87 – Nosotros, descendientes de Abrahán según la fe en ti, único Dios, judíos, cristianos y musulmanes, humildemente nos ponemos en tu presencia. Todo sea para tu honor y gloria, y para nuestra salvación. A ti sea la alabanza y la gloria, por los siglos de los siglos, Dios nuestro. Amén.

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“¡Señor Dios todopoderoso, Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia! ¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos en que voy a ocupar un sitio entre tus mártires y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo! ¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre tus mártires, y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea laudable! ¡Yo te alabo y te bendigo y te glorifico por todo ello, por medio del Sacerdote eterno, Jesucristo, tu amado Hijo, con quien a ti y al Espíritu sea dada toda gloria ahora y siempre! Amén.”

Esta conmovedora oración hecha por San Policarpo ante un estadio repleto de paganos fue su último acto antes de que los verdugos prendieran las llamas que lo llevarían a la muerte. Terminadas esas palabras que dejaba como testimonio de fidelidad a Cristo para los fieles de Esmirna, el fuego lo consumió milagrosamente como una hostia pura. El avance suave de las llamas, que como que los respetaban, fue comprobado por la multitud asombrada. Su sacrificio ocupa un lugar de honor en el martirologio.

Hecha en el siglo II en un contexto dramático, esta oración muestra la principal característica de cómo debemos nos dirigir a Dios Todopoderoso: presentada al Padre por medio de su Hijo Jesucristo en la unidad del Espíritu Santo. Toda la Iglesia reza de esta manera desde los primeros siglos y así seguirá haciéndolo hasta el juicio final.

No cabe duda que hoy incontables cristianos son martirizados por profesar públicamente la fe, o que el deber de cada bautizado es declarar ante las multitudes, si es el caso, su adhesión a Jesucristo. Mutatis mutandis la situación de ese Padre Apostólico se repite en la Iglesia del siglo XXI, máxime si el Obispo de Roma es invitado a rezar públicamente. Sin embargo, el Papa Francisco prefiere omitir el nombre de Cristo para unirse más a los miembros de otras confesiones religiosas que, parece ser su juicio, adoran el mismo y único Dios. Pero surgen algunas preguntas: ¿Adoramos realmente el mismo Dios? ¿Judíos, musulmanes y cristianos podemos invocarlo en igualdad de términos e intenciones, esperando obtener idénticos frutos?

Francisco

Cita ACita BCita C
Es para mí una gran alegría dirigir a Usted y a toda la comunidad de Roma mis saludos más calurosos con ocasión de la gran fiesta de la Peash. El Omnipotente, que libertó su pueblo de la esclavitud de Egipto para conducirlo hacia la tierra prometida, continúe a libertarlos de todo mal e acompañarlos con su bendición. Les pido que recen por mí. (Telegrama para el rabino de la comunidad judía de Roma con ocasión de la pascua hebraica, 26 de marzo de 2016)[/su_animate]

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – Jesucristo es el Mediador necesario entre la humanidad y el Padre
II –
Profesar al Dios verdadero es profesar al Dios uno y trino
III –
No todas las religiones creen en el Dios verdadero

