San Agustín…

… juzga la idea del uso de la internet para la educación católica que tiene Francisco

  • Por Cristo, los padres deben amonestar, enseñar, exhortar y corregir

También vosotros servid a vuestra manera a Cristo, viviendo bien, dando limosna, predicando su nombre y doctrina a quienes podáis, de forma que también cada padre de familia reconozca por este nombre que él debe a su familia afecto paternal. Por Cristo y por la vida eterna amoneste, enseñe, exhorte, corrija a todos los suyos, emplee la benevolencia, ejerza la disciplina; así cumplirá en su casa una función eclesiástica y, en cierto modo, episcopal, pues sirve a Cristo para estar eternamente con él. (San Agustín de Hipona. Tratado LI sobre el Evangelio de San Juan, n. 13)

… juzga la idea de Francisco de que el adulterio realiza en parte el ideal familiar

  • Los hijos en sí no son razón para regularizar una situación matrimonial ilegitima

El sacramento mira a que la unión sea irrompible, y el repudiado o repudiada no se una a otra persona ni aun por causa de los hijos. (San Agustín de Hipona. Comentario literal al Génisis. lib, IX, cap. VII, n. 12)

… juzga la idea humanística que Francisco tiene de la familia

  • Cuanto más castos son los esposos mejor es el matrimonio

El matrimonio es, pues, un bien que torna tanto mejores a los esposos cuanto más castos, más fieles y más temerosos son del Señor, y mucho más si a los hijos que engendran según la carne los crían y educan según el espíritu. (San Agustín de Hipona. La bondad del matrimonio, c. XIX)

  • Por ningún motivo es lícito abandonar a la consorte para unirse a otra

De hecho, así sucede entre Cristo y la Iglesia, a saber, viviendo uno unido al otro no los separa ningún divorcio por toda la eternidad. En tan gran estima se tiene este sacramento en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo —esto es, en la Iglesia de Cristo— por todos los esposos cristianos, que, sin duda, son miembros de Cristo, que, aunque las mujeres se unan a los hombres y los hombres a las mujeres con el fin de procrear hijos, no es lícito abandonar a la consorte estéril para unirse a otra fecunda. Si alguno hiciese esto, sería reo de adulterio; no ante la ley de este mundo, donde, mediante el repudio, está permitido realizar otro matrimonio con otro cónyuge —según el Señor, el santo Moisés se lo permitió a los israelitas por la dureza de su corazón—, pero sí lo es para la ley del Evangelio. Lo mismo sucede con la mujer que se casara con otro. (San Agustín de Hipona. El matrimonio y la concupiscencia, 1, X)

  • Felices son aquellos que andan en la ley del Señor

Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. Esto es como si dijese: Sé lo que quieres: buscas la bienaventuranza. Si quieres ser feliz, sé inmaculado. Todos quieren la felicidad, pero pocos los que quieren ser inmaculados, sin lo cual no se llega a conseguir lo que todos quieren. Pero ¿en dónde llegará a ser inmaculado el hombre si no es en el camino? ¿En qué camino? En el del Señor. Por esto se nos exhorta y no en vano se nos dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. (San Agustín de Hipona. Comentarios al Salmo 118, lib. III, ser. I, n. 1)

  • En medio de las tribulaciones Dios hace con que los padres santos sientan las alegrías celestes

Entre tanto, mi madre, fiel sierva tuya, lloraba en tu presencia mucho más que las demás madres suelen llorar la muerte corporal de sus hijos, porque veía ella mi muerte con la fe y espíritu que había recibido de ti. Y tú la escuchaste, Señor; tú la escuchaste y no despreciaste sus lágrimas, que, corriendo abundantes, regaban el suelo allí donde hacía oración; sí, tú la escuchaste, Señor. Porque ¿de dónde sino aquel sueño con que la consolaste, viniendo por ello a readmitirme en su compañía y mesa, ella que había comenzado a negarme ante la aversión y detestación provocadas por las blasfemias de mi error? […] Y cuando ella fijó su vista, me vio junto a ella de pie sobre la misma regla […] el mismo sueño con el cual anunciaste a esta piadosa mujer con mucho tiempo de antelación, a fin de consolarla en su inquietud presente, un gozo que no había de realizarse sino mucho tiempo después. (San Agustín de Hipona. Confesiones, L. III, c. XI)

… juzga la idea herética de Joviniano que defiende Francisco

  • La castidad de continencia es mejor que la castidad conyugal

Si comparamos estas virtudes entre sí, no cabe discusión en que la castidad de la continencia es, sin disputa, más excelente que la castidad conyugal, no obstante que una y otra sean un verdadero bien. Pero, si comparamos a los hombres entre sí, será mejor, a no dudarlo, aquel que posea un bien más grande que el que otro posea. El que dentro del mismo género de bienes posee un bien más logrado, posee a la vez el bien que es de inferior categoría; mas el que solo posee el bien inferior, no tiene por ello el bien que es de índole superior. El número treinta, por ejemplo, está contenido en el número sesenta, mientras que el número sesenta no lo está, como es lógico, en el número treinta, que le es inferior. (San Agustín. La bondad del matrimonio, Cap. XXIII, 28)

  • La santidad del celibato es superior a la santidad del matrimonio

Cuando San Pablo dice: La mujer que no está desposada ocúpese de las cosas tocantes al Señor, a fin de que sea santa en el cuerpo y en el espíritu (1Co 7,34), no debemos entender este texto en el sentido de que una honesta esposa cristiana no sea santa, puesto que a todos los fieles sin excepción se dirige el Apóstol cuando dice: ¿Es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que mora en vosotros y que os ha sido otorgado por Dios?(1Co 6,19).

Hay que decir, pues, que es santo incluso el cuerpo de los casados cuando observan religiosamente la fidelidad debida a Dios y a sí mismos. Esta santidad no tolera ninguna agresión ni por parte de la infidelidad del esposo para con su mujer, cuya santidad, a su vez, puede servir para lograr la santidad de su marido infiel, ni por parte de la infidelidad de la esposa para con el marido, que, si es santo, puede conseguir la salvación de la esposa infiel, según el testimonio del Apóstol: Porque un marido infiel es santificado por la mujer fiel, y la mujer infiel es santificada por el marido fiel (1Co 7,14).

Las palabras arriba citadas no significan, pues, otra cosa sino sencillamente que la santidad de las mujeres vírgenes es más excelente que la de las mujeres desposadas, y que tienen, por consiguiente, derecho a una más gloriosa recompensa, puesto que el estado de castidad es para ellas un bien muy superior a este otro, ya que no se ocupan sino en lo que puede agradar al Señor.

Esto no quiere decir, naturalmente, que una mujer fiel que profesa la castidad conyugal no piense también en el modo de agradar al Señor, aunque, desde luego, en menor grado, puesto que por su condición ha de ocuparse al mismo tiempo en las cosas concernientes al mundo y en el modo de complacer a su marido.

Lo que el Apóstol ha querido significar refiriéndose a ellas es que, a consecuencia del vínculo matrimonial, las esposas están obligadas a ocuparse en las cosas del mundo y a buscar los medios de agradar a sus maridos. (San Agustín. La bondad del matrimonio. Capítulo XI, 13)

  • La virgen que sólo agrada al Señor debe anteponerse a la mujer casada

Hay un tipo de virgen que justamente hay que anteponer a la mujer casada. Es aquella que no se exhibe ante la multitud de hombres buscando entre ellos uno que la ame, ni se acicala para él una vez que lo ha hallado, poniendo su mente en cosas mundanas, esto es, en cómo agradar al marido (1Co 7,34); es aquella que de tal manera se ha enamorado del más bello de los hijos de los hombres (Sal 44,3)que, al no poder concebirlo en su carne como María, tras haberlo concebido en su corazón, le reservó la integridad de su cuerpo. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XI)

  • La pureza conyugal debe ceder ante la virginidad que es anticipo de la vida angélica

Con todo, cuanto he indicado son tareas que se quedan en el ámbito de lo humano; en cambio, la integridad virginal y el abstenerse de todo trato carnal, fruto de la continencia que nace de la piedad, es participación en la vida angélica y anticipo en la carne corruptible de la incorrupción perpetua. Ceda ante esta virginidad toda fecundidad física, toda pureza conyugal; aquélla no está en poder del hombre, ésta no se encuentra en la vida eterna; el libre albedrío no tiene en su poder la fecundidad carnal, en el cielo no hay pureza conyugal. Efectivamente, todos los que, estando aún en la carne, posean ya algo que no es propio de ella, dispondrán, en la inmortalidad participada por todos, de algo extraordinario de que carecerán los demás. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XIII)

  • El bien de la virginidad, superior al del matrimonio

Como consecuencia de lo dicho, amonesto a cuantos y a cuantas profesan la continencia perfecta y la sagrada virginidad a que antepongan al matrimonio, aunque sin juzgarlo un mal, el bien específico de ella. Sepan que el Apóstol dijo con toda verdad, no con engaño: Quien da en matrimonio (a una joven) obra bien y quien no la da obra mejor . Y si te casas, no pecas; y si una joven se casa, tampoco peca. Y poco después: Con todo, será más dichosa si permanece como le aconsejo. Y para que nadie pensara que se trata de una declaración de valor simplemente humano añade: Pues pienso que también yo poseo el Espíritu de Dios. La enseñanza apostólica, la enseñanza auténtica y sana es esta: elegir los dones mayores, sin que resulten condenados los menores. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XVIII)

  • Dos planteamientos erróneos:tanto el equiparar el matrimonio a la virginidad consagrada como el condenarlo

Para que nadie piense que el premio de una acción buena va a ser idéntico al de otra mejor, se hizo necesario polemizar con quienes interpretan la afirmación de Apóstol: Estimo, pues, que esto es un bien en atención a los agobios del tiempo presente (1Co 7,26), en el sentido de que la virginidad es útil mirando al momento actual, no pensando en el reino de los cielos. ¡Como si quienes hubiesen elegido este bien mejor no fuesen a tener más que los otros en aquella vida eterna! Cuando en el curso de la discusión llegué a las palabras del Apóstol: Sufrirán la tribulación de la carne, pero yo soy indulgente con vosotros(1Co 7,28 ), desvié mi exposición dirigiéndola contra otros litigantes que ya no equiparan el matrimonio a la continencia perpetua, sino que lo condenan sin más. Ambos planteamientos son erróneos; tanto el equiparar el matrimonio a la virginidad consagrada como el condenarlo. Poniéndose uno en el extremo opuesto del otro, ambos errores se combaten frontalmente al rehusar mantener el término medio. Ubicados en este término medio, apoyándonos en la recta razón y en la autoridad de las Sagradas Escrituras, nosotros ni hallamos que el matrimonio sea pecado ni lo equiparamos al bien de la continencia, ya la virginal, ya, incluso, la del estado de viudez. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XIX)

  • Quienes impulsan a las vírgenes consagradas a permanecer en ese estado apoyándose en que el matrimonio ha sido condenado, más que exhortarlas, las disuaden

Llegados aquí, replicará alguien: ¿Qué tiene que ver esto con la virginidad consagrada o la continencia perpetua cuya alabanza motivó este tratado? A ése le respondo, en primer lugar, lo que mencioné anteriormente, esto es, que la mayor gloria de aquel bien superior no deriva de que evita el matrimonio como si fuera un pecado, sino de que, por conseguirla, se sobrepasa el bien que él significa. Si, al contrario, se guardase la continencia perpetua porque contraer matrimonio fuese pecado, bastaría solo con no vituperar su bien en vez de alabarlo por encima del matrimonio. En segundo lugar, puesto que a los hombres hay que exhortarlos a conseguir don tan excelente con la autoridad de la Escritura divina, no con palabrería humana, no se debe actuar a la ligera y como de paso, no sea que alguien saque la impresión de que la divina Escritura ha mentido en algún punto. Quienes impulsan a las vírgenes consagradas a permanecer en ese estado apoyándose en que el matrimonio ha sido condenado, más que exhortarlas, las disuaden. ¿Cómo pueden confiar en que es verdad lo escrito: Quien no la da en matrimonio obra mejor, si juzgan falto de verdad lo escrito inmediatamente antes: Quien entrega a su hija, aún virgen, obra bien (1Co 7,38)? Si, por el contrario, creen sin la menor duda lo que afirma la Escritura sobre el bien específico del matrimonio, correrían con fervorosa y confiada alegría al bien superior que poseen ellas, afianzadas por la misma autoridad, plenamente veraz, de la palabra divina. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XXI)

  • El matrimonio no es pecado, sin embargo, su bien específico está por debajo de la continencia

Conforme a la enseñanza sana y fiable de las Sagradas Escrituras, nosotros afirmamos que el matrimonio no es pecado y, sin embargo, ponemos su bien específico por debajo de la continencia, ya del estado virginal, ya del estado de viudez; a la vez sostenemos que los agobios del tiempo presente, propios de los casados, no les impiden merecer la vida eterna, sino la excelsa gloria y honor reservados a la continencia perpetua. Afirmamos que en el tiempo presente el matrimonio solo es útil a quienes son incapaces de guardar la continencia y que el Apóstol ni quiso silenciar la tribulación de la carne, proveniente del afecto carnal, sin el que no puede darse el matrimonio de los incapaces de contenerse, ni quiso entrar en más detalles por condescendencia con la debilidad humana. (San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo XXI)

  • La virginidad misma no merece honores por ser virginidad, sino por estar dedicada al Señor

No hay, pues, fecundidad física alguna que pueda compararse con la virginidad también física. Tampoco ésta es objeto de honra por ser virginidad, sino por estar consagrada a Dios. Aunque se practique en la carne, la guarda la piedad y devoción del espíritu. Por este motivo es espiritual incluso la virginidad física que promete y guarda la continencia por motivos de piedad. Como nadie hace un uso impuro de su cuerpo si el espíritu no ha concebido antes la maldad, así tampoco nadie guarda la pureza en su cuerpo si no ha albergado antes en su espíritu la castidad. Aunque la pureza conyugal se practica en la carne, no se le atribuye a la carne, sino al espíritu, pues, presidiendo y gobernando él, la carne misma no se une a nadie que no sea el propio cónyuge. Si esto es así, ¡cuánto más y con cuánta mayor honra no habrá que computar entre los bienes del espíritu aquella continencia por la que se ofrece, consagra y conserva la integridad de la carne al creador del espíritu y de la carne!(San Agustín. La Santa Virginidad, Capítulo VIII)

… juzga la idea de Judas que tiene Francisco

  • Demos gracias a Dios Padre y detestemos a Judas

Ya veis cuántas cosas nos ofrece Dios por medio de los hombres malos; sin embargo no les retribuirá según lo que de ellos nos ofrece a nosotros, sino conforme a su malicia. Fijaos cuántas cosas nos ha dado, derivadas de aquel enormísimo crimen de Judas el traidor. Judas entregó a la muerte al Hijo de Dios, y por su pasión fueron redimidos todos los pueblos y han conseguido la salvación. Aunque a Judas no se le pagó por la salvación del mundo, sino se le dio el suplicio por su maldad. Pues si en la entrega de Cristo no ha de tenerse en cuenta la intención de quien lo entrega, entonces Judas coincide con lo que hizo el Padre, del cual está escrito que: “No perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros como víctima y ofrenda a Dios en olor de suave fragancia”. Y también que Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella. Y sin embargo damos gracias a Dios Padre, que no perdonó a su Hijo unigénito, sino que lo entregó por nosotros, y damos gracias al mismo Hijo, que se entregó por nosotros, y en ello cumplió la voluntad del Padre; y detestamos a Judas, por cuya acción Dios nos ofreció tan inmenso beneficio, y decimos acertadamente que Dios le devolvió el pago de su iniquidad, y lo exterminó conforme a su malicia. Pues él no entregó a Cristo por nuestra salvación, sino por el dinero del contrato, aun cuando la entrega de Cristo sea nuestra redención, y su venta nuestra salvación. (San Agustín de Hipona. Comentario al Salmo 93, n. 28)

  • Judas no es digno de compasión sino de condena

¿No has oído o leído cómo, a propósito del traidor Judas, digno de condena, dice una profecía en el salmo que lo anuncia: Su oración le sea computada como pecado? (San Agustín de Hipona. Sermón 56, n. 2)

  • Cristo nos redimió con su sangre y castigó a Judas

Judas, como traidor fue castigado, y Cristo crucificado; pero nos redimió con su sangre, y castigó a Judas por haberle puesto un precio. Arrojó el precio de plata con el que había vendido al Señor, y no supo reconocer el precio por el cual era él redimido por el Señor. Esto sucedió con Judas. (Agustín de Hipona. Sermón 68, n. 11)

  • Judas no dio lugar a arrepentirse y a hacer penitencia

Sabemos que no existe ley alguna que permita quitar la vida, incluso al culpable, por iniciativa privada, y, por tanto, quien se mata a sí mismo es homicida. […] Concedamos con razón el hecho de Judas: la Verdad manifiesta que, al suspenderse de un lazo, más bien aumentó que expió la felonía de su traición. En efecto, desesperando de la divina misericordia con mortales remordimientos, cerró para sí todo camino de una penitencia salvadora. Pues bien, ¡cuánto más debe abstenerse del suicidio quien no tiene culpa alguna que castigar en tal suplicio! Porque Judas, al matarse, mató a un delincuente, y a pesar de todo acabó su propia vida no solamente reo de la muerte de Cristo, sino de la suya propia. Se suicidó por su propio crimen, pero, además, añadió un segundo crimen. (San Agustín de Hipona. Ciudad de Dios, L. I, c. 17)

… juzga la idea que tiene Francisco de que los ortodoxos tienen la misión de predicar el Evangelio de Cristo

  • Los cismáticos, por sus separaciones inicuas, rompen con la caridad fraterna

Pero los herejes, creyendo cosas falsas acerca de Dios, violan la misma fe; los cismáticos, por sus separaciones inicuas, rompen con la caridad fraterna, aunque creen lo que nosotros también creemos. Por lo cual, los herejes no pertenecen a la Iglesia católica, ya que ama a Dios, ni tampoco los cismáticos, porque también ama al prójimo. (San Agustín de Hipona. La fe y el símbolo de los Apóstoles, X)

… juzga el papel del sincretismo religioso en la misericordia que tiene Francisco

  • Dios perdona para que el pecador se corrija, no para que permanezca en la iniquidad

Pues bien, hermanos, porque tengamos un período de misericordia, no nos abandonemos, no seamos unos aprovechados, y nos digamos: “Dios siempre perdona. Hice ayer esto, y me perdonó; mañana lo haré y también me perdonará”. Así tiendes a la misericordia y no temes el juicio. Si quieres cantar la misericordia, la justicia y el juicio, sábete que te perdona para que te corrijas, no para que permanezcas en la iniquidad. No quieras atesorar ira para el día de la ira, y de la manifestación del justo juicio de Dios. (San Agustín de Hipona. Comentario al Salmo 100, n. 3)

  • En Dios ni la justicia cierra el camino a la misericordia, ni la misericordia es impedimento para la justicia

El Dios único, el que hizo el cielo y la tierra y cuida con justicia y misericordia de los asuntos humanos, de manera que ni la justicia cierra el camino a la misericordia, ni la misericordia es impedimento para la justicia. (San Agustín de Hipona. La concordancia de los evangelistas, XIV, 21)

  • No podemos desear que Dios sea misericordioso dejando de ser justo

Hermanos míos, prestad atención sobre todo a lo que voy a decir ahora. No quiero entrar a contar contigo lo pasado; cambia tu vida desde hoy; que el mañana te encuentre convertido en otro. En nuestro extravío, deseamos que Dios sea misericordioso dejando de ser justo. Otros, por el contrario, como muy confiados en su propia justicia, quieren que sea justo dejando de ser misericordioso. Dios se manifiesta de ambas maneras; destaca en ambas virtudes: ni su misericordia se opone a la justicia, ni su justicia suprime la misericordia. Es misericordioso y justo. ¿Cómo probamos que es misericordioso? Perdona ahora a los pecadores, concede el perdón a quienes se confiesan tales. ¿Cómo demostramos que es justo? Porque ha de llegar el día del juicio, que momentáneamente difiere, no suprime. Cuando llegue, ha de dar a cada uno según sus méritos. ¿O acaso queréis que dé a quienes se apartaron de él, lo que ha de dar a quienes volvieron a él? Hermanos, ¿os parece justo que Judas sea colocado en el mismo lugar que está Pedro? Allí se hallaría también él si se hubiese corregido; pero perdida la esperanza de alcanzar el perdón, prefirió atarse la soga al cuello antes que pedir clemencia al rey. Por lo tanto, hermanos ―como había comenzado a decir―, no existe motivo para reprochar nada a Dios. Cuando venga a juzgar, nada habrá que podamos alegar contra Él. Cada cual piense en sus pecados, y corríjalos ahora, mientras tiene tiempo. (San Agustín de Hipona. Comentario al Salmo 67, 3, n. 5-6)

  • Se debe invitar a los judíos a la conversión, resistiendo continuarán pecadores

Carísimos, ya escuchen esto los judíos con gusto o con indignación, nosotros, sin embargo, y hasta donde podamos, prediquémoslo con amor hacia ellos. De ninguna manera nos vayamos a gloriar soberbiamente contra las ramas desgajadas, sino más bien tenemos que pensar por gracia de quién, con cuánta misericordia y en qué raíz hemos sido injertados (Rom 11, 17-18), para que no por saber altas cosas, sino por acercarnos a los humildes, les digamos, sin insultarlos con presunción, sino saltando de gozo con temblor (Sal 2, 11): “Venid, caminemos a la luz del Señor” (Is 2, 5), porque “su nombre es grande entre los pueblos”(Mal 1, 11). Si oyeren y escucharen, estarán entre aquellos a quienes se les dijo: “Acercaos a Él y seréis iluminados, y vuestros rostros no se ruborizarán” (Sal 33, 6). Si oyen y no obedecen, si ven y tienen envidia, están entre aquellos de quienes se ha dicho: “El pecador verá y se irritará, rechinará con sus dientes y se consumirá de odio” (Sal 111, 10) (San Agustín de Hipona. Tratado contra los judíos, n. 15)

  • Sin reconocer en Cristo el Señor, los judíos están ciegos

Los judíos desprecian al Evangelio y al Apóstol, y no escuchan lo que les decimos, porque no entienden lo que leen. Y ciertamente que si entendiesen lo que había predicho el profeta a quien leen: Te he puesto para luz de los gentiles, de tal modo que seas mi salvación hasta los confines de la tierra, no estarían tan ciegos ni tan enfermos que no reconocieran en Cristo al Señor, ni la luz ni la salvación. (San Agustín de Hipona. Tratado contra los judíos, I, n.2)

  • Ningún pecador debe ser amado en cuanto es pecador

Vive justa y santamente el que estime en su valor todas las cosas. Éste será el que tenga el amor ordenado de suerte que ni ame lo que no deba amarse, ni deje de amar lo que debe ser amado, ni ame más lo que se debe amar menos, ni ame con igualdad lo que exige más o menos amor, ni ame, por fin, menos o más lo que por igual debe amarse. Ningún pecador debe ser amado en cuanto es pecador. A todo hombre, en cuanto hombre, se le debe amar por Dios y a Dios por sí mismo. (San Agustín de Hipona. Sobre la Doctrina Cristiana, L. I, c. 27, n. 28)

… juzga la idea de Francisco de mundanidad dentro de la Iglesia

  • Una familia o sociedad ordenada por la Iglesia está en perfecto orden

Tú [la Iglesia] ordenas la autoridad de los maridos sobre sus esposas, no para tratar con desprecio al sexo más débil, sino para dominarle según las leyes del más puro y sincero amor. Tú con una, estoy por decir, libre servidumbre sometes los hijos a sus padres y pones a los padres delante de los hijos con dominio de piedad. Tú, con vínculo de religión, más fuerte y más estrecho que el de la sangre, unes a hermanos con hermanos. Tú estrechas con apretado y mutuo lazo de amor a los que el parentesco y afinidad une, respetando en todo los lazos de la naturaleza y de la voluntad. Tú enseñas a los criados la unión con sus señores, no tanto por necesidad de su condición, cuanto por amor del deber. Tú haces que los señores traten con más dulzura a sus criados por respeto a su sumo y común Señor, Dios, y les haces obedecer por persuasión antes que por temor. Tú, no sólo con vínculo de sociedad, sino también de una cierta fraternidad, ligas a ciudadanos con ciudadanos, a naciones con naciones; en una palabra, a todos los hombres con el recuerdo de los primeros padres. (San Agustín de Hipona. De las costumbres de la Iglesia Católica, I, 30, 63)

… juzga la idea de Francisco de que el anuncio del Evangelio se hace sin acentos doctrinales ni morales

