110 – Francisco y su peculiar concepto de propiedad privada

Uno de los aspectos en que Francisco ha causado más perplejidades, sobretodo en el mundo occidental, ha sido su patente inquina contra el capitalismo, ya sea cargando contra la libertad de mercado siempre que se le presenta ocasión, ya no escondiendo sus simpatías por líderes comunistas del más variado calado, ya con mensajes de contenido dudoso con los cuales, si se anima uno a tirar del hilo, se lleva sorpresas bastante desagradables.

Uno de los miembros del Denzinger-Bergoglio, teólogo apasionado por la Doctrina Social de la Iglesia, acaba de concluir un estudio mostrando algunos aspectos sorprendentes de la Encíclica Laudato Si’ en lo que se refiere al tema de la propiedad privada. A primera vista, y comenzando por las conclusiones que arrojaba, pensamos que podía estar exagerando, movido quizá por un cierto apasionamiento completamente ajeno a las intenciones de esta página. Sin embargo, examinando con calma su punto de partida, planteamientos, análisis y conclusiones, exclamamos admirados, pues había hilado fino… más fino incluso que el propio Francisco en su controvertida encíclica. Entremos en harina y vayamos por partes…

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Primera Parte - Laborem exercens, fuente de inspiración (con matices) para Francisco

PRIMERA PARTE

Laborem exercens, fuente de inspiración (con matices) para Francisco

Francisco inicia el capítulo VI de la Laudato si’ con el elocuente subtítulo de “Destino común de los bienes” y escribe en el numeral 93:

“El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una «regla de oro» del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social» (Juan Pablo II. Carta enc. “Laborem excercens”,19)”. (Laudato Si’, 93)

Francisco cita en este párrafo dos veces la encíclica Laborem excercens del Papa Juan Pablo II. Sí, ha leído bien, dos veces. Porque la primera referencia: “el principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes”, corresponde a una perífrasis inspirada en el numeral 14, hecho que no se menciona. La segunda referencia, como se indica en el texto, se ha citado desde el numeral 19.

Ahora bien, estas dos referencias, siendo extraídas y yuxtapuestas fuera del contexto en el que fueron escritas por el Papa Juan Pablo II, suscitan en el común de las personas, ideas imprecisas, o cuando no, pueden incluso dar fundamento para formular sofismas. Veamos uno de ellos, bastante serio:

Si por una parte se afirma que la propiedad privada está subordinada a un derecho universal, esto es, al derecho que asiste a todos los hombres para usar de los bienes. Y si por otra parte, también se afirma que este derecho es una “regla de oro” del comportamiento social y el “primer principio de todo el ordenamiento ético-social”, luego, se diría que la propiedad privada, siendo “subordinada” a ese “derecho universal”, no necesariamente debería ser para uso individual. Siendo así, la propiedad privada cediendo a su carácter de “privado” para volverse “comunitaria” o “colectiva”, cumpliría más plenamente con ese su “destino universal”. ¿No es por esta colectivización que se lograría desagraviar a los hermanos más pobres que nada poseen? Que bonito todo, ¿verdad? Mero sofisma… como veremos.

Éste gana fuerza cuando leemos la segunda perífrasis que Francisco a renglón seguido nos presenta. En ella se omite nuevamente indicar su fuente de inspiración (Laborem excercens, n.14) y a parte de esto, se pasa por alto el principio doctrinal que ha expuesto su autor, el Papa Juan Pablo II:

“La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada”. (Laudato Si’, 93)

La lectura de estas tres referencias obtenidas desde la Laborem excercens, una cita directa desde el numeral 19, las dos perífrasis inspiradas desde el numeral 14 (por añadidura desde el mismo párrafo), sumado a la omisión en indicar al autor de las ideas(*) y el contexto doctrinal en que éste las expuso, nos obligan a extendernos a fin de clarificar los principios que el Papa Juan Pablo II enseñó con fundamento en la Doctrina Social de la Iglesia. [(*) Necesario observar que de acuerdo con un estudio presentado por la Universidad de Alcalá de Henares se incurre en plagio “cuando parafraseamos un texto, es decir, lo plasmamos con otras palabras haciendo pequeños cambios en el lenguaje para disimular y sin citar las fuentes” y “cuando nos basamos en una idea o frase de otro para escribir un trabajo nuevo y no citamos al autor de la idea”. (Universidad de Alcalá de Henares)]

En vista de estos “imprevistos” –llamémoslos así…– un primer punto a aclarar sin falta es el siguiente: ¿en qué contexto doctrinal el Papa Juan Pablo II escribió estas tres referencias de la Laborem excercens utilizadas en la Laudato si’ con un sentido tan sorprendente? ¿Qué enseñó este Pontífice a propósito del derecho a la propiedad privada en el referido numeral 14 de su encíclica Laborem excercens?

Leyendo la Laborem exercens en su contexto…

Los aspectos doctrinales que el Papa Juan Pablo II recordó en el numeral 14 de su mencionada encíclica Laborem excercens sobre el derecho a la propiedad privada, para efectos de este análisis, se pueden sintetizar en cinco puntos.

1- El Santo Padre expuso un resumen de los motivos que llevaron al Papa León XIII a publicar su encíclica sobre la “Cuestión Social”: Rerum novarum. A este propósito, un aspecto específico decía respecto al contrato que se verifica entre “aquellos que realizan el trabajo sin ser propietarios de los medios de producción, y por otra [entre] aquellos que hacen de empresarios y son los propietarios de estos medios, o bien representan a los propietarios”.

2- Sobre este aspecto específico el Papa Juan Pablo II puso de relieve que la Encíclica Rerum novarum, recordaba y confirmaba la doctrina de la Iglesia sobre la propiedad y sobre el derecho a la propiedad privada, incluso cuando se trataba de los medios de producción. El Papa Juan Pablo II subrayó que la misma doctrina fue enseñada por el Papa Juan XXIII en su Encíclica Mater et magistra.

3- A este respecto el Papa Juan Pablo II afirmó: “El citado principio [la doctrina de la Iglesia sobre la propiedad privada], tal y como se recordó entonces y como todavía es enseñado por la Iglesia, se aparta radicalmente del programa del colectivismo, proclamado por el marxismo y realizado en diversos Países del mundo en los decenios siguientes a la época de la Encíclica de León XIII”.

4- El Papa Juan Pablo II destacó además que “tal principio se diferencia al mismo tiempo, del programa del capitalismo, practicado por el liberalismo y por los sistemas políticos, que se refieren a él. En este segundo caso, la diferencia consiste en el modo de entender el derecho mismo de propiedad”. Entendamos bien este particular. Como es sabido, el proceso de cambios sociales generado por la Revolución Industrial a partir de la segunda mitad del siglo XIX, trajo como consecuencia, el desempleo y la pobreza en enormes masas humanas que al emigrar del campo hacia las ciudades se vieron privadas de las condiciones de higiene, salud y dignidad más elementales. En este proceso, los ideólogos, economistas e industriales de las escuelas liberales, como por ejemplo, la de Manchester, propiciaron inescrupulosamente la acumulación de grandes capitales con base en el pago de un “salario injusto”. Contra este pecado que violaba el 7 mandamiento de la Ley de Dios, afectando a los trabajadores y sus familias, protestó con firmeza el Papa León XIII en la Rerum novarum, n.1.

5- Habiendo descrito el rechazo que la Iglesia manifiesta por el colectivismo marxista y el programa del capitalismo practicado por el liberalismo, el Papa Juan Pablo II agregó las palabras que Francisco utilizó para redactar las dos perífrasis arriba mencionadas. La primera, que alude a la “subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes”; y la segunda que destaca el carácter “no absoluto” y “no intocable” de la propiedad privada.

La gran diferencia entre las palabras del Papa Juan Pablo II y las de Francisco, estriban en el siguiente e importante aspecto doctrinal. El Papa Juan Pablo II cuando abordó estos conceptos se refería al derecho que todos los hombres poseemos de servirnos de los bienes creados por Dios. En efecto, la tierra fue dada en herencia a todos los hombres para que vivan de ella. El liberalismo económico del siglo XIX negando a los trabajadores el “salario justo”; en la práctica no permitía que ellos también tuviesen acceso a formar un patrimonio para sí y sus familias:

“La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes”. (Juan Pablo II, Laborem exercens, n.14)

Por lo demás, justamente este derecho universal a usar de los bienes de la tierra, sea de los grandes, de los medianos como de los pequeños propietarios, fue el blanco preferido de la persecución del “programa del colectivismo, proclamado por el marxismo” y llevado a cabo en numerosos países por decenios, como el mismo Papa Juan Pablo II lo destacó en este mismo numeral 14 de la Laborem exercens, arriba citado. Aquello que el papa polaco se cuidaba de puntualizar, Francisco, por su parte, al parafrasear estas ideas desde la Laborem exercens, prescindiendo del contexto histórico en que ellas fueron expuestas, omitiendo señalar a su autor y los principios doctrinales a los que éste aludió, inevitablemente presenta párrafos descontextualizados. Para facilitar su análisis, vale la pena citar una vez más el segundo de ellos:

“La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada”. (Laudato Si’, 93)

Francisco al presentar en este párrafo ideas como si fuesen de su autoría, afirmando que la propiedad privada no es un derecho “absoluto” o “intocable”, y más aún, que sobre ella pesa, y en cualquiera de sus formas, una “función social”, provoca una vez más confusiones doctrinales.

¿Francisco y la “des-absolutización” de la propiedad privada?

¿Qué significa que este derecho nunca fue reconocido por la “tradición cristiana” como absoluto o intocable?

La respuesta la obtenemos nada más leer los antecedentes históricos y doctrinales expuestos por el Papa Juan Pablo II en la Laborem Excercens, n.14. Es decir, “en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes”. Sin embargo, una vez que Francisco en la Laudato si’ argumenta que simplemente la propiedad privada nunca fue reconocida por la “tradición cristiana” como un derecho “absoluto” o “intocable”, forzosamente provoca algunas inquietudes:

1- ¿Qué hechos históricos o enseñanzas doctrinales se podrían aducir para demostrar que la “tradición cristiana” nunca reconoció el derecho a la propiedad privada “como absoluto o intocable”?

2- ¿Alguna vez dentro del contexto de la “tradición cristiana” se “tocó” o se dio una “des-absolutización” de la Propiedad Privada?

3- ¿Quién tiene el poder para “des-absolutizar” o “tocar” la Propiedad Privada?

4- ¿Por qué motivos se podría “des-absolutizar” o “tocar” la Propiedad Privada?

La afirmación expuesta en la Laudato si’ al ser redactada a partir de un párrafo que sufrió una descontextualización y sobre todo habiendo silenciado el fundamento doctrinal expuesto por su autor original, no permite responder a estos interrogantes.

No obstante, tomando como referencia algunos sorprendentes aportes que Francisco ha dado a la Doctrina Social de la Iglesia, que orgulloso declara seguir, algunos vislumbres podemos inferir de su innovadora doctrina. Veamos cinco de ellos:

movimientospopulares1. ¿Será posible que en el magisterio de Francisco la propiedad privada puede ser “des-absolutizada” o “tocada” por los movimientos populares, “sembradores de cambio”, cuyos “campesinos, trabajadores, comunidades y pueblos” quieren “un cambio real, un cambio de estructuras” puesto que viven en un “sistema [que] ya no se aguanta”? (Discurso de Francisco II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) 9 de julio de 2015)

51d602de8c8442. ¿Será posible que en el magisterio de Francisco la propiedad privada puede ser “des-absolutizada” o “tocada” por los gobiernos de su especial simpatía, es decir, por “los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos” para “promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de” las “formas de economía popular y producción comunitaria”? (Discurso de Francisco II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) 9 de julio de 2015)

15_13. ¿Será posible que en el magisterio de Francisco la propiedad privada puede ser “des-absolutizada” o “tocada” por los movimientos populares que trabajan “incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas y asentamientos, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a las “tres T”: tierra, techo y trabajo”? (Discurso de Francisco II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) 9 de julio de 2015)

Nota_4_SDC6957_Alberto_Rodr_guez_San_Luis_Acatl_n4. ¿Será posible que en el magisterio de Francisco la propiedad privada puede ser “des-absolutizada” o “tocada” por “los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria” que “lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica”, como por ejemplo, “las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros”; testimonios “de esa economía popular que surge de la exclusión y, [que] de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican”? (Discurso de Francisco II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) 9 de julio de 2015)

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5. En fin, parece que en el magisterio de Francisco la propiedad privada sí puede ser “tocada” o “des-absolutizadapor la “Reforma Agraria” que vehemente incitó a que fuera puesta en marcha por las agrupaciones de orientación marxista que asistían a su discurso en el I Encuentro Mundial de Movimientos Populares. (Discurso de Francisco I Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, Roma, 28 de octubre de 2014)

En fin, son preguntas que no parecen tan descabelladas, reconstruyendo un poco este confuso puzle. Pero junto a estas inquietudes, otra no menos nebulosa:

La “función social de la propiedad” según Francisco…

¿Qué debemos entender cuando Francisco afirma que “la tradición cristiana (…) subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada” (Laudato Si¡, n.93).

Siendo la propiedad privada, según se desprende de la lectura de la Laudato si’, un derecho que según la “tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable”, ¿cómo debemos entender esta “función social”? ¿Esta “función social” consistiría en una repartición de los bienes de aquellos que los poseen para los que no los poseen? Si esto es así, ¿cómo se realizaría esta repartición si sus propietarios no los comparten puesto que estarían “esclavizados a un sistema económico idolátrico”? ¿Se los debe libertar “tocando” y “des-absolutizando” sus propiedades, por medio de movilizaciones o agitando las masas como acostumbran hacerlo algunos “movimientos populares” dirigidos por dos íntimos amigos de Francisco, como son Juan Grabois de la “Confederación de los Trabajadores de Economía Popular” en Argentina y Joao Pedro Stédile del “Movimiento sin Tierra” en Brasil?