I – Jesucristo es el Mediador necesario entre la humanidad y el Padre

San Cirilo de Jerusalén

El Padre se indigna cuando el Hijo unigénito es privado de su honor

Aquellos a quienes se ha enseñado a creer en “un solo Dios, Padre todopoderoso”, deben creer también en el Hijo unigénito. Pues “todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre” (1 Jn 2, 33). “Yo soy la puerta” (Jn 10, 9), dice Jesús. “Nadie va al Padre sino por mi” (Jn 14, 6). Si niegas la puerta, te permanecerá cerrado el conocimiento que lleva al Padre. “Nadie conoce bien al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27b). Pues si niegas a aquel que revela, permanecerás en la ignorancia. Dice una sentencia en los Evangelios: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él” (Jn 3, 36). El Padre se indigna cuando el Hijo unigénito es privado de su honor. Un rey considera grave que alguien insulte a un simple soldado. Por tanto, si se trata indecorosamente a alguien de las personas más honorables, compañeros o amigos, más se enciende la propia cólera. Y si alguien injuria al Hijo único del Rey, ¿quién aplacará y suavizará al Padre del Hijo unigénito de tal modo conmovido?
Si alguien, por consiguiente, quiere ser piadoso para con Dios, adore al Hijo; de otro modo, el Padre no admitirá su culto. El Padre exclamó desde el cielo diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3, 17). En el Hijo se complugo el Padre. Si tú no encuentras también en él tu complacencia, no tendrás la vida. No te dejes arrastrar por los judíos, que mala y astutamente dicen, sí, que hay un solo Dios. Pero, junto a este reconocimiento de que solo hay un Dios, reconoce a la vez que existe un Hijo único de Dios. No he sido yo el primero en decir esto, sino que acerca de la persona del Hijo dice el salmista: “Voy a anunciar el decreto de Yahvé: Él me ha dicho: ‘Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy’” (Ps 2, 7). No atiendas, pues, a lo que dicen los judíos, sino a lo que hablan los profetas. ¿Te asombras de que desprecien las voces de los profetas cuando ellos mismos los lapidaron y entregaron a la muerte? (San Cirilo de Jerusalén. Un solo Señor, Jesucristo, Catequesis X, n. 1-2)

Sagradas Escrituras

Cristo se avergonzará de los que se avergüencen de Él

Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles. (Mc 8, 28)

“Nadie va al Padre sino por mí”

Yo soy el Camino y la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. (Jn 14, 6)

Lo que se pide en nombre de Cristo es concedido

Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré. (Jn 14, 13-14)

Cristo es el único Mediador

Pues, Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre, Cristo Jesús. (1 Tim 2, 5)

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

La vida de oración del pueblo de Dios está en la persona de Cristo

Es evidente que la referencia esencial para la fe y la vida de oración del pueblo de Dios está en la persona y en la obra de Cristo: en él tenemos al Maestro de la verdad (cf. Mt 22, 16), al Testigo fiel (cf. Ap 1, 5), al Sumo Sacerdote (cf. He 4, 14), al Pastor de nuestras almas (cf. 1 P 2, 25), al Mediador único y perfecto (cf. 1 Tm 2, 5 He 8, 6 He 9, 15 He 12, 24): por medio de él el hombre va al Padre (cf. Jn 14, 6), asciende a Dios la alabanza y la súplica de la Iglesia y desciende sobre la humanidad todo don divino. (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, n. 77, 15 de noviembre de 2000)

En Cristo radica la dignidad de la oración cristiana

La oración, que se dirige a Dios, ha de establecer conexión con Cristo, Señor de todos los hombres y único Mediador, por quien tenemos el único acceso a Dios. Pues de tal manera él une a sí a toda la comunidad humana, que se establece una unión íntima entre la oración de Cristo y la de todo el género humano. Pues en Cristo y sólo en Cristo la religión del hombre alcanza su valor salvífico y su fin. […] En Cristo radica, por tanto, la dignidad de la oración cristiana, al participar ésta de la misma piedad para con el Padre y de la misma oración que el Unigénito expresó con palabras en su vida terrena y es continuada ahora incesantemente por la Iglesia y por sus miembros en representación de todo el género humano y para su salvación. (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. La Liturgia de las Horas u Oficio Divino, n. 6-7, 1 de noviembre de 1970)

Catecismo de la Iglesia Católica

La oración cristiana está marcada “por Jesucristo Nuestro Señor”

La oración cristiana está marcada por el título “Señor”, ya sea en la invitación a la oración “el Señor esté con vosotros”, o en su conclusión “por Jesucristo Nuestro Señor” o incluso en la exclamación llena de confianza y de esperanza: “Maranatha” (¡el Señor viene!) o “Maranatha” (¡Ven, Señor!) (1 Co 16, 22): “¡Amén! ¡ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 451)

