San Juan de Ávila…

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… juzga la idea de Judas que tiene Francisco

  • Judas viendo cuán grave mal había cometido, cedió a la desesperación

Otra arte suele tener el demonio contraria a esta pasada, la cual es, no haciendo ensalzar el corazón, más abajándole y desmayándolo, y así traerlo a desesperación. Y esto hace trayendo a la memoria no los bienes que el hombre ha hecho, mas sus pecados, gravándoselos cuanto puede, para que, espantado con la muchedumbre y graveza de ellos, caya desmayada como debajo de carga pesada, y así desespere. De esta manera hizo con Judas, que, al hacer del pecado, quitóle delante la graveza de él, y después trájole a la memoria cuán grave mal era haber vendido a su maestro y por tan poco precio, y para tan mala muerte. Cególe los ojos con la grandeza del pecado, y dio con él en el lazo, y de allí en el infierno. (San Juan de Ávila. Audi filia et vide, c. 3, n. 6)

… juzga la idea de Francisco de no ser necesario decir los pecados en la confesión

  • Quien no lleva las buenas disposiciones que se deben al sacramento, no recibe el efecto de la Pasión de Jesucristo

No piense nadie que no quitarse toda la pena, sea por falta de la redención del Señor, cuya virtud está y obra en los sacramentos; porque copiosa es, como dice el Santo Rey y Profeta David (Ps 129, 7); mas es por falta del penitente, que no llevó disposición para más. Y tal dolor y vergüenza puede llevar, que de los pies del confesor se levante perdonado de toda la culpa y de toda la pena, como si recibiera el santo bautismo, que todo esto quita a quien lo recibe aun con mediana disposición. Sepan todos que el óleo que nos dio nuestro grande Elíseo (2 R 4, 1-7), Jesucristo Nuestro Señor, cuando nos dio su Pasión, que obra en sus sacramentos riquísimos, es para poder pagar con él todas nuestras deudas, y vivir en vida de gracia, y después de gloria. Mas es menester que nosotros, como la otra viuda, llevemos vasos de buenas disposiciones, conforme a los cuales recibirá cada uno el efecto de su sagrada Pasión, que, en sí misma, bastantísima es, y aun sobrada. (San Juan de Ávila. Libro espiritual sobre el verso Audi Filia, cap. 18)

… juzga el modo de reformar la Iglesia que defiende Francisco

  • En sermones que duraban dos horas, convertía las multitudes

Los sermones que hacía duraban las más veces dos horas, y era tanta la afluencia y multitud de especies que se le proponían, que le era muy dificultoso ocupar menos tiempo. Predicaba con tanta claridad que todos le entendían y nunca cansaban de oírle… El principal fin a que se dirigía su predicación era sacar las almas del infeliz estado de culpa, manifestando la fealdad del pecado, la indignación de Dios y el horrendo castigo que tiene preparado contra los pecadores impenitentes y el premio ofrecido a los verdaderamente contritos y arrepentidos. […] Cuando salían de oír al Venerable Ávila, iban todos con las cabezas bajas, callando, sin decirse una palabra unos a otros, encogidos y compungidos, a pura fuerza de la verdad y de la virtud y excelencia de la predicación. Con una razón que decía y un grito que daba, conmovía y abrasaba los corazones y entrañas de los oyentes. (San Juan de Ávila comentado por San Antonio María Claret. Autobiografía y escritos. BAC, Madrid, 1959, p. 255.277)

… juzga la idea de Francisco de que dentro de otros cultos se obtienen beneficios espirituales y se da gloria a Dios

  • La mala conciencia hace perder la fe y buscar doctrinas concordes con los vicios

Y también os conviene mucho mirar cómo vivís, y cómo os aprovecháis de la fe que tenéis, porque no os castigue Dios con dejaros caer en algún error con que la perdáis, pues habéis oído con vuestras orejas cuánta gente la ha perdido por las herejías del perverso Matín Lutero; y otros hay que han negado a Cristo en tierra de moros, por vivir según la ley bestial de Mahoma (Huyendo de la reforma promovida por el gran Cardenal Cisneros, muchos religiosos pasaron al África y renegaron de la fe). En lo cual veréis cumplido lo que dice San Pablo (1 Tim 1, 19): que por haber desechado algunos la buena conciencia, perdieron la fe; ahora sea —como arriba dijimos, cuando hablábamos de los motivos para creer—, porque la misma mala conciencia poco a poco hace cegar el entendimiento para que le busque doctrina que no contradiga a sus maldades; ahora porque el Soberano Juez, en castigo de pecados, permita caer en herejía; ahora sea por lo uno o por lo otro, es cosa para temer, y poner cuidado de lo evitar. (San Juan de Ávila. Libro espiritual sobre el verso Audi filia, c. 49)