Juan Grabois, militante de afiliación marxista, promotor de agitaciones en barrios periféricos e industrias de Buenos Aires y gran amigo de Francisco

Joao Pedro Stedile., dirigente del Movimiento de los Sin Tierra (MST), del Brasil.

¿O será que la función social de la propiedad consiste en que ella pase de su condición individual para un estado comunitario por la acción gubernamental de aquellos líderes que han manifestado una especial “sensibilidad” hacia Francisco y viceversa como Evo Morales, Nicolás Maduro, Rafael Correa, Raúl Castro y otros representantes del socialismo?

mandatariosEsta “función social” en la Laudato si’ tampoco es explicada por Francisco. No obstante, quien desee profundizar la novedosa visión que ha aportado al Magisterio de la Iglesia a propósito de la propiedad privada, puede leer los dos discursos que dirigió a los Movimientos Populares (Roma, 28 de octubre 2014 / Santa Cruz de la Sierra, 9 de julio 2015), motivo de dos estudios del Denzinger – Bergoglio (aquí y aquí). Cada cual saque sus conclusiones.

Habiendo intentado dejar claros estos primeros aspectos doctrinales enseñados por el Papa Juan Pablo II a propósito del derecho a la Propiedad Privada, pasemos al estudio de otros apartados, no menos importantes, sobre las referencias que hace Francisco a su ilustre predecesor cuando habla del “destino universal de los bienes”.

Segunda Parte

SEGUNDA PARTE

Acabamos de ver el uso un poco extraño que hizo Francisco de algunas referencias a la Encíclica Laborem exercens de Juan Pablo II. Uno de los puntos que se nos había quedado en el tintero es con respecto a lo que habría dicho el pontífice polaco sobre el “derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes”, tema aprovechado y aireado por el actual Obispo de Roma en su controvertida encíclica Laudato Si’ ¿Por qué motivo habría indicado Juan Pablo II que es éste el “primer principio de todo el ordenamiento ético-social”? Las respuestas a estas preguntas se encuentran en el numeral 19 de la Laborem excercens. La doctrina expuesta por el Papa Juan Pablo II se puede sintetizar en tres puntos:

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  • El Papa explicó que “el principio del uso común de los bienes” se establece con base en “las relaciones fundamentales existentes entre el capital y el trabajo”, es decir, en “el salario”. En efecto, subrayó que “la remuneración del trabajo, sigue siendo una vía concreta, a través de la cual la gran mayoría de los hombres puede acceder a los bienes que están destinados al uso común: tanto los bienes de la naturaleza como los que son fruto de la producción. Los unos y los otros se hacen accesibles al hombre del trabajo gracias al salario que recibe como remuneración por su trabajo”.
  • Por tal motivo el Papa Juan Pablo II agregó: “De aquí que, precisamente el salario justo se convierta en todo caso en la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico y, de todos modos, de su justo funcionamiento. No es esta la única verificación, pero es particularmente importante y es en cierto sentido la verificación-clave”.
  • Esta “verificación-clave” de la justicia, analizada desde la Doctrina Social de la Iglesia, tiene una gran trascendencia. En efecto, como afirmó el mismo Papa Juan Pablo II: “Tal verificación afecta sobre todo a la familia. Una justa remuneración por el trabajo de la persona adulta que tiene responsabilidades de familia es la que sea suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro”.

La esplendorosa continuidad de la Doctrina Social de la Iglesia… hasta que llegó Francisco

León XIII

León XIII

En fin, algo que ya estaba dicho en las grandes encíclicas sociales anteriores y que, muy oportunamente, Juan Pablo II traía a colación nuevamente, en armónica continuidad con sus antecesores (basta echar una rápida mirada a la Rerum Novarum de León XIII o a la Mater et Magistra de Juan XXIII. Por consiguiente, queda claramente expuesto, conforme a la Doctrina Social de la Iglesia, que negar las relaciones entre “el capital y el trabajo”, cuyo fundamento se establece en el “salario”, equivale a negarle a todo trabajador su derecho a adquirir propiedades, sean los bienes de la naturaleza creados por Dios, como los que son manufacturados por el hombre. materetmagistraEste derecho es el que le permite al trabajador, con el paso de los años, formar un patrimonio para su propio bienestar, el de su esposa e hijos. Será este patrimonio el que justamente en el futuro se constituirá en la herencia familiar.

Al mismo tiempo, a la luz de estas consideraciones se explica con claridad que este derecho a adquirir la propiedad privada fruto del “salario justo” es el “primer principio de todo el ordenamiento ético-social”. En efecto, fue precisamente por querer destruir este “primer principio” que todos los Papas, con excepción de Francisco, siempre condenaron y censuraron el colectivismo propiciado por el comunismo y el socialismo (ver aquí, aquí , aquí y aquí)

Francisco habiendo omitido que el “trabajo” y el “salario” son los fundamentos de la propiedad privada, y la clave para comprender el concepto “destino común o universal de los bienes”, pasa a citar nuevamente al Papa Juan Pablo II, fuera de su contexto doctrinal. Éste, al contrario, recordó con mucho énfasis esta doctrina, diciendo que “Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno” (Juan Pablo II. Carta enc. “Centesimus annus”, n.31). Francisco queriendo reforzar su argumentación no recurrirá a una nueva cita descontextualizada, pero sí a la retórica. Por medio de una adjetivación intentará tocar los sentimientos de sus lectores. De este modo declara que la referencia que él acaba de citar desde la Centesimus annus, n.31, “son palabras densas y fuertes”:

La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada. San Juan Pablo II recordó con mucho énfasis esta doctrina, diciendo que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno»(Centesimus annus, 31). Son palabras densas y fuertes. (Laudato Si’, 93)

“Palabras densas y fuertes”: ¿Juan Pablo II a favor de la lucha de clases?

GPaolo_II_RNAg2¿Por qué motivo Francisco afirma que las palabras del Papa Juan Pablo II son palabras “densas” y “fuertes”? ¿Por qué ellas hablan de “excluidos” y “privilegiados”? ¿Es decir, de propietarios y no propietarios? ¿De ricos y pobres? ¿Es a este aspecto al que se refería el Papa Juan Pablo II? ¿Qué enseñanza expuso en ese numeral 31 de su encíclica Centesimus annus, publicada en el año de 1991, precisamente para rendir un homenaje a León XIII por los 100 años de su magistral Encíclica Rerum novarum?

Como podremos comprobar Francisco una vez más al descontextualizar las palabras contenidas en la Encíclica Centesimus annus pasa por alto el mismo e importante principio de la Doctrina Social de la Iglesia, arriba señalado: la “propiedad privada” y el “destino común de los bienes” tienen su fundamento en el trabajo del hombre.

En efecto, el Papa Juan Pablo II en ese numeral 31 de la Encíclica Centesimus annus después de hacer un elenco de las enseñanzas de la Iglesia sobre el derecho a la propiedad privada y el destino común de los bienes, abarcando desde León XIII, 1891, hasta ese año de 1991, pasó a plantear “la cuestión acerca del origen de los bienes que sustentan la vida del hombre, que satisfacen sus necesidades y son objeto de sus derechos”. Las importantes enseñanzas de Juan Pablo II sobre este particular, se pueden esquematizar en tres puntos:

  1. El Papa Juan Pablo II afirmó que “el origen primigenio de todo lo que es un bien es el acto mismo de Dios que ha creado el mundo y el hombre, y que ha dado a éste la tierra para que la domine con su trabajo y goce de sus frutos (cf. Gn 1,28-29)”.
  2. Después de haber expuesto este principio clave de la Doctrina Social de la Iglesia, el Papa Juan Pablo II agrega las palabras citadas por Francisco: “Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno”.
  3. Acto seguido, el Papa Juan Pablo II concluye con esta significativa aclaración: “He ahí, pues, la raíz primera del destino universal de los bienes de la tierra. Ésta, por su misma fecundidad y capacidad de satisfacer las necesidades del hombre, es el primer don de Dios para el sustento de la vida humana”.

Como se puede observar las palabras del Papa Juan Pablo II, leídas en su contexto doctrinal, ¿qué tienen de “densas” y “fuertes”? ¿No es acaso de justicia elemental que todo aquel que trabaja tenga derecho a acceder a la propiedad privada para sí mismo y sus familiares? ¿No fue acaso esta misma propiedad privada, sea de los grandes, de los medianos como de los pequeños propietarios, volvemos a insistir, el blanco privilegiado del colectivismo marxista que literalmente la aniquiló a sangre y fuego? Así, no es extraño que a propósito de esta triste e irrebatible realidad histórica, el mismo Papa Juan Pablo II se haya expresado en términos bastante críticos a Karl Marx y su ideología, como consta en varias intervenciones de su pontificado.

Pero de modo particular, las críticas que el Papa expuso en esta misma Encíclica Centesimus annus, consignadas en el numeral 41. ¿Qué calificativo habrían recibido estas censuras proferidas por el Papa Woytila a Karl Marx y el colectivismo socialista si hubiesen sido leídas en los dos Encuentros Mundiales de los Movimientos Populares? ¿Qué habría opinado un Evo Morales u otro de los destacados organizadores de estos dos eventos? ¿Palabras densas? ¿Palabras Fuertes? ¿Detestables? ¿desafortunadas?

"El marxismo ha criticado las sociedades burguesas y capitalistas, reprochándoles la mercantilización y la alienación de la existencia humana. Ciertamente, este reproche está basado sobre una concepción equivocada e inadecuada de la alienación, según la cual ésta depende únicamente de la esfera de las relaciones de producción y propiedad, esto es, atribuyéndole un fundamento materialista y negando, además, la legitimidad y la positividad de las relaciones de mercado incluso en su propio ámbito. El marxismo acaba afirmando así que sólo en una sociedad de tipo colectivista podría erradicarse la alienación. Ahora bien, la experiencia histórica de los países socialistas ha demostrado tristemente que el colectivismo no acaba con la alienación, sino que más bien la incrementa, al añadirle la penuria de las cosas necesarias y la ineficacia económica". (Juan Pablo II. Encíclica Centesimus annus, n.41, 1 de mayo de 1991)
 

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Al mismo tiempo, es sugestivo comprobar que en el mismo numeral 31 de la Encíclica Centesimus annus, citado por Francisco, el Papa Juan Pablo II enseña al respecto de la propiedad privada la misma doctrina que había expuesto casi 10 años antes en la Laborem excercens, n.19. ¿Qué doctrina es ésta? Puede parecer reiterativo, no obstante, se trata del fundamento de la propiedad privada y del destino universal de los bienes, y precisamente el punto doctrinal clave omitido por Francisco en la Laudato si’. Veamos.

La tierra dada por Dios a todos los hombres para que la dominen, no da sus frutos sin una respuesta del hombre: su propio trabajo

  • El Papa Juan Pablo II enseñó en la Centesimus annus, n. 31 que “la tierra no da sus frutos sin una peculiar respuesta del hombre al don de Dios, es decir, sin el trabajo”.
  • En efecto, es “mediante el trabajo, que el hombre, usando su inteligencia y su libertad, logra dominarla y hacer de ella su digna morada. De este modo, se apropia una parte de la tierra, la que se ha conquistado con su trabajo: he ahí el origen de la propiedad individual”.
  • El Papa para poner las cosas en su justo equilibrio agrega: “Obviamente le incumbe también la responsabilidad de no impedir que otros hombres obtengan su parte del don de Dios, es más, debe cooperar con ellos para dominar juntos toda la tierra”.
  • Al mismo tiempo, al introducir el numeral 32 de la Centesimus annus declara que “existe otra forma de propiedad, concretamente en nuestro tiempo, que tiene una importancia no inferior a la de la tierra: es la propiedad del conocimiento, de la técnica y del saber. En este tipo de propiedad, mucho más que en los recursos naturales, se funda la riqueza de las naciones industrializadas”.

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Estas enseñanzas del Papa Juan Pablo II permiten determinar la existencia de las naturales desigualdades que se establecen en el trabajo de los hombres, sea por el grado de inteligencia, talento y conocimientos; como también por la capacidad laboral y la calidad en la ejecución del mismo. Siendo así, es de justicia elemental que aquellos que son más trabajadores, más talentosos y capaces, obtengan mayores ganancias, beneficiándose a sí mismos como a los miembros de su familia. En primer lugar, su esposa y sus hijos. Sobre este aspecto que concierne a la justicia distributiva que merecen aquellos hombres y mujeres más trabajadores y más esforzados, nunca será suficiente insistir en estos tiempos de confusión de ideas, demagogia y populismo.

No… no es haciendo un popurrí de referencias a encíclicas sociales, destacadas de su contexto y mágicamente encadenadas, que nos vamos a creer esto:

Yo estoy seguro de que no he dicho una palabra más de lo que está en la Doctrina social de la Iglesia. (Francisco, rueda de prensa, avión Santiago de Cuba- Washington D.C.)

