119 – Nadie puede saber si es tocado por la gracia. La gracia es la cantidad de luz que tenemos en el alma

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Un hecho célebre de la vida de Santa Juana de Arco es que al ser interrogada por la inquisición sobre si estaba o no en la gracia de Dios, formuló una respuesta llena de sabiduría, de verdad y de fe: “Si no estoy pido que Dios me quiera poner en ella; si estoy, que Dios me quiera conservar en ella”.

Seis siglos después casi la misma pregunta ha sido hecha pero de esta vez no a una santa sino al hombre que ocupa de silla de Pedro. Las dos son frases cortas, pero con una diferencia doctrinal verdaderamente sorprendente.

Sabemos por la enseñanza católica que la gracia es un don sobrenatural infundido por Dios en nuestra alma que nos hace partícipes de su vida y herederos del cielo. Nadie puede saber con entera certeza si está en gracia, pero la Revelación, la buena conciencia y muchos otros indicios nos dejan entrever su acción en nosotros, según los testimonios de varios santos. “El árbol se conoce por su fruto…” (Mt 12, 33). Ahora bien, ¿qué pensar de las comparaciones de dudosa ortodoxia que escuchamos por boca del Obispo de Roma? ¿Se puede sacrificar la precisión teológica conversando en público con un ateo militante?

Francisco

francisco

Cita A

Enseñanzas del Magisterio

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ContenidoAutores
I – Nociones fundamentales sobre la gracia divina
II – El hombre tiene absoluta necesidad de la gracia para no pecar y conquistar la vida eterna
III – ¿Cuándo se recibe la gracia y cuando se la pierde? ¿Los ateos pueden recibirla sin saber y sin corresponderle en nada?
IV – ¿El católico puede saber si está en gracia?
V – El deber del Papa es conquistar las almas para la vida de la gracia, no confirmarlas en el error

I – Nociones fundamentales sobre la gracia divina

Sagradas Escrituras

La gracia es don de Dios y por ella somos salvados

También vosotros un tiempo estabais muertos por vuestras culpas y pecados, cuando seguíais el proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios. Como ellos, también nosotros vivíamos en el pasado siguiendo las tendencias de la carne, obedeciendo los impulsos del instinto y de la imaginación; y, por naturaleza, estábamos destinados a la ira, como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. (Ef 2, 1-8)

Catecismo de la Iglesia Católica

Una participación en la vida divina que nos introduce en el convivio trinitario

La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria. […] Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia. Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como las de toda creatura (cf. 1 Cor 2, 7-9). La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla: es la gracia santificante o divinizadora, recibida en el Bautismo. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1997-1999)

Catecismo Mayor de San Pío X

La gracia es un don interno y sobrenatural

¿Qué es la gracia?

La gracia de Dios es un don interno, sobrenatural, que se nos da, sin ningún merecimiento nuestro, por los méritos de Jesucristo, en orden a la vida eterna. (Catecismo Mayor de San Pío X, n. 527)

Juan Pablo II

A través de la gracia, el hombre está llamado a la amistad con Dios

Recordemos el catecismo: la gracia es el don sobrenatural de Dios por el que llegamos a ser hijos de Dios y herederos del cielo. […] En este don al hombre, Dios no se limitó a “darle” el mundo visible —esto está claro desde el principio—, sino que al dar al hombre el mundo visible, Dios quiere darse también a Sí mismo, tal como el hombre es capaz de darse, tal como “se da a sí mismo” a otro hombre: de persona a persona, es decir, darse a Sí mismo a él, admitiéndolo a la participación en sus misterios o, mejor aún, a la participación en su vida. […] El hombre está llamado a la familiaridad con Dios, a la intimidad y amistad con Él. Dios quiere ser cercano a él. Quiere hacerle partícipe de sus designios. Quiere hacerle partícipe de su vida. Quiere hacerle feliz con su misma felicidad [con su mismo Ser]. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2-3, 13 de diciembre de 1978)

La gracia eleva el hombre al nivel sobrenatural por la vida divina

Mediante el don de la gracia que viene del Espíritu el hombre entra en “una nueva vida”, es introducido en la realidad sobrenatural de la misma vida divina y llega a ser “santuario del Espíritu Santo”, “templo vivo de Dios”. En efecto, por el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo vienen al hombre y ponen en él su morada. En la comunión de gracia con la Trinidad se dilata el “área vital” del hombre, elevada a nivel sobrenatural por la vida divina. El hombre vive en Dios y de Dios: vive “según el Espíritu” y “desea lo espiritual”. (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et vivificantem, n.58, 18 de mayo de 1986)

San Agustín de Hipona

Hechos hijos de Dios, dioses y coherederos con Cristo

“Sois dioses e hijos del Altísimo todos; pero vosotros moriréis como los hombres, y caeréis como cualquier príncipe” (Sal 81, 6-7). Está claro que ha llamado dioses a los hombres, deificados por su gracia, pero no nacidos de la naturaleza divina. Él es quien justifica, ya que es justo por sí mismo, no por otro; y es él quien deifica, ya que es Dios por sí mismo, no por la participación de alguien. El que justifica, es el mismo que deifica: al justificarlos, los hace hijos de Dios. Les dio el poder ser hijos de Dios (Jn 1, 12). Si se nos ha hecho hijos de Dios, también se nos ha dado la categoría de dioses; pero esto es por generosidad del que adopta, no por naturaleza del que engendra. Sólo hay un Dios—Hijo de Dios, un solo Dios con el Padre, que es el Señor y Salvador nuestro, Jesucristo, la Palabra existente desde el principio, la palabra junto a Dios, la Palabra Dios. El resto de los que llegan a ser dioses, no nacen de su naturaleza, de forma que sean lo mismo que él, sino que fue una merced suya el llegar a él, y ser coherederos de Cristo. Tan grande fue la caridad del Heredero, que quiso tener coherederos. ¿Qué hombre avaro quiere tener coherederos? Y si encontramos a alguien que quiera tenerlos, se beneficia menos, al tener que dividir la herencia con los otros, que si sólo él la recibiera. Pero la herencia por la que somos coherederos con Cristo no disminuye por la abundancia de herederos. No; heredan lo mismo, sean muchos o sean pocos, sea uno sólo o sean muchos. (San Agustín de Hipona. Comentario al Salmo XLIX, n.2)

