105 – No todos reconocen, en la soledad, una llamada que el Señor les dirige. A nuestro alrededor encontramos diversas familias en situaciones así llamadas irregulares —a mí no me gusta esta palabra

Entre las muchas comunicaciones que recibimos del mundo entero, dándonos apoyo o incluso ofreciendo utilísimas colaboraciones, nos llegó hace un tiempo, de un hermano sacerdote, una propuesta de estudio de unas palabras pronunciadas por Francisco en una Audiencia General, de aquella serie preparatoria para el Sínodo de los Obispos sobre el tema de la familia. Ya el pedido contenía unas excelentes pautas de análisis y, por eso, queremos ofrecer su lectura a nuestros seguidores. Obviamente, hemos cortado aquellas partes de la carta que pueden revelar la identidad de este presbítero.

Estimados Hermanos Sacerdotes:

¡Felicidades por este gran trabajo!

Soy un sacerdote (…) que trata de enseñar al pueblo la auténtica doctrina católica. Veo con tristeza que las palabras del Vicario de Cristo muchas veces confunden a los fieles, aún a los que las conocen por medios católicos.

Leí un párrafo de la última catequesis del Papa [de 24 de junio de 2015] que me parece siembra confusión en cuanto a la obligación de seguir los mandamientos de Cristo. Es el siguiente:

“Es verdad, por otra parte, que hay casos en los que la separación es inevitable. A veces se puede convertir incluso en moralmente necesaria, cuando se trata precisamente para proteger al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, del enfado o del aprovecharse, de la alienación y de la indiferencia.

No faltan, gracias a Dios, aquellos que, sostenidos por la fe y el amor por los hijos, testimonian su fidelidad y una unión en la cual han creído, en cuanto aparece imposible hacerlo revivir. No todos los separados, sin embargo, sienten esta vocación. No todos reconocen, en la soledad, una llamada del Señor dirigida a ellos. En torno a nosotros encontramos familia en situaciones llamadas irregulares. A mí no me gusta esta palabra. Y nos planteamos muchos interrogantes. ¿Cómo ayudarlas? ¿Cómo acompañarlas? ¿Cómo acompañarlas para que los niños no se vuelvan rehenes del papá o de la mamá?”

Podríamos preguntarnos, ¿acaso los mandamientos deben cumplirlos sólo aquellos que “sienten la vocación de hacerlo”? ¿Si yo no reconozco en el dolor que me causa cumplir los mandamientos de Dios “una llamada del Señor”, por eso dejo de estar obligado a obedecer? Si los mandamientos de Dios son la verdad que nos hace libres y nos marcan el camino de la plenitud, ¿habrá caminos contradictorios para que los hombres lleguemos a ser plenos? ¿Pueden igualmente caminar hacia la santidad quien se siente llamado a obedecer los mandamientos de Dios y quien no se siente llamado a hacerlo?

Me parece que el Papa Francisco contradice lo que San Juan Pablo II dijo en Familiaris Consortio, n. 34:

Ellos [los esposos], sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. “Por ello la llamada ‘ley de gradualidad’ o camino gradual no puede identificarse con la “gradualidad de la ley”, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y en la propia voluntad.

La Escritura es también clara respecto a que no se puede alcanzar la vida eterna si no se cumplen los mandamientos: “¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios” (1 Cor 6, 9-10).

El Papa dice que no le gusta llamar “irregulares” a las uniones que la Biblia llama “adulterio”. Cabría hacerle la pregunta: ¿Cómo le gustaría que las llamáramos? ¿matrimonios? No podemos dejar de llamar a los cosas por su nombre, porque los fieles podrían confundirse y no distinguir entre lo bueno y lo malo.

Se nos aplicaría aquella advertencia de Isaías”: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Is 5, 20).

Espero que algo sirva esta información, pues me parece que esta parte del mensaje del Papa puede causar mucha confusión y no he encontrado en la red comentario alguno al respecto.

Rezo por ustedes para que Dios les bendiga y siga dándoles su sabiduría.