… juzga la idea de Francisco de que solamente se puede evangelizar con dulzura

  • Dios amenaza al pecador, cumple sus amenazas o las deshace si se arrepiente

Algunas veces manda el Señor decir lo que Él tiene en su alto consejo y eterna voluntad determinado que sea; y aquello vendrá como se dice, sin falta ninguna. De esta manera mandó decir al rey Saúl (1 Sam 15, 23) que le había de desechar, y escoger en su lugar otro mejor. Y también amenazó al sacerdote Helí, y así lo cumplió (1 Sam 3, 13). Y de la misma manera amenazó al rey David que le había de matar el hijo que hubo del adulterio de Bersabé (2 Sam 12, 14); y por mucho que el rey pidió la vida para el niño con oraciones, ayunos y cilicio, no le fue concedido, porque tenía Dios determinado que el niño muriese. Mas otras veces manda decir, no lo que Él tiene determinado de hacer, mas lo que hará, si no se enmienda el tal hombre. Y de esta manera envió a decir a la ciudad de Nínive que de ahí en cuarenta días seria destruida (Jon 3, 4), y después por la penitencia de ellos revocó esta sentencia: porque Él no tenía determinado de los destruir, pues no lo hizo; mas envióles a decir lo que sus pecados merecían, y lo que les viniera por ellos, si no se enmendaran. Y aunque de fuera parece mudanza decir: Será destruida, y no destruirla, mas en la alta voluntad de Dios no lo es, pues nunca la quiso determinadamente destruir. Que, como dice San Agustín: “Muda Dios la sentencia; mas no muda el consejo”, el cual era de no destruirla, mediante la penitencia, a la cual les quería incitar con el temor de la amenaza. […] De lo cual se saca, […] que así como uno que se arrepiente, torna a deshacer lo que había hecho, así Él deshará la sentencia del castigo que contra el hombre había dado, si él hace penitencia; y deshará el bien que tenía prometido, si el hombre se aparta de Dios. (San Juan de Ávila. Libro espiritual sobre el verso Audi, Filia, et vide, cap. 83)

… juzga la idea de Francisco de que el pecado hace parte de la vida religiosa

  • Los que gozan de perfecta limpieza de los pecados engrandecen la honra de Dios

No tenga nadie temor de atribuir la alteza de honra espiritual, y grandeza de espirituales riquezas, y perfecta limpieza de los pecados, a los que el celestial Padre justifica por merecimientos de Jesucristo nuestro Señor. Ni piense nadie que el ser ellos tales perjudica a la honra del mismo Señor. Porque como todo lo que ellos tienen les viene por Él, no sólo no disminuye la honra de Él ser ellos tan valerosos, mas aún la manifiestan y engrandecen; pues es claro que cuanto ellos más justos y más hermosos están, tanto más se manifiesta ser de gran valor los merecimientos de Aquel, que tanto bien alcanzó a los que de sí ni lo tenían ni lo merecían. No es el Señor como algunos, que les pesa o les place poco con la honra o virtud de sus criados, pareciéndoles que perjudica a la suya; o como las vanas mujeres, que huyen de acompañarse de criadas hermosas porque no obscurezcan la hermosura de ellas. Caridad tiene, cierto, Jesucristo nuestro Señor, y que excede a todo nuestro conocimiento, como dice San Pablo (Ep 3,19), para tener nuestro bien por suyo; y porque tuviésemos muchos bienes, perdió Él su dignísima vida en la cruz. (San Juan de Ávila. Audi filia, cap. 90)

  • Jesús tiene el poder de librar al hombre no sólo de la condenación, sino del mismo pecado

La cual confesión, con otras semejantes que en la Escritura divina hay, de los bienes que por Jesucristo nos vienen, da ciertamente más honra a Jesucristo, que decir que ni la virtud de su sangre, ni de su gracia, ni sacramentos, ni infundirse el Espíritu Santo en un hombre, ni incorporarlo consigo, no son bastantes a quitar el pecado de un hombre, sino a hacer que no sea condenado por él. ¿Qué es esto, sino sentir mal de Dios Padre, que prometiendo enviar con su único Hijo remedio entero contra el pecado, y que en su tiempo había de recibir fin el pecado (Da 9,24), no cumple lo prometido, pues el Hijo venido, el pecado se queda aún en quien participa del Hijo? ¿Cómo se puede cumplir la palabra que dice (Ez 36,25): “Derramaré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpios de todas vuestras suciedades”, si de verdad no me limpian en mi, sino échanme un manto limpio encima, diciéndome que se imputa por mía la justicia y limpieza de Jesucristo nuestro Señor? Lo cual, más es cubrir mi suciedad, que quitarla. Y quien esto dice, por el mismo caso niega ser el Mesías prometido en la Ley Jesucristo nuestro Señor ; y debe esperar otro, que libre, no sólo de la condenación del pecado, mas del mismo pecado; pues es claro que el que de entrambas cosas librase, sería mejor Salvador que quien de la una. (San Juan de Ávila. Audi filia, cap. 90)

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