Por la gracia somos limpios de la mancha del pecado y llevados a la plenitud de la perfección

Se nos ha concedido la gracia por el Mediador para que, manchados por la carne del pecado, quedáramos limpios por la semejanza de la carne de pecado. Por esta gracia de Dios, en que mostró gran misericordia en nosotros, somos gobernados mediante la fe en esta vida, y después de esta vida seremos llevados, por la misma forma de verdad inconmutable, a la plenitud de la perfección. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios contra paganos, L. X, c. XXII, n.1)

Santo Tomás de Aquino

El hombre para vivir rectamente necesita un doble auxilio de la gracia de Dios

El hombre para vivir rectamente necesita un doble auxilio de la gracia de Dios. El primero es el de un don habitual por el cual la naturaleza caída sea curada y, una vez curada, sea además elevada, de modo que pueda realizar obras meritorias para la vida eterna, superiores a las facultades de la naturaleza. El segundo es un auxilio de gracia por el cual Dios mueve a la acción. Ahora bien, el hombre que está en gracia no necesita otro auxilio de la gracia, en el sentido de un nuevo hábito infuso. Pero sí necesita un nuevo auxilio en el segundo sentido, es decir, necesita ser movido por Dios a obrar rectamente. Y lo necesita por dos razones. La primera, de orden general, es que, como ya dijimos (a. 1), ninguna cosa creada puede producir acto alguno a no ser en virtud de la moción divina. La segunda es una razón específica, basada en la condición presente de la naturaleza humana. Porque, si bien esta naturaleza ha sido restaurada por la gracia en cuanto a la mente, aún queda en nosotros la corrupción y la infección de la carne, la cual sirve a la ley del pecado. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 9)

Catecismo Mayor de San Pío X

Hay dos tipos de gracia: santificante y actual

¿De cuántas maneras es la gracia?
La gracia es de dos maneras: gracia santificante, que se llama también habitual, y gracia actual¿Qué es la gracia santificante?
La gracia santificante es un don sobrenatural, inherente a nuestra alma, que nos hace justos, hijos adoptivos de Dios y herederos de la gloria.
¿Qué es la gracia actual?
Gracia actual es un don sobrenatural que ilumina nuestro entendimiento y mueve y conforta nuestra voluntad para que obremos el bien y nos abstengamos del mal.
(Catecismo Mayor de San Pío X, n. 528-529.533)

Catecismo de la Iglesia Católica

La diferencia entre gracia santificante y actual

La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2000)

Juan Pablo II

Con la gracia proceden las virtudes que constituyen la vida sobrenatural

Toda la vida cristiana se desarrolla en la fe y en la caridad, en la práctica de todas las virtudes, según la acción íntima de este Espíritu renovador, del que procede la gracia que justifica, vivifica y santifica, y con la gracia proceden las nuevas virtudes que constituyen el entramado de la vida sobrenatural. Se trata de la vida que se desarrolla no sólo por las facultades naturales del hombre —entendimiento, voluntad, sensibilidad—, sino también por las nuevas capacidades adquiridas (superadditae) mediante la gracia, como explica Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, I-II, q. 62,a. 1; I-II, q. 62, a. 3). Ellas dan a la inteligencia la posibilidad de adherirse a Dios-Verdad mediante la fe; al corazón, la posibilidad de amarlo mediante la caridad, que es en el hombre como “una participación del mismo amor divino, el Espíritu Santo” (II-II, q. 23, a. 3, ad. 3); y a todas las potencias del alma y de algún modo también del cuerpo, la posibilidad de participar en la nueva vida con actos dignos de la condición de hombres elevados a la participación de la naturaleza y de la vida de Dios mediante la gracia: “consortes divinae naturae”, como dice San Pedro (2 Pe 1, 4). Es como un nuevo organismo interior, en el que se manifiesta la ley de la gracia: ley escrita en los corazones, más que en tablas de piedra o en códices de papel; ley a la que San Pablo llama, como hemos visto, “ley del espíritu que da vida en Cristo Jesús”. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 2, 3 de abril de 1991)

Catecismo de la Iglesia Católica

Origen de las virtudes y los dones

La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que: le hace capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo mediante las virtudes teologales; le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo; le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1266)

Las virtudes teologales son infundidas para que los fieles sean capaces de obrar como hijos de Dios

Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1813)

II – El hombre tiene absoluta necesidad de la gracia para no pecar y conquistar la vida eterna

Santo Tomás de Aquino

Quien niega que necesitamos la gracia de Dios debe ser anatematizado por todos

A quien niega que necesitemos orar para no caer en la tentación (y lo niega quien sostiene que no se necesita la ayuda de la gracia de Dios para no pecar, sino que, supuesto el conocimiento de la ley, basta la voluntad humana), no dudo en afirmar que nadie debe prestarle oídos y que debe ser anatematizado por todos. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 8)

El hombre necesita el auxilio divino que es la gracia para conseguir el último fin

