149 – Ninguna familia es una realidad celestial. Contemplar la plenitud que todavía no alcanzamos, nos permite relativizar el recorrido histórico que estamos haciendo como familias, para dejar de exigir a las relaciones interpersonales una perfección, una pureza de intenciones y una coherencia que sólo podremos encontrar en el Reino definitivo

Pensemos en la vida de un soldado que pasó por el desgaste de luchas difíciles e interminables. Cuántas veces vio caer a su alrrededor varios de sus compañeros, sin saber si él mismo sobreviviría, pero motivado por el deseo de contribuir a la victoria de la causa que le exigía su sacrificio. Esto le estimulaba a seguir adelante y luchar como un héroe, dispuesto, inclusive, a dar su vida si fuera necesario. Son muchas las patrias que tienen esa gloria de haber tenido entre sus hijos hombres de valor, más preocupados con vivir plenamente su deber, que con rendirse para vivir una vida cómoda manchada por la traición y el egoísmo.

Imaginemos ahora una situación hipotética. Un general que en medio de las peores batallas que su ejército tuviera que enfrentar, tuviera bajo sus órdenes un pelotón de reclutas hartos de luchar y que empezaran a disminuir el paso, a desobedecer las órdenes recibidas, a entregar informaciones al enemigo e incluso a perseguir a sus camaradas que aún se mantuvieran fieles. ¿Podría un ejército así derrotar al enemigo y alcanzar la paz para su patria? ¿Habría algo al alcance del general para rectificar semejante situación? Los buenos soldados así lo esperarían, seguros de que con unas buenas medidas, por sus esfuerzos y valentía delante del enemigo y a pesar de sus compañeros, ellos serán condecorados y los otros justamente castigados.

Pero supongamos que el general, en vista de lo trágico de la situación, reuniera a todos los soldados y arengara del siguiente modo:

“Ningún ejercito es perfecto… no podemos juzgar con dureza a quienes se han cansado de la lucha. Es hora de suavizar las exigencias de la disciplina y de la lealtad”. Imaginemos aún que, terminando el discurso, condecorase a varios de los reclutas traidores.

¿Necesitamos continuar la historia o ya está claro a donde llevará todo esto?

Dejar de estimular el buen comportamiento equivale a favorecer el vicio. El hombre, siempre tendiente a ceder delante de las peores inclinaciones por el pecado original, necesita incentivos y desafíos en cualquier campo. No hace falta dar ejemplos, pues este principio está presente en nuestro día a día, en las innumerables situaciones en que la expectativa de una recompensa o de un castigo nos fuerza a actuar con mayor perfección.

Pues bien, si esto es así en la vida natural, ¿cómo podrá ser diferente en lo espiritual?

Relativizar….una palabra que jamás desearíamos encontrar en un documento pontificio, y menos aún hablando del matrimonio, pues si hay un punto donde no cabe ninguna forma de relativismo es en todo lo relacionado con la institución fundamental de la sociedad. ¿Qué intención tiene aquel deja de exigir la coherencia cristiana en la vida familiar? ¿Estará clasificando como buenas la deshonestidad, la incoherencia y el relajamiento en los deberes matrimoniales? ¡Qué enseñanza desalentadora para los esposos que luchan por cumplir la moral católica en un mundo que la ha abandonado! ¡Y qué padres ejemplares saldrán para los pobres niños que nazcan en semejante atmósfera donde no se valoran la bendiciones celestiales!

¿Que dice la Iglesia sobre las virtudes esenciales de los esposos cristianos? ¿Las podemos relativizar?

 

Francisco

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 Enseñanzas del Magisterio

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I La Sagrada Familia sigue siendo modelo para las familias cristianas, ejemplo para la práctica de las altas virtudes que deben reinar en los hogares
II ‒ No se pueden relativizar las exigencias de una vida santa en la vocación matrimonial. La familia está llamada a la perfección
III Es posible experimentar realidades verdaderamente celestiales en la vida familiar llevada con santidad
IV – Las familias de hoy, como las de siempre, deben tener como objetivo una alta santidad
V – El ideal de la vida familiar no puede desarrollarse plenamente según medidas mediocres

