136 – Francisco cambia el protocolo Vaticano con los pecadores públicos

El pasado 27 de febrero, durante una rápida audiencia que no duró ni siquiera treinta minutos, Francisco recibió al actual Presidente de Argentina Mauricio Macri, acompañado de su concubina, Juliana Awada, y otros políticos de su partido. Ya tuvimos oportunidad de comentar varios aspectos colaterales sobre esta visita (aquí), pero en la audiencia sucedió algo de mucha más gravedad y que despertó preocupación en numerosos católicos. Tan sólo ahora que concluimos nuestro estudio sobre el asunto, lo damos a luz. Y en buena hora, porque toma mayor relevancia después de la publicación de “Amoris Lætitia” (ver nuestro análisis).

Esto es lo que cuenta Elisabetta Piqué, amiga y confidente de Francisco:

“Hace dos años y medio hubo un antecedente con un mandatario latinoamericano que prefiero no nombrar, que llegó con su esposa casada por civil, ya que todavía no había obtenido la nulidad del primer matrimonio. Y el Pontífice se sintió muy mal cuando por el protocolo se vio obligado a saludar a la mujer en forma separada, en otro salón”, contó a LA NACION una fuente del Vaticano bien informada. “Le pareció injusto y comenzó a madurar esta idea de cambiar el protocolo, cosa que sucedió por primera vez hoy (por ayer) con Macri”, agregó. (La Nación, 28 de febrero de 2016)

Y fue lo que sucedió en esta reciente audiencia oficial: al principio, el Obispo de Roma demostró mucha frialdad hacia todos –ya sabemos porque– pero al final, saludó con una sonrisa de oreja a oreja a Awada en el mismo salón donde se desarrolló la audiencia.

Como ha apuntado La Nación, lo que sucedió fue un cambio histórico en las normas de la Iglesia… y esto despierta otras inquietudes más profundas. Además de un cambio diplomático, no sólo la actitud en sí – que tiene sus matices – sino sobre todo la razón por la cual fue tomada, ataca principios morales que siempre fueron objeto de especial celo por parte de la Iglesia.

Jesús nos dio ejemplos contundentes, muy diferentes de los que escenifica Francisco: en su corazón tan lleno de amor también había santa indignación hacia los enquistados en el mal, hasta el extremo de negarles una palabra o una mirada, como a Herodes. La Santa Iglesia, fiel a su divino Fundador, ha mantenido la misma conducta hasta nuestros días. Ha perdonado y acogido amorosamente a los pecadores arrepentidos, pero, con justicia, también ha condenado y castigado a los que se niegan a dar un paso hacia la conversión y permanecen endurecidos en su estado de pecado. Sobre todo, nunca ha dado muestras públicas que acarreen siquiera una apariencia de aprobación a ese estado. Actuando de esta forma, preservaba a sus hijos del veneno del escándalo y se resguardaba de la contaminación del vicio.

¿Cómo debe ser nuestra actitud hacia los pecadores públicos? Recordemos un poco las enseñanzas destiladas del Santo Evangelio y aprendamos de los santos que a nosotros, sacerdotes, nos compete distinguir entre aquellos de quienes debemos compadecernos y a los que debemos hacer justicia. Si actuamos de forma equivocada, participaremos en los vicios de los pecadores públicos y recaerá sobre nuestras cabezas la maldición divina, porque el escándalo es causa de la perdición de muchas almas: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!” (Mt 18, 6-7).

Francisco

Awada-1

Enseñanzas del Magisterio

Tabla de contenido

I – ¿Cómo trataba Jesús a los pecadores públicos?
II – El camino indicado para los empedernidos es el abandono del pecado y la reforma interior
III – ¿Cómo debe ser el trato con los arrepentidos y empedernidos?


I – ¿Cómo trataba Jesús a los pecadores públicos?

Pío X
-En el corazón de Jesús hay mansedumbre para algunos e indignación hacia otros

Pío XI
-La caridad del Salvador incentiva a que detestemos el pecado

Sagradas Escrituras
-Jesús no dirige su palabra a Herodes

Gregorio I Magno
-Debemos guardar silencio ante aquellos que no quieren cambiar su modo de obrar

Sagradas Escrituras
-La pecadora pública recibió el perdón y el amor de Jesús, porque se arrepintió

San Gregorio Niceno
-Nuestro Salvador visitaba con bondad a los otros para hacerlos partícipes de su justicia

Benedicto XVI
-Para Jesús el bien es bien y el mal es el mal

San Gregorio I Magno
-El Médico celestial no se fija en quienes ve hacerse peores
-Como Cristo, los sacerdotes han de distinguir las personas de las cuales deben o no compadecerse

Teófilo
-“Vete en paz” significa: “Haz todo lo que pueda conducir a la amistad de Dios”

Sagradas Escrituras
-A condición de que no peque más, Jesús no condena la adúltera

San Agustín de Hipona
-La mansedumbre divina es invitación a la conversión

Juan Pablo II
-Las palabras de Jesús no pueden ser pasadas por alto: “No peques más”

Sagradas Escrituras
-Jesús se quedó en casa de Zaqueo porque se arrepintió de sus pecados