  • Sé inmaculado e poseerás la felicidad

¿Quién puede, pudo o podrá jamás encontrar a alguno que no quiera ser feliz? Si el que exhorta no hace más que mover la voluntad de aquel a quien persuade para que vaya en pos de lo que le sugiere […]. Luego ¿por qué se nos incita a que queramos lo que no podemos menos de querer si no es porque, deseando todos la felicidad, muchos ignoran el modo de llegar a ella? Esto, pues, es lo que enseña el que dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. Esto es como si dijese: Sé lo que quieres: buscas la bienaventuranza. Si quieres ser feliz, sé inmaculado. Todos quieren la felicidad, pero pocos los que quieren ser inmaculados, sin lo cual no se llega a conseguir lo que todos quieren. Pero ¿en dónde llegará a ser inmaculado el hombre si no es en el camino? ¿En qué camino? En el del Señor. Por esto se nos exhorta y no en vano se nos dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. (San Agustín de Hipona. Comentarios al Salmo 118, lib. III, ser. I, n. 1)

…juzga la idea del papel de la mujer en la Iglesia que tiene Francisco

  • Virgen y madre, de integridad virginal e incorrupta fecundidad

[Nuestro Señor Jesucristo] es el más hermoso de los hijos de los hombres, hijo de Santa María, esposo de la Santa Iglesia, a la que transformó en semejante a su madre. En efecto, para nosotros la hizo madre y para sí la conservó virgen. A ella se refiere el Apóstol cuando escribe: Os he unido a un solo varón para presentaros a Cristo como virgen casta. Refiriéndose a ella, dice también que nuestra madre no es la esclava, sino la libre, la abandonada que tiene más hijos que la casada. También la Iglesia, como María, goza de perenne integridad virginal y de incorrupta fecundidad. Lo que María mereció tener en la carne, la Iglesia lo conservó en el espíritu; pero con una diferencia: María dio a luz a un único hijo; la Iglesia alumbra a muchos, que han de ser congregados en la unidad por aquel hijo único. (San Agustín de Hipona. Sermón 195, n. 2)

  • La bienaventuranza de María no está en la carne sino en cumplir la voluntad de Dios

Santa María cumplió ciertamente la voluntad del Padre; y por ello significa más para María haber sido discípula de Cristo que haber sido madre de Cristo. Más dicha le aporta haber sido discípula de Cristo que haber sido su madre. Por eso era María bienaventurada, puesto que, antes de darlo a luz, llevó en su seno al maestro. Mira si no es cierto lo que digo. Mientras caminaba el Señor con la muchedumbre que le seguía, haciendo divinos milagros, una mujer gritó: ¡Bienaventurado el seno que te llevó! ¡Dichoso el seno que te llevó! Mas, para que no se buscase la felicidad en la carne, ¿qué replicó el Señor? Más bien, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la guardan. Por ese motivo, pues, era bienaventurada también María: porque escuchó la palabra de Dios y la guardó: guardó la verdad en su mente mejor que la carne en su seno. La Verdad es Cristo, carne es Cristo; Cristo Verdad estaba en la mente de María, Cristo carne estaba en el seno de María: de más categoría es lo que está en la mente que lo que se lleva en el seno. (San Agustín de Hipona. Sermón 72 A, n. 7)

… juzga la idea de Francisco de no ser necesario decir los pecados en la confesión

  • Dios no cura a los que, por vergüenza, tapan sus pecados

Que sea Dios el que cubra tus heridas, no tú. Si tú, por vergüenza, las tapas, el médico no te las curará. Que las oculte y las cure el médico; porque las tapa con el emplasto. Bajo la venda del médico la herida sanará, bajo el vendaje del enfermo se oculta la herida. ¿A quién se la ocultas? A quien todo lo sabe. (San Agustín de Hipona. Comentarios al Salmo 31, n. 12)

… juzga las actitudes de Francisco con los pecadores públicos, cambiando el protocolo Vaticano

  • La mansedumbre divina es invitación a la conversión

Abandonada sola la mujer y, tras marcharse todos, levantó sus ojos hacia la mujer. […] Por su parte, quien con lengua de justicia había repelido a sus adversarios, tras levantar hacia ella ojos de mansedumbre, le interrogó: “¿Nadie te condenó?” Respondió ella: “Nadie, Señor”. Y él: Tampoco te condenaré yo, por quien temías quizá ser castigada, porque no hallaste pecado en mí. Tampoco te condenaré yo. ¿Qué significa, Señor? ¿Fomentas, pues, los pecados? Simple y llanamente, no es así. Observa lo que sigue: Vete, en adelante no peques ya. El Señor, pues, ha condenado, pero el pecado, no al hombre. Efectivamente, si fuese fautor de pecados diría: “Tampoco te condenaré yo; vete, vive como vives; está segura de mi absolución; por mucho que peques, yo te libraré de todo castigo, hasta de los tormentos del quemadero y del infierno”. No dijo esto. […] El Señor es apacible; el Señor es longánime; el Señor es compasivo; pero el Señor es también justo, el Señor es también veraz. Se te da espacio de corrección; pero tú amas la dilación más que la enmienda. ¿Fuiste malo ayer? Hoy sé bueno. ¿Y has pasado en la malicia el día hodierno? Al menos mañana cambia. Siempre aguardas y te prometes muchísimo de la misericordia de Dios cual si quien te prometió el perdón mediante el arrepentimiento, te hubiera prometido también una vida muy larga. ¿Cómo sabes lo que parirá el día de mañana? Bien dices en tu corazón: “Cuando me corrija, Dios me perdonará todos los pecados”. No podemos negar que Dios ha prometido indulgencia a los convertidos y enmendados. Por cierto, en el profeta en que me lees que ha prometido indulgencia al corregido, no me lees que Dios te ha prometido vida larga. (San Agustín de Hipona. Tratado XXXIII sobre el Evangelio de San Juan, n. 6-7)

  • Para estar en comunión con Dios, hay que caminar en la luz

Afirmas estar en comunión con Dios, pero caminas en tinieblas; por otra parte, Dios es luz y en él no hay tinieblas, ¿cómo entonces están en comunión la luz y las tinieblas? […] Los pecados, en cambio, son tinieblas, como lo dice el Apóstol al afirmar que el diablo y sus ángeles son los que dirigen estas tinieblas. No diría de ellos que dirigen las tinieblas si no dirigiesen a los pecadores y dominasen sobre los inicuos. ¿Qué hacemos, hermanos míos? Hay que estar en comunión con Dios, pues, de lo contrario, no cabe esperanza alguna de vida eterna. […] Caminemos en la luz como también él está en la luz para que podamos estar en comunión con él. (San Agustín de Hipona. Homilía I sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 5)

  • Jesús perdona los pecados de quien quiere alcanzar la perfección

Las palabras “Él es fiel y justo para limpiarnos de toda iniquidad” podían las Sagradas Escrituras quizá dejar la impresión de que el apóstol Juan otorga la impunidad a los pecados y que los hombres podrían decir para sí: “Pequemos, hagamos tranquilos lo que queramos, pues Cristo, que es fiel y justo, nos limpia de toda iniquidad”. Para evitarlo, te quita esa seguridad dañina y te infunde un temor provechoso. Quieres tener una seguridad dañina, llénate de preocupación. Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, si estás a disgusto contigo mismo y vas cambiando hasta alcanzar la perfección. […] Pero si se infiltrase el pecado, como resultado de la debilidad de la vida, préstale atención al instante, desagrádete al instante, condénalo inmediatamente. Y una vez que lo hayas condenado, llegarás confiado a la presencia del juez. (San Agustín de Hipona. Homilía I sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

  • No hay que juntarse a los que son pecadores públicos o de mala fama

Quien entienda los testimonios de las Escrituras sobre la mezcolanza, tanto presente como futura, de buenos y malos en la Iglesia, de manera que hay que relajar, y aun omitir totalmente la severidad y la vigilancia de la disciplina, no sólo es un ignorante de los libros sagrados, sino un iluso de su propia opinión. Porque ni siquiera Moisés, el siervo más pacato de Dios, toleraba semejante mezcolanza en su pueblo primitivo, y hasta castigó con la espada a no pocos. Y el sacerdote Finees clavó con la lanza vengadora a los adúlteros sorprendidos juntos. Es ejemplo de lo que hay que hacer en este tiempo, por medio de la degradación y de la excomunión, una vez que la espada visible ha cesado en la disciplina de la Iglesia. […] De cualquiera de los dos modos que se entienda: como corrección severa de los malvados con la excomunión de la Iglesia, o como llamada de atención personal, quitando de sí mismo la maldad, no hay ambigüedad alguna cuando manda no juntarse con aquellos hermanos que tienen alguno de los vicios descritos, esto es, que son pecadores públicos y de mala fama. (San Agustín de Hipona. La fe y las obras, II, 3)

… juzga la idea de que Cristo se manchó por el pecado, que tiene Francisco

  • La serpiente de bronce ofrecía vida temporal, Cristo ofrece la vida eterna

¿Qué son las serpientes mordedoras? Los pecados nacidos de la condición mortal de la carne. ¿Qué es la serpiente levantada? La muerte del Señor en la cruz. Efectivamente, porque la muerte viene de la serpiente, fue figurada mediante la efigie de una serpiente. Letal el mordisco de la serpiente; vital la muerte del Señor. Se presta atención a la serpiente, para que la serpiente no tenga fuerza. […] Mientras tanto, hermanos, para ser sanados del pecado, miremos de momento a Cristo crucificado, porque como Moisés, afirma, levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Como quienes miraban la serpiente no perecían por las mordeduras de las serpientes, así también quienes con fe miran la muerte de Cristo son sanados de las mordeduras del pecado. Pero para una vida temporal eran sanados de la muerte aquéllos; éste, en cambio, dice: Para que tengan vida eterna. De hecho, esta diferencia hay entre la imagen figurada y la realidad misma: la figura ofrecía vida temporal; la realidad misma, de la que era la figura, ofrece vida eterna. (San Agustín de Hipona. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, XII, 11)

  • El que no tiene pecado nos amó hasta sufrir lo que habían merecido nuestros pecados

Esta Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros. […] Así el inmortal pudo morir, así pudo dar su vida a los mortales; y hará que más tarde tengan parte en su vida aquellos de cuya condición él primero se había hecho partícipe. Pues nosotros, por nuestra naturaleza, no teníamos posibilidad de vivir, ni él, por la suya, posibilidad de morir. Él hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio: tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de la suya la posibilidad de vivir. Por tanto, no sólo no debemos avergonzarnos de la muerte de nuestro Dios y Señor, sino que hemos de confiar en ella con todas nuestras fuerzas y gloriarnos en ella por encima de todo: pues al tomar de nosotros la muerte, que en nosotros encontró, nos prometió, con toda su fidelidad, que nos daría en sí mismo la vida que nosotros no podemos llegar a poseer por nosotros mismos. Y si aquel que no tiene pecado nos amó hasta tal punto que por nosotros, pecadores, sufrió lo que habían merecido nuestros pecados, ¿cómo, después de habernos justificado, dejará de darnos lo que es justo? Él, que promete con verdad, ¿cómo no va a darnos los premios de los santos, si soportó, sin cometer iniquidad, el castigo que los inicuos le infligieron? Confesemos, por tanto, intrépidamente, hermanos, y declaremos bien a las claras que Cristo fue crucificado por nosotros: y hagámoslo no con miedo, sino con júbilo, no con vergüenza, sino con orgullo. (San Agustín de Hipona. Sermón Güelferbitano 3)

… juzga la idea de “conversión del papado” que tiene Francisco

  • La Iglesia no cae porque está cimentada sobre Pedro

Te daré las llaves del reino de los cielos y cualquier cosa que hayas atado sobre la tierra estará ligada también en los cielos, y cualquier cosa que hayas soltado sobre la tierra estará suelta también en los cielos” (Mt 16, 19), significaba a la Iglesia universal, a la que en este siglo sacuden pruebas diversas, a modo de aguaceros, ríos, tempestades, mas no se cae, porque está cimentada sobre la piedra de donde Pedro tomó el nombre. (San Agustín de Hipona. Tratados sobre el Evangelio de Juan, 124, 5)

  • En el nombre de Pedro está figurada la Iglesia

Y lo llevó a Jesús. Ahora bien, Jesús dijo mirándolo: Tú eres Simón, el hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, nombre que se traduce “Pedro”. […] Pedro viene de piedra y piedra es la Iglesia; en el nombre de Pedro, pues, está figurada la Iglesia. (San Agustín de Hipona. Tratado sobre los evangelios de Juan, 7)

  • En Pedro habéis de reconocer a la Iglesia

Vemos que en Pedro se nos insinúa la piedra. El apóstol Pablo dice del primer pueblo: Bebían de la piedra espiritual que los seguía, pero la piedra era Cristo. Así, pues, este discípulo, Pedro, recibe su nombre de la piedra, como el cristiano de Cristo. ¿Por qué he querido comenzar diciéndoos estas cosas? Para indicaros que en Pedro habéis de reconocer a la Iglesia. (San Agustín de Hipona. Sermón 229)

… juzga la idea que Francisco tiene de San Juan Bautista

  • El mismo Jesús dijo que no hubo varón mayor nacido de mujer que Juan Bautista. ¿Qué otra cosa podría decir Él que la verdad?

Acerca de Juan el Bautista, no el Evangelista, de quien celebramos el día grande de su nacimiento, tenemos un gran testimonio del mismo Señor. Habla de él nuestro Salvador, señor suyo y nuestro. ¿Qué otra cosa puede decir que la verdad? Entre los nacidos de mujer no ha surgido otro mayor que Juan Bautista. He aquí de quién es la solemnidad que celebramos hoy: de aquel mayor que el cual no surgió otro entre los nacidos de mujer. (San Agustín. Sermón 293D)

  • Juan Bautista, ejemplo de humildad. Le hubiera muy fácil sido pasar por Cristo delante de la muchedumbre, pues todos pensaban eso. Pero su grandeza viene justamente por haber confesado la verdad

Retened en la memoria, conservad en ella el testimonio antes mencionado del Señor acerca de Juan, a saber: que entre los nacidos de mujer no ha surgido otro mayor que Juan Bautista. Eso es lo que dijo Jesús sobre Juan; ¿qué dijo Juan de Jesús? Antes que nada, ved cómo se cumplía el testimonio del Señor acerca de Juan. […] considerad qué fácil le hubiera sido abusar del error de los hombres y presumir de ser el Cristo. No lo hizo, y con razón es grande; es más poderoso confesando que relinchando de soberbia. ¿Acaso necesitaba persuadirles de que él era el Cristo? Eso ya lo pensaban ellos; sólo tendría que confirmar lo que ellos opinaban; presentándose como lo que no era, les engañaría acerca de lo que era. ¿Dónde estaría si hubiese obrado así? Vosotros enviasteis una embajada a Juan, dijo el Señor Jesús a los judíos; él era la lámpara que arde y alumbra, y vosotros quisisteis regocijaros por un rato en su luz. Yo, sin embargo, tengo un testimonio mayor que Juan. Buena lámpara; con razón se refugia bajo los pies de la piedra para que no la apague el viento de la soberbia. (San Agustín.Sermón 293D)

  • La vida de Juan Bautista es el más bello testimonio de sublime humildad

Antes de Juan hubo profetas; hubo muchos, grandes y santos, dignos y llenos de Dios, anunciadores del Salvador y testigos de la verdad. Sin embargo, de ninguno de ellos pudo decirse lo que se dijo de Juan: Entre los nacidos de mujer, no ha habido ninguno mayor que Juan el Bautista ¿Qué significa esta grandeza enviada delante del Grande? Es un testimonio de sublime humildad. Era, en efecto, tan grande que podía pasar por Cristo. Pudo Juan abusar del error de los hombres y, sin fatiga, convencerles de que él era el Cristo, cosa que ya habían pensado, sin que él lo hubiese dicho, quienes lo escuchaban y veían. No tenía necesidad de sembrar el error; le bastaba con confirmarlo. Pero él, amigo humilde del esposo, lleno de celo por él, sin usurpar adúlteramente la condición de esposo, da testimonio a favor del amigo y confía la esposa al que es el auténtico esposo. Para ser amado en él aborreció el ser amado en lugar de él. […] Aquí aparece con toda evidencia la grandeza de Juan. Pudiendo pasar por Cristo, prefirió dar testimonio de Cristo y encarecerlo a él; humillarse antes que usurpar su persona y engañarse a sí mismo. Con razón se dijo de él que era más que un profeta. (San Agustín. Sermón 288)

  • Para dar testimonio de aquel que no era sólo hombre, sino también Dios habría que ser un hombre sin igual

“Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. Este vino para que diese testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, pero vino para dar testimonio de la luz”. Un hombre tan grande debió dar testimonio de aquel que no era sólo hombre, sino también Dios, para que entre los nacidos de mujer nadie surgiera mayor que Juan Bautista. De ese modo, aquel sobre quien daba testimonio Juan, más grande que los demás, era mayor precisamente porque no era sólo hombre, sino también Dios. Juan era, pues, también luz, pero una luz tal, cual el mismo Señor proclamó al decir: Él era una lámpara ardiente y brillante. (San Agustín. Carta 140, n.7)

  • Son tan grandes las virtudes de San Juan Bautista que hasta San Agustín decía que era imposible expresarlas todas

Son muchas las cosas que pueden decirse del santo Juan el Bautista; pero ni yo basto para expresarlo ni vosotros para escucharlo.  (San Agustín. Sermón 293D)

  • Juan no halló motivo de escándalo en Cristo

Qué significa, entonces, el que le enviase sus discípulos Juan, preso en la cárcel para ser ajusticiado ya, y les indicase: Id y decidle: ¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro? ¿A eso se reduce toda la alabanza? ¿La alabanza se ha convertido en duda? ¿Qué dices, Juan? ¿A quién hablas? ¿Qué hablas? Hablas al juez y hablas como pregonero. Tú extendiste el dedo, tú lo mostraste, tú dijiste: He ahí el cordero de Dios, he ahí el que quita los pecados del mundo. Tú dijiste: Nosotros hemos recibido de su plenitud Tú dijiste: No soy digno de desatar la correa de su calzado ¿Y ahora dices: Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro? ¿No es el mismo? ¿Y tú quién eres? ¿No eres tú su precursor? ¿No se predijo de ti: He ahí que envío mi ángel delante de ti, y preparará tu camino? ¿Cómo preparas el camino, si te desvías de él? “Llegaron, pues, los discípulos de Juan y el Señor les dijo: Id y decid a Juan: los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, a los pobres se les anuncia la buena noticia, y dichoso el que no halle en mí motivo de escándalo”. No sospechéis que Juan halló motivo de escándalo en Cristo. Y, no obstante, ese parece ser el tenor de las palabras: ¿Eres tú el que vienes? Pregunta a las obras: los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia la buena noticia, y dichoso el que no halle en mí motivo de escándalo, ¿y preguntas si soy yo? Mis palabras —dice— son mis obras. Id y contadle. (San Agustín. Sermón 66)

  • Antes de morir, Juan quiso que Cristo confirmara a sus discípulos en la fe

 Después que partieron ellos… Para evitar que, tal vez, alguien dijera: «Juan era antes bueno, pero el Espíritu de Dios lo abandonó», dijo estas cosas después de partir ellos; después que partieron los enviados por Juan, fue cuando Cristo alabó a Juan. […] como los discípulos de Juan estimaban tanto a su maestro Juan, oían el testimonio de Juan sobre Cristo y se quedaban maravillados; de ahí que, antes de morir, quiso que Cristo los confirmara. Sin duda, ellos comentaban entre sí: «éste (Juan) dice de él esas cosas realmente extraordinarias, pero él (Cristo) no las dice de sí mismo». Id y decidle, no porque yo dude, sino para instrucción vuestra. Id y decidle; lo que yo suelo deciros, oídselo a él; habéis oído al pregonero, oíd ahora la confirmación al juez. Id y decidle: ¿Eres tú el que vienes o tenemos que esperar a otro? Fueron y lo dijeron; pensando en ellos mismos, no en Juan. Y pensando en ellos dijo Cristo: Los ciegos ven, los sordos oyen, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia la buena noticia. Ya me veis, reconocedme. Veis los hechos, reconoced a su autor. Y bienaventurado quien no halle en mí motivo de escándalo. Y me refiero a vosotros, no a Juan. (San Agustín. Sermón 66)

… juzga la idea que tiene Francisco de dialogar con el mundo

  • La vida de las ovejas depende del ejemplo de los pastores

Después de haber indicado lo que aman estos pastores, señala también lo que descuidan. Los males de las ovejas están a la vista: las sanas y gordas, es decir, las que se mantienen firmes en el alimento de la verdad y usan bien de los pastos, don del Señor, son poquísimas. Pero aquellos malos pastores no las perdonan. Les parece poco no preocuparse de las enfermas, débiles, descarriadas y perdidas; en cuanto depende de ellos, matan también a estas fuertes y gordas. Estas viven por la misericordia de Dios; con todo, por lo que se refiere a los malos pastores, las matan. “¿Cómo —dices— las matan?” Viviendo mal, dándoles mal ejemplo. ¿O acaso se dijo en vano a un siervo de Dios, eminente entre los miembros del supremo pastor: Sé para todos dechado de buenas obras (Tit 2, 7) y: Sé un modelo para los fieles (1 Tim 4, 12)? Una oveja, aunque sea de las fuertes, ve frecuentemente que vive mal el que está al frente de ella; si aparta sus ojos de las normas del Señor y los pone en el hombre, comienza a decir en su corazón: “Si el que está al frente de mí vive de esta forma, ¿quién soy yo para no hacer lo que él hace?” Mata a la oveja fuerte. Si, pues, mata a la oveja fuerte, ¿qué hará con las otras, él, que con su mala vida mató a la que él no había robustecido, sino que la había encontrado ya fuerte o robusta? Digo y repito a vuestra caridad: aunque las ovejas estén vivas, aunque se mantengan firmes en la palabra del Señor y cumplan lo que oyeron a su Señor: Haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen (Mt 23, 3), con todo, quien en presencia del pueblo vive mal, en cuanto de él depende, da muerte al que le ve. No se lisonjee pensando que ese no está muerto. Aunque el otro viva, él es un homicida. Sucede lo mismo que cuando un lascivo mira a una mujer casada deseándola: ésta se mantiene casta, pero él es ya un adúltero. La afirmación del Señor es verdadera y rotunda: Quien mire a una mujer casada deseándola, ya cometió adulterio en su corazón (Mt 5, 28). No llegó al lecho de ella, pero ya se solaza en el suyo interior. De igual manera, quien vive malvadamente en presencia de aquellos a cuyo frente está, en cuanto de él depende, mató también a las ovejas fuertes. Quien le imita, muere; quien no le imita, sigue con vida. Sin embargo, en cuanto depende de él, ha dado muerte a uno y otro. Habéis sacrificado la gorda, y no apacentáis a mis ovejas (Ez 34, 4). (San Agustín de Hipona. Sermón 46 sobre los pastores, n. 9)

… juzga la idea de Francisco de que dentro de otros cultos se obtienen beneficios espirituales y se da gloria a Dios

  • No puede hacer ayuno agradable a Dios el que desgarra los miembros de Cristo

La eficacia de nuestro ayuno se apoya en la fe de Cristo. Para nosotros, el fin de nuestros ayunos está en nuestro camino. ¿Cuál es nuestro camino y a dónde vamos? Eso es lo que debemos considerar. Porque también los paganos ayunan a veces, pero ellos no conocen la patria adonde nosotros nos dirigimos. También los judíos ayunan de cuando en cuando, y ellos tampoco han tomado el camino por el que nosotros caminamos. Esto es igual al jinete que doma su caballo con el que se extravía. Los herejes ayunan; yo veo de qué modo caminan, y me pregunto: ¿a dónde caminan? Ayunáis para agradar ¿a quién? A Dios, responden. ¿Creéis que Él recibe vuestra ofrenda? Fíjate antes qué es lo que dice: Deja tu ofrenda, y vete primero a reconciliarte con tu hermano (Mt 5, 24). ¿Es que gobiernas rectamente tus miembros, tú que desgarras los miembros de Cristo? (cf. 1 Cor 6, 11). Se oye entre gritos vuestra voz, dice el profeta; y apremiáis a los que son vuestros servidores, y los herís a puñetazos. No ayunéis como ahora, dice el Señor (Is 58, 4-5). Luego sería reprobado tu ayuno cuando te mostrases severo sin piedad para con tu servidor, y ¿va a ser aprobado tu ayuno cuando no reconoces a tu hermano? Yo no pregunto de qué alimentos te abstienes, sino qué alimento amas. Dime qué alimento amas para que apruebe que tú te abstienes de él. ¿Tú amas la justicia? Apasionadamente la amo, respondes. Entonces, que se vea tu justicia. Porque creo que es justo que tú sirvas al mayor para que el menor te sirva a ti. En efecto, estamos hablando de la carne, que es menor que el espíritu, y que cuando es domada y gobernada está sumisa. Obras con ella de modo que te obedezca, y le controlas el alimento porque quieres que te esté sujeta a ti. Reconoce al que es mayor, reconoce al que es superior, para que el inferior te obedezca a ti justamente. (San Agustín de Hipona. La utilidad del ayuno, V, 7)