I ‒ La Sagrada Familia sigue siendo modelo para las familias cristianas, ejemplo para la práctica de las altas virtudes que deben reinar en los hogares

Juan Pablo II

La Sagrada Familia es modelo incomparable de toda familia cristiana

Y a vosotros recién casados, va mi felicitación afectuosa. Os habéis unido en el sacramento del matrimonio en este tiempo navideño en el que la Iglesia celebra y honra con devoción particular a la “Santa Familia de Jesús, María y José”. A esta Familia Santa, modelo incomparable de toda comunidad familiar humana y cristiana, confío el compromiso sagrado que habéis asumido ante Dios, la Iglesia y la sociedad, así como también vuestros propósitos, ideales y proyectos. La bendición apostólica que os imparto con cordialidad sincera, os sea demostración de mi amor. (Juan Pablo II. Audiencia general, 7 de enero de 1981)

La familia fundada en la caridad tiene como modelo la Sagrada Familia

La familia se redescubre como comunión de amor entre personas, fundada en la verdad, en la caridad, en la fidelidad indisoluble de los esposos y en la acogida de la vida. A la luz de la Navidad, la familia comprende su vocación a ser una comunidad de proyectos, de solidaridad, de perdón y de fe donde la persona no pierde su identidad, sino que, aportando sus dones específicos, contribuye al crecimiento de todos. Así sucedió en la Sagrada Familia, que la fe presenta como inicio y modelo de las familias iluminadas por Cristo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 29 de diciembre de 1999)

Juan XXIII

Todo hogar debe ser una escuela de virtudes a imitación del de Nazaret

Por eso, muy de veras deseamos que todo hogar se convierta, a imitación del de Nazaret, en un santuario de religiosidad y sea escuela de virtudes. (Juan XXIII. Mensaje al Congreso Nacional de la familia española, 10 de febrero de 1959)

La Sagrada Familia invita a considerar la altura de las tareas que la Iglesia espera de las familias

He aquí la enseñanza de Nazaret: familias santas, amor bendito, virtudes domésticas que se desbordan al calor de los corazones ardientes, de voluntades generosas y buenas. La familia es el primer ejercicio de vida cristiana, la primera escuela de fortaleza y de sacrificio, de derecho moral y de abnegación. Ella es el vivero de vocaciones sacerdotales y religiosas y también de empresas apostólicas para el laicado cristiano; la parroquia adquiere dignidad nueva y fisonomía inconfundible y se enriquece con nueva linfa vital de almas regeneradas que viven en la gracia del Señor. El Concilio Ecuménico será también una solemne llamada a la grandeza de la familia y a los deberes inherentes a ellas. Acoged, queridos hijos, como el primer fruto de Nuestras palabras que os invitan a considerar cada vez más a fondo, a la luz de la sagrada familia, la altura de las tareas que de vosotros espera la Iglesia. (Juan XXIII. Discurso, 4 de octubre de 1962)

Pío XII

María, modelo de las virtudes del hogar

La Madre de Jesús es, en efecto, un perfectísimo modelo de las virtudes domésticas, de aquellas virtudes que deben embellecer el estado de los cónyuges cristianos. En María encontramos el afecto más puro, santo y fiel, hecho de sacrificio y de atenciones delicadas, a su santísimo esposo: en Ella la entrega completa y continua a los cuidados de la familia y de la casa: en Ella la perfecta fe y el amor hacia su Hijo Divino: en Ella la humildad que se manifestaba en la sumisión a José, en la inalterable paciencia y serenidad frente a las incomodidades de la pobreza y del trabajo, en la plena conformidad a las disposiciones, con frecuencia arduas y penosas, de la Divina Providencia, en la dulzura del trato y en la caridad hacia todos aquellos que vivían junto a los santos muros de la casita de Nazaret. (Pío XII. Discurso a unos recién casados, 31 de mayo de 1939)

León XIII

La perfección brilló en la Sagrada Familia, que había de constituir el modelo de todas las demás