Casi podemos decir que en esta excelente propuesta ya está hecho el estudio, pero siempre nos cabe profundizar en las riquezas del Magisterio. Y meditando sobre estas palabras, nos vienen a la mente las palabras, tan consoladoras, del Salvador: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30). Son estas palabras alentadoras para tantos cristianos que tienen que enfrentar dificultades para ostentar con altivez el nombre de Nuestro Señor en este mundo apóstata. Es el caso también de aquellos que después de sufrir el abandono del cónyuge ahí encuentran fuerza para seguir fieles a Dios en su nueva situación. La soledad no es una compañera muy deseada, la perspectiva de una vida sin familia puede parecer triste y amarga. Pero todavía es posible encontrar la felicidad en este estado. El ejemplo de los santos y la doctrina de la Iglesia es muy clara: la verdadera felicidad y paz está en hacer la voluntad de Dios, cumpliendo sus mandamientos.

El que se aparta de los mandamientos de Dios y sucumbe bajo el peso de sus pasiones pierde la serenidad, y se verá obligado a cargar un yugo pesado en demasía.

Por eso, no podemos dejar de advertir a los que vacilan entre la fidelidad y el pecado, que una unión fuera de la ley de Dios no es la solución para mejorar a sus vidas. La solución está en confiar en Dios y seguir sus preceptos. No hay un tercer camino con respecto a los mandamientos de Dios: o los cumplimos o los transgredimos. En el primer caso, entraremos en la felicidad eterna, en el segundo, recibiremos el castigo eterno.

Francisco

papa-francisco-se-despide-de-familias

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

Entra en las diversas partes de nuestro estudio

ContenidoAutores

I – La situación de los separados es la misma para todos: no pueden formar segunda unión y cualquier unión formada tras una separación es considerada irregular
II – Todos los bautizados están igualmente obligados a cumplir los Mandamientos con todos los sacrificios que en algunos casos esto implica
III – La felicidad del hombre consiste en hacer la voluntad de Dios

I – La situación de los separados es la misma para todos: no pueden formar segunda unión y cualquier unión formada tras una separación es considerada irregular

 Juan Pablo II

El mandato de la indisolubilidad del matrimonio está destinado a todos los hombres y mujeres

Es importante la presentación positiva de la unión indisoluble, para redescubrir su bien y su belleza. Ante todo, es preciso superar la visión de la indisolubilidad como un límite a la libertad de los contrayentes, y por tanto como un peso, que a veces puede resultar insoportable. En esta concepción, la indisolubilidad se ve como ley extrínseca al matrimonio, como “imposición” de una norma contra las “legítimas” expectativas de una ulterior realización de la persona. A esto se añade la idea, bastante difundida, según la cual el matrimonio indisoluble sería propio de los creyentes, por lo cual ellos no pueden pretender “imponerlo” a la sociedad civil en su conjunto. Para dar una respuesta válida y exhaustiva a este problema es necesario partir de la palabra de Dios. […] Jesús supera radicalmente las discusiones de entonces sobre los motivos que podían autorizar el divorcio, afirmando: “Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así” (Mt 19, 8). […] Esta verdad sobre la indisolubilidad del matrimonio, como todo el mensaje cristiano, está destinada a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos y lugares. Para que eso se realice, es necesario que esta verdad sea testimoniada por la Iglesia y, en particular, por cada familia como “iglesia doméstica”, en la que el esposo y la esposa se reconocen mutuamente unidos para siempre, con un vínculo que exige un amor siempre renovado, generoso y dispuesto al sacrificio. (Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores, defensores del vínculo y abogados de la Rota Romana, n. 2-3.5, 28 de enero de 2002)

Los cristianos tienen que vivir una vida coherente con la fe

En la sociedad actual están en juego muchos valores que afectan a la dignidad del hombre. La defensa y promoción de los mismos depende en gran parte de la vida de fe y de la coherencia de los cristianos con las verdades que profesan. Entre estos valores cabe destacar el respeto por la vida desde la concepción hasta la muerte natural; la garantía efectiva de los derechos fundamentales de la persona; la santidad e indisolubilidad del matrimonio cristiano, así como la estabilidad y dignidad de la familia. Éstas son unas exigencias apremiantes para hacer posible la ansiada paz social. (Juan Pablo II. Carta al arzobispo de México, D. Norberto Rivera Carrera, n. 4, 29 de septiembre 1995)

