San Jerónimo…

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… juzga la idea herética de Joviniano que defiende Francisco

  • Joviniano afirma que la diferencia entre el matrimonio y la virginidad es poca o ninguna, nosotros decimos que es grande

Me reprochan algunos que, en los libros que he escrito contra Joviniano, me he excedido tanto en el encomio de las vírgenes como en la difamación de las casadas, y dicen que ya es en cierto sentido condenar el matrimonio ensalzar tanto la virginidad que aparentemente no quede posibilidad de comparación entre la virgen y la casada. Por mi parte, si recuerdo bien la cuestión, el litigio contra Joviniano y nosotros está en que él equipara el matrimonio a la virginidad, y nosotros lo juzgamos inferior; el dice que la diferencia es poca o ninguna; nosotros decimos que es grande. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 2)

  • Joviniano fue condenado por atreverse a equiparar el matrimonio a la castidad perpetua

En suma, que si por voluntad del Señor y por intervención tuya [Joviniano] ha sido condenado, lo ha sido por haberse atrevido a comparar el matrimonio con la castidad perpetua. Porque si se tiene por una misma cosa a la virgen y a la casada, ¿cómo es que Roma no pudo oír el sacrilegio de su voz? Virgen viene de vir, no de partus. No hay nada intermedio: o se acepta mi sentencia, o la de Joviniano. Si se me reprocha que pongo el matrimonio por debajo de la virginidad, alábese al que los equipara; pero, si ha sido condenado el que tenía ambas cosas por iguales, su condenación es aprobación de mi obra. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 2)

  • Así como el oro es más precioso que la plata, así la virginidad se antepone al matrimonio

«No ignoramos “el honor del matrimonio y el lecho conyugal inmaculado” (Heb 13,4). Hemos leído la primera recomendación de Dios: Creced y multiplicaos y llenad la tierra (Gen 1,28); pero de tal manera aceptamos las nupcias, que les anteponemos la virginidad, que nace de las nupcias. ¿Acaso la plata no será plata porque el oro sea más precioso que la plata? ¿O es hacer agravio al árbol y a la mies porque a la raíz y a las hojas, el tallo y aristas, preferimos los frutos y el grano? Al igual que la fruta sale del árbol y el trigo de la paja, así del matrimonio sale la virginidad. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 2)

  • En una proporción de frutos, el matrimonio representa el 30%, la viudez el 70% y la virginidad el 100%

El fruto de ciento, de sesenta y de treinta por uno, aun cuando nazca de una misma tierra y de una misma semilla, difiere mucho en cuanto al número. El treinta se refiere al matrimonio; pues el mismo modo de cruzar los dedos, que parece se abrazan y se juntan como en suave beso, representa al marido y a la esposa. El sesenta representa a las viudas, que se encuentran en angustia y tribulación, pues también ellas soportan el peso de un dedo superior; y cuanto mayor es la dificultad de abstenerse del atractivo de un placer en otro tiempo probado, tanto mayor será también el galardón. En cuanto al número cien —te ruego, lector, que pongas toda la atención—, no se cuenta con la izquierda, sino con la derecha: se hace un semicírculo con los mismos dedos —no con la misma mano— con los que en la izquierda se significan las casadas y viudas, y de esa forma se expresa la corona de la virginidad» (Jeronimo, Adv. Jov. I, 3). (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 2)

  • No condena el matrimonio quien lo llama “plata”, pero declara que la virginidad es “oro”

Ahora te pregunto: ¿Condena el matrimonio quien así habla? Hemos llamado oro a la virginidad, plata al matrimonio. Hemos declarado que el fruto de ciento, de sesenta y de treinta por uno, aunque hay mucha diferencia en cuanto al número, se produce de la misma tierra y de la misma semilla. ¿Y habrá todavía algún lector tan malvado que no me juzgue por mis dichos, sino por su propio parecer? Y a decir verdad, he sido mucho más benigno para los matrimonios que casi todos los exegetas griegos y latinos, que refieren el ciento por uno a los mártires, el sesenta a las vírgenes y el treinta a las viudas. De esa forma, según su sentencia, los casados quedan excluidos de la buena tierra y de la semilla del padre de familias. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 3)

  • Tanto la virginidad como el matrimonio son dones dados por Dios, pero entre don y don existe mucha diferencia