Tal fue la familia de Nazaret, en la que se ocultaba ―antes de resplandecer ante las naciones con su plena luz― el sol de justicia, Cristo Dios Salvador Nuestro, con la Santísima Virgen y San José, su santísimo esposo, el cual hacía con Jesús el oficio de padre. No podríamos dudar de que la perfección que, para la sociedad y vida doméstica, nacía de la fidelidad recíproca a los deberes de caridad, de la santidad de costumbres y de la práctica de las virtudes, brilló con el más vivo resplandor en esta Sagrada Familia que había de constituir el modelo de todas las demás. Igualmente, por una benigna disposición de la Providencia, esta Familia se instituyó de suerte que todos los cristianos, de cualquier condición y país que sean, puedan encontrar en ella fácilmente –con un poco de atención– un motivo o invitación a practicar todas las virtudes. En efecto; los padres de familia tienen en San José, un modelo consumado de vigilancia y previsión paternal. La Santísima Virgen, Madre de Dios, es para todas las madres un modelo admirable de amor, modestia, espíritu de sumisión y fe perfecta. En la persona de Jesús, que “vivía sumiso a ellos” (Lc 2, 51), los hijos pueden admirar, venerar e imitar un modelo divino de obediencia. (León XIII. Breve Neminem fugit, 14 de junio de 1892)

II ‒ No se pueden relativizar las exigencias de una vida santa en la vocación matrimonial. La familia está llamada a la perfección

Juan Pablo II

¿Qué diría Juan Pablo II de Amoris laetitia?

Por desgracia, se deben registrar, precisamente en este Año de la Familia, iniciativas difundidas por una parte notable de los medios de comunicación, que, en su sustancia, son anti-familiares. Son iniciativas que dan la prioridad a lo que decide de la descomposición de las familias y de la derrota del ser humano, hombre, mujer o hijos. En efecto se llama bien lo que en realidad es mal: las separaciones, decididas con ligereza; las infidelidades conyugales, no sólo toleradas sino incluso exaltadas; los divorcios; y el amor libre, son propuestos a veces como modelos que imitar. ¿A quién beneficia esta propaganda? ¿De qué fuentes nace? (Juan Pablo II. Ángelus, 20 de febrero de 1994)

La familia debe desempeñar el papel de su altísima dignidad

¿Se puede hablar también hoy de un modelo de familia? La Iglesia está convencida de que, en el contexto actual, es más necesario que nunca reafirmar las instituciones del matrimonio y la familia como realidades que derivan de la sabia voluntad de Dios y revelan plenamente su significado y valor dentro de su designio creativo y salvífico (cf. ib.; Gaudium et spes, n. 48; Familiaris consortio, n. 11-16). […] En este método os estáis inspirando durante el actual simposio con referencia al contexto europeo. Deseo que esta oportuna iniciativa contribuya a hacer que en la Europa de hoy y del futuro la familia desempeñe adecuadamente el papel que le corresponde por su altísima dignidad. Con este fin, os aseguro un especial recuerdo en la oración e invoco la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, modelo de toda familia. (Juan Pablo II. Discurso a los participantes en el segundo simposio europeo de profesores universitarios, n. 3-4, 25 de junio de 2004)

Es deber fundamental reafirmar con fuerza la doctrina de la indisolubilidad matrimonial

Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza. Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia. (Juan Pablo II. Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 20, 22 de noviembre de 1981)

Benedicto XVI

Hay que luchar contra los modelos contrarios al Evangelio difundidos por el mundo

Institución divina fundada en el matrimonio, tal y como lo ha querido el Creador mismo (cf. Gen 2, 18-24; Mt 19, 5), la familia está actualmente expuesta a muchos peligros. La familia cristiana, en particular, se ve más que nunca frente a la cuestión de su identidad profunda. En efecto, las características esenciales del matrimonio sacramental —la unidad y la indisolubilidad (cf. Mt 19, 6)—, y el modelo cristiano de familia, de la sexualidad y del amor, se ven hoy en día, si no rechazados, al menos incomprendidos por algunos fieles. Acecha la tentación de adoptar modelos contrarios al Evangelio, difundidos por una cierta cultura contemporánea diseminada por todo el mundo. El amor conyugal se inserta en la alianza definitiva entre Dios y su pueblo, sellada plenamente en el sacrificio de la cruz. Su carácter de mutua entrega de sí al otro hasta el martirio, se manifiesta en algunas Iglesias orientales, donde cada uno de los contrayentes recibe al otro como “corona” durante la ceremonia nupcial, llamada con razón “oficio de coronación”. El amor conyugal no se construye en un momento, sino que es el proyecto paciente de toda una vida. Llamada a vivir cotidianamente el amor en Cristo, la familia cristiana es un instrumento privilegiado de la presencia y la misión de la Iglesia en el mundo. (Benedicto XVI. Exhortación apostólica Ecclesia in Medio Oriente, n. 58, 14 de septiembre de 2012)