Ningún instrumento puede llegar a la perfección última en virtud de su propia forma, sino sólo en virtud del agente principal, aunque por propia virtud pueda disponer de algún modo a la última perfección. Por ejemplo, el cortar la madera procede de la sierra en razón de su propia forma, pero la figura de escaño procede del arte, que se sirve del instrumento; análogamente, la disolución y la corrupción en el cuerpo del animal proceden del calor del fuego, pero la generación de la carne, la determinación del aumento y otras cosas por el estilo proceden del alma vegetativa, que se sirve del calor del fuego como de un instrumento. Ahora bien, todos los entendimientos y todas las voluntades se clasifican bajo Dios —que es el primer entendimiento y la primera voluntad— como instrumentos bajo el agente principal. Luego es preciso que sus operaciones no tengan eficacia en orden a la perfección última, que es la consecución de la bienaventuranza final, si no es por virtud divina. En consecuencia, la naturaleza racional necesita el auxilio divino para conseguir el último fin. […] Tal auxilio es dado al hombre gratuitamente; por lo cual recibe oportunísimamente el nombre de gracia. Por eso dice el Apóstol: “Pero si por gracia, ya no es por las obras, porque entonces la gracia ya no sería gracia”. (Santo Tomás de Aquino. Suma contra los gentiles, L. III, c. 147.150)

No se puede obtener la vida eterna sino por la gracia de Dios

La gracia de Dios es vida eterna. Porque habiendo dicho que los justos tendrán vida eterna, la cual ciertamente no se puede obtener sino por la gracia, por eso el hecho mismo de que obremos el bien y de que nuestras obras merecen la vida eterna, es por la gracia de Dios. Por eso también se dice en el Salmo 83,12: “La gracia y la gloria dará el Señor”. Y así, nuestras obras si se consideran en su naturaleza y en cuanto que proceden del libre albedrío del hombre, no merecen de condigno la vida eterna, sino tan sólo en cuanto que proceden de la gracia del Espíritu Santo. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Romanos, lec. 4, Rom 6, 19-23)

El hombre no puede producir obras meritorias proporcionadas a la vida eterna, necesita de la fuerza de la gracia

Para que nuestros actos nos conduzcan a un fin tienen que ser proporcionados a este fin. Por otra parte, ningún acto sobrepasa la medida de su principio activo. Y así vemos en las cosas naturales que ninguna alcanza a producir con su propia operación un efecto superior a su capacidad activa, sino únicamente efectos proporcionados a esta capacidad. Ahora bien, la vida eterna es un fin que sobrepasa la naturaleza humana y que no guarda proporción con ella, como consta por lo ya dicho (q. 5, a. 5). Luego el hombre, con sus recursos naturales, no puede producir obras meritorias proporcionadas a la vida eterna. Para esto necesita una fuerza superior, que es la fuerza de la gracia. Sin la gracia, pues, no puede el hombre merecer la vida eterna. […] Es cierto que la vida eterna se consigue con buenas obras, pero estas obras se deben, a su vez, a la gracia de Dios, ya que, como queda dicho (a. 4), para cumplir los mandatos de la ley según el modo que se requiere para que sea meritorio, se necesita la gracia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 5)

El hombre no puede levantarse del pecado sin el auxilio de la gracia

Si el hombre tiene una naturaleza que por sí misma puede alcanzar la justicia, también Cristo “murió en vano” o innecesariamente. Pero esta conclusión es inadmisible. Luego el hombre no puede justificarse por sí mismo, es decir, no puede volver del estado de culpa al estado de justicia. El hombre no puede en modo alguno levantarse por sí mismo del pecado sin el auxilio de la gracia. Porque, aunque el pecado es un acto transitorio, deja la huella permanente del reato, como vimos arriba (q. 87, a. 6), y por eso, para levantarse del pecado, no basta cesar en el acto de pecar, sino que se ha de reponer en el hombre aquello que perdió pecando. Ahora bien, por el pecado incurre el hombre en un triple detrimento, como consta por lo dicho arriba, a saber, la mancha, el deterioro de la bondad natural y el reato de pena. En efecto, incurre en la mancha, porque es privado de la belleza de la gracia por la deformidad del pecado. Se deteriora la bondad de su naturaleza, porque ésta cae en el desorden al no someterse su voluntad a la de Dios, ya que, si falta esta sumisión, toda la naturaleza del hombre que peca queda desordenada. Finalmente, el reato de pena sobreviene porque el hombre, al pecar mortalmente, se hace merecedor de la condenación eterna. Ahora bien, es manifiesto que cada uno de estos tres males no puede ser reparado sino por la acción de Dios. En primer lugar, la belleza de la gracia proviene de la luz de la iluminación divina, y no puede recuperarse más que si Dios ilumina de nuevo el alma. Se requiere, por tanto, un don habitual, que es la luz de la gracia. A su vez, el orden natural por el que el hombre se somete a Dios no puede restablecerse más que atrayendo Dios hacia sí la voluntad del hombre, como ya dijimos (a. 6). En tercer lugar, el reato de la pena eterna no puede ser perdonado sino por Dios, ya que contra Él se cometió la ofensa y Él es el juez de los hombres. Por consiguiente, para que el hombre resurja del pecado se requiere el auxilio de la gracia, como don habitual y como moción interior divina. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 7)

Sin la gracia no hay remisión de la culpa

El hombre que peca ofende a Dios, como ya vimos (q. 71, a. 6; q. 87, a. 3). Más para que una ofensa se perdone es necesario que el ánimo del ofendido se apacigüe con respecto al culpable. Y así decimos que nuestros pecados son perdonados cuando Dios se apacigua hacia nosotros. Pues bien, esta paz consiste en el amor que Dios nos tiene. Y este amor, en cuanto acto divino, es eterno e inmutable; pero en cuanto al efecto que produce en nosotros es susceptible de interrupción, puesto que a veces lo perdemos y luego lo recobramos de nuevo. Ahora bien, el efecto que el amor divino produce en nosotros, y que el pecado destruye, es la gracia, que nos hace dignos de la vida eterna, cuyas puertas nos cierra el pecado mortal. En consecuencia, es imposible entender la remisión de la culpa sin la infusión de la gracia. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 113, a. 2)