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Tercera Parte

TERCERA PARTE

Ya analizamos cuatro referencias del Papa Juan Pablo II que realiza Francisco en el texto de la Laudato si’. Pasemos ahora a un nuevo texto del pontífice polaco, esta vez extraído desde la Encíclica Sollicitudo rei socialis, n.33, y que figura, una vez más, en el famoso numeral 93:

“[San Juan Pablo II] remarcó que «no sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos» (Carta enc. “Sollicitudo rei socialis”, 33)”. (Laudato Si’, 93)

Esta cita ha servido de pivote para luego hilvanar otras tres referencias que aluden, nuevamente a la Propiedad Privada. De modo específico, a la tierra para ser cultivada como un don de Dios en beneficio de todos los hombres. Aquí comprobaremos una vez más la importancia de leer los documentos que son citados, sobre todo tratándose de un trabajo magisterial presentado con el carácter de encíclica, dentro de su propio contexto histórico. En este caso concreto, las palabras que Juan Pablo II dirigió a los indígenas y campesinos de Cuilápam de Guerrero, Oaxaca, durante su primer viaje a México en 1979:

“Con toda claridad [Juan Pablo II] explicó que «la Iglesia defiende, sí, el legítimo derecho a la propiedad privada, pero enseña con no menor claridad que sobre toda propiedad privada grava siempre una hipoteca social, para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado» (Discurso a los indígenas y campesinos de México, Cuilapán, 29 enero 1979, 6)”. (Laudato Si’, 93)

En este párrafo se destacan dos puntos básicos de la Doctrina Social de la Iglesia y un tercero de orden socio-político. Éste último se deduce del contexto histórico en el que estas palabras fueron pronunciadas. Analicemos primeramente los dos puntos básicos.

La legitimidad del derecho de propiedad y la “hipoteca social” que grava sobre ella

Juan Pablo II en este pasaje ha puesto de relieve con precisión que “la Iglesia defiende” con “claridad” la “propiedad privada” puesto que es un “derecho legítimo”. Este aspecto es importante destacarlo, puesto que, tratándose de un “derecho legítimo”, la propiedad privada como lo enseña la Doctrina Social de la Iglesia se hace accesible a todos los hombres por medio del trabajo, la donación o la herencia.

Al mismo tiempo, Juan Pablo II señala que sobre este legítimo derecho grava o pesa una “hipoteca social”. ¿Qué significa que sobre el derecho a la propiedad privada pese esta “hipoteca”?

  1. Los deberes de justicia de los propietarios con relación a los trabajadores

Para responder adecuadamente es necesario clarificar un aspecto elemental: ¿qué es una hipoteca? Como enseñan los manuales de economía, la hipoteca es el derecho que pesa sobre los bienes inmuebles para así garantizar el pago de una deuda o el cumplimiento de una obligación. De este modo el propietario del bien inmueble que fue hipotecado no pierde el derecho a su uso. Por lo tanto, cuando Juan Pablo II ha recurrido a este concepto de la “hipoteca social”, como él mismo lo explica, desea poner de relieve aquel principio fundamental de la Doctrina social de la Iglesia. Los bienes deben servir “a la destinación general que Dios les ha dado”.

sollicitudoEn efecto, el mismo Papa repitió esta doctrina cuando en su Encíclica Sollicitudo rei socialis, n.42 reflexionó sobre las “responsabilidades sociales y el uso de los bienes”. En este numeral 42 explicó que esa “hipoteca social” se funda en el hecho de que la propiedad privada “posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes”. Y luego agregó esta importante observación: “En este empeño por los pobres, no ha de olvidarse aquella forma especial de pobreza que es la privación de los derechos fundamentales de la persona, en concreto el derecho a la libertad religiosa y el derecho, también, a la iniciativa económica”. (Sollicitudo rei socialis, n.42)

Las palabras de Juan Pablo II recuerdan las enseñanzas impartidas en la Rerum novarum por León XIII y años más tarde sintetizadas por Pío X. En esta síntesis compuesta por siete puntos se indicaban las obligaciones de justicia que los propietarios de los bienes de producción debían poner en práctica con relación a sus trabajadores. (Pío X, Motu proprio Fin dalla prima (“Sillabo sociale”) del 18 de diciembre de 1903)

La primera y más importante de estas obligaciones decía relación al pago del “justo salario” pactado con el trabajador. León XIII sobre este particular insistió con fuerza (Cf. Rerum novarum, nn.3.15.32-33), ya que “defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen, que llama a voces las iras vengadoras del cielo. «He aquí que el salario de los obreros… que fue defraudado por vosotros, clama; y el clamor de ellos ha llegado a los oídos del Dios de los ejércitos» (Sant 5,4)” (Rerum novarum, n.15)

Con respecto al resto de obligaciones es necesario subrayar que pasados más de 130 años desde la publicación de la Rerum novarum, todas ellas fueron introducidas en las legislaciones laborales de las naciones occidentales. Naturalmente, nos referimos a las naciones que no fueron, o no son en la actualidad subyugadas por los regímenes socialistas o comunistas. En efecto, en estos regímenes de orientación marxista la legislación coartó –como coarta gravemente– el “justo salario”, la “propiedad privada” y otros derechos elementales de los trabajadores.

Jesús R. Mercader Uguina

Un ejemplo perfecto de tal injusticia es Cuba. En esta nación caribeña, como demostró, Jesús R. Mercader Uguina, Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad Carlos III de Madrid, las recientes reformas al Código del Trabajo siguen vulnerando de modo inflexible numerosos principios y normas internacionales en materia de derecho laboral. (Ver “Las últimas reformas laborales en Cuba [2009-2014]”, esp. págs. 27-28).

Se diría que son este tipo de violaciones a los derechos humanos a las que apuntaba Juan Pablo II en el citado pasaje del numeral 42 de su Encíclica Sollicitudo rei socialis. En efecto, recordemos que el Papa denunciaba aquella “forma especial de pobreza que es la privación de los derechos fundamentales de la persona, en concreto el derecho a la libertad religiosa y el derecho, también, a la iniciativa económica”. (Carta enc. “Sollicitudo rei socialis”, 42)

A este propósito, el reciente viaje Apostólico de Francisco a Cuba no dejó de suscitar en millones de católicos nuevas perplejidades. Su silencio con relación a las graves violaciones de los derechos humanos cometidos por los hermanos Castro durante ya más de medio siglo fue demasiado ostensivo. Este viaje apostólico constituye un testimonio paradigmático de las constantes omisiones que en materia histórica, filosófica y teológica, conforme enseña el Magisterio de la Iglesia, incurre el Obispo de Roma Jorge Mario Bergoglio. Estas lamentables omisiones, llama poderosamente la atención, siempre terminan por favorecer a todos aquellos que nunca ocultaron su hostilidad y su rechazo hacia la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.

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  1. Los deberes de caridad de los que poseen bienes materiales y más especialmente los bienes del espíritu

389_001Un segundo aspecto relativo a la “función social” y la “hipoteca social” de aquellos que poseen mayores bienes materiales, dice respecto a la obligación de ir en socorro de los hermanos más necesitados. Esta obligación tiene su fundamento en la virtud de la caridad cristiana practicada por la Iglesia desde hace casi dos mil años. León XIII a este propósito observó este equilibrado criterio: “A nadie se manda socorrer a los demás con lo necesario para sus usos personales o de los suyos; ni siquiera a dar a otro lo que él mismo necesita para conservar lo que convenga a la persona, a su decoro: «Nadie debe vivir de una manera inconveniente» (S. Th. II-II q.32 a.6.). Pero cuando se ha atendido suficientemente a la necesidad y al decoro, es un deber socorrer a los indigentes con lo que sobra. «Lo que sobra, dadlo de limosna» (Lc 11,41).” (Rerum novarum, n.17).

El mismo Papa explicó que estos deberes no perteneciendo al ámbito de la justicia, salvo en casos de extrema necesidad, no pueden ser exigidos por medio de la ley: “Pero antes que la ley y el juicio de los hombres están la ley y el juicio de Cristo Dios, que de modos diversos y suavemente aconseja la práctica de dar: «Es mejor dar que recibir» (Hech 20,35), y que juzgará la caridad hecha o negada a los pobres como hecha o negada a Él en persona: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis»(Mt 25,40). Todo lo cual se resume en que todo el que ha recibido abundancia de bienes, sean éstos del cuerpo y externos, sean del espíritu, los ha recibido para perfeccionamiento propio, y, al mismo tiempo, para que, como ministro de la Providencia divina, los emplee en beneficio de los demás. «Por lo tanto, el que tenga talento, que cuide mucho de no estarse callado; el que tenga abundancia de bienes, que no se deje entorpecer para la largueza de la misericordia; el que tenga un oficio con que se desenvuelve, que se afane en compartir su uso y su utilidad con el prójimo» ( San Gregorio Magno, Sobre el Evangelio hom.9 n.7)”. (Rerum novarum, n.17).

En este apartado hemos intentado dejar más claros los resbaladizos conceptos relativos a la “función social” y la “hipoteca social” que pesan sobre la propiedad privada. Consideramos importante destacar el argumento presentado por León XIII a propósito de los bienes espirituales. Siendo así, ¿podemos hablar de una “función social” y de una “hipoteca social” que grava o pesa sobre los “bienes espirituales”? Sin lugar a dudas la respuesta es afirmativa, no obstante con una puntualización a ser destacada. Siendo los bienes espirituales de un carácter superior a los estrictamente materiales, como lo es la propiedad privada, ellos demandan mayores obligaciones a quienes los poseen para favorecer a los hermanos necesitados. De ahí la importancia de insistir al respecto de las obras de misericordia espirituales: Instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y sufrir con paciencia. (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2447)

Volviendo a la exposición del tema, “propiedad privada”, planteado por Francisco en la Laudato si’, pasamos a una tercera e importante materia que el citado discurso de Juan Pablo II dirigido a los campesinos e indígenas mexicanos en 1979, nos permite analizar.

México 1979: la realidad del agro, de los indígenas y los campesinos

mexicoreformaAntes que nada, para comprender en profundidad las palabras de Juan Pablo II, extraídas e hilvanadas en la Laudato si’, vale la pena situarlas dentro del contexto histórico en el que fueron pronunciadas ¿Cuál es el marco socio-político en el que inserta este discurso de Juan Pablo II? ¿Quiénes eran los gobernantes de México en ese año de 1979? El Estado mexicano, promotor de un proceso de Reforma Agraria que a la fecha llevaba 54 años de vigencia, ¿concedía a sus beneficiarios (campesinos e indígenas) el derecho a la propiedad privada de las tierras otorgadas para su cultivo? ¿Cuál era la situación de la agricultura y la vida de los indígenas y campesinos mexicanos en ese momento histórico? Analicemos algunos hechos históricos incuestionables.

Las fuerzas políticas revolucionarias siempre se jactaron de que en México se realizó la primera Reforma Agraria socialista de la Historia (1915). Fue así que con el objetivo de consolidar este sangriento proceso revolucionario; y al mismo tiempo intentando reagrupar a todas las fuerzas políticas que lo impulsaban, se funda en el año de 1929 el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Los dirigentes de esta agrupación desde aquel año hasta el 2000, ejercieron sin interrupciones el poder político de la nación mexicana. Durante estas décadas continuaron llevando adelante el proceso de la Reforma Agraria socialista, culminando sólo en 1992.

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warmanArturo Warman Gryj, antropólogo y ex Ministro de la Reforma Agraria de México, constató que en un período de 77 años (1915-1992) se entregaron a 3,5 millones de campesinos, 100 millones de hectáreas, es decir, el equivalente a más de la mitad del actual territorio de México y aproximadamente alrededor de las dos terceras partes de la propiedad rústica total del país. Naturalmente los dirigentes del Partido Revolucionario Institucional dieron todo el apoyo gubernamental a esa Reforma Agraria; sin embargo, ella nunca logró concretar las metas de bienestar económico y social prometidas. Los hechos concretos son que los campesinos con el correr de los años cayeron en la pobreza más extrema y lo que es más dramático ni ellos ni sus descendientes fueron propietarios de las tierras otorgadas por los gobernantes mexicanos para su cultivo. (FAO, La reforma agraria mexicana: una visión de largo plazo – Arturo Warman)

Nota: La tenencia de la tierra, según el largo proceso de Reforma Agraria mexicana, fue comunitaria. Como explicó el mismo Arturo Warman Gryj: “las tierras que se entregaban en usufructo permanecían como propiedad de la nación por concesión a una corporación civil: el ejido o la comunidad. (…) Las parcelas que se entregaban para disfrute particular a los ejidatarios quedaban sujetas a condiciones restrictivas: la tierra debía ser cultivada personalmente por el titular, no podía mantenerse ociosa, venderse, alquilarse ni usarse como garantía; era inalienable pero podía ser heredada por un sucesor escogido por el titular siempre que no hubiese sido fragmentada. El incumplimiento de estas condiciones implicaba sanciones que anulaban sin compensación los derechos de goce de la parcela y la pertenencia al ejido”.

ejidoObservando este trasfondo histórico y socio-político, se constata que el sistema agrario basado en el ejido y plenamente vigente en México en el año de la visita de Juan Pablo II, era nítidamente socialista; y por lo tanto en clara divergencia con la Doctrina Social de la Iglesia. En primer lugar, el Estado mexicano habiendo confiscado a sus legítimos propietarios un inmenso patrimonio agrario, violó el 7º y 10º mandamiento de la Ley de Dios. En segundo lugar, ese mismo Estado mexicano convirtiéndose por esa vía expropiatoria en el mayor latifundista de la nación; y habiendo subdividido ese capital agrícola en “ejidos” para destinarlos a los campesinos e indígenas, cometió una segunda injusticia. En efecto, el ejidatario no siendo dueño de la tierra, y por lo tanto prohibido de venderla, rentarla o darla en garantía, era obligado a unirse a una cooperativa subvencionada por el Estado. En suma, el ejidatario mexicano obligado a trabajar la tierra y depender de una cooperativa estatal no pasaba de ser un simple labrador del Estado. En otros términos, en la práctica los campesinos e indígenas ejidatarios vivían encarcelados dentro de un régimen agrícola de nítido corte socialista.

La propiedad privada según la Doctrina Social de la Iglesia

Por el contrario, la tierra, como enseña la Doctrina Social de la Iglesia, fue dada por Dios para que sea dominada por todos los hombres por medio de su trabajo. En otros términos, la tierra no fue otorgada por el Creador para que una organización política la confisque, la controle y la administre de modo absoluto a través de un jefe supremo y los seguidores de una facción o partido político único. La tierra tampoco fue dada a los hombres para que una camarilla de adeptos, incondicionales o devotos de Marx, Lenin, Fidel, Mao, el Ché Guevara, Chávez como de otros políticos e ideólogos, se autoproclamen en los dueños y señores del territorio de una nación, restringiendo así su uso y su dominio a los particulares, sea por impuestos excesivos como por la confiscación arbitraria.

