70 – “Nuestra fe es revolucionaria. – Un cristiano, si no es revolucionario, ¡no es cristiano! – Ayúdenme para que siga haciendo lío”

En todos los tiempos, las historias -reales o idealizadas- de héroes nacionales han hecho vibrar los corazones de los jóvenes. En la adolescencia se sueña con grandes realizaciones fruto de aquel brío desinteresado y del amor al ideal que esta edad suscita. A tales corazones, ardientes e deseosos de épico, la Iglesia siempre presentó modelos que estimulasen la verdadera valentía, el heroísmo por antonomasia, el desinterés más genuino, en una palabra, la santidad. ¿Quién no se emociona con la vida arrojada de jóvenes como Santa Inés, San Luis Gonzaga o Santa María Goretti? ¿O con los propósitos juveniles, llevados con determinación hasta años más maduros, de un San Ignacio o de un San Francisco? ¿Cuál de ellos no enfrentó riesgos con una valentía heroica? Estos santos son ejemplo para los jóvenes y adultos de todos los tiempos. Lucharon y conquistaran la mayor de las batallas, la lucha contra sí mismo, contra sus pasiones y debilidades con las armas de la oración, del sacrificio y de la virtud.

En cierto momento de la historia apareció súbitamente otro tipo de “heroísmo” caracterizado por una dudosa abnegación en función de peligrosas utopías para cuya difícil consecución, si inciertos eran los medios que se usarían, mucho más lo eran los frutos que arrojarían. El historiador suele revelar que, muchas veces, por detrás de ese supuesto desinterés se movían espurios intereses personales o el deseo de saciar las más bajas pasiones. Es que, en el fondo, en esos “héroes” de marioneta no había verdadera entrega por un ideal, sino el egoísmo manipulado por manos ocultas con intereses ideológicos muy concretos. El grito de “revolución”, sea bajo los estruendos de la pica y la guillotina, bajo la hoz y el martillo, o bajo las mil y una facetas que adquirió sobretodo en los últimos siglos, fue la excusa perfecta para manejar los más bajos instintos, cuántas y cuántas veces con la finalidad de destruir la Iglesia Católica, las sanas costumbres o instituciones venerables y milenarias. Por todo eso, la palabra “revolución” viene acompañada de unas connotaciones que ningún católico puede aceptar… y cabe preguntarse, ¿alguien puede imaginar a los jóvenes que mencionamos al inicio enarbolando la bandera de alguna revolución? ¿puede ser ese el grito de guerra de la santidad?

Últimamente vemos otra derivación de la palabra “revolución”. Ahora se dice “hacer lío”. Dentro de la Iglesia se incentiva el “lío” a todo vapor. Lío en las calles, en las diócesis, en las familias, en la sociedad. Lío, lío, lío. ¿Ese fue el designio de Jesucristo para su Iglesia? ¿Qué pensar de todo esto? Y lo más sorprendente, es cuando hace dos días, como término de su viaje al Continente de la Esperanza, se oye al mismo que debería ser el Dulce Cristo en la Tierra: “Ayúdenme para que siga haciendo lío” (Paraguay, 11 de julio de 2015).

Francisco

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Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores

I – Las características del verdadero cristiano
II – Virtudes que deben distinguir la juventud de la Iglesia
III – La obediencia es una de las más importantes características de los católicos

I – Las características del verdadero cristiano

Juan Pablo II

La concepción de Cristo como revolucionario es incompatible con la Iglesia

Ahora bien, corren hoy por muchas partes —el fenómeno no es nuevo— “relecturas” del Evangelio, resultado de especulaciones teóricas más bien que de auténtica meditación de la Palabra de Dios y de un verdadero compromiso evangélico. Ellas causan confusión al apartarse de los criterios centrales de la fe de la Iglesia y se cae en la temeridad de comunicarlas, a manera de catequesis, a las comunidades cristianas.
En algunos casos o se silencia la divinidad de Cristo, o se incurre de hecho en formas de interpretación reñidas con la fe de la Iglesia. Cristo sería solamente un “profeta”, un anunciador del reino y del amor de Dios, pero no el verdadero Hijo de Dios, ni sería por tanto el centro y el objeto del mismo mensaje evangélico.
En otros casos se pretende mostrar a Jesús como comprometido políticamente, como un luchador contra la dominación romana y contra los poderes, e incluso implicado en la lucha de clases. Esta concepción de Cristo como político, revolucionario, como el subversivo de Nazaret, no se compagina con la catequesis de la Iglesia. (Juan Pablo II. Discurso en la inauguración de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, n. I. 4, 28 de enero de 1979)

