50 – Ojalá tengamos que vender las iglesias para dar de comer a los pobres

Si hay algún lugar en el mundo en el que cualquiera, rico o pobre, puede sentirse acogido sin restricciones, es en una iglesia católica. Allí, la magnificencia material está al servicio de la gloria de Dios y al alcance de todos, que pueden disfrutar sosegadamente del esplendor del templo como seguramente no conseguirían hacerlo en palacios y museos. Allí, los brazos del Padre se extienden hacia todos para que, a través de la belleza artística y de la magnificencia del culto, tengan oportunidad de elevar, con la santa libertad de los hijos de Dios, sus corazones hasta Él. Verdadera limosna para los pobres, pues, más importante que nada, reciben así la palabra de Dios sin sufrir acepción de personas. Obviamente, la Santa Iglesia, como Madre amorosa, también está allí para socorrerlos en sus necesidades materiales. Una cosa es inseparable de la otra, y segregar cualquiera de las dos desvirtuaría su sentido pastoral más profundo, como bien lo demuestra la historia de la Iglesia a lo largo de dos mil años. Conviene recordar lo que el Magisterio nos enseña para no dejarnos engañar por arranques oratorios que pueden parecer poéticos y hasta ser bienintencionados, pero que, en el fondo, no pasan de demagogia barata.

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – El amor a Cristo es la causa del amor hacia los pobres
II – Las obras de caridad según el espíritu de la Iglesia
III – La administración de los bienes eclesiásticos se hace con vistas a la gloria de Dios

I – El amor a Cristo es la causa del amor hacia los pobres

Sagradas Escrituras

Lo ofertado a Cristo nunca es derroche

Hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, se le acercó una mujer llevando un frasco de alabastro con perfume muy caro y lo derramó sobre su cabeza mientras estaba a la mesa. Al verlo los discípulos se indignaron y dijeron: “¿A qué viene este derroche? Esto se podía haber vendido muy caro y haber dado el producto a los pobres”. Dándose cuenta Jesús les dijo: “¿Por qué molestáis a la mujer? Ha hecho conmigo una obra buena. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre”. (Mt 26, 6-11)

Los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis

María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. Jesús dijo: “Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis”. (Jn 12, 1-8)

Benedicto XVI

Los gestos de devoción auténtica a Cristo benefician toda la Iglesia

El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso que —como protestará Judas— se habría podido vender por trescientos denarios; y no unge la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón.
María se pone a los pies de Jesús en humilde actitud de servicio, como hará el propio Maestro en la última Cena, cuando, como dice el cuarto Evangelio, “se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos” (Jn 13, 4-5), para que —dijo— “también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (v. Jn 13, 15): la regla de la comunidad de Jesús es la del amor que sabe servir hasta el don de la vida. Y el perfume se difunde: “Toda la casa —anota el evangelista— se llenó del olor del perfume” (Jn 12, 3). El significado del gesto de María, que es respuesta al amor infinito de Dios, se expande entre todos los convidados; todo gesto de caridad y de devoción auténtica a Cristo no se limita a un hecho personal, no se refiere sólo a la relación entre el individuo y el Señor, sino a todo el cuerpo de la Iglesia; es contagioso: infunde amor, alegría y luz. (Homilía V aniversario de la muerte del Siervo de Dios Juan Pablo II, 29 de marzo de 2010)

Juan Pablo II

Cristo aprecia el honor que le es prestado

La mujer, que Juan identifica con María, hermana de Lázaro, derrama sobre la cabeza de Jesús un frasco de perfume precioso, provocando en los discípulos —en particular en Judas (cf. Mt 26, 8, Mc 14, 4, Jn 12, 4)— una reacción de protesta, como si este gesto fuera un “derroche” intolerable, considerando las exigencias de los pobres. Pero la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos —“pobres tendréis siempre con vosotros” (Mt 26, 11 Mc 14, 7 cf. Jn 12, 8)—, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona. (Juan Pablo II. Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 47, 17 de abril de 2003)

