19 – La Iglesia defendía la fe con muros, pero ahora hay que construir puentes. Pasó el tiempo de excluir los ateos, juntados, socialistas…

Ante el mandato divino de evangelizar todas las naciones y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, la Santa Iglesia siempre traspasó fronteras para llevar a todos, sin excluir a nadie, el anuncio de la buena noticia. Sin embargo, ya desde los tiempos apostólicos, todo evangelizador se vio obligado a aliar la audacia con la prudencia, para no dejarse contaminar, en su debilidad, por aquellos que rechazan la universal invitación a la conversión realizada por el Redentor.

En nuestros días, frente a la creciente pérdida de identidad de los católicos, muchos entienden que este anuncio debe hacerse reconociendo los diferentes credos, entre los cuales el nuestro es considerado uno más, y sin ningún tipo de cuidado por la preservación de la propia fe y de las buenas costumbres.

Los sucesores de San Pedro dejaron a lo largo de los siglos orientaciones muy precisas que indican como conciliar la intrepidez apostólica con la vigilancia. Es oportuno recordarlos para aclarar conceptos y valorar debidamente la fe que profesamos, la única que puede llevar los hombres a la eterna bienaventuranza.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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Autores

Sagradas Escrituras

Jesucristo ordena observar a sus mandamientos

Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. (Mt 28, 18-20)

Expeled al malvado de entre vosotros

Os escribí en la carta que no os mezclaseis con fornicarios; no absolutamente con los fornicarios de este mundo o con los codiciosos y ladrones o idólatras, pues entonces os veríais forzados a salir de este mundo. Ahora, pues, lo que os escribí fue que no os mezclaseis con quien, llamándose hermano, fuese fornicario, o codicioso, o idólatra, o ultrajador, o borracho, o ladrón: con ese tal, ni comer. Pues ¿qué me va a mí en juzgar a los de fuera? ¿Acaso no es a los de dentro a los que vosotros juzgáis? A los de fuera ya Dios los juzgará. Expeled al malvado de entre vosotros. (1 Cor 5, 9-13) 

Todo el que no se mantiene en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios

Todo el que va más allá y no se mantiene en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que se mantiene en la doctrina de Cristo, éste tiene al Padre y también al Hijo. Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa ni le digáis ¡Salud!, el que le dice ¡Salud! entra en comunión con sus malas obras. (2 Jn 9-11)

Cardenal Joseph Ratzinger

La dictadura del relativismo

A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse “llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina”, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos. Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es “adulta” una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad. (Cardenal Joseph Ratzinger. Misa Pro Eligendo Pontifice. Homilía del Cardenal Joseph Ratzinger Decano del Colegio Cardenalicio, 18 de abril de 2005) 

Pablo VI

Acercarse a los hermanos no significa atenuar la verdad

¿Hasta qué punto debe la Iglesia acomodarse a las circunstancias históricas y locales en que desarrolla su misión? ¿Cómo debe precaverse del peligro de un relativismo que llegue a afectar su fidelidad dogmática y moral? Pero ¿cómo hacerse al mismo tiempo capaz de acercarse a todos para salvarlos a todos, según el ejemplo del Apóstol: Me hago todo para todos, a fin de salvar a todos? (1 Cor 9, 22). […] Pero subsiste el peligro. El arte del apostolado es arriesgado. La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que han de señalar nuestra cristiana profesión. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado contra el contagio de los errores con los que se pone en contacto. (Pablo IV. Carta Encíclica Ecclesiam Suam, 6 de agosto de 1964) 