Jesús radicaliza la exigencia de cumplir los mandamientos

Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios —en particular, el mandamiento del amor al prójimo—, interiorizando y radicalizando sus exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las mayores exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cf. Col 3, 14). […] el precepto que prohíbe el adulterio, se convierte en la invitación a una mirada pura, capaz de respetar el significado esponsal del cuerpo: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal… Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 21-22. 27-28). Jesús mismo es el “cumplimiento” vivo de la Ley, ya que él realiza su auténtico significado con el don total de sí mismo; él mismo se hace Ley viviente y personal, que invita a su seguimiento, da, mediante el Espíritu, la gracia de compartir su misma vida y su amor, e infunde la fuerza para dar testimonio del amor en las decisiones y en las obras (cf. Jn 13, 34-35). (Juan Pablo II. Encíclica Veritatis splendor, n. 15, 6 de agosto de 1993)

Aunque el Evangelio es “signo de contradicción” no faltan gracias para el hombre cumplir sus mandatos

La Iglesia tiene conciencia de ser en el mundo, con esta enseñanza, [no admitir a divorciados en segunda unión a la comunión eucarística] “signo de contradicción”. Las palabras proféticas que Simeón pronunció sobre el Niño, se aplican a Cristo en su vida, y también a la Iglesia en su historia. Muchas veces Cristo, su Evangelio y su Iglesia se convierten en “signo de contradicción” ante aquello que en el hombre no es “de Dios”, sino del mundo o incluso del “príncipe de las tinieblas”.
Llamando incluso el mal por su nombre y enfrentándose a él decididamente, Cristo sale siempre al encuentro de la debilidad humana. Busca la oveja descarriada. Cura las heridas de las almas. Conforta al hombre con su cruz. En el Evangelio no propone exigencias que el hombre no pueda cumplir con la gracia de Dios y con su propia voluntad. Por el contrario, sus exigencias tienen como finalidad el bien del hombre: su verdadera dignidad. (Juan Pablo II. Homilía en Sameiro, Portugal, n. 7, 15 de mayo de 1982)

Benedicto XVI

En medio a una sociedad tentadora cada cristiano tiene el deber de obedecer a Dios y no ser infiel al matrimonio

Superar la tentación de someter a Dios a uno mismo y a los propios intereses, o de ponerle en un rincón, y convertirse al orden justo de prioridades, dar a Dios el primer lugar, es un camino que cada cristiano debe recorrer siempre de nuevo. […] Las pruebas a las que la sociedad actual somete al cristiano, en efecto, son muchas y tocan la vida personal y social. No es fácil ser fieles al matrimonio cristiano, practicar la misericordia en la vida cotidiana, dejar espacio a la oración y al silencio interior; no es fácil oponerse públicamente a opciones que muchos consideran obvias, como el aborto en caso de embarazo indeseado, la eutanasia en caso de enfermedades graves, o la selección de embriones para prevenir enfermedades hereditarias. La tentación de dejar de lado la propia fe está siempre presente y la conversión es una respuesta a Dios que debe ser confirmada varias veces en la vida. (Benedicto XVI. Audiencia general, 13 de febrero de 2013)

Pablo VI

El pueblo cristiano ha de guardar la fidelidad conyugal

¿Dónde está el pueblo cristiano, fiel a la observancia de los preceptos, sólido en la fe, en la plegaria, en el amor a la cruz? No podemos menos de reafirmar aquí el deber de la fidelidad conyugal, a pesar de la existencia legal del divorcio. (Pablo VI. Audiencia general, 24 de mayo de 1978)

Juan XXIII

La procreación de hijos sólo es lícita dentro del sacramento del matrimonio

En esta materia hacemos una grave declaración: la vida humana se comunica y propaga por medio de la familia, la cual se funda en el matrimonio uno e indisoluble, que para los cristianos ha sido elevado a la dignidad de sacramento. Y como la vida humana se propaga a otros hombres de una manera consciente y responsable, se sigue de aquí que esta propagación debe verificarse de acuerdo con las leyes sacrosantas, inmutables e inviolables de Dios, las cuales han de ser conocidas y respetadas por todos. (Juan XXIII. Encíclica Mater et magistra, n. 193, 15 de mayo de 1961)

La fidelidad conyugal es deber sagrado de cada uno de los cónyuges

1. Los católicos se opongan con valentía a cualquier teoría o predicación divorcista, y, de manera especial los que ejerzan alguna autoridad pública, procuren por todos los medios proteger eficazmente el bien de la indisolubilidad.
2. La fidelidad conyugal es un derecho y un deber sagrado de cada uno de los cónyuges. (Juan XXIII. De los artículos del Título VIII, Del matrimonio, del Sínodo Romano, 28 de junio de 1960)