La ayuda a los pobres puede ocultar malas disposiciones

“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11): al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres oculta el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de la posesión, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino en el espacio reservado al amor, al don, a la entrega total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura” (Jn 12,7). Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su “hora”, la “hora” en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida. (Benedicto XVI. Misa de sufragio en V aniversario de la muerte del Siervo de Dios Juan Pablo II, 29 de marzo de 2010)

Benedicto XVI

Para preservarse de la perversión del corazón es necesario asumir el punto de vista de Jesús

En efecto, las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. El único modo de prevenirlas consiste en no cultivar una visión de las cosas meramente individualista, autónoma, sino, por el contrario, en ponerse siempre del lado de Jesús, asumiendo su punto de vista. Día tras día debemos esforzarnos por estar en plena comunión con él. (Benedicto XVI. Audiencia General, 18 de octubre de 2006)

II – Las obras de caridad según el espíritu de la Iglesia

Juan XXIII

El espíritu sobrenatural: punto de distinción de las obras de caridad de la Iglesia

Lo que asegura a vuestras obras de caridad su verdadero valor, que da tanta gloria a Dios y merece sus predilecciones en la tierra y en el cielo, es el espíritu sobrenatural. Aquí está el punto de distinción de todas las otras instituciones asistenciales o filantrópicas, a las que Nos agrada rendir un homenaje de respeto y de felicitación. Pues Nos complace pensar que también el alma de estas instituciones aspira a ponerse en perfecto acuerdo con la doctrina del Pater Noster y de las Bienaventuranzas.
Pero, mientras para las instituciones puramente civiles la asistencia es el fin que alcanzar, para las cristianas es un medio, muy valioso, por cierto, pero sólo un medio para cumplir el doble precepto de la caridad: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37, 39). Por la caridad el cristiano se acerca más a Dios y santifica intensamente la propia alma.
Al comentar el Evangelio de las bodas de Caná, con ocasión de la Estación en Santo Espíritu en Sassia, el primer Domingo después de la Octava de Epifanía de 1208, nuestro antiguo y glorioso predecesor, Inocencio III, empleando amablemente la forma alegórica, subraya: “Por cierto, si la obra de misericordia no va acompañada del sentimiento de caridad, socorre, es verdad, a aquel que la recibe, pero no aprovecha al que la practica. Y por esto sólo es agua y no vino, porque, como dice el Apóstol, “aunque repartiere mi hacienda a los pobres, si no tengo caridad, nada me aprovecha” (1 Co 13, 3). Al contrario, si la misericordia procede de la caridad, entonces el agua se convierte en vino, porque la acción de la caridad transforma en calor lo que antes era frío; vuelve sabroso lo que antes era insípido, y luminoso lo que antes era oscuro; así el agua se convierte moralmente en vino; y una cosa buena por naturaleza, se hace mejor, hasta el punto de merecer el premio eterno.”(Juan XXIII. Discurso a los delegados de las obras de misericordia de Roma, 21 de febrero de 1960)

Benedicto XVI

En la Iglesia la caridad no se confunde con asistencia social

La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia. (Benedicto XVI. Encíclica Deus caritas est, n. 25, 25 de diciembre de 2005)

Acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo

La caridad y la justicia no son únicamente acciones sociales, sino que son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo. Así pues, podemos decir que los Apóstoles afrontan esta situación con gran responsabilidad, tomando una decisión: se elige a siete hombres de buena fama, los Apóstoles oran para pedir la fuerza del Espíritu Santo y luego les imponen las manos para que se dediquen de modo especial a esta diaconía de la caridad. Así, en la vida de la Iglesia, en los primeros pasos que da, se refleja, en cierta manera, lo que había acontecido durante la vida pública de Jesús, en casa de Marta y María, en Betania. Marta andaba muy afanada con el servicio de la hospitalidad que se debía ofrecer a Jesús y a sus discípulos; María, en cambio, se dedica a la escucha de la Palabra del Señor (cf. Lc 10, 38-42). En ambos casos, no se contraponen los momentos de la oración y de la escucha de Dios con la actividad diaria, con el ejercicio de la caridad. La amonestación de Jesús: “Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada” (Lc 10, 41-42), así como la reflexión de los Apóstoles: “Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra” (Hch 6, 4), muestran la prioridad que debemos dar a Dios. […] no se debe condenar la actividad en favor del prójimo, de los demás, sino que se debe subrayar que debe estar penetrada interiormente también por el espíritu de la contemplación. (Benedicto XVI. Audiencia General, 25 de abril de 2012)

