122 – Por su “aventura”, probablemente también Jesús tuvo que pedir disculpas a sus padres

Todo sacerdote que ama de la Palabra de Dios medita sobre el Evangelio que será proclamado y por él explicado a los fieles. Sobre el conocimiento dado por su reflexión, es normal que el Espíritu Santo le inspire nociones más profundas sobre los hechos de la vida del Redentor y lo ilumine en relación al mensaje de salvación que se encuentra escondido en las entrelíneas.

Pero… cuando escuchamos explicaciones sobre lo “entendido de las entrelíneas” que coinciden con pronunciamientos denunciados por los santos doctores como heréticos, la pregunta es muy sencilla: ¿Dónde, a final, el predicador se está inspirando?, o más bien, ¿Quién lo está inspirando?

Si hay quien se atreva a llamar “aventura” a la pérdida del Niño Jesús en el Templo, es porque sostiene que Él actuó como un joven común, posibilidad que Santo Tomás de Aquino, citando a un Padre, clasifica como diabólica.

El que concluye que Jesús, por haber quedado en el Templo, pidió perdón a María, es porque cree que la Virgen lo reprendió o porque se arrepintió de lo que hizo, hipótesis que San Alfonso María de Ligorio declara herética…

Tanto que habíamos pensado darle otro título a esta entrada… pero sólo eso ya nos parecía demasiado irreverente. No, el Niño Jesús no era un mozalbete travieso que engañaba a unos padres ingenuos que mal se atrevían a regañarle…

Amemos las enseñanzas de la Iglesia y no nos apartamos de sus santas doctrinas. Busquemos conocerlas e imitar la Santísima Virgen María, que “conservaba todas estas cosas en su corazón”.

Francisco

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Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – Lo que los santos y papas enseñan sobre la pérdida y el hallazgo de Jesús en el Templo
II – Jesús jamás podría haberse equivocado o cometido un acto reprensible. Por lo tanto, nunca pidió disculpas a sus padres a causa de la pérdida en el Templo

I – Lo que los santos y papas enseñan sobre la pérdida y el hallazgo de Jesús en el Templo

Griego, o el Geómetra

Llamar de puerilidad la actitud de Jesús al quedarse en el Templo es diabólico y mal intencionado

Esta es la primera manifestación de la sabiduría y de la virtud del Niño Jesús, porque lo que llaman sus puerilidades, no lo dicen inocentemente como pueril, sino que lo consideramos diabólico y mal intencionado, puesto que pretenden falsear lo que se encuentra en el Evangelio y en las divinas Escrituras. (Griego, o el Geómetra citado por San Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 2, 42-50)

San Alfonso María de Ligorio

María no reprendió a Jesús como dicen los herejes

“Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando” (Lc 2, 48). Con estas palabras María no quiso reprender a Jesús, como dijeron ofuscados algunos herejes, sino que quiso manifestarle el dolor que había sentido por su pérdida teniéndole el amor que le tenía. No era reproche, dice Dionisio Cartujano, sino queja de amor. (San Alfonso María de Ligorio. Las Glorias de María)

Griego, o el Geómetra

Jesús se quedó sin que nadie lo notara, para evitar que pareciese desobediente

Una vez celebrada la fiesta, cuando todos se volvían, Jesús se quedó sin que nadie lo notara, según estas palabras: “Acabados aquellos días, así que se volvían, se quedó el Niño Jesús en Jerusalén, sin que sus padres lo advirtiesen”. Dice, pues: “Acabados aquellos días”, porque la solemnidad duraba siete días. Permanece oculto para que sus padres no le impidan disputar con los doctores de la ley. O tal vez para evitar que pareciese que menospreciaba a sus padres, si no obedecía sus mandatos. Se queda, en conclusión, sin que nadie lo note, para que no se lo estorben y para no ser desobediente. (Griego, o el Geómetra citado por San Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 2, 42-50)

San Elredo de Rieval

En este episodio Jesús da ejemplo de renuncia a la propia voluntad

“¿Por qué, dice, me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). Aquí comienza ya a revelar el secreto de los misterios celestes en los que por tres días estuvo ocupado. Para dar un ejemplo más visible y excelente de humildad y de obediencia, de renuncia a la propia voluntad y de sumisión a los mandatos de los mayores, aun cuando para ello fuera preciso abandonar una ocupación más útil, deja las cosas tan sublimes, tan útiles, tan necesarias en que estaba entretenido, para someterse a la voluntad de los mayores. Así lo afirma el Evangelista: “Y bajó con ellos y les estaba sujeto” (Lc 2, 51). (San Elredo de Rieval. Exposición sobre el pasaje del evangelio cuando Jesús tenía doce años, n. 8)

San Beda el Venerable

Jesús no reprende a sus padres, sino que les hace levantar los ojos

No los reprende porque lo buscan como hijo, sino que les hace levantar los ojos de su espíritu para que vean lo que debe a Aquel de quien es Hijo eterno. Por esto sigue: “No sabíais que yo debo emplearme”, etc. (San Beda el Venerable citado por San Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 2, 42-50)