Pío XI

No podemos ser como las bestias que se gobiernan únicamente por el instinto

Por obra, pues, del matrimonio, se juntan y se funden las almas aun antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino con una determinación firme y deliberada de las voluntades; y de esta unión de las almas surge, porque así Dios lo ha establecido, un vínculo sagrado e inviolable. Tal es y tan singular la naturaleza propia de este contrato, que en virtud de ella se distingue totalmente, así de los ayuntamientos propios de las bestias, que, privadas de razón y voluntad libre, se gobiernan únicamente por el instinto ciego de su naturaleza, como de aquellas uniones libres de los hombres que carecen de todo vínculo verdadero y honesto de la voluntad, y están destituidas de todo derecho para la vida doméstica. (Pío XI. Encíclica Casti connubii, n. 5-6, 31 de diciembre de 1930)

León XIII

La familia tiene que estar constituida santamente y regida por leyes santas

Nadie ignora que la prosperidad privada y pública depende principalmente de la constitución de la familia. En efecto, cuanto más profundamente arraigada se halla la virtud en el seno de la familia, cuanto más grande sea la solicitud de los padres por inculcar a sus hijos ―por medio de la doctrina y del ejemplo― los preceptos de la religión, tanto mayores frutos nacerán de ahí para el bien común. Por este motivo, es de soberana importancia que la sociedad doméstica no sólo esté constituida santamente, sino que además se halle regida por leyes santas; y que el espíritu de la religión y los principios de la vida cristiana se desarrollen en ella con esmero y constancia. Evidentemente, con este fin, el Dios misericordioso, cuando quiso realizar la obra de la reparación humana, esperada desde hacía siglos, dispuso de tal suerte sus elementos y su orden, que ―desde el principio― esta obra presentó al mundo la forma augusta de una familia divinamente constituida, en la cual los hombres todos pudieran contemplar un perfectísimo ejemplo de sociedad doméstica y un modelo de toda virtud y santidad. (León XIII. Breve Neminem fugit, 14 de junio de 1892)

Pío VIII

Que nadie haga jamás ninguna cosa que vaya contra la perpetuidad del vínculo conyugal

Pero, en razón de los tiempos en que vivimos, pensamos que, además, debemos recomendar muy encarecidamente a vuestro celo por la salvación de las almas el que, llenos de solicitud por la santidad del matrimonio, inspiréis a vuestra grey un respeto sagrado hacia el mismo, de suerte que nadie haga jamás ninguna cosa que rebaje la dignidad de este gran sacramento, ninguna cosa que deshonre un lecho inmaculado, ninguna cosa ―finalmente― que vaya contra la perpetuidad del vínculo conyugal. Y esto únicamente se podrá conseguir, si el pueblo cristiano es instruido cuidadosamente de que la regla del matrimonio no depende de la sola ley humana, sino de la ley divina; y de que el matrimonio ha de contarse entre las cosas sagradas, y, por tanto, se halla sometido enteramente a la Iglesia. […] Hay, pues, que instruir a los pueblos de lo que está prescrito por las leyes de la Iglesia y los decretos de los Concilios y exponerles lo que está prohibido, a fin de que cumplan todo lo relativo a la esencia del sacramento y no se permitan hacer cosas que la Iglesia aborrece. Nos suplicamos a vuestra religión, con el mayor encarecimiento, que cumpláis este deber con toda la piedad, doctrina y celo que poseéis. (Pío VIII. Encíclica Traditi humilitati, 24 mayo 1829)

Pontificio Consejo para la Familia

Es indispensable formar los cónyuges para que puedan llevar una vida de perfección