Sin la gracia no hacen los hombres absolutamente ningún bien sobrenatural

No puede el hombre observar los preceptos legales ni en el estado de naturaleza íntegra ni en el de naturaleza corrupta. De aquí que San Agustín, habiendo dicho en el libro De corrept. et gratia que sin la gracia no hacen los hombres absolutamente ningún bien, añade: porque necesitan de ella no sólo para que, bajo su dirección, sepan lo que deben obrar, sino también para que, con su ayuda, cumplan por amor lo que saben. En ambos estados, para observar los mandamientos, necesitan además el impulso motor de Dios, como ya queda dicho (a. 2.3). (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 4)

San Agustín de Hipona

Fuera de la gracia nadie puede vivir santamente

Hay dos maneras de ayuda. La primera es aquella sin la cual no se puede ejecutar aquello para lo que es ayuda: así, nadie puede navegar sin nave, ni hablar sin palabras, ni andar sin pies, no ver sin luz, y otras cosas por el estilo, como, por ejemplo, que sin la gracia de Dios nadie puede vivir santamente. (San Agustín de Hipona. Actas del proceso a Pelagio, c. 1, n. 3)

El real y único camino para la liberación del alma

Ésta es la religión que posee el camino para la liberación del alma; por ningún otro fuera de éste puede alcanzarla. Éste es, en cierto modo, el camino real, único que conduce al reino, que no ha de vacilar en la cima del tiempo, sino que permanecerá seguro con la firmeza de la eternidad. […] ¿Qué otro camino universal hay para librar al alma, sino aquel en que se liberan todas las almas, y por esto sin él no se libera ninguna? […] ¿Qué camino universal puede ser éste, sino el que se comunicó por Dios, no como algo particular para cada pueblo, sino común a todas las gentes? No duda un hombre dotado de brillante ingenio que exista ese camino, pues no cree que pudo la Divina Providencia dejar al género humano sin este camino universal de liberación del alma. […] He aquí, por tanto, el camino universal para la liberación del alma […] la gracia de Dios. […] Este camino purifica a todo hombre, y de todas las partes de que nos consta prepara al mortal para la inmortalidad. […] Fuera de este camino, que, en parte cuando se predecían estas cosas futuras, en parte cuando se anunciaban ya hechas, nunca faltó al género humano, nadie se liberó, nadie se libera, nadie se liberará. (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios contra paganos, L. X, c. 32, n.1-2)

Los malos se hacen peores si resisten a la gracia

Alguien podrá decir: “Este divino favor, ¿por qué ha alcanzado también a los impíos e ingratos?” ¿Por qué ha de ser, sino porque lo brindó quien hace salir diariamente el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores? (cf. Mt 5, 45). Sí, habrá algunos que, cayendo en la cuenta de esto, se corrijan con dolor de su impiedad, y otros que, despreciando, como dice el Apóstol, las riquezas de bondad, y de tolerancia de Dios, con la dureza de su corazón impenitente están almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revele el justo juicio de Dios, que pagará a cada uno según sus obras (cf. Rom 2, 4-6). (San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios contra paganos, L. I, c. VIII, n.1)

Celestino I

Nadie, ni aun después de haber sido renovado por la gracia del bautismo, es capaz de superar las asechanzas del diablo y vencer las concupiscencias de la carne sin el auxilio de la divina gracia

Nadie es bueno por sí mismo, si por participación de si, no se lo concede Aquel que es el solo bueno. Lo que en los mismos escritos proclama la sentencia del mismo pontífice cuando dice: “¿Acaso sentiremos bien en adelante de las mentes de aquellos que piensan que a sí mismos se deben el ser buenos y no tienen en cuenta Aquel cuya gracia consiguen todos los días y confían que sin El pueden conseguir tan grande bien y no dirigen su mirada hacia aquel cuya gracia consiguen diariamente? Pero precisamente los que son tales no consiguen ninguna gracia de Dios: los que confían en alcanzar sin Él cosas tan grandes, que apenas merecen los que le imploran y reciben”. Nadie, ni aun después de haber sido renovado por la gracia del bautismo, es capaz de superar las asechanzas del diablo y vencer las concupiscencias de la carne, si no recibiere la perseverancia en la buena conducta por la diaria ayuda de Dios. Lo cual está confirmado por la doctrina del mismo obispo en las mismas páginas, cuando dice: “Porque si bien Él redimió al hombre de los pecados pasados; sabiendo, sin embargo, que podía nuevamente pecar, muchas cosas se reservó para repararle, —de modo que aun después de estos pecados pudiera corregirle—, dándole diariamente remedios, sin cuya ayuda y apoyo, no podremos en modo alguno vencer los humanos errores. Forzoso es, en efecto, que, si con su auxilio vencemos, si Él no nos ayuda, seamos derrotados”. (Denzinger-Hünermann 240-241. Celestino I, Carta Apostolici verba a los obispo de Galia, Capítulos pseudo-celestinos o Indiculos, Cánones sobre la gracia, mayo de 431)

