismo, ya sea en su forma teórica —como sistema de pensamiento— ya sea en su forma práctica —como método de lectura y de valoración de los hechos— y además como programa de conducta correspondiente. El sistema que ha dado el máximo desarrollo y ha llevado a sus extremas consecuencias prácticas esta forma de pensamiento, de ideología y de praxis, es el materialismo dialéctico e histórico, reconocido hoy como núcleo vital del marxismo. (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et Vivificantem, n. 56, 18 de mayo de 1986)

  • El marxismo inspiró una dictadura férrea volviendo al hombre en esclavo

Tenemos detrás de nosotros un historia larga y dolorosa, y sentimos la necesidad irrefrenable de mirar hacia el futuro. La memoria histórica, sin embargo nos debe acompañar, porque podemos hacer que la experiencia de estas décadas interminables, en que incluso vuestro país [Lituania] ha sentido el peso de una férrea dictadura que, en nombre de la justicia y la igualdad, violó la libertad y la dignidad de los individuos y de la sociedad civil. ¿Cómo pudo suceder esto?
El análisis sería complejo. Me parece, sin embargo, poder decir que entre las razones no menos importantes es el ateísmo militante en el que el marxismo se inspiró: un ateísmo ofensivo incluso del hombre cuya dignidad sustraía el fundamento y la garantía más sólida. A este error se añadirán otros, como la concepción materialista de la historia, la visión duramente conflictiva de la sociedad, el papel “mesiánico” atribuido al partido único, señor del Estado. Todo convergerá para que este sistema, nacido con la presunción de liberar al hombre, termine por hacerlo esclavo. (Juan Pablo II. Discurso al mundo académico e intelectuales de Lituania, 5 de septiembre de 1993)

  • El marxismo contempla una concepción totalitaria del mundo

Después de la caída, en muchos países, de las ideologías que condicionaban la política a una concepción totalitaria del mundo —la primera entre ellas el marxismo—, existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana y a la absorción en la política de la misma inquietud religiosa que habita en el corazón de todo ser humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis Splendor, n. 101, 6 de agosto de 1993)

  • El marxismo-leninismo, 75 años de dramas por una mentira que ha herido profundamente la naturaleza humana

El reflujo del marxismo-leninismo ateo como sistema político totalitario en Europa está lejos de solucionar los dramas que ha provocado en estos tres cuartos de siglo. Todos los que han sido afectados por este sistema totalitario de un modo u otro, sus responsables y sus partidarios, como sus más extremos opositores, se han convertido en sus víctimas. Quienes han sacrificado por la utopía comunista su familia, sus energías y su dignidad comienzan a tomar conciencia de haber sido arrastrados en una mentira que ha herido profundamente la naturaleza humana. Los demás encuentran una libertad para la cual no estaban preparados y cuyo uso permanece hipotético, pues viven en condiciones políticas, sociales y económicas precarias, y experimentan una situación cultural confusa, con el despertar sangriento de los antagonismos nacionalistas.
En su conclusión el Simposio pre-sinodal os preguntaba ¿hacia dónde y hacia quién se dirigirán aquellos cuyas esperanzas utópicas acaban de desvanecerse? El vacío espiritual que mina la sociedad es, ante todo, un vacío cultural. Y es la conciencia moral, renovada por el Evangelio de Cristo, que puede llenarlo verdaderamente. (Juan Pablo II. Discurso a la Asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Cultura, 10 de enero de 1992)

  • El marxismo: sistema teórico y práctico que ofrece falsas soluciones

El mismo curso de la historia mundial está poniendo de manifiesto la falacia de las soluciones propuestas por el marxismo. Este sistema teórico y práctico exacerba metódicamente las divisiones entre los hombres, y pretende resolver las cuestiones humanas dentro de un horizonte cerrado a la trascendencia. En la orilla opuesta, la experiencia contemporánea de los países más desarrollados pone de manifiesto otras graves deficiencias: una visión de la vida basada sólo en el bienestar material y en una libertad egoísta que se autoconsidera ilimitada. Estas consideraciones ofrecen, por contraste, orientaciones claras para vuestro futuro. No existe verdadero progreso al margen de la verdad integral sobre el hombre, que los cristianos sabemos que sólo se encuentra en Cristo. Anheláis, ciertamente, la prosperidad junto con la tan necesaria superación de diferencias económicas y culturales y con la plena integración de todas las regiones de vuestra extensa geografía en un amplio programa de progreso y desarrollo. Sin embargo, todo esto será frágil y precario si no va unido a una cristianización más profunda de vuestra tierra. (San Juan Pablo II. Discurso al Presidente de la República de Chile, 22 de abril de 1991)

  • La ideología marxista llegó a las extremas consecuencias de su ateismo

Veo, ante todo, el estrato profundo y espléndido del cristianismo, la corriente espiritual y cristiana que ha tenido también su apogeo “contemporáneo”, siempre vivo y presente, como ya he dicho. Pero en ese conjunto han aparecido las otras, bien conocidas, corrientes de una potente elocuencia y eficacia negativa. Por una parte, está toda la herencia racionalista, iluminista, cientificista del llamado “liberalismo” laicista en las naciones del Occidente, que ha traído consigo la negación radical del cristianismo; por otra parte, está la ideología y la práctica del “marxismo” ateo, que ha llegado, puede decirse, a las extremas consecuencias de sus postulados materialistas en las diversas denominaciones actuales. En este “crisol candente” del mundo contemporáneo, Cristo quiere estar de nuevo presente, con toda la elocuencia de su misterio pascual. (Juan Pablo II. Discurso a la ciudad de Turín, 13 de abril de 1980)

  • La Iglesia opone a los “reduccionismos” marxistas la verdad sobre Dios

El siglo XX se ha convertido en la historia de la Iglesia y quizá especialmente en suelo polaco para el momento de un nuevo reto. Después de mil años de cristianismo Polonia tuvo que aceptar el desafío, que está contenido en la ideología de la dialéctica marxista, el que califica cada religión como un factor alienante para el hombre. Conocemos este desafío, yo mismo lo he vivido aquí, en esta tierra. La Iglesia lo está viviendo en diferentes lugares del globo terrestre.
Se trata de un desafío muy profundo. Según la antropología materialista, la religión es considerada un factor que priva al hombre de la plenitud de su humanidad. El hombre mismo con la religión se privaría, por sí solo, de la plenitud de la humanidad, renunciando a aquello que es inmanentemente e íntegramente “humano”, en favor de un Dios que de acuerdo con las premisas del sistema materialista serían solamente “un producto” del hombre.
Este puede ser un desafío destructivo. Sin embargo, después de años de experiencia, no podemos dejar de no constatar, que esta puede ser puesta igualmente un desafío que ha empeñado a fondo a los cristianos para emprender los esfuerzos, en la búsqueda de nuevas soluciones. En este sentido llega a ser, de algún modo, un desafío creativo: el elocuente testimonio del Concilio Vaticano II. La Iglesia ha aceptado el desafío; lo leyó en uno de los providenciales “signos de los tiempos” y por medio de estos “signos”, con una nueva profundidad y fuerza de convicción, ha dado testimonio de la verdad sobre Dios, Cristo y el hombre, contra todos los “reduccionismos” de naturaleza epistemológica o sistemática, contra toda dialéctica materialista. (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de Polonia, 14 junio de 1987)

  • La opción preferencial por los pobres no significa ver al pobre como clase en lucha

En la perspectiva del ya cercano medio milenio de evangelización, la Iglesia en América Latina se halla ante esa tarea importantísima, que hunde sus raíces en el Evangelio. No cabe duda que la Iglesia ha de ser íntegramente fiel a su Señor, poniendo en práctica esa opción, ofreciendo su generoso aporte a la obra de “liberación social” de las muchedumbres desposeídas, a fin de lograr para todos una justicia que corresponda a su dignidad de hombres e hijos de Dios. Pero esa importante y urgente tarea ha de realizarla en una línea de fidelidad al Evangelio, que prohíbe el recurso a métodos de odio y violencia:
— ha de realizarla manteniendo una opción preferencial por el pobre que no sea —como yo mismo he dicho en diversas ocasiones— exclusiva y excluyente, sino que se abra a cuantos quieren salir de su pecado y convertirse en su corazón;
— ha de realizarla sin que esa opción signifique ver al pobre como clase, como clase en lucha, o como Iglesia separada de la comunión y obediencia a los Pastores puestos por Cristo;
— ha de realizarla mirando al hombre en su vocación terrena y eterna;
— ha de realizarla sin que el imprescindible esfuerzo de transformación social exponga al hombre a caer tanto bajo sistemas que le privan de su libertad y le someten a programas de ateísmo, como de materialismo práctico que lo expolian de su riqueza interior y trascendente;
— ha de realizarla sabiendo que la primera liberación que ha de procurarse al hombre es la liberación del pecado, del mal moral que anida en su corazón, y que es causa del “pecado social” y de las estructuras opresoras.
Son éstos algunos puntos básicos de referencia, que la Iglesia no puede olvidar en su acción evangelizadora y promocional. Ellos han de estar presentes en la práctica y en la reflexión teológica, de acuerdo con las indicaciones de la Santa Sede en su reciente “Instrucción sobre algunos aspectos de la “teología de la liberación””, emanada de la Congregación para la Doctrina de la Fe. (Juan Pablo II. Misa por la evangelización de los pueblos, Santo Domingo, jueves 11 de octubre de 1984)

  • La solidaridad con los pobres no significa hipotecarse a ideologías extrañas a la fe

Por parte vuestra, dad la plena seguridad —a los miembros de vuestras diócesis que trabajan con ese espíritu en favor de los pobres— de que la Iglesia quiere mantener su opción preferencial por éstos y alienta el empeño de cuantos, fieles a las directrices de la Jerarquía, se entregan generosamente en favor de los más necesitados como parte inseparable de su propia misión. De esta manera el imprescindible clamor por la justicia y la necesaria solidariedad preferente con el pobre, no necesitarán hipotecarse a ideologías extrañas a la fe, como si fueran éstas las que guardan el secreto de la verdadera eficacia. Esta urgente llamada a la evangelización integral tiene también como punto de referencia los otros problemas que vosotros mismos me habéis presentado en vuestros informes, y que tiene como centro de vuestras preocupaciones la decadencia moral en muchos sectores de la vida pública. (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos del Perú en visita “ad limina”,nn. 4-5, 4 de octubre de 1984)

  • La peligrosa incertidumbre creada entre los fieles por la Teología de la Liberación

Al mismo tiempo, transformando los corazones es también la única fuerza capaz de cambiar eficazmente las estructuras, fundamentar y alentar la causa de la auténtica dignidad del hombre y establecer la civilización del amor. Ese amor, centro del cristianismo, eleva al hombre y lo lleva, en Cristo y por Cristo, a la plenitud sin término de su vida en Dios, a la vez que eleva las mismas realidades terrenas. Por eso no podemos aceptar un humanismo sin al menos una implícita referencia a Dios, ni una dialéctica materialista que sería la práctica negación de Dios.
Sobre esta base teológica habréis de fundamentar vuestro servicio general a la fe como Pastores y guías del Pueblo fiel. Desde ella tendréis que esclarecer las dudas de vuestros fieles en los temas que afecten a su camino eclesial. A este respecto no puedo dejar de mencionar la peligrosa incertidumbre creada en ciertos ambientes vuestros —aunque menos frecuentes que en otras partes— por algunas corrientes de la teología de la liberación. En esa labor de esclarecimiento os ayudarán las normas contenidas en la relativa Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y para que en vuestro País el empeño y aliento a la opción preferencial por los pobres sean plenamente eclesiales, os recomiendo recoger los criterios que di durante mi reciente visita a la República Dominicana (Ioannis Pauli PP. II, Homilia in urbe «Santo Domingo» habita, 5, die 11 oct. 1984). (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de Bolivia, 7 de diciembre de 1984)

  • El peligro de asumir acríticamente en la teología las tesis marxistas

Por último, también la Congregación para la Doctrina de la Fe, en cumplimiento de su específica tarea al servicio del magisterio universal del Romano Pontífice, ha debido intervenir para señalar el peligro que comporta asumir acríticamente, por parte de algunos teólogos de la liberación, tesis y metodologías derivadas del marxismo.
Así pues, en el pasado el Magisterio ha ejercido repetidamente y bajo diversas modalidades el discernimiento en materia filosófica. Todo lo que mis Venerados Predecesores han enseñado es una preciosa contribución que no se puede olvidar. (Juan Pablo II. Encíclica Fides et ratio, n. 54, 14 de septiembre de 1998)

  • El peligro de construir un hegelianismo o un marxismo supuestamente cristianos

Es a partir de este tipo de síntesis que vos encontraréis, juntamente con vuestros fieles, en la situación de todas las culturas. Hay lugar para muchas posiciones doctrinales diversas y más o menos legítimas. Sois ciertamente conscientes de un peligro: el dejar que se constituye una filosofía y una teología de la ”africanidad”, que sería únicamente autóctona y sin ninguna relación real y profunda con Cristo; y en este caso, el cristianismo no sería más que una referencia verbal, un elemento introducido y acrecentado artificialmente. La Europa medieval conoció también algunos aristotélicos que de cristianos sólo tenían el nombre, como por ejemplo los averroístas que Santo Tomás de Aquino y san Buenaventura debieron combatir con vigor. En la época actual, se puede percibir el mismo peligro en los intentos por construir un hegelianismo o un marxismo supuestamente cristianos. (Juan Pablo II. Discurso a los Obispos de Zaire en visita “ad Limina”, 30 de abril de 1983)

… juzga la idea que Francisco tiene de las palabras de Jesucristo en la Cruz

  • En la oscuridad la fe orienta a un reconocimiento confiado en Dios

El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a prueba. ¿Cómo no oír el gemido universal del hombre en la meditación del libro de Job? El inocente aplastado por el sufrimiento se pregunta comprensiblemente: “¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un tesoro?” (Jb 3,20-21). Pero también en la más densa oscuridad la fe orienta hacia el reconocimiento confiado y adorador del “misterio”: “Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable” (Jb 42, 2). (Juan Pablo II. Encíclica Evangelium vitae, n. 31, 25 de marzo de 1995)

  • El aspecto más paradójico de la vida del Salvador

La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración. Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía en el huerto de los Olivos. Jesús, abrumado por la previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: “¡Abbá, Padre!”. Le pide que aleje de él, si es posible, la copa del sufrimiento (cf. Mc 14, 36). Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del “rostro” del pecado. “Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Co 5, 21). Nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la cruz: “‘Eloí, Eloí, ¿lama sabactaní?’ — que quiere decir— ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?’” (Mc 15, 34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa? En realidad, el angustioso “por qué” dirigido al Padre con las palabras iniciales del Ps 22, aun conservando todo el realismo de un dolor indecible, se ilumina con el sentido de toda la oración en la que el salmista presenta unidos, en un conjunto conmovedor de sentimientos, el sufrimiento y la confianza. (Juan Pablo II. Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 25, 6 de enero de 2001)

  • El grito en la cruz no es señal de desesperación sino de amoroso ofrecimiento

El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, “abandonado” por el Padre, él se “abandona” en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática. (Juan Pablo II. Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 26, 6 de enero de 2001)

  • Reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia

En efecto, la oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por lo tanto, no podemos menos de abandonarnos en Él, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza […] La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de confianza y de amor. (Juan Pablo II. Discurso a los jóvenes presentes en la Basílica de San Pedro, 14 de marzo de 1979)

… juzga los criterios para ser obispo que tiene Francisco

  • Santificar al pueblo: misión decisiva confiada a los obispos

Desde luego, a la grandeza del “ministerio excelso” recibido de Cristo como sucesores de los Apóstoles, corresponde su responsabilidad de “ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (cf. 1 Co 4, 1). Como administradores que disponen de los misterios de Dios para distribuirlos en nombre de Cristo, los obispos deben estar estrechamente unidos y firmemente fieles a su Maestro, que no ha dudado en confiarles a ellos, como a los Apóstoles, una misión decisiva para la vida de la Iglesia en todos los tiempos: la santificación del pueblo de Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 30 de septiembre de 1992)

  • La formación teológica de los presbíteros es responsabilidad de los obispos

El obispo es el responsable de la formación permanente, destinada a hacer que todos sus presbíteros sean generosamente fieles al don y al ministerio recibido, como el Pueblo de Dios los quiere y tiene el “derecho” de tenerlos. Esta responsabilidad lleva al obispo, en comunión con el presbiterio, a hacer un proyecto y establecer un programa, capaces de estructurar la formación permanente no como un mero episodio, sino como una propuesta sistemática de contenidos, que se desarrolla por etapas y tiene modalidades precisas. El obispo vivirá su responsabilidad no sólo asegurando a su presbiterio lugares y momentos de formación permanente, sino haciéndose personalmente presente y participando en ellos convencido y de modo cordial. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores dabo vobis, n. 79, 25 de marzo de 1992)

  • Sin el testimonio de santidad el obispo pierde la credibilidad

No obstante, la santidad personal del obispo nunca se limita al mero ámbito subjetivo, puesto que sus frutos redundan siempre en beneficio de los fieles confiados a su cura pastoral. Al practicar la caridad propia del ministerio pastoral recibido, el obispo se convierte en signo de Cristo y adquiere la autoridad moral necesaria para que, en el ejercicio de la autoridad jurídica, incida eficazmente en su entorno. En efecto, si el oficio episcopal no se apoya en el testimonio de santidad manifestado en la caridad pastoral, en la humildad y en la sencillez de vida, acaba por reducirse a un papel casi exclusivamente funcional y pierde fatalmente credibilidad ante el clero y los fieles. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Pastores gregis, n. 11, 16 de octubre de 2003)

  • La figura ideal del obispo sigue siendo la del pastor santo

En el alba del tercer milenio, la figura ideal del obispo con la que la Iglesia sigue contando es la del pastor que, configurado a Cristo en la santidad de vida, se entrega generosamente por la Iglesia que se le ha encomendado, llevando al mismo tiempo en el corazón la solicitud por todas las Iglesias del mundo (cf. 2 Co 11, 28). (Juan Pablo II. Homilía en la clausura de la X Asamblea del Sínodo, n. 3, 27 de octubre de 2001)

  • El obispo que no vive lo que enseña transmite un mensaje contradictorio

Si el obispo, que enseña a la comunidad la Palabra escuchada con una autoridad ejercida en el nombre de Jesucristo, no vive lo que enseña, transmite a la comunidad misma un mensaje contradictorio. […] Podría decirse que, en el obispo, misión y vida se unen de tal de manera que no se puede pensar en ellas como si fueran dos cosas distintas: Nosotros, obispos, somos nuestra propia misión. Si no la realizáramos, no seríamos nosotros mismos. […] El testimonio de vida es para el obispo como un nuevo título de autoridad, que se añade al título objetivo recibido en la consagración. A la autoridad se une el prestigio. Ambos son necesarios. En efecto, de una se deriva la exigencia objetiva de la adhesión de los fieles a la enseñanza auténtica del obispo; por el otro se facilita la confianza en su mensaje. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores gregis, n. 31, 16 de octubre de 2003)

… juzga la idea de que los cristianos deben abajarse siempre que tiene Francisco

  • … y quiso que otros la reconocieran

Jesucristo hablaba a menudo de sí, utilizando el apelativo de “Hijo del hombre” (cf. Mt 16, 28; Mc 2, 28). Dicho título […] respondía a aquella “pedagogía de la fe”, a la que Jesús recurría voluntariamente. En efecto, deseaba que sus discípulos y los que le escuchaban llegasen por sí solos al descubrimiento de que “el Hijo del hombre” era al mismo tiempo el verdadero Hijo de Dios. De ello tenemos una demostración muy significativa en la profesión de Simón Pedro, hecha en los alrededores de Cesarea de Filipo […]. Jesús provoca a los Apóstoles con preguntas y cuando Pedro llega al reconocimiento explícito de su identidad divina, confirma su testimonio llamándolo “bienaventurado tú, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado sino mi Padre” (cf. Mt 16, 17). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 26 de agosto de 1987)

  • La humildad es la conciencia de la propia pequeñez con relación a Dios…

La actitud fundamental del hombre frente a Dios es por tanto la humildad, es decir, la límpida y serena autoconciencia de la propia pequeñez, del propio límite, de la propia contingencia, y condición de criatura con relación al Eterno, al Omnisciente. (Juan Pablo II. Discurso a los profesores y estudiantes de la Universidad de Perusa, n. 2, 26 de octubre de 1986)

  • …es sumisión a la verdad y condición de la grandeza

La humildad es sumisión creativa a la fuerza de la verdad y del amor. La humildad es rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza. (Juan Pablo II. Ángelus, 4 de marzo de 1979)

  • El cristiano debe hablar de la fe con franqueza y valentía

El anuncio está animado por la fe, que suscita entusiasmo y fervor en el misionero. Como ya se ha dicho, los Hechos de los Apóstoles expresan esta actitud con la palabra “parresía”, que significa hablar con franqueza y valentía; este término se encuentra también en San Pablo: “Confiados en nuestro Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frecuentes luchas” (1 Tes 2, 2). “Orando … también por mí, para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca y pueda dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene” (Ef 6, 19-20). (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 45, 7 de diciembre de 1990)

  • El servicio de la verdad es la tarea prioritaria de los obispos

Hoy día, frente al humanismo autosuficiente que con frecuencia prescinde de Dios; frente a quien olvida la condición peregrinante del hombre sobre la tierra; frente a doctrinas o conductas personales y sociales incompatibles con la moral del Evangelio, es necesario que los fieles encuentren en sus Pastores ante todo la luz de la fe y de la enseñanza, que tienen derecho a recibir con abundancia y en toda su pureza (Lumen gentium, n. 37). […] Para poder hacer frente a los desafíos del presente, es necesario que la Iglesia aparezca, a todo nivel, como “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3, 15). El servicio de la Verdad, que es Cristo, es nuestra tarea prioritaria. Esta Verdad es revelada. No nace de la simple experiencia humana. Es Dios mismo, que en Jesucristo, por medio del Espíritu Santo, se da a conocer al hombre. […] Nuestra firmeza vendrá de ese sólido fundamento, ya que la Iglesia hoy, a pesar de todas las dificultades del ambiente, no puede hablar de manera diversa a como Cristo habló. Por ello la Iglesia, y ante todo sus Pastores, habrán de encontrarse unidos en torno a la Verdad Absoluta que es Dios, y anunciarla en toda su integridad y pureza. (Juan Pablo II. Discurso al segundo grupo de obispos de Chile en visita “ad limina”, n. 2, 8 de noviembre de 1984)

… juzga la idea de hacer teología que tiene Francisco

  • Servir a la doctrina también es un acto de amor hacia el hombre

La tarea del teólogo al servicio de la doctrina sobre Dios constituye, al mismo tiempo, según la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, un acto de amor hacia el hombre. (Juan Pablo II. Discurso a los teólogos en Altötting, n. 1, 18 de noviembre de 1980)

  • La Tradición es el verdadero puente entre la Escritura y la actualidad

El teólogo católico no puede tender el puente entre la Escritura y las preocupaciones de nuestro presente sin tener en cuenta la mediación de la Tradición. Esta no reemplaza a la Palabra de Dios en la Biblia; más bien da testimonio de ella, en el transcurso de épocas históricas, mediante nuevas interpretaciones. […] Haced ver a los hombres de la Iglesia que, obrando así, no os abandonáis a reliquias del pasado, sino que nuestra gran herencia, que se extiende desde los Apóstoles hasta nuestros días, encierra en sí un rico potencial capaz de dar respuesta a los interrogantes actuales. (Juan Pablo II. Discurso a los teólogos en Altötting, n. 2, 18 de noviembre de 1980)

  • La Tradición hace al teólogo más sensible al presente

Si somos [los teólogos] capaces de descubrir el valor de la Sagrada Escritura y de percibir el eco que ha dejado en la Tradición viva de la Iglesia, podremos entonces transmitir mejor el Evangelio de Dios. Nos haremos más críticos y sensibles de cara a nuestro propio presente. (Juan Pablo II. Discurso a los teólogos en Altötting, n. 2, 18 de noviembre de 1980)

  • Virtudes del teólogo: fidelidad al Magisterio y modestia en las opiniones personales

En el estudio y la enseñanza de la doctrina católica aparezca bien clara la fidelidad al Magisterio de la Iglesia. En el cumplimiento de la misión de enseñar, especialmente en el ciclo institucional, se impartan ante todo las enseñanzas que se refieren al patrimonio adquirido de la Iglesia. Las opiniones probables y personales que derivan de las nuevas investigaciones sean propuestas modestamente como tales. (Juan Pablo II. Constitución Sapientia Christiana, art. 70, 15 de Abril de 1979)

  • La teología muestra cuál es la frontera ante la que hay que detenerse

El creyente tiene derecho a saber en qué debe fiarse en asuntos de fe. La teología debe hacer ver al hombre la frontera ante la que debe detenerse. (Juan Pablo II. Discurso a los teólogos en Altötting, n. 3, 18 de noviembre de 1980)

  • Debe excluirse de la Teología cualquier forma de sincretismo

La Verdad revelada debe ser considerada también en conexión con los adelantos científicos del momento presente, para que se comprenda claramente «cómo la fe y la razón se encuentran en la única verdad» y su exposición sea tal, que, sin mutación de la verdad, se adapte a la naturaleza y a la índole de cada cultura, teniendo especialmente en cuenta la filosofía y la sabiduría de los pueblos, excluyendo no obstante cualquier forma de sincretismo o de falso particularismo. (Juan Pablo II. Constitución Sapientia Christiana, art. 68, 15 de Abril de 1979)

  • No se deben aceptar sistemas filosóficos o métodos de estudio que no puedan conciliarse con la fe

Se deben investigar, escoger y tomar con cuidado los valores positivos que se encuentran en las distintas filosofías y culturas; pero no se deben aceptar sistemas y métodos que no puedan conciliarse con la fe cristiana. (Juan Pablo II. Constitución Sapientia Christiana, art. 68, 15 de Abril de 1979)

… juzga las ideas presentes en la Laudato Sí´

  • El principal deber de los Pastores es el de ser maestros de la verdad divina y no políticos, científicos o técnicos

Es un gran consuelo para el Pastor universal constatar que os congregáis aquí, no como un simposio de expertos, no como un parlamento de políticos, no como un congrego de científicos o técnicos, por importantes que puedan ser esas reuniones, sino como un fraterno encuentro de Pastores de la Iglesia. Y como Pastores tenéis la viva conciencia de que vuestro deber principal es el de ser maestros de la verdad. No de una verdad humana y racional, sino de la Verdad que viene de Dios; que trae consigo el principio de la auténtica liberación del hombre: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32); esa verdad que es la única en ofrecer una base sólida para una “praxis” adecuada. (Juan Pablo II. Discurso en la inauguración de la III Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, 28 de enero de 1979)

  • La trama y guía de la doctrina social es la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios

Hay que tener presente desde ahora que lo que constituye la trama y en cierto modo la guía […], en verdad, de toda la doctrina social de la Iglesia, es la correcta concepción de la persona humana y de su valor único, porque “el hombre… en la tierra es la sola criatura que Dios ha querido por sí misma”. En él ha impreso su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26), confiriéndole una dignidad incomparable. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 11, 1 de mayo de 1991)

  • Salvaguardar la vida natural y moral del hombre es más urgente que preservar el medio ambiente y las especies animales amenazadas de extinción

Además de la destrucción irracional del ambiente natural hay que recordar aquí la más grave aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está lejos de prestar la necesaria atención. Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los “habitat” naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica “ecología humana”. No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 38, 1 de mayo de 1991)

  • La doctrina social es un instrumento de evangelización que anuncia la salvación en Cristo y bajo esta perspectiva se ocupa de lo demás

La doctrina social tiene de por sí el valor de un instrumento de evangelización: en cuanto tal, anuncia a Dios y su misterio de salvación en Cristo a todo hombre y, por la misma razón, revela al hombre a sí mismo. Solamente bajo esta perspectiva se ocupa de lo demás: de los derechos humanos de cada uno y, en particular, del “proletariado”, la familia y la educación, los deberes del Estado, el ordenamiento de la sociedad nacional e internacional, la vida económica, la cultura, la guerra y la paz, así como del respeto a la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 54, 1 de mayo de 1991)

  • Para eso ofrece principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción

La doctrina social cristiana ha reivindicado una vez más su carácter de aplicación de la Palabra de Dios a la vida de los hombres y de la sociedad así como a las realidades terrenas, que con ellas se enlazan, ofreciendo “principios de reflexión”, “criterios de juicio” y “directrices de acción”. (Juan Pablo II. Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, n. 8, 30 de diciembre de 1987)

  • La verdadera visión moral del mundo se basa en convicciones religiosas sacadas de la Revelación

No pocos valores éticos, de importancia fundamental para el desarrollo de una sociedad pacífica, tienen una relación directa con la cuestión ambiental. La interdependencia de los muchos desafíos, que el mundo actual debe afrontar, confirma la necesidad de soluciones coordinadas, basadas en una coherente visión moral del mundo. Para el cristiano tal visión se basa en las convicciones religiosas sacadas de la Revelación. (Juan Pablo II. Mensaje para la XXIII Jornada Mundial de la paz, n. 2, 1 de enero de 1990)

  • No existe solución para la cuestión moral fuera del Evangelio, donde ellas encuentran su debido planteamiento moral

Consciente de su misión como sucesor de Pedro, León XIII se propuso hablar, y esta misma conciencia es la que anima hoy a su sucesor. Al igual que él y otros Pontífices anteriores y posteriores a él, me voy a inspirar en la imagen evangélica del “escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos”, del cual dice el Señor que “es como el amo de casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas” (Mt 13, 52). Este tesoro es la gran corriente de la Tradición de la Iglesia, que contiene las “cosas viejas”, recibidas y transmitidas desde siempre, y que permite descubrir las “cosas nuevas”, en medio de las cuales transcurre la vida de la Iglesia y del mundo. […] Como entonces, hay que repetir que no existe verdadera solución para la “cuestión social” fuera del Evangelio y que, por otra parte, las “cosas nuevas” pueden hallar en él su propio espacio de verdad y el debido planteamiento moral. (Juan Pablo II. Centesimus annus, n. 3; 5, 1 de mayo de 1991)

  • Para conocer al hombre es necesario conocer a Dios

La Iglesia conoce el “sentido del hombre” gracias a la Revelación divina. “Para conocer al hombre, el hombre verdadero, el hombre integral, hay que conocer a Dios”, decía Pablo VI, citando a continuación a santa Catalina de Siena, que en una oración expresaba la misma idea: “En la naturaleza divina, Deidad eterna, conoceré la naturaleza mía”. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 55, 1 de mayo de 1991)

  • El futuro depende de la concepción del hombre acerca de su destino final, y esta es la contribución específica de la Iglesia

La primera y más importante labor se realiza en el corazón del hombre, y el modo como éste se compromete a construir el propio futuro depende de la concepción que tiene de sí mismo y de su destino. Es a este nivel donde tiene lugar la contribución específica y decisiva de la Iglesia […]. La Iglesia lleva a cabo este servicio predicando la verdad sobre la creación del mundo, que Dios ha puesto en las manos de los hombres para que lo hagan fecundo y más perfecto con su trabajo, y predicando la verdad sobre la Redención, mediante la cual el Hijo de Dios ha salvado a todos los hombres y al mismo tiempo los ha unido entre sí haciéndolos responsables unos de otros. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 51, 1 de mayo de 1991)

  • La solución del problema ecológico está en referir toda la creación a Dios

El desequilibrio ecológico […] nace de un uso arbitrario —y en definitiva nocivo— de las criaturas, cuyas leyes y orden natural se violan, ignorando o despreciando la finalidad que es inmanente en la obra de la creación. También este modo de comportamiento se deriva de una falsa interpretación de la autonomía de las cosas terrenas. Cuando el hombre usa estas cosas “sin referirlas al Creador” —por utilizar también las palabras de la Constitución conciliar— se hace a sí mismo daños incalculables. La solución del problema de la amenaza ecológica está en relación íntima con los principios de la “legítima autonomía de las realidades terrenas”, es decir, en definitiva, con la verdad acerca de la creación y acerca del Creador del mundo. (Juan Pablo II. Audiencia general, 2 de abril de 1986, n. 4)