Benedicto XVI

Los cristianos deben profundizar su fe y vivir en coherencia con ella

Para el futuro de la Iglesia en Latinoamérica y el Caribe es importante que los cristianos profundicen y asuman el estilo de vida propio de los discípulos de Jesús: sencillo y alegre, con una fe sólida arraigada en lo más íntimo de su corazón y alimentada por la oración y los sacramentos. En efecto, la fe cristiana se nutre sobre todo de la celebración dominical de la Eucaristía, en la cual se realiza un encuentro comunitario, único y especial con Cristo, con su vida y su palabra. […] De modo especial, los frecuentes fenómenos de explotación e injusticia, de corrupción y violencia, son una llamada apremiante para que los cristianos vivan con coherencia su fe y se esfuercen por recibir una sólida formación doctrinal y espiritual, contribuyendo así a la construcción de una sociedad más justa, más humana y cristiana. (Benedicto XVI. Discurso a los participantes en la plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, 20 de enero de 2007)

Juan Pablo II

Necesitamos una fe orante y adorante que se manifiesta en la moral de vida

El doctor místico [San Juan de la Cruz], superando esos escollos, ayuda con su ejemplo y doctrina a robustecer la fe cristiana con las cualidades fundamentales de la fe adulta, como pide el Concilio Vaticano II: una fe personal, libre y convencida, abrazada con todo el ser, una fe eclesial, confesada y celebrada en la comunión de la Iglesia; una fe orante y adorante, madurada en la experiencia de comunión con Dios; una fe solidaria y comprometida, manifestada en coherencia moral de vida y en dimensión de servicio. Esta es la fe que necesitamos y de la que el santo de Fontiveros nos ofrece su testimonio personal y sus enseñanzas siempre actuales. (Juan Pablo II, Carta Apostólica Maestro en la fe, n. 7, 14 de diciembre de 1990)

La adhesión a Cristo debe ser robustecida por la coherencia de vida y la fidelidad al Evangelio

Mi pensamiento va, asimismo, a San Luis Gonzaga, co-patrono de la diócesis [de Mantua]. Este joven apasionado por Cristo nos dirige también hoy a todos nosotros una apremiante exhortación a la coherencia y a la fidelidad al Evangelio, recordándonos que Dios debe ocupar el primer lugar en nuestra existencia. […] Tras las huellas de tantos santos y beatos, los cristianos mantuanos deben proseguir en su camino de fe, confirmando cada día su adhesión a Cristo y consolidando los vínculos de una unión fraterna robustecida por la inquebrantable fidelidad al Evangelio.
(Juan Pablo II. Mensaje al Obispo de Mantua, n. 3, 10 de junio de 2004)

La Iglesia necesita almas que no dejen de cantar alabanzas a la Trinidad

 

En este período de grandes cambios y transformaciones, Croacia necesita hombres y mujeres de fe viva, que sepan dar testimonio del amor de Dios a los hombres y mostrarse disponibles a poner sus energías al servicio del Evangelio. Vuestra nación necesita apóstoles, que vayan a la gente para llevarle la buena nueva; necesita almas orantes, que no dejen de cantar las alabanzas a la Santísima Trinidad y eleven súplicas a ‘Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad’ (1 Tm 2, 4). (Juan Pablo II. Mensaje a los miembros de la conferencia episcopal de Croacia, n. 3, 4 de octubre de 1998)

¡Sed cristianos convencidos!