De quien dice ser mandato de Dios no abandonar a las esposas, y que sin mutuo acuerdo no puede el hombre separar lo que Dios ha unido, ¿de uno así puede decirse que condene el matrimonio? Y [San Pablo] sigue diciendo: Pero cada uno tiene de Dios su gracia particular, uno de una manera y otro de otra (1 Cor 7,7). Esto es lo que dijimos al exponer esta sentencia: «Queda claro, dice, lo que yo quiero. Pero como en la Iglesia hay diversos dones, concedo también el matrimonio, para que no parezca que condeno la naturaleza». Fíjate de paso cómo el don de la virginidad es distinto del don del matrimonio. En efecto, si la recompensa de las vírgenes y las casadas fuera la misma, nunca habría dicho el Apóstol después del precepto de la continencia: Pero cada uno tiene de Dios su gracia particular, uno de una manera y otro de otra. En las cosas que tienen propiedades particulares, allí hay diversidad mutua. Yo concedo que el matrimonio es un don de Dios, pero entre don y don hay mucha diferencia. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 4)

  • Matrimonio y virginidad: entre lo bueno y lo mejor

Al final de nuestra comparación entre las casadas y las vírgenes concluimos nuestra discusión con estas palabras: «Donde hay bueno y mejor, allí el premio de lo bueno y lo mejor no puede ser el mismo; y donde el premio no es igual, allí con toda seguridad los dones son distintos. Entre el matrimonio y la virginidad se da la misma diferencia que entre no pecar y hacer el bien, o por decirlo más suavemente, entre lo bueno y lo mejor» (Ad. Jov. I, 13). (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 7)

  • Las vírgenes son la primicias de Dios, luego vienen en segundo y tercer grado las viudas y los continentes en el matrimonio

Y en aquel pasaje en que hemos alegado un texto del Apocalipsis (Ap 14, 3-5), ¿no está claro lo que sentimos sobre las vírgenes, viudas y casados? «Estos son, decimos, los que cantan el cántico nuevo, que nadie puede cantar sino el que es virgen. Estos son las primicias de Dios y del Cordero, y no tienen mácula. Si las vírgenes son las primicias de Dios, las viudas y los continentes en el matrimonio vendrán después de las primicias, es decir, en el segundo y tercer grado» (Ad. Jov. I, 40). Ponemos a las viudas y a las casadas en el segundo y tercer grado, ¿y se nos acusa de que condenamos el matrimonio con herético furor? (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio, 10)

  • El matrimonio: ocasión para engendrar hijas vírgenes que se desposarán con Dios

Alabo las nupcias, alabo el matrimonio, pero porque me engendran vírgenes. De entre las espinas cojo la rosa, de la tierra el oro, de la concha la perla. ¿Acaso el que ara se pasa todo el día arando? ¿No se alegrará también con el fruto de su trabajo? El matrimonio es tanto más honrado cuanto más se ama lo que de él nace. ¿Por qué miras, madre, con malos ojos a tu hija? De tu leche se alimentó, de tus entrañas salió y en tu regazo creció, y tú con piadosa solicitud la guardaste. ¿Te indignas de que no haya querido ser esposa de un soldado, sino del rey? Gran beneficio te ha hecho, pues has empezado a ser suegra de Dios. (San Jerónimo. Carta 22 a Eustoquia, 20)

  • La Iglesia, lo queráis o no, subordina el matrimonio a la viudez y la virginidad

La Iglesia no condena el matrimonio, sino que lo subordina, no lo rechaza, sino que lo pone en su lugar, pues sabe, como antes hemos dicho, que en toda casa grande no sólo hay vasos de oro y plata, sino también de madera y de barro, y unos se destinan a usos de honor y otros a usos de ignominia; en fin, que todo el que se limpiare, podrá convertirse en vaso de honor y necesario, preparado para toda obra buena» (Ad. Jov. I, 40). Cuanto dijeren, digo, en honor del matrimonio lo oímos con gusto. Si, pues, oímos de buena gana que se alabe el matrimonio, ¿cómo vamos a condenar el matrimonio? La Iglesia no condena el matrimonio, sino que lo subordina —queráis o no queráis, casados, la Iglesia lo subordina— a la virginidad y a la viudez. La Iglesia subordina el matrimonio, pero el matrimonio que persevera en su acto propio; no lo condena ni lo rechaza, sino que lo pone en su propio lugar. En vuestra mano está, si queréis, subir al segundo grado de la castidad. ¿A qué enfadaros si, estando en el tercer grado, no queréis apresuraros a los superiores? (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio,11)

  • San Ambrosio declaró que la virginidad es el culmen de la continencia; el matrimonio remedio de la incontinencia

Todo lo que nosotros hemos dicho difusamente sobre la virginidad y el matrimonio, Ambrosio lo encerró en breve compendio, abarcando mucho en pocas palabras. La virginidad es predicada por él como la culminación de la continencia; el matrimonio, como el remedio de la incontinencia. Y es significativo cómo baja de lo mayor a lo menor: a las vírgenes les muestra el galardón de un llamamiento superior; a las viudas las consuela para que no desfallezcan en el camino. A unos los alaba, a otros no los desprecia. Al matrimonio lo compara con la cebada; a la virginidad, con el cuerpo de Cristo. Y a mi parecer, menor distancia hay entre el trigo y la cebada que entre la cebada y el cuerpo de Cristo. Después dice de la unión conyugal que hay que echarla de sí como carga esclavizante, y que es la más clara definición de la esclavitud, y muchas otras cosas que larguísimamente explanó en los tres opúsculos sobre las vírgenes. (San Jerónimo. Carta 49 a Pammaquio,14)