San Juan Crisóstomo
-La bondad del Salvador no soporta la hediondez del pecado

San Tito Bostrense
-Si alguno ve a Jesús ya no puede continuar con mala vida

San Beda el Venerable
-El publicano, habiendo dejado el fraude, recibe la bendición

Teófilo
-Merecen la salvación quienes renuncian a su maldad primitiva

Benedicto XVI
-La misericordia de Jesús exige el cambio de vida

II – El camino indicado para los empedernidos es el abandono del pecado y la reforma interior

Sagrada Escritura
-Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal

San Ireneo de Lyon
-Un consejo de Dios Misericordioso: “Enderezad vuestra conducta”

San Agustín de Hipona
-Para estar en comunión con Dios, hay que caminar en la luz
-Jesús perdona los pecados de quien quiere alcanzar la perfección

San Juan Crisóstomo
-Pongamos todos los medios para convertir a los pecadores

Pseudo-Crisóstomo
-En todo buscamos que el pecador suelte el pecado

Benedicto XVI
-Que el pecador note el distanciamiento que él mismo ha provocado

Juan Pablo II
-La Iglesia jamás debe esconder la verdadera moral
-El ministerio de la reconciliación tiene como finalidad la reforma interior

Catecismo de la Iglesia Católica
-La Iglesia debe buscar la penitencia y la renovación de los pecadores

Congregación para el Clero
-El sacerdote debe practicar el ministerio de la formación de la conciencia

III – ¿Cómo debe ser el trato con los arrepentidos y empedernidos?

San Bernardo de Claraval
-Dios sólo se compadece de quien gime con el llanto de la penitencia

San Alfonso de Ligorio
-Dios no puede compadecerse de los que viven obstinados en el pecado

Catecismo de la Iglesia Católica
-Quien no se arrepiente de sus pecados no recibe la misericordia de Dios

Catecismo Romano
-Dios persigue a los pecadores

San Juan Crisóstomo
-Irritan y ofenden a Dios los pecadores que no sienten dolor de sus faltas

Teófilo de Antioquía
-Dios se indigna contra aquellos que obran el mal y es bondadoso con los que le aman

Santo Tomás de Aquino
-Los más virtuosos deben ser amados más que los menos virtuosos
-Obligación de evitar el contacto con los pecadores

San Cipriano de Cartago
-El que aplica al pecador lisonjas fomenta sus pecados

San Agustín de Hipona
-No hay que juntarse a los que son pecadores públicos o de mala fama

San Juan Crisóstomo
-No se debe tratar con los que obran mal

San Cipriano de Cartago
-Necesidad de la justicia para poder merecer ante Dios, nuestro juez

Santo Tomás de Aquino
-Es acto de justicia condenar a los empedernidos


I – ¿Cómo trataba Jesús a los pecadores públicos?


Pío X

  • En el corazón de Jesús hay mansedumbre para algunos e indignación hacia otros

Ciertamente, Jesús nos ha amado con un amor inmenso, infinito, y ha venido a la tierra a sufrir y morir para que, reunidos alrededor de Él en la justicia y en el amor, animados de los mismos sentimientos de caridad mutua, todos los hombres vivan en la paz y en la felicidad. Pero a la realización de esta felicidad temporal y eterna ha puesto, con una autoridad soberana, la condición de que se forme parte de su rebaño, que se acepte su doctrina, que se practique su virtud y que se deje uno enseñar y guiar por Pedro y sus sucesores. Porque, si Jesús ha sido bueno para los extraviados y los pecadores, no ha respetado sus convicciones erróneas, por muy sinceras que pareciesen; los ha amado a todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si ha llamado hacia sí, para aliviarlos, a los que padecen y sufren (ver Mt 11, 28), no ha sido para predicarles el celo por una igualdad quimérica. Si ha levantado a los humildes, no ha sido para inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la obediencia. Si su corazón desbordaba mansedumbre para las almas de buena voluntad, ha sabido igualmente armarse de una santa indignación contra los profanadores de la casa de Dios (cf. Mt 21, 13; Lc 19, 46), contra los miserables que escandalizan a los pequeños (cf. Lc 17, 2), contra las autoridades que agobian al pueblo bajo el peso de onerosas cargas sin poner en ellas ni un dedo para aliviarlas (cf. Mt 23, 4). Ha sido tan enérgico como dulce; ha reprendido, amenazado, castigado, sabiendo y enseñándonos que con frecuencia el temor es el comienzo de la sabiduría (ver Pr 1, 7; Pr 9, 10) y que conviene a veces cortar un miembro para salvar al cuerpo (ver Mt 18, 8-9). […] Estas son enseñanzas que se intentaría equivocadamente aplicar solamente a la vida individual con vistas a la salvación eterna; son enseñanzas eminentemente sociales, y nos demuestran en Nuestro Señor Jesucristo algo muy distinto de un humanitarismo sin consistencia y sin autoridad. (Pío X. Encíclica Notre charge apostolique, n. 38, 23 de agosto de 1910)

Pío XI

  • La caridad del Salvador incentiva a que detestemos el pecado

Tal fue, ciertamente, el designio del misericordioso Jesús cuando quiso descubrirnos su Corazón con los emblemas de su pasión y echando de sí llamas de caridad: que mirando de una parte la malicia infinita del pecado, y, admirando de otra la infinita caridad del Redentor, más vehementemente detestásemos el pecado y más ardientemente correspondiésemos a su caridad. (Pío XI. Encíclica Miserentissimus Redemptor, n. 8, 8 de mayo de 1928)

