San Cipriano de Cartago…

… juzga la idea herética de Joviniano que defiende Francisco

  • Las vírgenes, son la porción más ilustre del rebaño de Cristo

Me dirijo ahora a las vírgenes con tanto mayor interés cuanto mayor es su dignidad. La virginidad es como la flor del árbol de la Iglesia, la hermosura y el adorno de los dones del Espíritu, alegría, objeto de honra y alabanza, obra íntegra e incorrupta, imagen de Dios, reflejo de la santidad del Señor, porción la más ilustre del rebaño de Cristo. La madre Iglesia se alegra en las vírgenes, y por ellas florece su admirable fecundidad, y, cuanto más abundante es el número de las vírgenes, tanto más crece el gozo de la madre. (…) (San Cipriano. Tratado sobre el comportamiento de las vírgenes, nn. 3-4. 22. 23: CSEL 3,189-190. 202-204)

… juzga la idea que tiene Francisco de que los ortodoxos tienen la misión de predicar el Evangelio de Cristo

  • Los cismas nacen de la negación de un solo Pontífice

La única fuente de donde han surgido las herejías y de donde han nacido los cismas es que no se obedece al Pontífice de Dios ni se quiere reconocer en la Iglesia un sólo Pontífice y un solo juez, que ocupa el lugar de Cristo. (San Cipriano de Cartago. Epístola XII a Cornelio, n. 5, citado por León XIII en la Encíclica Statis cognitum, n. 38, 19 de junio de 1896)

  • Todo el que se separa de la Iglesia es un extraño, un profano, un enemigo

La esposa de Cristo no puede ser adúltera, pues es incorruptible y pura. Solo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de la Iglesia, y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo; es un extraño, es un profano, es un enemigo. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene la Iglesia por Madre. Si pudo salvarse alguno fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien estuviese fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: “Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no recoge conmigo desparrama” (Mt 12, 30). Quien rompe la paz y concordia de Cristo, está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, II, 6)

  • Las tinieblas y la luz no coexistan. Los que se separaron de la Iglesia no son de los nuestros

Nos hemos de alegrar cuando los tales se separan de la Iglesia, ya que así las ovejas de Cristo no recibirán el contagio de su maligno veneno. Es imposible que coexistan y se confundan la amargura y la dulzura, la tiniebla y la luz, la tormenta y el tiempo sereno, la guerra y la paz, la fecundidad y la esterilidad, los manantiales y las sequias, la tempestad y la calma. No piense nadie que los buenos puedan salirse de la Iglesia: al trigo no se lo lleva el viento, y la tempestad no arranca al árbol arraigado con solida raíz. A éstos incrimina y ataca el Apóstol Juan cuando dice: “Se marcharon de nosotros, pero es que no eran de los nuestros: porque si hubiesen sido de los nuestros, se habrían quedado con nosotros” (1 Jn 2, 19). De ahí nacieron y nacen a menudo las herejías: de una mente retorcida, que no tiene paz; de una perfidia discordia que no guarda la unidad… (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, n. 4-6)

  • Huyamos de quien se separa de la Iglesia

Huyamos de un hombre, quienquiera que sea, el cual se hubiere separado de la Iglesia. “Un hombre de este linaje es un perverso, es un pecador, y se condena a sí mismo” (Tt 3, 11). […] Este tal contra la Iglesia es contra quien toma las armas: contra las disposiciones del mismo Dios se revela. Enemigo del altar, opuesto sin rebozo al sacrificio de Jesucristo; pérfido, sacrílego, siervo desobediente, hijo impío, falso hermano con mofa de los obispos, con abandono de los sacerdotes del Señor se atreve a erigir otro altar distinto, a decir otras preces con ilícitas fórmulas, a profanar la verdadera hostia del mismo Señor con espurios sacrificios, sin hacerse cargo que los que resisten a las órdenes de Dios, serán castigados por Él mismo en pena de su insolente temeridad. (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, XVII)

… juzga la idea de Francisco de no ser necesario decir los pecados en la confesión

  • Encubrir las heridas de los moribundos es blandura engañosa y destructora

Ha brotado, hermanos amadísimos, un nuevo género de estrago. Como si hubiera sido poco cruel la tormenta de la persecución, se ha añadido como colmo de males una blandura engañosa y destructora que se presenta bajo el titulo de misericordia. […] No buscan la penitencia que restablece la salud, ni la verdadera medicina que está en la satisfacción. La penitencia queda excluida de los corazones, borrándose la memoria de un delito gravísimo y supremo. Se encubren las heridas de los moribundos y la llaga mortal latente en lo más profuso de las entrañas se tapa con un falso dolor. (San Cipriano de Cartago. De lapsis, n. 5-7)