  • La virginidad debe ser voluntaria, de lo contrario parecería que el Señor ha abolido el matrimonio

Dice el Apóstol: Acerca de la virginidad no tengo precepto del Señor (1 Cor 7,25). ¿Por qué? Porque el ser él mismo virgen no fue obra de mandato, sino de su propia voluntad. (…). Así, pues, ¿por qué no tiene mandato del Señor acerca de la virginidad? Porque merece mayor galardón ofrecer aquello a lo que no se está obligado; pues si la virginidad estuviera impuesta, parecería haber sido abolido el matrimonio, y sería durísimo y contra naturaleza imponer a los hombres vida de ángeles, sería condenar en cierto modo el orden de la creación. (San Jerónimo. Carta 22 a Eustoquia, 20)

  • Tertuliano, San Cipriano, el Papa San Dámaso, San Ambrosio escribieron elocuentes elogios a la virginidad

En el libro que he publicado contra Helvidio acerca de la perpetua virginidad de la bienaventurada María creo haber descrito con brevedad las incomodidades del matrimonio y las muchas solicitudes que lleva consigo. Repetir ahora lo mismo sería pesado; si alguno lo desea, puede ir a beber en aquella fuentecilla. (…) Si deseas conocer las pesadumbres de que se libra la virgen y a las que se ata la casada, lee a Tertuliano, que escribe a un amigo suyo filósofo, y otros opúsculos sobre la virginidad, como, por ejemplo, el libro espléndido del bienaventurado Cipriano, o lo que en verso y en prosa ha compuesto sobre el tema el papa Dámaso, o los opúsculos que recientemente ha escrito sobre lo mismo nuestro Ambrosio dirigiéndose a su hermana. En ellos se explaya tan elocuentemente, que todo lo que se puede decir para elogio de fe la virginidad está allí estudiado, ordenado y descrito. (San Jerónimo. Carta 22 a Eustoquia, 22)


… juzga la idea que tiene Francisco de que los ortodoxos tienen la misión de predicar el Evangelio de Cristo

  • No hay cisma que no invente una herejía para justificar su alejamiento de la Iglesia

[Entre herejía y cisma], hay esta diferencia, que la herejía pervierte el dogma, mientras que el cisma, por la rebelión contra el obispo, separa de la Iglesia. Sin embargo, no hay cisma que no invente una herejía para justificar su alejamiento de la Iglesia. (San Jerónimo. Comentarios a la Carta de San Pablo a Tito, L. I, c. 3, n. 10)

… juzga la idea de “conversión del papado” que tiene Francisco

  • Sin una cabeza la Iglesia caería en cisma

Entre los Doce uno es elegido para que por la institución de una cabeza la ocasión de cisma pueda ser removida. (San Jerónimo. Contra Joviano, Lib. II, I, 279)

… juzga la idea que Francisco tiene de San Juan Bautista

  • Juan, su nombre ya dice lo que es: gracia del Señor. Desde siempre sabía que Cristo iba a venir, por eso se retiró al desierto pues sólo quería contemplarlo

Su nombre era Juan (Jn 1,6). En ese nombre hallamos implícita la idea de “gracia”, pues Juan (Iohannes) significa “la gracia del Señor”: io equivale a “del Señor”, y anna a “gracia”. Se trata, en realidad, de un pheronymos (nombre parlante). ¿Por qué de un pheronymos? Por haber recibido la gracia suprema. Por eso en el desierto se entrega a meditar y a prepararse para la venida de Cristo. Dado que era quien iba a anuncia a Cristo, desde el primer momento es en el desierto donde halla sustento y donde vive. No quiere tener trato alguno con los hombres; en el desierto platica con los ángeles. Juan sabía desde siempre que Cristo iba a venir. Tenía conocimiento de ello no sólo desde su infancia, sino ya desde el vientre de su madre, cuando le dirigió su saludo. De ahí que Lucas escribiera: “El niño saltó de alegría en el vientre de su madre”. Reparad cómo, hallándose en el seno de su madre, presintió la venida del Señor. […] Al poco tiempo de nacer, va a vivir al desierto, allí se cría y aguarda a Cristo en la soledad. […] Aguardaba a Cristo, sabía que iba a venir y por ello sus ojos no se dignaban contemplar ninguna otra cosa. (San Jerónimo. Homilía sobre el evangelio de Juan, 1,1-14)