Congregación para el Clero

Enseñar a rezar al Padre por Cristo en el Espírito Santo es elemento esencial de la evangelización

Un elemento esencial de la obra evangelizadora de la Iglesia consiste en enseñar a los hombres a rezar al Padre por Cristo en el Espíritu Santo. (Congregación para el Clero. El presbítero, maestro de la palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad, c. 3, n. 2, 19 de marzo de 1999)

Juan Pablo II

Aprender la lógica trinitaria de la oración cristiana es el secreto de un cristianismo realmente vital

Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración. […] “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15, 4). Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica. Realizada en nosotros por el Espíritu Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del Padre. Aprender esta lógica trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial, pero también de la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas. (Juan Pablo II. Carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 32, 6 de enero de 2001)

Jesús es el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios

Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. […] Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la vía establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias. (Juan Pablo II. Encíclica Redemptoris misio, n. 5, 7 de diciembre de 1990)

Urgente necesidad de profundizar la verdad sobre Cristo como único Mediador

Otro Sínodo de carácter continental será oportuno en Asia, donde está más acentuado el tema del encuentro del cristianismo con las antiguas culturas y religiones locales. Este es un gran desafío para la evangelización, dado que sistemas religiosos como el budismo o el hinduismo se presentan con un claro carácter soteriológico. Existe pues la urgente necesidad de un Sínodo, con ocasión del Gran Jubileo, que ilustre y profundice la verdad sobre Cristo como único Mediador entre Dios y los hombres, y como único Redentor del mundo, distinguiéndolo bien de los fundadores de otras grandes religiones. (Juan Pablo II. Carta Apostólica Tertio millennio adveniente, n. 38, 10 de octubre de 1994)

Pío XII

La oración del sacerdote es eficaz porque está hecha en nombre de Cristo

Y el sacerdote, al conformarse con tal deber, no hace sino continuar, a través de los siglos, aquello mismo que Cristo hizo, pues en los días de su carne, habiendo ofrecido plegarias y suplicas con grandes gritos…, fue oído por su reverencia. Esta oración tiene una eficacia, porque está hecha en nombre de Cristo, esto es, por medio de Nuestro Señor Jesucristo, el cual es nuestro mediador junto al Padre y presenta a él incesantemente su satisfacción, sus méritos y el precio sumo de su Sangre. Ella es la voz de Cristo, el cual ora por nosotros como nuestro sacerdote, ora en nosotros como nuestra Cabeza. (Pío XII. Exhortación apostólica Mentis nostrae, n. 40, 23 de septiembre de 1950)

Benedicto XVI

El Señor mismo ordenó: “Creed en Dios y creed también en Mí”

El Evangelio de este quinto domingo de Pascua propone un doble mandamiento sobre la fe: creer en Dios y creer en Jesús. En efecto, el Señor dice a sus discípulos: “Creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14, 1). No son dos actos separados, sino un único acto de fe, la plena adhesión a la salvación llevada a cabo por Dios Padre mediante su Hijo unigénito. El Nuevo Testamento puso fin a la invisibilidad del Padre. Dios mostró su rostro, como confirma la respuesta de Jesús al Apóstol Felipe: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9). El Hijo de Dios, con su encarnación, muerte y resurrección, nos libró de la esclavitud del pecado para darnos la libertad de los hijos de Dios, y nos dio a conocer el rostro de Dios, que es amor: Dios se puede ver, es visible en Cristo. […]. Por tanto sólo creyendo en Cristo, permaneciendo unidos a él, los discípulos, entre quienes estamos también nosotros, pueden continuar su acción permanente en la historia: “En verdad, en verdad os digo —dice el Señor—: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago” (Jn 14, 12). (Benedicto XVI. Regina Caeli, 22 de mayo de 2011)

Sínodo de Roma (382)

La salvación de los cristianos es la creencia en la Trinidad

Esta es, pues, la salvación de los cristianos: que creyendo en la Trinidad, es decir, en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y bautizados en ella, creamos sin duda alguna que la misma posee una sola verdadera divinidad y potencia, majestad y sustancia. (Denzinger-Hünermann 177. Sínodo de Roma, La Trinidad y la Encarnación, 382)