… juzga las actitudes de Francisco con los pecadores públicos, cambiando el protocolo Vaticano

  • El que aplica al pecador lisonjas fomenta sus pecados

El que aplica al pecador lisonjas y caricias echa combustible para pecar, y, lejos de frenar los pecados, los fomenta. Por el contrario, el que reprende con severas amonestaciones, a la vez que le instruye, lo impulsa a su salvación. “A los que amo —dice el Señor— los reprendo y los castigo”. Del mismo modo, es preciso que el sacerdote del Señor no engañe a nadie con servicios ilusorios. Sería médico inhábil el que palpara con mano melindrosa los recovecos hinchados de las llagas y, conservando el veneno metido en los profundos escondrijos de las entrañas, lo acumulara aún más. Se ha de abrir la herida y se ha de recortar y aplicar la medicina eficaz, después de sajar las partes infectas, aunque grite fuerte y se queje el enfermo que no aguanta el dolor, después lo agradecerá, cuando se dé cuenta de su curación. (San Cipriano de Cartago. Libro sobre los lapsos, n. 14: ML 4, 477-478)

  • Necesidad de la justicia para poder merecer ante Dios, nuestro juez

[…] “Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu nombre y en tu nombre arrojamos demonios y en tu nombre hicimos grandes milagros?’ Y yo entonces les diré: ‘Nunca os he conocido; apartaos de mí los que obráis la maldad’”. Es necesaria, pues, la justicia para que alguien pueda merecer ante Dios, nuestro juez. Hay que observar sus preceptos y sus advertencias para que nuestros méritos reciban su recompensa. (San Cipriano de Cartago. La unidad de la Iglesia, 15)

… juzga la idea de “conversión del papado” que tiene Francisco

  • La forma de la Iglesia proviene de la palabras de Cristo: “Tu eres Pedro”

De aquí [Tu eres Pedro…] es de donde proviene la ordenación de los obispos, y la forma de la Iglesia. (San Cipriano de Cartago. Epístola 27)

  • El Señor estableció una sola cátedra

[El Señor] Edifica su Iglesia sobre uno solo y le ordena apacentar a sus ovejas. Y aunque después de resucitar otorga el mismo poder a todos los Apóstoles, cuando les dice: “como el Padre me envió, así os envío Yo a vosotros; recibid el Espírito Santo, y a quien perdonareis los pecados, le serán perdonados; mas a quienes se los retuviereis, les serán retenido (Jn 20, 21-23); sin embargo, para manifestar la unidad estableció una sola cátedra, y con su autoridad decidió que el origen de la unidad estuviese en uno solo. (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, c. 4)

  • No se puede creer en quienes abandonan la cátedra de Pedro

Esta unidad de la Iglesia está prefigurada en la persona de Cristo por el Espíritu Santo en el Cantar de los Cantares, cuando dice: Una sola es mi paloma, mi hermosa es única de su madre, la elegida de ella (Ct 6, 8). Quien no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿va a creer que guarda la unidad de la fe? Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que esta cimentada la Iglesia, ¿puede confiar que está en la Iglesia? (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, c. 4)

… juzga la idea que tiene Francisco sobre la culpa de la Iglesia del cisma anglicano

  • Quien recoge en otra parte disipa la Iglesia de Cristo – Él que se separa de la Iglesia se une a una adúltera y no logrará las recompensas de Cristo

La Iglesia de Cristo no puede ser adúltera, pues es incorruptible y pura. Solo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de la Iglesia, y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo; es un extraño, es un profano, es un enemigo. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene la Iglesia por Madre. Si pudo salvarse alguno fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien estuviese fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: “Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no recoge conmigo desparrama” (Mt 12, 30). Quien rompe la paz y concordia de Cristo, está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. (San Cipriano de Cartago. De unitate Eclesiae, II, 6)