¿Cuál ha sido la fuerza interior que formó a vuestros santos y, por tanto, sigue siendo válida para construir el auténtico cristiano? La respuesta es sencilla: ¡La convicción de la fe!
Los Santos fueron
, y son, personas totalmente convencidas del valor absoluto, determinante y exclusivo del mensaje de Cristo. La convicción les llevó a abrazarlo y seguirlo, sin titubeos, sin incertidumbres, sin inútiles retrocesos, aun luchando y sufriendo, con la ayuda de la gracia de Dios, siempre invocada y jamás rechazada.
¡La convicción! ¡He ahí la gran palabra! ¡He ahí el secreto y la fuerza de los Santos! Los Santos obraron en consecuencia. Y así debe obrar todo cristiano siempre, pero especialmente hoy en nuestro tiempo, exigente y crítico, en el que, si faltan convicciones lógicas y personalizadas, la fe se debilita y finalmente cede. […] Carísimos fieles de Umbría: Esta es la exhortación que quiero haceros, junto con vuestros obispos, en el siempre vivo recuerdo de vuestros Santos: ¡Sed cristianos convencidos! (San Juan Pablo II, Discurso a una peregrinación de la región de Umbría, n. 2-3, 17 de mayo de 1980)

Concilio Vaticano II

“Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”

El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que Él es iniciador y consumador: ‘Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’ (Mt 5, 48). Envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mt 12, 30) y a amarse mutuamente como Cristo les amó (cf. Jn 13, 34; 15, 12). Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron. El Apóstol les amonesta a vivir ‘como conviene a los santos’ (Ef 5, 3) y que como ‘elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, benignidad, humildad, modestia, paciencia’ (Col 3, 12) y produzcan los frutos del Espíritu para la santificación (cf. Ga 5, 22; Rm 6, 22). Pero como todos caemos en muchas faltas (cf. St 3,2), continuamente necesitamos la misericordia de Dios y todos los días debemos orar: “Perdónanos nuestras deudas” (Mt 6, 12). (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen gentium, n. 40)

Pío XI

El verdadero cristiano vive según los principios eternos de la justicia

De suerte que el verdadero cristiano, fruto de la educación cristiana, es el hombre sobrenatural, que piensa, juzga y obra constantemente y coherentemente, según la recta razón iluminada por la luz sobrenatural de los ejemplos y de la doctrina de Cristo: o, por decirlo con el lenguaje ahora en uso, el verdadero y cumplido hombre de carácter. Pues no constituye cualquiera coherencia y tenacidad de conducta, según principios subjetivos, el verdadero carácter, sino solamente la constancia en seguir los principios eternos de la justicia, como lo reconoce hasta el poeta pagano, cuando alaba, inseparablemente, al hombre justo y constante en su propósito (cf. Tertuliano, Apología, n. 42) y por otra parte, no puede existir completa justicia sino dando a Dios lo que se debe a Dios, como lo hace el verdadero cristiano. (Pío XI. Encíclica Divini illus magistri, n. 82, 31 de deciembre de 1929)

León XIII

La fe debe sostener la norma y la disciplina de las costumbres

Se puede muy propiamente decir que nada alimenta mejor el espíritu de la justicia que la fe cristiana, la más apta también para la salvación. El justo vive de la fe (Ga 3, 11). Sin la fe es imposible agradar a Dios (He 11,6). Así pues, el implantador y padre de la fe, y el que en nuestras almas la mantiene, no es otro que el mismo Jesucristo y Él es quien sustenta y conserva en nosotros la vida moral, y esto de un modo muy principal por medio del ministerio de la Iglesia. Y con benigno y providentísimo parecer entregó a ésta todos los medios aptos para engendrar esta vida de fe de que hablamos, y, una vez engendrada, la conservaran y defendieran, y la hiciesen renacer si por acaso se extinguía. Pero toda esta fuerza procreatiz y conservadora de las virtudes se estrella si la norma y disciplina de las costumbres se apartan de la fe divina, y es cosa manifiesta que pretenden despojar al hombre de su altísima dignidad, despojándole de la vida sobrenatural y haciéndole revolver en los horrores de naturalismo grosero, los que intentan o quieren enderezar las costumbres hacia la honestidad por medio del magisterio único de la razón. (León XIII, Encíclica Tamesti Futura, n. 24, 1 de noviembre de 1900)