Concilio Vaticano II

Uno es Dios y uno también el Mediador entre Él y los hombres

Uno solo es nuestro Mediador según las palabra del Apóstol: “Porque uno es Dios, y uno también el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos” (1 Tm 2, 5-6). (Concilio Vaticano II. Constitución dogmática Lumen Gentium, n. 60, 21 de noviembre de 1964)

Santo Tomás de Aquino

Unir los hombres con Dios de manera perfecta compete a Cristo

La misión propia del mediador es unir a aquellos entre los que ejerce la mediación, porque los extremos se juntan en el medio. Pero unir a los hombres con Dios de manera perfecta compete en verdad a Cristo, por medio del cual los hombres son reconciliados con Dios, según estas palabras de 2 Co 5, 19: Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo. Y, por tanto, sólo Cristo es el perfecto mediador entre Dios y los hombres, en cuanto que por medio de su muerte reconcilió al género humano con Dios. Por eso, habiendo dicho el Apóstol que el hombre Cristo Jesús es el mediador entre Dios y los hombres, añade en el v. 6: que se entregó a sí mismo para redención de todos (1 Tm 2, 5-6). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, III, q. 26, a.1)

II – Profesar al Dios verdadero es profesar al Dios uno y trino

Concilio Vaticano II

Hay que confesar delante del mundo entero la fe en la Trinidad

Todos los cristianos deben confesar delante del mundo entero su fe en Dios uno y trino, en el Hijo de Dios encarnado, Redentor y Señor nuestro, y con empeño común en su mutuo aprecio den testimonio de nuestra esperanza, que no confunde. (Concilio Vaticano II. Decreto Unitatis redintegratio, n. 12, 21 de noviembre de 1964)

San Juan Crisóstomo

El que confiesa Cristo públicamente tendrá facilidad de convencer un gran número

“A todo el que me confesare, pues, delante de los hombres, también le confesaré Yo delante de mi Padre, que está en los cielos; y al que me negare delante de los hombres, también le negaré Yo delante de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 32-33).
Y no solamente exige la confesión mental, sino también la oral, a fin de que nos anime a una intrépida predicación y a un amor más grande, haciéndonos superiores a nosotros mismos. Y no solamente se dirigen estas palabras a los Apóstoles, sino a todos los hombres en general, porque, no sólo a los Apóstoles, sino también a sus discípulos les da la fortaleza. Y el que observa esto ahora, no sólo tendrá la gracia de hablar en público, sino que tendrá también la de convencer con facilidad a un gran número, porque por la obediencia a su palabra ha hecho de muchos hombres apóstoles. (San Juan Crisóstomo citado por Santo Tomás de Aquino. Catena aurea in Mt 10, 32-33)

Pablo IV

Muchísimos se atreven a negar los fundamentos de la fe con su ejemplo

Como quiera que la perversidad e iniquidad de ciertos hombres ha llegado a punto tal en nuestros tiempos que de entre aquellos que se desvían y desertan de la fe católica, muchísimos se atreven no sólo a profesar diversas herejías, sino también a negar los fundamentos de la misma fe y con su ejemplo arrastran a muchos a la perdición de sus almas; Nos —deseando, conforme a nuestro pastoral deber y caridad, apartar a tales hombres, en cuanto con la ayuda de Dios podemos, de tan grave y pestilencial error, y advertir a los demás con paternal severidad que no resbalen hacia tal impiedad—, a todos y cada uno de los que hasta ahora han afirmado, dogmatizado o creído que Dios omnipotente no es trino en personas y de no compuesta ni dividida absolutamente unidad de sustancia, y uno, por una sola sencilla esencia de su divinidad; o que nuestro Señor no es Dios verdadero de la misma sustancia en todo que el Padre y el Espíritu Santo; […] de parte de Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, con autoridad apostólica requerimos y avisamos… (Denzinger-Hünermann 1880. Pablo IV, Constitución Cum quorumdam hominum, 7 de agosto de 1555)