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Como destacó Juan Pablo II “la Iglesia defiende el legítimo derecho a la Propiedad Privada” porque está de acuerdo con la justicia y el derecho natural. En efecto, como enseña la Doctrina Social de la Iglesia, una vez que el hombre es dueño y señor de sus actos, va a ser el dueño y señor del fruto de su trabajo. Este fruto laboral una vez acumulado, se convierte en la propiedad privada, sea para el propio beneficio del trabajador como el de su familia. Enseñando este principio, León XIII afirmó con gran sabiduría que un bien mueble o inmueble era “el mismo salario [del trabajador] revestido de otra apariencia”. De aquí que la propiedad privada adquirida por el trabajador debía ser de su dominio tanto como el salario ganado con su trabajo (Rerum novarum, n.3).

Al cumplirse 100 años del fracaso de la Reforma Agraria mexicana: un recado para Francisco

Por todo lo dicho, el recuerdo del primer centenario de la primera Reforma Agraria de la Historia, la fracasada Reforma Agraria mexicana, en este año de 2015, confirma de modo categórico la lucidez de todos los Papas que desde León XIII hasta Benedicto XVI afirmaron que la ruina económica, la miseria y la opresión son los frutos típicos del comunismo y del socialismo (ver aquí).

Francisco saluda a Evo Morales durante el I Encuentro de Movimientos Populares. Roma, 28 octubre de 2014

Francisco saluda a Stedile, líder del “Movimiento de los sin Tierra” del Brasil, durante el I Encuentro de Movimientos Populares. Roma, octubre de 2014

Por tal motivo, las palabras que Francisco dirigió durante su intervención en el I Encuentro Mundial de Movimientos Populares, en Roma, el 28 de octubre de 2014, incentivando de modo sorprendente a los promotores de la Reforma Agraria (ver aquí), levantan algunos graves interrogantes:

  • ¿Esta Reforma Agraria promovida por Francisco es conforme a la Doctrina Social de la Iglesia?
  • ¿Cuáles son los países que Francisco mencionó de modo genérico y que según su criterio deben ser sometidos a la Reforma Agraria?
  • Siendo así, ¿cuál es el modelo de Reforma Agraria exitoso que Francisco puede proponer para su aplicación en dichos países?
  • ¿Existen realmente esos modelos exitosos de Reforma Agraria?
  • ¿Existen fundamentos para conjeturar que este modelo sea la Reforma Agraria cubana iniciada por Fidel Castro en 1959 y reciclada en 1993 dado que ella se mantiene vigente hasta los presentes días?

Sobre este último interrogante, a juzgar por los “sentimientos de especial consideración y respeto”, como la gran simpatía que Francisco manifestó por Fidel Castro (ver video abajo) al homenajearlo con una visita en su propia residencia de la Habana, se es inclinado a optar por una respuesta afirmativa. ¿Pero será esto posible? ¿Quién puede decirlo a no ser el propio Francisco?

Como podemos observar esta inquietud una vez más quedará flotando en el mar de incógnitas y perplejidades que Francisco no deja de provocar día a día con sus gestos, sus actitudes y sus innovaciones. Sin embargo, tal vez lo más grave sea la profunda desorientación, los conflictos y los problemas de conciencia que Francisco crea entre los fieles al omitir verdades y principios esenciales enseñados desde siempre por el Magisterio de la Iglesia. Triste realidad de un pontificado de apenas dos años…

VIDEO: El órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, el diario Granma, así publica el cordial encuentro:

Fuente Granma: https://youtu.be/R4Si2TcKqg8

Cuarta Parte y enseñanzas del Magisterio sobre la Propiedad Privada

CUARTA PARTE Y ENSEÑANZAS DEL MAGISTERIO SOBRE LA PROPIEDAD PRIVADA

Después de analizar las referencias que Francisco hizo en su Encíclica Laudato Si’ al tema de la propiedad privada, aprovechando diversas citas de Juan Pablo II, cuyo sentido no quedaba muy claro, tal vez haya surgido una duda en el espíritu de nuestros lectores. Ante los hechos que estos estudios han demostrado ¿qué intención tiene Francisco con todo eso? También nosotros nos planteamos esa interrogación delante del contenido de la peculiar investigación de nuestro especialista en Doctrina Social ¿Será que el mismo pone a descubierto alguna intención oculta?

Una respuesta quizá nos pueda ser dada escarbando un poco en los aledaños del texto analizado de la encíclica…

Francisco al cerrar el controvertido numeral 93 de la Laudato si’, hilvana nuevamente dos citas del Papa Juan Pablo II. La primera corresponde a una referencia directa extraída desde una homilía que el Papa dirigió a los agricultores en Recife, Brasil (7 julio 1980), n. 4; y la segunda se trata de una citación indirecta del Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1990, n.8:

“Por lo tanto [Juan Pablo II] afirmó que ‘no es conforme con el designio de Dios usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos”. Esto cuestiona seriamente los hábitos injustos de una parte de la humanidad’”. (Laudato Si’, 93)

Como se puede observar, Francisco al yuxtaponer estas palabras y referencias del Papa Juan Pablo II, proferidas ante públicos y contextos sociales diversos, desea transmitir un mensaje: Juan Pablo II censuró a los que usan de modo egoísta sus bienes pues practican hábitos injustos. De este modo, la lectura de este párrafo con estas citas plantea una interrogante que permanece fluctuando sin respuesta: ¿quiénes son éstos que practican hábitos tan injustos? ¿Quiénes son estos egoístas?

Aplicando nuevamente su praxis de hilvanar citas descontextualizadas, en el numeral 94 de la Laudato si’ insinuará la respuesta sirviéndose, esta vez, de textos bíblicos:

“El rico y el pobre tienen igual dignidad, porque ‘a los dos los hizo el Señor’ (Pr 22,2); ‘Él mismo hizo a pequeños y a grandes’ (Sb 6,7) y ‘hace salir su sol sobre malos y buenos’ (Mt 5,45)”. (Laudato Si’, 94)

Francisco habiendo acoplado el pasaje de Mateo, sin ningún vínculo temático, a las citas de Proverbios y Sabiduría, parece insinuar una respuesta: Estos egoístas son los “ricos”, son los “grandes” de la sociedad, es decir, son los “malos”.

¿Esta insinuación tiene fundamento en la doctrina católica? ¿Todos los ricos son malos y egoístas? No deja de ser aleccionador comprobar que en el mismo discurso del Papa Juan Pablo II citado por Francisco, no obstante leído en su contexto, tenemos acceso a la doctrina verdadera. En efecto, el Papa Juan Pablo II, ilustrando sus enseñanzas a propósito de la necesidad de ser generosos y practicar las obras de caridad, comentó la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro:

51c0ef9f09eb3_350x0.png“En esa parábola, Cristo no condena al rico porque es rico, o porque viste lujosamente. Condena duramente al rico que no tiene en consideración la situación de penuria del pobre Lázaro, que solamente desea alimentarse de las migajas que caen de la mesa del festín. Cristo no condena la simple posesión de bienes materiales. Sino que sus palabras más duras se dirigen contra quienes usan su riqueza de manera egoísta, sin preocuparse del prójimo a quien le falta lo necesario”. (Juan Pablo II, homilía para agricultores en Brasil, Recife, 7 de julio de 1980)

¡Qué diferencia! ¡Qué contraste! Francisco para concluir sus enseñanzas sobre la propiedad privada pasa citar una Carta pastoral de la Conferencia Episcopal Paraguaya: “El campesino paraguayo y la tierra” (12 junio 1983):

“Esto tiene consecuencias prácticas, como las que enunciaron los Obispos de Paraguay: “Todo campesino tiene derecho natural a poseer un lote racional de tierra donde pueda establecer su hogar, trabajar para la subsistencia de su familia y tener seguridad existencial. Este derecho debe estar garantizado para que su ejercicio no sea ilusorio sino real. Lo cual significa que, además del título de propiedad, el campesino debe contar con medios de educación técnica, créditos, seguros y comercialización””. (Laudato Si’, 94)

Como se puede comprobar estas palabras de los obispos paraguayos tienen por objetivo incentivar el derecho a la propiedad privada. Es más, el texto original de esta Carta Pastoral invoca en favor de este derecho, la propia Constitución de la República Paraguaya pues lo ampara jurídicamente. Por lo tanto, la versión exacta presentada por los Obispos paraguayos es la siguiente:

“Este derecho (establecido en nuestra misma Constitución Nacional) debe estar garantizado para que su ejercicio no sea ilusorio sino real” . (Conferencia Episcopal Paraguaya, 12 de junio de 1983)

Cómo sería coherente con sus propias palabras si Francisco, el defensor “de los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos”  (Discurso en el II Encuentro Mundial de Movimientos Populares, Bolivia, 9 de julio de 2015), durante su reciente viaje pastoral a Cuba inspirado en estas mismas palabras de los obispos paraguayos se hubiese solidarizado con el pueblo cubano con este discurso parafraseado: “Todo campesino cubano y todo cubano tiene derecho natural a poseer un lote racional de tierra donde pueda establecer su hogar, trabajar para la subsistencia de su familia y tener seguridad existencial. Este derecho (que no es establecido en vuestra Constitución Nacional) debe estar garantizado para que su ejercicio no sea ilusorio sino real. Lo cual significa que además del título de propiedad, el campesino cubano debe contar con medios de educación técnica, créditos, seguros y comercialización”.

¿Por qué Francisco nunca pronunciaría un discurso de este tenor para favorecer al sufrido pueblo cubano? ¿Sólo por qué en sus discursos a los movimientos populares — como el mismo se defendió — “un explicación [en materia de Doctrina Social de la Iglesia] dio la impresión de ser un poco más “izquierdosa”? (Rueda de Prensa en vuelo de Santiago de Cuba a Washinton D.C., 22 de septiembre de 2015)

¿Sólo por una explicación? ¡Si fuese sólo eso! Para miles de católicos las dudas y las perplejidades que Francisco ha suscitado con “su doctrina” continuarán in crescendo, no obstante diga que puede rezar el Credo para demostrar su ortodoxia… Sí, por lo que parece, hay realmente unos buenos y unos malos, una panacea y una bestia negra… una división… una… ¿promoción de la lucha de clases? ¿Será eso? Pues si es así… Ya sabemos lo que esto significa…

Mientras tanto… no estará fuera de lugar que recordemos lo que dice la verdadera doctrina católica sobre la propiedad privada contrastando las afirmaciones de Francisco.

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Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

ContenidoI – La Propiedad Privada según la Sagrada EscrituraII – Según el Catecismo de la Iglesia CatólicaIII – El Magisterio de la Iglesia enseña la legitimidad del derecho de propiedad privadaIV – La negación del derecho a la propiedad privada: objetivo del comunismo y del socialismo
I – La Propiedad Privada según la Sagrada Escritura
II – En el Catecismo de la Iglesia Católica
III – El Magisterio de la Iglesia enseña la legitimidad del derecho de propiedad privada
IV – La negación del derecho a la propiedad privada: objetivo del comunismo y del socialismo

I – La Propiedad Privada según la Sagrada Escritura

Sagradas Escrituras

7º y 10º mandamiento: No robarás, no codiciarás los bienes de tu prójimo

No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo. “ (Ex 20,15-16)

Moisés da testimonio que el decálogo fue entregado por el mismo Dios

No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No desearás la mujer de tu prójimo, no codiciarás su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo. Estas palabras dijo Yahveh a toda vuestra asamblea, en la montaña, de en medio del fuego, la nube y la densa niebla, con voz potente, y nada más añadió. Luego las escribió en dos tablas de piedra y me las entregó a mí. (Dt 5,19-22)

El libro del Levítico establece la licitud de la propiedad Privada

Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia. Este año cincuenta será para vosotros un jubileo: no sembraréis, ni segaréis los rebrotes, ni vendimiaréis la viña que ha quedado sin podar, porque es el jubileo, que será sagrado para vosotros. Comeréis lo que el campo dé de sí. En este año jubilar recobraréis cada uno vuestra propiedad. Si vendéis algo a vuestro prójimo o le compráis algo, ved que nadie dañe a su hermano. (Lv 25,10-14)

La tierra es propiedad de Dios, no obstante el Levítico establece la licitud de la propiedad privada y de su usufructo

La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes. En todo terreno de vuestra propiedad concederéis derecho a rescatar la tierra. Si se empobrece tu hermano y vende algo de su propiedad, su rescatador más cercano vendrá y rescatará lo vendido por su hermano. Si alguno no tiene rescatador, adquiera por sí mismo recursos suficientes para su rescate; calcule los años pasados desde la venta y devuelva al comprador la cantidad del tiempo que falta; así volverá a su propiedad. Pero si no halla lo suficiente para recuperarla, lo vendido quedará en poder del comprador hasta el año jubilar, y en el jubileo quedará libre; y el vendedor volverá a su posesión. Si uno vendiere una vivienda en ciudad amurallada, su derecho a rescatarla durará hasta que se cumpla el año de su venta; un año entero durará su derecho de rescate. En caso de no ser rescatada para él dentro de un año entero, la casa situada en ciudad amurallada quedará a perpetuidad para el comprador y sus descendientes y no quedará libre en el jubileo. Mas las casas de las aldeas sin murallas que las rodeen serán tratadas como los campos del país: hay derecho de rescate y en el año jubilar quedan libres. (Lv 25,23-32)