… juzga la idea de diálogo ecuménico que tiene Francisco

  • Que nadie corrompa la pureza de la fe con prevaricación infiel

Puesto que el Santo Apóstol Pablo enseña esto mismo y declara el misterio de la unidad con estas palabras: Un solo cuerpo y un solo espíritu, una sola esperanza de vuestra vocación, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios, debemos mantener y defender con toda energía esta unidad, mayormente los obispos, que estamos al frente de la Iglesia, a fin de probar que el mismo episcopado es uno y indivisible. Nadie engañe con mentiras a los hermanos, nadie corrompa la pureza de la fe con prevaricación infiel. […] La Iglesia del Señor esparce sus rayos, difundiendo la luz por todo el mundo; la luz que se expande por todas las partes es, sin embargo, una y no se divide la unidad de su masa. Extiende sus ramas con frondosidad por toda la tierra e influyen sus abundosos arroyos en todas direcciones; con todo, uno solo es el principio y la fuente y una sola la madre exuberante de fecundidad. (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, II, 5)

  • Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera

La esposa de Cristo no puede ser adúltera, pues es incorruptible y pura. Solo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de la Iglesia, y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo; es un extraño, es un profano, es un enemigo. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene la Iglesia por Madre. Si pudo salvarse alguno fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien estuviese fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: “Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no recoge conmigo desparrama” (Mt 12, 30). Quien rompe la paz y concordia de Cristo, está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, II, 6)

… juzga la idea de Francisco de que las diferencias entre católicos y protestantes son meramente de interpretación

  • Quien recoge en otra parte disipa la Iglesia de Cristo – Él que se separa de la Iglesia se une a una adúltera y no logrará las recompensas de Cristo

La Iglesia de Cristo no puede ser adúltera, pues es incorruptible y pura. Solo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de la Iglesia, y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo; es un extraño, es un profano, es un enemigo. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene la Iglesia por Madre. Si pudo salvarse alguno fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien estuviese fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: “Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no recoge conmigo desparrama” (Mt 12, 30). Quien rompe la paz y concordia de Cristo, está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. (San Cipriano de Cartago. De unitate Eclesiae, II, 6)

  • Sólo a los jefes de la Iglesia Católica les está permitido bautizar y otorgar el perdón de los pecados

En primer lugar el Señor otorgó a Pedro, sobre el que edificó la Iglesia y en quien estableció y mostró el origen de la unidad, este poder de desatar en la tierra lo que él hubiere desatado. Y asimismo, después de la resurrección, habla a los apóstoles con estas palabras: Como me envió el Padre, yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a quien los retengáis, le será retenidos (cf. Jn 20, 21-23). Por estas palabras sabemos que sólo a los jefes de la Iglesia, asentados en la ley del evangelio y las prescripciones del Señor, les está permitido bautizar y otorgar el perdón de los pecados; pero fuera de la Iglesia no se puede ni atar ni soltar nada, puesto que no hay quien pueda atar y desatar. (San Cipriano de Cartago. Carta 72 a Yubayano, n. 7)

  • El bautismo de los que están fuera de la Iglesia es un bautismo profano y adúltero

Nosotros, que tenemos por cierto, sabemos y creemos que nada es posible fuera de la Iglesia y que el bautismo único está en nosotros. […] Debemos, por tanto, considerar la fe de los que creen fuera, si, según la misma fe, pueden adquirir algo de gracia. Porque si la fe es una para nosotros y los herejes, puede haber también una sola gracia. Si confiesan con nosotros al mismo Padre, al mismo Hijo, al mismo Espíritu Santo, la misma Iglesia, […] puede en ellos también ser uno solo el bautismo si una sola es la fe. […] No hay otra cosa en ellos más que infidelidad y blasfemia, y luchas enemigas de la salud y verdad. ¿Cómo, por tanto, el que entre ellos ha sido bautizado ha podido adquirir la remisión de los pecados y la misericordia de Dios por su fe, quien no tuvo la verdad de la misma fe? Si, pues, como creen algunos, alguien pudo adquirir algo fuera de la Iglesia, según su fe, no hay duda que recibió lo que creyó. Y el que cree falso no puede adquirir lo que es verdadero, sino más bien ha recibido lo adúltero y profano, como es su fe. Este asunto del bautismo profano y adúltero lo toca de pasada el profeta Jeremías cuando dice: “¿Por qué los que me afligen tienen fuerza? Mi llaga es profunda, ¿cómo curaré? Siendo así ella, se hizo como un agua engañosa y pérfida (Jer 15, 18). El Espíritu Santo habla por el profeta del agua engañosa y sin seguridad. ¿Cuál es esta agua engañosa y pérfida? Sin duda, la que miente la imagen del bautismo y hace inútil la gracia de la fe con una sombra de apariencia. (San Cipriano de Cartago. Carta 72 a Yubayano, n. 2. 4-6)

  • ¿Por qué vamos a mirar con buenos ojos a los adúlteros, profanos y enemigos de la unidad de la Iglesia?