Sínodo de Roma (382)

No se puede llamar Dios al Padre prescindiendo del Hijo o del Espíritu Santo

Si alguno sintiere bien del Padre y del Hijo, pero no se hubiere rectamente acerca del Espíritu Santo, es hereje, porque todos los herejes, sintiendo mal del Hijo de Dios y del Espíritu Santo, se hallan en la perfidia de los judíos y de los paganos.
Si alguno, al llamar Dios al Padre [de Cristo], Dios al Hijo de Aquél, y Dios al Espíritu Santo, distingue y los llama dioses, y de esta forma les da el nombre de Dios, y no por razón de una sola divinidad y potencia, cual creemos y sabemos ser la del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y prescindiendo del Hijo o del Espíritu Santo, piense así que al Padre solo se le llama Dios o así cree en un solo Dios, es hereje en todo, más aún, judío, porque el nombre de dioses fue puesto y dado por Dios a los ángeles y a todos los santos, pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, por razón de la sola e igual divinidad no se nos muestra ni promulga para que creamos el nombre de dioses, sino el de Dios. Porque en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo solamente somos bautizados y no en el nombre de los arcángeles o de los ángeles, como los herejes o los judíos o también los dementes paganos. (Denzinger-Hünermann 175-176. Sínodo de Roma, La Trinidad y la Encarnación, 382)

Concilio de Florencia

Solo el Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo es el creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles

A cuantos, consiguientemente, sienten de modo diverso y contrario [de la unidad y trinidad de Dios], los condena, reprueba y anatematiza, y proclama que son ajenos al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. De ahí condena a Sabelio, que confunde las personas y suprime totalmente la distinción real de las mismas. Condena a los arrianos, eunomianos y macedonianos, que dicen que sólo el Padre es Dios verdadero y ponen al Hijo y al Espíritu Santo en el orden de las criaturas. Condena también a cualesquiera otros que pongan grados o desigualdad en la Trinidad.
Firmísimamente cree, profesa y predica que el solo Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles; el cual, en el momento que quiso, creó por su bondad todas las criaturas, lo mismo las espirituales que las corporales; buenas, ciertamente, por haber sido hechas por el sumo bien, pero mudables, porque fueron hechas de la nada; y afirma que no hay naturaleza alguna del mal, porque toda naturaleza, en cuanto es naturaleza, es buena. (Denzinger-Hünermann 1332-1333. Concilio de Florencia, Bula Cantate Domino, 4 de febrero de 1442)

I Sínodo de Braga

Anatema sea quien no confiesa al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

Si alguno no confiesa al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como tres personas de una sola sustancia y virtud y potestad, como enseña la Iglesia Católica y Apostólica, sino que dice no haber más que una sola y solitaria persona, de modo que el Padre sea el mismo que el Hijo, y El mismo sea también el Espíritu Paráclito, como dijeron Sabelio y Prisciliano, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 451. I Sínodo de Braga, 1 de mayo de 561)

Sínodo de Letrán

El que no confiesa tres subsistencias consustanciales de igual gloria, sea condenado

Si alguno no confiesa, de acuerdo con los Santos Padres, propia y verdaderamente al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, la Trinidad en la unidad y la unidad en la Trinidad, esto es, a un solo Dios en tres subsistencias consustanciales y de igual gloria, una sola y la misma divinidad de los tres, una sola naturaleza, sustancia, virtud, potencia, reino, imperio, voluntad, operación increada, sin principio, incomprensible, inmutable, creadora y conservadora de todas las cosas, sea condenado. (Denzinger-Hünermann 501. Sínodo de Letrán, 5ª sesión, Condena de los errores acerca de la Trinidad y de Cristo, can. 1, 31 de octubre de 649)