Sagradas Escrituras

  • Jesús no dirige su palabra a Herodes

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacía muchas preguntas con abundante verborrea; pero él no le contestó nada. (Lc 23, 8-9)

Gregorio I Magno

  • Debemos guardar silencio ante aquellos que no quieren cambiar su modo de obrar

Cuando oyamos esto, debemos obrar igual. Cuando los que nos oyen quieran conocer nuestras obras, alabándonos, sin cambiar ellos su modo de obrar, debemos guardar silencio, no sea que mientras hacemos ostentación de la palabra divina, no favorezca ésta a los que son culpables, y sirva para perjuicio nuestro. (Gregorio I Magno citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 23, 6-12)

Sagradas Escrituras

  • La pecadora pública recibió el perdón y el amor de Jesús, porque se arrepintió

Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: “Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora”. Jesús respondió y le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. Él contestó: “Dímelo, Maestro”. “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?”. Respondió Simón y dijo: “Supongo que aquel a quien le perdonó más”. Y él le dijo: “Has juzgado rectamente”. Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco”. Y a ella le dijo: “Han quedado perdonados tus pecados”. Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: “¿Quién es este, que hasta perdona pecados?”. Pero él dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”. (Lc 7, 36-50)

San Gregorio Niceno

  • Nuestro Salvador visitaba con bondad a los otros para hacerlos partícipes de su justicia

San Lucas, que era más médico de las almas que de los cuerpos, nos muestra al mismo Dios y nuestro Salvador, visitando con bondad a los otros. Por lo que sigue: “Y habiendo entrado en la casa de un fariseo, se sentó a la mesa”, no para tomar algo de sus vicios, sino para hacerlo partícipe de su propia justicia. (San Gregorio Niceno citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 7, 36-50)

Benedicto XVI

  • Para Jesús el bien es bien y el mal es el mal

Para evitar equívocos, conviene notar que la misericordia de Jesús no se manifiesta poniendo entre paréntesis la ley moral. Para Jesús el bien es bien y el mal es mal. La misericordia no cambia la naturaleza del pecado, pero lo quema en un fuego de amor. Este efecto purificador y sanador se realiza si hay en el hombre una correspondencia de amor, que implica el reconocimiento de la ley de Dios, el arrepentimiento sincero, el propósito de una vida nueva. (Benedicto XVI. Homilía en Asís en el VII centenario de la conversión de San Francisco, 17 de junio de 2007)

San Gregorio I Magno

  • El Médico celestial no se fija en quienes ve hacerse peores

He aquí cómo la que vino enferma al Médico se ha curado, pero a causa de su salud, todavía enferman otros. Porque sigue: “Y los que concurrían allí, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta los pecados perdona?” Pero el Médico celestial no se fija en aquellos enfermos a quienes ve hacerse peores con su medicamento, sino que confirma por una sentencia de misericordia a aquella que había sanado. Por esto sigue: “Y dijo a la mujer: Tu fe te ha hecho salva”. Ella no había dudado de poder recibir lo que pedía. (San Gregorio citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Luc 7, 36-50)

  • Como Cristo, los sacerdotes han de distinguir las personas de las cuales deben o no compadecerse

Algunos sacerdotes, porque ejecutan exteriormente algunos actos de justicia, desprecian a sus subordinados y desdeñan a los pecadores de la plebe. Es necesario, pues, que cuando tratemos con los pecadores, nos compadezcamos antes de su triste situación. Porque también nosotros, o habremos caído en los mismos pecados, o podremos caer. Conviene distinguir con cuidado entre los vicios, que debemos aborrecer, y las personas, de quienes debemos compadecernos. Porque si debe ser castigado el pecador, el prójimo debe ser alimentado. Mas cuando ya él mismo ha castigado por medio de la penitencia lo malo que ha hecho, deja de ser pecador nuestro prójimo, porque éste castiga en sí lo que la justicia divina reprende. El Médico se encontraba entre dos enfermos: uno tenía la fiebre de los sentidos y el otro había perdido el sentido de la razón. Aquella mujer lloraba lo que había hecho. Pero el fariseo, enorgullecido por la falsa justicia, exageraba la fuerza de su salud. (San Gregorio I Magno citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lucam 7, 36-50)

Teófilo

  • “Vete en paz” significa: “Haz todo lo que pueda conducir a la amistad de Dios”

Después que le hubo perdonado sus pecados, no se detuvo en el perdón, sino que añadió un beneficio. Por lo que sigue: “Vete en paz” (esto es, en justicia), porque la justicia es la paz del hombre con Dios, así como el pecado es la enemistad entre Dios y el hombre. Como diciendo: Haz todo lo que pueda conducir a la amistad de Dios. (Teófilo citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 7, 36-50)

Sagradas Escrituras

  • A condición de que no peque más, Jesús no condena la adúltera

Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?” Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?”. Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”. (Jn 8, 1-11)