  • El ayuno es elemento para unirse a los ángeles y distanciarse de los infieles

Los hombres de fe, separados cordialmente de la turba de los infieles, y levantados hacia Dios, a quienes se dice: ¡Arriba el corazón!, portadores de otra esperanza (cf. Rom 8-23-24), y conscientes de que son peregrinos en este mundo (cf. 2 Cor 5, 6-7), ocupan un lugar intermedio: no hay que compararlos ni con los que no piensan en otro bien que en gozar de las delicias terrenas (cf. Sal 31, 9; Sal 48, 21), ni todavía con los habitantes superiores del cielo, cuyas delicias son el Pan mismo, que ha sido su Creador. Los primeros, como hombres inclinados a la tierra, que sólo reclaman a la carne el pasto y la alegría, se parecen a las bestias, muy distantes de los ángeles por su condición y costumbres: por su condición, porque son mortales; por sus costumbres, porque son sensuales. […] Por tanto, debemos reglamentar nuestros ayunos. No es, como he dicho, una obligación de los ángeles, y menos el cumplimiento de los que sirven a su vientre (cf. Flp 3, 19); es un término medio en el cual vivimos lejos de los infieles, codiciando estar unidos a los ángeles. […] Por tanto, si la carne, inclinándose hacia la tierra, es peso del alma y lastre que dificulta su vuelo, cuanto más uno se deleite con la vida superior, tanto más aligera el lastre terreno de su vida. Y eso es lo que hacemos al ayunar. (San Agustín de Hipona. La utilidad del ayuno, 2)

… juzga la idea modernista de Francisco de que la fe se construye y no se recibe

  • Es más decoroso creer en la enseñanza de los santos y profetas inspirados

¿No es mucho más decoroso creer lo que nos enseñaron los santos y veraces ángeles, los profetas que nos hablaron inspirados por el Espíritu de Dios, lo que nos enseñó el mismo a quien anunciaron como Salvador sus heraldos, los mismos apóstoles, sus enviados, que divulgaron el Evangelio por toda la tierra? (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, lib. X, cap. 30)

… juzga la idea de Francisco de que Dios no condena nunca

  • Para alcanzar el cielo es menester vivir santamente

Sabiendo, pues, que han tomado ocasión más que inicuamente de algunas frases difíciles del Apóstol Pablo para no preocuparse de vivir bien, como muy seguros de la salvación que consiste en la fe, [Pedro] recordó que en sus cartas hay pasajes difíciles de entender, que interpretan mal los hombres, como también otras Escrituras, para su propia perdición, diciendo el gran Apóstol lo mismo que los demás Apóstoles acerca de la salvación eterna; que no se otorga sino a los que vivan bien. (San Agustín de Hipona. De la fe y las obras, 14, 22)

  • Observar los mandamientos es condición para la salvación

La tercera cuestión es la más peligrosa, de la cual, por haber sido poco estudiada e investigada, no según la divina palabra, me parece a mí que ha salido toda esta opinión, en la que se promete a los que viven perversísima y perdidamente, que aunque perseveren en ese modo de vivir, y con tal de que crean solamente en Cristo, y reciban sus sacramentos, que van a llegar a la salvación y a la vida eterna, contra la sentencia clarísima del Señor que responde al que desea la vida eterna: Si quieres llegar a la vida, guarda los mandamientos; y recordó qué mandamientos, a saber: aquellos que evitan los pecados, a quienes no sé cómo se les promete la salvación eterna por la fe, que sin obras es muerta. (San Agustín de Hipona. De la fe y las obras, 27, 49)

  • Los que creyeron en Cristo en vano e inútilmente, estarán con los malos

Vendrá, efectivamente, en la claridad de su poder (cf. Mt 25, 31ss; 16, 27) el que antes se había dignado venir en la humildad de su humanidad. Y separará a todos los buenos de los malos, es decir, no sólo los que no quisieron creer en él expresamente, sino también los que creyeron en él en vano e inútilmente: a los buenos les dará un reino eterno en su compañía, y a los malos un castigo sin fin al lado del demonio (cf. Mt 25, 31-46). (San Agustín de Hipona. La catequesis a principiantes, II, 24, 45)

… juzga la idea de gracia que tiene Francisco

  • Hechos hijos de Dios, dioses y coherederos con Cristo

“Sois dioses e hijos del Altísimo todos; pero vosotros moriréis como los hombres, y caeréis como cualquier príncipe” (Sal 81, 6-7). Está claro que ha llamado dioses a los hombres, deificados por su gracia, pero no nacidos de la naturaleza divina. Él es quien justifica, ya que es justo por sí mismo, no por otro; y es él quien deifica, ya que es Dios por sí mismo, no por la participación de alguien. El que justifica, es el mismo que deifica: al justificarlos, los hace hijos de Dios. Les dio el poder ser hijos de Dios (Jn 1, 12). Si se nos ha hecho hijos de Dios, también se nos ha dado la categoría de dioses; pero esto es por generosidad del que adopta, no por naturaleza del que engendra. Sólo hay un Dios—Hijo de Dios, un solo Dios con el Padre, que es el Señor y Salvador nuestro, Jesucristo, la Palabra existente desde el principio, la palabra junto a Dios, la Palabra Dios. El resto de los que llegan a ser dioses, no nacen de su naturaleza, de forma que sean lo mismo que él, sino que fue una merced suya el llegar a él, y ser coherederos de Cristo. Tan grande fue la caridad del Heredero, que quiso tener coherederos. ¿Qué hombre avaro quiere tener coherederos? Y si encontramos a alguien que quiera tenerlos, se beneficia menos, al tener que dividir la herencia con los otros, que si sólo él la recibiera. Pero la herencia por la que somos coherederos con Cristo no disminuye por la abundancia de herederos. No; heredan lo mismo, sean muchos o sean pocos, sea uno sólo o sean muchos. (San Agustín de Hipona. Comentario al Salmo XLIX, n.2)

  • Por la gracia somos limpios de la mancha del pecado y llevados a la plenitud de la perfección

Se nos ha concedido la gracia por el Mediador para que, manchados por la carne del pecado, quedáramos limpios por la semejanza de la carne de pecado. Por esta gracia de Dios, en que mostró gran misericordia en nosotros, somos gobernados mediante la fe en esta vida, y después de esta vida seremos llevados, por la misma forma de verdad inconmutable, a la plenitud de la perfección. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios contra paganos, L. X, c. XXII, n.1)

  • Fuera de la gracia nadie puede vivir santamente

Hay dos maneras de ayuda. La primera es aquella sin la cual no se puede ejecutar aquello para lo que es ayuda: así, nadie puede navegar sin nave, ni hablar sin palabras, ni andar sin pies, no ver sin luz, y otras cosas por el estilo, como, por ejemplo, que sin la gracia de Dios nadie puede vivir santamente. (San Agustín de Hipona. Actas del proceso a Pelagio, c. 1, n. 3)

  • El real y único camino para la liberación del alma

Ésta es la religión que posee el camino para la liberación del alma; por ningún otro fuera de éste puede alcanzarla. Éste es, en cierto modo, el camino real, único que conduce al reino, que no ha de vacilar en la cima del tiempo, sino que permanecerá seguro con la firmeza de la eternidad. […] ¿Qué otro camino universal hay para librar al alma, sino aquel en que se liberan todas las almas, y por esto sin él no se libera ninguna? […] ¿Qué camino universal puede ser éste, sino el que se comunicó por Dios, no como algo particular para cada pueblo, sino común a todas las gentes? No duda un hombre dotado de brillante ingenio que exista ese camino, pues no cree que pudo la Divina Providencia dejar al género humano sin este camino universal de liberación del alma. […] He aquí, por tanto, el camino universal para la liberación del alma […] la gracia de Dios. […] Este camino purifica a todo hombre, y de todas las partes de que nos consta prepara al mortal para la inmortalidad. […] Fuera de este camino, que, en parte cuando se predecían estas cosas futuras, en parte cuando se anunciaban ya hechas, nunca faltó al género humano, nadie se liberó, nadie se libera, nadie se liberará. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios contra paganos, L. X, c. 32, n.1-2)

  • Los malos se hacen peores si resisten a la gracia

Alguien podrá decir: “Este divino favor, ¿por qué ha alcanzado también a los impíos e ingratos?” ¿Por qué ha de ser, sino porque lo brindó quien hace salir diariamente el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores? (cf. Mt 5, 45). Sí, habrá algunos que, cayendo en la cuenta de esto, se corrijan con dolor de su impiedad, y otros que, despreciando, como dice el Apóstol, las riquezas de bondad, y de tolerancia de Dios, con la dureza de su corazón impenitente están almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revele el justo juicio de Dios, que pagará a cada uno según sus obras (cf. Rom 2, 4-6). (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios contra paganos, L. I, c. VIII, n.1)

  • La gracia del Señor obra poderosamente en nuestras voluntades

“Salva a tu pueblo, bendice a tu heredad y rígelos y ensálzalos eternamente” (Sal 27, 29). Como si dijera: No vengan a ser, si se rigen por su propia voluntad sin la acción de Dios, como ovejas sin pastor, lo cual Dios no permita. No hay duda que más es ser movido que ser regido, porque quien es regido obra algo, bien que sea por Dios para obrar el bien; mientras que apenas concebimos acción alguna en el que es movido. Pues bien, tan poderosamente obra la gracia del Salvador en nuestras voluntades, que el Apóstol no vacila en decir: “Cuantos son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rom 8, 14). Nada más provechoso para nuestra libre voluntad que dejarse mover por quien no puede mover sino santamente, y cuando esto hicieren, tengamos por cierto que nuestra libertad ha sido ayudada para obrar por aquel de quien dice el salmo: “Dios, piadoso conmigo, me preservará con su favor” (Sal 58, 11). (San Agustín de Hipona. Actas del proceso a Pelagio, cap. 3, n. 5)

  • No resistiendo al toque de la gracia, San Agustín se convierte

¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! (sero te amavi…). Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz. (San Agustín de Hipona. Las confesiones, L. X, cap. XXVII, n. 38)

  • Quien conoce la verdad, conoce la luz de la gracia

Alertado por aquellos escritos que me intimaban a retornar a mí mismo, entré en mi interior guiado por ti; y lo pude hacer porque tú te hiciste mi ayuda. Entré y vi con el ojo de mi alma, comoquiera que él fuese, sobre el mismo ojo de mi alma, sobre mi mente, una luz inmutable, no esta vulgar y visible a toda carne ni otra cuasi del mismo género, aunque más grande, como si ésta brillase más y más claramente y lo llenase todo con su grandeza. No era esto aquella luz, sino cosa distinta, muy distinta de todas éstas. Ni estaba sobre mi mente como está el aceite sobre el agua o el cielo sobre la tierra, sino estaba sobre mí, por haberme hecho, y yo debajo, por ser hechura suya. Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad. La caridad es quien la conoce. (San Agustín de Hipona. Las confesiones, L. VII, cap. X, n. 16)

  • Para aceptar la verdad de la gracia se necesita humildad

¡Oh, sí hubieses conocido la gracia de Dios por Nuestro Señor Jesucristo, y hubieras podido ver que su misma encarnación, en la que tomó el alma y el cuerpo del hombre, es la manifestación suprema de la gracia! Pero ¿qué puedo hacer? Sé que hablo inútilmente a un muerto, en lo que se refiere a ti. Quizá no inútilmente en cuanto a los que tanto te estiman y te aman tal vez por cierto amor de la sabiduría o curiosidad de las artes, que no debiste aprender, a quienes más interpelo en este discurso que te dirijo a ti. La gracia de Dios no pudo ser encarecida más gratuitamente que haciéndose hombre el Hijo de Dios sin dejar su inmutabilidad y dando a los hombres la esperanza de su amor, sirviendo el hombre de intermedio, mediante el cual lleguen los hombres a Él, que por su inmortalidad está tan lejos de los mortales, de los mudables por su inmutabilidad, de los impíos por su justicia, de los miserables por su felicidad. Y como por la misma naturaleza nos infundió el deseo de la inmortalidad, permaneció Él feliz y tomando al mortal, para darnos lo que amamos, nos enseñó con sus sufrimientos a menospreciar lo que tememos. Pero para poder vosotros aceptar esta verdad se necesitaba la humildad, que es muy difícil persuadir a vuestra cerviz.(San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios contra paganos, L. X, c. XXIX, n.1-2)

… juzga la idea de Francisco de que las diferencias entre católicos y protestantes son meramente de interpretación

  • Los sacramentos edifican la Iglesia

Así como en el principio del género humano se le quitó una costilla al costado del varón para hacer a la mujer, era conveniente que en tal hecho se simbolizase proféticamente a Cristo y a la Iglesia. En efecto, aquel sopor del varón (Gen 2, 21) significaba la muerte de Cristo, cuyo costado fue atravesado pendiente aún en la cruz después de muerto, de donde salieron sangre y agua (Jn 19, 36). Que es la figura de los sacramentos con que se edifica la Iglesia. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, L. XXII, cap. XVII)

  • Es propio del error interpretar inútilmente los signos instituidos por Dios

Es esclavo de los signos el que hace o venera alguna cosa significativa, ignorando lo que signifique. El que hace o venera algún signo útil instituido por Dios, entendiendo su valor y significación, no adora lo que se ve y es transitorio, sino más bien aquello a que se han de referir todos estos signos. […] Mas en este tiempo, cuando por la resurrección de nuestro Señor Jesucristo brilló clarísimo el signo de nuestra libertad, no estamos ya oprimidos con el grave peso de aquellos signos cuya inteligencia tenemos, sino que el mismo Señor y la enseñanza apostólica nos transmitieron unos pocos entre tantos antiguos, y estos facilísimos de cumplir, sacratísimos en su significación y purísimos en su observancia, como son el sacramento del bautismo y la celebración del cuerpo y la sangre del Señor. Cualquiera que los recibe bien instruido sabe a qué se refiere, de modo que no los venera con carnal servidumbre, sino más bien con la libertad espiritual. Así como seguir materialmente la letra y tomar los signos por las cosas que significan denota debilidad servil, así interpretar inútilmente los signos es propio del error miserablemente libre. […] Mejor es verse agobiado por signos desconocidos pero útiles, que no, interpretándolos inútilmente, enredar en los lazos del error la cerviz que salió del yugo de la servidumbre. (San Agustín de Hipona. Sobre la doctrina cristiana. L. 3, cap. 9, n. 13)

  • En la Iglesia Católica es donde se recibe legítimamente el bautismo

Quien pudiendo recibir el bautismo en la propia Iglesia Católica, elige perversamente ser bautizado en el cisma, aunque piense luego tornar a la Católica, por estar seguro de que en ella produce fruto el sacramento, que en otra parte se recibe válidamente sin provecho alguno, ese tal es un perverso y un inicuo, sin lugar a dudas, tanto más pernicioso cuanto más a sabiendas obra. No duda en absoluto de que en la Iglesia católica es donde se recibe legítimamente, como no duda de que es allí donde produce fruto lo que se recibe en otra parte. Afirmamos sin dudarlo estos dos puntos: en la Iglesia católica existe el bautismo, y sólo en ella es donde se recibe legítimamente. […] Puede suceder que alguien no comprenda cómo afirmamos que puede administrarse allí el sacramento y, sin embargo, no recibirse lícitamente. Considere que no afirmamos siquiera su licitud, como la admiten incluso los que entre ellos se apartan de la comunión. Sobre lo cual podemos acudir a la comparación de la señal corporal en la milicia, que pueden mantener y recibir aun fuera de la milicia los desertores, pero que no debe ser mantenida ni recibida fuera de ella; y, sin embargo, no se debe cambiar ni retirar si el soldado desertor vuelve a la milicia. (San Agustín de Hipona. Tratado sobre el bautismo, cap. II-III, n. 3-4)

  • Es una impiedad recibir el bautismo de Cristo fuera de la comunión del Cuerpo de Cristo

El motivo de los que incautamente caen en los lazos de estos herejes, pensando que son la Iglesia de Cristo, es diferente del que tienen los que saben que no hay otra Iglesia católica que la que, a tenor de la promesa recibida está difundida por toda la tierra y se extiende hasta sus confines y, creciendo entre la cizaña y aspirando al descanso futuro en medio de la pesadumbre de los escándalos, dice en el salmo: Desde el confín de la tierra clamo a ti cuando se angustia mi corazón. Me levantaste sobre la roca (Sal 60, 30). Pero esta roca era Cristo; y en ella -dice el Apóstol- hemos resucitado nosotros y estamos en el cielo, no todavía en la realidad, sino en la esperanza. Por eso continúa en el salmo diciendo: Dame el reposo, pues tú eres mi refugio, la torre fortificada frente al enemigo (Sal 60, 3-4). Con aquellas promesas, como con dardos y lanzas en torre bien defendida, no sólo se está en guardia, sino también se derrota al enemigo, que viste a sus lobos con piel de ovejas para que clamen: Mira, aquí está el Mesías, míralo, allí está (Mt 24, 23), y aparten así del conjunto de la ciudad universal establecida sobre el monte a muchos fieles, los atraigan a los lazos de sus asechanzas y los devoren después de degollarlos; y aun conociendo esto, prefieren recibir el bautismo de Cristo fuera de la comunión del Cuerpo de Cristo, para trasladarse luego a la misma comunión con lo que hayan recibido en otra parte. Es decir, a ciencia y conciencia van a recibir contra la Iglesia de Cristo su propio bautismo, al menos el mismo día que lo reciben. Si esto es una impiedad, ¿hay alguien que pueda decir: Permítaseme un solo día cometer una impiedad? Si tiene intención de pasarse a la Católica, yo le preguntaría la causa. ¿Qué podría responderme sino que es una desgracia […] no estar en la unión católica? Ahora bien, este mal se prolongará tantos días cuantos dure el mal que haces. Y bien se puede decir que es más grave el mal de muchos días que el que dura pocos; lo que no puede decirse es que no se realiza ningún mal. Y ¿por qué se ha de realizar un mal tan detestable, no digo ya un solo día, sino ni una sola hora? Quien pretenda esto, podría pedir a la Iglesia o al mismo Dios que le concediese apostatar, aunque sólo fuera por un día. No hay motivo, en efecto, para temer ser apóstata un solo día y no temer ser un solo día cismático o hereje. (San Agustín de Hipona. Tratado sobre el bautismo, cap. IV, n. 5)

  • Cuando los herejes reciben la Eucaristía, reciben algo que testimonia en su contra

He aquí lo que habéis recibido. Ved cómo el conjunto de muchos granos se ha transformado en un solo pan; de idéntica manera, sed también vosotros una sola cosa amándoos, poseyendo una sola fe, una única esperanza y un indiviso amor. Cuando los herejes reciben este sacramento, reciben algo que testimonia en su contra, puesto que ellos buscan la división, mientras este pan les está señalando la unidad. (San Agustín de Hipona. Sermón 229, n. 2)

  • La Eucaristía se vuelve perjudicial para los herejes

El que forma parte de la unidad de ese cuerpo, es decir, el que es miembro de ese organismo integrado por los cristianos, que comulgan habitualmente del altar en el sacramento de su cuerpo, ése es de quien puede decirse que come el cuerpo de Cristo y bebe su sangre. De ahí que los herejes y cismáticos, separados de la unidad del cuerpo, pueden, sí, recibir el mismo sacramento, pero de nada les sirve; es más, se les vuelve perjudicial, porque su sentencia será mucho más rigurosa que la de una, siquiera tardía, liberación. Porque no están, de hecho, integrados con el vínculo de paz expresado en aquel sacramento. […] Finalmente, dice el mismo Cristo: El que come mi cuerpo y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él (Jn 6, 57). Aquí manifiesta lo que es comer no sólo sacramentalmente, sino realmente, el cuerpo de Cristo y beber su sangre. Esto es, en efecto, permanecer en Cristo para que Cristo permanezca en él. La frase equivale a esta otra: «El que no permanece en mí ni yo en él, que no diga ni crea que come mi cuerpo o bebe mi sangre». No permanecen, por lo tanto, en Cristo quienes no son sus miembros. Y no son miembros de Cristo los que se hacen miembros de meretriz, a no ser que con la penitencia hagan desaparecer ese mal y vuelvan a este bien por la reconciliación. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, L. XXI, cap. XXV, n. 2)

  • Se recibe dignamente la Eucaristía si se huye de la falsa doctrina

Recibid, pues, y comed el cuerpo de Cristo, transformados ya vosotros mismos en miembros de Cristo en el cuerpo de Cristo; recibid y bebed la sangre de Cristo. Para no desintegraros, comed el vínculo que os une; no os estiméis en poco, bebed vuestro precio. […] Si tenéis vida en él, seréis una sola carne con él. En efecto, este sacramento no recomienda el cuerpo de Cristo en forma que os separe de él. […] Comenzáis, pues, a recibir lo que ya habéis empezado a ser si no lo recibís indignamente para no comer y beber vuestra condenación. […] Lo recibís dignamente si os guardáis del fermento de la doctrina falsa, de forma que seáis panes ácimos de sinceridad y de verdad. (San Agustín de Hipona. Sermón 228 B, Los Sacramentos Pascuales, n. 3-5)

  • Constituidos miembros de Cristo, seamos lo que recibimos

La Eucaristía, en consecuencia, es nuestro pan de cada día. Pero si lo recibimos no solo en el estómago, sino también en el espíritu. El fruto que se entiende que él produce es la unidad, a fin de que, integrados en su cuerpo, constituidos miembros suyos, seamos lo que recibimos. Entonces será efectivamente nuestro pan de cada día. (San Agustín de Hipona. Sermón 57, La entrega del Padrenuestro, n. 7)

… juzga la idea de Francisco de que Dios ama al pecador sin condiciones

  • El Señor es misericordioso, pero los que desprecian su benevolencia van a experimentarlo como justo

El Señor es compasivo y misericordioso, paciente y de mucha misericordia. ¿Quién tan sufrido? ¿Quién tan abundante en su misericordia? Se peca y se sigue viviendo; se acumulan pecados y la vida se acrecienta; se blasfema sin parar, y él hace salir su sol sobre buenos y malos (cf. Mt 4, 45). Por todas partes llama a la corrección, y está invitando a la penitencia; su llamada es con los beneficios que concede a su criatura; prolongando el tiempo de la vida, llama por algún lector, por algún expositor; llama también por algún íntimo pensamiento, llama a la corrección por algún doloroso castigo, y llama, sí, por medio de su misericordia consoladora: Es muy indulgente y de enorme misericordia. Pero, eso sí, pon mucho cuidado, no sea que abuses de ella incorrectamente, y vayas acumulando, como dice el Apóstol, ira y más ira, para el día de la ira: ¿Es que desprecias las riquezas de su bondad y su benevolencia, ignorando que la paciencia de Dios te llama a la penitencia? (cf. Rom 2, 5.4). Porque te ha perdonado ¿te parece que has logrado agradarlo? Has hecho, dice, esto y aquello, y me he callado; has sospechado perversamente que yo soy semejante a ti (Sal 49, 21). No me agradan los pecados; pero con mi benignidad lo que busco son acciones buenas. Si castigase a los pecadores, no encontraría fieles arrepentidos. Por lo tanto, Dios, con el perdón de su longanimidad, te está impulsando a la penitencia: pero cuando tú dices cada día: “este día se está acabando, y mañana yo seré igual, porque no va a ser el día último”, llega el tercero: y de repente llegó la ira de Dios. Hermano, no retrases tu conversión al Señor. Los hay que preparan su conversión, pero la van retrasando, y en ellos resuena la voz del cuervo: “cras, cras”, “mañana, mañana”. […] ¿Hasta cuándo va a durar el “cras, cras”? Fíjate en el último “mañana”; y como no sabes cuál va a ser, bástate saber que has vivido como pecador hasta el día de hoy. Lo has oído, lo sueles oír con frecuencia; hoy también los has oído; cuanto más frecuente lo oyes, tanto más tardas en corregirte. Pues tú, conforme a la dureza de tu corazón impenitente, vas atesorando ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, que retribuirá a cada uno según sus obras (Rom 2, 5.6). No te forjes la idea de que Dios es tan misericordioso, hasta el punto de no ser justo. Dios es misericordioso y compasivo. Oigo esto y me alegro. Así dices. Óyelo y alégrate, pues todavía añade: Paciente y de gran misericordia; pero así concluye: y también veraz. Te alegras de las palabras primeras; la última te debe hacer temblar. Es tan clemente y compasivo, que es también veraz y justo. Cuando tú te has ido acumulando ira para el día de la ira, ¿No vas a experimentar como justo a quien despreciaste como compasivo y bondadoso? […] Debemos pensar, hermanos míos, en evitar no sólo las amenazas futuras, sino también su ira del tiempo presente. (San Agustín de Hipona. Comentario al Salmo 102, n. 16-17)