XV Sínodo de Cartago

Sin la gracia de Dios nada podemos hacer

Igualmente plugo: Quienquiera dijere que la gracia de Dios por la que se justifica el hombre por medio de Nuestro Señor Jesucristo, solamente vale para la remisión de los pecados que ya se han cometido, pero no de ayuda para no cometerlos, sea anatema. Igualmente, quien dijere que la misma gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro solo nos ayuda para no pecar en cuanto por ella se nos revela y se nos abre la inteligencia de los preceptos para saber que debemos desear, que evitar, pero que por ella no se nos da que amemos también y podamos hacer lo que hemos conocido debe hacerse, sea anatema. Porque diciendo el Apóstol: “La ciencia hincha, mas la caridad edifica” (1 Cor 8); muy impío es creer que tenemos la gracia de Cristo para la ciencia que hincha y no la tenemos para la caridad que edifica, como quiera que una y otra cosa son don de Dios, lo mismo el saber que debemos hacer que el amar a fin de hacerlo, para que, edificando la caridad, no nos pueda hinchar la ciencia. Y como de Dios está escrito: “El que enseña al hombre la ciencia” (Sal 93, 10), así también esta: “La caridad es de Dios” (1 Jn 4, 7). Igualmente plugo: Quienquiera dijere que la gracia de la justificación se nos da a fin de que más fácilmente podamos cumplir por la gracia lo que se nos manda hacer por el libre albedrío, como si, aun sin dársenos la gracia, pudiéramos, no ciertamente con facilidad, pero pudiéramos al menos cumplir los divinos mandamientos, sea anatema. De los frutos de los mandamientos hablaba, en efecto, el Señor, cuando no dijo: Sin mí, mas difícilmente podéis obrar, sino que dijo: “Sin mí, nada podéis hacer” (Jn 15, 5). (Denzinger-Hünermann 225-227. XV Sínodo de Cartago, cánones sobre la gracia, 1 de mayo de 418)

III – ¿Cuándo se recibe la gracia y cuando se la pierde? ¿Los ateos pueden recibirla sin saber y sin corresponderle en nada?

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

Por el mérito de la pasión de Cristo, se confiere la gracia que nos hace justos

Más, aun cuando Él murió por todos (2 Cor 5, 15), no todos, sin embargo, reciben el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión. En efecto, al modo que realmente si los hombres no nacieran propagados de la semilla de Adán, no nacerían injustos, como quiera que por esa propagación por aquél contraen, al ser concebidos, su propia injusticia; así, si no renacieran en Cristo, nunca serían justificados, como quiera que, con ese renacer se les da, por el mérito de la pasión de Aquél, la gracia que los hace justos. Por este beneficio nos exhorta el Apóstol a que demos siempre gracias al Padre, que nos hizo dignos de participar de la suerte de los Santos en la luz (Col 1, 12), y nos sacó del poder de las tinieblas, y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en el que tenemos redención y remisión de los pecados (Col 1,13). (Denzinger-Hünermann 1523. Concilio de Trento, Sesión VI, Decreto sobre la justificación, cap. 3, 13 de enero de 1547)

Juan Pablo II

Después del pecado la Redención se convirtió en la fuente de la gratificación del hombre

Antes del pecado, el hombre llevaba en su alma el fruto de la elección eterna en Cristo, Hijo eterno del Padre. Mediante la gracia de esta elección, el hombre, varón y mujer, era “santo e inmaculado” ante Dios. Esa primordial (u originaria) santidad y pureza se expresaba también en el hecho de que, aunque los dos estuviesen “desnudos… no se avergonzaban de ello” (Gen 2, 25) […]. Hay que deducir que la realidad de la creación del hombre estaba ya impregnada por la perenne elección del hombre en Cristo: llamada a la santidad a través de la gracia de adopción como hijos (“nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para la alabanza del esplendor de su gracia, que nos otorgó gratuitamente en el Amado”: Ef 1, 5-6). El hombre, varón y mujer, desde el “principio” es hecho partícipe de este don sobrenatural. Esta gratificación ha sido dada en consideración a Aquel que, desde la eternidad, era “amado” como Hijo, aunque —según las dimensiones del tiempo y de la historia— la gratificación haya precedido a la encarnación de este “Hijo amado” y también a la “redención” que tenemos en Él “por su sangre” (Ef 1, 7). La redención debía convertirse en la fuente de la gratificación sobrenatural del hombre después del pecado y, en cierto sentido, a pesar del pecado. Esta gratificación sobrenatural, que tuvo lugar antes del pecado original, esto es, la gracia de la justicia y de la inocencia originarias —gratificación que fue fruto de la elección del hombre en Cristo antes de los siglos—, se realizó precisamente por relación a Él, a ese único Amado, incluso anticipando cronológicamente su venida en el cuerpo. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 4-5, 6 de octubre de 1982)

La Iglesia es la dispensadora visible de los signos sagrados, mientras el Espíritu Santo es el dispensador invisible

Los Sacramentos significan la gracia y confieren la gracia; significan la vida y dan la vida. La Iglesia es la dispensadora visible de los signos sagrados, mientras el Espíritu Santo actúa en ellos como dispensador invisible de la vida que significan. Junto con el Espíritu está y actúa en ellos Cristo Jesús. (Juan Pablo II. Encíclica Dominum et vivificantem, n. 63, 18 de mayo de 1986)

Catecismo Romano

La gracia es el principal efecto de los sacramentos

El primer lugar entre los efectos de los sacramentos lo ocupa, sin ninguna duda, la gracia llamada por los Padres santificante. Es doctrina clara de San Pablo: Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra (Ef 5, 25-26). Cómo pueda el sacramento realizar tan admirable prodigio; cómo suceda, por ejemplo, que —según la conocida frase agustiniana— el agua lave al cuerpo y toque al corazón, es misterio que la razón humana no puede comprender. Porque es evidente que ninguna cosa sensible puede penetrar por su naturaleza basta lo íntimo del alma. Sólo a la luz de la fe puede entenderse que en los sacramentos exista una virtud divina capaz de producir por medio de ellos lo que las mismas cosas naturales jamás podrían producir por su propia virtud. (Catecismo Romano, II, XII, A)

Eugenio IV

Los sacramentos de la Nueva Ley contienen y confieren la gracia

Siete son los sacramentos de la Nueva Ley, a saber, bautismo, confirmación, Eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio, que mucho difieren de los sacramentos de la Antigua Ley. Estos, en efecto, no producían la gracia, sino que solo figuraban la que había de darse por medio de la pasión de Cristo; pero los nuestros no sólo contienen la gracia, sino que la confieren a los que dignamente los reciben. (Denzinger-Hünermann 1310. Eugenio IV, Bula Exsultate Deo, 22 de noviembre de 1439)