Para ayudar a los cónyuges a conocer el camino de su santidad y a cumplir su misión, es fundamental la formación de sus conciencias y el cumplimiento de la voluntad de Dios en el ámbito específico de la vida matrimonial, o sea en su vida de comunión conyugal y de servicio a la vida. La luz del Evangelio y la gracia del sacramento representan el binomio indispensable para la elevación y la plenitud del amor conyugal que tiene su fuente en Dios Creador. En efecto, “el Señor se ha dignado sanar, perfeccionar y elevar este amor con un don especia de la gracia y de la caridad” (Gaudium et Spes, n. 49). (Pontificio Consejo para la Familia. Vademécum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal, 12 de febrero de 1997)

Catecismo Romano

Tan santo es el matrimonio que los fieles no deben mancharlo con torpezas y liviandades

Primeramente, pues, se explicará el origen y la definición de Matrimonio; porque, ostentando muchas veces los vicios apariencia de virtud, es conveniente evitar que los fieles, engañados por un concepto erróneo del matrimonio, manchen sus almas con torpezas y perversas liviandades; y, para explicar todo esto, debe comenzarse por el significado del nombre. Llamase Matrimonio, porque la mujer debe casarse principalmente para ser madre, o por ser propio de la madre concebir, parir y criar a los hijos. (Catecismo Romano, II, VIII, El sacramento del matrimonio)

San Agustín de Hipona

Cuanto más castos son los esposos mejor es el matrimonio

El matrimonio es, pues, un bien que torna tanto mejores a los esposos cuanto más castos, más fieles y más temerosos son del Señor, y mucho más si a los hijos que engendran según la carne los crían y educan según el espíritu. (San Agustín de Hipona. La bondad del matrimonio, c. XIX)

Por ningún motivo es lícito abandonar a la consorte para unirse a otra

De hecho, así sucede entre Cristo y la Iglesia, a saber, viviendo uno unido al otro no los separa ningún divorcio por toda la eternidad. En tan gran estima se tiene este sacramento en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo —esto es, en la Iglesia de Cristo— por todos los esposos cristianos, que, sin duda, son miembros de Cristo, que, aunque las mujeres se unan a los hombres y los hombres a las mujeres con el fin de procrear hijos, no es lícito abandonar a la consorte estéril para unirse a otra fecunda. Si alguno hiciese esto, sería reo de adulterio; no ante la ley de este mundo, donde, mediante el repudio, está permitido realizar otro matrimonio con otro cónyuge —según el Señor, el santo Moisés se lo permitió a los israelitas por la dureza de su corazón—, pero sí lo es para la ley del Evangelio. Lo mismo sucede con la mujer que se casara con otro. (San Agustín de Hipona. El matrimonio y la concupiscencia, 1, X)

Sagradas Escrituras

El adulterio de las segundas uniones

Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera, y el que se casa con la repudiada por el marido, comete adulterio, y el que se casa con una repudiada por su marido comete adulterio. (Lc 16, 18)

Las leyes matrimoniales son de Dios

La mujer casada se debe por ley a su marido mientras este vive; pero si muere el marido, queda liberada de la ley del marido. De modo que mientras vive el marido, es considerada adúltera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de la ley, de manera que no es adúltera si se une a otro hombre. (Rom 7, 2-3)

III – Es posible experimentar realidades verdaderamente celestiales en la vida familiar llevada con santidad

Santa Teresa del Niño Jesús

La Doctora de la Iglesia consideraba sus padres más dignos del cielo que de la tierra

El buen Dios me dio un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra. (Santa Teresa de Niño Jesús. Carta al Padre Bellière, carta 261, 26 de julio de 1997).

Luis Martin parecía no pertenecer ya a esta tierra

Y yo escuchaba bien, pero miraba más a papá que al predicador. ¡Me decía tantas cosas su hermoso rostro…! A veces sus ojos se llenaban de lágrimas que trataba en vano de contener. Tanto le gustaba a su alma abismarse en las verdades eternas, que parecía no pertenecer ya a esta tierra… Sin embargo, su carrera estaba aún muy lejos de terminar: tenían que pasar todavía largos años antes de que el hermoso cielo se abriera ante sus ojos extasiados y de que el Señor enjugara las lágrimas de su servidor fiel y cumplidor… (Santa Teresa del Niño Jesús. Historia de un alma, Manuscrito A, n. 17v, enero de 1895)