El privilegio que asiste a los levitas en materia de propiedad privada

En cuanto a las ciudades de los levitas, los levitas tendrán siempre derecho de rescate sobre las casas de las ciudades de su propiedad. En el caso de que se haya de rescatar de mano de un levita, lo vendido – una casa que es propiedad suya en la ciudadquedará libre en el jubileo; porque las casas de las ciudades de los levitas son su propiedad en medio de los israelitas. No pueden venderse los campos que rodean sus ciudades, pues son su propiedad para siempre. (Lv 25,32-34)

Dios legitima el derecho a heredar la propiedad privada

¿Por qué ha de ser borrado de su clan el nombre de nuestro padre, sólo por no haber tenido hijos? Danos alguna propiedad entre los hermanos de nuestro padre. Moisés expuso su caso ante Yahveh. Respondió Yahveh a Moisés: “ Han hablado bien las hijas de Selofjad. Dales, pues, en propiedad una heredad entre los hermanos de su padre; traspásales a ellas la herencia de su padre. Y dirás a los israelitas: Si un hombre muere y no tiene ningún hijo, traspasará su herencia a su hija. Si tampoco tiene hija, daréis la herencia a sus hermanos. Si tampoco tiene hermanos, daréis la herencia a los hermanos de su padre. Y si su padre no tenía hermanos, daréis la herencia al pariente más próximo de su clan, el cual tomará posesión de ella. Esta será norma de derecho para los israelitas, según lo ordenó Yahveh a Moisés. (Nm 27,4-11)

Dios no odia a los ricos

No comeré hasta no haber dicho lo que tengo que decir. A lo que respondió Labán: Habla. Yo soy, dijo, siervo de Abraham. Yahveh ha bendecido con largueza a mi señor, que se ha hecho rico, pues le ha dado ovejas y vacas, plata y oro, siervos y esclavas, camellos y asnos. (Gn 24,33-35)

Isaac instalado en Guerar y bendecido por Dios se hace riquísimo

Isaac sembró en aquella tierra, y cosechó aquel año el ciento por uno. Yahveh le bendecía y el hombre se enriquecía, se iba enriqueciendo más y más hasta que se hizo riquísimo. Tenía rebaños de ovejas y vacadas y copiosa servidumbre. Los filisteos le tenían envidia. (Gn, 26,12-14)

Abran y Lot: dos hombres ricos y amados por Dios

[Abran] … adquirió ganado menor y mayor, asnos, siervos y siervas, asnas y camellos. (…) el Faraón dispuso que unos hombres lo condujeran fuera, a él y a su mujer, con toda su hacienda. (Gn 12,16.20)

Era Abrán muy rico en ganado, en plata y en oro (Gn 13,2)

También Lot, que acompañaba a Abrán, poseía ganado menor y mayor, y tiendas, de modo que la tierra no les bastaba para poder habitar juntos, porque su hacienda era mucha y no había espacio suficiente para los dos a la vez. (Gn 13,5- 6)

Jacob se enriquece con su trabajo y habilidad

Así éste [Jacob] se enriqueció muchísimo y llegó a tener rebaños numerosos, siervas y siervos, camellos y asnos. (Gn 30,43)

Job recompensado por el Señor con grandes riquezas

Yahveh bendijo la nueva vida de Job más aún que la primera. Job llegó a poseer catorce mil ovejas y seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas. (Job 42,12)

El dueño de la parábola de la viña posee pleno derecho a usufructuar de su propiedad:

En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.” Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”. Dícenle: “Es que nadie nos ha contratado.” Díceles: “Id también vosotros a la viña.” Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: “Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.”. Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.” Pero él contestó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?“. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos. (Mt. 20,1-16)

II – Según el Catecismo de la Iglesia Católica

 Catecismo de la Iglesia Católica

El Séptimo mandamiento

“No robarás” (Ex 20, 15; Dt 5,19).

“No robarás” (Mt 19, 18).

El séptimo mandamiento prohíbe tomar o retener el bien del prójimo injustamente y perjudicar de cualquier manera al prójimo en sus bienes. Prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes terrenos y de los frutos del trabajo de los hombres. Con miras al bien común exige el respeto del destino universal de los bienes y del derecho de propiedad privada. La vida cristiana se esfuerza por ordenar a Dios y a la caridad fraterna los bienes de este mundo. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2401)

El décimo mandamiento

“No codiciarás […] nada que […] sea de tu prójimo” (Ex 20, 17).

“No desearás su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo” (Dt 5, 21).

“Donde […] esté tu tesoro, allí estará también tu corazón “ (Mt 6, 21).

El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el séptimo mandamiento. La “concupiscencia de los ojos” (cf 1 Jn 2, 16) lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto (cf Mi 2, 2). La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley (cf Sb 14, 12). El décimo mandamiento se refiere a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2534)

Apartar el deseo de todo lo que no nos pertenece

El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales: “Cuando la Ley nos dice: No codiciarás, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed codiciosa de los bienes del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: El ojo del avaro no se satisface con su suerte (Qo 14, 9)” (Catecismo Romano, 3, 10, 13). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2536)

Catecismo Romano

El robo

2) GRAVEDAD DE ESTE PECADO. – La gravedad del pecado del hurto está determinada por la misma ley natural. Por él se quebranta la justicia-esencial en la vida de los hombres-, que exige dar a cada uno lo que es suyo.
La distribución de los bienes naturales entre los hombres se apoya fundamentalmente en el mismo derecho de naturaleza y ha sido sancionada por las leyes positivas, divinas y humanas. Y mantener el respeto a estas leyes fundamentales es de absoluta necesidad en orden a la misma convivencia humana: Ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maledicentes, ni los rapaces, poseerán el reino de Dios (1Co 6,10). Y aparece más clara la gravedad del pecado contra la propiedad personal en las consecuencias funestas que de él se derivan: juicios temerarios, odios, enemistades, condenas injustas de inocentes, etc. Ya se comprenderá la gravedad de la sanción divina, que impone al ladrón el deber de restituir. El hurto no puede ser perdonado-escribe San Agustín-si no se restituye lo robado (SAN AGUSTÍN, Epist. 153: PL 33,662). ¡Y cuan difícil-por no decir imposible-resulta este deber para quien ha convertido el robo en una costumbre constante! El profeta Habacuc exclamaba: ¡Ay del que amontona lo ajeno y acrecienta sin cesar el peso de su deuda! (Ha 2,6). Este “peso de deuda” -la posesión de las cosas ajenas-, del que, según la Escritura es casi imposible librarse, es una prueba más de la gravedad del pecado y de la triste situación a que pueden llegar sus víctimas. Y baste lo dicho sobre el hurto para que podamos comprender y detestar la malicia de las demás formas del robo. (Catecismo Romano, capítulo VII Séptimo mandamiento del Decálogo)

III – El Magisterio de la Iglesia enseña la legitimidad del derecho de propiedad privada

León XIII

La Iglesia manda que el derecho de propiedad se mantenga intacto e inviolado

Porque mientras los socialistas acusan al derecho de propiedad como invención que repugna a la igualdad natural de los hombres y, procurando la comunidad de bienes, piensan que no debe sufrirse con paciencia la pobreza y que pueden impunemente violarse las posesiones y derechos de los ricos; la Iglesia, con más acierto y utilidad, reconoce la desigualdad entre los hombres — naturalmente desemejantes en fuerzas de cuerpo y de espíritu — aun en la posesión de los bienes, y manda que cada uno tenga, intacto e inviolado, el derecho de propiedad y dominio, que viene de la misma naturaleza. Porque sabe la Iglesia que el hurto y la rapiña de tal modo están prohibidos por Dios, autor y vengador de todo derecho, que no es lícito ni aun desear lo ajeno, y que los ladrones rapaces, no menos que los adúlteros e idólatras, están excluidos del reino de los cielos (1Co 6,9 s). (Denzinger-Hünermann 3133. León XIII. Encíclica Quod Apostolici muneris, 28 de diciembre de 1878)

La Propiedad Privada es de derecho natural y usar de este derecho no sólo es lícito sino que necesario

Sobre el uso de las riquezas hay una doctrina excelente y de gran importancia, que, si bien fue iniciada por la filosofía, la Iglesia la ha enseñado también perfeccionada por completo y ha hecho que no se quede en puro conocimiento, sino que informe de hecho las costumbres. El fundamento de dicha doctrina consiste en distinguir entre la recta posesión del dinero y el recto uso del mismo. Poseer bienes en privado, según hemos dicho poco antes, es derecho natural del hombre, y usar de este derecho, sobre todo en la sociedad de la vida, no sólo es lícito, sino incluso necesario en absoluto. “Es lícito que el hombre posea cosas propias. Y es necesario también para la vida humana”(Santo Tomás de Aquino, II-II q.66 a.2.9). Y si se pregunta cuál es necesario que sea el uso de los bienes, la Iglesia responderá sin vacilación alguna: “En cuanto a esto, el hombre no debe considerar las cosas externas como propias, sino como comunes; es decir, de modo que las comparta fácilmente con otros en sus necesidades. De donde el Apóstol dice: “Manda a los ricos de este siglo… que den, que compartan con facilidad”“( Santo Tomás de Aquino, II-II q.65 a.2.). A nadie se manda socorrer a los demás con lo necesario para sus usos personales o de los suyos; ni siquiera a dar a otro lo que él mismo necesita para conservar lo que convenga a la persona, a su decoro: “Nadie debe vivir de una manera inconveniente”( Santo Tomás de Aquino, II-II q.32 a.6.). Pero cuando se ha atendido suficientemente a la necesidad y al decoro, es un deber socorrer a los indigentes con lo que sobra. “Lo que sobra, dadlo de limosna”( Lc 11,41). (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.17, 15 de mayo de 1891)

El derecho de propiedad debe ser considerado como inviolable y las leyes deben favorecer que este derecho lo obtengan los obreros como fruto de su trabajo

Si el obrero percibe un salario lo suficientemente amplio para sustentarse a sí mismo, a su mujer y a sus hijos, dado que sea prudente, se inclinará fácilmente al ahorro y hará lo que parece aconsejar la misma naturaleza: reducir gastos, al objeto de que quede algo con que ir constituyendo un pequeño patrimonio. Pues ya vimos que la cuestión que tratamos no puede tener una solución eficaz si no es dando por sentado y aceptado que el derecho de propiedad debe considerarse inviolable. Por ello, las leyes deben favorecer este derecho y proveer, en la medida de lo posible, a que la mayor parte de la masa obrera tenga algo en propiedad. Con ello se obtendrían notables ventajas, y en primer lugar, sin duda alguna, una más equitativa distribución de las riquezas. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.33, 15 de mayo de 1891)

La Propiedad Privada no es otra cosa sino que el salario revestido de otra apariencia

Sin duda alguna, como es fácil de ver, la razón misma del trabajo que aportan los que se ocupan en algún oficio lucrativo y el fin primordial que busca el obrero es procurarse algo para sí y poseer con propio derecho una cosa como suya. Si, por consiguiente, presta sus fuerzas o su habilidad a otro, lo hará por esta razón: para conseguir lo necesario para la comida y el vestido; y por ello, merced al trabajo aportado, adquiere un verdadero y perfecto derecho no sólo a exigir el salario, sino también para emplearlo a su gusto. Luego si, reduciendo sus gastos, ahorra algo e invierte el fruto de sus ahorros en una finca, con lo que puede asegurarse más su manutención, esta finca realmente no es otra cosa que el mismo salario revestido de otra apariencia, y de ahí que la finca adquirida por el obrero de esta forma debe ser tan de su dominio como el salario ganado con su trabajo. Ahora bien: es en esto precisamente en lo que consiste, como fácilmente se colige, la propiedad de las cosas, tanto muebles como inmuebles. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.3, 15 de mayo de 1891)

El hombre siendo dueño de sus actos y bajo el poder de Dios puede legítimamente ejercer su dominio tanto de la tierra como de sus frutos

Pues el hombre, abarcando con su razón cosas innumerables, enlazando y relacionando las cosas futuras con las presentes y siendo dueño de sus actos, se gobierna a sí mismo con la previsión de su inteligencia, sometido además a la ley eterna y bajo el poder de Dios; por lo cual tiene en su mano elegir las cosas que estime más convenientes para su bienestar, no sólo en cuanto al presente, sino también para el futuro. De donde se sigue la necesidad de que se halle en el hombre el dominio no sólo de los frutos terrenales, sino también el de la tierra misma, pues ve que de la fecundidad de la tierra le son proporcionadas las cosas necesarias para el futuro. Las necesidades de cada hombre se repiten de una manera constante; de modo que, satisfechas hoy, exigen nuevas cosas para mañana. Por tanto, la naturaleza tiene que haber dotado al hombre de algo estable y perpetuamente duradero, de que pueda esperar la continuidad del socorro. Ahora bien: esta continuidad no puede garantizarla más que la tierra con su fertilidad. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.5, 15 de mayo de 1891)

El hecho que Dios haya dado la tierra en común para todos los seres humanos no puede oponerse de modo alguno a la propiedad privada

El que Dios haya dado la tierra para usufructuarla y disfrutarla a la totalidad del género humano no puede oponerse en modo alguno a la propiedad privada. Pues se dice que Dios dio la tierra en común al género humano no porque quisiera que su posesión fuera indivisa para todos, sino porque no asignó a nadie la parte que habría de poseer, dejando la delimitación de las posesiones privadas a la industria de los individuos y a las instituciones de los pueblos. Por lo demás, a pesar de que se halle repartida entre los particulares, no deja por ello de servir a la común utilidad de todos, ya que no hay mortal alguno que no se alimente con lo que los campos producen. Los que carecen de propiedad, lo suplen con el trabajo; de modo que cabe afirmar con verdad que el medio universal de procurarse la comida y el vestido está en el trabajo, el cual, rendido en el fundo propio o en un oficio mecánico, recibe, finalmente, como merced no otra cosa que los múltiples frutos de la tierra o algo que se cambia por ellos. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.6, 15 de mayo de 1891)