  • Centralidad del hombre y su primado sobre los demás seres

Por parte mía, en estos cuatro años de pontificado, no he dejado de proclamar, en mis Encíclicas y Catequesis, la centralidad del hombre, su primado sobre las cosas y la importancia de la dimensión subjetiva del trabajo, fundada sobre la dignidad de la persona humana. En efecto, el hombre es, en cuanto persona, el centro de la creación; porque sólo él ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Llamado a “dominar la tierra” (Gen 1, 28) con la perspicacia de su inteligencia y con la actividad de sus manos, él se convierte en artífice del trabajo — tanto manual como intelectual — comunicando a su quehacer la misma dignidad que él tiene. (Juan Pablo II. Encuentro con los trabajadores y empresarios, n. 3, 7 de noviembre de 1982)

  • El hombre, gloria de Dios, hace de lo creado una alabanza a Dios

La fe nos dice que podemos tomar responsablemente las riendas de la historia para ser artífices de nuestro propio destino. El Señor de la historia hace al hombre y a los pueblos protagonistas, sujetos de su propio futuro, respondiendo al llamado de Dios. Todo lo ha puesto a disposición del hombre, rey de la creación, para hacer de lo creado un himno de alabanza a Dios; y la gloria de Dios es el hombre viviente, que tiene su vida en la visión de Dios. (Juan Pablo II. Discurso al secretariado episcopal de América central (SEDAC), n. 8, 2 de marzo de 1983)

  • El hombre puede dominar la tierra porque sólo él —y ningún otro de los seres vivientes— es capaz de “cultivarla” y transformarla según sus propias necesidades

Cuando al comienzo del texto yahvista, antes aún que se hable de la creación del hombre “del polvo de la tierra”, leemos que “no había todavía hombre que labrase la tierra ni rueda que subiese el agua con que regarla” (Gn 2, 5-6), asociamos justamente este pasaje al del primer relato, en el que se expresa el mandamiento divino: “Henchid la tierra: sometedla y dominad” (Gn 1, 28). El segundo relato alude de manera explícita al trabajo que el hombre desarrolla para cultivar la tierra. El primer medio fundamental para dominar la tierra se encuentra en el hombre mismo. El hombre puede dominar la tierra porque sólo él —y ningún otro de los seres vivientes— es capaz de “cultivarla” y transformarla según sus propias necesidades. (Juan Pablo II. Audiencia, n. 4, 24 de octubre de 1979)

  • En el orden de lo creado las criaturas inferiores son sometidas al hombre

El libro del Génesis dice que el Creador ha dado toda la tierra, en cierto sentido todo el mundo visible, al hombre y lo ha puesto bajo su dominio. Como imagen y semejanza de Dios el hombre domestica la tierra, la hace suya humanizándola de modo responsable. Al mismo tiempo, ha dado este mundo al hombre como tarea para su trabajo. Las criaturas inferiores han sido sometidas al hombre, y al mismo tiempo le han sido dados los recursos contenidos en el mundo creado, comenzando por las riquezas visibles que se encuentran, por así decirlo, en la superficie, hasta las escondidas profundamente en la estructura de la materia que el genio humano descubre gradualmente. (Juan Pablo II. Homilía en la cuidad de Guayana, n. 3, 29 de enero de 1985)

  • La única criatura que Dios ha amado por sí misma tiene una dignidad que le viene de su naturaleza espiritual, por eso no debemos igualarlo a los demás seres

Cuando el concepto de naturaleza se aplica al hombre, culmen de la creación, cobra un sentido particular. El hombre, la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, tiene una dignidad que le viene de su naturaleza espiritual, en la que se encuentra la impronta del Creador, ya que ha sido creado a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26), y ha sido dotado de las más elevadas facultades que posee una criatura: la razón y la voluntad. Éstas le permiten decidir libremente y entrar en comunicación con Dios, para responder a su llamada y realizarse según su propia naturaleza. En efecto, al ser de naturaleza espiritual, el hombre es capaz de acoger las realidades sobrenaturales y de llegar a la felicidad eterna, que Dios le ofrece gratuitamente. Esta comunicación es posible, puesto que Dios y el hombre son dos esencias de naturaleza espiritual. (Juan Pablo II. Discurso a la asamblea plenaria de la academia pontificia de ciencias, n. 5, 27 de octubre de 1998)

  • El antropocentrismo cristiano es plenamente teocéntrico

De hecho el cristianismo es antropocéntrico precisamente porque es plenamente teocéntrico; y al mismo tiempo es teocéntrico gracias a su antropocentrismo singular. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 29 de noviembre de 1978)

  • El esplendor de la verdad brilla de modo particular en el hombre

El esplendor de la verdad brilla en todas las obras del Creador y, de modo particular, en el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26), pues la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor. Por esto el salmista exclama: “¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!” (Sal 4, 7). (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, 6 de agosto de 1993)

  • El hombre no puede someterse a lo que es inferior en la jerarquía de las criaturas

¡Con cuánto amor miran los ojos del Maestro y Redentor la belleza del mundo creado! El mundo visible ha sido creado para el hombre. Cristo dice entonces a los que le escuchan: “¿No valéis vosotros mucho más que las aves del cielo y los lirios del campo?” (cf. Mt 6, 26 Mt 6, 28) […] Pero precisamente por eso, el hombre no puede aceptar que su ser espiritual se vea sometido a lo que es inferior en la jerarquía de las criaturas. No puede tomar como meta última de su existencia lo que le ofrecen la tierra y la temporalidad de lo creado. No puede bajarse a servir a las cosas, como si estas fueran el único fin y el destino último de su vida. (Juan Pablo II. Homilía en el viaje apostólico a México y Curaçao, n. 4, 10 de mayo de 1990)

  • El ecocentrismo es una consideración igualitaria de la “dignidad” de todos los seres vivos

En nombre de una concepción inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, se propone eliminar la diferencia ontológica y axiológica entre el hombre y los demás seres vivos, considerando la biosfera como una unidad biótica de valor indiferenciado. Así, se elimina la responsabilidad superior del hombre en favor de una consideración igualitaria de la “dignidad” de todos los seres vivos. (Juan Pablo II. Discurso al Congreso Internacional sobre ambiente y salud, n. 5, 24 de marzo de 1997)

  • Hay un peligro de reducir la persona humana y considerarla como los demás elementos naturales

Ante estas diferencias conceptuales en el campo de la investigación científica y técnica, conviene interrogarse sobre las acepciones de este concepto, pues no hay que descuidar sus repercusiones sobre el hombre y sobre la visión que los científicos se forman de él. El peligro principal estriba en reducir la persona a una cosa o considerarla como los demás elementos naturales, relativizando así al hombre, al que Dios ha colocado en el centro de la creación. En la medida en que el interés se concentra ante todo en los elementos, se puede sentir la tentación de no captar ya la naturaleza de un ser vivo o de la creación, considerados globalmente, y de reducirlos a conjuntos de elementos que tienen múltiples interacciones. En consecuencia, ya no se percibe al hombre en su unidad espiritual y corporal, en su alma, principio espiritual en el hombre, que es como la forma de su cuerpo. (Juan Pablo II. Discurso a la asamblea plenaria de la academia pontificia de ciencias, n. 3, 27 de octubre de 1998)

  • La contemplación de la naturaleza nos debe recordar que si Dios cuida así a todas sus criaturas, ¿cuánto no hará para que no nos falte nada de lo necesario?

Al contrario, el hombre está llamado a buscar a Dios con todas sus fuerzas, incluso por medio de su trabajo en el mundo. Sólo en Dios el hombre encuentra afirmada su propia libertad, su señorío y superioridad sobre todas las demás criaturas. Y, si alguna vez se debilitase esta sencilla y profunda convicción, la contemplación de la misma naturaleza nos debe recordar que, si así cuida Dios a todas sus criaturas, ¿cuánto no hará para que no nos falte nada de lo necesario? A los hombres nos corresponde una tarea primordial: Buscar el Reino de Dios y su justicia (cf. Mt 6, 33). En esto debemos emplear todas nuestras fuerzas, porque ese Reino es “como un tesoro escondido en un campo, la perla más valiosa”, de que nos habla el Evangelio; y para obtenerlo, debemos hacer todo lo posible, hasta “venderlo todo.” (cf. Mt 13, 44. 45), es decir, no tener otro afán en el corazón. (Juan Pablo II. Homilía en la Celebración Eucarística para el mundo del trabajo en Monterrey, n. 4-5, 10 de mayo de 1990)

  • Existe una tendencia de nivelar las varias religiones y experiencias espirituales, presentándolas como caminos de salvación

Sabéis bien que, en la base de esta difusión [de las sectas], hay también muchas veces una gran falta de formación religiosa con la consiguiente indecisión acerca de la necesidad de la fe en Cristo y de la adhesión a la Iglesia instituida por él. Se tiende a presentar las religiones y las varias experiencias espirituales como niveladas en un mínimo común denominador, que las haría prácticamente equivalentes, con el resultado de que toda persona sería libre de recorrer indiferentemente uno de los muchos caminos propuestos para alcanzar la salvación deseada. Si a esto se suma el proselitismo audaz, que caracteriza a algún grupo particularmente activo e invasor de estas sectas, se comprende de inmediato cuán urgente es hoy sostener la fe de los cristianos, dándoles la posibilidad de una formación religiosa permanente, para profundizar cada vez mejor su relación personal con Cristo. Debéis esforzaros principalmente por prevenir ese peligro, consolidando en los fieles la práctica de la vida cristiana y favoreciendo el crecimiento del espíritu de auténtica fraternidad en el seno de cada una de las comunidades eclesiales. (Juan Pablo II. Discurso al undécimo grupo de obispos de Brasil en visita “ad limina”, n. 2, 23 de marzo de 2003)

  • No hay camino de salvación en una religión diferente de la fundada por Cristo

No ha faltado quien ha querido interpretar la acción misionera [de la Iglesia] como un intento de imponer a otros las propias convicciones y opciones, en contraste con un determinado espíritu moderno, que se jacta, como si fuera una conquista definitiva, de la absoluta libertad de pensamiento y de conciencia personal. Según esa perspectiva, la actividad evangelizadora debería sustituirse con un diálogo interreligioso, que consistiría en un intercambio de opiniones y de informaciones, con las que cada una de las partes da a conocer el propio credo y se enriquece con el pensamiento de los otros, sin ninguna preocupación por llegar a una conclusión. […] Así se respetaría el camino de salvación que cada uno sigue según la propia educación y tradición religiosa (cf. Redemptoris missio, n. 4). Pero esta concepción es irreconciliable con el mandato de Cristo a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20, Mc 16, 15), transmitido a la Iglesia […] [El Concilio] confirmó al mismo tiempo el papel de la Iglesia, en la que es necesario que el hombre entre y persevere, si quiere salvarse. […] Esta doctrina tradicional de la Iglesia pone al descubierto la inconsistencia y la superficialidad de una actitud relativista e irenista acerca del camino de la salvación, en una religión diferente de la fundada en la fe en Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 10 de mayo de 1995)

  • En la Sabiduría eterna la tradición cristiana ha visto el rostro de Cristo

En el admirable canto que la Sabiduría entona en el libro de los Proverbios, y que se leyó al principio de este encuentro, se presenta “constituida desde la eternidad, desde el principio” (Pr 8, 24). La Sabiduría está presente en el momento de la creación como arquitecto”, dispuesta a poner sus delicias “entre los hijos de los hombres” (cf. Pr 8, 30-31). Bajo estos aspectos, la tradición cristiana ha visto en ella el rostro de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación […] Todo fue creado por él y para él; él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia” (Col 1, 15-17; cf. Jn 1, 3). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 2 de agosto de 2000)

  • En toda la creación de encuentran vestigios de Dios, pero la luz de Dios resplandece con toda su belleza en Jesucristo

La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, ‘imagen de Dios invisible’ (Col 1, 15), ‘resplandor de su gloria’ (Hb 1, 3), ‘lleno de gracia y de verdad’ (Jn 1, 14): él es ‘el camino, la verdad y la vida’ (Jn 14, 6). Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún, como recuerda el Concilio Vaticano II, la respuesta es la persona misma de Jesucristo: “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (Gaudium et spes, n. 22). (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 2, 6 de agosto de 1993)

  • Cristo repara el pecado, pero el hombre se opone a la gracia frente al testimonio de la cruz

Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que ‘Dios amó tanto… que lo dio su Hijo unigénito’, Dios que ‘es amor’, no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal.
La misericordia en sí misma, en cuanto perfección de Dios infinito es también infinita. Infinita pues e inagotable es la prontitud del Padre en acoger a los hijos pródigos que vuelven a casa. Son infinitas la prontitud y la fuerza del perdón que brotan continuamente del valor admirable del sacrificio de su Hijo. No hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite. Por parte del hombre puede limitarla únicamente la falta de buena voluntad, la falta de prontitud en la conversión y en la penitencia, es decir, su perdurar en la obstinación, oponiéndose a la gracia y a la verdad especialmente frente al testimonio de la cruz y de la resurrección de Cristo. (Juan Pablo II. Encíclica Dives in misericordia, n. 13, 30 de noviembre de 1980)

  • No se trata sólo de crear un hombre vivo, sino de introducir a los hombres en la vida divina: “El que está en Cristo es una nueva creación

La primera creación, desgraciadamente, fue devastada por el pecado. Sin embargo, Dios no la abandonó a la destrucción, sino que preparó su salvación, que debía constituir una “nueva creación” (cf. Is 65, 17; Ga 6, 15; Ap 21, 5). […] En efecto, la nueva creación tuvo su inicio gracias a la acción del Espíritu Santo en la muerte y resurrección de Cristo. En su Pasión, Jesús acogió plenamente la acción del Espíritu Santo en su ser humano (cf. Hb 9, 14), quien lo condujo, a través de la muerte, a una nueva vida (cf. Rm 6, 10) que Él tiene poder de comunicar a todos los creyentes, transmitiéndoles este mismo Espíritu, primero de modo inicial en el bautismo, y luego plenamente en la resurrección final.
La tarde de Pascua, Jesús resucitado, apareciéndose a los discípulos en el Cenáculo, renueva sobre ellos la misma acción que Dios Creador había realizado sobre Adán. Dios había “soplado” sobre el cuerpo del hombre para darle vida. Jesús “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).
El soplo humano de Jesús sirve así a la realización de una obra divina más maravillosa aún que la inicial. No se trata sólo de crear un hombre vivo, como en la primera creación, sino de introducir a los hombres en la vida divina. […] “Por tanto, el que está en Cristo ―escribe San Pablo― es una nueva creación” (2 Co 5, 17). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 10 de enero de 1990)

  • La cultura cristiana siempre ha reconocido en las criaturas que rodean al hombre otros tantos dones de Dios: la explotación desenfrenada es fruto de la secularización de la sociedad

La ecología, que nació como nombre y como mensaje cultural hace más de un siglo, ha conquistado rápidamente la atención de los estudiosos, suscitando un creciente interés interdisciplinar por parte de biólogos, médicos, economistas, filósofos y políticos. Se trata del estudio de la relación entre los organismos vivos y su ambiente, en particular entre el hombre y todo su entorno. […] Al mismo tiempo, la antropología bíblica ha considerado al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, como criatura capaz de trascender la realidad mundana en virtud de su espiritualidad y, por tanto, como custodio responsable del ambiente en el que vive. Se lo ofrece el Creador como casa y como recurso. Es evidente la consecuencia que se sigue de esta doctrina: la relación que el hombre tiene con Dios determina la relación del hombre con sus semejantes y con su ambiente. Por eso, la cultura cristiana ha reconocido siempre en las criaturas que rodean al hombre otros tantos dones de Dios que se han de cultivar y custodiar con sentido de gratitud hacia el Creador. En particular, la espiritualidad benedictina y la franciscana han testimoniado esta especie de parentesco del hombre con el medio ambiente, alimentando en él una actitud de respeto a toda realidad del mundo que lo rodea. En la edad moderna secularizada se asiste al nacimiento de una doble tentación: una concepción del saber ya no entendido como sabiduría y contemplación, sino como poder sobre la naturaleza, que consiguientemente se considera objeto de conquista. La otra tentación es la explotación desenfrenada de los recursos, bajo el impulso de la búsqueda ilimitada de beneficios. (Juan Pablo II. Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los promotores y participantes en un Congreso Internacional sobre “ambiente y salud”, n. 1, 3-4, 24 de marzo de 1997)

  • Posiciones ecológicas exasperadas piden la represión de la natalidad o, inspiradas en el ecocentrismo y el biocentrismo, se presentan en favor de una consideración igualitaria de la “dignidad” de todos los seres vivos

Hoy asistimos, a menudo, al despliegue de posiciones opuestas y exasperadas: por una parte, basándose en que los recursos ambientales pueden agotarse o llegar a ser insuficientes, se pide la represión de la natalidad, especialmente respecto a los pueblos pobres y en vías de desarrollo. Por otra, en nombre de una concepción inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, se propone eliminar la diferencia ontológica y axiológica entre el hombre y los demás seres vivos, considerando la biosfera como una unidad biótica de valor indiferenciado. Así, se elimina la responsabilidad superior del hombre en favor de una consideración igualitaria de la “dignidad” de todos los seres vivos. (Juan Pablo II. Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los promotores y participantes en un Congreso Internacional sobre ambiente y salud, n. 5, 24 de marzo de 1997)

  • Una cuestión moral: los problemas ambientales surgieron porque el hombre se alejó de la voluntad del Criador de ser dueño y custodio de la naturaleza, con inteligencia y nobleza

Este estado de amenaza para el hombre, por parte de sus productos, tiene varias direcciones y varios grados de intensidad. Parece que somos cada vez más conscientes del hecho de que la explotación de la tierra, del planeta sobre el cual vivimos, exige una planificación racional y honesta. Al mismo tiempo, tal explotación para fines no solamente industriales, sino también militares, el desarrollo de la técnica no controlado ni encuadrado en un plan a radio universal y auténticamente humanístico, llevan muchas veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella. […] En cambio era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como “dueño” y “custodio” inteligente y noble, y no como “explotador” y “destructor” sin ningún reparo. El progreso de la técnica y el desarrollo de la civilización de nuestro tiempo, que está marcado por el dominio de la técnica, exigen un desarrollo proporcional de la moral y de la ética. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptor Hominis, n. 15, 4 de marzo de 1979)

  • El mal al que nos enfrentamos en la cuestión del desarrollo de los pueblos es un mal moral, fruto de un alejamiento de Dios, único fundamento verdadero de una ética absolutamente vinculante

He creído oportuno señalar este tipo de análisis, ante todo para mostrar cuál es la naturaleza real del mal al que nos enfrentamos en la cuestión del desarrollo de los pueblos; es un mal moral, fruto de muchos pecados que llevan a “estructuras de pecado”. Diagnosticar el mal de esta manera es también identificar adecuadamente, a nivel de conducta humana, el camino a seguir para superarlo. Este camino es largo y complejo y además está amenazado constantemente tanto por la intrínseca fragilidad de los propósitos y realizaciones humanas, cuanto por la mutabilidad de las circunstancias externas tan imprevisibles. Sin embargo, debe ser emprendido decididamente y, en donde se hayan dado ya algunos pasos, o incluso recorrido una parte del mismo, seguirlo hasta el final. En el plano de la consideración presente, la decisión de emprender ese camino o seguir avanzando implica ante todo un valor moral, que los hombres y mujeres creyentes reconocen como requerido por la voluntad de Dios, único fundamento verdadero de una ética absolutamente vinculante. Es de desear que también los hombres y mujeres sin una fe explícita se convenzan de que los obstáculos opuestos al pleno desarrollo no son solamente de orden económico, sino que dependen de actitudes más profundas que se traducen, para el ser humano, en valores absolutos. En este sentido, es de esperar que todos aquellos que, en una u otra medida, son responsables de una “vida más humana” para sus semejantes —estén inspirados o no por una fe religiosa— se den cuenta plenamente de la necesidad urgente de un cambio en las actitudes espirituales que definen las relaciones de cada hombre consigo mismo, con el prójimo, con las comunidades humanas, incluso las más lejanas y con la naturaleza; y ello en función de unos valores superiores, como el bien común, o el pleno desarrollo “de todo el hombre y de todos los hombres”, según la feliz expresión de la Encíclica Populorum Progressio. Para los cristianos, así como para quienes la palabra “pecado” tiene un significado teológico preciso, este cambio de actitud o de mentalidad, o de modo de ser, se llama, en el lenguaje bíblico: “conversión” (cf. Mc 1, 15; Lc 13, 35; Is 30, 15). Esta conversión indica especialmente relación a Dios, al pecado cometido, a sus consecuencias, y, por tanto, al prójimo, individuo o comunidad. (Juan Pablo II. Encíclica Sollicitudo rei socialis, n. 37-38, 30 de diciembre de 1987)

  • La raíz del problema ecológico está la pérdida del sentido del Dios Criador: una cuestión moral. Fragmentos de Centessimus annus omitidos en las citaciones de Laudato Si’

Es asimismo preocupante […] la cuestión ecológica. El hombre, impulsado por el deseo de tener y gozar, más que de ser y de crecer, consume de manera excesiva y desordenada los recursos de la tierra y su misma vida. […] Cree que puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas a su voluntad como si ella no tuviese una fisonomía propia y un destino anterior dados por Dios, y que el hombre puede desarrollar ciertamente, pero que no debe traicionar. […] Esto demuestra, sobre todo, mezquindad o estrechez de miras del hombre, animado por el deseo de poseer las cosas en vez de relacionarlas con la verdad, y falto de aquella actitud desinteresada, gratuita, estética que nace del asombro por el ser y por la belleza que permite leer en las cosas visibles el mensaje de Dios invisible que las ha creado. A este respecto, la humanidad de hoy debe ser consciente de sus deberes y de su cometido para con las generaciones futuras. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 37, 1 de mayo de 1991)

  • Más que preservar el “habitat” de los animales, es preciso salvaguardar las condiciones morales de la sociedad humana. Más fragmentos de la Centessimus annus “olvidados” en las citaciones de Laudato Si’

Además de la destrucción irracional del ambiente natural hay que recordar aquí la más grave aún del ambiente humano, al que, sin embargo, se está lejos de prestar la necesaria atención. Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los “habitat” naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica “ecología humana”. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 38, 1 de mayo de 1991)

  • La “ecología integral” presenta una concepción de familia diferente de la católica, que es fundada en el matrimonio, cuna de la formación moral del hombre. Aún más fragmentos de la Centessimus annus “olvidados” en las citaciones de Laudato Si’

La primera estructura fundamental a favor de la «ecología humana» es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona. Se entiende aquí la familia fundada en el matrimonio, en el que el don recíproco de sí por parte del hombre y de la mujer crea un ambiente de vida en el cual el niño puede nacer y desarrollar sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y prepararse a afrontar su destino único e irrepetible. En cambio, sucede con frecuencia que el hombre se siente desanimado a realizar las condiciones auténticas de la reproducción humana y se ve inducido a considerar la propia vida y a sí mismo como un conjunto de sensaciones que hay que experimentar más bien que como una obra a realizar. De aquí nace una falta de libertad que le hace renunciar al compromiso de vincularse de manera estable con otra persona y engendrar hijos, o bien le mueve a considerar a éstos como una de tantas «cosas» que es posible tener o no tener, según los propios gustos, y que se presentan como otras opciones. Hay que volver a considerar la familia como el santuario de la vida. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 39, 1 de mayo de 1991)

  • La cuestión ecológica encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte indicación ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida

Defender y promover, respetar y amar la vida es una tarea que Dios confía a cada hombre, llamándolo, como imagen palpitante suya, a participar de la soberanía que El tiene sobre el mundo: “Y Dios los bendijo, y les dijo Dios: ‘Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra’” (Gen 1, 28). El texto bíblico evidencia la amplitud y profundidad de la soberanía que Dios da al hombre. Se trata, sobre todo, del dominio sobre la tierra y sobre cada ser vivo, como recuerda el libro de la Sabiduría: “Dios de los Padres, Señor de la misericordia… con tu Sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti creados, y administrase el mundo con santidad y justicia” (9, 1.2-3). También el Salmista exalta el dominio del hombre como signo de la gloria y del honor recibidos del Creador: “Le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies: ovejas y bueyes, todos juntos, y aun las bestias del campo, y las aves del cielo, y los peces del mar, que surcan las sendas de las aguas” (Sal 8, 7-9). El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo (cf. Gen 2, 15), tiene una responsabilidad específica sobre el ambiente de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de su dignidad personal, de su vida: respecto no sólo al presente, sino también a las generaciones futuras. Es la cuestión ecológica —desde la preservación del “hábitat” natural de las diversas especies animales y formas de vida, hasta la “ecología humana” propiamente dicha— que encuentra en la Biblia una luminosa y fuerte indicación ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida, de toda vida. (Juan Pablo II. Encíclica Evangelium vitae, n. 42, 25 de marzo de 1995)

  • La verdadera conversión favorece una vida nueva, en la que no haya separación entre la fe y las obras, en la respuesta cotidiana a la universal llamada a la santidad

Para hablar de conversión, el Nuevo Testamento utiliza la palabra metanoia, que quiere decir cambio de mentalidad. No se trata sólo de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los criterios evangélicos. A este respecto, san Pablo habla de “la fe que actúa por la caridad” (Gal 5, 6). Por ello, la auténtica conversión debe prepararse y cultivarse con la lectura orante de la Sagrada Escritura y la recepción de los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía. La conversión conduce a la comunión fraterna, porque ayuda a comprender que Cristo es la cabeza de la Iglesia, su Cuerpo místico; mueve a la solidaridad, porque nos hace conscientes de que lo que hacemos a los demás, especialmente a los más necesitados, se lo hacemos a Cristo. La conversión favorece, por tanto, una vida nueva, en la que no haya separación entre la fe y las obras en la respuesta cotidiana a la universal llamada a la santidad. Superar la división entre fe y vida es indispensable para que se pueda hablar seriamente de conversión. En efecto, cuando existe esta división, el cristianismo es sólo nominal. Para ser verdadero discípulo del Señor, el creyente ha de ser testigo de la propia fe, pues “el testigo no da sólo testimonio con las palabras, sino con su vida. Hemos de tener presentes las palabras de Jesús: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7, 21). La apertura a la voluntad del Padre supone una disponibilidad total, que no excluye ni siquiera la entrega de la propia vida: “El máximo testimonio es el martirio”. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America, n. 26, 22 de enero de 1999)

  • La verdadera actividad ecuménica de ningún modo significa renunciar o causar perjuicio a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia

La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptor Hominis, n. 6, 4 de marzo de 1979)

… juzga la idea sobre la evangelización de América que tiene Francisco

  • Valoración globalmente positiva sobre los primeros evangelizadores

Quiero, sin embargo, reiterar la valoración globalmente positiva sobre la actuación de los primeros evangelizadores que eran en gran parte miembros de órdenes religiosas. […] Así, entre luces y sombras —más luces que sombras, si pensamos en los frutos duraderos de fe y de vida cristiana en el Continente— la primera siembra de la palabra de vida, nacida de tantas fatigas y sacrificios, evoca los sentimientos del Apóstol, que fueron lema de tantos misioneros: “Habríamos deseado daros no sólo el evangelio de Dios, sino incluso nuestra misma vida” (1 Tes 2, 8). […] Los frutos de la primera evangelización se han ido afianzando con el correr de los siglos y son característicos del catolicismo del pueblo latinoamericano, que brilla también por su profundo sentido comunitario, su anhelo de justicia social, su fidelidad a la fe de la Iglesia, su profunda piedad mariana y su amor al Sucesor de Pedro.
Esta rápida mirada histórica sobre la vida eclesial de América Latina suscita en mí un sentimiento de viva gratitud al Señor por la labor de tantos religiosos y religiosas que han sembrado la semilla del Evangelio de Cristo. (Juan Pablo II. Carta Apostólica a los religiosos y religiosas de América Latina en el V centenario de la evangelización del Nuevo Mundo, 29 de junio de 1990)

  • Alargando los brazos de su misericordia Cristo abarca en la totalidad el Nuevo Mundo

Me llena de gozo encontrarme nuevamente en esta tierra generosa, que en los designios de Dios fue predestinada para recibir, hace ahora cinco siglos, la Cruz de Cristo, que alargando sus brazos de misericordia y amor, llegaría a abarcar la totalidad de aquel mundo nuevo que un 12 de octubre de 1492 apareció radiante a los ojos atónitos de Cristóbal Colón y sus compañeros. (Juan Pablo II. Discurso en la ceremonia de bienvenida en el aeropuerto de Santo Domingo, 10 de octubre de 1992)

  • Todos los habitantes de estas tierras fueron llamados a formar parte de la Iglesia

Éste es el sentido de la exhortación de San Pedro contenida en la primera lectura: “Vosotros, como piedras vivas, entrad en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo” (1 P 2, 5).
Estas palabras, dirigidas a los cristianos de la Iglesia naciente, vinieron a ser una realidad para los habitantes de estas tierras, cuando hace cinco siglos el mensaje de salvación fue anunciado por primera vez. Todos ellos fueron llamados a formar parte del edificio espiritual que es la Iglesia, cuya piedra angular es Cristo Jesús. (Juan Pablo II. Homilía, santa misa para los sacerdotes, religiosos y religiosas, Santo Domingo, 10 de octubre de1992)

  • La fe es constitutiva del ser e identidad de América

Hasta este Continente llegó el Evangelio de las bienaventuranzas, el anuncio de Cristo Crucificado y Resucitado, de su dolor solidario y liberador, camino hacia un nuevo cielo y una nueva tierra donde no habrá más lágrimas, ni muerte (cf. Ap 21, 1.4). “La bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres” (Tt 3, 4) han sido proclamados en estas tierras. En los surcos abiertos de su historia, la semilla del Evangelio, regada por la sangre de los mártires, fructificó en un pueblo creyente que acogió al Señor de la Vida, y “la fe pasó a ser constitutiva de su ser y de su identidad” (Puebla, 412), como lo demuestran cinco siglos de vida cristiana. (Juan Pablo II, Homilía, santa misa para los sacerdotes, religiosos y religiosas, Santo Domingo. 10 de octubre de1992)

  • ¡América, abre de par en par las puertas a Cristo!

Con la fuerza del Espíritu Santo la obra redentora de Cristo se hacía presente por medio de aquella multitud de misioneros que, urgidos por el mandato del Señor de “predicar la Buena Nueva a toda criatura” (Mc 16, 15), cruzaron el océano para anunciar a sus hermanos el mensaje de salvación. […] Hoy, junto con toda la Iglesia, elevamos nuestra acción de gracias por los cinco siglos de evangelización. En verdad se cumplen las palabras del profeta Isaías, que hemos escuchado: “Se estremecerá y se ensanchará tu corazón porque vendrán a ti los tesoros del mar” (Is 60, 5). Son las riquezas de la fe, de la esperanza, del amor. Son “las riquezas de las naciones” (Ibíd.): sus valores, sus conocimientos, su cultura. La Iglesia, que a lo largo de su historia ha conocido pruebas y divisiones, se siente enriquecida por Aquel que es el Señor de la historia.
América, ¡abre de par en par las puertas a Cristo! Deja que la semilla plantada hace cinco siglos fecunde todos los ámbitos de tu vida: los individuos y las familias, la cultura y el trabajo, la economía y la política, el presente y el futuro. (Juan Pablo II. Homilía en el V Centenario de la Evangelización de América, 11 de octubre de1992)

  • En las aguas bautismales naciste a una nueva vida, injertándote en el Cuerpo Místico de Cristo, casa común de cuantos invocan a Dios como Padre

¡América Latina! como Sucesor de Pedro y Obispo de Roma yo te saludo en el V Centenario de tu evangelización, recordando aquel año 1492 en que las naves de España, guiadas por Colón, llevaron a esas tierras fecundas la semilla del Evangelio, haciendo también realidad el encuentro de dos mundos.
Doy gracias, sobre todo, por tus 500 años de fe cristiana. En las aguas bautismales naciste a una nueva vida, injertándote en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, arca de salvación y casa común de cuantos invocan a Dios como Padre.
Tu apertura a la gracia y tu acogida a la Palabra de vida te hicieron pasar de las tinieblas a aquella luz admirable que, en tus santos y santas, es faro radiante que, desde la Iglesia, ilumina al mundo.
¡América del tercer milenio cristiano sé siempre fiel a Jesucristo! Sé digna de aquellos abnegados misioneros que en ti plantaron la simiente de la fe. Ábrete más y más con humildad y amor, a la Buena Nueva que libera y salva. Resiste firmemente a los embates del mal y a la tentación de la violencia. (Juan Pablo II. Mensaje del Santo Padre a los pueblos de América, 12 de octubre 1992)

  • ¡Cómo no dar gracias por la semilla plantada por intrépidos misioneros!