Juan Pablo II

El significado esencial de la limosna es su valor para la conversión

Aquí tocamos el núcleo central del problema. En la Sagrada Escritura y según las categorías evangélicas, “limosna” significa, ante todo, don interior. Significa la actitud de apertura “hacia el otro”. Precisamente tal actitud es un factor indispensable de la metánoia, esto es, de la conversión, así como son también indispensables la oración y el ayuno. En efecto, se expresa bien San Agustín: “¡Cuán prontamente son acogidas las oraciones de quien obra el bien!, y ésta es la justicia del hombre en la vida presente: el ayuno, la limosna, la oración” (Enarrat. in Ps. XLII, 8): la oración, como apertura a Dios; el ayuno, como expresión del dominio de sí, incluso en el privarse de algo, en el decir “no” a sí mismos; y, finalmente, la limosna, como apertura “a los otros”. El Evangelio traza claramente este cuadro cuando nos habla de la penitencia, de la metánoia. Sólo con una actitud total —en relación con Dios, consigo mismo y con el prójimo— el hombre alcanza la conversión y permanece en estado de conversión.
La “limosna” así entendida tiene un significado, en cierto sentido, decisivo para tal conversión. […] En efecto, es muy fácil falsificar su idea, como ya hemos advertido al comienzo. Jesús hacía reprensiones también respecto a la actitud superficial “exterior” de la limosna (cf. Mt 6,2-4, Lc 11,41). Este problema está siempre vivo. Si nos damos cuenta del significado esencial que tiene la “limosna” para nuestra conversión a Dios y para toda la vida cristiana, debemos evitar a toda costa todo lo que falsifica el sentido de la limosna, de la misericordia, de las obras de caridad: todo lo que puede deformar su imagen en nosotros mismos. En este campo es muy importante cultivar la sensibilidad interior hacia las necesidades reales del prójimo, para saber en qué debemos ayudarle, cómo actuar para no herirle, y cómo comportarnos para que lo que damos, lo que aportamos a su vida, sea un don auténtico, un don no cargado por el sentido ordinario negativo de la palabra “limosna”. (Juan Pablo II. Audiencia General, 28 de marzo de 1979)

San Juan Crisóstomo

Más excelente es el alma que el cuerpo y las cosas menos preciosas que ella no pueden atraerla

¿Por qué lloras por hallarte en pobreza? ¿Por qué lloras si vives en fiesta? Porque ese tiempo es tiempo de festival. ¿Por qué lloras? La pobreza es una fiesta si tú eres moderado y sabio. ¿Por qué lloras, oh niño? Porque a un hombre que por eso llora, lo conveniente es llamarlo niño. ¿Te ha azotado alguien? ¿Qué importa? Te ha hecho adelantar en la virtud de la paciencia. ¿Es que te robó tus dineros? Te ha quitado una gran carga. ¿Te hirió en tu fama? Pues bien: con eso me estás diciendo que posees un nuevo género de libertad. Oye cómo filosofan los gentiles: Tú nada has sufrido si sabes disimular. ¿Es que te robó aquella gran mansión circuida de muros? Pues mira que tienes delante toda la tierra y los edificios públicos, ya los quieras para tu descanso, ya para tu utilidad. ¿Hay algo más agradable y bello que el firmamento de los cielos? ¿Hasta cuándo os consideraréis mendigos y pobres? No puede ser rico quien no lleva la riqueza en el alma; lo mismo que no puede ser pobre quien no lleva la pobreza en su ánimo.
Más excelente es el alma que el cuerpo, y por esto las cosas que son menos preciosas que ella no pueden atraerla. En cambio ella, como señora que es, atrae a sí y cambia en sí aun las cosas que no le son propias. Cuando el corazón sufre algún daño, hace que lo sufra todo el cuerpo; si se descompensa, destruye todo el cuerpo. Pero si, por el contrario, se encuentra bien compensado, resulta útil a todo el cuerpo. Si cualquier otro órgano se enferma, mientras el corazón permanece interiormente sano, fácilmente echa del cuerpo cualquier enfermedad. Para mayor claridad en expresarme, pregunto: ¿De qué sirve el verdor de las ramas si la raíz del árbol está seca? ¿Qué daño se le sigue de que las hojas superiores se le sequen, si la raíz permanece sana y vigorosa? Pues igualmente, a nuestro propósito, si el alma está pobre, ninguna utilidad acarrean las riquezas; y ningún daño acarrea la pobreza si el alma está rica. (San Juan Crisóstomo. Homilía LXXX sobre el Evangelio de San Mateo)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