La propiedad privada es la institución más conforme con la naturaleza del hombre

En efecto, el campo cultivado por la mano e industria del agricultor cambia por completo su fisonomía: de silvestre, se hace fructífero; de infecundo, feraz. Ahora bien: todas esas obras de mejora se adhieren de tal manera y se funden con el suelo, que, por lo general, no hay modo de separarlas del mismo. ¿Y va a admitir la justicia que venga nadie a apropiarse de lo que otro regó con sus sudores? Igual que los efectos siguen a la causa que los produce, es justo que el fruto del trabajo sea de aquellos que pusieron el trabajo. Con razón, por consiguiente, la totalidad del género humano, sin preocuparse en absoluto de las opiniones de unos pocos en desacuerdo, con la mirada firme en la naturaleza, encontró en la ley de la misma naturaleza el fundamento de la división de los bienes y consagró, con la práctica de los siglos, la propiedad privada como la más conforme con la naturaleza del hombre y con la pacífica y tranquila convivencia. Y las leyes civiles, que, cuando son justas, deducen su vigor de esa misma ley natural, confirman y amparan incluso con la fuerza este derecho de que hablamos. Y lo mismo sancionó la autoridad de las leyes divinas, que prohíben gravísimamente hasta el deseo de lo ajeno: “No desearás la mujer de tu prójimo; ni la casa, ni el campo, ni la esclava, ni el buey, ni el asno, ni nada de lo que es suyo”. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.8, 15 de mayo de 1891)

La propiedad privada debe conservarse inviolable si se quiere mejorar las condiciones sociales

Por lo tanto, cuando se plantea el problema de mejorar la condición de las clases inferiores, se ha de tener como fundamental el principio de que la propiedad privada ha de conservarse inviolable. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.11 del 15 de mayo de 1891)

El derecho a la propiedad privada nace de la propia naturaleza humana

Sin embargo, estas ventajas no podrán obtenerse sino con la condición de que la propiedad privada no se vea absorbida por la dureza de los tributos e impuestos. El derecho de poseer bienes en privado no ha sido dado por la ley, sino por la naturaleza, y, por tanto, la autoridad pública no puede abolirlo, sino solamente moderar su uso y compaginarlo con el bien común. Procedería, por consiguiente, de una manera injusta e inhumana si exigiera de los bienes privados más de lo que es justo bajo razón de tributos. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n. 33, 15 de mayo de 1891)

Pío X – Las enseñanzas de León XIII sobre la cuestión social sintetizadas por el Papa Pío X en el Motu proprio Fin dalla prima (“Sillabo sociale”)

La sociedad humana al igual que el cuerpo está compuesta por elementos desiguales

I – La sociedad humana, tal cual Dios la estableció, es compuesta de elementos desiguales, como desiguales son los miembros del cuerpo humano: hacerlos todos iguales es imposible; se seguiría de ello la ruina de la misma sociedad. (Enc. Quod Apostolici Muneris).

La igualdad entre los hombres consiste en ser creaturas de Dios sujetas a un premio o un castigo eternos

II – La igualdad de los varios miembros sociales consiste en esto sólo, a saber: que todos los hombres tienen su origen de Dios Creador; fueron redimidos por Jesucristo, y deben, según la exacta medida de sus méritos y deméritos ser juzgados por Dios, siendo premiados o castigados. (Enc. Quod Apostolici Muneris).

El vínculo de la caridad debe unir a ricos y pobres; grandes y pequeños

III – De esto se concluye que, conforme al orden establecido por Dios en la sociedad humana debe haber príncipes y súbditos, patrones y obreros, ricos y pobres, sabios e ignorantes, nobles y plebeyos; los cuales, unidos todos entre sí por un vínculo de amor, se han de ayudar recíprocamente para conseguir su último fin en el cielo, y aquí, en la tierra, su bienestar material y moral. (Enc. Quod Apostolici Muneris) .

Todo hombre posee el derecho a poseer los bienes de la tierra

IV – El hombre posee sobre los bienes de la tierra no sólo el simple uso, como los animales, sino también el derecho de propiedad estable; tanto de las cosas que se consumen siendo usadas, como también de aquellas que no se gastan con el uso. (Enc. Rerum Novarum).

El derecho de propiedad privada tiene su fundamento en el trabajo humano

V – Es un derecho incontestable de naturaleza el derecho de la propiedad privada, fruto del trabajo o de la industria, o bien de cesión o de donación ajena; y cada uno puede razonablemente disponer de él a su arbitrio. (Enc. Rerum Novarum)

La justicia y la caridad virtudes esenciales para alcanzar la armonía social

VI – Para componer las desavenencias entre los ricos y los proletarios es necesario distinguir la justicia de la caridad. No hay derecho a reivindicación, sino cuando la justicia fue perjudicada. (Enc. Rerum Novarum)

En las relaciones laborales debe reinar la armonía conforme a la equidad

VII – Las obligaciones de justicia cuanto al proletario y obrero son éstas: prestar entera y fielmente el trabajo que libremente y conforme a la equidad se pactó; no causar daño a la hacienda ni agravio a las personas de los patrones; en la misma defensa de los propios derechos abstenerse de actos violentos, ni jamás transformar las reivindicaciones en motines. (Enc. Rerum Novarum)

Las siete obligaciones de justicia de los patrones con relación a sus trabajadores

VIII – Las obligaciones de justicia tocante a los capitalistas y patronos son éstas: pagar el justo salario a los trabajadores; no perjudicar sus justos ahorros ni con violencias, ni con fraudes, ni con usuras manifiestas ni disimuladas; darles libertad para cumplir con sus obligaciones religiosas; no exponerlos a las seducciones corruptoras ni a peligros de escándalo; no apartarlos del espíritu de familia ni de la afición al ahorro; no imponerles labores desproporcionadas a sus fuerzas, o poco convenientes para la edad o sexo. (Enc. Rerum Novarum)
IX – La obligación de caridad de los ricos y adinerados es el socorrer a los pobres e indigentes conforme al precepto evangélico. Este precepto obliga tan gravemente, que en el día del juicio se pedirá cuenta especial del cumplimiento de esa obligación, como lo elijo el propio Cristo (Mt 25). (Enc. Rerum Novarum)
X – Los pobres por consiguiente no se deben avergonzar de su pobreza ni desdeñar la caridad de los ricos, sobre todo teniendo en vista el ejemplo de Jesús Redentor, que, pudiendo nacer en la riqueza se hizo pobre para ennoblecer la pobreza y enriquecerla con méritos incomparables para el cielo. (Enc. Rerum Novarum)
XI – Para la solución de la cuestión obrera mucho pueden contribuir los capitalistas y los mismos obreros con instituciones destinadas a socorrer a los necesitados y a aproximar y reunir las dos clases entre sí. Tales son las sociedades de socorros mutuos y de seguros privados, los patronatos para niños y, en particular, las corporaciones de artes y oficios. (Enc. Rerum Novarum)
XII – A este fin va encaminada principalmente la Acción Popular Cristiana o la Democracia Cristiana, con sus muchas y diversas obras. Pero esta Democracia Cristiana, debe entenderse en el sentido ya establecido por la autoridad, el cual, es muy ajeno del que se da a la Social Democracia y tiene por fundamento los principios de la fe y de la moral católica, entre los cuales sobresale el no hacer agravio alguno al inviolable derecho de la propiedad privada. (Enc. Graves de Communi)

(San Pio X, Motu proprio Fin dalla prima (“Sillabo sociale”) del 18 de diciembre de 1903)

Pío XI

El Magisterio de la Iglesia jamás ha puesto en duda el derecho a la propiedad privada

Ante todo, pues, debe tenerse por cierto y probado que ni León XIII ni los teólogos que han enseñado bajo la dirección y magisterio de la Iglesia han negado jamás ni puesto en duda ese doble carácter del derecho de propiedad llamado social e individual, según se refiera a los individuos o mire al bien común, sino que siempre han afirmado unánimemente que por la naturaleza o por el Creador mismo se ha conferido al hombre el derecho de dominio privado, tanto para que los individuos puedan atender a sus necesidades propias y a las de su familia, cuanto para que, por medio de esta institución, los medios que el Creador destinó a toda la familia humana sirvan efectivamente para tal fin, todo lo cual no puede obtenerse, en modo alguno, a no ser observando un orden firme y determinado. (Pío XI, Encíclica Quadragesimo Anno n.45, 15 de mayo de 1931)

La justicia conmutativa establece que el derecho de propiedad sea escrupulosamente respetado, éste no se pierde por el abuso o por el no uso

Para poner pues en los justos límites la controversia suscitada últimamente en torno a la propiedad y a los deberes a ella inherentes, quede establecido, antes de todo el fundamento establecido por León XIII: el derecho, esto es, de propiedad se distingue de su uso (Enc. Rerum novarum, n.19). La justicia, que de hecho se llama conmutativa, establece que sea escrupulosamente respetada la división de los bienes, y que no se invada el derecho ajeno, traspasando los límites del propio dominio; que los propietarios usen pues honestamente de la propiedad, no pertenece a esta justicia, sino a otras virtudes; el cumplimiento de estos deberes no se puede exigir jurídicamente (cfr. enc. Rerum novarum, n. 19). Así que algunos afirman sin razón que la propiedad y su uso honesto está restringida dentro de sus mismos límites; y mucho más es contrario a la verdad decir que el derecho de propiedad perece o se pierde por el abuso o por el no uso. (Pío XI, Encíclica Quadragesimo Anno n.47, 15 de mayo de 1931)

El derecho de propiedad es inviolable pudiendo ser legado como herencia

Por consiguiente, la autoridad pública puede decretar puntualmente, examinada la verdadera necesidad el bien común y teniendo siempre presente la ley tanto natural como divina, qué es lícito y qué no a los poseedores en el uso de sus bienes. El propio León XIII había enseñado sabiamente que “Dios dejó la delimitación de las posesiones privadas a la industria de los individuos y a las instituciones de los pueblos” (Rerum novarum, 7). Nos mismo, en efecto, hemos declarado que, como atestigua la historia, se comprueba que, del mismo modo que los demás elementos de la vida social, el dominio no es absolutamente inmutable, con estas palabras: “Cuán diversas formas ha revestido la propiedad desde aquella primitiva de los pueblos rudos y salvajes, que aún nos es dado contemplar en nuestros días en algunos países, hasta la forma de posesión de la era patriarcal, y luego en las diversas formas tiránicas (y usamos este término en su sentido clásico), así como bajo los regímenes feudales y monárquicos hasta los tiempos modernos” (Discurso al Comité de Acción Católica de Italia, 16 de mayo de 1926).
Ahora bien, está claro que al Estado no le es lícito desempeñar este cometido de una manera arbitraria, pues es necesario que el derecho natural de poseer en privado y de transmitir los bienes por herencia permanezca siempre intacto e inviolable, no pudiendo quitarlo el Estado, porque “el hombre es anterior al Estado” (Rerum novarum, 6), y también “la familia es lógica y realmente anterior a la sociedad civil” (Rerum novarum, 10). Por ello, el sapientísimo Pontífice declaró ilícito que el Estado gravara la propiedad privada con exceso de tributos e impuestos. Pues “el derecho de poseer bienes en privado no ha sido dado por la ley, sino por la naturaleza, y, por tanto, la autoridad pública no puede abolirlo, sino solamente moderar su uso y compaginarlo con el bien común” (Rerum novarum, 35). (Pío XI, Encíclica Quadragesimo Anno n.49 del 15 de mayo de 1931)

La legitimidad de enriquecerse dentro de la justicia y el derecho

No se prohíbe, en efecto, aumentar adecuada y justamente su fortuna a quienquiera que trabaja para producir bienes, sino que aun es justo que quien sirve a la comunidad y la enriquece, con los bienes aumentados de la sociedad se haga él mismo también, más rico, siempre que todo esto se persiga con el debido respeto para con las leyes de Dios y sin menoscabo de los derechos ajenos y se emplee según el orden de la fe y de la recta razón. (Pío XI, Encíclica Quadragesimo Anno n.136 del 15 de mayo de 1931)

De nada vale el trabajo sin el capital

¿Qué es, en efecto, trabajar, sino aplicar y ejercitar las energías espirituales y corporales a los bienes de la naturaleza o por medio de ellos? Ahora bien, la ley natural, es decir, la voluntad de Dios promulgada por medio de aquélla, exige que en la aplicación de las cosas naturales a los usos humanos se observe el recto orden, consistente en que cada cosa tenga su dueño. De donde se deduce que, a no ser que uno realice su trabajo sobre cosa propia, capital y trabajo deberán unirse en una empresa común, pues nada podrán hacer el uno sin el otro. Lo que tuvo presente, sin duda, León XIII cuando escribió: “Ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital” (Rerum novarum, 15). Por lo cual es absolutamente falso atribuir únicamente al capital o únicamente al trabajo lo que es resultado de la efectividad unida de los dos, y totalmente injusto que uno de ellos, negada la eficacia del otro, trate de arrogarse para sí todo lo que hay en el efecto. (Pío XI, Encíclica Quadragesimo Anno n.53 del 15 de mayo de 1931)

El salario no es injusto de suyo

Y, en primer lugar, quienes sostienen que el contrato de arriendo y alquiler de trabajo es de por sí injusto y que, por tanto, debe ser sustituido por el contrato de sociedad, afirman indudablemente una inexactitud y calumnian gravemente a nuestro predecesor [León XIII], cuya encíclica no sólo admite el “salariado”, sino que incluso se detiene largamente a explicarlo según las normas de la justicia que han de regirlo. (Pío XI, Encíclica Quadragesimo Anno n.64 del 15 de mayo de 1931)

Pío XII

La Iglesia defiende el principio de la propiedad privada por un elevado fin ético-social