Es deber del buen soldado defender contra rebeldes y enemigos el campamento de su general. Es deber del general prestigioso conservar las enseñas que se le han confiado. Está escrito: El Señor tu Dios es Dios celoso (Deut 4, 24). Los que hemos recibido el Espíritu de Dios debemos tener celo por la fe divina. Con este celo Finees agradó y calmó al Señor, aplacando su ira, que hacía perecer a su pueblo. ¿Por qué vamos a mirar con buenos ojos a los adúlteros, profanos y enemigos de la unidad que Dios quiere los que no conocemos sino un solo Cristo y una sola Iglesia? La Iglesia es como un paraíso que produce árboles frutales dentro de sus muros, y los que de ellos no dan fruto son arrancados y echados al fuego. Estos árboles los riega ella por medio de cuatro ríos, que son los cuatro evangelios, por los que se distribuye la gracia del bautismo con el agua de salvación y del cielo. ¿Acaso puede regar de las fuentes de la Iglesia quien no está dentro de ella? ¿Acaso puede ofrecer la bebida de salud a alguien quien, por estar desviado y condenado por sí mismo y relegado fuera de las fuentes del paraíso, se secó y desfalleció de sed eterna? (San Cipriano de Cartago. Carta 72 a Yubayano, n. 10)

… juzga la idea de Francisco de que Jesús es solamente misericordia

  • El que aplica al pecador lisonjas y caricias fomenta sus pecados

El que aplica al pecador lisonjas y caricias echa combustible para pecar, y, lejos de frenar los pecados, los fomenta. Por el contrario, el que reprende con severas amonestaciones, a la vez que le instruye, lo impulsa a su salvación. “A los que amo —dice el Señor— los reprendo y los castigo”. Del mismo modo, es preciso que el sacerdote del Señor no engañe a nadie con servicios ilusorios. Sería médico inhábil el que palpara con mano melindrosa los recovecos hinchados de las llagas y, conservando el veneno metido en los profundos escondrijos de las entrañas, lo acumulara aún más. Se ha de abrir la herida y se ha de recortar y aplicar la medicina eficaz, después de sajar las partes infectas, aunque grite fuerte y se queje el enfermo que no aguanta el dolor, después lo agradecerá, cuando se dé cuenta de su curación. (San Cipriano de Cartago. Libro sobre los lapsos, n. 14: ML 4, 477-478)

… juzga la idea de Francisco de que el Corán es un libro de paz

  • Los que se mantienen firmes en la fe saben que en la Iglesia han obtenido la gracia

La mayor y mejor parte de los confesores se mantiene firme en la fortaleza de su fe y en la verdad de la ley y de la disciplina del Señor. Y no separan de la paz de la Iglesia, conscientes como son de que en la Iglesia, por la bondad de Dios, han obtenido la gracia. (San Cipriano de Cartago. La unidad de la Iglesia, n. 22)

… juzga la idea de Francisco de que las sectas hacen parte de la Iglesia

  • La unidad no puede ser amputada

Hay un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe, un solo pueblo que, por el vínculo de la concordia, está fundado en la unidad sólida de un mismo cuerpo. La unidad no puede ser amputada; un cuerpo, para permanecer único, no puede dividirse por el fraccionamiento de su organismo. (San Cipriano de Cartago. De catholicam Ecclesia unitate, n. 23)

  • Dar gracias cuando los malos se apartan de la Iglesia

Nos hemos de alegrar cuando los tales se separan de la Iglesia, ya que así las ovejas de Cristo no recibirán el contagio de su maligno veneno. Es imposible que coexistan y se confundan la amargura y la dulzura, la tiniebla y la luz, la tormenta y el tiempo sereno, la guerra y la paz, la fecundidad y la esterilidad, los manantiales y las sequias, la tempestad y la calma. No piense nadie que los buenos puedan salirse de la Iglesia: al trigo no se lo lleva el viento, y la tempestad no arranca al árbol arraigado con solida raíz. A éstos incrimina y ataca el Apóstol Juan cuando dice: “Se marcharon de nosotros, pero es que no eran de los nuestros: porque si hubiesen sido de los nuestros, se habrían quedado con nosotros” (1 Jn 2, 19). De ahí nacieron y nacen a menudo las herejías: de una mente retorcida, que no tiene paz; de una perfidia discordia que no guarda la unidad… (San Cipriano de Cartago. Sobre la unidad de la Iglesia Católica, n. 4-6)