No es posible erradicar por completo la pobreza de la tierra

La miseria humana es el signo evidente de la condición de debilidad del hombre y de su necesidad de salvación. De ella se compadeció Cristo Salvador, que se identificó con sus “hermanos más pequeños” (Mt 25, 40.45). “Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva “anunciada a los pobres” (Mt 11, 5; Lc 4, 18) es el signo de la presencia de Cristo.”
Jesús dice: “Pobres tendréis siempre con vosotros, pero a mí no me tendréis siempre” (Mt 26, 11; cf. Mc 14, 3-9; Jn 12, 1-8) no para contraponer al servicio de los pobres la atención dirigida a Él. El realismo cristiano, mientras por una parte aprecia los esfuerzos laudables que se realizan para erradicar la pobreza, por otra parte pone en guardia frente a posiciones ideológicas y mesianismos que alimentan la ilusión de que se pueda eliminar totalmente de este mundo el problema de la pobreza. Esto sucederá sólo a su regreso, cuando Él estará de nuevo con nosotros para siempre. Mientras tanto, los pobres quedan confiados a nosotros y en base a esta responsabilidad seremos juzgados al final (cf. Mt 25, 31-46). (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 183)

III – La administración de los bienes eclesiásticos se hace con vistas a la gloria de Dios

San Francisco de Asís

Todo lo que concierne al sacrificio debe ser precioso

2Os ruego, más que si se tratara de mí mismo, que, cuando os parezca bien y veáis que conviene, supliquéis humildemente a los clérigos que veneren sobre todas las cosas el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo y sus santos nombres y sus palabras escritas que consagran el cuerpo. 3Los cálices, los corporales, los ornamentos del altar y todo lo que concierne al sacrificio, deben tenerlos preciosos. (Escritos de San Francisco de Asís, Carta a los Custodios I y II [CtaCus])

La Eucaristía no puede ser colocada en lugar indigno. Siempre en un lugar precioso

10Por consiguiente, enmendémonos de todas estas cosas y de otras pronta y firmemente; 11y dondequiera que estuviese indebidamente colocado y abandonado el santísimo cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, que se retire de aquel lugar y que se ponga en un lugar precioso y que se cierre. (Escritos de San Francisco de Asís, Carta a los Clérigos [CtaCle, 11])

Muchos clérigos usan cálices, corporales y manteles viles

4Por consiguiente, todos aquellos que administran tan santísimos misterios, y sobre todo quienes los administran indebidamente, consideren en su interior cuán viles son los cálices, los corporales y los manteles donde se sacrifica el cuerpo y la sangre del mismo. 5Y hay muchos que lo colocan y lo abandonan en lugares viles, lo llevan miserablemente, y lo reciben indignamente, y lo administran a los demás sin discernimiento. 6Asimismo, sus nombres y sus palabras escritas son a veces hollados con los pies; 7porque el hombre animal no percibe las cosas que son de Dios (1 Cor 2,14). (Escritos de San Francisco de Asís, Carta a los Clérigos, [CtaCle 4-7])