Benedicto XIV

Las leyes deberían castigar los que no respetan la indisolubilidad del matrimonio

Hemos tenido noticias de que el perpetuo e indisoluble vínculo matrimonial cuya firmeza fue proclamada desde siempre y al que Cristo el Señor se dignó confirmar con estas palabras, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre y elevar por la gracia del Evangelio —por lo cual es un sacramento grande en la Iglesia—, se disuelve con tanta facilidad en algunas partes del orbe católico y especialmente en este tan distinguido Reino de Polonia, como si el matrimonio se hubiese contraído no teniendo en cuenta ni la ley natural, ni el derecho divino, ni los preceptos del Evangelio ni tampoco las determinaciones canónicas. Por eso tan grande es nuestra preocupación y tanto el dolor que aflige nuestro corazón de Pontífice, que no nos es dado expresarlo ni con lágrimas ni con palabras. Porque, por más que nos duela, fácilmente llegamos al convencimiento de que estas arbitrariedades en los divorcios vinculares, en virtud de las cuales —no sin grave daño del bien común— un hombre o una mujer —y mientras viven todavía sus cónyuges anteriores— se atreve a contraer un tercero o cuarto matrimonio, han tenido su origen en la precipitada actuación de vuestras curias, según hemos podido constatar por otras fuentes. Sin embargo, no podemos menos de dirigiros, venerables hermanos, nuestras justísimas quejas; y al mismo tiempo, de preparar las leyes convenientes y la forma de cortar y castigar —dentro de los límites prescritos por la Iglesia Católica— tantos desenfrenos. (Benedicto XIV. Encíclica Matrimonii, 11 de abril de 1741)

Catecismo de la Iglesia Católica

No hay ninguna circunstancia que legitime una segunda unión después de un divorcio

Es, por tanto, erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira o las circunstancias [ambiente, presión social, coacción o necesidad de obrar, etc.] que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1756)

San Agustín de Hipona

Ni por causa de los hijos se puede unirse a otra persona

El sacramento mira a que la unión sea irrompible, y el repudiado o repudiada no se una a otra persona ni aun por causa de los hijos. (San Agustín de Hipona. Comentario literal al Génesis, lib. IX, cap. VII, n. 12)

Sagradas Escrituras

No se puede dejar de llamar lo malo por su nombre

¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! (Is 5, 20)

Pío IX

Las uniones fuera del matrimonio son concubinato

Pero ningún católico ignora o puede ignorar que el matrimonio es verdadera y propiamente uno de los siete sacramentos de la ley evangélica, instituido por Cristo Señor, y que, por tanto, no puede darse el matrimonio entre los fieles sin que sea al mismo tiempo sacramento, y, consiguientemente, cualquier otra unión de hombre y mujer entre cristianos, fuera del sacramento, sea cualquiera la ley, aun la civil, en cuya virtud esté hecha, no es otra cosa que torpe y pernicioso concubinato tan encarecidamente condenado por la Iglesia; y, por tanto, el sacramento no puede nunca separarse del contrato conyugal. (Denzinger-Hünermann 2998. Pío IX, Alocución Acerbissimum vobiscum, 27 de septiembre de 1852)

Concilio de Trento

Anatema contra quien niega que una nueva convivencia después de la separación de cónyuge no es adulterio

Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles (Mc 10; 1 Cor 7), no se puede desatar y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema. (Denzinger-Hünermann 1807. Concilio de Trento, Sesión XXIV, Doctrina sobre el sacramento del matrimonio, 11 de noviembre de 1563)

II – Todos los bautizados están igualmente obligados a cumplir los Mandamientos con todos los sacrificios que en algunos casos esto implica

Catecismo de la Iglesia Católica

Nadie está dispensado del cumplimiento de los diez mandamientos

Los diez mandamientos, por expresar los deberes fundamentales del hombre hacia Dios y hacia su prójimo, revelan en su contenido primordial obligaciones graves. Son básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie podría dispensar de ellos. Los diez mandamientos están grabados por Dios en el corazón del ser humano. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2072)