… juzga la idea de Iglesia cerrada y enferma que tiene Francisco

  • Por las herejías se discriminan los justos de los malos y la paja del grano

“Es preciso que haya herejías, para que se ponga claro quiénes son los justificados entre vosotros” (1 Cor 11, 19). Así se conoce a los fieles, así se descubren los infieles. Así, aún antes del día del juicio, aquí también se discriminan los justos de los malos y la paja del grano. De este género son los que sin llamamiento divino se meten a jefes de unos temerarios aventureros, los que sin legítima elección se constituyen en jefes, […] a éstos se refiere el Espíritu Santo en los Salmos, como a quienes ocupan la cátedra de los malvados (cf. Ps 1, 1), plaga contagiosa de la fe, falaces con lengua de áspid, que amañan y corrompen la verdad, arrojando letal ponzoña por sus lenguas, cuyas palabras cunden como un cáncer, cuya doctrina infiltra el tósigo en las almas y corazones como un veneno mortal. (San Cipriano de Cartago. De unitate Eclesiae, n. 10: ML 4, 507)

… juzga la idea de pedir oraciones a no católicos y ateos que tiene Francisco

  • Jesucristo no se complace con la oración de los cismáticos

Cuando el Señor aconsejaba la paz y la unión a sus discípulos, les decía así: “Yo os digo que si dos de vosotros se conformaren sobre la tierra, cualquier cosa que pidiereis se os otorgaré por mi Padre, que está en los cielos. Donde quiera que estuvieren congregados dos o tres en mi nombre, allí soy con ellos”. En lo que nos da a entender que no a la muchedumbre, sino a los unánimes se concede el buen despacho de sus oraciones. […] Mas ¿cómo podrá vivir de acuerdo con nadie aquel que no vive de acuerdo con la Iglesia, y con todos los hermanos? ¿Cómo podrán juntarse dos o tres en nombre de Jesucristo, después de separados de Jesucristo y de su Evangelio? No fuimos nosotros los que nos apartamos de ellos, sino que ellos fueron los que se apartaron de nosotros, cuando hicieron brotar después cismas y herejías […]. El Señor sólo habla de su Iglesia, y de los que están en ella, al decir que si fueren concordes […]. Con decir pues: “Donde quiera que estuvieren congregados dos o tres en mi nombre, allí soy con ellos”, no quiso dividir la Iglesia el que estableció y levantó la Iglesia; sólo si dio en rostro a los pérfidos con su espíritu de cizaña, y recomendó la paz a los fieles, manifestando que antes se avendría con dos o tres, los cuales orasen de conformidad, que con muchos que entre sí fuesen discordes; y que más podrían los ruegos de pocos, pero bien unidos, que los de la muchedumbre adherida a cismas y partidos. (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, XII: PL 4, 508-509)

… juzga los criterios para ser obispo que tiene Francisco

  • Es necesario elegir para el episcopado hombres de conducta limpia e intachable

Teniendo muy en cuenta estos avisos y considerándolos solícita y religiosamente en el nombramiento de los obispos, no debemos elegir prelados sino a los de una conducta limpia e intachable, para que puedan ofrecer santa y dignamente los sacrificios a Dios, y por eso puedan ser escuchados en las súplicas que elevan por la protección del pueblo del Señor, pues está escrito: “Dios no escucha al pecador, sino escucha al que honra a Dios y cumple su voluntad” (Io 9, 4). Por lo cual es necesario elegir para el episcopado de Dios a los que conste que son escuchados por Dios, después de diligente y verdadero examen. (San Cipriano de Cartago. Carta LXVII a Félix y a los fieles de León, Astorga y Mérida, n. II, 1. Obras, Madrid, BAC, 1964, p. 633)

… juzga la idea de que nuestros pecados nos aproximan de Jesucristo que tiene Francisco