II – Virtudes que deben distinguir la juventud de la Iglesia

Sagradas Escrituras

Que los padres no permitan insolencia en sus hijos

En su juventud no le des libertad,  ni pases por alto sus errores.  Doblega su cuello mientras es joven,  túndele las costillas cuando es pequeño, no sea que, volviéndose rebelde, te desobedezca  y sufras por él una honda amargura. Educa a tu hijo y dedícate a él, para que no tengas que soportar su insolencia. (Eclo 30, 11-13)

Juan Pablo II

La obediencia sin reservas es la marca de los santos

Amadísimos hermanos, el pensamiento se dirige inmediatamente a San Luis Gonzaga y al ejemplo que nos dejó. Ayer, que conmemoraba en Castiglione delle Stiviere el cuarto centenario de su muerte, recordé que su vida fue plenamente realizada porque vivió en total y constante fidelidad a Dios, en el cumplimiento generoso de la voluntad divina. Su existencia fue un sin reservas a Cristo, renovado en el gozo y en el dolor, imitando a María, la Virgen de la Anunciación.
¡Cómo no pensar que ya a la edad de diez años, en la Iglesia de la Anunciación de Florencia, se ofreció totalmente a Dios! El Fiat de María se convirtió en su Fiat; se encomendó a sus cuidados de Madre y, como hijo obediente, siguió sus huellas con humildad y dócil abandono. (Juan Pablo II, Ángelus, Visita Pastoral a Mantua, n. 1-2, 23 de junio de 1991)

Los jóvenes deben estar dispuestos a vivir y morir por Cristo

“Morimos por Jesucristo. Todos. ¡Morimos de buen grado por no renegar de su santa fe!” ¿Eran, quizás, unos ilusos, unos hombres fuera de su tiempo? ¡No. Queridísimos jóvenes! Aquellos eran hombres, hombres auténticos, fuertes, decididos, coherentes, bien enraizados en su historia; eran hombres que amaban intensamente a su ciudad; estaban fuertemente ligados a sus familias; entre ellos había jóvenes, como vosotros, y como vosotros deseaban la alegría, la felicidad […]¡E hicieron, con lucidez y firmeza, su opción por Cristo! […]Ante las sugestiones de ciertas ideologías contemporáneas que exaltan y proclaman el ateísmo teórico y práctico, yo os pregunto a vosotros, jóvenes de Otranto y de Pulla: ¿Estáis dispuestos a repetir, con plena convicción y conciencia, las palabras de los Beatos Mártires: “Elegimos mejor morir por Cristo con cualquier género de muerte, antes que renegar de El”?
Estar dispuestos a morir por Cristo supone la decisión de aceptar con generosidad y coherencia las exigencias de la vida cristiana; es decir, significa vivir para Cristo.
Los Beatos Mártires nos han dejado —
y sobre todo os han dejado a vosotros— dos testimonios fundamentales: el amor hacia la patria terrena; la autenticidad de la fe cristiana. (Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, n. 2-3, 5 de octubre de 1980)