San Agustín de Hipona

  • La mansedumbre divina es invitación a la conversión

Abandonada sola la mujer y, tras marcharse todos, levantó sus ojos hacia la mujer. […] Por su parte, quien con lengua de justicia había repelido a sus adversarios, tras levantar hacia ella ojos de mansedumbre, le interrogó: “¿Nadie te condenó?” Respondió ella: “Nadie, Señor”. Y él: Tampoco te condenaré yo, por quien temías quizá ser castigada, porque no hallaste pecado en mí. Tampoco te condenaré yo. ¿Qué significa, Señor? ¿Fomentas, pues, los pecados? Simple y llanamente, no es así. Observa lo que sigue: Vete, en adelante no peques ya. El Señor, pues, ha condenado, pero el pecado, no al hombre. Efectivamente, si fuese fautor de pecados diría: “Tampoco te condenaré yo; vete, vive como vives; está segura de mi absolución; por mucho que peques, yo te libraré de todo castigo, hasta de los tormentos del quemadero y del infierno”. No dijo esto. […] El Señor es apacible; el Señor es longánime; el Señor es compasivo; pero el Señor es también justo, el Señor es también veraz. Se te da espacio de corrección; pero tú amas la dilación más que la enmienda. ¿Fuiste malo ayer? Hoy sé bueno. ¿Y has pasado en la malicia el día hodierno? Al menos mañana cambia. Siempre aguardas y te prometes muchísimo de la misericordia de Dios cual si quien te prometió el perdón mediante el arrepentimiento, te hubiera prometido también una vida muy larga. ¿Cómo sabes lo que parirá el día de mañana? Bien dices en tu corazón: “Cuando me corrija, Dios me perdonará todos los pecados”. No podemos negar que Dios ha prometido indulgencia a los convertidos y enmendados. Por cierto, en el profeta en que me lees que ha prometido indulgencia al corregido, no me lees que Dios te ha prometido vida larga. (San Agustín de Hipona. Tratado XXXIII sobre el Evangelio de San Juan, n. 6-7)

Juan Pablo II

  • Las palabras de Jesús no pueden ser pasadas por alto: “No peques más”

Entre las costumbres de una sociedad secularizada y las exigencias del Evangelio, media un profundo abismo. Hay muchos que querrían participar en la vida eclesial, pero ya no encuentran ninguna relación entre su propio mundo y los principios cristianos. Se cree que la Iglesia, sólo por rigidez, mantiene sus normas, y que ello choca contra la misericordia que nos enseña Jesús en el Evangelio. Las duras exigencias de Jesús, su palabra: “Vete y no peques más” (Jn 8, 11), son pasadas por alto. A menudo se habla de recurso a la conciencia personal, olvidando, sin embargo, que esta conciencia es como el ojo que no posee por sí mismo la luz, sino solamente cuando mira hacia su auténtica fuente. (Juan Pablo II. Alocución a la Conferencia Episcopal Alemana, n. 6, 17 de noviembre de 1980)

Sagradas Escrituras

  • Jesús se quedó en casa de Zaqueo porque se arrepintió de sus pecados

[Jesús] Entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa”. Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”. Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más”. Jesús le dijo: “Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. (Lc 19, 1-10)

San Juan Crisóstomo

  • La bondad del Salvador no soporta la hediondez del pecado

Considera la excesiva bondad del Salvador. El inocente trata con los culpables, la fuente de la justicia con la avaricia, que es fundamento de perversidad; cuando ha entrado en la casa del publicano, no sufre ofensa alguna por la nebulosidad de la avaricia; antes al contrario hace desaparecer la avaricia con el brillo de su justicia. Pero los murmuradores y los amantes de censurar, empiezan a tentarle acerca de lo que hacía. Sigue, pues: “Y como todos vieron esto, murmuraban diciendo que había ido a hospedarse a la casa de un pecador”, etc. Pero Él, acusado como convidado y amigo de los publicanos, despreciaba todas estas cosas, con el fin de llevar adelante su propósito; porque no cura el médico si no soporta la hediondez de las llagas de los enfermos y sigue adelante en su propósito de curarle. Esto mismo sucedió entonces: el publicano se había convertido y se hizo mejor que antes. Prosigue: “Mas Zaqueo, presentándose al Señor, le dijo: Señor, la mitad de cuanto tengo doy a los pobres”, etc. Cosa admirable. Todavía no se le habla y ya obedece. Y como el sol no ilumina una casa con palabras, sino con hechos, así el Salvador con los rayos de su justicia hace huir la niebla de la torpeza; porque la luz brilla en las tinieblas. (San Juan Crisóstomo citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lucam 19, 1-10)

San Tito Bostrense

  • Si alguno ve a Jesús ya no puede continuar con mala vida

Había germinado en él la semilla de la salvación, porque deseaba ver al Salvador. Por esto sigue: “Y procuraba ver a Jesús, quien quiera que fuese” a pesar de que nunca le había visto, porque si le hubiera visto sin duda se hubiese apartado de la mala vida de publicano. Por tanto, si alguno ve a Jesús ya no puede continuar con mala vida. Dos obstáculos le habían impedido verle: la muchedumbre, no tanto de los hombres como de sus pecados (o crímenes) y el ser pequeño de estatura. (San Tito Bostrense citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 19, 1-10)