La verdadera religión es única, y esa es la religión cristiana

Evidentemente no podemos compartir estas variadas expresiones religiosas ni podemos quedar indiferentes, como si todas, a su modo, fuesen equivalentes y como si autorizasen a sus fieles a no buscar si Dios mismo ha revelado una forma exenta de todo error, perfecta y definitiva, con la que El quiere ser conocido, amado y servido; al contrario, por deber de lealtad, hemos de manifestar nuestra persuasión de que la verdadera religión es única, y que esa es la religión cristiana; y alimentar la esperanza de que como tal llegue a ser reconocida por todos los que verdaderamente buscan y adoran a Dios. (Pablo VI. Carta Encíclica Ecclesiam Suam, 6 de agosto de 1964) 

La teoría que se funda en la negación de Dios es equivocada

Estamos firmemente convencidos de que la teoría en que se funda la negación de Dios es fundamentalmente equivocada […]. Por eso, mirando al interés supremo de la verdad, resistiremos con todas nuestras fuerzas a esta avasalladora negación, por el compromiso sacrosanto adquirido con la confesión fidelísima de Cristo y de su Evangelio, por el amor apasionado e irrenunciable al destino de la humanidad, y con la esperanza invencible de que el hombre moderno sepa todavía encontrar en la concepción religiosa, que le ofrece el catolicismo, su vocación a una civilización que no muere. (Pablo IV. Carta Encíclica Ecclesiam Suam, 6 de agosto de 1964)

Es engaño decir que el protestantismo es lo mismo que la Iglesia Católica

Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: “He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio. La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior y, si hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos. (Pablo VI. Exortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 18)

Transformar los criterios con la fuerza del Evangelio

Sectores de la humanidad que se transforman: para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación. (Paulo VI. Exortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 19) 

León XIII

Rechazar la autoridad de Dios es la perversión de la libertad

La perversión mayor de la libertad, que constituye al mismo tiempo la especie peor de liberalismo, consiste en rechazar por completo la suprema autoridad de Dios y rehusarle toda obediencia, tanto en la vida pública como en la vida privada y doméstica. (León XIII, Carta Encíclica Libertas Praestantissimum, n. 25, 20 de junio de 1888)

Gregorio XVI

La salvación no puede conseguirse con cualquier profesión de fe

Tocamos ahora otra causa ubérrima de males, por los que deploramos la presente aflicción de la Iglesia, a saber: el indiferentismo, es decir, aquella perversa opinión… de que la eterna salvación del alma puede conseguirse con cualquier profesión de fe, con tal de que las costumbres se ajusten a la norma de lo recto y de lo honesto. Y de esta de todo punto pestífera fuente del indiferentismo, mana aquella sentencia absurda y errónea, o más bien, aquel delirio de que la libertad de conciencia ha de ser afirmada y reivindicada para cada uno. (Denzinger-Hürnermann, 2730. Gregorio XVI, Encíclica Mirari Vos, 15 de agosto de 1832)

Pío IX

Sepamos preservarnos de la atmósfera corrompida en que vivimos

En estos tiempos de confusión y de desorden, no es raro ver cristianos, católicos — hasta los hay en el clero secular, en los claustros — que siempre tienen en los labios la palabra de término medio, de conciliación, de transacción. ¡Pues bien! no vacilo en declararlo: esos hombres están en un error, y no los miro como los enemigos menos peligrosos de la Iglesia. Vivimos en una atmósfera corrompida, pestilencial; sepamos preservarnos de ella; no nos dejemos emponzoñar por las falsas doctrinas, que todo lo pierden, so pretexto de salvarlo todo. (Pío IX. Discurso en la iglesia de Aracoeli, 17 de septiembre de 1861)

Juan Pablo II

La misión ad gentes es un compromiso para todo creyente

La lectura de los Hechos nos hace entender que, al comienzo de la Iglesia, la misión ad gentes, aun contando ya con misioneros “de por vida”, entregados a ella por una vocación especial, de hecho era considerada como un fruto normal de la vida cristiana, un compromiso para todo creyente mediante el testimonio personal y el anuncio explícito, cuando era posible. (Juan Pablo II. Carta Encíclica Redemptoris Missio, n. 27, 7 de diciembre de 1990)


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