5 – ¿Quién dicta qué es hacer el bien o el mal? La conciencia de cada uno

“¡Conciencia! ¡Conciencia! Instinto divino, inmortal y celeste voz; guía segura de un ser ignorante y limitado, inteligente y libre; juez infalible del bien y del mal que hace al hombre semejante a Dios”. Tal como hiciera hace 250 años el filósofo Jean Jacques Rousseau, en un fructífero intercambio de ideas de gran alcance divulgativo entre el Papa Francisco y el periodista ateo y socialista Eugenio Scalfari, fue abordada con un peculiar enfoque la apasionante temática de la moralidad del acto humano.

Francisco

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Cita ACita B

 Enseñanzas del Magisterio

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Autores

Pío IX

Errores condenados sobre la ética natural y cristiana

56. Las leyes morales no necesitan de la sanción divina y en manera alguna es necesario que las leyes humanas se conformen con el derecho natural o reciban de Dios la fuerza obligatoria.
57. La ciencia de la filosofía y de la moral, así como las leyes civiles, pueden y deben apartarse de la autoridad divina y eclesiástica. (Denzinger-Hünermann 2956-2957. Sílabo o recopilación de errores que se proscribieron en diversas declaraciones de Pío IX, 8 de diciembre de 1864)

Juan XXIII

Cristo, centro de la Historia, criterio absoluto del Bien

El gran problema planteado al mundo, desde hace casi dos mil años, subsiste inmutable. Cristo, radiante siempre en el centro de la historia y de la vida; los hombres, o están con El y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin El o contra El, y deliberadamente contra su Iglesia: se tornan motivos de confusión, causando asperezas en las relaciones humanas, y persistentes peligros de guerras fratricidas. (Juan XXIII, Discurso Apertura del Concilio Vaticano II, 11 de octubre de 1962)

Concilio Vaticano II

El deber de la Iglesia de predicar al único Dios verdadero

Por eso, a los no creyentes la Iglesia proclama el mensaje de salvación para que todos los hombres conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, y se conviertan de sus caminos haciendo penitencia. Y a los creyentes les debe predicar continuamente la fe y la penitencia, y debe prepararlos, además, para los Sacramentos, enseñarles a cumplir todo cuanto mandó Cristo y estimularlos a toda clase de obras de caridad, piedad y apostolado, para que se ponga de manifiesto que los fieles, sin ser de este mundo, son la luz del mundo y dan gloria al Padre delante de los hombres. (Sacrosanctum Concilium,9)

Pablo VI

La conciencia no es la última instancia para juzgar la bondad del acto humano. Obligación de educar la conciencia a la luz de Cristo

A menudo se escucha como un aforismo indiscutible, que toda la moralidad del hombre debe consistir en seguir su propia conciencia; y esto se dice para emanciparlo tanto de las necesidades de una norma extrínseca, como del respeto a una autoridad que intenta dictar leyes a libre y espontanea actividad del hombre, el cual debería ser una ley en sí mismo, sin la limitación de otras intervenciones en sus operaciones. No diremos nada nuevo cuando preguntamos a cuantos encierran en tal criterio el ámbito de la vida moral que tener por tener por guía la propia conciencia no es apenas bueno, sino obligatorio. Los que actúan en contra de la conciencia está fuera del camino recto (cf. Rom 14, 23).
Pero, en primer lugar, hay que señalar que la conciencia, en sí misma, no es el árbitro del valor moral de las acciones que ella sugiere. La conciencia es intérprete de una norma interior y superior; no la crea por sí misma. Ella es iluminada por la intuición de ciertos principios normativos, connaturales a la razón humana (cfr S.TH, I, q.79, a12-13; I-II, q.94, a.1); la conciencia no es la fuente del bien y del mal; es la advertencia, es la auscultación de una voz, que se llama simplemente la voz de la conciencia, es la llamada a la conformidad que una acción debe tener con una exigencia intrínseca al hombre e por la cual el hombre es hombre verdadero y perfecto. Es decir, es el aviso subjetivo e inmediata de una ley, que debemos llamamos natural, a pesar de que muchas personas hoy en día ya no quieren oír hablar de la ley natural.
¿No es en relación con esta ley, entendida en su verdadero significado, que surge el sentido de responsabilidad del hombre? ¿Y con el sentido de la responsabilidad, el de la buena conciencia y el mérito, o bien, el del remordimiento y la culpa? Conciencia y responsabilidad son dos términos relacionados entre sí.
En segundo lugar, debemos observar que la conciencia, para ser norma válida de la actividad humana, debe ser recta, es decir, debe ser de ser verdadera, no incierta, ni culpablemente errónea. Lo cual, por desgracia, es facilísimo que suceda, dada la debilidad de la razón humana, cuando se deja a sí misma, cuando no se educa.
La conciencia necesita ser educada. La pedagogía de la conciencia es necesaria, como lo es para todo el hombre, este ser en desarrollo interno que lleva a cabo su vida en un marco externo muy complejo y exigente. La conciencia no es la única voz que puede guiar la actividad humana; su voz es clara y se fortalece cuando la de la ley y, por tanto, de la autoridad legítima, se une a la suya. Es decir, la voz de la conciencia no es siempre ni infalible, ni objetivamente suprema. Y esto es especialmente cierto en el campo de lo sobrenatural, donde la razón no sirve por sí misma para interpretar el camino del bien, y tiene que recurrir a la fe de dictar al hombre la norma de justicia querida por Dios a través de la revelación: “El justo, dice San Pablo, vive por la fe” (Gal 3, 11). Para caminar rectamente por la noche, como ocurre en el misterio de la vida cristiana, no bastan los ojos, es precisa la lámpara, es precisa la luz. Y este “lumen Christi” no deforma, no mortifica, no contradice la luz de nuestra conciencia, sino que la aclara y le da el poder para seguir a Cristo en el camino adecuado de nuestra peregrinación hacia la visión eterna. Por lo tanto: procuremos actuar siempre con la conciencia recta y fuerte, iluminada por la sabiduría de Cristo. (Pablo VI,  Audiencia general, 12 de febrero de 1969)