  • Dios derrama sus beneficios a los pecadores cuando dejan de ofenderlo

Admirable eres, ¡oh Creador del universo!, en todas tus obras, pero eres todavía más maravilloso en las obras de tu inefable caridad. Por lo cual dijiste de ti mismo, por boca de uno de tus siervos: “La misericordia de Dios está sobre todas sus obras” (Sal 144, 9), y en otro texto habla de una sola persona [David], pero confiamos en que se puede aplicar a todo el pueblo: “No apartaré de él mi misericordia” (Sal 88, 34). En efecto, Señor, tú sólo desprecias, rechazas y odias a los que son tan insensatos que no te tienen ningún amor. En lugar de hacer sentir a quienes te ofendieron los efectos de tu ira, derramas sobre ellos tus beneficios cuando dejan de ofenderte. ¡Oh Dios mío, fuerza de mi salvación!, ¡cuán desgraciado soy por haberte ofendido! Hice el mal ante tus ojos, y atraje sobre mí la ira que yo había justamente merecido. Pequé, y soportaste mis faltas, pequé y todavía me sufres. Si hago penitencia, me perdonas; si me convierto a ti, me recibes; y si difiero mi conversión me aguardas pacientemente. Extraviado me devuelves al buen camino, combates mi resistencia, reanimas mi indiferencia, me abres tus brazos cuando retorno a ti, esclareces mi ignorancia, mitigas mis tristezas, me salvas de la perdición, me levantas cuando estoy caído, me concedes lo que te pido, te presentas a mí cuando te busco, me abres la puerta cuando te llamo. (San Agustín de Hipona. Meditaciones, cap. 2)

  • Jesús perdona los pecados de quien va cambiando hasta alcanzar la perfección

Las palabras “Él es fiel y justo para limpiarnos de toda iniquidad” podían quizá dejar la impresión de que el Apóstol Juan otorga la impunidad a los pecados y que los hombres podrían decir para sí: “Pequemos, hagamos tranquilos lo que queramos, pues Cristo, que es fiel y justo, nos limpia de toda iniquidad”. Para evitarlo, te quita esa seguridad dañina y te infunde un temor provechoso. Quieres tener una seguridad dañina, llénate de preocupación. Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, si estás a disgusto contigo mismo y vas cambiando hasta alcanzar la perfección. […] Pero si se infiltrase el pecado, como resultado de la debilidad de la vida, préstale atención al instante, desagrádete al instante, condénalo inmediatamente. Y una vez que lo hayas condenado, llegarás confiado a la presencia del juez. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

  • Cristo está dispuesto a castigar a los que no reconocen sus pecados

Corred, hermanos míos, para que no os envuelvan las tinieblas (Jn 3, 19-21). […] Trabajad, pues, sin tregua, cuando es de día, luce el día: Cristo es el día. Está dispuesto a perdonar, pero a los que reconocen su pecado; en cambio, lo está a castigar a quienes se defienden, se jactan de ser justos y suponen ser algo, aunque son nada. (San Agustín de Hipona. Tratado XII sobre el Evangelio de San Juan, n. 14)

  • Para estar en comunión con Dios, tenemos que expulsar de nosotros los pecados

Si Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna y debemos estar en comunión con él, tenemos que expulsar de nosotros las tinieblas para que se produzca en nosotros la luz, pues las tinieblas no pueden entrar en comunión con la luz. […] Afirmas estar en comunión con Dios, pero caminas en tinieblas; por otra parte, Dios es luz y en él no hay tinieblas, ¿cómo entonces están en comunión la luz y las tinieblas? […] Los pecados, en cambio, son tinieblas, como lo dice el Apóstol al afirmar que el diablo y sus ángeles son los que dirigen estas tinieblas. No diría de ellos que dirigen las tinieblas si no dirigiesen a los pecadores y dominasen sobre los inicuos. ¿Qué hacemos, hermanos míos? Hay que estar en comunión con Dios, pues, de lo contrario, no cabe esperanza alguna de vida eterna. […] Caminemos en la luz como también él está en la luz para que podamos estar en comunión con él. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 5)

  • Se engaña quién espera mucho en la misericordia

Por una y otra cosa peligran, pues, los hombres, por esperar y por desesperar; cosas contrarias, sentimientos contrarios. ¿Quién se engaña esperando? Quien dice: Dios es bueno, Dios es compasivo; haré lo que me place, lo que me gusta; soltaré las riendas a mis caprichos, satisfaré los deseos de mi alma. ¿Por qué esto? Porque Dios es compasivo, Dios es bueno, Dios es apacible. Ésos peligran por la esperanza. En cambio, por desesperación quienes, cuando caen en graves pecados, al suponer que no pueden perdonárseles a ellos arrepentidos y, estimando que están destinados sin duda a la condenación, se dicen a sí mismos con la actitud de los gladiadores destinados a la espada: “Vamos a ser ya condenados, ¿por qué no hacer lo que queramos?”. Por eso dan pena los desesperados; pues ya no tienen qué temer, vehementemente son también de temer. Mata a éstos la desesperación; a aquéllos la esperanza. El ánimo fluctúa entre la esperanza y la desesperación. Es de temer que te mate la esperanza y que, por esperar mucho de la misericordia, incurras en juicio; a la inversa, es de temer que te mate la desesperación y, por suponer que no se te perdonan ya los pecados graves que has cometido, no te arrepientas e incurras en la sabiduría del juez, el cual dice: Y yo me reiré de vuestra ruina. ¿Qué hace, pues, el Señor con quienes peligran por una y otra enfermedad? A quienes peligran por esperanza, dice esto: “No tardes en convertirte al Señor ni lo difieras de día en día, pues su ira vendrá súbitamente y en el tiempo de la venganza te destruirá” (Eclo 5, 8-9). A quienes peligran por desesperación, ¿qué dice? “Cualquier día en que el inicuo se convierta, olvidaré todas sus iniquidades” (Sal 24, 8). (San Agustín de Hipona. Tratado XXXIII sobre el Evangelio de San Juan, n. 8)

  • Uno será condenado, otro será salvado; en el medio está aquel que condena y salva. Aquella cruz fue un tribunal

¿Queréis saber que no es la pena, sino la causa, la que hace al mártir? Considerad las tres cruces presentes cuando el Señor fue crucificado en medio de dos ladrones. El tormento era igual, pero la causa separaba a aquellos a quienes unía el tormento. Uno de aquellos ladrones creyó en Jesucristo el Señor mientras pendía del madero. […] Allí había tres cruces: el tormento era el mismo, pero distinta la causa. De los ladrones, uno iba a ser condenado y el otro salvado, y en el medio se hallaba quien condenaba y salvaba. A uno le castiga, al otro le absuelve. Aquella cruz fue un tribunal. (San Agustín de Hipona. Homilia 328, n. 7)

… juzga la idea de anunciar el Evangelio que tiene Francisco

  • Dios mismo es la muralla de su casa; los que habitan en ella están seguros

Si tu casa es propia, eres pobre. Si es la de Dios eres rico. En tu casa tendrás miedo a los ladrones; en la casa de Dios él mismo es el muro. Dichosos, pues, los habitan en tu casa. (San Agustín de Hipona. Comentario a los salmos. Salmo 83, n. 8)

  • Sin muros el rebaño queda expuesto a todos los peligros

Sepárese, pues, del cuerpo sano el tumor maligno, y, disipando el contagio de la peste virulenta, manténganse con mayor cautela las partes sanas y purifíquese el rebaño de ese contagio de la mala oveja. […] De otro modo, vagando afuera, y privados de los muros y defensas de la fe, quedarían expuestos a todos los peligros, condenados a ser despedazados y devorados por los dientes de los lobos; no podrían resistirles con esa perversa doctrina con que los excitaron. (San Agustín de Hipona. Carta 181, n. 9)

  • Cualquiera que lance su ariete contra el muro inexpugnable de la Iglesia se estrellará

Así lo afirma la autoridad de la madre Iglesia; así consta en el canon bien fundado de la verdad. Cualquiera que lance sus arietes contra esta robustez y contra este muro inexpugnable, él mismo se estrellará. (San Agustín de Hipona. Sermón 294, n. 17)

  • La caridad hacia al prójimo se muestra en el corregir y enmendar

Si, tal vez, queréis guardar en el corazón la caridad, hermanos, por encima de cualquier otra cosa, no penséis que es cosa lánguida e inactiva; no penséis que se la guarda con cierto tipo de mansedumbre que, más que mansedumbre, es dejadez y negligencia. No es así como se la guarda. No pienses que amas a tu siervo cuando no le pegas, o a tu hijo cuando no lo disciplinas, o que amas a tu vecino cuando no lo corriges: esto no es caridad, sino dejadez. Muéstrese ferviente la caridad en el corregir y en el enmendar. Las costumbres buenas han de producir satisfacción; si son malas hay que enmendarlas y corregirlas. No ames en el hombre el error, sino el hombre, pues al hombre lo hizo Dios y al error lo hizo el hombre mismo. Ama lo que hizo Dios, no ames lo que hizo el hombre mismo. Amar aquello implica destruir esto; amar aquello supone corregir esto. Y le amas incluso si alguna vez te muestras duro con él porque amas verle corregido. (San Agustín de Hipona. Homilías sobre la Primera Carta de San Juan a los Partos. Homilía séptima, n. 11)

… juzga la idea de pastor que tiene Francisco

  • El mal ejemplo hace homicidas a los pastores

Les parece poco no preocuparse de las enfermas, débiles, descarriadas y perdidas; en cuanto depende de ellos, matan también a estas fuertes y gordas. Estas viven por la misericordia de Dios; con todo, por lo que se refiere a los malos pastores, las matan. “¿Cómo —dices— las matan?” Viviendo mal, dándoles mal ejemplo. ¿O acaso se dijo en vano a un siervo de Dios, eminente entre los miembros del supremo pastor: Sé para todos dechado de buenas obras y: Sé un modelo para los fieles? Una oveja, aunque sea de las fuertes, ve frecuentemente que vive mal el que está al frente de ella; si aparta sus ojos de las normas del Señor y los pone en el hombre, comienza a decir en su corazón: “Si el que está al frente de mí vive de esta forma, ¿quién soy yo para no hacer lo que él hace?” Mata a la oveja fuerte. Si, pues, mata a la oveja fuerte, ¿qué hará con las otras, él, que con su mala vida mató a la que él no había robustecido, sino que la había encontrado ya fuerte o robusta? Digo y repito a vuestra caridad: aunque las ovejas estén vivas, aunque se mantengan firmes en la palabra del Señor y cumplan lo que oyeron a su Señor: Haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, con todo, quien en presencia del pueblo vive mal, en cuanto de él depende, da muerte al que le ve. No se lisonjee pensando que ese no está muerto. Aunque el otro viva, él es un homicida.(San Agustín de Hipona. Sermón XLVI sobre Los pastores (Ez 34,1-16), n. 4, 12)

… juzga la idea de marginados que tiene Francisco

  • Si pertenecemos a la Iglesia somos el propio Cristo

Felicitémonos, pues, y demos gracias porque nos ha hecho no sólo cristianos, sino Cristo. ¿Entendéis, hermanos, comprendéis la gracia de Dios sobre nosotros? Asombraos, alegraos: hemos sido hechos Cristo, pues, si Él es la Cabeza, nosotros somos sus miembros; el hombre total somos él y nosotros. […] Ahora bien, más arriba había dicho: “Hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y al reconocimiento del Hijo de Dios, al varón perfecto según la medida de edad de la plenitud del Mesías” (Ef 4, 13). La plenitud, pues, de Cristo es la Cabeza y los miembros. ¿Qué significa la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia. (San Agustín de Hipona. Tratados sobre el Evangelio de San Juan, Tratado 21, n. 8)

  • Dios no habita en todos los hombres

Pero lo que despierta mucho asombro es el hecho que Dios, estando entero en cada lugar, no obstante no habita en todos los hombres. A todos en efecto no puede aplicarse la afirmación del Apóstol ya citada, o incluso esta otra: ¿No sabéis que eres templo de Dios y que el Espíritu de Dios vive en ustedes? (1Cor 3, 16) En sentido contrario el mismo Apóstol dijo con respecto a algunos: Quién no tiene el Espíritu de Cristo, no pertenece a él (Rm 8, 9). ¿Quién, además se atrevería a pensar, excepto quien ignora enteramente la indivisibilidad de la Trinidad, que el Padre y el Hijo puedan habitar en alguien en quien no vive el Espíritu Santo?, ¿o que el Espíritu Santo posa habitar en alguien en quien no habita el Padre y el Hijo? Pues se debe admitir que Dios está por todas partes con la presencia dela divinidad, pero no por todas partes con la gracia con la cual habita en las almas. (San Agustín de Hipona. Epístola 187)

  • Dios no habita en todos. Por causa del pecado el pecador se aleja de Dios

Pues bien, Dios que está por todas partes entretanto no habita en todos, ni vive de manera igual en los cuales habita.[…] Uno entonces dice que son lejos del él ésos que debido al pecado son totalmente diferentes de él; que son prójimos de Él los cuales, con una vida santa asemíllense con Él, del mismo modo que justamente se dice que os ojos son tanto más lejos dela luz dela tierra, cuanto más ciegos son. (San Agustín de Hipona. Epístola 187)

… juzga la idea de Francisco de que Jesús es solamente misericordia

  • La justicia es un atributo que desagrada a los inicuos y malos

Después conocí claramente, y experimenté también, que no debía extrañarse que a un paladar enfermo le sea áspero y penoso el pan, que es delicioso y suave al que está sano, a la par que la luz, que a los ojos enfermos es aborrecible, a los sanos es amable. También vuestra justicia es un atributo que desagrada a los inicuos y malos. (San Agustín de Hipona. Las confesiones, L. VII, cap. XVI, n. 722)

  • Temed la justicia de Dios

Teme a la justicia de Dios, el cual no debe nada a alguien, sino que condena en cada uno el mal que no hizo en ellos. (San Agustín de Hipona. Tratado sobre el espíritu y el alma, cap. 42)

  • Cristo apacienta con justicia y los buenos pastores son aquellos que siguen su voz

Concluye de esta forma: Y las apacentaré con justicia (Ez 34, 16). Ten en cuenta que sólo él las apacienta: con justicia. […] Apacienta, pues, él con justicia, repartiendo a cada uno lo suyo: esto a éstos, aquello a aquellos, lo merecido a quienes lo merecen, sea esto o aquello. Sabe lo que debe hacer: él apacienta con justicia a los que redimió cuando fue juzgado. Luego él mismo apacienta con justicia. […] ¿Dónde está ahora tu dura cerviz? ¿Dónde tu lengua? ¿Dónde tu silbido? Ciertamente en tus últimos días te hiciste necio, te atemorizaste al carecer de justicia. Pues no quieres juzgar lo cierto, ni sobre tu error, ni sobre la verdad. Al contrario de ti, Cristo apacienta con justicia, distingue las ovejas que son suyas de las que no lo son. Mis ovejas —dice— escuchan mi voz y me siguen (Jn 10, 27). Aquí descubro a todos los buenos pastores en uno solo. Pues no faltan los buenos pastores, pero se hallan en uno solo. Los que están divididos son muchos. […] Apacientan ellos: es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no profieren su voz propia, sino que gozan de la voz del esposo. Por lo tanto, es él mismo quien apacienta cuando ellos apacientan. Dice: “Soy yo quien apaciento”, pues en ellos se halla la voz de él, en ellos su caridad. […] Así, pues, él mismo, siendo único, apacienta en éstos; y éstos apacientan formando parte del que es único. […] Esto es apacentar para Cristo, apacentar en Cristo, apacentar con Cristo y no apacentarse a sí mismo fuera de Cristo. […] Así, pues, estén todos en el único pastor, anuncien todos la única voz del pastor, de modo que la oigan las ovejas y sigan a su pastor, no a éste o al otro, sino al único. Anuncien todos, unidos en él, una sola voz; no tengan diversas voces. Os ruego, hermanos, que todos anunciéis lo mismo y no haya entre vosotros divisiones (1 Cor 1, 10). Oigan las ovejas esta voz ajena a división, expurgada de toda herejía, y sigan a su pastor que dice: “Mis ovejas oyen mi voz y me siguen” (Jn 10, 27). (San Agustín de Hipona. Sermón XLVI sobre los pastores, n. 27. 29-30)

  • La misericordia está subordinada a la razón cuando se observa la justicia

¿Y qué es la misericordia sino cierta compasión de nuestro corazón por la miseria ajena, que nos fuerza a socorrerlo si está en nuestra mano? Este movimiento está subordinado a la razón si se ofrece la misericordia de tal modo que se observe la justicia, ya sea socorriendo al necesitado, ya perdonando al arrepentido. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, lib. IX, cap. V)

… juzga la idea de Francisco de que los pobres son el centro del Evangelio

  • Los que temen a Dios son pobres en espíritu

Pero oigamos a aquel que dice: “Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Leemos que se ha escrito sobre el deseo de los bienes de la tierra: Todo es vanidad y presunción del espíritu; ahora bien, presunción del espíritu significa arrogancia y soberbia. El común de la gente dice que los soberbios poseen un gran espíritu ciertamente, y es porque también en algunos momentos al viento se le llama espíritu. Por esto, en la Escritura leemos: el fuego, granizo, nieve, hielo, espíritu de tempestad. ¿Quién podría ignorar que los soberbios son considerados inflados, como si estuviesen dilatados por el viento? De donde viene aquello del Apóstol: La ciencia hincha, la caridad edifica. También por esto en el texto bíblico son significados como pobres en el espíritu los humildes y aquellos que temen a Dios, es decir, los que no poseen un espíritu hinchado. (San Agustín de Hipona. El Sermón de la Montaña, L. I, c. I, a. 3)

… juzga la idea de Francisco de que el Corán es un libro de paz

  • La paz es un tesoro que atrae con fuerza irresistible

Tan estimable es la paz, que incluso en las realidades terrenas y transitorias normalmente nada suena con un nombre más deleitoso, nada atrae con fuerza más irresistible; nada, en fin, mejor se puede descubrir. Voy a hablar con cierto detenimiento de este tesoro que es la paz. Estoy seguro de que no me haré pesado a los lectores: lo pide el fin de esta ciudad de la que estamos tratando; lo pide aquello mismo que a todos nos es tan grato: la propia dulcedumbre de la paz. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, lib. XIX, cap. 11)

  • Todos desean la paz, hasta los que hacen la guerra…

Es un hecho: todos desean vivir en paz con los suyos, aunque quieran imponer su propia voluntad. Incluso a quienes declaran la guerra intentan apoderarse de ellos, si fuera posible, y una vez sometidos imponerles sus propias leyes de paz. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, lib. XIX, cap. 12, n. 1)

  • La paz es la tranquilidad del orden, que es la distribución de los seres justamente

La paz del cuerpo es el orden armonioso de sus partes. La paz del alma irracional es la ordenada quietud de sus apetencias. La paz del alma racional es el acuerdo ordenado entre pensamiento y acción. La paz entre el alma y el cuerpo es el orden de la vida y la salud en el ser viviente. La paz del hombre mortal con Dios es la obediencia bien ordenada según la fe bajo la ley eterna. La paz entre los hombres es la concordia bien ordenada. La paz doméstica es la concordia bien ordenada en el mandar y en el obedecer de los que conviven juntos. La paz de una ciudad es la concordia bien ordenada en el gobierno y en la obediencia de sus ciudadanos. La paz de la ciudad celeste es la sociedad perfectamente ordenada y perfectamente armoniosa en el gozar de Dios y en el mutuo gozo en Dios. La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden. Y el orden es la distribución de los seres iguales y diversos, asignándole a cada uno su lugar. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, lib. XIX, cap. 13, n. 1)

  • El Creador regula la paz universal y nada puede sustraerse a sus leyes

Nada hay que pueda sustraerse de las leyes del supremo Creador y ordenador, que regula la paz del universo. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios, lib. XIX, cap. 12, n. 3)

  • Para tener paz es preciso estar concorde con Cristo y no con el mundo

Por otra parte, lo que el Señor ha añadido y aseverado: No como el mundo la da, yo os la doy (Jn 14,27), ¿qué otra cosa significa sino “Yo la doy no como la dan los hombres que aman el mundo”? Éstos se dan la paz precisamente para disfrutar por entero, sin la molestia de pleitos y guerras, no de Dios, sino de su querido mundo; y, cuando a los justos dan la paz de no perseguirlos, no puede haber paz auténtica donde no hay concordia auténtica, porque están desunidos los corazones. En efecto, como se llama consorte a quien une su suerte, así ha de llamarse concorde quien une los corazones. Nosotros, pues, carísimos, a quienes Cristo deja paz y nos da su paz no como el mundo, sino como ese mediante el que el mundo se hizo, para ser concordes unamos recíprocamente los corazones y tengamos arriba un único corazón, para que no se corrompa en la tierra. (San Agustín de Hipona. Tratados sobre el Evangelio de San Juan. Tratado 77, n. 5)

… juzga la idea de Francisco de que la dirección espiritual es un carisma de laicos

  • Cristo dejó a los apóstoles como pastores de su grey

Además, hermanos, ciertamente ha dado también a sus miembros lo que Él [Jesús] es en cuanto pastor, porque Pedro es pastor, Pablo es pastor, los demás apóstoles son pastores y los obispos buenos son pastores, pero nadie de nosotros dice que él es puerta; él mismo ha retenido para sí como propio esto por donde entren las ovejas. (San Agustín de Hipona. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 47, 3)

… juzga la idea de familias irregulares que tiene Francisco

  • Ni por causa de los hijos se puede unirse a otra persona

El sacramento mira a que la unión sea irrompible, y el repudiado o repudiada no se una a otra persona ni aun por causa de los hijos. (San Agustín de Hipona. Comentario literal al Génesis, lib. IX, cap. VII, n. 12)

  • Infeliz es la felicidad de los pecadores

No hay nada más infeliz que la felicidad de los que pecan. (San Agustín de Hipona citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 5, 38-42)

  • Felices son aquellos que andan en la ley del Señor

Este gran salmo, hermanos míos, desde su comienzo nos exhorta a la bienaventuranza, que nadie desprecia. ¿Quién puede, pudo o podrá jamás encontrar a alguno que no quiera ser feliz? Si el que exhorta no hace más que mover la voluntad de aquel a quien persuade para que vaya en pos de lo que le sugiere, […] Luego ¿por qué se nos incita a que queramos lo que no podemos menos de querer si no es porque, deseando todos la felicidad, muchos ignoran el modo de llegar a ella? Esto, pues, es lo que enseña el que dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. Esto es como si dijese: Sé lo que quieres: buscas la bienaventuranza. Si quieres ser feliz, sé inmaculado. Todos quieren la felicidad, pero pocos los que quieren ser inmaculados, sin lo cual no se llega a conseguir lo que todos quieren. Pero ¿en dónde llegará a ser inmaculado el hombre si no es en el camino? ¿En qué camino? En el del Señor. Por esto se nos exhorta y no en vano se nos dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. (San Agustín de Hipona. Comentarios al Salmo 118, lib. III, ser. I, n. 1)

… juzga la idea de familia que tiene Francisco

  • Cuanto más castos son los esposos mejor es el matrimonio

El matrimonio es, pues, un bien que torna tanto mejores a los esposos cuanto más castos, más fieles y más temerosos son del Señor, y mucho más si a los hijos que engendran según la carne los crían y educan según el espíritu. (San Agustín de Hipona. La bondad del matrimonio, c. XIX)

  • Por ningún motivo es lícito abandonar a la consorte para unirse a otra

De hecho, así sucede entre Cristo y la Iglesia, a saber, viviendo uno unido al otro no los separa ningún divorcio por toda la eternidad. En tan gran estima se tiene este sacramento en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo —esto es, en la Iglesia de Cristo— por todos los esposos cristianos, que, sin duda, son miembros de Cristo, que, aunque las mujeres se unan a los hombres y los hombres a las mujeres con el fin de procrear hijos, no es lícito abandonar a la consorte estéril para unirse a otra fecunda. Si alguno hiciese esto, sería reo de adulterio; no ante la ley de este mundo, donde, mediante el repudio, está permitido realizar otro matrimonio con otro cónyuge —según el Señor, el santo Moisés se lo permitió a los israelitas por la dureza de su corazón—, pero sí lo es para la ley del Evangelio. Lo mismo sucede con la mujer que se casara con otro. (San Agustín de Hipona. El matrimonio y la concupiscencia, 1, X)