Los diez mandamientos obligan a todos los bautizados

El Concilio de Trento enseña que los diez mandamientos obligan a los cristianos y que el hombre justificado está también obligado a observarlos (cf. DS 1569-1670). Y el Concilio Vaticano II afirma que: “Los obispos, como sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor […] la misión de enseñar a todos los pueblos y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por la fe, el bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación” (Lumen Gentium, n. 24). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2068)

Juan Pablo II

No hay diferentes formas del precepto divino para los diversos hombres y situaciones

Ellos, [los esposos] sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. “Por ello la llamada ‘ley de gradualidad’ o camino gradual no puede identificarse con la ‘gradualidad de la ley’, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y en la propia voluntad” [Juan Pablo II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, 8, 25 de octubre de 1980]. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 34, 22 de noviembre de 1981)

Incluso en los momentos duros de la vida no dejáis de cumplir los mandamientos

Hermanos míos, puede haber momentos duros en vuestra vida: puede haber incluso épocas más o menos prolongadas en las que os consideráis olvidados por Dios. Pero si alguna vez surge dentro de vosotros la tentación del desaliento, recordad esas palabras de la Escritura: aunque una madre se olvidara del hijo de sus entrañas, Dios no se olvida de nosotros”. […] “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”. (Mt 6, 33) ¿Qué quiere decir el Señor con estas palabras? ¿En qué consiste este objetivo primordial? ¿Qué hemos de hacer para buscar, en primer lugar, el Reino de Dios? Conocéis bien la respuesta. Sabéis que para alcanzar la vida eterna es preciso cumplir los mandamientos, es preciso vivir de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, que nos son transmitidas continuamente por su Iglesia. Por eso, queridos hermanos, os animo a comportaros siempre como buenos cristianos, a cumplir los mandamientos, a asistir a misa los domingos, a cuidar vuestra formación cristiana acudiendo a las catequesis que vuestros pastores imparten, a confesaros con frecuencia, a trabajar, a ser buenos padres y esposos fieles, a ser buenos hijos. (Juan Pablo II. Homilía en la Colonia Patria Nueva en México, n. 3.5, 11 de mayo de 1990)

Los “frutos indispensables” que el cristiano tiene que dar, se dan cumpliendo los mandamientos

Como vid lozana, Jesús tiene sarmientos: están constituidos por aquellos que, mediante la fe y el amor, están vitalmente injertados en Él. Con ellos se establece una circulación de savia vital, que, si, por una parte, es indispensable para dar frutos (“sin mí no podéis hacer nada” Jn 15, 5), por otra, comporta la exigencia de manifestarse en frutos fecundos: todo sarmiento que no da fruto es echado fuera y quemado (cf. Jn 15, 6). De aquí, el imperativo: “Permaneced en mí y yo en vosotros… El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto(Jn 15, 4-5). Jesús mismo se preocupa de aclarar en qué consiste este “permanecer en Él”: consiste en el amor; pero un amor que no se agota en sentimentalismo, sino que se traduce en el testimonio concreto de cumplir los mandamientos. Este es, pues, en síntesis el contenido del denso pasaje evangélico propuesto para esta liturgia. Pero se impone una segunda pregunta: si este sentido es válido para todos. […] Todos sois discípulos de Cristo. (Juan Pablo II. Homilía para la inauguración del año académico de los centros de estudio eclesiásticos de Roma, n. 1-2, 23 de octubre de 1981)

Todos los fieles son llamados al cumplimiento generoso de los preceptos de Cristo

Todos los fieles, de cualquier estado o condición —ha recordado el Concilio—, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen gentium, n. 40). El camino de acercamiento a esa meta pasa a través del cumplimiento generoso de la ley de Dios (cf. Mt 7, 21). En la reciente Encíclica Veritatis splendor recordé que “los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor” (Veritatis splendor, n. 15). El cristiano es esencialmente un llamado a la santidad y la norma de su vida es Cristo mismo: “El modo de actuar de Jesús y sus palabras, sus acciones y sus preceptos constituyen la regla moral de la vida cristiana” (ib., 20). (Juan Pablo II. Ángelus, n. 2, 1 de noviembre de 1993)

La única vía para edificarse una vida bien lograda es el cumplimiento de los mandamientos