Juan Pablo II

La Iglesia siempre dedicó sus mejores recursos preparando lugares de culto

Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de « derrochar », dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía. No menos que aquellos primeros discípulos encargados de preparar la « sala grande », la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio. (Juan Pablo II. Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 48, 17 de abril de 2003)

Sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino

De la pobreza evangélica los Padres sinodales han dado una descripción muy concisa y profunda, presentándola como “sumisión de todos los bienes al Bien supremo de Dios y de su Reino”. En realidad, sólo el que contempla y vive el misterio de Dios como único y sumo Bien, como verdadera y definitiva Riqueza, puede comprender y vivir la pobreza, que no es ciertamente desprecio y rechazo de los bienes materiales, sino el uso agradecido y cordial de estos bienes y, a la vez, la gozosa renuncia a ellos con gran libertad interior, esto es, hecha por Dios y obedeciendo sus designios.
Inserto en la vida de la comunidad y responsable de la misma, el sacerdote debe ofrecer también el testimonio de una total “transparencia” en la administración de los bienes de la misma comunidad, que no tratará jamás como un patrimonio propio, sino como algo de lo que debe rendir cuentas a Dios y a los hermanos, sobre todo a los pobres. Además, la conciencia de pertenecer al único presbiterio lo llevará a comprometerse para favorecer una distribución más justa de los bienes entre los hermanos, así como un cierto uso en común de los bienes. (Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, n. 30, 25 de marzo de 1992)

Santo Tomás de Aquino

No se deben emplear los bienes eclesiásticos sólo para socorrer a los pobres

Pero los bienes eclesiásticos deben emplearse no sólo para ayudar a los pobres, sino también en el culto divino y en las necesidades de los ministros. Por eso se dice en XII q. 2: De los réditos de la Iglesia o de las ofrendas de los fieles destínese al obispo una sola parte; destínense dos a la conservación de los edificios eclesiásticos y para ayudar a los pobres, y lo hará el presbítero, bajo pena de ser depuesto; y la última parte divídase entre los clérigos, proporcionalmente a sus méritos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, q. 185, a. 7)

I Concilio de Letrán (IX Ecuménico)

Dios contempla el obispo en la administración de los bienes de la Iglesia

Tenga el obispo el cuidado de todos los negocios eclesiásticos y los administre con el pensamiento de que Dios le contempla. (Denzinger-Hünermann 712. I Concilio de Letrán (IX Ecuménico), Cánones, 27 de marzo de 1123)

Urbano V

Condena papal a Dionisio Foullechat por defender errores sobre el estado de perfección y sobre la pobreza

[Art. 4, conclusión 3] Esta bendita, es más, sobrebendita y dulcísima ley, es decir, la ley del amor … quita toda propiedad y dominio
– La retracto como falsa, errónea y herética, dado que Cristo y los Apóstoles observaron aquella ley del modo más perfecto y también otros muchos de distintas condiciones aquella ley observaron , y estos han tenido propiedad y dominio.[…] – Este corolario, si se comprende esta ley del amor hasta eliminar toda propiedad y derecho de posesión, como afirma la conclusión, entendido así, lo considero falso, erróneo y herético, y contra la determinación de la Iglesia. (Denzinger-Hünermann, 1090. Urbano V, Constitución Ex supernae clementiae, 23 de diciembre de 1368)

Juan Pablo II

Poseer y administrar bienes temporales es un derecho de la Iglesia

La Iglesia siempre ha reivindicado el derecho a poseer y administrar bienes temporales. Pero no pide privilegios en este campo, sino la posibilidad de emplear los medios de que dispone para una triple finalidad: “Sostener el culto divino, sustentar honradamente al clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados” (Código de Derecho Canónico, c. 1254, § 2). (Juan Pablo II. Alocución a la delegación de Croacia, 15 de diciembre de 1998)

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