Juan Pablo II

La libertad no es fuente de valores

En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores. En esta dirección se orientan las doctrinas que desconocen el sentido de lo trascendente o las que son explícitamente ateas. Se han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha añadido indebidamente la afirmación de que el juicio moral es verdadero por el hecho mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral.
Como se puede comprender inmediatamente, no es ajena a esta evolución la crisis en torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana puede conocer, ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia: a ésta ya no se la considera en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona, que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada situación y expresar así un juicio sobre la conducta recta que hay que elegir aquí y ahora; sino que más bien se está orientado a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visión coincide con una ética individualista, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los demás. El individualismo, llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en la negación de la idea misma de naturaleza humana.
Estas diferentes concepciones están en la base de las corrientes de pensamiento que sostienen la antinomia entre ley moral y conciencia, entre naturaleza y libertad. (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 32, 6 de agosto de 1993)

El Decálogo está inscrito en la naturaleza humana

La misma ley que Dios reveló por medio de Moisés y que Cristo confirmó en el evangelio (cf. Mt 5, 17-19), ha sido inscrita por el Creador en la naturaleza humana. Esto es lo que leemos en la carta de san Pablo a los Romanos: «Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley» (Rm 2, 14). De esta forma, por tanto, los principios morales que Dios manifestó al pueblo elegido por medio de Moisés son los mismos que Él ha inscrito en la naturaleza del ser humano. Por esta razón, todo hombre, siguiendo lo que desde el principio forma parte de su naturaleza, sabe que debe honrar a su padre y a su madre y respetar la vida; es consciente de que no debe cometer adulterio, ni robar, ni dar falso testimonio; en una palabra, sabe que no tiene que hacer a los demás lo que no quiere que le hagan a él.
San Pablo añade en la carta a los Romanos: «Como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia» (Rm 2, 15). La conciencia se presenta como el testigo que acusa al hombre cuando viola la ley inscrita en su corazón, o lo justifica cuando es fiel a ella. Por consiguiente, según la enseñanza del Apóstol, existe una ley ligada íntimamente a la naturaleza del hombre como ser inteligente y libre, y esta ley resuena en su conciencia: para el hombre vivir según su conciencia quiere decir vivir según la ley de su naturaleza y, viceversa, vivir según esa ley significa vivir según la conciencia, desde luego, según la conciencia verdadera y recta es decir, según la conciencia que lee correctamente el contenido de la ley inscrita por el Creador en la naturaleza humana. (Juan Pablo II, Ángelus, 12 de junio de 1994)

Obligación de formar la propia conciencia a la luz de la Iglesia

No es suficiente decir al hombre: “sigue siempre tu conciencia”. Es necesario añadir enseguida y siempre: “pregúntate si tu conciencia dice verdad o falsedad, y trata de conocer la verdad incansablemente”. Si no se hiciera esta necesaria puntualización, el hombre correría peligro de encontrar en su conciencia una fuerza destructora de su verdadera humanidad, en vez de un lugar santo donde Dios le revela su bien verdadero.
Es necesario “formar” la propia conciencia. El cristiano sabe que en esta tarea dispone de una ayuda especial en la doctrina de la Iglesia. “Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es la Maestra de la verdad, y su misión es exponer y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios del orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana” (Dignitatis humanae, 14). (Juan Pablo II, Audiencia general, 17 de agosto de 1983)

 Catecismo

El mal juicio de la conciencia puede ser culpable

1786. Ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.
1790 La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y puede formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1786.1790)


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