Esteban I

Quien es bautizado consigue al punto la gracia de Cristo

Gran ventaja es el nombre de Cristo… respecto a la fe y a la santificación por el bautismo, que quienquiera y donde quiera fuere bautizado en el nombre de Cristo, consiga al punto la gracia de Cristo. (Denzinger-Hünermann 111. Esteban I, Carta a los obispos de Asia Menor, año 256)

Santo Tomás de Aquino

No consigue la gracia quien por su culpa se sujeta a la servidumbre del pecado

Quien se sujeta a los sacramentos de Cristo consigue la gracia por la propia virtud de ellos, para no estar bajo la Ley sino bajo la gracia, a no ser que por su culpa se sujete a la servidumbre del pecado. (Santo Tomás de Aquino. Comentario a la Carta a los Romanos, lec. 3, Rom 6, 11-18)

Concilio de Trento (XIX Ecuménico)

Por cualquier pecado mortal se pierde la gracia

Hay que afirmar también contra los sutiles ingenios de ciertos hombres que “por medio de dulces palabras y lisonjas seducen los corazones de los hombres” (Rom 16, 18), que no solo por la infidelidad, por la que también se pierde la fe, sino por cualquier otro pecado mortal, se pierde la gracia recibida de la justificación, aunque no se pierda la fe. (Denzinger-Hünermann 1544. Concilio de Trento, Sesión VI, cap. XV, Decreto sobre la justificación, 13 de enero de 1547)

IV – ¿El católico puede saber si está en gracia?

Catecismo de la Iglesia Católica

La consideración de los beneficios de Dios nos ofrece una garantía de la actuación de la gracia

La gracia, siendo de orden sobrenatural, escapa a nuestra experiencia y sólo puede ser conocida por la fe. Por tanto, no podemos fundarnos en nuestros sentimientos o nuestras obras para deducir de ellos que estamos justificados y salvados (Concilio de Trento: DS 1533-34). Sin embargo, según las palabras del Señor: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 20), la consideración de los beneficios de Dios en nuestra vida y en la vida de los santos nos ofrece una garantía de que la gracia está actuando en nosotros y nos incita a una fe cada vez mayor y a una actitud de pobreza llena de confianza. Una de las más bellas ilustraciones de esta actitud se encuentra en la respuesta de Santa Juana de Arco a una pregunta capciosa de sus jueces eclesiásticos: “Interrogada si sabía que estaba en gracia de Dios, responde: ‘Si no lo estoy, que Dios me quiera poner en ella; si estoy, que Dios me quiera conservar en ella’” (Santa Juana de Arco, Dictum: Procès de condannation). (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2005)

Catecismo Romano

Aunque no lo podamos percibir con los sentidos, Dios demostró la realidad de la gracia con admirables prodigios

Para que no tuviéramos ninguna duda sobre este primer efecto [de los sacramentos, que es la gracia] y creyéramos firmemente que los sacramentos obran siempre en lo profundo del alma esta divina realidad, aunque no lo podamos percibir con los sentidos, quiso Dios demostrárnoslo con admirables prodigios cuando empezaron a administrarse los sagrados misterios de la Iglesia. (Catecismo Romano, II, XII, A)

Santo Tomás de Aquino

Por revelación o por indicios se puede saber que sí se tiene la gracia

De tres maneras podemos conocer una cosa. En primer lugar, por revelación. Y de este modo se puede saber que se tiene la gracia. Porque Dios se lo revela a veces a algunos por un especial privilegio, para que ya en esta vida empiecen a disfrutar del gozo de la seguridad, para que emprendan grandes obras con más confianza y energía y para que soporten con más valor los males de la vida presente, de acuerdo con aquello que se le dijo a San Pablo según 2 Cor 12, 9: “Te basta mi gracia”. En segundo lugar, puede conocerse una cosa por sí misma y con certeza. Y de este modo nadie puede saber que tiene la gracia. Porque para conocer algo con certeza hay que estar en condiciones de verificarlo a la luz de su principio propio. Pues es así como se obtiene un conocimiento cierto de las conclusiones demostrables partiendo de principios indemostrables, y nadie puede saber que posee la ciencia de una conclusión si ignora los principios de la misma. Ahora bien, el principio de la gracia, como también su objeto, es Dios mismo, que por su propia excelencia nos es desconocido, según aquello de Job 36, 26: “Dios es tan grande que rebasa nuestra ciencia.” Y así, su presencia en nosotros, lo mismo que su ausencia, no puede ser conocida con certeza, como lo señala también Job 9,11: Si viene a mí no le veo; si se aleja de mí no lo advierto. De aquí que el hombre no puede juzgar con certeza si posee la gracia, de acuerdo con aquello de 1 Cor 4, 3: Ni aun a mí mismo me juzgo; quien me juzga es el Señor. En tercer lugar, una cosa puede ser conocida de manera conjetural por medio de indicios. Y de esta suerte sí puede el hombre conocer que posee la gracia, porque advierte que su gozo se encuentra en Dios y menosprecia los placeres del mundo, y porque no tiene conciencia de haber cometido pecado mortal. (Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, I-II, q. 112, a. 5)

San Agustín de Hipona

La gracia del Señor obra poderosamente en nuestras voluntades

“Salva a tu pueblo, bendice a tu heredad y rígelos y ensálzalos eternamente” (Sal 27, 29). Como si dijera: No vengan a ser, si se rigen por su propia voluntad sin la acción de Dios, como ovejas sin pastor, lo cual Dios no permita. No hay duda que más es ser movido que ser regido, porque quien es regido obra algo, bien que sea por Dios para obrar el bien; mientras que apenas concebimos acción alguna en el que es movido. Pues bien, tan poderosamente obra la gracia del Salvador en nuestras voluntades, que el Apóstol no vacila en decir: “Cuantos son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rom 8, 14). Nada más provechoso para nuestra libre voluntad que dejarse mover por quien no puede mover sino santamente, y cuando esto hicieren, tengamos por cierto que nuestra libertad ha sido ayudada para obrar por aquel de quien dice el salmo: “Dios, piadoso conmigo, me preservará con su favor” (Sal 58, 11). (San Agustín de Hipona. Actas del proceso a Pelagio, cap. 3, n. 5)