Queridos jóvenes, la enseñanza que se desprende de este diálogo es evidente: para entrar en la Vida, para llegar al cielo, hay que cumplir los mandamientos. “No todo el que dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre, ése entrará” (Mt 7, 21). No bastan pues las palabras: Cristo os pide que lo améis de obra. “El que ha recibido mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre: y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 4, 21). “La fe y el amor —como os decía con motivo de la III Jornada Mundial de la Juventud, celebrada este año en Roma— no se reducen a palabras o a sentimientos vagos. Creer en Dios y amar a Dios significa vivir toda la vida con coherencia, a la luz del Evangelio…, y esto no es fácil. ¡Sí! Muchas veces se necesita mucho coraje para ir contra la corriente de la moda o la mentalidad de este mundo. Pero, lo repito, ésta es la única vía para edificarse una vida bien lograda y plena” (Homilía durante la celebración de la III Jornada Mundial de la Juventud, n. 3, 27 de marzo de 1988).  (Juan Pablo II. Encuentro con los jóvenes en el campo Ñu Guazú, Paraguay, n. 2, 18 de mayo de 1988)

Los sufrimientos no son razón para apartarse de la voluntad de Dios

El salmista continúa su oración evocando los sufrimientos y los peligros de la vida que debe llevar y que necesita ser iluminada y sostenida: “¡Estoy tan afligido, Señor! Dame vida según tu promesa. […] Mi vida está en peligro; pero no olvido tu voluntad” (Sal 118, 107.109).
Toda la estrofa está marcada por un sentimiento de angustia: “Los malvados me tendieron un lazo” (v. 110), confiesa el orante, recurriendo a una imagen del ámbito de la caza, frecuente en el Salterio. El fiel sabe que avanza por las sendas del mundo en medio de peligros, afanes y persecuciones. Sabe que las pruebas siempre están al acecho. El cristiano, por su parte, sabe que cada día debe llevar la cruz a lo largo de la subida a su Calvario (cf. Lc 9, 23). (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 21 de junio 2004)

Benedicto XVI

Las ideologías materialistas descreditan el cumplimiento de los mandamientos

También hoy el dragón existe con formas nuevas, diversas. Existe en la forma de ideologías materialistas, que nos dicen: es absurdo pensar en Dios; es absurdo cumplir los mandamientos de Dios; es algo del pasado. Lo único que importa es vivir la vida para sí mismo, tomar en este breve momento de la vida todo lo que nos es posible tomar. Sólo importa el consumo, el egoísmo, la diversión. Esta es la vida. Así debemos vivir. Y, de nuevo, parece absurdo, parece imposible oponerse a esta mentalidad dominante, con toda su fuerza mediática, propagandística. Parece imposible aún hoy pensar en un Dios que ha creado al hombre, que se ha hecho niño y que sería el verdadero dominador del mundo. (Benedicto XVI. Homilía por la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, 15 de agosto de 2007)

Pío XI

La doctrina de Cristo permanece siempre absolutamente la misma

Falsean, por consiguiente, el concepto de fidelidad los que opinan que hay que contemporizar con las ideas y costumbres de nuestros días en torno a cierta fingida y perniciosa amistad de los cónyuges con alguna tercera persona, defendiendo que a los cónyuges se les ha de consentir una mayor libertad de sentimientos y de trato en dichas relaciones externas, y esto tanto más cuanto que (según ellos afirman) en no pocos es congénita una índole sexual, que no puede saciarse dentro de los estrechos límites del matrimonio monogámico. […] El sentimiento noble de los esposos castos, aun siguiendo sólo la luz de la razón, resueltamente rechaza y desprecia como vanas y torpes semejantes ficciones; y este grito de la naturaleza lo aprueba y confirma lo mismo el divino mandamiento: “No fornicarás” (Ex 20, 14), que aquello de Cristo: “Cualquiera que mirare a una mujer con mal deseo hacia ella, ya adulteró en su corazón” (Mt 5, 28), no bastando jamás ninguna costumbre, ningún ejemplo depravado, ningún pretexto de progreso humano, para debilitar la fuerza de este precepto divino. Porque así como es uno y el mismo Jesucristo ayer y hoy, y el mismo por los siglos de los siglos (Heb 13, 8) así la doctrina de Cristo permanece siempre absolutamente la misma y de ella no caerá ni un ápice siquiera hasta que todo sea perfectamente cumplido (cf. Mt 5, 18). (Pío XI. Encíclica Casta connubii, n. 26, 31 de diciembre 1930)