Defendiendo, por consiguiente el principio de la propiedad privada, la Iglesia persigue un alto fin ético-social. No pretende ya sostener pura y simplemente el actual estado de cosas como si en ello viera la expresión de la voluntad divina, ni proteger por principio al rico y al plutócrata contra el deber y el no-habiente. ¡Todo lo contrario! Desde los orígenes, ella ha sido la defensora del débil oprimido contra la tiranía del poderoso y ha patrocinado siempre las justas reivindicaciones de todos los grupos de los trabajadores contra toda iniquidad. Ahora que la Iglesia mira sobre todo a lograr que la institución de la propiedad privada sea efectivamente tal cual debe ser conforme a los designios de la sabiduría divina y a las disposiciones de la naturaleza: un elemento del orden social, un supuesto necesario de las iniciativas humanas, un estímulo al trabajo en beneficio de los fines temporales y trascendentes de la vida y, por tanto, de la libertad y de la dignidad del hombre, creado a imagen de Dios, que desde el principio le asignó para su utilidad un dominio sobre las cosas materiales. (Pío XII. Radiomensaje Oggi, n.28, 1 de septiembre de 1944)

La Propiedad Privada es el fruto natural del trabajador sea para beneficio propio como el de su familia

Si es verdad que la Iglesia ha reconocido siempre “el derecho natural de propiedad de transmisión hereditaria de los bienes propios” (Quadragesimo anno) no es, sin embargo, menos cierto que esta propiedad privada es de un modo particular el fruto natural del trabajo, el producto de una intensa actividad del hombre, que la adquiere merced a su enérgica voluntad de asegurar y desarrollar con sus fuerzas la existencia propia y la de su familia, de crear para sí y para los suyos un campo de justa libertad, no sólo económica, sino también política, cultural y religiosa. (Pío XII. Radiomensaje Oggi, n.21, 1 de septiembre de 1944)

No se puede admitir como justo un ordenamiento social que niega la propiedad privada

La conciencia cristiana no puede admitir como justo un ordenamiento social que o niega en absoluto o hace prácticamente imposible o vano el derecho natural de propiedad, tanto sobre los bienes de consumo como sobre los medios de producción. Ni puede aceptar tampoco esos sistemas que reconocen el derecho de propiedad privada conforme a un concepto totalmente falso, y se hallan, por consiguiente, en pugna con el verdadero y sano orden social. (Pío XII. Radiomensaje Oggi, n.22-23, 1 de septiembre de 1944)

El incentivo para el trabajo está en la adquisición de la propiedad privada

Quitad al trabajador la esperanza de adquirir cualquier bien en propiedad personal. ¿Qué otro estímulo natural podréis vosotros ofrecerle para incitarlo a un trabajo intenso, al ahorro, a la sobriedad, cuando hoy no pocos hombres y pueblos, habiéndolo perdido todo, nada más les queda que su capacidad de trabajo? ¿O se quiere perpetuar tal vez la economía de guerra, para la cual en algunos países el poder público tiene en su mano todos los medios de producción y provee por todos y a todos, pero con el látigo de una dura disciplina? ¿O se querrá vivir sometidos a la dictadura de un grupo político, que dispondrá, como clase dominadora, de los medios de producción, pero al mismo tiempo también del pan y, por consiguiente, de la voluntad de trabajo de los individuos? (Pío XII. Radiomensaje Oggi, n.29, 1 de septiembre de 1944)

El propietario de los medios de producción es señor de sus decisiones económicas

El propietario de los medios de producción, sea él quien sea – propietario particular, asociación de obreros o fundación – debe, siempre dentro de los límites del derecho público de la economía, quedar señor de sus decisiones económicas. Es evidente que su remuneración es más elevada que la de sus colaboradores. Pero resulta que la prosperidad material de todos los miembros del pueblo, que es el fin de la economía social, le impone, a él más que a los otros, la obligación de contribuir por el ahorro al incremento del capital nacional. Como es necesario, por otra parte, no perder de vista que es soberanamente ventajoso para una sana economía social que este aumento del capital provenga de fuentes tan numerosas cuanto sea posible, por consiguiente es altamente deseable que los obreros puedan, también, con el fruto de su ahorro, participar en la constitución del capital nacional (Pío XII. Discurso a la IX Conferencia de la Unión Internacional de Asociaciones Patronales Católicas, 7 de mayo de 1949)

Juan XXIII

El derecho a la propiedad privada es garantía de la dignidad de la persona humana

También surge de la naturaleza humana el derecho a la propiedad privada de los bienes, incluidos los de producción, derecho que, como en otra ocasión hemos enseñado, constituye un medio eficiente para garantizar la dignidad de la persona humana y el ejercicio libre de la propia misión en todos los campos de la actividad económica, y es, finalmente, un elemento de tranquilidad y de consolidación para la vida familiar, con el consiguiente aumento de paz y prosperidad en el Estado. (Juan XXIII, Encíclica Pacem in Terris, nn.21, 11 de abril de 1963)

El derecho de propiedad privada es un derecho contenido en la misma naturaleza humana

Tales nuevos aspectos de la economía moderna han contribuido a divulgar, la duda sobre si, en la actualidad, ha dejado de ser válido, o ha perdido, al menos, importancia, un principio de orden económico y social enseñado y propugnado firmemente por nuestros predecesores; esto es, el principio que establece que los hombres tienen un derecho natural a la propiedad privada de bienes, incluidos los de producción. Esta duda carece en absoluto de fundamento. Porque el derecho de propiedad privada, aún en lo tocante a bienes de producción, tiene un valor permanente, ya que es un derecho contenido en la misma naturaleza, la cual nos enseña la prioridad del hombre individual sobre la sociedad civil, y , por consiguiente, la necesaria subordinación teológica de la sociedad civil al hombre. (Juan XXIII, Encíclica Mater et Magistra, nn.108-109, 15 de mayo de 1961)

Como enseñó Pío XII la Iglesia defiende el principio de la propiedad privada por un alto fin ético-social

Nos es grato, por tanto, repetir las observaciones que en esta materia hizo nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío XII: “Al defender la Iglesia el principio de la propiedad privada, persigue un alto fin ético-social. No pretende sostener pura y simplemente el actual estado de cosas, como si viera en él la expresión de la voluntad divina; ni proteger por principio al rico y al plutócrata contra el pobre e indigente. Todo lo contrario: La Iglesia mira sobre todo a lograr que la institución de la propiedad privada sea lo que debe ser, de acuerdo con los designios de la divina Sabiduría y con lo dispuesto por la naturaleza” (Radiomensaje del 1 de sept. de 1944; cf Acta Apostolicae Sedis 36 (1944) p. 253). Es decir, la propiedad privada debe asegurar los derechos que la libertad concede a la persona humana y, al mismo tiempo, prestar su necesaria colaboración para restablecer el recto orden de la sociedad. (Juan XXIII, Encíclica Mater et Magistra, n.110, 15 de mayo de 1961)

La negación que algunos hacen del carácter natural del derecho de propiedad es extraña

Como ya hemos dicho, en no pocas naciones los sistemas económicos más recientes progresan con rapidez y consiguen una producción de bienes cada día más eficaz. En tal situación, la justicia y la equidad exigen que, manteniendo a salvo el bien común, se incremente también la retribución del trabajo, lo cual permitirá a los trabajadores ahorrar con mayor facilidad y formarse así un patrimonio. Resulta, por tanto, extraña la negación que algunos hacen del carácter natural del derecho de propiedad, que halla en la fecundidad del trabajo la fuente perpetua de la eficacia; constituye, además, un medio eficiente para garantizar la dignidad de la persona humana y el ejercicio libre de la propia misión en todos los campos de la actividad económica; y es, finalmente, un elemento de tranquilidad y de consolidación para la vida familiar, con el consiguiente aumento de paz y prosperidad en el Estado. (Juan XXIII, Encíclica Mater et Magistra, n.112, 15 de mayo de 1961)

Juan Pablo II

La propiedad de los medios de producción agrícolas o industriales es justa y legítima. Cuando impide el trabajo de los demás u obtiene ganancias ilícitas será injusta

A la luz de las “cosas nuevas” de hoy ha sido considerada nuevamente la relación entre la propiedad individual o privada y el destino universal de los bienes. El hombre se realiza a sí mismo por medio de su inteligencia y su libertad y, obrando así, asume como objeto e instrumento las cosas del mundo, a la vez que se apropia de ellas. En este modo de actuar se encuentra el fundamento del derecho a la iniciativa y a la propiedad individual. Mediante su trabajo el hombre se compromete no sólo en favor suyo, sino también en favor de los demás y con los demás: cada uno colabora en el trabajo y en el bien de los otros. El hombre trabaja para cubrir las necesidades de su familia, de la comunidad de la que forma parte, de la nación y, en definitiva, de toda la humanidad. Colabora, asimismo, en la actividad de los que trabajan en la misma empresa e igualmente en el trabajo de los proveedores o en el consumo de los clientes, en una cadena de solidaridad que se extiende progresivamente. La propiedad de los medios de producción, tanto en el campo industrial como agrícola, es justa y legítima cuando se emplea para un trabajo útil; pero resulta ilegítima cuando no es valorada o sirve para impedir el trabajo de los demás u obtener unas ganancias que no son fruto de la expansión global del trabajo y de la riqueza social, sino más bien de su compresión, de la explotación ilícita, de la especulación y de la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral. Este tipo de propiedad no tiene ninguna justificación y constituye un abuso ante Dios y los hombres. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.43, 1 de mayo de 1991)

La propiedad privada nace de la obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente

La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social. Así como la persona se realiza plenamente en la libre donación de sí misma, así también la propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para todos. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.43, 1 de mayo de 1991)

El sabio equilibrio del Papa Juan Pablo II: la legitimad del capitalismo basado en la propiedad privada y el libre mercado. La ilegitimidad del capitalismo ajeno a los valores éticos y religiosos

Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?
La respuesta obviamente es compleja. Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía de mercado”, o simplemente de “economía libre”. Pero si por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.42, 1 de mayo de 1991)

La Iglesia reconoce la positivad del mercado y de la empresa en función del bien común

La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales que se relacionan entre sí. Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual —como queda dicho— reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común. Esta doctrina reconoce también la legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad y espacios más amplios de participación en la vida de la empresa, de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo la dirección de otros, puedan considerar en cierto sentido que “trabajan en algo propio”, al ejercitar su inteligencia y libertad. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.43, 1 de mayo de 1991)

La lucidez de León XIII al defender la propiedad privada

Es necesario subrayar aquí dos cosas: por una parte, la gran lucidez en percibir, en toda su crudeza, la verdadera condición de los proletarios, hombres, mujeres y niños; por otra, la no menor claridad en intuir los males de una solución que, bajo la apariencia de una inversión de posiciones entre pobres y ricos, en realidad perjudicaba a quienes se proponía ayudar. De este modo el remedio venía a ser peor que el mal. Al poner de manifiesto que la naturaleza del socialismo de su tiempo estaba en la supresión de la propiedad privada, León XIII llegaba de veras al núcleo de la cuestión.
Merecen ser leídas con atención sus palabras: “Para solucionar este mal (la injusta distribución de las riquezas junto con la miseria de los proletarios) los socialistas instigan a los pobres al odio contra los ricos y tratan de acabar con la propiedad privada estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes…; pero esta teoría es tan inadecuada para resolver la cuestión, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es además sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión del Estado y perturba fundamentalmente todo el orden social”.
No se podían indicar mejor los males acarreados por la instauración de este tipo de socialismo como sistema de Estado, que sería llamado más adelante “socialismo real”. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.43, 1 de mayo de 1991)

Si el hombre no tiene algo que sea suyo pierde el sentido de la vida

Ahondando ahora en esta reflexión y haciendo referencia a lo que ya se ha dicho en las encíclicas Laborem exercens y Sollicitudo rei socialis, hay que añadir aquí que el error fundamental del socialismo es de carácter antropológico. Efectivamente, considera a todo hombre como un simple elemento y una molécula del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo económico-social. Por otra parte, considera que este mismo bien puede ser alcanzado al margen de su opción autónoma, de su responsabilidad asumida, única y exclusiva, ante el bien o el mal. El hombre queda reducido así a una serie de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral, que es quien edifica el orden social, mediante tal decisión. De esta errónea concepción de la persona provienen la distorsión del derecho, que define el ámbito del ejercicio de la libertad, y la oposición a la propiedad privada. El hombre, en efecto, cuando carece de algo que pueda llamar “suyo” y no tiene posibilidad de ganar para vivir por su propia iniciativa, pasa a depender de la máquina social y de quienes la controlan, lo cual le crea dificultades mayores para reconocer su dignidad de persona y entorpece su camino para la constitución de una auténtica comunidad humana.
Por el contrario, de la concepción cristiana de la persona se sigue necesariamente una justa visión de la sociedad. Según la Rerum novarum y la doctrina social de la Iglesia, la socialidad del hombre no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común. Es a esto a lo que he llamado “subjetividad de la sociedad” la cual, junto con la subjetividad del individuo, ha sido anulada por el socialismo real. (Juan Pablo II, Encíclica Centesimus Annus, n.13, 1 de mayo de 1991)

IV – La negación del derecho a la propiedad privada: objetivo del comunismo y del socialismo

 León XIII

La abolición de la propiedad privada para favorecer el colectivismo meta del socialismo

Es por esto que ellos quieren que, en el Estado, el poder pertenezca al pueblo. De este modo, las clases sociales desaparecerán y los ciudadanos serán todos reducidos al mismo nivel de igualdad, este sería el camino hacia la igualdad de bienes: el derecho de propiedad sería abolido, y todas las fortunas que pertenecen a los particulares, mismo los medios de producción, serían considerados bienes en común. (León XIII, Encíclica Graves de Communi, del 18 de enero de 1901)

Los socialistas al trasferir la propiedad privada a la comunidad, empeoran la condición social del obrero privándolo de su derecho de obtener ganancias