Santa Teresa de Jesús

Las gracias no son secretas; ellas dan voces que hacen mucho ruido

Diréisme que en qué veréis que tenéis estas dos virtudes tan grandes. Y tenéis razón, porque cosa muy cierta y determinada no la puede haber; porque siéndolo de que tenemos amor, lo estaremos de que estamos en gracia. Mas mirad, hermanas: hay unas señales que parece los ciegos las ven; no están secretas; aunque no queráis entenderlas, ellas dan voces que hacen mucho ruido, porque no son muchos los que con perfección las tienen, y así se señalan más. (Santa Teresa de Jesús. Camino de Perfección, cap. 40, n. 2)

Sagradas Escrituras

Dios ha revelado a San Pablo que estaba en gracia

Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. (2 Cor 12, 7-9)

El Apóstol era lo que era por la gracia que actuaba en él

Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. (1 Cor 15, 10)

Benedicto XVI

La conciencia del poder de la gracia de Dios fue una “palanca” interior para San Pablo

San Pablo experimentó de modo extraordinario el poder de la gracia de Dios. […] Toda su predicación y, antes aún, toda su existencia misionera estuvieron sostenidas por un impulso interior que se podría explicar como la experiencia fundamental de la “gracia”. “Por la gracia de Dios soy lo que soy —escribe a los Corintios— […]. He trabajado más que todos ellos [los Apóstoles]. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Cor 15, 10). Se trata de una conciencia que aflora en todos sus escritos y que fue como una “palanca” interior con la que Dios pudo actuar para impulsarlo hacia adelante, siempre hacia nuevos confines, no sólo geográficos, sino también espirituales. (Benedicto XVI. Homilía en el Miércoles de Cenizas, 25 de febrero de 2009)

Juan Pablo II

Es menester orar para obtener y cooperar con la gracia de Dios

En la liturgia de este domingo nos habla el Apóstol Pablo y sus palabras merecen una reflexión de parte nuestra. “Muy a gusto presumo de mis debilidades porque así residirá en mí la fuerza de Cristo… Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 9-10). Así escribe de sí mismo un hombre que experimentó personalmente y de modo particular el poder de la gracia de Dios. Orando en medio de las dificultades de la vida, oyó estas palabras del Señor: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor 12, 9). La oración es la primera y fundamental condición de la colaboración con la gracia de Dios. Es menester orar para obtener la gracia de Dios y se necesita orar para poder cooperar con la gracia de Dios. Este es el ritmo auténtico de la vida interior del cristiano. El Señor nos habla a cada uno como habló al Apóstol: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”. Cuando rezamos el Ángelus, meditamos sobre el momento supremo de la colaboración con la gracia de Dios en la historia del hombre. María, al decir: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38) y aceptar la maternidad del Verbo encarnado une de modo particularísimo su debilidad humana con el poder de la gracia. Por ello, cuando manifiesta sus temores humanos, oye estas palabras: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). (Juan Pablo II. Ángelus, n. 2-3, 4 de julio de 1982)

San Beda el Venerable

San Mateo siguió a Cristo por auxilio de la gracia

No es de extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que le llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su miente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitada a dejar sus negocios temporales era capaz de dar en el cielo un tesoro incorruptible. (San Beda el Venerable. Homilía. Liturgia de las Horas, vol. IV, p. 1105)

San Agustín de Hipona

No resistiendo al toque de la gracia, San Agustín se convierte

¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! (sero te amavi…). Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz. (San Agustín de Hipona. Las confesiones, L. X, cap. XXVII, n. 38)

Quien conoce la verdad, conoce la luz de la gracia

Alertado por aquellos escritos que me intimaban a retornar a mí mismo, entré en mi interior guiado por ti; y lo pude hacer porque tú te hiciste mi ayuda. Entré y vi con el ojo de mi alma, comoquiera que él fuese, sobre el mismo ojo de mi alma, sobre mi mente, una luz inmutable, no esta vulgar y visible a toda carne ni otra cuasi del mismo género, aunque más grande, como si ésta brillase más y más claramente y lo llenase todo con su grandeza. No era esto aquella luz, sino cosa distinta, muy distinta de todas éstas. Ni estaba sobre mi mente como está el aceite sobre el agua o el cielo sobre la tierra, sino estaba sobre mí, por haberme hecho, y yo debajo, por ser hechura suya. Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad. La caridad es quien la conoce. (San Agustín de Hipona. Las confesiones, L. VII, cap. X, n. 16)

San Bernardo de Claraval

El Doctor Mellifluus reconoce públicamente la actuación de la gracia en su alma

Un día, hablando en público, ensalzaba la acción de la gracia de Dios en mí. Reconocí que ella me predispone hacia el bien, me hace progresar y me da la esperanza de alcanzar la perfección. (San Bernardo de Claraval. Liber de gratia et libero arbitrio, cap. 1)

Santa Teresa de Jesús

La Santísima Trinidad puede actuar sensiblemente en las almas en gracia

El martes después de la Ascensión, habiendo estado un rato en oración después de comulgar con pena, porque me divertía de manera que no podía estar en una cosa, quejábame al Señor de nuestro miserable natural. Comenzó a inflamarse mi alma, pareciéndome que claramente entendía tener presente a toda la Santísima Trinidad en visión intelectual, adonde entendió mi alma por cierta manera de representación, como figura de la verdad, para que lo pudiese entender mi torpeza, cómo es Dios trino y uno; y así me parecía hablarme todas tres Personas, y que se representaban dentro en mi alma distintamente, diciéndome que desde este día vería mejoría en mí en tres cosas, que cada una de estas Personas me hacían merced: la una en la caridad y en padecer con contento, en sentir esta caridad con encendimiento en el alma. Entendí aquellas palabras que dice el Señor: que estarán con el alma que está en gracia las tres divinas Personas, porque las veía dentro de mí por la manera dicha. (Santa Teresa de Jesús. Las Relaciones, cap. 16, p. 45)