San Ireneo de Lyon

Quien no cumple los mandamientos es castigado, quien los cumple es premiado

Pues en un principio Dios amonestó a los seres humanos por medio de los preceptos naturales que desde el inicio inscribió en su naturaleza, es decir por el Decálogo —ya que, si alguien no los cumple, no obtendrá la salvación—, y nada más les pidió entonces, como dice Moisés en el Deuteronomio: “Estos son todos los mandamientos que el Señor dirigió desde el monte a toda la comunidad de los hijos de Israel, nada más añadió, las escribió en dos tablas de piedra que me entregó” (Dt 5, 22), y ordenó que observaran estos preceptos quienes quisieran seguirlo (Dt 19,17). […] Mas si alguno, mirando la desobediencia de los israelitas desviados, juzgare débil la Ley, hallará en nuestra vocación que “muchos son los llamados, y pocos los elegidos” (Mt 22, 14). Muchos son lobos por dentro, aunque por fuera se visten con piel de oveja (Mt 7,15). Dios siempre ha protegido, por una parte la libertad y decisión del ser humano, y por otra su exhortación a él: por ello quienes no obedecen son justamente juzgados por su desobediencia, y quienes obedecen y creen reciben la corona incorruptible. (San Ireneo de Lyon. Contra los herejes, lib. IV, cap. 15, n. 1-2)

III – La felicidad del hombre consiste en hacer la voluntad de Dios

Sagradas Escrituras

Felices los limpios de corazón

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. (Mt 5, 8)

Toda suerte de aflicción vendrá sobre quien no observa los preceptos de Dios

Todas estas maldiciones vendrán sobre ti, te perseguirán y te alcanzarán, hasta destruirte, por no haber escuchado la voz del Señor, tu Dios, observando los preceptos y mandatos que él te mandó  y serán como signo y prodigio contra ti y tu descendencia, por siempre. (Dt 28, 45-46)

Juan Pablo II

La alegría verdadera y la serenidad se encuentran en el cumplimiento de los preceptos divinos

A pesar de todo [el sufrimiento y las dificultades], el justo conserva intacta su fidelidad: “Lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos […]. No olvido tu voluntad […]. No me desvié de tus decretos” (Sal 118, 106.109.110). La paz de la conciencia es la fuerza del creyente; su constancia en cumplir los mandamientos divinos es la fuente de la serenidad. Por tanto, es coherente la declaración final: “Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón” (v. 111). Esta es la realidad más valiosa, la “herencia”, la “recompensa” (v. 112), que el salmista conserva con gran esmero y amor ardiente: las enseñanzas y los mandamientos del Señor. Quiere ser totalmente fiel a la voluntad de su Dios. Por esta senda encontrará la paz del alma y logrará atravesar el túnel oscuro de las pruebas, llegando a la alegría verdadera. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 3, 21 de junio 2004)

Felicidad fuera de la fidelidad matrimonial es una mentira del mundo

Por desgracia, hoy se está difundiendo en el mundo un engañoso mensaje de felicidad imposible e inconsistente, que conlleva sólo desolación y amargura. La felicidad no se consigue por el camino de la libertad sin la verdad, porque se trata del camino del egoísmo irresponsable, que divide y corroe a la familia y a la sociedad. ¡No es verdad que los esposos, como si fueran esclavos condenados a su propia fragilidad, no pueden permanecer fieles a su entrega total, hasta la muerte! El Señor, que os llama a vivir en la unidad de “una sola carne”, unidad de cuerpo y alma, unidad de la vida entera, os da la fuerza para una fidelidad que ennoblece y hace que vuestra unión no corra el peligro de una traición, que priva de la dignidad y de la felicidad e introduce en el hogar división y amargura, cuyas principales víctimas son los hijos. La mejor defensa del hogar está en la fidelidad, que es un don de Dios, fiel y misericordioso, en un amor redimido por él. (Juan Pablo II. Discurso a las familias en Rio de Janeiro, n. 2, 4 de octubre de 1997)