La fe de un joven debe ser fuerte, gozosa y operosa

¡Sed jóvenes de fe! ¡De verdadera, profunda fe cristiana! […] vuestra fe, jóvenes, sea cierta, es decir fundada en la palabra de Cristo, en el profundo conocimiento del mensaje evangélico y, especialmente, de la vida, de la persona y de la obra de Cristo; y del mismo modo sobre el testimonio interior del Espíritu Santo.
Que vuestra fe sea fuerte; que no se tambalee, que no vacile ante las dudas, las incertidumbres que sistemas filosóficos o corrientes de moda querrían sugeriros; que no llegue a compromisos con ciertas concepciones que querrían presentar el cristianismo como una mera ideología de carácter histórico y, por tanto, ponerlo al mismo nivel de muchas otras ya superadas.
Que vuestra fe sea gozosa, como basada en la seguridad de poseer un don divino. Cuando rezáis y dialogáis con Dios y cuando habláis con los hombres, manifestad la alegría de esta posesión envidiable.
Que vuestra fe sea operosa, se manifieste y se concrete en la caridad activa y generosa hacia los hermanos que viven abatidos en la pena y la necesidad; que se manifieste en vuestra serena adhesión a la enseñanza de la Iglesia, Madre y Maestra de verdad; que se exprese en vuestra disponibilidad hacia todas las iniciativas de apostolado, a las que estáis invitados a participar para la expansión y la construcción del reino de Cristo. (Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, n. 3, 5 de octubre de 1980)

Juan XXIII

La formación de los jóvenes requiere piedad para combatir la indisciplina

Aconsejamos también a los jóvenes a contemplar atentamente a este ínclito Santo [San Gabriel de la Dolorosa], pues él, en el breve tiempo que vivió sobre la tierra, experimentó y venció sus mismas dificultades. Esta exhortación es tanto más oportuna dado que los jóvenes son por naturaleza enemigos de la disciplina, amantes del placer y olvidadizos de las cosas de otra vida (Col 3, 1), y demasiado ansiosos de lo material. Aunque San Gabriel en su vida en el siglo no fue ajeno a las diversiones, sin embargo, éstas no le apartaron nunca de Dios. Por su ejemplo, nuestros queridísimos jóvenes aprenderán a “servir al Señor con alegría” (cf. Sal 99, 1), a la vez que a ordenar los afectos del corazón y los actos de la vida según las normas de la modestia y de la templanza. Que él sea para ellos, de una manera especial, maestro de integridad de costumbres, hoy cuando tantos peligros amenazan la virtud de la castidad y en todas partes surgen incentivos para el mal, por medio de los modernos adelantos técnicos. Por tanto, para salir victoriosos en la lucha por la castidad, honren con viva piedad a la Virgen María Inmaculada y confíen en su protección, como solía hacer San Gabriel. (Juan XXIII, Carta al General de los Pasionistas en el centenario de San Gabriel de la Dolorosa, 27 de febrero de 1962)

Pío XII

La formación de las jóvenes exige oración, sacrificio y el cumplimiento de los deberes

¡Jovencitas de Acción Católica Española! […]Y todas — hijas amadísimas, mayores y menores; hijas que el Papa tanto ama —, sed en todos los momentos obedientes, fieles y generosas; haced de vuestra juventud, a imitación de María Santísima, una flor perfumada y pura; sed la alegría y el consuelo de todos; no os dejéis seducir por los cantos de sirena de un mundo corruptor, cayos primeros ecos puede que os empiecen a llegar ya; formaos sólidamente en la oración, en el sacrificio y en el cumplimiento de vuestros deberes cotidianos; y haced de modo que no seáis jamás indignas de las que, en horas mucho más difíciles, os han precedido. […] Pero España es mucho más hermosa en las virtudes cristianas que al distinguen, en la pureza de sus costumbres, en la integridad de su familia, en su fidelidad a la Iglesia, en su firme adhesión a una fe, por la que ha demostrado que sabe morir; España es mucho más hermosa en sus santos. Que nunca se apague esta llama en los pechos españoles, que viva y crezca este anhelo de santidad y para conseguirlo haceos santas hoy vosotras y santificad luego todo lo que os rodea. (Pío XII. Radiomensaje a las niñas, aspirantes y jovencitas de Acción Católica Española, 27 de noviembre de 1955)