San Beda el Venerable

  • El publicano, habiendo dejado el fraude, recibe la bendición

He aquí cómo el camello, dejando la carga de su jibá, pasa por el ojo de la aguja; esto es, el publicano siendo rico, habiendo dejado el amor de las riquezas y menospreciando el fraude, recibe la bendición de hospedar al Señor en su casa. Sigue pues: “Y él descendió apresurado, y le recibió gozoso”, etc. (San Beda el Venerable citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 19, 1-10)

Teófilo

  • Merecen la salvación quienes renuncian a su maldad primitiva

El Señor le dice: “Desciende presto”; esto es, has subido por la penitencia a ese elevado lugar, baja por la humildad para que no te sorprenda el orgullo, porque me conviene descansar en la casa del humilde. En nosotros existen dos especies de bienes (a saber: los corporales y los espirituales); el justo deja todo lo corporal para los pobres, pero no abandona los bienes espirituales; mas si tomó algo de alguno le devuelve cuatro veces más; dando a conocer por esto que si alguno por la penitencia marcha por el camino contrario al de su maldad primitiva, enmienda por sus muchas virtudes todas sus antiguas faltas; y así es como merece la salvación y ser llamado hijo de Abraham, porque renuncia a su propia estirpe, es decir, a la antigua maldad. (Teófilo citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 19, 1-10)

Benedicto XVI

  • La misericordia de Jesús exige el cambio de vida

Cuando Jesús, al atravesar Jericó, se detuvo precisamente en casa de Zaqueo, suscitó un escándalo general, pero el Señor sabía muy bien lo que hacía. Por decirlo así, quiso arriesgar y ganó la apuesta: Zaqueo, profundamente impresionado por la visita de Jesús, decide cambiar de vida, y promete restituir el cuádruplo de lo que ha robado. […] Dios […] ve en cada uno un alma que es preciso salvar, y le atraen especialmente aquellas almas a las que se considera perdidas y que así lo piensan ellas mismas. Jesucristo, encarnación de Dios, demostró esta inmensa misericordia, que no quita nada a la gravedad del pecado, sino que busca siempre salvar al pecador, ofrecerle la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse. (Benedicto XVI. Ángelus, 31 de octubre de 2010)


II – El camino indicado para los empedernidos es el abandono del pecado y la reforma interior


Sagrada Escritura

  • Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal

¿Qué diremos, pues? ¿Permanezcamos en el pecado para que abunde la gracia? De ningún modo. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a seguir viviendo en el pecado? […] Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. […] Nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado; porque quien muere ha quedado libre del pecado. […] Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal, sometiéndoos a sus deseos; no pongáis vuestros miembros al servicio del pecado, como instrumentos de injusticia; antes bien, ofreceos a Dios. (Rom 6, 1-13)

San Ireneo de Lyon

  • Un consejo de Dios Misericordioso: “Enderezad vuestra conducta”

Esto mismo dice Isaías: “¿Para qué quiero ese montón de sacrificios vuestros? dice el Señor. Estoy harto” (Is 1, 10). Y, una vez que ha rechazado los holocaustos, oblaciones y sacrificios, así como las fiestas, los sábados, las solemnidades y todas las costumbres que las acompañaban, les indica qué cosas son aceptables para la salvación: “Lavaos, purificaos, quitad de mi vista la maldad de vuestros corazones; dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien; buscad el derecho, salvad al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda. Entonces venid y disputemos, dice el Señor” (Is 1, 16-18). […] Mas, como Dios está lleno de misericordia, no los privó de un buen consejo. Pues, aunque dijo por Jeremías: “¿Para qué me ofrecéis incienso de Saba y canela de tierras lejanas? No me agradan vuestros holocaustos y sacrificios” (Jr 6, 20); en seguida añadió: “Escuchad la Palabra del Señor, todos los hombres de Judá. Esto dice el Señor Dios de Israel: Enderezad vuestros caminos y vuestra conducta, y os haré habitar en este lugar. No os fijéis de palabras mentirosas, porque no os serán de ningún provecho, cuando decís: ‘¡Templo del Señor! ¡Templo del Señor!’” (Jr 7, 2-4). (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, 4, 17, 1-2)

San Agustín de Hipona

  • Para estar en comunión con Dios, hay que caminar en la luz

Afirmas estar en comunión con Dios, pero caminas en tinieblas; por otra parte, Dios es luz y en él no hay tinieblas, ¿cómo entonces están en comunión la luz y las tinieblas? […] Los pecados, en cambio, son tinieblas, como lo dice el Apóstol al afirmar que el diablo y sus ángeles son los que dirigen estas tinieblas. No diría de ellos que dirigen las tinieblas si no dirigiesen a los pecadores y dominasen sobre los inicuos. ¿Qué hacemos, hermanos míos? Hay que estar en comunión con Dios, pues, de lo contrario, no cabe esperanza alguna de vida eterna. […] Caminemos en la luz como también él está en la luz para que podamos estar en comunión con él. (San Agustín de Hipona. Homilía I sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 5)