Benedicto XVI

Llevar la cruz de Cristo es el camino de la felicidad auténtica

¿Puede haber felicidad auténtica prescindiendo de Dios? La experiencia demuestra que no se es feliz por el hecho de satisfacer las expectativas y las exigencias materiales. En realidad, la única alegría que llena el corazón humano es la que procede de Dios. De hecho, tenemos necesidad de la alegría infinita. Ni las preocupaciones diarias, ni las dificultades de la vida logran apagar la alegría que nace de la amistad con Dios.
La invitación de Jesús a cargar con la propia cruz y seguirle, en un primer momento puede parecer dura y contraria de lo que queremos; nos puede parecer que va contra nuestro deseo de realización personal. Pero si lo miramos bien, nos damos cuenta de que no es así: el testimonio de los santos demuestra que en la cruz de Cristo, en el amor que se entrega, renunciando a la posesión de sí mismo, se encuentra la profunda serenidad que es manantial de entrega generosa a los hermanos, en especial, a los pobres y necesitados. Y esto también nos da alegría a nosotros mismos. El camino cuaresmal de conversión, que hoy emprendemos con toda la Iglesia, se convierte, por tanto, en la ocasión propicia, “el momento favorable” (cf. 2 Cor 6, 2) para renovar nuestro abandono filial en las manos de Dios y para poner en práctica lo que Jesús sigue repitiéndonos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8, 34), y así emprenda el camino del amor y de la auténtica felicidad. (Benedicto XVI. Audiencia general, 6 de febrero de 2008)

La felicidad está en la fidelidad a las Palabras de Cristo

Queridos jóvenes, […] Amad y seguid a la Iglesia que ha recibido de su Fundador la misión de indicar a los hombres el camino de la verdadera felicidad. No es fácil reconocer y encontrar la auténtica felicidad en el mundo en que vivimos, en el que el hombre a menudo es rehén de corrientes ideológicas, que lo inducen, a pesar de creerse “libre”, a perderse en los errores e ilusiones de ideologías aberrantes. Urge “liberar la libertad” (cf. Veritatis splendor, n. 86), iluminar la oscuridad en la que la humanidad va a ciegas. Jesús ha mostrado cómo puede suceder esto: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32). El Verbo encarnado, Palabra de Verdad, nos hace libres y dirige nuestra libertad hacia el bien. (Benedicto XVI. Mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXI Jornada Mundial de la Juventud, 9 de abril de 2006)

San Agustín de Hipona

Infeliz es la felicidad de los pecadores

No hay nada más infeliz que la felicidad de los que pecan. (San Agustín de Hipona citado por Santo Tomás de Aquino. Catena Aurea in Mt 5, 38-42)

Felices son aquellos que andan en la ley del Señor

Este gran salmo, hermanos míos, desde su comienzo nos exhorta a la bienaventuranza, que nadie desprecia. ¿Quién puede, pudo o podrá jamás encontrar a alguno que no quiera ser feliz? Si el que exhorta no hace más que mover la voluntad de aquel a quien persuade para que vaya en pos de lo que le sugiere, […] Luego ¿por qué se nos incita a que queramos lo que no podemos menos de querer si no es porque, deseando todos la felicidad, muchos ignoran el modo de llegar a ella? Esto, pues, es lo que enseña el que dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. Esto es como si dijese: Sé lo que quieres: buscas la bienaventuranza. Si quieres ser feliz, sé inmaculado. Todos quieren la felicidad, pero pocos los que quieren ser inmaculados, sin lo cual no se llega a conseguir lo que todos quieren. Pero ¿en dónde llegará a ser inmaculado el hombre si no es en el camino? ¿En qué camino? En el del Señor. Por esto se nos exhorta y no en vano se nos dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. (San Agustín de Hipona. Comentarios al Salmo 118, lib. III, ser. I, n. 1)

Estudios relacionados
  • 102 - La familia es una realidad social, de cultura. No podemos calificarla con conceptos de naturaleza ideológica. No se puede hablar hoy de familia conservadora o familia progresista: la familia es familia
  • 13 - ¿Qué se puede hacer con una cultura que no tiene en cuenta a la familia? Yo no tengo recetas
  • 145 - Los divorciados en nueva unión pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento
  • 148 - La Iglesia no deja de valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que todavía no corresponden o ya no corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio
  • 149 - Ninguna familia es una realidad celestial. Contemplar la plenitud que todavía no alcanzamos, nos permite relativizar el recorrido histórico que estamos haciendo como familias, para dejar de exigir a las relaciones interpersonales una perfección, una pureza de intenciones y una coherencia que sólo podremos encontrar en el Reino definitivo

  • Print Friendly, PDF & Email