“No tenía más que mirarlo para saber cómo rezan los santos”

Luego subíamos para rezar las oraciones en común, y la reinecita se ponía solita junto a su rey, y no tenía más que mirarlo para saber cómo rezan los santos… (Santa Teresa del Niño Jesús. Historia de un alma, manuscrito A, n. 18r, enero de 1895)

Hogar impregnado de un perfume virginal

Él la hizo (Santa Teresa del Niño Jesús) nacer en una tierra santa e impregnada toda ella como de un perfume virginal. (Santa Teresa del Niño Jesús. Historia de un alma, manuscrito A, n. 3v, enero de 1895)

Congregación para la Causa de los Santos

Se santificaron a través, en y por el matrimonio

El matrimonio es una de las vocaciones más nobles y más elevadas a las que los hombres están llamados por la Providencia. Luis y Celia comprendieron que podían santificarse no a pesar del matrimonio, sino a través, en y por el matrimonio, y que su unión debía ser considerada como el punto de partida de una ascensión de dos personas. Hoy la Iglesia no solamente admira la santidad de estos hijos de la tierra de Normandía, un don para todos, sino que se mira en esta pareja de beatos que contribuye a hacer más hermoso y espléndido el vestido de novia de la Iglesia. No sólo admira la santidad de su vida; reconoce en este matrimonio la santidad eminente de la institución del amor conyugal, tal como la ha concebido el Creador mismo. (Congregación de la Causa de los Santos. Homilía de la Misa de canonización de Luis y Celia Martín, 19 de octubre de 2008)

Pío VIII

La unión conyugal elevada a la dignidad de sacramento es enriquecida por dones celestiales

Porque esta unión conyugal, que antaño no tenía más finalidad que la de hacer que de sí naciera una posteridad, y de asegurar la duración perpetua de la misma, ahora, elevada ya a la dignidad de sacramento, y enriquecida por dones celestiales (porque la gracia acude a perfeccionar a la naturaleza), se goza no tanto de procrear hijos cuanto de educarlos para Dios y para la religión divina, y procura ampliar de esta manera el número de adoradores del verdadero Dios. En efecto: es cierto que esta unión conyugal (cuyo autor es Dios) representa la unión perpetua y altísima entre Cristo Nuestro Señor y la Iglesia; y que esta sociedad ―tan íntima― entre el hombre y su esposa es el sacramento, e. d. la señal sagrada, del amor inmortal de Cristo hacia su Esposa. (Pío VIII. Encíclica Traditi humilitati, 24 mayo 1829)

Pío XII

Las contrariedades de la vida familiar no humillan, sino exaltan y valen por una felicidad

Ante vosotros, recién casados, que sucedéis a otros grupos semejantes que os han precedido delante de Nos y han sido por Nos bendecidos, nuestro pensamiento nos trae a la mente el gran dicho del Eclesiastés: “Pasa una generación y sucede otra; pero queda siempre la tierra” (Eclo 1, 4). Así corren nuevos siglos, pero Dios no cambia; no cambia el Evangelio ni el destino del hombre para la eternidad; no cambia la ley de la familia; no cambia el inefable ejemplo de la familia de Nazaret, gran sol de tres soles, el uno de fulgores más divinos y más ardientes que los otros dos que le rodean. Mirad a aquella modesta y humilde mansión, oh padres y madres; contemplad a Aquél que se creía “hijo del carpintero” (Mt 13, 55), nacido del Espíritu Santo y de la Virgen esclava del Señor; y confortaos en los sacrificios y en los trabajos de la vida. Arrodillaos ante ellos como niños; invocadlos, suplicadles; y aprended de ellos cómo las contrariedades de la vida familiar no humillan, sino exaltan; cómo no hacen al hombre ni a la mujer menos grandes o queridos para el cielo, sino que valen una felicidad, que en vano se busca entre las comodidades de este mundo donde todo es efímero y fugaz. (Pío XII. Alocución a recién casados, 11 de marzo de 1942)