Esta Conferencia se reúne para celebrar a Jesucristo, para dar gracias a Dios por su presencia en estas tierras de América, donde hace ahora 500 años comenzó a difundirse el mensaje de la salvación; se reúne para celebrar la implantación de la Iglesia, que durante estos cinco siglos tan abundantes frutos de santidad y amor ha dado en el Nuevo Mundo. […] La evangelización propiamente dicha, sin embargo, comenzó con el segundo viaje de los descubridores, a quienes acompañaban los primeros misioneros. Se iniciaba así la siembra del don precioso de la fe. Y ¿cómo no dar gracias a Dios por ello, junto con vosotros, queridos Hermanos Obispos, que hoy hacéis presentes en Santo Domingo a todas las Iglesias particulares de Latinoamérica? ¡Cómo no dar gracias por los abundantes frutos de la semilla plantada a lo largo de estos cinco siglos por tantos y tan intrépidos misioneros! (Juan Pablo II. Discurso inaugural de la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano en Santo Domingo, 12 de octubre de 1992)

  • Mediante la fe en Cristo, Dios ha renovado su alianza con América Latina

Con la llegada del Evangelio a América se ensancha la historia de la salvación, crece la familia de Dios, se multiplica “para gloria de Dios el número de los que dan gracias”. Los pueblos del Nuevo Mundo eran “pueblos nuevos… totalmente desconocidos para el Viejo Mundo hasta el año 1492”, pero “conocidos por Dios desde toda la eternidad y por El siempre abrazados con la paternidad que el Hijo ha revelado en la plenitud de los tiempos’. En los pueblos de América, Dios se ha escogido un nuevo pueblo, lo ha incorporado a su designio redentor, lo ha hecho partícipe de su Espíritu. Mediante la evangelización y la fe en Cristo, Dios ha renovado su alianza con América Latina. (Juan Pablo II. Discurso inaugural de la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano, Santo Domingo, 12 de octubre de 1992)

  • Amando vuestro pasado y purificándolo, seréis fieles a vosotros mismos

Con mi viaje he querido despertar en vosotros el recuerdo de vuestro pasado cristiano y de los grandes momentos de vuestra historia religiosa. Esa historia por la que, a pesar de las inevitables lagunas humanas, la Iglesia os debía un testimonio de gratitud. Sin que ello significase invitaros a vivir de nostalgias o con los ojos sólo en el pasado, deseaba dinamizar vuestra virtualidad cristiana. Para que sepáis iluminar desde la fe vuestro futuro, y construir sobre un humanismo cristiano las bases de vuestra actual convivencia. Porque amando vuestro pasado y purificándolo, seréis fieles a vosotros mismos y capaces de abriros con originalidad al porvenir. (Juan Pablo II. Discurso Ceremonia de despedida en el Aeropuerto de Labacolla, Santiago de Compostela, 9 de noviembre de 1982)

  • ¡Gracias España por tu fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo!

Vengo atraído por una historia admirable de fidelidad a la Iglesia y de servicio a la misma, escrita en empresas apostólicas y en tantas grandes figuras que renovaron esa Iglesia, fortalecieron su fe, la defendieron en momentos difíciles y le dieron nuevos hijos en enteros continentes. En efecto, gracias sobre todo a esa impar actividad evangelizadora, la porción más numerosa de la Iglesia de Cristo habla hoy y reza a Dios en español. Tras mis viajes apostólicos, sobre todo por tierras de Hispanoamérica y Filipinas, quiero decir en este momento singular: ¡Gracias, España; gracias, Iglesia en España, por tu fidelidad al Evangelio y a la Esposa de Cristo! (Juan Pablo II. Discurso en el Aeropuerto de Barajas, 30 de octubre de 1982)

  • Hombres en los que latía la preocupación por el indefenso indígena

Desde los primeros momentos del descubrimiento, la preocupación de la Iglesia se pone de manifiesto, para hacer presente el reino de Dios en el corazón de los nuevos pueblos, razas y culturas, y en primer lugar entre vuestros antepasados.
Si queremos tributar un merecido agradecimiento a quienes transplantaron las semillas de la fe, ese homenaje hay que rendirlo en primer lugar a las órdenes religiosas, que se destacaron […] No se trata, por otra parte, de una difusión de la fe, desencarnada de la vida de sus destinatarios, aunque siempre debe mantener su esencial referencia a Dios. Por ello la Iglesia en esta isla fue la primera en reivindicar la justicia y en promover la defensa de los derechos humanos en las tierras que se abrían a la evangelización.
Son lecciones de humanismo, de espiritualidad y de afán por dignificar al hombre, las que nos enseñan Antonio Montesinos, Córdoba, Bartolomé de las Casas, a quienes harán eco también en otras partes Juan de Zumárraga, Motolinia, Vasco de Quiroga, José de Anchieta, Toribio de Mogrovejo, Nóbrega y tantos otros. Son hombres en los que late la preocupación por el débil, por el indefenso, por el indígena, sujetos dignos de todo respeto como personas y como portadores de la imagen de Dios, destinados a una vocación transcendente. De ahí nacerá el primer Derecho Internacional con Francisco de Vitoria.
Y es que no pueden disociarse —es la gran lección, válida hoy también— anuncio del Evangelio y promoción humana; pero para la Iglesia, aquél no puede confundirse ni agotarse —como algunos pretenden— en ésta última. Sería cerrar al hombre espacios infinitos que Dios le ha abierto. Y sería falsear el significado profundo y completo de la evangelización, que es ante todo anuncio de la Buena Nueva del Cristo Salvador. (Juan Pablo II. Homilía en Plaza de la Independencia de Santo Domingo, 25 de enero de 1979)

  • Apóstoles como el P. José de Anchieta se colocaron al lado de los indígenas

Habéis querido que la Misa del Papa en su paso por esta ciudad sea una rememoración de otra Misa, de la que fue la primera celebrada en la tierra recién descubierta. ¿Qué deciros, entonces?
La primera observación que hay que hacer es que, mientras la mayoría de los pueblos llegaron a conocer a Cristo y al Evangelio después de varios siglos de su historia, las naciones del continente latinoamericano y, entre ellas de modo especial Brasil, nacieron cristianas. Las carabelas que el día 3 de abril de 1500 llegaban a la bahía de Porto Seguro, traían también los primeros misioneros y evangelizadores, los hijos de San Francisco. Desembarcados Pedro Álvarez Cabral y los primeros colonizadores, fue alzada una cruz y rezada la primera Misa, en la que ya estuvieron presentes, admirados, algunos indígenas. Se dio a las nuevas tierras el nombre de tierra de Santa Cruz. Esos hechos, en la aurora de Brasil, habrían de marcar, profundamente, la historia, ya ahora cinco veces secular, de la nueva nación que nacía para el Occidente. […] Lo cierto es que apóstoles, como el padre José de Anchieta, […] se colocaron decididamente al lado de las poblaciones indígenas, aprendiendo de ellos la lengua, asimilando sus gustos, adaptándose a su mentalidad, defendiéndoles la vida y, simultáneamente, anunciándoles la verdad salvífica de Jesucristo, convirtiéndolos para el Evangelio, bautizándolos e integrándolos en la Iglesia.
Surge así el catolicismo brasileño, resultado, como el propio Brasil, de una de las fusiones más importantes de la historia humana. Aquí se mezclaron, durante tres siglos, el indio, el europeo y el africano y, a partir del siglo pasado, a ellos vinieron a sumarse la sangre y las culturas de los árabes, como los cristianos maronitas, y de los emigrantes japoneses asiáticos, constituyendo hoy una gran comunidad, predominantemente católica. En este sentido, Brasil ofrece un testimonio altamente positivo. Aquí se ha ido construyendo con inspiración cristiana una comunidad humana multirracial. Un verdadero tapiz de razas, como afirman los sociólogos, amalgamadas todas por el vínculo de la misma lengua y de la misma fe. […] Esas son otras tantas pruebas de la gran religiosidad de los brasileños, católicos en la mayoría absoluta de sus hijos e hijas.
La fe cristiana respeta las expresiones culturales de cualquier pueblo, siempre que sean verdaderos y auténticos valores. Pero dejar de transmitir a todos los hombres el íntegro depósito de la fe sería una infidelidad a la propia misión de la Iglesia. Sería no reconocer a los hombres un fundamental derecho suyo: el derecho a la verdad.
El verdadero apóstol del Evangelio es el que va humanizando y evangelizando al mismo tiempo, en la certeza de que quien evangeliza, también civiliza. (Juan Pablo II. Homilía en Salvador de Bahía, 7 de julio 1980)

  • La Iglesia, defensora infatigable de los indios y protectora de los valores que había en sus culturas

Damos, pues, gracias a Dios por la pléyade de evangelizadores que dejaron su patria y dieron su vida para sembrar en el Nuevo Mundo la vida nueva de la fe, la esperanza y el amor. No los movía la leyenda de “El Dorado”, o intereses personales, sino el urgente llamado a evangelizar unos hermanos que aún no conocían a Jesucristo. Ellos anunciaron “la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres” a unas gentes que ofrecían a sus dioses incluso sacrificios humanos.
Ellos testimoniaron, con su vida y con su palabra, la humanidad que brota del encuentro con Cristo. Por su testimonio y su predicación, el número de hombres y mujeres que se abrían a la gracia de Cristo se multiplicaron “como las estrellas del cielo, incontables como las arenas de las orillas del mar”
Desde los primeros pasos de la evangelización, la Iglesia católica, movida por la fidelidad al Espíritu de Cristo, fue defensora infatigable de los indios, protectora de los valores que había en sus culturas, promotora de humanidad frente a los abusos de colonizadores a veces sin escrúpulos. La denuncia de las injusticias y atropellos por obra de Montesinos, Las Casas, Córdoba, fray Juan del Valle y tantos otros, fue como un clamor que propició una legislación inspirada en el reconocimiento del valor sagrado de la persona. La conciencia cristiana afloraba con valentía profética en esa cátedra de dignidad y de libertad que fue, en la Universidad de Salamanca, la Escuela de Vitoria, y en tantos eximios defensores de los nativos, en España y en América Latina. Nombres que son bien conocidos y que con ocasión del V Centenario han sido recordados con admiración y gratitud. Por mi parte, y para precisar los perfiles de la verdad histórica poniendo de relieve las raíces cristianas y la identidad católica del Continente, sugerí que se celebrara un Simposio Internacional sobre la Historia de la Evangelización de América, organizado por la Pontificia Comisión para América Latina. Los datos históricos muestran que se llevó a cabo una válida, fecunda y admirable obra evangelizadora y que, mediante ella, se abrió camino de tal modo en América la verdad sobre Dios y sobre el hombre que, de hecho, la evangelización misma constituye una especie de tribunal de acusación para los responsables de aquellos abusos. (Juan Pablo II. Discurso inaugural de la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano en Santo Domingo, 12 de octubre de 1992)

… juzga la idea de una “Iglesia horizontal” que tiene Francisco

  • No se puede promover una renovación contraria a la identidad del Cuerpo Místico de Cristo

No podemos olvidar que una de las mayores tentaciones de nuestra época es la de pretender promover una renovación eclesial que, al polarizar su atención en torno a ciertos rasgos —puestos particularmente de relieve por la sensibilidad moderna— no tiene suficientemente en cuenta elementos fundamentales de la identidad constitutiva del Cuerpo Místico de Cristo, como son su estructura jerárquica, la unidad querida por su divino Fundador o su carácter específicamente sacramental (cf. Lumen gentium, n. 26). (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de Guatemala en visita “ad limina”, 20 de enero de 1989)

  • La estructura jerárquica pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia

Cristo instituyó una estructura jerárquica y ministerial de la Iglesia, formada por los Apóstoles y sus sucesores; estructura que no deriva de una anterior comunidad ya constituida, sino que fue creada directamente por Él. […] Dicha estructura pertenece, por consiguiente, a la naturaleza misma de la Iglesia, según el designio divino realizado por Jesús. Según este mismo designio, esa estructura desempeña un papel esencial en todo el desarrollo de la comunidad cristiana, desde el día de Pentecostés hasta el fin de los tiempos. (Juan Pablo II. Audiencia general, 1 de julio de 1992, n. 8)

  • Primado de autoridad en el colegio apostólico y en la Iglesia

Pedro aparece siempre en primer lugar en todas las listas de los Apóstoles (en el texto de Mt 10, 2 incluso se le califica con la palabra “primero”). A él Jesús le da un nombre nuevo, Cefas, que se traduce al griego (eso indica que era significativo), para designar el oficio y el puesto que Simón ocupará en la Iglesia de Cristo. Son elementos que nos sirven para comprender mejor el significado histórico y eclesiológico de la promesa de Jesús, contenida en el texto de Mateo (16, 18-19), y el encargo de la misión pastoral descrito por Juan (21, 15-19): el primado de autoridad en el colegio apostólico y en la Iglesia. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 16 de diciembre de 1992)

  • La potestad pontificia no es delegada por los obispos ni necesita su mediación

El Concilio [Vaticano I] subraya que la potestad del Papa “es ordinaria e inmediata tanto en todas y cada una de las Iglesias como en todos y cada uno de los pastores y fieles” (DS 3064). Es ordinaria, en el sentido de que es propia del Romano Pontífice en virtud de la tarea que le corresponde y no por delegación de los obispos; es inmediata, porque puede ejercerla directamente, sin el permiso o la mediación de los obispos. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 24 de febrero de 1993)

  • El Sucesor de Pedro debe ser fiel a la voluntad de Cristo en cuanto a su autoridad

Para el sucesor de Pedro no se trata de reivindicar poderes semejantes a los de los dominadores terrenos, de los que habla Jesús (cf. Mt 20, 25-28) sino de ser fiel a la voluntad del Fundador de la Iglesia que ha instituido este tipo de sociedad y este modo de gobernar al servicio de la comunión en la fe y en la caridad. Para responder a la voluntad de Cristo, el sucesor de Pedro deberá asumir y ejercer la autoridad que le ha sido dada con espíritu de humilde servicio y con la finalidad de asegurar la unidad. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 5, 24 de febrero de 1993)

  • Prerrogativas del Romano Pontífice sobre los Concilios

La acción pastoral de todos, y especialmente la colegial de todo el Episcopado obtiene la unidad a través del ministerium Petrinum del obispo de Roma. […] Y debemos añadir, también con el Concilio, que, si la potestad colegial sobre toda la Iglesia obtiene su expresión particular en el Concilio ecuménico, es “prerrogativa del Romano Pontífice convocar estos Concilios ecuménicos, presidirlos y confirmarlos” (Lumen gentium, n. 22). Todo, pues, tiene por cabeza al Papa, obispo de Roma, como principio de unidad y de comunión. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 24 de febrero de 1993)

  • La limitación de la potestad pontificia no es conforme a Cristo

Habían existido intentos de reducir la potestad del Romano Pontífice a un cargo de inspección o de dirección. Algunos habían propuesto que el Papa fuese simplemente un árbitro en los conflictos entre las Iglesias locales, o diese solamente una dirección general a las actividades autónomas de las Iglesias y de los cristianos, con consejos y exhortaciones. Pero esta limitación no estaba conforme con la misión conferida por Cristo a Pedro. Por ello el Concilio Vaticano I subraya la plenitud del poder papal, y define que no basta reconocer que el Romano Pontífice tiene la parte principal: se debe admitir en cambio que él “tiene toda la plenitud de esa potestad suprema” (DS 3064). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 24 de febrero de 1993)

… juzga la idea sobre ofrecer rosarios que tiene Francisco

  • El deseo de un pontífice para que no cesemos de orar

Y si deseo animaros y entusiasmaros a algo, es precisamente a esto: que no ceséis de visitar este santuario. Más aún: quiero deciros a todos, pero sobre todo a los jóvenes (porque los jóvenes están encariñados de modo especial con este lugar): no ceséis de orar: es necesario “orar en todo tiempo y no desfallecer” (Lc 18, 1), dice Jesús. Orad y formad, mediante la oración, vuestra vida. (Juan Pablo II. Discurso en el Santuario de Kalwaria Zebrzydowska, n. 3, 7 de junio de 1979)

  • En la Iglesia existe enorme necesidad de oración incesante

Estamos reunidos también hoy, como todos los domingos para el rezo en común del Ángelus. La lectura de la liturgia de hoy nos estimula a reflexionar sobre la oración. “Señor, enséñanos a orar…” (Lc 11, 1) dice a Cristo en el Evangelio uno de sus discípulos. Y Él les responde apelándose al ejemplo de un hombre, ciertamente de un hombre importuno que, encontrándose en necesidad, llama a la puerta de un amigo suyo nada menos que a media noche. Pero obtiene lo que pide. Jesús, por tanto, nos anima a tener una actitud similar en la oración: la actitud de ardiente perseverancia. Dice: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá…” (Lc 11, 9). […] Existe una enorme necesidad de oración, de la oración grande e incesante de la Iglesia; existe la necesidad de la oración ferviente, humilde y perseverante. La oración es el primer frente donde chocan, en nuestro mundo, el bien y el mal. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 1;3, 27 de julio de 1980)

  • La serena sucesión del Ave María ejerce una acción pacificadora

Debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave María, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado. (Juan Pablo II. Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 40, 16 de octubre de 2002)

  • Os animo a los ejercicios de devoción que habéis mantenido a lo largo de siglos

Deseo igualmente recordaros una verdad importante afirmada por el Concilio Vaticano II; es ésta: “Con todo, la participación en la sagrada liturgia no agota toda la vida espiritual” (Sacrosanctum Concilium, n. 12). Y por ello yo también os animo a otros ejercicios de devoción que habéis mantenido amorosamente a lo largo de siglos, especialmente en relación con el Santísimo Sacramento. Estos actos de piedad honran a Dios y son útiles a nuestra vida cristiana; dan alegría al corazón y nos ayudan a apreciar más el culto litúrgico de la Iglesia. (Juan Pablo II. Homilía en el viaje apostólica a Irlanda, n. 7, 29 de septiembre de 1979)

  • El rosario, tal y como el cristianismo, no ha perdido nada de la novedad de sus orígenes

El rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a “remar mar adentro” (duc in altum!), para anunciar, más aún, ‘proclamar’ a Cristo al mundo como Señor y Salvador, ‘el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14, 6), el ‘fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización’. (Juan Pablo II. Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 1, 16 de Octubre de 2002)

… juzga la idea de la fe como revolución que tiene Francisco

  • La concepción de Cristo como revolucionario es incompatible con la Iglesia

Ahora bien, corren hoy por muchas partes —el fenómeno no es nuevo— “relecturas” del Evangelio, resultado de especulaciones teóricas más bien que de auténtica meditación de la Palabra de Dios y de un verdadero compromiso evangélico. Ellas causan confusión al apartarse de los criterios centrales de la fe de la Iglesia y se cae en la temeridad de comunicarlas, a manera de catequesis, a las comunidades cristianas.
En algunos casos o se silencia la divinidad de Cristo, o se incurre de hecho en formas de interpretación reñidas con la fe de la Iglesia. Cristo sería solamente un “profeta”, un anunciador del reino y del amor de Dios, pero no el verdadero Hijo de Dios, ni sería por tanto el centro y el objeto del mismo mensaje evangélico.
En otros casos se pretende mostrar a Jesús como comprometido políticamente, como un luchador contra la dominación romana y contra los poderes, e incluso implicado en la lucha de clases. Esta concepción de Cristo como político, revolucionario, como el subversivo de Nazaret, no se compagina con la catequesis de la Iglesia. (Juan Pablo II. Discurso en la inauguración de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, n. I. 4, 28 de enero de 1979)

  • Necesitamos una fe orante y adorante que se manifiesta en la moral de vida

El doctor místico [San Juan de la Cruz], superando esos escollos, ayuda con su ejemplo y doctrina a robustecer la fe cristiana con las cualidades fundamentales de la fe adulta, como pide el Concilio Vaticano II: una fe personal, libre y convencida, abrazada con todo el ser, una fe eclesial, confesada y celebrada en la comunión de la Iglesia; una fe orante y adorante, madurada en la experiencia de comunión con Dios; una fe solidaria y comprometida, manifestada en coherencia moral de vida y en dimensión de servicio. Esta es la fe que necesitamos y de la que el santo de Fontiveros nos ofrece su testimonio personal y sus enseñanzas siempre actuales. (Juan Pablo II, Carta Apostólica Maestro en la fe, n. 7, 14 de diciembre de 1990)

  • La adhesión a Cristo debe ser robustecida por la coherencia de vida y la fidelidad al Evangelio

Mi pensamiento va, asimismo, a San Luis Gonzaga, co-patrono de la diócesis [de Mantua]. Este joven apasionado por Cristo nos dirige también hoy a todos nosotros una apremiante exhortación a la coherencia y a la fidelidad al Evangelio, recordándonos que Dios debe ocupar el primer lugar en nuestra existencia. […] Tras las huellas de tantos santos y beatos, los cristianos mantuanos deben proseguir en su camino de fe, confirmando cada día su adhesión a Cristo y consolidando los vínculos de una unión fraterna robustecida por la inquebrantable fidelidad al Evangelio.
(Juan Pablo II. Mensaje al Obispo de Mantua, n. 3, 10 de junio de 2004)

  • La Iglesia necesita almas que no dejen de cantar alabanzas a la Trinidad

En este período de grandes cambios y transformaciones, Croacia necesita hombres y mujeres de fe viva, que sepan dar testimonio del amor de Dios a los hombres y mostrarse disponibles a poner sus energías al servicio del Evangelio. Vuestra nación necesita apóstoles, que vayan a la gente para llevarle la buena nueva; necesita almas orantes, que no dejen de cantar las alabanzas a la Santísima Trinidad y eleven súplicas a ‘Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad’ (1 Tm 2, 4). (Juan Pablo II. Mensaje a los miembros de la conferencia episcopal de Croacia, n. 3, 4 de octubre de 1998)

  • ¡Sed cristianos convencidos!

¿Cuál ha sido la fuerza interior que formó a vuestros santos y, por tanto, sigue siendo válida para construir el auténtico cristiano? La respuesta es sencilla: ¡La convicción de la fe!
Los Santos fueron
, y son, personas totalmente convencidas del valor absoluto, determinante y exclusivo del mensaje de Cristo. La convicción les llevó a abrazarlo y seguirlo, sin titubeos, sin incertidumbres, sin inútiles retrocesos, aun luchando y sufriendo, con la ayuda de la gracia de Dios, siempre invocada y jamás rechazada.
¡La convicción! ¡He ahí la gran palabra! ¡He ahí el secreto y la fuerza de los Santos! Los Santos obraron en consecuencia. Y así debe obrar todo cristiano siempre, pero especialmente hoy en nuestro tiempo, exigente y crítico, en el que, si faltan convicciones lógicas y personalizadas, la fe se debilita y finalmente cede. […] Carísimos fieles de Umbría: Esta es la exhortación que quiero haceros, junto con vuestros obispos, en el siempre vivo recuerdo de vuestros Santos: ¡Sed cristianos convencidos! (San Juan Pablo II, Discurso a una peregrinación de la región de Umbría, n. 2-3, 17 de mayo de 1980)

  • La obediencia sin reservas es la marca de los santos

Amadísimos hermanos, el pensamiento se dirige inmediatamente a San Luis Gonzaga y al ejemplo que nos dejó. Ayer, que conmemoraba en Castiglione delle Stiviere el cuarto centenario de su muerte, recordé que su vida fue plenamente realizada porque vivió en total y constante fidelidad a Dios, en el cumplimiento generoso de la voluntad divina. Su existencia fue un sin reservas a Cristo, renovado en el gozo y en el dolor, imitando a María, la Virgen de la Anunciación.
¡Cómo no pensar que ya a la edad de diez años, en la Iglesia de la Anunciación de Florencia, se ofreció totalmente a Dios! El Fiat de María se convirtió en su Fiat; se encomendó a sus cuidados de Madre y, como hijo obediente, siguió sus huellas con humildad y dócil abandono. (Juan Pablo II, Ángelus, Visita Pastoral a Mantua, n. 1-2, 23 de junio de 1991)

  • Los jóvenes deben estar dispuestos a vivir y morir por Cristo

“Morimos por Jesucristo. Todos. ¡Morimos de buen grado por no renegar de su santa fe!” ¿Eran, quizás, unos ilusos, unos hombres fuera de su tiempo? ¡No. Queridísimos jóvenes! Aquellos eran hombres, hombres auténticos, fuertes, decididos, coherentes, bien enraizados en su historia; eran hombres que amaban intensamente a su ciudad; estaban fuertemente ligados a sus familias; entre ellos había jóvenes, como vosotros, y como vosotros deseaban la alegría, la felicidad […]¡E hicieron, con lucidez y firmeza, su opción por Cristo! […]Ante las sugestiones de ciertas ideologías contemporáneas que exaltan y proclaman el ateísmo teórico y práctico, yo os pregunto a vosotros, jóvenes de Otranto y de Pulla: ¿Estáis dispuestos a repetir, con plena convicción y conciencia, las palabras de los Beatos Mártires: “Elegimos mejor morir por Cristo con cualquier género de muerte, antes que renegar de El”?
Estar dispuestos a morir por Cristo supone la decisión de aceptar con generosidad y coherencia las exigencias de la vida cristiana; es decir, significa vivir para Cristo.
Los Beatos Mártires nos han dejado —
y sobre todo os han dejado a vosotros— dos testimonios fundamentales: el amor hacia la patria terrena; la autenticidad de la fe cristiana. (Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, n. 2-3, 5 de octubre de 1980)

  • La fe de un joven debe ser fuerte, gozosa y operosa

¡Sed jóvenes de fe! ¡De verdadera, profunda fe cristiana! […] vuestra fe, jóvenes, sea cierta, es decir fundada en la palabra de Cristo, en el profundo conocimiento del mensaje evangélico y, especialmente, de la vida, de la persona y de la obra de Cristo; y del mismo modo sobre el testimonio interior del Espíritu Santo.
Que vuestra fe sea fuerte; que no se tambalee, que no vacile ante las dudas, las incertidumbres que sistemas filosóficos o corrientes de moda querrían sugeriros; que no llegue a compromisos con ciertas concepciones que querrían presentar el cristianismo como una mera ideología de carácter histórico y, por tanto, ponerlo al mismo nivel de muchas otras ya superadas.
Que vuestra fe sea gozosa, como basada en la seguridad de poseer un don divino. Cuando rezáis y dialogáis con Dios y cuando habláis con los hombres, manifestad la alegría de esta posesión envidiable.
Que vuestra fe sea operosa, se manifieste y se concrete en la caridad activa y generosa hacia los hermanos que viven abatidos en la pena y la necesidad; que se manifieste en vuestra serena adhesión a la enseñanza de la Iglesia, Madre y Maestra de verdad; que se exprese en vuestra disponibilidad hacia todas las iniciativas de apostolado, a las que estáis invitados a participar para la expansión y la construcción del reino de Cristo. (Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, n. 3, 5 de octubre de 1980)

… juga la idea de igualdad como fuente de justicia y felicidad que tiene Francisco

  • El amor une las diversidades y de ella nace la justicia

Aprendí que un hombre cristiano deja de ser joven y no será buen cristiano, cuando se deja seducir por doctrinas e ideologías que predican el odio y la violencia. Pues no se construye una sociedad justa sobre la injusticia. No se construye una sociedad que merezca el título de humana, dejando de respetar y, peor todavía, destruyendo la libertad humana, negando a los individuos las libertades más fundamentales. […] aprendí que un joven comienza peligrosamente a envejecer cuando se deja engañar por el principio, fácil y cómodo, de que “el fin justifica los medios”; cuando llega a creer que la única esperanza para mejorar la sociedad está en promover la lucha y el odio entre los grupos sociales, en la utopía de una sociedad sin clases, que se revela muy pronto como creadora de nuevas clases. Me convencí de que sólo el amor aproxima lo que es diferente y realiza la unión en la diversidad. Las palabras de Cristo “Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 13, 34), me parecían entonces, por encima de su inigualable profundidad teológica, como germen y principio de la única transformación lo suficientemente radical como para ser apreciada por un joven. Germen y principio de la única revolución que no traiciona al hombre. Sólo el amor verdadero construye. (Juan Pablo II. Homilía para los jóvenes, n. 5, 1 de julio de 1980)

… juzga la interpretación del milagro de la multiplicación de los panes y peces que tiene Francisco

  • La primera certeza transmitida por los Evangelios es que toda la Iglesia primitiva veía en los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza y sus leyes

Por muchas que sean las discusiones que se puedan entablar o, de hecho, se hayan entablado acerca de los milagros (a las que, por otra parte, han dado respuesta los apologistas cristianos), es cierto que no se pueden separar los “milagros, prodigios y señales”, atribuidos a Jesús e incluso a sus Apóstoles y discípulos que obraban “en su nombre”, del contexto auténtico del Evangelio.[…] Cualesquiera que hayan sido en los tiempos sucesivos las contestaciones, de las fuentes genuinas de la vida y enseñanza de Jesús emerge una primera certeza: los Apóstoles, los Evangelistas y toda la Iglesia primitiva veían en cada uno de los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza y sobre las leyes. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 2 de diciembre de 1987)

  • Los milagros de Cristo son hechos ocurridos en realidad y confirmados incluso por sus adversarios

El análisis no sólo del texto, sino también del contexto, habla a favor de su carácter “histórico”, atestigua que son hechos ocurridos en realidad, y verdaderamente realizados por Cristo. Quien se acerca a ellos con honradez intelectual y pericia científica, no puede desembarazarse de éstos con cualquier palabra, como de puras invenciones posteriores. A este propósito está bien observar que esos hechos no sólo son atestiguados y narrados por los Apóstoles y por los discípulos de Jesús, sino que también son confirmados en muchos casos por sus adversarios. Por ejemplo, es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran atribuirlos al poder del “demonio”. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 11 de noviembre de 1987)

  • San Juan llama “señales” a los milagros para resaltar que esos hechos indican que Dios in persona est

En el Evangelio de Juan no encontramos formas semejantes, sino más bien la descripción detallada de siete acontecimientos que el Evangelista llama “señales” (y no milagros). Con esa expresión él quiere indicar lo que es más esencial en esos hechos: la demostración de la acción de Dios en persona, presente en Cristo, mientras la palabra “milagro” indica más bien el aspecto “extraordinario” que tienen esos acontecimientos a los ojos de quienes los han visto u oyen hablar de ellos. Sin embargo, también Juan, antes de concluir su Evangelio, nos dice que “muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están escritas en este libro” (Jn 20, 30). Y da la razón de la elección que ha hecho: “Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31). A esto se dirigen tanto los Sinópticos como el cuarto Evangelio: mostrar a través de los milagros la verdad del Hijo de Dios y llevar a la fe que es principio de salvación. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 6, 11 de noviembre de 1987)

  • Prodigio que prenuncia la multiplicación del Pan eucarístico

Se trata de un prodigio sorprendente, que constituye el comienzo de un largo proceso histórico: la multiplicación incesante en la Iglesia del Pan de vida nueva para los hombres de todas las razas y culturas. Este ministerio sacramental se confía a los Apóstoles y a sus sucesores. Y ellos, fieles a la consigna del divino Maestro, no dejan de partir y distribuir el Pan eucarístico de generación en generación. (Juan Pablo II. Homilía en la Solemnidad de Corpus Christi, 22 de junio de 2000)

  • El colectivismo aumenta las perturbaciones en la sociedad

El marxismo ha criticado las sociedades burguesas y capitalistas, reprochándoles la mercantilización y la alienación de la existencia humana. Ciertamente, este reproche está basado sobre una concepción equivocada e inadecuada de la alienación, según la cual ésta depende únicamente de la esfera de las relaciones de producción y propiedad, esto es, atribuyéndole un fundamento materialista y negando, además, la legitimidad y la positividad de las relaciones de mercado incluso en su propio ámbito. El marxismo acaba afirmando así que sólo en una sociedad de tipo colectivista podría erradicarse la alienación. Ahora bien, la experiencia histórica de los países socialistas ha demostrado tristemente que el colectivismo no acaba con la alienación, sino que más bien la incrementa, al añadirle la penuria de las cosas necesarias y la ineficacia económica. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 41, 1 de mayo de 1991)

… juzga la idea de Comunismo que tiene Francisco

  • Fidelidad a Cristo del pueblo ucraniano frente al comunismo

Os saludo en primer lugar a vosotros, queridos hermanos unidos por la fe común en Cristo muerto y resucitado. La violenta persecución comunista no logró extirpar del alma del pueblo ucraniano el anhelo por Cristo y su Evangelio, porque esta fe formaba parte de su historia y de su misma vida. (Juan Pablo II. Encuentro con el Consejo Panucraniano de las Iglesias y organizaciones religiosas, 24 de junio de 2001)