Los jóvenes deben prepararse para la vía estrecha

Espíritu de fe y de sacrificio; vida de piedad y de continuo progreso en vanguardia; adhesión, respeto y amor a la Iglesia; corazón ancho como el mundo: eso sois en estos momentos, jóvenes católicos de todo el mundo; y si en otros tiempos al grito irresistible de “¡Santiago y cierra España!” se rompió con los enemigos de la fe, si ayer todavía el Apóstol no abandonó a quienes le invocaban, estad ciertos de que hoy y siempre su espíritu y su protección os conducirán de nuevo a la victoria en las espirituales batallas y os harán superar los lazos que por todas partes se os tienden, especialmente a vosotros, a la juventud, porque saben que sois una potencia poderosa y gallarda del presente y una promesa radiante y segura del porvenir.
“Igitur via peregrinalis est res optima sed augusta” “La vía peregrinalis es cosa óptima, pero estrecha” —dice el conocido sermón del Códice Calixtino (Codex Calistinus l. I c. XVII, Sermo beati Calixte Pape, fol. 80); mas sería la primera vez que la dificultad habría espantado, desarmado y hecho retroceder a la juventud, y más todavía a una juventud como la vuestra, nutrida en la fe sólida y crecida en el ardiente clima del sacrificio. (Pío XII. Radiomensaje a los jóvenes reunidos en Santiago de Compostela, 28 de agosto de 1948)

Pío XI

El campo de batalla de un joven es su propio interior

Los jóvenes son, por naturaleza, inclinados a las obras exteriores y siempre están dispuestos a afrontar el campo de batalla de la vida. Es necesario hacerles sentir que antes de pensar en los demás y en la causa católica les conviene luchar por su propia perfección interior a través del estudio y de la práctica de las virtudes. (Pío XI. Carta apostólica Singulare illud, June 13, 1926)

San Agustín

Jóvenes, sed humildes

Os escribo a vosotros, jóvenes. Considerad una y otra vez que sois jóvenes; luchad para vencer; venced para recibir la corona; sed humildes para no caer en el combate. (San Agustín. Homilías sobre la Primera Carta de San Juan a los Partos, II, 7)

III – La obediencia es una de las más importantes características de los católicos

Sagradas Escrituras

Los que resisten a la autoridad legítima atraen su propia condenación

Que todos se sometan a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios y las que hay han sido constituidas por Dios. De modo que quien se opone a la autoridad resiste a la disposición de Dios; y los que le resisten atraen la condena sobre sí. (Rom 13, 1-3)

Pablo VI

Los católicos deben leal obediencia a la autoridad constituida

La presencia de los católicos en todos los Estados quiere representar un elemento constructivo de activa colaboración y de leal obediencia a la Autoridad constituida; quiere ser un elemento activo de seguro progreso dentro del orden y del amor. (Pablo VI. Discurso al Presidente de la República de Somalia, 7 de octubre de 1963)

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

Obedecer a la autoridad es obedecer a Dios, su fuente última

La autoridad que gobierna según la razón pone al ciudadano en relación no tanto de sometimiento con respecto a otro hombre, cuanto más bien de obediencia al orden moral y, por tanto, a Dios mismo que es su fuente última. Quien rechaza obedecer a la autoridad que actúa según el orden moral “se rebela contra el orden divino” (Rom 13, 2). Análogamente la autoridad pública, que tiene su fundamento en la naturaleza humana y pertenece al orden preestablecido por Dios (Gaudium et spes, n. 74) si no actúa en orden al bien común, desatiende su fin propio y por ello mismo se hace ilegítima. (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 389, 29 de junio de 2004)

Congregación para la Doctrina de la Fe

Desde hace siglos los cristianos se distinguen por el cumplimiento de sus deberes

El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia, se ha expresado en diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política: Los cristianos, afirmaba un escritor eclesiástico de los primeros siglos, ‘cumplen todos sus deberes de ciudadanos’. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, n. 1, 24 de noviembre de 2002)

Pío XII

Es necesario disipar la atmósfera de independencia y de excesiva libertad

Desarrollad, en las almas de los niños y de los jóvenes, el espíritu jerárquico, que no niega a cada edad su debido desenvolvimiento, para disipar, en lo posible, ese atmósfera de independencia y de excesiva libertad que en nuestros días respira la juventud y que la llevaría a rechazar toda autoridad y todo freno, procurando suscitar y formar el sentido de la responsabilidad y recordando que la libertad no es el único entre todos los valores humanos, aunque se cuente entre los primeros, sino que tiene sus límites intrínsecos en las normas ineludibles de la honestidad y extrínsecos en los derechos correlativos de los demás, tanto de cada uno en particular cuanto de la sociedad tomada en su conjunto. (Pío XII. Radiomensaje al Congreso interamericano de Educación Católica, 6 de octubre de 1948)