San Agustín de Hipona

Felices son aquellos que andan en la ley del Señor

Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. Esto es como si dijese: Sé lo que quieres: buscas la bienaventuranza. Si quieres ser feliz, sé inmaculado. Todos quieren la felicidad, pero pocos los que quieren ser inmaculados, sin lo cual no se llega a conseguir lo que todos quieren. Pero ¿en dónde llegará a ser inmaculado el hombre si no es en el camino? ¿En qué camino? En el del Señor. Por esto se nos exhorta y no en vano se nos dice: Bienaventurados los que están sin mancilla en el camino, los que andan en la ley del Señor. (San Agustín de Hipona. Comentarios al Salmo 118, lib. III, ser. I, n. 1)

En medio de las tribulaciones Dios hace con que los padres santos sientan las alegrías celestes

Entre tanto, mi madre, fiel sierva tuya, lloraba en tu presencia mucho más que las demás madres suelen llorar la muerte corporal de sus hijos, porque veía ella mi muerte con la fe y espíritu que había recibido de ti. Y tú la escuchaste, Señor; tú la escuchaste y no despreciaste sus lágrimas, que, corriendo abundantes, regaban el suelo allí donde hacía oración; sí, tú la escuchaste, Señor. Porque ¿de dónde sino aquel sueño con que la consolaste, viniendo por ello a readmitirme en su compañía y mesa, ella que había comenzado a negarme ante la aversión y detestación provocadas por las blasfemias de mi error? […] Y cuando ella fijó su vista, me vio junto a ella de pie sobre la misma regla […] el mismo sueño con el cual anunciaste a esta piadosa mujer con mucho tiempo de antelación, a fin de consolarla en su inquietud presente, un gozo que no había de realizarse sino mucho tiempo después. (San Agustín de Hipona. Confesiones, L. III, c. XI)

IV – Las familias de hoy, como las de siempre, deben tener como objetivo una alta santidad

Benedicto XVI

Santa Brígida vivía lo que todos los esposos están llamados a vivir: la santidad conyugal

Este primer período de la vida de Brígida nos ayuda a apreciar lo que hoy podríamos definir una auténtica “espiritualidad conyugal”: los esposos cristianos pueden recorrer juntos un camino de santidad, sostenidos por la gracia del sacramento del matrimonio. No pocas veces, precisamente como sucedió en la vida de santa Brígida y de Ulf, es la mujer quien con su sensibilidad religiosa, con la delicadeza y la dulzura logra que el marido recorra un camino de fe. Pienso con reconocimiento en tantas mujeres que, día tras día, también hoy iluminan a su familia con su testimonio de vida cristiana. Que el Espíritu del Señor suscite también hoy la santidad de los esposos cristianos, para mostrar al mundo la belleza del matrimonio vivido según los valores del Evangelio: el amor, la ternura, la ayuda recíproca, la fecundidad en la generación y en la educación de los hijos, la apertura y la solidaridad hacia el mundo, la participación en la vida de la Iglesia. (Benedicto XVI. Audiencia general, 27 de octubre de 2010)

Numerosas son las familias santas, modelos para los esposos llamados a un particular compromiso en el camino de santidad

La historia del Cristianismo está constelada de innumerables ejemplos de padres santos y de auténticas familias cristianas que han acompañado la vida de generosos sacerdotes y pastores de la Iglesia. Pensemos en San Basilio Magno y San Gregorio Nacianceno, ambos pertenecientes a familias de santos. Pensemos, cercanísimos a nosotros, en los esposos Luigi Beltrame Quattrocchi y Maria Corsini, que vivieron entre finales del siglo XIX y mediados de 1900, beatificados por mi venerado predecesor Juan Pablo II en octubre de 2001, coincidiendo con los veinte años de la exhortación apostólica Familiaris consortio. Este documento, además de ilustrar el valor del matrimonio y los deberes de la familia, llama a los esposos a un particular compromiso en el camino de santidad que, sacando gracia y fortaleza del sacramento del matrimonio, les acompaña a lo largo de toda su existencia (cf. n. 56). (Benedicto XVI. Ángelus, 30 de agosto de 2009)

La Iglesia inscribió en el catálogo de los beatos esposos dignos y modelos matrimoniales

