San Hilario de Poitiers…

… juzga la idea que Francisco tiene de San Juan Bautista

  • Juan envió a sus discípulos para que comprobasen con sus propios ojos que Jesús era Cristo

Miró, pues, en esto Juan, no a su propia ignorancia, sino a la de sus discípulos y los envía a ver sus obras y sus milagros, a fin de que comprendan que no era distinto de Aquel a quien él les había predicado y para que la autoridad de sus palabras fuese revelada con las obras de Cristo y para que no esperasen otro Cristo distinto de Aquel de quien dan testimonio sus propias obras. (San Hilario. homilía in Matthaeum, citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 11,2-6)

  • No se puede creer que Juan dudó pues no se mezcla el error con la abundancia de su luz

Es indudable que él, como precursor, anunció que debía venir; que, como Profeta, le conoció como viviente; que, como confesor, le honró en su venida y es cierto que no se mezcla el error en él con la abundancia de su luz. Y ciertamente no se puede creer que le faltó a él en la cárcel la gracia del Espíritu Santo, puesto que el mismo Apóstol pudo dar para los que le acompañaban en la prisión, la luz de la virtud del Espíritu. (San Hilario. homilía in Matthaeum 11, citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 11,2-6)

… juzga la idea que Francisco tiene de las palabras de Jesucristo en la Cruz

  • Habla así porque es hombre, pero muere prometiendo el Paraíso porque es Dios

Los intérpretes herejes deducen de estas palabras o que faltó el Verbo de Dios, no animando aquel cuerpo al que vivificaría, haciendo las veces de alma, o que Jesucristo no nació hombre, sino que el Verbo de Dios estaba en él a manera de espíritu profético. Pero si Jesucristo tenía únicamente un alma y un cuerpo desde que empezó a ser hombre, como tienen de ordinario todos los hombres desde su principio, ahora aparece que retirada la protección del Verbo de Dios, como destituído de toda protección, clama de este modo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. También puede decirse que la naturaleza del Verbo había cambiado en realidad respecto del alma, y que Jesucristo necesitaba del auxilio del Padre para todo, y que ahora, como desamparándole, permitió que se quejase de su soledad. Mas ante estas afirmaciones débiles e impías, tenemos la fe de la Iglesia, apoyada en las enseñanzas de los Apóstoles, que no permite que Jesucristo sea dividido ni que el Hijo de Dios deje de ser considerado también como Hijo del hombre; porque esta queja de quedar abandonado, no es otra cosa que la debilidad propia del que agoniza; y la promesa del paraíso, es el reino de Dios vivo. El que se queja de haber sido abandonado a la hora de la muerte, habla así porque es hombre; pero a la vez tenemos a este mismo que muere ofreciendo que reinará en el paraíso, porque es Dios. No te admire, pues, la humildad de las palabras y las quejas del que es abandonado, y cuando lo vez en la forma de siervo, cree en el escándalo de la cruz. (Comentario al Evangelio de San Mateo, 33, citado en la Catena Aurea por Santo Tomás)

… juzga los criterios para ser obispo que tiene Francisco

  • Ser honesto sin ser docto es útil solamente para sí mismo

El santo apóstol Pablo, al indicar con sus preceptos como debería ser constituido el obispo y cuales las cualidades necesarias al nuevo hombre de la Iglesia, presenta un resumen de las principales virtudes que debe poseer, diciendo: Sea de tal modo fiel en la exposición de la fe que pueda tanto enseñar la sana doctrina como refutar los que sostienen la contraria. Pues hay muchos que son rebeldes, charlatanes y embaucadores (Tt 1, 9-10). Demuestra, de esa manera, que las virtudes propias a la disciplina y a las buenas costumbres son útiles para el sacerdocio si no faltaren aquellas que son necesarias para enseñar y guardar la fe, porque, al bueno y útil sacerdote no conviene apenas vivir de modo honesto o apenas enseñar con ciencia, puesto que ser honesto sin ser docto solamente sería útil para sí mismo, y enseñar con ciencia sería inútil si le faltara la honestidad. (San Hilario de Poitiers, Tratado sobre la Santísima Trinidad, Libro VIII, 1)