XI Sínodo de Toledo

Singularmente se dice Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo

Porque si de cada una de las personas somos interrogados, forzoso es que confesemos Dios. Así, pues, singularmente se dice Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; sin embargo, no son tres dioses, sí no un solo Dios. […] pues, esta Santa Trinidad, que es un solo y verdadero Dios. (Denzinger-Hünermann 529-530. XI Sínodo de Toledo, Confesión de fe, 7 de noviembre de 675)

II Concilio de Constantinopla

Jesús es Dios y uno de la Santa Trinidad

Si alguno no confiesa que nuestro Señor Jesucristo, que fue crucificado en la carne, es Dios verdadero y Señor de la gloria y uno de la Santa Trinidad, ese tal sea anatema. (Denzinger-Hünermann 432. II Concilio de Constantinopla, can. 10, 5 de mayo de 553)

León XIII

No se encuentran en el número de los hijos de Dios los que no reconocen por hermano a Jesucristo

Nuestro corazón se dirige también con sin igual ardor tras aquellos a quienes el soplo contagioso de la impiedad no ha envenenado del todo, y que, a lo menos, experimentan el deseo de tener por padre al Dios verdadero, creador de la tierra y del cielo. Que reflexionen y comprendan bien que no pueden en manera alguna contarse en el número de los hijos de Dios si no vienen a reconocer por hermano a Jesucristo y por madre a la Iglesia. (León XIII. Encíclica Satis cognitum, n. 45, 29 de junio de 1896)

Catecismo de la Iglesia Católica

“El Hijo único, que está en el seno del Padre, lo ha contado”

Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que Él ha enviado, “su Hijo amado”, en quien ha puesto toda su complacencia (Mc 1, 11). Dios nos ha dicho que les escuchemos (cf. Mc 9, 7). El Señor mismo dice a sus discípulos: “Creed en Dios, creed también en mí” (Jn 14, 1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1, 18). Porque “ha visto al Padre” (Jn 6, 46), él es único en conocerlo y en poderlo revelar (cf. Mt 11, 27). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 151)

III – No todas las religiones creen en el Dios verdadero

Benedicto XVI

Creer en Dios implica obediencia gozosa a su revelación…

El Credo comienza así: “Creo en Dios”. Es una afirmación fundamental, aparentemente sencilla en su esencialidad, pero que abre al mundo infinito de la relación con el Señor y con su misterio. Creer en Dios implica adhesión a Él, acogida de su Palabra y obediencia gozosa a su revelación. (Benedicto XVI. Audiencia general, 23 de enero de 2013)

…y acogida al rostro concreto de Jesús de Nazaret

Creer en Dios significa renunciar a los propios prejuicios y acoger el rostro concreto en quien Él se ha revelado: el hombre Jesús de Nazaret. Y este camino conduce también a reconocerle y a servirle en los demás. (Benedicto XVI. Ángelus, 3 de febrero de 2013)

Pío XI

El culto verdadero se conserva únicamente en la Iglesia Católica

Sólo la Iglesia Católica es la que conserva el culto verdadero. Ella es la fuente de la verdad, la morada de la Fe, el templo de Dios, quienquiera que en él no entre o de él salga perdido ha la esperanza de vida y de salvación. Menester es que nadie se engañe a si mismo con pertinaces discusiones, lo que aquí se ventila es la vida y la salvación, a la cual si no se atiende con diligente cautela, se perderá y se extinguirá. (Pío XI. Encíclica Mortalium animos, n. 17, 6 de enero de 1928)

Gregorio XVI

Perecerán eternamente los que no están con Cristo

Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo (Ef 4, 5), entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo (cf. Lc 11, 23) y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha. (Gregorio XVI. Encíclica Mirari vos, n. 9, 15 de agosto de 1832)

Juan Pablo II

La fe cristiana es la respuesta del hombre a la auto-revelación de Dios

Reanudamos el tema sobre la fe. Según la doctrina contenida en la Constitución Dei Verbum, la fe cristiana es la respuesta consciente y libre del hombre a la auto-revelación de Dios, que llegó a su plenitud en Jesucristo. Mediante lo que San Pablo llama “la obediencia de la fe” (cf. Rom 16, 26; 1, 5; 2 Cor 10, 5-6), todo el hombre se abandona a Dios, aceptando como verdad lo que se contiene en la palabra divina de la Revelación. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1, 19 de junio de 1985)