  • Necesidad de la justicia para poder merecer ante Dios, nuestro juez

Cosa sublime y admirable es ciertamente profetizar, arrojar demonios y hacer grandes milagros en la tierra y, sin embargo, no alcanza el reino de los cielos quien todo esto realiza, si no encauza sus pasos atentamente por el camino de la rectitud y de la justicia. Esto lo afirma el Señor cuando dice: “Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu nombre y en tu nombre arrojamos demonios y en tu nombre hicimos grandes milagros?’. Y yo entonces les diré: ‘Nunca os he conocido; apartaos de mí los que obráis la maldad.’” Es necesaria, pues, la justicia para que alguien pueda merecer ante Dios, nuestro juez. Hay que observar sus preceptos y sus advertencias para que nuestros méritos reciban su recompensa. (San Cipriano de Cartago. La unidad de la Iglesia, 15)

… juzga el hecho de pedir la bendición a herejes y cismáticos

  • Jesucristo no se complace con la oración de los cismáticos

Cuando el Señor aconsejaba la paz y la unión a sus discípulos, les decía así: “Yo os digo que si dos de vosotros se conformaren sobre la tierra, cualquiera cosa que pidiereis se os otorgaré por mi Padre, que está en los cielos. Donde quiera que estuvieren congregados dos o tres en mi nombre, allí soy con ellos”. En lo que nos da a entender que no a la muchedumbre, sino a los unánimes se concede el buen despacho de sus oraciones. […] Mas ¿cómo podrá vivir de acuerdo con nadie aquel que no vive de acuerdo con la Iglesia, y con todos los hermanos? ¿Cómo podrán juntarse dos o tres en nombre de Jesucristo, después de separados de Jesucristo y de su Evangelio? No fuimos nosotros los que nos apartamos de ellos, sino que ellos fueron los que se apartaron de nosotros. Cuando hicieron brotar después cismas y herejías […]. El Seño sólo habla de su Iglesia, y de los que están en ella, al decir que si fueren concordes […]. Con decir pues: “Donde quiera que estuvieren congregados dos o tres en mi nombre, allí soy con ellos”, no quiso dividir la Iglesia el que estableció y levantó la Iglesia; sólo si dio en rostro a los pérfidos con su espíritu de cizaña, y recomendó la paz a los fieles, manifestando que antes se avendría con dos o tres, los cuales orasen de conformidad, que con muchos que entre sí fuesen discordes; y que más podrían los ruegos de pocos, pero bien unidos, que los de la muchedumbre adherida a cismas y partidos. (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, XII: PL 4, 508-509)

  • Huyamos de quien se separa de la Iglesia

Huyamos de un hombre, quienquiera que sea, el cual se hubiere separado de la Iglesia. “Un hombre de este linaje es un perverso, es un pecador, y se condena a sí mismo” (Tit III, 11). […] Este tal contra la Iglesia es contra quien toma las armas: contra las disposiciones del mismo Dios se revela. Enemigo del altar, opuesto sin rebozo al sacrificio de Jesucristo; pérfido, sacrílego, siervo desobediente, hijo impío, falso hermano con mofa de los obispos, con abandono de los sacerdotes del Señor se atreve a erigir otro altar distinto, a decir otras preces con ilícitas fórmulas, a profanar la verdadera hostia del mismo Señor con espurios sacrificios, sin hacerse cargo que los que resisten a las órdenes de Dios, serán castigados por Él mismo en pena de su insolente temeridad. (San Cipriano de Cartago. De la unidad de la Iglesia, XVII: PL 4, 513)

… juzga la idea de libertad religiosa que tiene Francisco

  • Que nadie corrompa la pureza de la fe con prevaricaciones infieles

Puesto que el Santo Apóstol Pablo enseña esto mismo y declara el misterio de la unidad con estas palabras: Un solo cuerpo y un solo espíritu, una sola esperanza de vuestra vocación, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios, debemos mantener y defender con toda energía esta unidad, mayormente los obispos, que estamos al frente de la Iglesia, a fin de probar que el mismo episcopado es uno y indivisible. Nadie engañe con mentiras a los hermanos, nadie corrompa la pureza de la fe con prevaricación infiel. […] La Iglesia del Señor esparce sus rayos, difundiendo la luz por todo el mundo; la luz que se expande por todas las partes es, sin embargo, una y no se divide la unidad de su masa. Extiende sus ramas con frondosidad por toda la tierra e influyen sus abundosos arroyos en todas direcciones; con todo, uno solo es el principio y la fuente y una sola la madre exuberante de fecundidad. (San Cipriano de Cartago, De unitate Eclesiae, II, 5) 