  • Un valioso testimonio durante la persecución comunista

Con el paso de los años, señor cardenal, resalta cada vez más ante la Iglesia la elocuencia del testimonio que usted ha dado de Cristo. En efecto, su nombre ha cruzado los umbrales de su patria, conmoviendo y edificando a los fieles en Europa y en el mundo entero. A los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos que en diversos lugares siguen siendo puestos a prueba por regímenes opresores de la libertad religiosa y de conciencia, seguramente les sirve de consuelo y estímulo saber que personas como usted han perseverado en su intrépido testimonio durante la persecución comunista. (Juan Pablo II. Carta al Cardenal Alexandru Todea, 5 de mayo de 2002)

  • Proclamar la misericordia forma parte de la vida de la Iglesia

La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia —el atributo más estupendo del Creador y del Redentor— y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora. (Juan Pablo II. Dives in misericordia, n. 13, 30 de noviembre de 1980)

… juzga la idea de normas de la Iglesia que tiene Francisco

  • El Código está fundamentado en la herencia jurídica y legislativa de la Revelación y de la Tradición

Surge otra cuestión: qué es el Código de Derecho Canónico. Para responder correctamente a esa pregunta hay que recordar la lejana herencia de derecho contenida en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, de la cual toma su origen, como de su fuente primera, toda la tradición jurídica y legislativa de la Iglesia. Efectivamente, Cristo Señor no destruyó en modo alguno la ubérrima herencia de la Ley y de los Profetas, que había ido creciendo poco a poco por la historia y la experiencia del Pueblo de Dios, sino que la cumplió (cf. Mt 5, 17) de tal manera que ella misma pertenece de modo nuevo y más alto a la herencia del Nuevo Testamento. Por eso, aunque San Pablo, al exponer el misterio pascual, enseña que la justificación no es nada por las obras de la ley, sino por la fe (cf. Rom 3,28; Gál 2,16), sin embargo ni excluye la fuerza obligante del Decálogo (cf. Rom 13, 8-10; Gál 5, 13-25 y 6,2), ni niega la importancia de la disciplina en la Iglesia de Dios (cf. 1 Cor cap. 5 y 6). Así, los escritos del Nuevo Testamento nos permiten captar mucho más esa misma importancia de la disciplina y poder entender mejor los vínculos que la conexionan de modo muy estrecho con el carácter salvífico del anuncio mismo del Evangelio. […] El Código, en cuanto que, al ser el principal documento legislativo de la Iglesia, está fundamentado en la herencia jurídica y legislativa de la Revelación y de la Tradición, debe ser considerado instrumento muy necesario para mantener el debido orden tanto en la vida individual y social, como en la actividad misma de la Iglesia. Por eso, además de los elementos fundamentales de la estructura jerárquica y orgánica de la Iglesia establecidos por el divino Fundador o fundados en la tradición apostólica o al menos en tradición antiquísima; y además de las normas principales referentes al ejercicio de la triple función encomendada a la Iglesia misma, es preciso que el Código defina también algunas reglas y normas de actuación. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Sacrae Disciplinae Leges, 25 de enero de 1983)

  • La Iglesia necesita leyes canónicas y exige que sean observadas

Es que, en realidad, el Código de Derecho Canónico es del todo necesario a la Iglesia. Por estar constituida a modo de cuerpo también social y visible, ella necesita normas para hacer visible su estructura jerárquica y orgánica, para ordenar correctamente el ejercicio de las funciones confiadas a ella divinamente, sobre todo de la potestad sagrada y de la administración de los sacramentos […]. Finalmente, las leyes canónicas exigen por su naturaleza misma ser observadas; por ello se ha puesto la máxima diligencia en la larga preparación del Código, para que se lograra una aquilatada formulación de las normas y éstas se basaran en sólido fundamento jurídico, canónico y teológico. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Sacrae Disciplinae Leges, 25 de enero de 1983)

… juzga la idea de mandar “buenas ondas” que tiene Francisco

  • Una nueva cultura con un agnosticismo religioso cada vez más difuso

Asistimos al nacimiento de una nueva cultura, influenciada en gran parte por los medios de comunicación social, con características y contenidos que a menudo contrastan con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno. Los signos de la falta de esperanza se manifiestan a veces en las formas preocupantes de lo que se puede llamar una “cultura de muerte”. […] Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo la esperanza, reducida al ámbito intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes, con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad o con las diferentes corrientes de New Age. Sin embargo, todo esto se demuestra sumamente ilusorio e incapaz de satisfacer la sed de felicidad que el corazón del hombre continúa sintiendo dentro de sí. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Post-Sinodal Ecclesia in Europa, n. 9-10, 28 de junio de 2003)

  • Existe una tendencia de nivelar las varias religiones y experiencias espirituales, presentándolas como caminos de salvación

Sabéis bien que, en la base de esta difusión [de las sectas], hay también muchas veces una gran falta de formación religiosa con la consiguiente indecisión acerca de la necesidad de la fe en Cristo y de la adhesión a la Iglesia instituida por él. Se tiende a presentar las religiones y las varias experiencias espirituales como niveladas en un mínimo común denominador, que las haría prácticamente equivalentes, con el resultado de que toda persona sería libre de recorrer indiferentemente uno de los muchos caminos propuestos para alcanzar la salvación deseada. Si a esto se suma el proselitismo audaz, que caracteriza a algún grupo particularmente activo e invasor de estas sectas, se comprende de inmediato cuán urgente es hoy sostener la fe de los cristianos, dándoles la posibilidad de una formación religiosa permanente, para profundizar cada vez mejor su relación personal con Cristo. Debéis esforzaros principalmente por prevenir ese peligro, consolidando en los fieles la práctica de la vida cristiana y favoreciendo el crecimiento del espíritu de auténtica fraternidad en el seno de cada una de las comunidades eclesiales. (Juan Pablo II. Discurso al undécimo grupo de Obispos de Brasil en visita “ad limina”, n. 2, 23 de marzo de 2003)

  • El patrimonio cristiano corre riesgo bajo la difusión de las sectas

En otras regiones o naciones todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas. Sólo una nueva evangelización puede asegurar el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad. Ciertamente urge en todas partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales que viven en estos países o naciones. Los fieles laicos —debido a su participación en el oficio profético de Cristo— están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia. En concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Christifideles Laici, n. 34, 30 de diciembre de 1988)

  • San Gregorio Magno y la conciencia de la dignidad del Papado: debe responder de lo que hace ante los hombres y ante Dios

“Servus servorum Dei”: es sabido que este título, escogido por él [Gregorio Magno] desde que era diácono y usado en muchas de sus cartas, se convirtió a continuación en un título tradicional y casi una definición de la persona del Obispo de Roma. Y también es cierto que por sincera humildad él lo hizo lema de su ministerio y que, precisamente por razón de su función universal en la Iglesia de Cristo, siempre se consideró y se mostró como el máximo y primer siervo, siervo de los siervos de Dios, siervo de todos a ejemplo de Cristo mismo, quien había afirmado explícitamente que “no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28). Profundísima fue, por tanto, la conciencia de la dignidad del Papado, que aceptó con gran temor tras haber intentado en vano evitarla permaneciendo escondido; pero, al mismo tiempo, fue clarísima la conciencia de su deber de servir, pues estaba convencido de que toda autoridad, sobre todo en la Iglesia, es esencialmente un servicio; convicción que trató de infundir a los demás. Esa concepción de su propia función pontificia y, por analogía, de todo ministerio pastoral se resume en la palabra responsabilidad: quien desempeña algún ministerio eclesiástico debe responder de lo que hace no sólo ante los hombres, no sólo ante las almas que le fueron confiadas, sino también y en primer lugar ante Dios y ante su Hijo, en cuyo nombre actúa cada vez que distribuye los tesoros sobrenaturales de la gracia, anuncia las verdades del Evangelio y realiza actividades directivas o de gobierno. (Juan Pablo II. Carta Plurimum Significans, en el XVI centenario de la elevación de San Gregorio Magno al Pontificado, 29 del junio de 1990)

… juzga la idea de que nuestros pecados nos aproximan de Jesucristo que tiene Francisco

  • Incompatibilidad de la gracia con el pecado grave

La gracia es incompatible con los pecados graves, con todos y cada uno. (Juan Pablo II. Mensaje a los prelados y oficiales de la Penitenciaría Apostólica, 20 de marzo de 1998)

  • La fidelidad a Cristo se manifiesta en la fidelidad a la doctrina inmutable de la Iglesia

El verdadero camino de la Iglesia es la fidelidad a Cristo. Por esto la Iglesia debe perseverar en “su verdad” y custodiar su “depósito” en el espíritu del amor y por el amor en que Dios se revela más plenamente, porque “¡Dios es Amor!” (1 Jn 4, 8). Honestamente no se puede hacer coexistir esta fidelidad siguiendo otros caminos que se alejan progresivamente de Cristo y de la Iglesia, poniendo en discusión puntos fijos de la doctrina y de la disciplina, que, como tales, han sido confiados a la Iglesia y a su mandato, con la garantía de fidelidad asegurada por el Espíritu Santo. (Juan Pablo II. Discurso a los colaboradores en los organismos de la Curia Romana, 28 de junio de 1980)

  • Reconocerse pecador para que Dios manifieste su poder

Reconocerse pecador es ante todo pedir a Dios que manifieste su poder y su amor, capaces de obrar maravillas en aquél que se arrepiente. (Juan Pablo II. Homilía en la Solemnidad de Pentecostés celebrada en la Catedral de Bruselas, 4 de julio de 1995)

  • Reconocerse las propias debilidades, principio indispensable para volver a Dios

Reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. […] En realidad, reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído. Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia en el sentido más completo del término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento, tomar la actitud concreta de arrepentido, que es la de quien se pone en el camino del retorno al Padre. Esta es una ley general que cada cual ha de seguir en la situación particular en que se halla. En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la conversión solamente en términos abstractos. […] Para un cristiano, el Sacramento de la Penitencia es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo. (Juan Pablo II. Exortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, 13,31)

… juzga la idea de que la Virgen María sería capaz de rebelarse contra Dios que tiene Francisco

  • Aceptando y asistiendo al sacrificio de su Hijo María es aurora de la Redención

María nos precede y acompaña. El silencioso itinerario que inicia con su Concepción Inmaculada y pasa por el sí de Nazaret que la hace Madre de Dios, encuentra en el Calvario un momento particularmente señalado. También allí, aceptando y asistiendo al sacrificio de su Hijo, es María aurora de la Redención; y allí nos la entregará su Hijo como Madre. “La Madre miraba con ojos de piedad las llagas del Hijo, de quien sabía que había de venir la redención del mundo” (Santo Ambrosio, De institutione virginis, n. 49). Crucificada espiritualmente con el Hijo crucificado (Cf. Gel 2, 20), contemplaba con caridad heroica la muerte de su Dios, “consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado” (Lumen Gentium, n. 58). Cumple la voluntad del Padre en favor nuestro y nos acoge a todos como a hijos, en virtud del testamento de Cristo: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 26). (Juan Pablo II. Discurso Papal en Guayaquil, n. 5, 31 de enero de 1985)

  • Para nuestra reconciliación con todos ofrece la hostia santa, agradable a Dios

San Bernardo, muerto el año 1153, dirigiéndose a María, comenta así la presentación de Jesús en el templo: “Ofrece tu Hijo, Virgen Santísima, y presenta al Señor el fruto de tu seno. Para nuestra reconciliación con todos ofrece la hostia santa, agradable a Dios” (Sermo 3 in Purif., 2: PL 183, 370). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 25 de octubre de 1995)

  • María resplandeciente de esperanza en la hora dramática del Calvario

En este supremo “sí” de María resplandece la esperanza confiada en el misterioso futuro, iniciado con la muerte de su Hijo crucificado. Las palabras con que Jesús, a lo largo del camino hacia Jerusalén, enseñaba a sus discípulos “que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días” (Mc 8, 31), resuenan en su corazón en la hora dramática del Calvario, suscitando la espera y el anhelo de la Resurrección.
La esperanza de María al pie de la cruz encierra una luz más fuerte que la oscuridad que reina en muchos corazones: ante el sacrificio redentor, nace en María la esperanza de la Iglesia y de la humanidad. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 2 de abril de 1997)

  • En la cruz hay dos altares: uno en el corazón de María, otro en el cuerpo de Cristo

Un discípulo y amigo de San Bernardo, Arnaldo de Chartres, destaca en particular la ofrenda de María en el sacrificio del Calvario. Distingue en la cruz “dos altares: uno en el corazón de María; otro en el cuerpo de Cristo. Cristo inmolaba su carne; María, su alma.” María se inmola espiritualmente en profunda comunión con Cristo y suplica por la salvación del mundo: “Lo que la Madre pide, el Hijo lo aprueba y el Padre lo otorga” (De septem verbis Domini in cruce, 3: PL 189, 1694). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 25 de octubre de 1995)

… juzga la idea de que el clamor del pueblo expresa la voluntad de Dios que tiene Francisco

  • Todo bautizado tiene derecho de recibir de la Iglesia la enseñanza y la formación cristiana

Es evidente, ante todo, que la catequesis ha sido siempre para la Iglesia un deber sagrado y un derecho imprescriptible. Por una parte, es sin duda un deber que tiene su origen en un mandato del Señor e incumbe sobre todo a los que en la Nueva Alianza reciben la llamada al ministerio de Pastores. Por otra parte, puede hablarse igualmente de derecho: desde el punto de vista teológico, todo bautizado por el hecho mismo de su bautismo, tiene el derecho de recibir de la Iglesia una enseñanza y una formación que le permitan iniciar una vida verdaderamente cristiana[…]. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae, n. 14, 16 de octubre de 1979)

  • Que los fieles escuchen con claridad cada vez mayor la buena nueva de Jesucristo

Tenéis la responsabilidad de identificar constantemente las características de un plan pastoral adaptado a las necesidades y a las aspiraciones del pueblo de Dios, plan que permita a todos escuchar cada vez más claramente la buena nueva de Cristo y haga que las verdades y los valores del Evangelio influyan cada vez más en las familias, en la cultura y en la sociedad misma. Los sucesores de los Apóstoles jamás deberían tener miedo de proclamar la verdad plena sobre Jesucristo, con toda su realidad y sus exigencias estimulantes, puesto que la verdad encierra en sí la fuerza para atraer el corazón humano hacia todo lo que es bueno, noble y hermoso. (Juan Pablo II. Discurso a los miembros de la conferencia episcopal de Corea en visita “ad limina apostolorum”, n. 2, 24 de marzo de 2001)

  • Responsables por infundir claridad en una época de confusión

Sobre todo hoy, en medio de tantas voces discordantes que crean confusión y perplejidad en la mente de los fieles, el obispo tiene la grave responsabilidad de infundir claridad. El anuncio del Evangelio es el acto de amor más elevado con respecto al hombre, a su libertad y a su sed de felicidad. (Juan Pablo II. Discurso, n. 5, 7 de octubre de 2000)

  • El obispo necesita valentía para anunciar y defender la sana doctrina

El obispo, como Maestro de la fe, promueve todo aquello que hay de bueno y positivo en la grey que se le ha confiado, sostiene y guía a los débiles en la fe (cf. Rm 14, 1), e interviene para desenmascarar las falsificaciones y combatir los abusos. Es importante que el obispo tenga conciencia de los desafíos que hoy la fe en Cristo encuentra a causa de una mentalidad basada en criterios humanos que, a veces, relativizan la ley y el designio de Dios. Sobre todo, debe tener valentía para anunciar y defender la sana doctrina, aunque ello implique sufrimientos. En efecto, el obispo, en comunión con el Colegio apostólico y con el Sucesor de Pedro, tiene el deber de proteger a los fieles de toda clase de insidias, mostrando que una vuelta sincera al Evangelio de Cristo es la solución verdadera para los complejos problemas que afligen a la humanidad. (Juan Pablo II. Homilía durante la misa de clausura de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, 27 de octubre de 2001)

  • La doctrina moral cristiana debe constituir uno de los principales ámbitos de la vigilancia pastoral de los obispos

Nuestro común deber, y antes aún nuestra común gracia, es enseñar a los fieles, como pastores y obispos de la Iglesia, lo que los conduce por el camino de Dios, de la misma manera que el Señor Jesús hizo un día con el joven del Evangelio. Respondiendo a su pregunta: “¿Qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?”, Jesús remitió a Dios, Señor de la creación y de la Alianza; recordó los mandamientos morales, ya revelados en el Antiguo Testamento; indicó su espíritu y su radicalidad, invitando a su seguimiento en la pobreza, la humildad y el amor: “Ven, y sígueme”. La verdad de esta doctrina tuvo su culmen en la cruz con la sangre de Cristo: se convirtió, por el Espíritu Santo, en la ley nueva de la Iglesia y de todo cristiano. Esta respuesta a la pregunta moral Jesucristo la confía de modo particular a nosotros, pastores de la Iglesia, llamados a hacerla objeto de nuestra enseñanza, mediante el cumplimiento de nuestro munus propheticum. Al mismo tiempo, nuestra responsabilidad de pastores, ante la doctrina moral cristiana, debe ejercerse también bajo la forma del munus propheticum: esto ocurre cuando dispensamos a los fieles los dones de gracia y santificación como medios para obedecer a la ley santa de Dios, y cuando con nuestra oración constante y confiada sostenemos a los creyentes para que sean fieles a las exigencias de la fe y vivan según el Evangelio (cf. Col 1, 9-12). La doctrina moral cristiana debe constituir, sobre todo hoy, uno de los ámbitos privilegiados de nuestra vigilancia pastoral, del ejercicio de nuestro munus regale. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis Splendor, 6 de agosto de 1993)

  • Cabe al Papa vigilar para que la verdadera voz de Cristo se escuche en toda la Iglesia

La misión del obispo de Roma en el grupo de todos los pastores consiste precisamente en vigilar” (episkopein) como un centinela, de modo que, gracias a los pastores, se escuche en todas las Iglesias particulares la verdadera voz de Cristo-Pastor. Así, en cada una de estas Iglesias particulares confiadas a ellos se realiza la Iglesia una, santa, católica y apostólica. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 84, 25 de mayo de 1995)

  • Los pastores son la voz de Cristo que llama a la fidelidad a la ley de Dios

En toda época, los hombres y las mujeres necesitan escuchar a Cristo, el buen Pastor, que los llama a la fe y a la conversión de vida (cf. Mc 1, 15). Como pastores de almas, debéis ser la voz de Cristo hoy, animando a vuestro pueblo a redescubrir “la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicional a todas las exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más difíciles” (Veritatis splendor, n. 107). (Juan Pablo II. Discurso al noveno grupo de obispos de Estados Unidos en visita “ad limina apostolorum”, n. 1, 27 de junio de 1998)

  • Ninguna otra tarea exime el obispo de evangelizar

Como Obispos sois la voz de Cristo en vuestro país. Sois maestros de la verdad. En una Iglesia servidora de la verdad, sois los primeros evangelizadores y ninguna otra tarea podrá eximiros de esta misión sagrada. Tendréis, pues, que velar para que vuestras comunidades avancen continuamente en el conocimiento y puesta en práctica de la Palabra de Dios, alentando y guiando incluso a los que enseñan en la Iglesia. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de Uruguay en visita “ad limina apostolorum”, n. 5, 14 de enero de 1985)

  • La voz del Maestro se escucha en la formación cristiana permanente

Hoy deseo animaros a orientar cada vez más vuestro ministerio y vuestra programación pastoral a la formación cristiana permanente, que es el eje de una sólida vida cristiana, una formación que comienza con el bautismo, se desarrolla por la gracia en cada etapa del camino de la vida, y sólo terminará cuando nuestros ojos estén totalmente abiertos en la visión beatífica del cielo. Esta formación cristiana permanente nos permite escuchar la voz de Cristo, nuestro Maestro (cf. Mt 23, 10), y adherirnos con el corazón y la mente a la causa de su Reino. (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de Malasia en visita ad limina, n. 2, 10 de noviembre de 2001)

  • El obispo debe velar por la santidad de los ministros y fieles

Con su palabra y su actuación atenta y paternal, el Obispo cumple el compromiso de ofrecer al mundo la verdad de una Iglesia santa y casta en sus ministros y en sus fieles. Actuando de este modo, el pastor va delante de su grey como hizo Cristo, el Esposo, que entregó su vida por nosotros y dejó a todos el ejemplo de un amor puro y virginal y, por eso mismo, también fecundo y universal. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Pastores Gregis, n. 21, 16 de octubre de 2003)

… juzga la idea de que podemos enorgullecernos de nuestros pecados que tiene Francisco

  • Pecar es abusar de la libertad

“El pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarlo y amarse mutuamente” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 387); es no querer vivir la vida de Dios recibida en el bautismo y no dejarse amar por el verdadero Amor, pues el hombre tiene el terrible poder de impedir la voluntad de Dios de dar todos los bienes. El pecado, cuyo origen se encuentra en la voluntad libre de la persona (cf. Mc 7, 20), es una transgresión del amor verdadero; hiere la naturaleza del hombre y destruye la solidaridad humana, manifestándose en actitudes, palabras y acciones impregnadas de egoísmo. (Juan Pablo II. Mensaje por ocasión de la XIV Jornada Mundial de la Juventud, 6 de enero de 1999)

  • La existencia del pecado es profesada por la Iglesia

La Iglesia, inspirándose en la revelación, cree y profesa que el pecado es una ofensa a Dios.(Juan Pablo II. Encíclica Dominum et Vivificantem, n. 39)

  • El pecado es aversio a Deo

El hombre sabe también, por una experiencia dolorosa, que mediante un acto consciente y libre de su voluntad puede volverse atrás, caminar en el sentido opuesto al que Dios quiere y alejarse así de Él (aversio a Deo), rechazando la comunión de amor con Él, separándose del principio de vida que es Él, y eligiendo, por lo tanto, la muerte. (Juan Pablo II. Exortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 17)

  • … y conversio ad creaturam

Siguiendo la tradición de la Iglesia, llamamos pecado mortal al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam). (Juan Pablo II. Exortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, n.17)

  • La desobediencia rompe la unión con nuestro principio vital

El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa fuerza de destrucción. (Juan Pablo II. Exortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, n.17)

  • Por el sacramento de la confesión el hombre reanuda la amistad con Dios

Como es sabido, el Padre que nos ha hecho hijos en el bautismo, permanece fiel a su amor incluso cuando, por propia culpa, el hombre se separa de Él. Su misericordia es más fuerte que el pecado, y el sacramento de la confesión es su signo más expresivo, como un segundo bautismo, cual lo llaman los Padres de la Iglesia. Efectivamente, en la confesión la misma gracia del bautismo se reaviva precisamente por una nueva y más rica inserción en el misterio de Cristo y de la Iglesia. (Juan Pablo II. Alocución al presbiterio y religiosos de Todi y Orvieto, 22 de noviembre de 1981)

… juzga la idea de origen de los Salmos que tiene Francisco

  • La tradición cristiana no se limitó a perpetuar la judía

La tradición cristiana no se limitó a perpetuar la judía, sino que innovó algunas cosas, que acabaron por caracterizar de forma diversa toda la experiencia de oración que vivieron los discípulos de Jesús. En efecto, además de rezar, por la mañana y por la tarde, el padrenuestro, los cristianos escogieron con libertad los Salmos para celebrar con ellos su oración diaria. A lo largo de la historia, este proceso sugirió la utilización de determinados Salmos para algunos momentos de fe particularmente significativos. […] La oración cristiana nace, se alimenta y se desarrolla en torno al evento por excelencia de la fe: el misterio pascual de Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4-5, 4 de abril de 2001)

  • Sintonía entre el Espíritu de las Escrituras y el Espíritu que habita los bautizados

Antes de comenzar el comentario de los Salmos y cánticos de las Laudes, completamos hoy la reflexión introductoria que iniciamos en la anterior catequesis. Y lo hacemos tomando como punto de partida un aspecto muy arraigado en la tradición espiritual: al cantar los Salmos, el cristiano experimenta una especie de sintonía entre el Espíritu presente en las Escrituras y el Espíritu que habita en él por la gracia bautismal. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 4 de abril de 2001)

… juzga la idea de que el Papa no debe juzgar que tiene Francisco

  • El juicio interior de la conciencia exige la convicción del pecado

La conversión exige la convicción del pecado, contiene en sí el juicio interior de la conciencia, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: a “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22). Así pues en este “convencer en lo referente al pecado” descubrimos una doble dádiva: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito. (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et vivificantem, n. 31, 18 de mayo de 1986)

  • El Sucesor de Pedro tiene el deber de advertir, poner en guarda o declarar inconciliable con la unidad de fe ciertas opiniones

El Obispo de Roma, con el poder y la autoridad sin los cuales esta función sería ilusoria, debe asegurar la comunión de todas las Iglesias. Por esta razón, es el primero entre los servidores de la unidad. Este primado se ejerce en varios niveles, que se refieren a la vigilancia sobre la trasmisión de la Palabra, la celebración sacramental y litúrgica, la misión, la disciplina y la vida cristiana. Corresponde al Sucesor de Pedro recordar las exigencias del bien común de la Iglesia, si alguien estuviera tentado de olvidarlo en función de sus propios intereses. Tiene el deber de advertir, poner en guardia, declarar a veces inconciliable con la unidad de fe esta o aquella opinión que se difunde. Cuando las circunstancias lo exigen, habla en nombre de todos los Pastores en comunión con él. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Ut unun sint, n. 94, de 25 de mayo de 1995)

  • Las expresiones de los Romanos Pontífices deben ser fuertes y eco fiel de la convicción permanente de la Iglesia

El Romano Pontífice tiene la “potestad sagrada” de enseñar la verdad del Evangelio, administrar los sacramentos y gobernar pastoralmente la Iglesia en nombre y con la autoridad de Cristo, pero esa potestad no incluye en sí misma ningún poder sobre la ley divina, natural o positiva. Ni la Escritura ni la Tradición conocen una facultad del Romano Pontífice para la disolución del matrimonio rato y consumado; más aún, la praxis constante de la Iglesia demuestra la convicción firme de la Tradición según la cual esa potestad no existe. Las fuertes expresiones de los Romanos Pontífices son sólo el eco fiel y la interpretación auténtica de la convicción permanente de la Iglesia. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores, oficiales de la cancillería y abogados del Tribunal de la Rota Romana, n. 8, 21 de enero de 2000)

  • La aceptación voluntaria de las prácticas corpóreas infames lleva a la perdición eterna

Una doctrina que separe el acto moral de las dimensiones corpóreas de su ejercicio es contraria a las enseñanzas de la sagrada Escritura y de la Tradición. Tal doctrina hace revivir, bajo nuevas formas, algunos viejos errores combatidos siempre por la Iglesia, porque reducen la persona humana a una libertad espiritual, puramente formal. Esta reducción ignora el significado moral del cuerpo y de sus comportamientos (cf. 1 Co 6, 19). El apóstol Pablo declara excluidos del reino de los cielos a los “impuros, idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, ultrajadores y rapaces” (cf. 1 Co 6, 9-10). Esta condena —citada por el concilio de Trento— enumera como pecados mortales, o prácticas infames, algunos comportamientos específicos cuya voluntaria aceptación impide a los creyentes tener parte en la herencia prometida. En efecto, cuerpo y alma son inseparables: en la persona, en el agente voluntario y en el acto deliberado, están o se pierden juntos. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 49, 6 de agosto de 1993)

… juzga la idea de armonía entre bien y mal que tiene Francisco

  • Concilio de Jerusalén: testimonio de cómo servir a la verdad sin componendas

Ya en la época apostólica, el concilio de Jerusalén debió armonizar las perspectivas diferentes de los cristianos de origen judío y de los procedentes del paganismo. Ese acontecimiento sigue siendo un testimonio luminoso de cómo hay que servir a la verdad sin componendas. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 1, 30 de junio de 1996)

  • Se debe evitar un fácil “estar de acuerdo”

El amor a la verdad es la dimensión más profunda de una auténtica búsqueda de la plena comunión entre los cristianos. […] La plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de reduccionismo o de fácil “estar de acuerdo”. (Juan Pablo II. Carta encíclica Ut unum sint, n. 36, 25 de mayo de 1995)

  • Una comunión que traiciona la verdad es injuriosa a Dios

No se trata en este contexto de modificar el depósito de la fe, de cambiar el significado de los dogmas, de suprimir en ellos palabras esenciales, de adaptar la verdad a los gustos de una época, de quitar ciertos artículos del Credo con el falso pretexto de que ya no son comprensibles hoy. La unidad querida por Dios sólo se puede realizar en la adhesión común al contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una solución de compromiso está en contradicción con Dios que es la Verdad. En el Cuerpo de Cristo que es “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6), ¿quién consideraría legítima una reconciliación lograda a costa de la verdad? […] Por tanto, un “estar juntos” que traicionase la verdad estaría en oposición con la naturaleza de Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia de verdad que está en lo más profundo de cada corazón humano. (Juan Pablo II. Carta encíclica Ut unum sint, n. 18, 25 de mayo de 1995)

  • La misión de la Iglesia es la unidad en la verdad

Unidad en la verdad: ésta es la misión confiada por Cristo a su Iglesia, por la que trabaja activamente, invocándola ante todo de Aquel que lo puede todo y que fue el primero en orar al Padre, ante la inminencia de su muerte y resurrección, para que los creyentes fuesen “uno” (Jn 17, 21). […] Resulta claro que esta unión misteriosa y visible no se puede conseguir sin la identidad de la fe, sin la participación de la vida sacramental, sin la consiguiente coherencia de la vida moral, y sin la continua y fervorosa oración personal y comunitaria. (Juan Pablo II. Presentación oficial y solemne del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 8, 7 de diciembre de 1992)

  • Unidad en la caridad y en la verdad

Vigilar por la pureza de la doctrina, base en la edificación de la comunidad cristiana, es pues, junto con el anuncio del Evangelio, el deber primero e insustituible del Pastor, del Maestro de la fe. Con cuánta frecuencia ponía esto de relieve San Pablo, convencido de la gravedad en el cumplimiento de este deber (cf 1Tim 1,3-7; 18-20; 11,16; 2Tim 1, 4-14). Además de la unidad en la caridad, nos urge siempre la unidad en la verdad. (Juan Pablo II. Discurso en la inauguración de la III Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, n. I. 1, 28 de enero de 1979)

  • El prurido de oír novedades aparta de la verdad

El Magisterio de la Iglesia realiza su obra de discernimiento, acogiendo y aplicando la exhortación que el apóstol Pablo dirigía a Timoteo: “Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se buscarán una multitud de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas” (2 Tm 4, 1-4). (Juan Pablo II. Carta encíclica Veritatis splendor, n. 30, 6 de agosto de 1993)

  • Las prescripciones morales de la ley deben ser fielmente custodiadas

Las prescripciones morales, impartidas por Dios en la antigua alianza y perfeccionadas en la nueva y eterna en la persona misma del Hijo de Dios hecho hombre, deben ser custodiadas fielmente y actualizadas permanentemente en las diferentes culturas a lo largo de la historia. […] Esta actualización de los mandamientos […] no puede más que confirmar la validez permanente de la revelación e insertarse en la estela de la interpretación que de ella da la gran tradición de enseñanzas y vida de la Iglesia, de lo cual son testigos la doctrina de los Padres, la vida de los santos, la liturgia de la Iglesia y la enseñanza del Magisterio. (Juan Pablo II. Carta encíclica Veritatis splendor, n. 25;27, 6 de agosto de 1993)

… juzga la idea de pecado y misericordia que tiene Francisco

  • El pecado es una violación de la ley de Dios y un rechazo de su proyecto

El pecado no es una mera cuestión psicológica o social; es un acontecimiento que afecta a la relación con Dios, violando su ley, rechazando su proyecto en la historia, alterando la escala de valores y “confundiendo las tinieblas con la luz y la luz con las tinieblas”, es decir, “llamando bien al mal y mal al bien.” (cf. Is 5, 20) El pecado, antes de ser una posible injusticia contra el hombre, es una traición a Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 8 de mayo de 2002)