San Antonio de Padua

Jesús siempre fue obediente a María y José

Es él tan grande, tan poderoso el que “siguió bajo su autoridad”. ¿Bajo la autoridad de quién? De un obrero y de una pobre Virgen. ¡Oh “el primero y el último”! (Ap 1, 17). ¡Oh, el que es cabeza de los ángeles, bajo la autoridad de hombres! ¡El Creador del cielo bajo la autoridad de un obrero; el Dios gloria eterna bajo la autoridad de una virgen pobre! ¿Se ha visto jamás cosa semejante? ¿Se ha oído nunca cosa parecida? Entonces, no dudéis en obedecer, en someteros a la autoridad… Bajar, venir a Nazaret, estar bajo autoridad, obedecer perfectamente: ahí está toda la sabiduría… Esto es ser sabio con sobriedad. (San Antonio de Padua. Sermones para los domingos y fiesta do los santos)

Griego, o el Geómetra

María oía a Jesús no como a un niño sino como a Dios

Consideraremos cómo María, mujer prudentísima, Madre de la verdadera Sabiduría, es discípula de este niño, oyéndole, no como a un niño o como a un hombre, sino como a Dios. Después meditaba sus divinas palabras y sus obras sin perder ni una sola de ellas, y así como concibió al Divino Verbo en sus entrañas, así ahora también recibiría todas sus acciones y todas sus palabras en su corazón, y en él ―por decirlo así― las fomentaba. Unas veces contemplaba el presente en sí misma, otras veces esperaba que el porvenir lo revelaría todo con más claridad, haciendo de esto la regla y la ley de toda su vida. (Griego, o el Geómetra citado por San Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 2, 51-52)

San Elredo de Rieval

“¿Por qué te portaste así con nosotros?” — La pregunta no es un reproche, sino una exclamación de amor

Hijo, ¿por qué te portaste así con nosotros? He aquí que tu padre y yo te venimos buscando con gran dolor” (Lc 2, 48). Una vez más te pregunto, Señora mía: ¿por qué te afligías? Creo que no temías ni al hambre, ni a la sed, ni a la desnudez del Niño, pues sabías que era Dios, sino que te afligías por verte privada, aunque por poco tiempo, de las delicias inefables de su presencia. Porque el Señor Jesús es tan dulce para los que lo gustan, tan bello para los que lo contemplan, tan suave para los que lo abrazan, que su ausencia, aunque brevísima, causa el dolor más agudo. (San Elredo de Rieval. Exposición sobre el pasaje cuando Jesús tenía doce años, n. 8)

Juan Pablo II

La pérdida de Jesús en el Templo muestra cómo Él vivía su misión mesiánica

El Evangelio de hoy es un comentario sobre cómo vivía Jesús esa misión mesiánica. Nos muestra que, cuando Jesús tenía doce años —vosotros tenéis más edad que él—, ya era consciente de su destino. Cansada por la larga búsqueda de su Hijo, María le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando”. Y él respondió: “Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 48-49). Esa conciencia se ahondaba y crecía en Jesús con el paso de los años, hasta que se manifestó con toda su fuerza cuando comenzó su predicación pública. El poder del Padre que actuaba en él se fue revelando poco a poco en sus palabras y sus obras. Y se reveló de modo definitivo cuando se entregó completamente al Padre en la cruz. En Getsemaní, la víspera de su pasión, Jesús renovó su obediencia: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Permaneció fiel a lo que había dicho cuando tenía doce años: “Debo ocuparme de las cosas de mi Padre. Debo hacer su voluntad”. (Juan Pablo II. Homilía en Manila, n. 2, 15 de enero de 1995)

Catecismo de la Iglesia Católica

Jesús deja entrever su filiación divina

El hallazgo de Jesús en el Templo (cf. Lc 2, 41-52) es el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever en ello el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina: “¿No sabíais que me debo a los asuntos de mi Padre?” María y José “no comprendieron” esta palabra, pero la acogieron en la fe. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 534)

Juan XXIII

Cristo se encuentra siempre en su puesto de Maestro

Jesús tiene ya doce años. María y José le acompañan a Jerusalén para la plegaria habitual de aquella edad. De improviso desaparece de sus ojos aunque vigilantes y amorosos. Gran preocupación en aquella búsqueda que dura tres días. Se le encuentra entre los demás asistentes en el Templo. Estaba razonando con los doctores de la ley. ¡Qué palabras tan significativas las de San Lucas que (nos lo describe con precisión!) Lo encuentran sentado en medio de los doctores, “audientem illos et interrogantem eos” (Lc 2, 46) en actitud de escucharlos y de preguntarles. Aquel encuentro de los doctores era entonces todo: conocimiento, sabiduría, luz, práctica en contemplación al Antiguo Testamento. […] Cristo se encuentra siempre allí en medio, en su puesto; “Magister vester unus est Christus” (Mt 23, 10). (Juan XXIII. Pequeño ensayo de devotos pensamientos de los misterios del rosario, n. 5, 29 de septiembre de 1961)

II – Jesús jamás podría haberse equivocado o cometido un acto reprensible. Por lo tanto, nunca pidió disculpas a sus padres a causa de la pérdida en el Templo