  • Jesús perdona los pecados de quien quiere alcanzar la perfección

Las palabras “Él es fiel y justo para limpiarnos de toda iniquidad” podían las Sagradas Escrituras quizá dejar la impresión de que el apóstol Juan otorga la impunidad a los pecados y que los hombres podrían decir para sí: “Pequemos, hagamos tranquilos lo que queramos, pues Cristo, que es fiel y justo, nos limpia de toda iniquidad”. Para evitarlo, te quita esa seguridad dañina y te infunde un temor provechoso. Quieres tener una seguridad dañina, llénate de preocupación. Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, si estás a disgusto contigo mismo y vas cambiando hasta alcanzar la perfección. […] Pero si se infiltrase el pecado, como resultado de la debilidad de la vida, préstale atención al instante, desagrádete al instante, condénalo inmediatamente. Y una vez que lo hayas condenado, llegarás confiado a la presencia del juez. (San Agustín de Hipona. Homilía I sobre la primera carta de San Juan a los Partos, n. 6)

San Juan Crisóstomo

  • Pongamos todos los medios para convertir a los pecadores

Sabiendo esto nosotros, pongamos todos los medios para convertir a los pecadores y a los tibios, amonestándolos, adoctrinándolos, rogándoles, exhortándolos, aconsejándolos, aun cuando nada aventajemos. Sabía Jesús de antemano que Judas jamás se enmendaría; y sin embargo no cesaba de poner lo que estaba de su parte, amonestándolo, amenazándolo, llamándolo infeliz. (San Juan Crisóstomo. Homilía 86 sobre el Evangelio de San Mateo)

Pseudo-Crisóstomo

  • En todo buscamos que el pecador suelte el pecado

Y así como la nave —una vez roto el timón— es llevada a donde quiere la tempestad, así también el hombre, cuando pierde el auxilio de la divina gracia por su pecado, ya no hace lo que quiere, sino lo que quiere el demonio. Y si Dios no lo desata con la mano poderosa de su misericordia, permanecerá esclavo por sus pecados hasta la muerte. Por esto dice a sus discípulos: soltadle; esto es, por vuestra predicación y por vuestros milagros, porque todos los judíos y los gentiles fueron puestos en libertad por medio de los apóstoles. “Y traédmelos”, esto es, convertidlos a mi gloria. (Pseudo-Crisóstomo citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 21, 1-9)

Benedicto XVI

  • Que el pecador note el distanciamiento que él mismo ha provocado

El texto del Evangelio […] nos dice que el amor fraterno comporta también un sentido de responsabilidad recíproca, por lo cual, si mi hermano comete una falta contra mí, yo debo actuar con caridad hacia él y, ante todo, hablar con él personalmente, haciéndole presente que aquello que ha dicho o hecho no está bien. Esta forma de actuar se llama corrección fraterna: no es una reacción a una ofensa recibida, sino que está animada por el amor al hermano. Comenta San Agustín: “Quien te ha ofendido, ofendiéndote, ha inferido a sí mismo una grave herida, ¿y tú no te preocupas de la herida de tu hermano? Tú debes olvidar la ofensa recibida, no la herida de tu hermano” (Discursos 82, 7).
“>¿Y si el hermano no me escucha? Jesús en el Evangelio de hoy indica una gradualidad: ante todo vuelve a hablarle junto a dos o tres personas, para ayudarle mejor a darse cuenta de lo que ha hecho; si, a pesar de esto, él rechaza la observación, es necesario decirlo a la comunidad; y si tampoco no escucha a la comunidad, es preciso hacerle notar el distanciamiento que él mismo ha provocado, separándose de la comunión de la Iglesia. Todo esto indica que existe una corresponsabilidad en el camino de la vida cristiana: cada uno, consciente de sus propios límites y defectos, está llamado a acoger la corrección fraterna y ayudar a los demás con este servicio particular. (Benedicto XVI. Ángelus, 4 de septiembre de 2011)

Juan Pablo II

  • La Iglesia jamás debe esconder la verdadera moral

La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición maternal de la Iglesia. Ésta —se dice— no muestra comprensión y compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo, que es la verdad en persona: “Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral… De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección”. En realidad, la verdadera comprensión y la genuina compasión deben significar amor a la persona, a su verdadero bien, a su libertad auténtica. Y esto no se da, ciertamente, escondiendo o debilitando la verdad moral, sino proponiéndola con su profundo significado de irradiación de la sabiduría eterna de Dios, recibida por medio de Cristo, y de servicio al hombre, al crecimiento de su libertad y a la búsqueda de su felicidad. (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 95, 6 de agosto de 1993)

  • El ministerio de la reconciliación tiene como finalidad la reforma interior

Reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído. Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia en el sentido más completo del término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento, tomar la actitud concreta de arrepentido, que es la de quien se pone en el camino del retorno al Padre. Esta es una ley general que cada cual ha de seguir en la situación particular en que se halla. En efecto, no puede tratarse sobre el pecado y la conversión solamente en términos abstractos. En la condición concreta del hombre pecador, donde no puede existir conversión sin el reconocimiento del propio pecado, el ministerio de reconciliación de la Iglesia interviene en cada caso con una finalidad claramente penitencial, esto es, la de conducir al hombre al “conocimiento de sí mismo” según la expresión de Santa Catalina de Siena; a apartarse del mal, al restablecimiento de la amistad con Dios, a la reforma interior, a la nueva conversión eclesial. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia, n. 13.31, 2 de diciembre de 1984)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • La Iglesia debe buscar la penitencia y la renovación de los pecadores