  • La Iglesia cree y profesa la existencia del pecado

La Iglesia, inspirándose en la revelación, cree y profesa que el pecado es una ofensa a Dios. ¿Qué corresponde a esta “ofensa”, a este rechazo del Espíritu que es amor y don en la intimidad inescrutable del Padre, del Verbo y del Espíritu Santo? La concepción de Dios, como ser necesariamente perfectísimo, excluye ciertamente de Dios todo dolor derivado de limitaciones o heridas; pero, en las profundidades de Dios, se da un amor de Padre que, ante el pecado del hombre, según el lenguaje bíblico, reacciona hasta el punto de exclamar: “Estoy arrepentido de haber hecho al hombre.” (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et Vivificantem, n. 39, 18 de mayo de 1986)

  • El pecado es un acto voluntario de perversidad

El Concilio recuerda que una característica esencial del pecado es ser ofensa a Dios. Se trata de un hecho enorme, que incluye el acto perverso de la criatura que, a sabiendas y voluntariamente, se opone a la voluntad de su Creador y Señor, violando la ley del bien y entrando, mediante una opción libre, bajo el yugo del mal. […] Es preciso decir que es también un acto de lesa caridad divina, en cuanto infracción de la ley de la amistad y alianza que Dios estableció con su pueblo y con todo hombre mediante la sangre de Cristo; y, por tanto, un acto de infidelidad y, en la práctica, de rechazo de su amor. El pecado, por consiguiente, no es un simple error humano, y no comporta sólo un daño para el hombre: es una ofensa hecha a Dios, en cuanto que el pecador viola su ley de Creador y Señor, y hiere su amor de Padre. No se puede considerar el pecado exclusivamente desde el punto de vista de sus consecuencias psicológicas: el pecado adquiere su significado de la relación del hombre con Dios. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4, 15 de abril de 1992)

  • La muerte de Cristo nos hace comprender la gravedad de nuestras ofensas

La muerte en cruz, penosa y desgarradora, fue también “sacrificio de expiación”, que nos hace comprender tanto la gravedad del pecado, que es rebelión contra Dios y rechazo de su amor, como la maravillosa obra redentora de Cristo, que al expiar por la humanidad nos ha devuelto la gracia, es decir, la participación en la misma vida trinitaria de Dios y la herencia de su felicidad eterna. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 22 de marzo de 1989)

  • Al perdón de Dios debe corresponder la conversión del hombre

A este “regreso” de Dios que perdona debe corresponder el “regreso”, es decir, la conversión del hombre que se arrepiente. En efecto, el Salmo declara que la paz y la salvación se ofrecen “a los que se convierten de corazón”. Los que avanzan con decisión por el camino de la santidad reciben los dones de la alegría, la libertad y la paz. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 25 de septiembre de 2002)

  • El pecado tiene doble consecuencia

El pecado, por su carácter de ofensa a la santidad y a la justicia de Dios, como también de desprecio a la amistad personal de Dios con el hombre, tiene una doble consecuencia. En primer lugar, si es grave, comporta la privación de la comunión con Dios y, por consiguiente, la exclusión de la participación en la vida eterna. […] En segundo lugar, “todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la ‘pena temporal’ del pecado” con cuya expiación se cancela lo que impide la plena comunión con Dios y con los hermanos. (Juan Pablo II. Bula Incarnationis mysterium, n. 10, 29 de noviembre de 1998)

  • El pecado mortal es un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación

Se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de “opción fundamental” —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 17, 2 de diciembre de 1984)

… juzga la idea de “cultura del encuentro” que tiene Francisco

  • No hay dificultad que no pueda ser superada cuando se cultiva una vida cristiana

Por el contrario, no hay ninguna situación difícil que no pueda afrontarse adecuadamente cuando se cultiva un clima coherente de vida cristiana. El amor mismo, herido por el pecado, es también un amor redimido. Es evidente que si falla la vida sacramental, la familia cede más fácilmente a las insidias, porque se queda sin defensas.” (Juan Pablo II. Discurso a la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, 18 de octubre de 2002)

  • El desarrollo auténtico del hombre se encuentra a la luz del Evangelio

Sólo a la luz del Evangelio se pueden encontrar soluciones para lograr “un desarrollo auténtico del hombre y de la sociedad que respete y promueva en toda su dimensión la persona humana” (Sollicitudo rei socialis, n. 41). Una sociedad sin valores fundamentales y sin principios éticos se va deteriorando progresivamente. (Juan Pablo II. Discurso al Señor Sergio Iván Búcaro Hurtarte, nuevo embajador de Guatemala, n. 4, 5 de noviembre de 1998)

  • Para dialogar es necesario permanecer en la coherencia de la fe

Los cristianos de hoy deben ser formados para vivir en un mundo que ampliamente ignora a Dios o que, en materia religiosa, en lugar de un diálogo exigente y fraterno, estimulante para todos, cae muy a menudo en un indiferentismo nivelador, cuando no se queda en una actitud menospreciativa de “suspicacia” en nombre de sus progresos en materia de “explicaciones” científicas. Para “entrar” en este mundo, para ofrecer a todos un “diálogo de salvación” (cf. Pablo VI, Encíclica Ecclesiam suam) donde cada uno se siente respetado en su dignidad fundamental, la de buscador de Dios, tenemos necesidad de una catequesis que enseñe a los jóvenes y a los adultos de nuestras comunidades a permanecer lúcidos y coherentes en su fe, a afirmar serenamente su identidad cristiana y católica, a “ver lo invisible” (cf. He 11, 27) y a adherirse de tal manera al absoluto de Dios que puedan dar testimonio de Él en una civilización materialista que lo niega. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Catechesi tradendae, n. 57, 16 de octubre 1979)

  • En el diálogo interreligioso hay que afirmar la verdad con franqueza

De este contexto de convivencia con personas de otras religiones surge para el cristiano un deber especial de dar testimonio de la unidad y universalidad del misterio salvífico de Jesucristo y, consecuentemente, de la necesidad de la Iglesia como instrumento de salvación para toda la humanidad. “Esta verdad de fe no quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que ‘una religión es tan buena como otra’”. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus) Resulta claro, pues, que el diálogo inter-religioso nunca puede sustituir el anuncio y la propagación de la fe, que son la finalidad prioritaria de la predicación, de la catequesis y de la misión de la Iglesia.
Afirmar con franqueza y sin ambigüedad que la salvación del hombre depende de la redención de Cristo no impide el diálogo con las otras religiones. Además, en la perspectiva de la profesión de la esperanza cristiana no se puede olvidar que precisamente ésta es la que funda el diálogo interreligioso. (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Pastores gregis, n. 68, 16 de octubre de 2003)

  • El diálogo interreligioso no es un intercambio de opiniones sobre el proprio credo

No ha faltado quien ha querido interpretar la acción misionera [de la Iglesia] como un intento de imponer a otros las propias convicciones y opciones, en contraste con un determinado espíritu moderno, que se jacta, como si fuera una conquista definitiva, de la absoluta libertad de pensamiento y de conciencia personal. Según esa perspectiva, la actividad evangelizadora debería sustituirse con un diálogo interreligioso, que consistiría en un intercambio de opiniones y de informaciones, con las que cada una de las partes da a conocer el propio credo y se enriquece con el pensamiento de los otros, sin ninguna preocupación por llegar a una conclusión. […] Así se respetaría el camino de salvación que cada uno sigue según la propia educación y tradición religiosa. Pero esta concepción es irreconciliable con el mandato de Cristo a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20, Mc 16, 15), transmitido a la Iglesia […] [El Concilio] confirmó al mismo tiempo el papel de la Iglesia, en la que es necesario que el hombre entre y persevere, si quiere salvarse (cf. Ad gentes, n. 7). […] Esta doctrina tradicional de la Iglesia pone al descubierto la inconsistencia y la superficialidad de una actitud relativista e irenista acerca del camino de la salvación, en una religión diferente de la fundada en la fe en Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 10 de mayo de 1995)

  • No se puede inventar la fe sobre la marcha o a gusto de cada uno

Dos puntos desearía poner particularmente de relieve acerca de la transmisión de la fe. Ante todo hemos de decir que la catequesis responde a unos contenidos objetivos bien determinados. No se puede inventar la fe sobre la marcha o a gusto de cada uno. Hemos de recibirla en y de la comunidad de fe completa, que es la Iglesia a la que el mismo Cristo ha confiado el ministerio de enseñar bajo la guía del Espíritu de Verdad. (Juan Pablo II. Discurso a la comunidad católica hispana de los Estados Unidos y Canadá, n. 4, 13 de septiembre de 1987)

… juzga la idea de que no se puede encontrar a Dios que tiene Francisco

  • El hombre busca la verdad y si la descubre algo falso lo rechaza

“Todos los hombres desean saber” (Aristóteles, Metafísica, I, 1.) y la verdad es el objeto propio de este deseo. Incluso la vida diaria muestra cuán interesado está cada uno en descubrir, más allá de lo conocido de oídas, cómo están verdaderamente las cosas. El hombre es el único ser en toda la creación visible que no sólo es capaz de saber, sino que sabe también que sabe, y por eso se interesa por la verdad real de lo que se le presenta.Nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su verdad, se siente satisfecho. Es la lección de San Agustín cuando escribe: “He encontrado muchos que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar” (Confesiones, X, 23, 33: CCL 27, 173). (Juan Pablo II. Encíclica Fides et ratio, n. 25, 14 de septiembre de 1998)

  • La seguridad del hombre está en encontrar la verdad

El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias. […] En efecto, la perfección del hombre no está en la mera adquisición del conocimiento abstracto de la verdad, sino que consiste también en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y seguridad. (Juan Pablo II. Encíclica Fides et ratio, n. 32, 14 de septiembre de 1998)

  • Es obligación moral del hombre buscar la verdad y seguirla una vez conocida

“La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios ‘dejar al hombre en manos de su propia decisión’ (cf. Eclo 15,14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección” (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 17). Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existeaún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n.34. A todos los obispos de la Iglesia Católica sobre algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia, en 6 de agosto de 1993)

  • La respuesta a la búsqueda de la verdad la da Jesucristo, por medio de su Iglesia

La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, “imagen de Dios invisible” (Col 1, 15), “resplandor de su gloria” (Heb 1, 3), “lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14): él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo […]. Jesucristo, “luz de los pueblos”, ilumina el rostro de su Iglesia, la cual es enviada por él para anunciar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15). Así la Iglesia, pueblo de Dios en medio de las naciones, mientras mira atentamente a los nuevos desafíos de la historia y a los esfuerzos que los hombres realizan en la búsqueda del sentido de la vida, ofrece a todos la respuesta que brota de la verdad de Jesucristo y de su Evangelio. En la Iglesia está siempre viva la conciencia de su “deber permanente de escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, de manera adecuada a cada generación, pueda responder a los permanentes interrogantes de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la relación mutua entre ambas” (Gaudium et spes, n. 4). (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 2, 6 de agosto de 1993)

…juzga la idea de males de nuestro tiempo que tiene Francisco

  • Muchos pueblos experimentan hoy la amarga realidad de la falta de valores

Abordo ahora, naturalmente, esa otra forma de pobreza que es la miseria moral. […] Los medios de comunicación social, reflejando corrientes de opinión y modas, transmiten a menudo mensajes complacientes que toleran todo, hasta el punto de desembocar en un permisivismo sin ningún tipo de restricción. Así se subestima o se altera la dignidad y la estabilidad de la familia. O muchos jóvenes llegan a considerar casi todo como objetivamente indiferente: el único punto de referencia es lo que favorece la comodidad de la persona, y muchas veces el fin justifica los medios. Ahora bien, notamos que una sociedad sin valores se vuelve rápidamente “hostil” al hombre, que se convierte en víctima de la ganancia personal, del ejercicio brutal de la autoridad, del fraude y de la criminalidad. Muchos pueblos experimentan hoy esta amarga realidad, y sé que los estadistas son conscientes de esos graves problemas, que deben afrontar diariamente. (Juan Pablo II. Discurso a Los Miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, n. 7, 16 de enero de 1993)

  • Preguntémonos cuáles son nuestras responsabilidades ante los males actuales

Confesemos, con mayor razón, nuestras responsabilidades de cristianos por los males actuales. Frente al ateísmo, a la indiferencia religiosa, al secularismo, al relativismoético, a las violaciones del derecho a la vida, al desinterés por la pobreza de numerosos países, no podemos menos de preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades. (Juan Pablo II. Homilía Jornada del Perdón, n. 4, 12 de marzo de 2000)

  • Los males de hoy: la indiferencia religiosa, la pérdida del sentido trascendente de la existencia humana, pérdida del respeto a la vida y a la familia, crisis de obediencia al Magisterio de la Iglesia

¿Cómo callar, por ejemplo, ante la indiferencia religiosa que lleva a muchos hombres de hoy a vivir como si Dios no existiera o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de la coherencia? A esto hay que añadir aún la extendida pérdida del sentido trascendente de la existencia humana y el extravío en el campo ético, incluso en los valores fundamentales del respeto a la vida y a la familia. Se impone además a los hijos de la Iglesia una verificación: ¿en qué medida están también ellos afectados por la atmósfera de secularismo y relativismo ético? ¿Y qué parte de responsabilidad deben reconocer también ellos, frente a la desbordante irreligiosidad, por no haber manifestado el genuino rostro de Dios, « a causa de los defectos de su vida religiosa, moral y social »?[20] De hecho, no se puede negar que la vida espiritual atraviesa en muchos cristianos un momento de incertidumbre que afecta no sólo a la vida moral, sino incluso a la oración y a la misma rectitud teologal de la fe. Esta, ya probada por el careo con nuestro tiempo, está a veces desorientada por posturas teológicas erróneas, que se difunden también a causa de la crisis de obediencia al Magisterio de la Iglesia. (Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, 10 de noviembre de 1994)

  • La catequesis y la acogida fiel del Magisterio ayudan a restablecer el sentido del pecado

Restablecer el sentido justo del pecado es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual, que afecta al hombre de nuestro tiempo. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara llamada a los principios inderogables de razón y de fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre. Es lícito esperar que, sobre todo en el mundo cristiano y eclesial, florezca de nuevo un sentido saludable del pecado. Ayudarán a ello una buena catequesis, iluminada por la teología bíblica de la Alianza, una escucha atenta y una acogida fiel del Magisterio de la Iglesia, que no cesa de iluminar las conciencias, y una praxis cada vez más cuidada del Sacramento de la Penitencia. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 18, 2 de diciembre de 1984)

  • Responsabilidad de la Iglesia en la formación de los valores ético-religiosos

Desde entonces [de la época de León XII] han cambiado muchas cosas, especialmente en los años más recientes. El mundo actual es cada vez más consciente de que la solución de los graves problemas nacionales e internacionales no es sólo cuestión de producción económica o de organización jurídica o social, sino que requiere precisos valores ético-religiosos, así como un cambio de mentalidad, de comportamiento y de estructuras. La Iglesia siente vivamente la responsabilidad de ofrecer esta colaboración, y —como he escrito en la encíclica Sollicitudo rei sociales – existe la fundada esperanza de que también ese grupo numeroso de personas que no profesa una religión pueda contribuir a dar el necesario fundamento ético a la cuestión social. (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n. 60, 1 de mayo de 1991)

  • La educación moral es una exigencia prioritaria

Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría”. (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 15). La educación de la conciencia moral que hace a todo hombre capaz de juzgar y de discernir los modos adecuados para realizarse según su verdad original,se convierte así en una exigencia prioritaria e irrenunciable. Es la alianza con la Sabiduría divina la que debe ser más profundamente reconstituida en la cultura actual. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 8, 22 de noviembre de 1981)

  • Anunciar Jesucristo es misión más necesaria y esperada que nunca

Jesucristo es principio estable y centro permanente de la misión que Dios mismo ha confiado al hombre. En esta misión debemos participar todos, en ella debemos concentrar todas nuestras fuerzas, siendo ella necesaria más que nunca al hombre de nuestro tiempo. Y si tal misión parece encontrar en nuestra época oposiciones más grandes que en cualquier otro tiempo, tal circunstancia demuestra también que es en nuestra época aún más necesaria y —no obstante las oposiciones— es más esperada que nunca. Aquí tocamos indirectamente el misterio de la economía divina que ha unido la salvación y la gracia con la Cruz. No en vano Jesucristo dijo que el “reino de los cielos está en tensión, y los esforzados lo arrebatan”. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptor Hominis, n. 11, 4 de marzo de 1979)

… juzga la idea de Primera Comunión que tiene Francisco

  • La Eucaristía es el culmen de la asimilación a Cristo

La participación sucesiva en la Eucaristía, sacramento de la nueva alianza (cf. 1 Co 11, 23-29), es el culmen de la asimilación a Cristo. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis Splendor, n. 21, 6 de agosto de 1993)

  • En este banquete se crea una comunión íntima entre Dios y el hombre

“Nos hemos convertido en Cristo. En efecto, si él es la cabeza y nosotros sus miembros, el hombre total es él y nosotros”. Estas atrevidas palabras de San Agustín exaltan lacomunión íntima que, en el misterio de la Iglesia, se crea entre Dios y el hombre, una comunión que, en nuestro camino histórico, encuentra su signo más elevado en la Eucaristía. Los imperativos: “Tomad y comed… bebed…” (Mt 26, 26-27) que Jesús dirige a sus discípulos en la sala del piso superior de una casa de Jerusalén, la última tarde de su vida terrena (cf. Mc 14, 15), entrañan un profundo significado. Ya el valor simbólico universal del banquete ofrecido en el pan y en el vino (cf. Is 25, 6), remite a la comunión y a la intimidad. Elementos ulteriores más explícitos exaltan la Eucaristía como banquete de amistad y de alianza con Dios. (Juan Pablo II. Audiencia General, n. 1, 18 de octubre de 2000)

… juzga la idea de vender las iglesias para dar a los pobres que tiene Francisco

  • Cristo aprecia el honor que le es prestado

La mujer, que Juan identifica con María, hermana de Lázaro, derrama sobre la cabeza de Jesús un frasco de perfume precioso, provocando en los discípulos —en particular en Judas (cf. Mt 26, 8, Mc 14, 4, Jn 12, 4)— una reacción de protesta, como si este gesto fuera un “derroche” intolerable, considerando las exigencias de los pobres. Pero la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos —“pobres tendréis siempre con vosotros” (Mt 26, 11 Mc 14, 7 cf. Jn 12, 8)—, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona. (Juan Pablo II. Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 47, 17 de abril de 2003)

  • La ayuda a los pobres puede ocultar malas disposiciones

“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11): al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres oculta el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de la posesión, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino en el espacio reservado al amor, al don, a la entrega total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura” (Jn 12,7). Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su “hora”, la “hora” en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida. (Benedicto XVI. Misa de sufragio en V aniversario de la muerte del Siervo de Dios Juan Pablo II, 29 de marzo de 2010)

  • El significado esencial de la limosna es su valor para la conversión

Aquí tocamos el núcleo central del problema. En la Sagrada Escritura y según las categorías evangélicas, “limosna” significa, ante todo, don interior. Significa la actitud de apertura “hacia el otro”. Precisamente tal actitud es un factor indispensable de lametánoia, esto es, de la conversión, así como son también indispensables la oración y el ayuno. En efecto, se expresa bien San Agustín: “¡Cuán prontamente son acogidas las oraciones de quien obra el bien!, y ésta es la justicia del hombre en la vida presente: el ayuno, la limosna, la oración” (Enarrat. in Ps. XLII, 8): la oración, como apertura a Dios; el ayuno, como expresión del dominio de sí, incluso en el privarse de algo, en el decir “no” a sí mismos; y, finalmente, la limosna, como apertura “a los otros”. El Evangelio traza claramente este cuadro cuando nos habla de la penitencia, de la metánoia. Sólo con una actitud total —en relación con Dios, consigo mismo y con el prójimo— el hombre alcanza la conversión y permanece en estado de conversión.
La “limosna” así entendida tiene un significado, en cierto sentido, decisivo para tal conversión. […] En efecto, es muy fácil falsificar su idea, como ya hemos advertido al comienzo. Jesús hacía reprensiones también respecto a la actitud superficial “exterior” de la limosna(cf. Mt 6,2-4, Lc 11,41). Este problema está siempre vivo. Si nos damos cuenta del significado esencial que tiene la “limosna” para nuestra conversión a Dios y para toda la vida cristiana, debemos evitar a toda costa todo lo que falsifica el sentido de la limosna, de la misericordia, de las obras de caridad: todo lo que puede deformar su imagen en nosotros mismos. En este campo es muy importante cultivar la sensibilidad interior hacia las necesidades reales del prójimo, para saber en qué debemos ayudarle, cómo actuar para no herirle, y cómo comportarnos para que lo que damos, lo que aportamos a su vida, sea un don auténtico, un don no cargado por el sentido ordinario negativo de la palabra “limosna”. (Juan Pablo II. Audiencia General, 28 de marzo de 1979)

  • La Iglesia siempre dedicó sus mejores recursos preparando lugares de culto

Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de « derrochar », dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía. No menos que aquellos primeros discípulos encargados de preparar la « sala grande », la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio. (Juan Pablo II. Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 48, 17 de abril de 2003)

  • Sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino

De la pobreza evangélica los Padres sinodales han dado una descripción muy concisa y profunda, presentándola como “sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino”. En realidad, sólo el que contempla y vive el misterio de Dios como único y sumo Bien, como verdadera y definitiva Riqueza, puede comprender y vivir la pobreza, que no es ciertamente desprecio y rechazo de los bienes materiales, sino el uso agradecido y cordial de estos bienes y, a la vez, la gozosa renuncia a ellos con gran libertad interior, esto es, hecha por Dios y obedeciendo sus designios.
Inserto en la vida de la comunidad y responsable de la misma, el sacerdote debe ofrecertambién el testimonio de una total “transparencia” en la administración de los bienes de la misma comunidad, que no tratará jamás como un patrimonio propio, sino como algo de lo que debe rendir cuentas a Dios y a los hermanos, sobre todo a los pobres. Además, la conciencia de pertenecer al único presbiterio lo llevará a comprometerse para favorecer una distribución más justa de los bienes entre los hermanos, así como un cierto uso en común de los bienes. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, n. 30, 25 de marzo de 1992)

  • Poseer y administrar bienes temporales es un derecho de la Iglesia

La Iglesia siempre ha reivindicado el derecho a poseer y administrar bienes temporales. Pero no pide privilegios en este campo, sino la posibilidad de emplear los medios de que dispone para una triple finalidad: “Sostener el culto divino, sustentar honradamente al clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados” (Código de Derecho Canónico, c. 1254, § 2). (Juan Pablo II. Alocución a la delegación de Croacia, 15 de diciembre de 1998)

… juzga la idea de paternidad responsable que tiene Francisco

  • También en la moral familiar, el Magisterio es la única guía auténtica

La Iglesia es ciertamente consciente también de los múltiples y complejos problemas que hoy, en muchos países, afectan a los esposos en su cometido de transmitir responsablemente la vida. Conoce también el grave problema del incremento demográfico como se plantea en diversas partes de mundo, con las implicaciones morales que comporta. Ella cree, sin embargo, que una consideración profunda de todos los aspectos de tales problemas ofrece una nueva y más fuerte confirmación de la importancia de la doctrina auténtica acerca de la regulación de la natalidad […] A este respecto, el empeño concorde de los teólogos, inspirado por la adhesión convencida al Magisterio, que es la única guía auténtica del pueblo de Dios. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n.31-33, 22 de noviembre de 1981)

  • Campañas sistemáticas contra la natalidad hechas con base a una concepción deformada del problema demográfico

Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida. El ingenio del hombre parece orientarse, en este campo, a limitar, suprimir o anular las fuentes de la vida, recurriendo incluso al aborto, tan extendido por desgracia en el mundo, más que a defender y abrir las posibilidades a la vida misma. En la Encíclica Sollicitudo rei socialis han sido denunciadas las campañas sistemáticas contra la natalidad, que, sobre la base de una concepción deformada del problema demográfico y en un clima de “absoluta falta de respeto por la libertad de decisión de las personas interesadas”, las someten frecuentemente a “intolerables presiones… para plegarlas a esta forma nueva de opresión” (25: l. c., 544). (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus Annus, n. 39, 1 de mayo de 1991)

  • Los padres son asociados a una obra divina

El hombre y la mujer unidos en matrimonio son asociados a una obra divina: mediante el acto de la procreación, se acoge el don de Dios y se abre al futuro una nueva vida. (Juan Pablo II. Encíclica Evangelium Vitae, n. 43, en 25 de marzo de 1995)

… juzga la idea de Iglesia-minoría que tiene Francisco

  • Dimensión universal del mandato misionero

Las diversas formas del “mandato misionero” tienen puntos comunes y también acentuaciones características. Dos elementos, sin embargo, se hallan en todas las versiones.Ante todo, la dimensión universal de la tarea confiada a los Apóstoles: “A todas las gentes” (Mt 28, 19); “por todo el mundo… a toda la creación” (Mc 16, 15); “a todas las naciones” (Act 1, 8). (Carta encíclica Redemptoris missio, n. 23, 7 de diciembre de 1990)

  • Anunciar el Evangelio es, a título especial, deber de los obispos

Jesús resucitado confió a sus apóstoles la misión de “hacer discípulos” a todas las gentes, enseñándoles a guardar todo lo que Él mismo había mandado. Así pues, se ha encomendado solemnemente a la Iglesia, comunidad de los discípulos del Señor crucificado y resucitado, la tarea de predicar el Evangelio a todas las criaturas. Es un cometido que durará hasta al final de los tiempos. Desde aquel primer momento, ya no es posible pensar en la Iglesia sin esta misión evangelizadora. […] Aunque el deber de anunciar el Evangelio es propio de toda la Iglesia y de cada uno de sus hijos, lo es por un título especial de los Obispos que, en el día de la sagrada Ordenación, la cual los introduce en la sucesión apostólica, asumen como compromiso principal predicar el Evangelio a los hombres. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Pastores gregis, n. 26, 16 de octubre de 2003)

  • No basta ayudar a los hombres; es preciso llamarlos a la conversión

El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la fe. […] Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de “proselitismo”; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la “Buena Nueva” de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación. (Juan Pablo II. Carta encíclica Redemptoris missio, n. 46, 7 de diciembre de 1990)

  • La buena nueva dispone a la vida según el Espíritu

La “buena nueva” tiende a suscitar en el corazón y en la vida del hombre la conversión y la adhesión personal a Jesucristo Salvador y Señor; dispone al Bautismo y a la Eucaristía y se consolida en el propósito y en la realización de la nueva vida según el Espíritu. En verdad, el imperativo de Jesús: “Id y predicad el Evangelio” mantiene siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que no puede decaer. Sin embargo, la actual situación, no sólo del mundo, sino también de tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la palabra de Cristo reciba una obediencia más rápida y generosa. Cada discípulo es llamado en primera persona; ningún discípulo puede escamotear su propia respuesta: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9, 16). (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 33, 30 de diciembre de 1988)

  • Cristo envuelve toda la humanidad ayer, hoy y siempre

La Iglesia perdura desde hace 2000 años. Como el evangélico grano de mostaza, ella crece hasta llegar a ser un gran árbol, capaz de cubrir con sus ramas la humanidad entera(cf. Mt 13, 31-32). El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, considerando la cuestión de la pertenencia a la Iglesia y de la ordenación al Pueblo de Dios, dice así: “Todos los hombres están invitados a esta unidad católica del Pueblo de Dios” […]. A la luz de este planteamiento se puede comprender aún mejor el significado de la parábola de la levadura (cf. Mt 13, 33): Cristo, como levadura divina, penetra siempre más profundamente en el presente de la vida de la humanidad difundiendo la obra de la salvación realizada en el Misterio pascual. Él envuelve además en su dominio salvíficotodo el pasado del género humano, comenzando desde el primer Adán. A El pertenece el futuro: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8). (Juan Pablo II. Carta apostólica Tertio millennio adveniente, n. 56, 10 de noviembre de 1994)

  • Tentación de reducir el cristianismo a una ciencia del vivir bien

Lo que más me mueve a proclamar la urgencia de la evangelización misionera es que ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia. […] La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humanas, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina. (Juan Pablo II. Carta encíclica Redemptoris missio, n. 2.11, 7 de diciembre de 1990)

  • Concepciones erradas de la misión de la Iglesia, porque silencian a Cristo

Hoy se habla mucho del Reino, pero no siempre en sintonía con el sentir de la Iglesia. […]Se describe el cometido de la Iglesia, como si debiera proceder en una doble dirección; por un lado, promoviendo los llamados “valores del Reino”, cuales son la paz, la justicia, la libertad, la fraternidad; por otro, favoreciendo el diálogo entre los pueblos, las culturas, las religiones, para que, enriqueciéndose mutuamente, ayuden al mundo a renovarse y a caminar cada vez más hacia el Reino. Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo. (Juan Pablo II. Carta encíclica Redemptoris missio, n. 17, 7 de diciembre de 1990)

…. juzga las relaciones de Francisco con mujeres “ordenadas” de las iglesias cristianas

  • Cristo confió solamente a los varones la tarea de ser «icono » de su rostro a través del sacerdocio ministerial

En este horizonte de « servicio » —que, si se realiza con libertad, reciprocidad y amor, expresa la verdadera « realeza » del ser humano— es posible acoger también, sin desventajas para la mujer, una cierta diversidad de papeles, en la medida en que tal diversidad no es fruto de imposición arbitraria, sino que mana del carácter peculiar del ser masculino y femenino. Es un tema que tiene su aplicación específica incluso dentro de la Iglesia. Si Cristo —con una elección libre y soberana, atestiguada por el Evangelio y la constante tradición eclesial— ha confiado solamente a los varones la tarea de ser «icono » de su rostro de « pastor » y de « esposo » de la Iglesia a través del ejercicio del sacerdocio ministerial, esto no quita nada al papel de la mujer, así como al de los demás miembros de la Iglesia que no han recibido el orden sagrado, siendo por lo demás todos igualmente dotados de la dignidad propia del « sacerdocio común », fundamentado en el Bautismo. En efecto, estas distinciones de papel no deben interpretarse a la luz de los cánones de funcionamiento propios de las sociedades humanas, sino con los criterios específicos de la economía sacramental, o sea, la economía de « signos » elegidos libremente por Dios para hacerse presente en medio de los hombres. (Juan Pablo II. Carta a las mujeres, n. 11, 29 de junio de 1995)

  • Dictamen definitivo acerca de la no ordenación sacerdotal de mujeres

El Sumo Pontífice Pablo VI, fiel a la misión de custodiar la Tradición apostólica, y con el fin también de eliminar un nuevo obstáculo en el camino hacia la unidad de los cristianos,quiso recordar a los hermanos Anglicanos cuál era la posición de la Iglesia Católica: “Ella sostiene que no es admisible ordenar mujeres para el sacerdocio, por razones verdaderamente fundamentales. Tales razones comprenden: el ejemplo, consignado en las Sagradas Escrituras, de Cristo que escogió sus Apóstoles sólo entre varones; la práctica constante de la Iglesia, que ha imitado a Cristo, escogiendo sólo varones; y su viviente Magisterio, que coherentemente ha establecido que la exclusión de las mujeres del sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia” (Pablo VI, Rescripto a la Carta del Arzobispo de Cantórbery, Revdmo. Dr. F.D. Coogan, sobre el ministerio sacerdotal de las mujeres, 30 noviembre 1975: AAS 68 (1976), 599-600). […] Si bien la doctrina sobre la ordenación sacerdotal, reservada sólo a los hombres, sea conservada por la Tradición constante y universal de la Iglesia, y sea enseñada firmemente por el Magisterio en los documentos más recientes, no obstante, en nuestro tiempo y en diversos lugares se la considera discutible, o incluso se atribuye un valor meramente disciplinar a la decisión de la Iglesia de no admitir a las mujeres a tal ordenación. Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia. (Juan Pablo II. Carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis, n. 1; 4, 22 de mayo de 1994)

  • Con la misma libertad de llamar como apóstoles sólo a hombres, Cristo dio dignidad a las mujeres