Sagradas Escrituras

En Cristo no hay pecado

Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. (1 Jn 3, 5)

Concilio de Calcedonia (IV Ecuménico)

Jesús es perfecto en su humanidad y en su divinidad; semejante a los hombres en todo excepto en el pecado

Siguiendo, pues, a los santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un sólo y mismo Hijo y Señor Nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios, y verdaderamente hombre “compuesto” de alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado. […] Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en una sola persona y en una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo, como de antiguo acerca de Él nos enseñaron los profetas, y el mismo Jesucristo, y nos lo ha trasmitido el Símbolo de los Padres. (Denzinger-Hünermann 301-302. Concilio de Calcedonia, Sesión V, Credo de Calcedonia, 22 de octubre de 451)

León I Magno

Jesús, Dios y hombre, asumió la forma de siervo sin la mancha del pecado

“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14), es decir, en aquella carne que tomó del hombre y que el espíritu de la vida racional animó. Quedando, pues, a salvo la propiedad de una y otra naturaleza y uniéndose ambas en una sola persona, […] la naturaleza inviolable se unió a la naturaleza pasible. […] En naturaleza, pues, íntegra y perfecta de verdadero hombre, nació Dios verdadero, entero en lo suyo, entero en lo nuestro […]. Asumió la forma de siervo sin la mancha del pecado, elevando las realidades humanas, no disminuyendo las divinas, ya que aquel despojamiento, por el cual el invisible se ofreció a sí mismo visible…, fue un inclinarse de la misericordia, no una falta de poder. Entra, pues, en estas flaquezas del mundo el Hijo de Dios, bajando de su trono celeste, pero no alejándose de la gloria del Padre. (Denzinger-Hünermann 292-294. León I Magno, Carta Lectis dilectionis tuae al obispo Flaviano de Constantinopla, 13 de junio de 449)

XIV Sínodo de Toledo

Nadie puede quitar algo de la divinidad o sustraer algo a la humanidad de Cristo

Él no tiene nada de menos de la divinidad, ni toma nada de imperfecto de la humanidad; no está dividido por la duplicidad de las naturalezas, ni duplicado en la persona, sino, como Dios completo y hombre completo sin ningún pecado, es el único Cristo en la singularidad de la persona. Subsistiendo como único, pues, en ambas naturalezas, brilla con los signos de la divinidad y está sometido a los sufrimientos de la humanidad. […] Si, pues, alguien a Jesucristo, Hijo de Dios, que nació del seno de la Virgen María, o quita algo de la divinidad o sustrae algo a la humanidad, excepto sólo la ley del pecado, y no cree sinceramente que Él existe como verdadero Dios y hombre perfecto en una única persona, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 564. XIV Sínodo de Toledo, Apología de Julián, 11 de mayo de 688)

San Ambrosio de Milán

¿Obedecer al Padre era una debilidad de Cristo?

¿Y llamará la atención que obedezca a su Padre el que vive sometido a la Madre? No es por debilidad por lo que se somete, sino por piedad. Aun cuando el hereje levante la cabeza y asegure que el que es enviado necesita del auxilio de otro. ¿Acaso necesitaba de auxilio humano porque obedecía a la autoridad de su Madre? ¿Se sometía a la sierva de Dios, se sometía a un padre que lo era sólo en la apariencia, y aun te causa admiración, que se sometiese a Dios? El obedecer al hombre es piedad, ¿y será debilidad el obedecer a Dios? (San Ambrosio de Milán citado por San Tomás de Aquino. Catena Aurea in Lc 2, 51-52)

Benedicto XVI

La respuesta de Jesús deja claro que no hubo nada de extraño en su permanencia en el Templo

En el episodio de Jesús a los doce años se registran también sus primeras palabras: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). Después de tres días de búsqueda, sus padres lo encontraron en el Templo sentado entre los doctores mientras los escuchaba y los interrogaba (cf. Lc 2, 46). A su pregunta sobre por qué había hecho esto a su padre y a su madre, él responde que hizo sólo cuánto debe hacer como Hijo, es decir, estar junto al Padre. De este modo él indica quién es su verdadero Padre, cuál es su verdadera casa, que él no había hecho nada extraño, que no había desobedecido. Permaneció donde debe estar el Hijo, es decir, junto a su Padre, y destacó quién es su Padre. (Benedicto XVI. Audiencia general, 28 de diciembre 2011)

Juan Pablo II

Jesús preparaba María para el misterio de la Redención

A través de este episodio, Jesús prepara a su madre para el misterio de la Redención. María, al igual que José, vive en esos tres dramáticos días, en que su Hijo se separa de ellos para permanecer en el templo, la anticipación del triduo de su pasión, muerte y resurrección. Al dejar partir a su madre y a José hacia Galilea, sin avisarles de su intención de permanecer en Jerusalén, Jesús los introduce en el misterio del sufrimiento que lleva a la alegría, anticipando lo que realizaría más tarde con los discípulos mediante el anuncio de su Pascua. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 15 de enero de 1997)


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