La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que “recibe en su propio seno a los pecadores” y que siendo “santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación”. Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del “corazón contrito”, atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1428-1429)

Congregación para el Clero

  • El sacerdote debe practicar el ministerio de la formación de la conciencia

A pesar de la triste realidad de la pérdida del sentido del pecado muy extendida en la cultura de nuestro tiempo, el sacerdote debe practicar con gozo y dedicación el ministerio de la formación de la conciencia, del perdón y de la paz. (Congregación para el Clero. Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, n. 51, 31 de marzo de 1994)


III – ¿Cómo debe ser el trato con los arrepentidos y empedernidos?


San Bernardo de Claraval

  • Dios sólo se compadece de quien gime con el llanto de la penitencia

Quien pide la misericordia, obtiene esta oportuna respuesta: “Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.” (Mt 5, 7) Compadécete de tu alma, tú que aspiras a que Dios se compadezca de ti. Llora cada noche sobre tu lecho. Acuérdate de regar tu cama con tus propias lágrimas. Si te compadeces de ti mismo, si te esfuerzas en gemir con el llanto de la penitencia, estarás ya en primer grado de la misericordia, y con toda seguridad la alcanzarás. Si eres muy pecador y buscas una gran misericordia y una inmensa compasión, afánate en acrecentar tu propia misericordia. Reconcíliate contigo mismo, pues eres una carga para ti al ser enemigo de Dios. (San Bernardo de Claraval. Tratado a los clérigos sobre la conversión, XVI, 29)

San Alfonso de Ligorio

  • Dios no puede compadecerse de los que viven obstinados en el pecado

Missit me Domine, ut mederer contritis corde”. Dios está pronto a sanar a los que tienen voluntad de enmendar su vida; no puede, empero, compadecerse de los que viven obstinados en el pecado. Perdona los pecados, más no puede perdonar el propósito de pecar. (San Alfonso María de Ligorio. Sermón XV para el Primer Domingo de Cuaresma, Del número de los pecados)

Catecismo de la Iglesia Católica

  • Quien no se arrepiente de sus pecados no recibe la misericordia de Dios

No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1864)

Catecismo Romano

  • Dios persigue a los pecadores

Hay guerra viva entre el Dios ofendido y el pecador. San Pablo dice: “Ira e indignación, tribulación y angustia sobre todo el que hace el mal” (Rom 2, 8-9). Es verdad que el acto del pecado es transitorio; pero la mancha y la culpa que él engendra permanecen, y Dios les va persiguiendo constantemente con su ira, como la sombra sigue al cuerpo. (Catecismo Romano, IV, VI, II)

San Juan Crisostomo

  • Irritan y ofenden a Dios los pecadores que no sienten dolor de sus faltas

Lo mejor indudablemente es no pecar en absoluto; pero después del pecado, lo mejor es que el pecador sienta su culpa y se corrija. Si esto no tenemos, ¿cómo podremos rogar a Dios y pedirle perdón de nuestros pecados, cuando ningún caso hacemos de ellos? Porque si tú mismo, que has pecado, no quieres saber ni siquiera que has pecado ¿de qué le vas a pedir perdón a Dios, cuando ignoras tus mismos pecados? Confiesa, pues, tus pecados tal como son, porque así te des cuenta de lo que se te perdona y seas agradecido. […] Cuando, empero, hemos ofendido a Dios, dueño del universo, nos quedamos con la boca abierta, nos desmayamos, y nos entregamos al placer, y nos embriagamos, y seguimos en todo y por todo nuestra vida habitual. ¿Cuándo, pues, esperamos hacérnosle propicio? ¿No será así que con nuestra insensibilidad le ofenderemos aún más que con el pecado mismo? Y, en efecto, más que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados. (San Juan Crisóstomo. Homilía 14 sobre el Evangelio de San Mateo, n. 5)

Teófilo de Antioquía

  • Dios se indigna contra aquellos que obran el mal y es bondadoso con los que le aman

¿Es que Dios puede estar airado? Ya lo creo: está airado contra los que obran el mal, y es benigno, bondadoso y misericordioso con los que le aman y le temen. Porque él es el educador de los piadosos, el Padre de los justos, el juez y castigador de los impíos. (Teófilo de Antioquía. Dios uno y trino)

Santo Tomás de Aquino

  • Los más virtuosos deben ser amados más que los menos virtuosos

¿Ha de ser más amado un prójimo que otro? […] No todos los prójimos se relacionan con Dios de la misma manera, ya que algunos están más cerca de Él por su mayor bondad. A los que están más cerca [de Dios] se les debe amar más con caridad que a los que están menos cerca. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 26, a. 6)

  • Obligación de evitar el contacto con los pecadores

Se debe evitar la convivencia con los pecadores en un consorcio de pecado. Así dice el Apóstol: “Salid de en medio de ellos y no toquéis nada inmundo” (2 Co 6,17), o sea, el consentimiento en el pecado. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 25, a. 6, ad. 5)