En el vasto trasfondo del «gran misterio», que se expresa en la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia, es posible también comprender de modo adecuado el hecho de la llamada de los «Doce». Cristo, llamando como apóstoles suyos sólo a hombres, lo hizo de un modo totalmente libre y soberano. Y lo hizo con la misma libertad con que en todo su comportamiento puso en evidencia la dignidad y la vocación de la mujer, sin amoldarse al uso dominante y a la tradición avalada por la legislación de su tiempo. Por lo tanto, la hipótesis de que haya llamado como apóstoles a unos hombres, siguiendo la mentalidad difundida en su tiempo, no refleja completamente el modo de obrar de Cristo. «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza…, porque no miras la condición de las personas» (Mt 22, 16). Estas palabras caracterizan plenamente el comportamiento de Jesús de Nazaret, en esto se encuentra también una explicación a la llamada de los «Doce». Todos ellos estaban con Cristo durante la última Cena y sólo ellos recibieron el mandato sacramental: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24), que está unido a la institución de la Eucaristía. Ellos, la tarde del día de la resurrección, recibieron el Espíritu Santo para perdonar los pecados: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 23). […] Si Cristo, al instituir la Eucaristía, la ha unido de una manera tan explícita al servicio sacerdotal de los apóstoles, es lícito pensar que de este modo deseaba expresar la relación entre el hombre y la mujer, entre lo que es «femenino» y lo que es «masculino», querida por Dios, tanto en el misterio de la creación como en el de la redención. Ante todo en la Eucaristía se expresa de modo sacramental el acto redentor de Cristo Esposo en relación con la Iglesia Esposa. Esto se hace transparente y unívoco cuando el servicio sacramental de la Eucaristía —en la que el sacerdote actúa «in persona Christi»— es realizado por el hombre. Esta es una explicación que confirma la enseñanza de la Declaración Inter insigniores, publicada por disposición de Pablo VI, para responder a la interpelación sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial. (Juan Pablo II. Carta Apostólica Mulieris dignitatem, n. 26, en 15 de agosto de 1988)

  • La vocación de la mujer en la Iglesia

La conciencia de que la mujer —con sus dones y responsabilidades propias— tiene una específica vocación, ha ido creciendo y haciéndose más profunda en el período posconciliar, volviendo a encontrar su inspiración más original en el Evangelio y en la historia de la Iglesia. En efecto, para el creyente, el Evangelio —o sea, la palabra y el ejemplo de Jesucristo— permanece como el necesario y decisivo punto de referencia, y es fecundo e innovador al máximo, también en el actual momento histórico. Aunque no hayan sido llamadas al apostolado de los Doce y por tanto al sacerdocio ministerial, muchas mujeres acompañan a Jesús en su ministerio y asisten al grupo de los Apóstoles (cf. Lc 8, 2-3 ); están presentes al pie de la Cruz (cf. Lc 23, 49); ayudan al entierro de Jesús (cf. Lc 23, 55) y la mañana de Pascua reciben y transmiten el anuncio de la resurrección(cf. Lc 24, 1-10); rezan con los Apóstoles en el Cenáculo a la espera de Pentecostés (cf. Hch 1, 14). Siguiendo el rumbo trazado por el Evangelio, la Iglesia de los orígenes se separa de la cultura de la época y llama a la mujer a desempeñar tareas conectadas con la evangelización. En sus Cartas, Pablo recuerda, también por su propio nombre, a numerosas mujeres por sus varias funciones dentro y al servicio de las primeras comunidades eclesiales (cf. Rom 16, 1-15; Flp 4, 2-3; Col 4, 15; 1 Cor 11, 5; 1 Tim 5, 16). «Si el testimonio de los Apóstoles funda la Iglesia —ha dicho Pablo VI—, el de las mujeres contribuye en gran manera a nutrir la fe de las comunidades cristianas». Y, como en los orígenes, así también en su desarrollo sucesivo la Iglesia siempre ha conocido —si bien en modos diversos y con distintos acentos— mujeres que han desempeñado un papel quizá decisivo y que han ejercido funciones de considerable valor para la misma Iglesia. Es una historia de inmensa laboriosidad, humilde y escondida la mayor parte de las veces, pero no por eso menos decisiva para el crecimiento y para la santidad de la Iglesia. Es necesario que esta historia se continúe, es más que se amplíe e intensifique ante la acrecentada y universal conciencia de la dignidad personal de la mujer y de su vocación, y ante la urgencia de una «nueva evangelización» y de una mayor «humanización» de las relaciones sociales. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 49, 30 de diciembre de 1988)

  • El anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso no son equivalentes ni intercambiables

A la luz de la economía de la salvación, la Iglesia no ve un contraste entre el anuncio de Cristo y el diálogo interreligioso; sin embargo siente la necesidad de compaginarlos en el ámbito de su misión ad gentes. En efecto, conviene que estos dos elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos, ni instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes, como si fueran intercambiables. […] El diálogo debe ser conducido y llevado a término con la convicción de que la Iglesia es el camino ordinario de salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación [Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14; cf. Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 7]. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptoris Missio, n. 55, sobre la permanente validez del mandato misionero, 7 de diciembre de 1990)

  • El diálogo ecuménico debe llamar a la conversión, enunciando la fe católica con claridad

Una vez más el Concilio Vaticano II nos ayuda. Se puede decir que todo el Decreto sobre el ecumenismo está lleno del espíritu de conversión. El diálogo ecuménico presenta en este documento un carácter propio; se transforma en « diálogo de la conversión », y por tanto, según la expresión de Pablo VI, en auténtico « diálogo de salvación ». El diálogo no puede desarrollarse siguiendo una trayectoria exclusivamente horizontal, limitándose al encuentro, al intercambio de puntos de vista, o incluso de dones propios de cada Comunidad. Tiende también y sobre todo a una dimensión vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor del mundo y Señor de la historia, que es nuestra reconciliación. La dimensión vertical del diálogo está en el común y recíproco reconocimiento de nuestra condición de hombres y mujeres que han pecado. Precisamente esto abre en los hermanos que viven en comunidades que no están en plena comunión entre ellas, un espacio interior en donde Cristo, fuente de unidad de la Iglesia, puede obrar eficazmente, con toda la potencia de su Espíritu Paráclito. […] En relación al estudio de las divergencias, el Concilio pide que se presente toda la doctrina con claridad. Al mismo tiempo, exige que el modo y el método de enunciar la fe católica no sea un obstáculo para el diálogo con los hermanos. Ciertamente es posible testimoniar la propia fe y explicar la doctrina de un modo correcto, leal y comprensible, y tener presente contemporáneamente tanto las categorías mentales como la experiencia histórica concreta del otro. Obviamente, la plena comunión deberá realizarse en la aceptación de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda forma de reduccionismo o de fácil «estar de acuerdo».Las cuestiones serias deben resolverse, porque de lo contrario resurgirían en otros momentos, con idéntica configuración o bajo otro aspecto. (Juan Pablo II. Encíclica Ut unum sint, n. 35-36, 25 de mayo de 1995)

… juzga la idea neo-quietista de Francisco

  • Desde tiempos remotos Dios podía ser encontrado en su templo

De esta forma, el Dios santo e invisible se hacía disponible a su pueblo a través de Moisés, el legislador, Aarón, el sacerdote, y Samuel, el profeta. Se revelaba con palabras y obras de salvación y de juicio, y estaba presente en Sión por el culto celebrado en el templo. (Juan Pablo II. Audiencia, miércoles 27 de noviembre de 2002)

… juzga la idea de educación de la juventud que tiene Francisco

  • No es exacto decir que la fe es una opción para la edad madura

Que no suceda, amadísimos padres que me escucháis, que vuestros hijos lleguen a la madurez humana, civil y profesional, quedando niños en asuntos de religión. No es exacto decir que la fe es una opción para realizar en la edad madura. La verdadera opción supone el conocimiento; y nunca podrá haber elección entre cosas que no fueron propuestas sabia y adecuadamente. Padres catequistas, la Iglesia tiene confianza en vosotros, espera mucho de vosotros. (Juan Pablo II. Homilía en la Santa Misa para los Catequistas, n. 4, 5 de julio de 1980)

  • La educación de la conciencia religiosa es un derecho de la persona

En la escuela, el ciudadano se forma a través de la cultura y la formación profesional. La educación de la conciencia religiosa es un derecho de la persona humana. El joven exige ser encaminado hacia todas las dimensiones de la cultura y quiere también encontrar en la escuela la posibilidad de entablar conocimiento con los problemas fundamentales de la existencia. Entre estos, ocupa el primer lugar el problema de la respuesta que él tiene que dar a Dios. Es imposible llegar a auténticas opciones de vida, cuando se pretende ignorar la religión, que tiene tanto que decir, o incluso cuando se quiere restringirla a una enseñanza vaga y neutra […]. La Iglesia, al defender esta incumbencia de la escuela, no ha pensado ni piensa en privilegios: ella propugna una educación integral amplia y los derechos la familia y la persona. (Juan Pablo II. Homilía en la Santa Misa para los Catequistas, n. 4, 5 de julio de 1980)

  • Todo bautizado tiene el derecho de recibir una formación verdaderamente católica

Todo bautizado por el hecho mismo de su bautismo, tiene el derecho de recibir de la Iglesia una enseñanza y una formación que le permitan iniciar una vida verdaderamente cristiana; en la perspectiva de los derechos del hombre, toda persona humana tiene derecho a buscar la verdad religiosa y de adherirse plenamente a ella. (Juan Pablo II. Catechesi tradendæ, n. 14, 16 de octubre de 1979)

  • Todo discípulo de Cristo tiene el derecho a recibir la palabra de la fe no mutilada

Los alumnos de las escuelas católicas tienen el derecho a recibir en ellas catequesis permanente, profunda, sistemática, cualificada y adaptada a las exigencias de su edad y preparación cultural. Y esta enseñanza religiosa debe ser íntegra en cuanto al contenido,pues todo discípulo de Cristo tiene el derecho a recibir la palabra de la fe no mutilada, falsificada o disminuida, sino completa e integral, en todo su rigor y su vigor. (Juan Pablo II. Discurso a los profesores, alumnos y exalumnos de los colegios Massimo y Santa María de Roma, n. 3, 9 de febrero de 1980)

  • La catequesis: una de las tareas primordiales de la Iglesia

La catequesis ha sido siempre considerada por la Iglesia como una de sus tareas primordiales, ya que Cristo resucitado, antes de volver al Padre, dio a los Apóstoles esta última consigna: hacer discípulos a todas las gentes, enseñándoles a observar todo lo que Él había mandado. Él les confiaba de este modo la misión y el poder de anunciar a los hombres lo que ellos mismos habían oído, visto con sus ojos, contemplado y palpado con sus manos, acerca del Verbo de vida. Al mismo tiempo les confiaba la misión y el poder de explicar con autoridad lo que Él les había enseñado, sus palabras y sus actos, sus signos y sus mandamientos. Y les daba el Espíritu para cumplir esta misión. Muy pronto se llamó catequesis al conjunto de esfuerzos realizados por la Iglesia para hacer discípulos,para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios, a fin de que, mediante la fe, ellos tengan la vida en su nombre, para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo. La Iglesia no ha dejado de dedicar sus energías a esa tarea. (Juan Pablo II. Catechesi tradendae, n. 1, 16 de octubre de 1979)

  • En el ápice de todo interés debe estar la persona, la obra y el mensaje de Cristo

En el centro de la enseñanza escolar, en el ápice de todo el interés debe estar la persona, la obra y el mensaje de Cristo, es Él nuestro verdadero Maestro (cf. Mt 23, 8. 10), es Él nuestra vida, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6), es Él nuestro Redentor y Salvador (cf. Ef 1, 7; Col 1, 14). Tarea prioritaria e insustituible tanto de los profesores como de los alumnos, es la de conocer a Jesús estudiando, profundizando, meditando la Sagrada Escritura, no como mero libro de historia, sino como testimonio perenne de Alguien que está vivo, porque Jesús resucitó y “está a la diestra del Padre”. (Juan Pablo II. Discurso a los profesores, alumnos y exalumnos de los colegios Massimo y Santa María de Roma, n. 4, 9 de febrero de 1980)

  • Es muy importante la enseñanza católica en todos los niveles de educación

Este esbozo demasiado rápido será suficiente para subrayar la importancia que yo doy a toda la enseñanza católica en general, en sus diversos niveles, y en particular al pensamiento universitario católico de hoy. El ambiente católico que vosotros deseáis se sitúa mucho más allá de un simple clima exterior circundante. Implica la voluntad de una formación sobre el mundo desde una perspectiva cristiana; implica un modo particular de captar la realidad y de concebir todos vuestros estudios, tan dispares como ellos sean. Hablo aquí, lo entendéis perfectamente, de una perspectiva que traspasa los límites y los métodos de las ciencias particulares para llegar a la comprensión que debéis tener de vosotros mismos, de vuestro papel en la sociedad, del sentido de vuestra vida. (Juan Pablo II. Discurso a los profesores y alumnos del Instituto Católico de París, n. 4, 1 de junio de 1980)

  • Los padres católicos deben dar preferencia a las escuelas católicas

Al lado de la familia y en colaboración con ella, la escuela ofrece a la catequesis posibilidades no desdeñables. En los países, cada vez más escasos por desgracia, donde es posible dar dentro del marco escolar una educación en la fe, la Iglesia tiene el deber de hacerlo lo mejor posible. Esto se refiere, ante todo, a la escuela católica: ¿Seguiría mereciendo este nombre si, aun brillando por su alto nivel de enseñanza en las materias profanas, hubiera motivo justificado para reprocharle su negligencia o desviación en la educación propiamente religiosa? ¡Y no se diga que ésta se dará siempre implícitamente o de manera indirecta! El carácter propio y la razón profunda de la escuela católica, el motivo por el cual deberían preferirla los padres católicos, es precisamente la calidad de la enseñanza religiosa integrada en la educación de los alumnos. (Juan Pablo II. Catechesi tradendae, n. 69, 16 de octubre de 1979)

  • La enseñanza religiosa favorece el progreso espiritual de los alumnos

Expreso el deseo ardiente de que […] sea posible a todos los alumnos católicos el progresar en su formación espiritual con la ayuda de una enseñanza religiosa que dependa de la Iglesia, pero que, según los países, pueda ser ofrecida a la escuela o en el ámbito de la escuela, o más aún en el marco de un acuerdo con los poderes públicos sobre los programas escolares, si la catequesis tiene lugar solamente en la parroquia o en otro centro pastoral. (Juan Pablo II, Catechesi tradendae, n. 69, 16 de octubre de 1979)

  • La educación católica prepara para asumir responsabilidades futuras

Me alegra saber que su gobierno tiene la intención de ayudar a las familias […] y que también decidió mantener programas de educación religiosa en las escuelas. De hecho las generaciones jóvenes deben beneficiarse de una base sólida, lo que facilita su preparación para asumir las responsabilidades en la sociedad del mañana. (Juan Pablo II, Discurso al nuevo embajador del Gran Ducado de Luxemburgo ante la Santa Sede, n. 4, 16 de diciembre de 2004)

  • Las escuelas católicas forman ciudadanos ejemplares

A veces, por desgracia, cuando se habla de escuela “católica” se la considera sólo en rivalidad y hasta oposición con otras escuelas, en particular las escuelas del Estado. Pero no es así. La escuela católica se ha propuesto siempre y se propone hoy formar cristianos que sean a la vez ciudadanos ejemplares, capaces de prestar toda su inteligencia, seriedad y competencia a la edificación recta y ordenada de la comunidad civil. (Juan Pablo II. Discurso a los profesores, alumnos y exalumnos de los colegios Massimo y Santa María de Roma, n. 2, 9 de febrero de 1980)

  • La enseñanza católica ilumina las ciencias con la luz de la fe

La Iglesia alienta la responsabilidad de los laicos en la formación de los jóvenes a la luz de la fe. Y uno de los terrenos privilegiados de esa formación sigue siendo la escuela católica. […] Cada vez que la Iglesia pone de relieve el interés y la ventaja de la enseñanza católica, supone lógicamente que ello pueda hacerse de modo que se realicen sus objetivos: crear una atmósfera animada por un espíritu evangélico de libertad y caridad, así como permitir a los jóvenes que desarrollen su personalidad humana y su ser de bautizados, haciendo que el conocimiento, adquirido gradualmente, del mundo, de la vida y del hombre sea iluminado por la fe. (Juan Pablo II. Discurso a los representantes de la oficina central para la enseñanza católica en Holanda, 17 de octubre de 1980)

  • Una visión cristiana del hombre y del mundo

La escuela católica, al asegurar una enseñanza escolar de calidad, propone una visión cristiana del hombre y del mundo que ofrece a los jóvenes la posibilidad de un diálogo fecundo entre la fe y la razón. Del mismo modo, debe transmitir valores para asimilar y verdades para descubrir, “con la certeza de que todos los valores humanos encuentran su realización plena y, por consiguiente, su unidad en Cristo”. (Juan Pablo II. Discurso al Congreso Internacional organizado por el Comité Europeo para la Educación Católica, 28 de abril de 2001)

  • Las escuelas católicas cooperan para una transformación de toda la sociedad

Las transformaciones culturales, la globalización de los intercambios, la relativización de los valores morales y la preocupante desintegración del vínculo familiar crean en numerosos jóvenes gran inquietud, que influye inevitablemente en su estilo de vida y en su modo de entender y afrontar su futuro. Esta situación invita a las escuelas católicas europeas a proponer un auténtico proyecto educativo, que no sólo permita a los jóvenes adquirir una madurez humana, moral y espiritual, sino también comprometerse eficazmente en la transformación de la sociedad, dedicándose a trabajar por la venida del reino de Dios. (Juan Pablo II. Discurso al Congreso Internacional organizado por el Comité Europeo para la Educación Católica, 28 de abril de 2001)

  • La enseñanza de la doctrina de la Iglesia afirma la verdadera dignidad humana

Al asegurar la clara enseñanza de las verdades básicas presentadas por la doctrina moral de la Iglesia, estaremos promoviendo una nueva afirmación de la dignidad de la persona humana, una correcta comprensión de la conciencia, que es la única base sólida para el ejercicio de la libertad humana, así como una base para la vida en común, la solidaridad y la armonía cívica. Todo esto es un servicio esencial en favor del bien común. ¿Cómo puede la sociedad moderna para liberarse de la creciente decadencia de su comportamiento destructivo –incluyendo la violación de los derechos de la persona humana– sin recuperar el carácter inviolable de normas morales que siempre y en todas partes deben guiar la conducta humana? (Juan Pablo II. Discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal de Brasil, n. 3, 18 de octubre de 1995)

  • La escuela católica prepara los jóvenes para los más altos ideales

Una civilización que por veces conoce la tentación de nivelar el hombre y la sociedad y tiene los medios técnicos para ello, más que nunca es necesario proporcionar – especialmente a los jóvenes hambrientos de razones para vivir – espacios educativos […]. La escuela católica, no queriendo predominio mucho menos triunfalismo, tiene la ambición de proponer al mismo tiempo, la adquisición del conocimiento más vasto y profundo posible, la educación exigente y perseverante de la verdadera libertad humana y la preparación de los niños y adolescentes a los más altos ideales: Jesucristo y la mensaje del Evangelio. (Juan Pablo II. Discurso al Consejo de la Unión Mundial de los Profesores Católicos, 18 de abril de 1983)

… juzga la idea de felicidad que tiene Francisco

  • Existe la tentación de reducir el cristianismo a una ciencia del vivir bien

La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una “gradual secularización de la salvación”, debido a lo cual se lucha ciertamenteen favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral, que abarca al hombre entero y a todos los hombres, abriéndoles a los admirables horizontes de la filiación divina. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 11, 7 de diciembre de 1990)

  • La alegría verdadera es don del Espíritu Santo

Si el cristiano “entristece” al Espíritu Santo, que vive en el alma, ciertamente no puede esperar poseer la alegría verdadera, que proviene de él: “Fruto del Espíritu es amor, alegría, paz…” (Ga 5, 22). Sólo el Espíritu Santo da la alegría profunda, plena, duradera, a la que aspira todo corazón humano. El hombre es un ser hecho para la alegría, no para la tristeza. […] La alegría verdadera es don del Espíritu Santo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 19 de junio de 1991)

  • Fuera de la amistad con Dios no hay verdadera alegría

La alegría verdadera incluye la justicia del reino de Dios, del que San Pablo dice que es “justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Se trata de la justicia evangélica,que consiste en la conformidad con la voluntad de Dios, en la obediencia a sus leyes y en la amistad personal con él. Fuera de esta amistad, no hay alegría verdadera. […] El pecado es fuente de tristeza, sobre todo porque es una desviación y casi una separación del alma del justo en orden a Dios, que da consistencia a la vida. El Espíritu Santo, que obra en el hombre la nueva justicia en la caridad, elimina la tristeza y da la alegría: esa alegría, que vemos florecer en el Evangelio. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 19 de junio de 1991)

  • La alegría es el resultado inevitable de estar más cerca de Dios

Cada vez que nos reunimos en la Eucaristía, somos fortalecidos en la santidad y renovados en la alegría, pues la alegría y la santidad son el resultado inevitable de estar más cerca de Dios. Cuando nos alimentamos con el pan vivo que ha bajado del cielo, nos asemejamos más a nuestro Salvador resucitado, que es la fuente de nuestra alegría, una “alegría que es para todo el pueblo” (Lc 2, 10). (Juan Pablo II. Homilía en el Estadio Nacional de Karachi, Pakistán, n. 8, 16 de febrero de 1981)

  • Los diez mandamientos son el camino seguro para la felicidad

Efectivamente, el Señor ha indicado el camino seguro para el logro de la felicidad en la ley moral, expresión de su voluntad creadora y salvífica, o sea en los diez mandamientos, inscritos en la conciencia de cada hombre, históricamente manifestados al pueblo israelita y perfeccionados por el mensaje evangélico. […] San Juan en su carta advierte además que el amor de Dios, fuente y garantía de la felicidad verdadera, no es vago, sentimental, sino concreto y comprometido: “Pues éste es el amor de Dios: que guardemos sus preceptos. Sus preceptos no son pesados” (1 Jn 5, 3). El que consciente y deliberadamente quebranta la ley de Dios, va inexorablemente hacia la infelicidad. Pero el cristiano posee, en cambio, el secreto de la felicidad. (Juan Pablo II. Homilía en la iglesia de Nuestra Señora del Lago, n. 2, 2 de septiembre de 1979)

  • La alegría viene de la gracia, del perdón de Dios y de la esperanza de la felicidad eterna…

La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo. […] Es la alegría de la luz interior sobre el significado de la vida y de la historia; es la alegría de la presencia de Dios en el alma, mediante la gracia; es la alegría del perdón de Dios, mediante sus sacerdotes, cuando por desgracia se ha ofendido a su infinito amor, y arrepentidos se retorna a sus brazos de Padre; es la alegría de la espera de la felicidad eterna, por la que la vida se entiende como un “éxodo”, una peregrinación, bien que comprometidos en las vicisitudes del mundo. (Juan Pablo II. Discurso a la peregrinación de la Archidiócesis de Nápoles, n. 2, 24 de marzo de 1979)

  • …de la fe vivida en la oración y práctica de los sacramentos…

Llevad, sobre todo, la alegría cristiana en vuestro corazón: alegría que brota de la feserenamente aceptada; intensamente profundizada mediante la meditación personal y el estudio de la Palabra de Dios y de las enseñanzas de la Iglesia; dinámicamente vivida en la unión con Dios en Cristo, en la oración, y en la práctica constante de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y de la Reconciliación; en la asimilación del mensaje evangélico, a veces duro para nuestra débil naturaleza, que no está siempre en sintonía con las exigencias exaltantes, pero comprometidas del “Sermón de la Montaña” y de las “Bienaventuranzas”. “Noli gaudere in saeculo —nos dice San Agustín— gaude in Christo, gaude in verbo eius, gaude in lege eius” (Enarr. in ps. 93, 24: PL 37, 1212). (Juan Pablo II. Discurso a los jóvenes del movimiento Comunión y Liberación, n. 1, 16 de marzo de 1980)

  • …de la Eucaristía dominical y de la paz de conciencia

Encontremos la alegría que nos da la participación en la Eucaristía. Sea para nosotros la Misa dominical el punto culminante de cada semana. Volvamos a encontrar la alegría que proviene de la penitencia, de la conversión: de este espléndido sacramento de reconciliación con Dios, que Cristo ha instituido para restablecer la paz en la conciencia del hombre. (Juan Pablo II. Ángelus, n. 3, 25 de marzo de 1979)

… juzga la idea de amor fraterno que tiene Francisco

  • Las palabras de Jesús no pueden ser pasadas por alto: “No peques más”

Comprometeos con todas las fuerzas a que los criterios y normas inviolables del actuar cristiano adquieran validez en la vida del creyente de manera clara y persuasiva.
Entre las costumbres de una sociedad secularizada y las exigencias del Evangelio, media un profundo abismo. Hay muchos que querrían participar en la vida eclesial, pero ya no encuentran ninguna relación entre su propio mundo y los principios cristianos. Se cree que la Iglesia, sólo por rigidez, mantiene sus normas, y que ello choca contra la misericordia que nos enseña Jesús en el Evangelio. Las duras exigencias de Jesús, su palabra: ‘Vete y no peques más’ (Jn 8, 11), son pasadas por alto. A menudo se habla de recurso a la conciencia personal, olvidando, sin embargo, que esta conciencia es como el ojo que no posee por sí mismo la luz, sino solamente cuando mira hacia su auténtica fuente. (Juan Pablo II. Alocución a la Conferencia Episcopal Alemana, n. 6, 17 de noviembre de 1980)

  • Las puertas están abiertas, pero son estrechas

La Cuaresma invita a los creyentes a tomar en serio la exhortación de Jesús: “Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición y son muchos lo que entran por ella” (Mt 7, 13).
¿Cuál es la puerta ancha y cuál la senda espaciosa de que habla Jesús? Es la puerta de la autonomía moral, la senda del orgullo intelectual. ¡Cuántas personas, incluso cristianas, viven en la indiferencia, acomodándose a la mentalidad del mundo y cediendo a los halagos del pecado!
La Cuaresma es el tiempo propicio para analizar la propia vida, para reanudar con mayor decisión la participación en los sacramentos, para formular propósitos más firmes de vida nueva, aceptando, como enseña Jesús, pasar por la puerta estrecha y por la senda angosta, que conducen a la vida eterna (cf. Mt 7, 14). (Juan Pablo II. Audiencia General, n. 3, 16 de febrero 1994)

  • Reintegrar al penitente amonestándolo paternalmente

Ante la conciencia del fiel, que se abre al confesor con una mezcla de miedo y de confianza, éste está llamado a una alta tarea que es servicio a la penitencia y a la reconciliación humana: conocer las debilidades y caídas de aquel fiel, valorar su deseo de recuperación y los esfuerzos para obtenerla, discernir la acción del Espíritu santificador en su corazón, comunicarle un perdón que sólo Dios puede conceder, “celebrar” su reconciliación con el Padre representada en la parábola del hijo pródigo, reintegrar a aquel pecador rescatado en la comunión eclesial con los hermanos, amonestar paternalmente a aquel penitente con un firme, alentador y amigable “vete y no peques más”. (Juan Pablo II. Exortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, n. 29, 2 de diciembre de 1984)

… juzga la idea de ascetismo, silencio y penitencia que tiene Francisco

  • Espiritualidad que ha resistido a la prueba de los siglos y aún demuestra vitalidad

No dudo de que vuestra vida y la de aquellos con quienes mantengáis contacto, se beneficiarán de la profundización en el conocimiento y comprensión que estáis realizando de la espiritualidad intrépida y abnegada de San Ignacio de Loyola. Es una forma de espiritualidad que ha resistido la prueba de los siglos y está demostrando a diario su vitalidad y trascendencia para nuestros tiempos y necesidades. (Juan Pablo II. Audiencia General, 28 de enero de 1981)

  • El Espíritu Santo actúa en aquel que está en silencio y se mortifica

En efecto, la palabra divina revela sus profundidades a quien está atento, mediante el silencio y la mortificación, a la acción misteriosa del Espíritu. La prescripción del silencio regular, a la vez que establece tiempos en los que la palabra humana debe callar, orienta hacia un estilo caracterizado por una gran moderación en la comunicación verbal. Esta norma, si se percibe y vive en su sentido profundo, educa lentamente para la interiorización, gracias a la cual el monje se abre a un conocimiento auténtico de Dios y del hombre. (Juan Pablo II. Mensaje al abad del Monasterio de Subiaco, n. 4, 7 de julio de 1999)

  • La falta de silencio compromete la paz interior

Hoy resulta difícil crearse “zonas de desierto y silencio” porque estamos continuamente envueltos en el engranaje de las ocupaciones, en el fragor de los acontecimientos y en el reclamo de los medios de comunicación, de modo que la paz interior corre peligro y encuentran obstáculos los pensamientos elevados que deben cualificar la existencia del hombre. Es difícil pero es importante saberlo hacer. (Juan Pablo II. Discurso a los jóvenes en la Basílica Vaticana, primera parte de la Audiencia General de 18 de marzo de 1981)

  • Para ordenar su interior, el hombre necesita una voluntad ejercitada en la penitencia

Y he aquí, pues, la consecuencia paradójica: frente a máquinas cada vez más grandes y complejas, el hombre acaba por encontrarse moralmente cada vez más pequeño y mezquino, en poder de las fuerzas oscuras de su inconsciente o de las no menos engañosas y potentes de la psicología de masa. Para ser restituido a su libertad, el hombre necesitaante todo de una ayuda de lo alto que vuelva a ordenar su mundo interior, trastornado por el pecado: esta ayuda la obtiene orando. Necesita, además, una voluntad fuerte y decidida, capaz de sustraerse a las sugestiones falaces del mal, para orientarse valientemente por los caminos del bien: y esto supone el entrenamiento generoso en la renuncia y el sacrificio, esto es, supone la valentía de hacer penitencia, para conseguir el autocontrol que le permita dominarse a sí mismo fácilmente en armonía con la más profunda verdad del propio ser. (Juan Pablo II. Ángelus, 24 de febrero de 1985)

  • Cada fiel debe buscar formas de penitencia conformes con sus necesidades

Además, por la acción de la gracia el fiel que se esfuerza generosamente en la práctica de la penitencia, conoce una progresiva identificación con Cristo, que es el verdadero liberador del hombre. “Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” (2 Cor 3, 17). Hoy las prácticas penitenciales mandadas por la ley de la Iglesia son tan limitadas, que no agotan en absoluto el deber y la necesidad de cada uno de hacer penitencia. Lo más queda confiado a la generosa iniciativa de cada uno. Por esto, es necesario que la madurez de conciencia de cada fiel lo impulse a buscar espontáneamente, más aún, a crear en el ámbito de la propia libertad, las formas y los modos de penitencia conformes con las necesidades personales de liberación del pecado, de purificación y de perfeccionamiento. (Juan Pablo II. Ángelus, 10 de marzo de 1985)

  • El silencio y la soledad son elementos de formación sacerdotal permanente

Jesús con frecuencia se retiraba solo a rezar (cf. Mt 14,23). La capacidad de mantener una soledad positiva es condición indispensable para el crecimiento de la vida interior. Se trata de una soledad llena de la presencia del Señor, que nos pone en contacto con el Padre a la luz del Espíritu. En este sentido, fomentar el silencio y buscar espacios y tiempos “de desierto” es necesario para la formación permanente, tanto en el campo intelectual, como en el espiritual y pastoral. De este modo, se puede afirmar que no es capaz de verdadera y fraterna comunión el que no sabe vivir bien la propia soledad. (Juan Pablo II. Exortación Apóstólica Pastores dabo vobis, n. 74, 25 de marzo de 1992)

… juzga la idea de Curia Romana que tiene Francisco

  • La jerarquía: servicio para que toda la Iglesia participe de la potestad de Cristo

El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo —Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey— continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios participa de esta triple misión. Y quizás en el pasado se colocaba sobre la cabeza del Papa la tiara, esa triple corona, para expresar, por medio de tal símbolo, el designio del Señor sobre su Iglesia, es decir, que todo el orden jerárquico de la Iglesia de Cristo, toda su “sagrada potestad” ejercitada en ella no es otra cosa que el servicio, servicio que tiene un objetivo único: que todo el Pueblo de Dios participe en esta triple misión de Cristo y permanezca siempre bajo la potestad del Señor, la cual tiene su origen no en los poderes de este mundo, sino en el Padre celestial y en el misterio de la cruz y de la resurrección. (Juan Pablo II. Homilía en el comienzo del pontificado, 22 de octubre de 1978)

  • Finalidad de la Curia: hacer más eficaz la misión del Papa

La Curia Romana surgió con este fin: hacer cada vez más eficaz el ejercicio de la misión universal del Pastor de la Iglesia, que el mismo Cristo confió a Pedro y a sus Sucesores, y que ha ido creciendo y dilatándose cada día más. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Pastor Bonus, n. 3, 28 de junio de 1988)