La seguridad de la gracia viene de la buena conciencia

Sobre el temor de pensar si no están en gracia: “Hija, muy diferente es la luz de las tinieblas. Yo soy fiel. Nadie se perderá sin entenderlo. Engañarse ha quien se asegure por regalos espirituales. La verdadera seguridad es el testimonio de la buena conciencia; mas nadie piense que por sí puede estar en luz, así como no podría hacer que no viniese la noche, porque depende de mí la gracia. El mejor remedio que puede haber para detener la luz, es entender que no puede nada y que le viene de mí; porque aunque esté en ella, en un punto que yo me aparte, vendrá la noche. Esta es la verdadera humildad, conocer lo que puede y lo que yo puedo. (Santa Teresa de Jesús. Las Relaciones, cap. 28, p. 45)

Santa Teresa del Niño Jesús

La Doctora de la Pequeña Vía reconoce haber recibido gracias muy especiales

Podemos decir muy bien, sin vanagloria, que hemos recibido gracias y luces muy especiales. Vivimos en la verdad; vemos las cosas bajo su verdadera luz. (Santa Teresa del Niño Jesús. Últimas conversaciones, n. 9.5.1, 9 de mayo)

San Agustín de Hipona

Para aceptar la verdad de la gracia se necesita humildad

¡Oh, sí hubieses conocido la gracia de Dios por Nuestro Señor Jesucristo, y hubieras podido ver que su misma encarnación, en la que tomó el alma y el cuerpo del hombre, es la manifestación suprema de la gracia! Pero ¿qué puedo hacer? Sé que hablo inútilmente a un muerto, en lo que se refiere a ti. Quizá no inútilmente en cuanto a los que tanto te estiman y te aman tal vez por cierto amor de la sabiduría o curiosidad de las artes, que no debiste aprender, a quienes más interpelo en este discurso que te dirijo a ti. La gracia de Dios no pudo ser encarecida más gratuitamente que haciéndose hombre el Hijo de Dios sin dejar su inmutabilidad y dando a los hombres la esperanza de su amor, sirviendo el hombre de intermedio, mediante el cual lleguen los hombres a Él, que por su inmortalidad está tan lejos de los mortales, de los mudables por su inmutabilidad, de los impíos por su justicia, de los miserables por su felicidad. Y como por la misma naturaleza nos infundió el deseo de la inmortalidad, permaneció Él feliz y tomando al mortal, para darnos lo que amamos, nos enseñó con sus sufrimientos a menospreciar lo que tememos. Pero para poder vosotros aceptar esta verdad se necesitaba la humildad, que es muy difícil persuadir a vuestra cerviz.(San Agustín de Hipona. La ciudad de Dios contra paganos, L. X, c. XXIX, n.1-2)

Sagradas Escrituras

“Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes”

La gracia que concede es todavía mayor; por eso dice: “Dios resiste a los soberbios, mas da su gracia a los humildes”. Por tanto, sed humildes ante Dios, pero resistid al diablo y huirá de vosotros. Acercad de Dios y él se acercará a vosotros. (Sant 4, 6-8)

V – El deber del Papa es conquistar las almas para la vida de la gracia, no confirmarlas en el error

Santa Catalina de Siena

El Papa debe considerar el mal que es la perdida de la gracia en las almas

Paréceme que [Dios] quiere que pongáis los ojos del entendimiento en la belleza del alma y en la sangre de su Hijo, por la cual lavó la cara de nuestra alma. Y de ella sois administrador. […] El tesoro de la Iglesia es la sangre de Cristo dada en precio por el alma. […] Mejor es, pues, dejar que se pierda el oro de las cosas temporales que el de las espirituales. […] Abrid, abrid el ojo del entendimiento con hambre y deseo de la salvación de las almas para considerar dos males: el mal de la grandeza, dominio y bienes temporales que os parece debéis reconquistar, y el de ver perder la gracia en las almas. De esa consideración deduciréis que estáis más obligado a reconquistar las almas. (Santa Catalina de Siena. Carta 209 a Gregorio XI, p. 767-768)

El Papa debe ser ejemplar en las palabras, costumbres y acciones

Sedme valiente, con santo temor de Dios, ejemplar en las palabras, costumbres y en todas vuestras acciones. Aparezcan todas transparentes ante Dios y ante los hombres, como luz puesta sobre el candelero de la Santa Iglesia, a la que mira y debe mirar todo el pueblo cristiano. (Santa Catalina de Siena. Carta 270 a Urbano VI, p. 1257)

Concilio Vaticano I (XX Ecuménico)

La Sede de Pedro siempre permanece libre de error para la salvación del rebaño de Cristo

Esta Sede de San Pedro siempre permanece libre de error alguno, según la divina promesa de nuestro Señor y Salvador al príncipe de sus discípulos: “Yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y cuando hayas regresado fortalece a tus hermanos” (Lc 22, 32). Este carisma de una verdadera y nunca deficiente fe fue por lo tanto divinamente conferida a Pedro y sus sucesores en esta cátedra, de manera que puedan desplegar su elevado oficio para la salvación de todos, y de manera que todo el rebaño de Cristo pueda ser alejado por ellos del venenoso alimento del error y pueda ser alimentado con el sustento de la doctrina celestial. (Concilio Vaticano I. Sesión IV, Constitución apostólica Pastor aeternus, cap. 4, 18 de julio de 1870)


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