San Cipriano de Cartago

  • El que aplica al pecador lisonjas fomenta sus pecados

El que aplica al pecador lisonjas y caricias echa combustible para pecar, y, lejos de frenar los pecados, los fomenta. Por el contrario, el que reprende con severas amonestaciones, a la vez que le instruye, lo impulsa a su salvación. “A los que amo —dice el Señor— los reprendo y los castigo”. Del mismo modo, es preciso que el sacerdote del Señor no engañe a nadie con servicios ilusorios. Sería médico inhábil el que palpara con mano melindrosa los recovecos hinchados de las llagas y, conservando el veneno metido en los profundos escondrijos de las entrañas, lo acumulara aún más. Se ha de abrir la herida y se ha de recortar y aplicar la medicina eficaz, después de sajar las partes infectas, aunque grite fuerte y se queje el enfermo que no aguanta el dolor, después lo agradecerá, cuando se dé cuenta de su curación. (San Cipriano de Cartago. Libro sobre los lapsos, n. 14: ML 4, 477-478)

San Agustín de Hipona

  • No hay que juntarse a los que son pecadores públicos o de mala fama

Quien entienda los testimonios de las Escrituras sobre la mezcolanza, tanto presente como futura, de buenos y malos en la Iglesia, de manera que hay que relajar, y aun omitir totalmente la severidad y la vigilancia de la disciplina, no sólo es un ignorante de los libros sagrados, sino un iluso de su propia opinión. Porque ni siquiera Moisés, el siervo más pacato de Dios, toleraba semejante mezcolanza en su pueblo primitivo, y hasta castigó con la espada a no pocos. Y el sacerdote Finees clavó con la lanza vengadora a los adúlteros sorprendidos juntos. Es ejemplo de lo que hay que hacer en este tiempo, por medio de la degradación y de la excomunión, una vez que la espada visible ha cesado en la disciplina de la Iglesia. […] De cualquiera de los dos modos que se entienda: como corrección severa de los malvados con la excomunión de la Iglesia, o como llamada de atención personal, quitando de sí mismo la maldad, no hay ambigüedad alguna cuando manda no juntarse con aquellos hermanos que tienen alguno de los vicios descritos, esto es, que son pecadores públicos y de mala fama. (San Agustín de Hipona. La fe y las obras, II, 3)

San Juan Crisóstomo

  • No se debe tratar con los que obran mal

Dirá alguno: ¿cómo es que San Pablo manda que si uno de nuestros hermanos es lascivo o avaro no comamos siquiera con él, y Jesucristo se convida en casa de los publicanos? (1Co 5,11) Pero éstos todavía no habían llegado a ser hermanos, y San Pablo mandó que no se tratase con los hermanos cuando obran mal; pero ahora todos habían cambiado. (San Juan Crisóstomo citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lucam 19, 1-10)

San Cipriano de Cartago

  • Necesidad de la justicia para poder merecer ante Dios, nuestro juez

[…] “Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu nombre y en tu nombre arrojamos demonios y en tu nombre hicimos grandes milagros?’ Y yo entonces les diré: ‘Nunca os he conocido; apartaos de mí los que obráis la maldad’”. Es necesaria, pues, la justicia para que alguien pueda merecer ante Dios, nuestro juez. Hay que observar sus preceptos y sus advertencias para que nuestros méritos reciban su recompensa. (San Cipriano de Cartago. La unidad de la Iglesia, 15)

Santo Tomás de Aquino

  • Es acto de justicia condenar a los empedernidos

No es contrario a la Justicia divina que el pecador sufra una pena eterna, porque ni aun las mismas leyes humanas exigen que la pena sea medida de la falta en el tiempo. En efecto: los pecados de adulterio y de homicidio, para cuya comisión basta poco tiempo, son penados por la ley humana, o por el destierro, o por la muerte, que excluyen para siempre de la sociedad al hombre. El destierro no tiene una duración perpetua, más que por accidente, porque la vida del hombre no es perpetua, y la intención del juez parece ser imponer una pena perpetua. Por consiguiente, no es una injusticia el que Dios castigue con una pena eterna el pecado de un momento. Debemos considerar también que la pena eterna se impone al pecador que no se arrepiente de su pecado, perseverando en él hasta la muerte; y como está en la disposición de pecar eternamente, con razón Dios le castiga eternamente. Además, todo pecado contra Dios tiene cierta infinidad respecto a Dios. Es evidente que cuanto más elevada es la persona ofendida, tanto más grave es la falta, como el que da una bofetada a un militar causa una ofensa más grave que si la diera a un paisano, y aun sería mucho más grave la ofensa si fuera inferida a un príncipe o a un rey. Siendo Dios infinitamente grande, el pecado cometido contra Él es en cierto modo infinito, y por eso digno en cierto modo de una pena infinita. Como la pena no puede ser intensivamente infinita, porque nada creado puede ser infinito de esta manera, se deduce que el pecado mortal debe ser castigado con una pena infinita en duración. Además, la pena temporal se impone al que puede corregirse, para que se enmiende y purifique; luego si el pecador no puede corregirse, y si la voluntad está obstinadamente adherida al pecado, como se ha dicho antes, hablando de los condenados, claro es que su pena no debe tener fin. (Santo Tomás de Aquino. Compendio de Teología, cap. 183)


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