  • Juan, por el privilegio de bautizar a su señor, recibió un incremento de méritos. Puede ser llamado de ángel, no por su naturaleza, pero sí por la dignidad de su misión

Juan es más grande que los demás profetas, porque el que ellos anunciaban aún tenía que venir y éste lo señaló con el dedo diciendo que ya había venido: “He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo” (Jn 1,29). Y, porque al privilegio profético se le añadió a Juan el premio de bautizar a su Señor, por eso el Señor le concede una auxésis [aumento, incremento] de méritos, tomando de Malaquías el testimonio en el que también se le anuncia como un ángel. Mas no pensemos que a Juan se le llama aquí “ángel” por participar de la naturaleza angélica, sino por la dignidad de su misión, esto es, el mensaje que anunciaba que iba a venir el Señor. (San Jerónimo. Comentario a Mateo. Libro II, [11,8])

  • Jesús da a conocer a la muchedumbre que Juan no dudaba de Él

“Bienaventurado es el que no se haya escandalizado de mí” (Mt 11,6), ¿cómo es que ahora Juan es objeto de tan grandes alabanzas? Pero como la muchedumbre que los rodeaba desconocía el secreto y creía que Juan dudaba de Cristo, a quien él mismo había presentado, para que entendieran que Juan no le había preguntado para sí, sino para sus discípulos, dice: ¿A qué habéis salido al desierto? ¿Acaso presamente para ver a un hombre semejante a una caña que se dobla en la dirección de cualquier viento y el cual, por la ligereza de su espíritu, dudaba de Aquel a quien antes había anunciado? (San Jerónimo. Comentario a Mateo. Libro II, [11,7])

  • Los discípulos de Juan se caracterizaban por la envidia y los celos hacia el Señor

Que, en efecto, los discípulos de Juan se comportaron con soberbia hacia el Señor y que había en ellos algo de mordacidad debida a los celos y la envidia, lo ha mostrado también la pregunta precedente, según el relato del evangelista. (San Jerónimo. Comentario a Mateo. Libro II, [11,1-2])

  • Juan envía a sus discípulos para que viendo los milagros creyeran en Él

Habiendo oído Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió dos discípulos suyos a decirle: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Pregunta Juan, no como ignorante, pues él mismo lo había presentado a los demás, que lo desconocían, diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo” (Jn 1,29), y había oído la voz del Padre que tronaba: Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido (Mt 3,17); pero lo mismo que el Salvador pregunta dónde ha sido puesto Lázaro (Jn 11,34) para que quienes indicaban el lugar del sepulcro, al menos así, se preparasen para creer y viesen cómo resucitaba al muerto, así también Juan que iba a ser asesinado por Herodes (cf. Mt 14,1-12), envía a sus discípulos a Cristo para que, con esta ocasión, viendo los milagros y los prodigios, creyeran en Él y aprendieran preguntado al maestro. (San Jerónimo. Comentario a Mateo. Libro II, [11,1-2])

… juzga la idea de Francisco de que el Corán es un libro de paz

  • Los “hombres de buena voluntad” son los que reciben a Cristo recién nacido

Prestad atención a lo que se dice. Gloria en el cielo en donde no hay jamás disensión alguna, y paz en la tierra en la que no haya a diario guerras. “Y paz en la tierra”. Y esa paz ¿en quiénes? En los hombres. Y ¿por qué entonces no tienen paz los gentiles ni los judíos? Por eso se apostilla: “Paz a los hombres de buena voluntad”, es decir, a quienes reciben a Cristo recién nacido. (San Jerónimo. Homilía sobre la Natividad del Señor)

… juzga la idea que tiene Francisco de que Jesucristo fingía sus enfados

  • El hecho de expulsar los mercaderes del Templo fue uno de los más grandes prodigios de Jesús

A mí me parece que entre los muchos prodigios que hizo Jesucristo, éste fue uno de los mayores; porque un solo hombre, despreciable en aquellos días —tanto, que poco después fue crucificado—, pudo arrojar tanta multitud de gentes a fuerza de golpes que daba con un solo látigo, en presencia de los escribas y de los fariseos, que bramaban contra Él y veían que se destruían sus ganancias. Salía fuego de sus ojos y éstos brillaban como las estrellas, resplandeciendo en su cara la majestad de la divinidad. (San Jerónimo de Estridón citado por Santo Tomás de Aquino. Catena aurea in Mt 21, 10-16)

… juzga la idea de Caritas material que tiene Francisco

  • El dinero de la doctrina cuanto más se da, tanto más se duplica

Puede entenderse esto también del dinero de la doctrina que nunca falta, sino que cuanto más se da, tanto más se duplica. (Catena Aurea 3533Mt 5,38-42)

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