  • La Curia y sus dicasterios están a servicio de toda la Iglesia

El Concilio lo dice con las siguientes palabras: “En el ejercicio de su potestad suprema, plena e inmediata sobre la Iglesia universal, el Romano Pontífice se vale de los dicasterios de la Curia Romana, los cuales, por lo tanto, cumplen su función en nombre y por autoridad del mismo Pontífice, para bien de las Iglesias y en servicio de los sagrados Pastores”.
Por lo tanto, es claro que la función de la Curia Romana, aunque no pertenece a la específica Constitución, querida por Dios, de la Iglesia, tiene, sin embargo, una índole realmente eclesial en cuanto recibe del Pastor de la Iglesia universal su existencia y competencia. Efectivamente, existe y actúa en la medida en que se refiere al ministerio petrino y se funda en él. Y puesto que el ministerio de Pedro, como a siervo de los siervos de Dios”, se ejerce respecto a la iglesia universal y respecto a los obispos de toda la Iglesia, también a la Curia Romana, que sirve al Sucesor de Pedro, le corresponde ayudar igualmente a la Iglesia universal y a los obispos. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Pastor Bonus, n. 7, 28 de junio de 1988)

  • Diaconía unida al ministerio petrino

Así, pues, se deduce que la Curia Romana, por razón de su diaconía unida al ministerio petrino está muy estrechamente vinculada a los obispos de todo el mundo, y por su parte, los mismos Pastores y sus Iglesias son los primeros y principales beneficiarios del trabajo de los dicasterios. Prueba de ello es también la composición de la misma Curia.
En efecto, la Curia Romana está compuesta por casi todos los padres cardenales los cuales por su mismo título pertenecen a la Iglesia de Roma, ayudan de cerca al Sumo Pontífice en el gobierno de la Iglesia universal, y todos son convocados a los consistorios tanto ordinarios como extraordinarios, cuando se requiere tratar cuestiones especialmente importantes; así resulta que, conociendo más y mejor las necesidades de todo el Pueblo de Dios, sirven al bien de la Iglesia universal. (Juan Pablo II, Constitución Apostólica Pastor Bonus, n. 9, 28 de junio de 1988)

  • Cualidades poco comunes al servicio de la Iglesia

A todos vosotros mi profundo y sincero agradecimiento, por el trabajo que hacéis a la Iglesia y a la Sede Apostólica, y que desenvolvéis con competencia, con empeño, con generosidad, con humildad. Sé bien que vuestro servicio, frecuentemente versa sobre cuestiones importantes para la Iglesia y para la Se Apostólica, supone, por lo tanto, una gran preparación doctrinaria y una larga experiencia, unida a la prudencia, y al equilibrio: un conjunto de cualidades poco comunes, que son colocadas a la disposición de la Iglesia, en el silencio y en el ocultamiento. Pero el Señor os sabrá recompensar. (Juan Pablo II. Alocución de 28 de junio de 1986, n.1)

  • Mirar hacia Roma

La obra que se realice será solamente un pequeño arroyo que confluirá en el gran río de la caridad cristiana que recorre la historia. Pequeño, pero significativo arroyo: el Jubileo ha movido al mundo a mirar hacia Roma, la Iglesia “que preside en la caridad” y a ofrecer a Pedro la propia limosna. Ahora la caridad manifestada en el centro de la catolicidad vuelve, de alguna manera, hacia el mundo a través de este gesto, que quiere quedar como fruto y memoria viva de la comunión experimentada con ocasión del Jubileo. (Juan Pablo II. Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 53, 6 de enero de 2001)

  • El que confirma en la fe a los hermanos

Pues, por medio del Sínodo, los obispos de las Iglesias locales, esparcidas por el orbe, traen a Pedro las experiencias y riquezas de la vida cristiana en sus regiones; y, por medio de él, también Pedro confirma en la fe a los hermanos, y verdadera y eficazmente preside en la caridad universal. (Juan Pablo II. Discurso durante la Reunión de Consejo de la Secretaría general del Sínodo de los Obispos, n. 3, 21 de marzo de 1981)

… juzga la idea de Papa que tiene Francisco

  • San Gregorio Magno y la conciencia de la dignidad del Papado

“Servus servorum Dei”: es sabido que este título, escogido por él [Gregorio Magno] desde que era diácono y usado en muchas de sus cartas, se convirtió a continuación en un título tradicional y casi una definición de la persona del Obispo de Roma. Y también es cierto que por sincera humildad él lo hizo lema de su ministerio y que, precisamente por razón de su función universal en la Iglesia de Cristo, siempre se consideró y se mostró como el máximo y primer siervo, siervo de los siervos de Dios, siervo de todos a ejemplo de Cristo mismo, quien había afirmado explícitamente que “no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28). Profundísima fue, por tanto, la conciencia de la dignidad del Papado, que aceptó con gran temor tras haber intentado en vano evitarla permaneciendo escondido; pero, al mismo tiempo, fue clarísima la conciencia de su deber de servir, pues estaba convencido de que toda autoridad, sobre todo en la Iglesia, es esencialmente un servicio; convicción que trató de infundir a los demás. Esa concepción de su propia función pontificia y, por analogía, de todo ministerio pastoral se resume en la palabra responsabilidad: quien desempeña algún ministerio eclesiástico debe responder de lo que hace no sólo ante los hombres, no sólo ante las almas que le fueron confiadas, sino también y en primer lugar ante Dios y ante su Hijo, en cuyo nombre actúa cada vez que distribuye los tesoros sobrenaturales de la gracia, anuncia las verdades del Evangelio y realiza actividades directivas o de gobierno. (Juan Pablo II. Carta Plurimum Significans, en el XVI centenario de la elevación de San Gregorio Magno al Pontificado, 29 del junio de 1990)

  • El Obispo de Roma está más obligado que los otros a procurar el bien de la Iglesia Universal

El Pastor Bueno, Nuestro Señor Jesucristo (cf. Jn 10, 11.14), confirió a los obispos,sucesores de los Apóstoles, y de modo especial al Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, la misión de hacer discípulos en todos los pueblos y de predicar el Evangelio a toda criatura.
[…] Esto se refiere a cada uno de los obispos en su propia Iglesia particular; pero se refiere mucho más al Obispo de Roma, cuyo ministerio petrino está para procurar el bien y utilidad de la iglesia universal: En efecto, la iglesia romana preside “la asamblea universal de la caridad”, y por lo tanto está al servicio de la caridad. Precisamente de este principio surgieron aquellas antiguas palabras “siervo de los siervos de Dios”. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Pastor Bonus, n. 1-2, 28 del junio 1998)

… juzga la idea de obediencia religiosa que tiene Francisco

  • Es responsabilidad de la CLAR manifestar adhesión a la Santa Sede

La confianza que en vosotros ponen los religiosos y religiosas de este continente es motivo de responsabilidad para que la CLAR manifieste en todo una firme adhesión al Magisterio del Papa, a las directrices de la Santa Sede y de los obispos, y promueva la autenticidad de la vida religiosa y de los diversos carismas, respetando y favoreciendo en el diálogo común la índole propia de cada instituto. (Juan Pablo II. Peregrinación apostólica a Colombia: encuentro del Santo Padre Juan Pablo II con los miembros de la Confederación Latino Americana de Religiosos – CLAR, n. 37, 3. Bogotá, 2 de julio de 1986)

  • Los religiosos deben actuar de acuerdo con las normas de los Pastores

[La Iglesia] ratifica su gran confianza en vosotros que habéis elegido un estado de vida, que es un don especial de Dios a su Iglesia; ella cuenta con vuestra colaboración completa y generosa para que, como administradores fieles de tan preciado don, “sintáis con la Iglesia” y actuéis siempre con ella, de acuerdo con las enseñanzas y las normas del Magisterio de Pedro y de los Pastores en comunión con él, cultivando, a nivel personal y comunitario, una renovada conciencia eclesial. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Redemptionis Donum, n. 14, de 25 de marzo de 1984)

  • Vivir con obediencia filial al magisterio de la Iglesia

Pertenecéis a un movimiento eclesial. Aquí la palabra “eclesial” no es meramente decorativa. Significa una tarea precisa de formación cristiana, y requiere una profunda convergencia de fe y vida. La fe entusiasta que anima a vuestras comunidades es una gran riqueza, pero no basta. Debe ir acompañada por una formación cristiana sólida, completa y fiel al magisterio de la Iglesia. […] Como movimiento eclesial, una de vuestras características distintivas debería ser sentire cum Ecclesia, es decir, vivir con obediencia filial al magisterio de la Iglesia, a los pastores y al Sucesor de Pedro, y construir con ellos la comunión de todo el Cuerpo. (Juan Pablo II. Mensaje al VIII Encuentro Internacional de la Fraternidad Católica de las Comunidades y Asociaciones de la Alianza, n. 3, de 1 de junio de 1998)

  • La autoridad del Magisterio impide desvíos

La conciencia moral de la persona crece y se madura precisamente en la Iglesia; la Iglesia le ayuda a “no dejarse llevar de todo viento de doctrina por el engaño de los hombres”. En efecto, la Iglesia es “columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3, 15). De modo que la fidelidad al Magisterio de la Iglesia impide que la conciencia moral se desvíe de la verdad sobre el bien del hombre. No es justo, por tanto, concebir la conciencia moral individual y el Magisterio de la Iglesia como dos contendientes, como dos realidades en lucha. La autoridad que posee el Magisterio por voluntad de Cristo existe a fin de que la conciencia moral alcance la verdad con seguridad y permanezca en ella. (Juan Pablo II. Audiencia General, n. 3, de 24 de agosto de 1983)

  • La sumisión a la autoridad eclesiástica garantiza el carisma

¿Cómo conservar y garantizar la autenticidad del carisma? Es fundamental, al respecto,que cada movimiento se someta al discernimiento de la autoridad eclesiásticacompetente. Por esto, ningún carisma dispensa de la referencia y de la sumisión a los pastores de la Iglesia. […] Ésta es la garantía necesaria de que el camino que recorréis es el correcto. En la confusión que reina en el mundo de hoy es muy fácil equivocarse, ceder a los engaños. En la formación cristiana que dan los movimientos no ha de faltar jamás el elemento de esta obediencia confiada a los obispos, sucesores de los Apóstoles, en comunión con el Sucesor de Pedro. […] Os pido que los aceptéis siempre con generosidad y humildad, insertando vuestras experiencias en las Iglesias locales y en las parroquias, permaneciendo siempre en comunión con los pastores y atentos a sus indicaciones. (Juan Pablo II. Discurso durante el Encuentro con los Movimientos Eclesiales, n. 8, de 30 de mayo de 1998)

… juzga la idea de omnipotencia de Dios que que tiene Francisco

  • Dios es el Señor de la obra de la creación

Este Dios omnipotente y omnisciente, tiene el poder de crear, de llamar del no-ser, de la nada, al ser. “¿Hay algo imposible para el Señor?” —leemos en el Génesis 18, 14— […] ‘Nada hay imposible para Dios’ (Lc 1, 37), dijo el Arcángel Gabriel a María de Nazaret en la Anunciación. […] Este Dios, espíritu infinitamente perfecto y omnisciente es absolutamente libre y soberano también respecto al mismo acto de la creación. Si Él es el Señor de todo lo que crea ante todo es Señor de la propia Voluntad en la obra de la creación. Crea porque quiere crear. Crea porque esto corresponde a su infinita Sabiduría. Creando actúa con la inescrutable plenitud de su libertad, por impulso de amor eterno. (Juan Pablo II, Audiencia General, 18 de septiembre 1985)

  • Nada subsistiría si Dios no lo quisiera

La reflexión sobre la verdad de la creación, con la que Dios llama al mundo de la nadaa la existencia, impulsa la mirada de nuestra fe a la contemplación de Dios Creador, el cual revela en la creación su omnipotencia, su sabiduría y su amor. La omnipotencia del Creador se muestra tanto en el llamar a las criaturas de la nada a la existencia, como en mantenerlas en la existencia. “¿Cómo podría subsistir nada si tú no quisieras, o cómo podría conservarse sin ti?”, pregunta el autor del libro de la Sabiduría (11, 25). (Juan Pablo II, Audiencia General, 5 de marzo de 1986)

  • El mundo existe en virtud de la omnipotencia divina

“Creo en Dios, creador del cielo y de la tierra”, reflexionaremos sobre el misterio que encierra toda la realidad creada, en su proceder de la nada, admirando a la vez la omnipotencia de Dios y la sorpresa gozosa de un mundo contingente que existe en virtud de esa omnipotencia. Podremos reconocer que la creación es obra amorosa de la Trinidad Santísima y es revelación de su gloria. (Juan Pablo II, Audiencia General, 8 de enero de 1986)

  • La creación manifiesta el ejercicio de la omnipotencia de Dios

Si la creación manifiesta la omnipotencia del Dios-Creador, el ejercicio de la omnipotencia se explica definitivamente mediante el amor. Dios ha creado porque podía, porque es omnipotente; pero su omnipotencia estaba guiada por la Sabiduría y movida por el Amor. Esta es obra de la creación. (Juan Pablo II, Audiencia General, 2 de octubre de 1985)

… juzga la idea de que la Iglesia no debe ser un punto de referencia que tiene Francisco

  • La luz de Cristo resplandece en el rostro de la Iglesia

La Iglesia no vive para sí misma, sino para Cristo. Intenta ser la “estrella” que sirva como punto de referencia para ayudar a encontrar el camino que conduce a Él. En la teología patrística se hablaba de la Iglesia como “mysterium lunae” para subrayar que ella, como la luna, no brilla con luz propia, sino que refleja a Cristo, su Sol. Me es grato recordar que, justamente con este pensamiento, comienza la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II: “¡Cristo es la luz de los pueblos!”, “lumen gentium”! Los Padres conciliares continuaban expresando sus ardientes deseos de “iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo que resplandece sobre el rostro de la Iglesia” (n. 1). (Juan Pablo II. Homilía en la clausura de la Puerta Santa, 6 de enero de 2001)

  • La santidad, identidad y belleza de la Iglesia

La santidad constituye la identidad profunda de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, vivificado y partícipe de su Espíritu. La santidad da la salud espiritual al Cuerpo. La santidad determina también su belleza espiritual; la belleza que supera toda belleza de la naturaleza y del arte; una belleza sobrenatural, en la que se refleja la belleza de Dios mismo de un modo más esencial y directo que en toda la belleza de la creación, precisamente porque se trata del Corpus Christi. (San Juan Pablo II. Audiencia general, 28 de noviembre de 1990)

  • Los que quieren una Iglesia que no piense en sí misma la menosprecian

Se dan además determinadas concepciones […], las cuales dan relieve a la imagen de una Iglesia que no piensa en sí misma, sino que se dedica a testimoniar y servir al Reino.Es una “Iglesia para los demás”, —se dice— como “Cristo es el hombre para los demás”. Se describe el cometido de la Iglesia, como si debiera proceder en una doble dirección; por un lado, promoviendo los llamados “valores del Reino”, cuales son la paz, la justicia, la libertad, la fraternidad; por otro, favoreciendo el diálogo entre los pueblos, las culturas, las religiones, para que, enriqueciéndose mutuamente, ayuden al mundo a renovarse y a caminar cada vez más hacia el Reino. […] El Reino, tal como lo entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto “eclesiocentrismo” del pasado […]. No hay que tener miedo a caer en una forma de “eclesiocentrismo”. Pablo VI, que afirmó la existencia de “un vínculo profundo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización”, dijo también que la Iglesia “no es fin para sí misma, sino fervientemente solícita de ser toda de Cristo, en Cristo y para Cristo, y toda igualmente de los hombres, entre los hombres y para los hombres”. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris missio, n. 17; 19, 7 de diciembre de 1990)

… juzga la idea de disminuir los preceptos de la Iglesia que tiene Francisco

  • Tampoco se debería atenuar, ante los fieles, la necesidad y el deber de practicar, en su integridad, todos los mandamientos de la Ley de Dios, que son inmutables

Los fieles están obligados a reconocer y respetar los preceptos morales específicos, declarados y enseñados por la Iglesia en el nombre de Dios, Creador y Señor [125].Cuando el apóstol Pablo recapitula el cumplimiento de la Ley en el precepto de amar al prójimo como a sí mismo (cf. Rm 13, 8-10), no atenúa los mandamientos, sino que, sobre todo, los confirma, desde el momento en que revela sus exigencias y gravedad. El amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables de la observancia de los mandamientos de la Alianza, renovada en la sangre de Jesucristo y en el don del Espíritu Santo. Es un honor para los cristianos obedecer a Dios antes que a los hombres (cf. Hch 4, 19; 5, 29) e incluso aceptar el martirio a causa de ello, como han hecho los santos y las santas del Antiguo y del Nuevo Testamento, reconocidos como tales por haber dado su vida antes que realizar este o aquel gesto particular contrario a la fe o la virtud.
Nota 125: Cf. Conc. Ecum. de Trento, ses. VI, Decreto sobre la justificación Cum hoc tempore, can. 19: DS, 1569. Ver también: Clemente XI, Const. Unigenitus Dei Filius (8 septiembre 1713) contra los errores de Pascasio Quesnel, nn. 53-56: DS, 2453-2456. (Veritais Splendor, 76)

  • Más que reducir el número de los preceptos, es necesaria una visualización correcta de los mismos que lleve a comprender que éstos nos fueron dados para hacernos libres en el servicio a Dios y libres de la esclavitud al pecado

La perfección exige aquella madurez en el darse a sí mismo, a que está llamada la libertad del hombre. Jesús indica al joven los mandamientos como la primera condición irrenunciable para conseguir la vida eterna; el abandono de todo lo que el joven posee y el seguimiento del Señor asumen, en cambio, el carácter de una propuesta: «Si quieres…». La palabra de Jesús manifiesta la dinámica particular del crecimiento de la libertad hacia su madurez y, al mismo tiempo, atestigua la relación fundamental de la libertad con la ley divina. La libertad del hombre y la ley de Dios no se oponen, sino, al contrario, se reclaman mutuamente.El discípulo de Cristo sabe que la suya es una vocación a la libertad. «Hermanos, habéis sido llamados a la libertad» (Ga 5,13), proclama con alegría y decisión el apóstol Pablo. Pero, a continuación, precisa: «No toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros» (ib.). La firmeza con la cual el Apóstol se opone a quien confía la propia justificación a la Ley, no tiene nada que ver con la «liberación» del hombre con respecto a los preceptos, los cuales, en verdad, están al servicio del amor: «Pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás, y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Rm 13,8-9). El mismo san Agustín, después de haber hablado de la observancia de los mandamientos como de la primera libertad imperfecta, prosigue así: «¿Por qué, preguntará alguno, no perfecta todavía? Porque “siento en mis miembros otra ley en conflicto con la ley de mi razón”… Libertad parcial, parcial esclavitud: la libertad no es aún completa, aún no es pura ni plena porque todavía no estamos en la eternidad. Conservamos en parte la debilidad y en parte hemos alcanzado la libertad. Todos nuestros pecados han sido borrados en el bautismo, pero ¿acaso ha desaparecido la debilidad después de que la iniquidad ha sido destruida? Si aquella hubiera desaparecido, se viviría sin pecado en la tierra. ¿Quién osará afirmar esto sino el soberbio, el indigno de la misericordia del liberador?… Mas, como nos ha quedado alguna debilidad, me atrevo a decir que, en la medida en que sirvamos a Dios, somos libres, mientras que en la medida en que sigamos la ley del pecado somos esclavos» (In Iohannis Evangelium Tractatus, 41, 10: CCL 36, 363). (Veritais Splendor, 17)

… juzga la idea del papel de las religiones no cristianas que tiene Francisco

  • Los hombres no pueden entrar en comunión con Dios sino por medio de Cristo

Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. […] Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la vía establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias. (San Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

  • No hay camino de salvación en una religión diferente de la fundada por Cristo

No ha faltado quien ha querido interpretar la acción misionera [de la Iglesia] como un intento de imponer a otros las propias convicciones y opciones, en contraste con un determinado espíritu moderno, que se jacta, como si fuera una conquista definitiva, de la absoluta libertad de pensamiento y de conciencia personal. Según esa perspectiva, la actividad evangelizadora debería sustituirse con un diálogo interreligioso, que consistiría en un intercambio de opiniones y de informaciones, con las que cada una de las partes da a conocer el propio credo y se enriquece con el pensamiento de los otros, sin ninguna preocupación por llegar a una conclusión. […] Así se respetaría el camino de salvación que cada uno sigue según la propia educación y tradición religiosa (cf. Redemptoris missio, n. 4). Pero esta concepción es irreconciliable con el mandato de Cristo a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20, Mc 16, 15), transmitido a la Iglesia […] [El Concilio]confirmó al mismo tiempo el papel de la Iglesia, en la que es necesario que el hombre entre y persevere, si quiere salvarse (cf. Ad gentes, 7). […] Esta doctrina tradicional de la Iglesia pone al descubierto la inconsistencia y la superficialidad de una actitud relativista e irenista acerca del camino de la salvación, en una religión diferente de la fundada en la fe en Cristo. (San Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 10 de mayo de 1995)

  • La Iglesia es necesaria a todos los hombres para la salvación

A la par que reconoce que Dios ama a todos los hombres y les concede la posibilidad de salvarse (cf. 1 Tim 2, 4), la Iglesia profesa que Dios ha constituido a Cristo como único mediador y que ella misma ha sido constituida como sacramento universal de salvación. “Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios” (Lumen gentium, 13). Es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación. (San Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio, n. 9, 7 de diciembre de 1990)

… juzga la idea de formación de las conciencias que tiene Francisco

  • Frente al relativismo, hay que formar las conciencias

Mientras el relativismo y el subjetivismo se difunden de modo preocupante en el campo de la doctrina moral, la Iglesia en América está llamada a anunciar con renovada fuerza que la conversión consiste en la adhesión a la persona de Jesucristo, con todas las implicaciones teológicas y morales ilustradas por el Magisterio eclesial. Hay que reconocer, “el papel que realizan, en esta línea, los teólogos, los catequistas y los profesores de religión que, exponiendo la doctrina de la Iglesia con fidelidad al Magisterio, cooperan directamente en la recta formación de la conciencia de los fieles”. (San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Ecclesia in America, n. 53, 22 de enero de 1999)

  • En materias delicadas, corresponde a la Iglesia formar las conciencias

En efecto, corresponde a la misión de la Iglesia formar las conciencias y ofrecer criterios en materias tan delicadas que inciden de modo relevante en el comportamiento y en los principios morales de las personas, sobre todo de los niños y los jóvenes. (San Juan Pablo II, Discurso al Señor Manuel Antonio Hernández Gutiérrez, embajador de Costa Rica ante la Santa Sede, 19 de noviembre de 1991)

  • Por voluntad de Cristo la Iglesia Católica es maestra de la verdad

Los cristianos tienen —como afirma el Concilio— en la Iglesia y en su Magisterio una gran ayuda para la formación de la conciencia: ‘Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia.Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana’. (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, n. 64, 6 de agosto 1993)

  • La esfera de los corazones humanos necesita la orientación de la Iglesia

El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestraes dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús. Contemporáneamente, setoca también la más profunda obra del hombre, la esfera —queremos decir— de los corazones humanos, de las conciencias humanas y de las vicisitudes humanas. (San Juan Pablo II, Encíclica Redemptor Hominis, n. 10, 4 de marzo de 1979)

  • Contestar la verdad del Magisterio es rechazar la conciencia moral

Ya que el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia, apelar a esta conciencia precisamente para contestar la verdad de cuanto enseña el Magisterio, comporta el rechazo de la concepción católica del Magisterio y de la conciencia moral. Hablar de la inviolable dignidad de la conciencia sin ulteriores especificaciones, conlleva el riesgo de graves errores. (San Juan Pablo II, Discurso, a los Participantes en el II Congreso Internacional de Teología Moral, 12 de noviembre de 1988)

… juzga la idea de vida contemplativa que tiene Francisco

  • La Iglesia manifiesta la preeminencia de la contemplación sobre la acción

El abandono de la clausura significaría fallar en lo específico de una de las formas de vida religiosa, con las cuales la Iglesia manifiesta frente al mundo la preeminencia de la contemplación sobre la acción, de lo que es eterno sobre lo que es temporal. La clausura no “aísla” a las almas contemplativas de la comunión del Cuerpo Místico.Más aún, las sitúa en el corazón de la Iglesia. (San Juan Pablo II, Discurso a los participantes de la Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares, 7 de marzo de 1980)

  • La vida de los religiosos manifiesta el primado de Dios

Vuestra vida, que con su apartamiento del mundo, manifestado de forma concreta y eficaz,proclama el primado de Dios, constituye una llamada constante a la preeminencia de la contemplación sobre la acción, de lo eterno sobre lo temporal. En consecuencia, se propone como una representación y una anticipación de la meta hacia la que camina la comunidad eclesial: la futura recapitulación de todas las cosas en Cristo. (San Juan Pablo II, Discurso a las monjas de clausura, n. 4, 28 de septiembre de 1997)

  • Los religiosos son motivo de gloria para la Iglesia y testigos del señorío de Dios sobre la historia

Los Institutos orientados completamente a la contemplación, formados por mujeres o por hombres, son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. Con su vida y su misión, sus miembros imitan a Cristo orando en el monte, testimonian el señorío de Dios sobre la historia y anticipan la gloria futura. En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios. (San Juan Pablo II, Vita consecrata, n. 8, 25 de marzo de 1996)

  • La vida contemplativa ocupa un puesto de honor en la Iglesia

La vida contemplativa ha ocupado y seguirá ocupando un puesto de honor en la Iglesia. Dedicada a la plegaria y al silencio, a la adoración y a la penitencia desde el claustro. […] La Iglesia sabe bien que vuestra vida silenciosa y apartada, en la soledad exterior del claustro, es fermento de renovación y de presencia del Espíritu de Cristo en el mundo. Por eso decía el Concilio que las religiosas contemplativas “mantienen un puesto eminente en el Cuerpo místico de Cristo… […] Vuestra vida de clausura, vivida en plena fidelidad, no os aleja de la Iglesia ni os impide un apostolado eficaz. Recordad a la hija de Teresa de Jesús, a Teresa de Lisieux, tan cercana desde su clausura a las misiones y misioneros del mundo. Que como ella, “en el corazón de la Iglesia seáis el amor”. […] El mundo necesita, más de lo que a veces se cree, vuestra presencia y vuestro testimonio.[…] A este respecto quiero hacer una llamada a las comunidades cristianas y a sus Pastores, recordándoles el lugar insustituible que ocupa la vida contemplativa en la Iglesia. Todos hemos de valorar y estimar profundamente la entrega de las almas contemplativas a la oración, a la alabanza y al sacrificio. Son muy necesarias en la Iglesia.Son profetas y maestras vivientes para todos; son la avanzadilla de la Iglesia hacia el reino. Su actitud ante las realidades de este mundo, que ellas contemplan según la sabiduría del Espíritu, nos ilumina acerca de los bienes definitivos y nos hace palpar la gratuidad del amor salvador de Dios. Exhorto pues a todos, a tratar de suscitar vocaciones entre las jóvenes para la vida monástica; en la seguridad de que estas vocaciones enriquecerán toda la vida de la Iglesia. (San Juan Pablo II, Discurso a las religiosas de clausura en el Monasterio de la Encarnación de Ávila, 1 noviembre de 1982)

  • Por su vida de oración los religiosos de clausura anticipan la contemplación de Dios

Una atención particular merecen la vida monástica femenina y la clausura de las monjas, por la gran estima que la comunidad cristiana siente hacia este género de vida […]. En efecto, la vida de las monjas de clausura, ocupadas principalmente en la oración, en la ascesis y en el progreso ferviente de la vida espiritual, “no es otra cosa que un viaje a la Jerusalén celestial y una anticipación de la Iglesia escatológica, abismada en la posesión y contemplación de Dios”. A la luz de esta vocación y misión eclesial, la clausura responde a la exigencia, sentida como prioritaria, de estar con el Señor. (San Juan Pablo II, Vita consecrata, n. 59, 25 de março de 1996)

  • No se debe considerar la vida contemplativa como una actividad anacrónica o inútil

Aun amando profundamente nuestra época, hay que reconocer que el pensamiento moderno fácilmente encierra en el subjetivismo todo lo que se refiere a las religiones, a la fe de los creyentes, a los sentimientos religiosos. Y esta visión no hace excepción con la vida monástica. Hasta tal punto, que la opinión pública e incluso a veces desgraciadamente algunos cristianos más sensibles al compromiso concreto, se ven tentados de considerar vuestra vida contemplativa como una evasión de lo real, una actividad anacrónica e incluso inútil. Esta incomprensión puede haceros sufrir y hasta humillaros. Os diré como Cristo: “¡No temáis, pequeño rebaño!” (cf. Lc 12, 22). Un cierto florecimiento monástico, que se manifiesta en vuestro país, debe manteneros además en la esperanza. (San Juan Pablo II, Alocución a las religiosas contemplativas en el Carmelo de Lisieux, 2 de junio de 1980)

  • Los religiosos de clausura difunden el Reino de Dios

La Iglesia está firmemente convencida, y lo proclama con fuerza y sin vacilar, de que hay una relación íntima entre oración y difusión del Reino de Dios, entre oración y conversión de los corazones, entre oración y aceptación fructuosa del mensaje salvador y sublime del Evangelio. Sólo esto es ya bastante para garantizaros a vosotras y a todas las religiosas contemplativas del mundo lo necesaria que es vuestra función en la Iglesia, lo importante que es vuestro servicio al pueblo, y cuán grande es vuestra aportación a la evangelización. (San Juan Pablo II, Discurso a las religiosas de clausura en el Carmelo de Nairobi, n. 2, 7 de mayo de 1980)

  • La oración de los contemplativos sostiene el fervor de los sacerdotes

En algunos lugares de África se ha situado el monasterio de religiosas contemplativas en las cercanías del seminario mayor. ¿Acaso no es significativo que quienes captan la necesidad de estimular las vocaciones al sacerdocio para que las Iglesias jóvenes lleguen a implantarse plenamente en la tierra natal, tengan asimismo la convicción de que sólo la gracia de Dios, humildemente pedida en oración constante, puede sostener el fervor del sacerdocio? Por tanto, os pido con interés especial en esta ocasión que la súplica al Señor para que mande obreros a su mies. (San Juan Pablo II, Discurso a las religiosas de clausura en el Carmelo de Nairobi, n. 4, 7 de mayo de 1980)

  • Los religiosos ejercen apostolado de gran valor eclesial y redentor

Tras los pasos de San Benito, o de San Bernardo, de Santa Clara de Asís o de Santa Teresa de Ávila, las monjas de clausura asumen a tiempo completo, en nombre de la Iglesia, esteservicio de la alabanza divina y la intercesión. Esta forma de vida es también un apostolado de gran valor eclesial y redentor, que Santa Teresa del Niño Jesús ilustró magníficamente en el curso de su breve existencia en el Carmelo de Lisieux. No olvidemos que el Papa Pío XI la proclamó “Patrona de las misiones”. (San Juan Pablo II, Discurso a las religiosas reunidas en el Carmelo de Kinshasa, n. 4, 3 de mayo de 1980)

  • Los religiosos de clausura acompañan la misión apostólica de los evangelizadores

Queridas hermanas, vosotras sois representantes de la especial vocación a la vida contemplativa que atraviesa toda la historia de la Iglesia recordando a todos la urgencia de caminar constantemente rumo al encuentro definitivo con Dios y con los bienaventurados. […] ¡Cuán preciosa es la vuestra vocación de especial consagración! Es verdaderamente un regalo que se encuentra en el corazón del misterio de la comunión eclesial, queacompaña la misión apostólica de cuantos se esfuerzan en el anuncio del Evangelio. Singularmente es importante la colaboración que sois llamadas a ofrecer en la nueva evangelización. (San Juan Pablo II, Discurso a las religiosas de clausura, Loreto 10 de septiembre 1995)

  • Santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones

Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, a la que esta mañana he tenido la alegría de proclamar Doctora de la Iglesia universal. Es modelo de compromiso misionero y patrona de las misiones, a pesar de no haber salido nunca de la clausura del Carmelo de Lisieux. (San Juan Pablo II, Angelus, 19 de octubre de 1997)

… juzga la idea de que nadie se salva solo que tiene Francisco

  • Cada uno es responsable por sus obras y por su salvación

La fe de la Iglesia, fundada sobre la Revelación divina nos enseña que cada uno de nosotros será juzgado según sus obras. Nótese: es nuestra persona la que será juzgada de acuerdo con sus obras. Por ello se comprende que en nuestras obras es la persona la que se expresa, se realiza y —por así decirlo— se plasma. Cada uno es responsable no sólo de sus acciones libres, sino que, mediante tales acciones, se hace responsable de sí mismo. (Audiencia General, miércoles 20 de julio de 1983)