Al inicio de este milenio, la Madre Iglesia ha inscrito en el catálogo de los beatos a María Teresa Ferragud Roig, que en España juntamente con sus cuatro hijas vírgenes consagradas a Cristo consiguió la palma del martirio y la gloria celestial; a los esposos Luis Beltrame Quattrocchi y María Corsini, en Italia; Luis Martin y Celia María Guérin, en Francia, padres de Santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones y flor del Carmelo. Estoy convencido de que este acontecimiento puede ser muy beneficioso para toda la sociedad y para cada persona. (Benedicto XVI. Carta para el VI encuentro mundial de las familias, 28 de diciembre de 2008)

Juan Pablo II

El pueblo húngaro llamado a seguir el ejemplo de su historia y formar familias santas

Es una historia [la de Hungría] que comienza con un rey santo, más aún, con una “familia santa”: Esteban con su esposa, la Beata Gisela, y su hijo San Emerico, constituyen la primera familia santa húngara. Será una semilla que brotará y suscitará una multitud de nobles figuras que ilustrarán la Pannonia sacra: ¡basta pensar en San Ladislao, Santa Isabel y Santa Margarita! (Juan Pablo II. Mensaje al Pueblo Húngaro, n. 1, 21 de agosto de 2000)

Benedicto XVI

La vocación matrimonial es un camino de santidad específico

He sabido con alegría que el Instituto pontificio del que usted es director y la Universidad católica del Sagrado Corazón han organizado oportunamente un congreso internacional con ocasión del 40° aniversario de la publicación de la Encíclica Humanae vitae, importante documento en el que se afronta uno de los aspectos esenciales de la vocación matrimonial y del camino de santidad específico que deriva de ella. En efecto, los esposos, habiendo recibido el don del amor, están llamados a convertirse a su vez en un don sin reservas el uno para el otro. Sólo así los actos propios y exclusivos de los cónyuges son verdaderamente actos de amor que, mientras los unen en una sola carne, constituyen una genuina comunión personal. Por tanto, la lógica de la totalidad del don configura intrínsecamente el amor conyugal y, gracias a la efusión sacramental del Espíritu Santo, se convierte en el medio para realizar en la propia vida una auténtica caridad conyugal. (Benedicto XVI. Mensaje al Congreso Internacional con ocasión del 40º aniversario del Humanae vitae, 2 de octubre de 2008)

Concilio Vaticano II (XXI Ecuménico)

Los esposos por la gracia son capaces de llevar una vida santa

Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocación cristiana se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración. (Concilio Vaticano II. Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 49, 7 de diciembre de 1965)

V – El ideal de la vida familiar no puede desarrollarse plenamente según medidas mediocres

Sagradas Escrituras

¿Nuestro Señor nos dio una meta demasiado exigente?

Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. (Mt 5, 48)

Alonso Rodríguez, SJ

Para alcanzar la medianía en la virtud hay que tener grandes deseos

Ayudará nos también mucho para aprovechar y alcanzar la perfección poner siempre los ojos en cosas altas y de grande perfección, conforme a aquello que nos aconseja el Apóstol San Pablo, escribiendo a los de Corinto (1 Cor 12, 31): “Procurad los mejores carismas”. Apercibíos y disponeos para cosas mayores; acometed y emprended cosas grandes y excelentes. Este medio es de mucha importancia; porque es menester que pasemos muy adelante con nuestros designios y deseos, para que con la obra lleguemos siquiera a lo que es razón. Entenderá bien lo que queremos decir, y la importancia y necesidad de este medio, con una comparación manual. Cuando un arco o ballesta está flojo, para dar en el blanco es menester asestar un palmo o dos más arriba; porque está floja la cuerda, y asó no llega donde queréis, y asestando más alto, viene a dar en el blanco. Así nosotros somos como el arco o ballesta flojo; estamos tan flacos y tan flojos, que para venir a dar en el blanco es menester asestar muy alto. Quedó el hombre por el pecado tan miserable, que para llegar a tener una medianía en la virtud es menester que con los propósitos y deseos pase muy más adelante. (Alonso Rodríguez SJ. Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, Parte I, c. VIII)

Juan Pablo II

Es un contrasentido contentarse con una vida mediocre

En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, “¿quieres recibir el bautismo?”, significa al mismo tiempo preguntarle, “¿quieres ser santo?” Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48).
[…] Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. (Juan Pablo II. Carta apostólica Novo millennio ineunte, n. 31, 6 de enero de 2001)

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