Pío X

Los enemigos de la fe rechazan la obediencia a cualquier autoridad

Efectivamente, ¿qué fundamentos a la fe ponen estos osados que esparcen tantos errores por doquier, con los que la fe misma queda vacilante en muchos? Niegan en primer lugar que el hombre haya caído en pecado y que en algún tiempo haya permanecido derrocado de su situación. […] A esto se añade la actividad común a todos los enemigos de la fe, sobre todo en este momento, para desarraigar más fácilmente la fe de las almas: rechazan, y proclaman que debe rechazarse, la obediencia reverente a la autoridad no solo de la Iglesia sino de cualquier poder civil. De aquí surge el anarquismo: nada más funesto y más nocivo tanto para el orden natural como para el sobrenatural. (Pío X. Encíclica Ad Diem illud Laetissimum, n. 22, 2 de febrero de 1904)

Pío IX

Desobedecer al poder constituido es resistir a la ordenación de Dios

Inculcad al pueblo cristiano la obediencia y sujeción debidas a los príncipes y poderes constituidos, enseñando, conforme a la doctrina del Apóstol (Rm 12, 1-2) que toda potestad viene de Dios, y que los que no obedecen al poder constituido resisten a la ordenación de Dios y se atraen su propia condenación, y que, por lo mismo, el precepto de obedecer a esa potestad no puede ser violado por nadie sin falta, a no ser que mande algo contra la ley de Dios y de la Iglesia (Rom 12, 1-2). (Pío IX. Encíclica Qui pluribus, n. 13, 9 de noviembre de 1846)

Práctica esencial a la naturaleza de toda sociedad humana

Advertid, pues a los fieles que están a vuestro cuidado que es esencial a la naturaleza de toda sociedad humana, la obediencia a la autoridad legítimamente constituida; que nada puede cambiarse en los preceptos del Señor, que anuncian las Sagradas Letras: pues está escrito: Estad sumisos a toda humana criatura por respeto a Dios; ya sea al rey, como que está sobre todos; ya a los gobernadores como puestos por El para castigo de los malhechores, y alabanza de los buenos. Puesta es la voluntad de Dios, que obrando bien tapéis la boca a la ignorancia de los hombres necios: como libres, mas no cubriendo la malicia con capa de libertad, sino como siervos de Dios (13). Más aún: Toda persona esté sujeta a las potestades superiores; porque no hay potestad que no provenga de Dios, y Dios es el que ha establecido las que hay: por lo cual quien resiste a las potestades, a la ordenación de Dios resiste. De consiguiente los que resisten, ellos mismos se acarrean su condenación. (Pío IX. Encíclica Nostis et nobiscum, n. 10, 8 de diciembre de 1849)

Gregorio XVI

Se han divulgado doctrinas que encienden la antorcha de la rebelión

Sabiendo Nos que se han divulgado, en escritos que corren por todas partes, ciertas doctrinas que niegan la fidelidad y sumisión debidas a los príncipes, que por doquier encienden la antorcha de la rebelión, se ha de trabajar para que los pueblos no se aparten, engañados, del camino del bien. Sepan todos que, como dice el Apóstol, toda potestad viene de Dios y todas las cosas son ordenadas por el mismo Dios. Así, pues, el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios, y los que resisten se condenan a sí mismos. Por ello, tanto las leyes divinas como las humanas se levantan contra quienes se empeñan, con vergonzosas conspiraciones tan traidoras como sediciosas, en negar la fidelidad a los príncipes y aun en destronarles. (Gregório XVI. Encíclica Mirari Vos, n. 13, 15 de agosto de 1832)

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