  • Los pecados de los sodomitas han de ser detestados y castigados siempre y en todo lugar

Así pues, todos los pecados contra naturaleza, como fueron los de los sodomitas, han de ser detestados y castigados siempre y en todo lugar, los cuales, aunque todo el mundo los cometiera, no serían menos reos de crimen ante la ley divina, que no ha hecho a los hombres para usar tan torpemente de sí, puesto que se viola la sociedad que debemos tener con Dios cuando dicha naturaleza, de la que él es Autor, se mancha con la perversidad de la libídine. (San Agustín de Hipona. Las Confesiones, l. III, c. 8, n. 15)

… juzga la idea que tiene Francisco de que Jesucristo fingía sus enfados

  • Toda mentira es una acción injusta que será castigada por Dios

¿Acaso la mentira puede ser alguna vez buena, o, en alguna ocasión, no es mala? Entonces, ¿por qué se escribió: aborreciste, Señor, a todos los que obran la iniquidad y destruirás a todos los que dicen mentira? Aquí no se exceptúa a nadie ni se dice con ambigüedad: “Destruirás a los que hablen mentira”, de manera que se pudiere entender de algunos, no de todos, sino que profirió una sentencia universal, al afirmar: destruirás a todos los que dicen mentira. Pero, porque no se ha dicho: destruirás a todos los que dicen toda clase o cualquier clase de mentira, ¿vamos a pensar que se ha dejado la puerta abierta a alguna otra especie de mentira que Dios no castigará? En ese caso, Dios castigaría solo a los que dicen mentiras injustas, no cualquier clase de mentira, pues habría mentiras justas que no solo no merecerían censura, sino que serían, incluso, dignas de alabanza. (San Agustín de Hipona. Contra la mentira, cap. I, n. 1)

  • Quién ama la verdad debe odiar toda clase de mentira

Hay muchas clases de mentiras, pero todas debemos aborrecerlas sin distinción. Pues no hay ninguna mentira que no sea contraria a la verdad. Porque como la luz y las tinieblas, la piedad y la impiedad, la bondad y la iniquidad, el pecado y la obra buena, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, así son totalmente opuestas, entre sí, la verdad y la mentira. Por tanto, cuanto más amemos la verdad, tanto más debemos odiar la mentira.  (San Agustín de Hipona. Contra la mentira, cap. III, n. 4)

  • Las tinieblas de la mentira son incompatibles con la Luz de la Verdad

Podemos decir la verdad y mentir; aunque debemos decir la verdad, también podemos empero mentir cuando queremos. La luz no puede mentir. ¡Lejos de nosotros pensar en descubrir en el esplendor de la luz divina las tinieblas de la mentira! Él hablaba como Luz, hablaba como Verdad; pero la Luz brillaba en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron; por eso juzgaban según la carne. (San Agustín de Hipona. Tratado XXXVI sobre el Evangelio de San Juan, n. 3)

  • “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, dijo Jesús, y cómo Dios no puede engañarnos

Quien acoge su testimonio selló que Dios es veraz. ¿Qué significa “Selló que Dios es veraz” sino que el hombre es mendaz, mas Dios es veraz? Porque nadie de los hombres puede decir lo que es de la verdad si no lo ilumina quien no puede mentirDios, pues, es veraz; Cristo, por su parte, es Dios. ¿Quieres pruebas? Acoge su testimonio y lo verás, pues quien acoge su testimonio selló que Dios es veraz. ¿Quién? Ese mismo que viene del cielo y está sobre todos es el Dios veraz. Pero, si aún no entiendes que él es Dios, aún no has acogido su testimonio. Acógelo y sellas, entiendes provisoriamente, reconoces definitivamente que es Dios veraz. (San Agustín de Hipona. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, cap. XIV, n. 8)

  • Dios castiga a aquellos que ama

Algún impío pagano podría ciertamente acusarle […] que a Cristo le había faltado previsión, no sólo por el hecho de mostrar extrañeza ante la fe del centurión, sino también por haber elegido entre los discípulos a Judas que no iba a guardar sus preceptos. […] Le achacaría también el haber sido incapaz de saber quien le tocó cuando lo hizo en la orla de su túnica la mujer que padecía flujo de sangre […].
Le llamaría asimismo ávido de sangre, no de rebaños, sino humana, porque dijo: “Quien pierda su alma por mí, la hallará para la vida eterna” […]. Le acusaría también de ser celoso porque cuando expulsó del templo con un látigo a los compradores y vendedores, el evangelista recordó que está escrito de él: “El celo de tu casa me devora” […].
Diría también que era irascible con los suyos y con los extraños. Con los suyos, porque dijo: “El siervo que conoce la voluntad de su amo y hace cosas dignas de castigo, recibirá muchos azotes”; con los extraños porque dijo: “Si alguien no os recibe, sacudidles el polvo de vuestro calzado. En verdad os digo que el día del juicio será más tolerable a Sodoma que a esa ciudad”. […] Le llamaría igualmente cruel asesino y amante de derramar sangre en abundancia por faltas leves o no cometidas. Falta leve o incluso no cometida le parecería al pagano el no llevar el vestido nupcial en el banquete de bodas, por lo cual nuestro rey mandó en el evangelio que fuese arrojado, atado de pies y manos, a las tinieblas exteriores […].
“Dios corrige a aquel que ama; azota a todo hijo al que recibe”, y: “Si hemos recibido de la mano de Dios los bienes, ¿por qué no vamos a soportar los males?” También hallamos en el Nuevo: “Yo recrimino y castigo al que amo”, y: “Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no nos juzgaría Dios; cuando se nos juzga, nos corrige el Señor para no ser condenados con el mundo.” (San Agustín. Réplica a Fausto, lib. XXII, n. 14)

  • No fue solamente una vez que Jesús expulsó a los mercaderes del templo

Haciendo un látigo con cuerdas, expulsó del templo a los vendedores. Resulta claro, pues, que el Señor realizó esta acción no una sola vez, sino dos; la primera la menciona Juan, la segunda los otros tres. (San Agustín de Hipona. La concordancia de los Evangelios, lib. II, 67, 129)

  • Jesús tejió un látigo de cuerdas y flageló a los indisciplinados

¿Qué sigue después? “Y estaba cerca la Pascua de los judíos y subió a Jerusalén”. Narra otra cosa, como la recordaba el informador. “Y encontró en el templo a los que vendían bueyes y ovejas y palomas y, sentados, a los cambistas; y, como hubiese hecho cual un látigo de cuerdas, a todos echó del templo, también las ovejas y los bueyes, y desparramó el dinero de los cambistas y volcó las mesas y a quienes vendían las palomas dijo: Quitad eso de aquí y no convirtáis la casa de mi Padre en casa de negocio”. […] No había, pues, pecado grande si en el templo vendían lo que se compraba para ser ofrecido en el templo. Y, sin embargo, los echó de allí. Si a quienes vendían lo que es lícito y no es contra justicia —pues lo que honestamente se compra, no se vende ilícitamente—, los expulsó empero y no soportó que la casa de oración se convirtiera en casa de negocio […].
Sin embargo, hermanos, pues tampoco él les tuvo consideración —quien había de ser flagelado por ellos los flageló el primero—, digo: nos muestra cierto signo, porque hizo un látigo de cuerdas y con él flageló a los indisciplinados que hacían del templo de Dios una empresa comercial. (San Agustín de Hipona. Tratado X sobre el Evangelio de San Juan, n. 4-5)

… juzga la idea de Francisco de que el pecado hace parte de la vida religiosa

  • Quien reconoce el propio pecado y lo condena, obtiene el perdón de Dios

Él [Cristo] es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, si estás a disgusto contigo mismo y vas cambiando hasta alcanzar la perfección. Según eso, ¿cómo continúa? “Hijitos míos, os escribo para que no pequéis”. Pero tal vez se os ha infiltrado el pecado como resultado de la vida humana; ¿qué sucederá, pues? ¿Qué hacer? ¿Entrará ya la desesperación? Escucha: “Pero si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo, el justo, y él es víctima de propiciación de nuestros pecados” (1 Jn 2, 1-2). Él es, pues, nuestro abogado. Pon empeño en no pecar. Pero si se infiltrase el pecado, como resultado de la debilidad de la vida, préstale atención al instante, desagrádate al instante, condénalo inmediatamente. Y una vez que lo hayas condenado, llegarás confiado a la presencia del juez.(San Agustín de Hipona. Tratado sobre la Primera Carta de San Juan, hom. 1, n. 7)

… juzga la idea de Francisco de que católicos y musulmanes adoran al mismo Dios

  • El único Dios verdadero es Trinidad

Porque en aquel único Dios verdadero, que es Trinidad, es naturalmente verdadero no solamente que es un solo Dios, sino también que es Trinidad; por eso el mismo Dios verdadero es Trinidad en personas, y es único en una sola naturaleza. (San Agustín de Hipona. La fe, dedicado a Pedro, cap. 1, n. 4)

  • La fe de los santos patriarcas es la que predica al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

En efecto, la fe, que los santos Patriarcas y Profetas recibieron por inspiración divina antes de la encarnación del Hijo de Dios, la fe, que los santos Apóstoles oyeron también del mismo Señor encarnado, e instruidos con el magisterio del Espíritu Santo predicaron no sólo de palabra, sino que también dejaron fija en sus escritos para instrucción salubérrima de los seguidores, fe que predica que la Trinidad es un solo Dios, es decir, el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. (San Agustín de Hipona. La fe, dedicado a Pedro, cap. 1, n. 4)

  • La omnipotencia de Dios no significa que pueda hacer falso lo verdadero ni verdadero lo falso

Todo el que dice: “Si Dios es omnipotente, haga que las cosas que han sido hechas no lo hayan sido”, no ve que está diciendo esto: “Si Dios es omnipotente, haga que las cosas que son verdaderas, sean falsas en virtud de aquello por lo que son verdaderas”. […] A esta verdad no se puede oponer Dios, en quien existe la suprema e inmutable verdad por quien se ilumina para existir todo lo que es verdad en las almas y mentes de cualesquiera. (San Agustín de Hipona. Réplica a Fausto, el maniqueo, lib. 26, n. 5)

  • Dios sólo permite el mal para de él sacar un bien mayor

Dios omnipotente, como confiesan los mismos infieles, “universal Señor de todas las cosas”, siendo sumamente bueno, no permitiría en modo alguno que existiese algún mal en sus criaturas si no fuera de tal modo bueno y poderoso que pudiese sacar bien del mismo mal. (San Agustín de Hipona. Manual de fe, esperanza y caridad, cap. 3, n. 11)

… juzga la idea de Francisco de que las sectas hacen parte de la Iglesia

  • El Cristo falaz de los maniqueos

Los maniqueos anuncian con engaño otro Cristo, no el que anunciaron los apóstoles, sino el suyo propio, falaz; coherentemente, como seguidores de su falsedad, mienten también ellos, si dejamos de lado el que con todo descaro quieren que se les crea, cuando confiesan ser discípulos de un mentiroso. (San Agustín de Hipona. Réplica a Fausto, el maniqueo, L. XII, n. 4)

… juzga la visión de la Iglesia hacia los divorciados en segunda unión que tiene Francisco

  • Jesús quiere que cambiemos de vida

Tampoco te condenaré yo. ¿Qué significa, Señor? ¿Fomentas, pues, los pecados? Simple y llanamente, no es así. Observa lo que sigue: “Vete, en adelante no peques ya.” El Señor, pues, ha condenado, pero el pecado, no al hombre. Efectivamente, si fuese fautor de pecados diría: “Tampoco te condenaré yo; vete, vive como vives; está segura de mi absolución; por mucho que peques, yo te libraré de todo castigo, hasta de los tormentos del quemadero y del infierno”. No dijo esto. (San Agustín. Tratados sobre el Evangelio de San Juan, 33, 6)

  • Distancia de justos y pecadores: como del cielo y la tierra

Puede decirse que, en lo espiritual, hay tanta distancia entre justos y pecadores, como en lo material entre el cielo y la tierra. (San Agustín. Sobre el sermón de la Montaña, n. 2)

  • No se una a otra persona ni por causa de los hijos

El sacramento mira a que la unión sea irrompible, y el repudiado o repudiada no se una a otra persona ni aun por causa de los hijos. (San Agustín de Hipona. Comentario literal al Génisis. lib, IX, cap. VII, n. 12)

… juzga la idea que Francisco tiene sobre el sufrimiento humano

  • El que no está dispuesto a sufrir no ha empezado a ser cristiano

Cuidado, no sea que al querer estar lejos del sufrimiento, se aleje de los santos. Piense cada uno en su enemigo: si es cristiano, el mundo es su enemigo. Nadie piense en las enemistades personales, cuando vaya a recitar las palabras de este salmo. […] Que nadie se diga a sí mismo: Tuvieron que sufrir nuestros padres, pero nosotros ya no. Si crees que tú no tienes sufrimientos, es que no has empezado a ser cristiano. ¿Dónde, si no, quedan las palabras del Apóstol: Todos los que desean vivir piadosamente en Cristo, sufrirán persecuciones? Por lo tanto, si tú no sufres ninguna persecución por Cristo, mira bien, no sea que no hayas comenzado a vivir piadosamente en Cristo. Porque cuando comiences a vivir piadosamente en Cristo, has entrado ya en el lagar; prepárate a ser estrujado, pero no seas árido, no te quedes sin producir jugo alguno. (San Agustín. Comentario al Salmo 55, n. 4)

  • Nuestra actitud ante el sufrimiento define si seremos grano del paraíso o paja para el infierno

La tierra es lugar de merecimientos, de donde se deduce que es lugar de padecimientos. Nuestra patria, donde Dios nos tiene reservado el descanso del gozo eterno, es el paraíso. […] Hay que sufrir; todos tenemos que sufrir; todos, sean justos o pecadores, han de llevar la cruz. Quien la lleva pacientemente, se salva, y quien la lleva impacientemente se condena. Idénticas miserias, dice San Agustín, conducen a unos al cielo y a otros al infierno. En el crisol del padecer, añade el mismo santo Doctor, se quema la paja y se logra el grano en la Iglesia de Dios; quien en las tribulaciones se humilla y resigna a la voluntad de Dios, es grano del paraíso y quien se ensoberbece e irrita, abandonando a Dios, es paja para el infierno. (San Alfonso María de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo, p. 61-62)

… juzga la idea de equiparar la catequesis al yoga o zen que tiene Francisco

  • En todas estas creencias se ha de temer y evitar la sociedad con los demonios

El cristiano debe huir y repudiar en absoluto todas las artes de esta clase de superstición engañosa o perniciosa, como de sociedad pestilente de hombres y demonios constituida con ciertos pactos de infidelidad y de pérfida amistad. El Apóstol dice: No es que el ídolo sea algo, más porque las cosas que se inmolan por los gentiles, se inmolan a los demonios y no a Dios, por esto, no quiero que os hagáis socios de los demonios. Lo que dijo el Apóstol de los demonios y de los sacrificios que se ofrecen en su honor, eso mismo ha de sentirse de todos los signos de imágenes que arrastran o al culto de los ídolos, o a adorar como a Dios a la criatura y a sus partes; o pertenecen a la solicitud de remedios y de otras observancias. Todas estas cosas no fueron instituidas, por decirlo así, públicamente por Dios para amar a Dios y al prójimo, sino por los privados apetitos de las cosas temporales, que disipan los corazones de los miserables. En todas estas creencias se ha de temer y evitar la sociedad con los demonios que con su príncipe el diablo no intentan otra cosa más que obstruirnos y cercarnos el paso de la patria. (San Agustín. Tratado sobre la Doctrina Cristiana. Libro II, cap. 23, n. 36)

… juzga los criterios para ser obispo que tiene Francisco

  • Los obispos están colocados en lugar más alto y desde ahí vigilan sobre la grey

El Apóstol custodiaba, era guardián; vigilaba cuanto podía sobre los que se hallaba al frente. Esto hacen también los obispos, pues están colocados en lugar más alto para que supervigilen y como guarden al pueblo, puesto que lo que se dice en griego episkopous, obispo, se traduce al latín por superintentor, inspector o superintendente, porque inspecciona, porque contempla desde arriba. Como el viticultor ocupa un puesto elevado para guardar la viña, el obispo se halla en puesto elevado para custodiar la grey. (San Agustín. Comentario al Salmo 126, n. 3)

  • El obispo que vive mal es homicida de sus ovejas

Los males de las ovejas están a la vista: las sanas y gordas, es decir, las que se mantienen firmes en el alimento de la verdad y usan bien de los pastos, don del Señor, son poquísimas. Pero aquellos malos pastores no las perdonan. Les parece poco no preocuparse de las enfermas, débiles, descarriadas y perdidas; en cuanto depende de ellos, matan también a estas fuertes y gordas. Estas viven por la misericordia de Dios; con todo, por lo que se refiere a los malos pastores, las matan. “¿Cómo —dices— las matan?” Viviendo mal, dándoles mal ejemplo. ¿O acaso se dijo en vano a un siervo de Dios, eminente entre los miembros del supremo pastor: “Sé para todos dechado de buenas obras” (Tt 2, 7) y: “Sé un modelo para los fieles” (1 Tm 4,12)? […] Digo y repito a vuestra caridad: aunque las ovejas estén vivas, aunque se mantengan firmes en la palabra del Señor y cumplan lo que oyeron a su Señor: “Haced lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen” (Mt 23, 3), con todo, quien en presencia del pueblo vive mal, en cuanto de él depende, da muerte al que le ve. No se lisonjee pensando que ese no está muerto. Aunque el otro viva, él es un homicida. […] Quien vive malvadamente en presencia de aquellos a cuyo frente está, en cuanto de él depende, mató también a las ovejas fuertes. Quien le imita, muere; quien no le imita, sigue con vida. Sin embargo, en cuanto depende de él, ha dado muerte a uno y otro. (San Agustín. Sermón 46 sobre los pastores, n. 4)

… juzga la idea de que los cristianos deben abajarse siempre que tiene Francisco

  • Cristo afirma de sí lo menor; y Pedro, de Cristo, lo mayor

He aquí la confesión verdadera y plena. Debes unir una y otra cosa: lo que Cristo dice de sí y lo que Pedro dice de Cristo. ¿Qué dijo Cristo de sí? “¿Quién dicen los hombres que soy yo, el hijo del hombre?” ¿Y qué dice Pedro de Cristo? “Tú eres Cristo, el hijo de Dios vivo”. Une las dos cosas y así Cristo ha venido en la carne. Cristo afirma de sí lo menor, y Pedro, de Cristo, lo mayor. La humildad habla de la verdad, y la verdad, de la humildad; es decir, la humildad, de la verdad de Dios, y la verdad, de la humildad del hombre. (San Agustín. Sermón 183, 3, 4)

… juzga las ideas presentes en la Laudato Sí´

  • Dios es Señor de los hombres y el hombre, por ser hecho a su imagen y semejanza, ejerce señorío sobre los animales irracionales

Vemos que la faz de la tierra se hermosea con los animales terrestres; y que el hombre, hecho a imagen y semejanza vuestra, por esta misma imagen y semejanza vuestra, esto es, por la fuerza de la razón y de la inteligencia, ejerce señorío sobre todos los animales irracionales. (San Agustín. Confesiones, LXIII, c. 32)

… juzga la idea de la fe como revolución que tiene Francisco

  • Jóvenes, sed humildes

Os escribo a vosotros, jóvenes. Considerad una y otra vez que sois jóvenes; luchad para vencer; venced para recibir la corona; sed humildes para no caer en el combate. (San Agustín. Homilías sobre la Primera Carta de San Juan a los Partos, II, 7)

… juzga la interpretación del milagro de la multiplicación de los panes y peces que tiene Francisco

  • El que multiplicó los panes es el mismo que continuamente multiplica los frutos de las semillas

Gran milagro, pero no nos causará excesiva admiración, si nos fijamos en su autor. El que multiplicó los panes entre las manos de los repartidores es el mismo que multiplica las semillas que germinan en la tierra de modo que se siembran pocos granos y se llenan las trojes. Pero como esto lo hace cada año, nadie se admira. La admiración la excluye no la insignificancia del hecho, sino su repetición. Ahora bien, al hacer estas cosas, el Señor hablaba a los que las entendían no sólo mediante palabras, sino también por medio de los milagros mismos. (San Agustín. Sermón 130, n. 1)

… juzga la idea de normas de la Iglesia que tiene Francisco

  • En honor de tan gran Sacramento, el Cuerpo de Cristo debe entrar antes de los alimentos

En este caso [del ayuno eucarístico] ya no se disputa cómo hemos de hacer, sino cómo hemos de entender el sacramento. Del mismo modo, sería locura insolente el discutir qué se ha de hacer, cuando toda la Iglesia universal tiene ya una práctica establecida. […] Bien claro se ve que, cuando los discípulos recibieron por primera vez el cuerpo y sangre del Señor, no los recibieron en ayunas. Pero ¿hemos de reprochar por eso a la Iglesia, porque ahora se recibe en ayunas? Plugo al Espíritu Santo que, en honor de tan gran Sacramento, entrase en la boca del cristiano el cuerpo de Cristo antes que los otros alimentos. Esa es la razón de que tal costumbre se guarde en todo el orbe. El Señor lo ofreció después de comer, pero no por eso deben reunirse los hermanos para recibir el Sacramento después de comer o cenar, o mezclarlo con las otras viandas en sus mesas, como lo hacían aquellos a quienes reprende y enmienda el Apóstol. El Salvador, para recomendar con mayor interés la excelsitud del Sacramento, quiso que fuese lo último que se grabase en el corazón y en la memoria de los discípulos, de quienes se iba a separar para ir a la pasión. Pero no mandó que en adelante se guardase un orden fijo, reservando esa función a los apóstoles, por quienes iba a organizar las iglesias. Si Cristo hubiese mandado que el sacramento se recibiese siempre después de los alimentos, creo que nadie hubiese cambiado tal costumbre. (San Agustín. Carta 54, a Jenaro, n. 5-6)

  • Lo que observa la Iglesia se guarda por recomendación o precepto de los apóstoles

Nuestro Señor Jesucristo, como Él mismo dice en su Evangelio, nos ha sometido a su yugo suave y a su carga ligera. Reunió la sociedad del nuevo pueblo con sacramentos, pocos en número, fáciles de observar, ricos en significación; así el bautismo consagrado en el nombre de la Trinidad, así la comunión de su cuerpo y sangre y cualquiera otro que se contenga en las Escrituras canónicas. Se exceptúan los sacramentos que recargaban la servidumbre del pueblo antiguo, acomodados a su corazón y a los tiempos proféticos, y que se leen también en los cinco libros de Moisés. Todo lo que observamos por tradición, aunque no se halle escrito; todo lo que observa la Iglesia en todo el orbe, se sobreentiende que se guarda por recomendación o precepto de los apóstoles o de los concilios plenarios, cuya autoridad es indiscutible en la Iglesia. Por ejemplo, la pasión del Señor, su resurrección, ascensión a los cielos y venida del Espíritu Santo desde el cielo, se celebran solemnemente cada año. Lo mismo diremos de cualquier otra práctica semejante que se observe en toda la Iglesia universal. (San Agustín. Carta 54, a Jenaro, n. 1)

… juzga la idea de que nuestros pecados nos aproximan de Jesucristo que tiene Francisco

  • No se puede admitir a los Sacramentos aquellos que no quieren abandonar la vida de pecado

¿Hay que admitir a todos los pecadores públicos al bautismo? —Algunos enseñan indiscretamente que todos deben ser admitidos al bautismo de la regeneración de nuestro Señor Jesucristo, aunque no quisieran cambiar su vida mala y torpe, conocida públicamente por la notoriedad escandalosa de sus pecados y delitos, incluso alardeando con descaro que quieren permanecer en ella. Un ejemplo: cuando alguno está viviendo con una meretriz, no hay que obligarle a que primero la deje y después venga al bautismo; al contrario, al que vive con ella y hasta confiesa públicamente y con insolencia que ha de vivir así, hay que admitirlo y bautizarlo, sin impedirle nunca que se haga miembro de Cristo, aunque él permanezca terne que terne en ser miembro de una meretriz. Es después cuando hay que enseñarle lo grave que es ese pecado, y, una vez bautizado, instruirlo sobre las costumbres y la conducta que tiene que mejorar. Juzgan perverso y a destiempo enseñar primero cómo debe vivir un cristiano y después bautizarlo. Estiman que debe preceder el sacramento del bautismo a la enseñanza de la vida y costumbres que practicará después, porque, si ha querido aprenderla y guardarla, lo habrá hecho con fruto; pero si no ha querido, conservando la fe cristiana sin la cual perecería eternamente, y aunque haya vivido en el pecado y en la inmundicia, se salvará como por el fuego, a la manera de uno que ha edificado, sobre el fundamento que es Cristo, no oro, plata y piedras preciosas, sino madera, heno y paja, es decir, no costumbres rectas y castas, sino malévolas e impúdicas. (San Agustín. La fe y las obras, I,1)

  • Que haya buenos y malos en la Iglesia no significa que deba relajarse la disciplina

Quien entienda los testimonios de las Escrituras sobre la mezcolanza, tanto presente como futura, de buenos y malos en la Iglesia, de manera que hay que relajar, y aun omitir totalmente la severidad y la vigilancia de la disciplina, no sólo es un ignorante de los libros sagrados, sino un iluso de su propia opinión. (San Agustín. La fe y las obras, I, 1)

  • La fe que justifica se manifiesta en las obras que proceden del amor

Cuando el Apóstol dice que cree que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley, no lo hace para que, recibida y vivida la fe, sean despreciadas las obras de la justicia, sino para que cada uno sepa que él puede ser justificado por la fe, aunque no hayan precedido las obras de la ley. En efecto, las obras siguen y no preceden a la justificación. […] No se trata de una fe cualquiera con la que se cree en Dios, sino de aquella fe saludable y evangélica cuyas obras proceden del amor: la fe que obra a través del amor. Se ve claramente cómo afirma que no aprovecha de nada la fe, que les parece a algunos que es suficiente para la salvación, cuando dice: Si tuviese toda la fe, hasta para trasladar montañas, pero no tengo caridad, nada soy. En cambio, cuando obra la caridad con fe, sin duda que se vive bien. (San Agustín. La fe y las obras, XIV, 21)

  • El error de esperar la vida eterna con una fe muerta

Santiago, además, es tan enérgicamente contrario a los sabihondos que dicen que la fe sin obras vale para la salvación, que los compara con los demonios, diciendo: Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien, pero también los demonios creen y tiemblan. ¿Qué puede decirse más breve, veraz y enérgicamente, cuando leemos también en el Evangelio que esto lo dijeron los demonios al confesar que Cristo es el Hijo de Dios, y fueron reprendidos por él, mientras que es alabado en la confesión de Pedro? Dice Santiago: ¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso la fe le podrá salvar? Y añade: Porque la fe sin obras es muerta. ¿Hasta dónde están engañados los que se prometen la vida perpetua con la fe muerta? (San Agustín. La fe y las obras, XIV, 23)

  • No se puede llegar a la vida eterna sin la observancia de los mandamientos

¿Por qué dijo el Señor: Si quieres llegar a la vida, guarda los mandamientos, y por qué recordó lo que se refiere a las buenas costumbres, si se puede llegar también a la vida sin guardar todo eso, con sola la fe?, que sin obras es muerta. Además, ¿cómo puede ser verdad lo que les dirá a los que ha de poner a la izquierda: Id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles? A éstos no los increpa porque no han creído en él, sino porque no han hecho obras buenas. (San Agustín. La fe y las obras, XV, 25)

  • Los dones de Dios llegan, incluso a través de personas como Judas

¿Qué os ha hecho Cristo, que soportó a su traidor con paciencia tan grande que llegó hasta el colmo de darle, al igual que al resto de los apóstoles, la primera eucaristía que confeccionaron sus manos y que recomendó con sus labios? ¿Qué os ha hecho el Cristo que al mismo que lo entregó, al mismo que llamó diablo, al mismo que, antes de entregar al Señor, había sido incapaz de ser honrado con el dinero que el Señor mismo depositaba en su bolsa, a ese mismo envió a predicar el reino de los cielos con el resto de sus discípulos? Todo ello para subrayar que los dones de Dios llegan a aquellos que los acogen con fe, aunque la persona a través de quien les llegan sea como de Judas. (San Agustín. Comentarios a los Salmos, 10, 6)

  • Los sacrílegos corrompen en sí mismos el templo de Dios

Todos los que dentro confiesan que conocen a Dios y lo niegan con sus obras […], todos estos carecen de esperanza, porque tienen mala conciencia; son unos pérfidos, porque no cumplen lo que prometieron a Dios; son mentirosos, porque profesan falsedades; son unos demoníacos, porque dan lugar en su corazón al diablo y a sus ángeles; sus palabras producen la gangrena, ya que corrompen las buenas costumbres con sus perversas conversaciones; son unos infieles, porque se burlan de las amenazas de Dios; son malvados, porque viven impíamente; son unos anticristos, por estar sus costumbres en oposición a Cristo; son malditos de Dios, porque en todas partes los maldice la Sagrada Escritura; están muertos, porque carecen de la vida de justicia; son unos inquietos, porque combaten con sus hechos la palabra de Dios; y unos blasfemos, porque con sus acciones perversas deshonran el nombre cristiano; y unos profanos, por estar excluidos espiritualmente de aquel santuario interior de Dios; y unos sacrílegos, porque con su mala vida corrompen en sí mismos el templo mismo de Dios; son unos pontífices del diablo, ya que sirven al fraude y a la avaricia, que es una idolatría. (San Agustín. Tratado sobre el Bautismo, VI, 8, 12)

  • Es preciso que odies en ti tu obra y ames en ti la obra de Dios

Pues muchos han amado sus pecados y muchos han confesado sus pecados, ha puesto el acento ahí: en que quien confiesa sus pecados y acusa sus pecados ya obra con Dios. Dios acusa tus pecados; si también tú los acusas, te unes con Dios. Hombre y pecador: son como dos realidades. Dios ha hecho lo que oyes nombrar “hombre”; ese hombre mismo ha hecho lo que oyes nombrar “pecador”. Para que Dios salve lo que ha hecho, destruye tú lo que has hecho. Es preciso que odies en ti tu obra y ames en ti la obra de Dios. Ahora bien, cuando empiece a disgustarte lo que has hecho, a partir de entonces empiezan tus obras buenas, porque acusas tus obras malas. Inicio de las obras buenas es la confesión de las obras malas. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 12, 13)

  • La imprescindible aversión al pecado

Esto es lo que te dice tu Dios: “El pecado debe ser castigado o por ti o por mí”. El pecado lo castiga o el hombre cuando se arrepiente, o Dios cuando lo juzga; o lo castigas tú sin ti o Dios contigo. Pues ¿qué es el arrepentimiento, sino la ira contra uno mismo? El que se arrepiente se aíra contra sí mismo. En efecto, salvo el caso de que sea ficticio, ¿de dónde proceden los golpes de pecho? ¿Por qué te hieres si no estás arrepentido? Así, pues, cuando golpeas tu pecho, te aíras con tu corazón para satisfacer a tu Señor. De ese modo puede entenderse también lo que está escrito: Airaos y no pequéis. Aírate por haber pecado y, dado que te castigas a ti mismo, no peques más. Despierta tu corazón con el arrepentimiento, y ello será un sacrificio a Dios. (San Agustín. Sermón 19, 2)

  • Nos deben desagradar los propios pecados, porque desagradan a Dios

Sintamos desagrado de nosotros mismos cuando pecamos, ya que a Dios le desagradan los pecados. Y ya que no podemos estar sin pecado, seamos semejantes a Dios al menos en el hecho de sentir desagrado por lo que le desagrada. […]. Dios es tu hacedor; pero mírate a ti mismo y destruye en ti lo que no salió de su taller. Pues —como está escrito— Dios creó al hombre recto. (San Agustín. Sermón 19, 4)

… juzga la idea de que el clamor del pueblo expresa la voluntad de Dios que tiene Francisco

  • Las ovejas de Cristo oyen la voz del Buen Pastor, no la de los malos

Al hablar el Señor Jesús a sus ovejas presentes y futuras —éstas estaban entonces presentes porque las que eran sus futuras ovejas estaban donde las ovejas ya suyas—, muestra por igual a las presentes y a las futuras, a ellos, a nosotros y a cuantos también después de nosotros fueren sus ovejas, quién había sido enviado a ellas. Todas, pues, oyen la voz de su pastor, el cual dice: “Yo soy el buen pastor”. No añadiría “bueno” si no hubiera pastores malos. Pero los pastores malos, esos mismos, son ladrones y asesinos o, como muchas veces, ciertamente mercenarios. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 46, n. 1)

… juzga la idea de que podemos enorgullecernos de nuestros pecados que tiene Francisco

  • Nadie puede gloriarse del mal pues esto no es gloria sino miseria

Señor, yo me creía que era algo por mí solo, me juzgaba autosuficiente por mí, sin caer en la cuenta de que Tú me regías, hasta cuando te apartaste de mí, y entonces caí en mí, y vi y reconocí que eras Tú quien me socorría; que si caí fue por mi culpa, y si me levanté fue por ti. Me has abierto los ojos, luz divina, me has levantado y me has iluminado; y he visto que la vida del hombre sobre la tierra es una prueba, y que ninguna carne puede gloriarse ante ti, ni se justifica ningún viviente, porque todo bien, grande o pequeño, es don tuyo, y nuestro no es sino lo malo. ¿De qué pues podrá gloriarse toda carne?, ¿acaso del mal? Pero eso no es gloria sino miseria. ¿Podrá gloriarse de algún bien, aunque sea ajeno? Pero todo bien es tuyo, Señor, y tuya es la gloria. (San Agustín. Soliloquio del alma a Dios, 15)

  • La fuerza se perfecciona en la debilidad

Conoció [Pablo] que no era nada por sí mismo; que no debía atribuirse nada de lo que era a sus propias fuerzas, sino a la gracia de Dios. Reconoció lo que él dejó dicho: Yo me gloriaré de mis flaquezas; y también: No te engrías, sino más bien teme; y además: Dios da su gracia a los humildes. Y se vino a menos; pero tú la has perfeccionado, porque la fuerza se perfecciona en la debilidad. (San Agustín. Comentario al Salmo 67, 12)

  • La flaqueza es un poder que frena nuestro orgullo

El poder se perfecciona en la debilidad, pues es la flaqueza la que nos obliga a combatir. Cuanto mayor sea la facilidad en la victoria, menor es el esfuerzo en el combate. ¿Quién va a pelear contra sí mismo, si en su interior no encuentra resistencias? Y ¿qué es lo que en nosotros se resiste sino lo que necesita ser curado, para ser por completo libres? La debilidad es, pues, la única causa que nos obliga a entablar combate dentro de nosotros; y esta nuestra flaqueza es aviso para no ensoberbecernos. Por consiguiente, el poder que frena nuestro orgullo cuando podemos sentirnos soberbios, se perfecciona en la debilidad. (San Agustín. Réplica a Juliano, 4, 2, 11)

  • Ninguna falta puede ser considerada despreciable

Si despreciabas por cosa pequeña el pecado, a lo menos te aparte de él la magnitud de la pena. Pero si dices: “Son leves, son despreciables, sin ellos no puede pasarse la vida”, amontona los pequeñísimos y harán un acervo ingente. Pues también los granos son pequeños, y, sin embargo, hacen un gran montón. Las gotas de agua son cosa pequeña, y llenan los ríos y arrastran moles. […] Los muchos y leves pecados que comete el hombre todos los días, ya que, si atiende únicamente a los que se cometen con el pensamiento y la lengua, ¡cuántos no son!, y si atiende a los diminutos que son, ve que muchas cosas pequeñas forman un gran montón. (San Agustín. Comentario al Salmo 129, 5)

  • Los pecados apestan el alma

Si alguno tiene sano el olfato del alma, percibirá cómo apestan los pecados. (San Agustín. Comentario al Salmo 37, 9)

… juzga la idea de origen de los Salmos que tiene Francisco

  • Nuestro ácimo no tiene el fermento de la vetustez

Hay que combatir el error tan suyo de creer que no nos pertenecen a nosotros los libros del Antiguo Testamento porque ya no observamos los sacramentos antiguos, sino otros nuevos. En efecto, nos dicen: “¿De qué os sirve a vosotros la lectura de la Ley y los Profetas, cuyos preceptos no queréis observar?” Porque no circuncidamos la carne masculina del prepucio y comemos carnes que la Ley llama inmundas; no guardamos carnalmente los sábados, los novilunios y los días festivos; no sacrificamos a Dios con víctimas de animales ni celebramos la Pascua igualmente con el cordero y los panes ácimos. Incluso, si algunos otros sacramentos antiguos los llama en general el Apóstol sombras de las cosas futuras, porque significaban en su tiempo lo que iba a revelarse, y que nosotros recibimos ya revelado para que, removidas las sombras, disfrutemos de su luz desnuda. […] También nuestra Pascua es Cristo, y nuestro ácimo es la sinceridad de la verdad, que no tiene el fermento de la vetustez, y si quedan algunas otras cosas en las que no hay necesidad de detenerse ahora, las cuales están esbozadas en aquellos signos antiguos, tienen su cumplimiento en Aquel cuyo reino no tendrá fin. Ciertamente convenía que todas las causas se cumpliesen en Aquel que vino no a deshacer la ley y los profetas, sino a dar plenitud. (San Agustín. Tratado contra los judíos, cap. II, n. 3)

  • Los cristianos poseen las nuevas promesas

El Salmo 79 va precedido con igual título: En defensa de las cosas que serán cambiadas. En ese Salmo está escrito entre otras cosas: Observa desde el cielo, mira, y visita esta viña; y perfecciónala, porque la plantó tu diestra; y mira sobre el Hijo del hombre a quien fortaleciste para ti. Ella es la viña de la que se dice: Trasplantaste la viña de Egipto. En efecto, Cristo no plantó otra nueva, sino que, cuando vino, la cambió en mejor. Lo mismo se lee en el Evangelio: Perderá a los malos malamente y arrendará su viña a otros labradores. No dice: la arrancará y plantará otra viña, sino arrendará la misma viña a otros agricultores. […] La predicción de este cambio, ciertamente, no está significada en los títulos de los Salmos, que pocos entienden, sino que está expresada por el pregón claro de la voz profética. Viene prometido abiertamente un testamento nuevo, no como el testamento hecho para el pueblo, cuando fue sacado de Egipto. Como en aquel Antiguo Testamento están mandadas estas cosas que no estamos obligados a observar nosotros que pertenecemos al Nuevo, ¿por qué no reconocen los judíos que ellos se han quedado anclados en la antigüedad superflua, en vez de echarnos en cara a nosotros, que poseemos las promesas nuevas, el que no cumplimos las antiguas? Porque, como está escrito en el Cantar de los Cantares: Ha llegado el día, huyan las tinieblas, que brille ya la significación espiritual y que calle ya la celebración carnal. (San Agustín. Tratado contra los judíos, cap. VI, n. 7-8)

  • Siempre y en todo lugar es ofrecido el sacrificio de los cristianos

Abrid los ojos de una vez y ved que, desde el sol naciente hasta el poniente, no en un solo lugar, como a vosotros os fue establecido, sino en todo lugar es ofrecido el sacrificio de los cristianos; y no a un dios cualquiera, sino a Aquel que ha predicho eso, al Dios de Israel. (San Agustín. Tratado contra los judíos, cap. IX, n. 13)


… juzga la idea de que el Papa no debe juzgar que tiene Francisco

  • Dios conoce el pecado que se consuma en el corazón

Son, pues, tres los momentos a través de los cuales se comete el pecado: la sugestión, la delectación y el consentimiento. La sugestión procede o bien de la memoria o bien de los sentidos corporales, bien sea cuando vemos algo, lo oímos, lo olemos, lo gustamos o lo tocamos. Y si al percibir el objeto produjere placer, el placer ilícito se debe reprimir. Por ejemplo, cuando estamos ayunando y a la vista de los alimentos surge el apetito, no acontece sino la delectación; pero ahí todavía no hemos consentido y la cohibimos con el dominio de la razón. Pero si ha llegado ya el consentimiento, se habrá consumado ya el pecado, conocido por Dios en nuestro corazón, aunque no hubiese llegado a ser conocido abiertamente por los hombres. (San Agustín. El Sermón de la Montaña, I, 12, 34)

  • Los pecados de los sodomitas han de ser detestados y castigados siempre y en todo lugar

Así pues, todos los pecados contra naturaleza, como fueron los de los sodomitas, han de ser detestados y castigados siempre y en todo lugar, los cuales, aunque todo el mundo los cometiera, no serían menos reos de crimen ante la ley divina, que no ha hecho a los hombres para usar tan torpemente de sí, puesto que se viola la sociedad que debemos tener con Dios cuando dicha naturaleza, de la que él es Autor, se mancha con la perversidad de la libídine. (San Agustín. Las Confesiones, L. III, c.8, n.15)

… juzga el hecho de pedir la bendición a herejes y cismáticos

  • Como miembro amputado, el hereje no tiene la vida del Espíritu

El Espíritu Santo obra en la Iglesia lo mismo que el alma en todos los miembros de un único cuerpo. […] Acontece que en un cuerpo humano, mejor, de un cuerpo humano, hay que amputar un miembro: la mano, un dedo, un pie. ¿Acaso el alma va tras el miembro cortado? Mientras estaba en el cuerpo, vivía; una vez cortado, perdió la vida. De idéntica manera, el hombre cristiano es católico mientras vive en el cuerpo; hacerse hereje equivale a ser amputado, y el espíritu no sigue a un miembro amputado. Por tanto, si queréis recibir la vida del Espíritu Santo, conservad la caridad, amad la verdad y desead la unidad para llegar a la eternidad. (San Agustín. Sermón 267, 4)

  • Por no estar en todo con la Iglesia, no aprovecha a los herejes y cismáticos las cosas en que lo están

“Su paz rescata mi alma de los que se me acercan”. Porque de los que están lejos no hay problema; no me engaña tan fácilmente el que me dice: Ven, adora este ídolo; está muy lejos de mí. Le preguntas: ¿Eres cristiano? Sí, soy cristiano, responde. Ése es tu enemigo cercano, está a tu lado. “Su paz rescata mi alma de los que se me acercan, ya que en muchas cosas estaban conmigo”. ¿Por qué dijo: Los que se me acercan? Porque en muchas cosas estaban conmigo. […] El bautismo lo tuvimos todos: en eso estaban conmigo; el Evangelio lo leíamos unos y otros: estaban conmigo; celebrábamos la fiesta de los mártires: allí estaban conmigo; asistíamos a la solemnidad de la Pascua: estaban juntos conmigo. Pero no totalmente conmigo: en el cisma no están conmigo, en la herejía tampoco. En muchas cosas sí están conmigo, pero sólo en pocas no lo están. Y por estas pocas cosas en que no están conmigo, no les aprovechan las muchas en que sí lo están. (San Agustín. Comentarios a los salmos. Salmo 54, 19)

… juzga la idea de pecado y misericordia que tiene Francisco

  • Pecado, desprecio de la ley eterna

Pecado es un hecho, dicho o deseo contra la ley eterna. A su vez, la ley eterna es la razón o voluntad divina que manda conservar el orden natural y prohíbe alterarlo. (San Agustín. Réplica a Fausto, l. XXII, n. 27)

  • Para estar en comunión con Dios, tenemos que expulsar los pecados de nuestro interior

Si Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna y debemos estar en comunión con él, tenemos que expulsar de nosotros las tinieblas para que se produzca en nosotros la luz, pues las tinieblas no pueden entrar en comunión con la luz. […] Afirmas estar en comunión con Dios, pero caminas en tinieblas; por otra parte, Dios es luz y en él no hay tinieblas, ¿cómo entonces están en comunión la luz y las tinieblas? […] Los pecados, en cambio, son tinieblas, como lo dice el Apóstol al afirmar que el diablo y sus ángeles son los que dirigen estas tinieblas. No diría de ellos que dirigen las tinieblas si no dirigiesen a los pecadores y dominasen sobre los inicuos. ¿Qué hacemos, hermanos míos? Hay que estar en comunión con Dios, pues, de lo contrario, no cabe esperanza alguna de vida eterna. […] Caminemos en la luz como también él está en la luz para que podamos estar en comunión con él. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 5)

  • Jesús perdona los pecados de quien va cambiando hasta alcanzar la perfección

Las palabras “Él es fiel y justo para limpiarnos de toda iniquidad” podían quizá dejar la impresión de que el apóstol Juan otorga la impunidad a los pecados y que los hombres podrían decir para sí: “Pequemos, hagamos tranquilos lo que queramos, pues Cristo, que es fiel y justo, nos limpia de toda iniquidad”. Para evitarlo, te quita esa seguridad dañina y te infunde un temor provechoso. Quieres tener una seguridad dañina, llénate de preocupación. Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, si estás a disgusto contigo mismo y vas cambiando hasta alcanzar la perfección. […] Pero si se infiltrase el pecado, como resultado de la debilidad de la vida, préstale atención al instante, desagrádete al instante, condénalo inmediatamente. Y una vez que lo hayas condenado, llegarás confiado a la presencia del juez. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

  • Ante todo, el reconocimiento del pecado

Ante todo, el reconocimiento del pecado; que nadie se considere justo ni levante su cerviz el hombre que no existía y existe ante los ojos de Dios que ve lo que es. Ante todo, pues, el reconocimiento del pecado y luego el amor. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

  • Pocos temen la muerte del alma

Si observamos todas las clases de muertes y entendemos las más detestables, muere todo el que peca. Pero todo hombre teme la muerte de la carne; la muerte del alma, pocos. Respecto a la muerte de la carne, que sin duda va a llegar alguna vez, todos procuran que no llegue; de eso es de lo que se preocupan. El hombre que va a morir se preocupa de no morir, mas no se preocupa de no pecar el hombre, que a vivir eternamente. Y, cuando se preocupa de no morir, sin causa se preocupa, pues consigue diferir mucho la muerte, no evadirla; si, en cambio, no quiere pecar, no se preocupará y vivirá eternamente. (San Agustín. Tratado 49 sobre el Evangelio de San Juan, n. 2)

  • Un género de muerte: la mala costumbre

Hay un género de muerte monstruoso: se llama la mala costumbre. Una cosa es, en efecto, pecar; otra, formar la costumbre de pecar. Quien peca y se corrige al instante, revive rápidamente; porque no está aún implicado en la costumbre, no está sepultado. Quien, en cambio, acostumbra a pecar, está sepultado y de él se dice bien “hiede”, pues comienza a tener pésima fama, olor asquerosísimo, digamos. Así son todos los habituados a malas acciones, los “de costumbres depravadas”. (San Agustín. Tratado 49 sobre el Evangelio de San Juan, n. 3)

  • No desprecies el pecado venial, pues conduce al mortal

Mientras el hombre carga con la carne no puede no tener pecados, al menos leves. Pero no desprecies estos pecados que llamamos leves. Si los desprecias al considerar su propio peso, asústate al considerar su número. Muchas cosas menudas hacen una mole grande; muchas gotas llenan un río, muchos granos hacen un muelo. (San Agustín. Homilías sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

… juzga la idea de “cultura del encuentro” que tiene Francisco

  • La Iglesia alcanza paz en la tierra con todas las razas y lenguas

Esta ciudad celeste, durante el tiempo de su destierro en este mundo, convoca a ciudadanos de todas las razas y lenguas, reclutando con ellos una sociedad en el exilio, sin preocuparse de su diversidad de costumbres, leyes o estructuras que ellos tengan para conquistar o mantener la paz terrena. Nada les suprime, nada les destruye. Más aún, conserva y favorece todo aquello que, diverso en los diferentes países, se ordena al único y común fin de la paz en la tierra. Sólo pone una condición: que no se pongan obstáculos a la religión por la que —según la enseñanza recibida— debe ser honrado el único y supremo Dios verdadero. (San Agustín. De civitate Dei, XIX, 17)

  • Una familia o sociedad ordenada por la Iglesia está en perfecto orden

Tú [la Iglesia] ordenas la autoridad de los maridos sobre sus esposas, no para tratar con desprecio al sexo más débil, sino para dominarle según las leyes del más puro y sincero amor. Tú con una, estoy por decir, libre servidumbre sometes los hijos a sus padres y pones a los padres delante de los hijos con dominio de piedad. Tú, con vínculo de religión, más fuerte y más estrecho que el de la sangre, unes a hermanos con hermanos. Tú estrechas con apretado y mutuo lazo de amor a los que el parentesco y afinidad une, respetando en todo los lazos de la naturaleza y de la voluntad. Tú enseñas a los criados la unión con sus señores, no tanto por necesidad de su condición, cuanto por amor del deber. Tú haces que los señores traten con más dulzura a sus criados por respeto a su sumo y común Señor, Dios, y les haces obedecer por persuasión antes que por temor. Tú, no sólo con vínculo de sociedad, sino también de una cierta fraternidad, ligas a ciudadanos con ciudadanos, a naciones con naciones; en una palabra, a todos los hombres con el recuerdo de los primeros padres. (San Agustín. De moribus Ecclesiae catholicae I, 30) 

… juzga la idea de que no se puede encontrar a Dios que tiene Francisco

  • La verdad se manifiesta con claridad en todas las realidades de la Iglesia Católica