… juzga la idea de inmortalidad del alma que tiene Francisco

  • El hombre es responsable de sus actos y está sometido al juicio de Dios

En este sentido, la vida moral posee un carácter “teleológico” esencial, porque consiste en la ordenación deliberada de los actos humanos a Dios […]. Pero esta ordenación al fin último no es una dimensión subjetivista que dependa sólo de la intención. Aquélla presupone que tales actos sean en sí mismos ordenables a este fin, en cuanto son conformes al auténtico bien moral del hombre, tutelado por los mandamientos. Esto es lo que Jesús mismo recuerda en la respuesta al joven: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17). Evidentemente debe ser una ordenación racional y libre, consciente y deliberada, en virtud de la cual el hombre es responsable de sus actos y está sometido al juicio de Dios. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 73, 6 de agosto de 1993)

… juzga la idea de Caritas material que tiene Francisco

  • La formación del sacerdote se construye en el estudio de la sagrada doctrina

La formación intelectual del futuro sacerdote se basa y se construye sobre todo en el estudio de la sagrada doctrina y de la teología. El valor y la autenticidad de la formación teológica dependen del respeto escrupuloso de la naturaleza propia de la teología, que los Padres sinodales han resumido así: “La verdadera teología proviene de la fe y trata de conducir a la fe”. Ésta es la concepción que constantemente ha enseñado la Iglesia Católica mediante su Magisterio. Ésta es también la línea seguida por los grandes teólogos, que enriquecieron el pensamiento de la Iglesia católica a través de los siglos. (San Juan Pablo II. Pastor dabo vobis, n. 53)

  • La dedicación al estudio teológico no es un elemento extrínseco y secundario

La formación intelectual, aun teniendo su propio carácter específico, se relaciona profundamente con la formación humana y espiritual, constituyendo con ellas un elemento necesario; en efecto, es como una exigencia insustituible de la inteligencia con la que el hombre, participando de la luz de la inteligencia divina, trata de conseguir una sabiduría que, a su vez, se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su adhesión. […] Además, la situación actual […] exige un excelente nivel de formación intelectual, que haga a los sacerdotes capaces de anunciar —precisamente en ese contexto— el inmutable Evangelio de Cristo y hacerlo creíble frente a las legítimas exigencias de la razón humana. […] La dedicación al estudio, que ocupa una buena parte de la vida de quien se prepara al sacerdocio, no es precisamente un elemento extrínseco y secundario de su crecimiento humano, cristiano, espiritual y vocacional; en realidad, a través del estudio, sobre todo de la teología, el futuro sacerdote se adhiere a la palabra de Dios, crece en su vida espiritual y se dispone a realizar su ministerio pastoral. (San Juan Pablo II. Pastores dabo vobis, n. 51, 25 de marzo de 1992)

  • Toda teología está ordenada a alimentar la fe

Santo Tomás es muy explícito cuando afirma que la fe es como el habitus de la teología, o sea, su principio operativo permanente, y que “toda la teología está ordenada a alimentar la fe”. Por tanto, el teólogo es ante todo un creyente, un hombre de fe. Pero es un creyente que se pregunta sobre su fe (fides quaerens intellectum), que se pregunta para llegar a una comprensión más profunda de la fe misma. (San Juan Pablo II. Pastor dabo vobis, n. 53, 25 de marzo de 1992)

  • Teología: el estudio para comunicar a los demás la fe cristiana

En su reflexión madura sobre la fe, la teología se mueve en dos direcciones. La primera es la del estudio de la Palabra de Dios: la palabra escrita en el Libro sagrado, celebrada y transmitida en la Tradición viva de la Iglesia e interpretada auténticamente por su Magisterio. De aquí el estudio de la Sagrada Escritura, “la cual debe ser como el alma de toda la teología”: de los Padres de la Iglesia y de la liturgia, de la historia eclesiástica, de las declaraciones del Magisterio. La segunda dirección es la del hombre, interlocutor de Dios: el hombre llamado a “creer”, a “vivir” y a “comunicar” a los demás la fides y elethos cristiano. De aquí el estudio de la dogmática, de la teología moral, de la teología espiritual, del derecho canónico y de la teología pastoral. (San Juan Pablo II, Pastor dabo vobis, n. 54, 25 de marzo de 1992)

  • La falta de formación ocasiona graves obstáculos al auténtico anuncio del Evangelio

El mayor desafío de nuestra época brota de la vasta y progresiva separación entre la fe y la razón, entre el Evangelio y la cultura. Los estudios dedicados a este inmenso campo se multiplican día tras día en el marco de la nueva evangelización. En efecto, el anuncio de la salvación encuentra muchos obstáculos, que brotan de conceptos erróneos y de una grave falta de formación adecuada. (San Juan Pablo II. Inter munera academiarum, n. 2, 28 de enero de 1999)

… juzga la idea de que Dios nunca condena que tiene Francisco

  • La mansedumbre y las severas amenazas se armonizan en el Evangelio

Así, el Evangelio de la mansedumbre y de la humildad va al mismo paso que el Evangelio de las exigencias morales y hasta de las severas amenazas a quienes no quieren convertirse. No hay contradicción entre el uno y el otro. Jesús vive de la verdad que anuncia y del amor que revela y es éste un amor exigente como la verdad de la que deriva. (San Juan Pablo II, Audiencia general, 8 de junio de 1988)

  • Los católicos tienen obligación de hacer todo esfuerzo para no pecar

En efecto, no puede darse renovación espiritual que no pase por la penitencia-conversión, bien sea como actitud interior y permanente del creyente y como ejercicio de la virtud que corresponde a la incitación del Apóstol a “hacerse reconciliar con Dios” (Cf. 2 Cor 5, 20), bien sea como acceso al perdón de Dios mediante el Sacramento de la Penitencia. Es efectivamente una exigencia de su misma condición eclesial el que todo católico no omita nada para mantenerse en la vida de gracia y haga todo lo posible para no caer en el pecado que le separaría de ella, para que esté siempre en condiciones de participar en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, y sea así de provecho para toda la Iglesia en su misma santificación personal y en el compromiso cada vez más sincero al servicio del Señor. (San Juan Pablo II. Aperite portas Redemptori, n. 4. Bula de convocación del Jubileo para el 1950 aniversario de la Redención, 6 de enero de 1983)

  • El primer paso del retorno a Dios es la contrición

La contrición, entendida así, es, pues, el principio y el alma de la conversión, de lametánoia evangélica que devuelve el hombre a Dios, como el hijo pródigo que vuelve al padre, y que tiene en el Sacramento de la Penitencia su signo visible, perfeccionador de la misma atrición. Por ello, “de esta contrición del corazón depende la verdad de la penitencia.” (Ordo Paenitentiae, 6 c.) (San Juan Pablo II. Exhortación Apostólica post-sinodal Reconciliatio et Penitencia, n. 31, 2 de diciembre de 1984)

  • El sacramento implica la lucha contra el pecado

Ahora bien, este sacramento fue instituido para el perdón de los pecados cometidos después del bautismo y en él los bautizados desempeñan un papel activo. No se limitan a recibir un perdón ritual y formal, como sujetos pasivos. Al contrario, con la ayuda de la gracia, toman la iniciativa de luchar contra el pecado, confesando sus culpas y pidiendo perdón por ellas. Los bautizados saben que el sacramento implica de su parte un acto de conversión. (San Juan Pablo II. Audiencia General, n. 1, 15 de abril de 1992)

… juzga la idea de que todos se salvan que tiene Francisco

  • El hombre cuando utiliza mal su libertad, se condena

Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. (San Juan Pablo II. Audiencia, 28 de julio de 1999)

  • Las palabras de Cristo sobre la condenación son claras

Desde siempre el problema del infierno ha turbado a los grandes pensadores de la Iglesia […]. En verdad que los antiguos concilios rechazaron la teoría de la llamada apocatástasis final, según la cual el mundo sería regenerado después de la destrucción, y toda criatura se salvaría; una teoría que indirectamente abolía el infierno. Pero el problema permanece.¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que éste Lo rechace hasta el punto de querer ser condenado a perennes tormentos? Y, sin embargo, las palabras de Cristo son unívocas. En Mateo habla claramente de los que irán al suplicio eterno (cf. 25, 46). (San Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza, p.186-187)

… juzga la idea de filiación divina que tiene Francisco

  • Hechos hijos de Dios en su Unigénito

Por el santo bautismo somos hechos hijos de Dios en su Unigénito Hijo, Cristo Jesús.Al salir de las aguas de la sagrada fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a orillas del río Jordán: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Lc 3, 22); y entiende que ha sido asociado al Hijo predilecto, llegando a ser hijo adoptivo (cf. Ga 4, 4-7) y hermano de Cristo. Se cumple así en la historia de cada uno el eterno designio del Padre: “a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos” (cf. Rm 8; Rm 29). (San Juan Pablo II. Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles Laici, n. 11-12)

  • El sacramento produce la unidad de los cristianos

Regenerados como “hijos en el Hijo”, los bautizados son inseparablemente “miembros de Cristo y miembros del cuerpo de la Iglesia”, como enseña el Concilio de Florencia. El bautismo significa y produce una incorporación mística pero real al cuerpo crucificado y glorioso de Jesús. […] Jesús, nos ha revelado la misteriosa unidad de sus discípulos con Él y entre sí, presentándola como imagen y prolongación de aquella arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al Padre en el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn 17,21). (San Juan Pablo II. Exhortación Apostólica post-sinodal Christifideles Laici, n. 11-12)

… juzga la idea de esencia de la divinidad que tiene Francisco

  • La palabra de Dios rechaza toda forma de panteísmo

En fin, la palabra de Dios plantea el problema del sentido de la existencia y ofrece su respuesta orientando al hombre hacia Jesucristo, el Verbo de Dios, que realiza en plenitud la existencia humana. De la lectura del texto sagrado se podrían explicitar también otros aspectos; de todos modos, lo que sobresale es el rechazo de toda forma derelativismo, de materialismo y de panteísmo. (San Juan Pablo II. Carta Encíclica Fides et ratio, n. 80, 14 de septiembre de 1998)

… juzga la idea de paz que tiene Francisco

  • Jesús no da simplemente la paz, sino su paz, que exige el orden y la verdad

La justicia camina con la paz y está en relación constante y dinámica con ella. La justicia y la paz tienden al bien de cada uno y de todos, por eso exigen orden y verdad. Cuando una se ve amenazada, ambas vacilan; cuando se ofende la justicia también se pone en peligro la paz. […] En virtud de la fe en Dios-amor y de la participación en la redención universal de Cristo, los cristianos están llamados a comportarse según justicia y a vivir en paz con todos, porque ‘Jesús no da simplemente la paz. Nos da su paz acompañada desu justicia. Él es paz y justicia. Se hace nuestra paz y nuestra justicia. Pronuncié estas palabras hace casi veinte años, sin embargo, en el horizonte de las actuales transformaciones radicales, adquieren en nuestros días un sentido aún más vivo y concreto. […] El corazón del mensaje evangélico es Cristo, paz y reconciliación para todos. (San Juan Pablo II. Mensaje para la celebración de la XXXI Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1998)

  • Gravísimo peligro de confundir los límites entre la Iglesia y el mundo

La cuestión principal concierne a la relación entre la Iglesia y el mundo. […] La secularización avanzada de la sociedad implica una tendencia a confundir los límites entre la Iglesia y el mundo. Algunos aspectos de la cultura dominante pueden condicionar a la comunidad cristiana en actitudes que el Evangelio no admite. […]Esto va acompañado a menudo por un enfoque acrítico del problema del mal moral y por un rechazo a reconocer la realidad del pecado y la necesidad del perdón. Esta actitud se manifiesta en una concepción de la modernidad excesivamente optimista,junto con un malestar ante la cruz y sus implicaciones para la vida cristiana. Se olvida muy fácilmente el pasado, y se acentúa tanto la dimensión horizontal, que se debilita el sentido de lo sobrenatural. (San Juan Pablo II. Discurso a la Conferencia Episcopal de Australia en visita “ad limina”, n. 3, 14 de diciembre de 1998)

  • La constante tentación de buscar una libertad ilusoria fuera de la verdad

Debido al misterioso pecado del principio, cometido por instigación de Satanás, que es ‘mentiroso y padre de la mentira’ (Jn 8, 44), el hombre es tentado continuamente a apartar su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a los ídolos (cf. 1Ts 1, 9),cambiando ‘la verdad de Dios por la mentira’ (Rm 1, 25); de esta manera, su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y debilitada su voluntad para someterse a ella. Y así, abandonándose al relativismo y al escepticismo (cf. Jn 18, 38), busca una libertad ilusoria fuera de la verdad misma. Pero las tinieblas del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en el hombre la luz de Dios creador. Por esto, siempre permanece en lo más profundo de su corazón la nostalgia de la verdad absoluta y la sed de alcanzar la plenitud de su conocimiento. (San Juan Pablo II. Encíclica Veritatis Splendor, n.1, 6 de agosto de 1993)

… juzga la idea de carne de Cristo y la pobreza como categoría teológica que tiene Francisco:

  • El amor hacia los pobres no es novedad en la Iglesia

Entre dichos temas quiero señalar aquí la opción o amor preferencial por los pobres. Esta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, n. 42, por el vigésimo aniversario de la Encíclica Populorum Progressio, de 30 de diciembre de 1987)

… juzga la idea de cómo llevar el Evangelio a todos que tiene Francisco

  • La misión ad gentes es un compromiso para todo creyente

La lectura de los Hechos nos hace entender que, al comienzo de la Iglesia, la misión ad gentes, aun contando ya con misioneros “de por vida”, entregados a ella por una vocación especial, de hecho era considerada como un fruto normal de la vida cristiana, un compromiso para todo creyente mediante el testimonio personal y el anuncio explícito, cuando era posible. (San Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptoris Missio, n. 27, 7 de diciembre de 1990)

… juzga la idea de enseñar asuntos de moral que tiene Francisco

  • Es deber de los pastores transmitir la doctrina en su integridad

Los pastores tienen el deber de actuar de conformidad con su misión apostólica, exigiendo que sea respetado siempre el derecho de los fieles a recibir la doctrina católica en su pureza e integridad: “El teólogo, sin olvidar jamás que también es un miembro del pueblo de Dios, debe respetarlo y comprometerse a darle una enseñanza que no lesione en lo más mínimo la doctrina de la fe” (Congregación para la Doctrina de la Fe. Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo Donum veritatis). (San Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis Splendor, n. 113, 6 de agosto de 1993)

  • Es una grave omisión no proclamar la verdad sobre el matrimonio

Tanto en la opinión pública como en la legislación civil no faltan intentos de equiparar meras uniones de hecho a la familia, o de reconocer como tal la unión de personas del mismo sexo. Estas y otras anomalías nos llevan a proclamar, con firmeza pastoral, la verdad sobre el matrimonio y la familia. Dejar de hacerlo sería una grave omisión pastoral, que induciría a las personas al error, especialmente a las que tienen la importante responsabilidad de tomar decisiones sobre el bien común de la nación. (San Juan Pablo II, Discurso Al Octavo Grupo de Obispos de Brasil en Visita “ad limina”, n. 4, 16 de noviembre de 2002)

  • La crisis en la familia demanda claridad doctrinal

Una propuesta pastoral para la familia en crisis supone, como exigencia preliminar,claridad doctrinal, enseñada efectivamente en el campo de la teología moral, sobre la sexualidad y la valoración de la vida. Las opiniones opuestas de teólogos, sacerdotes y religiosos, divulgadas incluso por los medios de comunicación social, sobre las relaciones prematrimoniales, el control de la natalidad, la admisión de los divorciados a los sacramentos, la homosexualidad y el lesbianismo, la fecundación artificial, el uso de prácticas abortivas o la eutanasia, muestran el grado de incertidumbre y la confusión que turban y llegan a adormecer la conciencia de muchos fieles. (San Juan Pablo II, Discurso Al Octavo Grupo do Obispos de Brasil en Visita “ad limina”, n. 6, 16 de noviembre de 2002)

  • Ante la aceptación del aborto, hay que llamar las cosas por su nombre

Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad [del aborto] se ha ido debilitandoprogresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de auto engaño. A este propósito resuena categórico el reproche del Profeta: “¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad” (Is 5, 20). (San Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, n. 58, 25 de marzo de 1995)

  • Los preceptos negativos expresan las exigencias del Evangelio

Los mandamientos, recordados por Jesús a su joven interlocutor [el joven rico], están destinados a tutelar el bien de la persona humana, imagen de Dios, a través de la tutela de sus bienes particulares. El ‘no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio’, son normas morales formuladas en términos de prohibición. Los preceptos negativos expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger la vida humana, la comunión de las personas en el matrimonio, la propiedad privada, la veracidad y la buena fama.
Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, n.13, 6 de agosto de 1993)

  • Si la vida del reo es respetada, con más razón la del inocente

Si se pone tan gran atención al respeto de toda vida, incluida la del reo y la del agresor injusto, el mandamiento ‘no matarás’ tiene un valor absoluto cuando se refiere a lapersona inocente. Tanto más si se trata de un ser humano débil e indefenso, que sólo en la fuerza absoluta del mandamiento de Dios encuentra su defensa radical frente al arbitrio y a la prepotencia ajena. […] Ante la progresiva pérdida de conciencia en los individuos y en la sociedad sobre la absoluta y grave ilicitud moral de la eliminación directa de toda vida humana inocente, especialmente en su inicio y en su término, el Magisterio de la Iglesia ha intensificado sus intervenciones en defensa del carácter sagrado e inviolable de la vida humana”. (San Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, n. 57, 25 de marzo de 1995)

  • La Iglesia condena las autoridades que favorecen actividades anti-familiares

Por esto la Iglesia condena, como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas actividades de los gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los hijos. Por consiguiente, hay que condenar totalmente y rechazar con energía cualquier violencia ejercida por tales autoridades en favor del anticoncepcionismo e incluso de la esterilización y del aborto procurado. Al mismo tiempo, hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepcionismo, esterilización y aborto procurado. (San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 30, 22 de noviembre de 1981)

… juzga la idea de Cristo en el Juicio que tiene Francisco

  • El juicio de Cristo es un acto salvífico definitivo

El poder divino de juzgar ha sido vinculado a la misión de Cristo como Salvador, como Redentor del mundo. Y el mismo juzgar pertenece a la obra de la salvación, al orden de la salvación: es un acto salvífico definitivo. En efecto, el fin del juicio es la participación plena en la Vida divina como último don hecho al hombre: el cumplimiento definitivo de su vocación eterna. Al mismo tiempo el poder de juzgar se vincula con la revelación exterior de la gloria del Padre en su Hijo como Redentor del hombre. (San Juan Pablo II. Audiencia General, 30 de septiembre 1987)

  • Cristo pondrá fin a un universo corrompido por la mentira

El Señor vendrá sobre las nubes revestido de majestad y poder. Es el mismo Hijo del hombre, misericordioso y compasivo, que los discípulos conocieron durante su itinerario terreno. Cuando llegue el momento de su manifestación gloriosa, vendrá a consumar definitivamente la historia humana. A través del simbolismo de fenómenos cósmicos, el evangelista san Marcos recuerda que Dios pronunciará, en el Hijo, su juicio sobre la historia de los hombres, poniendo fin a un universo corrompido por la mentira y desgarrado por la violencia y la injusticia. (San Juan Pablo II. Homilía en el Jubileo de los militares e policías, 19 de noviembre de 2000)

… juzga la idea de hacer el bien que tiene Francisco

  • La verdad es una exigencia necesaria para obrar el bien

En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores. En esta dirección se orientan las doctrinas que desconocen el sentido de lo trascendente o las que son explícitamente ateas. Se han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha añadido indebidamente la afirmación de que el juicio moral es verdadero por el hecho mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral.
Como se puede comprender inmediatamente, no es ajena a esta evolución la crisis en torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana puede conocer, ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia: a ésta ya no se la considera en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona,[…] sino que más bien se está orientado a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios del bien y del mal. (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, n.32)

  • La libertad (de hacer el bien y evitar el mal) depende fundamentalmente de la verdad

Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida.
Algunas tendencias de la teología moral actual, bajo el influjo de las corrientes subjetivistas e individualistas a que acabamos de aludir, interpretan de manera nueva la relación de la libertad con la ley moral, con la naturaleza humana y con la conciencia, y proponen criterios innovadores de valoración moral de los actos. Se trata de tendencias que, aun en su diversidad, coinciden en el hecho de debilitar o incluso negar la dependencia de la libertad con respecto a la verdad.
[…] la libertad depende fundamentalmente de la verdad. Dependencia que ha sido expresada de manera límpida y autorizada por las palabras de Cristo: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, n. 34)

… juzga la idea de comunión y divorciados de segunda unión y acceso a los sacramentos que tiene Francisco

  • Ningún cristiano, consciente de pecado grave, puede recibir la Eucaristía

Es necesario recordar que la Iglesia, guiada por la fe en este augusto Sacramento, enseña que ningún cristiano, consciente de pecado grave, puede recibir la Eucaristía antes de haber obtenido el perdón de Dios. Como se lee en la Instrucción Eucharisticum mysterium, la cual, debidamente aprobada por Pablo VI, confirma plenamente la enseñanza del Concilio Tridentino: «La Eucaristía sea propuesta a los fieles también “como antídoto, que nos libera de las culpas cotidianas y nos preserva de los pecados mortales”, y les sea indicado el modo conveniente de servirse de las partes penitenciales de la liturgia de la Misa. (San Juan Pablo II, Reconciliatio et Paenitentia, 2 de diciembre de 1984)

  • Son los divorciados vueltos a casar, y no la Iglesia, los que se apartan a sí mismos de la Eucaristía

La Iglesia fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su práxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. (San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 84, 22 de noviembre de 1981)

  • La doctrina tridentina sobre la recepción de los sacramentos está vigente

Y tened presente que todavía está vigente y lo estará por siempre en la Iglesia la enseñanza del Concilio Tridentino acerca de la necesidad de la confesión íntegra de los pecados mortales (Sess. XIV, cap. 5 y can. 7: Denz-Sch. 1679-1683; 1707); está vigente y lo estará siempre en la Iglesia la norma inculcada por San Pablo y por el mismo Concilio de Trento, en virtud de la cual, para la recepción digna de la Eucaristía debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal (Sess. XIII, cap. 7 y can. 11: Denz.-Sch. 1647; 1661). (San Juan Pablo II. Discurso a la Sacra Penitenciaría Apostólica y a los Penitenciarios de las Basílicas Patriarcales Romanas, 30 de enero de 1981)

  • El peligro de buscar otros caminos a la misericordia que los que Dios estableció

El primero es el principio de la compasión y de la misericordia, por el que la Iglesia, continuadora de la presencia y de la obra de Cristo en la historia, no queriendo la muerte del pecador sino que se convierta y viva, atenta a no romper la caña rajada y a no apagar la mecha que humea todavía, trata siempre de ofrecer, en la medida en que le es posible, el camino del retorno a Dios y de la reconciliación con Él. El otro es el principio de la verdad y de la coherencia, por el cual la Iglesia no acepta llamar bien al mal y mal al bien. Basándose en estos dos principios complementarios, la Iglesia desea invitar a sus hijos, que se encuentran en estas situaciones dolorosas, a acercarse a la misericordia divina por otros caminos, pero no por el de los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, hasta que no hayan alcanzado las disposiciones requeridas. (San Juan Pablo II. Exhortación Apostolica post-sinodal Reconciliatio et Paenitentia, n.34)

… juzga la idea de condenación eterna que que tiene Francisco

  • Infierno, lugar del rechazo definitivo de Dios

Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno. […] Con todo, en sentido teológico, el infierno es algo muy diferente: es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida. (San Juan Pablo II. Audiencia General, 28 de julio de 1999)

… juzga la idea de incapacidad ante la crisis de la familia que tiene Francisco

  • La Iglesia tiene la respuesta para los interrogantes morales del hombre

La respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo […]. Jesucristo, ‘luz de los pueblos’, ilumina el rostro de su Iglesia, la cual es enviada por él para anunciar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15). Así la Iglesia, pueblo de Dios en medio de las naciones, mientras mira atentamente a los nuevos desafíos de la historia y a los esfuerzos que los hombres realizan en la búsqueda del sentido de la vida, ofrece a todos la respuesta que brota de la verdad de Jesucristo y de su Evangelio. (San Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, 6 de agosto de 1993, n. 2)

  • La Iglesia es Madre y Maestra en el campo de la moral conyugal

También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es y actúa como Maestra y Madre. Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe guiar la transmisión responsable de la vida. De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección. (San Juan Pablo II. Encíclica Familiaris consortio, sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual, 22 de noviembre de 1981, n. 33)

  • Cualquier situación se puede afrontar desde la coherencia cristiana

La fragilidad aumenta si domina la mentalidad divorcista, que el Concilio denunció con vigor, porque lleva, muchas veces, a separaciones y a rupturas definitivas. También una educación sexual mal concebida perjudica a la vida de la familia. Cuando falta una preparación integral para el matrimonio, que respete las etapas progresivas del crecimiento en el noviazgo, se reducen las posibilidades de defensa en la familia. Por el contrario, no hay ninguna situación difícil que no pueda afrontarse adecuadamente cuando se cultiva un clima coherente de vida cristiana. El amor mismo, herido por el pecado, es también un amor redimido. Es evidente que si falla la vida sacramental, la familia cede más fácilmente a las insidias, porque se queda sin defensas” (San Juan Pablo II. Discurso a la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, 18 de octubre de 2002, n. 3)

  • La Iglesia ha aprendido con Cristo el camino para la familia

La Iglesia conoce el camino por el que la familia puede llegar al fondo de su más íntima verdad. Este camino, que la Iglesia ha aprendido en la escuela de Cristo y en el de la historia, —interpretada a la luz del Espíritu— no lo impone, sino que siente en sí la exigencia apremiante de proponerla a todos sin temor, es más, con gran confianza y esperanza, aun sabiendo que la ‘buena nueva’ conoce el lenguaje de la Cruz. Porque es a través de ella como la familia puede llegar a la plenitud de su ser y a la perfección del amor” (San Juan Pablo II. Encíclica Familiaris consortio, sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual, 22 de noviembre de 1981, n. 86)

  • Es tarea de la Iglesia anunciar el matrimonio en su verdad

Frente a las dificultades y a los recursos de la familia de hoy, la Iglesia se siente llamada a renovar la conciencia del encargo que ha recibido de Cristo en relación al precioso bien del matrimonio y de la familia: la tarea de anunciarlo en su verdad, de celebrarlo en su misterio y de vivirlo en la existencia cotidiana de los que han sido ‘llamados por Dios a servirle en el matrimonio’” (San Juan Pablo II. Discurso a un encuentro organizado por el Pontificio Consejo para la Familia con ocasión del XX aniversario de la Humanae vitae, 7 de noviembre de 1988, n. 6)

  • Dejar de proclamar la verdad sobre la familia es grave omisión pastoral

Conozco vuestro compromiso por defender y promover esta institución [la familia], que tiene su origen en Dios y en su plan de salvación. Hoy se observa una corriente muy difundida en algunas partes, que tiende a debilitar su verdadera naturaleza. En efecto, tanto en la opinión pública como en la legislación civil no faltan intentos de equiparar meras uniones de hecho a la familia, o de reconocer como tal la unión de personas del mismo sexo. Estas y otras anomalías nos llevan a proclamar, con firmeza pastoral, la verdad sobre el matrimonio y la familia. Dejar de hacerlo sería una grave omisión pastoral, que induciría a las personas al error, especialmente a las que tienen la importante responsabilidad de tomar decisiones sobre el bien común de la nación”. (San Juan Pablo II. Discurso al octavo grupo de obispos de Brasil en visita “ad limina”, 16 de noviembre de 2002, n. 4)

  • Redescubrir el originario plan divino para la familia

Hoy es más urgente que nunca […] redescubrir el valor de la familia, como comunidad basada en el matrimonio indisoluble de un hombre y de una mujer que en el amor funden juntos su existencia y se abren al don de la vida […]. El redescubrimiento de ese originario plan divino es de importancia decisiva, en la crisis que atraviesa la humanidad en nuestra época. (San Juan Pablo II. Ángelus, 26 de diciembre de 1993, n. 2)

  • La familia está ordenada a Cristo y tiene necesidad de su gracia

La Iglesia, iluminada por la fe, que le da a conocer toda la verdad acerca del bien precioso del matrimonio y de la familia y acerca de sus significados más profundos, […] está íntimamente convencida de que sólo con la aceptación del Evangelio se realiza de manera plena toda esperanza puesta legítimamente en el matrimonio y en la familia. Queridos por Dios con la misma creación, matrimonio y familia están internamente ordenados a realizarse en Cristo y tienen necesidad de su gracia para ser curados de las heridas del pecado y ser devueltos ‘a su principio’, es decir, al conocimiento pleno y a la realización integral del designio de Dios. En un momento histórico en que la familia es objeto de muchas fuerzas que tratan de destruirla o deformarla, la Iglesia, consciente de que el bien de la sociedad y de sí misma está profundamente vinculado al bien de la familia, siente de manera más viva y acuciante su misión de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia” (San Juan Pablo II. Encíclica Familiaris consortio, 22 de noviembre de 1981, n. 3)

  • Cristo: solución frente a una “anticivilización” destructora

La familia constituye la ‘célula’ fundamental de la sociedad. Pero hay necesidad de Cristo —‘vid’ de la que reciben savia los ‘sarmientos’— para que esta célula no esté expuesta a la amenaza de una especie de desarraigo cultural, que puede venir tanto de dentro como de fuera. En efecto, si por un lado existe la ‘civilización del amor’, por otro está la posibilidad de una ‘anticivilización’ destructora, como demuestran hoy tantas tendencias y situaciones de hecho” (San Juan Pablo II. Carta a las familias, 2 de febrero de 1994, n. 13)

  • Otra solución: una verdadera catequización familiar

Es urgente, pues, una amplia catequización sobre el ideal cristiano de la comunión conyugal y de la vida familiar […]. No debe omitirse una seria preparación de los jóvenes antes del matrimonio, en la que se presente con claridad la doctrina católica, a nivel teológico, espiritual y antropológico sobre este sacramento. […] En la familia tampoco puede faltar la práctica de la oración en la que se encuentren unidos tanto los cónyuges entre sí, como con sus hijos. A este respecto, se han de fomentar momentos de vida espiritual en común: la participación en la Eucaristía los días festivos, la práctica del sacramento de la Reconciliación, la oración cotidiana en familia y obras concretas de caridad. Así se consolidará la fidelidad en el matrimonio y la unidad de la familia” (San Juan Pablo II. Exhortación apostólica Ecclesia in America, 22 de enero de 1999, n. 46)

… juzga la idea de pena de muerte que tiene Francisco

  • Cuando la defensa de la sociedad lo exige, se debe aplicar la pena capital

En este horizonte se sitúa también el problema de la pena de muerte, respecto a la cual hay, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil, una tendencia progresiva a pedir una aplicación muy limitada e, incluso, su total abolición. El problema se enmarca en la óptica de una justicia penal que sea cada vez más conforme con la dignidad del hombre y por tanto, en último término, con el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad. En efecto, la pena que la sociedad impone « tiene como primer efecto el de compensar el desorden introducido por la falta » (CCE 2266). La autoridad pública debe reparar la violación de los derechos personales y sociales mediante la imposición al reo de una adecuada expiación del crimen, como condición para ser readmitido al ejercicio de la propia libertad. De este modo la autoridad alcanza también el objetivo de preservar el orden público y la seguridad de las personas, no sin ofrecer al mismo reo un estímulo y una ayuda para corregirse y enmendarse (cf. CCE 2266). Es evidente que, precisamente para conseguir todas estas finalidades, la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. (San Juan Pablo II. Carta Encíclica Evangelium Vitae, n. 56, a los obispos, a los sacerdotes y diáconos, a los religiosos y religiosas, a los fieles laicos y a todas las personas de buena voluntad, sobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana, 25 de marzo de 1995)

… juzga la noción de bien y mal que de Francisco

  • La libertad no es fuente de valores

En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores. En esta dirección se orientan las doctrinas que desconocen el sentido de lo trascendente o las que son explícitamente ateas. Se han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha añadido indebidamente la afirmación de que el juicio moral es verdadero por el hecho mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo co