80 – Quien pregunta “por qué” a Dios también hace oración

¿Por qué existe el sufrimiento? ¿Qué hice yo para sufrir? Estas son algunas de las preguntas que el ser humano se hace a si mismo desde que el mundo es mundo. Pero uno no obtiene la respuesta si no se centra en Cristo porque solo Jesús la enseñó con el ejemplo de su propia vida. Sin embargo, si es verdad que Cristo fue ejemplo en el sufrimiento, ¿se puede decir que en algún momento se rebeló contra el Padre? En la desolación que siente el alma en la “noche oscura” de la vida, ¿es lícito blasfemar contra Dios? ¿O rebelarse? ¿Impacientarse? Veamos…

Francisco

papafrancisco

Cita A

Y cuando Jesús se queja—“Padre, ¿por qué me has abandonado!” (Mt 27, 46)—,¿blasfema? ¡Qué misterio!Muchas veces he oído a personas que están viviendo situaciones difíciles, dolorosas, que han perdido mucho o se sienten solas y abandonadas, y vienen a quejarse y hacen esta pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué? Parece que se rebelan contra Dios.Y yo le digo: “Sigue rezando así, porque eso también es oración”, como era oración cuando Jesús dijo a su Padre: “¿Por qué me has abandonado?” (Homilía en Santa Marta, 30 de septiembre de 2014)

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido


I – Jesucristo predicó y practicó la obediencia total. Su sumisión al Padre es testimonio de que no se rebeló contra Él en la Cruz
II – El verdadero significado del clamor de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
III – ¿Cuál es la oración agradable a Dios?


I – Jesucristo predicó y practicó la obediencia total. Su sumisión al Padre es testimonio de que no se rebeló contra Él en la Cruz


Sagradas Escrituras
-“Si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”
-En medio de su angustia, Cristo oraba con más intensidad
-“Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”
-Jesucristo vino a este mundo para obedecer
-No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió
-Lo que Cristo habla y el modo como habla es determinado por el Padre
-En Cristo no hay injusticia
-En el Padre nuestro Jesús pide que se cumplan los designios del Padre
-Hacer la voluntad de Dios es edificar sobre la roca
-La obediencia nos hace hermanos y hermanas de Jesús
-Dios sólo escucha a los que hacen su voluntad


II – El verdadero significado del clamor de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”


Sagradas Escrituras
-La oración del justo perseguido y su confianza en Dios

San Juan Crisóstomo
-Honra a su Padre y no lo contraría

Orígenes
-Jesús comparó la gloria del Padre con lo que padecía

San Hilario
-Habla así porque es hombre, pero muere prometiendo el Paraíso porque es Dios

Orígenes
-No dijo esto como lo dicen los hombres: dijo que el Padre lo había abandonado para que aquel pueblo recibiera lo que merecía

Benedicto XVI
-Jesús se identifica con los justos de todos los tiempos que sufren

Catecismo de la Iglesia Católica
-Cristo nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios hasta el punto de poder decir en nuestro nombre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Juan Pablo II
-En la oscuridad la fe orienta a un reconocimiento confiado en Dios
-El aspecto más paradójico de la vida del Salvador
-El grito en la cruz no es señal de desesperación sino de amoroso ofrecimiento

Benedicto XVI
-El sufrimiento de Jesús es nuestro consuelo


III – ¿Cuál es la oración agradable a Dios?


Benedicto XVI
-La oración requiere fe en la bondad divina
-Debemos pedir lo que es digno de Dios

Catecismo Romano
-Reconocimiento de que Dios es principio y fuente de todo bien

Catecismo de la Iglesia Católica
-El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre

Liturgia de las Horas
-La oración debe ser concorde con lo que Dios es

Juan Pablo II
-Reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia

Benedicto XVI
-En la oración se adquiere la fuerza para sufrir en unión con Cristo


I – Jesucristo predicó y practicó la obediencia total. Su sumisión al Padre es testimonio de que no se rebeló contra Él en la Cruz


 Sagradas Escrituras

  • “Si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”

De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”.(Mt 26, 42)

  • En medio de su angustia, Cristo oraba con más intensidad

“Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. (Lc 22, 42-44)

  • “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”

Jesús les dice: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra”. (Jn 4, 34)

  • Jesucristo vino a este mundo para obedecer

He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. (Jn 6, 38)

  • No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió

Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. (Jn 5, 30)

  • Lo que Cristo habla y el modo como habla es determinado por el Padre

Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre. (Jn 12, 49-50)

  • En Cristo no hay injusticia

El que busca la gloria del que lo ha enviado, ese es veraz y en él no hay injusticia. (Jn 7, 16-18)

  • En el Padre nuestro Jesús pide que se cumplan los designios del Padre

Padre nuestro […] venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. (Mt 6, 10)

  • Hacer la voluntad de Dios es edificar sobre la roca

No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Aquel día muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”. Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.(Mt 7, 21-24)

  • La obediencia nos hace hermanos y hermanas de Jesús

El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre. (Mt 12, 50)

  • Dios sólo escucha a los que hacen su voluntad

Sabemos que Dios no escucha a los pecadores sino al que es piadoso y hace su voluntad.(Jn 9, 31)


II – El verdadero significado del clamor de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”


Sagradas Escrituras

  • La oración del justo perseguido y su confianza en Dios

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza. Porque tú eres el Santo y habitas entre las alabanzas de Israel. En ti confiaban nuestros padres; confiaban, y los ponías a salvo; a ti gritaban, y quedaban libres; en ti confiaban, y no los defraudaste. […] desde el seno pasé a tus manos, desde el vientre materno tú eres mi Dios. No te quedes lejos, que el peligro está cerca y nadie me socorre.
Me acorrala un tropel de novillos, me cercan toros de Basán; abren contra mí las fauces leones que descuartizan y rugen. Estoy como agua derramada, tengo los huesos descoyuntados; mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas; mi garganta está seca como una teja, la lengua se me pega al paladar; me aprietas contra el polvo de la muerte. Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Ellos me miran triunfantes, se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. Líbrame a mí de la espada, y a mi única vida de la garra del mastín;
“Los que teméis al Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel; porque no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó”. Él es mi alabanza en la gran asamblea, cumpliré mis votos delante de sus fieles. (Sl 22, 1-6; 11-31)

San Juan Crisóstomo

  • Honra a su Padre y no lo contraría

Por lo tanto habló con las palabras del profeta, dando así testimonio del Antiguo Testamento hasta la última hora; y para que vean cómo honra a su Padre y que no le contraría. Por eso habló en hebreo, para que todos entendiesen lo que decía. (Homilía sobre el Evangelio de San Mateo, 88, 1, citada en la Catena Aurea por Santo Tomás)

Orígenes

  • Jesús comparó la gloria del Padre con lo que padecía

Debemos preguntarnos: ¿Qué se entiende cuando se dice que Jesucristo es abandonado por Dios? Algunos, al no poder explicarlo, dicen que fue dicho por humildad. Pero claramente se podría entender qué dice, haciendo una comparación de su gloria que tenía junto al Padre y la turbación que padeció despreciado en la cruz. (Comentario al Evangelio de San Mateo, 35, citado en la Catena Aurea por Santo Tomás)

San Hilario

  • Habla así porque es hombre, pero muere prometiendo el Paraíso porque es Dios

Los intérpretes herejes deducen de estas palabras o que faltó el Verbo de Dios, no animando aquel cuerpo al que vivificaría, haciendo las veces de alma, o que Jesucristo no nació hombre, sino que el Verbo de Dios estaba en él a manera de espíritu profético. Pero si Jesucristo tenía únicamente un alma y un cuerpo desde que empezó a ser hombre, como tienen de ordinario todos los hombres desde su principio, ahora aparece que retirada la protección del Verbo de Dios, como destituído de toda protección, clama de este modo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. También puede decirse que la naturaleza del Verbo había cambiado en realidad respecto del alma, y que Jesucristo necesitaba del auxilio del Padre para todo, y que ahora, como desamparándole, permitió que se quejase de su soledad. Mas ante estas afirmaciones débiles e impías, tenemos la fe de la Iglesia, apoyada en las enseñanzas de los Apóstoles, que no permite que Jesucristo sea dividido ni que el Hijo de Dios deje de ser considerado también como Hijo del hombre; porque esta queja de quedar abandonado, no es otra cosa que la debilidad propia del que agoniza; y la promesa del paraíso, es el reino de Dios vivo. El que se queja de haber sido abandonado a la hora de la muerte, habla así porque es hombre; pero a la vez tenemos a este mismo que muere ofreciendo que reinará en el paraíso, porque es Dios. No te admire, pues, la humildad de las palabras y las quejas del que es abandonado, y cuando lo vez en la forma de siervo, cree en el escándalo de la cruz. (Comentario al Evangelio de San Mateo, 33, citado en la Catena Aurea por Santo Tomás)

Orígenes

  • No dijo esto como lo dicen los hombres: dijo que el Padre lo había abandonado para que aquel pueblo recibiera lo que merecía

Después que vio el Salvador que las tinieblas se habían extendido por toda Judea, dijo estas palabras, dando a entender que el Padre le había abandonado. Esto es, que lo había entregado, cuando ya no tenía fuerzas, a tantas calamidades, para que aquel pueblo que había sido tan honrado por el Padre, recibiera lo que merecía, por lo que se había atrevido a hacer con El. Esto es, que quedase privado de la luz de su protección, ya que El había sido abandonado por la salvación de las gentes. ¿Qué mérito habían adquirido los que creyeron de entre los gentiles, para que mereciesen ser comprados del poder del enemigo, por la sangre preciosa de Jesucristo derramada sobre la tierra? ¿O qué habían de hacer los hombres en adelante, para ser dignos de que Jesús padeciese por ellos toda clase de tormentos? Acaso viendo los pecados de los hombres por quienes sufría, dijo: ¿Por qué me has abandonado?, ¿para que me pareciese a aquél que coge rastrojos en la siega, o racimos en la vendimia? No creas que el Salvador dijo estas cosas como suelen decirlas los hombres, cuando experimentan sufrimientos como El padecía en la cruz. Porque si lo crees en este sentido, no oirás su gran voz, la que manifiesta que algo grande se encierra en ella. (Comentario al Evangelio de San Mateo, 35, citado en la Catena Aurea por Santo Tomás)

Benedicto XVI

  • Jesús se identifica con los justos de todos los tiempos que sufren

Como salmo responsorial hemos cantado la segunda parte del salmo de la pasión (Ps 22). Es el salmo del justo que sufre; ante todo de Israel que sufre, el cual, ante el Dios mudo que lo ha abandonado, grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Cómo has podido olvidarte de mí? Ahora ya casi no existo. Tú ya no actúas, ya no hablas… ¿Por qué me has abandonado?” Jesús se identifica con el Israel sufriente, con los justos de todos los tiempos que sufren, abandonados por Dios, y lleva ese grito de abandono de Dios, el sufrimiento de la persona olvidada, hasta el corazón de Dios mismo; así transforma el mundo. (Benedicto XVI. Homilía en la Misa concelebrada con los obispos de Suiza, 7 de noviembre de 2006)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • Cristo nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios hasta el punto de poder decir en nuestro nombre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8,46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34; Ps 22, 2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, “Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros” (Rm 8, 32) para que fuéramos “reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rm 5, 10). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 603)

Juan Pablo II

  • En la oscuridad la fe orienta a un reconocimiento confiado en Dios

El problema del dolor acosa sobre todo a la fe y la pone a prueba. ¿Cómo no oír el gemido universal del hombre en la meditación del libro de Job? El inocente aplastado por el sufrimiento se pregunta comprensiblemente: “¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un tesoro?” (Jb 3,20-21). Pero también en la más densa oscuridad la fe orienta hacia el reconocimiento confiado y adorador del “misterio”: “Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable” (Jb 42, 2). (Juan Pablo II. Encíclica Evangelium vitae, n. 31, 25 de marzo de 1995)

  • El aspecto más paradójico de la vida del Salvador

La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la Cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración. Pasa ante nuestra mirada la intensidad de la escena de la agonía en el huerto de los Olivos. Jesús, abrumado por la previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: “¡Abbá, Padre!”. Le pide que aleje de él, si es posible, la copa del sufrimiento (cf. Mc 14, 36). Pero el Padre parece que no quiere escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del “rostro” del pecado. “Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Co 5, 21). Nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la cruz: “‘Eloí, Eloí, ¿lama sabactaní?’ — que quiere decir— ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?’” (Mc 15, 34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa? En realidad, el angustioso “por qué” dirigido al Padre con las palabras iniciales del Ps 22, aun conservando todo el realismo de un dolor indecible, se ilumina con el sentido de toda la oración en la que el salmista presenta unidos, en un conjunto conmovedor de sentimientos, el sufrimiento y la confianza. (Juan Pablo II. Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 25, 6 de enero de 2001)

  • El grito en la cruz no es señal de desesperación sino de amoroso ofrecimiento

El grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, “abandonado” por el Padre, él se “abandona” en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática. (Juan Pablo II. Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 26, 6 de enero de 2001)

Benedicto XVI

  • El sufrimiento de Jesús es nuestro consuelo

A medida que Jesús se acercaba a la cruz, el sufrimiento y la muerte bajaban como tinieblas, pero también se avivaba la llama del amor. En efecto, el sufrimiento de Cristo está totalmente iluminado por la luz del amor: el amor del Padre que permite al Hijo afrontar con confianza su último “bautismo”, como él mismo define el culmen de su misión (cf. Lc 12, 50).
Ese bautismo de dolor y de amor, Jesús lo recibió por nosotros, por toda la humanidad. Sufrió por la verdad y la justicia, trayendo a la historia de los hombres el evangelio del sufrimiento, que es la otra cara del evangelio del amor. Dios no puede padecer, pero puede y quiere com-padecer. Por la pasión de Cristo puede entrar en todo sufrimiento humano la con-solatio, “el consuelo del amor participado de Dios y así aparece la estrella de la esperanza” (Encíclica Spe salvi, n. 39). (Benedicto XVI. Homilía del Miércoles de Ceniza en la Basílica de Santa Sabina, 6 de febrero de 2008)


III – ¿Cuál es la oración agradable a Dios?


 Benedicto XVI

  • La oración requiere fe en la bondad divina

Si uno no cree en la bondad de Dios, no puede orar de modo verdaderamente adecuado. (Benedicto XVI. Homilía de canonización en la Plaza de San Pedro, 17 de octubre de 2010)

  • Debemos pedir lo que es digno de Dios

El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás. En la oración, el hombre ha de aprender qué es lo que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios. (Benedicto XVI. Encíclica Spe Salvi, n. 33, 30 de noviembre de 2007)

Catecismo Romano

  • Reconocimiento de que Dios es principio y fuente de todo bien

Al hacer oración nos reconocemos súbditos de Dios y le confesamos principio y fuente de todo bien; le invocamos como nuestro refugio y defensa, como nuestra seguridad y salvación. Es el mismo Dios quien nos dice: “Invócame en el día de la angustia; yo te libraré, y tú cantarás mi gloria” (Ps 49, 15). (Catecismo Romano. Parte II, cap. IX, II, B, 1)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre

La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con El nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2725)

Liturgia de las Horas

  • La oración debe ser concorde con lo que Dios es

Lo que Jesús puso por obra nos lo mandó también hacer a nosotros. Muchas veces dijo “orad”, “pedid”, “en mi nombre”, incluso nos proporcionó una fórmula de plegaria en la llamada oración dominical y advirtió que la oración es necesaria y que debe ser humilde, atenta, perseverante y confiada en la bondad del Padre, pura de intención y concorde con lo que Dios es.(Liturgia de las Horas. Ordenación general, cap. I, II)

Juan Pablo II

  • Reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia

En efecto, la oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por lo tanto, no podemos menos de abandonarnos en Él, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza […] La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de confianza y de amor. (Juan Pablo II. Discurso a los jóvenes presentes en la Basílica de San Pedro, 14 de marzo de 1979)

Benedicto XVI

  • En la oración se adquiere la fuerza para sufrir en unión con Cristo

Entonces comprendemos que con la oración no somos liberados de las pruebas o de los sufrimientos, sino que podemos vivirlos en unión con Cristo, con sus sufrimientos, en la perspectiva de participar también de su gloria (cf. Rm 8, 17). Muchas veces, en nuestra oración, pedimos a Dios que nos libre del mal físico y espiritual, y lo hacemos con gran confianza. Sin embargo, a menudo tenemos la impresión de que no nos escucha y entonces corremos el peligro de desalentarnos y de no perseverar. En realidad, no hay grito humano que Dios no escuche, y precisamente en la oración constante y fiel comprendemos con San Pablo que “los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará” (Rm 8, 18). La oración no nos libra de la prueba y de los sufrimientos; más aún —dice San Pablo— nosotros “gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo” (Rm 8, 23); él dice que la oración no nos libra del sufrimiento, pero la oración nos permite vivirlo y afrontarlo con una fuerza nueva, con la misma confianza de Jesús, el cual —según la Carta a los Hebreos— “en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial” (5, 7). La respuesta de Dios Padre al Hijo, a sus fuertes gritos y lágrimas, no fue la liberación de los sufrimientos, de la cruz, de la muerte, sino que fue una escucha mucho más grande, una respuesta mucho más profunda; a través de la cruz y la muerte, Dios respondió con la resurrección del Hijo, con la nueva vida. La oración animada por el Espíritu Santo nos lleva también a nosotros a vivir cada día el camino de la vida con sus pruebas y sufrimientos, en la plena esperanza, en la confianza en Dios que responde como respondió al Hijo. (Benedicto XVI. Audiencia general en Plaza de San Pedro, 16 de mayo de 2012)


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