Dejando de lado la purísima sabiduría a cuyo conocimiento sólo llegan en esta vida unos pocos espirituales, de modo que la conocen sin duda alguna, pero, por ser hombres, sólo en una pequeñísima parte —a la multitud le otorga la máxima seguridad no la agudeza de la inteligencia, sino la simplicidad de la fe—; aun dejando de lado, repito, esta sabiduría que vosotros no creéis que se halle en la Iglesia católica, hay muchas otras cosas que me sujetan justamente en su seno. Me sujeta el consenso de los pueblos y las naciones; me sujeta su autoridad incoada con milagros, nutrida con la esperanza, acrecentada con el amor y asentada con la antigüedad. Me sujeta la sucesión de sacerdotes desde la misma cátedra del apóstol Pedro a quien el Señor confió, después de su resurrección, el pastoreo de sus ovejas, hasta el episcopado actual. Me sujeta finalmente el mismo nombre de “católica” que no sin motivo sólo esta Iglesia obtuvo entre tantas herejías.Así, no obstante que todos los herejes quieren llamarse católicos, cuando algún forastero pregunta dónde se reúne la católica, ninguno de ellos osa indicarle la propia basílica o casa. Por tanto, esas cadenas del nombre cristiano, tan numerosas y tan fuertes, sujetan en la Iglesia católica al hombre de recta fe, incluso si por la lentitud de nuestra inteligencia o por los méritos de nuestra vida aún no se manifiesta la verdad en todo su resplandor. Entre vosotros, en cambio, entre quienes no existe ninguna de esas realidades que me inviten y me sujeten, no se oye otra cosa que la promesa de la verdad; verdad que si se manifiesta tan a las claras que no quepa la duda ha de ser antepuesta a todas aquellas realidades que me mantienen en la católica. Pero si sólo se promete y no se muestra, nadie me apartará de aquella fe que ata mi alma a la religión cristiana con tantos y tan poderosos lazos. (San Agustín. Réplica a la carta de Manés, llamada “del Fundamento”, n. 4)

… juzga la idea de Primera Comunión que tiene Francisco

  • El sacrificio del altar se perpetúa en obediencia a Cristo

Así, pues, Cristo nuestro Señor, que en su pasión ofreció por nosotros lo que había tomado de nosotros en su nacimiento, constituido príncipe de los sacerdotes para siempre, ordenó que se hiciera el sacrificio que estáis viendo, el de su cuerpo y su sangre. En efecto, de su cuerpo, herido por la lanza, brotó agua y sangre, mediante la cual borró los pecados del mundo. Recordando esta gracia al hacer realidad vuestra salvación, puesto que es Dios quien la realiza en vosotros, acercaos con temor y temblor a participar de este altar.Reconoced en el pan lo que colgó del madero, y en el cáliz lo que manó del costado. (San Agustín. Sermón 228 B: Los Sacramentos Pascuales, n. 2)

  • Una verdad predicada por la Iglesia hace siglos debe ser creída

Aunque la razón fuera incapaz de comprender y la palabra impotente para expresar una realidad, sería necesario considerar verdadero lo que desde toda la antigüedad cree ypredica la verdadera fe católica en toda la Iglesia. (San Agustín. Réplica a Juliano, libro 6, cap. 5, n. 11) 

  • Constituidos miembros de Cristo, seamos lo que recibimos

La Eucaristía, en consecuencia, es nuestro pan de cada día. Pero si lo recibimos no solo en el estómago, sino también en el espíritu. El fruto que se entiende que él produce es la unidad, a fin de que, integrados en su cuerpo, constituidos miembros suyos, seamos lo que recibimos. Entonces será efectivamente nuestro pan de cada día. (San Agustín. Sermón 57, La entrega del Padrenuestro, n. 7) 

  • Los que no perseveraran en una vida santa serán apartados de este pan

Danos hoy nuestro pan de cada día: estas palabras se entienden asimismo perfectamente referidas a la Eucaristía, el alimen­to de cada día. En efecto, los ya bautizados saben qué reciben y que para ellos es un bien recibir este pan de cada día, necesario para esta vida. Piden por sí mismos a fin de llegar a ser buenos y perseverar en la bondad, en la fe y en la vida santa. Esto desean, esto piden, pues si no perseveraran en la vida santa serán apartados de aquel pan. Por tanto, ¿qué significa: Danos hoy nuestro pan de cada día?Vivamos de tal modo que no seamos apartados de tu altar. (San Agustín. Sermón 58: La entrega del Padrenuestro, n. 5)

  • Se recibe dignamente la Eucaristía si se huye de la falsa doctrina

Recibid, pues, y comed el cuerpo de Cristo, transformados ya vosotros mismos en miembros de Cristo en el cuerpo de Cristo; recibid y bebed la sangre de Cristo. Para no desintegraros, comed el vínculo que os une; no os estiméis en poco, bebed vuestro precio. […] Si tenéis vida en él, seréis una sola carne con él. En efecto, este sacramento no recomienda el cuerpo de Cristo en forma que os separe de él. […] Comenzáis, pues, a recibir lo que ya habéis empezado a ser si no lo recibís indignamente para no comer y beber vuestra condenación. […] Lo recibís dignamente si os guardáis del fermento de la doctrina falsa, de forma que seáis panes ácimos de sinceridad y de verdad. (San Agustín. Sermón 228 B, Los Sacramentos Pascuales, n. 3-5) 

  • Es propio del error interpretar inútilmente los signos

Es esclavo de los signos el que hace o venera alguna cosa significativa, ignorando lo que signifique. El que hace o venera algún signo útil instituido por Dios, entendiendo su valor y significación, no adora lo que se ve y es transitorio, sino más bien aquello a que se han de referir todos estos signos. […] Mas en este tiempo, cuando por la resurrección de nuestro Señor Jesucristo brilló clarísimo el signo de nuestra libertad,no estamos ya oprimidos con el grave peso de aquellos signos cuya inteligencia tenemos, sino que el mismo Señor y la enseñanza apostólica nos transmitieron unos pocos entre tantos antiguos, y estos facilísimos de cumplir, sacratísimos en su significación y purísimos en su observancia, como son el sacramento del bautismo y la celebración del cuerpo y la sangre del Señor. Cualquiera que los recibe bien instruido sabe a qué se refiere, de modo que no los venera con carnal servidumbre, sino más bien con la libertad espiritual. Así como seguir materialmente la letra y tomar los signos por las cosas que significan denota debilidad servil, así interpretar inútilmente los signos es propio del error miserablemente libre. […] Mejor es verse agobiado por signos desconocidos pero útiles, que no, interpretándolos inútilmente, enredar en los lazos del error la cerviz que salió del yugo de la servidumbre. (San Agustín. Sobre la doctrina cristiana. Lib. 3, cap. 9, n. 13) 

  • Es propio del error interpretar inútilmente los signos

Es esclavo de los signos el que hace o venera alguna cosa significativa, ignorando lo que signifique. El que hace o venera algún signo útil instituido por Dios, entendiendo su valor y significación, no adora lo que se ve y es transitorio, sino más bien aquello a que se han de referir todos estos signos. […] Mas en este tiempo, cuando por la resurrección de nuestro Señor Jesucristo brilló clarísimo el signo de nuestra libertad,no estamos ya oprimidos con el grave peso de aquellos signos cuya inteligencia tenemos, sino que el mismo Señor y la enseñanza apostólica nos transmitieron unos pocos entre tantos antiguos, y estos facilísimos de cumplir, sacratísimos en su significación y purísimos en su observancia, como son el sacramento del bautismo y la celebración del cuerpo y la sangre del Señor. Cualquiera que los recibe bien instruido sabe a qué se refiere, de modo que no los venera con carnal servidumbre, sino más bien con la libertad espiritual. Así como seguir materialmente la letra y tomar los signos por las cosas que significan denota debilidad servil, así interpretar inútilmente los signos es propio del error miserablemente libre. […] Mejor es verse agobiado por signos desconocidos pero útiles, que no, interpretándolos inútilmente, enredar en los lazos del error la cerviz que salió del yugo de la servidumbre. (San Agustín. Sobre la doctrina cristiana. Lib. 3, cap. 9, n. 13) 

… juzga la idea de paternidad responsable que tiene Francisco

  • La prole no puede ser un pecado

Aquello que tienen de bueno las bodas y por lo que es bueno el matrimonio, nunca puede ser pecado. Este bien está dividido en tres partes: la fe, la prole y el sacramento. La fe cuida de que no se una el varón y la mujer con otra u otro fuera de la unión conyugal. La prole atiende a que se reciban con amor los hijos, se les alimente con agrado y se les eduque religiosamente. El sacramento mira a que la unión sea irrompible, y el repudiado o repudiada no se una a otra persona ni aun por causa de los hijos. Esta es como la norma de las bodas por la cual o se hermosea la fecundidad de la naturaleza o se corrige la maldad de la incontinencia. (San Agustín. Del Génesis a la letra, L. IX, VII, 12)

  • La Sagrada Familia: paradigma de los bienes del matrimonio

Todo el bien del matrimonio se encuentra colmado en los padres de Cristo: la prole, la fidelidad, el sacramento. La prole, conocemos al mismo Señor Jesús; la fidelidad, porque no existió ningún adulterio; el sacramento, porque no lo rompió ningún divorcio. (San Agustín. El matrimonio y la concupiscencia, L. I, XI, 13)

… juzga la idea neo-quietista de Francisco

  • Si el alma no se eleva no se sabe como ni donde encontrar a Dios

Me doy cuenta de que mi Dios es algo superior a mi alma. Luego para ponerme en contacto con él, he meditado en todo esto y he levantado mi alma sobre mí. ¿Cuándo mi alma llegará a tocar lo que busca superior a mi alma, si mi alma no se eleva sobre sí misma?Si permanece en sí misma, no se verá más que a ella, y al verse a sí misma, ciertamente no verá a su Dios.(San Agustín, comentario al salmo 41, n. 8)

  • ¿Donde encontrar a Dios?

El que tiene su casa sublime en lo secreto, tiene también en la tierra un tabernáculo. Esa su tienda en la tierra, es decir, su Iglesia, está todavía como peregrina. Pero es aquí donde hay que buscarlo, porque en esa tienda se encuentra el camino por el que se llega a la casa. Por eso, cuando elevaba mi alma sobre mí, para lograr encontrar a mi Dios, ¿por qué lo hice? Porque voy a entrar en la tienda. Así es, ya que fuera de esa tienda me equivocaré si busco a mi Dios. Porque voy a entrar en la tienda admirable hasta la casa de Dios. Entraré, sí, en el lugar de la tienda, tienda admirable, hasta la casa de Dios. (San Agustín, comentario al salmo 41, n. 9)

  • Dios también se encuentra en el alma de los fieles

Hay muchas cosas que me causan admiración en la tienda. Fijaos cuántas cosas admiro en él: puesto que la morada de Dios en la tierra son los hombres fieles, lo que admiro en ellos es la obediencia de sus componentes, puesto que no reina en ellos el pecado, que se deja llevar de las propias inclinaciones, ni prestan sus miembros al pecado como armas de maldad, sino que los entregan al Dios vivo para el bien obrar.(San Agustín, comentario al salmo 41, n. 9)

… juzga la idea de felicidad que tiene Francisco

  • El sumo bien del hombre es Dios y nada más

Es cierto que todos queremos vivir una vida feliz, y no hay nadie que no asienta a esta proposición aun antes de terminar su enunciado. […] Nadie sin gozar del sumo bien del hombre es dichoso; y el que disfruta de él, ¿puede no serlo? Es preciso, pues, si queremos ser felices, la presencia en nosotros del sumo bien. ¿Cuál es este sumo bien del hombre?[…] Es Dios, y nada más; tendiendo hacia Él, vivimos una vida santa; y si lo conseguimos, será una vida, además de santa, feliz y bienaventurada. (San Agustín. De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos, l. I, n. 4-5.10) 

  • Si quieres ser feliz, sé inmaculado

Este gran salmo, hermanos míos, desde su comienzo nos exhorta a la bienaventuranza, que nadie desprecia. ¿Quién puede, pudo o podrá jamás encontrar a alguno que no quiera ser feliz? Si el que exhorta no hace más que mover la voluntad de aquel a quien persuade para que vaya en pos de lo que le sugiere, ¿qué necesidad tiene de exhortación el alma humana a la felicidad, que ansia por naturaleza? Luego ¿por qué se nos incita a que queramos lo que no podemos menos de querer si no es porque, deseando todos la felicidad, muchos ignoran el modo de llegar a ella? Esto, pues, es lo que enseña el que dice:Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. Esto es como si dijese: Sé lo que quieres: buscas la bienaventuranza. Si quieres ser feliz, sé inmaculado. Todos quieren la felicidad, pero pocos los que quieren ser inmaculados, sin lo cual no se llega a conseguir lo que todos quieren. Pero ¿en dónde llegará a ser inmaculado el hombre si no es en el camino? ¿En qué camino? En el del Señor. Por esto se nos exhorta y no en vano se nos dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. (San Agustín. Comentarios a los Salmos, Salmo 118, sermón 1, 1)

… juzga la idea de amor fraterno que tiene Francisco

  • Jesús quiere que cambiemos de vida

Tampoco te condenaré yo. ¿Qué significa, Señor? ¿Fomentas, pues, los pecados? Simple y llanamente, no es así. Observa lo que sigue: Vete, en adelante no peques ya. El Señor, pues, ha condenado, pero el pecado, no al hombre. Efectivamente, si fuese fautor de pecados diría: ‘Tampoco te condenaré yo; vete, vive como vives; está segura de mi absolución; por mucho que peques, yo te libraré de todo castigo, hasta de los tormentos del quemadero y del infierno’. No dijo esto. (San Agustín. Tratados sobre el Evangelio de San Juan, 33, 6)

… juzga la idea de laicidad del Estado que tiene Francisco

  • El reinado de los buenos es beneficioso para las empresas humanas

Así, pues, cuando al Dios verdadero se le adora, y se le rinde un culto auténtico y una conducta moral intachable, es ventajoso que los buenos tengan el poder durante largos períodos sobre grandes dominios. Y tales ventajas no lo son tanto para ellos mismos cuanto para sus súbditos. Por lo que a ellos concierne, les basta para su propia felicidad con la bondad y honradez. Son éstos dones muy estimables de Dios para llevar aquí una vida digna y merecer luego la eterna. Porque en esta tierra, el reinado de los buenos no es beneficioso tanto para ellos cuanto para las empresas humanas. Al contrario, el reinado de los malos es pernicioso sobre todo para los que ostentan el poder, puesto que arruinan su alma por una mayor posibilidad de cometer crímenes. En cambio, aquellos que les prestan sus servicios sólo quedan dañados por la propia iniquidad. En efecto, los sufrimientos que les vienen de señores injustos no constituyen un castigo de algún delito, sino una prueba de su virtud. Consiguientemente, el hombre honrado, aunque esté sometido a servidumbre, es libre. En cambio, el malvado, aunque sea rey, es esclavo, y no de un hombre, sino de tantos dueños como vicios tenga. De estos vicios se expresa la divina Escritura en estos términos: “Cuando uno se deja vencer por algo, queda hecho su esclavo” (2 Pe 2, 19). (San Agustín, La Ciudad de Dios, L. IV, c. 3) 

  • El gobierno que honra a Dios manda en la caridad

Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor. Aquélla solicita de los hombres la gloria; la mayor gloria de ésta se cifra en tener a Dios como testigo de su conciencia. Aquélla se engríe en su gloria; ésta dice a su Dios: “Gloria mía, Tú mantienes alta mi cabeza” (Sal 3, 4). La primera está dominada por la ambición de dominio en sus príncipes o en las naciones que somete; en la segunda se sirven mutuamente en la caridad los superiores mandando y los súbditos obedeciendo. Aquélla ama su propia fuerza en los potentados; ésta le dice a su Dios: “Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza” (Sal 17, 2). Por eso, los sabios de aquélla, viviendo según el hombre, han buscado los bienes de su cuerpo o de su espíritu o los de ambos; y pudiendo conocer a Dios, “no lo honraron ni le dieron gracias como a Dios, sino que se desvanecieron en sus pensamientos, y su necio corazón se oscureció. Pretendiendo ser sabios, exaltándose en su sabiduría por la soberbia que los dominaba, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes de hombres mortales, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles” (pues llevaron a los pueblos a adorar a semejantes simulacros, o se fueron tras ellos), “venerando y dando culto a la criatura en vez de al Creador, que es bendito por siempre” (Rom 1, 21-25). En la segunda, en cambio, no hay otra sabiduría en el hombre que una vida religiosa, con la que se honra justamente al verdadero Dios, esperando como premio en la sociedad de los santos, hombres y ángeles, “que Dios sea todo en todas las cosas” (1 Cor 15, 28). (San Agustín, La Ciudad de Dios, L. XIV, c. 28) 

  • Los gobiernos sin justicia se convierten en bandas de ladrones a gran escala

Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala? Y estas bandas, ¿qué son sino reinos en pequeño? Son un grupo de hombres, se rigen por un jefe, se comprometen en pacto mutuo, reparten el botín según la ley por ellos aceptada. Supongamos que a esta cuadrilla se le van sumando nuevos grupos de bandidos y llega a crecer hasta ocupar posiciones, establecer cuarteles, tomar ciudades y someter pueblos: abiertamente se autodenomina reino, título que a todas luces le confiere no la ambición depuesta, sino la impunidad lograda. Con toda finura y profundidad le respondió al célebre Alejandro Magno un pirata caído prisionero. El rey en persona le preguntó: “¿Qué te parece tener el mar sometido al pillaje?” “Lo mismo que a ti ―respondió― el tener el mundo entero. Sólo que a mí, como trabajo con una ruin galera, me llaman bandido, y a ti, por hacerlo con toda una flota, te llaman emperador”. (San Agustín, La Ciudad de Dios, L. IV, c. 4) 

… juzgan la idea de vigencia de la Antigua Alianza que tiene Francisco

  • Cristo cambió los antiguos signos, dándoles plenitud – de modo que son distintos los que anunciaban que había venido Cristo de los que profetizaban que iba a venir

Nos dicen [los judíos]: ‘¿De qué os sirve a vosotros la lectura de la Ley y los Profetas, cuyos preceptos no queréis observar?’ Porque no circuncidamos la carne masculina del prepucio y comemos carnes que la Ley llama inmundas; no guardamos carnalmente los sábados, los novilunios y los días festivos; no sacrificamos a Dios con víctimas de animales ni celebramos la Pascua igualmente con el cordero y los panes ácimos. Incluso, si algunos otros sacramentos antiguos los llama en general el Apóstol sombras de las cosas futuras (Col 2,17), porque significaban en su tiempo lo que iba a revelarse, y que nosotros recibimos ya revelado para que, removidas las sombras, disfrutemos de su luz desnuda. Sería demasiado largo disputar de todo esto por separado: cómo somos circuncidados al desnudar el hombre viejo no con la expoliación del cuerpo carnal; […] También nuestra Pascua es Cristo, y nuestro ácimo es la sinceridad de la verdad, que no tiene el fermento de la vetustez (1Co 5,7-8), y si quedan algunas otras cosas en las que no hay necesidad de detenerse ahora, las cuales están esbozadas en aquellos signos antiguos, tienen su cumplimiento en Aquel cuyo reino no tendrá fin. Ciertamente convenía que todas las causas se cumpliesen en Aquel que vino no a deshacer la ley y los profetas, sino a dar plenitud (Mt 5,17). Así, pues, no anuló aquellos antiguos signos de las cosas oponiéndose a ellos, sino que los cambió dándoles plenitud, de modo que fuesen distintos tanto los que anunciaban que había venido Cristo como los que profetizaban que iba a venir. (San Agustín – Adversus Iudaeos, n.3-4)

  • Cesado el sacrificio antiguo en Jerusalén, en todo lugar se ofrece el sacrificio nuevo

Finalmente, si os empeñáis, ¡oh judíos!, en retorcer las palabras proféticas según vuestro parecer en otro sentido, resistiendo al Hijo de Dios contra vuestra salvación; […] Si esto lo queréis entender así, ¿qué vais a decir y cómo vais a interpretar al otro Profeta (Mal 1,10-11) que os recorta del todo esa palabra, cuando grita con meridiana claridad: ‘No tengo mi complacencia entre vosotros, dice el Señor omnipotente, y no aceptaré un sacrificio de vuestras manos. Porque, desde el sol que nace al sol que muere, mi nombre se ha hecho famoso entre los pueblos, y en todo lugar se ofrece un sacrificio a mi nombre, sacrificio puro, porque es grande mi nombre entre los pueblos, dice el Señor omnipotente’? ¿Con qué derecho, en fin, reclamáis ante tanta evidencia? […] Ciertamente aquí no podéis negar que no sólo Él no acepta un sacrificio de vuestras manos, sino también que vosotros no se lo ofrecéis con vuestras manos. Pues uno solo es el lugar establecido por la ley del Señor, donde mandó que los sacrificios se ofreciesen por vuestras manos, fuera de cuyo lugar lo prohibió terminantemente. Debido a que perdisteis ese lugar por vuestros méritos, tampoco os atrevéis a ofrecer en otros lugares el sacrificio que solamente allí era lícito ofrecer. […] Después de esto no vayáis a pensar que, al no ofrecerlo vosotros ni Él recibirlo de vuestras manos, ya no se ofrece a Dios un sacrificio. […] Abrid los ojos de una vez y ved que, desde el sol naciente hasta el poniente, no en un solo lugar, como a vosotros os fue establecido, sino en todo lugar es ofrecido el sacrificio de los cristianos; y no a un dios cualquiera, sino a Aquel que ha predicho eso, al Dios de Israel. Por lo cual también en otra parte dice a su Iglesia: ‘Y el que te ha sacado, el mismo Dios de Israel, será invocado en la tierra entera’ (Is 54,5). (San Agustín – Adversus Iudaeos, n.12-13) 

  • Cuando los judíos se acerquen a Cristo ya no serán abandonados

Por tanto, el Profeta os llama a esta luz del Señor cuando dice: ‘Y ahora tú, casa de Jacob, venid, caminemos en la luz del Señor.’ Tú, casa de Jacob, a la que ha llamado y ha elegido. No Tú, a la que ha abandonado. Pues ‘ha abandonado a su pueblo, a la casa de Israel’ (Is 2,5-6). Quienesquiera que desde allí queráis venir, pertenecéis ya a esa a la que ha llamado; estaréis libres de aquella a la que ha abandonado. En efecto, la luz del Señor en la que caminan los pueblos es aquella de la cual dice el mismo Profeta: ‘Te he puesto para luz de los pueblos, para que seas mi salvación hasta los confines de la tierra’ (Is 49,6). ¿A quién dice esto sino a Cristo? ¿De quién se ha cumplido sino de Cristo? […]Luego ‘acercaos a Él y seréis iluminados’ (Sal 33,6); ¿qué es: Acercaos sino creer?¿Adónde vais, pues, a acercaros a Él, siendo Él la piedra de la que el profeta Daniel dice que, creciendo, se ha hecho un monte tan grande que llena toda la superficie de la tierra (Cf. Dn 2,35)? Del mismo modo, los pueblos que dicen: Venid, subamos al monte del Señor, no intentan tampoco caminar y llegar a lugar alguno. Donde están, allí suben, porque en todo lugar se ofrece un sacrificio según el orden de Melquisedec. Así, también otro profeta dice: ‘Dios extermina a todos los dioses de los pueblos de la tierra, y le adoran cada uno desde su lugar’ (So 2,11). Cuando, pues, se os dice: ‘Acercaos a Él’, no se os dice: Preparad las naves o las acémilas y cargad con vuestras víctimas; caminad desde lo más lejano hasta el lugar donde Dios acepte los sacrificios de vuestra devoción, sino: Acercaos a Aquel de quien oís predicar; acercaos a Aquel que es glorificado ante vuestros ojos. No os cansaréis caminando, porque os acercáis allí donde creéis. (San Agustín – Adversus Iudaeos, n.14)

  • Se debe invitar a los judíos a la conversión con amor, resistiendo continuarán pecadores

Carísimos, ya escuchen esto los judíos con gusto o con indignación, nosotros, sin embargo, y hasta donde podamos, prediquémoslo con amor hacia ellos. De ninguna manera nos vayamos a gloriar soberbiamente contra las ramas desgajadas, sino más bien tenemos que pensar por gracia de quién, con cuánta misericordia y en qué raíz hemos sido injertados (Rm 11, 17-18), para que no por saber altas cosas, sino por acercarnos a los humildes, les digamos, sin insultarlos con presunción, sino saltando de gozo con temblor (Sal 2,11): ‘Venid, caminemos a la luz del Señor’ (Is 2,5), porque ‘su nombre es grande entre los pueblos’(Ml 1,11). Si oyeren y escucharen, estarán entre aquellos a quienes se les dijo: ‘Acercaos a Él y seréis iluminados, y vuestros rostros no se ruborizarán’ (Sal 33,6). Si oyen y no obedecen, si ven y tienen envidia, están entre aquellos de quienes se ha dicho: ‘El pecador verá y se irritará, rechinará con sus dientes y se consumirá de odio’ (Sal 111,10). ‘Yo, en cambio’, dice la Iglesia a Cristo, ‘como olivo fructífero en la casa del Señor, he esperado en la misericordia de Dios eternamente y por los siglos de los siglos (Sal 51,10).’ (San Agustín – Adversus Iudaeos, n.12-13)