León XIII

El Dios verdadero no aprueba las sectas que profesan enseñanzas falsas

Es imposible que el Dios verdadero, que es la Verdad misma, el mejor, el más sabio proveedor y el premiador de los buenos, apruebe todas las sectas que profesan enseñanzas falsas que a menudo son inconsistentes y contradictorias entre sí, y otorgue premios eternos a sus miembros […] porque por la fe divina confesamos un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo […] Por eso confesamos que no hay salvación fuera de la Iglesia. (León XIII. Encíclica Ubi primum, n. 14, 5 de mayo de 1824)

Congregación para la Doctrina de la Fe

La fe teologal cristiana y la creencia en las otras religiones no se identifican

Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teologal y la creencia en las otras religiones. […] No siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual, por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias entre el cristianismo y las otras religiones. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 7, 6 de agosto de 2000)

Teorías relativistas niegan la universalidad salvífica de Cristo

El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otras religiones, […] la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia […]. Se elaboran algunas propuestas teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la inseguridad. (Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración Dominus Iesus, n. 4, 6 de agosto de 2000)

San Cirilo de Jerusalén

Los judíos no aceptan al Hijo, con lo que son contrarios a sus propios profetas

Y es por razón de los judíos por lo que hemos de sentir estas cosas más sublimes. Pues ellos admiten en sus enseñanzas que solo hay un único Dios (a pesar de que a veces lo han negado mediante el culto a los ídolos). Pero no lo aceptan como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Con lo cual son de sentir contrario a sus propios profetas, que afirman en la Sagrada Escritura: “Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Ps 2, 7). Viven agitados hasta el día de hoy y “conspiran aliados contra Dios y contra su Ungido” (Ps 2, 2), creyendo poder conseguir el favor del Padre sin mostrar piedad hacia el Hijo. Con ello ignoran que nadie va al Padre sino por el Hijo (Jn 14, 6), que dice: “Yo soy la puerta” (Jn 10, 9) y “Yo soy el camino” (Jn 14, 6). Así, pues, quien rechaza el camino que conduce al Padre y niega la puerta, ¿cómo podrá tener con honor acceso hasta Dios? (San Cirilo de Jerusalén. El Señorío del Dios Único, Catequesis VI, n. 2)

León Magno

Lo que Dios ha prometido a Abraham se cumple en Cristo

La promesa fue dirigida a Abraham y su descendencia. Él no dice “a su descendencia” – como refiriéndose a la multiplicidad – sino a una sola, “y tu descendencia”, que es Cristo (Gal 3, 16). (León Magno. Carta a Flaviano sobre Eutyches, 451)

Gregorio Magno

Los israelitas han dejado de ser la descendencia de Abraham

“Si sois de Cristo entonces sois de la simiente de Abraham” (Gál 3, 29). Si por causa de nuestra fe en Cristo somos considerados hijos de Abraham, los judíos, por lo tanto, por su perfidia han dejado de ser su descendencia. (Gregorio Magno. Homilia XX, 4º Domingo de Adviento en la Basílica de San Juan Bautista: PL 76, 1164. The Sunday Sermons of the Great Fathers form the First Sunday of Advent to Quinquagesima, London-Chicago, Longmans Green, 1964, vol. I, p. 92)

Sagradas Escrituras

El que niega al Hijo tampoco posee al Padre

¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo tampoco posee al Padre. Quien confiesa al Hijo posee también al Padre. (1 Jn 2, 22-23)

Sólo tiene vida quien tiene al Hijo de Dios

Quien tiene al Hijo tiene la vida, quien no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. (1 Jn 5, 12)

Catecismo de la Iglesia Católica

Hay que actuar según el Espíritu de Cristo para poder orar en su nombre

El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2725)


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