Luego los socialistas empeoran la situación de los obreros todos, en cuanto tratan de transferir los bienes de los particulares a la comunidad, puesto que, privándolos de la libertad de colocar sus beneficios, con ello mismo los despojan de la esperanza y de la facultad de aumentar los bienes familiares y de procurarse utilidades. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.3, 15 de mayo de 1891)

Los socialistas atizan el odio para abolir la propiedad privada

Para solucionar este mal, los socialistas, atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes, estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes y administrados por las personas que rigen el municipio o gobiernan la nación. Creen que con este traslado de los bienes de los particulares a la comunidad, distribuyendo por igual las riquezas y el bienestar entre todos los ciudadanos, se podría curar el mal presente. Pero esta medida es tan inadecuada para resolver la contienda, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es, además, sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión de la república y agita fundamentalmente a las naciones. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.2 del 15 de mayo de 1891)

El derecho de propiedad privada debe conservarse inviolable contra la fantasía del socialismo de reducirla al uso común: fuente de miseria y opresión

Pero, además de la injusticia, se deja ver con demasiada claridad cuál sería la perturbación y el trastorno de todos los órdenes, cuán dura y odiosa la opresión de los ciudadanos que habría de seguirse. Se abriría de par en par la puerta a las mutuas envidias, a la maledicencia y a las discordias; quitado el estímulo al ingenio y a la habilidad de los individuos, necesariamente vendrían a secarse las mismas fuentes de las riquezas, y esa igualdad con que sueñan no sería ciertamente otra cosa que una general situación, por igual miserable y abyecta, de todos los hombres sin excepción alguna. De todo lo cual se sigue claramente que debe rechazarse de plano esa fantasía del socialismo de reducir a común la propiedad privada, pues que daña a esos mismos a quienes se pretende socorrer, repugna a los derechos naturales de los individuos y perturba las funciones del Estado y la tranquilidad común. Por lo tanto, cuando se plantea el problema de mejorar la condición de las clases inferiores, se ha de tener como fundamental el principio de que la propiedad privada ha de conservarse inviolable. Sentado lo cual, explicaremos dónde debe buscarse el remedio que conviene. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.11 del 15 de mayo de 1891)

La propia razón del bien común no autoriza a despojar al propietario de sus bienes, ni bajo el pretexto de la igualdad, confiscar su fortuna

Pero quedan por tratar todavía detalladamente algunos puntos de mayor importancia. El principal es que debe asegurar las posesiones privadas con el imperio y fuerza de las leyes. Y principalísimamente deberá mantenerse a la plebe dentro de los límites del deber, en medio de un ya tal desenfreno de ambiciones; porque, si bien se concede la aspiración a mejorar, sin que oponga reparos la justicia, sí veda ésta, y tampoco autoriza la propia razón del bien común, quitar a otro lo que es suyo o, bajo capa de una pretendida igualdad, caer sobre las fortunas ajenas. (León XIII, Encíclica Rerum Novarum, n.28,15 de mayo de 1891)

Pío XI

La abolición de la Propiedad Privada redunda en ruina y en la mayor injusticia contra los trabajadores

Bien sabéis, venerables hermanos y amados hijos, que nuestro predecesor, de feliz recordación, defendió con toda firmeza el derecho de propiedad contra los errores de los socialistas de su tiempo, demostrando que la supresión de la propiedad privada, lejos de redundar en beneficio de la clase trabajadora, constituiría su más completa ruina contra los proletarios, lo que constituye la más atroz de las injusticias, y, además, los católicos no se hallan de acuerdo en torno al auténtico pensamiento de León XIII, hemos estimado necesario no sólo refutar las calumnias contra su doctrina, que es la de la Iglesia en esta materia, sino también defenderla de falsas interpretaciones. (Pío XI, Encíclica Quadragesimo Anno n.44, 15 de mayo de 1931)

El comunismo niega toda especie de propiedad privada

El comunismo, además, despoja al hombre de su libertad, principio normativo de su conducta moral, y suprime en la persona humana toda dignidad y todo freno moral eficaz contra el asalto de los estímulos ciegos. Al ser la persona humana, en el comunismo, una simple ruedecilla del engranaje total, niegan al individuo, para atribuirlos a la colectividad, todos los derechos naturales propios de la personalidad humana. En las relaciones sociales de los hombres afirman el principio de la absoluta igualdad, rechazando toda autoridad jerárquica establecida por Dios, incluso la de los padres; porque, según ellos, todo lo que los hombres llaman autoridad y subordinación deriva exclusivamente de la colectividad como de su primera y única fuente. Los individuos no tienen derecho alguno de propiedad sobre los bienes naturales y sobre los medios de producción, porque. siendo éstos fuente de otros bienes, su posesión conduciría al predominio de un hombre sobre otro. Por esto precisamente, por ser la fuente principal de toda esclavitud económica, debe ser destruida radicalmente, según los comunistas, toda especie de propiedad privada. (Pío XI, Encíclica Divini Redemptoris, n.10)

Merecen elogios los que conservando la integridad de la doctrina de la Iglesia definen la naturaleza y los limites de la propiedad, se engañan y se equivocan lo que desean abolirla

Por lo que llevan a cabo una obra laudable y digna de todo encomio todos lo que, salvada la concordia de los ánimos y conservando la integridad de la doctrina, que siempre fue predicada por la Iglesia, se esfuerzan por definir la naturaleza íntima y los límites que tanto el derecho mismo de propiedad cuanto el uso o ejercicio del dominio, vienen a ser circunscritos por las necesidades de la convivencia social. Por el contrario, se engañan y yerran los que estudian reducir el carácter individual de la propiedad, hasta el punto de abolirla en la práctica. (Pío XI, Encíclica Quadragesimo Anno n.48, 15 de mayo de 1931)

Es un error afirmar que todo el fruto del trabajo le pertenece al trabajador

Se equivocan de medio a medio, efectivamente, quienes no vacilan en divulgar el principio según el cual el valor del trabajo y su remuneración debe fijarse en lo que se tase el valor del fruto por él producido y que, por lo mismo, asiste al trabajador el derecho de reclamar todo aquello que ha sido producido por su trabajo, error que queda evidenciado sólo con lo que antes dijimos acerca del capital y del trabajo. (Pío XI, Encíclica Quadragesimo Anno n.68, 15 de mayo de 1931)

Pío XII

Negando la propiedad privada se quita el estímulo para el trabajo

uitad al trabajador la esperanza de adquirir cualquier bien en propiedad personal. ¿Qué otro estímulo natural podréis vosotros ofrecerle para incitarlo a un trabajo intenso, al ahorro, a la sobriedad, cuando hoy no pocos hombres y pueblos, habiéndolo perdido todo, nada más les queda que su capacidad de trabajo? ¿O se quiere perpetuar tal vez la economía de guerra, para la cual en algunos países el poder público tiene en su mano todos los medios de producción y provee por todos y a todos, pero con el látigo de una dura disciplina? ¿O se querrá vivir sometidos a la dictadura de un grupo político, que dispondrá, como clase dominadora, de los medios de producción, pero al mismo tiempo también del pan y, por consiguiente, de la voluntad de trabajo de los individuos? (Pío XII. Radiomensaje Oggi, n.29, 1 de septiembre de 1944)

La justicia distributiva no exige la co-participación de los trabajadores en la propiedad de la empresa, ni tampoco en las ganancias obtenidas

No se estaría más en la verdad queriendo afirmar que toda empresa particular es por naturaleza una sociedad, de manera tal que las relaciones entre los participantes sean determinadas por las reglas de la justicia distributiva, de suerte que todos indistintamente – propietarios o no de los medios de producción – tendrían derecho a su parte de la propiedad, toda o al menos sobre los beneficios de la empresa. Una tal concepción parte de la hipótesis que toda empresa entra por naturaleza en el ámbito del derecho público. Hipótesis inexacta: que la empresa sea constituida bajo la forma de fundación o de asociación de todos los trabajadores como copropietarios, o bien que ella sea propiedad privada de un individuo que firma con todos sus trabajadores un contrato de trabajo, en un caso como en el otro, ella depende del orden jurídico privado de la vida económica. (Pío XII. Discurso a la IX Conferencia de la Unión Internacional de Asociaciones Patronales Católicas, 7 de mayo de 1949)

La Doctrina Social Católica defiende conscientemente el derecho de propiedad individual y rechaza el derecho de co-propiedad del obrero en el capital de la empresa

La solución de la lucha de clases por una ordenación recíproca orgánica del patrono y el obrero, pues la lucha de clases no podría nunca ser una meta de la ética social católica. La Iglesia se sabe siempre responsable de todas las clases y capas del pueblo. Después, la protección del individuo contra la corriente que amenaza arrastrarlo a una socialización total, en cuyo extremo se haría pavorosa realidad la imagen terrorífica del Leviatán. La Iglesia llevará esta lucha hasta el extremo, pues se trata aquí de valores duraderos: la dignidad del hombre y la salvación del alma.
Por eso la doctrina social católica defiende, entre otros, tan conscientemente, el derecho de la propiedad individual. Aquí están también los motivos más profundos de por qué los Papas de las Encíclicas sociales, y Nos mismos, Nos negamos a deducir, sea directa o indirectamente de la naturaleza del contrato de trabajo el derecho de co-propiedad del obrero en el capital de la empresa, y, en consecuencia, su derecho de co-dirección. Había que negar tal derecho porque detrás de él se enuncia otro problema mayor. El derecho del individuo y de la familia a la propiedad es consecuencia directa de la esencia de la persona, un derecho de la dignidad personal, desde luego un derecho cargado de deberes sociales. Pero no es exclusivamente una función social. (Pío XII. Radiomensaje en el “Día de los Católicos Austríacos”, 14 de septiembre de 1952, AAS 44 (1952), 792)

La justicia no demanda que los trabajadores participen en la co-gestión de la empresa

Tal peligro también está presente cuando se exige que los empleados de una empresa, tengan derecho de co-gestión económica, especialmente cuando el ejercicio de este derecho depende, de hecho, directa o indirectamente, de organizaciones dirigidas desde fuera de la empresa. Ahora bien, ni la naturaleza del contrato de trabajo, ni la naturaleza de la empresa, comportan necesariamente, por ellas mismas, un derecho de esta suerte. Es indiscutible que el empleado y el empleador son igualmente sujetos, no objetos de la economía de un pueblo. (Pío XII. Discurso a los Participantes del Congreso Internacional de Estudios Sociales, 3 de junio de 1950)

Juan XXIII

La historia y la experiencia demuestran que los regímenes políticos que no reconocen la propiedad privada violan la libertad humana

Por otra parte, en vano se reconocería al ciudadano el derecho de actuar con libertad en el campo económico si no le fuese dada al mismo tiempo la facultad de elegir y emplear libremente las cosas indispensables para el ejercicio de dicho derecho.
Además, la historia y la experiencia demuestran que en los regímenes políticos que no reconocen a los particulares la propiedad, incluida la de los bienes de producción, se viola o suprime totalmente el ejercicio de la libertad humana en las cosas más fundamentales, lo cual demuestra con evidencia que el ejercicio de la libertad tiene su garantía y al mismo tiempo su estímulo en el derecho de propiedad. (Juan XXIII, Encíclica Mater et Magistra, n.109, 15 de mayo de 1961)

Juan Pablo II

El principio de la propiedad privada como recordó León XIII en la “Rerum novarum” y como todavía lo enseña la Iglesia, se aparta radicalmente del programa del colectivismo, proclamado por el marxismo

La Encíclica Rerum Novarum, que tiene como tema la cuestión social, pone el acento también sobre este problema, recordando y confirmando la doctrina de la Iglesia sobre la propiedad, sobre el derecho a la propiedad privada, incluso cuando se trata de los medios de producción. Lo mismo ha hecho la Encíclica Mater et Magistra.
El citado principio [de la propiedad privada], tal y como se recordó entonces y como todavía es enseñado por la Iglesia, se aparta radicalmente del programa del colectivismo, proclamado por el marxismo y realizado en diversos Países del mundo en los decenios siguientes a la época de la Encíclica de León XIII. Tal principio se diferencia al mismo tiempo, del programa del capitalismo, practicado por el liberalismo y por los sistemas políticos, que se refieren a él. (Juan Pablo II. Encíclica Laborem excercens, n. 14, 14 de septiembre de 1981)

Cuando los primeros cristianos tenían todo en común no significa que rechazaran la propiedad privada

Dicen también los Hechos: “Acudían al templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón” (Hch 2, 46). Aunque también en ese tiempo el templo de Jerusalén era el lugar de oración, celebraban la Eucaristía “por las casas”, uniéndola a una alegre comida en común.
El sentido de la comunión era tan intenso que impulsaba a cada uno a poner sus propios bienes materiales al servicio de las necesidades de todos: “Nadie consideraba como propiedad suya lo que le pertenecía, sino que todo era común entre ellos”. Eso no significa que tuviesen como principio el rechazo de la propiedad personal (privada); sólo indica una gran sensibilidad fraterna frente a las necesidades de los demás, como lo demuestran las palabras de Pedro en el incidente con Ananías y Safira (cf. Hch 5, 4).
Lo que se deduce claramente de los Hechos, y de otras fuentes neotestamentarias, es que la Iglesia primitiva era una comunidad que impulsaba a sus miembros a compartir unos con otros los bienes de que disponían, especialmente en favor de los más pobres.
Eso vale aún más con respecto al tesoro de verdad recibido y poseído. Se trata de bienes espirituales que debían compartir, es decir, comunicar, difundir, predicar, como enseñan los Apóstoles con el testimonio de su palabra y ejemplo: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20). Por eso hablan, y el Señor confirma su testimonio. En efecto, “por mano de los Apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo” (Hch 5, 12). (Juan Pa
blo II. Audiencia General, nn. 2-3, 5 de febrero de 1992)


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