… juzga la idea de obediencia religiosa que tiene Francisco

  • Es necesario someterse también al magisterio humano

Si deben obedecerse los mandatos del Señor, también es necesario someterse al magisterio humano, pues Él mismo dice: el que a vosotros escucha, a mí escucha; el que a vosotros rechaza, a mí rechaza. (San Agustín. Combate entre los vicios y las virtudes. Cap. 5) 

… juzga la idea de libertad religiosa que tiene Francisco

  • La fe debe ser abrazada libremente, pero el Señor castiga la perfidia

A nadie se debe obligar a abrazar la fe contra su voluntad; pero la severidad y aun la misericordia del Señor suele castigar la perfidia con el flagelo de la tribulación. Pues qué, si las óptimas costumbres son elección de la libre voluntad, ¿no se han de castigar las malas en plena legalidad? Pero la disciplina que castiga el mal vivir no tiene su momento más que cuando se posterga la doctrina precedente del vivir bien. Por consiguiente, si se han establecido leyes contra vosotros, no es para forzaros a obrar bien, sino para prohibiros obrar mal. El bien nadie puede hacerlo sin elegir, sin amar, lo que está al alcance de la buena voluntad; en cambio, el temor de las penas, aun sin el deleite de la buena conciencia, al menos refrena el mal deseo dentro de los muros del pensamiento. (San Agustín, Réplicas a las cartas de Petiliano, Libro Segundo, n. 184) 

… juzga la idea de formación de las conciencias que tiene Francisco

  • La inteligencia humana necesita del recurso de la autoridad

¿En qué me apoyaré primero, en la razón o en la autoridad? El orden natural es que, cuando aprendemos alguna cosa, la autoridad preceda a la razón. La razón, en efecto, descubre su debilidad, en que, después de haber caminado sola, tiene necesidad del recurso a la autoridad como confirmación de lo que ella ha establecido. La inteligencia humana, obscurecida por las tinieblas que como un velo la ciegan en la noche de los vicios y pecados, e incapaz de contemplar con firmeza la claridad y pureza de la razón,necesita el salubérrimo recurso de la autoridad, como sombreada con ramos de humanidad, para fijar la mirada débil e insegura del alma en la luz de la verdad (San Agustín, De las costumbres de la Iglesia católica y de las costumbres de los Maniqueos, Libro I, II, 3)

… juzga la idea de que Dios nunca condena que tiene Francisco

  • El perdón es concedido para corrección, no para favorecer la iniquidad

Pues bien, hermanos, porque tengamos un período de misericordia, no nos abandonemos, no seamos unos aprovechados, y nos digamos: “Dios siempre perdona.Hice ayer esto, y me perdonó; mañana lo haré y también me perdonará”. Así tiendes a la misericordia y no temes el juicio. Si quieres cantar la misericordia, la justicia y el juicio, sábete que te perdona para que te corrijas, no para que permanezcas en la iniquidad. (San Agustín. Comentario al Salmo 100, n. 3)

  • La falsa esperanza lleva a la perdición

¿Quién se engaña esperando? Quien dice: Dios es bueno, Dios es compasivo; haré lo que me place, lo que me gusta; soltaré las riendas a mis caprichos, satisfaré los deseos de mi alma. ¿Por qué esto? Porque Dios es compasivo, Dios es bueno, Dios es apacible. Ésos peligran por la esperanza. (San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, XXXIII, 8) 

  • Vivir en contemplación es vivir libre de preocupaciones temporales

En efecto, nadie me superaría en ansias de vivir en esa seguridad plena de la contemplación, libre de preocupaciones temporales; nada hay mejor, nada más dulce, que escrutar el divino tesoro sin ruido alguno; es cosa dulce y buena; en cambio, el predicar, argüir, corregir, edificar, el preocuparte de cada uno, es una gran carga, un gran peso y una gran fatiga. (San Agustín, Sermón 339, 4) 

… juzga la idea de que todos se salvan que tiene Francisco

  • Para alcanzar el cielo es menester vivir santamente

Sabiendo, pues, que han tomado ocasión más que inicuamente de algunas frases difíciles del apóstol Pablo para no preocuparse de vivir bien, como muy seguros de la salvación que consiste en la fe, [Pedro] recordó que en sus cartas hay pasajes difíciles de entender, que interpretan mal los hombres, como también otras Escrituras, para su propia perdición, diciendo el gran Apóstol lo mismo que los demás apóstoles acerca de la salvación eterna; que no se otorga sino a los que vivan bien. (San Agustín. De fide et operibus, 14, 22)

  • Observar los mandamientos es condición para la salvación

La tercera cuestión es la más peligrosa, de la cual, por haber sido poco estudiada e investigada, no según la divina palabra, me parece a mí que ha salido toda esta opinión, en la que se promete a los que viven perversísima y perdidamente, que aunque perseveren en ese modo de vivir, y con tal de que crean solamente en Cristo, y reciban sus sacramentos, que van a llegar a la salvación y a la vida eterna, contra la sentencia clarísima del Señor que responde al que desea la vida eterna: Si quieres llegar a la vida, guarda los mandamientos; y recordó qué mandamientos, a saber: aquellos que evitan los pecados, a quienes no sé cómo se les promete la salvación eterna por la fe, que sin obras es muerta. (San Agustín. De fide et operibus, 27, 49)

… juzga la idea de filiación divina que tiene Francisco

  • “Me da asco de los pecadores que abandonan tu ley”

“Ten piedad de mí, Señor, que estoy afligido; mis ojos están irritados por la ira”. Si sufres, ¿cómo es que estás airado? Su ira es por los pecados ajenos. ¿Y quién no se enojará viendo a los hombres confesar a Dios de boquilla, y negarlo con su conducta? ¿Quién no se enojará viendo a los hombres renunciar al mundo de palabra y no con los hechos? ¿Quién no se va a enojar, cuando ve a los hombres traicionar a sus hermanos, siendo infieles al ósculo que dieron en la celebración de los sacramentos divinos? ¿Quién podrá, en fin, enumerar todas las causas del enojo del cuerpo de Cristo, que interiormente vive del Espíritu de Cristo, y que está gimiendo como el grano entre la paja? Realmente apenas se ven los que gimen de esta manera, los que se enojan con esta ira, como apenas se ven los granos cuando se está trillando la era. El que no sabe la cantidad de espigas que fueron esparcidas, piensa que todo es paja. Y de creer que todo es paja, vendrá la purificación de una gran cantidad. Por éstos, precisamente, que no se manifiestan y que están gimiendo, es por lo que se enoja el que en otro lugar dice: “Me devora el celo de tu casa” (Sl 68, 10). Y dice también, al comprobar la cantidad de gente que obra el mal: “Me da asco de los pecadores que abandonan tu ley” (Sl 118, 53). Y más adelante: “Me consumía viendo a los insensatos” (Sl 118, 158). (San Agustín. Comentario al Salmo 130, Sermón 2, n. 4)

… juzga la idea de esencia de la divinidad que tiene Francisco

  • Distinción entre la luz de la divinidad, las otras luces, y la propia criatura humana

Y alertado por aquellos escritos que me intimaban a retornar a mí mismo, entré en mi interior guiado por ti; y lo pude hacer porque tú te hiciste mi ayuda (Sal 29, 11). Entré yvi con el ojo de mi alma, comoquiera que él fuese, sobre el mismo ojo de mi alma, sobre mi mente, una luz inmutable, no esta vulgar y visible a toda carne ni otra cuasi del mismo género, aunque más grande, como si ésta brillase más y más claramente y lo llenase todo con su grandeza. No era esto aquella luz, sino cosa distinta, muy distinta de todas éstas. Ni estaba sobre mi mente como está el aceite sobre el agua o el cielo sobre la tierra, sino estaba sobre mí, por haberme hecho, y yo debajo, por ser hechura suya.Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad. La caridad es quien la conoce. (San Agustín. Las Confesiones. L. VII, c. 10, n. 16)

  • Todas las cosas proceden de Dios, pero no son Dios

Y miré las demás cosas que están por bajo de ti, y vi que ni son en absoluto ni absolutamente no son. Son ciertamente, porque proceden de ti; pero no son, porque no son lo que eres tú, y sólo es verdaderamente lo que permanece inmutable. Pero para mí el bien está en adherirme a Dios (Sal 72, 28), porque, si no permanezco en él, tampoco podré permanecer en mí. Pero él, permaneciendo en sí mismo, renueva todas las cosas (Sab 7, 27); y tú eres mi Señor, porque no necesitas de mis bienes (Sal 15, 2). (San Agustín. Las Confesiones. L. VII, c.11, n.17)

  • Los cristianos no ignoran al Dios creador que los trasciende

Por lo que se refiere a su coincidencia con nosotros sobre un solo Dios autor de este universo, que no sólo es incorpóreo sobre todos los cuerpos, sino también incorruptible sobre todas las almas, nuestro principio, nuestra luz, nuestro bien, en todo esto tenemos que anteponerlos a todos los demás. Puede ser que el cristiano, ignorante de su literatura, no use de su terminología en la discusión, llamando natural en latín y física en griego a la parte que versa sobre la investigación de la naturaleza, y racional o lógica a la otra en que se busca el modo de percibir la verdad, y moral o ética a la que se trata de las costumbres, de los fines buenos que han de perseguirse y de los malos que deben evitarse. Pero no por ello ignora que es del único y verdadero perfecto Dios de quien tenemos la naturaleza, por la cual hemos sido hechos a su imagen; lo mismo que la doctrina, por la cual le conocemos a Él y nos conocemos a nosotros; y la gracia, que nos hace felices por la unión con él. (San Agustín. La Ciudad de Dios. L. VIII, c. 10, n. 1-2)

  • Hechos a su imagen y semejanza, pero muy distantes de la divinidad

¿Acaso no es Dios también el artífice de todas estas cosas? Sí, pero al hombre lo hizo a su imagen y semejanza (Gen 1, 26-27). A cierta semejanza se llama hombre: ¿Qué grado de semejanza? ¿Qué es semejante y a quién? ¿El hombre a Dios? ¿Qué es el hombre, sino que te acuerdas de él? (Sal 8, 5). Hechos a su imagen y semejanza, digamos a nuestro Dios: ¡Oh Dios!, ¿quién hay semejante a ti? (Sal 82, 2; 34, 10). Pues añadió: Recuerda que somos polvo (Sal 102, 14). Por tanto, estás lejos de la semejanza con Dios. El hombre fue hecho a semejanza de Dios, pero esa semejanza dista tanto que no admite una comparación decorosa. (San Agustín. Sermón 24, 3)

… juzga la idea de paz que tiene Francisco

  • Los que aman el mundo se dan una falsa paz para disfrutar de su querido mundo

Por otra parte, lo que el Señor ha añadido y aseverado: ‘No como el mundo la da, yo os la doy’ ¿qué otra cosa significa sino ‘Yo la doy no como la dan los hombres que aman el mundo’? Éstos se dan la paz precisamente para disfrutar por entero, sin la molestia de pleitos y guerras, no de Dios, sino de su querido mundo; y, cuando a los justos dan la paz de no perseguirlos, no puede haber paz auténtica donde no hay concordia auténtica, porque están desunidos los corazones. En efecto, como se llama consorte a quien une su suerte, así ha de llamarse concorde quien une los corazones. Nosotros, pues, carísimos, a quienes Cristo deja paz y nos da su paz no como el mundo, sino como ese mediante el que el mundo se hizo, para ser concordes unamos recíprocamente los corazones y tengamos arriba un único corazón, para que no se corrompa en la tierra. (San Agustín, Comentario sobre el Evangelio de San Juan, Tratado 77, n. 5)

… juzga la idea de carne de Cristo y la pobreza como categoría teológica que tiene Francisco:

  • El Señor eligió pobres y ricos

No obstante, el Señor eligió después también a algunos oradores; pero podrían engreírse, si antes no hubiera elegido a los pescadores; eligió a ricos, pero podrían decir que su elección se debió a sus riquezas, si no hubiera elegido antes a pobres. (San Agustín. Comentario al Salmo 65, n. 4)

  • Los que aman las riquezas son ricos

Llama rico al que ambiciona las cosas temporales y se enorgullece de ellas. Los pobres de espíritu, de quien es el reino de los cielos, son contrarios a esta riqueza. […] Comprendieron que todos los que aman las riquezas, aun cuando no puedan conseguirlas, deben contarse en el número de los ricos. (San Agustín. Quaestiones in Evangelium secundum Lucam. L. II, q. 47)

  • Si pertenecemos a la Iglesia somos el propio Cristo

Felicitémonos, pues, y demos gracias porque nos ha hecho no sólo cristianos, sino Cristo. ¿Entendéis, hermanos, comprendéis la gracia de Dios sobre nosotros? Asombraos, alegraos: hemos sido hechos Cristo, pues, si Él es la Cabeza, nosotros somos sus miembros; el hombre total somos él y nosotros. […] Ahora bien, más arriba había dicho: Hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y al reconocimiento del Hijo de Dios, al varón perfecto según la medida de edad de la plenitud del Mesías (Ef 4, 13). La plenitud, pues, de Cristo es la Cabeza y los miembros. ¿Qué significa la Cabeza y los miembros? Cristo y la Iglesia. (San Agustín. Tratados sobre el Evangelio de San Juan. Trat. 21, n. 8)

… juzga la idea de Cristo en el Juicio que tiene Francisco

  • El perdón es concedido para corrección, no para favorecer la iniquidad

Pues bien, hermanos, porque tengamos un período de misericordia, no nos abandonemos, no seamos unos aprovechados, y nos digamos: “Dios siempre perdona. Hice ayer esto, y me perdonó; mañana lo haré y también me perdonará”. Así tiendes a la misericordia y no temes el juicio. Si quieres cantar la misericordia, la justicia y el juicio, sábete que te perdona para que te corrijas, no para que permanezcas en la iniquidad. No quieras atesorar ira para el día de la ira, y de la manifestación del justo juicio de Dios. (San Agustín. Comentario al Salmo 100, n. 3).

  • El Juzgado se transformará en Juez

Vendrá públicamente para juzgar entre justos e injustos con justicia, Él que primero vino ocultamente para ser juzgado por los injustos sin justicia. Él en persona — repito — vendrá ostensiblemente y no callará; o sea, aparecerá ante todos tomando la palabra de juez. (Mt 26,63). (San Agustín. La Ciudad de Dios. L. XX, c. XXIV, 2)

  • Los que creyeron en Cristo inútilmente estarán con los malos

Vendrá, efectivamente, en la claridad de su poder (Cf. Mt 25, 31ss; 16, 27) el que antes se había dignado venir en la humildad de su humanidad. Y separará a todos los buenos de los malos, es decir, no sólo los que no quisieron creer en él expresamente, sino también los que creyeron en él en vano e inútilmente: a los buenos les dará un reino eterno en su compañía, y a los malos un castigo sin fin al lado del demonio (Cf. Mt 25,31-46). (San Agustín. La Catequesis a principiantes, parte II, 24, 45)

… juzga la idea de hacer el bien que tiene Francisco

  • No hay bien alguno sin ayuda de la gracia de Dios

Ni puede el hombre querer bien alguno si no le ayuda aquel que no puede querer el mal, es decir, la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor. Porque todo lo que no procede de fe es pecado. Por eso la buena voluntad que se abstiene de pecar es fiel, porque el justo vive de la fe. Ahora bien, propio es de la fe creer en Cristo. Y nadie puede creer en Él si no le fuere dado. Nadie, por consiguiente, puede tener una voluntad justa si no recibe de arriba, sin méritos precedentes, la verdadera gracia, es decir, la gracia gratuita. (Réplica a las dos cartas de los Pelagianos, cap. III, n.7)

  • Sin la gracia el hombre puede llegar a hacer el mal con la apariencia de bien

Ni nos importe lo que escribió a los Filipenses: En cuanto a la justicia que pueda darse en la ley, era hombre sin tacha. Porque pudo existir interiormente en las pasiones desordenadas el transgresor de la ley, y, no obstante, cumplir las obras exteriores de la ley, bien por temor humano, bien por temor de Dios, pero con temor de la pena, no con amor y delectación de la justicia. Porque una cosa es hacer el bien con voluntad de hacer el bien y otra inclinarse con la voluntad de hacer el mal, de tal suerte que lo obraría si pudiera obrarlo impunemente. Y así, en realidad de verdad, peca interiormente en su voluntad el que deja de pecar no por falta de voluntad, sino por temor. (Réplica a las dos cartas de los Pelagianos, cap. IX, n.15)

… juzga la idea de martirio que tiene Francisco

  • No puede tener muerte de mártir quien, como cismático, no tiene vida de cristiano

No sé cuántas veces en mis escritos y discusiones he demostrado que ellos [cismáticos de Tamugades] no pueden tener muerte de mártires, pues no tienen vida de cristianos; ya que no es la pena que hace de uno un mártir, sino la causa por la cual uno sufre. (San Agustín, Carta 204: a Dulcicio, nº4 – CSEL 57, 317)

  • No pueden presumir de persecución por Cristo quien se rebelan contra su Cuerpo

Con toda razón podríais decir estas cosas, buscando la gloria de los mártires, si tuvierais la causa de los mártires. No dice el Señor que son felices los que padecen esto, sino los que lo padecen por causa del Hijo del hombre, que es Cristo Jesús. Pero vosotros no lo sufrís por causa de él, sino contra él. Lo sufrís, es verdad, pero es porque no creéis en él, y lo toleráis para no creer. ¿Cómo, pues, presumís de tener esa fe que Jesucristo dejó a los apóstoles? ¿Queréis acaso que los hombres sean tan ciegos y tan sordos que no lean, que no oigan el Evangelio, donde conocen qué dejó Cristo a sus apóstoles que debían creer respecto a su Iglesia? Y si de ella os dividís y separáis, no hacéis otra cosa que rebelaros contra las palabras de la cabeza y del cuerpo, y no obstante presumís de sufrir persecución por el Hijo del hombre y por la fe que dejó a los apóstoles. […] Esta es, pues, la fe que sobre la santa Iglesia dejó a sus discípulos. A esta fe, donatistas, oponéis vosotros resistencia. ¡Y os empeñáis en que soportáis persecución por la fe que Cristo el Señor dejó a sus apóstoles! Con sorprendente insolencia y ceguedad contradecís a este Hijo del hombre, que recomendó a su Iglesia que comenzaba en Jerusalén y fructificaba y crecía por todos los pueblos, y proclamáis que estáis soportando calamidades por causa del Hijo del hombre. (San Agustín, Contra Gaudentium Donatistarum episcopum, lib. I, c.20/n.22) 

  • Si el cismático muere como un sacrílego, ¿cómo puede ser bautizado con su sangre?

Además, si todos los que mueren son bautizados con su sangre, serán tenidos como mártires los salteadores, inicuos, impíos, depravados que mueren condenados, ya que mueren bautizados en su sangre. Y si no son bautizados en su sangre sino los que mueren por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,10), considera que primero hay que investigar por qué motivo sufrís, y luego qué es lo que sufrís. ¿Por qué se os llena la boca antes de encontrar defensa para los hechos? ¿Por qué vuestra lengua se alborota antes de dar pruebas con una vida santa? Si has originado un cisma, eres un impío; si eres un impío, mueres como un sacrílego, ya que eres castigado por tu impiedad. Si mueres como un sacrílego, ¿cómo puedes ser bautizado con tu sangre? (San Agustín, Contra Litteras Petilian, lib. I, c.23/n.52)

  • A los mártires los hace no la pena, sino la causa

Pero dado que son muchos los que esto padecen, sea por sus propios pecados, sea por sus crímenes, hay que andar muy atentos para distinguir la causa, no tanto la pena. Un criminal puede tener un castigo semejante a un mártir, pero la causa es distinta. Tres eran los crucificados: uno era el Salvador, otro el salvado, y el otro el condenado; la misma pena para los tres, pero bien distinta la causa. […] La pena es la misma para buenos y malos. Por eso a los mártires los hace no la pena, sino la causa. Si fuera el sufrimiento lo que hace mártires, todas las minas estarían llenas de mártires, todas las cadenas arrastrarían mártires, todos los heridos a golpe de espada serían coronados. Por tanto hagamos discernimiento de la causa. Que no diga nadie: Soy justo porque sufro. (San Agustín, Ennaratio in Psalmum 34/2, n. 1, 13) 

  • No son mártires los que padecen por la iniquidad y por dividir la unidad cristiana

Mártires auténticos son aquellos de quienes dice el Señor: Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia (Mt 5,10). No lo son, pues, los que padecen por la iniquidad y por dividir impíamente la unidad cristiana, sino los que padecen persecución por la justicia. (San Agustín, Carta 185, c. II, n.9) 

  • En el horno donde el mártir es purificado, los herejes son reducidos a cenizas

Muchos males padecen los adúlteros, los malhechores, los salteadores y homicidas, los criminales todos; muchos males, dice, padezco también yo, tu mártir; pero distingue mi causa de la de la gente malvada (Sal 42,1), de la de los salteadores, homicidas y criminales de toda clase. Pueden sufrir lo mismo que yo, pero no tener la misma causa. En el horno, yo soy purificado, ellos reducidos a cenizas.’ También los herejes lo sufren, muchas veces de su propia mano, queriendo que se les tenga por mártires. Pero contra ellos hemos cantado: Distingue mi causa de la de la gente malvada. Al mártir no lo hace la pena, sino la causa. (San Agustín, Sermón 327, n.1)

  • Tienen ignorancia invencible los que fueron engañados por otros, pero buscan diligentemente la verdad

Dijo en verdad el apóstol Pablo: ‘Después de una corrección, rehúye al hereje, sabiendo que el tal ha claudicado, peca y está condenado por sí mismo’. Pero no han de ser tenidos por herejes los que no defienden con terca animosidad su sentencia, aunque ella sea perversa y falsa; especialmente si ellos no la inventaron por propia y audaz presunción, sino que fueron seducidos e inducidos a error, porque la recibieron de sus padres, y con tal de que busquen por otra parte con prudente diligencia la verdad y estén dispuestos a corregirse cuando la encuentren. […] Por eso he escrito asimismo a algunos de los jefes donatistas, no cartas de comunión, pues hace ya tiempo que no las reciben de la unidad católica universal por su perversidad, sino cartas privadas, como pudiera enviarlas lícitamente a los paganos. Ellos las han leído; sin embargo, o no quisieron o, como parece más creíble, no pudieron contestar. Al enviarlas, me pareció que yo cumplía mi deber de caridad. (San Agustín, Sermón 43, n.1)

… juzga la idea de pena de muerte que tiene Francisco:

  • Dar muerte a reos de crímenes es una excepción señalada por la autoridad divina

Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley, es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes. (San Agustín. La Ciudad de Dios. Libro I, c. 21)

  • Santos varones castigaron con la pena de muerte algunos pecados

Algunos hombres grandes y santos, que sabían muy bien que esta muerte que separa el alma del cuerpo no se debe temer; sin embargo, según el parecer de aquellos que la temen, castigaron con la pena de muerte algunos pecados, bien para infundir saludable temor a los vivientes, o porque no dañaría la muerte a los que con ella eran castigados, sino el pecado que podría agravarse si viviesen. No juzgaban desconsideradamente aquellos a quienes el mismo Dios había concedido un tal juicio. De esto depende que Elías mató a muchos, bien con la propia mano, o bien con el fuego, fruto de la impetración divina; lo cual hicieron también otros muchos excelentes y santos varones no inconsideradamente, sino con el mejor espíritu, para atender a las cosas humanas. (San Agustín. El Sermón de la Montaña, c. 20, n. 64).

  • El temor de las leyes reprime los malos y da seguridad a los buenos

No por eso se ha instituido en vano la potestad regia, el derecho de vida y muerte del juez, la uña de hierro del sayón, el arma del soldado, la disciplina de la autoridad y aun la severidad del buen padre. Todo esto tiene sus medidas, causas, razones y utilidades. Por temor a esas cosas se reprimen los malos y viven los buenos más tranquilamente entre los malos. […] No es inútil el reprimir la humana audacia por el temor de las leyes, para que la inocencia tenga seguridad entre los malvados, para que esos mismos malvados tengan por el temor del suplicio un freno a su poder de hacer el mal y así invoquen a Dios para que se cure su voluntad de hacerlo. (San Agustín. Carta a Macedonio. Carta 153, c. 6, n. 16)

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