  • Quien recoge en otra parte disipa la Iglesia de Cristo

La Iglesia de Cristo no puede ser adúltera, pues es incorruptible y pura. Solo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de la Iglesia, y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo; es un extraño, es un profano, es un enemigo. No puede tener a Dios por Padre quien no tiene la Iglesia por Madre. Si pudo salvarse alguno fuera del arca de Noé, entonces lo podrá también quien estuviese fuera de la Iglesia. Nos lo advierte el Señor cuando dice: “Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no recoge conmigo desparrama” (Mt 12, 30). Quien rompe la paz y concordia de Cristo, está contra Cristo. Quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo. (San Cipriano de Cartago, De unitate Eclesiae, II, 6) 

… juzga la idea del papel de las religiones no cristianas que tiene Francisco

  • Sólo tiene a Dios por padre quien tiene la Iglesia por madre

No puede tener a Dios por padre el que no tiene a la Iglesia por madre. Tanto puede uno pretender salir a salvo fuera de la Iglesia, cuanto podía uno salvarse fuera del arca de Noé. (San Cipriano de Cartago, De unitate Ecclesiae, 6: ML 4, 503)

… juzga la idea de inmortalidad del alma que tiene Francisco

  • El viaje en el tiempo terminar con la muerte, pero comienza la eternidad

La muerte no es un punto final, es un tránsito. Al acabar nuestro viaje en el tiempo, viene el paso a la eternidad. (San Cipriano. Liber de Mortalitate, n. 22: PG 4, 597)

… juzga la idea de martirio que tiene Francisco

  • La sangre derramada por un cismático no lava ninguna mancha

¿Consideran que Cristo está con ellos cuando se reúnen, aquellos que lo hacen fuera de la Iglesia de Cristo? Estos hombres, aunque fuesen muertos en confesión del Nombre, su mancha no será lavada ni siquiera con la sangre vertida: el pecado grande e inexpiable de la discordia no se purga ni con suplicios. No puede ser mártir quien no está en la Iglesia: no pode lograr el Reino quien abandonó Aquélla que debe reinar. Cristo nos dio la paz. Él nos mandó ser concordes e unidos, ordenó conservar los lazos de amor y de la caridad incólumes e intactos. No puede pretender mártir aquel que no conservó la caridad fraterna. (San Cipriano de Cartago, De la unidad de la Iglesia, p. II, n.14 – ML 4, 510-511)

  • El suplicio sufrido por un cismático no sería corona, sino castigo de su perfidia

No pueden permanecer con Dios los que no quisieron permanecer unánimes en la Iglesia de Dios: y aunque consumidos por las llamas, arrojados al fuego o lanzados a las bestias, ellos perdiesen la vida, no sería una corona de fe, mas antes castigo de su perfidia, no sería la consumación gloriosa de una vida religiosa intrépida, sino un fin sin esperanza. Un individuo así puede dejarse matar, pero no puede hacerse coronar. Él se confiesa ser cristiano del mismo modo que el diablo se hace de Cristo, como el mismo Señor advierte diciendo: “Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: ‘yo soy Cristo,’ e engañarán a muchos” (Mc 13,16). Así como el diablo no es Cristo no obstante usurpe su nombre, así no puede pasar por cristiano aquel que no permanece en la verdad del Evangelio y de la Fe. (San Cipriano de Cartago, De la unidad de la Iglesia, p. II, n.14 – ML 4, 510-511)

  • El bautismo de sangre de nada sirve al hereje

¿Acaso puede ser la virtud del bautismo mayor o mejor que la confesión, que el martirio, cuando uno confiesa a Cristo ante los hombres, cuando uno es bautizado en su sangre? Y, sin embargo, este bautismo [de sangre] tampoco sirve al hereje, aunque, fuera de la Iglesia, fuese muerto confesando a Cristo, por más que sus jefes elogien como mártires a los herejes sacrificados por una falsa confesión de Cristo y les atribuyan la gloria y corona del martirio, contra el testimonio del Apóstol que afirma que nada les puede aprovechar aunque sean quemados y sacrificados (cf. 1Cor 13,3). (San Cipriano de Cartago, Epist. LXXIII (ad Iubianum), n. 21 – BAC(1964) p. 688-689 – CSEL III/1, 794)

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